sábado, 29 de agosto de 2026

MORANTE EN CUENCA


 

La feria taurina de San Julián es la cuna de mi pasión de aficionado desde que, en los años setenta del pasado siglo, la querencia heredada de mi abuelo Eloy se transformó en presencia física en una grada de la plaza de la Avenida de los Reyes Católicos, que la bonhomía del Doctor Priego nos facilitó a sus hijos y a mí para disfrutar con el Bombero torero. La corrección política actual ha cancelado aquel espectáculo cómico en el que había una parte seria donde un matador en ciernes toreaba un novillo, después de que el público celebrara las mojigangas que los enanitos toreros interpretaban cuando su arte aún no se consideraba denigrante para la moralidad pública. A nosotros no nos quedó trauma alguno por haber asistido a aquella anomalía, aunque debo aclarar que éramos niños raros que disfrutábamos igual de los partidos de fútbol en la placeta de Celia que jugando al toro con las toallas de casa en el portal de nuestra comunidad.

 

En esa misma plaza frente al hotel Torremangana, permanece en mi recuerdo el fulgor vainilla del envés de los capotes que el mozo de espadas de Julio Robles puso a secar bajo el sol de un mediodía de agosto. De aquellas ferias guardo memoria del hechizo de contemplar en vivo a los Dámaso, Paquirri, Capea y Manzanares, las figuras del momento a las que casi siempre nos conformábamos con vislumbrar entre la muchedumbre que se agolpaba ante el patio de cuadrillas a su llegada a la plaza. Después había que esperar a su salida a hombros entre las tinieblas del paseo de Chicuelo II para volver a disfrutarlos como estrellas fugaces que despedían destellos entre los flashes, camino de la siguiente cita del verano taurino.

 

Siguiendo el rescoldo de aquella fascinación me acerqué al hotel de los toreros para ver si podía rozarme con el halo de leyenda de José Antonio Morante Camacho, antes de su comparecencia en Cuenca. Por la tarde, antes de la corrida, al filo de su salida hacia la plaza, el vestíbulo ya estaba poblado por una multitud de “groupies” que esperaban turno para la foto entre el nerviosismo de las cuadrillas. Cuando apareció el maestro, su rictus serio combinaba perfectamente con el terno catafalco y oro y sólo acerté a desearle suerte mientras me aceptaba un “selfie” de urgencia antes de ingresar en la furgoneta, con el aire cansado de la intensa temporada a cuestas más dos volteretas de propina que traía desde Málaga para comprometer la apuesta de su doble presencia en la feria, gesto de generosidad con Maximino para elevar el abono hasta las cotas de José Tomás.

 

La plaza se ha llenado casi por completo, las amenazas de tiempo revuelto se han disipado y el ambiente de expectación contrasta con el aspecto alicaído del torero, que en cuanto cambia la seda por el percal ordena que se riegue la plaza. El sorteo ha dispuesto para Morante el toro de más peso de la corrida que para compensar, abrocha la cara con la ofensividad de un novillo. Sale con muchos pies y lo para el de la Puebla con capotazos de tanteo hasta que intenta componer la figura, el toro se mete por dentro y su gesto de contrariedad será el primer indicio de su completa inhibición en la lidia que manejará con solvencia Juan José Domínguez, su peón de confianza. El de Román Sorando recibe dos varas de Ángel Rivas entre las protestas del público acostumbrado al monopuyazo que no suele causar más sangre que la necesaria para un análisis. El animal es encastado y llega con fuerza al segundo tercio donde Fernando Del Toro y José María Amores parean con eficacia. Morante coge el estoque simulado y lo muletea por bajo por ambos pitones y aunque el toro no presenta grandes complicaciones, tras un pequeño acosón, corta la faena y lo mata de una estocada corta y baja que es suficiente. Hemos visto al cigarrero hacer el esfuerzo este año ante toros más peligrosos, pero hoy no es el día y la Champions de Cuenca no excita al diestro para exponer ni un alamar. El personal estalla en la bronca acostumbrada para este tipo de casos, sin gran virulencia, sin querer contrariar demasiado al genio, como esperando un milagro en el cuarto.

 

El segundo de su lote es un novillote castaño con el que parece animarse y sale del burladero dispuesto con el capote que el toro toma con boyantía, pero el viento se hace presente y descompone cualquier proyecto de completar una serie de lances mínimamente lucidos. Esta vez sí asume la lidia del toro que ya pierde las manos antes del tercio de varas y toma un puyazo en la cabalgadura de Germán González, tras el cual Morante pide el cambio entre la ovación del respetable. Inicia faena pegado a las tablas del dos justo debajo de mi jurisdicción con pases de tanteo insustanciales. Prosigue entre las rayas dando la impresión de querer y no poder, antes de que el toro se derrumbe y dé excusas al torero para abreviar, entre los consabidos gestos de contrariedad. La verdad es que Morante no aguanta en el sitio la ligazón de los pases por la derecha y por la izquierda el toro claudica definitivamente antes de que el de la Puebla del Río termine de puntillas su actuación con una estocada sin brillo. Han quedado inéditas las músicas preparadas para las faenas del sevillano, el pasodoble dedicado a su figura y la marcha de Semana Santa, Caridad del Guadalquivir, pero su despedida no será precisamente bajo palio. Mientras los triunfadores de la tarde salen a hombros, la estética de fracaso del cigarrero cuando abandona la plaza sin un aspaviento, se eleva por encima de la banalidad de las orejas que tanto estima la afición.

 

Al día siguiente, Morante torea en Almagro y las crónicas dan cuenta de una tarde exitosa sin percance alguno y tres apéndices en el esportón del cigarrero. Durante la mañana de su repetición en Cuenca, como ya hiciera Roca Rey el año pasado, el pilar del abono se cae del cartel mediante el conocido método del parte facultativo que documenta un resentimiento en las contusiones sufridas en la Malagueta, las cuales, sin embargo, no le impedirán torear dos días más tarde en Almería. Por la tarde, es sustituido por Juan Ortega, el triunfador de la feria hasta el momento. La asistencia parece no haber sufrido por el cambio y vuelve a rozar el lleno, en un festejo marcado por la falta de casta y trapío del ganado, la voluntad de los actuantes y la excesiva generosidad del público, empeñado en convertir la corrida esperada en un acontecimiento triunfal que contar a sus conocidos.

 

Por los entresijos de esta triste peripecia, se habían colado en las redes sociales algunos comentarios despectivos hacia Cuenca y su feria, que los fanáticos de Morante consideraban indigna para albergar al torero más grande de la historia. Siendo el mejor de este momento, en el afán de ostentar esa supremacía apócrifa, Morante de la Puebla viene desde hace tiempo prodigando gestos para emular a Gallito, el verdadero rey de los toreros, si bien para acercarse a su grandeza debería cumplir sus compromisos por derecho, anunciarse con el toro de respeto y no dejarse llevar por la idolatría de sus partidarios. De lo contrario, acabará pareciéndose más al hermano de Joselito, Rafael el Gallo, cuya genialidad alternaba con sus míticas “espantás”, como la que dejó para el recuerdo en Cuenca, el tres de septiembre de 1915, en la desaparecida plaza de toros de Caballer, alternando con Juan Belmonte y el padre de Manolete. Cuentan las crónicas que las broncas de aquella tarde se escucharon en Gelves, la localidad sevillana donde Fernando el Gallo fundó su estirpe. Morante tiene la ocasión de desquitarse el año que viene en la corrida que seguramente se organizará para conmemorar el primer centenario de la plaza, el cinco de septiembre de 2027, si es que para entonces no se ha retirado de nuevo y la afrenta a esta afición desea restañar.



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