La feria taurina de San Julián es la cuna
de mi pasión de aficionado desde que, en los años setenta del pasado siglo, la
querencia heredada de mi abuelo Eloy se transformó en presencia física en una
grada de la plaza de la Avenida de los Reyes Católicos, que la bonhomía del
Doctor Priego nos facilitó a sus hijos y a mí para disfrutar con el Bombero
torero. La corrección política actual ha cancelado aquel espectáculo cómico en
el que había una parte seria donde un matador en ciernes toreaba un novillo,
después de que el público celebrara las mojigangas que los enanitos toreros
interpretaban cuando su arte aún no se consideraba denigrante para la moralidad
pública. A nosotros no nos quedó trauma alguno por haber asistido a aquella
anomalía, aunque debo aclarar que éramos niños raros que disfrutábamos igual de
los partidos de fútbol en la placeta de Celia que jugando al toro con las
toallas de casa en el portal de nuestra comunidad.
En esa misma plaza frente al hotel
Torremangana, permanece en mi recuerdo el fulgor vainilla del envés de los
capotes que el mozo de espadas de Julio Robles puso a secar bajo el sol de un
mediodía de agosto. De aquellas ferias guardo memoria del hechizo de contemplar
en vivo a los Dámaso, Paquirri, Capea y Manzanares, las figuras del momento a
las que casi siempre nos conformábamos con vislumbrar entre la muchedumbre que
se agolpaba ante el patio de cuadrillas a su llegada a la plaza. Después había
que esperar a su salida a hombros entre las tinieblas del paseo de Chicuelo II
para volver a disfrutarlos como estrellas fugaces que despedían destellos entre
los flashes, camino de la siguiente cita del verano taurino.
Siguiendo el rescoldo de aquella
fascinación me acerqué al hotel de los toreros para ver si podía rozarme con el
halo de leyenda de José Antonio Morante Camacho, antes de su comparecencia en
Cuenca. Por la tarde, antes de la corrida, al filo de su salida hacia la plaza,
el vestíbulo ya estaba poblado por una multitud de “groupies” que esperaban
turno para la foto entre el nerviosismo de las cuadrillas. Cuando apareció el
maestro, su rictus serio combinaba perfectamente con el terno catafalco y oro y
sólo acerté a desearle suerte mientras me aceptaba un “selfie” de urgencia
antes de ingresar en la furgoneta, con el aire cansado de la intensa temporada
a cuestas más dos volteretas de propina que traía desde Málaga para comprometer
la apuesta de su doble presencia en la feria, gesto de generosidad con Maximino
para elevar el abono hasta las cotas de José Tomás.
La plaza se ha llenado casi por completo,
las amenazas de tiempo revuelto se han disipado y el ambiente de expectación
contrasta con el aspecto alicaído del torero, que en cuanto cambia la seda por
el percal ordena que se riegue la plaza. El sorteo ha dispuesto para Morante el
toro de más peso de la corrida que para compensar, abrocha la cara con la
ofensividad de un novillo. Sale con muchos pies y lo para el de la Puebla con
capotazos de tanteo hasta que intenta componer la figura, el toro se mete por
dentro y su gesto de contrariedad será el primer indicio de su completa
inhibición en la lidia que manejará con solvencia Juan José Domínguez, su peón
de confianza. El de Román Sorando recibe dos varas de Ángel Rivas entre las
protestas del público acostumbrado al monopuyazo que no suele causar más sangre
que la necesaria para un análisis. El animal es encastado y llega con fuerza al
segundo tercio donde Fernando Del Toro y José María Amores parean con eficacia.
Morante coge el estoque simulado y lo muletea por bajo por ambos pitones y
aunque el toro no presenta grandes complicaciones, tras un pequeño acosón,
corta la faena y lo mata de una estocada corta y baja que es suficiente. Hemos
visto al cigarrero hacer el esfuerzo este año ante toros más peligrosos, pero
hoy no es el día y la Champions de Cuenca no excita al diestro para exponer ni
un alamar. El personal estalla en la bronca acostumbrada para este tipo de
casos, sin gran virulencia, sin querer contrariar demasiado al genio, como
esperando un milagro en el cuarto.
El segundo de su lote es un novillote
castaño con el que parece animarse y sale del burladero dispuesto con el capote
que el toro toma con boyantía, pero el viento se hace presente y descompone
cualquier proyecto de completar una serie de lances mínimamente lucidos. Esta
vez sí asume la lidia del toro que ya pierde las manos antes del tercio de
varas y toma un puyazo en la cabalgadura de Germán González, tras el cual
Morante pide el cambio entre la ovación del respetable. Inicia faena pegado a
las tablas del dos justo debajo de mi jurisdicción con pases de tanteo
insustanciales. Prosigue entre las rayas dando la impresión de querer y no
poder, antes de que el toro se derrumbe y dé excusas al torero para abreviar,
entre los consabidos gestos de contrariedad. La verdad es que Morante no
aguanta en el sitio la ligazón de los pases por la derecha y por la izquierda
el toro claudica definitivamente antes de que el de la Puebla del Río termine
de puntillas su actuación con una estocada sin brillo. Han quedado inéditas las
músicas preparadas para las faenas del sevillano, el pasodoble dedicado a su
figura y la marcha de Semana Santa, Caridad del Guadalquivir, pero su despedida
no será precisamente bajo palio. Mientras los triunfadores de la tarde salen a
hombros, la estética de fracaso del cigarrero cuando abandona la plaza sin un
aspaviento, se eleva por encima de la banalidad de las orejas que tanto estima
la afición.
Al día siguiente, Morante torea en Almagro
y las crónicas dan cuenta de una tarde exitosa sin percance alguno y tres
apéndices en el esportón del cigarrero. Durante la mañana de su repetición en
Cuenca, como ya hiciera Roca Rey el año pasado, el pilar del abono se cae del
cartel mediante el conocido método del parte facultativo que documenta un
resentimiento en las contusiones sufridas en la Malagueta, las cuales, sin
embargo, no le impedirán torear dos días más tarde en Almería. Por la tarde, es
sustituido por Juan Ortega, el triunfador de la feria hasta el momento. La asistencia
parece no haber sufrido por el cambio y vuelve a rozar el lleno, en un festejo
marcado por la falta de casta y trapío del ganado, la voluntad de los actuantes
y la excesiva generosidad del público, empeñado en convertir la corrida
esperada en un acontecimiento triunfal que contar a sus conocidos.
Por los entresijos de esta triste
peripecia, se habían colado en las redes sociales algunos comentarios despectivos
hacia Cuenca y su feria, que los fanáticos de Morante consideraban indigna para
albergar al torero más grande de la historia. Siendo el mejor de este momento,
en el afán de ostentar esa supremacía apócrifa, Morante de la Puebla viene
desde hace tiempo prodigando gestos para emular a Gallito, el verdadero rey de
los toreros, si bien para acercarse a su grandeza debería cumplir sus
compromisos por derecho, anunciarse con el toro de respeto y no dejarse llevar
por la idolatría de sus partidarios. De lo contrario, acabará pareciéndose más
al hermano de Joselito, Rafael el Gallo, cuya genialidad alternaba con sus
míticas “espantás”, como la que dejó para el recuerdo en Cuenca, el tres de
septiembre de 1915, en la desaparecida plaza de toros de Caballer, alternando
con Juan Belmonte y el padre de Manolete. Cuentan las crónicas que las broncas
de aquella tarde se escucharon en Gelves, la localidad sevillana donde Fernando
el Gallo fundó su estirpe. Morante tiene la ocasión de desquitarse el año que
viene en la corrida que seguramente se organizará para conmemorar el primer
centenario de la plaza, el cinco de septiembre de 2027, si es que para entonces
no se ha retirado de nuevo y la afrenta a esta afición desea restañar.


No hay comentarios:
Publicar un comentario