Todos recordamos dónde estábamos en el preciso instante en el que Andrés Iniesta se convirtió en un mito para siempre. Hace dieciséis años, el mago de Fuentealbilla logró con su golazo compensar todo el dolor acumulado en décadas de decepciones que en mi recuerdo comienzan en el Mundial de Argentina, cuando la Austria de Hansi Krankl frustró las ilusiones de los niños que hasta entonces, aún creíamos que Juanito y Santillana eran invencibles. El gol de Cardeñosa, el penalti de Eloy, el codazo de Tassotti, el robo de Corea, escenas mundialistas de terror que nos sumían durante varios días en la depresión más profunda que sólo las promesas del verano se encargaban de restañar.
Cuenta la
leyenda que Iniesta de mi vida estuvo a punto de perderse el mundial de Sudáfrica
y anduvo entre algodones hasta su momento cumbre, tal cual Rodri antes de
dictar una lección sobre cómo gobernar los partidos con la exactitud de un
metrónomo de ébano. En ambas ocasiones, la selección venía de ganar la Eurocopa
anterior y tras el primer partido, el cainismo español se cebó con ella antes
de terminar rendido ante la excelencia. Si el hijo de un guardia civil guardó
la meta de ambos equipos con un nombre en euskera como último valladar, un lateral
catalán de apellido cuatrisílabo corría la banda izquierda, y un Pedrito tinerfeño
aseguraba la fortuna de saberse elegidos, estaba escrito que un delantero
apellidado Torres homenajearía en la final a su homónimo Fernando, el autor del
gol con el que empezó todo al arrullo del Danubio en el Prater vienés.
Estaba escrito
también que pese a la superioridad española en el desarrollo del partido, la
copa no se conseguiría sin sufrimiento. En el manual de estoicismo de nuestro
nuevo Luis, que se libró de la cancelación por un despiste del destino, había
un capítulo reservado para la última acometida de Argentina, cuando tras emular
a la Holanda mezquina y marrullera de 2010, sacó el orgullo para que el talento
de Messi interpretara un último baile sobre el área española, antes de que el
capotillo de San Fermín del rostro de Merino evitara la tanda de penaltis y el
llanto del astro de Rosario regara las áridas praderas de New Jersey, poniendo
un lírico estrambote al fin de una época.
Pero lo que
realmente ha animado el juego de las dos selecciones que han llevado al olimpo
al fútbol español, es una determinación admirable a despecho de las dudas
iniciales, esa certeza de ser mejor que el adversario en tantas facetas que ni
siquiera el dios del fútbol, capaz de hacer fracasar la propuesta más
ilusionante en el azar de un tiro al palo, podía convertir en derrota. Es el
triunfo de la hegemonía del grupo frente a las individualidades foráneas que
llenan nuestra liga de egos sobrevalorados y querellas mediáticas, que nos
impiden suspender las hostilidades con el rival eterno y disfrutar de la
riqueza de contar en nuestro equipo a Lamine Yamal, siquiera por un mes.
El fútbol, con su capacidad de trasladarnos al territorio de la infancia donde éramos más puros, ha obrado una especie de tregua olímpica durante la cual, las guerras nacionales han seguido avanzando como un ruido de fondo que intentaba distraernos de la veneración antigua por los mundiales, sin conseguir quebrar la unión que latía entre el tesón de Cucurella y la seguridad de Unai, la orfebrería de Olmo y la verticalidad de Porro, la clase de Baena y el temple de Laporte, los goles de Oyarzábal y la perfección de Cubarsí. Ningún jugador es tan bueno como todos juntos, la sentencia de Di Stéfano parece pensada para este equipo porque si los mejores jugadores del mundo no son estrellas es más fácil que la segunda estrella acabe bordada junto al corazón.
Como si España
no supiera ganar de otro modo, los ciclos virtuosos que encadena la selección
nos enseñan a entregarnos a la felicidad del juego limpio y bonito, a esperar
lo mejor de las prórrogas insospechadas, a convertir la justicia en la lógica
consecuencia del trabajo bien hecho, a caminar tras una estirpe de entrenadores
campeones del sentido común que lograron conducir al país del bosque a la
fuente del éxito, sin levantar mucho la voz. La tregua ha durado durante una
cuarentena de ensueño cuyo despertar está próximo. Comienza la pretemporada.


Pues si, comienza la temporada, pero bravo España!
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