viernes, 29 de mayo de 2026

EL MILAGRO DE LA FUENSANTA



El fútbol es la cosa más importante entre las cosas menos importantes. Al parecer, no fue Groucho Marx sino Jorge Valdano quien acuñó la definición más cercana posible al inefable sortilegio de este juego extraño capaz de convertir una tarde gris en una noche radiante si gana tu equipo, cuando parece que la vida se ordena y el mundo coincide por fin con uno mismo. Debe ser porque el fútbol nos conecta inmediatamente con el territorio de la infancia, en donde todavía podíamos soñar con un futuro de felicidad segura en torno a realidades sencillas como dar patadas a un balón creyendo que un día llegaríamos a saltar más alto que Santillana. Si la quimera se representaba a la luz de las farolas de la plaza de tu barrio una noche interminable de verano, el objetivo se volvía tan natural como el gol que acababas de meter en la portería imaginada en un banco de pino verde. 

Las ensoñaciones de la niñez permanecen en la edad adulta. Tal vez por eso, asistimos cotidianamente al espectáculo de contemplar a gente de criterio acreditado, buenas personas y trabajadores eficientes acostumbrados a guiarse por el sentido común en sus asuntos, negar la evidencia de un penalti clamoroso o dudar de la línea científica de un fuera de juego si el perjudicado por la decisión arbitral es el equipo de sus amores, hasta el punto de ser capaces de espetar al interlocutor estupefacto: ¿a quién vas a creer, a mí o a tus propios ojos? El gag de “Sopa de ganso” es lo único que le faltó interpretar a Florentino en la rueda de prensa que paralizó al país con un delirante ejercicio de forofismo extremo perfectamente compatible con su faceta de alto directivo de una boyante empresa del Ibex 35.

El fútbol es un oasis casi al margen de la legalidad. En el rectángulo verde se permiten injurias, se consienten lesiones, la trampa es elogiada y el fingimiento tiene premio. Algunos ilusos creyeron que el VAR corregiría la mentira como si las cámaras no las manejaran seres humanos. El fútbol de patio en el que triunfaban los más listos se renueva en cada partido y reaparece lo mismo en tercera regional que en un encuentro del mundial, como aquél donde convivieron el mejor gol de la historia y otro cobrado con la mano. La mezcla entre excelencia y corrupción es tan consustancial a este deporte que hasta el mejor Barça de todos los tiempos necesitó pagar durante diecisiete años al vicepresidente de los árbitros para que el madridismo sociológico no agostara tanta belleza.

La fascinación por el fútbol trasciende a las clases sociales, las edades y los géneros y su universalidad no conoce límites, hasta tal punto que se han avistado indígenas de tribus recónditas cuya única indumentaria era una camiseta del Betis. Se cuenta incluso que una ciudad tan desmovilizada como la nuestra que transige habitualmente con el abandono que le procuran las distintas administraciones, sin especiales manifestaciones de desagrado en forma de protesta masiva o cívica concentración, llenará un recinto deportivo con siete mil espectadores para animar a la Balompédica camino del ascenso a la tercera categoría del fútbol nacional. Los que crecimos con el Conquense de Abarca y Servi, Félix y Arguisuelas, Hortelano y Caparrós, seguíamos viniendo al campo para sacudirnos la tristeza de los domingos por la tarde agarrados a la nostalgia de aquel balompié sobre tierra al que acudíamos de niños imaginando a Iríbar en Ramón. Hemos atravesado los inviernos con el hospital a la espalda, en una butaca de un tren de quinta con vistas al patatal en que los conciertos de feria convertían el pasto, agazapados en la tribuna junto a otros quinientos semejantes, esperando que se nos apareciera un regate de vértigo entre la dictadura táctica horizontal.  

Hasta que esta temporada una empresa foránea, tormentosa de ideas, inversión e ilusiones, se fijó en este rincón de la España vacía y convirtió la calabaza en lujosa carroza con tienda de merchandising y community manager, food truck con hamburguesas y cerveza barata, atracciones para niños y palcos VIP. Sobre la alfombra perfecta que ahora es el césped, el juego es aceptable, el esfuerzo irreprochable y hasta tenemos ultras dentro de un orden que enardecen al resto de aficionados habituados a la costumbre de la resignación. El ascenso llegará o se esfumará como un sueño en blanco y negro pero nadie nos quitará el placer de este año histórico en el que creímos en la victoria contemplando los atardeceres dorados en el perfil del casco antiguo que se divisa sobre la grada este. ¡Nos vemos en la Fuensanta!