lunes, 12 de febrero de 2018

UNA HORA CON PEPE LUIS


Pepe Luis en "Los de José y Juan"

Se torea como se es. La frase de Belmonte resuena en la sala Bienvenida, abarrotada por el reclamo del niño Pepe Luis y su verbo sencillo, tan exquisito como su toreo. El heredero del Sócrates de San Bernardo explica la esencia de sus formas en dos palabras, pureza y naturalidad, y la mente se traslada hacia aquellas faenas suyas que siempre fueron más boceto que obra acabada, el esbozo de un triunfo que nunca se completó, y qué más da, si aún nos queda el recuerdo de aquel natural eterno, de un cambio de mano que todavía brilla entre la hojarasca de tantos pases olvidados.

En la prensa de la mañana, el mandamás del tinglado pontifica sobre las exigencias del peso de la púrpura sobre sus hombros y se vanagloria sobre su responsabilidad en el nuevo canon del toreo moderno, ése según el cual se torea mejor que nunca, el de la suerte descargada, la colocación espuria y la vacía profundidad. "Me faltó valor y ambición para llegar a más", se sincera Pepe Luis y su humildad le agiganta en el contraste con la figura que saca pecho sin haber dejado apenas nada en el alma del aficionado. En las paredes de la sala, las imágenes de una exposición sobre Iván Fandiño claman por la memoria de una apuesta truncada por las miserias del sistema, antes de que la muerte terminara definitivamente con la lucha.

Fandiño en su rincón

El maestro sevillano rememora su mejor faena en Madrid a Ropavieja, encastadísimo toro de Torrealta al que le cortó una oreja con quince muletazos: "no pude darle más porque el toro se venía arriba y yo iba para abajo, lo cuadré como pude, metí con suerte la espada y el toro se echó". Palabras extrañas en un tiempo en que los toreros culpan siempre al toro de su incapacidad para decir algo con el capote y la muleta. Pepe Luis Vázquez sigue dictando su lección sobre la tauromaquia que echamos de menos, la del cite en el sitio, la del medio pecho y la muleta plana, la de las faenas medidas y con un sentido, ajustadas a las necesidades que imponga el toro y mecidas por la inspiración: "uno quisiera que cada pase fuera distinto al otro, a veces ni siquiera yo sé lo que voy a hacer cuando me abro de capote, el toreo aparece en ese segundo en el que se improvisa, incluso en la levedad de un remate, todo lo que se lleva en el interior".

Pepe Luis en Granada, 2017

Un aficionado recuerda la ilusión perdida por acudir a la plaza en las escasas ocasiones en las que toreros del corte de Pepe Luis se anunciaban en las ferias, aquella corrida de Torrealta sin ir más lejos, San Isidro del 85, con los dos Curros completando el cartel. El vídeo nos enseña que Ropavieja se come los capotes de salida y recibe tres puyazos. Los tres matadores alternan en quites sin importarles la casta recrecida del toro, que pese a todo permite al niño acordarse de su padre con el percal, al faraón insinuar la belleza en el capote recogido, al de Linares desplegar su verónica ampulosa. La faena comienza y termina a dos manos, el ayudado por alto en su esplendor. En medio, dos series de derechazos y dos de naturales, veinte pases en total. Con la derecha, Pepe Luis va ahormando al toro sin acoplarse del todo, un buen pase de pecho destaca entre momentos que prometen mayor grandeza, molesta el viento, el toro aprieta al abrigo del tercio, una voz se impacienta en el tendido, Madrid. El acontecimiento llega con la mano izquierda precedido del murmullo con el que esta plaza suele presentir el clamor, que acompaña cuatro naturales inmensos y un molinete garboso que el toro ya casi no consiente. El toreo está hecho y Pepe Luis se entrega en la estocada con la verdad que también exhibe esta mañana en las Ventas: “siempre toreé a gusto en esta plaza, el olé de Madrid llega un instante antes que el de Sevilla”, “nunca estaré contento con mi trayectoria profesional, la faena soñada no se consigue nunca”, y un rictus de insatisfacción se dibuja en el rostro del maestro, dejándonos con la añoranza de una fiesta que ya no existe.

Pepe Luis y Ropavieja, 1985

miércoles, 27 de diciembre de 2017

AMARGA NAVIDAD


En la mítica patria de la infancia perfecta, la Navidad era la alegría de la vacación colmada de acontecimientos, una cabalgata de emociones que comenzaba con la carta que aquel niño enviaba todos los años a un destino que partía del cofre misterioso que un Rey Gaspar de cartón piedra ofrecía a nuestra inocencia, camino de San Esteban. La Nochebuena todavía no se había convertido en una cita indigesta con el exceso y la hipocresía, y aún quedaban guiños suficientes al pretexto religioso de la fiesta para abrigar un tanto el alma, mientras el cuerpo se reconfortaba con la liturgia de la gamba y el mantecado.

En la mágica época de los días azules, la Navidad se inauguraba con la dulce cantinela de los números de la lotería, que nunca eran los que un niño en pijama vigilaba desde primera hora de la mañana en el salón de la casa, procurando que no se le escapara ni una sola pedrea. De la pureza de entonces poco queda hoy en los cientos de euros que dilapidamos por compromiso social, por no quedarnos con cara de tonto si le toca al compañero de trabajo, por la estúpida superstición que se activa en la mente cuando aparece una cifra resultona brillando tras la barra del chiringuito, desde que el gran recaudador tuvo la feliz idea de exacerbar la codicia del españolito adelantando la venta de décimos al verano.

Las fecundas jornadas de la Navidad gozosa transcurrían con ligereza persiguiendo el aguinaldo al que a duras penas se accedía destrozando villancicos ante la puerta del vecino atónito. La actuación solía terminar con más polvorones que duros en el bolsillo, pero el cénit del disfrute llegaba con las escaramuzas por el barrio del día de los inocentes, festival de bombas fétidas en los ascensores y tinta de pega en la camisa del amigo embromado. Casi siempre nevaba, y era entonces cuando se desataban las hostilidades con el bando enemigo en las barricadas del parque, y si esquivabas el descalabro de la piedra oculta en la bola asesina, regresabas a casa con la fortuna de la plenitud en el rostro helado y la dicha en el corazón caliente.


Hoy la batalla es de otro tipo y consiste en atravesar estas fechas sin que la felicidad obligatoria te agreda demasiado, y el infantilismo circundante no te lleve a emular más allá de lo inevitable, el despilfarro sin causa y el exhibicionismo general. La Navidad debiera ser para los niños y sólo para ellos. Los adultos nos agarramos a su calor como a una tabla de salvación que nos ofrece una tregua ficticia contra los naufragios cotidianos, pero el invierno seguirá cuando se apaguen las luces. Sería conveniente no desmontar el árbol por lo menos hasta agosto, para intentar que la solidaridad prodigada a tiempo parcial tenga contrato indefinido y el espíritu que anestesia la crueldad en estas fiestas tan entrañables no se esfume cuando desaparezca el espumillón de los escaparates. Tras los fastos interminables del solsticio, acecha la cuesta de enero.


martes, 12 de diciembre de 2017

VIVIR SIN MIEDO


Nos quieren domesticados. El poder, esa superestructura carente de ideología que subyace bajo el gobernante de turno, necesita súbditos acobardados para imponer sus dictados sin contestación posible. A esa tarea se aplican sin descanso los que mueven los hilos en la sombra con una técnica basada en la inoculación continua en el cerebro del individuo del miedo a la catástrofe, para conseguir sin duda la falta de respuesta ciudadana a los desmanes perpetuos de los sucesivos gobiernos.

La estrategia del amedrentamiento de la población comienza con la salmodia del telediario, donde la información política hace tiempo que fue desplazada a un segundo plano en beneficio del suceso nuestro de cada día, del temporal en invierno y de la ola de calor en verano y mientras el espectador contempla desde su butaca al reportero enviado de corresponsal a la ventisca, se tienta la ropa, se alegra de su suerte y entona el virgencita, virgencita, que me quede como estoy. Las noticias de todas las cadenas se contraprograman unas a otras en la lucha por la sacrosanta audiencia, y así han devenido en verdaderas crónicas del apocalipsis al servicio del poder, satisfecho con esta otra clase de censura subliminal que acerca los informativos de esta época al parte que mi abuelo me mandaba poner a las tres de la tarde.   

Aún se recuerda el temblor de aquel efecto 2000 que iba a colapsar el mundo entero, a paralizar las centrales eléctricas y a bloquear las entidades bancarias, un nuevo milenarismo que no se confirmó cuando el primero de enero encendimos nuestros ordenadores temiendo que aquel artefacto se volviera loco y explotara. Un año después, España entera dejó de comer chuletón porque cundió el pánico con el mal de las vacas locas, la enfermedad de nombre impronunciable que a punto estuvo de hundir el sector cárnico y finalmente sólo causó cinco muertes en España, menos que la gripe de cada año, esa entrañable compañera que te procura la delicia de estar levemente enfermo y desconectar de las ocupaciones laborales durante siete días con tratamiento y una semana sin él. Pues también a esa gripe amable la quisieron convertir en una amenaza feroz que a través de sus variedades aviaria o porcina, iba a aniquilar a millones de seres humanos, provocó enormes campañas de vacunación y finalmente no causó mayor destrozo que el de su prima hermana común, pero sí importantes beneficios para la industria farmacéutica.

En la época más democrática de la historia, los poderes fácticos se afanan en acotar nuestro camino, llevándonos de la mano para que no se nos ocurra pensar demasiado por nosotros mismos. Nos imponen las condiciones bancarias, nos colocan un impuesto a cada paso, la publicidad toma nota de nuestros deseos mientras navegamos por internet y todos llevamos en el bolsillo dispositivos electrónicos de localización permanente. Ahora los ayuntamientos ensayan técnicas de amaestramiento de la población que guían la voluntad del rebaño en las calles peatonales y únicamente nos falta que nos graben la matrícula en la frente para que si hacemos algo que moleste al Gran Hermano, salte el radar.    

La última novedad en técnicas de meter miedito al personal tiene que ver con la meteorología, que se nos aparece abruptamente todos los años cuando a los medios les da por adornar el hecho extraordinario de que en invierno nieve y en verano haga calor. Claro que esta psicosis puede llegar a tener efectos positivos como cuando al hombre del tiempo se le ocurre bautizar al fin de semana revuelto de todos los otoños como ciclogénesis explosiva. Entonces, la amenaza de tormenta vacía de tal manera las calles que uno puede pasearlas sin tener que hacerse sitio a codazos entre el gentío habitual, a la vez que la imaginación dibuja a familias enteras refugiadas en sus búnkeres con la despensa rebosante, pensando con satisfacción en los estúpidos que no imitaron a Noé y creyeron que sólo eran cuatro gotas cuando le vieron construir el arca.


Hay que desterrar los temores para alcanzar la libertad plena, el don más preciado que dieron al hombre los cielos. Por la libertad, amigo Sancho, se puede y debe aventurar la vida. El fin del mundo llegará cuando menos te lo esperes, y más vale abandonarse al desenlace que transitar por el planeta eternamente alarmados como si viviéramos dentro del programa de Íker Jiménez. Se avecinan terribles tormentas solares que al menos podremos disfrutar desde la playa y cuando suba la marea, esperaremos el tsunami construyendo un dique de arena a golpe de cubo y pala. Vivir sin miedo sólo podrá matarnos, eso es todo. 


viernes, 24 de noviembre de 2017

CHIQUITO EL GRANDE


La primera vez que vi a Chiquito de la Calzada moviéndose física y moralmente por la pantalla del televisor, estallé en una carcajada que dejó estupefactos a los que compartían conmigo aquella noche veraniega y que asistían al espectáculo más serios que una petaca de corcho. Lo cierto es que revisando ahora las intervenciones televisivas que se han repuesto con motivo de su muerte, se puede observar a gente que permanece impasible, mientras otros espectadores se descoyuntan a cada paso o balbuceo del genial cómico de “Málaga la bella”. Y es que desentrañar los motivos que a cada cual le mueven a la risa es más complicado que hacer una “guarrerida” española si ligas menos que la gata del Vaticano.

El sentido del humor es tan personal e inexplicable como descifrar a qué se refería Chiquito con aquello de “No te digo trigo por no llamarte Rodrigo”, frase mítica que provocaba el mismo efecto de perplejidad en los cejas altas de la intelectualidad y en los que en lugar del graduado escolar sólo tenían una etiqueta de anís del mono. La cosa no era el qué sino el “cómor”, la gracia no estaba en el final del chiste viejo que todos conocíamos, sino en el modo de contarlo, en el ingenio inesperado de un señor mayor que se movía más que los precios cuando alargaba la historia contorsionándose en un bailecillo mezcla de arte marcial y patadita flamenca, al tiempo que se arrancaba por bulerías o canturreaba “siete caballos vienen de Bonzanza”.

Chiquito era la genialidad del hombre sencillo. En sus historias se advertía la bonhomía de la comicidad que no hace enemigos, incapaz de suscitar agravios en estos tiempos de corrección política en los que si es otro el que se mete con la “meretérica” le podía caer una multa que no se la iba a quitar ni “Perry Manson”. Su figura despertaba la empatía que se siente hacia el que había nacido después de los dolores, y tras partirse la cara en el “tablao” de la vida, por fin tocaba la gloria que el azar le tenía reservada a la edad de la jubilación. Cuando Chiquito decía que estaba la cosa muy mala, uno podía imaginárselo de verdad friendo los huevos con saliva en sus épocas de fatiga y madrugada, en donde era tanta la sed que se veían las ranas con cantimplora.   

Chiquito es un grande que ha quedado porque contaba con la originalidad del creador con sello propio, su particular idioma a medio camino entre el andaluz de la calle y el inglés “inventao” le sitúa a la altura de hitos del humor hispano del absurdo como las llamadas telefónicas de Gila o el vaso de agua de Tip y Coll. El que perdura en el habla lo hace para siempre, el “cuidadín” y el “te das cuen” llevan más tiempo entre nosotros que la puerta, y a nadie se le ha ocurrido protestar cuando le llaman “fistro vaginal”, si el que lo hace se echa la mano a las lumbares y se aleja diciendo “no puedo, no puedo”. 

No se muere la gente que te ha hecho reír tanto. La alegría de su recuerdo se instala hasta en el duodeno del cuerpo humano y te abriga en los momentos más insospechados, cuando las embestidas del destino te dejan sin más armas a las que recurrir que el sentido del humor, esa sabiduría. Chiquito ya era inmortal aunque no pudiera recuperarse de la última “caidita de Roma”. Una mala tarde la tiene cualquiera.


viernes, 10 de noviembre de 2017

LA INDEPENDENCIA EN UN TUIT


El ser humano siempre ha sido capaz de inventar prodigios para mejorar su arduo devenir sobre la tierra y a continuación se las ha ingeniado para encontrar su lado oscuro y empañar lo conseguido. Internet es uno de esos descubrimientos magníficos que lo mismo puede servir para ensanchar el conocimiento que para fabricar ignorantes formados en la “wikipedia”. Lo estamos viendo estos días convulsos en donde la crisis catalana va camino de convertirse en una pelea de “memes”, y una imagen sacada de contexto mueve más voluntades que cien discursos de Borrell.

Los politólogos de esta época que elaboran teorías en las tertulias tienen las horas contadas. Mientras las grandes corporaciones de internet se frotan las manos y hacen caja, un ejército de guionistas a sueldo de los partidos trabaja en la sombra ideando sin cesar juegos de palabras para su trasiego por las redes sociales, montajes ingeniosos con que animar los grupos de “whatsapp”, falsificaciones de la realidad que cuando son desmentidas ya han dejado un rastro indeleble de impostura en las mentes más manipulables. Después ya se encargan los políticos de guardia de repetir incesantemente la mentira hasta llegar a eso que los cursis llaman la “posverdad”, que viene a ser como declarar una república virtual en base a una ley suspendida y seguir un mandato popular cocinado en urnas de todo a cien.

Nuestro nuevo gran hermano es Twitter, ese “Boe” con fotos en el que las noticias entran en vigor en función de los “likes” que obtengan. El postureo en la red consiste en que la realidad no te estropee una frase con gancho, las conferencias con enjundia han pasado a mejor vida salvo que puedan comprimirse en píldoras de 144 caracteres, el triunfo de una idea no depende de su brillo sino de que logre convertirse en viral. Tan ensimismado está el personal con el tráfago de mensajes, que las decisiones políticas se adoptan en función de la tendencia que se abra paso en la mañana digital en que un iluminado acaba desistiendo de convocar elecciones legales, para seguir instalado en el confortable victimismo habitual. El estrambote último de la huida del “héroe” a Bruselas demuestra que se puede ser irresponsable en cuatro idiomas y que ante la improvisación que rezuma la puesta en escena de la república nonata, es previsible que se termine declarando la independencia en un tuit.                     


Por debajo de lo que sucede en las autopistas informáticas, la historia real de los acontecimientos parece construirse sobre una urdimbre de intereses creados, en donde se diseñan estrategias de secesión que no pueden sostenerse sino con altas dosis de fingimiento. El numerito de la votación final con himno incorporado era el clímax natural de una opereta que fuera del teatro no dio ni para arriar la bandera opresora, aunque para entonces ya era inevitable la intervención de la autonomía que Rajoy activó con desgana, tras un largo idilio epistolar con Puigdemont que el subconsciente de Soraya glosó sin ruborizarse apenas: “nadie ha tenido tan fácil evitar que se aplique la Constitución”. Al espectador atónito que seguía la jornada frente al televisor se le atragantó la comida contemplando las ovaciones y sonrisas que prodigaban los actores del esperpento en sus respectivas sesiones parlamentarias, como si no se dieran cuenta de que estaban convirtiendo a nuestra democracia en un triste decorado en el que los unos simulaban la victoria y los otros se conformaban con el empate.


La Justicia ha venido a restañar las heridas con que las ansias de control político van asfixiando al sistema. Una magistrada, un juez, y por fin la ley, como bálsamo ante tanto artificio, un solo hombre al que el Estado de Derecho, esta vez sí, le concede la independencia suficiente para que lo concrete todo en un auto, las declaraciones simbólicas y las malversaciones reales, los sueños imposibles y las traiciones a la causa, la sensatez en fuga y la cárcel de verdad. Las proclamas fanáticas ceden cuando se convierten en declaraciones judiciales, los imputados apagan el móvil y dejan trabajar a los abogados y al pueblo no le queda otro remedio que pagar la factura y acudir a votar.


jueves, 19 de octubre de 2017

Y SI HABLA MAL DE ESPAÑA ES ESPAÑOL


Barcelona, ocho de octubre

Para confirmar la españolidad de Cataluña, tenía que ser un catalán el que escribiera los endecasílabos que definen a la perfección la peculiar idiosincrasia nacional: “Oyendo hablar a un hombre, fácil es/acertar dónde vio la luz del sol:/si os alaba a Inglaterra, será inglés,/si reniega de Prusia, es un francés,/y si habla mal de España, es español”. Joaquín Bartrina nació en Reus en 1850 y ha pasado a la pequeña historia de la literatura por hallazgos tan agudos como éstos y por alguna que otra recomendación con retranca que deberíamos haber seguido a pies juntillas en estos días de desafueros e indignación: “Si quieres ser feliz como me dices,/no analices, muchacho, no analices”.

Es difícil abandonar la infelicidad cuando se asiste a diario a la estrategia del movimiento independentista, consistente en inventarse una represión de cartón piedra articulada desde un nacionalismo español que ya no existe. La herencia lamentable de los desmanes del franquismo nunca se disipó del todo y permaneció instalada en esa mirada sospechosa que todos hemos lanzado alguna vez al que llevaba la pulsera con la banderita, a quien se emocionaba demasiado con un himno tantas veces maltratado por quienes no consentirían la más mínima agresión a sus símbolos. Han tenido que pasar cuarenta años desde la muerte del dictador, para que el españolito atacado por los nacionalistas que hacen peligrar su bienestar, se sacuda los complejos de la rojigualda y no necesite que la selección gane un mundial para echarse a la calle a defender su dignidad. Del mismo modo que se atribuye a Rajoy la virtud catártica de fabricar separatistas a puñados, tendremos que agradecer a Puigdemont haber convertido el "Que viva España" en nuestra particular marsellesa, a falta de otras letras más elevadas con que resistir a la opresión de las mentiras.

Entre los analistas políticos que presumen de lecturas se ha puesto de moda citar a Marx, que parecía pensar en nuestras cuitas cuando dijo aquello de que en la historia, las tragedias del pasado suelen regresar repetidas como farsa. En nuestro caso, el drama catalán de un presidente sublevado y encarcelado por la República, al que Franco no tuvo mejor idea que ascender a la categoría de mártir, ha devenido en comedia pasada por el tamiz de otro Marx, Groucho, si no le gustan mis principios tengo otros. Si la Constitución que prometí cumplir a cambio de que se me concediera el mayor nivel de autogobierno que soñar pudiera una región, ya no me gusta, me invento otra en la que la parte contratante de la primera parte organice un referéndum con las cartas marcadas, el censo mancillado, las urnas violadas. A continuación es preciso magnificar en las redes cuatro excesos policiales para legitimar la falta de garantías, asumir un mandato popular espurio y declarar la independencia en diferido, para que un gobierno central desconcertado se pierda en el galimatías de esta revolución de las sonrisas que pretende jugar a ser Eslovenia sin pegar un solo tiro.

Detrás de todo este bochorno vestido de un buenismo pacifista que nos vende el cuento del diálogo entre iguales y de la hermandad con el resto de los pueblos del Estado, se esconde en realidad el peor de los supremacismos, hijo de la insolidaridad y la xenofobia, y la pretensión apenas escondida de que un ciudadano de Vic siga viviendo mejor que uno de Cuenca. Al final, de entre la fronda de palabras huecas sobre el hecho diferencial y los derechos históricos de Cataluña, se destaca irrefrenable el permanente afán por sacar tajada y seguir medrando en el enredo interminable del “procés”, que de momento sirve para garantizar la tibieza de un gobierno atenazado por las sucesivas apelaciones al victimismo de los que siempre considerarán fascista la aplicación estricta de la ley.

Creíamos que tras el 78, la Constitución nos libraría del estigma que el guerracivilismo dejó en nuestro inconsciente colectivo, pero nos equivocábamos. No ha sido suficiente el trascurso de un par de generaciones para que se instale en nuestros usos el hábito democrático, el respeto a las minorías, la tolerancia frente a las opiniones de los demás, para que nuestro sistema se afiance sobre una efectiva separación de poderes, que hubiera impedido a los trileros de guardia cometer la obscenidad intelectual de llamar presos políticos a los imputados por sedición. Mientras la manipulación avanza, la mayoría parlamentaria española se apresta a salir de esta crisis abordando una reforma constitucional como mal menor que aplaque por un tiempo las ansias nacionalistas, a cambio de seguir entronizando en el texto futuro la desigualdad de los ciudadanos españoles en función del territorio en el que tengan la fortuna o desventura de residir. Claro que entonces será el pueblo el que tenga la palabra definitiva para decidir con su voto en un referéndum de verdad, si quiere ser tratado como soberano de su destino o se conforma con sacar de vez en cuando la bandera a pasear.  

Distintos grados de españolidad

viernes, 6 de octubre de 2017

DISTOPÍA CATALANA


El aire es limpio en Barcelona esta mañana. El paseo de Lluis Companys luce espléndido y sería un placer transitar la imponente avenida, si no fuera porque la presidenta del legislativo hiere la belleza del entorno con una arenga estridente que enardece a las masas reunidas frente al Palacio de Justicia. Hasta el Arco del triunfo que en otro tiempo simbolizó el progreso de esta ciudad, llegan voces que hablan de afrentas al autogobierno y secuestro de cargos públicos, agravios a la voluntad popular que se suceden mientras el Parlamento yace clausurado en la cercana Ciudadela.

Amanece en Rambla de Cataluña y los radicales que cercan la Consejería de Hacienda mientras la comisión judicial la registra, hostigan a los medios de comunicación nacionales al tiempo que reclaman libertad de expresión. Las autoridades catalanas se quejan de la situación de excepción perpetrada por el Estado español, que sin embargo permite concentraciones permanentes en la vía pública que impiden a la Guardia Civil abandonar el lugar con decoro. El titular de la Consejería prodiga circunloquios ininteligibles por las tertulias sobre la falta de vigencia en Cataluña del ordenamiento jurídico español, al que sigue acogiéndose para recibir los fondos del Estado.

Los estudiantes ensayan movilizaciones contra el sistema en el edificio histórico de la Universidad. Hace un siglo que Josep Pla abandonó estas paredes. El vacío que entonces le producía el Derecho mercantil se llena hoy con aprendidas soflamas que permiten a las víctimas de la “logse” jugar a la revolución. Cientos de niños en edad escolar cruzan la vecina Plaza de Cataluña. La excursión programada para recorrer los escenarios de una novela de Marsé, ha sido sustituida por el adoctrinamiento sobre el terreno que garantiza un futuro de mayorías estables al servicio de la causa independentista.

Hasta el abigarrado roquedal de Montserrat llegan los ecos de homilías que ilustran al feligrés sobre la conculcación de sus derechos. La Conferencia Episcopal permite a su filial catalana amparar a los fieles frente a la represión del Estado y apela al diálogo entre los partidarios de hacer cumplir la ley y los decididos a quebrantarla. La Iglesia Católica, en su magnánima misericordia, está obligada a socorrer a los héroes del nacionalismo que se acogen a sagrado, en estricta aplicación de la bienaventuranza que promete el reino de los cielos a los perseguidos por la justicia. La Moreneta sigue sonriendo en su abadía.
       
La mañana del domingo ha empezado antes de lo normal en el Ensanche. Por la magnífica cuadrícula de calles que envuelve al colegio Ramón Llull, las familias concienciadas de la burguesía nacionalista enarbolan papeletas para ejercer el derecho que un presidente insensato les ha vendido como la panacea de la felicidad. Quieren expresarse en una consulta prohibida en la que el censo es ilegal, el voto no es secreto, y no existe Junta Electoral para garantizar el recuento. La policía judicial representada por los Mozos de Escuadra incumple las órdenes que tenía y no cierra los centros de votación. La Policía Nacional y la Guardia Civil los sustituyen en ese empeño y cargan en algunos puntos contra los que se oponen a la acción de la justicia. La salvaje represión concluye con cuatro heridos hospitalizados y no evita que más de dos millones de personas voten finalmente. El gobierno español dice que no ha habido referéndum. Quizá por eso, nadie detiene a los cabecillas de la sedición. El gobierno catalán proclama la victoria del sí a la independencia con el noventa por ciento de los votos y anuncia que esos resultados legitiman la aplicación de las leyes suspendidas por el Tribunal Constitucional. La mayoría del pueblo contempla el espectáculo desde su casa.  

Tal día como el de este domingo, en 1936, Francisco Franco fue proclamado Jefe del Estado. El primero de octubre es una fecha proclive en la historia de España para el triunfo de la deslealtad.