miércoles, 21 de junio de 2017

IVÁN FANDIÑO, EL HÉROE DISCRETO


En estos tiempos extraños en los que la sociedad se despeña en un proceso de infantilización que trata de negar la evidencia de la muerte, el torero sale a la plaza cada tarde para recordarnos que la muerte existe. Frente a la mentira cotidiana del animalismo obtuso, la tauromaquia nos reconcilia con la vida a través de la contemplación del rito milenario del combate entre el hombre y la fiera, nos permite conservar el privilegio de poder asistir a la recreación artística de la pelea por la existencia en la que inevitablemente se muere de verdad.

Ivan Fandiño lo sabía desde que decidió luchar contra sí mismo para alcanzar un sueño que persiguió siguiendo la estela de Mazzantini, Martín Agüero y Cocherito de Bilbao, los toreros vascos que le precedieron en el camino. Tuvo que viajar a la Alcarria para aprender el oficio, pero sus primeros triunfos nos seguían haciendo mirar hacia el norte, desde donde formaba una prometedora terna con Diego Urdiales y Francisco Marco, toreros de clase de Despeñaperros arriba, para desmentir a Cagancho. Pero su carrera está marcada por Madrid. Le costó solo dos años ganarse el respeto de la afición desde su confirmación en mayo de 2009. En 2011, corta cuatro orejas consecutivas en las Ventas y roza la puerta grande por su gran actuación con los toros de Cuadri en San Isidro. Es la época de aquellas recordadas corridas alternando mano a mano con David Mora, que traen a la fiesta un aire fresco de regeneración basado en el enfrentamiento con el toro íntegro y encastado, haciendo del toreo fundamental practicado según los cánones clásicos, un imperativo moral.

Son los años de la ansiedad por alcanzar una consagración que no acaba de llegar a pesar del gran ambiente con que cuenta en la plaza, en donde comparece varias veces a lo largo de la temporada matando todo tipo de encastes y casi siempre tocando pelo. En 2013, un toro de Parladé le hiere gravemente y se lleva por delante su apuesta de tres tardes en la isidrada, pero el de Orduña envida más y se anuncia otras dos en la feria de Otoño. En 2014, llega por fin el triunfo completo, un martes y trece de mayo, otra vez con ejemplares de Parladé, vestido de teja y oro, el traje que sería su mortaja en Air sur l’Adour. La afición lo entroniza como el nuevo torero de Madrid, en una corrida marcada por las grandes estocadas que recetó a sus toros, la primera cobrada en idénticos terrenos a aquélla que un año antes cambió por una cornada, la segunda retomando la costumbre de sus comienzos de entrar a matar sin muleta, suerte que ejecutó encunándose limpiamente en medio de la abierta cornamenta del toro, recibiendo una voltereta de la que salió ileso entre clamores de gran acontecimiento. Este triunfo le coloca en la cima de la corrida de la Beneficencia, alternando por fin con las máximas figuras a las que los mentideros taurinos atribuyen rumores de maniobras contra su trayectoria emergente y oscuros vetos en los despachos, que Iván enfrenta con gallardía, siempre dispuesto a discutirle el cetro al poderoso con sus armas y en el ruedo.


En esta pugna está el origen del gran gesto de su carrera taurina, cuando se anuncia en solitario el Domingo de Ramos de 2015 para abrir la temporada venteña y decirle al sistema que no le ha dejado entrar en los carteles de lujo de las ferias, aquí estoy yo. Y llena la plaza fuera de abono, algo que no se veía en Las Ventas desde aquellas citas con la magia de Curro o con el vértigo del José Tomás verdadero. Madrid acoge a veinticuatro mil almas llegadas al reclamo del toro de respeto del que huyen habitualmente los que mandan en las cartelerías adocenadas del monopolio. Pablo Romero, Adolfo Martín, Cebada Gago, José Escolar, Victorino y Palha, ahí es nada. Fandiño es un torero honesto con un gran fondo de valor, vistoso con el capote, variado en quites, atento siempre a la lidia, poderoso con la muleta y desigual con la espada, pero pierde el envite. Iván atraviesa la tarde con el gris de su vestido nublándole la mente, quizá ofuscado por la tensión del compromiso, derrotado antes de tiempo cuando es consciente de que no ha sabido hallar la lucidez ante varios toros de triunfo, y empieza a morir un poco cuando abandona la plaza entre almohadillas, rumiando el fracaso de su reto contra el tinglado falso que hace de la tauromaquia un espectáculo banal y sin sustancia.

A partir de ahí se inicia una cuesta abajo en la que va despareciendo del circuito de las ferias importantes, excepto en Madrid, Pamplona y Bilbao, los reductos del toro de verdad, en cuyo ambiente siguen flotando los restos de la ilusión de aquella apuesta cada vez que se anuncia, un no sé qué de respeto hacia la actitud del matador vasco, por encima de la impresión que ofrece de torero vencido. Hasta el final, ha dado la cara. Inició la temporada matando Victorinos en Madrid en otro Domingo de Palmas sin eco en los tendidos. En su última tarde en las Ventas, el programa de mano ilustra su portada con una imagen de Víctor Barrio, que ese día habría cumplido treinta años y en cuya última corrida en Madrid un año antes se enfrentó a toros de Baltasar Ibán, como el que le arrebató el futuro a Fandiño, por no perdonar un quite como solía.


En estos tiempos extraños de ídolos falsos es preciso reivindicar a los héroes discretos que no encuentran el debido reconocimiento a su esfuerzo callado. Transcurren sus días buscando un lugar en el umbral esquivo del éxito, y a veces llegan a pisarlo apenas un instante antes de ser expulsados de la dicha del triunfo. Tras la derrota, Fandiño se había reubicado en su rincón de siempre, el de la lucha diaria con el toro agresivo en una plaza escondida, y cuando intentaba reencontrarse, una lanzada en el costado lo despidió hacia la gloria de la eternidad de aquellos afortunados para los que la muerte sí tiene sentido. Que la tierra te sea leve, maestro. 

   

viernes, 16 de junio de 2017

LA SEMANA TORISTA

La semana torista cierra la feria de San Isidro desde hace tiempo según una fórmula que trata de mitigar un tanto el quinario que pasa el sufrido abonado con la tabarra del toro bobo que expulsa la casta de las tres semanas previas. Tras la larga travesía del desierto, este fin de fiesta es una bendición que barre de la plaza la mugre de tantas tardes y nos regala a cambio los toros de mirada aviesa y boca cerrada, la lidia azarosa en la que deben ponerse los cinco sentidos, el respeto al animal con el que el matador no puede estar a gusto ni disfrutar sino del que hay que cuidarse. La última semana de feria trae a Madrid la huida de las figuras de los carteles, la ausencia de apreturas en los accesos a la plaza, la piedra desnuda en los tendidos y la costumbre de la crítica oficial de cargar contra las ganaderías que comparecen en estas fechas para justificar su apuesta permanente por las vacadas comerciales. Se trata así de enmascarar la tropelía que se cometerá después en los premios oficiales, en los que la deliberación seguramente dura menos tiempo que lo que tardan los burladeros del callejón en llenarse de advenedizos para ver la corrida de gañote. De esta manera, viene de maravilla cerrar la feria embarcando para Madrid el encierro de Miura más blando y peor presentado que se recuerda y echar dos toros al negociado de Florito sin esperar a que se recuperen como se hace tantas tardes con otros hierros, a fin de otorgar el derecho de alicatado preferente en el patio del desolladero a la corrida de Domingo Hernández, para que su dueño pueda luego blasonar de bravura cuando lidia sus garcichicos por esas plazas de Dios.


El fracaso de la miurada se vio venir desde el principio cuando el público hizo saludar a Eduardo Dávila para agradecerle el gesto de reaparecer con los toros de su familia, de los que al final no mató ninguno. Estas cosas no fallan, ovación anticipada, tarde gafada. También defraudó la corrida de Adolfo Martín que se vino abajo en el último tercio y aún así el segundo regaló a Juan Bautista varias embestidas encastadas para comprometerse y apostar pero el francés tiró de repertorio convencional y ensayó un trasteo sin apreturas. En cambio, Antonio Ferrera anduvo muy serio toda la tarde buscándole las vueltas a su lote hasta que en las postrimerías de su persecución al cuarto por toda la plaza, le enjaretó en el siete varios naturales sueltos de relajada compostura y mucho aguante en el sitio de la verdad. Su prolongado empeño a punto estuvo de costarle el tercer aviso por esa manía que tienen los toreros modernos de plantear faenas interminables. La  tauromaquia actual del toro sin peligro favorece faenas largas de mil pases que el animal admite porque no necesita ser dominado, mientras los toreros se limitan a acompañar su viaje dócil en una danza previsible e incruenta. Pero el toro de estas últimas tardes es otro, no aguanta trasteos superficiales y aprende por momentos en qué consiste el engaño. Los matadores de ahora desconocen por completo que a Madrid siempre le ha bastado una faena sentida, breve y por derecho y una estocada en la yema para encumbrar a un torero, y aunque lo supieran, parecen haber olvidado los fundamentos técnicos del toreo clásico que exigen pisarle el terreno al toro incierto e intentar imponerse en las veinte embestidas que suele ofrecer. Por el contrario, se empeñan en una labor insustancial, vulgar y sin sentido lidiador alguno como la que  desarrollaron los diestros a los que les tocó en suerte o más bien en desgracia la corrida de Rehuelga, un vendaval de casta santacolomeña al que se afanaron en aplicar la filosofía del visitante de estación: cuando llega el tren del toro, en lugar de plantarse en la vía y hacerlo descarrilar, la mayoría se conforma con saludarlo desde el andén.


Quien sí se tiró a la vía fue Paco Ureña y desde allí esperó al toro más encastado de la feria, Pastelero, un Victorino de 520 kilos que desprendía trapío y fiereza en cada acometida. Toro de cara o cruz al que Ureña se impone en el primer envite para perder el segundo en la siguiente serie, un tanto desbordado por la agreste embestida. Se presiente combate nulo pero a partir de ahí, el lorquino vuelve a jugársela y deja en la retina dos series más, mandando mucho con la derecha, la faena convertida en un toma y daca emocionante, las espadas en lo alto a la espera de confirmarlo todo al natural. Por ese lado, el toro vende cara su posición pero Ureña extrae pases con valor sin cuento, aguantando un mundo y luego se ofusca alargando una obra que ya está hecha hasta concluir con un espadazo tendido que no basta. Se demora en tres descabellos que frustran dos orejas que tenía ganadas a ley.


La oreja de la tarde se la llevó Talavante por una faena en las antípodas de la guerra de Ureña, pues sorteó un Victorino bonancible que comenzó entregándose desde los buenos lances iniciales con que lo recibió y luego hizo el avión a modo cuando lo pasó de muleta en naturales bien rematados y otros con la derecha más ligeritos que culminaron en una arrucina que se dejó pegar el toro sin acordarse en ningún momento de su origen. Con su segundo oponente, Talavante no arriesgó en cambio un alamar, el extremeño quizá pensó que el gesto de anunciarse con una ganadería de verdad ya había concluido con ese triunfo parcial, que la ganancia a obtener no le compensaba el esfuerzo que requería un toro incierto que no iba a permitir arrucinas.

Tampoco admitía pases accesorios la seria corrida de Cuadri que mejoró en casta y movilidad respecto a comparecencias recientes. Sin embargo, José Carlos Venegas no tuvo mejor idea que rematar su faena al sexto encadenando bernadinas, pretendiendo aplicar a un toro poderoso esa práctica frecuente que ha sustituido a la de empalmar molinetes para extraer orejas pueblerinas de presidentes a favor de obra. Naturalmente el toro no se lo permitió y derribó al torero, poniendo a las claras quién mandaba en la plaza.

Al día siguiente, volvían a la feria los toros de Dolores Aguirre y como siempre inundaron la plaza del espectáculo de su encastada mansedumbre. Gómez del Pilar se llevó el lote de la corrida y rascó una orejilla barata por su labor al tercero que incluyó una larga cambiada, un quite por lopecinas y una faena solamente bullidora y efectista que nos llevó a la melancolía de constatar qué pocos toreros son hoy capaces de echar a un toro de comer cuando citan. La muleta retrasada es la norma acogida por la torería andante para mitigar el riesgo que siempre tiene traerse al toro toreado desde el inicio del viaje. Si luego al final no se remata el muletazo detrás de la cadera vaciando la embestida, nos encontramos con una sucesión de medios pases que sólo conduce al vacío.       

La tregua a las ganaderías duras llegó con el segundo pase de Alcurrucén, que en contra de lo que sospechábamos había guardado para esta semana algunos ejemplares de nota para quien quisiera darse cuenta. Lo hizo Juan del Álamo y el Cid desaprovechó una nueva ocasión para retomar el tren de la gloria. El primero abrió por fin la puerta grande aunque su éxito debe atribuirse a su cabeza despejada y atenta a pulsar los resortes de los ánimos de la plaza, no tanto a su voluntad de hacer el toreo cabal. En su haber debe apuntarse la forma en que comenzó la faena al tercero, doblándose con el toro hasta llevarlo con poder a los medios, fijando con torería un comportamiento que hasta entonces había sido abanto, enseñándole a embestir, en definitiva. Después, desgrana varias series por ambos pitones por las afueras del peligro, y el innegable temple y largura con que dota a los pases levanta las ovaciones acostumbradas pero no las enciende de la emoción que sin duda tendrían si además en la obra hubiera hondura. La plaza termina de entregarse con la estocada arriba y la muerte espectacular del toro en los medios. A partir de ahí, los sospechosos habituales comienzan a mover los hilos del triunfalismo desaforado para conseguir las dos orejas, el matador se pega la carrerita reglamentaria pegando saltos como si acabara de marcar gol, los carontes de las mulas demoran su acto de presencia en el ruedo y luego tardan más en arrastrar al toro que si Fernando Alonso lo intentara con su McLaren, pero el presidente Trinidad tira de dignidad, se guarda el segundo pañuelo y deja todavía un resquicio en la puerta grande por si el mirobrigense quiere colarse por él apostándolo todo al sexto de la tarde, un manso pregonao de complicada embestida. Del Álamo le espera en los medios sin probaturas pero va de farol, y se acaba quitando antes de que el toro le quite a él de en medio. Ya en el tercio, hace el esfuerzo y empieza cargando la suerte en el sitio, pero luego la faena se diluye entre medios pases que no someten al toro y algún atragantón donde hay valor pero no dominio, antes de ver claro que a un público a favor deseoso de desagraviar al torero le bastará una estocada desprendida para solicitar la oreja. Así es y así sucede, mientras el Cid, que tuvo un lote para volver a reventar Madrid, que estuvo mal con la corrida pero que pese a todo, dejó en el cuarto una serie de naturales parecidos a los de su época grande, contempla la escena desde el burladero de su frustración.


La Beneficencia fue la coda previsible al espectáculo decadente que representó la feria. Resulta un milagro que veinticuatro mil almas llenaran la plaza a despecho de los cuarenta grados en los termómetros, y del ganado de saldo con el que Victoriano del Río repetía en Madrid. Apenas un cambio de mano del Juli, un galleo de Manzanares y un puyazo arriba de Paco María fue lo que se llevó de la corrida el Rey Felipe para meditar fuera de las cámaras si merece la pena volver a los toros más allá de la obligación protocolaria. Es posible que ni siquiera los vivas a su persona con que a lo largo de la tarde los tendidos recalentados espantaban el tedio, le hagan regresar.


sábado, 10 de junio de 2017

EL MADRID ES GANAR EN PRIMAVERA


Mi primer recuerdo futbolístico va ligado a una camiseta de Amancio con la que mi padre me sorprendió después de uno de sus viajes a Madrid cuando yo debía tener no más de cinco años. Me la puse pocas veces en mi afán de preservar su blancura resplandeciente de los primeros días, el rutilante número siete azul de la espalda, su mítico escudo dorado sobre el pecho. Mi padre acompañó el regalo con una fábula que incluía un encuentro casual con el mítico extremo en el Bernabeu, en donde el propio Amancio le había dado la camiseta exclusivamente para mí y no tuvo que emplearse mucho en aderezar el cuento para hacer de aquel niño, un devoto madridista para siempre. Desde entonces, cada cita con el Madrid era un acontecimiento al que yo asistía desde el reclinatorio, cautivado por la dignidad de aquellos héroes sin estridencias, fascinado por el esplendor en blanco y negro que llegaba desde el televisor, por el fulgor de aquellas camisetas no mancilladas por marca alguna. Los jugadores que las vestían aún no estaban más pendientes de su imagen que del honor del escudo y consagraban cada partido a correr más que el contrario, a poner sus cinco sentidos al servicio de su calidad innegable, a defender a toda costa la máxima no escrita de dejar todo en el campo hasta el último aliento del encuentro. Así era como Pirri imponía su ley en cada esquina del terreno, a Camacho no le hacían dos veces el mismo regate y Santillana se elevaba sobre las defensas desde su físico mediocre, convirtiendo aquel vuelo inolvidable en el milagro de cada tarde.


En el Madrid de mi infancia ganar la liga era una costumbre heredada a partir de la llegada de Di Stefano veinte años atrás, una obligación que se celebraba desde el comedimiento de la satisfacción con el deber cumplido. Era la justa recompensa para el trabajo diario, el salvoconducto necesario para perseguir el sacrosanto grial blanco, la Copa de Europa, a la que se optaba en cada ocasión con humildad y orgullo, con once jabatos de la fábrica y alguna incrustación foránea que a menudo alcanzaban la proeza de plantarse en semifinales, llegando incluso a rozar la gloria en el inicio de la siguiente década en la final perdida de París, en donde la realidad de los García se estrelló contra la solidez inglesa de los diablos rojos.


En lo que llevamos de siglo, la leyenda de Don Santiago arengando a sus hombres tras la derrota y apagando la luz de la última estancia del vestuario había sido sustituida por la abundancia de medios no siempre al servicio de un proyecto deportivo coherente. La imagen del canterano corriendo la banda con el brazo en cabestrillo que consideraba su pertenencia al Madrid como un privilegio sólo al alcance de los elegidos, había dado paso a la foto de la estrella que pedía aumento de sueldo tras haber marcado un gol histórico y luego acostumbraba a sestear la mayor parte del año con la esperanza de hallar de vez en cuando, un triunfo deslumbrante con el que seguir engrasando la maquinaria del star system.

Por fin este año, la excelencia. La vuelta a los orígenes llega de la mano de un mago marsellés en cuya sonrisa humilde se atisba la eternidad del triunfo. Sesenta años después del nacimiento del mito del Madrid avasallador en Europa, se está configurando otro equipo quizá destinado como aquél a encadenar títulos sin pausa. Su dimensión depende del tiempo que permanezca en Cristiano el hambre insaciable de Don Alfredo, de las veces que Marcelo se acuerde de las galopadas de Gento corriendo por la banda, de que Bale se convierta en un Puskas del siglo XXI y siga destrozando redes a pesar de su condición física. Mientras Modric se vista de Velázquez tirando líneas entre las defensas contrarias y Benzema repita la del Buitre pespunteando las costuras del campo, todo estará a salvo porque Casemiro guarda la casa como un cruce perfecto de Seedorf y Stielike.


La excelencia es necesaria ya que el Madrid no sólo juega frente al equipo rival sino contra el odio universal a su grandeza. Cualquiera de sus derrotas alcanza el nivel de cataclismo y se organizan debates maratonianos sobre quién debe jugar de lateral derecho. Sus debacles son tan celebradas por los contrarios que se olvidan de su propio y legítimo orgullo para alardear falsamente de no querer ser como el vecino. Sus fichajes millonarios les parecen inmorales a los hipócritas que gastando lo mismo encubren sus manejos financieros bajo el disfraz de los valores, y no les basta ganar más que nadie en una década para seguir enarbolando la bandera del victimismo.

Ladran luego cabalgamos. Es divertido ser del Real Madrid y dejarse llevar por la emoción de un equipo que cuando toca a rebato se siente invencible, poder sentir todavía la alegría del niño en aquellos días gloriosos en que juega su Madrid, cerrar los ojos y ver a Juanito saltando camino del vestuario, a Casillas tapando un balón imposible, a Raúl mandando callar. El Madrid es alcanzar la cima doce veces y no conformarse. El Madrid es ganar en primavera.


domingo, 4 de junio de 2017

TRES FAENAS

En el mes completo en el que se desarrolla la feria de San Isidro, el sufrido abonado se gasta sus buenos euros para tener el privilegio de examinar el estado de la fiesta que le tiene sorbido el seso el resto del año. Tras la cotidiana pelea laboral, en lugar de terminar el día sin sobresaltos, refugiado al amor de sus cuatro íntimas paredes, recostado dulcemente en el sofá recibiendo el agasajo de su familia, en torno a las siete de cada tarde el sufrido abonado aprieta el paso para llegar a tiempo a su cita con la andanada, donde le espera tras la empinada escalera, el duro banco, la sucia herrumbre, el frío o el calor, la lluvia no. A este secreto héroe que humildemente sustenta el anacrónico rito de sus amores contra las múltiples amenazas externas, le llueven sin embargo, desde dentro del sistema, más palos que minutos tiene el mes, si acaso se le ocurre expresar su discrepancia frente al fraude nuestro de cada día, y elevar algo la voz contra el triunfalismo desmedido que festejo a festejo rebaja un poco más la categoría de la plaza. Poco ha tardado el gatopardo Simón en olvidar sus promesas, se ve que la revolución consistía en perseguir al disidente y enviar a sus comisarios políticos para amedrentar al público que ya ni siquiera puede ensayar palmas de tango contra el atropello permanente.

  
En realidad, el Robespierre de las Ventas no ha hecho sino llevar a la práctica la perenne salmodia de la crítica oficial, entretenida a menudo en criminalizar al público que denuncia la mentira y el adocenamiento en que tienen metida a la fiesta los barandas del negocio. Esta costumbre es especialmente sangrante en la televisión de pago que detenta la exclusiva de narrar las corridas, cuyos entertainers necesitan acudir a esta práctica lamentable para tapar la nada que a menudo se ven obligados a contar y así, en lugar de cuestionar a la empresa responsable del desaguisado habitual, se pasan la retransmisión acusando de reventador al discrepante, de maleducado al que protesta, lo cual vendría a ser como si Chicote, en vez de cantarle las cuarenta al chef del restaurante chapucero, abroncara al comensal. El excesivo cocinero mediático suele conseguir que el establecimiento progrese y al menos pueda comerse lo que allí se despacha. En Las Ventas, el menú del día es cada vez más infumable y respecto a la pasada temporada, la única mejoría constatable chez Casas es que se imprimen suficientes programas de mano para todos los asistentes aunque se cuelgue el no hay billetes en la taquilla.
  
De cualquier manera y a pesar de todo, el sufrido abonado siempre rescata algo de cada tarde que le hace regresar al día siguiente para esperar la excelencia con un candil. Buscando un hombre honesto que mostrara su verdad sin trucos, nos encontramos antes de encarar el último tramo de la feria con tres faenas, tres, que no es poco, tres obras compactas y con un sentido, estructuradas en base a una idea y a las condiciones del toro, con planteamiento, nudo y desenlace, ahí es nada, un tesoro para la vista en esta tauromaquia moderna en la que la escasa exigencia del toro provoca trasteos uniformes sin fuste alguno.

Alejandro Talavante diseñó la primera de estas faenas y alumbró la sorpresa del toreo de siempre la tarde en que se topó con un toro del Conde de Mayalde cuando ya nadie esperaba que la impresentable corrida del Puerto de San Lorenzo se resolviera en triunfo. Talavante firmó ante este tercer sobrero de suave embestida con tendencia a apagarse pronto una obra rotunda basada en la mano izquierda, trasteo muy medido con los pases justos, reunidos en un mismo terreno, naturales extraordinarios dando siempre el medio pecho con la suerte cargada y otros de frente mirando al tendido de gran impacto emocional, entre los que sobresale un cambio de mano templadísimo en el que se rompe definitivamente la mediocridad de la feria. El espadazo sin puntilla le otorga al extremeño la oreja de más peso del ciclo condenando por comparación a la irrelevancia las orejas concedidas hasta entonces y otras que vendrían después. Sir ir más lejos la que cortaría el propio Talavante a un encastado toro de Núñez del Cuvillo, ante el que ya desde la primera serie de naturales que aborda sin probaturas, no encuentra nunca el ánimo necesario para quedarse en el sitio y llevarlo sometido, pagando por ello después el precio de la cogida. La cornada que luego resultó superficial otorgó a la faena un vuelo que nunca tuvo y a pesar de la estocada baja final la emotividad del momento condujo al trofeo aunque los pases eran igual de vulgares antes y después del percance.


La segunda faena importante hasta el momento la hizo Ginés Marín el día de su confirmación de alternativa y le otorgó la puerta grande frustrando así el tinglado que el Juli montó para comparecer ante la cátedra. El gesto de Julián este año ha consistido en dar la cara sólo una fecha en San Isidro alternando con dos neófitos a los que alternativa en el mismo festejo y regresar fuera de feria en el cartel de lujo de la Beneficiencia, lo cual sería como si el Madrid quisiera llegar a la final de la Champions disputando las eliminatorias contra equipos de juveniles. El privilegio no debió parecerle suficiente al poderoso de San Blas, de manera que además de venir con una corrida chica y mansita de la familia de su apoderado, alteró el orden de lidia para no tener que matar dos toros seguidos. La corrida de los niños diseñada para el triunfo del profesor iba por ese camino de la lección magistral dictada por el Juli, la p con la i, pi, la c con la o, co, pi-co, y los dos colegiales presentaban la muleta oblicua para no contrariar las enseñanzas del maestro, se colocaban fuera de cacho y jugaban a la alcayata, destoreaban con el pase invertido, ensayaban el cambio de mano por la espalda para ligar con la izquierda, se fijaban en ese adefesio del julipié. Todo esa cantinela desplegaba Julián desde el estrado y en las múltiples cesiones y devoluciones de trastos que vinieron después parecía susurrar ante los ojos atónitos del alumnado, esto es todo lo que debéis hacer para cortar una oreja en Madrid, veis como no es tan difícil y todo el coro infantil fue cantando la lección, cien pases, ciento, cien mil, mil veces mil, un millón. La operación puerta grande se frustra en el cuarto en el que Julián parece traicionarse a sí mismo para plantear una faena más sosegada de redondos mandones de mano muy baja y naturales templados casi en el sitio hasta que el toro se acaba, la cabra tira al monte y ensaya desplantes desde la pala del pitón, escondido en la oreja que definitivamente se escapa debido a otro horrible julipie. A partir de ahí se rompe la monotonía y el primer indicio de rebelión en las aulas lo trae Álvaro Lorenzo con dos estocadas arriba y ejecutando bien la suerte. La traca final la monta Ginés Marín en el sexto, componiendo una faena bonita de menos a más, de cabeza despejada, ejecutada en el medio sitio que casi nos vale, pero con la verticalidad necesaria para no descomponer la figura y la profundidad suficiente para que el toro pastueño no salga despedido hacia afuera y la obra se compacte con la necesaria reunión. Unos adornos finales garbosos y la clarividencia para entrar a matar justo antes de que el toro cante la gallina de su mansedumbre le conducen a las dos orejas a pesar del desprendimiento de la espada, mientras el padrino mira al presidente desde el callejón quizá pensando para sí ¿qué he hecho yo para que me trates con tan poco respeto?


Poco tardaría Ginés en devolver las orejas pues cuarenta y ocho horas después estaba otra vez anunciado para lidiar la enésima entrega del culebrón Domecq. Sin embargo, tuvo la mala suerte de enlotar un inválido y un manso con genio que le llevó por el camino de la amargura por culpa de los algodones que han envuelto una trayectoria en la que seguramente el muchacho no se haya encontrado con un animal semejante que le haya exigido tener que desplegar la técnica necesaria para dominar sus dificultades. Cuando la tarde se iba por el despeñadero, Joselito Adame se inventó un número circense con el fin de rebañar otra orejilla para su colección particular. El espectáculo consistió en cobrar la estocada sin muleta, sólo que esta vez, en lugar de perderla en el embroque como suele ser la norma en la tauromaquia actual, la tiró antes, trocando su condición de torero por la de saltimbanqui. Como el toro salió del lance rodado sin puntilla y atropelló al diestro entrampillándolo contra el albero con los cuartos traseros, las buenas gentes quedaron harto impresionadas y pidieron el trofeo a pesar de que antes de aquello la faena había transcurrido anodina, excepto en un pasaje muy ovacionado en el que Adame improvisó otro numerito, esta vez de malabares, al resolver un desarme recuperando la muleta al vuelo. 


La travesía del desierto del monoencaste culminó con un triduo a las figuras del que casi nadie salió bien parado. Don Victoriano del Río, para honrar su condición de ganadero acaparador de los premios del año pasado, mandó a Madrid una mansada que se dejó torear excepto el lote de Roca Rey que ha pasado por la feria como una sombra del novillero rutilante que fue hace dos años. De aquel torero mandón, variado y valiente, ha quedado un prestidigitador más preocupado por el triunfo a toda costa que por hacer el toreo. Se le vio perdido en la lidia, hasta el punto de que la afición tuvo que recordarle sus obligaciones de colocación en banderillas y ya en los medios no tuvo mejor idea que ponerse a torear de salón con el capote, completamente desentendido del peón cuya integridad debía vigilar. Se empeñó en prodigar sus consabidos quites efectistas sin tener en cuenta que agravaban la condición abanta de sus toros, y a la salida de varios de ellos como se quedaba a favor de querencia, se vio seriamente apretado hacia la barrera, hacia donde tuvo que huir sin decoro por no allegar la técnica capotera necesaria para salir airoso del trance. En su primer victoriano no fue capaz de parar al toro en ningún momento y ya en toriles por fin consiguió ligarle varias tandas de naturales muy jaleadas, que acabaron en la previsible oreja para una labor sólo valiente, tan lejos de la emoción y el concepto de aquellas faenas vibrantes que el maestro Rincón enjaretaba a toros entablerados. 

De Miguel Ángel Perera, lo mejor que puede decirse es que da gusto verle en los carteles por la cuadrilla que lleva. En sus dos actuaciones, Javier Ambel y Curro Javier dieron un curso de majeza en banderillas y eficacia en la brega, y el primero enceló a un Victoriano a punta de capote y se lo llevó con temple al burladero como hace tiempo que no se veía. El jefe cumplió cortando otra orejilla de saldo por una faena fría, superficial y limpia, rematada con una buena estocada.

López Simón sale tocado de la feria y lo mismo que las cuatro puertas grandes de los últimos dos años en esta plaza le lanzaron hacia la condición de líder del escalafón del año 16, mucho me temo que su actuación en sus tres tardes isidriles le condenarán más pronto que tarde al rincón de la irrelevancia. Acaparó el mejor lote de la corrida de Victoriano del Río, en especial un quinto toro cuya pujanza no fue capaz de domeñar pues el animal le ganaba siempre la acción y el de Barajas sólo acertaba a acompañar el viaje con una profusión de muletazos deslavazados y fuera de sitio. La faena había tenido un prólogo extraordinario debido a la intervención de Tito Sandoval que recuperó por primera vez en la feria, el esplendor del tercio de varas sobre todo en un segundo puyazo emocionante en el que se olvidó de su derribo en el primero, para agarrarse arriba con poder y medir con justeza el castigo.


La corrida de Juan Pedro Domecq fue el vergonzoso corolario del desastre ganadero que el encaste del que es máximo exponente ha propuesto en Madrid este año. Con la juampedritis llegó también el baile de corrales y los camiones yendo y viniendo de las dehesas para que al final sólo pudieran lidiarse cinco birrias febles y descastadas, animales impresentables que pudieran justificar la ausencia de compromiso con que comparece a la feria Manzanares hijo, el triunfador del año pasado, y la presencia de Cayetano, que tras cinco años huyendo de Las ventas, no ha querido dar la cara hasta que su apoderado pudiera tener la ocasión de manejar el cotarro desde su puesto de mando en la empresa. En el ruedo, la nada absoluta y un toro de Criado que medio se sostuvo para que el coro de voces femeninas que acompaña al de Ronda por las ferias, pudiera jalear sus maneras de aficionado práctico.

Pero no se preocupen, no hay cuidado. El honor de Domecq ya había quedado a salvo cuando el presidente Gonzalo de Villa tiró de pañuelo azul y sin que nadie lo pidiera premió con una vuelta al ruedo a Hebrea de Jandilla, prototipo de toro moderno del que no se tiene noticia en los primeros tercios, criado para la muleta en donde coloca bien la cara sin una sola informalidad, da vueltas sin cesar persiguiendo el señuelo igual que tu perro persigue la pelotita y confunde a los públicos que creen ver bravura donde sólo hay docilidad. A ese toro destinado a los premios oficiales de la feria, Castella le plantea una faena prefabricada de muchos pases por las afueras, preñada de técnica y ayuna de alma, premiada con una oreja de las que apenas quedará recuerdo en la memoria cuando el fragor de la isidrada haya cesado.

La tercera de las faenas de las que hablábamos al principio la urdió Enrique Ponce a medias con nuestra cabeza en la que quedará para siempre la lección de torería y conocimiento que nos dejó el maestro de Chiva la tarde en la que abrió la puerta grande, un curso de toreo del que ya no se ve, del que parece haber quedado proscrito en la tauromaquia actual. Por primera vez en la feria, un matador fija a un toro de salida con el capote y le gana terreno a la verónica hasta el remate airoso en los medios. Por fin, un torero en las Ventas. Un torero que no trae la faena hecha de casa, que piensa en la cara del toro, que plantea una lidia ordenada mandando en sus subalternos, al que no se le escapa el manso camino del picador que guarda la puerta, que sabe aplicar la técnica cuando es necesario y lucirse cuando es menester, que hasta para saludar al público, lo hace con torería. Sus dos faenas las planteó en un mismo terreno, en el dos, la del más boyante, en el seis, la del más complicado. En la primera, practicó el toreo fácil marca de la casa, con esa manera de enganchar a los toros con los vuelos de la muleta en donde la profundidad se sacrifica en pos de la ligazón. Varias series de derechazos sin solución de continuidad traen el clamor a la plaza, hechizada por la naturalidad del torero, encantada de asistir por fin a una danza que no es la misma de todas las tardes, quién nos iba a decir que un torero con veintisiete años de alternativa inundaría de aire fresco el ambiente viciado de la fiesta. La faena crece en sus postrimerías cuando Ponce se dobla con el toro y ahora sí es profundo al cargar la suerte con la pierna flexionada, alcanzando la cumbre en un sublime cambio de mano ligado a un gran pase de pecho. El pinchazo que precede a la estocada no impide que caiga la primera oreja enarbolada por el torero como un tesoro pedido con unanimidad. El público está entregado y se nota en cómo le espera cuando el maestro se dirige a pasar de muleta al segundo de su lote, que le aguarda engallado al pie de la puerta grande a la que todos miran de reojo. El Garcigrande veleto y salpicado, embiste con complicaciones pero Ponce no pierde la paciencia y plantea su clásica faena de ir sobando al toro poco a poco, desengañándolo por los dos pitones y consintiéndole las tarascadas que otro torero en su posición no admitiría, hasta que el animal queda sometido y se traga los muletazos que no tenía, administrados de uno en uno desde el sitio de la verdad, al final de cada uno de los cuales, Enrique parece decir la plaza es mía. No se equivoca el maestro pues a pesar del pinchazo y de la media tendida, se pide y se concede la oreja y la controversia sobre la justicia del triunfo enciende de nuevo a los tendidos mortecinos de todas las tardes.  



Hubo otra faena en las Ventas la tarde en que el Madrid fue campeón de liga, pero no la vi. Me cuentan que Ferrera estuvo menos afectado de lo habitual frente a un buey de Las ramblas, que el público dominguero pidió las dos orejas pero se le concedió sólo una. Las crónicas cantaron la faena como si hubiera sido la de Gallito al toro de Guadalest, pero yo no me fío. Seguiremos informando.

viernes, 19 de mayo de 2017

EL GATOPARDO

Cuando en el otoño del año pasado, se anunció que Simón Casas sería el nuevo mandamás de Las Ventas, la afición conspicua se llevó la mano a la cartera de las esencias, temiendo que el histrión que lleva dentro el empresario francés arramblara con los últimos restos de seriedad que quedaban en la primera plaza del mundo. Sus manifestaciones públicas en contra de los veinte o treinta integristas defensores de la pureza del rito a los que quería expulsar de los tendidos y a favor de una tauromaquia concebida como producción cultural cimentada en los pies de barro del toro artista, iban en la dirección contraria de las necesidades de fortalecimiento de la fiesta que demandaba la nueva era por iniciar en el destino de la plaza.


El innegable talento publicitario de Casas se puso a trabajar desde el principio, organizó grandes eventos para llegar al vulgo pero también se ocupó de cuidar a la afición selecta y recorrió sus cenáculos proclamando la buena nueva de su apuesta por el toro de Madrid. La profusión de actos, anuncios y performances sobre la nueva temporada obró el efecto de poblar los tendidos de manera sorprendente, incluso en las novilladas programadas para abrir boca, verdaderas corridas de toros en las que acarteló a los habituales aspirantes a la gloria cuyo oficio no fue suficiente para evitar que estrellaran sus ilusiones en la irrelevancia o en el hule. Se desconoce qué pensaría Simón de sí mismo después de haber cargado no hace siquiera un año contra las novilladas organizadas por la anterior empresa a las que truculentamente había calificado como crímenes contra la humanidad.

En cuanto a los festejos mayores, si los gestores precedentes agasajaban al sufrido abonado con la contemplación de una corrida de Victorino de Pascuas a Ramos, el francés se estrenó en el Domingo del Hosanna con un encierro de los de la A coronada, y mantuvo el interés de la programación con dos duelos mano a mano del gusto de la cátedra en Resurrección y en la Goyesca, y sólo le faltó la suerte de culminar su apuesta con un triunfo de relumbrón, para sacar nota en esta primera evaluación del curso. Así las cosas, antes de anunciarse los carteles de San Isidro el abonado se frotaba los ojos sin terminar de creerse si era posible que la regeneración de la fiesta viniera de Francia. El espejismo duró lo que duran dos peces de hielo en un cubata servido en uno de los chiringuitos que Simón ha multiplicado por todos los rincones de la plaza, lo que dura la contemplación de un mes de toros diseñado conforme al patrón ya conocido de Taurodelta, las ganaderías de interés arrinconadas en la última semana de feria y hasta entonces el reinado absoluto del momoencaste Domecq, decadente corona de flojera y estulticia con algunas incrustaciones en Núñez y Atanasio, para satisfacer la cuota habitual de los Lozano y los Fraile. En fin, lo de siempre. La revolución francesa sigue sin llegar a Madrid y el gatopardo Simón nos la ha vuelto a colar con su lampedusiano sentido del espectáculo, mientras el pueblo satisfecho se solaza al final de cada tarde cantando vivan las caenas en el tablao de los bajos del nueve.

Con estos mimbres ganaderos, era previsible este inicio de feria en la que andamos enredados en un eterno deja vu de descaste y sosería, y pese a todo, en cada tarde, aparece algún garbanzo negro con la casta suficiente para que un torero con la hierba en la boca dé el paso adelante y pise los terrenos adecuados para convertir la plaza en un volcán. Lo intentó Morenito con un burraco del Ventorrillo que se venía de lejos con alegría. Cuando el de Aranda parecía que iba a redimir la tarde y se animó a citarlo en la distancia larga, ni siquiera encontró el ánimo para aguantar la embestida en el primer embroque y luego se perdió en un esteticismo hueco que aún le alcanzó para demostrar la teoría sobre cómo cortar una oreja en Madrid siendo desbordado en cada pase.

Seguramente el gatopardo Simón hubiera querido para su revolución venteña muchos carteles de relumbrón con las figuras dando la cara en Madrid varias tardes con el toro de respeto. A la hora de la verdad sólo Talavante le respondió como es debido, y su Julián, su Jose Mari y su José Antonio le contestaron que a la regeneración de la fiesta ya le podían ir dando y que ellos se pedían ir a la feria una o ninguna tarde, que como mucho se dejarían también anunciar en esas corridas extraordinarias que antaño brillaban más que el sol y ahora son el coto privado de cuatro privilegiados. Por eso, el francés tuvo que confiar en que alguno de los toreros del gusto de la afición madrileña, eternos aspirantes a la gloria que nunca aciertan a tocar con los dedos, dieran un zambombazo que maquillara el invento y los puso antes y al principio de la feria, pero no hubo tal. Ureña no revalidó la grata impresión que dejó en la goyesca frente a un agresivo toro de Victoriano del Río pues al enfrentarse al toro flojo lo hizo sin comprometerse, seguramente abducido por esa cantinela de los taurinos que recomiendan no atacar al animal descastado para que no acabe de venirse abajo y rajarse. Urdiales, como tiene dicho el gran José Ramón Márquez, representó una vez más el papel de Antonio Vico en la película Mi tío Jacinto de Vajda contándole a Pablito Calvo esa gran faena que sólo existe en su imaginación, compuesta de los retales de series sueltas, ayudados y trincherazos de indudable clase que nunca tienen la continuidad necesaria para alcanzar el triunfo definitivo. Otro tanto podría decirse de Curro Díaz que sigue despeñándose por la senda de la falta de compromiso a medida que aumenta su oficio. Su segundo toro de Montalvo le ofrecía la gloria en su pitón izquierdo y a por ella se lanzó sin probaturas mas aplicando un trasteo frío y despegado, toreo por las afueras basado en el empleo del pico, con la pierna contraria retrasada como bandera. Tales mañas dividieron enseguida las opiniones y el de Linares se empeñó en seguir traicionándose a sí mismo alargando en exceso la faena hasta terminar desbordado por un toro que no había sido dominado en momento alguno.


Luego está lo de Garrido, el único de los toreros de alternativa reciente que va funcionando por el escalafón, vaya a usted a saber por qué, quizá porque la crítica oficial lo ha acogido como la sistémica savia nueva que debe apuntalar la julianesca manera de torear que va pudriendo poco a poco el toreo moderno. A pesar de todo, a punto estuvo de cortar una oreja a un toro de Fuente Ymbro cuando al extremeño le llegó la voz de la andanada exigiéndole compromiso y desde entonces se quedó por fin en el sitio para extraer naturales estimables, eso sí de uno en uno que en la ligazón es más complicado aguantar de verdad y dominar la embestida. Este tipo de transfiguraciones que sufren algunos matadores cuando tiran de sus restos de amor propio y desoyen la matraca con que sus edecanes les atormentan cada día, la sufrió también Javier Jiménez con el encierro de la Quinta, el santacolomeño soplo de aire fresco que abrió la feria. Una corrida encastada necesita una lidia eficaz y toreros dispuestos para aprovechar las veinte arrancadas buenas que el toro suele ofrecer antes de comenzar a enterarse de lo que hay tras el trapo y buscarlo. Jiménez ofreció la versión cabal en el quinto, cuyo pitón izquierdo honró con varias series componiendo bien la figura erguida, aguantando las agresivas embestidas en el sitio de torear en dos o tres naturales extraordinarios, pero perdió la oreja por alargar una faena que ya estaba hecha. Antes y después, fue otro torero, retorcido y vulgar, y desastroso con la espada.


La tendencia de la moda de este año en la pasarela de Las Ventas es matar a la última, dejar el acero en cualquier sitio, rendir continuos homenajes a la benemérita haciendo guardia al animal, intentar descabellar tras un pinchazo hondo, coger de nuevo la espada al darse cuenta de que el toro no permite usar el verduguillo, soltar la muleta en el encuentro y salir por piernas del trance sin que el decoro exigido por la plaza y el oficio importen una higa. El mayor sainete a la hora de ejecutar la suerte suprema lo protagonizó David Mora, juguete roto a merced de las veleidades del público madrileño, acogido con calor al principio de su primera tarde por su historia de sangre y triunfo en esta plaza y agriamente hostigado al final, incapaz de acertar con el descabello como culminación de una corrida aciaga en la que pareció no estar recuperado para enfrentarse al toro de Madrid. Cuando sonó el tercer aviso, y David se retiró compungido hacia el callejón, el puntillero atronó al animal desde el burladero, como tantas veces se hizo en la historia de la plaza, y  se desató otra gran bronca con los bueyes de Florito ya en el ruedo. ¿Acaso creerían las buenas gentes que el eficaz mayoral de las Ventas, cuando tan sabiamente conduce a los toros devueltos a la oscuridad del chiquero, los cura amorosamente y los indulta en secreto?

Mora ofreció mejor impresión en su segunda tarde, e intentó sobreponerse a su condición física quedándose quieto ante un bonancible lote de Parladés y acabó cortando la oreja más barata que uno recuerda cuando al presidente Gómez Martín le dio por premiar una faena envarada y mecánica de más a menos de la que sólo cabe rescatar los buenos ayudados por bajo del inicio. Los desmanes del palco son ya habituales en esta plaza y el presidente Cano Seijo también hizo de las suyas la tarde anterior negándole al Fandi la posibilidad de un cuarto par en su primer toro, pero Fandila salió respondón en el segundo y puso cuatro palos en el tercer envite, dos al violín y otros dos, cuarteando tras el primer embroque. Después el granadino no tuvo la inteligencia suficiente para aprovechar el ambiente a su favor que esta controversia con la autoridad había ocasionado y le aplicó a un toro boyante su consabido trasteo despegado y ventajista, del que se vengó el presidente denegando la oreja pedida a pesar de todo por bastante más gente de la que sacó el pañuelo cuando se la regalaron a David Mora.
  
De tal profusión de palitroques, pronto no recordaremos nada. En cambio quedará en la memoria el par que Ángel Otero le sopló a un toro manso de El Pilar que apretaba un mundo hacia las tablas, al que dio todas las ventajas y citó de poder a poder, poniendo la plaza en pie cuando le ganó limpiamente la acción y clavó con exactitud en la cara, procurando a la afición el momento más emocionante de la feria.

           

martes, 9 de mayo de 2017

MEDIO SIGLO

Llegar a los cincuenta es un triunfo que no se valora debidamente en estos tiempos extraños en los que a la edad de las sopitas y el buen vino, la gente corre maratones y se viste con la ropa de sus hijos en edad de merecer. Aunque la vida suele ser una sucesión tal de decepciones que sólo cabe acoger el final con cierto alivio, he conseguido llegar al medio siglo sin que la vejez que poco a poco va invadiendo mi osamenta  se convierta también en ese estado mental que amenaza tu futuro cuando presientes que ya has recorrido la mayor parte del camino que se te ha otorgado transitar. Antes de traspasar la frontera que parte tu senda por la mitad, todavía la cabeza hace planes como si uno no tuviera hijos adolescentes a los que dar ejemplo. El espíritu juvenil que habita tu cuerpo desvencijado aún se empeña en empresas imposibles a pesar de que desde hace tiempo advertiste que más vale salir de fiesta los viernes para tener así dos días por delante de recuperación y que los partidos de tenis que antes te hacían sentir Federer por unas horas te dejan ahora tan baldado que la mayor victoria es poder levantarte de la cama a la mañana siguiente.

Sin embargo, cumplir los cincuenta es hundirse en una dimensión nueva. Justo cuando creías haber alcanzado el secreto de la clarividencia que da la madurez, cuando las dudas que te hicieron sentir inerme para enfrentar los embates de la existencia habían quedado superadas, llega la barrera inclemente del cambio de década y sin saber por qué, vas notando ese cansancio raro que te hace sospechar que jamás volverás a soportar los empujones de la primera fila de un concierto, que deberás conformarte con mover levemente la cadera desde la barra, contemplando la batalla desde la retaguardia de la frustración. Ya lo dijo Balzac, el anciano es un hombre que ya ha comido y observa cómo comen los demás.

Es la vejez, amigos, la dama humillante e inhóspita del verso de Cernuda, el único argumento de la obra que Gil de Biedma interpretó cuando se dio cuenta de que las dimensiones del teatro no daban más de sí. Ese estado de cosas que va instalándose en tu cuerpo cuando no pasa un solo día sin sentir alguna clase de malestar físico y el desgaste de los materiales hace de tu espalda un lugar propicio para el dolor, pies y rodillas comienzan a claudicar antes de tiempo, las digestiones dejan de ser fáciles y los ojos miopes de siempre transitan alevosamente hacia la presbicia para que las embestidas del destino te pillen medio ciego y desnortado.

La cosa se complica cuando uno siente que ha llegado tarde a casi todo en esta vida y necesita seguir en este valle de lágrimas al menos otro medio siglo para colmar sus expectativas. Soy de los que tuvo un vídeo beta, hace poco júbilé la televisión de tubo y sigo usando el windows vista en mi ordenador. Cuando por fin me aboné al canal plus, ya habían quitado el porno, así que necesito imperiosamente que sea verdad esa patraña que nos vende la ciencia prometiendo para un futuro no tan lejano una esperanza de vida que llegue a los cien años y aunque para entonces habitemos en la indigencia y no haya plan de pensiones que resista nuestra longevidad, es peor dejar de quejarse e ingresar para siempre en el corral de los quietos y tener que darle la razón personalmente al espectro de Óscar Wilde que aunque no pudo alcanzar siquiera el medio siglo, enseguida se dio cuenta de que envejecer no tiene importancia, lo terrible es seguir sintiéndose joven.

viernes, 21 de abril de 2017

EL TOREO MODERNO


Tarde tras tarde, el toro suele hacerse presente en las plazas sin alegría, sin la natural curiosidad que debería demostrar en un escenario novedoso un animal encastado que lleva varias horas encerrado en la oscuridad del chiquero. A menudo, sin embargo, el toro se asoma a la primera raya con un deseo irrefrenable de volver de inmediato a su comodidad anterior y cuando por fin se aventura en el ruedo al reclamo de un capote que un peón mueve a lo lejos desde el burladero, acude al encuentro con displicencia, como quien sale a la calle a dar un garbeo sin rumbo fijo. Tras esta primera experiencia con el hombre vestido de luces, lo habitual es que el toro le coja gusto al trote por el albero y entonces se pegue dos o tres vueltas por la plaza, sin que ninguno de los que se cruzan con él consiga recogerlo adecuadamente, no tanto por su condición de abanto como por la deficiente técnica de los que manejan el percal. Cuando por fin el matador consigue fijar al toro y repetir siquiera media docena de capotazos, lo suele hacer de manera atropellada y trapacera, sin allegar al manejo de la tela gracia alguna, echando normalmente el paso atrás en cada embroque, perdiendo terreno hacia las tablas en lugar de ganarlo hacia los medios y rematando el saludo de forma vulgar o no rematándolo, lo cual contribuye a que el toro recupere su tendencia natural a la dispersión y acabe vagando de nuevo por la plaza sin que el peonaje lo fije, para terminar en bastantes ocasiones recibiendo la primera vara en terrenos opuestos a los adecuados, allí donde los picadores acaban de hacerse presentes tras la orden del usía.   

Cuando el varilarguero de turno logra llegar sin sobresaltos a su terreno natural, el lidiador suministra al astado una nueva sucesión de mantazos con el fin de colocarlo para la suerte de varas, aunque no siempre tiene éxito pues unas veces el animal se le vuelve a escapar camino de las tablas, otras lo despide con un recorte inapropiado tras el cual el toro hace hilo con el torero y con todos aquéllos a los que se encuentra en su huida, y en la mayoría de las ocasiones, lo aparca de cualquier manera en el lugar más cercano posible a la segunda raya, cuando no prescinde de esta exigencia, depositándolo al relance a merced de la acorazada de picar. Es entonces cuando comienzan las torpes maniobras del jinete para llevar a cabo la empresa de ahormar una pujanza que casi nunca es tal, y a pesar de ello, el picador suele ensañarse en el primer puyazo,  dejando al toro para el arrastre tras haber barrenado a modo sobre cualquier región anatómica del animal que no coincida con el morrillo, abrazando por tanto la norma del puyazo trasero, bajo o contrario, suministrado sin medida y haciendo la carioca. Si el toro sale de esta masacre con fondo de bravura suficiente para acudir con bríos a un segundo puyazo, el lidiador suele hacer lo posible para restar protagonismo a ese acontecimiento lo cual consiste en no colocarlo en un lugar más alejado que el del primer envite con el fin de no consentir que el público tome partido por el animal, si es que éste se arranca alegre sin importarle el encuentro con el castigo. A remediar esa circunstancia suele aplicarse el picador que si por un casual se encuentra con un toro al que citar en la distancia, ahora mueve mal el penco, luego no provoca la embestida alzando la vara con contundencia desde el lugar adecuado, después no se viene de lejos con alegría ofreciendo el pecho del jaco al burel para que acuda al encontronazo emocionante, todo ello para que al fin su matador se justifique y acabe acercando al toro hasta el estribo de su esbirro hurtando a la afición un espectáculo que acaso solamente fuera un espejismo.


Como la tónica general del matador de turno en este tercio suele ser la inhibición o la incompetencia técnica, o ambas cosas, la norma es la ausencia de quites artísticos, salvo que consideremos como tales a la chicuelina despegada o a la gaonera zarrapastrosa que instrumentan los matadores de hoy, incluso en insufrible competencia por el mismo palo, lo cual permite al abonado contrastar con su compañero de localidad si le ha gustado más la chicuelina culera de fulano o la chicuelina sobaquillera de zutano.  


En medio de estas disquisiciones, el espectador llega al segundo tercio abrazado a la quimérica esperanza de contemplar una lidia ordenada y algún que otro buen par de banderillas y a veces se cumple ese anhelo si se acartelan ese día alguna de las cuatro o cinco buenas cuadrillas que sobreviven en el escalafón. De lo contrario, asistirá al desorden habitual en el que el peón de turno no tiene más ayuda que sus piernas si es perseguido tras el embroque porque no suele haber un capote bien colocado que le haga el quite. Si es el matador el que toma los palos para lucirse, la excepción es que se aproxime con naturalidad al toro y sin demasiados aspavientos se reúna con él en la cara para asomarse al balcón con pureza y tras clavar en lo alto, salir andando de la suerte sin necesidad de tomar el olivo apresuradamente. La norma es que se convierta el ruedo en pista polideportiva y el banderillero olvide la torería para adoptar la condición de gimnasta o saltimbanqui, a lo cual suele ayudar la afición de las autoridades a cubrir las plazas de toros y convertirlas en pabellones multiusos, más adecuados para las olimpiadas y el circo que para la lidia de reses bravas.


La faena de muleta debería ser un proyecto desarrollado a través de un plan concebido en función de las características del animal al que toca enfrentarse, su condición de bravo o manso, su mayor o menor boyantía, la pujanza restante tras las batallas de los tercios precedentes. La uniformidad del comportamiento descastado de la mayoría de los toros que actualmente salen por chiqueros conduce a que ese plan no sea necesario y a su sustitución por una sucesión de pases sin propósito alguno. En este estado de cosas, los trasteos muleteros suelen empezar en el tercio, casi siempre por alto, con el fin de aliviar unas embestidas que no requieren de manos poderosas para ser dominadas. En este prólogo de la faena en el que el toro acomete alternativamente por ambos pitones, el matador todavía no necesita recurrir a la ventaja porque el animal va y viene sin apreturas, sin las exigencias técnicas del toreo en redondo. Por eso son tantas las faenas que tras un comienzo prometedor, naufragan cuando se trata de parar, templar y mandar según los cánones del toreo fundamental. Entonces, la cosa se complica pues en lugar de dar al toro la distancia adecuada para que acuda, citarlo adelantando la muleta plana, cruzarse al pitón contrario y ofrecer en el embroque el medio pecho con naturalidad, rematando el pase hacia adentro y detrás de la cadera, el torero rehúye el terreno del toro, se coloca en la pala del pitón por las afueras del peligro y le acerca una muleta oblicua con el pico por señuelo para que el animal describa en torno al hombre un viaje lo más alejado posible de su jurisdicción, y éste componga una figura retorcida y concentrada en depositar al toro en el lugar más alejado posible de la posición inicial. Cuando se trata de dar el siguiente pase, como el torero sigue descolocado, bien intenta iniciar de nuevo el proceso anterior, y sacrifica la ligazón recolocándose algo más cerca de los pitones pero sin cruzar la línea prohibida del riesgo, bien convierte la ligazón en una mentira en la que el toro describe sin cesar círculos alrededor del diestro sin ir nunca obligado, en una danza incruenta en la que ninguno osa invadir el terreno del otro y que termina con el inevitable pase de pecho, que casi nunca se instrumenta con vertical compostura, señalando la pañosa el hombro contrario y barriendo el lomo del toro de pitón a rabo, sino en la postura esforzada del que procura salirse lo antes posible de la suerte, despidiendo al animal en paralelo y de cualquier manera.


En la mayoría de los trasteos abundan los pases instrumentados con la mano derecha y la muleta montada sobre el estoque de ayuda porque de este modo el diestro se encuentra más protegido tras la mayor superficie de tela conseguida y expone menos que si torea al natural, un pase en el que si la mano escoge el centro del estaquillador para hacer más puro el cite, es más difícil recurrir a los artificios señalados anteriormente. Resulta penoso comprobar cómo incluso en este caso casi nunca se adelanta la pierna contraria en la ejecución del pase, de manera que cargar la suerte ha dejado de ser la norma en la tauromaquia moderna, y lamentablemente parece haber quedado instalado en el gusto de los públicos esa antiestética composición de la figura que trata de obtener ventaja de la combinación de tres trucos técnicos grabados a fuego en las formas de los toreros jóvenes: la colocación al hilo del pitón, el cite oblicuo con el pico de la muleta y la posición ostensiblemente retrasada de la pierna de salida. 


El toreo ventajista aplicado a un toro descastado produce faenas interminables. Los trasteos son ahora más largos que nunca porque el toro de este momento es el más pastueño de la historia y el matador puede permitirse el lujo de estar a gusto con él, dando pases sin contenido hasta que suene el primer aviso e incluso después. En la lidia actual, ha desaparecido la función primitiva de la faena de muleta que era dominar al toro y prepararlo para la muerte, lo cual podía y debía hacerse perfectamente mediante poco más de veinte pases y algún adorno final concebido con el sentido de ahormar al toro para la suerte suprema. En cambio ahora, si el cuerpo de la faena suele desarrollarse sin propósito claro, lo normal es que sus postrimerías discurran sin ton ni son, y el torero ensaye manoletinas, molinetes en cadena y circulares invertidos, para trasladar al público un riesgo ficticio que el toro no trae a la plaza.


Una faena sin intención y alargada artificialmente suele conducir a que el toro llegue al momento supremo sin haber sido verdaderamente toreado y cueste un mundo igualarlo para entrar a matar. En otros casos, sin embargo, el toro junta las manos de puro agotamiento y muestra a su matador la muerte para la que fue concebido, pero éste suele corresponder a tanta bondad haciendo la suerte sin respeto a los cánones. De entrada no se coloca centrado entre ambos pitones sino perfilado sobre el pitón de salida, cantando a la concurrencia que la rectitud no va a ser su máxima de actuación. Si el torero ya está fuera cuando inicia su camino hacia el toro, lo lógico es que culmine la reunión echándose más afuera en el embroque, aunque alguno que otro ha cimentado su fama de gran estoqueador a base de tapar fraudulentamente la cara del animal con la muleta y volcarse en el morrillo solamente cuando los pitones han rebasado su figura. Hay muchos matadores que son diestros en el arte de enterrar la estocada arriba por el hoyo de las agujas a pesar del empleo de estas artimañas pero lo normal es que todo este desaguisado acabe en feo bajonazo perdiendo la muleta y se dan casos en que incluso así, el júbilo es completo y el presidente concede las orejas.


En general, si el toro se mueve y el torero anda por allí prodigando estos y otros desastres sin que el animal tropiece mucho las telas, suele haber triunfo seguro, incluso en las plazas de criterio más asolerado. Sin embargo, cuando en alguna tarde insospechada un hombre cita a un toro bravo en la distancia, con naturalidad y en el sitio, y aparece el milagro del toreo, los que antes aplaudían la vulgaridad reconocen ahora la excelencia y surge el clamor verdadero. No todo está perdido.