jueves, 20 de septiembre de 2018

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES



En el carnaval de 1497, Fray Jerónimo Savonarola celebró su particular día de las hogueras, formando en la Piazza della Signoria de Florencia una pira monumental a donde fueron a parar como símbolos del pecado, multitud de obras de arte, artículos de lujo, ropas indecentes y demás signos de vanidad de la época. Más de quinientos años después, en el fuego de artificio que es la política actual arden sin cesar los diplomas enmarcados de los másteres sin mérito, y las tesis “cum laude ad maiorem wikipedei gloriam”.

La “titulitis” siempre ha sido un vicio del españolito ávido de reconocimiento que deseaba rematar su salida del analfabetismo atávico con la imponente orla colocada en el lugar principal de la casa. Desde el curso de corte y confección de CCC hasta el doctorado en diplomacia económica del presidente, hay un sinfín de posibilidades para no quedarse solamente con la etiqueta de anís del mono, que diría el gran Chiquito.

De ese afán de titulación no podían escapar los políticos profesionales, siempre dispuestos al aprovechamiento de su posición de privilegio. No conformes con disfrutar de un escaño al que accedieron medrando en la pelea por ir bien colocados en la lista, siguen utilizando a sus padrinos en el partido para embellecer un currículum que perciben demasiado escuálido para justificar su ascenso. La ministra Montón, por ejemplo, estudia medicina pero nunca llega a ejercer porque deja colgada la carrera a los 23 años por un puesto de concejal en el Ayuntamiento de Burjassot, de donde sale cinco años después para ser diputada nacional por Valencia. Las exigencias del trabajo parlamentario deben ser menores que las responsabilidades locales porque es en 2010 cuando por fin tiene tiempo de licenciarse en medicina, con treinta y cuatro años. El misterio continúa cuando la prometedora diputada decide realizar un máster de estudios interdisciplinares de género en donde no se sabe qué es peor, si el trato de favor recibido pese a ostentar la condición de portavoz de igualdad del PSOE, el plagio de copia y pega que finalmente le cuesta la carrera o el programa de materias incluidas en semejante bodrio académico que sólo puede justificarse por la voracidad recaudadora de la Universidad Rey Juan Carlos.

El mismo esquema de comportamiento se observa también en el caso de Cristina Cifuentes, otra política profesional cuya vida laboral apenas tiene recorrido fuera del amparo del partido. Licenciada en Derecho y funcionaria del cuerpo de gestión de la Universidad Complutense desde 1990, al año siguiente ya es diputada autonómica con 26 primaveras y su carrera culmina con la presidencia de la Comunidad de Madrid, previo paso por la Delegación de Gobierno en 2012, el curso fatídico en donde aceptó el regalo de un Máster en Derecho Autonómico en el mismo Instituto de Derecho Público que, al parecer, no tenía miramientos ideológicos a la hora de amparar las aspiraciones curriculares de los cachorros del bipartidismo.

De los polvos de la reforma educativa de Bolonia y la reducción de contenidos de las carreras, vienen los lodos de la proliferación de másteres en los que se empeñan las familias de nuestros jóvenes en busca de la formación que luego apenas da para cobrar mil euros en el ingrato mercado laboral. La tradicional función de ascensor social que siempre tuvo la universidad se va difuminando entre la incuria a la que es sometida por los sucesivos gobiernos y el desprestigio que se filtra por las rendijas del chiringuito en que la tienen convertida los traficantes de títulos y los tribunales de amiguetes al servicio del poder.

Las promesas de regeneración que hicieron los adalides de la nueva política parecen tener escaso recorrido si quienes lideran la cosa pública son el licenciado Casado y el doctor Sánchez, de quien se cuenta que una vez le compuso a su novia un poema que empezaba “Yo también puedo escribir los versos más tristes esta noche”. El aparente enfrentamiento de estos dos representantes de la generación más preparada de la historia nos distrae del verdadero espíritu que anima su común intención de disfrazar su impostura con cursos fantasma y tesis vacías. El pueblo está acostumbrado a entronizar la mediocridad elección tras elección, la clase dirigente no es sino el espejo de nuestra propia naturaleza, pero quizá un día no consienta que se sigan haciendo trampas para que la nada quede instalada en lo más alto.



jueves, 16 de agosto de 2018

CUENCA, CIUDAD TAURINA


En estos tiempos de ruido y furia en los que nadie está interesado en hallar luz en el conflicto de turno, el tema preferido para la discusión grandilocuente y el griterío sin sentido suele ser la tauromaquia, que exacerba las opiniones de los contendientes sin que exista posibilidad alguna de entendimiento entre los bandos. En este mismo medio, cualquier artículo o noticia que se refiera al espectáculo taurino provoca comentarios enconados en los que se vierten acusaciones gravísimas contra los que buscamos la belleza en la pelea entre el hombre y el toro. Y es que tratar de convencer a un animalista sobre la excelsitud del placer que puede provocar una media verónica en la sensibilidad del aficionado es un imposible metafísico de igual magnitud que persuadir a un servidor sobre las bondades de los tanatorios para mascotas. El amante de las corridas de toros asume el dolor del animal porque lo considera una parte natural de la existencia como lo es la muerte, armazón sobre el que se construye la representación taurómaca que puede ser cruel, como la vida. Y no hay metáforas que puedan empatizar con el discurso animalista, incapaz de soportar ese lenguaje entre el toro y el torero, el diálogo sobre el que el taurófilo construye una historia de sacrificio y grandeza y en el que algunos sólo ven barbarie.

El desencuentro entre ambos mundos y los derroteros de una sociedad infantilizada y hedonista, cada vez más narcotizada contra el dolor que hace crecer, nos conducen a un futuro en el que el proselitismo taurino parece una quimera. Pero no lo es en Cuenca. A los que constantemente me cruzo en el camino y me compadecen diciéndome que esto se acaba les hablo de la Feria de San Julián, un acontecimiento que llega a reunir a ocho mil almas en una plaza de toros y les reto a que me ilustren sobre algún otro espectáculo de pago que congregue a lo largo del año a semejante gentío en mi ciudad en una sola jornada. La feria taurina de Cuenca es un milagro que financian nada menos que cinco mil abonados, el diez por ciento de la población, el equivalente proporcional a que la Plaza de las Ventas tuviera más de trescientos mil abonados o la Maestranza, setenta mil. Cinco mil aficionados que se dejan seducir cada año por la promoción inteligente de un empresario audaz que en la ciudad habitualmente ayuna de proyectos interesantes de negocio genera un impacto económico calculado en torno a los dos millones de euros.      

Los cinco mil ciudadanos que sustentan esta fuente de riqueza para nuestra tierra siguen considerando a la lidia de reses bravas un espejo ético en el que mirarse mientras los tildan de amantes de la tortura. Son cinco mil ciudadanos que no están dispuestos a transigir con la falacia del animalismo que pretendiendo aplicar categorías humanas a nuestra convivencia con los animales, persigue hacer pasar por inmorales valores ejemplares que a menudo inspiran los comportamientos que suceden en una plaza de toros, la gallardía, el afán de superación, la solidaridad, el coraje, la natural convivencia con el dolor y la muerte. Se suceden a nuestro alrededor iniciativas espurias que aprovechando una coyuntura política puntual declaran antitaurina a una ciudad en la que sin embargo se celebran con normalidad corridas de toros para los que quieran disfrutar de la libertad que aún les queda, asomándose a los tendidos de una plaza. En Cuenca, ciudad taurina, de momento nadie se atreve a robarnos la ilusión que mueve nuestros pasos cuando bajamos por la Avenida de los Reyes Católicos, y tras saludar al maestro Chicuelo, nos citamos con la alegría en la andanada, donde más cerca estamos de tocar el cielo si es que esa tarde no lo impide el agosteño chaparrón, el toro comparece en el ruedo con pujanza y a Morante se le ocurre estirarse al natural acordándose de su antiguo esplendor.

Un sabio francés, Jacques Cousteau, símbolo del ecologismo de nuestra infancia, sentenció que “solamente cuando el hombre haya vencido a la muerte y cuando lo imprevisible haya dejado de existir, morirá la fiesta de los toros y con ella, el reinado de la utopía y el dios mitológico encarnado en el toro de lidia derramará en vano su sangre en la alcantarilla de un matadero lúgubre”. El ecologismo del momento nos llama asesinos por proclamar a los cuatro vientos nuestra pasión, ignorando que el verdadero maltrato consiste en tratar a un animal de manera distinta a la que exige su naturaleza. Feliz Feria.


lunes, 30 de julio de 2018

LA HERIDA DEL CINE



La primera imagen que guarda mi memoria cinéfila es la del hoyuelo de Kirk Douglas agonizando en una cruz situada en un paisaje nevado donde a la vez se proyecta la sobrecogedora escena de la muerte de la madre de Bambi. En este tipo de sesiones de terapia que era el cine con el que crecimos nos aparcaban nuestros padres para que nos fuéramos acostumbrando a las asperezas de la vida. Me consta que alguno de mis contemporáneos aún no se ha recuperado de estos golpes de efecto que solía prodigar Disney entre las dosis de almíbar con que componía sus películas y desde entonces vive confundido en su particular libro de la selva desde el que le habla a su perro esperando contestación.

BAMBI

Los efectos secundarios de nuestra cinefilia tienen su origen en las sesiones de tarde de los sábados ante el televisor, cuando todavía no existían videojuegos suficientemente atractivos para competir contra el Dardo prodigando acrobacias mientras enamoraba a Virginia Mayo, ese tiempo magnífico en el que era imposible hallar mayor diversión a lo largo del día que contemplando a Harpo Marx colgando su pierna en el brazo del interlocutor estupefacto. Si alguna de esas tardes era de verano y nuestros padres nos recluían en el cuarto de la siesta, la estancia en la celda no era tan tediosa si podíamos imitar a Steve MacQueen haciendo rebotar su pelota de béisbol contra la pared.

EL HALCÓN Y LA FLECHA

Tampoco es que uno fuera el niño de “Cinema Paradiso” pero no había mejor manera para mitigar la melancolía de una tarde de domingo que acudir al Cine Alegría, donde se ensanchaba el espíritu con sólo pronunciar su nombre, o aferrarse a la dura butaca del Cine Avenida para meterse entre pecho y espalda “Orca, la ballena asesina” y “Pánico en el Transiberiano”, provisto de un arsenal de regalices y gaseosas para poder aguantar semejante programa doble. Aún recuerdo salir del Cine Xúcar en una nube tras el impacto provocado por la contemplación de Olivia Newton-John desde la penumbra de la fila dos, y si entorno los ojos todavía puedo recordarme junto a mis amigos remedando la forma de andar de John Travolta después de ver “Grease” por tercera vez. En el trayecto hacia nuestras casas, íbamos cantando en nuestro absurdo inglés inventado las canciones del musical por Carretería con el cine España de testigo, sin sospechar que su sala nos acogería poco después en veladas menos inocentes no toleradas para menores.  


     
No faltaría mucho desde aquel momento para que las historias de amor dejaran de ser imaginarias y sin embargo algo fallaba en la prosaica realidad porque los besos no venían acompañados de banda sonora e inevitablemente añorabas el vértigo entre Scottie y Madeleine en el abrazo que dabas a tu chica. La herida del cine provoca fenómenos extraños cuando por fin recorres los escenarios que antes sólo habías visto en la tele del cuarto de estar y eres capaz de divisar con nitidez la imagen de Gene Kelly bailando en la orilla del Sena e incluso puedes sentirte Cary Grant por unos minutos, degustando en vano la secreta esperanza de encontrar a Deborah Kerr cuando el ascensor llega por fin al último piso del Empire State. Si cierta inquietud recorre tu anatomía cuando adviertes a tu alrededor una excesiva concentración de pájaros, o desde que viste Tiburón sientes algo de resquemor al adentrarte en el mar más allá de la boya, estás enfermo de cine, un mal que puede llegar a ser preocupante si el impacto de "La invasión de los ladrones de cuerpos" te ha hecho odiar el repollo para siempre.

VÉRTIGO

A cambio, el cine te regala definiciones perfectas de la hipocresía en “Plácido”, del desamor en “El apartamento”, del desamparo en “Ladrón de bicicletas”, de la ingratitud en “Luces de la ciudad”, obras maestras que te abrigan bastante cuando se trata de entender el mundo y su intemperie. Si la depresión inunda tu vida, no hay mejor tratamiento que abandonarse a la alegría de “Cantando bajo la lluvia”, si tienes dudas sobre qué es la lealtad es preciso pasar la tarde revisitando “El hombre que mató a Liberty Valance”.

LADRÓN DE BICICLETAS

Siempre nos quedará París, y la posibilidad de ver “Casablanca” una vez más, ese clásico inmortal que te lleva a un café de ensueño en donde un perdedor rumia su cinismo entre los actores de la segunda guerra mundial hasta que el pasado le visita en forma de mujer y le recuerda que con ella fue feliz aunque el mundo se desmoronara. Su blanco y negro resplandeciente te coge por las solapas en cada revisión y no te suelta hasta que Bogart descubre sus cartas y pone sus ideales por encima del amor de su vida. Pero lo que hace de esta película una obra casi milagrosa es que aunque la veamos cien veces, siempre guardaremos la íntima esperanza de que poco antes de la última secuencia, Ilsa regrese de entre la bruma y se acabe quedando con Rick.     

CASABLANCA
ESPARTACO

UNA NOCHE EN LA ÓPERA

LA GRAN EVASIÓN

GREASE

UN AMERICANO EN PARÍS

TÚ Y YO

LOS PÁJAROS

TIBURÓN

LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS

PLÁCIDO

EL APARTAMENTO

LUCES DE LA CIUDAD

CANTANDO BAJO LA LLUVIA

EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE

martes, 10 de julio de 2018

VISITE NUESTRO VAR

Mariano saliendo del bar

Mientras en el parlamento se discutían los argumentos de la moción de censura que Pedro Sánchez planteó contra el gobierno de la nación, Mariano pasó la tarde en el bar. En su escaño, el bolso de la vice como símbolo del desprecio a la sede de la soberanía popular. Por la mañana, Rajoy había comparecido en la tribuna con una relajación extraña, como si no se jugara la presidencia, esclareciendo con su particular gracejo galaico las contradicciones de los apoyos del candidato. En el hemiciclo todavía quedaba el eco de las palabras del aspirante ofreciendo la retirada de la moción si el presidente dimitía pero en la sobremesa de la última tarde de Rajoy degustando los estertores del mando, el más futbolero de nuestros dirigentes analizaba la situación con la ayuda inesperada del VAR.

En las pantallas que la nueva tecnología puso a su disposición, se repetían incansablemente las últimas jugadas políticas acaecidas en el campeonato de la incoherencia, y Mariano permanecía absorto ante la imagen en bucle del PNV apoyando sin fisuras la moción, intentando descubrir en la moviola si las cámaras habían conseguido captar la mano en el área del defensa euskaldún en el momento de recibir las treinta monedas de plata grabadas a fuego en los presupuestos de Montoro.

En otra de las televisiones, la realización se obstinaba en trazar la línea del fuera de juego y los contertulios que rodeaban a Mariano vociferaban denunciando la posición antirreglamentaria de aquellos que en sus declaraciones pasadas hicieron protestas solemnes sobre su escaso apego por el poder, al tiempo que desmentían su propósito de contar con apoyos independentistas para acceder al gobierno, anunciando con la boca pequeña un compromiso con la convocatoria inmediata de elecciones que olvidarían a la semana siguiente de instalarse en la poltrona.

En el VAR del PP se había conseguido captar una toma en la que se veía a Pedro y a  Pablo paseando por los pasillos del Congreso en animada conversación sobre los cargos a repartir. A pesar de que ambos se llevaban la mano a la boca para dificultar la labor de los avezados lectores de labios a sueldo del presidente, los expertos certificaron que el terrateniente de Galapagar habría podido decir algo parecido a "por lo menos me darás los telediarios", hipótesis que la realidad se encargó de confirmar semanas después cuando los esbirros peperos en el consejo de la televisión pública fueron sustituidos por lacayos podemitas, perpetuando así la veterana institución del comisariado político en la caja tonta. 


Mientras los asesores se desgañitaban denunciando el juego sucio de la oposición, Mariano se solidarizaba con De Gea y convertía su tradicional tancredismo en el último servicio a su partido. El patriotismo que pedía el momento exigía pactar nuevas elecciones, una altura de miras necesaria para devolverle la voz al pueblo y buscar un gobierno fuerte de cualquier signo con el cual evitar la sempiterna dependencia del nacionalismo. Pero Rajoy prefirió que gobernara su censor antes que arrostrar el riesgo de dejar de ser la fuerza hegemónica de la derecha. La jugada buscaba ganar tiempo para recomponer el gesto de cara a la cita electoral de 2020 y le cambiaba el paso a Ciudadanos, completamente desubicado al ver desvanecida la cercana perspectiva de tocar poder que cantaban las encuestas. Tras la fachada de las críticas de los Hernando de turno a la mayoría Frankenstein que se avecinaba, el PP asumía el mal menor de un reforzamiento de las posiciones socialistas, con el propósito de volver a medio plazo al bipartidismo perpetuo, un sagastacanovismo de nuevo cuño apenas matizado por diferencias cosméticas entre las políticas de uno u otro partido, tremendamente útil para ir colocando a todos los profesionales de la política que esperaban su momento como modernos herederos de los cesantes de la época decimonónica.

Desde su retiro dorado en Santa Pola, al nuevo registrador le llegaban noticias de un gobierno conformado por tecnócratas de confianza para tranquilidad de las exigencias del sistema, a cuyo frente el candidato que le llamó indecente en un debate electoral sonreía complacido con el aura del poder maximizando su habitual fotogenia. Mientras Mariano examinaba la primera escritura de la mañana, su sustituto en la presidencia se disponía a aplicar con una mano los presupuestos de la derecha y a desenterrar con la otra los huesos del dictador. Después de apoyar sin fisuras la aplicación del artículo 155, el presidente florero revisita el diálogo con aquél a quien llamó racista, siguiendo la senda que ya transitaron González cuando torpedeó el asunto Banca Catalana y Aznar cuando firmó con Pujol el pacto del “Majestic”, Zapatero con su promesa de aceptar cualquier estatuto que viniera de Cataluña y Rajoy con la operación de apaciguamiento que Soraya ejecutó con el acierto que la caracteriza. En la fuente de Antonio y Guiomar, dos próceres insospechados posan buscando un nuevo aplazamiento del problema, hasta que los niños adoctrinados en las escuelas catalanas alcancen la edad para votar. Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

Próceres en la fuente


lunes, 11 de junio de 2018

ÚLTIMO TERCIO: FUTURO INCIERTO

Andanada del nueve


La semana torista es el último tramo de la feria de San Isidro que el aficionado acoge como el necesario bálsamo con que mitigar las heridas causadas en nuestro ánimo durante las fechas anteriores por el toreo barato practicado al toro dócil. En esta fase final, en la plaza se hace presente el toro encastado, el que la crítica adicta llama decimonónico, el que no admite una faena preconcebida sino que un hombre se ponga a cavilar, solucione sus problemas y domine al animal. En esta bendita semana, desaparecen de los carteles los que se llaman poderosos y huyen del toro que demanda poder, se esfuma del ruedo el toreo superfluo que el toro fiero no consiente, y se desvanece de la plaza el ambiente lúdico de las tardes de lujo porque abajo en el ruedo, el peligro latente trasciende a la grada.

En las tardes de atragantón y tarascada a nadie se le ocurre traer a la arena la receta de la agria fritanga del toreo moderno. El toro de respeto elimina de un plumazo los banderazos despegados, las pedresinas movidas, el circular invertido y las manoletinas de telón. Toda esa bisutería se acaba con el toro de la última semana, se esfuma cuando un Miura estira el cuello pidiendo el carnet o cuando la corrida de Saltillo eriza la piel del graderío y la tensión que provoca su listeza se traslada hasta el último rincón de la andanada. Son tardes en las que se consulta poco el móvil, donde las conversaciones giran exclusivamente en torno a las reacciones del toro y la pericia de los toreros, y los cuatro gatos que resistimos en la piedra paladeamos los estertores de un combate quizá condenado a desaparecer.

En la semana del adiós a la costumbre de echar la tarde viendo toros actúan los verdaderos triunfadores de la feria, los que sólo por anunciarse en los carteles que meten miedo a las figuras merecen honor y respeto más allá del desempeño de cada cual con unos animales que ya casi nadie está capacitado para lidiar. Por eso los julianes y los talavantes, los castellas y lopezsimones que ya esperan la gloria de los jurados de San Isidro, y que en alguna ocasión naufragaron frente a estos toros vendiendo como gesta lo que debería haber sido la exigencia cotidiana de su oficio, no quieren volver a verlos ni en pintura. Por eso en la memoria secreta del aficionado apenas queda rastro de las faenas que les condujeron a la puerta grande y sin embargo, descansará para siempre en nuestra retina la lidia maciza de Octavio Chacón a su lote de Saltillos, la lección de torería y saber estar que ofrece ante el primero, un toro bravo en el  caballo cuya excesiva vuelta al ruedo final se explica por la extraordinaria apuesta de Octavio, por la forma en que se templan en su imperial capote las agrestes embestidas allí donde los peones naufragan, por el curso que da sobre cómo se coloca un toro en la jurisdicción del piquero. A ese toro, de nombre Asturdero, lo cuaja de verdad por el pitón derecho, aguantando mucho en el sitio para ligar con emoción y sólo pierde la oreja porque con una estocada entera en sus entrañas, la casta del toro dificulta el momento de la puntilla y vende cara su muerte hasta el final. Esa tarde destaca también Sebastián Ritter, el torero atolondrado de hace unas temporadas ha adquirido el oficio necesario para que su gran fondo de valor luzca en cada una de sus intervenciones, demostrando que se puede cargar la suerte con buena compostura, soportar parones sin mover un músculo y estar digno en definitiva hasta con el más complicado de los toros. Esaú Fernández, por su parte, pierde la primogenitura por las lentejas de esta corrida que no está capacitado para matar.

Asturdero

El día anterior, Miura vuelve a Madrid después del fiasco del año pasado, para devolvernos a su imagen de siempre que desde hace casi dos siglos no es otra que la del toro con poder, el que derriba las cabalgaduras y crea riqueza en forma de puestos de trabajo como el del carpintero de plaza, el de la encastada mansedumbre que dota al espectáculo de la imprevisibilidad tan escasa la mayoría de las tardes. Ese privilegio que las Ventas dejó de atesorar durante una década, un siete desnortado va a conseguir expulsar de nuevo de los carteles a base de protestar sin pausa el trapío de un encierro vareado pero en el tipo agalgado y huesudo de la ganadería, sin que ello le reste un ápice de agresividad a su presencia. La prueba de ello es que ningún torero de la terna encargada de su lidia se atrevió a dar el paso adelante hasta que llegó la sorpresa y salió el sexto, que para empezar se dio un paseo por el callejón tras saltar limpiamente la barrera y luego cobró lo suyo en un buen tercio de varas de Chocolate. Cuando creíamos que Román iba a tirar las tres cartas ante la empresa que le esperaba, nos encontramos con un torero transfigurado, que plantea una apuesta en las antípodas del toreo fácil y alegre pero escaso de oficio que le hemos conocido casi siempre. Taponero es su último toro de la feria y lo encara cruzado y muy asentado, muy serio, siempre en el sitio, pasando al toro incierto con valor y limpieza por momentos, pero una plaza acostumbrada a jalear sólo al toro fácil que da vueltas, reacciona con tibieza y todo lo acaba de enfriar un inoportuno bajonazo.




El cinco de junio, en el décimo aniversario de las cuatro orejas que el José Tomás verdadero cortó en Madrid, volvía a la feria la corrida de José Escolar, un punto menos encastada que en comparecencias anteriores, lo cual conduce directamente a una mayor toreabilidad de la que no se enteró del todo la terna de honestos profesionales que vinieron con el traje de gladiadores empeñados en plantear como Rafaelillo una pelea crispada, cuando al menos un toro en cada lote, permitía otra relajación. Por momentos, la encontró Fernando Robleño en el segundo ante el que se estira con gusto por ambos pitones aunque no termina de redondear la faena entre desarmes y caídas. Bolívar deja escapar el lote de la tarde. El tercero se va sin torear, por no decidirse a pisar el terreno a su boyantía por el pitón izquierdo. Le pasa lo mismo con el sexto, el toro de la corrida, Chupetero de nombre, cuya bravura no tapa en el caballo como sucedió el resto de la tarde y lo deja ver de largo para luego sólo brillar con la muleta en una buena serie de naturales, pues no se atreve a seguir en ese son en veinte pases más que son los necesarios para triunfar en Madrid. En el resto de la faena no encuentra el acople que es imposible si se torea por las afueras a este tipo de toros y buscando el impacto en la grada se tira literalmente sobre el morrillo como si lo hubiera hecho sin muleta pero ni por esas, porque a pesar de cobrar la estocada arriba tras el revolcón, se demora con el descabello. La tarde dejó también los espectaculares pares de banderillas de Fernando Sánchez y un peculiar tercio de varas de Félix Majada en el sexto, en el que marra varias veces y cuando se marcha por el callejón, derrotado y medio descabalgado, en su figura se ve la sombra de John Wayne regresando a su rancho tras pelearse con los malos.

Chupetero

Siguiendo con la costumbre que implantaron los choperitas, la empresa incrusta la corrida de la Beneficencia en medio de esta última semana, acaso para que los aficionados descansemos de tantas emociones y volvamos a la monotonía del toro convencional. Con los seis de Alcurrucén de esta tarde, los hermanos Lozano sumaban una nueva oportunidad de realzar la categoría del encaste Núñez que tantos triunfos ha brindado a sus matadores en Madrid. Tras catorce toros en la feria, sólo el del Juli mantuvo el honor de la divisa. Los de la Beneficencia mansearon más de lo acostumbrado y sólo llegaron con castita a la muleta primero y sexto. Antonio Ferrera no puede con ninguno de sus toros. El primero embiste como un tren por el izquierdo y al intentar la ligazón, al torero el corazón no le responde y prefiere la seguridad del unipase. Luego consigue alguna fase más compuesta cuando el toro pierde pujanza. Perera sigue en su línea de aburridor pegapases y adalid del destoreo. Cómo sería la cosa que hasta el Rey emérito, presente en la corrida, abandona el palco en busca del canapé durante la lidia del quinto. Ginés Marín sortea el lote de la corrida. Al nobilísimo tercero lo lidia con buen aire a la verónica, y tras una larga muy vistosa para ponerlo en suerte, Guillermo Marín, el padre del muchacho, completa un buen tercio de varas. El hijo desarrolla una faena aseadita con mayoría de pases insustanciales salvo una serie al natural casi en el sitio. Cuando el toro se apaga recurre a las bernardinas para buscar la enésima oreja barata que consigue por cortesía del palco a pesar del pinchazo previo a la estocada. El sexto acude con movilidad a la muleta y Ginés le plantea la pelea en la distancia pero nunca se acopla a su viaje, toreando muy despegado a un toro que tampoco se come a nadie, sin desplegar la ambición necesaria para reventar una puerta grande claramente entreabierta por la dadivosidad del público y las connotaciones festivas de la tarde.

Metidos ya en el tramo final de la feria, la capacidad inventiva de Simón da una última vuelta de tuerca para revisitar en la feria los desafíos ganaderos que ya ensayó en el otoño pasado con resultado feliz que esta vez no se repite. La cosa empieza regular porque a la ganadería de Rehuelga sólo se le aprueban dos toros en el reconocimiento y se tiene que completar la corrida con uno más de Pallarés. El asunto tendría arreglo si en este cuatro contra dos pasara como en el colegio cuando se echaba a pies para formar los equipos y a los mejores jugadores no les importaba ser menos y hasta se chuleaban dándote varios goles de ventaja para acabar siempre ganando. En este caso, los Rehuelgas venían precedidos de la fama del año pasado pero su casta se apaga más allá del primer tercio. El único desafiante que destacó de verdad fue Turquesito, un gran toro de Pallarés al que Iván Vicente, tras un buen tercio de varas de su hermano Héctor, le presenta batalla en una enclasada apertura de faena por ayudados por bajo torerísimamente rematados por un cambio de mano en el que lleva al toro bellamente toreado hasta detrás de la cadera. La desilusión viene después cuando el torero no vuelve a meterse en el terreno del toro nunca más, tomando partido por la estética de la apariencia antes que por la ética de la verdad. En el polo opuesto nos imaginábamos el planteamiento de Javier Cortés, tras su gran tarde del dos de mayo, que nos hizo apuntar esta fecha como una de las más ilusionantes del abono. Javier lo intenta de verdad con el segundo en una primera serie muy cruzado sin perder terreno en la ortodoxia que nos gusta. En la segunda tanda por la derecha, la casta recrecida del toro desborda el mando habitual de su muleta y en el cambio de mano para el de pecho, el toro lo acosa y lo desarma y sobrevuela por la plaza el recuerdo de su cogida en la corrida goyesca, en idéntica circunstancia. A partir de ahí ya no vuelve a dominar la embestida y la faena decae, como su ánimo. El sobrero de Marca que casi convierte la tarde en un concurso de ganaderías, es imposible y el torero poco puede hacer salvo cobrar una fea voltereta y justificarse entre los pitones. Javier Jiménez vuelve a estar anodino y ayuno de calidad. Destacan sin embargo en su cuadrilla, el buen hacer de siempre de José Chacón y Agustín Romero picando al sexto.

Turquesito
En el último fin de semana, el desafío del encaste Albaserrada se plantea una vez más entre los primos depositarios de la herencia del patriarca Victorino, y en esta ocasión el vencedor por goleada es Adolfo. Dentro de una corrida muy agresiva e irreprochable de trapío, echa un toro de premio, Chaparrito, que tiene faena para reventar la feria y comprarse la finca. Pepe Moral se estira con largura y buena técnica por el pitón derecho, un poco al hilo pero con exquisito temple en cada pase y alcanza la cumbre al natural en muletazos excelentes, en el sitio y bien rematados. Cuando todo está embalado para que por fin el torero se rompa con el toro, se olvide de todo y se abandone en busca de la gloria, cambia de mano, baja el nivel y lo superficial se impone al arrebato que hubiera convertido un triunfo menor en la tarde de su vida. Ángel Sánchez es el único matador que toma la alternativa en el ciclo y su apuesta se ve clara en la manera de recibir de capote al toro del doctorado, dándole todas las ventajas hasta resultar revolcado. Después, nos hace recordar sus tiempos ilusionantes de novillero con una buena faena, cargando siempre la suerte, que no va a más porque el toro se apaga. El cuarto es demasiado complicado para su tierno oficio y el sexto requiere una técnica depurada que no ofrece una muleta todavía con poco mando. Su padrino, Manuel Jesús, el Cid, quedó inédito en la tarde, al ser corneado por el peligroso segundo, que le cazó cuando iniciaba la faena de muleta.

Chaparrito

Y de postre, Victorino, un postre que cada vez lleva más azúcar lo cual no es bueno para nuestra provecta edad. Año tras año, la cosecha del hijo se impone a la siembra del padre al que imaginamos renegando desde las alturas al ver a un toro marcado con la A coronada dejarse pegar varios pases cambiados por la espalda como si Escribano fuera Belmonte tocándole a un Miura el pitón. Sólo faltó el circular invertido para que el paleto rompiera a llorar como entonces hizo Don Eduardo. Las expectativas de la tarde finalmente se reducen a la faena de Paco Ureña al segundo toro, seguramente la más emocionante de las que el lorquino ha hecho nunca en Madrid. El torero comparece en la corrida de la prensa con varias vértebras rotas a causa de un percance con una vaca sucedido por quebrantar la máxima del maestro Chenel de no torear nunca en el campo en fechas de máximo compromiso. Tras el consabido brindis a Felipe VI, que vino a cumplir con el trámite de todos los años y escuchó más vivas a su persona que las que oirá durante la próxima pascua castrense, se dirige al toro sin los aspavientos de otras tardes, como si la procesión que iba por dentro le transportara a una seriedad y a una economía de movimientos que resolvió en autenticidad y ceñimiento. Sin perder nunca un solo paso, las series se suceden con clasicismo y naturalidad, transportando a la plaza la conmoción verdadera que provoca la hondura en el toreo. Después de tanta excelencia, se amontona en una última serie innecesaria y mata al toro mal como acostumbra, pero la frustración de la puerta grande no nos amarga la fortuna de volver a encontrar, casi en el último minuto de este mes de toros en Madrid, el clamor de los olés roncos de Las ventas, el espectáculo magnífico de compartir con veinticuatro mil almas, la inigualable comunión del toreo puro.

Se anuncian obras en las Ventas con el oscurantismo habitual que reserva la administración para estos casos en los que nadie sabe qué será de su sitio a la vuelta del verano. Con el pretexto de la mejora de la seguridad se pretende configurar un coso multiusos para que los ingresos ajenos a los generados por las corridas permitan mejorar la cuenta de resultados de la empresa, siempre más interesada en la cosa del jolgorio que en la lidia de reses bravas. La disminución de los espectadores en esta feria ha sido evidente y la imagen de los tendidos la mayoría de las tardes recordaba las isidradas anteriores a la eclosión que supuso la aparición de Chopera en los ochenta.
      
En cualquier caso, si existiera alguna posibilidad de ganar adeptos para nuestra causa, no es la degradación del rito el camino adecuado. Es preciso defender la singularidad de la tauromaquia como arte supremo que se destaca porque en la búsqueda de la belleza, se pone en juego la propia vida. Frente a la simulación del combate de la existencia representado en el resto de las artes, en el acto taurómaco debe trascender la verdad que subyace en la presencia de la muerte al fondo de cada muletazo. Sin esa inminencia, se banaliza el juego, sin las señas de identidad de la pujanza del toro y la pureza del rito, la corrida queda degradada a un sacrificio vacío y sin sentido. Por el camino de la domesticidad progresiva del toro de lidia, se abre paso el triunfo del buenismo animalista, cuyo antídoto es el contrario al que ahora pretenden algunas iniciativas erradas que aceptan la visión del enemigo y persiguen la dulcificación del espectáculo, huida hacia adelante en busca de la corrida incruenta, como si la ocultación de la crudeza intrínseca a la lidia de reses bravas fuera la panacea contra la proscripción definitiva de nuestra idea. Puede que la suerte esté echada y el porvenir nos conduzca hacia la ineludible distopía de una tauromaquia sin sangre, donde el espectáculo que fue glorioso sobreviva humillado en un mundo en cuyos ríos se perseguirá a los pescadores como genocidas y en el que se habrá abolido el chuletón. Entonces resultará ya imposible reeducar a la gente en la idea de que el verdadero maltrato consiste en tratar al animal de una manera distinta a la que exige su naturaleza, y acabaremos contemplando, si todavía nos dejan, el esplendor del toro de lidia confinado en un zoo.  

El futuro de la fiesta


lunes, 4 de junio de 2018

SEGUNDO TERCIO: LA REVOLUCIÓN


Durante la segunda década del siglo pasado, el hijo de la “señá” Gabriela y el pasmo de Triana pusieron el toreo patas arriba. De la fecunda competencia entre Joselito y Belmonte surgió la revolución sobre la que se asienta desde entonces la forma de torear. Se trataba de llevar a la práctica aquella máxima de Juan según la cual todos los terrenos son del torero, que ya no se quita de en medio ante la embestida del animal, sino que la domina desde la firmeza de piernas y el juego de brazos, haciendo descarrilar al toro en torno a su figura inmóvil. En la segunda década de este siglo, en cambio, estamos asistiendo a una nueva revolución que es más bien una involución de aquel planteamiento, un retroceso en el que de la mano de la suerte descargada, la colocación en la pala del pitón y el abuso del pico de la muleta, el torero vuelve a huir de los terrenos del toro, abdicando de la posición dominante que siempre se basó en parar, templar y mandar, los axiomas del toreo clásico. Cien años después, se ha impuesto un nuevo canon, que paradójicamente pretende la justificación del ventajismo frente a un toro cada vez menos agresivo, y es que si perder pasos y torear por las afueras sería comprensible para cuidarse de las agrestes oleadas de toros como los de Dolores Aguirre, resulta inadmisible practicar el destoreo frente al viaje obediente del toro moderno.

Para los que empezamos a frecuentar Las Ventas durante los años ochenta, la pasión por una forma concreta de torear es un concepto que nos empieza a meter en el cuerpo Antoñete, Rincón afianza a principios de los noventa y José Tomás eleva a la máxima expresión en las postrimerías del siglo. Paralelamente, la impugnación de esa idea se va desarrollando entre la degeneración del ojedismo y la dictadura de Espartaco, antecedentes indudables del nuevo canon que desde hace veinte años pretende entronizar El Juli, si no surge nadie para remediarlo. Casi siempre en el toreo han coexistido esas dos líneas, una más pura y otra de menos compromiso, y ambas tenían su público, más exigente la primera, la segunda más festiva, pero cuando un torero practicaba el toreo clásico, ese que ponía a todos de acuerdo, incluso el espectador menos riguroso vibraba con la conmoción que le provocaba aquello que quizá no entendía. No estoy muy seguro de que eso pueda seguir sucediendo si es que llega ese mesías que contra todo y contra todos, recupere la antigua emoción, pues la decadencia con la que convivimos cada tarde es desoladora, la plaza de nuestros amores convertida en triste botellón más atento a imponer un triunfalismo vacío que a valorar lo que ocurre en el ruedo con el sentido crítico que siempre atesoró como símbolo de distinción.

Las figuras para las que venir a Madrid era siempre el obligado quinario que confirmaba su posición de privilegio, ahora torean en Las Ventas como en el patio de su casa. Lo hemos visto con el Juli, al que sólo su deficiente técnica matadora le impidió abrir la puerta grande, con Enrique Ponce, hoy aclamado como maestro, aunque sus argumentos sean los mismos de ayer cuando le negaban el pan y la sal, con Talavante, a quien se obligó a saludar por aceptar la sustitución de Ureña y venir a Madrid por tercera vez. Lo que debiera ser normal, recibido como acontecimiento. Tal vez lo sea, dado que los dos primeros sólo aceptaron anunciarse en el ciclo en una ocasión. Julián López lo hizo en ese engendro que el empresario bautizó como la corrida de la cultura, no se sabe si porque los actuantes iban recitando poemillas para sus adentros o porque la nueva cultura juliana consiste en traerse sus toretes debajo del brazo y rehuir la pelea con las demás figuras para alternar en mano a mano con un principiante, por ver de asegurar mejor la puerta grande que con tanto ahínco quiere repetir desde aquel lejano 2007 en que lo logró por única vez. Pues ni aun así. La verdad es que Julián hace el esfuerzo ante un encastado toro de Alcurrucén, al que empieza toreando por bajo de forma preciosista e incluso logra ceñirse su embestida más de lo habitual aunque al final vuelve a su concepto al comprobar que levanta más clamores en el tendido cuanto más destorea. La pérdida del doble trofeo por el fallo a espadas le afectó tanto que ya no dio pie con bola en toda la tarde y cuando el Garcigrande que hizo quinto, seguramente elegido con la esperanza de repetir el indulto de Sevilla, le salió respondón, su insolvencia técnica para resolver sus problemas fue manifiesta. Por allí anduvo también Ginés Marín haciendo el papel de comparsa que tenía asignado en el evento pero se encontró con un toro bravo de Victoriano del Río, el único que lo fue de entre los catorce que el ganadero ha lidiado en la feria, al que picó de forma extraordinaria Agustín Navarro y que luego no encontró en la muleta del extremeño la cabeza despejada, la distancia y el mando que sus complicaciones requerían.

          
La primera ración de Victorianos se corrió en Madrid el día anterior y con ella se hizo presente la trinidad del toro de las figuras, chico flojo y descastado. A pesar de todo, Roca Rey logró tocar pelo en el sexto, aprovechando la predisposición de la plaza en una tarde de expectación que se  despeñaba por el vacío. Por eso se premió una faena inexistente a base de trallazos por fuera y arrimón final, sin que el público respondiera verdaderamente hasta los cambiados “back”, la inevitable arrucina y un traspié en la cara del toro que el descastado animal contempla desentendido. Si Manolo Vázquez puso el toreo de frente, Andresito viene a ponerlo de espaldas. Lo inadmisible es que el limeño también le da la espalda a la lidia durante toda la corrida y se permite ensayar lances en los medios durante el tercio de banderillas, se despista en la colocación adecuada en el tercio a la salida del par, sale por la culata del caballo tras aparcar al toro para picar, y se entretiene hablando con los peones acodado en la barrera, en lugar de estar atento a su turno de quites. Un desastre.

El listón para cortar una oreja en Madrid se ha rebajado tanto que el triunfo siempre llega de la mano de circunstancias ajenas a la enjundia de la faena. De los creadores de la oreja dominguera, la orejita del sexto, la oreja de la lluvia y la oreja del revolcón, llega ahora a nuestras pantallas, la orejita del viernes patrocinada por Simón Casas Productions, el mercader que tiene convertido el templo en un enorme chiringuito donde la profusión de alcohol nubla el juicio de la gente. No tiene otra explicación que dos toreros salieran por la puerta grande la segunda tarde de Núñez del Cuvillo en la feria, sin que la plaza vibrara como antaño cuando se producía semejante acontecimiento. Ahora los triunfos supuestamente grandes se suceden como con sordina, y la gente, una vez conseguido el objetivo perseguido ni siquiera se queda para aplaudir a sus ídolos camino de la efímera gloria y abandona la plaza para seguir la juerga en otro lugar. Esa tarde, la segunda tanda de Cuvillos sacó más interés que la primera, lo cual es garantía de que será ésta la que acapare los principales premios. Talavante hizo una buena faena al segundo, vertical y natural, que cobra vuelo en los doblones y en los cambios de mano, pero por debajo de las condiciones del toro y a la altura de su limitada ambición, por otro lado acorde con la exigencia del público. En el exceso del doble trofeo se halla la explicación de su labor de servicios mínimos en el quinto, ante el que no expone un alamar bajo la lluvia, siempre al hilo para arañar una orejita sin riesgo, que frustra un pinchazo echándose fuera. Por su parte, López Simón vuelve a las andadas y aprovecha el triunfalismo desatado para arañar su quinta puerta grande en las Ventas, se dice pronto. Le aplica una faena aseada al sobrero, más en el sitio que otras veces pero su patológica falta de mando con la muleta le hace ser cogido por partida doble, la última de forma espeluznante entrando a matar. En el último capítulo de la tarde, ejecuta como un autómata un trasteo vulgar ovacionado con tibieza, pero una estocada efectiva y la conjunción de todos los factores reseñados más arriba dan como resultado la orejita del sexto que culmina en triunfo el viernes lluvioso.


Las dificultades que sacaron los Garcigrandes de la cultura se reprodujeron el día de San Fernando aunque los lotes se conformaron sabiamente pues cada torero tuvo que apechugar con un toro con posibilidades y otro más informal, como diría el de la tele. Enrique Ponce se mostró ventajista con el bondadoso sobrero de Valdefresno, el típico manso que acaba entregándose en la muleta sabia del valenciano, que tapa con su clase de siempre la versión más superficial de su inconfundible sello, con la poncina como estandarte del toreo por las afueras. El cuarto se le cuela varias veces hasta que nos regala la otra cara de su magisterio, se mete en serio con él en terrenos del diez, se dobla por bajo tocándole los costados y lo descoyunta con el pase clásico de gallito, un muletazo poderoso por alto de pitón a pitón tras el cual el toro queda literalmente rendido. Castella naufraga con el tercero, destemplado y desbordado por sus complicaciones. El quinto lo arrolla de salida con el capote porque acostumbrados como están los toreros de ahora a que el animal no se haga presente en el ruedo con la acometividad típica de la casta, en lugar de sacar los brazos para dominar al toro, se empeña en ensayar el delantal, recibiendo a cambio una soberana paliza de la que sale dañado en un pie. El toro muestra un pitón izquierdo extraordinario en la buena brega de Viotti, pero el francés sólo lo pasa por ese lado de rodillas, siguiendo otra costumbre moderna consistente en torear al natural de forma testimonial para construir la faena casi exclusivamente con la salmodia del derechazo. Como mucho, los toreros del momento se echan la mano a la izquierda para instrumentar un exiguo natural tras el cambio de mano, suerte que empezó a practicar el Juli y que sus acólitos repiten con fervor. Lo hizo también Castella y con ello eleva el tono de la faena que había comenzado con corrección en un par de buenas series de circulares sin dar el paso atrás, pero a partir de ahí, en lugar de hacer crecer el trasteo lo abarata en la distancia corta y el estoconazo final quedándose en la cara desata la desaforada petición de una segunda oreja a todas luces excesiva cuya concesión el tendido recibe como quien estalla ante un gol en el último minuto.


Al día siguiente, el empresario, en otra de sus imaginativas iniciativas, nos propuso la corrida de las seis naciones para revisitar el festival de la Oti, bautizado así en la andanada no tanto por la nacionalidad de los intérpretes como por el trapío de los toros del Pilar, ganadería acaso elegida para que la patrona de la Hispanidad estuviera presente en la tarde, porque de lo contrario no se entiende que semejante vacada fuera anunciada en San Isidro. El experimento sirvió para comprobar que la regeneración del toreo no viene de América y constatar la falta de personalidad que aqueja al actual escalafón de matadores: seis toreros distintos con planteamientos parecidos como triste metáfora del estado de la fiesta. El certamen lo ganaron “ex aequo” México y Venezuela, representados por Luis David Adame y Jesús Enrique Colombo, respectivamente, y sólo faltó que en las vueltas al ruedo que dieron por su cuenta les acompañaran Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina para que el esperpento fuera total. 

Victoriano del Río remató su presencia en Madrid, con una mansada infumable. Manzanares firma otra tarde de las suyas en la que los detalles exquisitos que va dejando por el ruedo te hacen maldecir que el talento y la disposición sólo se reúnan en la mente del torero más dotado de su generación cuando monta la espada, o en exiguos retazos que nos dejan con la miel en los labios como cuando recoge con el capote a un toro abanto con la sutileza de los elegidos. La otra cara de la moneda la acuñó Cayetano, para demostrar contra todo pronóstico que más allá de las carencias técnicas que su formación tardía no acaba de solucionar, en su planteamiento hay un sello de verdad empeñado en intentar el toreo de compromiso no exento de calidad. Por encima de las ovaciones con acento femenino que siempre le acompañan, deja momentos muy buenos como los ayudados por alto sentado en el estribo que remata con una gran trinchera y varias buenas series de circulares muy cruzado, exponiendo con el toro aquerenciado. Una estocada desprendida ejecutada con más corazón que oficio le conduce a la oreja que el siete protesta como una afrenta. El bisnieto del Niño de la Palma se desplanta con los que pitan y hace esperar al alguacil, como si demandara respeto para el orgullo de su estirpe. En el sexto, vuelve a estar muy dispuesto y recupera el esplendor perdido del toreo de capote desde la apretada larga a porta gayola, con un bonito galleo por chicuelinas más tarde, para terminar acordándose de su abuelo intentando el quite de Ronda que remata con garbo insinuando la media. La gran lidia que Iván García le aplica a un toro que se raja por momentos no es suficiente para que Cayetano pueda sujetarlo en su muleta salvo en un arrebatado inicio de rodillas. Otro matador más avezado hubiera tirado de populismo para buscar la puerta grande pero hasta en eso está torero Cayetano, renuncia al artificio, mata con limpieza y por primera vez en esta plaza, deja ganas de volver a verlo.




miércoles, 30 de mayo de 2018

EL IMPERIO BLANCO


Ningún imperio se escapa de su correspondiente leyenda negra. A imagen y semejanza de Roma, de la gran Rusia y del imperio español en donde el sol no se ponía, el Real Madrid triunfante de cada época convive con la polémica en torno a la legitimidad de sus triunfos, ese incansable prejuicio que imagina oscuros contubernios, enmarañando la verdad con la mentira. Como dice Elvira Roca en su disección de la imperiofobia, los enemigos de cualquier poder hegemónico suelen atribuir el mérito de su dominio a la sucesión de casualidades afortunadas o a la protección divina, lo que traducido al ámbito deportivo quedaría representado por la flor que crece en el culo de Zinedine Zidane.

Algo ha debido hacer mal Florentino este año para que su habitual manejo de las bolas calientes en los sorteos haya desembocado en una imposible carrera de obstáculos que a punto estuvo de hacer fracasar la conquista del enésimo grial de la cruzada blanca antes de tiempo. El presidente no anduvo fino al mover los hilos porque el Madrid se vio abocado a enfrentarse a los líderes de las ligas francesa, italiana, y alemana, a los que tuvo que derrotar para emular al emperador Carlos V que al frente del sacro imperio romano germánico hace cinco siglos, ya era madridista. Para honrar al sambenito que por entonces empezó a instalarse en los territorios sometidos, la  leyenda blanca tuvo que emplearse a fondo emponzoñando el corazón del árbitro del Madrid-Juve, hasta convertirlo en un "bidone dell'inmmondizia" incapaz de comprender que pitar un penalti claro en el último minuto de la eliminatoria es una canallada inadmisible que a Buffon no se le hace.


Agentes del club de Concha Espina viajaron por toda Europa para conseguir que el jugador clave de cada equipo no jugara los partidos decisivos y así Neymar, Verratti, Dybala, Robben y Vidal se autoexpulsaron o se lesionaron adrede, estrategia que alcanzó su punto culminante en la final con la llave de judo que Sergio Ramos le hizo a Salah. De los porteros del equipo contrario se encargó un comando secreto con el nombre en clave “butter hands” que prometió a Ulreich y Karius un retiro dorado en Alemania y un palco de por vida en la Ópera de Berlín.


Todos los estudios sobre la materia coinciden en que las naciones señaladas por la leyenda negra acaban asumiéndola mediante una autocrítica feroz. Para corroborar esta premisa, habrá que decir que el equipo firmó una temporada lamentable en la liga regular, que tiró la copa como suele y sólo allí donde los focos alumbraban con más fuerza, donde no era necesario un esfuerzo sostenido, brilló a ratos iluminado por la fortuna, como el mal estudiante que se aplica a última hora. Y eso que en el imperio madridista, acostumbrado a la excelencia, el Bernabéu se convierte cada tarde en el cruel anfiteatro donde el deporte favorito es hostigar la indolencia para que los destinatarios de los pitos se conviertan en héroes de la final. En descargo de los jugadores, debe añadirse que el Madrid no sólo juega contra su rival sino contra el odio universal a su grandeza. El reverso de esta historia lo escribe siempre el antimadridismo, ese virus que fagocita la esencia de los enemigos, eternamente obsesionados en demonizar los títulos del imperio blanco, antes que en disfrutar sus propios logros. 


En la noche de Kiev, cuando empató el Liverpool poniendo en duda la consecución de la Champions, Zizou miró al banquillo y en busca de la remontada, sacó a Bale, que casi en el primer balón que tocaba se inventó una chilena para la historia. Por fin quedaba vengada la derrota de París del año 81, cuando el Madrid de los García bastante hizo con aguantar ochenta minutos antes de sucumbir a la pujanza de los diablos rojos de Kenny Dalglish. Aquella defensa la comandaba Sabido, la batuta la llevaba Del Bosque, Stielike era el pulmón en el centro del campo y a Juanito no le salió ni un regate que le permitiera encontrar la cabeza de Santillana. La única ocasión de los ídolos de mi infancia la tuvo Camacho y cuando García Cortés no despejó aquel balón que Alan Kennedy clavó lejos de la estirada de Agustín, Boskov miró al banquillo y en busca de la remontada, sacó a Pineda. Para aquellos hombres que llegaron a esa final después de perder la liga peleándola hasta el último minuto, se esfumaba la última oportunidad de levantar la orejona pero de su ego no brotó ni una palabra que eclipsara la dignidad de su escudo.