miércoles, 16 de agosto de 2017

FIGURA DEL TOREO


En las paredes de la Escuela Taurina de Madrid, hay grabado un lema que los alumnos no pueden evitar leer mientras se ejercitan, “llegar a ser figura en el toreo es casi un milagro”. En letra más pequeña, la sentencia sigue “pero al que llega, podrá el toro quitarle la vida, la gloria, jamás”. Debido a esa dificultad extrema que conlleva alcanzar la cima, las figuras de este momento se afanan en apuntalar su gloria matando ganaderías que no hagan peligrar su milagroso estatus, sin pensar que esa estrategia puede ser pan para hoy pero hambre para un mañana desierto de las referencias éticas que siempre hicieron de la fiesta un escenario para la grandeza. Las figuras históricas acostumbraban a lidiar animales de todos los encastes dotando así a su liderazgo de un sello de orgullo y ejemplaridad del que hoy se carece por completo. El máximo exponente de figura salida de una escuela taurina, Julián López el Juli, lleva años abonado a matar la camada entera de las vacadas del monoencaste Domecq y de cuando en vez saca pecho ante sus palmeros mediáticos anunciando un gesto con una ganadería distinta, en lugar de plantear su carrera desde el compromiso permanente con su condición de mandamás del toreo, obligado a ser espejo de virtudes y máximo responsable de preservar la pureza del rito.

Esta semana, Morante de la Puebla ha anunciado su retirada pretextando que con el toro grande que hoy se lidia es imposible desarrollar el toreo de arte, pretendiendo así encubrir la realidad de su privilegiada posición en el sistema que le permite escoger los toros que mata cada tarde. Dado que éstos no destacan precisamente por su envergadura, el problema de Morante es en realidad su decadencia manifiesta que necesita configurar un tinglado de impostura en el que la norma sea el toro flojo y descastado, con la esperanza de que alguno se equivoque y le deje estar a gusto para esbozar siquiera un manojo de verónicas con que seguir engatusando a los partidarios. Lejanos ya los tiempos en los que se quiso reencarnar en una delirante mezcla perfecta entre Joselito y Belmonte, la irregularidad de su trayectoria le ha impedido heredar el cetro del Faraón en Sevilla, en donde acredita varias buenas faenas pero una sola Puerta del Príncipe y triunfar verdaderamente en Madrid, cuyo empresario se ha rendido a sus caprichos sin que ello le haya permitido abrir la puerta grande que tal vez ya nunca logre traspasar.


La espantada de Morante y sus reflexiones sobre su condición de artista seguramente habrán hecho removerse en su sepultura a Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida, maestros de la gracia toreadora. El Sócrates de San Bernardo lidió a lo largo de su carrera setenta y un toros de Antonio Pérez, cuarenta y siete de Atanasio, cuarenta y cinco de Concha y Sierra, treinta y seis de Villamarta, treinta y cinco de Miura, treinta y dos de Pablo Romero, veinticinco de Buendía … Don Antonio, por su parte, se entretuvo en matar noventa seis de Antonio Pérez, cincuenta y cuatro de Carlos Núñez, cuarenta y ocho de Miura, treinta y seis de Buendía, diecinueve de Escudero Calvo … El penúltimo año de su vida taurina despachó una corrida de Victorino en Madrid, otra de Pablo Romero en Málaga, alternando con Curro y una de Guardiola en el Puerto, compartiendo cartel con Paula, doce de agosto de 1973, cuarenta y cuatro años y un día antes del mano a mano postrero de José Antonio y Julián en la Plaza Real, en el que cada uno compareció con sus toretes bajo el brazo, y triunfaron los veedores del madrileño. Otros tiempos, otra forma de comprometerse con la historia del toreo que las figuras de ahora jamás se han planteado afrontar, mientras la fiesta se debilita y se va por el despeñadero.



miércoles, 26 de julio de 2017

MONTESQUIEU NO RESUCITA

Viene siendo un lugar común que en las postrimerías del curso político, el presidente del gobierno se vea obligado a comparecer públicamente para dar explicaciones sobre la financiación de su partido. Don Mariano ha tenido que acostumbrarse a la fuerza a estos exámenes veraniegos con los que el sistema se justifica a sí mismo propinando al líder máximo arañazos controlados que incluso le permiten reforzar su imagen de agudo opositor que se sabe la materia. Don Mariano ya está sentado a la derecha del paternal tribunal que lo trata con deferencia y un sí es no es de mala conciencia al haber tenido que hacerle pasar por este trance, y su atribulado presidente acota el interrogatorio de las acusaciones pero no los chascarrillos del testigo, que prodiga ironías sobre los letrados con su conocida retranca como si tuviera tras de sí a la bancada popular, al tiempo que las defensas apenas pueden reprimir sus mohines de satisfacción por la habilidad dialéctica del prócer. Don Mariano sigue arrastrando la ese por el estrado con una convicción encomiable, la misma que le hace permanecer todavía en política a pesar de la miríada de escándalos de corrupción que ha consentido. Érase un hombre a un desliz pegado, aquél que le hizo acudir al parlamento un mes de agosto de hace cuatro años, para mentir sobre los manejos de su tesorero con la impunidad que ofrece tener asegurado el control de los tribunales que pudieran juzgar su actuación.

Hoy como entonces ha vuelto a decir que a pesar de la elocuencia de los mensajes enviados a Bárcenas, no hizo nada en su favor, cuando es un hecho que lo amparó en el partido a pesar de las evidencias de fraude. Hoy como entonces se ha vuelto a jactar de haber sido él quien dejó de contratar a los miembros de la trama cuando supo que algo olía a podrido en la Comunidad de Madrid, pero no ha dado explicación alguna de por qué no denunció aquellos hechos ni profundizó en la investigación del asunto como era su obligación. El sistema ha quedado satisfecho, se completó la comedia y los palmeros del líder se aprestan a glosar la normalidad democrática de lo sucedido, pero Montesquieu no resucita por más que la apariencia triunfe sobre la verdad. El Barón ilustrado parecía estar pensando en nuestras cuitas cuando dijo que no hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia.

A pesar de todo, debe reconocerse que de un tiempo a esta parte, la historia de las farsas presidenciales ha perdido truculencia si consideramos que hace casi veinte años otro prohombre era citado para ser preguntado sobre muertes y secuestros. Las cloacas insondables han pasado de albergar sicarios a ocultar el latrocinio permanente, algo es algo. La esperanza en la regeneración del sistema se antoja una quimera si la natural tendencia del españolito metido en política por llevárselo muerto no se ataja con la independencia y el recíproco control de los poderes del Estado. La desolación es inevitable si echamos un vistazo a la alternativa circundante, en donde ningún partido de la oposición lleva en su programa la separación de poderes y a la fuerza que sustenta al gobierno se le ha olvidado reclamar en este punto el cumplimiento del pacto de investidura. Don Mariano afronta las vacaciones con una sonrisa en los labios.

jueves, 29 de junio de 2017

EL ESPÍRITU DE CHENEL

Dicen los que tienen la fortuna de encontrarse en las Ventas cuando la plaza no está abierta al público que en las noches sin luna un reflejo blanco ilumina el ruedo a la altura del lugar donde se dibuja la segunda raya en los terrenos del diez. El fenómeno sólo es percibido por los que se hallan en el secreto de la relación que un viejo torero tenía con ese recodo desde donde solía citar al toro en la distancia, en sus tardes de gloria. Si además ese día ha habido corrida, a veces se oyen también sonidos extraños que los descreídos atribuyen al viento de la madrugada recorriendo tablas y postigos. Los conocedores de la magia del edificio se colocan donde el maestro tenía aposento al amparo de un jornal televisivo y desde allí creen sentir ruidos que en ocasiones parecen un simple carraspeo de fumador empedernido y en otras se resuelven en gritos desaforados que braman "dale sitio, la muleta plana, la pata alante, pronto y en la mano", y cosas de este jaez.

Los fenómenos extraños comenzaron poco tiempo después del fallecimiento del maestro del mechón blanco en el otoño de 2011, cuando los mercaderes del templo impidieron a la afición pasear a hombros el féretro por el ruedo, ocupados como estaban en prostituir la esencia del coso con espectáculos ajenos al rito del que Chenel había sido máximo oficiante. La capilla ardiente ya fue un guirigay impropio de la categoría del escenario y de la figura que yacía expuesta ante el tumulto de los que pugnaban por hacerse hueco con el fin de conseguir la foto miserable del cuerpo del maestro, al que terminaron sacando a hurtadillas por la puerta grande, tan lejos de la grandeza que merecía el torero que abandonaba su casa por última vez.

Desde entonces, no siempre ocurre pero cuando un matador que no ha hecho méritos para traspasar en hombros la puerta de Madrid, está a punto de colarse camino de la calle de Alcalá, hay quien dice haber visto la sombra errante de Antoñete recorriendo inquieta los bajos del siete coincidiendo con el pinchazo que frustra un triunfo espurio. Los amigos de lo esotérico cuentan que a menudo se escucha un extraño zumbido que se adueña de la plaza cada vez que las faenas se apartan del toreo fundamental y los toreros se entretienen en lo que Antonio llamaba morisquetas sin sentido.

Algunos vecinos de la zona notaron un quejido sordo que pudo sentirse hasta en Manuel Becerra, la mañana en que un ejército de excavadoras irrumpió en el ruedo y arrasó la mítica panza que tanto incomodaba a los diestros modernos y que  el viejo maestro sabía aprovechar a su favor, combinando con certeza el conocimiento de pendientes, terrenos y querencias. Es el mismo quejido que los abonados sienten en su interior cada tarde mientras contemplan la herrumbre que poco a poco va arruinando la plaza de sus amores, el manto de incuria que a punto ha estado de clausurar la temporada venteña si no hubiera sido porque el espíritu de Chenel que sigue morando en sus rincones, impidió la tropelía. Ya lo hizo cuando los mercaderes quisieron cubrir la plaza y la carpa circense con que pretendían ensayar la cubierta definitiva, se hundió de madrugada en extrañas circunstancias.


Dicen los que conocen el secreto que cuando por fin se desmintió la noticia del cierre, un atardecer en lila y oro se instaló por encima de los tejadillos de la plaza, a pesar del mediodía.


miércoles, 21 de junio de 2017

IVÁN FANDIÑO, EL HÉROE DISCRETO


En estos tiempos extraños en los que la sociedad se despeña en un proceso de infantilización que trata de negar la evidencia de la muerte, el torero sale a la plaza cada tarde para recordarnos que la muerte existe. Frente a la mentira cotidiana del animalismo obtuso, la tauromaquia nos reconcilia con la vida a través de la contemplación del rito milenario del combate entre el hombre y la fiera, nos permite conservar el privilegio de poder asistir a la recreación artística de la pelea por la existencia en la que inevitablemente se muere de verdad.

Ivan Fandiño lo sabía desde que decidió luchar contra sí mismo para alcanzar un sueño que persiguió siguiendo la estela de Mazzantini, Martín Agüero y Cocherito de Bilbao, los toreros vascos que le precedieron en el camino. Tuvo que viajar a la Alcarria para aprender el oficio, pero sus primeros triunfos nos seguían haciendo mirar hacia el norte, desde donde formaba una prometedora terna con Diego Urdiales y Francisco Marco, toreros de clase de Despeñaperros arriba, para desmentir a Cagancho. Pero su carrera está marcada por Madrid. Le costó solo dos años ganarse el respeto de la afición desde su confirmación en mayo de 2009. En 2011, corta cuatro orejas consecutivas en las Ventas y roza la puerta grande por su gran actuación con los toros de Cuadri en San Isidro. Es la época de aquellas recordadas corridas alternando mano a mano con David Mora, que traen a la fiesta un aire fresco de regeneración basado en el enfrentamiento con el toro íntegro y encastado, haciendo del toreo fundamental practicado según los cánones clásicos, un imperativo moral.

Son los años de la ansiedad por alcanzar una consagración que no acaba de llegar a pesar del gran ambiente con que cuenta en la plaza, en donde comparece varias veces a lo largo de la temporada matando todo tipo de encastes y casi siempre tocando pelo. En 2013, un toro de Parladé le hiere gravemente y se lleva por delante su apuesta de tres tardes en la isidrada, pero el de Orduña envida más y se anuncia otras dos en la feria de Otoño. En 2014, llega por fin el triunfo completo, un martes y trece de mayo, otra vez con ejemplares de Parladé, vestido de teja y oro, el traje que sería su mortaja en Air sur l’Adour. La afición lo entroniza como el nuevo torero de Madrid, en una corrida marcada por las grandes estocadas que recetó a sus toros, la primera cobrada en idénticos terrenos a aquélla que un año antes cambió por una cornada, la segunda retomando la costumbre de sus comienzos de entrar a matar sin muleta, suerte que ejecutó encunándose limpiamente en medio de la abierta cornamenta del toro, recibiendo una voltereta de la que salió ileso entre clamores de gran acontecimiento. Este triunfo le coloca en la cima de la corrida de la Beneficencia, alternando por fin con las máximas figuras a las que los mentideros taurinos atribuyen rumores de maniobras contra su trayectoria emergente y oscuros vetos en los despachos, que Iván enfrenta con gallardía, siempre dispuesto a discutirle el cetro al poderoso con sus armas y en el ruedo.


En esta pugna está el origen del gran gesto de su carrera taurina, cuando se anuncia en solitario el Domingo de Ramos de 2015 para abrir la temporada venteña y decirle al sistema que no le ha dejado entrar en los carteles de lujo de las ferias, aquí estoy yo. Y llena la plaza fuera de abono, algo que no se veía en Las Ventas desde aquellas citas con la magia de Curro o con el vértigo del José Tomás verdadero. Madrid acoge a veinticuatro mil almas llegadas al reclamo del toro de respeto del que huyen habitualmente los que mandan en las cartelerías adocenadas del monopolio. Pablo Romero, Adolfo Martín, Cebada Gago, José Escolar, Victorino y Palha, ahí es nada. Fandiño es un torero honesto con un gran fondo de valor, vistoso con el capote, variado en quites, atento siempre a la lidia, poderoso con la muleta y desigual con la espada, pero pierde el envite. Iván atraviesa la tarde con el gris de su vestido nublándole la mente, quizá ofuscado por la tensión del compromiso, derrotado antes de tiempo cuando es consciente de que no ha sabido hallar la lucidez ante varios toros de triunfo, y empieza a morir un poco cuando abandona la plaza entre almohadillas, rumiando el fracaso de su reto contra el tinglado falso que hace de la tauromaquia un espectáculo banal y sin sustancia.

A partir de ahí se inicia una cuesta abajo en la que va despareciendo del circuito de las ferias importantes, excepto en Madrid, Pamplona y Bilbao, los reductos del toro de verdad, en cuyo ambiente siguen flotando los restos de la ilusión de aquella apuesta cada vez que se anuncia, un no sé qué de respeto hacia la actitud del matador vasco, por encima de la impresión que ofrece de torero vencido. Hasta el final, ha dado la cara. Inició la temporada matando Victorinos en Madrid en otro Domingo de Palmas sin eco en los tendidos. En su última tarde en las Ventas, el programa de mano ilustra su portada con una imagen de Víctor Barrio, que ese día habría cumplido treinta años y en cuya última corrida en Madrid un año antes se enfrentó a toros de Baltasar Ibán, como el que le arrebató el futuro a Fandiño, por no perdonar un quite como solía.


En estos tiempos extraños de ídolos falsos es preciso reivindicar a los héroes discretos que no encuentran el debido reconocimiento a su esfuerzo callado. Transcurren sus días buscando un lugar en el umbral esquivo del éxito, y a veces llegan a pisarlo apenas un instante antes de ser expulsados de la dicha del triunfo. Tras la derrota, Fandiño se había reubicado en su rincón de siempre, el de la lucha diaria con el toro agresivo en una plaza escondida, y cuando intentaba reencontrarse, una lanzada en el costado lo despidió hacia la gloria de la eternidad de aquellos afortunados para los que la muerte sí tiene sentido. Que la tierra te sea leve, maestro. 

   

viernes, 16 de junio de 2017

LA SEMANA TORISTA

La semana torista cierra la feria de San Isidro desde hace tiempo según una fórmula que trata de mitigar un tanto el quinario que pasa el sufrido abonado con la tabarra del toro bobo que expulsa la casta de las tres semanas previas. Tras la larga travesía del desierto, este fin de fiesta es una bendición que barre de la plaza la mugre de tantas tardes y nos regala a cambio los toros de mirada aviesa y boca cerrada, la lidia azarosa en la que deben ponerse los cinco sentidos, el respeto al animal con el que el matador no puede estar a gusto ni disfrutar sino del que hay que cuidarse. La última semana de feria trae a Madrid la huida de las figuras de los carteles, la ausencia de apreturas en los accesos a la plaza, la piedra desnuda en los tendidos y la costumbre de la crítica oficial de cargar contra las ganaderías que comparecen en estas fechas para justificar su apuesta permanente por las vacadas comerciales. Se trata así de enmascarar la tropelía que se cometerá después en los premios oficiales, en los que la deliberación seguramente dura menos tiempo que lo que tardan los burladeros del callejón en llenarse de advenedizos para ver la corrida de gañote. De esta manera, viene de maravilla cerrar la feria embarcando para Madrid el encierro de Miura más blando y peor presentado que se recuerda y echar dos toros al negociado de Florito sin esperar a que se recuperen como se hace tantas tardes con otros hierros, a fin de otorgar el derecho de alicatado preferente en el patio del desolladero a la corrida de Domingo Hernández, para que su dueño pueda luego blasonar de bravura cuando lidia sus garcichicos por esas plazas de Dios.


El fracaso de la miurada se vio venir desde el principio cuando el público hizo saludar a Eduardo Dávila para agradecerle el gesto de reaparecer con los toros de su familia, de los que al final no mató ninguno. Estas cosas no fallan, ovación anticipada, tarde gafada. También defraudó la corrida de Adolfo Martín que se vino abajo en el último tercio y aún así el segundo regaló a Juan Bautista varias embestidas encastadas para comprometerse y apostar pero el francés tiró de repertorio convencional y ensayó un trasteo sin apreturas. En cambio, Antonio Ferrera anduvo muy serio toda la tarde buscándole las vueltas a su lote hasta que en las postrimerías de su persecución al cuarto por toda la plaza, le enjaretó en el siete varios naturales sueltos de relajada compostura y mucho aguante en el sitio de la verdad. Su prolongado empeño a punto estuvo de costarle el tercer aviso por esa manía que tienen los toreros modernos de plantear faenas interminables. La  tauromaquia actual del toro sin peligro favorece faenas largas de mil pases que el animal admite porque no necesita ser dominado, mientras los toreros se limitan a acompañar su viaje dócil en una danza previsible e incruenta. Pero el toro de estas últimas tardes es otro, no aguanta trasteos superficiales y aprende por momentos en qué consiste el engaño. Los matadores de ahora desconocen por completo que a Madrid siempre le ha bastado una faena sentida, breve y por derecho y una estocada en la yema para encumbrar a un torero, y aunque lo supieran, parecen haber olvidado los fundamentos técnicos del toreo clásico que exigen pisarle el terreno al toro incierto e intentar imponerse en las veinte embestidas que suele ofrecer. Por el contrario, se empeñan en una labor insustancial, vulgar y sin sentido lidiador alguno como la que  desarrollaron los diestros a los que les tocó en suerte o más bien en desgracia la corrida de Rehuelga, un vendaval de casta santacolomeña al que se afanaron en aplicar la filosofía del visitante de estación: cuando llega el tren del toro, en lugar de plantarse en la vía y hacerlo descarrilar, la mayoría se conforma con saludarlo desde el andén.


Quien sí se tiró a la vía fue Paco Ureña y desde allí esperó al toro más encastado de la feria, Pastelero, un Victorino de 520 kilos que desprendía trapío y fiereza en cada acometida. Toro de cara o cruz al que Ureña se impone en el primer envite para perder el segundo en la siguiente serie, un tanto desbordado por la agreste embestida. Se presiente combate nulo pero a partir de ahí, el lorquino vuelve a jugársela y deja en la retina dos series más, mandando mucho con la derecha, la faena convertida en un toma y daca emocionante, las espadas en lo alto a la espera de confirmarlo todo al natural. Por ese lado, el toro vende cara su posición pero Ureña extrae pases con valor sin cuento, aguantando un mundo y luego se ofusca alargando una obra que ya está hecha hasta concluir con un espadazo tendido que no basta. Se demora en tres descabellos que frustran dos orejas que tenía ganadas a ley.


La oreja de la tarde se la llevó Talavante por una faena en las antípodas de la guerra de Ureña, pues sorteó un Victorino bonancible que comenzó entregándose desde los buenos lances iniciales con que lo recibió y luego hizo el avión a modo cuando lo pasó de muleta en naturales bien rematados y otros con la derecha más ligeritos que culminaron en una arrucina que se dejó pegar el toro sin acordarse en ningún momento de su origen. Con su segundo oponente, Talavante no arriesgó en cambio un alamar, el extremeño quizá pensó que el gesto de anunciarse con una ganadería de verdad ya había concluido con ese triunfo parcial, que la ganancia a obtener no le compensaba el esfuerzo que requería un toro incierto que no iba a permitir arrucinas.

Tampoco admitía pases accesorios la seria corrida de Cuadri que mejoró en casta y movilidad respecto a comparecencias recientes. Sin embargo, José Carlos Venegas no tuvo mejor idea que rematar su faena al sexto encadenando bernadinas, pretendiendo aplicar a un toro poderoso esa práctica frecuente que ha sustituido a la de empalmar molinetes para extraer orejas pueblerinas de presidentes a favor de obra. Naturalmente el toro no se lo permitió y derribó al torero, poniendo a las claras quién mandaba en la plaza.

Al día siguiente, volvían a la feria los toros de Dolores Aguirre y como siempre inundaron la plaza del espectáculo de su encastada mansedumbre. Gómez del Pilar se llevó el lote de la corrida y rascó una orejilla barata por su labor al tercero que incluyó una larga cambiada, un quite por lopecinas y una faena solamente bullidora y efectista que nos llevó a la melancolía de constatar qué pocos toreros son hoy capaces de echar a un toro de comer cuando citan. La muleta retrasada es la norma acogida por la torería andante para mitigar el riesgo que siempre tiene traerse al toro toreado desde el inicio del viaje. Si luego al final no se remata el muletazo detrás de la cadera vaciando la embestida, nos encontramos con una sucesión de medios pases que sólo conduce al vacío.       

La tregua a las ganaderías duras llegó con el segundo pase de Alcurrucén, que en contra de lo que sospechábamos había guardado para esta semana algunos ejemplares de nota para quien quisiera darse cuenta. Lo hizo Juan del Álamo y el Cid desaprovechó una nueva ocasión para retomar el tren de la gloria. El primero abrió por fin la puerta grande aunque su éxito debe atribuirse a su cabeza despejada y atenta a pulsar los resortes de los ánimos de la plaza, no tanto a su voluntad de hacer el toreo cabal. En su haber debe apuntarse la forma en que comenzó la faena al tercero, doblándose con el toro hasta llevarlo con poder a los medios, fijando con torería un comportamiento que hasta entonces había sido abanto, enseñándole a embestir, en definitiva. Después, desgrana varias series por ambos pitones por las afueras del peligro, y el innegable temple y largura con que dota a los pases levanta las ovaciones acostumbradas pero no las enciende de la emoción que sin duda tendrían si además en la obra hubiera hondura. La plaza termina de entregarse con la estocada arriba y la muerte espectacular del toro en los medios. A partir de ahí, los sospechosos habituales comienzan a mover los hilos del triunfalismo desaforado para conseguir las dos orejas, el matador se pega la carrerita reglamentaria pegando saltos como si acabara de marcar gol, los carontes de las mulas demoran su acto de presencia en el ruedo y luego tardan más en arrastrar al toro que si Fernando Alonso lo intentara con su McLaren, pero el presidente Trinidad tira de dignidad, se guarda el segundo pañuelo y deja todavía un resquicio en la puerta grande por si el mirobrigense quiere colarse por él apostándolo todo al sexto de la tarde, un manso pregonao de complicada embestida. Del Álamo le espera en los medios sin probaturas pero va de farol, y se acaba quitando antes de que el toro le quite a él de en medio. Ya en el tercio, hace el esfuerzo y empieza cargando la suerte en el sitio, pero luego la faena se diluye entre medios pases que no someten al toro y algún atragantón donde hay valor pero no dominio, antes de ver claro que a un público a favor deseoso de desagraviar al torero le bastará una estocada desprendida para solicitar la oreja. Así es y así sucede, mientras el Cid, que tuvo un lote para volver a reventar Madrid, que estuvo mal con la corrida pero que pese a todo, dejó en el cuarto una serie de naturales parecidos a los de su época grande, contempla la escena desde el burladero de su frustración.


La Beneficencia fue la coda previsible al espectáculo decadente que representó la feria. Resulta un milagro que veinticuatro mil almas llenaran la plaza a despecho de los cuarenta grados en los termómetros, y del ganado de saldo con el que Victoriano del Río repetía en Madrid. Apenas un cambio de mano del Juli, un galleo de Manzanares y un puyazo arriba de Paco María fue lo que se llevó de la corrida el Rey Felipe para meditar fuera de las cámaras si merece la pena volver a los toros más allá de la obligación protocolaria. Es posible que ni siquiera los vivas a su persona con que a lo largo de la tarde los tendidos recalentados espantaban el tedio, le hagan regresar.


sábado, 10 de junio de 2017

EL MADRID ES GANAR EN PRIMAVERA


Mi primer recuerdo futbolístico va ligado a una camiseta de Amancio con la que mi padre me sorprendió después de uno de sus viajes a Madrid cuando yo debía tener no más de cinco años. Me la puse pocas veces en mi afán de preservar su blancura resplandeciente de los primeros días, el rutilante número siete azul de la espalda, su mítico escudo dorado sobre el pecho. Mi padre acompañó el regalo con una fábula que incluía un encuentro casual con el mítico extremo en el Bernabeu, en donde el propio Amancio le había dado la camiseta exclusivamente para mí y no tuvo que emplearse mucho en aderezar el cuento para hacer de aquel niño, un devoto madridista para siempre. Desde entonces, cada cita con el Madrid era un acontecimiento al que yo asistía desde el reclinatorio, cautivado por la dignidad de aquellos héroes sin estridencias, fascinado por el esplendor en blanco y negro que llegaba desde el televisor, por el fulgor de aquellas camisetas no mancilladas por marca alguna. Los jugadores que las vestían aún no estaban más pendientes de su imagen que del honor del escudo y consagraban cada partido a correr más que el contrario, a poner sus cinco sentidos al servicio de su calidad innegable, a defender a toda costa la máxima no escrita de dejar todo en el campo hasta el último aliento del encuentro. Así era como Pirri imponía su ley en cada esquina del terreno, a Camacho no le hacían dos veces el mismo regate y Santillana se elevaba sobre las defensas desde su físico mediocre, convirtiendo aquel vuelo inolvidable en el milagro de cada tarde.


En el Madrid de mi infancia ganar la liga era una costumbre heredada a partir de la llegada de Di Stefano veinte años atrás, una obligación que se celebraba desde el comedimiento de la satisfacción con el deber cumplido. Era la justa recompensa para el trabajo diario, el salvoconducto necesario para perseguir el sacrosanto grial blanco, la Copa de Europa, a la que se optaba en cada ocasión con humildad y orgullo, con once jabatos de la fábrica y alguna incrustación foránea que a menudo alcanzaban la proeza de plantarse en semifinales, llegando incluso a rozar la gloria en el inicio de la siguiente década en la final perdida de París, en donde la realidad de los García se estrelló contra la solidez inglesa de los diablos rojos.


En lo que llevamos de siglo, la leyenda de Don Santiago arengando a sus hombres tras la derrota y apagando la luz de la última estancia del vestuario había sido sustituida por la abundancia de medios no siempre al servicio de un proyecto deportivo coherente. La imagen del canterano corriendo la banda con el brazo en cabestrillo que consideraba su pertenencia al Madrid como un privilegio sólo al alcance de los elegidos, había dado paso a la foto de la estrella que pedía aumento de sueldo tras haber marcado un gol histórico y luego acostumbraba a sestear la mayor parte del año con la esperanza de hallar de vez en cuando, un triunfo deslumbrante con el que seguir engrasando la maquinaria del star system.

Por fin este año, la excelencia. La vuelta a los orígenes llega de la mano de un mago marsellés en cuya sonrisa humilde se atisba la eternidad del triunfo. Sesenta años después del nacimiento del mito del Madrid avasallador en Europa, se está configurando otro equipo quizá destinado como aquél a encadenar títulos sin pausa. Su dimensión depende del tiempo que permanezca en Cristiano el hambre insaciable de Don Alfredo, de las veces que Marcelo se acuerde de las galopadas de Gento corriendo por la banda, de que Bale se convierta en un Puskas del siglo XXI y siga destrozando redes a pesar de su condición física. Mientras Modric se vista de Velázquez tirando líneas entre las defensas contrarias y Benzema repita la del Buitre pespunteando las costuras del campo, todo estará a salvo porque Casemiro guarda la casa como un cruce perfecto de Seedorf y Stielike.


La excelencia es necesaria ya que el Madrid no sólo juega frente al equipo rival sino contra el odio universal a su grandeza. Cualquiera de sus derrotas alcanza el nivel de cataclismo y se organizan debates maratonianos sobre quién debe jugar de lateral derecho. Sus debacles son tan celebradas por los contrarios que se olvidan de su propio y legítimo orgullo para alardear falsamente de no querer ser como el vecino. Sus fichajes millonarios les parecen inmorales a los hipócritas que gastando lo mismo encubren sus manejos financieros bajo el disfraz de los valores, y no les basta ganar más que nadie en una década para seguir enarbolando la bandera del victimismo.

Ladran luego cabalgamos. Es divertido ser del Real Madrid y dejarse llevar por la emoción de un equipo que cuando toca a rebato se siente invencible, poder sentir todavía la alegría del niño en aquellos días gloriosos en que juega su Madrid, cerrar los ojos y ver a Juanito saltando camino del vestuario, a Casillas tapando un balón imposible, a Raúl mandando callar. El Madrid es alcanzar la cima doce veces y no conformarse. El Madrid es ganar en primavera.


domingo, 4 de junio de 2017

TRES FAENAS

En el mes completo en el que se desarrolla la feria de San Isidro, el sufrido abonado se gasta sus buenos euros para tener el privilegio de examinar el estado de la fiesta que le tiene sorbido el seso el resto del año. Tras la cotidiana pelea laboral, en lugar de terminar el día sin sobresaltos, refugiado al amor de sus cuatro íntimas paredes, recostado dulcemente en el sofá recibiendo el agasajo de su familia, en torno a las siete de cada tarde el sufrido abonado aprieta el paso para llegar a tiempo a su cita con la andanada, donde le espera tras la empinada escalera, el duro banco, la sucia herrumbre, el frío o el calor, la lluvia no. A este secreto héroe que humildemente sustenta el anacrónico rito de sus amores contra las múltiples amenazas externas, le llueven sin embargo, desde dentro del sistema, más palos que minutos tiene el mes, si acaso se le ocurre expresar su discrepancia frente al fraude nuestro de cada día, y elevar algo la voz contra el triunfalismo desmedido que festejo a festejo rebaja un poco más la categoría de la plaza. Poco ha tardado el gatopardo Simón en olvidar sus promesas, se ve que la revolución consistía en perseguir al disidente y enviar a sus comisarios políticos para amedrentar al público que ya ni siquiera puede ensayar palmas de tango contra el atropello permanente.

  
En realidad, el Robespierre de las Ventas no ha hecho sino llevar a la práctica la perenne salmodia de la crítica oficial, entretenida a menudo en criminalizar al público que denuncia la mentira y el adocenamiento en que tienen metida a la fiesta los barandas del negocio. Esta costumbre es especialmente sangrante en la televisión de pago que detenta la exclusiva de narrar las corridas, cuyos entertainers necesitan acudir a esta práctica lamentable para tapar la nada que a menudo se ven obligados a contar y así, en lugar de cuestionar a la empresa responsable del desaguisado habitual, se pasan la retransmisión acusando de reventador al discrepante, de maleducado al que protesta, lo cual vendría a ser como si Chicote, en vez de cantarle las cuarenta al chef del restaurante chapucero, abroncara al comensal. El excesivo cocinero mediático suele conseguir que el establecimiento progrese y al menos pueda comerse lo que allí se despacha. En Las Ventas, el menú del día es cada vez más infumable y respecto a la pasada temporada, la única mejoría constatable chez Casas es que se imprimen suficientes programas de mano para todos los asistentes aunque se cuelgue el no hay billetes en la taquilla.
  
De cualquier manera y a pesar de todo, el sufrido abonado siempre rescata algo de cada tarde que le hace regresar al día siguiente para esperar la excelencia con un candil. Buscando un hombre honesto que mostrara su verdad sin trucos, nos encontramos antes de encarar el último tramo de la feria con tres faenas, tres, que no es poco, tres obras compactas y con un sentido, estructuradas en base a una idea y a las condiciones del toro, con planteamiento, nudo y desenlace, ahí es nada, un tesoro para la vista en esta tauromaquia moderna en la que la escasa exigencia del toro provoca trasteos uniformes sin fuste alguno.

Alejandro Talavante diseñó la primera de estas faenas y alumbró la sorpresa del toreo de siempre la tarde en que se topó con un toro del Conde de Mayalde cuando ya nadie esperaba que la impresentable corrida del Puerto de San Lorenzo se resolviera en triunfo. Talavante firmó ante este tercer sobrero de suave embestida con tendencia a apagarse pronto una obra rotunda basada en la mano izquierda, trasteo muy medido con los pases justos, reunidos en un mismo terreno, naturales extraordinarios dando siempre el medio pecho con la suerte cargada y otros de frente mirando al tendido de gran impacto emocional, entre los que sobresale un cambio de mano templadísimo en el que se rompe definitivamente la mediocridad de la feria. El espadazo sin puntilla le otorga al extremeño la oreja de más peso del ciclo condenando por comparación a la irrelevancia las orejas concedidas hasta entonces y otras que vendrían después. Sir ir más lejos la que cortaría el propio Talavante a un encastado toro de Núñez del Cuvillo, ante el que ya desde la primera serie de naturales que aborda sin probaturas, no encuentra nunca el ánimo necesario para quedarse en el sitio y llevarlo sometido, pagando por ello después el precio de la cogida. La cornada que luego resultó superficial otorgó a la faena un vuelo que nunca tuvo y a pesar de la estocada baja final la emotividad del momento condujo al trofeo aunque los pases eran igual de vulgares antes y después del percance.


La segunda faena importante hasta el momento la hizo Ginés Marín el día de su confirmación de alternativa y le otorgó la puerta grande frustrando así el tinglado que el Juli montó para comparecer ante la cátedra. El gesto de Julián este año ha consistido en dar la cara sólo una fecha en San Isidro alternando con dos neófitos a los que alternativa en el mismo festejo y regresar fuera de feria en el cartel de lujo de la Beneficiencia, lo cual sería como si el Madrid quisiera llegar a la final de la Champions disputando las eliminatorias contra equipos de juveniles. El privilegio no debió parecerle suficiente al poderoso de San Blas, de manera que además de venir con una corrida chica y mansita de la familia de su apoderado, alteró el orden de lidia para no tener que matar dos toros seguidos. La corrida de los niños diseñada para el triunfo del profesor iba por ese camino de la lección magistral dictada por el Juli, la p con la i, pi, la c con la o, co, pi-co, y los dos colegiales presentaban la muleta oblicua para no contrariar las enseñanzas del maestro, se colocaban fuera de cacho y jugaban a la alcayata, destoreaban con el pase invertido, ensayaban el cambio de mano por la espalda para ligar con la izquierda, se fijaban en ese adefesio del julipié. Todo esa cantinela desplegaba Julián desde el estrado y en las múltiples cesiones y devoluciones de trastos que vinieron después parecía susurrar ante los ojos atónitos del alumnado, esto es todo lo que debéis hacer para cortar una oreja en Madrid, veis como no es tan difícil y todo el coro infantil fue cantando la lección, cien pases, ciento, cien mil, mil veces mil, un millón. La operación puerta grande se frustra en el cuarto en el que Julián parece traicionarse a sí mismo para plantear una faena más sosegada de redondos mandones de mano muy baja y naturales templados casi en el sitio hasta que el toro se acaba, la cabra tira al monte y ensaya desplantes desde la pala del pitón, escondido en la oreja que definitivamente se escapa debido a otro horrible julipie. A partir de ahí se rompe la monotonía y el primer indicio de rebelión en las aulas lo trae Álvaro Lorenzo con dos estocadas arriba y ejecutando bien la suerte. La traca final la monta Ginés Marín en el sexto, componiendo una faena bonita de menos a más, de cabeza despejada, ejecutada en el medio sitio que casi nos vale, pero con la verticalidad necesaria para no descomponer la figura y la profundidad suficiente para que el toro pastueño no salga despedido hacia afuera y la obra se compacte con la necesaria reunión. Unos adornos finales garbosos y la clarividencia para entrar a matar justo antes de que el toro cante la gallina de su mansedumbre le conducen a las dos orejas a pesar del desprendimiento de la espada, mientras el padrino mira al presidente desde el callejón quizá pensando para sí ¿qué he hecho yo para que me trates con tan poco respeto?


Poco tardaría Ginés en devolver las orejas pues cuarenta y ocho horas después estaba otra vez anunciado para lidiar la enésima entrega del culebrón Domecq. Sin embargo, tuvo la mala suerte de enlotar un inválido y un manso con genio que le llevó por el camino de la amargura por culpa de los algodones que han envuelto una trayectoria en la que seguramente el muchacho no se haya encontrado con un animal semejante que le haya exigido tener que desplegar la técnica necesaria para dominar sus dificultades. Cuando la tarde se iba por el despeñadero, Joselito Adame se inventó un número circense con el fin de rebañar otra orejilla para su colección particular. El espectáculo consistió en cobrar la estocada sin muleta, sólo que esta vez, en lugar de perderla en el embroque como suele ser la norma en la tauromaquia actual, la tiró antes, trocando su condición de torero por la de saltimbanqui. Como el toro salió del lance rodado sin puntilla y atropelló al diestro entrampillándolo contra el albero con los cuartos traseros, las buenas gentes quedaron harto impresionadas y pidieron el trofeo a pesar de que antes de aquello la faena había transcurrido anodina, excepto en un pasaje muy ovacionado en el que Adame improvisó otro numerito, esta vez de malabares, al resolver un desarme recuperando la muleta al vuelo. 


La travesía del desierto del monoencaste culminó con un triduo a las figuras del que casi nadie salió bien parado. Don Victoriano del Río, para honrar su condición de ganadero acaparador de los premios del año pasado, mandó a Madrid una mansada que se dejó torear excepto el lote de Roca Rey que ha pasado por la feria como una sombra del novillero rutilante que fue hace dos años. De aquel torero mandón, variado y valiente, ha quedado un prestidigitador más preocupado por el triunfo a toda costa que por hacer el toreo. Se le vio perdido en la lidia, hasta el punto de que la afición tuvo que recordarle sus obligaciones de colocación en banderillas y ya en los medios no tuvo mejor idea que ponerse a torear de salón con el capote, completamente desentendido del peón cuya integridad debía vigilar. Se empeñó en prodigar sus consabidos quites efectistas sin tener en cuenta que agravaban la condición abanta de sus toros, y a la salida de varios de ellos como se quedaba a favor de querencia, se vio seriamente apretado hacia la barrera, hacia donde tuvo que huir sin decoro por no allegar la técnica capotera necesaria para salir airoso del trance. En su primer victoriano no fue capaz de parar al toro en ningún momento y ya en toriles por fin consiguió ligarle varias tandas de naturales muy jaleadas, que acabaron en la previsible oreja para una labor sólo valiente, tan lejos de la emoción y el concepto de aquellas faenas vibrantes que el maestro Rincón enjaretaba a toros entablerados. 

De Miguel Ángel Perera, lo mejor que puede decirse es que da gusto verle en los carteles por la cuadrilla que lleva. En sus dos actuaciones, Javier Ambel y Curro Javier dieron un curso de majeza en banderillas y eficacia en la brega, y el primero enceló a un Victoriano a punta de capote y se lo llevó con temple al burladero como hace tiempo que no se veía. El jefe cumplió cortando otra orejilla de saldo por una faena fría, superficial y limpia, rematada con una buena estocada.

López Simón sale tocado de la feria y lo mismo que las cuatro puertas grandes de los últimos dos años en esta plaza le lanzaron hacia la condición de líder del escalafón del año 16, mucho me temo que su actuación en sus tres tardes isidriles le condenarán más pronto que tarde al rincón de la irrelevancia. Acaparó el mejor lote de la corrida de Victoriano del Río, en especial un quinto toro cuya pujanza no fue capaz de domeñar pues el animal le ganaba siempre la acción y el de Barajas sólo acertaba a acompañar el viaje con una profusión de muletazos deslavazados y fuera de sitio. La faena había tenido un prólogo extraordinario debido a la intervención de Tito Sandoval que recuperó por primera vez en la feria, el esplendor del tercio de varas sobre todo en un segundo puyazo emocionante en el que se olvidó de su derribo en el primero, para agarrarse arriba con poder y medir con justeza el castigo.


La corrida de Juan Pedro Domecq fue el vergonzoso corolario del desastre ganadero que el encaste del que es máximo exponente ha propuesto en Madrid este año. Con la juampedritis llegó también el baile de corrales y los camiones yendo y viniendo de las dehesas para que al final sólo pudieran lidiarse cinco birrias febles y descastadas, animales impresentables que pudieran justificar la ausencia de compromiso con que comparece a la feria Manzanares hijo, el triunfador del año pasado, y la presencia de Cayetano, que tras cinco años huyendo de Las ventas, no ha querido dar la cara hasta que su apoderado pudiera tener la ocasión de manejar el cotarro desde su puesto de mando en la empresa. En el ruedo, la nada absoluta y un toro de Criado que medio se sostuvo para que el coro de voces femeninas que acompaña al de Ronda por las ferias, pudiera jalear sus maneras de aficionado práctico.

Pero no se preocupen, no hay cuidado. El honor de Domecq ya había quedado a salvo cuando el presidente Gonzalo de Villa tiró de pañuelo azul y sin que nadie lo pidiera premió con una vuelta al ruedo a Hebrea de Jandilla, prototipo de toro moderno del que no se tiene noticia en los primeros tercios, criado para la muleta en donde coloca bien la cara sin una sola informalidad, da vueltas sin cesar persiguiendo el señuelo igual que tu perro persigue la pelotita y confunde a los públicos que creen ver bravura donde sólo hay docilidad. A ese toro destinado a los premios oficiales de la feria, Castella le plantea una faena prefabricada de muchos pases por las afueras, preñada de técnica y ayuna de alma, premiada con una oreja de las que apenas quedará recuerdo en la memoria cuando el fragor de la isidrada haya cesado.

La tercera de las faenas de las que hablábamos al principio la urdió Enrique Ponce a medias con nuestra cabeza en la que quedará para siempre la lección de torería y conocimiento que nos dejó el maestro de Chiva la tarde en la que abrió la puerta grande, un curso de toreo del que ya no se ve, del que parece haber quedado proscrito en la tauromaquia actual. Por primera vez en la feria, un matador fija a un toro de salida con el capote y le gana terreno a la verónica hasta el remate airoso en los medios. Por fin, un torero en las Ventas. Un torero que no trae la faena hecha de casa, que piensa en la cara del toro, que plantea una lidia ordenada mandando en sus subalternos, al que no se le escapa el manso camino del picador que guarda la puerta, que sabe aplicar la técnica cuando es necesario y lucirse cuando es menester, que hasta para saludar al público, lo hace con torería. Sus dos faenas las planteó en un mismo terreno, en el dos, la del más boyante, en el seis, la del más complicado. En la primera, practicó el toreo fácil marca de la casa, con esa manera de enganchar a los toros con los vuelos de la muleta en donde la profundidad se sacrifica en pos de la ligazón. Varias series de derechazos sin solución de continuidad traen el clamor a la plaza, hechizada por la naturalidad del torero, encantada de asistir por fin a una danza que no es la misma de todas las tardes, quién nos iba a decir que un torero con veintisiete años de alternativa inundaría de aire fresco el ambiente viciado de la fiesta. La faena crece en sus postrimerías cuando Ponce se dobla con el toro y ahora sí es profundo al cargar la suerte con la pierna flexionada, alcanzando la cumbre en un sublime cambio de mano ligado a un gran pase de pecho. El pinchazo que precede a la estocada no impide que caiga la primera oreja enarbolada por el torero como un tesoro pedido con unanimidad. El público está entregado y se nota en cómo le espera cuando el maestro se dirige a pasar de muleta al segundo de su lote, que le aguarda engallado al pie de la puerta grande a la que todos miran de reojo. El Garcigrande veleto y salpicado, embiste con complicaciones pero Ponce no pierde la paciencia y plantea su clásica faena de ir sobando al toro poco a poco, desengañándolo por los dos pitones y consintiéndole las tarascadas que otro torero en su posición no admitiría, hasta que el animal queda sometido y se traga los muletazos que no tenía, administrados de uno en uno desde el sitio de la verdad, al final de cada uno de los cuales, Enrique parece decir la plaza es mía. No se equivoca el maestro pues a pesar del pinchazo y de la media tendida, se pide y se concede la oreja y la controversia sobre la justicia del triunfo enciende de nuevo a los tendidos mortecinos de todas las tardes.  



Hubo otra faena en las Ventas la tarde en que el Madrid fue campeón de liga, pero no la vi. Me cuentan que Ferrera estuvo menos afectado de lo habitual frente a un buey de Las ramblas, que el público dominguero pidió las dos orejas pero se le concedió sólo una. Las crónicas cantaron la faena como si hubiera sido la de Gallito al toro de Guadalest, pero yo no me fío. Seguiremos informando.