jueves, 21 de enero de 2021

TRUMPISMOS DE AQUÍ

 

Circula por ahí una teoría delirante según la cual, Donald Trump no era más que una fachada, un monigote grotesco que hacía aspavientos frente a la cámara mientras el gobierno real estaba en otra cosa, escondido en el ala oeste de la Casa Blanca para impedir que el presidente por accidente accediera al botón nuclear. Ésa debió ser la razón por la cual el mandato de Trump ha sido el primero en cuarenta años en el que Estados Unidos no ha iniciado conflicto militar alguno en el exterior a pesar del belicismo evidente que el comandante en jefe desplegaba en sus conflictos internos. Y así todo. Las contradicciones y extravagancias del personaje fueron la excusa perfecta que permitía a nuestros actores políticos vanagloriarse de su agudeza analítica al comparar las actitudes patrias con las del amigo americano, pero conviene no dejarse llevar por la pereza intelectual que conduce al maniqueísmo hipócrita de señalar en el histrión de la piel naranja las mismas conductas que aquí repetimos con menos aparato cómico.

Resultaba verdaderamente conmovedor contemplar cómo en los peores tiempos de la pandemia, cuando España lideraba todas las estadísticas negativas sobre muertes y contagios, los palmeros de la gestión desastrosa que asolaba nuestra piel de toro criminalizaban la inacción de la administración Trump mientras prodigaban comprensión sobre la posposición de la toma inicial de medidas por el gobierno Sánchez, y es que reírse de la receta trumpiana sobre la ingesta de lejía como poción mágica contra el virus ayudaba bastante a encubrir las erráticas contradicciones en los mensajes de nuestras autoridades sanitarias sobre la necesidad de usar la mascarilla. Todavía hoy España supera a Estados Unidos en las cifras de fallecidos relativizadas por criterios poblacionales pero los árboles de los mítines republicanos sin medidas de seguridad sirvieron para impedir a algunos la contemplación de nuestro propio bosque devastado.   

El maltrato que los gobernantes de esta hora dispensan a la lengua vehicular de nuestro descontento se manifiesta en el innecesario anglicismo que supone usar la expresión “fake news” cuando el diccionario nos ofrece un riquísimo vocabulario para describir las mentiras que pueblan la política, los bulos y embustes, las falacias y sofismas, los embelecos y paparruchas con los que nuestros próceres tratan de afianzar la propaganda que los mantiene en sus respectivas parcelas de notoriedad. Mezcladas en este magma de falsedades impunes, todavía reverberan en el Congreso las acusaciones de trumpismo con las que desde el banco azul se suele zaherir al contrincante, mientras el Parlamento yace sobre la ruina en la que lo han convertido quienes transigieron con un estado de alarma prolongado hasta mayo para privar a las cámaras de su sacrosanta función constitucional de fiscalizar la gestión del gobierno. En este teatro inútil, se puede denunciar el autoritarismo de Trump y proclamar a la vez que la oposición no volverá a formar parte del Consejo de Ministros, se puede alertar sobre la amenaza que Trump supone para la libertad de expresión y organizar para nuestro sistema el regreso de la censura previa mediante la ideación de un comité de la verdad. A los amantes del parlamentarismo, nos quedan las migajas de las sesiones de control para contemplar el espectáculo del hemiciclo degradado a la condición de palestra de iletrados que alzan la voz sobre el griterío del contrincante para leer el argumentario preparado por sus asesores de imagen, la representación de nuestros intereses en manos de los que tienen más respeto a la disciplina de partido que a su inerme elector.

Las últimas elecciones de la democracia más antigua de esta aldea global que compartimos fueron analizadas por los medios españoles con tal despliegue informativo que llegamos a tener más datos sobre los resultados de cada condado de Pensilvania que sobre las cuentas de nuestra comunidad de vecinos. Esa desviación del foco provocó fariseísmos consistentes en criticar el nombramiento de jueces del Tribunal Supremo por Trump y derrochar comprensión por el reparto del poder judicial que antes o después perpetrarán los partidos españoles, o criticar las tropelías de la administración americana en materia migratoria y mirar para otro lado cuando el río Grande es nuestro océano y la violación de los derechos humanos tiene lugar en las islas que antaño podían considerarse afortunadas. En el fondo, no hay tanta distancia entre la arenga de Trump a sus partidarios apostados a las puertas del Capitolio y el “apreteu, apreteu” de Torra que inspiró a los CDR en su intento frustrado de asaltar el parlamento catalán. La hay más con las iniciativas de distinto signo que rodearon el Congreso en protesta por las investiduras que les contrariaban, pero el espíritu es el mismo, la pulsión antidemocrática y populista que no acepta el resultado de las urnas y desprecia las reglas del juego, ese entramado de principios que aún agrietado, nos sigue cobijando.

Son los trumpismos de andar por casa que se instalan aquí mismo, el presidente que los denuncia abocado a aplicar una versión nacional de la doctrina Trump sobre la convivencia entre pandemia y economía, sabedor de que nuestro sistema productivo no podría soportar un nuevo confinamiento. Al menos, los súbditos del Tío Sam gozan del privilegio de elegir directamente a sus representantes sin tener que recurrir a la mediación espuria de una oligarquía partidaria de listas cerradas y concentración de poderes. Quizá por eso, si les sobreviene una nevada de medio metro de espesor, se olvidan de papá estado y agarran la pala, esa soberanía. Y cuando se avergüenzan de quien les manda, hasta son capaces de echar al presidente.




martes, 29 de diciembre de 2020

LA NAVIDAD CONFINADA


Las comidas pantagruélicas, la hipocresía, los cuñados terribles, el exceso, los afectos fingidos, la impostura, las luces estridentes, el espumillón, los regalos sin gracia, el derroche, las uvas de la ira, el ardor, el consumismo sin causa, las resacas, los villancicos desafinados, el cubata de garrafón, la nochebuena sin belenes, la nochevieja ante la tele y los propósitos de año nuevo con fecha de caducidad.

Por una vez teníamos la excusa perfecta para alejarnos de todas las excrecencias que surgen alrededor de estos días tan entrañables pero nuestros gobernantes, capaces de perpetrar un semestre entero en estado de alarma, no se atrevieron con el tabú de la navidad pagana, dejando a la responsabilidad individual del transeúnte, el manejo de su propia vida, qué avance extraordinario.

De este modo, con motivo de la tregua vacacional, cada uno podrá gestionar su libertad como mejor le parezca, celebrar el solsticio o engalanar un pesebre, administrar su abundancia o disfrazar su indigencia, juntarse con los suyos como si nada ocurriese, a despecho del consenso que le tacha de insensato o cenar con mascarilla entre bocado y bocado, saludar al abuelo que sonríe desde su cuarto y escrutar los preparativos del vecino de enfrente, a través de sus ventanas, abiertas para ventilar. En este año maldito en el que apenas hay nada que celebrar, el placebo de la normalidad navideña sigue funcionando a medias como disolvente del miedo que acecha tras nueve meses preñados de incertidumbre. La década termina enfangada en la oscuridad medieval de este tiempo pandémico en el que los poderes siguen medrando entre velos de mentiras, los errores se reiteran en sucesivas oleadas y el conocimiento científico no acaba de darnos explicaciones para conjurar el azar.

Era el territorio perfecto para volverse hacia adentro y vivir la Navidad con uno mismo, recuperar la esencia perdida y enfrentar esa epifanía a las decepciones de la existencia, aprovechar el distanciamiento social para reencontrarse en soledad con la pureza del comienzo, disfrutar de la restricción del movimiento para emprender el viaje interior. El pretexto magnífico de la natividad mítica, la de los días azules y el sol de la infancia, la plenitud en el rostro helado y el calor en el alma, nos permite plantearnos cada año el renacimiento íntimo, un reinicio espiritual que nos conectara por fin con la realidad de las cosas, a menudo ocultas tras la fronda de lo cotidiano, con esa verdad que yace escondida entre el afán por ser más altos, más ricos y más listos, posponiendo inevitablemente la voluntad de ser más escuetos, más frugales, más sabios.

Afortunadamente nos pondrán la vacuna para seguir aplazando esa quimera y continuar desplegando la habitual prepotencia de creerse imbatible, la humana aspiración de no morirse nunca. La inmunidad resultante se instalará entre nosotros inaugurando de nuevo los felices veinte, y confinará en el recuerdo la libertad amenazada, la mirada empañada y los abrazos perdidos, la intolerancia y la delación, las colas del hambre, el estado fallido, los sepelios vacíos, la desolación, las ucis atestadas, la propaganda, las persianas bajadas, el desamor, los muertos sin nombre, la impotencia, la vida pendiente de un respirador, la juventud sin futuro, el negacionismo, las ayudas invisibles, la desunión, la gestión de la incuria y la torpeza, la amistad con mascarilla, el gel en la mesilla y la eterna escalada de la desigualdad.

Cuando en el escenario desierto de la Puerta del Sol, el icónico reloj nos dé las doce, tal vez como debimos hacer siempre, apenas habrá que festejar la inmensa perplejidad de seguir vivos.



viernes, 27 de noviembre de 2020

YO VI JUGAR A MARADONA


Yo vi jugar a Maradona, una noche gélida de febrero del ochenta y cuatro. Me refiero a verlo sobre el pasto, a unos pocos metros de distancia, en aquella grada para menores del fondo norte del Bernabéu, desde la que podías sentir el resuello de los jugadores cuando se dejaban caer por el córner más cercano pero sólo eras consciente de lo que había ocurrido en la portería contraria cuando llegabas a casa y repasabas el resumen del partido en televisión. Así sucedió con el gol que decidió aquel clásico, que entonces se llamaba derbi, del que sólo me enteré por el estallido del público y por las declaraciones de Menotti en la rueda de prensa en la que afirmó que habían sido mejores y que sólo habían perdido por el culo de Santillana. En realidad, el mejor cabeceador de la historia del fútbol perforó la portería de Urruti de rebote afortunado y con el muslo, en aquella liga que se había iniciado con el tobillo del Pelusa masacrado por la entrada alevosa de Goico y que acabó ganando por segunda vez el Athletic de Clemente, empatado con el Madrid de Di Stéfano por donde ya asomaba la quinta del Buitre y con un solo punto de ventaja sobre el fantástico Barça de Schuster y Maradona.

Que el Barcelona no ganara aquel partido ni aquella liga se explica por la tradición culé de no haber sabido aprovechar hasta la explosión de Messi, la estancia en sus filas de los mejores jugadores del mundo, y que Maradona no triunfara en España y lo hiciera en Nápoles, habla de su condición de dios pagano destinado a derramar su magia entre los humildes. Porque hacer campeón al club de San Paolo entonces, es como si este año ganara la liga el Getafe en el caso de que pudiera fichar a Leo en el mercado de invierno y triunfar en la copa del mundo del ochenta y seis, en aquella selección de Bilardo, escoltado por Valdano y Burruchaga como compañeros más brillantes, sólo está al alcance de los elegidos para convertirse en el mesías de la felicidad de todo un pueblo.

Aquel mundial lo jugó Diego en estado de gracia, allí se ganó los honores de presidente que le acompañaron en la capilla ardiente de la casa rosada, allí se inventó aquel gol con la mano contra Inglaterra que vengaba sin violencia la humillación de la derrota en las Malvinas, hoy toda aquella épica la hubiera fulminado el VAR. Allí entró definitivamente en el territorio del mito, en el momento en el que se quebraron las entrañas del estadio Azteca para acompañar la cabalgada que culminó en ese gol de chupón de patio de colegio, imposible de mejorar, por más que los epígonos del astro hayan intentado en vano imitar su fulgor.



Hay quien no comprende esa devoción, ese tratamiento de santo laico que un futbolista ha recibido antes y después de su muerte. Más allá de la poesía que habitaba en su manera de patear la pelota, el diez era la alegría de los desheredados, de los que sólo contaban con sus gambetas para alimentar la esperanza, pero también del resto de afortunados que revisitando sus jugadas nos conectamos a la infancia, al paraíso perdido de la plenitud que sentíamos disputando un partido con los amigos hasta la extenuación en una cancha de barrio, cuando los postes de la portería eran dos piedras y soñábamos con ser nuestros ídolos hasta que se marchaba el dueño del balón.

Por más que sus pasos en la vida fuera del rectángulo verde desmintieran constantemente su reinado en el olimpo en el que Di Stéfano, Pelé y Cruyff ya oficiaban de profetas de la verdad revelada, en el imaginario colectivo nadie le bajó del trono. La verdad del fútbol, el asunto más importante entre las cosas menos importantes, el inexplicable sortilegio de este juego extraño capaz de convertir una tarde gris en una noche radiante si gana tu equipo, cuando parece que el mundo se ordena y la vida coincide por fin con uno mismo.

Hace tiempo que Maradona dejó de colgar vaselinas de una nube y las escuadras han vuelto a criar telarañas desde que el Diego ya no les saca brillo en cada libre directo. Y sin embargo, su imagen regateando los hachazos criminales de defensas sin clemencia para marcarle goles a la historia permanecía intacta en el cerebro de todos los que han llorado su partida como si se hubiera retirado ayer. La explicación reside en el arte indescifrable de su zurda, a cuya perfección nadie se ha acercado aunque se hayan superado sus números en este fútbol actual que dormita atenazado por el culto al físico y al tacticismo de manual. El destino quiso que asistiéramos a su penúltimo vuelo en la Sevilla que acostumbrada a venerar a Curro con sólo verle hacer el paseíllo en la Maestranza, quedó rendida al astro en declive que ese año apenas pudo maravillar a la afición ensayando malabarismos en la banda con una pelotita de papel albal.   

Que la tierra te sea leve, antes de regresar al planeta del que viniste, pibe de oro, barrilete cósmico, genio, genio, genio.




lunes, 2 de noviembre de 2020

DÍA DE DIFUNTOS


Una de las interpretaciones que tratan de dar respuesta a la especial virulencia que la pandemia está teniendo en nuestro territorio se refiere a la España vacía y a las consecuencias fatales que la concentración de la mayoría de la población en los núcleos urbanos está teniendo sobre la multiplicación de los contagios en los barrios más populosos de las ciudades, en los cuales muchos de sus habitantes que dependen de trabajos precarios surgidos al abrigo de la economía sumergida, se ven obligados a elegir entre la salud, el civismo y la subsistencia. Casi ocho meses después del inicio del cataclismo sobre la vida de más de cincuenta mil de los nuestros, un nuevo confinamiento ha impedido a aquéllos que emigraron de su lugar natal para buscarse la vida lejos de su origen, volver a cruzar el puente de todos los santos para honrar la muerte de los suyos en el cementerio al que regresaban una vez al año en una liturgia que, en cierto modo, les reconciliaba con su entorno natural.

 

También esa costumbre ha sido aniquilada por un virus que nadie vio venir, no era más que una gripe un poco más contagiosa, un cuento chino traducido al italiano allá por el mes de febrero de este año bisiesto, aciago y funesto, un contratiempo para las ambiciones políticas siempre necesitadas de portavoces que salgan a la palestra a decir que en España no habría más allá de uno o dos casos diagnosticados, con el fin de que la maquinaria de intereses siguiera funcionando. Y entonces llegó el colapso, la gestión errática del desconcierto y la incuria, el desastre económico más profundo de occidente y el confinamiento más extremo para rebajar la acostumbrada prepotencia del hombre que se olvidó de la muerte porque no entraba en sus planes aplazar las citas que la vida nos ofrece.

 

No se podía saber pero ha sucedido dos veces. Salimos más fuertes pero de nuevo somos líderes mundiales en contagios, la ineptitud de un estado inoperante multiplicada por diecisiete maneras distintas de llegar al estado de alarma. Las apelaciones a la responsabilidad personal apenas son el único recurso al que acogerse cuando todas las administraciones de este atribulado reino se muestran incapaces de configurar un sistema eficaz de diagnóstico, rastreo y confinamiento individual que en otros países permite negociar las curvas del camino reduciendo la velocidad de tránsito pero sin mandar el vehículo al garaje, como paso previo al previsible desguace.

 

Habíamos vencido al virus pero nos fuimos de vacaciones sin preparar la nueva batalla, es lo que tiene construir la propaganda a base de metáforas bélicas que bajo su música engañosa, esconden la más dañina incompetencia, sobre la inepcia, la desidia de no legislar, como se había prometido, un aparato normativo para dotar de seguridad jurídica a la limitación de nuestros derechos. Siempre es más descansado adoptar por decreto medidas de excepción que prolongadas sin control parlamentario fuerzan gravemente las costuras constitucionales. Cuarenta años de democracia no han conseguido erradicar el franquismo sociológico que habita en las iniciativas del poder y subsiste en la reacción del súbdito, más preocupado por señalar las transgresiones del vecino que por exigir responsabilidad a sus gestores.   

 

Como en todas las situaciones de la vida, el españolito se posiciona ante los acontecimientos según le va en la feria del modelo productivo. El que depende del presupuesto desearía el cierre de todas las persianas hasta que la vacuna nos inmunice para siempre, el que malvive de un jornal privado contempla el panorama agarrado a la quimera de no ingresar en el paro definitivamente y debido al abandono que les procura la administración, los autónomos se ven abocados a tener que olvidarse de la salud para sobrevivir al invierno, en el que un nuevo confinamiento debería incluir como excusa para salir a tomar el aire, la de poder acudir a las colas del banco de alimentos más cercano, de diez a doce y de seis en seis.


Ante la segunda ola que nos anega, el gobierno de los palos de ciego ya tiene su estado de alarma prorrogado por seis meses para seguir poniéndole puertas al campo mediante ese nuevo hallazgo terminológico que los expertos del eufemismo han dado en llamar confinamiento perimetral. Es la segunda medida de calado tras convertirnos a todos en sombras cenicientas apretando el paso por las calles vacías para llegar a casa antes de las doce. En este día de difuntos templado y triste, noviembre se viste de abril para que presintamos la vuelta al desasosiego de la pasada primavera, la época en que aún creíamos que todo el sufrimiento que entonces atravesamos nos serviría de aprendizaje para no reincidir.



lunes, 5 de octubre de 2020

LA MASCARILLA IDEOLÓGICA


De entre las múltiples devastaciones que ha generado el coronavirus sobre la vida y la hacienda del sufrido españolito, la de nuestra confianza en las administraciones que nos circundan ha sido la más previsible y el tratamiento no acierta a dar con la solución de nuestras cuitas cuando la mascarilla que se opone a la infección es ideológica. La politización de la gestión de la pandemia no puede sino llenar de estupor al espectador imparcial, que contempla llegar la segunda oleada de contagios entre el fragor de las cuchilladas de los responsables públicos cuyo afán principal es echarle al de enfrente la culpa de su propia incompetencia. El panorama no es nuevo y en la actualidad se libra la segunda batalla de una guerra que comenzó en marzo suscitada entre las estrategias de propaganda de los partidos, cuyas armas fundamentales han sido siempre el control de la justicia y de la opinión pública para que la depuración de las responsabilidades sea sólo aparente en aras de la victoria final que pasa por el mantenimiento del poder.

La cuestión sería de menor importancia si los tiempos fueran de bonanza. España se ha acostumbrado a sobrevivir a décadas de gobernantes corruptos, tolerando los escándalos como quien se echa a la espalda las trastadas del hijo díscolo, y de los GAL a la Kitchen, de Filesa a la Gurtel, de los ERES al "tres per cent", el ciudadano se ha tragado con mansedumbre la corrupción nacional inveterada, como un elemento consustancial del paisaje que era generalmente aceptado siempre que no se jugara demasiado con las cosas de comer. Pero cuando los rifirrafes de aquéllos a quienes en mala hora votamos afectan a la salud pública y al futuro de nuestros hijos, la cosa adquiere una dimensión distinta para instalarse en la amarga sensación de que la peor catástrofe de este siglo está siendo manejada por los peores políticos de la historia, una conjunción astral de gente sin criterio que toma decisiones con un ojo en la pandemia y otro en su futuro electoral.

El campeón en la gran estrategia de imagen que le hace seguir al frente de las encuestas cincuenta mil muertos después es el presidente Sánchez, que tras incentivar la movilidad después del confinamiento proclamando a los cuatro vientos la derrota del virus, vio clara la jugada y se cruzó de brazos para que ante los nuevos rebrotes de la epidemia que traspasa las fronteras y requiere una lucha común de todas las instituciones, esta vez fueran los presidentes autonómicos los payasos de las bofetadas. Sus gurús sabían que la presidenta de Madrid oficiaría de clown destacada en el circo de incapaces al frente del cotarro y Díaz Ayuso no les defraudó, improvisando su habitual discurso caótico en el que se puede criticar el retraso inicial en la adopción de medidas por el gobierno, calificar como dictatorial el mando único durante el estado de alarma, reclamar plenos poderes para avanzar en la desescalada y, al asumirlos, no reforzar la atención primaria ni organizar adecuadamente un sistema de rastreo eficaz para evitar el aumento exponencial de los contagios. En su lugar, desplegó el manoseado recurso de la criminalización del personal, una explicación ininteligible que hablaba de Madrid como rompeolas de todas las Españas para justificar su inacción, remedando aquella explicación de Carmen Calvo cuando atribuía nuestra condición de líderes en número de fallecidos a un problema de latitud.

Finalmente, cuando nuestra lideresa se vio inerme ante la segunda oleada, ensayó un último volatín bajo la carpa para reclamar sin rubor la ayuda de Sánchez y entre sus respectivos asesores montaron la mascarada de las banderas a fin de que se notara menos la desfachatez de su gestión. Sin pretenderlo, los diseñadores de la pantomima hermanaron a ambos próceres en una foto que quedará en la historia del esperpento nacional, los que debieran ser héroes definitivamente reflejados en los espejos cóncavos del callejón del Gato, gerifaltes de una tropa de mandatarios infames con los que tenemos que ir tirando, sin contar siquiera con modernos valleinclanes que nos permitan sobrellevar con su talento el sentido trágico de la vida española.

España es una deformación grotesca de la civilización europea, que diría Max Estrella, quien hoy se volvería a morir de frío y de vergüenza, contemplando cómo por el escenario patrio evolucionan ministros que aseguran seguir las instrucciones de comités de expertos inexistentes al frente de los cuales comparece cada día un tipo doctorado en el arte de errar el diagnóstico y a pesar de todo acabar convertido en icono mediático, consejeros autonómicos que cabalgan elefantiásicas curvas estadísticas con la displicencia de los soldados que surfean bajo las balas en “Apocalipsis now”, vicepresidentes que pretenden aprovechar el caos para malbaratar el ideal republicano y líderes extremos a la caza de votantes preparando mociones imposibles, independentistas irredentos que siguen persiguiendo su causa a pesar de todos los cadáveres y mentirosos profesionales que esgrimieron en marzo la necesidad del estado de alarma para acabar limitando nuestros derechos por orden ministerial.

Mientras tanto, nosotros los de entonces, nunca seremos los mismos. La epidemia ha socavado la mejor sanidad del mundo, ha puesto en cuestión la sociedad de bienestar que nos abrigaba, ha quebrantado la seguridad jurídica en lo que sin duda es ya un estado fallido. Los ciudadanos que consentimos la abolición de la primavera y atravesamos indemnes el verano del miedo, nos enfrentamos a un otoño confuso en el que la historia se repite como farsa que contemplamos asombrados, abocados a soportar la crisis económica más profunda de nuestra historia en espera de la vacuna que nos saque de esta pesadilla. Es probable que la inyección nos inmunice contra el virus, pero si seguimos pertrechados tras la mascarilla ideológica, será difícil que nos inocule la madurez democrática necesaria para comprender que sólo nosotros somos los dueños de nuestro propio destino.



viernes, 21 de agosto de 2020

TARDE DE TOROS

DISTANCIA SOCIAL


Sábado, quince de agosto de dos mil veinte, Las Majadas, Cuenca. El primer festejo de mi temporada es una becerrada con erales de Carlos Núñez y Pedro Miota para Mario Arruza y Alejandro Peñaranda, jóvenes promesas de la novillería conquense. La ansiedad de piedra y arena pesa en el ánimo ayuno de la emoción única que ofreció siempre la vieja liturgia de correr toros en territorio acotado para la belleza. Negociando las primeras curvas de la serranía, la mente se escapa al ambiente de este día en tiempos que creíamos eternos, cuando a pesar de la decadencia inexorable, España entera hervía en docenas de acontecimientos taurinos que llenaban de contenido la fiesta mayor de cada lugar, convirtiendo esta jornada en el día más taurino del año, la corrida de la Virgen de la Paloma en Las Ventas y la de la Virgen de los Reyes en la Maestranza, la Malagueta, Illumbe y el Bibio en plena actividad, “quien no se viste de luces el quince de agosto, ni es torero ni es ná”.

 

Hoy todos esos lugares míticos están cerrados a cal y canto esperando el golpe final que los derribe entre la desidia del taurinismo, la pasividad de las autoridades y la hostilidad del enemigo. Los devotos de la tauromaquia no tenemos más remedio que desafiar al miedo en una tarde apacible de verano para volver a los orígenes y honrar el rito atávico en una plaza de pueblo. Los culpables del milagro han recomendado acudir al coso con tiempo suficiente para que las medidas de seguridad puedan cumplirse y el público obedece, la alegría embozada tras la mascarilla y el espíritu festivo en recesión tras la toma de temperatura y el enjuague de manos con el líquido viscoso de la prudencia. El aforo del coso serrano ha sido reducido al medio centenar de espectadores a través de un sistema de puntos diseminados por los tendidos marcando la distancia social aconsejable y el alcalde en persona recorre la grada exigiendo mayor separación a los distraídos para evitar que la criminalización de la fiesta se agudice aún más. El evento cuenta con un maestro de ceremonias que actualiza las recomendaciones sanitarias a los que van llegando y con una charanga de Navalcarnero que exorciza la madrileñofobia, amenizando con su entrañable petardeo los ánimos expectantes del personal, que todavía parece no creerse estar dentro de un acontecimiento taurino. Tras el paseíllo, el silencio del homenaje a las víctimas de la pandemia es tan escrupuloso que parecen oírse a lo lejos los ecos de la fauna encerrada en el Hosquillo. El himno nacional mantiene la dignidad a pesar de la tosquedad en su interpretación, la Guardia Civil se cuadra como si estuviera sonando una orquesta sinfónica y el pueblo vitorea con fervor el viva a España que culmina la ceremonia. Suena a destiempo un viva el Rey respondido por menos de la mitad de los asistentes, aunque la encuesta no es científica.



Mario Arruza, de Mota del Cuervo, recibe a su primero de rodillas y en la larga cambiada se adivina toda la frustración que para la progresión de un torero en ciernes debe haber supuesto el parón obligado por el virus. Su bisoñez técnica frente al peor lote la suple con actitud de novillero antiguo que responde a los revolcones volviendo a la cara del toro sin mirarse. Alejandro Peñaranda, de Iniesta, guarda el secreto del temple en sus muñecas y compone la figura con la estética del toreo caro. Atento a la lidia toda la tarde, se acopla con facilidad a las embestidas de sus oponentes y encuentra toro en todos los terrenos, los conocedores dicen que va para figura quizá porque ya se empiezan a atisbar en sus maneras alguno de los vicios que prodigan los instalados en este oficio.


 

El festejo transcurre sin estridencias, el público pide las orejas con amabilidad y sin entusiasmo, el presidente concede por su cuenta el honor de la vuelta al ruedo a un castañito de nota de la vacada del organizador, la única controversia surge cuando un espectador enciende un pitillo y su conducta es afeada por una señora a cinco metros. La nueva legalidad se impone antes de entrar en vigor, con el aval silencioso de un agente de la guardia civil que alertado por el alboroto asoma su figura por la tronera del vomitorio. 

              

La muerte sigue latiendo sobre el futuro de nuestra piel de toro mientras en un pueblo de la serranía de Cuenca, un manojo de aficionados acudimos al reclamo de la ceremonia que nació precisamente para conjurar a la parca, y quién sabe por cuanto tiempo, hoy se ha convertido en la medida exacta de nuestra libertad.



jueves, 6 de agosto de 2020

LA JUVENTUD ES CULPABLE

Más difícil que introducir un camello por el ojo de una aguja, más difícil que encontrar esa aguja en un pajar, más difícil que descubrir la paja en el ojo ajeno, más difícil que caminar por el ojo de un huracán, más difícil que todas esas cosas imposibles es ser adolescente en el siglo XXI.

 

Esos locos bajitos se nos han hecho grandes y abocados a un futuro peor que el presente de sus padres, mastican su frustración entre las cuatro paredes de su mundo doméstico, mientras los artífices de esa burbuja de sobreprotección que hemos creado para que la vida les afecte lo menos posible los criminalizamos ahora por salir a respirar sin mascarilla después de más de tres meses de confinamiento. En este año en el que el centenario de la muerte de Galdós se está conmemorando casi de incógnito, conviene recordar que en las postrimerías del siglo XIX, Don Benito ya nos contaba en “Fortunata y Jacinta” que una de las preocupaciones más españolas ha sido siempre que los padres trabajen para que los hijos descansen y gocen, sin pasar por el sufrimiento que la vida comporta.

 

A las pantallas que nos rodean llegan efectistas recopilaciones de fotos de nuestra época juvenil que nos hacen vanagloriarnos de una infancia difícil en la que éramos felices con apenas un tirachinas para jugar y unas cuantas onzas de chocolate harinoso para merendar y aun así, atravesábamos sin traumas aquel escenario dramático gracias a los guantazos con que los profesores nos inculcaban los valores eternos y a la terapia de zapatilla y cinturón que después nos aplicaban nuestros padres por si aún quedaba alguna rebeldía que sujetar. Sin duda este cuento de Dickens es mentira y la españita de entonces quizá no ponía a nuestra disposición la cantidad de bienestar de la que ahora disfrutan los cachorros de la clase media, pero en cambio la universidad todavía tenía esa calidad de ascensor social que hoy ha perdido y el nivel de los salarios aún permitía a una pareja de futuros contribuyentes diseñar con ilusión el horizonte de su proyecto vital.

 

La capacidad del sistema para generar chivos expiatorios es prodigiosa y en este momento el comportamiento de la juventud es señalado como una de las causas de nuestros males. Se trata sin duda de diluir las responsabilidades de una gestión que sigue estando entre las peores de nuestro entorno, como nos recuerdan los estudios internacionales sobre la materia y el tratamiento de apestados que nos dispensan los gobiernos de nuestro club europeo. El mismo engranaje encargado de maquillar la tragedia vivida mediante técnicas de propaganda que anestesian el enfrentamiento con la realidad, les pide a nuestros jóvenes que transiten por el verano como ciudadanos adultos y se olviden de la pulsión de libertad que vibra en su piel, aplacen la alegría de encontrarse con sus amigos bajo la noche estrellada y sigan las consignas de unas autoridades que se han ido de vacaciones sin diseñar su retorno seguro a las aulas.


Cada informativo se abre con la imagen de una reunión masiva de nuestros hijos celebrando la noticia de estar vivos, mientras una voz acusadora convierte algunas conductas aisladas en carnaza propicia para la indignación de la opinión pública. En cambio, nadie recuerda la actitud ejemplar de esos jóvenes que han soportado sin demasiados aspavientos la abolición de la primavera, encerrados en sus leoneras mientras contemplaban el desconcierto de sus mayores dando palos de ciego a un virus sobre el cual les aseguraron que no causaría más estragos que los de una gripe común. Después les contaron que la mascarilla no era eficaz antes de obligarles a ponérsela, luego les confundieron con teorías contrapuestas sobre inmunidades y formas de contagio y más tarde les encadenaron a sus ordenadores en el trimestre decisivo de su curso, por el que navegaron como pudieron entre el desasosiego y la incertidumbre.  


Y por fin llega el verano con su arsenal de promesas por cumplir y los chicos no pueden darse una tregua antes de zambullirse tal vez en un nuevo confinamiento que marcará sus currículos para siempre, mientras las administraciones varias reinciden en el caos de la gestión, en un desbarajuste de fantasmagóricos expertos y rastreadores insuficientes del que sólo nos salva la mayor benignidad estacional de un virus que nadie acaba de entender. Por encima del botellón que nos salva de la revolución, se divisa el horizonte de mileurismo y paro juvenil que les espera. Nuestra única respuesta es seguir llenando de comodidades su habitación.