viernes, 21 de abril de 2017

EL TOREO MODERNO


Tarde tras tarde, el toro suele hacerse presente en las plazas sin alegría, sin la natural curiosidad que debería demostrar en un escenario novedoso un animal encastado que lleva varias horas encerrado en la oscuridad del chiquero. A menudo, sin embargo, el toro se asoma a la primera raya con un deseo irrefrenable de volver de inmediato a su comodidad anterior y cuando por fin se aventura en el ruedo al reclamo de un capote que un peón mueve a lo lejos desde el burladero, acude al encuentro con displicencia, como quien sale a la calle a dar un garbeo sin rumbo fijo. Tras esta primera experiencia con el hombre vestido de luces, lo habitual es que el toro le coja gusto al trote por el albero y entonces se pegue dos o tres vueltas por la plaza, sin que ninguno de los que se cruzan con él consiga recogerlo adecuadamente, no tanto por su condición de abanto como por la deficiente técnica de los que manejan el percal. Cuando por fin el matador consigue fijar al toro y repetir siquiera media docena de capotazos, lo suele hacer de manera atropellada y trapacera, sin allegar al manejo de la tela gracia alguna, echando normalmente el paso atrás en cada embroque, perdiendo terreno hacia las tablas en lugar de ganarlo hacia los medios y rematando el saludo de forma vulgar o no rematándolo, lo cual contribuye a que el toro recupere su tendencia natural a la dispersión y acabe vagando de nuevo por la plaza sin que el peonaje lo fije, para terminar en bastantes ocasiones recibiendo la primera vara en terrenos opuestos a los adecuados, allí donde los picadores acaban de hacerse presentes tras la orden del usía.   

Cuando el varilarguero de turno logra llegar sin sobresaltos a su terreno natural, el lidiador suministra al astado una nueva sucesión de mantazos con el fin de colocarlo para la suerte de varas, aunque no siempre tiene éxito pues unas veces el animal se le vuelve a escapar camino de las tablas, otras lo despide con un recorte inapropiado tras el cual el toro hace hilo con el torero y con todos aquéllos a los que se encuentra en su huida, y en la mayoría de las ocasiones, lo aparca de cualquier manera en el lugar más cercano posible a la segunda raya, cuando no prescinde de esta exigencia, depositándolo al relance a merced de la acorazada de picar. Es entonces cuando comienzan las torpes maniobras del jinete para llevar a cabo la empresa de ahormar una pujanza que casi nunca es tal, y a pesar de ello, el picador suele ensañarse en el primer puyazo,  dejando al toro para el arrastre tras haber barrenado a modo sobre cualquier región anatómica del animal que no coincida con el morrillo, abrazando por tanto la norma del puyazo trasero, bajo o contrario, suministrado sin medida y haciendo la carioca. Si el toro sale de esta masacre con fondo de bravura suficiente para acudir con bríos a un segundo puyazo, el lidiador suele hacer lo posible para restar protagonismo a ese acontecimiento lo cual consiste en no colocarlo en un lugar más alejado que el del primer envite con el fin de no consentir que el público tome partido por el animal, si es que éste se arranca alegre sin importarle el encuentro con el castigo. A remediar esa circunstancia suele aplicarse el picador que si por un casual se encuentra con un toro al que citar en la distancia, ahora mueve mal el penco, luego no provoca la embestida alzando la vara con contundencia desde el lugar adecuado, después no se viene de lejos con alegría ofreciendo el pecho del jaco al burel para que acuda al encontronazo emocionante, todo ello para que al fin su matador se justifique y acabe acercando al toro hasta el estribo de su esbirro hurtando a la afición un espectáculo que acaso solamente fuera un espejismo.


Como la tónica general del matador de turno en este tercio suele ser la inhibición o la incompetencia técnica, o ambas cosas, la norma es la ausencia de quites artísticos, salvo que consideremos como tales a la chicuelina despegada o a la gaonera zarrapastrosa que instrumentan los matadores de hoy, incluso en insufrible competencia por el mismo palo, lo cual permite al abonado contrastar con su compañero de localidad si le ha gustado más la chicuelina culera de fulano o la chicuelina sobaquillera de zutano.  


En medio de estas disquisiciones, el espectador llega al segundo tercio abrazado a la quimérica esperanza de contemplar una lidia ordenada y algún que otro buen par de banderillas y a veces se cumple ese anhelo si se acartelan ese día alguna de las cuatro o cinco buenas cuadrillas que sobreviven en el escalafón. De lo contrario, asistirá al desorden habitual en el que el peón de turno no tiene más ayuda que sus piernas si es perseguido tras el embroque porque no suele haber un capote bien colocado que le haga el quite. Si es el matador el que toma los palos para lucirse, la excepción es que se aproxime con naturalidad al toro y sin demasiados aspavientos se reúna con él en la cara para asomarse al balcón con pureza y tras clavar en lo alto, salir andando de la suerte sin necesidad de tomar el olivo apresuradamente. La norma es que se convierta el ruedo en pista polideportiva y el banderillero olvide la torería para adoptar la condición de gimnasta o saltimbanqui, a lo cual suele ayudar la afición de las autoridades a cubrir las plazas de toros y convertirlas en pabellones multiusos, más adecuados para las olimpiadas y el circo que para la lidia de reses bravas.


La faena de muleta debería ser un proyecto desarrollado a través de un plan concebido en función de las características del animal al que toca enfrentarse, su condición de bravo o manso, su mayor o menor boyantía, la pujanza restante tras las batallas de los tercios precedentes. La uniformidad del comportamiento descastado de la mayoría de los toros que actualmente salen por chiqueros conduce a que ese plan no sea necesario y a su sustitución por una sucesión de pases sin propósito alguno. En este estado de cosas, los trasteos muleteros suelen empezar en el tercio, casi siempre por alto, con el fin de aliviar unas embestidas que no requieren de manos poderosas para ser dominadas. En este prólogo de la faena en el que el toro acomete alternativamente por ambos pitones, el matador todavía no necesita recurrir a la ventaja porque el animal va y viene sin apreturas, sin las exigencias técnicas del toreo en redondo. Por eso son tantas las faenas que tras un comienzo prometedor, naufragan cuando se trata de parar, templar y mandar según los cánones del toreo fundamental. Entonces, la cosa se complica pues en lugar de dar al toro la distancia adecuada para que acuda, citarlo adelantando la muleta plana, cruzarse al pitón contrario y ofrecer en el embroque el medio pecho con naturalidad, rematando el pase hacia adentro y detrás de la cadera, el torero rehúye el terreno del toro, se coloca en la pala del pitón por las afueras del peligro y le acerca una muleta oblicua con el pico por señuelo para que el animal describa en torno al hombre un viaje lo más alejado posible de su jurisdicción, y éste componga una figura retorcida y concentrada en depositar al toro en el lugar más alejado posible de la posición inicial. Cuando se trata de dar el siguiente pase, como el torero sigue descolocado, bien intenta iniciar de nuevo el proceso anterior, y sacrifica la ligazón recolocándose algo más cerca de los pitones pero sin cruzar la línea prohibida del riesgo, bien convierte la ligazón en una mentira en la que el toro describe sin cesar círculos alrededor del diestro sin ir nunca obligado, en una danza incruenta en la que ninguno osa invadir el terreno del otro y que termina con el inevitable pase de pecho, que casi nunca se instrumenta con vertical compostura, señalando la pañosa el hombro contrario y barriendo el lomo del toro de pitón a rabo, sino en la postura esforzada del que procura salirse lo antes posible de la suerte, despidiendo al animal en paralelo y de cualquier manera.


En la mayoría de los trasteos abundan los pases instrumentados con la mano derecha y la muleta montada sobre el estoque de ayuda porque de este modo el diestro se encuentra más protegido tras la mayor superficie de tela conseguida y expone menos que si torea al natural, un pase en el que si la mano escoge el centro del estaquillador para hacer más puro el cite, es más difícil recurrir a los artificios señalados anteriormente. Resulta penoso comprobar cómo incluso en este caso casi nunca se adelanta la pierna contraria en la ejecución del pase, de manera que cargar la suerte ha dejado de ser la norma en la tauromaquia moderna, y lamentablemente parece haber quedado instalado en el gusto de los públicos esa antiestética composición de la figura que trata de obtener ventaja de la combinación de tres trucos técnicos grabados a fuego en las formas de los toreros jóvenes: la colocación al hilo del pitón, el cite oblicuo con el pico de la muleta y la posición ostensiblemente retrasada de la pierna de salida. 


El toreo ventajista aplicado a un toro descastado produce faenas interminables. Los trasteos son ahora más largos que nunca porque el toro de este momento es el más pastueño de la historia y el matador puede permitirse el lujo de estar a gusto con él, dando pases sin contenido hasta que suene el primer aviso e incluso después. En la lidia actual, ha desaparecido la función primitiva de la faena de muleta que era dominar al toro y prepararlo para la muerte, lo cual podía y debía hacerse perfectamente mediante poco más de veinte pases y algún adorno final concebido con el sentido de ahormar al toro para la suerte suprema. En cambio ahora, si el cuerpo de la faena suele desarrollarse sin propósito claro, lo normal es que sus postrimerías discurran sin ton ni son, y el torero ensaye manoletinas, molinetes en cadena y circulares invertidos, para trasladar al público un riesgo ficticio que el toro no trae a la plaza.


Una faena sin intención y alargada artificialmente suele conducir a que el toro llegue al momento supremo sin haber sido verdaderamente toreado y cueste un mundo igualarlo para entrar a matar. En otros casos, sin embargo, el toro junta las manos de puro agotamiento y muestra a su matador la muerte para la que fue concebido, pero éste suele corresponder a tanta bondad haciendo la suerte sin respeto a los cánones. De entrada no se coloca centrado entre ambos pitones sino perfilado sobre el pitón de salida, cantando a la concurrencia que la rectitud no va a ser su máxima de actuación. Si el torero ya está fuera cuando inicia su camino hacia el toro, lo lógico es que culmine la reunión echándose más afuera en el embroque, aunque alguno que otro ha cimentado su fama de gran estoqueador a base de tapar fraudulentamente la cara del animal con la muleta y volcarse en el morrillo solamente cuando los pitones han rebasado su figura. Hay muchos matadores que son diestros en el arte de enterrar la estocada arriba por el hoyo de las agujas a pesar del empleo de estas artimañas pero lo normal es que todo este desaguisado acabe en feo bajonazo perdiendo la muleta y se dan casos en que incluso así, el júbilo es completo y el presidente concede las orejas.


En general, si el toro se mueve y el torero anda por allí prodigando estos y otros desastres sin que el animal tropiece mucho las telas, suele haber triunfo seguro, incluso en las plazas de criterio más asolerado. Sin embargo, cuando en alguna tarde insospechada un hombre cita a un toro bravo en la distancia, con naturalidad y en el sitio, y aparece el milagro del toreo, los que antes aplaudían la vulgaridad reconocen ahora la excelencia y surge el clamor verdadero. No todo está perdido.  











viernes, 31 de marzo de 2017

NAZARENO DE LA CAÑA


Mi infancia son recuerdos de una túnica de paño planchada por mi madre en la mañana de Jueves Santo. Con ese gesto, daban comienzo un sinfín de preparativos marcados por el nerviosismo, demasiadas cosas por hacer y poco tiempo para tanto, levántate ya de una vez, limpia los zapatos mientras saco el dobladillo, revisa las tulipas que yo frío las torrijas, todos los años lo mismo, hay que madrugar más, la procesión de anoche que se encerró muy tarde, no hay guantes para todos, ese cinturón no es tuyo, con razón no te vale, te estás probando el de tu hermano, esas nubes no me gustan, saca los capuces que aún le tengo que dar unas puntadas a ese escudo, parece que se abre el día, échame una mano y mueve el atascaburras que hoy no comemos.


Milagrosamente todo acababa componiéndose para que poco antes de las cuatro, la familia entera se encaminara a la cita con la imagen venerada que mi abuelo había instalado en nuestro corazón desde que nos inscribiera en la hermandad de sus ancestros, y nos encargara aquellas extrañas vestimentas, el capuz de terciopelo granate que nunca nos cansábamos de acariciar, la túnica roja rematada en cola orgullosa con la que durante unos años alfombraríamos las calles de Cuenca y aún puede verse recogida en el curtido cinturón de los hermanos que no han querido sucumbir a las exigencias de la comodidad. 


Por aquel entonces, aún no éramos conscientes de que la tradición que representábamos se había iniciado cinco siglos atrás, allí donde nuestros tatarabuelos comenzaron a rendir culto a la Vera Cruz y a la Pasión y Sangre de Cristo, a la vez que consolaban y daban tierra a los condenados a muerte ajusticiados en el Campo de San Francisco. El rito que nos precede procesionaba en torno a la Ermita de San Roque, donde el resto del año se custodiaban las cuatro imágenes primitivas perdidas en el tiempo, el mítico Jesús Nazareno con la Cruz a cuestas que presidía el Cabildo de la Vera Cruz, el paso inaugural de todas las Oraciones en el Huerto que después han sido, la primera Soledad nacida bajo el nombre de Nuestra Señora de la Misericordia, y un Ecce-Homo con las manos atadas, entre las cuales se erguía la caña que desde entonces ha guiado la devoción de cientos de nazarenos tras su mágico y único fulgor.


La llegada de la madurez que da el paso de los años no ha logrado que todos los Jueves Santos, cuando el nazareno enfila Calderón de la Barca camino de San Antón al corazón le falte poco para salirse del pecho y así sería de no mediar a la llegada el abrazo cálido con los viejos amigos y el resolí de Antonio que reconforta tanto como su sonrisa acogedora. La mancha carmesí que se arracima frente al parque de la Trinidad compartiendo sueños, se destaca como una primavera florecida antes de tiempo en las ilusiones de los hermanos que contienen como pueden su impaciencia por divisar la querida silueta del Padre enmarcada en la puerta del templo. 


Sale el paso y el nazareno se oculta en la intimidad de las filas. El ánimo se serena cuando llega la penumbra bajo el capuz, y Cuenca ofrece su empedrado calvario para que lo camine el sentimiento, la emoción que todavía permanece en ese recodo de la senda que tantas veces acogió tu huella en la ciudad de la infancia. El estremecimiento del alma al doblarse el paso para recordar a ese hermano que se fue sin despedirse traslada la mente al itinerario original tan añorado, cuando aún no se nos había hurtado la maravilla del sol filtrándose por las enredaderas de Alfonso VIII, mientras el quejido del miserere sobrecogía la tarde. 


Los banceros van meciendo nuestra alegría y uno quisiera estar siempre a su lado, vigilar eternamente su marcha acompañando su esfuerzo, sentir el ritmo de las horquillas tan cercano como si mi espalda maltrecha hubiera podido alguna vez merecer la dicha del hombro herido bajo el banzo. No habiendo podido ser bancero, al fin me correspondió ser Hermano Mayor y el orgullo de portar el cetro representando a la Hermandad mientras mis hijos me escoltaban en las filas está conmigo todavía.


Y es que por seguirte en el calvario mi corazón te acompaña la tarde de Jueves Santo, y aunque no siempre pueda desempolvar la tulipa para alumbrar tu llegada, sigo tus pasos desde que Mangana da las cuatro y media, y sé de ti cuando tu airosa figura aparece tras la esquina, cuando el vuelo de tu clámide se adivina allá a lo lejos, cuando al caer la tarde en la calle del Peso, mientras la llama poco a poco va inundando tu rostro, te contemplo frente a frente y he de bajar la mirada. Luego te espero en la curva y después aguardo en la plaza a que un rumor de bambúes se haga presente bajo los arcos y el compás de la gloria que allí se recrea, inaugure la noche enamorando multitudes. 


Mientras el Padre encuentra un trono hasta en la humilde borriqueta, y los hermanos se entregan a la comunión del refrigerio, la fraternidad se ensancha y recupera fuerzas para encarar la cuesta abajo de la despedida última. Cuando el Cristillo al fin reanuda el paso, la campana de los reos traslada su temblor al plenilunio, anunciando la madrugada. La turba acecha en los callejones y la sordina de algún ronco tambor irrumpe a destiempo anticipando el clamor del Jesús de la mañana. Todavía entre las sombras de la anochecida, Jesús orando en el huerto se estremece en esa danza que los olivos absortos entre tinieblas ensayan y un poco más tarde, amarrado a la condena que precede a la esperanza, Jesús ofrece al sayón la promesa de su espalda.


Volviendo al inicio se acerca el final. El Júcar refleja púrpura, las ramas parecen lanzas, la hoz entera cobija a Jesús, el de la caña. Cuánto amor en esa herida, cuánta dicha demorada, cuántas noches de vigilia van sosteniendo su marcha. Cristo cae y en su deriva, nuestra derrota se ensancha por ese puente de luto que Jesús camina en andas. El silencio se oye apenas en las horquillas calladas. Una madre bajo un palio de soledad y alborada, va despidiendo a su hijo que tras la esquina se apaga. Por seguirte en el calvario que paso a paso te amarga, la tarde de Jueves Santo mi corazón te acompaña.


jueves, 16 de marzo de 2017

LA REMONTADA

Después de que el Barça terminara la remontada, el presidente Puigdemont se apuntó al carro del triunfo y comentó que tal y como había demostrado el equipo jugando al fútbol, nada era imposible para el pueblo de Cataluña. Cuando el “molt honorable” divisó a Sergi Roberto camino del gol de su vida en realidad se estaba contemplando a sí mismo portando la estelada tras la declaración de independencia, esta vez con el beneplácito de Europa entera, rendida al fin ante una gesta sin precedentes.


Los símiles futbolísticos son muy agradecidos y sirven para todo. Desde el centralismo opresor, por ejemplo, el penalti que abrió la puerta al milagro se comparó con el victimismo nacionalista, eternamente programado para obtener ventaja del fingimiento, como si Luis Suárez fuera en realidad un hijo no reconocido de Jordi Pujol. El movimiento independentista, por el contrario, contemplaba al sexteto arbitral y se imaginaba al Tribunal Constitucional suspendiendo una tras otra las iniciativas imposibles del “Parlament”, si bien la metáfora se esfumó pronto, cuando Aytekin se inventó una nueva modalidad de pena máxima consistente en sancionar como falta una cabriola de Neymar sobre el cogote del contrario.


En la proeza también colaboró lo suyo la pasividad del entrenador del PSG al que se le puso cara de presidente del gobierno haciendo la estatua frente a los goles del proceso soberanista. Es pura casualidad que los apellidos de ambos próceres terminen en “y”, como también lo es que Rajoy y Puigdemont tengan idéntico aprecio por la separación de poderes y este último, una vez derrotada la Francia de Montesquieu por el equipo de sus amores, fantaseara con la posibilidad de que la futura desconexión con el Estado sea juzgada por un tribunal integrado por Ovrebo, Busacca y Stark.

En la enésima noche histórica del Barça más grande de todos los tiempos, todavía quiero creer que los culés sensatos que conozco, cuando recuperaron la calma tras vocear el sexto gol hasta la afonía, reconocieron para sí un cierto rubor por la manera en que fue construida la hazaña, del mismo modo que los responsables políticos del “procés” no seguirán mintiéndose sobre la legalidad de su proyecto cuando se queden en soledad con sus conciencias. El fútbol del engaño y la comedia, el otro fútbol que continuamente venden los tertulianos de moral distraída, es mala escuela cuando se tiene tan reciente una gloria legítima. Es como si pones unas urnas de mentira y presentas el acto como un ejercicio de democracia cuando sabes que al hacerlo, has quebrantado las reglas del juego que tú mismo te diste.

La semana futbolístico-judicial no hizo más que confirmar la españolidad de Cataluña, cuyos gobernantes le habían vendido al pueblo un hecho diferencial con vistas a un oasis que en realidad estaba seco. El espejismo de un ecosistema exento de las habituales corrupciones mesetarias terminó de difuminarse cuando Millet se travistió de Bárcenas e interpretó su aria en el Palau de Justicia frustrando para siempre la reaparición de Mas como insufrible “prima donna”. Por la noche, Mas ... cherano, otro jefecito, no tuvo más remedio que saltarse la “omertá” y reconocer la evidencia de su penalti sobre Di María, desmintiendo así la tesis del capo Piqué, para quien los privilegios arbitrales siempre visten de blanco y los fichajes millonarios sólo son inmorales cuando los financia la caverna madridista.


A quienes se vanaglorian de estas proezas, ya sean aquéllos que claman independencia en el minuto 17:42, o los que reivindican en el minuto 7 el espíritu de Juanito, habría que recordarles que toda remontada parte de un gran fracaso previo, que los héroes de hoy fueron peleles en París y hasta el bueno de Juan Gómez se había tenido que tragar cinco goles en Alemania antes de apelar a la épica. El trabajo bien hecho partido a partido pierde atractivo ante estas hombradas de cartón piedra que tan bien cuadran al carácter español, siempre tan subyugado por la furia de un día que luego nunca logra perseverar hasta la final. Si la “diada” conmemora una derrota, yo prefiero recordar la victoria de la selección en el mundial, aquel triunfo del juego bonito y limpio, del esfuerzo colectivo que diseñó un sabio de Hortaleza, lideraron unos “nois catalans”, remató un guaje asturiano y culminó un genio manchego mientras un chaval de Móstoles guardaba la puerta, y un señor de Salamanca aportaba el sentido común del que siete años después, apenas queda nada.


jueves, 2 de marzo de 2017

LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS



Las seis de la mañana es una hora tan intempestiva para mis costumbres que sólo me pilla despierto cuando se trata de recibir el año nuevo, o si me empeño en herir la madrugada conquense con un clarín destemplado, o en caso de que el sofá frente a la tele se transforme en butaca de patio para descubrir entre sueños cuál ha sido la película ganadora de los Oscars. La pelea de este año se disputaba entre La la land y Moonlight, dos obras estimables pero menores, películas elevadas a la categoría de obras maestras por obra de la mercadotecnia y la escasa memoria cinéfila de estos tiempos que hace pasar por joyas a lo que destaca un poco de la mediocridad general.          

         Debo decir que muchos días después de ver La la land, todavía me sigue acompañando el tarareo incesante de la contagiosa melodía del número de apertura aunque el deslumbramiento que prometía es algo menor del esperado, lo cual suele ocurrir debido a ese exceso de información previa con el que nuestra cinefilia nos impide acudir al cine con la necesaria virginidad. Y es que tras el excitante inicio, la cinta se remansa en una historia convencional de amor entre una camarera aspirante a actriz y un músico con ínfulas de genio que viven sus vidas en Los Ángeles esperando que alguien descubra en ellos su condición de estrella. Aunque todo ello fluye con buena escritura fílmica de la mano del encanto que transmiten las convincentes interpretaciones de Ryan Gosling y Enma Stone, el guión discurre en una suave cuesta abajo que quebranta aquella máxima de Cecil B. de Mille según la cual las películas debían empezar con un terremoto y a partir de ahí, seguir "in crescendo".

        
Moonlight es también una película correcta venida a más por obra y gracia de la mala conciencia de la academia americana acerca del tratamiento de la negritud en el reparto de los premios. Cualquier capítulo de The wire tiene más complejidad estética y moral que esta historia sencilla que al menos no es maniquea ni pretende manipularnos desde sentimentalismos baratos. Sin embargo, a la cinta le falta el aliento poético que demanda una historia que no merecía ser tratada con tanta frialdad.

La ciudad de las estrellas pretende ser un homenaje al cine musical de siempre realizado en tono menor. Los amantes del musical clásico hubiésemos deseado que el plano secuencia del enamoramiento de los amantes, con esa farola estratégicamente situada en medio de la noche estrellada, se hubiera resuelto en el abrazo de Gosling a su resplandor proclamando exultante su amor con o sin paraguas, pero el director apuesta por sujetar a sus actores dentro de apenas unos tímidos pasos de claqué y comedidas melodías de Hollywood susurradas a media voz.

Pese a todo, en medio de la nostalgia inevitablemente tocada por la manida melancolía que produce asistir una vez más al eterno sacrificio del éxito personal en la búsqueda del triunfo profesional, la película se eleva en el tramo final en donde, ahora sí el director saca oro puro de una cámara que danza sin palabras en torno a la historia de lo que pudo haber sido y no fue y por fin convierte el dulce encantamiento que acompaña al espectador durante todo el metraje en la emoción verdadera que provoca saber expresar la tristeza del desamor tan sólo filmando dos miradas.

El estrambótico final de la ceremonia de los Oscars con Bonnie Dunaway y Clyde Beatty robando un poco de gloria a las dos películas del año fue un coherente colofón para sus propuestas argumentales. Los autores de La la land triunfaron en la noche pero no consiguieron besar a la chica. Los creadores de Moonlight, a imagen y semejanza de su protagonista que encerrado en su mundo acaba sobreponiéndose a la vida y sus espinas, vivieron su éxito casi de incógnito, cuando las luces ya se estaban apagando y las celebridades presentes reservaban sus muecas para la próxima película.           

           

viernes, 3 de febrero de 2017

APOLO Y DIONISO

     

     En los últimos años, los amantes del tenis no contábamos con ver de nuevo un duelo en las canchas entre el mejor jugador de todos los tiempos y el mejor deportista español de la historia. La edad de Roger Federer y el deterioro físico de Rafael Nadal parecían alejarlos cada vez más de las grandes citas y el panorama de un presente dominado por el juego avasallador de los grandes pegadores no dejaba demasiado consuelo a una orfandad que presentíamos definitiva.

         En el primer set, Federer no da opción  a Nadal. Juega a un ritmo infernal, como si llevara siglos esperando este momento, reparte winners como puñetazos, el machete afilado para acortar los puntos en prevención del desgaste que se avecina. El break cae como fruta madura en el séptimo juego y Roger gana con un fácil 6-4 sin haber sudado todavía.

         Sin embargo, el año 2017 comenzó con buenas noticias. Los dos colosos se habían recuperado de sus viejas lesiones, y anunciaban mejoras técnicas en su preparación, mucho más necesarias para Nadal al que Carlos Moyá ha debido convencer de que la prolongación de su carrera deportiva depende de una mayor apuesta por el juego de ataque. En las rondas preliminares del Open de Australia, retornan las buenas sensaciones al tiempo que desaparecen del cuadro Murray y Djokovic, prematuramente eliminados como si el Dios del tenis hubiera empezado a mover los hilos para propiciar el mágico encuentro.

         La relajación natural del inicio del segundo set aumenta el número de errores no forzados del suizo y Rafa, corredor de fondo que siempre se queda en el partido para resurgir cuando amaine la tormenta, se coloca con un sorprendente 4-0. A partir de ahí, un Federer sin nada que perder vuelve a coger vuelo y aún arrebata un servicio a Nadal que con la seguridad de la ventaja adquirida y un saque de mejor colocación que potencia, vuelve a centrarse hasta llegar al 6-3 final.

         Nunca en la historia como en esta pugna entre los dos amigos se había producido esta retroalimentación de sus respectivas virtudes que los eleva a ambos. La grandeza de sus partidos hace palidecer los viejos duelos entre Borg y McEnroe, Edberg y Becker o Sampras y Agassi, que comenzaron a revisitar la eterna lucha entre Apolo y Dioniso, la perfección académica contra la esforzada voluntad, la belleza apolínea frente a la pasión dionisíaca, el diálogo norte sur, Mozart o Beethoven, Vermeer versus Goya, Joselito y Belmonte.
  
         Federer le devuelve la jugada a Rafa en el comienzo del tercer set no porque el español se despiste sino porque esta vez la técnica se impone al arrebato. El servicio impecable del suizo envía al limbo varias opciones de break a favor de Nadal en el primer juego y el manacorí acusa el golpe hasta ceder un 3-0 de salida. Vuelve a perder su saque en el sexto juego pues Roger ha recuperado la excelencia y aunque Nadal tira de genio para intentar alargar el set, la cosa se resuelve en un 6-1 final, al que llega Federer rozando las líneas con una sonrisa en los labios. Tres sets en dos horas de partido.

         Roger Federer ha batido todos los records tenísticos posibles pero en los enfrentamientos directos con Rafa Nadal, el español le dobla en victorias. La perfección técnica del suizo se estrella una y otra vez contra la estrategia de Nadal, que a base de correr de lado a lado de la pista defendiendo todos los puntos hasta la extenuación, suele terminar haciendo claudicar al mago de Basilea, a pesar de su saque perfecto y su derecha primorosa. Federer es un sabio en todos los registros, sabe dominar desde el fondo y es un genio en la red. Nadal, sin embargo, “sólo” saca notable alto en todas las asignaturas, pero el músculo que le hace llegar al sobresaliente se halla en su cabeza, nadie sabe jugar los puntos decisivos como Rafa, el poder de su mente conduce su esfuerzo inexorablemente a la victoria.

         El cuarto set comienza igualado y ambos jugadores van ganando su servicio usando sus armas. Roger trata de mantener su ritmo vertiginoso de golpes planos y juego agresivo, pero dos errores groseros en el cuarto juego le facilitan la rotura a Nadal, siempre atento a los escasos  resquicios del suizo. A partir de ahí se agiganta el mallorquín, más agresivo en sus golpes, no tan preocupado en la eterna estrategia de minar con bombas liftadas la zona de revés de Federer y alargar los puntos a la espera del fallo. Un servicio cada vez más sólido de Nadal y una sombra de cansancio en la mirada del helvético culminan en un 6-3 más fácil de lo esperado.

         No sólo son grandes cuando ganan. Nadie hay más elegante que Federer en el triunfo ni más humilde en la victoria que Nadal, que incluso ha llegado a pedir perdón a su rival por haberle vencido. Nunca recurren a la excusa cuando llega la derrota, no necesitan que nadie les recuerde que son mortales a pesar de su apariencia de dioses y su vuelta al territorio del mito demuestra que han sabido renacer de sus cenizas cuando todo el mundo presumía de conocedor augurando su ocaso.
  
         En el comienzo del set definitivo la coraza mental del español alcanza su cima. Hace break en el primer juego y remonta un 15-40 en el segundo para consolidar la ruptura. El suizo pidió atención médica en el descanso entre sets y lo vuelve a hacer ahora sin abusar, pero no parece mermado y vuelve a estar a punto de romper el servicio de Nadal en el cuarto juego. En el sexto logra por fin su objetivo e iguala a tres con una moral por las nubes que le lleva a ganar su siguiente saque en blanco. El partido entra en la zona de los campeones y en el octavo juego, Roger vuelve a quebrar nuestra esperanza a la quinta oportunidad pese a que Rafa llegó a recuperarse de un 0-40. Con 5-3 saca Federer para  ganar el partido, Nadal lucha hasta la última bola pero el maldito ojo de halcón acaba certificando el enorme talento del mejor jugador de la historia.


         A los aficionados al tenis nos espera un año divertido. La competencia entre estas dos leyendas nos asegura asistir a nuevas citas con el deseo de que gane Nadal y la certeza de que no lloraremos por la victoria de Federer. Quizá el próximo milagro tenga fondo rojo y sus caminos se crucen de nuevo al final de la próxima primavera, cuando estalle la arcilla de París. 


jueves, 5 de enero de 2017

YA VIENEN LOS REYES



YA VIENEN LOS REYES
(versión para infantes que aún no conocen el secreto)

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

        
         Por el cinco de enero, yo solía asistir a la cabalgata que cada año inundaba Carretería, y esperaba con la ilusión de los elegidos la carroza de Gaspar, a despecho del frío, de los empujones por conseguir la primera fila en la acera e incluso de la muerte de mi abuela que se fue al cielo sin despedirse la víspera de reyes más triste de mi vida. Al día siguiente, el colegio de mi padre organizaba para los hijos de sus empleados su particular día de reyes en el salón de actos de la entidad, y allí acudíamos todos para recibir de sus majestades en persona, un regalito adicional a los que ya habíamos encontrado nada más levantarnos en la intimidad de nuestras casas. Aún recuerdo el nerviosismo que me paralizaba cuando por los altavoces, el presentador del acto pronunciaba mi nombre y me apremiaba a subir al estrado donde un rey Gaspar que hablaba con acento manchego, me esperaba para entregarme un juguete mientras ambos posábamos sonrientes para la foto y yo me sentía afortunado porque todavía sonaba en mi cabeza la historia de mi padre contándome cómo su regalo de reyes más preciado, a veces no había podido ser más que una naranja. Cuando mi rey predilecto ponía en mis manos el voluminoso paquete, se cerraba por fin el círculo que había comenzado días atrás con la cuidadosa confección de la carta y la gozosa peregrinación camino del nacimiento de la parada de los taxis, donde mi madre nos enseñaba a mí y a mi hermano todos los detalles del maravilloso belén, y tras la acostumbrada moneda lanzada en busca del deseo de todos los años, cruzábamos la calle para depositar nuestro sobre ante un rey mago de cartón piedra y mirada lánguida que sostenía un cofre cuya ranura misteriosa comunicaba sin duda con el oriente lejano. 


Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.


          Miguel Hernández fue el primer poeta que leí en mi vida. En la antología que cayó en mis manos entonces, no aparecía este poema tremendo sobre su infancia de penas y cabras que no redimió ningún mago de oriente, pero en aquellos tiempos en que yo empezaba a descubrir el secreto, ya podía presentir que la injusticia de la existencia también alcanza a la distribución de presentes en la noche mágica y que ningún juego de manos consigue que los hijos de las familias pobres eviten la desolación de contemplar por la mañana cómo sus vecinos más pudientes han sido privilegiados en el reparto. Para rematar la falta de pedagogía con que las bienintencionadas mentes de los progenitores de todos los tiempos adornan el cuento, se sigue repitiendo sin rubor la cantinela del buen comportamiento como garantía segura de encontrar lo que uno anhela brillando entre zapatos. Lo sorprendente es que el alma infantil pueda recuperarse de la decepción que se siente cada mañana de reyes al comprobar cómo el compañero rico y cabroncete que te ha estado masacrando todo el año se pasea delante de tus narices con la bicicleta que el monarca despistado se olvidó de llevar ante tu puerta. 


Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.


         En el año que ahora comienza se cumplirán setenta y cinco años de la muerte de Miguel Hernández, aquel niño que ya había empezado a morir un poco cada seis de enero al encontrar sus abarcas vacías, por más que insistiera en sus lamentos. Mañana, como entonces, serán muchos los niños que hallarán sus zapatos helados de pobreza en la humilde ventana, sin que ningún rey coronado acuda para mitigar la desnudez terrible del alma que habita la intemperie de los más desfavorecidos, mientras el mundo sigue danzando al son de la desigualdad. Feliz noche.  






jueves, 27 de octubre de 2016

LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS

   
 
    Cada vez que he recorrido la Gran Vía barcelonesa durante los años de la prohibición contemplando el cadáver de la Monumental expuesto a los vientos de la intolerancia, me preguntaba impotente cómo era posible que el templo de los azulejos añiles hubiera sido derrotado por los pretextos nacionalistas cuando ni siquiera había sucumbido en su día bajo los bombardeos de la aviación fascista italiana. Tras el saludo al coso clausurado, la sensación de tristeza me acompañaba invariablemente calle de la Marina arriba y al llegar a la Sagrada Familia, aprovechaba para preguntar al espíritu de Gaudí por la desnortada deriva de una ciudad mítica a la que sus regidores habían declarado antitaurina años atrás, empeñados como estaban en proyectar la pugna independentista contra los despojos de una fiesta tan catalana como española, maltratando así la historia de la ciudad que antaño fue la que más corridas daba en España, con tres plazas en plena actividad al mismo tiempo.


          De todo aquello, ya no queda nada. Pasear hoy por la Barceloneta es enfrentarse a una fronda de esteladas en los balcones sin que nadie recuerde el fervor antiguo de los vecinos acudiendo en masa al viejo Torín. En la Plaza de España, la fachada de Las Arenas es lo único que resiste como triste vestigio decorativo tras ser entregada al furor de los mercaderes que profanaron el templo convirtiéndolo en frívolo centro comercial. Aquellos mismos mercaderes que malbarataron la categoría de la Monumental degradando el espectáculo hasta convertirlo en exótico pasatiempo para turistas, se quejaban luego del hostigamiento del enemigo, enarbolando falsas protestas contra la agresión cuando ya era tarde para defender el negocio, cuando el rito ya había sido despojado de las señas de identidad que lo hicieron grande y atractivo para los barceloneses. La clase política nacionalista encontró entonces en la tauromaquia el objetivo perfecto para vestir su huida hacia la independencia con los falsos ropajes del buenismo animalista y se lanzó hacia una víctima en harapos con la determinación que produce enfrentarse a una victoria segura.


          Después todo fueron fuegos de artificio, corridas extraordinarias pródigas en gestos para la galería y multitudes foráneas clamando libertad. Cuando sin embargo llegó la prohibición, casi nadie echó de menos en la ciudad de los prodigios el exiguo bullicio de los domingos de temporada en torno a la Monumental, nadie salió a la calle para exigir a los responsables del atropello un poco de coherencia con el respeto observado hacia los correbous, una tradición protegida porque sin duda el toro embolado no sufre mientras el fuego acaricia su anatomía durante el encierro. 

       Seis años han tenido que pasar desde entonces para que el Tribunal Constitucional adornara con argumentos jurídicos la obviedad del desafuero competencial que cometió el Parlamento Catalán cuando votó a favor de la prohibición. Media docena de temporadas en las que el erial en que entre unos y otros habían convertido a la fiesta en Cataluña se ha ido pudriendo lentamente hasta devenir en terreno yermo para la reconquista,  un territorio propicio para que políticos lamentables ensayen la futura pugna con el Estado, voceando bravatas de desobediencia a sabiendas de que nadie se erigirá en defensor de la causa taurina para hacer cumplir la ley.


         Siempre que me encuentro en Barcelona, termino peregrinando a Montjuich para empaparme de la nostalgia olímpica, intentando encontrar entre las piedras del estadio algún rescoldo de aquel admirable esfuerzo nacional que logró confluir en la organización de los mejores juegos de la historia. Las instalaciones permanecen pero aquel entendimiento se halla en ruinas de la misma manera que la libertad se desvanece tras los embates políticos y la verdad es una entelequia que se resquebraja igual que los frescos del valle de Bohí, conservados en el museo que habita el hermoso palacio de la montaña mágica. Desde su ábside recreado, la imagen del Pantocrátor de Tahull parece reclamarnos un poco de sentido común a pesar de su hieratismo románico y su serenidad aún nos acompaña para mitigar el desencanto que nos invade de nuevo cuando volvemos a encontrarnos con el esqueleto neomudéjar de una plaza de toros, de regreso a la ciudad magnífica.