martes, 30 de octubre de 2018

EL RELEVO

OT: María y Micky

Los jóvenes que tienen que darnos el relevo son los “millennials” que pasean su ignorancia por las redes sociales mientras miran pasar la vida al abrigo del calor familiar, que ahora es el “wifi”. El problema de tener desde tan tierna edad una plataforma virtual en la que manifestarse públicamente a diario es que todo el mundo puede ser testigo de tu estupidez. Probablemente nosotros éramos igual de tontos a su edad, pero sólo lo sabía nuestro círculo más íntimo.

El incidente surgido en Operación Triunfo, programa en el que una pareja de aspirantes a estrellas se escandalizaban por tener que cantar una de las letras más inofensivas del grupo menos transgresor del pop español de los ochenta, es un ejemplo de cómo pretendiendo revisitar los lugares comunes de la progresía, en realidad esos jóvenes dizque artistas exhiben un conservadurismo atroz, incapaz de destrozar las ataduras de lo políticamente correcto.

Con esa impunidad que proporciona haber prolongado la adolescencia hasta la treintena, los que heredarán nuestro tinglado carecen casi por completo de la rebeldía necesaria para abrirse paso a codazos frente a los instalados, para subvertir un sistema que los tiene sometidos a la dictadura de la comodidad. Entre el narcisismo del “selfie”, la tiranía de “instagram” y el machismo del “reggaetón”, se van conformando nuevos usos sociales en los que la estética es más importante que la ética, la popularidad del “like” se prefiere al talento y la música de fondo esconde letras procaces donde la dignidad de la mujer queda rebajada a la de un mero objeto sexual, sin que ello impida a la muchachada seguir quejándose de la opresión del “heteropatriarcado”.

El instinto de rebaño de nuestros jóvenes no sólo uniformiza los cuerpos sino también las mentes, y así lo que ahora se lleva es el laicismo huérfano de compromiso y el infantilismo animalista, señas de identidad de un nuevo hedonismo del que ni siquiera ellos tienen la culpa, anestesiados como están por la protección que sus familias les procuran frente a la vida y sus heridas, y la intolerancia a la frustración que genera crecer entre algodones. Si a eso le añadimos que el conocimiento de nuestros muchachos no se desarrolla en sus cerebros sino en el marasmo de internet al que pueden acceder en cada instante, para obtener el placebo de creer saberlo todo sin profundizar en nada, se entiende perfectamente que los científicos hayan alertado de que el coeficiente intelectual de las nuevas generaciones desciende un poco más cada año, debido a factores ambientales que tienen que ver con el progreso tecnológico y las técnicas de enseñanza.

Desnortados por la insolvencia política para hallar consenso sobre el sistema educativo e hipnotizados por el brillo de las pantallitas, nuestros hijos se encaminan sin remedio a un horizonte de mileurismo y dependencia de sus mayores, parecido a esas distopías que nos estremecen en “Black mirror”, donde el abuso de la tecnología nos augura a todos un futuro con menos libertad. No intenten soltarles este discurso a esos extraños que viven en nuestra casa, atrincherados en el confort de sus habitaciones. Si pudieran hacerse oír entre las soflamas de los líderes de opinión que ellos veneran, que ahora responden al nombre de “youtubers”, no podrían convencerlos de que la juventud es una enfermedad que consiste en hacerse cada día una pregunta y comprender la respuesta cuando ya es demasiado tarde. 

Black mirror: Nosedive
    

lunes, 8 de octubre de 2018

LA SUERTE DEL TOREO


Por fin llegó el otoño y Urdiales volvió a Madrid. Nuestro casero Simón, que cuida del pedazo de cielo que ocupamos en la andanada, nos expulsó del paraíso después de San Isidro con el pretexto de la misteriosa reforma de la plaza, ésa de la que nadie sabe a día de hoy, ni su contenido, ni su alcance, ni su duración. Lo único que se anunció a ciencia cierta es que debía comenzar por el saneamiento de las cubiertas y así durante el verano, los abonados mirábamos los andamios, las redes y las mallas que velaban la visión de nuestro hábitat con cierto desasosiego, acrecentado por los rumores de disminución de localidades, modernización de los graderíos y reducción del diámetro del ruedo. Cuando despertamos del sueño estival y volvimos a la plaza, la andanada seguía allí, con un techo a estrenar cubriendo la suciedad de siempre. Quizá para distraer la atención del futuro atentado que se prepara contra la esencia de nuestro templo, compareció el mago Simón en la canícula y esta vez, el juego de manos consistió en anular la elección de las ganaderías por los toreros mediante un sorteo para el que quisiera afrontar el grandísimo riesgo de torear una de Adolfo en vez del enésimo Victoriano de la temporada. El aficionado no ceja en el empeño de reclamar más justicia en la fiesta y Producciones Simón Casas, siempre atenta al runrún de los corrillos, se apresuró a vender como gran revolución la apuesta de Talavante de meter sus dos bolitas en el bombo, ahora que necesitaba dar un golpe en la mesa tras su desencuentro con Matilla, que lo borró de casi todas las grandes ferias de la segunda mitad de la temporada mientras acariciaba el gato del poder omnímodo que al parecer detenta. La revolución verdadera hubiera consistido en conseguir que Julián, José Mari y José Antonio compraran también la lotería de Don Simón, con los Saltillos, los Miuras o los Ibanes saltando alegres en el bombo de los premios, pero en seguida salió el Juli en la prensa adicta, a decir que el torero se gana en el ruedo poder elegir las ganaderías que mata lo que traducido venía a significar que está dispuesto a permanecer otros veinte años en la fiesta explicando frente a las sucesivas camadas de Cuvillos y Garcigrandes su lección cotidiana de ventajismo y vulgaridad. El primer torero contratado en la madre de todos los sorteos fue Diego Urdiales, para la que iba ser su quinta tarde en la temporada, tras ser condenado al ostracismo por el sistema el resto del año.



Como era previsible, el sorteo desembocó en un "deja vu” que nos transportaba directamente a San Isidro. Las bolas calientes del Gatopardo Simón nos han organizado un comienzo de otoño con el mismo programa de la primavera, una nueva ración de los toros que Victoriano del Río y Lorenzo Fraile manufacturan para la muleta, la peste del toreo moderno aplicada por igual a las embestidas boyantes y a las complicadas, la falta de personalidad en los toreros de esta hora y el fervor por Alejandro Talavante, que nunca como en este momento, tuvo tan a favor a la plaza de Madrid, que le saca a saludar por el mero hecho de comparecer ante la cátedra en este otoño que todavía era verano. Que Talavante sea tomado por algunos como un antisistema que viene para cambiar el estado de cosas y dar un puñetazo en la mesa en la que comen los muñidores del cotarro es como creerse las proclamas revolucionarias de los jerifaltes podemitas de discurso postizo y mansión en Galapagar. Como ya ocurrió en 2013 cuando se saludó su apuesta de encerrarse con seis Victorinos como el gran acontecimiento de la isidrada, su doble comparecencia en la Feria de Otoño acaba en fracaso sin paliativos, la ovación de bienvenida transmutada en pitada final por obra y gracia de las limitaciones del extremeño para poder con un tipo de toro que no regala las embestidas. Pese a todo, hubo un momento en su actuación en donde apareció el torero que tantas expectativas despertó en el inicio de su carrera, cuando de la mano de Antonio Corbacho, pretendía ser el émulo imposible de José Tomás. Fue en el comienzo de la faena al primero de sus cuatro toros en la feria, ante el que improvisa una serie maciza de naturales defendiendo la posición, en los medios y sin probatura alguna, a golpe de la inspiración que surge a toro arrancado, cuando todavía no hay tiempo para pensar. Luego la cabeza se va imponiendo a la ambición y la falta de compromiso crece en cada serie y como a pesar de todo la parroquia a favor sigue jaleando ese otro toreo de menos enjundia, superficial y despegado, el torero que venía con la escoba para sanear la parte alta del escalafón se conforma con la previsible orejilla que acaba frustrando un pinchazo inesperado. A partir de ahí, Talavante ya no levanta cabeza en toda la feria, quizá consciente de la oportunidad perdida, y aun así, sigue habiendo gran expectación en su segunda tarde, con casi lleno en los tendidos, pero una corrida de Adolfo Martín baja de casta y un lote complicado hacen que la apuesta del extremeño se agote en el vuelo de la larga cambiada con que recibe al primero de la tarde. Sus carencias técnicas para lidiar con el capote a este tipo de encaste y su inhibición final con muleta y espada transmiten a la plaza una imagen de torero vencido, incapaz de soportar el peso de una apuesta que acaso se hizo buscando colar como gesta el numerito de todas las tardes, a la espera de que un sorteo favorable en el bombo o en los corrales permitiera aplicar las recetas revenidas del toreo moderno al toro domesticado al que se lleva enfrentando toda su carrera. Para el año que viene, se anuncian nuevos sorteos patrocinados por Don Simón, mientras el imperio Matilla sigue intacto y a Talavante se le avecina un invierno económico que debería afrontar siguiendo a pies juntillas el viejo consejo de nuestros abuelos según el cual no hay mejor lotería que trabajo y economía.



En realidad, el bombo de marras no es sino otro fuego fatuo de Monsieur Casas para encubrir el estado putrefacto del sistema que, en el fondo, no quiere o no puede subvertir. En la cabaña brava sigue existiendo la casta suficiente para que el toreo vuelva a tener la grandeza de siempre. El problema real es la gran crisis de toreros existente en este siglo, incapaces de desarrollar en la plaza un planteamiento distinto al que manejan los líderes del escalafón, a quienes no pretenden desalojar del poder sino a lo sumo aprovechar un resquicio del sistema e ingresar en él para seguir transigiendo con el montaje del toro bobo y colaborador. Fortes, por ejemplo, se dejó ir el Victoriano más encastado de la tarde, al que llegó a embarcar con templanza en la primera serie, naufragando a continuación en una sucesión de pases sin mando que conforman una faena que se va diluyendo entre la impotencia y el paso atrás. Lidió al sobrero con la sombra de la oportunidad perdida nublándole el entendimiento y bastante tuvo con salir vivo de la feísima cogida que cobró al entrar a matar. Pablo Aguado, el toricantano que venía en sustitución del infortunado Ureña, al menos abrió la tarde con el aroma del verdadero toreo de capote, en donde el sevillano se duerme en dos verónicas muy caras y un primoroso quite al delantal, antes de cortar la consabida oreja del sexto que el público más amable suele regalar para sacudirse el desencanto de cada tarde. Álvaro Lorenzo sorteó un lote a modo para reeditar aquel triunfo vacío del Domingo de Resurrección del que ya casi nadie se acuerda pero no se atrevió a dar el paso al frente para recoger los frutos de la decepción talavantina y se dedicó a plagiar la famosa tesis del Doctor López que lleva por título “Aproximaciones al toreo moderno: la nueva manera de cargar la suerte metiendo pico y retrasando la pierna de salida”. En cambio Luis David, venía a Madrid a que le convalidaran con los Adolfos los entusiastas trabajos que le han llevado a torear una veintena de tardes por esas plazas de Dios exponiendo la doctrina del feísmo al adamesco modo, pero se encontró con el sexto, que se acordaba un poco de la casta de la ganadería que iluminó las postrimerías de San Isidro, e inevitablemente quedó al descubierto la mediocridad de una propuesta que pretendía aplicarle al toro esa ligazón tramposa que se instrumenta al amparo de la pala del pitón, y que al primer respingo del astado, se resuelve en un sinfín de carreritas sin sentido con destino a la comodidad del unipase. Por su parte, Román sólo estuvo animoso con el peor lote de los del Puerto, desdibujado y sin resortes técnicos para resolver sus complicaciones, vapuleado por el cornalón segundo que le atropella cuando el torero se equivoca y medio se queda en el sitio, su mayor triunfo fue salir indemne de este trance.



El caso de Ginés Marín es distinto porque él es uno de los privilegiados a los que el sistema ha consentido disfrutar de su parcelita de terreno entre los instalados, a base de ir vendiendo por las ferias un producto cada vez más huérfano de la frescura con que ilusionó a Madrid en su apoteosis del San Isidro del año 17. A punto estuvo de tocar pelo si su habitual faenita fácil, ligerita y superficial hubiera acabado en un espadazo cabal. La manejable mansedumbre de esa corrida del Puerto de San Lorenzo le cayó en suerte también a Emilio de Justo, que viene a Madrid a despecho de la reciente muerte de su padre y de la cornada que la semana anterior le pegó un toro de Victorino en Francia. Su tarde se resume en la vergüenza torera del esfuerzo y en dos estocadas en la yema, de perfecta ejecución la primera y entregándose mucho en la segunda, pero la realidad es que sólo deja detalles ante el que abría plaza en el que no acaba de dar el paso adelante para compactar una faena desigual que coge altura definitivamente en la estocada. En el cuarto, que tiene peligro por el pitón izquierdo, lo pasa de muleta con corrección pero sin especial lucimiento, y tras naufragar al echarse la mano a la zurda, acaso porque las carnes todavía abiertas huyen del compromiso de aguantar los tres y el de pecho en donde estaba la gloria del triunfo grande, se conforma con arañar otra orejita a la que llega por un par de series de circulares efectistas en terrenos de sol camino de la ansiada puerta grande, que quizá sólo por hoy, nadie se atreve a discutir.



Y cuando todo parecía perdido, cuando afrontábamos la última tarde de la feria con el primer aviso del invierno cambiando la fisonomía de la plaza, cuando todo estaba preparado para despedir la temporada con la esperanza quebrantada por tantas tardes de promesas incumplidas, llegó el acontecimiento. Ricardo Gallardo se saca de la manga un variadísimo encierro de Fuente Ymbro, de presentación irreprochable, que nos redime de todos los sinsabores del pasado, para demostrar que el encaste Domeq puede ser otra cosa que la acostumbrada docilidad tontorrona al servicio de los que  mandan. La encastada boyantía, la huidiza mansedumbre, la entregada nobleza y la fiereza indómita reunidas en una sola corrida de toros y tres toreros para su lidia con tres propuestas distintas, el toreo clásico, el toreo de lidia, el toreo moderno. David Mora se encuentra con el tercero de la tarde, el toro de la feria, que embiste por abajo portando la consagración en su astifina cornamenta. Viene el torero vestido de Chenel pero el planteamiento del añorado maestro se acaba en la distancia larga que David propone al toro para inmediatamente después desajustarse en cada embroque y hundirse en la sima del quiero y no puedo, desde la que seguramente se escucha la voz certera de Belmonte, Dios te libre de que te toque un toro bravo. Cuando Octavio Chacón entró en la rifa de Casas debió pensar que por fin el azar le permitía alejarse de la dureza que le ha acompañado en su devenir por los ruedos, pero ni por esas, si naciste para el sufrimiento hasta los Juanpedros se vuelven Miuras. Octavio es un lidiador de otra época, no hay un capote más poderoso en todo el escalafón y su forma de manejarlo hipnotiza a los toros broncos, ensimismados por un momento en el terso percal antes de volver a la carga. La pelea con el segundo de la tarde pasará a la historia como la más serena demostración de valor que hemos visto últimamente en las Ventas ante un toro avisado, que sólo se traga los mandones muletazos por bajo del comienzo y ya no vuelve a dar tregua a su matador, buscando hacer presa en cada pase hasta que el gaditano lo manda al averno de un certero espadazo. Oreja de ley. Si el bueno de Chacón esperaba mayor comodidad con el quinto, se equivocaba del todo, porque fue agraciado nuevamente con un manso pregonao que llegó a darle una coz cuando acudió a quitarlo del caballo al que había derribado en una violenta oleada. Una vez desarmado el torero y desentendido el toro abanto de los capotes que trataban de cortarle el paso, lo persiguió como un poseso hasta cogerlo por el pecho sin ahondar por fortuna más allá del chaleco en el que quedó enhebrado el pitón durante unos segundos que parecieron siglos. Ahí fue donde Octavio encontró la suerte definitiva y esa certeza pareció dejarlo conmocionado para el resto de la tarde.



Antes, en el toro anterior, había sucedido lo de Urdiales. Quizá sea la del cuarto, una de las tres faenas más importantes que hemos vivido en los últimos diez años de toros en las Ventas, en lo que va de siglo si no me traiciona la memoria. José Tomás y Comunero, 5-6-2008, Manuel Jesús “el Cid” y Verbenero, 5-7-2013, Diego Urdiales y Hurón, 7-10-2018. Ya en el que abrió la tarde, había estado Diego muy dispuesto, perfumando el viciado ambiente del toreo actual, con los postulados del toreo de siempre, el cite en el sitio, el medio pecho irreprochable, el mecido natural, la estocada sin aliviarse. Pero la conmoción llegó en el sexto. Nadie había visto nada especial en un toro cuya lidia transcurría anodina, con el aficionado perdiendo la fe en que el de Arnedo pudiera redondear lo que tantas tardes había apuntado en sus veinte años de alternativa. El primer aviso de que algo grande podía pasar llegó en la primera serie por la derecha, en un muletazo aislado en el que el toro va muy toreado hasta detrás de la cadera, pero la explosión llega al natural, cuando un animal aparentemente sin mayor clase no tiene más remedio que entregarse a una muleta que se desplaza desde el sitio que sólo pisan los elegidos, allí donde se cruzan los caminos de la bravura y de la verdad. Dos series de naturales catedralicias, clásicas, perfectas. No se puede torear mejor que Urdiales en ese manojo de muletazos eternos, definitivamente abandonado el torero a la pureza que surge de la colocación adecuada, el temple mágico y la profundidad sin límite, el tiempo detenido en un clamor que todavía dura. El toreo ya estaba hecho pero Diego todavía sigue prolongando nuestra alegría en una serie final por naturales de frente, en la alada trincherilla, en el molinete airoso, en el insospechado kikirikí, todo ello sin perder un ápice de terreno, todo ello interpretado con la privilegiada naturalidad que borra de un plumazo la impostura de tantas tardes. Cuando Urdiales revienta al toro con otra estocada casi en su sitio, los tendidos son un hervidero de pañuelos blancos y la gente se abraza con el compañero de localidad en la comunión íntima que sólo proporciona este arte raro, misterioso, indescifrable, mientras el riojano es obligado a dar una segunda vuelta al ruedo con las orejas como estandarte de una tarde histórica. Allí estábamos nosotros para presenciar el milagro, para revivir la antigua pasión que nos hacía saltar del asiento cuando Curro o Antoñete nos dieron a probar el sagrado veneno por primera vez, ése cuyo sabor aún nos tiene aguantando estoicamente en la piedra, por ver si entre la fronda plúmbea del toreo barato que nos agrede cada día, vuelve a surgir un hombre que al menos una vez cada lustro nos permita seguir explicando a nuestras familias, de vuelta a casa, con la voz ronca y el cuerpo molido, por qué, a pesar de todo y frente a todos los que pretenden hurtarnos esa bendita libertad, seguimos acudiendo a una plaza de toros.


jueves, 20 de septiembre de 2018

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES



En el carnaval de 1497, Fray Jerónimo Savonarola celebró su particular día de las hogueras, formando en la Piazza della Signoria de Florencia una pira monumental a donde fueron a parar como símbolos del pecado, multitud de obras de arte, artículos de lujo, ropas indecentes y demás signos de vanidad de la época. Más de quinientos años después, en el fuego de artificio que es la política actual arden sin cesar los diplomas enmarcados de los másteres sin mérito, y las tesis “cum laude ad maiorem wikipedei gloriam”.

La “titulitis” siempre ha sido un vicio del españolito ávido de reconocimiento que deseaba rematar su salida del analfabetismo atávico con la imponente orla colocada en el lugar principal de la casa. Desde el curso de corte y confección de CCC hasta el doctorado en diplomacia económica del presidente, hay un sinfín de posibilidades para no quedarse solamente con la etiqueta de anís del mono, que diría el gran Chiquito.

De ese afán de titulación no podían escapar los políticos profesionales, siempre dispuestos al aprovechamiento de su posición de privilegio. No conformes con disfrutar de un escaño al que accedieron medrando en la pelea por ir bien colocados en la lista, siguen utilizando a sus padrinos en el partido para embellecer un currículum que perciben demasiado escuálido para justificar su ascenso. La ministra Montón, por ejemplo, estudia medicina pero nunca llega a ejercer porque deja colgada la carrera a los 23 años por un puesto de concejal en el Ayuntamiento de Burjassot, de donde sale cinco años después para ser diputada nacional por Valencia. Las exigencias del trabajo parlamentario deben ser menores que las responsabilidades locales porque es en 2010 cuando por fin tiene tiempo de licenciarse en medicina, con treinta y cuatro años. El misterio continúa cuando la prometedora diputada decide realizar un máster de estudios interdisciplinares de género en donde no se sabe qué es peor, si el trato de favor recibido pese a ostentar la condición de portavoz de igualdad del PSOE, el plagio de copia y pega que finalmente le cuesta la carrera o el programa de materias incluidas en semejante bodrio académico que sólo puede justificarse por la voracidad recaudadora de la Universidad Rey Juan Carlos.

El mismo esquema de comportamiento se observa también en el caso de Cristina Cifuentes, otra política profesional cuya vida laboral apenas tiene recorrido fuera del amparo del partido. Licenciada en Derecho y funcionaria del cuerpo de gestión de la Universidad Complutense desde 1990, al año siguiente ya es diputada autonómica con 26 primaveras y su carrera culmina con la presidencia de la Comunidad de Madrid, previo paso por la Delegación de Gobierno en 2012, el curso fatídico en donde aceptó el regalo de un Máster en Derecho Autonómico en el mismo Instituto de Derecho Público que, al parecer, no tenía miramientos ideológicos a la hora de amparar las aspiraciones curriculares de los cachorros del bipartidismo.

De los polvos de la reforma educativa de Bolonia y la reducción de contenidos de las carreras, vienen los lodos de la proliferación de másteres en los que se empeñan las familias de nuestros jóvenes en busca de la formación que luego apenas da para cobrar mil euros en el ingrato mercado laboral. La tradicional función de ascensor social que siempre tuvo la universidad se va difuminando entre la incuria a la que es sometida por los sucesivos gobiernos y el desprestigio que se filtra por las rendijas del chiringuito en que la tienen convertida los traficantes de títulos y los tribunales de amiguetes al servicio del poder.

Las promesas de regeneración que hicieron los adalides de la nueva política parecen tener escaso recorrido si quienes lideran la cosa pública son el licenciado Casado y el doctor Sánchez, de quien se cuenta que una vez le compuso a su novia un poema que empezaba “Yo también puedo escribir los versos más tristes esta noche”. El aparente enfrentamiento de estos dos representantes de la generación más preparada de la historia nos distrae del verdadero espíritu que anima su común intención de disfrazar su impostura con cursos fantasma y tesis vacías. El pueblo está acostumbrado a entronizar la mediocridad elección tras elección, la clase dirigente no es sino el espejo de nuestra propia naturaleza, pero quizá un día no consienta que se sigan haciendo trampas para que la nada quede instalada en lo más alto.



jueves, 16 de agosto de 2018

CUENCA, CIUDAD TAURINA


En estos tiempos de ruido y furia en los que nadie está interesado en hallar luz en el conflicto de turno, el tema preferido para la discusión grandilocuente y el griterío sin sentido suele ser la tauromaquia, que exacerba las opiniones de los contendientes sin que exista posibilidad alguna de entendimiento entre los bandos. En este mismo medio, cualquier artículo o noticia que se refiera al espectáculo taurino provoca comentarios enconados en los que se vierten acusaciones gravísimas contra los que buscamos la belleza en la pelea entre el hombre y el toro. Y es que tratar de convencer a un animalista sobre la excelsitud del placer que puede provocar una media verónica en la sensibilidad del aficionado es un imposible metafísico de igual magnitud que persuadir a un servidor sobre las bondades de los tanatorios para mascotas. El amante de las corridas de toros asume el dolor del animal porque lo considera una parte natural de la existencia como lo es la muerte, armazón sobre el que se construye la representación taurómaca que puede ser cruel, como la vida. Y no hay metáforas que puedan empatizar con el discurso animalista, incapaz de soportar ese lenguaje entre el toro y el torero, el diálogo sobre el que el taurófilo construye una historia de sacrificio y grandeza y en el que algunos sólo ven barbarie.

El desencuentro entre ambos mundos y los derroteros de una sociedad infantilizada y hedonista, cada vez más narcotizada contra el dolor que hace crecer, nos conducen a un futuro en el que el proselitismo taurino parece una quimera. Pero no lo es en Cuenca. A los que constantemente me cruzo en el camino y me compadecen diciéndome que esto se acaba les hablo de la Feria de San Julián, un acontecimiento que llega a reunir a ocho mil almas en una plaza de toros y les reto a que me ilustren sobre algún otro espectáculo de pago que congregue a lo largo del año a semejante gentío en mi ciudad en una sola jornada. La feria taurina de Cuenca es un milagro que financian nada menos que cinco mil abonados, el diez por ciento de la población, el equivalente proporcional a que la Plaza de las Ventas tuviera más de trescientos mil abonados o la Maestranza, setenta mil. Cinco mil aficionados que se dejan seducir cada año por la promoción inteligente de un empresario audaz que en la ciudad habitualmente ayuna de proyectos interesantes de negocio genera un impacto económico calculado en torno a los dos millones de euros.      

Los cinco mil ciudadanos que sustentan esta fuente de riqueza para nuestra tierra siguen considerando a la lidia de reses bravas un espejo ético en el que mirarse mientras los tildan de amantes de la tortura. Son cinco mil ciudadanos que no están dispuestos a transigir con la falacia del animalismo que pretendiendo aplicar categorías humanas a nuestra convivencia con los animales, persigue hacer pasar por inmorales valores ejemplares que a menudo inspiran los comportamientos que suceden en una plaza de toros, la gallardía, el afán de superación, la solidaridad, el coraje, la natural convivencia con el dolor y la muerte. Se suceden a nuestro alrededor iniciativas espurias que aprovechando una coyuntura política puntual declaran antitaurina a una ciudad en la que sin embargo se celebran con normalidad corridas de toros para los que quieran disfrutar de la libertad que aún les queda, asomándose a los tendidos de una plaza. En Cuenca, ciudad taurina, de momento nadie se atreve a robarnos la ilusión que mueve nuestros pasos cuando bajamos por la Avenida de los Reyes Católicos, y tras saludar al maestro Chicuelo, nos citamos con la alegría en la andanada, donde más cerca estamos de tocar el cielo si es que esa tarde no lo impide el agosteño chaparrón, el toro comparece en el ruedo con pujanza y a Morante se le ocurre estirarse al natural acordándose de su antiguo esplendor.

Un sabio francés, Jacques Cousteau, símbolo del ecologismo de nuestra infancia, sentenció que “solamente cuando el hombre haya vencido a la muerte y cuando lo imprevisible haya dejado de existir, morirá la fiesta de los toros y con ella, el reinado de la utopía y el dios mitológico encarnado en el toro de lidia derramará en vano su sangre en la alcantarilla de un matadero lúgubre”. El ecologismo del momento nos llama asesinos por proclamar a los cuatro vientos nuestra pasión, ignorando que el verdadero maltrato consiste en tratar a un animal de manera distinta a la que exige su naturaleza. Feliz Feria.


lunes, 30 de julio de 2018

LA HERIDA DEL CINE



La primera imagen que guarda mi memoria cinéfila es la del hoyuelo de Kirk Douglas agonizando en una cruz situada en un paisaje nevado donde a la vez se proyecta la sobrecogedora escena de la muerte de la madre de Bambi. En este tipo de sesiones de terapia que era el cine con el que crecimos nos aparcaban nuestros padres para que nos fuéramos acostumbrando a las asperezas de la vida. Me consta que alguno de mis contemporáneos aún no se ha recuperado de estos golpes de efecto que solía prodigar Disney entre las dosis de almíbar con que componía sus películas y desde entonces vive confundido en su particular libro de la selva desde el que le habla a su perro esperando contestación.

BAMBI

Los efectos secundarios de nuestra cinefilia tienen su origen en las sesiones de tarde de los sábados ante el televisor, cuando todavía no existían videojuegos suficientemente atractivos para competir contra el Dardo prodigando acrobacias mientras enamoraba a Virginia Mayo, ese tiempo magnífico en el que era imposible hallar mayor diversión a lo largo del día que contemplando a Harpo Marx colgando su pierna en el brazo del interlocutor estupefacto. Si alguna de esas tardes era de verano y nuestros padres nos recluían en el cuarto de la siesta, la estancia en la celda no era tan tediosa si podíamos imitar a Steve MacQueen haciendo rebotar su pelota de béisbol contra la pared.

EL HALCÓN Y LA FLECHA

Tampoco es que uno fuera el niño de “Cinema Paradiso” pero no había mejor manera para mitigar la melancolía de una tarde de domingo que acudir al Cine Alegría, donde se ensanchaba el espíritu con sólo pronunciar su nombre, o aferrarse a la dura butaca del Cine Avenida para meterse entre pecho y espalda “Orca, la ballena asesina” y “Pánico en el Transiberiano”, provisto de un arsenal de regalices y gaseosas para poder aguantar semejante programa doble. Aún recuerdo salir del Cine Xúcar en una nube tras el impacto provocado por la contemplación de Olivia Newton-John desde la penumbra de la fila dos, y si entorno los ojos todavía puedo recordarme junto a mis amigos remedando la forma de andar de John Travolta después de ver “Grease” por tercera vez. En el trayecto hacia nuestras casas, íbamos cantando en nuestro absurdo inglés inventado las canciones del musical por Carretería con el cine España de testigo, sin sospechar que su sala nos acogería poco después en veladas menos inocentes no toleradas para menores.  


     
No faltaría mucho desde aquel momento para que las historias de amor dejaran de ser imaginarias y sin embargo algo fallaba en la prosaica realidad porque los besos no venían acompañados de banda sonora e inevitablemente añorabas el vértigo entre Scottie y Madeleine en el abrazo que dabas a tu chica. La herida del cine provoca fenómenos extraños cuando por fin recorres los escenarios que antes sólo habías visto en la tele del cuarto de estar y eres capaz de divisar con nitidez la imagen de Gene Kelly bailando en la orilla del Sena e incluso puedes sentirte Cary Grant por unos minutos, degustando en vano la secreta esperanza de encontrar a Deborah Kerr cuando el ascensor llega por fin al último piso del Empire State. Si cierta inquietud recorre tu anatomía cuando adviertes a tu alrededor una excesiva concentración de pájaros, o desde que viste Tiburón sientes algo de resquemor al adentrarte en el mar más allá de la boya, estás enfermo de cine, un mal que puede llegar a ser preocupante si el impacto de "La invasión de los ladrones de cuerpos" te ha hecho odiar el repollo para siempre.

VÉRTIGO

A cambio, el cine te regala definiciones perfectas de la hipocresía en “Plácido”, del desamor en “El apartamento”, del desamparo en “Ladrón de bicicletas”, de la ingratitud en “Luces de la ciudad”, obras maestras que te abrigan bastante cuando se trata de entender el mundo y su intemperie. Si la depresión inunda tu vida, no hay mejor tratamiento que abandonarse a la alegría de “Cantando bajo la lluvia”, si tienes dudas sobre qué es la lealtad es preciso pasar la tarde revisitando “El hombre que mató a Liberty Valance”.

LADRÓN DE BICICLETAS

Siempre nos quedará París, y la posibilidad de ver “Casablanca” una vez más, ese clásico inmortal que te lleva a un café de ensueño en donde un perdedor rumia su cinismo entre los actores de la segunda guerra mundial hasta que el pasado le visita en forma de mujer y le recuerda que con ella fue feliz aunque el mundo se desmoronara. Su blanco y negro resplandeciente te coge por las solapas en cada revisión y no te suelta hasta que Bogart descubre sus cartas y pone sus ideales por encima del amor de su vida. Pero lo que hace de esta película una obra casi milagrosa es que aunque la veamos cien veces, siempre guardaremos la íntima esperanza de que poco antes de la última secuencia, Ilsa regrese de entre la bruma y se acabe quedando con Rick.     

CASABLANCA
ESPARTACO

UNA NOCHE EN LA ÓPERA

LA GRAN EVASIÓN

GREASE

UN AMERICANO EN PARÍS

TÚ Y YO

LOS PÁJAROS

TIBURÓN

LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS

PLÁCIDO

EL APARTAMENTO

LUCES DE LA CIUDAD

CANTANDO BAJO LA LLUVIA

EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE

martes, 10 de julio de 2018

VISITE NUESTRO VAR

Mariano saliendo del bar

Mientras en el parlamento se discutían los argumentos de la moción de censura que Pedro Sánchez planteó contra el gobierno de la nación, Mariano pasó la tarde en el bar. En su escaño, el bolso de la vice como símbolo del desprecio a la sede de la soberanía popular. Por la mañana, Rajoy había comparecido en la tribuna con una relajación extraña, como si no se jugara la presidencia, esclareciendo con su particular gracejo galaico las contradicciones de los apoyos del candidato. En el hemiciclo todavía quedaba el eco de las palabras del aspirante ofreciendo la retirada de la moción si el presidente dimitía pero en la sobremesa de la última tarde de Rajoy degustando los estertores del mando, el más futbolero de nuestros dirigentes analizaba la situación con la ayuda inesperada del VAR.

En las pantallas que la nueva tecnología puso a su disposición, se repetían incansablemente las últimas jugadas políticas acaecidas en el campeonato de la incoherencia, y Mariano permanecía absorto ante la imagen en bucle del PNV apoyando sin fisuras la moción, intentando descubrir en la moviola si las cámaras habían conseguido captar la mano en el área del defensa euskaldún en el momento de recibir las treinta monedas de plata grabadas a fuego en los presupuestos de Montoro.

En otra de las televisiones, la realización se obstinaba en trazar la línea del fuera de juego y los contertulios que rodeaban a Mariano vociferaban denunciando la posición antirreglamentaria de aquellos que en sus declaraciones pasadas hicieron protestas solemnes sobre su escaso apego por el poder, al tiempo que desmentían su propósito de contar con apoyos independentistas para acceder al gobierno, anunciando con la boca pequeña un compromiso con la convocatoria inmediata de elecciones que olvidarían a la semana siguiente de instalarse en la poltrona.

En el VAR del PP se había conseguido captar una toma en la que se veía a Pedro y a  Pablo paseando por los pasillos del Congreso en animada conversación sobre los cargos a repartir. A pesar de que ambos se llevaban la mano a la boca para dificultar la labor de los avezados lectores de labios a sueldo del presidente, los expertos certificaron que el terrateniente de Galapagar habría podido decir algo parecido a "por lo menos me darás los telediarios", hipótesis que la realidad se encargó de confirmar semanas después cuando los esbirros peperos en el consejo de la televisión pública fueron sustituidos por lacayos podemitas, perpetuando así la veterana institución del comisariado político en la caja tonta. 


Mientras los asesores se desgañitaban denunciando el juego sucio de la oposición, Mariano se solidarizaba con De Gea y convertía su tradicional tancredismo en el último servicio a su partido. El patriotismo que pedía el momento exigía pactar nuevas elecciones, una altura de miras necesaria para devolverle la voz al pueblo y buscar un gobierno fuerte de cualquier signo con el cual evitar la sempiterna dependencia del nacionalismo. Pero Rajoy prefirió que gobernara su censor antes que arrostrar el riesgo de dejar de ser la fuerza hegemónica de la derecha. La jugada buscaba ganar tiempo para recomponer el gesto de cara a la cita electoral de 2020 y le cambiaba el paso a Ciudadanos, completamente desubicado al ver desvanecida la cercana perspectiva de tocar poder que cantaban las encuestas. Tras la fachada de las críticas de los Hernando de turno a la mayoría Frankenstein que se avecinaba, el PP asumía el mal menor de un reforzamiento de las posiciones socialistas, con el propósito de volver a medio plazo al bipartidismo perpetuo, un sagastacanovismo de nuevo cuño apenas matizado por diferencias cosméticas entre las políticas de uno u otro partido, tremendamente útil para ir colocando a todos los profesionales de la política que esperaban su momento como modernos herederos de los cesantes de la época decimonónica.

Desde su retiro dorado en Santa Pola, al nuevo registrador le llegaban noticias de un gobierno conformado por tecnócratas de confianza para tranquilidad de las exigencias del sistema, a cuyo frente el candidato que le llamó indecente en un debate electoral sonreía complacido con el aura del poder maximizando su habitual fotogenia. Mientras Mariano examinaba la primera escritura de la mañana, su sustituto en la presidencia se disponía a aplicar con una mano los presupuestos de la derecha y a desenterrar con la otra los huesos del dictador. Después de apoyar sin fisuras la aplicación del artículo 155, el presidente florero revisita el diálogo con aquél a quien llamó racista, siguiendo la senda que ya transitaron González cuando torpedeó el asunto Banca Catalana y Aznar cuando firmó con Pujol el pacto del “Majestic”, Zapatero con su promesa de aceptar cualquier estatuto que viniera de Cataluña y Rajoy con la operación de apaciguamiento que Soraya ejecutó con el acierto que la caracteriza. En la fuente de Antonio y Guiomar, dos próceres insospechados posan buscando un nuevo aplazamiento del problema, hasta que los niños adoctrinados en las escuelas catalanas alcancen la edad para votar. Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón.

Próceres en la fuente


lunes, 11 de junio de 2018

ÚLTIMO TERCIO: FUTURO INCIERTO

Andanada del nueve


La semana torista es el último tramo de la feria de San Isidro que el aficionado acoge como el necesario bálsamo con que mitigar las heridas causadas en nuestro ánimo durante las fechas anteriores por el toreo barato practicado al toro dócil. En esta fase final, en la plaza se hace presente el toro encastado, el que la crítica adicta llama decimonónico, el que no admite una faena preconcebida sino que un hombre se ponga a cavilar, solucione sus problemas y domine al animal. En esta bendita semana, desaparecen de los carteles los que se llaman poderosos y huyen del toro que demanda poder, se esfuma del ruedo el toreo superfluo que el toro fiero no consiente, y se desvanece de la plaza el ambiente lúdico de las tardes de lujo porque abajo en el ruedo, el peligro latente trasciende a la grada.

En las tardes de atragantón y tarascada a nadie se le ocurre traer a la arena la receta de la agria fritanga del toreo moderno. El toro de respeto elimina de un plumazo los banderazos despegados, las pedresinas movidas, el circular invertido y las manoletinas de telón. Toda esa bisutería se acaba con el toro de la última semana, se esfuma cuando un Miura estira el cuello pidiendo el carnet o cuando la corrida de Saltillo eriza la piel del graderío y la tensión que provoca su listeza se traslada hasta el último rincón de la andanada. Son tardes en las que se consulta poco el móvil, donde las conversaciones giran exclusivamente en torno a las reacciones del toro y la pericia de los toreros, y los cuatro gatos que resistimos en la piedra paladeamos los estertores de un combate quizá condenado a desaparecer.

En la semana del adiós a la costumbre de echar la tarde viendo toros actúan los verdaderos triunfadores de la feria, los que sólo por anunciarse en los carteles que meten miedo a las figuras merecen honor y respeto más allá del desempeño de cada cual con unos animales que ya casi nadie está capacitado para lidiar. Por eso los julianes y los talavantes, los castellas y lopezsimones que ya esperan la gloria de los jurados de San Isidro, y que en alguna ocasión naufragaron frente a estos toros vendiendo como gesta lo que debería haber sido la exigencia cotidiana de su oficio, no quieren volver a verlos ni en pintura. Por eso en la memoria secreta del aficionado apenas queda rastro de las faenas que les condujeron a la puerta grande y sin embargo, descansará para siempre en nuestra retina la lidia maciza de Octavio Chacón a su lote de Saltillos, la lección de torería y saber estar que ofrece ante el primero, un toro bravo en el  caballo cuya excesiva vuelta al ruedo final se explica por la extraordinaria apuesta de Octavio, por la forma en que se templan en su imperial capote las agrestes embestidas allí donde los peones naufragan, por el curso que da sobre cómo se coloca un toro en la jurisdicción del piquero. A ese toro, de nombre Asturdero, lo cuaja de verdad por el pitón derecho, aguantando mucho en el sitio para ligar con emoción y sólo pierde la oreja porque con una estocada entera en sus entrañas, la casta del toro dificulta el momento de la puntilla y vende cara su muerte hasta el final. Esa tarde destaca también Sebastián Ritter, el torero atolondrado de hace unas temporadas ha adquirido el oficio necesario para que su gran fondo de valor luzca en cada una de sus intervenciones, demostrando que se puede cargar la suerte con buena compostura, soportar parones sin mover un músculo y estar digno en definitiva hasta con el más complicado de los toros. Esaú Fernández, por su parte, pierde la primogenitura por las lentejas de esta corrida que no está capacitado para matar.

Asturdero

El día anterior, Miura vuelve a Madrid después del fiasco del año pasado, para devolvernos a su imagen de siempre que desde hace casi dos siglos no es otra que la del toro con poder, el que derriba las cabalgaduras y crea riqueza en forma de puestos de trabajo como el del carpintero de plaza, el de la encastada mansedumbre que dota al espectáculo de la imprevisibilidad tan escasa la mayoría de las tardes. Ese privilegio que las Ventas dejó de atesorar durante una década, un siete desnortado va a conseguir expulsar de nuevo de los carteles a base de protestar sin pausa el trapío de un encierro vareado pero en el tipo agalgado y huesudo de la ganadería, sin que ello le reste un ápice de agresividad a su presencia. La prueba de ello es que ningún torero de la terna encargada de su lidia se atrevió a dar el paso adelante hasta que llegó la sorpresa y salió el sexto, que para empezar se dio un paseo por el callejón tras saltar limpiamente la barrera y luego cobró lo suyo en un buen tercio de varas de Chocolate. Cuando creíamos que Román iba a tirar las tres cartas ante la empresa que le esperaba, nos encontramos con un torero transfigurado, que plantea una apuesta en las antípodas del toreo fácil y alegre pero escaso de oficio que le hemos conocido casi siempre. Taponero es su último toro de la feria y lo encara cruzado y muy asentado, muy serio, siempre en el sitio, pasando al toro incierto con valor y limpieza por momentos, pero una plaza acostumbrada a jalear sólo al toro fácil que da vueltas, reacciona con tibieza y todo lo acaba de enfriar un inoportuno bajonazo.




El cinco de junio, en el décimo aniversario de las cuatro orejas que el José Tomás verdadero cortó en Madrid, volvía a la feria la corrida de José Escolar, un punto menos encastada que en comparecencias anteriores, lo cual conduce directamente a una mayor toreabilidad de la que no se enteró del todo la terna de honestos profesionales que vinieron con el traje de gladiadores empeñados en plantear como Rafaelillo una pelea crispada, cuando al menos un toro en cada lote, permitía otra relajación. Por momentos, la encontró Fernando Robleño en el segundo ante el que se estira con gusto por ambos pitones aunque no termina de redondear la faena entre desarmes y caídas. Bolívar deja escapar el lote de la tarde. El tercero se va sin torear, por no decidirse a pisar el terreno a su boyantía por el pitón izquierdo. Le pasa lo mismo con el sexto, el toro de la corrida, Chupetero de nombre, cuya bravura no tapa en el caballo como sucedió el resto de la tarde y lo deja ver de largo para luego sólo brillar con la muleta en una buena serie de naturales, pues no se atreve a seguir en ese son en veinte pases más que son los necesarios para triunfar en Madrid. En el resto de la faena no encuentra el acople que es imposible si se torea por las afueras a este tipo de toros y buscando el impacto en la grada se tira literalmente sobre el morrillo como si lo hubiera hecho sin muleta pero ni por esas, porque a pesar de cobrar la estocada arriba tras el revolcón, se demora con el descabello. La tarde dejó también los espectaculares pares de banderillas de Fernando Sánchez y un peculiar tercio de varas de Félix Majada en el sexto, en el que marra varias veces y cuando se marcha por el callejón, derrotado y medio descabalgado, en su figura se ve la sombra de John Wayne regresando a su rancho tras pelearse con los malos.

Chupetero

Siguiendo con la costumbre que implantaron los choperitas, la empresa incrusta la corrida de la Beneficencia en medio de esta última semana, acaso para que los aficionados descansemos de tantas emociones y volvamos a la monotonía del toro convencional. Con los seis de Alcurrucén de esta tarde, los hermanos Lozano sumaban una nueva oportunidad de realzar la categoría del encaste Núñez que tantos triunfos ha brindado a sus matadores en Madrid. Tras catorce toros en la feria, sólo el del Juli mantuvo el honor de la divisa. Los de la Beneficencia mansearon más de lo acostumbrado y sólo llegaron con castita a la muleta primero y sexto. Antonio Ferrera no puede con ninguno de sus toros. El primero embiste como un tren por el izquierdo y al intentar la ligazón, al torero el corazón no le responde y prefiere la seguridad del unipase. Luego consigue alguna fase más compuesta cuando el toro pierde pujanza. Perera sigue en su línea de aburridor pegapases y adalid del destoreo. Cómo sería la cosa que hasta el Rey emérito, presente en la corrida, abandona el palco en busca del canapé durante la lidia del quinto. Ginés Marín sortea el lote de la corrida. Al nobilísimo tercero lo lidia con buen aire a la verónica, y tras una larga muy vistosa para ponerlo en suerte, Guillermo Marín, el padre del muchacho, completa un buen tercio de varas. El hijo desarrolla una faena aseadita con mayoría de pases insustanciales salvo una serie al natural casi en el sitio. Cuando el toro se apaga recurre a las bernardinas para buscar la enésima oreja barata que consigue por cortesía del palco a pesar del pinchazo previo a la estocada. El sexto acude con movilidad a la muleta y Ginés le plantea la pelea en la distancia pero nunca se acopla a su viaje, toreando muy despegado a un toro que tampoco se come a nadie, sin desplegar la ambición necesaria para reventar una puerta grande claramente entreabierta por la dadivosidad del público y las connotaciones festivas de la tarde.

Metidos ya en el tramo final de la feria, la capacidad inventiva de Simón da una última vuelta de tuerca para revisitar en la feria los desafíos ganaderos que ya ensayó en el otoño pasado con resultado feliz que esta vez no se repite. La cosa empieza regular porque a la ganadería de Rehuelga sólo se le aprueban dos toros en el reconocimiento y se tiene que completar la corrida con uno más de Pallarés. El asunto tendría arreglo si en este cuatro contra dos pasara como en el colegio cuando se echaba a pies para formar los equipos y a los mejores jugadores no les importaba ser menos y hasta se chuleaban dándote varios goles de ventaja para acabar siempre ganando. En este caso, los Rehuelgas venían precedidos de la fama del año pasado pero su casta se apaga más allá del primer tercio. El único desafiante que destacó de verdad fue Turquesito, un gran toro de Pallarés al que Iván Vicente, tras un buen tercio de varas de su hermano Héctor, le presenta batalla en una enclasada apertura de faena por ayudados por bajo torerísimamente rematados por un cambio de mano en el que lleva al toro bellamente toreado hasta detrás de la cadera. La desilusión viene después cuando el torero no vuelve a meterse en el terreno del toro nunca más, tomando partido por la estética de la apariencia antes que por la ética de la verdad. En el polo opuesto nos imaginábamos el planteamiento de Javier Cortés, tras su gran tarde del dos de mayo, que nos hizo apuntar esta fecha como una de las más ilusionantes del abono. Javier lo intenta de verdad con el segundo en una primera serie muy cruzado sin perder terreno en la ortodoxia que nos gusta. En la segunda tanda por la derecha, la casta recrecida del toro desborda el mando habitual de su muleta y en el cambio de mano para el de pecho, el toro lo acosa y lo desarma y sobrevuela por la plaza el recuerdo de su cogida en la corrida goyesca, en idéntica circunstancia. A partir de ahí ya no vuelve a dominar la embestida y la faena decae, como su ánimo. El sobrero de Marca que casi convierte la tarde en un concurso de ganaderías, es imposible y el torero poco puede hacer salvo cobrar una fea voltereta y justificarse entre los pitones. Javier Jiménez vuelve a estar anodino y ayuno de calidad. Destacan sin embargo en su cuadrilla, el buen hacer de siempre de José Chacón y Agustín Romero picando al sexto.

Turquesito
En el último fin de semana, el desafío del encaste Albaserrada se plantea una vez más entre los primos depositarios de la herencia del patriarca Victorino, y en esta ocasión el vencedor por goleada es Adolfo. Dentro de una corrida muy agresiva e irreprochable de trapío, echa un toro de premio, Chaparrito, que tiene faena para reventar la feria y comprarse la finca. Pepe Moral se estira con largura y buena técnica por el pitón derecho, un poco al hilo pero con exquisito temple en cada pase y alcanza la cumbre al natural en muletazos excelentes, en el sitio y bien rematados. Cuando todo está embalado para que por fin el torero se rompa con el toro, se olvide de todo y se abandone en busca de la gloria, cambia de mano, baja el nivel y lo superficial se impone al arrebato que hubiera convertido un triunfo menor en la tarde de su vida. Ángel Sánchez es el único matador que toma la alternativa en el ciclo y su apuesta se ve clara en la manera de recibir de capote al toro del doctorado, dándole todas las ventajas hasta resultar revolcado. Después, nos hace recordar sus tiempos ilusionantes de novillero con una buena faena, cargando siempre la suerte, que no va a más porque el toro se apaga. El cuarto es demasiado complicado para su tierno oficio y el sexto requiere una técnica depurada que no ofrece una muleta todavía con poco mando. Su padrino, Manuel Jesús, el Cid, quedó inédito en la tarde, al ser corneado por el peligroso segundo, que le cazó cuando iniciaba la faena de muleta.

Chaparrito

Y de postre, Victorino, un postre que cada vez lleva más azúcar lo cual no es bueno para nuestra provecta edad. Año tras año, la cosecha del hijo se impone a la siembra del padre al que imaginamos renegando desde las alturas al ver a un toro marcado con la A coronada dejarse pegar varios pases cambiados por la espalda como si Escribano fuera Belmonte tocándole a un Miura el pitón. Sólo faltó el circular invertido para que el paleto rompiera a llorar como entonces hizo Don Eduardo. Las expectativas de la tarde finalmente se reducen a la faena de Paco Ureña al segundo toro, seguramente la más emocionante de las que el lorquino ha hecho nunca en Madrid. El torero comparece en la corrida de la prensa con varias vértebras rotas a causa de un percance con una vaca sucedido por quebrantar la máxima del maestro Chenel de no torear nunca en el campo en fechas de máximo compromiso. Tras el consabido brindis a Felipe VI, que vino a cumplir con el trámite de todos los años y escuchó más vivas a su persona que las que oirá durante la próxima pascua castrense, se dirige al toro sin los aspavientos de otras tardes, como si la procesión que iba por dentro le transportara a una seriedad y a una economía de movimientos que resolvió en autenticidad y ceñimiento. Sin perder nunca un solo paso, las series se suceden con clasicismo y naturalidad, transportando a la plaza la conmoción verdadera que provoca la hondura en el toreo. Después de tanta excelencia, se amontona en una última serie innecesaria y mata al toro mal como acostumbra, pero la frustración de la puerta grande no nos amarga la fortuna de volver a encontrar, casi en el último minuto de este mes de toros en Madrid, el clamor de los olés roncos de Las ventas, el espectáculo magnífico de compartir con veinticuatro mil almas, la inigualable comunión del toreo puro.

Se anuncian obras en las Ventas con el oscurantismo habitual que reserva la administración para estos casos en los que nadie sabe qué será de su sitio a la vuelta del verano. Con el pretexto de la mejora de la seguridad se pretende configurar un coso multiusos para que los ingresos ajenos a los generados por las corridas permitan mejorar la cuenta de resultados de la empresa, siempre más interesada en la cosa del jolgorio que en la lidia de reses bravas. La disminución de los espectadores en esta feria ha sido evidente y la imagen de los tendidos la mayoría de las tardes recordaba las isidradas anteriores a la eclosión que supuso la aparición de Chopera en los ochenta.
      
En cualquier caso, si existiera alguna posibilidad de ganar adeptos para nuestra causa, no es la degradación del rito el camino adecuado. Es preciso defender la singularidad de la tauromaquia como arte supremo que se destaca porque en la búsqueda de la belleza, se pone en juego la propia vida. Frente a la simulación del combate de la existencia representado en el resto de las artes, en el acto taurómaco debe trascender la verdad que subyace en la presencia de la muerte al fondo de cada muletazo. Sin esa inminencia, se banaliza el juego, sin las señas de identidad de la pujanza del toro y la pureza del rito, la corrida queda degradada a un sacrificio vacío y sin sentido. Por el camino de la domesticidad progresiva del toro de lidia, se abre paso el triunfo del buenismo animalista, cuyo antídoto es el contrario al que ahora pretenden algunas iniciativas erradas que aceptan la visión del enemigo y persiguen la dulcificación del espectáculo, huida hacia adelante en busca de la corrida incruenta, como si la ocultación de la crudeza intrínseca a la lidia de reses bravas fuera la panacea contra la proscripción definitiva de nuestra idea. Puede que la suerte esté echada y el porvenir nos conduzca hacia la ineludible distopía de una tauromaquia sin sangre, donde el espectáculo que fue glorioso sobreviva humillado en un mundo en cuyos ríos se perseguirá a los pescadores como genocidas y en el que se habrá abolido el chuletón. Entonces resultará ya imposible reeducar a la gente en la idea de que el verdadero maltrato consiste en tratar al animal de una manera distinta a la que exige su naturaleza, y acabaremos contemplando, si todavía nos dejan, el esplendor del toro de lidia confinado en un zoo.  

El futuro de la fiesta