jueves, 19 de octubre de 2017

Y SI HABLA MAL DE ESPAÑA ES ESPAÑOL


Barcelona, ocho de octubre

Para confirmar la españolidad de Cataluña, tenía que ser un catalán el que escribiera los endecasílabos que definen a la perfección la peculiar idiosincrasia nacional: “Oyendo hablar a un hombre, fácil es/acertar dónde vio la luz del sol:/si os alaba a Inglaterra, será inglés,/si reniega de Prusia, es un francés,/y si habla mal de España, es español”. Joaquín Bartrina nació en Reus en 1850 y ha pasado a la pequeña historia de la literatura por hallazgos tan agudos como éstos y por alguna que otra recomendación con retranca que deberíamos haber seguido a pies juntillas en estos días de desafueros e indignación: “Si quieres ser feliz como me dices,/no analices, muchacho, no analices”.

Es difícil abandonar la infelicidad cuando se asiste a diario a la estrategia del movimiento independentista, consistente en inventarse una represión de cartón piedra articulada desde un nacionalismo español que ya no existe. La herencia lamentable de los desmanes del franquismo nunca se disipó del todo y permaneció instalada en esa mirada sospechosa que todos hemos lanzado alguna vez al que llevaba la pulsera con la banderita, a quien se emocionaba demasiado con un himno tantas veces maltratado por quienes no consentirían la más mínima agresión a sus símbolos. Han tenido que pasar cuarenta años desde la muerte del dictador para que el españolito atacado por los nacionalistas que hacen peligrar su bienestar, se sacuda los complejos de la rojigualda y no necesite que la selección gane un mundial para echarse a la calle a defender su dignidad. Del mismo modo que se atribuye a Rajoy la virtud catártica de fabricar separatistas a puñados, tendremos que agradecer a Puigdemont haber convertido el "Que viva España" en nuestra particular marsellesa, a falta de otras letras más elevadas con que resistir a la opresión de las mentiras.

Entre los analistas políticos que presumen de lecturas se ha puesto de moda citar a Marx, que parecía pensar en nuestras cuitas cuando dijo aquello de que en la historia, las tragedias del pasado suelen regresar repetidas como farsa. En nuestro caso, el drama catalán de un presidente sublevado y  encarcelado por la república, al que Franco no tuvo mejor idea que ascender a la categoría de mártir, ha devenido en comedia pasada por el tamiz de otro Marx, Groucho, si no le gustan mis principios tengo otros. Si la Constitución que prometí cumplir a cambio de que se me concediera el mayor nivel de autogobierno que soñar pudiera una región, ya no me gusta, me invento otra en la que la parte contratante de la primera parte organice un referéndum con las cartas marcadas, el censo mancillado, las urnas violadas. A continuación es preciso magnificar en las redes cuatro excesos policiales para legitimar la falta de garantías, asumir un mandato popular espurio y declarar la independencia en diferido para que un gobierno central desconcertado se pierda en el galimatías de esta revolución de las sonrisas que pretende jugar a ser Eslovenia sin pegar un solo tiro.

Detrás de todo este bochorno vestido de un buenismo pacifista que nos vende el cuento del diálogo entre iguales y de la hermandad con el resto de los pueblos del Estado, se esconde en realidad el peor de los supremacismos, hijo de la insolidaridad y la xenofobia, y la pretensión apenas escondida de que un ciudadano de Vic siga viviendo mejor que uno de Cuenca. Al final, de entre la fronda de palabras huecas sobre el hecho diferencial y los derechos históricos de Cataluña, se destaca irrefrenable el permanente afán por sacar tajada y seguir medrando en el enredo interminable del “procés”, que de momento sirve para garantizar la tibieza de un gobierno atenazado por las sucesivas apelaciones al victimismo de los que siempre considerarán fascista la aplicación estricta de la ley.

Creíamos que tras el 78, la Constitución nos libraría del estigma que el guerracivilismo dejó en nuestro inconsciente colectivo, pero nos equivocábamos. No ha sido suficiente el trascurso de un par de generaciones para que se instale en nuestros usos el hábito democrático, el respeto a las minorías, la tolerancia frente a las opiniones de los demás, para que nuestro sistema se afiance sobre una efectiva separación de poderes, que hubiera impedido a los trileros de guardia cometer la obscenidad intelectual de llamar presos políticos a los imputados por sedición. Mientras la manipulación avanza, la mayoría parlamentaria española se apresta a salir de esta crisis abordando una reforma constitucional como mal menor que aplaque por un tiempo las ansias nacionalistas, a cambio de seguir entronizando en el texto futuro la desigualdad de los ciudadanos españoles en función del territorio en el que tengan la fortuna o desventura de residir. Claro que entonces será el pueblo el que tenga la palabra definitiva para decidir con su voto en un referéndum de verdad, si quiere ser tratado como soberano de su destino o se conforma con sacar de vez en cuando la bandera a pasear.  

Distintos grados de españolidad

viernes, 6 de octubre de 2017

DISTOPÍA CATALANA


El aire es limpio en Barcelona esta mañana. El paseo de Lluis Companys luce espléndido y sería un placer transitar la imponente avenida, si no fuera porque la presidenta del legislativo hiere la belleza del entorno con una arenga estridente que enardece a las masas reunidas frente al Palacio de Justicia. Hasta el Arco del triunfo que en otro tiempo simbolizó el progreso de esta ciudad, llegan voces que hablan de afrentas al autogobierno y secuestro de cargos públicos, agravios a la voluntad popular que se suceden mientras el Parlamento yace clausurado en la cercana Ciudadela.

Amanece en Rambla de Cataluña y los radicales que cercan la Consejería de Hacienda mientras la comisión judicial la registra, hostigan a los medios de comunicación nacionales al tiempo que reclaman libertad de expresión. Las autoridades catalanas se quejan de la situación de excepción perpetrada por el Estado español, que sin embargo permite concentraciones permanentes en la vía pública que impiden a la Guardia Civil abandonar el lugar con decoro. El titular de la Consejería prodiga circunloquios ininteligibles por las tertulias sobre la falta de vigencia en Cataluña del ordenamiento jurídico español, al que sigue acogiéndose para recibir los fondos del Estado.

Los estudiantes ensayan movilizaciones contra el sistema en el edificio histórico de la Universidad. Hace un siglo que Josep Pla abandonó estas paredes. El vacío que entonces le producía el Derecho mercantil se llena hoy con aprendidas soflamas que permiten a las víctimas de la “logse” jugar a la revolución. Cientos de niños en edad escolar cruzan la vecina Plaza de Cataluña. La excursión programada para recorrer los escenarios de una novela de Marsé, ha sido sustituida por el adoctrinamiento sobre el terreno que garantiza un futuro de mayorías estables al servicio de la causa independentista.

Hasta el abigarrado roquedal de Montserrat llegan los ecos de homilías que ilustran al feligrés sobre la conculcación de sus derechos. La Conferencia Episcopal permite a su filial catalana amparar a los fieles frente a la represión del Estado y apela al diálogo entre los partidarios de hacer cumplir la ley y los decididos a quebrantarla. La Iglesia Católica, en su magnánima misericordia, está obligada a socorrer a los héroes del nacionalismo que se acogen a sagrado, en estricta aplicación de la bienaventuranza que promete el reino de los cielos a los perseguidos por la justicia. La Moreneta sigue sonriendo en su abadía.
       
La mañana del domingo ha empezado antes de lo normal en el Ensanche. Por la magnífica cuadrícula de calles que envuelve al colegio Ramón Llull, las familias concienciadas de la burguesía nacionalista enarbolan papeletas para ejercer el derecho que un presidente insensato les ha vendido como la panacea de la felicidad. Quieren expresarse en una consulta prohibida en la que el censo es ilegal, el voto no es secreto, y no existe Junta Electoral para garantizar el recuento. La policía judicial representada por los Mozos de Escuadra incumple las órdenes que tenía y no cierra los centros de votación. La Policía Nacional y la Guardia Civil los sustituyen en ese empeño y cargan en algunos puntos contra los que se oponen a la acción de la justicia. La salvaje represión concluye con cuatro heridos hospitalizados y no evita que más de dos millones de personas voten finalmente. El gobierno español dice que no ha habido referéndum. Quizá por eso, nadie detiene a los cabecillas de la sedición. El gobierno catalán proclama la victoria del sí a la independencia con el noventa por ciento de los votos y anuncia que esos resultados legitiman la aplicación de las leyes suspendidas por el Tribunal Constitucional. La mayoría del pueblo contempla el espectáculo desde su casa.  

Tal día como el de este domingo, en 1936, Francisco Franco fue proclamado Jefe del Estado. El primero de octubre es una fecha proclive en la historia de España para el triunfo de la deslealtad. 


lunes, 2 de octubre de 2017

EL TOREO EN LA ENCRUCIJADA


En estos últimos tiempos en los que la moda televisiva apuesta por los debates espectáculo en donde lo que menos importa es hallar luz en el conflicto abordado, el tema preferido para la discusión grandilocuente y el griterío sin sentido suele ser la tauromaquia, que exacerba las opiniones de los tertulianos sin que exista posibilidad alguna de entendimiento entre los bandos. Tratar de convencer a un animalista de la excelsitud de las sensaciones que puede provocar una media verónica es un imposible metafísico de igual magnitud que intentar persuadir a un servidor sobre las bondades de los tanatorios para mascotas. El aficionado a los toros nunca empatizará con el sufrimiento animal porque lo considera una parte natural de la existencia como lo es la muerte, telón de fondo sobre el que se construye la representación taurómaca que puede ser cruel, como la vida. Los antitaurinos, en cambio, no soportan ese lenguaje entre el toro y el torero, en el diálogo en el que el taurófilo construye una historia de sacrificio y grandeza sólo ven barbarie. No hay metáforas que puedan anular una sensibilidad basada en el aplazamiento de la muerte, camino de una arcadia feliz en la que la humanización de los animales provoca escenas bufas tales como la del activista iluminado saltando a un ruedo como acción de protesta, que acaba siendo volteado por un Miura que no entiende de derechos. La incomprensión del escenario es tal que quizá el animalista se esté preguntando ahora por qué los toreros presentes esa tarde a los que acusó alguna vez de asesinato, acudieron prestos a socorrerlo.

El desencuentro entre ambos mundos impide cualquier posibilidad de  entendimiento y los derroteros de una sociedad cada vez más infantilizada y hedonista nos conducen a un futuro en el que el proselitismo taurófilo es una quimera. La imagen de los tendidos yermos de las Ventas durante los desafíos ganaderos que han precedido a la Feria de Otoño nos habla de un horizonte complicado para volver a sembrar interés por un espectáculo demasiadas veces malbaratado al servicio del empresario de turno. Los esfuerzos de Simón Casas por cerrar el año apostando por el toro de respeto, no han servido para disfrazar la realidad de una temporada con las ganaderías de siempre hundiendo con su vacío la mayoría de los carteles. La fórmula del tres y tres que ha permitido traer por fin a Madrid las vacadas que más casta han derramado por el albero de las Ventas en los últimos tiempos nos deja con la miel en los labios y con la melancolía de imaginar un mundo perfecto en el que Saltillo, Palha y Escolar lidiaran en la primera plaza del planeta lo mejor de su camada en lugar de comparecer ante nuestros ojos solamente a tiempo parcial.  

Para medir la bravura del ganado en las tres tardes de desafío, Don Simón dibujó en el ruedo un corralito virtual que en homenaje a los triunfos de Gasol y compañía, parecía una zona de baloncesto en la que los lidiadores debían aparcar al toro para que en el primer puyazo entrara a canasta apoyándose en el tablero, en el segundo iniciara el trote desde la posición del tiro libre y en los sucesivos envites, intentara el triple casi desde los medios de la plaza. Si bien es verdad que hubo pocas canastas de larga distancia, debe decirse que el experimento sirvió para que los toreros se esforzaran en llevar a cabo una lidia más ordenada que de costumbre y fue una gloria comprobar cómo las cosas pueden hacerse bien a poco que uno se empeñe y abandone la norma de la carioca y el toro puesto en suerte de cualquier manera. A partir de ahí, destacaron especialmente varios toros que defendieron con su casta, el honor de su divisa. Joaquín Moreno Silva salió triunfador del primer desafío frente a los gracilianos de Juan Luis Fraile y regaló a la afición venteña dos Saltillos de nota, el primero de los cuales, de nombre Gallito para mayor gloria, tomó nada menos que cinco puyazos, cuatro en el corralito de Don Simón y uno donde el picador hacía puerta, y para demostrar al respetable que en materia taurómaca no hay que pontificar, cuando todos ya anotaban su segura mansedumbre, acudió a un quinto puyazo, empujando con fijeza como mandan los cánones de la bravura, recargando de firme, el rabo enhiesto y la cara abajo. Después, en el último tercio, siguió embistiendo como un tren a la muleta que José Carlos Venegas movió con compostura en las dos primeras tandas por la derecha en las que sometió el viaje vibrante del Saltillo, antes de que todo se diluyera al cambiar de mano, lo cual no impidió que cortara una oreja como viene sucediendo últimamente en Madrid, en donde no importa que una faena vaya de más a menos para que los tendidos se pueblen de pañuelos si la estocada es efectiva. El otro buen Saltillo de la tarde atendía por Temeroso y tuvo la mala suerte de que Pérez Mota no se atreviera a dar nunca el paso adelante para hacer de su encastada embestida el acontecimiento de la temporada. En cambio, Octavio Chacón dejó ganas de volver a verle en cuatro detalles de gusto y sabiduría lidiadora con el percal ante el peor lote de la tarde.

En el segundo de los desafíos, se destacó sobre la tarde un gran toro de Palha de imponente trapío, Asustado de nombre y negro de capa, que Gómez del Pilar lució con generosidad en el caballo de su buen picador. Pese a haber sido derribado en el primer encuentro, “El Patillas” no se ensañó en los otros dos puyazos y el animal llegó con pujanza a la muleta que el madrileño no se atrevió a dejarle en la cara para no tener que afrontar esa complicada apuesta que significar ligarle cuatro pases seguidos a un toro encastado a cambio de un posible triunfo pero a despecho de la propia integridad física. La faena transcurrió anodina pero como la estocada fue fácil, sus partidarios pidieron una oreja que el presidente con buen criterio, no concedió. La sorpresa de la tarde la trajo Javier Cortés, al que no veíamos desde su etapa de novillero. Aquel muchacho pundonoroso se ha convertido hoy en un matador a seguir, ortodoxo en las formas y poderoso con la muleta, que maneja desde el sitio de la verdad. Antes de que su segundo toro se parara, le enjaretó dos series de naturales plenos de majeza y citando desde la distancia que llenaron de frescura el maltratado ruedo de las Ventas.

Para el tercer desafío, la empresa propuso un homenaje al encaste Albaserrada enfrentando a los victorinos de José Escolar con los buendías de Ana Romero y aquello fue una fiesta de toros guapos de irreprochable trapío. El lote de la tarde lo sorteó Luis Bolívar que por momentos se acordó de aquel joven ilusionante al que le acabó pesando demasiado la responsabilidad de ser designado heredero del cetro de Rincón. No se comprometió con el dije cárdeno de Ana Romero al que pasó de muleta sin apreturas y lo intentó de verdad con Matajacos II, el toro de la tarde, un Escolar hondo, bravo y encastado al que lució en los medios con generosidad, creyendo quizá que estaría a la altura de su embestida vibrante, lo cual sólo ocurrió en un par de naturales instrumentados como mandan los cánones del toreo clásico, antes de cambiar de mano para aliviarse de la tensión que para un torero poco placeado debe suponer permanecer en el sitio donde los toros cogen. Un sitio que ni Iván Vicente ni Alberto Aguilar siquiera osaron pisar, el primero tapando con sus elegantes maneras su falta de predisposición para estas batallas y el segundo, dejando claro que su tosquedad en el manejo de las telas no es la mejor herramienta para enfrentarse a este tipo de compromisos. 

Dejados atrás los desafíos, la Feria de Otoño nos hizo regresar abruptamente a la cruda realidad de las vacadas de siempre y a la fiesta inane del toro descastado, la lidia sin contenido y el triunfo de cartón piedra. Sólo Fuente Ymbro se contagió un tanto del vendaval de casta de las corridas precedentes y volvió por sus fueros con tres toros interesantes que ofrecieron el triunfo a Joselito Adame y sobre todo, a Román. El mexicano ofreció una versión algo menos retorcida de su repertorio y hasta se llegó a relajar con gusto corriendo bien la mano en un par de tandas muy reunidas pero terminó pasándose al lado oscuro del cite en la pala y el escondite tras la oreja del toro. Román volvía a Madrid tras su último triunfo en esta plaza en el que abrió la puerta grande el día de la Paloma y a punto estuvo de lograrlo de nuevo con dos faenas vulgares salpicadas sin embargo de momentos de toreo caro. En su primer toro, se dobló con gusto en la apertura para desplegar después un toreo deslavazado y por las afueras que empezó a calar en el público cuando en un cambio de mano para seguir toreando con la izquierda, se quedó en el sitio y cobró la voltereta. El torero vendió su mercancía y tras el consabido final por bernardinas y un espadazo defectuoso del que salió trompicado y perseguido, arrancó una orejilla de la que nadie recordará nada el mes que viene. Al segundo le enjaretó sin probaturas dos tandas de naturales estimables, dos de ellos de cartel de toros de los de antes, modelo de naturalidad vertical ejecutados con irreprochable ceñimiento en el sitio de torear. Cuando todo parecía embalado hacia el triunfo grande y unánime, siguió con la derecha por la senda de la vulgaridad de todos los días, dejando la sensación de que o no se enteró de que esos pases de oro molido eran el camino correcto hacia la gloria o se enteró perfectamente y optó por un camino más cómodo sin tanta exposición, pues a pesar de todo, si no llega a fallar con la espada le corta otra oreja y abre de nuevo la puerta grande.

Demasiados toros del Ventorillo y del Puerto de San Lorenzo a mis espaldas a lo largo de las últimas temporadas en Madrid, consiguen el efecto de poder ver las corridas de las que uno tiene que ausentarse. Leyendo las crónicas de esas tardes en los medios triunfalistas al servicio de la decadencia de la fiesta y escuchando a los compañeros de abono sobre lo realmente ocurrido en el ruedo, uno se hace una perfecta idea de que sigue sin haber un solo novillero en el escalafón que enarbole la bandera de la regeneración del toreo y de que en la tarde triunfal de Perera el único momento verdaderamente emocionante fue su imagen en hombros alzando la bandera española.

La incomparecencia por cogida de Antonio Ferrera, anunciado dos tardes como base de la feria, fue resuelta por la empresa depositando esa responsabilidad sobre los hombros de Paco Ureña, que lleva las últimas temporadas pidiendo matar seis toros de Victorino en Madrid por ver si consigue abrir su ansiada puerta grande. La verdad es que la coyuntura puso en sus manos cinco toros y sólo dio la talla por momentos, ofreciendo una imagen de torero confuso sin personalidad definida. El destino le deparó en primer lugar un torete feo y flojo de Núñez del Cuvillo que iba y venía sin malicia y sólo le hizo el toreo al final de una faena sin fuste que terminó con ayudados por alto de sabor añejo y un lentísimo pase de la firma de remate que le bastaron para conseguir la oreja. Cuando todo parecía embalado hacia el triunfo le salió uno de esos Cuvillos revirados, que no se comen a nadie pero piden muleta firme y temple de acero pero Ureña se amontonó con él y no supo resolver los problemas de una embestida que a cada enganchón hacía más complicada la empresa del triunfo. El lorquino acabó la tarde desnortado y volteado, y un día tendrá un disgusto serio por su costumbre de quedarse en la cara del toro al entrar a matar para asegurar la estocada, casi dejándose coger como aquella vez que desesperado tras una tarde aciaga, Belmonte se arrojó a los pitones de un novillo y luego se metió a albañil. Con la de Adolfo Martín, que volvió a Madrid para dejar patente el descastamiento progresivo de su ganadería, estuvo sin ideas toda la tarde, sin decir nada con el fácil y exponiendo mucho ante el difícil, transparentando en el ruedo que su proyecto de toreo no termina de afianzarse, y corre el riesgo de caer en el precipicio de los toreros estimables que se perdieron dejando un rastro triste de promesas incumplidas.

Otros matadores anduvieron por la feria dejando para las crónicas sucesivos capítulos del toreo moderno, esa lacra que tiene más peligro que el animalismo y amenaza con demoler hasta las cenizas los fundamentos del rito que hizo de esa fiesta una pasión. Cómo estará la cosa que en el transcurso de la temporada nadie ha sido capaz de superar los dos naturales y el cambio de mano con que Pepe Luis Vázquez perfumó la tarde en que reapareció en Illescas, allá por marzo. Dicen que el año que viene seguirá toreando. Ya tenemos clavo ardiendo al que agarrarnos para transitar la invernada.


jueves, 21 de septiembre de 2017

CATALUNYA ÉS MEVA

No es esto, no es esto. El quejido orteguiano aturde el cerebro mientras asistimos a la asonada parlamentaria. La chapuza perpetrada por las fuerzas independentistas parece diseñada por servicios de inteligencia enemigos empeñados en hacer fracasar el procés, despeñándolo por el precipicio de la ilegalidad. La estrategia nacionalista por fin se concreta en el rostro fanatizado de Forcadell. La Presidenta del Parlament sublevado se sacude la bota del Estado oprimiendo a las minorías. El asalto a la ley es tan burdo que hasta Coscubiela parece Cicerón clamando contra la tiranía. Iceta, Albiol y Arrimadas, ese trío imposible de próceres, delegan en portavoces de medio pelo la refriega reglamentaria y posponen su catilinaria inútil para cuando ya no hace falta. Las sonrisas de Puigdemont y Anna Gabriel anticipan una nueva versión de totalitarismo practicada sin dejar por un momento de pronunciar la palabra democracia.

Pero votar en contra de la ley no es democracia y aprobar la sinrazón por mayoría no convierte el exabrupto en razonable. Hasta un estudiante de primero de derecho sabe cuál es el procedimiento para cambiar las normas pero los rebeldes siempre prefirieron un choque de trenes en el que el humo de la locomotora fuera tapando el hedor de su propia corrupción política y moral. No era tan difícil esperar en la estación a que la podredumbre del gobierno central se manifestara definitivamente y un nuevo escenario político les permitiera atisbar su quimera, pues hace tiempo que la izquierda parlamentaria dejó de considerar incompatible con su historia y su ideario amparar pretensiones nacionalistas, defender propuestas insolidarias, abolir la igualdad de todos los españoles en el territorio nacional.

Resulta increíble contemplar cómo ha podido llegar hasta aquí un argumentario sostenido por un cuento inventado sobre la Guerra de Sucesión y el manido recurso a las bajas pasiones del Espanya ens roba. La tergiversación de la historia apenas da para jugar a la revolución contra otro Felipe y clamar en el Camp Nou en el minuto 17:14 del partido frente a un un imaginario ejército borbónico al que el General Messi esta vez sí derrotará, antes de emigrar para no tener que jugarse la liga contra el Hospitalet. La falacia independentista no se sostiene de puro zafia por más que la vistan con románticos ropajes de desobediencia civil contra instituciones carcomidas por la incuria de un sistema perfectible. 

La falta de calidad democrática de las estructuras del Estado no justifica su rompimiento, sobre todo si hasta hace cuatro días, los mismos que ahora se disfrazan de adalides de las libertades del pueblo, medraban para apoyar al gobierno de turno y conseguir su cuota en las instancias judiciales de las que ahora reniegan. El Estado de Derecho es un refugio agrietado que puede seguir cobijándonos frente a la ignominia de quienes pretenden reducirlo a escombros. En el entretanto, haría bien la vicepresidenta en abstenerse de citar espuriamente a Montesquieu para defenderse de la imagen de Rufián blandiendo impresoras, la enjundia del debate parlamentario definitivamente rebajada al nivel de una sucesión de tuits sin ingenio. Se avecinan espectáculos lamentables como el de los alcaldes sediciosos haciendo pública ostentación de su voluntad de violar la Constitución que prometieron cumplir, degradando el lema del No tinc por a la categoría de eslogan publicitario que lo mismo sirve para el roto de un atentado terrible que para el descosido que pretenden en nuestra sufrida piel de toro.

La osadía jurídica de los diseñadores de la farsa les lleva incluso a sostener en público que el Derecho Internacional es la legislación vigente en Cataluña. La comedia se completa con el fingimiento de un atropello del que pretenden defenderse acogiéndose al derecho de autodeterminación que Naciones Unidas diseñó para el amparo de territorios ocupados con violencia. El hecho diferencial que siempre se utilizó para sacar tajada de gobiernos débiles, en realidad consistía en sucesivos ataques de victimismo frente a un neocolonialismo inexistente, al tiempo que se protesta contra un estado de excepción imaginario desde una manifestación libre que nadie reprime.  

Cuando hace siete años se prohibió la tauromaquia en Cataluña, no fueron muchos los que se sintieron concernidos por semejante desafuero y tuvo que pasar más de un lustro para que el Tribunal Constitucional anulara aquella ley que invadía competencias del Estado. Casi un año después, nadie se ha atrevido a organizar allí un espectáculo taurino y las plazas de toros se utilizan ahora para montar aquelarres independentistas. La presencia de Otegi en la diada era el inicio de la batasunización del ambiente, monstruo bifronte cuya cara amable nos muestra a los radicales de la CUP escrachando con flores a la Guardia Civil, mientras su reverso siniestro se encarga de señalar a los servidores de la ley para que permanezcan en el redil de la mayoría silenciosa, so pena de portar para siempre el estigma del botifler


Como escibe Serrat en una de sus canciones seria fantastic que arribés el dia del sentit comú, que Pedro Sánchez no siguiera de perfil en este asunto, que Rivera olvidara los gestos para la galería, que Pablo Iglesias no considerara presos políticos a los que cometen malversación de fondos y Rajoy mantuviera su compromiso con la ley más allá de estos días convulsos y respondiera de una vez por la corrupción de su partido. Hasta que llegue ese futuro improbable, el principio de legalidad debe impedir que al pueblo español se le despoje de su condición de sujeto de soberanía sobre una parte de su territorio. Nadie nos puede privar de la fortuna de seguir sintiendo a Cataluña como propia. Catalunya és meva, també.

martes, 5 de septiembre de 2017

LA CONJURA DE LOS BOLARDOS

De todas las manifestaciones de la mezquindad del alma humana, la más inexplicable es la ingratitud. Tratar de comprender el mecanismo mental que lleva a un joven musulmán nacido en Cataluña, a practicar la yihad contra su tierra de adopción es una tarea que conduce al absurdo. Se cría en un entorno amable en el que las manifestaciones hostiles contra su raza son anecdóticas, crece en un ambiente en el que los poderes públicos promueven su integración con todo tipo de medidas de asistencia social, disfruta de oportunidades sanitarias y educacionales inalcanzables en su país de origen y un buen día, es captado por un psicópata disfrazado de líder religioso que le adoctrina en el victimismo y en el arte de la guerra santa contra sus vecinos de escalera. La estupefacción que produce contemplar las secuencias de las horas posteriores al atentado de las ramblas en las que tres de los adolescentes miembros de la célula terrorista compran entre risas la tortilla de patata que será su última cena y luego se procuran hachas y cuchillos con los que después pretenden rebanar el cuello de los viandantes que les salgan al paso, no es superior a la que sentimos cuando nos damos cuenta de que se lanzarán contra ellos porque los consideran cruzados infieles usurpadores de Al-Ándalus.

El origen de esta clase de perversión mental no hay que buscarlo en profundos aparatos ideológicos, sino en técnicas más cercanas al nihilismo sectario que a una sincera fe espiritual. Es cierto que contra esta vuelta de tuerca que activa los cerebros de estos chicos para que conviertan en realidad lo que la mayoría de nuestros hijos se conforma con ensayar de manera virtual en la quimera de un videojuego, es difícil defenderse. Pero la radicalización de estos jóvenes corre pareja con una escasa capacidad logística y operativa que hubiera podido ser prevenida si nuestras medidas de seguridad hubieran sido dispuestas con la profesionalidad y prontitud que demandaba el protagonismo de Barcelona en las soflamas de los fanáticos. Lo prueba el hecho de que la masacre proyectada en Cambrils fue abortada en parte porque los mossos ya se hallaban en alerta. Después hemos sabido que las investigaciones sobre la explosión de la vivienda que alojaba a los asesinos no fueron un ejemplo de lucidez cuando no se ataron cabos tras encontrar en el mismo escenario okupado un número anormal de bombonas de gas, un libro con consignas yihadistas y acetona suficiente para que la madre de satán destruyera los emblemas de la ciudad de los prodigios. Ni siquiera era necesario que servicios de inteligencia foráneos alertaran a los cuerpos de seguridad de una amenaza terrorista sobre las ramblas que ya era de puro sentido común. La endémica descoordinación de nuestras múltiples policías hizo el resto para que se añadiera otro capítulo al libro que se comenzó a escribir a propósito del 11-M.

En todo este tiempo de calma aparente, no parece que hayamos aprendido mucho, y el espectáculo que ya se dio entonces en la explicación de la tragedia se ha vuelto a repetir ahora para bochorno de nuestra credibilidad internacional. El caínismo de nuestro carácter aparece cuando menos hace falta ya sea para buscar culpables en el adversario político o para sacar pecho de nación autosuficiente cuyos líderes no sienten pudor alguno al prodigar baladronadas independentistas en la gestión del atentado. Esos polvos conducen inevitablemente al lodo en el que se convierten las manifestaciones posteriores, manipuladas por actores partidistas más preocupados de mostrar en primer plano su bandera que por honrar la memoria de las víctimas. La espontaneidad de las flores de homenaje y las velas de recuerdo se olvida pronto para dejar paso a la estrategia de las pancartas contra occidente y las esteladas con crespón, de luto por nuestra convivencia.

Si todavía hubiera una brizna de dignidad en aquéllos que para nuestra desgracia lideran las instituciones, suspenderían de inmediato las hostilidades, aplazarían procesos y evitarían desconexiones en un momento como éste en el que nos va la vida en la unidad. La banalidad del mal que se advierte en estos terroristas de última generación corre pareja con las miserias nacionalistas concentradas en hacer creer a la población que la ruptura con España será la panacea contra futuros atentados del mismo modo que antes se identificó a la república catalana independiente con un paraíso improbable exento de corrupción. Ni la certidumbre de la muerte en primer plano es capaz de añadir cordura a un escenario desde el que se siguen realizando grandilocuentes protestas de democracia basadas en el incumplimiento del marco legal que todos nos hemos dado.


Aunque el nacionalismo se cure viajando, los inquilinos de la plaza de San Jaume no necesitan traspasar su deseada frontera para remediar el mal que les aqueja. Les bastaría con atravesar el barrio gótico, alcanzar las ramblas y entregarse al cosmopolitismo que allí se respira, defender la maravilla de ese kilómetro mágico con una trinchera que impida que haya que refugiarse de nuevo en la Boquería, salvo para admirar su belleza. Es más fácil despojarse de la ambición y de las mentiras transitando la alegría que comienza en Canaletas y se asoma al mar en Colón. La conjura de los bolardos se hace más necesaria contra la traición insolidaria que frente a la barbarie indescifrable. Blindar la ley no nos quita libertad si ello nos hace salir indemnes de la violencia y de la demagogia y nos permite seguir disfrutando de la dicha de caminar la rambla despacio y sin medida, sin que dentro de poco tengamos que hacerlo como extranjeros, sin albergar duda alguna de que el bullicio tras la espalda no es más que el murmullo feliz de una tarde de verano. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

LA FERIA DE LOS MILAGROS

En el hipotético podio de las preferencias festivas de los conquenses, la feria de San Julián ocupa un triste tercer lugar, su brillo siempre oscurecido por nuestra atávica pulsión por el banzo y la maroma. En cambio, para el niño que fui, la feria era el gran acontecimiento del año, el último regalo del verano que agitaba los sentidos desde que se atisbaba el mágico baile de los gigantes abriéndose paso entre las carrozas, hasta que llegaba el estruendo de la traca que los amigos corríamos por Carretería para acabar aturdidos por el olor agrio de la pólvora y la decepción del final de la alegría.

La feria de la infancia era sobre todo la algarabía de las atracciones en el “Carrero”, esa extraña banda sonora que atronaba el barrio hasta la madrugada mezclando a los Bee Gees con los Chunguitos, a  Camilo Sesto con Georgie Dann, guirigay incesante al que sólo conseguían imponerse las voces de los hermanos Cachichi y el Terremoto, los tomboleros incansables que año tras año comparecían como modernos predicadores de nuestro “far west” particular. Para hacernos a la idea no andaba muy lejos el barco del Mississipi y podíamos probar en las casetas de tiro nuestra habilidad como pistoleros, intentando acertar a los palillos de dientes con escopetas trucadas. Si el dinero escaseaba, tocaba pasar la tarde en torno a los coches eléctricos y convivir con la fauna habitual que reinaba en la pista conduciendo marcha atrás desde el respaldo del asiento, avasallando a las parejas de chicas indefensas. Si la paga aún daba de sí, era inevitable acabar con el estómago revuelto tras demostrar el valor afrontando el vértigo del vaivén, aunque más de uno se conformaba con las emociones fuertes del tren de la bruja. El final de la noche siempre era dulce si aún quedaba alguna moneda para comprar al menos un vasito de chufas.

La cosa cambiaba si habías logrado pillar una gemela en la hípica. Todavía recuerdo la tarde en que aposté por Yamilo y Latrocinio, y el manojo de billetes que brillaba en mi cartera gracias al teniente coronel Morugán y al Comandante Centenera y a sus recorridos perfectos sin derribo. El concurso hípico provocaba este tipo de milagros como sin duda lo es contemplar cada año a cientos de conquenses discutir sobre baremos y hándicaps, sin saber absolutamente nada de caballos.

La feria de entonces era el insólito crisol en el que podías disfrutar del lanzamiento de barra castellana en las afueras del “poli” y por la noche pasar dentro para ver a Cecilio Alonso intentando batir a Perramón, en el mejor partido de balonmano posible entre el Atleti y el Calpisa. Cómo no amar aquel pretexto que conseguía el prodigio de que viniera a cantar Serrat a la ciudad olvidada el resto del año, el marco anual en el que se gestó mi primera afición taurina de la mano de Julio Robles, Ángel Teruel o Manzanares, el preciado reclamo para que el Circo Ruso plantara sus tres pistas casi enfrente de mi casa.

Yo he visto cosas en la feria que vosotros no creeríais. He contemplado mares de boinas desde lo alto de la noria agolpándose en la entrada del Teatro Chino, he sentido vibrar a la multitud por el rehúse de un caballo, he visto majorettes desfilando por Carretería y a Paco Ojeda cortar un rabo en tarde de aguacero, estuve en el concierto en el que a Victor Manuel le tiraron una lata de cerveza y hasta vi a Yubero luchar por quitarle un rebote a Tkachenko. Todos esos recuerdos se perderán en el tiempo, como los estacazos de Chupagrifos entre el ruido de la madurez.


Todavía, como Proust, ando buscando el sabor de la magdalena que ofrecían en el puesto del chocolate Valor, sumergida cual iceberg magnífico en aquel vaso que ardía en la fría noche agosteña como último acto del programa y que abrigaba un tanto el corazón, mientras abandonábamos la feria camino de la incertidumbre del otoño.

miércoles, 16 de agosto de 2017

FIGURA DEL TOREO


En las paredes de la Escuela Taurina de Madrid, hay grabado un lema que los alumnos no pueden evitar leer mientras se ejercitan, “llegar a ser figura en el toreo es casi un milagro”. En letra más pequeña, la sentencia sigue “pero al que llega, podrá el toro quitarle la vida, la gloria, jamás”. Debido a esa dificultad extrema que conlleva alcanzar la cima, las figuras de este momento se afanan en apuntalar su gloria matando ganaderías que no hagan peligrar su milagroso estatus, sin pensar que esa estrategia puede ser pan para hoy pero hambre para un mañana desierto de las referencias éticas que siempre hicieron de la fiesta un escenario para la grandeza. Las figuras históricas acostumbraban a lidiar animales de todos los encastes dotando así a su liderazgo de un sello de orgullo y ejemplaridad del que hoy se carece por completo. El máximo exponente de figura salida de una escuela taurina, Julián López el Juli, lleva años abonado a matar la camada entera de las vacadas del monoencaste Domecq y de cuando en vez saca pecho ante sus palmeros mediáticos anunciando un gesto con una ganadería distinta, en lugar de plantear su carrera desde el compromiso permanente con su condición de mandamás del toreo, obligado a ser espejo de virtudes y máximo responsable de preservar la pureza del rito.

Esta semana, Morante de la Puebla ha anunciado su retirada pretextando que con el toro grande que hoy se lidia es imposible desarrollar el toreo de arte, pretendiendo así encubrir la realidad de su privilegiada posición en el sistema que le permite escoger los toros que mata cada tarde. Dado que éstos no destacan precisamente por su envergadura, el problema de Morante es en realidad su decadencia manifiesta que necesita configurar un tinglado de impostura en el que la norma sea el toro flojo y descastado, con la esperanza de que alguno se equivoque y le deje estar a gusto para esbozar siquiera un manojo de verónicas con que seguir engatusando a los partidarios. Lejanos ya los tiempos en los que se quiso reencarnar en una delirante mezcla perfecta entre Joselito y Belmonte, la irregularidad de su trayectoria le ha impedido heredar el cetro del Faraón en Sevilla, en donde acredita varias buenas faenas pero una sola Puerta del Príncipe y triunfar verdaderamente en Madrid, cuyo empresario se ha rendido a sus caprichos sin que ello le haya permitido abrir la puerta grande que tal vez ya nunca logre traspasar.


La espantada de Morante y sus reflexiones sobre su condición de artista seguramente habrán hecho removerse en su sepultura a Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida, maestros de la gracia toreadora. El Sócrates de San Bernardo lidió a lo largo de su carrera setenta y un toros de Antonio Pérez, cuarenta y siete de Atanasio, cuarenta y cinco de Concha y Sierra, treinta y seis de Villamarta, treinta y cinco de Miura, treinta y dos de Pablo Romero, veinticinco de Buendía … Don Antonio, por su parte, se entretuvo en matar noventa seis de Antonio Pérez, cincuenta y cuatro de Carlos Núñez, cuarenta y ocho de Miura, treinta y seis de Buendía, diecinueve de Escudero Calvo … El penúltimo año de su vida taurina despachó una corrida de Victorino en Madrid, otra de Pablo Romero en Málaga, alternando con Curro y una de Guardiola en el Puerto, compartiendo cartel con Paula, doce de agosto de 1973, cuarenta y cuatro años y un día antes del mano a mano postrero de José Antonio y Julián en la Plaza Real, en el que cada uno compareció con sus toretes bajo el brazo, y triunfaron los veedores del madrileño. Otros tiempos, otra forma de comprometerse con la historia del toreo que las figuras de ahora siguen sin atreverse a afrontar, mientras la fiesta se debilita y se va por el despeñadero.