jueves, 6 de agosto de 2020

LA JUVENTUD ES CULPABLE

Más difícil que introducir un camello por el ojo de una aguja, más difícil que encontrar esa aguja en un pajar, más difícil que descubrir la paja en el ojo ajeno, más difícil que caminar por el ojo de un huracán, más difícil que todas esas cosas imposibles es ser adolescente en el siglo XXI.

 

Esos locos bajitos se nos han hecho grandes y abocados a un futuro peor que el presente de sus padres, mastican su frustración entre las cuatro paredes de su mundo doméstico, mientras los artífices de esa burbuja de sobreprotección que hemos creado para que la vida les afecte lo menos posible los criminalizamos ahora por salir a respirar sin mascarilla después de más de tres meses de confinamiento. En este año en el que el centenario de la muerte de Galdós se está conmemorando casi de incógnito, conviene recordar que en las postrimerías del siglo XIX, Don Benito ya nos contaba en “Fortunata y Jacinta” que una de las preocupaciones más españolas ha sido siempre que los padres trabajen para que los hijos descansen y gocen, sin pasar por el sufrimiento que la vida comporta.

 

A las pantallas que nos rodean llegan efectistas recopilaciones de fotos de nuestra época juvenil que nos hacen vanagloriarnos de una infancia difícil en la que éramos felices con apenas un tirachinas para jugar y unas cuantas onzas de chocolate harinoso para merendar y aun así, atravesábamos sin traumas aquel escenario dramático gracias a los guantazos con que los profesores nos inculcaban los valores eternos y a la terapia de zapatilla y cinturón que después nos aplicaban nuestros padres por si aún quedaba alguna rebeldía que sujetar. Sin duda este cuento de Dickens es mentira y la españita de entonces quizá no ponía a nuestra disposición la cantidad de bienestar de la que ahora disfrutan los cachorros de la clase media, pero en cambio la universidad todavía tenía esa calidad de ascensor social que hoy ha perdido y el nivel de los salarios aún permitía a una pareja de futuros contribuyentes diseñar con ilusión el horizonte de su proyecto vital.

 

La capacidad del sistema para generar chivos expiatorios es prodigiosa y en este momento el comportamiento de la juventud es señalado como una de las causas de nuestros males. Se trata sin duda de diluir las responsabilidades de una gestión que sigue estando entre las peores de nuestro entorno, como nos recuerdan los estudios internacionales sobre la materia y el tratamiento de apestados que nos dispensan los gobiernos de nuestro club europeo. El mismo engranaje encargado de maquillar la tragedia vivida mediante técnicas de propaganda que anestesian el enfrentamiento con la realidad, les pide a nuestros jóvenes que transiten por el verano como ciudadanos adultos y se olviden de la pulsión de libertad que vibra en su piel, aplacen la alegría de encontrarse con sus amigos bajo la noche estrellada y sigan las consignas de unas autoridades que se han ido de vacaciones sin diseñar su retorno seguro a las aulas.


Cada informativo se abre con la imagen de una reunión masiva de nuestros hijos celebrando la noticia de estar vivos, mientras una voz acusadora convierte algunas conductas aisladas en carnaza propicia para la indignación de la opinión pública. En cambio, nadie recuerda la actitud ejemplar de esos jóvenes que han soportado sin demasiados aspavientos la abolición de la primavera, encerrados en sus leoneras mientras contemplaban el desconcierto de sus mayores dando palos de ciego a un virus sobre el cual les aseguraron que no causaría más estragos que los de una gripe común. Después les contaron que la mascarilla no era eficaz antes de obligarles a ponérsela, luego les confundieron con teorías contrapuestas sobre inmunidades y formas de contagio y más tarde les encadenaron a sus ordenadores en el trimestre decisivo de su curso, por el que navegaron como pudieron entre el desasosiego y la incertidumbre.  


Y por fin llega el verano con su arsenal de promesas por cumplir y los chicos no pueden darse una tregua antes de zambullirse tal vez en un nuevo confinamiento que marcará sus currículos para siempre, mientras las administraciones varias reinciden en el caos de la gestión, en un desbarajuste de fantasmagóricos expertos y rastreadores insuficientes del que sólo nos salva la mayor benignidad estacional de un virus que nadie acaba de entender. Por encima del botellón que nos salva de la revolución, se divisa el horizonte de mileurismo y paro juvenil que les espera. Nuestra única respuesta es seguir llenando de comodidades su habitación.


miércoles, 15 de julio de 2020

EL ENCONQUENSADO



Yo siempre estoy en Cuenca aunque me encuentre lejos,
vivo en la misma casa de los días azules,
la morada que habitan mis mejores jornadas,
aquéllas que me abrigan cuando todo es hostil.

El enconquensado siempre se halla en Cuenca aunque se encuentre lejos, pongamos en Manhattan, contemplando un “sky line” que no le es del todo ajeno, acostumbrado como está a caminar bordeando abismos y a levantar la mirada hacia sus propios rascacielos. El barrio de san Martín no es la Quinta Avenida pero esconde joyas que embelesarían a la Audrey ensimismada frente al escaparate de Tiffany. En el cénit de su añoranza, el enconquensado cruza el puente de Brooklyn en busca de San Pablo y perdido en el MOMA, recuerda su pequeño museo de las Casas Colgadas y contempla la delicadeza de los nenúfares de Monet en Giverny, abrazado al aroma del Júcar que desprenden los lienzos de Zóbel. 

    
Yo sigo en mi colegio, sentado en el pupitre
que todavía guarda una esperanza antigua,
camino las miradas de mis viejos amigos
que pronuncian mi nombre desde otro lugar.

Ese otro lugar es para el enconquensado un paréntesis raro en su enamoramiento con el escenario de la felicidad. Estos días azules y este sol de la infancia. Si además está desterrado en un exilio permanente, camina por la vida extrañando el amparo de las calles de su ciudad, el ambiente único que viste de intimidad las plazas empedradas de nostalgia, el recodo que acompañó sus pasos en aquel tiempo sin miedo, cuando el futuro era un rumbo y la vocación una certeza a la que abandonarse. Si alguna vez el destino le sitúa en Sevilla durante el primer plenilunio de la primavera, no hay gran poder ni esperanza capaz de apagar su querencia de turba y soledades. La orfandad de hallarse en casa ajena le impidió disfrutar de París en el preciso instante en el que descubrió un aire de familia en la fachada de Notre Dame. 



Yo siempre estoy en Cuenca, jugando hasta las tantas,
en una plaza alegre las noches de verano,
surcando en bicicleta las horas de la siesta,
subido en un peñasco, dominando la hoz.

El enconquensado no necesita horizontes lejanos que trasciendan la hoz por la que camina sobrecogido dibujando sus propios senderos. A pesar de todo, de cuando en cuando se deja engañar en escapadas que la familia organiza para sacarlo de su obsesión por las paredes conocidas, pero invariablemente se le ha visto contemplando los paisajes de la Toscana con una extraña melancolía que no tenía tanto que ver con el síndrome de Stendhal como con la evocación de sus paseos entre hocinos por el Huécar. En ocasiones, sus hijos han llegado a sentirse tentados de renegar de su estirpe, como aquella vez en Granada cuando entre la multitud de turistas congregados en el mirador de San Nicolás al reclamo de la puesta de sol sobre la Alhambra, surgió la voz de su padre afirmando que prefería el incendio que se proyecta en los muros del seminario cuando se contempla el ocaso desde el puente de San Antón.


Todavía respiro la tristeza en la tarde
de un domingo de invierno con lluvia en los cristales,
el olor de la leña por las calles angostas
con vistas al abismo de mi propia verdad.

La verdad del enconquensado es difícil de comprender para los que han superado la huella de la infancia, y han conseguido abandonar indemnes esa patria en pos de un cosmopolitismo salvador. Para los demás, la herida del tiempo duele menos si cuentas con el bálsamo del recuerdo y la posibilidad de repentizarlo a diario para atravesar las intemperies de la vida, ésas que te hacen anteponer la Fuensanta al Bernabéu, San Mateo a San Fermín y que pueden llevarte a proclamar que un crucero por el Caribe nunca será tan fecundo como un paseo de otoño hasta la playa artificial. La necesidad de abrigo que atenúa un recodo de tu río no se combate con la inmensidad del mar.

Y cuando vuelvo a Cuenca, el corazón se ensancha,
retomo los senderos que el tiempo borró en vano,
abrazo los recuerdos que esperan tras la esquina
y el mundo me sonríe, resumido en su luz.


martes, 23 de junio de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS: X. LA GRAN NEGLIGENCIA.


Como las bicicletas, la nueva normalidad es para el verano y el distópico neologismo se asienta en nuestras vidas con la misma perplejidad con la que un virus fantasma llegó, suspendió la primavera y permanece agazapado entre la incertidumbre de su otoñal regreso instalada en el miedo de la gente. La memoria de cuarenta mil de los nuestros nos recordará para siempre el oprobio de un tiempo en el que fueron desalojados de un barco donde se creían a salvo, mientras las autoridades en las que habían depositado su confianza navegaban por la desgracia con la impericia del capitán que prioriza su mantenimiento en el puente de mando al bienestar de su pasaje.

La configuración de un gobierno sin experiencia ni cualificación suficiente, conformado para dar satisfacción a las distintas ambiciones entre las que había que navegar para alcanzar el poder a toda costa, se demostró fatal a la hora de hacer frente a la crisis. Un ministerio de sanidad vaciado de competencias durante el proceso de descentralización autonómica no supo gestionar la asunción repentina del mando único y se dejó enredar en una vorágine de test falsos y equipos de protección defectuosos que contribuyó a empeorar una situación que ya venía lastrada por la incuestionable falta de previsión de los científicos a su servicio.

El pecado original de las autoridades fue no saber prepararse para el desafío sanitario cuando desde el treinta de enero la Organización Mundial de la Salud venía alertando sobre la dimensión global de la pandemia y la necesidad de aprovisionamiento de material para hacerle frente. La gran negligencia cometida trasciende a acontecimientos puntuales como los actos masivos del ocho de marzo, en los que todos los grupos políticos participaron de una u otra manera siendo conocedores de las advertencias de la OMS, lo cual nos conduce a la certeza de la inevitabilidad de nuestro destino aunque éste hubiera sido manejado por gestores de distinto signo.

El gobierno ha tratado de excusar su errada estrategia recordando la herencia recibida, la pujanza turística de nuestro país o el consuelo imposible de los desastres similares ocurridos en otras latitudes. Sin embargo, el colapso del sistema de salud tiene menos que ver con los recortes de la última década o con el tránsito de viajeros que con el hecho evidente de no haber cerrado las fronteras ante el ejemplo italiano y haber pospuesto el confinamiento, optando solamente por medidas de contención pese a los primeros datos de crecimiento exponencial del contagio comunitario. Grecia, décimotercera potencia turística mundial, el país europeo cuya sanidad se vio más afectada por el rescate europeo ha suplido la falta de medios ocasionada por recortes que llegaron a afectar al cuarenta por ciento de su presupuesto sanitario, con medidas de aislamiento desde el primer muerto que le colocan en una de las tasas de letalidad más bajas de Europa, con apenas doscientos fallecidos a día de hoy. El ejemplo griego nos demuestra que la respuesta tardía a la epidemia fue el factor clave para que España sufriera el confinamiento más duro y largo del continente y de su mano, la crisis económica más profunda, que los indudables aciertos del ingreso mínimo vital y los ERTES sólo aciertan a parchear y cuya salida en el tiempo aún no se adivina.

La imprudencia cometida va más allá de las escaramuzas judiciales acerca de una relevancia penal difícil de acreditar técnicamente. Es independiente incluso de la torpeza del gobierno que nos ha tocado en esta hora y se extiende a todos quienes llevan ignorando las voces que desde hace tiempo clamaban en el desierto sobre la necesidad de preservar la biodiversidad y proteger los ecosistemas como la mejor de las vacunas. En España, los sucesivos ministros del ramo siempre han sido los floreros de cada gabinete, sin un peso real que les permitiera pasar de las declaraciones programáticas a un compromiso presupuestario serio que nos preparara para las profetizadas pandemias. La penuria económica que amenaza nuestro futuro confinará de nuevo en el territorio de las buenas palabras los eternos propósitos de invertir más en ciencia y en investigación, como corolario del triste destino de un país que ya disfruta del regreso del fútbol, pero aún desconoce un plan coherente para la educación de sus hijos.   

España es una nación desdichada que lleva cinco años en campaña electoral, nuestros representantes más preocupados por el rédito político de sus acciones que por la eficacia de las mismas. Creíamos que la huida del bipartidismo haría necesarios los consensos y ni en las peor crisis del siglo, hemos sido capaces de remar unidos. La mascarilla ideológica nos acompaña desde el primer momento y mientras la derecha denuncia un estado comunista que no existe, la izquierda alerta de un golpismo imposible. Ni siquiera el terrible gerontocidio que ha dejado a miles de ancianos postrados en las camas de sus residencias esperando inermes a la muerte, ha podido sustraerse a la batalla política indecente en la que nuestras administraciones se lanzan los muertos a la cara para eludir una responsabilidad que afecta a todos, a las comunidades por la gestión y al gobierno, por omisión.

En su última homilía sabatina, el presidente saluda el oxímoron de la nueva normalidad y lo hace mintiendo varias veces en los primeros cinco minutos. Frente a las voces legítimas que claman por el fortalecimiento de lo público, no nos queda otro remedio que encomendarnos al respirador de la sociedad civil, que debe tomar la iniciativa de la situación en un país asolado por décadas de malos gobernantes. Nos toca acogernos al refugio de la responsabilidad individual, pero a los que llevamos gafas la mascarilla nos impide ver el suelo que pisamos y nos empaña la visión del horizonte.


jueves, 28 de mayo de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS. IX. LA NUEVA LEGALIDAD.


El 28 de mayo de 1993, una semana antes de las elecciones generales de aquel año, el corazón de Julio Anguita se quebró en la búsqueda de un ideal que parecía posible en sus palabras y en los oídos de quienes le escuchábamos distinguiendo ya entonces entre las falacias habituales de la política al uso y el aroma inconfundible de la verdad. Entre la pelea de ambiciones que libraban Aznar y González, emergía la voz osada de un maestro de Córdoba por cuyas lecciones desde el atril de turno era motejado por el establishment socialista de iluminado y traidor, etiquetas que pretendían desprestigiar su pretensión insólita de exigir que un posible pacto de la izquierda se asentara sobre la base de los principios en lugar de atender a la eterna codicia por ocupar parcelas de poder. Anguita solía reprender a su auditorio exhortándolo a abandonar el infantilismo y a tomar por fin las riendas de su propio destino. Huía de la fotos con los simpatizantes y del abrazo mitinero, conminando al oyente a constituirse en ciudadano pleno, sujeto de derechos y deberes, verdadero responsable del futuro de sus hijos más allá de cada elección.

Veintisiete mayos han pasado desde entonces hasta que el corazón de Anguita optó por no seguir latiendo en este tiempo oscuro en el que su legado de honestidad intelectual no lo asume nadie. Sus herederos naturales en este gobierno blasonan de representar la esperanza eterna de que al compás de sus medidas por fin se abre paso en España la justicia social, pero la renta básica sólo es un parche si hace tiempo que aquella quimera se escapó por el sumidero del fraude y la incoherencia, del sectarismo y la arbitrariedad.  

En tiempos de tribulación, conviene no hacer mudanza, sobre todo si están en juego las cosas de comer. Bajo el paraguas de la emergencia sanitaria no pueden socavarse los cimientos legislativos que dan seguridad jurídica al sistema y orientan el comportamiento de los actores sociales en unas circunstancias en las que es más importante mantener una estructura productiva precaria que abocarla a la extinción. Lo ocurrido con el pacto sobre la reforma laboral no es más que la revisitación de la fábula del escorpión y la rana actualizada a las postrimerías de este momento de excepción en el que las intrigas florecen protagonizadas por el alacrán Sánchez, incapaz de renunciar a su naturaleza de engañar a todos todo el tiempo, incluido su lugarteniente Iglesias como batracio propiciatorio que croa el “pacta sunt servanda” mientras se hunde en la ciénaga de Bildu. Si no fuera tan dramático para nuestra suerte futura, resultaría cómico contemplar el sainete del vicepresidente reclamando el respeto a la palabra dada frente a quien se olvidó de sus proclamas electorales para pactar con él. 

Hagamos por una vez caso al gobierno y dejemos para más adelante el juicio sobre su negligencia inicial para prevenir la catástrofe. Al fin y al cabo, casi todos fuimos “sologripistas” y podemos aceptar el “nadieloviovenir” como animal de compañía. Lo que no se nos puede pedir es que aguantemos mansamente las exigencias del confinamiento contemplando la gestión errática de quien pretende prolongar el estado de alarma por encima del marco constitucional, utilizando un instrumento previsto para limitar parcialmente nuestros derechos como pretexto para gobernar por decreto y cancelar las libertades por orden ministerial. La pulsión autoritaria del gobierno requiere prolongar la excepcionalidad aunque para ello sea necesario mercadear los apoyos sin importar la gravedad de la situación ni la trascendencia del momento, creando un intolerable escenario de opacidad en el que la asimetría territorial de los cambios de fase hace crecer la sospecha sobre la existencia de motivaciones políticas en la concesión de los sucesivos salvoconductos hacia la normalidad.

Por el camino de los mensajes que inocula el sistema, el ciudadano responsable que buscaba Anguita ha devenido en epidemiólogo de guardia que pontifica desde su garita sobre fases y medidas, experto de tertulia pronosticador de rebrotes apocalípticos que iban a asolar los hospitales tras la vuelta al trabajo de los sectores no esenciales después de Semana Santa, tras la salida insensata de los niños, de los paseantes caóticos, de los deportistas sin freno. Suele tratarse de personas acomodadas en el estado de alarma permanente, agorafóbicos a tiempo parcial adaptados a la nueva legalidad de un mundo distópico de teletrabajo y compras virtuales, hipócritas de salón que denostaron la ley mordaza y ahora jalean el millón de multas de dudosa legalidad impuestas a su amparo. El sistema cultiva el miedo de la población para crear súbditos incapaces de percibir que la democracia real se construye ejerciendo nuestros derechos cada día, más allá de la urna en la que introdujimos una lista cerrada que hoy nos deja inermes frente a la adversidad.           




     




  

viernes, 15 de mayo de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS: VIII. FASE CERO.


¡Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.

A este Madrid machadiano desgarrado por un virus, con el plomo del enfrentamiento en su entraña atribulada, ha llegado el San Isidro de la fase cero, sin toros en las Ventas ni bullicio en las Vistillas, desierta la pradera y sin sol para alumbrar este periodo de oscuridad en el que el panorama político presenta tintes de opereta. “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, le decía Don Sebastián al boticario Don Hilarión en La verbena de la Paloma, la célebre zarzuela de Bretón, estrenada en 1894. En el ambiente madrileño finisecular, el diálogo castizo entre los amigos discurre sobre la confrontación entre las medicinas oficiales y los remedios caseros y concluye a propósito del calor que asfixia a la ciudad metida en la canícula de la época: “el que suda con frecuencia vence toda enfermedad”. 

Abocados a la llegada definitiva del calorcito benefactor que aplazará nuestros males hasta el próximo invierno, la crisis del coronavirus ha proporcionado una formidable cura de humildad a los que auguraban la eclosión definitiva del progreso científico que nos iba a llevar poco menos que a la inmortalidad en un horizonte de veinticinco años. El amparo de la ciencia es tan exiguo que se está demostrando incapaz de ofrecer certezas sobre el periodo de incubación del virus, sobre su origen, sobre los tratamientos más efectivos, sobre el plazo para conseguir una vacuna, sobre si la curación produce inmunidad. En triste paralelismo sobre el abandono a nuestra suerte que el Estado nos procura, el tratamiento médico disponible se basa en mantener vivo el organismo mientras el sistema inmunitario vulnerado inicialmente se recupera por sí mismo.

El anacronismo es lamentable pero la recomendación de las autoridades sanitarias actuales no difiere demasiado de la que se estableció para la gripe de 1918. Cien años de progreso científico y el antídoto sigue siendo lavarse las manos y quedarse en casa. Y eso venimos haciendo, sobreviviendo a lomos de la decreciente moral del ciudadano atónito que tiene que soportar a una administración errática al frente de un estado de servicios que ha estado cuarenta años discutiendo sobre su identidad, mientras desmantelaba su industria y se encadenaba al turismo como principal fuente de ingresos. Recién cumplidos los dos meses de confinamiento, convivimos con la imprudencia de unos gobernantes que actúan con la técnica del globo sonda en cada declaración, los sucesivos portavoces de la ignorancia perdidos en la improvisación constante de medidas destinadas a engolosinar al respetable, defraudar a los sectores afectados y enfrentar el despropósito con la rectificación parcial del engendro a escasas horas de su entrada en vigor.

Sin vacuna que nos inmunice contra la hipocresía, la maquinaria mediática del poder agita las redes sociales magnificando las transgresiones anecdóticas del camino pautado hacia la normalidad, con el fin de criminalizar al pueblo y justificar las sucesivas prórrogas del estado de alarma. Después de autorizar la salida de los niños un soleado domingo de primavera, tal vez se pretendía que se les paseara con correa para evitar la estampida y los deportistas que llevaban mes y medio quemando bicicleta estática en sus casas, debían haber esperado en la rampa su turno de esparcimiento como en una ordenada contrarreloj. El objetivo es vender la imagen de cuatro terrazas atestadas como si el común de la gente anduviera de botellón, y si además se trata del barrio de Salamanca, el espectáculo de doscientos cafres voceando delante de un escaparate de lujo, sirve en demagógica bandeja la excusa perfecta para obviar el comportamiento ejemplar del resto de sus ciento cincuenta mil vecinos que permanecen obedientes esperando la llegada de la libertad.

Sin distinción de credos políticos o niveles administrativos, nuestros mandatarios parecen menos preocupados en tomar las decisiones adecuadas que en manipular a la opinión pública. De la mano del belicismo con el que arropan sus discursos, la propaganda es el arma más eficaz para encubrir su incompetencia. Tras demonizar la crítica y anular la transparencia, presumen de datos ficticios y gestión eficaz, mientras se lanzan a la cara los muertos de las residencias. Como cantara Miguel Hernández, Madrid duerme al borde del hoyo y la espada, sus moradores portarán mucho tiempo el estigma del apestado sobre la santa paciencia de aguantar que la alternativa al futuro sin horizontes planeado por el gobierno, sea la imagen de una presidenta de tebeo posando para la televisión.

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Madrileñito que vienes al mundo, te guarde Dios, uno de los dos gobiernos ha de helarte el corazón.


jueves, 7 de mayo de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS: VII. TARDE DE PASEO.


Sábado de cacerolas, domingo de placebo. El presidente nos cuenta una historia, repleta de ruido y furia, que no significa nada. Mañanita de niebla, tarde de paseo. Se permitirá el deporte individual y una horita de esparcimiento familiar para que salgamos a estirar las piernas después de siete semanas de confinamiento. Más tarde los expertos convertirán el anuncio en un galimatías por fases, para que el hartazgo del ciudadano se disipe con el entretenimiento indudable que supone escoger la franja horaria en la que el poder ha tenido a bien parcelar la libertad. De esta manera, incluso es posible olvidar que la manumisión definitiva no llegará hasta el verano, al contrario de lo que ocurre en otras latitudes al este y al oeste, en donde la nueva normalidad es ahora mismo. 

Abocados al horizonte de pobreza que se nos viene encima, salgamos a pasear que es gratis. La fecha prevista para la estampida es el dos de mayo, la rebelión de las masas se cura haciendo “running”. Los alrededores de la plaza de toros de las Ventas presentan el ambiente de un día de corrida, pero en el ruedo no hay bureles reviviendo el rito atávico y las banderas de la puerta grande descansan a media asta, en señal de duelo por los miles de muertos y por la vieja y perdida felicidad. La vuelta al anillo se hace esta tarde en patinete y hay cretinos con raqueta que convierten las paredes del templo en un frontón.

Al día siguiente, el cretino soy yo mismo en pantalón corto abriéndome paso entre las multitudes, caminando “Rajoy style” pero dentro de la legalidad. El ridículo que comporta comparecer de esta guisa por los recorridos habituales de mi barrio se disfraza con la máscara que oculta la identidad. A los tímidos no nos resultará difícil vivir eternamente embozados. La acera que inauguro parece el corredor de la muerte y el eslalon con los cuerpos que me salen al encuentro me recuerda que el distanciamiento social que requiere la pandemia es como afrontar el abismo con una vara de medir. Cuando salto a la calzada desierta de vehículos casi me atropella un ciclista que surge de la nada circulando en dirección prohibida. Si no me mata el virus, lo hará un émulo de Induráin repentizando la desescalada sobre mi espalda.

Los que mandan han dispuesto que los alérgicos de mediana edad sólo podamos salir de paseo en las horas en que la polinización se manifiesta en todo su esplendor. “Piove, porco governo”. Sin guantes con que enfrentar la vida, no puedo aliviar la irritación de mis ojos porque no recuerdo si adopté la medida de seguridad de pulsar el botón del ascensor con el nudillo. Los jóvenes sin miedo se arraciman en las esquinas, y se hacen los encontradizos ensayando la rebeldía de la quedada casual, un ojo en el móvil otro en la ronda policial que se adivina en lontananza. Acostumbrado a que me dirijan la vida, el “spotify” me selecciona una de Sabina, pero si me dan las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres, no podré ni protestar cuando me esposen los municipales. 

A la hora de la cena, las calles se vacían y el dulce tintineo que viene de las cocinas se mezcla con el ruido de la ciudad, al tiempo que un suave olor a sopa y a fritanga se va imponiendo sobre mi débil voluntad de atleta. La cadera dolorida y la rodilla claudicante hacen el resto y me mandan de nuevo para casa. Desando los caminos lentamente hasta volver a adoptar mi acostumbrada condición de isla. Las once. 




miércoles, 29 de abril de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS: VI. LA NUEVA NORMALIDAD.


Seis semanas de confinamiento no son suficientes para justificar la depresión y si el gobierno necesita prorrogar el estado de alarma hasta el verano cuenta con mi apoyo, nadie acertó a prepararse para esta pandemia y cualquiera se hubiera visto sobrepasado por sus dimensiones. Seis largas semanas con la moral alta, mes y medio como quien dice y se me pasan los días volando, ya ves, no tengo horas para la cantidad de cosas que tengo que hacer, entre el teletrabajo del ministerio por la mañana, las mil recetas nuevas que preparo cada día, echar una mano a los chicos con los deberes, la clase “online” de pilates, el "zoom" con los amigos y la videollamada familiar, llego a la noche rendido, se me cierran los ojos y ni siquiera puedo acabar el capítulo de La casa de papel, la serie que me tiene enganchado, a este paso voy a salir yo antes del encierro que ellos del Banco de España.

La verdad es que no echo de menos la calle para nada, hay que reconocer que este virus también tiene cosas positivas como el redescubrimiento de nuestro mundo interior. Tanta obsesión con viajar al extranjero, oye, es que no perdonábamos ningún puente y luego el veranito obligatorio en la playa, con lo incómoda que siempre me ha parecido, cuando en realidad teníamos pendiente la excursión por nuestra casa, que hay que ver la cantidad de cosas superfluas que guardábamos en los armarios y hemos aprovechado para tirar. Hubiéramos tachado de loco al que nos dijera que resistiríamos tanto tiempo aislados sin extrañar las costumbres de antaño, pero te digo una cosa, yo casi prefiero beberme la cervecita del aperitivo aquí en casa, al fin y al cabo es más barato y la terraza es tan amplia que se puede tomar el sol.

Y lo bien que están aguantando los críos, cuántas lecciones están dando a los irresponsables que se saltan las normas y salen a la calle con cualquier pretexto, el domingo pasado, sin ir más lejos, cuando el gobierno permitió la hora de juego, el pequeño no quería salir a la calle, fíjate tú que le daba miedo y decía que prefería quedarse en su cuarto con la consola, pero hasta ahí podíamos llegar, entre todos le convencimos y luego cuánto disfrutó paseando con la bici por la acera, que nosotros no hicimos como esos maleducados que aparecían en el video que mandaron por whatsapp en el que se les veía jugando al fútbol en el parque con el permiso de sus padres y corriendo como locos en todas direcciones sin respetar el distanciamiento social. Han estado a punto de conseguir que el presidente se volviera atrás y no nos dejara hacer deporte al aire libre a partir del próximo fin de semana, el otro día no pude más y tuve que hacerle una foto a mi vecina de enfrente porque cada vez que quiere echarse un cigarro tiene la desfachatez de bajar al banco que hay al lado de su portal y fumárselo allí, tan pancha, ya he colgado su imagen en mi Facebook para que lo sepa todo el mundo.

Personalmente creo que habría que aplazar la desescalada, la gente es muy inconsciente y en cuanto recupere la libertad, se va a lanzar en masa a disfrutar del buen tiempo que se pronostica y luego vendrá otra vez Pedro con la rebaja, que bastante han tenido ya que aguantar nuestros sanitarios con la precariedad en la que los han dejado los recortes para que les expongamos más todavía, no sólo hay que aplaudir a las ocho de la tarde sino predicar con el ejemplo y quedarse en casita hasta que las autoridades nos digan lo contrario. Lo que peor llevo es no poder visitar a mi madre, la pobre estaba en la residencia y se ha librado del virus como una campeona, en su centro tomaron muy pronto las medidas adecuadas y sólo han muerto seis abuelos pero no se sabe realmente si estaban infectados o fue por causas naturales, por suerte puedo hablar con ella todas las semanas y es ella misma la que me ha quitado la idea que tenía al principio de traérmela para casa, se encuentra tan a gusto allí que no quiso ir siquiera con mi hermana que vive sola y ahora con el ERTE no tiene obligaciones laborales.

Cuando todo esto acabe, debemos cambiar nuestras costumbres, por mí podrían cerrar la hostelería hasta navidad como dijo la ministra, el presidente ha sido demasiado atrevido permitiendo salir tan pronto, la nueva normalidad no se construirá sin nuestro sacrificio. Hay que tener prudencia porque puede haber más oleadas y si hemos sido el primer país del mundo en muertos por millón de habitantes, fue porque tenemos la población muy envejecida y recibimos mucho turismo, y nuestros usos sociales fomentan el contacto y la masificación, pero ahora tenemos la oportunidad de cambiar las cosas, hasta que no salga la vacuna como en casa en ningún sitio y cuando nos dejen, podremos hacer pequeñas escapaditas a la casa del pueblo, a respirar aire puro y llenar la España vacía, que buena falta le hace, disfrutaremos del paisaje y de las cosas sencillas, bien puesta la mascarilla y con la nueva vida por estrenar.