jueves, 16 de marzo de 2017

LA REMONTADA

Después de que el Barça terminara la remontada, el presidente Puigdemont se apuntó al carro del triunfo y comentó que tal y como había demostrado el equipo jugando al fútbol, nada era imposible para el pueblo de Cataluña. Cuando el “molt honorable” divisó a Sergi Roberto camino del gol de su vida en realidad se estaba contemplando a sí mismo portando la estelada tras la declaración de independencia, esta vez con el beneplácito de Europa entera, rendida al fin ante una gesta sin precedentes.


Los símiles futbolísticos son muy agradecidos y sirven para todo. Desde el centralismo opresor, por ejemplo, el penalti que abrió la puerta al milagro se comparó con el victimismo nacionalista, eternamente programado para obtener ventaja del fingimiento, como si Luis Suárez fuera en realidad un hijo no reconocido de Jordi Pujol. El movimiento independentista, por el contrario, contemplaba al sexteto arbitral y se imaginaba al Tribunal Constitucional suspendiendo una tras otra las iniciativas imposibles del “Parlament”, si bien la metáfora se esfumó pronto, cuando Aytekin se inventó una nueva modalidad de pena máxima consistente en sancionar como falta una cabriola de Neymar sobre el cogote del contrario.


En la proeza también colaboró lo suyo la pasividad del entrenador del PSG al que se le puso cara de presidente del gobierno haciendo la estatua frente a los goles del proceso soberanista. Es pura casualidad que los apellidos de ambos próceres terminen en “y”, como también lo es que Rajoy y Puigdemont tengan idéntico aprecio por la separación de poderes y este último, una vez derrotada la Francia de Montesquieu por el equipo de sus amores, fantaseara con la posibilidad de que la futura desconexión con el Estado sea juzgada por un tribunal integrado por Ovrebo, Busacca y Stark.

En la enésima noche histórica del Barça más grande de todos los tiempos, todavía quiero creer que los culés sensatos que conozco, cuando recuperaron la calma tras vocear el sexto gol hasta la afonía, reconocieron para sí un cierto rubor por la manera en que fue construida la hazaña, del mismo modo que los responsables políticos del “procés” no seguirán mintiéndose sobre la legalidad de su proyecto cuando se queden en soledad con sus conciencias. El fútbol del engaño y la comedia, el otro fútbol que continuamente venden los tertulianos de moral distraída, es mala escuela cuando se tiene tan reciente una gloria legítima. Es como si pones unas urnas de mentira y presentas el acto como un ejercicio de democracia cuando sabes que al hacerlo, has quebrantado las reglas del juego que tú mismo te diste.

La semana futbolístico-judicial no hizo más que confirmar la españolidad de Cataluña, cuyos gobernantes le habían vendido al pueblo un hecho diferencial con vistas a un oasis que en realidad estaba seco. El espejismo de un ecosistema exento de las habituales corrupciones mesetarias terminó de difuminarse cuando Millet se travistió de Bárcenas e interpretó su aria en el Palau de Justicia frustrando para siempre la reaparición de Mas como insufrible “prima donna”. Por la noche, Mas ... cherano, otro jefecito, no tuvo más remedio que saltarse la “omertá” y reconocer la evidencia de su penalti sobre Di María, desmintiendo así la tesis del capo Piqué, para quien los privilegios arbitrales siempre visten de blanco y los fichajes millonarios sólo son inmorales cuando los financia la caverna madridista.


A quienes se vanaglorian de estas proezas, ya sean aquéllos que claman independencia en el minuto 17:42, o los que reivindican en el minuto 7 el espíritu de Juanito, habría que recordarles que toda remontada parte de un gran fracaso previo, que los héroes de hoy fueron peleles en París y hasta el bueno de Juan Gómez se había tenido que tragar cinco goles en Alemania antes de apelar a la épica. El trabajo bien hecho partido a partido pierde atractivo ante estas hombradas de cartón piedra que tan bien cuadran al carácter español, siempre tan subyugado por la furia de un día que luego nunca logra perseverar hasta la final. Si la “diada” conmemora una derrota, yo prefiero recordar la victoria de la selección en el mundial, aquel triunfo del juego bonito y limpio, del esfuerzo colectivo que diseñó un sabio de Hortaleza, lideraron unos “nois catalans”, remató un guaje asturiano y culminó un genio manchego mientras un chaval de Móstoles guardaba la puerta, y un señor de Salamanca aportaba el sentido común del que siete años después, apenas queda nada.


jueves, 2 de marzo de 2017

LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS



Las seis de la mañana es una hora tan intempestiva para mis costumbres que sólo me pilla despierto cuando se trata de recibir el año nuevo, o si me empeño en herir la madrugada conquense con un clarín destemplado, o en caso de que el sofá frente a la tele se transforme en butaca de patio para descubrir entre sueños cuál ha sido la película ganadora de los Oscars. La pelea de este año se disputaba entre La la land y Moonlight, dos obras estimables pero menores, películas elevadas a la categoría de obras maestras por obra de la mercadotecnia y la escasa memoria cinéfila de estos tiempos que hace pasar por joyas a lo que destaca un poco de la mediocridad general.          

         Debo decir que muchos días después de ver La la land, todavía me sigue acompañando el tarareo incesante de la contagiosa melodía del número de apertura aunque el deslumbramiento que prometía es algo menor del esperado, lo cual suele ocurrir debido a ese exceso de información previa con el que nuestra cinefilia nos impide acudir al cine con la necesaria virginidad. Y es que tras el excitante inicio, la cinta se remansa en una historia convencional de amor entre una camarera aspirante a actriz y un músico con ínfulas de genio que viven sus vidas en Los Ángeles esperando que alguien descubra en ellos su condición de estrella. Aunque todo ello fluye con buena escritura fílmica de la mano del encanto que transmiten las convincentes interpretaciones de Ryan Gosling y Enma Stone, el guión discurre en una suave cuesta abajo que quebranta aquella máxima de Cecil B. de Mille según la cual las películas debían empezar con un terremoto y a partir de ahí, seguir "in crescendo".

        
Moonlight es también una película correcta venida a más por obra y gracia de la mala conciencia de la academia americana acerca del tratamiento de la negritud en el reparto de los premios. Cualquier capítulo de The wire tiene más complejidad estética y moral que esta historia sencilla que al menos no es maniquea ni pretende manipularnos desde sentimentalismos baratos. Sin embargo, a la cinta le falta el aliento poético que demanda una historia que no merecía ser tratada con tanta frialdad.

La ciudad de las estrellas pretende ser un homenaje al cine musical de siempre realizado en tono menor. Los amantes del musical clásico hubiésemos deseado que el plano secuencia del enamoramiento de los amantes, con esa farola estratégicamente situada en medio de la noche estrellada, se hubiera resuelto en el abrazo de Gosling a su resplandor proclamando exultante su amor con o sin paraguas, pero el director apuesta por sujetar a sus actores dentro de apenas unos tímidos pasos de claqué y comedidas melodías de Hollywood susurradas a media voz.

Pese a todo, en medio de la nostalgia inevitablemente tocada por la manida melancolía que produce asistir una vez más al eterno sacrificio del éxito personal en la búsqueda del triunfo profesional, la película se eleva en el tramo final en donde, ahora sí el director saca oro puro de una cámara que danza sin palabras en torno a la historia de lo que pudo haber sido y no fue y por fin convierte el dulce encantamiento que acompaña al espectador durante todo el metraje en la emoción verdadera que provoca saber expresar la tristeza del desamor tan sólo filmando dos miradas.

El estrambótico final de la ceremonia de los Oscars con Bonnie Dunaway y Clyde Beatty robando un poco de gloria a las dos películas del año fue un coherente colofón para sus propuestas argumentales. Los autores de La la land triunfaron en la noche pero no consiguieron besar a la chica. Los creadores de Moonlight, a imagen y semejanza de su protagonista que encerrado en su mundo acaba sobreponiéndose a la vida y sus espinas, vivieron su éxito casi de incógnito, cuando las luces ya se estaban apagando y las celebridades presentes reservaban sus muecas para la próxima película.           

           

viernes, 3 de febrero de 2017

APOLO Y DIONISO

     

     En los últimos años, los amantes del tenis no contábamos con ver de nuevo un duelo en las canchas entre el mejor jugador de todos los tiempos y el mejor deportista español de la historia. La edad de Roger Federer y el deterioro físico de Rafael Nadal parecían alejarlos cada vez más de las grandes citas y el panorama de un presente dominado por el juego avasallador de los grandes pegadores no dejaba demasiado consuelo a una orfandad que presentíamos definitiva.

         En el primer set, Federer no da opción  a Nadal. Juega a un ritmo infernal, como si llevara siglos esperando este momento, reparte winners como puñetazos, el machete afilado para acortar los puntos en prevención del desgaste que se avecina. El break cae como fruta madura en el séptimo juego y Roger gana con un fácil 6-4 sin haber sudado todavía.

         Sin embargo, el año 2017 comenzó con buenas noticias. Los dos colosos se habían recuperado de sus viejas lesiones, y anunciaban mejoras técnicas en su preparación, mucho más necesarias para Nadal al que Carlos Moyá ha debido convencer de que la prolongación de su carrera deportiva depende de una mayor apuesta por el juego de ataque. En las rondas preliminares del Open de Australia, retornan las buenas sensaciones al tiempo que desaparecen del cuadro Murray y Djokovic, prematuramente eliminados como si el Dios del tenis hubiera empezado a mover los hilos para propiciar el mágico encuentro.

         La relajación natural del inicio del segundo set aumenta el número de errores no forzados del suizo y Rafa, corredor de fondo que siempre se queda en el partido para resurgir cuando amaine la tormenta, se coloca con un sorprendente 4-0. A partir de ahí, un Federer sin nada que perder vuelve a coger vuelo y aún arrebata un servicio a Nadal que con la seguridad de la ventaja adquirida y un saque de mejor colocación que potencia, vuelve a centrarse hasta llegar al 6-3 final.

         Nunca en la historia como en esta pugna entre los dos amigos se había producido esta retroalimentación de sus respectivas virtudes que los eleva a ambos. La grandeza de sus partidos hace palidecer los viejos duelos entre Borg y McEnroe, Edberg y Becker o Sampras y Agassi, que comenzaron a revisitar la eterna lucha entre Apolo y Dioniso, la perfección académica contra la esforzada voluntad, la belleza apolínea frente a la pasión dionisíaca, el diálogo norte sur, Mozart o Beethoven, Vermeer versus Goya, Joselito y Belmonte.
  
         Federer le devuelve la jugada a Rafa en el comienzo del tercer set no porque el español se despiste sino porque esta vez la técnica se impone al arrebato. El servicio impecable del suizo envía al limbo varias opciones de break a favor de Nadal en el primer juego y el manacorí acusa el golpe hasta ceder un 3-0 de salida. Vuelve a perder su saque en el sexto juego pues Roger ha recuperado la excelencia y aunque Nadal tira de genio para intentar alargar el set, la cosa se resuelve en un 6-1 final, al que llega Federer rozando las líneas con una sonrisa en los labios. Tres sets en dos horas de partido.

         Roger Federer ha batido todos los records tenísticos posibles pero en los enfrentamientos directos con Rafa Nadal, el español le dobla en victorias. La perfección técnica del suizo se estrella una y otra vez contra la estrategia de Nadal, que a base de correr de lado a lado de la pista defendiendo todos los puntos hasta la extenuación, suele terminar haciendo claudicar al mago de Basilea, a pesar de su saque perfecto y su derecha primorosa. Federer es un sabio en todos los registros, sabe dominar desde el fondo y es un genio en la red. Nadal, sin embargo, “sólo” saca notable alto en todas las asignaturas, pero el músculo que le hace llegar al sobresaliente se halla en su cabeza, nadie sabe jugar los puntos decisivos como Rafa, el poder de su mente conduce su esfuerzo inexorablemente a la victoria.

         El cuarto set comienza igualado y ambos jugadores van ganando su servicio usando sus armas. Roger trata de mantener su ritmo vertiginoso de golpes planos y juego agresivo, pero dos errores groseros en el cuarto juego le facilitan la rotura a Nadal, siempre atento a los escasos  resquicios del suizo. A partir de ahí se agiganta el mallorquín, más agresivo en sus golpes, no tan preocupado en la eterna estrategia de minar con bombas liftadas la zona de revés de Federer y alargar los puntos a la espera del fallo. Un servicio cada vez más sólido de Nadal y una sombra de cansancio en la mirada del helvético culminan en un 6-3 más fácil de lo esperado.

         No sólo son grandes cuando ganan. Nadie hay más elegante que Federer en el triunfo ni más humilde en la victoria que Nadal, que incluso ha llegado a pedir perdón a su rival por haberle vencido. Nunca recurren a la excusa cuando llega la derrota, no necesitan que nadie les recuerde que son mortales a pesar de su apariencia de dioses y su vuelta al territorio del mito demuestra que han sabido renacer de sus cenizas cuando todo el mundo presumía de conocedor augurando su ocaso.
  
         En el comienzo del set definitivo la coraza mental del español alcanza su cima. Hace break en el primer juego y remonta un 15-40 en el segundo para consolidar la ruptura. El suizo pidió atención médica en el descanso entre sets y lo vuelve a hacer ahora sin abusar, pero no parece mermado y vuelve a estar a punto de romper el servicio de Nadal en el cuarto juego. En el sexto logra por fin su objetivo e iguala a tres con una moral por las nubes que le lleva a ganar su siguiente saque en blanco. El partido entra en la zona de los campeones y en el octavo juego, Roger vuelve a quebrar nuestra esperanza a la quinta oportunidad pese a que Rafa llegó a recuperarse de un 0-40. Con 5-3 saca Federer para  ganar el partido, Nadal lucha hasta la última bola pero el maldito ojo de halcón acaba certificando el enorme talento del mejor jugador de la historia.


         A los aficionados al tenis nos espera un año divertido. La competencia entre estas dos leyendas nos asegura asistir a nuevas citas con el deseo de que gane Nadal y la certeza de que no lloraremos por la victoria de Federer. Quizá el próximo milagro tenga fondo rojo y sus caminos se crucen de nuevo al final de la próxima primavera, cuando estalle la arcilla de París. 


jueves, 5 de enero de 2017

YA VIENEN LOS REYES



YA VIENEN LOS REYES
(versión para infantes que aún no conocen el secreto)

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

        
         Por el cinco de enero, yo solía asistir a la cabalgata que cada año inundaba Carretería, y esperaba con la ilusión de los elegidos la carroza de Gaspar, a despecho del frío, de los empujones por conseguir la primera fila en la acera e incluso de la muerte de mi abuela que se fue al cielo sin despedirse la víspera de reyes más triste de mi vida. Al día siguiente, el colegio de mi padre organizaba para los hijos de sus empleados su particular día de reyes en el salón de actos de la entidad, y allí acudíamos todos para recibir de sus majestades en persona, un regalito adicional a los que ya habíamos encontrado nada más levantarnos en la intimidad de nuestras casas. Aún recuerdo el nerviosismo que me paralizaba cuando por los altavoces, el presentador del acto pronunciaba mi nombre y me apremiaba a subir al estrado donde un rey Gaspar que hablaba con acento manchego, me esperaba para entregarme un juguete mientras ambos posábamos sonrientes para la foto y yo me sentía afortunado porque todavía sonaba en mi cabeza la historia de mi padre contándome cómo su regalo de reyes más preciado, a veces no había podido ser más que una naranja. Cuando mi rey predilecto ponía en mis manos el voluminoso paquete, se cerraba por fin el círculo que había comenzado días atrás con la cuidadosa confección de la carta y la gozosa peregrinación camino del nacimiento de la parada de los taxis, donde mi madre nos enseñaba a mí y a mi hermano todos los detalles del maravilloso belén, y tras la acostumbrada moneda lanzada en busca del deseo de todos los años, cruzábamos la calle para depositar nuestro sobre ante un rey mago de cartón piedra y mirada lánguida que sostenía un cofre cuya ranura misteriosa comunicaba sin duda con el oriente lejano. 


Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.


          Miguel Hernández fue el primer poeta que leí en mi vida. En la antología que cayó en mis manos entonces, no aparecía este poema tremendo sobre su infancia de penas y cabras que no redimió ningún mago de oriente, pero en aquellos tiempos en que yo empezaba a descubrir el secreto, ya podía presentir que la injusticia de la existencia también alcanza a la distribución de presentes en la noche mágica y que ningún juego de manos consigue que los hijos de las familias pobres eviten la desolación de contemplar por la mañana cómo sus vecinos más pudientes han sido privilegiados en el reparto. Para rematar la falta de pedagogía con que las bienintencionadas mentes de los progenitores de todos los tiempos adornan el cuento, se sigue repitiendo sin rubor la cantinela del buen comportamiento como garantía segura de encontrar lo que uno anhela brillando entre zapatos. Lo sorprendente es que el alma infantil pueda recuperarse de la decepción que se siente cada mañana de reyes al comprobar cómo el compañero rico y cabroncete que te ha estado masacrando todo el año se pasea delante de tus narices con la bicicleta que el monarca despistado se olvidó de llevar ante tu puerta. 


Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.


         En el año que ahora comienza se cumplirán setenta y cinco años de la muerte de Miguel Hernández, aquel niño que ya había empezado a morir un poco cada seis de enero al encontrar sus abarcas vacías, por más que insistiera en sus lamentos. Mañana, como entonces, serán muchos los niños que hallarán sus zapatos helados de pobreza en la humilde ventana, sin que ningún rey coronado acuda para mitigar la desnudez terrible del alma que habita la intemperie de los más desfavorecidos, mientras el mundo sigue danzando al son de la desigualdad. Feliz noche.  






jueves, 27 de octubre de 2016

LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS

   
 
    Cada vez que he recorrido la Gran Vía barcelonesa durante los años de la prohibición contemplando el cadáver de la Monumental expuesto a los vientos de la intolerancia, me preguntaba impotente cómo era posible que el templo de los azulejos añiles hubiera sido derrotado por los pretextos nacionalistas cuando ni siquiera había sucumbido en su día bajo los bombardeos de la aviación fascista italiana. Tras el saludo al coso clausurado, la sensación de tristeza me acompañaba invariablemente calle de la Marina arriba y al llegar a la Sagrada Familia, aprovechaba para preguntar al espíritu de Gaudí por la desnortada deriva de una ciudad mítica a la que sus regidores habían declarado antitaurina años atrás, empeñados como estaban en proyectar la pugna independentista contra los despojos de una fiesta tan catalana como española, maltratando así la historia de la ciudad que antaño fue la que más corridas daba en España, con tres plazas en plena actividad al mismo tiempo.


          De todo aquello, ya no queda nada. Pasear hoy por la Barceloneta es enfrentarse a una fronda de esteladas en los balcones sin que nadie recuerde el fervor antiguo de los vecinos acudiendo en masa al viejo Torín. En la Plaza de España, la fachada de Las Arenas es lo único que resiste como triste vestigio decorativo tras ser entregada al furor de los mercaderes que profanaron el templo convirtiéndolo en frívolo centro comercial. Aquellos mismos mercaderes que malbarataron la categoría de la Monumental degradando el espectáculo hasta convertirlo en exótico pasatiempo para turistas, se quejaban luego del hostigamiento del enemigo, enarbolando falsas protestas contra la agresión cuando ya era tarde para defender el negocio, cuando el rito ya había sido despojado de las señas de identidad que lo hicieron grande y atractivo para los barceloneses. La clase política nacionalista encontró entonces en la tauromaquia el objetivo perfecto para vestir su huida hacia la independencia con los falsos ropajes del buenismo animalista y se lanzó hacia una víctima en harapos con la determinación que produce enfrentarse a una victoria segura.


          Después todo fueron fuegos de artificio, corridas extraordinarias pródigas en gestos para la galería y multitudes foráneas clamando libertad. Cuando sin embargo llegó la prohibición, casi nadie echó de menos en la ciudad de los prodigios el exiguo bullicio de los domingos de temporada en torno a la Monumental, nadie salió a la calle para exigir a los responsables del atropello un poco de coherencia con el respeto observado hacia los correbous, una tradición protegida porque sin duda el toro embolado no sufre mientras el fuego acaricia su anatomía durante el encierro. 

       Seis años han tenido que pasar desde entonces para que el Tribunal Constitucional adornara con argumentos jurídicos la obviedad del desafuero competencial que cometió el Parlamento Catalán cuando votó a favor de la prohibición. Media docena de temporadas en las que el erial en que entre unos y otros habían convertido a la fiesta en Cataluña se ha ido pudriendo lentamente hasta devenir en terreno yermo para la reconquista,  un territorio propicio para que políticos lamentables ensayen la futura pugna con el Estado, voceando bravatas de desobediencia a sabiendas de que nadie se erigirá en defensor de la causa taurina para hacer cumplir la ley.


         Siempre que me encuentro en Barcelona, termino peregrinando a Montjuich para empaparme de la nostalgia olímpica, intentando encontrar entre las piedras del estadio algún rescoldo de aquel admirable esfuerzo nacional que logró confluir en la organización de los mejores juegos de la historia. Las instalaciones permanecen pero aquel entendimiento se halla en ruinas de la misma manera que la libertad se desvanece tras los embates políticos y la verdad es una entelequia que se resquebraja igual que los frescos del valle de Bohí, conservados en el museo que habita el hermoso palacio de la montaña mágica. Desde su ábside recreado, la imagen del Pantocrátor de Tahull parece reclamarnos un poco de sentido común a pesar de su hieratismo románico y su serenidad aún nos acompaña para mitigar el desencanto que nos invade de nuevo cuando volvemos a encontrarnos con el esqueleto neomudéjar de una plaza de toros, de regreso a la ciudad magnífica.

jueves, 6 de octubre de 2016

FIN DE CICLO

      La Feria de Otoño es la penúltima cita del aficionado venteño con el toro de Madrid, antes de abandonarse al letargo invernal en donde el tauroherido sobrelleva penosamente la abstinencia de su pasión, y por ello siempre ha sido un ciclo especialmente querido para el abonado. La corriente de afecto que surge del reencuentro con los viejos amigos de la andanada hace el resto, y ese aire familiar presente en una plaza sin apreturas, sin las urgencias y el ajetreo de la isidrada, nos instala en esa impagable sensación que el otoño temprano concede, la que nos permite pasar la tarde al abrigo de los atardeceres mágicos de las Ventas, al amor del tibio fulgor que surge del ruedo.

         El maltrato al que ha venido sometiendo la empresa a esta feria era una más de las razones por las que los aficionados esperábamos que el concurso sobre la administración de la plaza se resolviera a favor de cualquier otro que no fuera el responsable de la nefasta gestión que hemos venido soportando durante los últimos años. Ese otro resultó ser finalmente Simón Casas y si su histrionismo le deja llevar a cabo las buenas ideas con las que siempre ha adornado sus proyectos y se olvida de criminalizar a los aficionados que defienden en la primera plaza del mundo la pureza de este rito, inevitablemente saldremos ganando. En realidad, lo haremos con tal de que al menos limpie la plaza y le dé esa mano de pintura que necesita desde hace tiempo.

         Para lo que nos queda en el convento …, debieron pensar los choperitas porque de lo contrario, no se explica la falta de atractivo de su última feria, fabricada con tanta desidia como falta de imaginación, a partir de la habitual combinación de vacadas que ya habían fracasado en su comparecencia precedente. Ni siquiera lograron que alguna de las figuras viniera a dar la cara en una feria que siempre ha sido aprovechada por los toreros como magno colofón a una gran temporada o como plataforma de lanzamiento para la siguiente y prueba de ello fue ese mano a mano contra natura que nadie pedía, diseñado sin más finalidad que la búsqueda del máximo beneficio empresarial a base de ahorrarse los honorarios de un tercer espada. 

         Así las cosas, la cuota novilleril de la feria se estrelló contra el descastamiento progresivo que acusa la ganadería de José Miguel Arroyo y a falta de argumentos en la tarde, el público se entretuvo en dilucidar qué novillos eran más flojos, si los del Tajo o los de la Reina. No mejoraron mucho ese comportamiento los toros de Fuente Ymbro, si bien los que entraron en el lote de Román sacaron las complicaciones que aparecen cuando su matador está ayuno de técnica y presenta la muleta por aquí y por allá, olvidándose de las más elementales normas que aconsejan dominar la embestida para que el toro no te lleve por delante. Si a un animal de incierto viaje se le administra una faena a base de trapazos y telonazos sin propósito alguno, lo más probable es que el matador vaya de cogida en cogida hasta la derrota final, y eso es lo sucedió en los dos trasteos de Román, tan animosos como desnortados, mas con la suerte de cara que le ayudó a no ser herido en cada revolcón y a salir, en cambio, triunfador, sin más mérito que el de no mirarse tras las sucesivas palizas y el de sonreír a las masas sensibles al sufrimiento del torero, cuyo “pretium doloris” indemnizaron con una de esas orejas de saldo cuya concesión sigue desmintiendo tarde a tarde lo difícil que es tocar pelo en Madrid.         

         Juan del Álamo y Morenito de Aranda pasaron como una sombra por la feria, una sombra maltrecha el primero por la cogida que recibió en una voltereta innecesaria, una sombra movida el segundo, incómodo toda la tarde ante un mal lote. En cambio Rafaelillo acaparó los mejores viajes de la corrida de Adolfo pero no acabó de creérselo debido a ese eterno síndrome de los toreros acostumbrados a matar ganaderías duras, incapaces sin embargo de cambiar su mentalidad guerrillera cuando encuentran embestidas bonancibles en lugar de las tarascadas habituales. Al menos dejó en el hoyo de las agujas de su segundo Adolfo una estocada irreprochable cobrada al segundo intento. El Cid compareció en su plaza con el aval de haber indultado varios toros del encaste Albaserrada este verano y se le vio dispuesto y eficaz en la lidia, ante un lote que se movió mejor en la distancia larga que en las cercanías buscadas por el de Salteras para encontrarse más cómodo técnicamente.




         José Garrido obtuvo un puesto de privilegio en el abono, nadie sabe a estas alturas por qué, pero su peso en los despachos fue notablemente superior a su puesta en escena, casi siempre fuera de sitio, vulgarísimo con las telas, sin resolver técnicamente las dificultades planteadas por sus toros. No dijo nada ante la boyantía del último de su lote, aunque en ese momento de la tarde, quizá se hallaba mermado por la fuerte paliza recibida de un manso del Puerto de San Lorenzo, que le persiguió a favor de querencia sin que un solo capote bien colocado evitara la cogida. Y es que la actuación general de las cuadrillas en la feria ha sido lamentable. Tan sólo José Ney manejó con sentido su cabalgadura y apenas Antonio Chacón se lució en las banderillas. Al menos, el hijo de Montoliú hizo honor a su estirpe bregando con eficacia y valor sin cuento a un manso reservón emplazado en los medios.

         En ausencia de grandes acontecimientos, la feria quedó sujeta por dos pilares, uno de forja toledana y otro de fábrica linarense, dos toreros del gusto de la afición de Madrid. Ambos tomaron la alternativa hace casi veinte años, en 1997, con quince días de diferencia y ya han triunfado en esta plaza en otras ocasiones. Saben lo que es salir a la explanada de las Ventas tras pasar bajo su puerta grande y lo que es comerse el orgullo viendo cómo otros toreros disfrutan de temporadas fecundas en festejos sin haberlo hecho nunca. Ambos cimientan su tauromaquia en los cánones de la tauromaquia de siempre, el de Toledo profesa el clasicismo castellano de la sobriedad, el de Linares practica el clasicismo florido del sur y vinieron a Madrid para impartir dos lecciones de toreo sin necesidad de cortar oreja alguna.

         Eugenio de Mora es sin duda el torero más puro del escalafón actual. Inicia cada serie con tal pulcritud en los cites, la muleta planchada y sin artificio presentada desde la colocación exacta del cuerpo entre los pitones, que el viaje posterior del toro necesariamente transcurre ceñido y emocionante, sometido al poder del temple y rematado como se debe, hacia adentro y detrás de la cadera. Ese planteamiento trae Eugenio a Madrid todas las tardes últimamente y sólo es cuestión de tiempo que el público lo refrende con el gran triunfo mediático que se merece, aunque para los avisados del acontecimiento, el triunfo comparece cada tarde en la que el de Mora ofrece al toro su muleta. En la corrida de Fuente Ymbro, sus dos toros fueron los más parados así que ambas faenas fueron de más a menos y acabaron malbaratadas por un deficiente uso de la espada.




         Curro Díaz ha venido engolosinando a la cátedra casi todas las tardes desde que su figura pinturera desplegaba la muleta en el tercio y se entretenía en engalanar la corrida con ayudados excelsos y trincherazos de orfebre. Después, lo normal era que el toro se acostara un poco por aquí, o se colara un poco por allá, y a la menor complicación, el torero se afligiera sin redondear la obra que tan elevados principios había tenido. Pero de un tiempo a esta parte, algo ha cambiado. Curro ha echado una buena temporada acaparando sustituciones ante ganaderías nada cómodas y ese oficio que da el torear más que otros años o la madurez que proporciona haber llegado a la edad en que no debe dejarse escapar el último tren de la gloria, sin duda le han conferido un fondo de valor que le permitió componer macizas faenas a los de su lote, y sobreponerse a dos cogidas espeluznantes cuando Curro se abandonó al esteticismo de su sello sin tener en cuenta la encastada mansedumbre del tercero. Para el recuerdo dejó una serie de naturales a pies juntos que meció con la parsimonia de los elegidos, un cambio de mano profundísimo en el que por fin aunó estética y poder y ese empaque inolvidable con el que esperaba impávido al toro entre muletazo y muletazo, en el sitio de torear.  



  
         Coincidiendo con la feria, mi hijo de quince años ha empezado a estudiar filosofía en su último curso de secundaria. El primer debate propuesto por la profesora para practicar la mayéutica socrática no ha podido ser otro que la tauromaquia. De los quince alumnos que conforman la clase, sólo uno se manifiesta seguidor de las corridas de toros, a otros cuatro no les gustan pero las toleran, los demás son partidarios de su prohibición y al menos la mitad de ellos practica un animalismo beligerante. Me temo que a la profesora, ante semejante alumnado, le costará bastante extraer la verdad y a nosotros, defender nuestra pasión cuando estas nuevas generaciones dominen el mundo. Me conformo con que mi hijo, que hace tiempo dejó de interesarse por la obsesión de su padre, no se pase al otro bando.

viernes, 2 de septiembre de 2016

INVESTIDURA

    Son las cuatro y media de la tarde de mi penúltimo día de vacaciones y Rajoy apenas ha comenzado su discurso de palabras huecas con el que pretende convencernos de las bondades del lampedusiano pacto firmado con Ciudadanos, más de cien reformas diseñadas por sesudos equipos de tecnócratas para maquillar el disimulado propósito de que todo siga igual.

         Don Mariano sigue arrastrando la ese por el estrado con una convicción encomiable, la misma que le hace permanecer todavía en política a pesar de la miríada de escándalos de corrupción que ha consentido y amparado. Érase un hombre a un desliz pegado, aquél que le hizo acudir al parlamento otro mes de agosto de hace tres años, para mentir sobre la financiación de su partido con la impunidad que ofrece tener asegurado el control de los tribunales que pudieran juzgar su actuación.

         Rajoy intenta convencer a su auditorio de la necesidad de que haya gobierno con toda la incoherencia de que es capaz alguien que se negó a facilitar hace seis meses otra propuesta basada en medidas programáticas similares a las que ahora ofrece y que no apoyó fundamentalmente porque no era él quien estaba al frente del cotarro. Ni siquiera ha estructurado su discurso para pedir más adhesiones a su proyecto porque éste es el primer acto de campaña de las terceras elecciones en las que los gurús que le asesoran le han prometido una mayor cuota de poder con la que le obsequiarán los reyes magos de la desidia, la mentira y la ley d’Hondt.

         Si Pedro Sánchez tomara prestada la inteligencia política que no posee, y se olvidara por un momento de los cuchillos que vuelan en su partido y del afán de venganza personal que le tienen paralizado, le cambiaría el paso de la estrategia a su contrario, se abstendría tapándose la nariz para que de una vez hubiera gobierno y al día siguiente lideraría la oposición exigiendo sin descanso las reformas reales que el sistema necesita para regenerarse, relegando a un rol secundario el papel de los arribistas que no llegaron a consumar el sorpasso. El sufrido espectador de la farsa se vería así agradablemente sorprendido por ese repentino abandono de la estrategia electoral que supondría cercar al partido en el gobierno para que el consenso sobre el sistema educativo, la justicia fiscal que nunca llega, la reforma del sistema electoral, la separación de los poderes del Estado y la igualdad de los españoles en todos los lugares del territorio nacional fueran por fin una realidad y no una eterna quimera.

Claro está que eso es lo que haría Pedro Sánchez si tuviera la inteligencia política que no posee y la voluntad reformista que no tiene.