lunes, 5 de octubre de 2020

LA MASCARILLA IDEOLÓGICA


De entre las múltiples devastaciones que ha generado el coronavirus sobre la vida y la hacienda del sufrido españolito, la de nuestra confianza en las administraciones que nos circundan ha sido la más previsible y el tratamiento no acierta a dar con la solución de nuestras cuitas cuando la mascarilla que se opone a la infección es ideológica. La politización de la gestión de la pandemia no puede sino llenar de estupor al espectador imparcial, que contempla llegar la segunda oleada de contagios entre el fragor de las cuchilladas de los responsables públicos cuyo afán principal es echarle al de enfrente la culpa de su propia incompetencia. El panorama no es nuevo y en la actualidad se libra la segunda batalla de una guerra que comenzó en marzo suscitada entre las estrategias de propaganda de los partidos, cuyas armas fundamentales han sido siempre el control de la justicia y de la opinión pública para que la depuración de las responsabilidades sea sólo aparente en aras de la victoria final que pasa por el mantenimiento del poder.

La cuestión sería de menor importancia si los tiempos fueran de bonanza. España se ha acostumbrado a sobrevivir a décadas de gobernantes corruptos, tolerando los escándalos como quien se echa a la espalda las trastadas del hijo díscolo, y de los GAL a la Kitchen, de Filesa a la Gurtel, de los ERES al "tres per cent", el ciudadano se ha tragado con mansedumbre la corrupción nacional inveterada, como un elemento consustancial del paisaje que era generalmente aceptado siempre que no se jugara demasiado con las cosas de comer. Pero cuando los rifirrafes de aquéllos a quienes en mala hora votamos afectan a la salud pública y al futuro de nuestros hijos, la cosa adquiere una dimensión distinta para instalarse en la amarga sensación de que la peor catástrofe de este siglo está siendo manejada por los peores políticos de la historia, una conjunción astral de gente sin criterio que toma decisiones con un ojo en la pandemia y otro en su futuro electoral.

El campeón en la gran estrategia de imagen que le hace seguir al frente de las encuestas cincuenta mil muertos después es el presidente Sánchez, que tras incentivar la movilidad después del confinamiento proclamando a los cuatro vientos la derrota del virus, vio clara la jugada y se cruzó de brazos para que ante los nuevos rebrotes de la epidemia que traspasa las fronteras y requiere una lucha común de todas las instituciones, esta vez fueran los presidentes autonómicos los payasos de las bofetadas. Sus gurús sabían que la presidenta de Madrid oficiaría de clown destacada en el circo de incapaces al frente del cotarro y Díaz Ayuso no les defraudó, improvisando su habitual discurso caótico en el que se puede criticar el retraso inicial en la adopción de medidas por el gobierno, calificar como dictatorial el mando único durante el estado de alarma, reclamar plenos poderes para avanzar en la desescalada y, al asumirlos, no reforzar la atención primaria ni organizar adecuadamente un sistema de rastreo eficaz para evitar el aumento exponencial de los contagios. En su lugar, desplegó el manoseado recurso de la criminalización del personal, una explicación ininteligible que hablaba de Madrid como rompeolas de todas las Españas para justificar su inacción, remedando aquella explicación de Carmen Calvo cuando atribuía nuestra condición de líderes en número de fallecidos a un problema de latitud.

Finalmente, cuando nuestra lideresa se vio inerme ante la segunda oleada, ensayó un último volatín bajo la carpa para reclamar sin rubor la ayuda de Sánchez y entre sus respectivos asesores montaron la mascarada de las banderas a fin de que se notara menos la desfachatez de su gestión. Sin pretenderlo, los diseñadores de la pantomima hermanaron a ambos próceres en una foto que quedará en la historia del esperpento nacional, los que debieran ser héroes definitivamente reflejados en los espejos cóncavos del callejón del Gato, gerifaltes de una tropa de mandatarios infames con los que tenemos que ir tirando, sin contar siquiera con modernos valleinclanes que nos permitan sobrellevar con su talento el sentido trágico de la vida española.

España es una deformación grotesca de la civilización europea, que diría Max Estrella, quien hoy se volvería a morir de frío y de vergüenza, contemplando cómo por el escenario patrio evolucionan ministros que aseguran seguir las instrucciones de comités de expertos inexistentes al frente de los cuales comparece cada día un tipo doctorado en el arte de errar el diagnóstico y a pesar de todo acabar convertido en icono mediático, consejeros autonómicos que cabalgan elefantiásicas curvas estadísticas con la displicencia de los soldados que surfean bajo las balas en “Apocalipsis now”, vicepresidentes que pretenden aprovechar el caos para malbaratar el ideal republicano y líderes extremos a la caza de votantes preparando mociones imposibles, independentistas irredentos que siguen persiguiendo su causa a pesar de todos los cadáveres y mentirosos profesionales que esgrimieron en marzo la necesidad del estado de alarma para acabar limitando nuestros derechos por orden ministerial.

Mientras tanto, nosotros los de entonces, nunca seremos los mismos. La epidemia ha socavado la mejor sanidad del mundo, ha puesto en cuestión la sociedad de bienestar que nos abrigaba, ha quebrantado la seguridad jurídica en lo que sin duda es ya un estado fallido. Los ciudadanos que consentimos la abolición de la primavera y atravesamos indemnes el verano del miedo, nos enfrentamos a un otoño confuso en el que la historia se repite como farsa que contemplamos asombrados, abocados a soportar la crisis económica más profunda de nuestra historia en espera de la vacuna que nos saque de esta pesadilla. Es probable que la inyección nos inmunice contra el virus, pero si seguimos pertrechados tras la mascarilla ideológica, será difícil que nos inocule la madurez democrática necesaria para comprender que sólo nosotros somos los dueños de nuestro propio destino.



viernes, 21 de agosto de 2020

TARDE DE TOROS

DISTANCIA SOCIAL


Sábado, quince de agosto de dos mil veinte, Las Majadas, Cuenca. El primer festejo de mi temporada es una becerrada con erales de Carlos Núñez y Pedro Miota para Mario Arruza y Alejandro Peñaranda, jóvenes promesas de la novillería conquense. La ansiedad de piedra y arena pesa en el ánimo ayuno de la emoción única que ofreció siempre la vieja liturgia de correr toros en territorio acotado para la belleza. Negociando las primeras curvas de la serranía, la mente se escapa al ambiente de este día en tiempos que creíamos eternos, cuando a pesar de la decadencia inexorable, España entera hervía en docenas de acontecimientos taurinos que llenaban de contenido la fiesta mayor de cada lugar, convirtiendo esta jornada en el día más taurino del año, la corrida de la Virgen de la Paloma en Las Ventas y la de la Virgen de los Reyes en la Maestranza, la Malagueta, Illumbe y el Bibio en plena actividad, “quien no se viste de luces el quince de agosto, ni es torero ni es ná”.

 

Hoy todos esos lugares míticos están cerrados a cal y canto esperando el golpe final que los derribe entre la desidia del taurinismo, la pasividad de las autoridades y la hostilidad del enemigo. Los devotos de la tauromaquia no tenemos más remedio que desafiar al miedo en una tarde apacible de verano para volver a los orígenes y honrar el rito atávico en una plaza de pueblo. Los culpables del milagro han recomendado acudir al coso con tiempo suficiente para que las medidas de seguridad puedan cumplirse y el público obedece, la alegría embozada tras la mascarilla y el espíritu festivo en recesión tras la toma de temperatura y el enjuague de manos con el líquido viscoso de la prudencia. El aforo del coso serrano ha sido reducido al medio centenar de espectadores a través de un sistema de puntos diseminados por los tendidos marcando la distancia social aconsejable y el alcalde en persona recorre la grada exigiendo mayor separación a los distraídos para evitar que la criminalización de la fiesta se agudice aún más. El evento cuenta con un maestro de ceremonias que actualiza las recomendaciones sanitarias a los que van llegando y con una charanga de Navalcarnero que exorciza la madrileñofobia, amenizando con su entrañable petardeo los ánimos expectantes del personal, que todavía parece no creerse estar dentro de un acontecimiento taurino. Tras el paseíllo, el silencio del homenaje a las víctimas de la pandemia es tan escrupuloso que parecen oírse a lo lejos los ecos de la fauna encerrada en el Hosquillo. El himno nacional mantiene la dignidad a pesar de la tosquedad en su interpretación, la Guardia Civil se cuadra como si estuviera sonando una orquesta sinfónica y el pueblo vitorea con fervor el viva a España que culmina la ceremonia. Suena a destiempo un viva el Rey respondido por menos de la mitad de los asistentes, aunque la encuesta no es científica.



Mario Arruza, de Mota del Cuervo, recibe a su primero de rodillas y en la larga cambiada se adivina toda la frustración que para la progresión de un torero en ciernes debe haber supuesto el parón obligado por el virus. Su bisoñez técnica frente al peor lote la suple con actitud de novillero antiguo que responde a los revolcones volviendo a la cara del toro sin mirarse. Alejandro Peñaranda, de Iniesta, guarda el secreto del temple en sus muñecas y compone la figura con la estética del toreo caro. Atento a la lidia toda la tarde, se acopla con facilidad a las embestidas de sus oponentes y encuentra toro en todos los terrenos, los conocedores dicen que va para figura quizá porque ya se empiezan a atisbar en sus maneras alguno de los vicios que prodigan los instalados en este oficio.


 

El festejo transcurre sin estridencias, el público pide las orejas con amabilidad y sin entusiasmo, el presidente concede por su cuenta el honor de la vuelta al ruedo a un castañito de nota de la vacada del organizador, la única controversia surge cuando un espectador enciende un pitillo y su conducta es afeada por una señora a cinco metros. La nueva legalidad se impone antes de entrar en vigor, con el aval silencioso de un agente de la guardia civil que alertado por el alboroto asoma su figura por la tronera del vomitorio. 

              

La muerte sigue latiendo sobre el futuro de nuestra piel de toro mientras en un pueblo de la serranía de Cuenca, un manojo de aficionados acudimos al reclamo de la ceremonia que nació precisamente para conjurar a la parca, y quién sabe por cuanto tiempo, hoy se ha convertido en la medida exacta de nuestra libertad.



jueves, 6 de agosto de 2020

LA JUVENTUD ES CULPABLE

Más difícil que introducir un camello por el ojo de una aguja, más difícil que encontrar esa aguja en un pajar, más difícil que descubrir la paja en el ojo ajeno, más difícil que caminar por el ojo de un huracán, más difícil que todas esas cosas imposibles es ser adolescente en el siglo XXI.

 

Esos locos bajitos se nos han hecho grandes y abocados a un futuro peor que el presente de sus padres, mastican su frustración entre las cuatro paredes de su mundo doméstico, mientras los artífices de esa burbuja de sobreprotección que hemos creado para que la vida les afecte lo menos posible los criminalizamos ahora por salir a respirar sin mascarilla después de más de tres meses de confinamiento. En este año en el que el centenario de la muerte de Galdós se está conmemorando casi de incógnito, conviene recordar que en las postrimerías del siglo XIX, Don Benito ya nos contaba en “Fortunata y Jacinta” que una de las preocupaciones más españolas ha sido siempre que los padres trabajen para que los hijos descansen y gocen, sin pasar por el sufrimiento que la vida comporta.

 

A las pantallas que nos rodean llegan efectistas recopilaciones de fotos de nuestra época juvenil que nos hacen vanagloriarnos de una infancia difícil en la que éramos felices con apenas un tirachinas para jugar y unas cuantas onzas de chocolate harinoso para merendar y aun así, atravesábamos sin traumas aquel escenario dramático gracias a los guantazos con que los profesores nos inculcaban los valores eternos y a la terapia de zapatilla y cinturón que después nos aplicaban nuestros padres por si aún quedaba alguna rebeldía que sujetar. Sin duda este cuento de Dickens es mentira y la españita de entonces quizá no ponía a nuestra disposición la cantidad de bienestar de la que ahora disfrutan los cachorros de la clase media, pero en cambio la universidad todavía tenía esa calidad de ascensor social que hoy ha perdido y el nivel de los salarios aún permitía a una pareja de futuros contribuyentes diseñar con ilusión el horizonte de su proyecto vital.

 

La capacidad del sistema para generar chivos expiatorios es prodigiosa y en este momento el comportamiento de la juventud es señalado como una de las causas de nuestros males. Se trata sin duda de diluir las responsabilidades de una gestión que sigue estando entre las peores de nuestro entorno, como nos recuerdan los estudios internacionales sobre la materia y el tratamiento de apestados que nos dispensan los gobiernos de nuestro club europeo. El mismo engranaje encargado de maquillar la tragedia vivida mediante técnicas de propaganda que anestesian el enfrentamiento con la realidad, les pide a nuestros jóvenes que transiten por el verano como ciudadanos adultos y se olviden de la pulsión de libertad que vibra en su piel, aplacen la alegría de encontrarse con sus amigos bajo la noche estrellada y sigan las consignas de unas autoridades que se han ido de vacaciones sin diseñar su retorno seguro a las aulas.


Cada informativo se abre con la imagen de una reunión masiva de nuestros hijos celebrando la noticia de estar vivos, mientras una voz acusadora convierte algunas conductas aisladas en carnaza propicia para la indignación de la opinión pública. En cambio, nadie recuerda la actitud ejemplar de esos jóvenes que han soportado sin demasiados aspavientos la abolición de la primavera, encerrados en sus leoneras mientras contemplaban el desconcierto de sus mayores dando palos de ciego a un virus sobre el cual les aseguraron que no causaría más estragos que los de una gripe común. Después les contaron que la mascarilla no era eficaz antes de obligarles a ponérsela, luego les confundieron con teorías contrapuestas sobre inmunidades y formas de contagio y más tarde les encadenaron a sus ordenadores en el trimestre decisivo de su curso, por el que navegaron como pudieron entre el desasosiego y la incertidumbre.  


Y por fin llega el verano con su arsenal de promesas por cumplir y los chicos no pueden darse una tregua antes de zambullirse tal vez en un nuevo confinamiento que marcará sus currículos para siempre, mientras las administraciones varias reinciden en el caos de la gestión, en un desbarajuste de fantasmagóricos expertos y rastreadores insuficientes del que sólo nos salva la mayor benignidad estacional de un virus que nadie acaba de entender. Por encima del botellón que nos salva de la revolución, se divisa el horizonte de mileurismo y paro juvenil que les espera. Nuestra única respuesta es seguir llenando de comodidades su habitación.


miércoles, 15 de julio de 2020

EL ENCONQUENSADO



Yo siempre estoy en Cuenca aunque me encuentre lejos,
vivo en la misma casa de los días azules,
la morada que habitan mis mejores jornadas,
aquéllas que me abrigan cuando todo es hostil.

El enconquensado siempre se halla en Cuenca aunque se encuentre lejos, pongamos en Manhattan, contemplando un “sky line” que no le es del todo ajeno, acostumbrado como está a caminar bordeando abismos y a levantar la mirada hacia sus propios rascacielos. El barrio de san Martín no es la Quinta Avenida pero esconde joyas que embelesarían a la Audrey ensimismada frente al escaparate de Tiffany. En el cénit de su añoranza, el enconquensado cruza el puente de Brooklyn en busca de San Pablo y perdido en el MOMA, recuerda su pequeño museo de las Casas Colgadas y contempla la delicadeza de los nenúfares de Monet en Giverny, abrazado al aroma del Júcar que desprenden los lienzos de Zóbel. 

    
Yo sigo en mi colegio, sentado en el pupitre
que todavía guarda una esperanza antigua,
camino las miradas de mis viejos amigos
que pronuncian mi nombre desde otro lugar.

Ese otro lugar es para el enconquensado un paréntesis raro en su enamoramiento con el escenario de la felicidad. Estos días azules y este sol de la infancia. Si además está desterrado en un exilio permanente, camina por la vida extrañando el amparo de las calles de su ciudad, el ambiente único que viste de intimidad las plazas empedradas de nostalgia, el recodo que acompañó sus pasos en aquel tiempo sin miedo, cuando el futuro era un rumbo y la vocación una certeza a la que abandonarse. Si alguna vez el destino le sitúa en Sevilla durante el primer plenilunio de la primavera, no hay gran poder ni esperanza capaz de apagar su querencia de turba y soledades. La orfandad de hallarse en casa ajena le impidió disfrutar de París en el preciso instante en el que descubrió un aire de familia en la fachada de Notre Dame. 



Yo siempre estoy en Cuenca, jugando hasta las tantas,
en una plaza alegre las noches de verano,
surcando en bicicleta las horas de la siesta,
subido en un peñasco, dominando la hoz.

El enconquensado no necesita horizontes lejanos que trasciendan la hoz por la que camina sobrecogido dibujando sus propios senderos. A pesar de todo, de cuando en cuando se deja engañar en escapadas que la familia organiza para sacarlo de su obsesión por las paredes conocidas, pero invariablemente se le ha visto contemplando los paisajes de la Toscana con una extraña melancolía que no tenía tanto que ver con el síndrome de Stendhal como con la evocación de sus paseos entre hocinos por el Huécar. En ocasiones, sus hijos han llegado a sentirse tentados de renegar de su estirpe, como aquella vez en Granada cuando entre la multitud de turistas congregados en el mirador de San Nicolás al reclamo de la puesta de sol sobre la Alhambra, surgió la voz de su padre afirmando que prefería el incendio que se proyecta en los muros del seminario cuando se contempla el ocaso desde el puente de San Antón.


Todavía respiro la tristeza en la tarde
de un domingo de invierno con lluvia en los cristales,
el olor de la leña por las calles angostas
con vistas al abismo de mi propia verdad.

La verdad del enconquensado es difícil de comprender para los que han superado la huella de la infancia, y han conseguido abandonar indemnes esa patria en pos de un cosmopolitismo salvador. Para los demás, la herida del tiempo duele menos si cuentas con el bálsamo del recuerdo y la posibilidad de repentizarlo a diario para atravesar las intemperies de la vida, ésas que te hacen anteponer la Fuensanta al Bernabéu, San Mateo a San Fermín y que pueden llevarte a proclamar que un crucero por el Caribe nunca será tan fecundo como un paseo de otoño hasta la playa artificial. La necesidad de abrigo que atenúa un recodo de tu río no se combate con la inmensidad del mar.

Y cuando vuelvo a Cuenca, el corazón se ensancha,
retomo los senderos que el tiempo borró en vano,
abrazo los recuerdos que esperan tras la esquina
y el mundo me sonríe, resumido en su luz.


martes, 23 de junio de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS: X. LA GRAN NEGLIGENCIA.


Como las bicicletas, la nueva normalidad es para el verano y el distópico neologismo se asienta en nuestras vidas con la misma perplejidad con la que un virus fantasma llegó, suspendió la primavera y permanece agazapado entre la incertidumbre de su otoñal regreso instalada en el miedo de la gente. La memoria de cuarenta mil de los nuestros nos recordará para siempre el oprobio de un tiempo en el que fueron desalojados de un barco donde se creían a salvo, mientras las autoridades en las que habían depositado su confianza navegaban por la desgracia con la impericia del capitán que prioriza su mantenimiento en el puente de mando al bienestar de su pasaje.

La configuración de un gobierno sin experiencia ni cualificación suficiente, conformado para dar satisfacción a las distintas ambiciones entre las que había que navegar para alcanzar el poder a toda costa, se demostró fatal a la hora de hacer frente a la crisis. Un ministerio de sanidad vaciado de competencias durante el proceso de descentralización autonómica no supo gestionar la asunción repentina del mando único y se dejó enredar en una vorágine de test falsos y equipos de protección defectuosos que contribuyó a empeorar una situación que ya venía lastrada por la incuestionable falta de previsión de los científicos a su servicio.

El pecado original de las autoridades fue no saber prepararse para el desafío sanitario cuando desde el treinta de enero la Organización Mundial de la Salud venía alertando sobre la dimensión global de la pandemia y la necesidad de aprovisionamiento de material para hacerle frente. La gran negligencia cometida trasciende a acontecimientos puntuales como los actos masivos del ocho de marzo, en los que todos los grupos políticos participaron de una u otra manera siendo conocedores de las advertencias de la OMS, lo cual nos conduce a la certeza de la inevitabilidad de nuestro destino aunque éste hubiera sido manejado por gestores de distinto signo.

El gobierno ha tratado de excusar su errada estrategia recordando la herencia recibida, la pujanza turística de nuestro país o el consuelo imposible de los desastres similares ocurridos en otras latitudes. Sin embargo, el colapso del sistema de salud tiene menos que ver con los recortes de la última década o con el tránsito de viajeros que con el hecho evidente de no haber cerrado las fronteras ante el ejemplo italiano y haber pospuesto el confinamiento, optando solamente por medidas de contención pese a los primeros datos de crecimiento exponencial del contagio comunitario. Grecia, décimotercera potencia turística mundial, el país europeo cuya sanidad se vio más afectada por el rescate europeo ha suplido la falta de medios ocasionada por recortes que llegaron a afectar al cuarenta por ciento de su presupuesto sanitario, con medidas de aislamiento desde el primer muerto que le colocan en una de las tasas de letalidad más bajas de Europa, con apenas doscientos fallecidos a día de hoy. El ejemplo griego nos demuestra que la respuesta tardía a la epidemia fue el factor clave para que España sufriera el confinamiento más duro y largo del continente y de su mano, la crisis económica más profunda, que los indudables aciertos del ingreso mínimo vital y los ERTES sólo aciertan a parchear y cuya salida en el tiempo aún no se adivina.

La imprudencia cometida va más allá de las escaramuzas judiciales acerca de una relevancia penal difícil de acreditar técnicamente. Es independiente incluso de la torpeza del gobierno que nos ha tocado en esta hora y se extiende a todos quienes llevan ignorando las voces que desde hace tiempo clamaban en el desierto sobre la necesidad de preservar la biodiversidad y proteger los ecosistemas como la mejor de las vacunas. En España, los sucesivos ministros del ramo siempre han sido los floreros de cada gabinete, sin un peso real que les permitiera pasar de las declaraciones programáticas a un compromiso presupuestario serio que nos preparara para las profetizadas pandemias. La penuria económica que amenaza nuestro futuro confinará de nuevo en el territorio de las buenas palabras los eternos propósitos de invertir más en ciencia y en investigación, como corolario del triste destino de un país que ya disfruta del regreso del fútbol, pero aún desconoce un plan coherente para la educación de sus hijos.   

España es una nación desdichada que lleva cinco años en campaña electoral, nuestros representantes más preocupados por el rédito político de sus acciones que por la eficacia de las mismas. Creíamos que la huida del bipartidismo haría necesarios los consensos y ni en las peor crisis del siglo, hemos sido capaces de remar unidos. La mascarilla ideológica nos acompaña desde el primer momento y mientras la derecha denuncia un estado comunista que no existe, la izquierda alerta de un golpismo imposible. Ni siquiera el terrible gerontocidio que ha dejado a miles de ancianos postrados en las camas de sus residencias esperando inermes a la muerte, ha podido sustraerse a la batalla política indecente en la que nuestras administraciones se lanzan los muertos a la cara para eludir una responsabilidad que afecta a todos, a las comunidades por la gestión y al gobierno, por omisión.

En su última homilía sabatina, el presidente saluda el oxímoron de la nueva normalidad y lo hace mintiendo varias veces en los primeros cinco minutos. Frente a las voces legítimas que claman por el fortalecimiento de lo público, no nos queda otro remedio que encomendarnos al respirador de la sociedad civil, que debe tomar la iniciativa de la situación en un país asolado por décadas de malos gobernantes. Nos toca acogernos al refugio de la responsabilidad individual, pero a los que llevamos gafas la mascarilla nos impide ver el suelo que pisamos y nos empaña la visión del horizonte.


jueves, 28 de mayo de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS. IX. LA NUEVA LEGALIDAD.


El 28 de mayo de 1993, una semana antes de las elecciones generales de aquel año, el corazón de Julio Anguita se quebró en la búsqueda de un ideal que parecía posible en sus palabras y en los oídos de quienes le escuchábamos distinguiendo ya entonces entre las falacias habituales de la política al uso y el aroma inconfundible de la verdad. Entre la pelea de ambiciones que libraban Aznar y González, emergía la voz osada de un maestro de Córdoba por cuyas lecciones desde el atril de turno era motejado por el establishment socialista de iluminado y traidor, etiquetas que pretendían desprestigiar su pretensión insólita de exigir que un posible pacto de la izquierda se asentara sobre la base de los principios en lugar de atender a la eterna codicia por ocupar parcelas de poder. Anguita solía reprender a su auditorio exhortándolo a abandonar el infantilismo y a tomar por fin las riendas de su propio destino. Huía de la fotos con los simpatizantes y del abrazo mitinero, conminando al oyente a constituirse en ciudadano pleno, sujeto de derechos y deberes, verdadero responsable del futuro de sus hijos más allá de cada elección.

Veintisiete mayos han pasado desde entonces hasta que el corazón de Anguita optó por no seguir latiendo en este tiempo oscuro en el que su legado de honestidad intelectual no lo asume nadie. Sus herederos naturales en este gobierno blasonan de representar la esperanza eterna de que al compás de sus medidas por fin se abre paso en España la justicia social, pero la renta básica sólo es un parche si hace tiempo que aquella quimera se escapó por el sumidero del fraude y la incoherencia, del sectarismo y la arbitrariedad.  

En tiempos de tribulación, conviene no hacer mudanza, sobre todo si están en juego las cosas de comer. Bajo el paraguas de la emergencia sanitaria no pueden socavarse los cimientos legislativos que dan seguridad jurídica al sistema y orientan el comportamiento de los actores sociales en unas circunstancias en las que es más importante mantener una estructura productiva precaria que abocarla a la extinción. Lo ocurrido con el pacto sobre la reforma laboral no es más que la revisitación de la fábula del escorpión y la rana actualizada a las postrimerías de este momento de excepción en el que las intrigas florecen protagonizadas por el alacrán Sánchez, incapaz de renunciar a su naturaleza de engañar a todos todo el tiempo, incluido su lugarteniente Iglesias como batracio propiciatorio que croa el “pacta sunt servanda” mientras se hunde en la ciénaga de Bildu. Si no fuera tan dramático para nuestra suerte futura, resultaría cómico contemplar el sainete del vicepresidente reclamando el respeto a la palabra dada frente a quien se olvidó de sus proclamas electorales para pactar con él. 

Hagamos por una vez caso al gobierno y dejemos para más adelante el juicio sobre su negligencia inicial para prevenir la catástrofe. Al fin y al cabo, casi todos fuimos “sologripistas” y podemos aceptar el “nadieloviovenir” como animal de compañía. Lo que no se nos puede pedir es que aguantemos mansamente las exigencias del confinamiento contemplando la gestión errática de quien pretende prolongar el estado de alarma por encima del marco constitucional, utilizando un instrumento previsto para limitar parcialmente nuestros derechos como pretexto para gobernar por decreto y cancelar las libertades por orden ministerial. La pulsión autoritaria del gobierno requiere prolongar la excepcionalidad aunque para ello sea necesario mercadear los apoyos sin importar la gravedad de la situación ni la trascendencia del momento, creando un intolerable escenario de opacidad en el que la asimetría territorial de los cambios de fase hace crecer la sospecha sobre la existencia de motivaciones políticas en la concesión de los sucesivos salvoconductos hacia la normalidad.

Por el camino de los mensajes que inocula el sistema, el ciudadano responsable que buscaba Anguita ha devenido en epidemiólogo de guardia que pontifica desde su garita sobre fases y medidas, experto de tertulia pronosticador de rebrotes apocalípticos que iban a asolar los hospitales tras la vuelta al trabajo de los sectores no esenciales después de Semana Santa, tras la salida insensata de los niños, de los paseantes caóticos, de los deportistas sin freno. Suele tratarse de personas acomodadas en el estado de alarma permanente, agorafóbicos a tiempo parcial adaptados a la nueva legalidad de un mundo distópico de teletrabajo y compras virtuales, hipócritas de salón que denostaron la ley mordaza y ahora jalean el millón de multas de dudosa legalidad impuestas a su amparo. El sistema cultiva el miedo de la población para crear súbditos incapaces de percibir que la democracia real se construye ejerciendo nuestros derechos cada día, más allá de la urna en la que introdujimos una lista cerrada que hoy nos deja inermes frente a la adversidad.           




     




  

viernes, 15 de mayo de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS: VIII. FASE CERO.


¡Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.

A este Madrid machadiano desgarrado por un virus, con el plomo del enfrentamiento en su entraña atribulada, ha llegado el San Isidro de la fase cero, sin toros en las Ventas ni bullicio en las Vistillas, desierta la pradera y sin sol para alumbrar este periodo de oscuridad en el que el panorama político presenta tintes de opereta. “Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, le decía Don Sebastián al boticario Don Hilarión en La verbena de la Paloma, la célebre zarzuela de Bretón, estrenada en 1894. En el ambiente madrileño finisecular, el diálogo castizo entre los amigos discurre sobre la confrontación entre las medicinas oficiales y los remedios caseros y concluye a propósito del calor que asfixia a la ciudad metida en la canícula de la época: “el que suda con frecuencia vence toda enfermedad”. 

Abocados a la llegada definitiva del calorcito benefactor que aplazará nuestros males hasta el próximo invierno, la crisis del coronavirus ha proporcionado una formidable cura de humildad a los que auguraban la eclosión definitiva del progreso científico que nos iba a llevar poco menos que a la inmortalidad en un horizonte de veinticinco años. El amparo de la ciencia es tan exiguo que se está demostrando incapaz de ofrecer certezas sobre el periodo de incubación del virus, sobre su origen, sobre los tratamientos más efectivos, sobre el plazo para conseguir una vacuna, sobre si la curación produce inmunidad. En triste paralelismo sobre el abandono a nuestra suerte que el Estado nos procura, el tratamiento médico disponible se basa en mantener vivo el organismo mientras el sistema inmunitario vulnerado inicialmente se recupera por sí mismo.

El anacronismo es lamentable pero la recomendación de las autoridades sanitarias actuales no difiere demasiado de la que se estableció para la gripe de 1918. Cien años de progreso científico y el antídoto sigue siendo lavarse las manos y quedarse en casa. Y eso venimos haciendo, sobreviviendo a lomos de la decreciente moral del ciudadano atónito que tiene que soportar a una administración errática al frente de un estado de servicios que ha estado cuarenta años discutiendo sobre su identidad, mientras desmantelaba su industria y se encadenaba al turismo como principal fuente de ingresos. Recién cumplidos los dos meses de confinamiento, convivimos con la imprudencia de unos gobernantes que actúan con la técnica del globo sonda en cada declaración, los sucesivos portavoces de la ignorancia perdidos en la improvisación constante de medidas destinadas a engolosinar al respetable, defraudar a los sectores afectados y enfrentar el despropósito con la rectificación parcial del engendro a escasas horas de su entrada en vigor.

Sin vacuna que nos inmunice contra la hipocresía, la maquinaria mediática del poder agita las redes sociales magnificando las transgresiones anecdóticas del camino pautado hacia la normalidad, con el fin de criminalizar al pueblo y justificar las sucesivas prórrogas del estado de alarma. Después de autorizar la salida de los niños un soleado domingo de primavera, tal vez se pretendía que se les paseara con correa para evitar la estampida y los deportistas que llevaban mes y medio quemando bicicleta estática en sus casas, debían haber esperado en la rampa su turno de esparcimiento como en una ordenada contrarreloj. El objetivo es vender la imagen de cuatro terrazas atestadas como si el común de la gente anduviera de botellón, y si además se trata del barrio de Salamanca, el espectáculo de doscientos cafres voceando delante de un escaparate de lujo, sirve en demagógica bandeja la excusa perfecta para obviar el comportamiento ejemplar del resto de sus ciento cincuenta mil vecinos que permanecen obedientes esperando la llegada de la libertad.

Sin distinción de credos políticos o niveles administrativos, nuestros mandatarios parecen menos preocupados en tomar las decisiones adecuadas que en manipular a la opinión pública. De la mano del belicismo con el que arropan sus discursos, la propaganda es el arma más eficaz para encubrir su incompetencia. Tras demonizar la crítica y anular la transparencia, presumen de datos ficticios y gestión eficaz, mientras se lanzan a la cara los muertos de las residencias. Como cantara Miguel Hernández, Madrid duerme al borde del hoyo y la espada, sus moradores portarán mucho tiempo el estigma del apestado sobre la santa paciencia de aguantar que la alternativa al futuro sin horizontes planeado por el gobierno, sea la imagen de una presidenta de tebeo posando para la televisión.

Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.

Madrileñito que vienes al mundo, te guarde Dios, uno de los dos gobiernos ha de helarte el corazón.