jueves, 29 de junio de 2017

EL ESPÍRITU DE CHENEL

Dicen los que tienen la fortuna de encontrarse en las Ventas cuando la plaza no está abierta al público que en las noches sin luna un reflejo blanco ilumina el ruedo a la altura del lugar donde se dibuja la segunda raya en los terrenos del diez. El fenómeno sólo es percibido por los que se hallan en el secreto de la relación que un viejo torero tenía con ese recodo desde donde solía citar al toro en la distancia, en sus tardes de gloria. Si además ese día ha habido corrida, a veces se oyen también sonidos extraños que los descreídos atribuyen al viento de la madrugada recorriendo tablas y postigos. Los conocedores de la magia del edificio se colocan donde el maestro tenía aposento al amparo de un jornal televisivo y desde allí creen sentir ruidos que en ocasiones parecen un simple carraspeo de fumador empedernido y en otras se resuelven en gritos desaforados que braman "dale sitio, la muleta plana, la pata alante, pronto y en la mano", y cosas de este jaez.

Los fenómenos extraños comenzaron poco tiempo después del fallecimiento del maestro del mechón blanco en el otoño de 2011, cuando los mercaderes del templo impidieron a la afición pasear a hombros el féretro por el ruedo, ocupados como estaban en prostituir la esencia del coso con espectáculos ajenos al rito del que Chenel había sido máximo oficiante. La capilla ardiente ya fue un guirigay impropio de la categoría del escenario y de la figura que yacía expuesta ante el tumulto de los que pugnaban por hacerse hueco con el fin de conseguir la foto miserable del cuerpo del maestro, al que terminaron sacando a hurtadillas por la puerta grande, tan lejos de la grandeza que merecía el torero que abandonaba su casa por última vez.

Desde entonces, no siempre ocurre pero cuando un matador que no ha hecho méritos para traspasar en hombros la puerta de Madrid, está a punto de colarse camino de la calle de Alcalá, hay quien dice haber visto la sombra errante de Antoñete recorriendo inquieta los bajos del siete coincidiendo con el pinchazo que frustra un triunfo espurio. Los amigos de lo esotérico cuentan que a menudo se escucha un extraño zumbido que se adueña de la plaza cada vez que las faenas se apartan del toreo fundamental y los toreros se entretienen en lo que Antonio llamaba morisquetas sin sentido.

Algunos vecinos de la zona notaron un quejido sordo que pudo sentirse hasta en Manuel Becerra, la mañana en que un ejército de excavadoras irrumpió en el ruedo y arrasó la mítica panza que tanto incomodaba a los diestros modernos y que  el viejo maestro sabía aprovechar a su favor, combinando con certeza el conocimiento de pendientes, terrenos y querencias. Es el mismo quejido que los abonados sienten en su interior cada tarde mientras contemplan la herrumbre que poco a poco va arruinando la plaza de sus amores, el manto de incuria que a punto ha estado de clausurar la temporada venteña si no hubiera sido porque el espíritu de Chenel que sigue morando en sus rincones, impidió la tropelía. Ya lo hizo cuando los mercaderes quisieron cubrir la plaza y la carpa circense con que pretendían ensayar la cubierta definitiva, se hundió de madrugada en extrañas circunstancias.


Dicen los que conocen el secreto que cuando por fin se desmintió la noticia del cierre, un atardecer en lila y oro se instaló por encima de los tejadillos de la plaza, a pesar del mediodía.


3 comentarios:

  1. No es mi intención spammear, pero el maestro Chenel es una fuente de inspiración para mí y, el otro día, coincidiendo con el centenario de Manolete, publiqué esta entrada en mi blog: https://galleodelbu.blogspot.com.es/2017/07/antonio-chenel-y-manolete-en-las-ventas.html

    No quiero parecer maleducado por colocarlo ahí directamente. Un placer.

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  2. El placer es mío. Gracias por tu comentario y por tu estupendo blog. Un saludo.

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  3. Enhorabuena al blogger por este artículo que lleva el aroma del toreo del maestro Chenel

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