jueves, 7 de mayo de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS: VII. TARDE DE PASEO.


Sábado de cacerolas, domingo de placebo. El presidente nos cuenta una historia, repleta de ruido y furia, que no significa nada. Mañanita de niebla, tarde de paseo. Se permitirá el deporte individual y una horita de esparcimiento familiar para que salgamos a estirar las piernas después de siete semanas de confinamiento. Más tarde los expertos convertirán el anuncio en un galimatías por fases, para que el hartazgo del ciudadano se disipe con el entretenimiento indudable que supone escoger la franja horaria en la que el poder ha tenido a bien parcelar la libertad. De esta manera, incluso es posible olvidar que la manumisión definitiva no llegará hasta el verano, al contrario de lo que ocurre en otras latitudes al este y al oeste, en donde la nueva normalidad es ahora mismo. 

Abocados al horizonte de pobreza que se nos viene encima, salgamos a pasear que es gratis. La fecha prevista para la estampida es el dos de mayo, la rebelión de las masas se cura haciendo “running”. Los alrededores de la plaza de toros de las Ventas presentan el ambiente de un día de corrida, pero en el ruedo no hay bureles reviviendo el rito atávico y las banderas de la puerta grande descansan a media asta, en señal de duelo por los miles de muertos y por la vieja y perdida felicidad. La vuelta al anillo se hace esta tarde en patinete y hay cretinos con raqueta que convierten las paredes del templo en un frontón.

Al día siguiente, el cretino soy yo mismo en pantalón corto abriéndome paso entre las multitudes, caminando “Rajoy style” pero dentro de la legalidad. El ridículo que comporta comparecer de esta guisa por los recorridos habituales de mi barrio se disfraza con la máscara que oculta la identidad. A los tímidos no nos resultará difícil vivir eternamente embozados. La acera que inauguro parece el corredor de la muerte y el eslalon con los cuerpos que me salen al encuentro me recuerda que el distanciamiento social que requiere la pandemia es como afrontar el abismo con una vara de medir. Cuando salto a la calzada desierta de vehículos casi me atropella un ciclista que surge de la nada circulando en dirección prohibida. Si no me mata el virus, lo hará un émulo de Induráin repentizando la desescalada sobre mi espalda.

Los que mandan han dispuesto que los alérgicos de mediana edad sólo podamos salir de paseo en las horas en que la polinización se manifiesta en todo su esplendor. “Piove, porco governo”. Sin guantes con que enfrentar la vida, no puedo aliviar la irritación de mis ojos porque no recuerdo si adopté la medida de seguridad de pulsar el botón del ascensor con el nudillo. Los jóvenes sin miedo se arraciman en las esquinas, y se hacen los encontradizos ensayando la rebeldía de la quedada casual, un ojo en el móvil otro en la ronda policial que se adivina en lontananza. Acostumbrado a que me dirijan la vida, el “spotify” me selecciona una de Sabina, pero si me dan las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres, no podré ni protestar cuando me esposen los municipales. 

A la hora de la cena, las calles se vacían y el dulce tintineo que viene de las cocinas se mezcla con el ruido de la ciudad, al tiempo que un suave olor a sopa y a fritanga se va imponiendo sobre mi débil voluntad de atleta. La cadera dolorida y la rodilla claudicante hacen el resto y me mandan de nuevo para casa. Desando los caminos lentamente hasta volver a adoptar mi acostumbrada condición de isla. Las once. 




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