viernes, 3 de abril de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS III: LA MUERTE DEL AMIGO


En Cuenca, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo, Teodomiro Huerta, con quien tanto quería. La elegía que tantas veces entonamos juntos en la música de Serrat es hoy un lamento solitario y el rayo que te ha llevado no cesa de herirnos desde que tus amigos hemos despertado a la evidencia de que nunca más estarás ahí para recordarnos con tu ironía habitual, que la vida será a partir de ahora un eterno lunes difícil de encarar porque ya seremos uno menos para siempre.

Todo esto pasará, decíamos a coro para eludir la tristeza de no poder compartir las cervezas de costumbre, haremos la gran fiesta, celebraremos la fortuna de encontrarnos, pagaremos la deuda de los abrazos pendientes y nadie tendrá excusa para no acudir. Y entonces nos llegó al teléfono tu imagen tras la máscara, el ingreso inesperado en el lugar en el que hace años ganaste una batalla parecida, las primeras bromas sobre la amenaza del maldito bicho y el temor por el acecho del dolor. Aislados del compás de tu latido, cada mañana nos dabas noticia de tu aliento y ese primer mensaje que en los tiempos de libertad inauguraba el chat de cada día, también llegaba en estos momentos de desasosiego en los que tratabas de driblar a la fiebre acosadora como si fueras tu admirado Juanito en Chamartín. Por nuestra parte, vigilábamos el móvil cada hora, te enviábamos las canciones de la banda sonora de nuestra historia común y los mensajes varados sin respuesta anunciaban la venidera soledad. Confiábamos en que el gran Uderzo escribiera un guión distinto desde el más allá que postergara tu partida hacia otros mundos, y te hiciera protagonista de una nueva victoria como el irreductible galo que eras.

La muerte lo concreta todo. Es la certeza absoluta que acaba definitivamente con todas las inseguridades, con la duda permanente, con el desamparo de los solitarios, aquéllos que como tú y el Pío Coronado galdosiano de tu película favorita, tenían ya varios perros enterrados. Bien lo sabías cuando tu coraje nos envió tu despedida anunciando que esta vez no habría gol en el minuto noventa y tres que prorrogara el partido, que para nuestro mal vendría a llevarte la parca, sin dejarnos siquiera el consuelo de empujar al mar tu barca con un levante otoñal. Nos cuentan que te fuiste mecido por la última nevada que sepultaba bajo su manto de madrugada las esperanzas de ese día aciago, penúltimo viernes de cuaresma, preludio del advenimiento del Jefe, como tú llamabas a Jesús de Medinaceli, que este año tampoco estará en las calles por acompañar mejor tu llegada a la otra vida.

Los muertos sin nombre de esta fatal epidemia se han encarnado todos en ti, compañero del alma, tan temprano, en este marzo triste de luto presentido, de duelos y distancias, de pronto abatimiento que acaso podamos derrotar leyendo a Séneca y su enseñanza sobre la necesidad de cultivar a los amigos como si los fuéramos a perder, y al perderlos, evocar su recuerdo como si los siguiéramos teniendo, como ese vino amargo difícil de trasegar por cuya aspereza se puede llegar también a una embriaguez placentera. En tu memoria, Teo, amigo, nos hemos reunido desde nuestras casas y hemos chocado esa cerveza que teníamos pendiente contra la pantalla del ordenador. Que la tierra te sea leve. 



3 comentarios:

  1. Que artículo tan bonito!! Me ha emocionado

    ResponderEliminar
  2. Que emotivo, seguro que él desde donde esté cuando lo lea se va a emocionar tanto como yo.

    ResponderEliminar
  3. Precioso homenaje! Un abrazo a todos vosotros, que habéis perdido un gran amigo! Un adiós a aquel amigo de mis hermanos al que tanto le gustaba fastidiarme, pero luego era el primero en verme por la calle y abrazarme como a una hermana

    ResponderEliminar