lunes, 8 de octubre de 2018

LA SUERTE DEL TOREO


Por fin llegó el otoño y Urdiales volvió a Madrid. Nuestro casero Simón, que cuida del pedazo de cielo que ocupamos en la andanada, nos expulsó del paraíso después de San Isidro con el pretexto de la misteriosa reforma de la plaza, ésa de la que nadie sabe a día de hoy, ni su contenido, ni su alcance, ni su duración. Lo único que se anunció a ciencia cierta es que debía comenzar por el saneamiento de las cubiertas y así durante el verano, los abonados mirábamos los andamios, las redes y las mallas que velaban la visión de nuestro hábitat con cierto desasosiego, acrecentado por los rumores de disminución de localidades, modernización de los graderíos y reducción del diámetro del ruedo. Cuando despertamos del sueño estival y volvimos a la plaza, la andanada seguía allí, con un techo a estrenar cubriendo la suciedad de siempre. Quizá para distraer la atención del futuro atentado que se prepara contra la esencia de nuestro templo, compareció el mago Simón en la canícula y esta vez, el juego de manos consistió en anular la elección de las ganaderías por los toreros mediante un sorteo para el que quisiera afrontar el grandísimo riesgo de torear una de Adolfo en vez del enésimo Victoriano de la temporada. El aficionado no ceja en el empeño de reclamar más justicia en la fiesta y Producciones Simón Casas, siempre atenta al runrún de los corrillos, se apresuró a vender como gran revolución la apuesta de Talavante de meter sus dos bolitas en el bombo, ahora que necesitaba dar un golpe en la mesa tras su desencuentro con Matilla, que lo borró de casi todas las grandes ferias de la segunda mitad de la temporada mientras acariciaba el gato del poder omnímodo que al parecer detenta. La revolución verdadera hubiera consistido en conseguir que Julián, José Mari y José Antonio compraran también la lotería de Don Simón, con los Saltillos, los Miuras o los Ibanes saltando alegres en el bombo de los premios, pero en seguida salió el Juli en la prensa adicta, a decir que el torero se gana en el ruedo poder elegir las ganaderías que mata lo que traducido venía a significar que está dispuesto a permanecer otros veinte años en la fiesta explicando frente a las sucesivas camadas de Cuvillos y Garcigrandes su lección cotidiana de ventajismo y vulgaridad. El primer torero contratado en la madre de todos los sorteos fue Diego Urdiales, para la que iba ser su quinta tarde en la temporada, tras ser condenado al ostracismo por el sistema el resto del año.



Como era previsible, el sorteo desembocó en un "deja vu” que nos transportaba directamente a San Isidro. Las bolas calientes del Gatopardo Simón nos han organizado un comienzo de otoño con el mismo programa de la primavera, una nueva ración de los toros que Victoriano del Río y Lorenzo Fraile manufacturan para la muleta, la peste del toreo moderno aplicada por igual a las embestidas boyantes y a las complicadas, la falta de personalidad en los toreros de esta hora y el fervor por Alejandro Talavante, que nunca como en este momento, tuvo tan a favor a la plaza de Madrid, que le saca a saludar por el mero hecho de comparecer ante la cátedra en este otoño que todavía era verano. Que Talavante sea tomado por algunos como un antisistema que viene para cambiar el estado de cosas y dar un puñetazo en la mesa en la que comen los muñidores del cotarro es como creerse las proclamas revolucionarias de los jerifaltes podemitas de discurso postizo y mansión en Galapagar. Como ya ocurrió en 2013 cuando se saludó su apuesta de encerrarse con seis Victorinos como el gran acontecimiento de la isidrada, su doble comparecencia en la Feria de Otoño acaba en fracaso sin paliativos, la ovación de bienvenida transmutada en pitada final por obra y gracia de las limitaciones del extremeño para poder con un tipo de toro que no regala las embestidas. Pese a todo, hubo un momento en su actuación en donde apareció el torero que tantas expectativas despertó en el inicio de su carrera, cuando de la mano de Antonio Corbacho, pretendía ser el émulo imposible de José Tomás. Fue en el comienzo de la faena al primero de sus cuatro toros en la feria, ante el que improvisa una serie maciza de naturales defendiendo la posición, en los medios y sin probatura alguna, a golpe de la inspiración que surge a toro arrancado, cuando todavía no hay tiempo para pensar. Luego la cabeza se va imponiendo a la ambición y la falta de compromiso crece en cada serie y como a pesar de todo la parroquia a favor sigue jaleando ese otro toreo de menos enjundia, superficial y despegado, el torero que venía con la escoba para sanear la parte alta del escalafón se conforma con la previsible orejilla que acaba frustrando un pinchazo inesperado. A partir de ahí, Talavante ya no levanta cabeza en toda la feria, quizá consciente de la oportunidad perdida, y aun así, sigue habiendo gran expectación en su segunda tarde, con casi lleno en los tendidos, pero una corrida de Adolfo Martín baja de casta y un lote complicado hacen que la apuesta del extremeño se agote en el vuelo de la larga cambiada con que recibe al primero de la tarde. Sus carencias técnicas para lidiar con el capote a este tipo de encaste y su inhibición final con muleta y espada transmiten a la plaza una imagen de torero vencido, incapaz de soportar el peso de una apuesta que acaso se hizo buscando colar como gesta el numerito de todas las tardes, a la espera de que un sorteo favorable en el bombo o en los corrales permitiera aplicar las recetas revenidas del toreo moderno al toro domesticado al que se lleva enfrentando toda su carrera. Para el año que viene, se anuncian nuevos sorteos patrocinados por Don Simón, mientras el imperio Matilla sigue intacto y a Talavante se le avecina un invierno económico que debería afrontar siguiendo a pies juntillas el viejo consejo de nuestros abuelos según el cual no hay mejor lotería que trabajo y economía.



En realidad, el bombo de marras no es sino otro fuego fatuo de Monsieur Casas para encubrir el estado putrefacto del sistema que, en el fondo, no quiere o no puede subvertir. En la cabaña brava sigue existiendo la casta suficiente para que el toreo vuelva a tener la grandeza de siempre. El problema real es la gran crisis de toreros existente en este siglo, incapaces de desarrollar en la plaza un planteamiento distinto al que manejan los líderes del escalafón, a quienes no pretenden desalojar del poder sino a lo sumo aprovechar un resquicio del sistema e ingresar en él para seguir transigiendo con el montaje del toro bobo y colaborador. Fortes, por ejemplo, se dejó ir el Victoriano más encastado de la tarde, al que llegó a embarcar con templanza en la primera serie, naufragando a continuación en una sucesión de pases sin mando que conforman una faena que se va diluyendo entre la impotencia y el paso atrás. Lidió al sobrero con la sombra de la oportunidad perdida nublándole el entendimiento y bastante tuvo con salir vivo de la feísima cogida que cobró al entrar a matar. Pablo Aguado, el toricantano que venía en sustitución del infortunado Ureña, al menos abrió la tarde con el aroma del verdadero toreo de capote, en donde el sevillano se duerme en dos verónicas muy caras y un primoroso quite al delantal, antes de cortar la consabida oreja del sexto que el público más amable suele regalar para sacudirse el desencanto de cada tarde. Álvaro Lorenzo sorteó un lote a modo para reeditar aquel triunfo vacío del Domingo de Resurrección del que ya casi nadie se acuerda pero no se atrevió a dar el paso al frente para recoger los frutos de la decepción talavantina y se dedicó a plagiar la famosa tesis del Doctor López que lleva por título “Aproximaciones al toreo moderno: la nueva manera de cargar la suerte metiendo pico y retrasando la pierna de salida”. En cambio Luis David, venía a Madrid a que le convalidaran con los Adolfos los entusiastas trabajos que le han llevado a torear una veintena de tardes por esas plazas de Dios exponiendo la doctrina del feísmo al adamesco modo, pero se encontró con el sexto, que se acordaba un poco de la casta de la ganadería que iluminó las postrimerías de San Isidro, e inevitablemente quedó al descubierto la mediocridad de una propuesta que pretendía aplicarle al toro esa ligazón tramposa que se instrumenta al amparo de la pala del pitón, y que al primer respingo del astado, se resuelve en un sinfín de carreritas sin sentido con destino a la comodidad del unipase. Por su parte, Román sólo estuvo animoso con el peor lote de los del Puerto, desdibujado y sin resortes técnicos para resolver sus complicaciones, vapuleado por el cornalón segundo que le atropella cuando el torero se equivoca y medio se queda en el sitio, su mayor triunfo fue salir indemne de este trance.



El caso de Ginés Marín es distinto porque él es uno de los privilegiados a los que el sistema ha consentido disfrutar de su parcelita de terreno entre los instalados, a base de ir vendiendo por las ferias un producto cada vez más huérfano de la frescura con que ilusionó a Madrid en su apoteosis del San Isidro del año 17. A punto estuvo de tocar pelo si su habitual faenita fácil, ligerita y superficial hubiera acabado en un espadazo cabal. La manejable mansedumbre de esa corrida del Puerto de San Lorenzo le cayó en suerte también a Emilio de Justo, que viene a Madrid a despecho de la reciente muerte de su padre y de la cornada que la semana anterior le pegó un toro de Victorino en Francia. Su tarde se resume en la vergüenza torera del esfuerzo y en dos estocadas en la yema, de perfecta ejecución la primera y entregándose mucho en la segunda, pero la realidad es que sólo deja detalles ante el que abría plaza en el que no acaba de dar el paso adelante para compactar una faena desigual que coge altura definitivamente en la estocada. En el cuarto, que tiene peligro por el pitón izquierdo, lo pasa de muleta con corrección pero sin especial lucimiento, y tras naufragar al echarse la mano a la zurda, acaso porque las carnes todavía abiertas huyen del compromiso de aguantar los tres y el de pecho en donde estaba la gloria del triunfo grande, se conforma con arañar otra orejita a la que llega por un par de series de circulares efectistas en terrenos de sol camino de la ansiada puerta grande, que quizá sólo por hoy, nadie se atreve a discutir.



Y cuando todo parecía perdido, cuando afrontábamos la última tarde de la feria con el primer aviso del invierno cambiando la fisonomía de la plaza, cuando todo estaba preparado para despedir la temporada con la esperanza quebrantada por tantas tardes de promesas incumplidas, llegó el acontecimiento. Ricardo Gallardo se saca de la manga un variadísimo encierro de Fuente Ymbro, de presentación irreprochable, que nos redime de todos los sinsabores del pasado, para demostrar que el encaste Domeq puede ser otra cosa que la acostumbrada docilidad tontorrona al servicio de los que  mandan. La encastada boyantía, la huidiza mansedumbre, la entregada nobleza y la fiereza indómita reunidas en una sola corrida de toros y tres toreros para su lidia con tres propuestas distintas, el toreo clásico, el toreo de lidia, el toreo moderno. David Mora se encuentra con el tercero de la tarde, el toro de la feria, que embiste por abajo portando la consagración en su astifina cornamenta. Viene el torero vestido de Chenel pero el planteamiento del añorado maestro se acaba en la distancia larga que David propone al toro para inmediatamente después desajustarse en cada embroque y hundirse en la sima del quiero y no puedo, desde la que seguramente se escucha la voz certera de Belmonte, Dios te libre de que te toque un toro bravo. Cuando Octavio Chacón entró en la rifa de Casas debió pensar que por fin el azar le permitía alejarse de la dureza que le ha acompañado en su devenir por los ruedos, pero ni por esas, si naciste para el sufrimiento hasta los Juanpedros se vuelven Miuras. Octavio es un lidiador de otra época, no hay un capote más poderoso en todo el escalafón y su forma de manejarlo hipnotiza a los toros broncos, ensimismados por un momento en el terso percal antes de volver a la carga. La pelea con el segundo de la tarde pasará a la historia como la más serena demostración de valor que hemos visto últimamente en las Ventas ante un toro avisado, que sólo se traga los mandones muletazos por bajo del comienzo y ya no vuelve a dar tregua a su matador, buscando hacer presa en cada pase hasta que el gaditano lo manda al averno de un certero espadazo. Oreja de ley. Si el bueno de Chacón esperaba mayor comodidad con el quinto, se equivocaba del todo, porque fue agraciado nuevamente con un manso pregonao que llegó a darle una coz cuando acudió a quitarlo del caballo al que había derribado en una violenta oleada. Una vez desarmado el torero y desentendido el toro abanto de los capotes que trataban de cortarle el paso, lo persiguió como un poseso hasta cogerlo por el pecho sin ahondar por fortuna más allá del chaleco en el que quedó enhebrado el pitón durante unos segundos que parecieron siglos. Ahí fue donde Octavio encontró la suerte definitiva y esa certeza pareció dejarlo conmocionado para el resto de la tarde.



Antes, en el toro anterior, había sucedido lo de Urdiales. Quizá sea la del cuarto, una de las tres faenas más importantes que hemos vivido en los últimos diez años de toros en las Ventas, en lo que va de siglo si no me traiciona la memoria. José Tomás y Comunero, 5-6-2008, Manuel Jesús “el Cid” y Verbenero, 5-7-2013, Diego Urdiales y Hurón, 7-10-2018. Ya en el que abrió la tarde, había estado Diego muy dispuesto, perfumando el viciado ambiente del toreo actual, con los postulados del toreo de siempre, el cite en el sitio, el medio pecho irreprochable, el mecido natural, la estocada sin aliviarse. Pero la conmoción llegó en el sexto. Nadie había visto nada especial en un toro cuya lidia transcurría anodina, con el aficionado perdiendo la fe en que el de Arnedo pudiera redondear lo que tantas tardes había apuntado en sus veinte años de alternativa. El primer aviso de que algo grande podía pasar llegó en la primera serie por la derecha, en un muletazo aislado en el que el toro va muy toreado hasta detrás de la cadera, pero la explosión llega al natural, cuando un animal aparentemente sin mayor clase no tiene más remedio que entregarse a una muleta que se desplaza desde el sitio que sólo pisan los elegidos, allí donde se cruzan los caminos de la bravura y de la verdad. Dos series de naturales catedralicias, clásicas, perfectas. No se puede torear mejor que Urdiales en ese manojo de muletazos eternos, definitivamente abandonado el torero a la pureza que surge de la colocación adecuada, el temple mágico y la profundidad sin límite, el tiempo detenido en un clamor que todavía dura. El toreo ya estaba hecho pero Diego todavía sigue prolongando nuestra alegría en una serie final por naturales de frente, en la alada trincherilla, en el molinete airoso, en el insospechado kikirikí, todo ello sin perder un ápice de terreno, todo ello interpretado con la privilegiada naturalidad que borra de un plumazo la impostura de tantas tardes. Cuando Urdiales revienta al toro con otra estocada casi en su sitio, los tendidos son un hervidero de pañuelos blancos y la gente se abraza con el compañero de localidad en la comunión íntima que sólo proporciona este arte raro, misterioso, indescifrable, mientras el riojano es obligado a dar una segunda vuelta al ruedo con las orejas como estandarte de una tarde histórica. Allí estábamos nosotros para presenciar el milagro, para revivir la antigua pasión que nos hacía saltar del asiento cuando Curro o Antoñete nos dieron a probar el sagrado veneno por primera vez, ése cuyo sabor aún nos tiene aguantando estoicamente en la piedra, por ver si entre la fronda plúmbea del toreo barato que nos agrede cada día, vuelve a surgir un hombre que al menos una vez cada lustro nos permita seguir explicando a nuestras familias, de vuelta a casa, con la voz ronca y el cuerpo molido, por qué, a pesar de todo y frente a todos los que pretenden hurtarnos esa bendita libertad, seguimos acudiendo a una plaza de toros.


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