La primera imagen que guarda mi memoria cinéfila es
la del hoyuelo de Kirk Douglas agonizando en una cruz situada en un paisaje
nevado donde a la vez se proyecta la sobrecogedora escena de la muerte de la
madre de Bambi. En este tipo de sesiones de terapia que era el cine con el que
crecimos nos aparcaban nuestros padres para que nos fuéramos acostumbrando
a las asperezas de la vida. Me consta que alguno de mis contemporáneos aún no
se ha recuperado de estos golpes de efecto que solía prodigar Disney entre las
dosis de almíbar con que componía sus películas y desde entonces vive
confundido en su particular libro de la selva desde el que le habla a su perro
esperando contestación.
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BAMBI |
Los efectos secundarios de nuestra
cinefilia tienen su origen en las sesiones de tarde de los sábados ante el
televisor, cuando todavía no existían videojuegos suficientemente atractivos
para competir contra el Dardo prodigando acrobacias mientras enamoraba a
Virginia Mayo, ese tiempo magnífico en el que era imposible hallar mayor
diversión a lo largo del día que contemplando a Harpo Marx colgando su pierna
en el brazo del interlocutor estupefacto. Si alguna de esas tardes era de
verano y nuestros padres nos recluían en el cuarto de la siesta, la estancia en
la celda no era tan tediosa si podíamos imitar a Steve MacQueen haciendo
rebotar su pelota de béisbol contra la pared.
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EL HALCÓN Y LA FLECHA |
Tampoco es que uno fuera el niño de “Cinema
Paradiso” pero no había mejor manera para mitigar la melancolía de una tarde de
domingo que acudir al Cine Alegría, donde se ensanchaba el espíritu con sólo pronunciar
su nombre, o aferrarse a la dura butaca del Cine Avenida para meterse entre
pecho y espalda “Orca, la ballena asesina” y “Pánico en el Transiberiano”,
provisto de un arsenal de regalices y gaseosas para poder aguantar semejante
programa doble. Aún recuerdo salir del Cine Xúcar en una nube tras el impacto
provocado por la contemplación de Olivia Newton-John desde la penumbra de la
fila dos, y si entorno los ojos todavía puedo recordarme junto a mis amigos
remedando la forma de andar de John Travolta después de ver “Grease” por
tercera vez. En el trayecto hacia nuestras casas, íbamos cantando en nuestro absurdo
inglés inventado las canciones del musical por Carretería con el cine España de
testigo, sin sospechar que su sala nos acogería poco después en veladas menos
inocentes no toleradas para menores.
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No
faltaría mucho desde aquel momento para que las historias de amor dejaran de
ser imaginarias y sin embargo algo fallaba en la prosaica realidad porque los
besos no venían acompañados de banda sonora e inevitablemente añorabas el vértigo entre Scottie y Madeleine en el
abrazo que dabas a tu chica. La herida del cine provoca fenómenos extraños
cuando por fin recorres los escenarios que antes sólo habías visto en la
tele del cuarto de estar y eres capaz de divisar con nitidez la imagen de Gene
Kelly bailando en la orilla del Sena e incluso puedes sentirte Cary Grant por
unos minutos, degustando en vano la secreta esperanza de encontrar a Deborah
Kerr cuando el ascensor llega por fin al último piso del Empire State. Si
cierta inquietud recorre tu anatomía cuando adviertes a tu alrededor una
excesiva concentración de pájaros, o desde que viste Tiburón sientes algo de
resquemor al adentrarte en el mar más allá de la boya, estás enfermo de cine,
un mal que puede llegar a ser preocupante si el impacto de "La invasión de
los ladrones de cuerpos" te ha hecho odiar el repollo para siempre.
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VÉRTIGO |
A cambio, el cine te regala definiciones
perfectas de la hipocresía en “Plácido”, del desamor en “El apartamento”, del
desamparo en “Ladrón de bicicletas”, de la ingratitud en “Luces de la ciudad”, obras
maestras que te abrigan bastante cuando se trata de entender el mundo y su intemperie.
Si la depresión inunda tu vida, no hay mejor tratamiento que abandonarse a la
alegría de “Cantando bajo la lluvia”, si tienes dudas sobre qué es la lealtad
es preciso pasar la tarde revisitando “El hombre que mató a Liberty Valance”.
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LADRÓN DE BICICLETAS |
Siempre nos quedará París, y la
posibilidad de ver “Casablanca” una vez más, ese clásico inmortal que te lleva
a un café de ensueño en donde un perdedor rumia su cinismo entre los actores de
la segunda guerra mundial hasta que el pasado le visita en forma de mujer y le
recuerda que con ella fue feliz aunque el mundo se desmoronara. Su blanco y
negro resplandeciente te coge por las solapas en cada revisión y no te suelta
hasta que Bogart descubre sus cartas y pone sus ideales por encima del amor de
su vida. Pero lo que hace de esta película una obra casi milagrosa es que
aunque la veamos cien veces, siempre guardaremos la íntima esperanza de que poco
antes de la última secuencia, Ilsa regrese de entre la bruma y se acabe
quedando con Rick.
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CASABLANCA |
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ESPARTACO |
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UNA NOCHE EN LA ÓPERA |
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LA GRAN EVASIÓN |
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GREASE |
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UN AMERICANO EN PARÍS |
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TÚ Y YO |
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LOS PÁJAROS |
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TIBURÓN |
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LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS |
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PLÁCIDO |
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EL APARTAMENTO |
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LUCES DE LA CIUDAD |
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CANTANDO BAJO LA LLUVIA |
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EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE |
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