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Andanada del nueve |
La semana torista es el último tramo de la feria de San Isidro que el aficionado acoge como el necesario bálsamo con que mitigar las heridas causadas en nuestro ánimo durante las fechas anteriores por el toreo barato practicado al toro dócil. En esta fase final, en la plaza se hace presente el toro encastado, el que la crítica adicta llama decimonónico, el que no admite una faena preconcebida sino que un hombre se ponga a cavilar, solucione sus problemas y domine al animal. En esta bendita semana, desaparecen de los carteles los que se llaman poderosos y huyen del toro que demanda poder, se esfuma del ruedo el toreo superfluo que el toro fiero no consiente, y se desvanece de la plaza el ambiente lúdico de las tardes de lujo porque abajo en el ruedo, el peligro latente trasciende a la grada.
En las tardes de atragantón y tarascada a nadie se le
ocurre traer a la arena la receta de la agria fritanga del toreo moderno. El
toro de respeto elimina de un plumazo los banderazos despegados, las pedresinas movidas, el
circular invertido y las manoletinas de telón. Toda esa bisutería se acaba con
el toro de la última semana, se esfuma cuando un Miura estira el cuello pidiendo
el carnet o cuando la corrida de Saltillo eriza la piel del graderío y la
tensión que provoca su listeza se traslada hasta el último rincón de la
andanada. Son tardes en las que se consulta poco el móvil, donde las conversaciones
giran exclusivamente en torno a las reacciones del toro y la pericia de los
toreros, y los cuatro gatos que resistimos en la piedra paladeamos los
estertores de un combate quizá condenado a desaparecer.
En la semana del adiós a la costumbre de echar la tarde viendo toros actúan los verdaderos triunfadores de la feria, los que sólo por anunciarse en los carteles que meten miedo a las figuras merecen honor y respeto más allá del desempeño de cada cual con unos animales que ya casi nadie está capacitado para lidiar. Por eso los julianes y los talavantes, los castellas y lopezsimones que ya esperan la gloria de los jurados de San Isidro, y que en alguna ocasión naufragaron frente a estos toros vendiendo como gesta lo que debería haber sido la exigencia cotidiana de su oficio, no quieren volver a verlos ni en pintura. Por eso en la memoria secreta del aficionado apenas queda rastro de las faenas que les condujeron a la puerta grande y sin embargo, descansará para siempre en nuestra retina la lidia maciza de Octavio Chacón a su lote de Saltillos, la lección de torería y saber estar que ofrece ante el primero, un toro bravo en el caballo cuya excesiva vuelta al ruedo final se explica por la extraordinaria apuesta de Octavio, por la forma en que se templan en su imperial capote las agrestes embestidas allí donde los peones naufragan, por el curso que da sobre cómo se coloca un toro en la jurisdicción del piquero. A ese toro, de nombre Asturdero, lo cuaja de verdad por el pitón derecho, aguantando mucho en el sitio para ligar con emoción y sólo pierde la oreja porque con una estocada entera en sus entrañas, la casta del toro dificulta el momento de la puntilla y vende cara su muerte hasta el final. Esa tarde destaca también Sebastián Ritter, el torero atolondrado de hace unas temporadas ha adquirido el oficio necesario para que su gran fondo de valor luzca en cada una de sus intervenciones, demostrando que se puede cargar la suerte con buena compostura, soportar parones sin mover un músculo y estar digno en definitiva hasta con el más complicado de los toros. Esaú Fernández, por su parte, pierde la primogenitura por las lentejas de esta corrida que no está capacitado para matar.
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Asturdero |
El día anterior, Miura
vuelve a Madrid después del fiasco del año pasado, para devolvernos a su imagen
de siempre que desde hace casi dos siglos no es otra que la del toro con poder,
el que derriba las cabalgaduras y crea riqueza en forma de puestos de trabajo
como el del carpintero de plaza, el de la encastada mansedumbre que dota al
espectáculo de la imprevisibilidad tan escasa la mayoría de las tardes. Ese privilegio que las Ventas dejó de atesorar durante una década, un siete desnortado
va a conseguir expulsar de nuevo de los carteles a base de protestar sin pausa
el trapío de un encierro vareado pero en el tipo agalgado y huesudo de la
ganadería, sin que ello le reste un ápice de agresividad a su presencia. La
prueba de ello es que ningún torero de la terna encargada de su lidia se atrevió a dar
el paso adelante hasta que llegó la sorpresa y salió el sexto, que para empezar
se dio un paseo por el callejón tras saltar limpiamente la barrera y luego
cobró lo suyo en un buen tercio de varas de Chocolate. Cuando creíamos que Román iba a tirar las tres cartas ante
la empresa que le esperaba, nos encontramos con un torero transfigurado, que plantea
una apuesta en las antípodas del toreo fácil y alegre pero escaso de oficio que
le hemos conocido casi siempre. Taponero
es su último toro de la feria y lo encara cruzado y muy asentado, muy serio,
siempre en el sitio, pasando al toro incierto con valor y limpieza por
momentos, pero una plaza acostumbrada a jalear sólo al toro fácil que da
vueltas, reacciona con tibieza y todo lo acaba de enfriar un inoportuno bajonazo.
El cinco de junio, en el décimo aniversario de las
cuatro orejas que el José Tomás verdadero cortó en Madrid, volvía a la feria la
corrida de José Escolar, un punto
menos encastada que en comparecencias anteriores, lo cual conduce directamente a
una mayor toreabilidad de la que no se enteró del todo la terna de honestos
profesionales que vinieron con el traje de gladiadores empeñados en plantear
como Rafaelillo una pelea crispada,
cuando al menos un toro en cada lote, permitía otra relajación. Por momentos,
la encontró Fernando Robleño en el
segundo ante el que se estira con gusto por ambos pitones aunque no termina de
redondear la faena entre desarmes y caídas. Bolívar deja escapar el lote de la tarde. El tercero se va sin
torear, por no decidirse a pisar el terreno a su boyantía por el pitón
izquierdo. Le pasa lo mismo con el sexto, el toro de la corrida, Chupetero de nombre, cuya bravura no
tapa en el caballo como sucedió el resto de la tarde y lo deja ver de largo para luego
sólo brillar con la muleta en una buena serie de naturales, pues no se atreve a
seguir en ese son en veinte pases más que son los necesarios para triunfar en
Madrid. En el resto de la faena no encuentra el acople que es imposible si se
torea por las afueras a este tipo de toros y buscando el impacto en la grada se
tira literalmente sobre el morrillo como si lo hubiera hecho sin
muleta pero ni por esas, porque a pesar de cobrar la estocada arriba tras el
revolcón, se demora con el descabello. La tarde dejó también los espectaculares
pares de banderillas de Fernando Sánchez y un peculiar tercio de varas de Félix
Majada en el sexto, en el que marra varias veces y cuando se marcha por el
callejón, derrotado y medio descabalgado, en su figura se ve la sombra de John
Wayne regresando a su rancho tras pelearse con los malos.
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Chupetero |
Siguiendo con la costumbre que implantaron los
choperitas, la empresa incrusta la corrida de la Beneficencia en medio de esta
última semana, acaso para que los aficionados descansemos de tantas emociones y
volvamos a la monotonía del toro convencional. Con los seis de Alcurrucén de esta tarde, los hermanos
Lozano sumaban una nueva oportunidad de realzar la categoría del encaste Núñez
que tantos triunfos ha brindado a sus matadores en Madrid. Tras catorce toros
en la feria, sólo el del Juli mantuvo el honor de la divisa. Los de la Beneficencia
mansearon más de lo acostumbrado y sólo llegaron con castita a la muleta
primero y sexto. Antonio Ferrera no
puede con ninguno de sus toros. El primero embiste como un tren por el
izquierdo y al intentar la ligazón, al torero el corazón no le responde y prefiere la seguridad del unipase. Luego consigue alguna fase más compuesta
cuando el toro pierde pujanza. Perera
sigue en su línea de aburridor pegapases y adalid del destoreo. Cómo sería la
cosa que hasta el Rey emérito, presente en la corrida, abandona el palco en
busca del canapé durante la lidia del quinto. Ginés Marín sortea el lote de la corrida. Al nobilísimo tercero lo
lidia con buen aire a la verónica, y tras una larga muy vistosa para ponerlo en
suerte, Guillermo Marín, el padre del muchacho, completa un buen tercio de
varas. El hijo desarrolla una faena aseadita con mayoría de pases
insustanciales salvo una serie al natural casi en el sitio. Cuando el toro se
apaga recurre a las bernardinas para buscar la enésima oreja barata que consigue
por cortesía del palco a pesar del pinchazo previo a la estocada. El sexto
acude con movilidad a la muleta y Ginés le plantea la pelea en la distancia
pero nunca se acopla a su viaje, toreando muy despegado a un toro que tampoco
se come a nadie, sin desplegar la ambición necesaria para reventar una puerta
grande claramente entreabierta por la dadivosidad del público y las
connotaciones festivas de la tarde.
Metidos ya en el tramo final de la feria, la capacidad
inventiva de Simón da una última vuelta de tuerca para revisitar en la feria
los desafíos ganaderos que ya ensayó en el otoño pasado con resultado feliz que
esta vez no se repite. La cosa empieza regular porque a la ganadería de Rehuelga sólo se le aprueban dos toros
en el reconocimiento y se tiene que completar la corrida con uno más de Pallarés. El asunto tendría
arreglo si en este cuatro contra dos pasara como en el colegio cuando se echaba
a pies para formar los equipos y a los mejores jugadores no les importaba ser
menos y hasta se chuleaban dándote varios goles de ventaja para acabar siempre
ganando. En este caso, los Rehuelgas venían precedidos de la fama del año
pasado pero su casta se apaga más allá del primer tercio. El único desafiante que destacó de verdad fue Turquesito, un gran toro de
Pallarés al que Iván Vicente, tras
un buen tercio de varas de su hermano Héctor, le presenta batalla en una enclasada
apertura de faena por ayudados por bajo torerísimamente rematados por un cambio
de mano en el que lleva al toro bellamente toreado hasta detrás de la cadera.
La desilusión viene después cuando el torero no vuelve a meterse en el terreno del
toro nunca más, tomando partido por la estética de la apariencia antes que por
la ética de la verdad. En el polo opuesto nos imaginábamos el planteamiento de Javier Cortés, tras su gran tarde del
dos de mayo, que nos hizo apuntar esta fecha como una de las más ilusionantes
del abono. Javier lo intenta de verdad con el segundo en una primera serie muy
cruzado sin perder terreno en la ortodoxia que nos gusta. En la segunda tanda
por la derecha, la casta recrecida del toro desborda el mando habitual de su
muleta y en el cambio de mano para el de pecho, el toro lo acosa y lo desarma y
sobrevuela por la plaza el recuerdo de su cogida en la corrida goyesca, en
idéntica circunstancia. A partir de ahí ya no vuelve a dominar la embestida y
la faena decae, como su ánimo. El sobrero de Marca que casi convierte la tarde
en un concurso de ganaderías, es imposible y el torero poco puede hacer salvo
cobrar una fea voltereta y justificarse entre los pitones. Javier Jiménez vuelve a estar anodino
y ayuno de calidad. Destacan sin embargo en su cuadrilla, el buen hacer de
siempre de José Chacón y Agustín Romero picando al sexto.
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Turquesito |
En el último fin de semana, el desafío del encaste
Albaserrada se plantea una vez más entre los primos depositarios de la herencia
del patriarca Victorino, y en esta ocasión el vencedor por goleada es Adolfo. Dentro de una corrida muy
agresiva e irreprochable de trapío, echa un toro de premio, Chaparrito, que tiene faena para
reventar la feria y comprarse la finca. Pepe Moral se estira con largura y
buena técnica por el pitón derecho, un poco al hilo pero con exquisito temple
en cada pase y alcanza la cumbre al natural en muletazos excelentes, en el
sitio y bien rematados. Cuando todo está embalado para que por fin el torero se
rompa con el toro, se olvide de todo y se abandone en busca de la gloria,
cambia de mano, baja el nivel y lo superficial se impone al arrebato que
hubiera convertido un triunfo menor en la tarde de su vida. Ángel Sánchez es el único matador que
toma la alternativa en el ciclo y su apuesta se ve clara en la manera de recibir
de capote al toro del doctorado, dándole todas las ventajas hasta resultar
revolcado. Después, nos hace recordar sus tiempos ilusionantes de novillero con
una buena faena, cargando siempre la suerte, que no va a más porque el toro se
apaga. El cuarto es demasiado complicado para su tierno oficio y el sexto
requiere una técnica depurada que no ofrece una muleta todavía con poco mando.
Su padrino, Manuel Jesús, el Cid,
quedó inédito en la tarde, al ser corneado por el peligroso segundo, que le
cazó cuando iniciaba la faena de muleta.
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Chaparrito |
Y de postre, Victorino,
un postre que cada vez lleva más azúcar lo cual no es bueno para nuestra
provecta edad. Año tras año, la cosecha del hijo se impone a la siembra del
padre al que imaginamos renegando desde las alturas al ver a un toro marcado
con la A coronada dejarse pegar varios pases cambiados por la espalda como si Escribano fuera Belmonte tocándole a un
Miura el pitón. Sólo faltó el circular invertido para que el paleto rompiera a
llorar como entonces hizo Don Eduardo. Las expectativas de la tarde finalmente se reducen a la faena de Paco Ureña
al segundo toro, seguramente la más emocionante de las que el lorquino ha hecho
nunca en Madrid. El torero comparece en la corrida de la prensa con varias
vértebras rotas a causa de un percance con una vaca sucedido por quebrantar la
máxima del maestro Chenel de no torear nunca en el campo en fechas de máximo compromiso.
Tras el consabido brindis a Felipe VI, que vino a cumplir con el trámite de
todos los años y escuchó más vivas a su persona que las que oirá durante la próxima pascua castrense, se dirige al toro sin los aspavientos de otras tardes, como
si la procesión que iba por dentro le transportara a una seriedad y a una
economía de movimientos que resolvió en autenticidad y ceñimiento. Sin perder
nunca un solo paso, las series se suceden con clasicismo y naturalidad,
transportando a la plaza la conmoción verdadera que provoca la hondura en el
toreo. Después de tanta excelencia, se amontona en una última serie innecesaria
y mata al toro mal como acostumbra, pero la frustración de la puerta grande no
nos amarga la fortuna de volver a encontrar, casi en el último minuto de este
mes de toros en Madrid, el clamor de los olés roncos de Las ventas, el
espectáculo magnífico de compartir con veinticuatro mil almas, la inigualable
comunión del toreo puro.
Se anuncian obras en las Ventas con el oscurantismo
habitual que reserva la administración para estos casos en los que nadie sabe qué
será de su sitio a la vuelta del verano. Con el pretexto de la mejora de la
seguridad se pretende configurar un coso multiusos para que los ingresos ajenos
a los generados por las corridas permitan mejorar la cuenta de resultados de la
empresa, siempre más interesada en la cosa del jolgorio que en la lidia de
reses bravas. La disminución de los espectadores en esta feria ha sido evidente
y la imagen de los tendidos la mayoría de las tardes recordaba las isidradas anteriores
a la eclosión que supuso la aparición de Chopera en los ochenta.
En cualquier caso,
si existiera alguna posibilidad de ganar adeptos para nuestra causa, no es la degradación
del rito el camino adecuado. Es preciso defender la singularidad de la tauromaquia
como arte supremo que se destaca porque en la búsqueda de la belleza, se pone
en juego la propia vida. Frente a la simulación del combate de la existencia
representado en el resto de las artes, en el acto taurómaco debe trascender la
verdad que subyace en la presencia de la muerte al fondo de cada muletazo. Sin
esa inminencia, se banaliza el juego, sin las señas de identidad de la pujanza
del toro y la pureza del rito, la corrida queda degradada a un sacrificio vacío
y sin sentido. Por el camino de la domesticidad progresiva del toro de lidia,
se abre paso el triunfo del buenismo animalista, cuyo antídoto es el contrario
al que ahora pretenden algunas iniciativas erradas que aceptan la visión del
enemigo y persiguen la dulcificación del espectáculo, huida hacia adelante en
busca de la corrida incruenta, como si la ocultación de la crudeza intrínseca a
la lidia de reses bravas fuera la panacea contra la proscripción definitiva de
nuestra idea. Puede que la suerte esté echada y el porvenir nos conduzca hacia
la ineludible distopía de una tauromaquia sin sangre, donde el espectáculo que
fue glorioso sobreviva humillado en un mundo en cuyos ríos se perseguirá a los
pescadores como genocidas y en el que se habrá abolido el chuletón. Entonces resultará
ya imposible reeducar a la gente en la idea de que el verdadero maltrato
consiste en tratar al animal de una manera distinta a la que exige su
naturaleza, y acabaremos contemplando, si todavía nos dejan, el esplendor del
toro de lidia confinado en un zoo.
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El futuro de la fiesta |