miércoles, 16 de agosto de 2017

FIGURA DEL TOREO


En las paredes de la Escuela Taurina de Madrid, hay grabado un lema que los alumnos no pueden evitar leer mientras se ejercitan, “llegar a ser figura en el toreo es casi un milagro”. En letra más pequeña, la sentencia sigue “pero al que llega, podrá el toro quitarle la vida, la gloria, jamás”. Debido a esa dificultad extrema que conlleva alcanzar la cima, las figuras de este momento se afanan en apuntalar su gloria matando ganaderías que no hagan peligrar su milagroso estatus, sin pensar que esa estrategia puede ser pan para hoy pero hambre para un mañana desierto de las referencias éticas que siempre hicieron de la fiesta un escenario para la grandeza. Las figuras históricas acostumbraban a lidiar animales de todos los encastes dotando así a su liderazgo de un sello de orgullo y ejemplaridad del que hoy se carece por completo. El máximo exponente de figura salida de una escuela taurina, Julián López el Juli, lleva años abonado a matar la camada entera de las vacadas del monoencaste Domecq y de cuando en vez saca pecho ante sus palmeros mediáticos anunciando un gesto con una ganadería distinta, en lugar de plantear su carrera desde el compromiso permanente con su condición de mandamás del toreo, obligado a ser espejo de virtudes y máximo responsable de preservar la pureza del rito.

Esta semana, Morante de la Puebla ha anunciado su retirada pretextando que con el toro grande que hoy se lidia es imposible desarrollar el toreo de arte, pretendiendo así encubrir la realidad de su privilegiada posición en el sistema que le permite escoger los toros que mata cada tarde. Dado que éstos no destacan precisamente por su envergadura, el problema de Morante es en realidad su decadencia manifiesta que necesita configurar un tinglado de impostura en el que la norma sea el toro flojo y descastado, con la esperanza de que alguno se equivoque y le deje estar a gusto para esbozar siquiera un manojo de verónicas con que seguir engatusando a los partidarios. Lejanos ya los tiempos en los que se quiso reencarnar en una delirante mezcla perfecta entre Joselito y Belmonte, la irregularidad de su trayectoria le ha impedido heredar el cetro del Faraón en Sevilla, en donde acredita varias buenas faenas pero una sola Puerta del Príncipe y triunfar verdaderamente en Madrid, cuyo empresario se ha rendido a sus caprichos sin que ello le haya permitido abrir la puerta grande que tal vez ya nunca logre traspasar.


La espantada de Morante y sus reflexiones sobre su condición de artista seguramente habrán hecho removerse en su sepultura a Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida, maestros de la gracia toreadora. El Sócrates de San Bernardo lidió a lo largo de su carrera setenta y un toros de Antonio Pérez, cuarenta y siete de Atanasio, cuarenta y cinco de Concha y Sierra, treinta y seis de Villamarta, treinta y cinco de Miura, treinta y dos de Pablo Romero, veinticinco de Buendía … Don Antonio, por su parte, se entretuvo en matar noventa seis de Antonio Pérez, cincuenta y cuatro de Carlos Núñez, cuarenta y ocho de Miura, treinta y seis de Buendía, diecinueve de Escudero Calvo … El penúltimo año de su vida taurina despachó una corrida de Victorino en Madrid, otra de Pablo Romero en Málaga, alternando con Curro y una de Guardiola en el Puerto, compartiendo cartel con Paula, doce de agosto de 1973, cuarenta y cuatro años y un día antes del mano a mano postrero de José Antonio y Julián en la Plaza Real, en el que cada uno compareció con sus toretes bajo el brazo, y triunfaron los veedores del madrileño. Otros tiempos, otra forma de comprometerse con la historia del toreo que las figuras de ahora siguen sin atreverse a afrontar, mientras la fiesta se debilita y se va por el despeñadero.



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