sábado, 5 de diciembre de 2015

FELIZ NAVIDAD



         Las vísperas de la Navidad siempre han estado unidas en mi mente a sensaciones placenteras, aquéllas que me llevan a los días azules de una infancia feliz nimbada por sabores dulces y tonadas cálidas. La vida era todavía entonces una luminosa travesía donde en diciembre hacía frío, y las vacaciones escolares se iniciaban con la promesa de fecundas jornadas a la intemperie de la ciudad levítica en las que uno se abrigaba con la camaradería de los amigos y la certidumbre de la vuelta a casa en plenitud, a la alegría de sentir el calor del hogar vibrando en las mejillas y confortando el corazón.

         Luego el tiempo pasa, nos vamos volviendo viejos y uno se da cuenta de que la vida es como el café, huele mejor que sabe, siempre es más rico el deseo que la realidad, la víspera que la fiesta. Este año, ni eso. Nuestro astuto presidente ha tenido a bien irrumpir en los preparativos del jolgorio a fecha fija, convocando unas elecciones generales navideñas, sin duda para que no vaya mucha gente a votar, enfrascado como estará el personal en sus compras y desplazamientos, que dicen los analistas políticos que a mayor abstención, triunfo seguro de la derecha, debe ser que los de izquierdas estarán más preocupados con la cosa del vuelve a casa vuelve por Navidad.

         Don Mariano ha decidido cargarse la suave cuesta abajo que va desde el puente de la Constitución hasta el día de Nochebuena para boicotear la relajación habitual que se suele adueñar del ambiente laboral del país por estas fechas, y amenizará las dos semanas que restan para la gran cita con la tabarra de los cánticos electoralistas fabricados para no cumplirse, mientras el resplandor de las sonrisas dictadas por los asesores de imagen sustituirá este año con éxito a la costosa iluminación navideña.

         Los acostumbrados deseos de ventura propios de la celebración dejarán paso a las consignas de los charlatanes, y los maratones solidarios de la televisión serán sustituidos por debates huecos en los que varios tertulianos venidos a más blasonarán de su producto sin más ciencia que la del argumentario solamente aprendido para pasar el examen.

     Por más que hagan el ganso con tan poca gracia en los programas de entretenimiento y nos aseguren que ahora sí son partidarios de la regeneración, a los líderes instalados en la cuadriga demoscópica se les siguen notando las mentiras aunque las disfracen de nuevas promesas y las proclamen bailando, tocando la guitarra o jugando al futbolín. Tienen convertido el escenario en un triste garito en donde despliegan sin pudor su prepotencia y no se plantean pactar con nadie porque todos van a ser los más votados, los que ya gobernaron porque piensan que su corrupción quedará tan impune a nuestros ojos como ante los tribunales que controlan, los que aspiran a gobernar porque creen que no percibimos su ansia de poder, cegados como estamos por su telegenia. Y es que huelen tan bien, hablan tan rápido, lucen tan guapos (¡incluso Mariano parece otro!) que su ignorancia apenas sale a relucir cuando por algún resquicio de la fachada se cuela su presentida indigencia intelectual, y uno cita a filósofos que no ha leído, el otro elogia leyes del oponente creyendo que son propias y el de más allá se pierde cuando un periodista se sale del guión y le pregunta por una cuestión que no venía en el temario de las oposiciones.

         Inevitablemente toca votar en blanco o coger la papeleta de uno de esos partidos testimoniales de trayectoria honesta y trabajo callado que no quisieron o no supieron subirse al carro de los partidos emergentes que ahora les tratan como apestados porque llevan la frente marcada por el sino del perdedor. O eso o esconderse el día veinte en casa rumiando la resaca de la cena de empresa de la noche anterior y esperar al final del día para asistir de nuevo a los discursos enfervorizados en los que nuestros amados líderes anunciarán al mundo que todos ellos han ganado, al tiempo que los demás vamos perdiendo poco a poco nuestra libertad.

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