lunes, 27 de mayo de 2019

SAN ISIDRO II: EL REY DEL TOREO MODERNO.

El rey del toreo moderno

Para los que ya llevamos unos cuantos años calentando la piedra de esta plaza, seguir acudiendo cada tarde al reclamo de los abonos de la temporada requiere una reflexión previa que no siempre es fácil. No se trata de que la programación ofrecida por la empresa no sea atractiva. Por las Ventas pasa cada año el planeta de los toros y al margen de alguna que otra ausencia, lo que vemos es lo que hay. Cada nueva primavera crujen más las rodillas camino de la andanada y a tu alrededor pocos entienden la obstinación que te conduce cada tarde a ese lugar extraño en el que tu anatomía sufre en el asiento, el espectador de la fila de atrás te clava las rodillas en la espalda y en las tardes de viento, el frío se te cuela hasta las entrañas aunque lleves encima una manta zamorana. La explicación se halla en que, a pesar de todo, la felicidad sigue habitando en ese universo raro donde la vida real queda suspendida durante las dos horas en las que el campo entra en la ciudad y unos personajes que parecen de otro tiempo se entretienen en burlar de mejor o peor manera a un toro, mientras los demás extraemos de ese juego, lecciones para nuestro propio espíritu.    

Si “Monsieur le producteur” nos tiene anunciado para la semana que viene un homenaje al encaste Albaserrada por el centenario del debut en Madrid de la ganadería del Marqués, la segunda semana de San Isidro es un homenaje sin publicidad al encaste Domecq, si no quieres caldo, toma seis tazas sin protestar. Como toda regla tiene su excepción, la norma del toro dócil la rompe la corrida de El Pilar, me dicen los que allí estuvieron, que siempre que el abonado descansa una tarde dando por descontado que toros y toreros serán fieles a su mediocre trayectoria anterior, salta la liebre, los de Moisés Fraile pegan bocaos y Gonzalo Caballero vuelve a ser aquel torero sincero siempre dispuesto a cambiar el hambre de triunfo por el tabaco fuerte de la cornada.

El Cid

La primera tarde de Roca Rey en Madrid nos coge enganchados todavía al aroma del toreo eterno de Pablo Aguado. Como ya pasó en Sevilla, ese recuerdo reproduce sobre la arena venteña la confrontación entre la pureza del toreo clásico y la propuesta del toreo moderno que el sistema mediático y empresarial nos quiere vender como la norma de todas las tardes. Ese recuerdo es el que provoca  que el público saque al Cid a saludar en su última comparecencia isidril en memoria de su grandeza en esta plaza y se olvide de López Simón que el año pasado firmó su quinta puerta grande en las Ventas. Tampoco nadie recordará mañana la orejilla que corta el de Barajas al segundo por una de sus faenas insustanciales de toreo mecánico y sin mando que gracias al truco de las bernardas y a una estocada hábil de rápido efecto le permite eso que ahora llaman los cronistas, puntuar.

En la cosa del neotoreo, Roca es el rey. Andresito viene con la escoba para barrer a los julianes, pereras y castellas que hasta ahora eran los que mandaban en el circo del toreo espurio practicado al toro bobo, la categoría de animal obediente que se deja dar pases de acompañamiento para que el torero disfrute, y sin exponer un alamar, pueda facturar sin pausa en una larga temporada sin percances. Los Parladés de este año cumplen con creces esa expectativa pero es un sobrero del Conde de Mayalde el que trastoca el plan previsto y se lleva por delante al peruano por dimitir de la verónica en los lances de recibo e intercalar capotazos de adorno por la espalda que no vienen a cuento. La tremenda paliza le deja mermado y al aficionado suspicaz preguntándose por la naturaleza del tejido de la negra armadura que un vestido hecho trizas deja al descubierto por debajo de la taleguilla. El parte de Padrós nos dirá después que tras degollar al tercero con un feo bajonazo, Roca fue operado de una cornada de seis centímetros en el muslo que no le impidió continuar la lidia para firmar en el sexto su mejor faena en Madrid. Comienza con los recurrentes pases cambiados por la espalda en los que el toro sale abanto. Se da cuenta y en seguida lo fija con una técnica prodigiosa que sin terminar de ganarle terreno al toro, tampoco lo pierde, y utiliza una muñeca privilegiada para despedirlo en la distancia y volverlo a recoger en la adecuada ligazón que sin perder ceñimiento, levanta clamores. Faena rotunda sobre ambas manos y las inevitables bernadinas para cambiar el olé por el uy, y firmar un final que sube enteros en una trinchera y en un pase del desprecio tras el cual coge al toro muy en corto y consigue una gran estocada al encuentro. Un triunfo incuestionable que a un servidor le deja frío, lejos de la conmoción que provoca el toreo de siempre, el que brota de la exacta colocación en el sitio, del dominio que surge al cargar la suerte para llevar toreada la encastada embestida, parar, templar y mandar poniendo el alma en el empeño. La partida continúa entre las dos propuestas, se viene librando desde que mi memoria de aficionado alcanza, Espartaco o Chenel, Ponce o Rincón, El Juli o José Tomás, ¿Roca Rey o Aguado? Seguiremos informando.

Roca Rey

Los Jandillas sacan algo más de picante de lo esperado, sin tampoco ser la cosa como para tirar cohetes pues la corrida se convierte en un tostón que el abonado en el fondo agradece para relajarse un poco, después de tanta intensidad, y aprovecha para echar la tarde conversando con sus vecinos de localidad sobre las elecciones del domingo o la vergüenza de temporada que ha hecho el Madrid. A Castella se le nota apagado. No se sabe si es porque no quería esta corrida y la torea obligado por el bombo, o porque el día anterior un tal Roca Rey le quitó el discurso y su habitual faena ligerita de pedresinas en los medios, toreo fueracacho y arrimón final no convence igual a las masas.

Emilio de Justo ha sido premiado por la empresa con esta corrida después de su triunfo en Otoño pero en el territorio de las figuras parece sentirse como un torero al otro lado del telón de acero, que diría Sabina, y no se acopla a las embestidas de sus toros, demasiado acelerado y destemplado, y sólo se encuentra a sí mismo en la estocada con la que cierra su actuación, como si presintiera que después de esta tarde a contraestilo, su versión más poderosa está pidiendo que lleguen las ganaderías de Victorino e Ibán, las que le quedan en el ciclo. También anda por el ruedo Ángel Téllez que venía a confirmar su reciente alternativa y cumple con el papel de comparsa que pasa inédito por la tarde. Cómo sería la cosa que recibe su mayor ovación por quedare quieto en el tercio de varas del quinto toro cuando el animal pasa por su lado al salir suelto del puyazo.

Tertulia campechana

Al día siguiente, Juampedritis aguda, capítulo tercero, con el propio Juan Pedro Domecq en la meseta de toriles explicándole al Rey emérito el secreto de la bravura, mientras sus pupilos claudican en el ruedo, acuden al caballo como mero trámite y eso sí, se dejan en la muleta menos el primero y el lote de el Juli. Ponce también oficia de anfitrión y consejero áulico y contempla aliviado el sino de su sustituto, que anda por la plaza como alma en pena, peleado con el viento y las telas. Julián se muestra incómodo toda la tarde, como el intruso que se cuela en una fiesta a la que no ha sido invitado. No se da nada de coba con el segundo y tira por la calle de en medio en cuanto el toro le pone mínimamente en aprietos. El cuarto se parte una mano en el último tercio, y ante la evidencia de que se le va la tarde en blanco, el Juli trata de pasarlo de muleta entre las protestas del público mientras lanza miraditas conminatorias al palco que obedece al amo y devuelve el toro. El presidente Trinidad López Pastor se cisca en el artículo 84 del Reglamento Taurino y en la prohibición de sustituir un toro que se ha inutilizado durante la lidia. Con el sobrero de Algarra, lo intenta en un trasteo sin alma ni enjundia en el que la gente no entra. El efecto Roca Rey sigue pesando y diluye las versiones más decadentes del toreo moderno. Julián acaba con el toro en el tercer intento y tras dos julipiés infructuosos, lo manda al otro barrio matando literalmente a paso de banderillas.

Paco Ureña es recibido con enorme cariño por la plaza que le muestra su apoyo tras su percance en el ojo del año pasado y le saca a saludar. Sortea un lote bonancible pero no logra compactar faena a ninguno de sus toros, acaso la mejor sea la del tercero en el que no toca pelo, y en la que comienza con poderosos muletazos flexionando la pierna contraria, para perderse después en una labor con demasiados altibajos donde aparecen buenos naturales aislados junto a otros en los que no acaba de hallar la reunión necesaria con el toro. La oreja del quinto debe entenderse como el aliento de la afición de Madrid a un torero muy querido y maltratado por la suerte, pero no se justifica ni por la calidad de la faena ni por la colocación del espadazo.

David de Miranda

David de Miranda confirma por fin la alternativa que le otorgara José Tomás en las colombinas de Huelva de 2016, y lo hace dos años después del percance sufrido en la plaza de Toro que le mandó directamente al hospital de paraplégicos de Toledo con la única esperanza de volver a caminar. Con su aldabonazo en el sexto desmonta el tinglado adocenado del padrino, y trae consigo un soplo de aire fresco en una faena muy reunida, a despecho del viento y del sistema, con los inevitables pases cambiados para empezar y las bernadinas de marras para culminar, pero en el medio por fin el toreo en el sitio, la figura erguida y la mano muy baja, sin perder terreno, sin carreritas, sin esconder la pierna contraria, sin todas esas mentiras que el "establishment" dice que son imposibles de poner en práctica para justificar a los que no quieren pisar el lugar en el que los toros cogen. Puerta grande de ley, en una tarde en la que la ley fue quebrantada por otro presidente que no debe pasar ni un minuto más en el palco.


La semana Domecq la cierra el hierro de Pedraza de Yeltes, ganadería siempre esperada con interés por las continuas noticias de su bravura que vienen del norte y aquel recuerdo de la gran corrida de 2015 que se ganó un rincón en el corazoncito del aficionado, para no ser confirmado nunca más, tampoco esta tarde. La decepción es mayor porque en el cartel figuran Octavio Chacón y Javier Cortés, una pareja de toreros que en la temporada pasada ilusionaron a la afición venteña con otra forma de concebir el toreo que apuntaba indicios de regeneración del escalafón que este año parece no tener continuidad. A Chacón es una gloria verle en los dos primeros tercios, cuando el toro todavía tiene fiereza y su capote hipnotiza esa pujanza y la domina guapamente. Siempre lidia con solvencia y está atento a la colocación exacta en la plaza como si de un Luis Francisco Esplá reaparecido se tratara, pero es tomar la muleta y oscurecerse el horizonte, su toreo se vuelve mediocre y retorcido, y en lugar de pedir poetas, echa de menos las tarascadas de la dureza con la que suele salir airoso. Javier Cortés completa con esta corrida su paso por Madrid y se va sin decir nada en ninguno de los cuatro toros que ha sorteado, metido en un bache con capote, muleta y espada del que esperamos se recupere pronto y mientras tanto recordaremos aquel aserto de los viejos aficionados que decían que no hay que ir a la plaza siguiendo a ningún torero sino sentarse a esperar y aplaudir al que lo hace. Juan Leal tampoco hizo el toreo y a pesar de ello se llevó la orejita de la lástima, la auriculam doloris de todos los años al cobrar una cornada de 25 centímetros en la región perianal y a pesar de ello mantenerse en el ruedo para terminar su faena encimista y matarlo con arrojo, eso sí. Hasta entonces ejecutó con ortodoxia las enseñanzas de la escuela de tauromaquia del Juli donde se formó y tras un inicio de rodillas en el que levantó a la alicaída parroquia pasándose el toro por la M-30, continuó de pie con un concierto de tosquedad, a base de pico y mantazos que no le libró de ser cogido por el antifonario cuando corría en pos de la posición para el obligado de pecho. Los maestros antiguos decían que si el toro te tiene que coger, al menos que sea toreando.

Juan Leal

domingo, 19 de mayo de 2019

SAN ISIDRO I: LA FERIA DEL BOMBO.



Comenzó la isidrada del 19, la feria anunciada a bombo y platillo, el mundial del toreo, el ciclo que venía a devolver a la fiesta la justicia que los taurinos tratan de burlar sin pausa en los despachos. Para tal fin, el gatopardo de Nimes volvió a montar el numerito del sorteo de ganaderías implantado en la pasada feria de otoño, pero sólo un poco. Diez toreros escogidos entre las figuras consagradas y las figuras en ciernes para pasar las fatiguitas de ver girar la pelotita junto al riesgo de que te toque en suerte un Garcigrande, ahí es nada, mientras el genio del autobombo calienta las bolas para que Roca Rey acabe toreando una de Adolfo. La diosa fortuna es caprichosa y empareja a los protegidos del sistema con sus vacadas favoritas, Ponce con Juan Pedro, Castella con Jandilla, Perera con Fuente Ymbro, mientras el peruano pone buena cara bailando con la más fea, la suerte de la fea la bonita la desea, que habrá que ver si ese día los Adolfos están en el son de la casta de Chaparrito o en el de la serie B de la casa, más a modo para que los instalados vendan su gesto anual. Peor cara se le quedaría al limeño cuando la baja de Ponce la cubrió el Juli que escondido tras la mata de su dignidad de mandamás del cotarro, fue agraciado con el premio gordo de la lotería de Don Simón, en el mayor ejercicio de trilerismo empresarial que se ha visto en el siglo. Para los pobres, quedan las lentejas de siempre mientras el sufrido abonado toma nota de los gestos de verdad. 

El aperitivo torista de todos los años es saludado con media entrada por la afición que todavía anda preguntando a sus compañeros de abono por la familia y las novedades tras la invernada cuando el primer Santa Coloma de la Quinta, Malastardes por agorero nombre, asoma por la bocana del chiquero y se da la vuelta camino de la oscuridad confortable del corral. Parece que presiente la lidia vulgar y precavida que luego le dará Rubén Pinar. El de Tobarra, acostumbrado en su última etapa a pechar con las ganaderías duras con bastante más dignidad que en sus tiempos de promesa del escalafón manchego, debía haber soñado la noche anterior a su estreno en Madrid que un toro de la Quinta le embestiría con la boyantía de un Domecq y cuando el cuarto convierte el sueño en realidad no termina de creérselo y lo pasa de muleta a la julianesca manera de aquellos inicios en los que le vendieron que esa era la técnica correcta para llegar a figura. Thomas Dufau pasa de puntillas por la tarde, atropellado por un lote cuya casta desbordaría a la mayor parte del escalafón, cuanto más a un torero que el año pasado se vistió de luces en ocho ocasiones. Javier Cortés no ha toreado mucho más pero ha aprendido por fin a cuidarse del toro aunque por el camino se vaya dejando jirones de la autenticidad de otras temporadas. Pasa la tarde en tono menor, planteando sus faenas con mejor compostura que resolución, por momentos parece encontrar el sitio en tres naturales que le enjareta al quinto, pero se pierde después en una sucesión de malas decisiones y destemplanzas. Al menos lució al toro en el caballo regalándonos un puyazo emocionantísimo de Juan Francisco Peña, que tras ser derribado en el primer encuentro, aceptó el envite de la larga distancia en el segundo, y colocó una vara en el mismo morrillo, lanzando el palo con torería y exposición. Después su buena monta no fue capaz de convencer al toro por tercera vez para aceptar la prueba definitiva de su bravura.

Juan Francisco Peña
El aspecto desangelado de los tendidos en la tarde inaugural se mitiga un tanto con el primer lleno de no hay billetes en el día del patrón. Diego Urdiales comparece de nuevo en las Ventas con la ganadería de su último triunfo grande pero los isidros están pendientes de acomodarse en su localidad con el cubata en una mano y la entrada en la otra y no tienen tiempo de aplaudir al riojano al que una minoría de colgados de aquel recuerdo de otoño nos empeñamos en sacar a saludar. El de Arnedo asoma tímidamente por la tronera del burladero, acaso sabedor del mal fario que persigue a todo aquél que es ovacionado al inicio de un festejo. En efecto, Urdiales no se mete a fondo con el segundo en una faena muy técnica a un toro sin clase al que no termina de hallar el temple salvo en un par de muletazos aislados tras sobarlo mucho. El quinto parece más propicio tras un comienzo poderoso en el que se dobla por bajo en los mismos terrenos de la histórica faena a Hurón. Después, no termina de dar el paso adelante necesario para aguantar la ligazón de una embestida incómoda a la que sólo se acopla en una serie de naturales de uno en uno. Finito de Córdoba comparece en su única tarde en el mismo son que el año pasado. Su primer toro sigue fielmente la muleta hasta el final con encastada boyantía siempre que se le pise el terreno adecuado, pero el Fino no se atreve. En el medio sitio en el que se coloca sólo acierta a tirar líneas con elegancia y al final del trasteo nos regala varios derechazos de muñecas partidas en los que se atisba la clase descomunal que se perdió por el camino de su indolencia.

A Perera, el bombo le dio esta corrida y el bombo le colocó en suerte a Pijotero, un castaño de Fuente Ymbro fabricado para no decir gran cosa en los primeros tercios y embestir como un tren en la muleta que el extremeño le presenta en la distancia larga, aguantando en los medios a pie firme el embroque emocionante y haciéndolo girar en torno a su figura retorcida. La faena es correcta en su primera mitad. En el haber anotamos la mano baja y el temple y en el debe la falta de ajuste y compostura. El cambio a la mano izquierda hunde el trasteo cuando el toro se mete por dentro y el dominio no aparece. Perera se da cuenta y logra enardecer de nuevo a la plaza con su toreo fake, ese que se construye sobre la suerte descargada y que se basa en hacer girar al toro por las afueras, vuelta tras vuelta hasta el doble pase de pecho final que tanto gusta a las masas. Le cuesta igualar al toro pasado de faena y la estocada llega tras el primer aviso, trasera y desprendida, la muleta perdida en el encuentro. Su efecto rápido hace aflorar los pañuelos que justifican la primera oreja, la petición decrece considerablemente pero el habitual numerito de los paniaguados de las mulillas retrasa el arrastre hasta la concesión del segundo trofeo por Gonzalo de Villa Parro, un presidente que  no debería sentarse en el palco ni una tarde más, tras repetir exactamente el mismo procedimiento que en la pasada feria permitió a Castella franquear la puerta grande. Se trata sin duda de una operación planificada para ir rebajando la categoría de la plaza y que un triunfalismo injustificado oculte la decadencia de lo que pasa en el ruedo. En el capítulo final, ni la extraordinaria lidia de Javier Ambel, ni los brillantes pares de Curro Javier y Vicente Herrera pueden apuntalar al derrengado sexto pero ya nada importa salvo la salida en hombros del jefe de filas, que se marcha por sexta vez camino de la calle de Alcalá entre una fuerte división de opiniones, lanzando besos a los detractores. Seis puertas del príncipe para el Juli en Sevilla, más que Curro, seis puertas grandes en Madrid de Perera, las mismas que Rincón, así está la cosa.

Gonzalo de Villa
Antes de la corrida del 16 de mayo, los altavoces de la plaza anuncian que al finalizar el paseíllo, se guardará un minuto de silencio por la muerte en Talavera de Joselito El Gallo. Una señora se alarma en la andanada y he de tranquilizarla explicándole que el rey de los toreros dejó de existir hace hoy 99 años. Para conmemorar las vísperas del centenario, nos toca aguantar la enésima comparecencia de los bueyes de Valdefresno y tragarnos el consabido ritual de descastamiento de esta ganadería, con los tendidos tan vacíos como en una tarde de agosto. Los tres matadores arrojados a este destino se estrellan contra un muro infranqueable de mansedumbre. David Galván estuvo valentísimo frente a las tarascadas del viento y de los mulos que le correspondieron, Joaquín Galdós dejó al menos dos estocadas irreprochables y Juan Ortega solo pudo insinuar la pureza que anuncia la colocación impecable y su naturalidad sin aspavientos.

La noble corrida de Montalvo plasma sobre la arena la disyuntiva en la que se debate la tauromaquia de esta época. El toreo moderno y el toreo clásico puestos frente a frente. La tarde comienza con dos faenas de idéntico planteamiento a cargo de Ginés Marín y Luis David Adame, un extremeño y un mexicano, para poner de manifiesto que la peste del neotoreo es universal, la única herencia por la que el imperialismo patrio debería pedir perdón. Ambos toros  regalan embestidas bonancibles para que cada quien cuente su verdad y sus oponentes ofrecen sin embargo sendos discursos superficiales al abrigo de la solanera hoy en penumbra, cortados por el mismo patrón del toreo por fuera, donde la ligazón se convierte en una mentira propiciada por la renuncia del hombre a ocupar el terreno del toro, el canon fundamental que hizo de la lidia de reses bravas, un arte único. Son faenas definidas por la ausencia de personalidad, por el mero acompañamiento insulso del viaje de un toro que  no precisa ser dominado, trasteos que necesitan desembocar en un final común por bernardinas como colofón tremendista, salvoconducto seguro para el trofeo barato.

Aguado a la verónica
En medio de todo esto, Pablo Aguado se hace presente en la tarde en su turno de quites, tras un buen puyazo de Óscar Bernal al primer toro de Adame. Dos verónicas bastan para que la plaza se estremezca con el aire de lo distinto y los olés roncos que surgen apaguen los clamores espurios que acompañaron a Ginés y provoquen a Luis David para replicar por lopecinas resucitando la bendita competencia entre los toreros desaparecida en tantas tardes de tedio. En ese enfrentamiento de dos maneras de entender el toreo, se ve clara la distancia entre tener a Julián cómo referencia o poner en escena una historia que comienza por Chicuelo, sigue por Pepe Luis, con Pepín Martín Vázquez al fondo y Curro de sumo pontífice. Cogido por dos veces en el sobrero de Algarra, la segunda para matarlo si sus pitones destartalados hubieran sido certeros, Aguado allega pundonor a su alada compostura y empieza a dejar detalles del sabor clásico de su escuela, el empaque de una naturalidad especial, otra forma de mover las telas que preludian la conmoción del sexto. El tapado de la feria recibe a Tapado, número 50, un colorado chorreado en verdugo de 591 kilos, que va y viene sin estridencias en los primeros tercios. El torero parece haberlo visto claro porque lo brinda al público y le cose en el tercio un primoroso inicio de faena pleno de gusto y pinturería. Después deja dos series de derechazos para el recuerdo, en donde quedan suspendidos el tiempo y la vida, veinte mil almas hermanadas en esa comunión extraña que solamente surge del toreo puro. La naturalidad con la que torea Pablo Aguado no se veía en Madrid desde que el niño de Pepe Luis dejó en su ruedo los últimos aromas de su particular sevillanía. La faena sigue al natural con menos continuidad a medida que el toro decae pero aún surgen momentos de oro entre el silencio de asombro de la plaza, no se puede torear más despacio, acostumbrados a la mediocridad habitual no es posible soportar tanta belleza. Con la noche ya cerrada sobre Madrid, la espada desbarata un triunfo histórico pero nada de eso importa a estas alturas. Pablo Aguado nos ha descubierto que el secreto de la felicidad reside en un cambio de mano. El sevillano vuelve a las Ventas el 16 de junio. Qué larga se nos va a hacer la feria hasta entonces.

El cambio de mano


viernes, 10 de mayo de 2019

EL PENSAMIENTO DISNEY


Noviembre de 2018. Decenas de activistas del PACMA se manifiestan delante de un restaurante de la Puerta del Sol de Madrid, llamando criminales a los comensales que en ese momento degustan las especialidades del establecimiento. Al parecer difieren del genial Manuel Alcántara que consideraba al jamón como el mejor amigo del hombre, por encima de cualquier animal de compañía.


Diciembre de 2018. Adelante Andalucía propone en su programa electoral para los comicios autonómicos, jornadas laborales de ocho horas para los animales, dentro de las cuales dispondrán de sus correspondientes intervalos de descanso. El orwelliano escenario de “Rebelión en la granja” está más cerca de convertirse en realidad, siendo deseable que no se materialice también su alegoría estalinista.

Enero de 2019. Grupos de animalistas practican vigilias veganas para detener momentáneamente a los camiones de terneros camino del matadero con el fin de reconfortarlos en los instantes previos a comparecer ante el cadalso. Los conductores acceden y contemplan atónitos cómo esas atribuladas criaturas lagrimean desconsoladas mientras acarician tiernamente el hocico de las reses desconcertadas.


Abril de 2019. Se inaugura en Bilbao un bar para perros, donde se celebran “perricumples” con pizza, tarta y cerveza degustada por los animales mientras socializan con otras mascotas jugando alegremente a tirarse por el tobogán de una piscina de bolas. Sus dueños los miran arrobados y se declaran partidarios del modelo familiar interespecie, en el que personas y bichos gozan del mismo nivel jerárquico dentro del hogar.

En el escenario de una sociedad infantilizada y hedonista, la humanización de los animales provoca estas y otras escenas bufas como la del activista iluminado que se encadena al paso del toro de la Vega o irrumpe en un ruedo como acción de protesta, para acabar siendo volteado por un Miura que no entiende de derechos. Al contrario de los turistas que son devorados cada cierto tiempo por animales salvajes que no respetan su adanismo, los antitaurinos patrios tienen la suerte de ser salvados de estos trances por los toreros presentes en el ruedo a los que previamente habían acusado de asesinato.


El desencuentro entre ambos mundos impide cualquier posibilidad de  acuerdo y los derroteros de una sociedad cada vez más narcotizada contra el dolor, nos conducen a un futuro en el que la subversión de los valores tradicionales en esta materia provoca escenarios como el de los alumnos de la facultad de psicología de la Universidad de Oviedo que preguntados por sus sentimientos sobre la pelea taurómaca, dos tercios prefieren la muerte del torero a la del toro y a continuación se les permite seguir estudiando para ser candidatos a encontrar luz en las tribulaciones humanas. Es de esperar que en su maduración académica lleguen a entender que en la corrida no se maltrata al toro, se le lidia conforme a su condición indómita, siendo el único escenario de la convivencia humana con animales destinados al sacrificio en el que se les ofrece la posibilidad de defenderse, la opción de subsistir en la batalla y se les concede una muerte con honor. 

Puede que la suerte esté echada y el porvenir nos conduzca hacia la ineludible distopía de una tauromaquia abolida, donde el espectáculo que un día fue glorioso quede como triste recuerdo en un mundo raro en cuyos ríos se perseguirá a los pescadores como genocidas y en el que se habrá prohibido el chuletón por las hordas veganas que desconocen la cantidad de bichos que hay que cargarse para que crezca sana una lechuga. En ese mañana no tan lejano, las últimas caravanas circenses transitarán de incógnito nuestra geografía con el temor a ser linchadas por comandos animalistas que estarán a un paso de lograr que aquellos elefantes que hace un año sufrieron un aparatoso accidente de tráfico sean incluidos entre las víctimas de la operación retorno. Será el triunfo definitivo del pensamiento Disney, capaz de enajenar las mentes de varias generaciones con el recuerdo de la madre de Dumbo llorando tras los barrotes de su vagón. Entonces, resultará ya imposible reeducar a la gente en la idea de que el verdadero maltrato consiste en tratar al animal de una manera distinta a la que exige su naturaleza, y acabaremos contemplando, si todavía nos dejan, el esplendor del toro bravo confinado en un zoo.


jueves, 25 de abril de 2019

VOTAR EN VANO



Los tres son hombres, bien parecidos, hablan muy rápido, visten igual. Los tres comparten similar trayectoria de familia acomodada, educación privada y nula o escasa experiencia profesional, que se diluye pronto en una temprana vocación política y en el ascenso rápido a la cúspide de sus organizaciones, aprovechando la coyuntura de la crisis de los partidos tradicionales y su desplome electoral. Son gente osada de sonrisa fácil y pensamiento débil que apenas disimula la ambición.  

Los tres son hábiles, debaten con soltura, lucen fotogenia ante las cámaras, mienten muy bien. Los tres compiten en una danza perpetua de piruetas falaces, en donde bailan al son de los asesores de imagen y de los gurús de las encuestas. Si toca perfil bajo, el candidato se abstendrá de hacer declaraciones no vaya a cometer el error de mostrar su verdadera faz, si conviene crispación, se suceden las baladronadas en los discursos por ver quién es el que la tiene más grande, la propuesta nuestra de cada día al servicio de su impacto en la campaña del competidor. Los principios quedan aparcados porque el consejero aúlico del líder rampante ha detectado pérdida de votos hacia uno u otro lado del espectro político.

Y así el presidente que anduvo en pactos con sediciosos, ahora dice no es no al desafío independentista, avisado por su desastre andaluz. El que fue portavoz del partido de Rajoy se reencarna en hijo póstumo de Aznar para pelearle la primogenitura de la derecha al nuevo mesías, con el que comparte la crianza a los pechos del Estado autonómico en uno de sus chiringuitos compatibles con el ultraliberalismo a tiempo parcial. Y el adalid de la igualdad de derechos del ciudadano en todo el territorio nacional se abraza al foralismo por un puñado de votos mientras acoge en su seno a los restos de serie del bipartidismo profesional.

Aficionados a la inveterada costumbre de maquear el currículum, los tres son expertos en el arte de camuflarse a la búsqueda del voto. Si pretenden el apoyo de la España vacía, saludan exultantes a bordo de un tractor, si está de moda la sensibilidad animalista, posan sin complejos acariciando un perrito, si se trata de excitar las esencias patrias, se hacen acompañar en las listas de toreros fracasados para revisitar la evolución de aquel banderillero de Belmonte que según el Pasmo de Triana consiguió llegar a gobernador civil, como no podía ser de otra manera, degenerando.

Los nuevos próceres que se avecinan parecen empeñados en enviar al limbo de la abstención al españolito hastiado de aguardar comportamientos coherentes guiados por el respeto a la palabra dada. Esperar, por ejemplo, que la crítica de la corrupción ajena y la condescendencia con la propia no convivan en el mismo discurso. Esperar, si no es mucho pedir, que el presidente que exigía debates cuando era líder de la oposición no trate de eludirlos manipulando la televisión pública cuya neutralidad pone en entredicho. Esperar en vano que en esos debates, los intervinientes no se comporten como tertulianos grandilocuentes cabalgando sobre hipérboles efectistas y hablen sobre la necesidad de acordar políticas comunes que erradiquen para siempre la dependencia del populismo y del nacionalismo, de manera que el espectáculo ofrecido en la búsqueda del gráfico más resultón o el “gadget” más ocurrente, no convierta en moderado a quien sigue persiguiendo la liquidación del espíritu de la transición mientras enarbola una Constitución en la que no cree.

Cuando cesa el griterío, el español sentado ante su futuro no ha escuchado una palabra sobre la independencia judicial, ni un compromiso acerca del necesario pacto educativo, ni una verdad sobre el futuro de las pensiones, nada sobre la crisis que viene. Es preciso desdeñar las romanzas de los tres tenores huecos y continuar trabajando sin estridencias para no perder el estado de bienestar y el nivel de convivencia del que disfrutamos y votar, pese a todo, aun sin esperanza en que la urna sirva para algo más que guarecerse ante tanta impostura.



martes, 16 de abril de 2019

CENTENARIO ÍNTIMO



Yo siempre estoy en Cuenca aunque me encuentre lejos. Exiliado de la ciudad de la infancia, el alma sigue viviendo en la misma casa de los días azules, la morada que habitan mis mejores jornadas, aquéllas que me abrigan cuando todo es hostil. En el exilio no hay puentes que conduzcan a la dicha de atravesarlos sabiendo que en la ribera del Júcar, tras los muros de otoño de la iglesia añorada, él descansa esperando tu eterno retorno. Es el exilio la ausencia de su rostro en mi mirada, y es la intemperie insalvable de hallarse en casa ajena cuando el Señor está en la calle. Si el primer plenilunio de la primavera te trae la certeza de que ese año no caminarás tu ciudad al encuentro de sus pasos, tu orfandad será un abismo alojado en tu cuerpo hasta que no divises de nuevo su alada compostura hermoseando la tarde. Por eso al volver a Cuenca, el corazón se ensancha, retomo los senderos que el tiempo borró en vano, abrazo los recuerdos que esperan en la sombra y el mundo me sonríe, resumido en su luz.


Por seguirte en tu calvario
mi corazón te acompaña
la tarde de Jueves Santo.
El niño que fui me llama
camino de San Antón,
donde aguardan tu llegada,
desempolvadas tulipas
y cruces enamoradas.




Cada año esperan su llegada los enamorados del rito ancestral de la pasión de Cristo, los que enarbolan su tulipa en distintas hermandades, o prueban su fortaleza bajo el banzo día sí, día también. Yo, sin embargo, sólo soy de la Caña, de la muy antigua, ilustre y venerable Hermandad penitencial de nuestro Padre Jesús con la Caña, la del orgullo humilde que se hace presente sobre un fragor de bambúes, la que viste a mi ciudad cada Jueves Santo con su esplendor carmesí.


La espera llega a su fin.
Las cuatro y media en Mangana.
Miríadas de nazarenos
inundan la tarde santa,
y al compás de los recuerdos,
caminando con el alma,
se entregan bajo el capuz,
conversan con la mirada.




Y es que no hace falta decirse nada cuando se acude al reclamo de la alegría del reencuentro, y la memoria golpea tus sienes poblando el camino de amor y añoranza, el tiempo abolido en el presente efímero que huye al pasado de un niño que marcha detrás de la estela del primer nazareno, siguiendo el ejemplo de los que antes que él, ya se conmovieron con la representación del dolor en la ciudad hecha calvario, en sus calles empedradas de lamentos. Alegría y dolor, felicidad y angustia, amor y agonía, los sentimientos trenzan su corona de espinas en torno al rito atávico, alrededor de nuestra vida.    


El Júcar refleja púrpura,
las ramas parecen lanzas,
la hoz entera cobija
a Jesús el de la caña.
Cuánto amor en esa herida
cuánta dicha demorada,
cuántas noches de vigilia
van sosteniendo tu marcha.




Cuántas noches de vigilia sostienen nuestra pasión desde hace cinco siglos, ese quinto centenario presentido que está buscando el historiador que lo fije en el tiempo definitivamente, y por fin desentrañe el misterio de aquella primera procesión dedicada al culto de la Vera Cruz. Somos los herederos de los padres franciscanos que difundieron en el origen la veneración de la pasión de Jesús, a través de cofradías con hermanos de luz y hermanos disciplinantes, y de los miembros del antiguo Cabildo de la Sangre de Cristo, que hacia 1525 enterraba a los pobres y a los ajusticiados, a los que además daba consuelo espiritual, para fundirse después con el Cabildo de la Vera Cruz y unir su origen asistencial con el cometido penitencial que mantenemos en nuestros días. No es difícil imaginarlos procesionando en torno a la mítica Ermita de San Roque y al abrigo del Convento de San Francisco, situado en el Campo del mismo nombre, donde tenían lugar las ejecuciones de los reos civiles y de los condenados por el Santo Oficio.


La Vera Cruz se hace paso,
misericordia en su planta.
La campana de los reos
anuncia la madrugada.




La niebla del tiempo no permite distinguir las imágenes precursoras de todas las que después han sido. Un Ecce-Homo con las manos atadas portando esa caña que hoy nos guía, se hizo presente en Cuenca en un momento ignorado del siglo XVI. Le acompañaban un Jesús nazareno con la cruz a cuestas, el primer Huerto de nuestra historia y la primera Soledad, precedidos por el Cristo de las Misericordias portado por una sola persona que somos todos nosotros dándole impulso a la historia bajo la intimidad del capuz. La misma persona que entonces veneraba el primitivo Cristo de la Caña en la capilla de los Grandes Pasos de San Roque, fue después la que se ocupaba de cuidar la integridad de la imagen venerada cuando hizo guardia en la garita frente al invasor francés y la que adecentó la hornacina de su definitiva sede en el templo reconstruido de San Antonio Abad. Nuestro bisabuelo ya desfilaba entonces acompañando al paso decimonónico, sintiendo la plenitud que se instala en el corazón del nazareno en la Pascua de Resurrección, cuando el tiempo se detiene y se renueva el compromiso con la tradición. A él también le emocionaba el temblor del Miserere, y el quejido de las horquillas se iba clavando en su alma hasta que al fin las tinieblas recuperaban la noche y el fulgor de las heridas se apagaba en hermandad. También nuestros abuelos tuvieron que refugiarse en la Catedral como tantas veces hicimos nosotros cuando la tarde morada se resolvía en lluvia sobre nuestros enseres y sobre nuestros pecados. La estación de penitencia al amparo de su bóveda era el cálido consuelo que nos protegía a todos en estos trances no siempre venturosos. La belleza del entorno obnubiló a nuestros hermanos cuando tal vez pendientes de la magia del triforio, vencieron el paso sobre la rejería de la Capilla de los Apóstoles. Los daños del 34 fueron el anticipo de los desastres del 36, la ilusión de la nueva talla de Marco Pérez confinada en el recuerdo junto a la antigua imagen, el fuego de la intolerancia arrasando tanta grandeza en la misma puerta de San Antón.




Cristo cae y en su deriva,
nuestra derrota se ensancha
por ese puente de luto
que Jesús camina en andas.
El silencio se oye apenas
en las horquillas calladas.




El sufrimiento del enfrentamiento entre hermanos dio paso al calvario de la posguerra que, a pesar de todo, se aplazaba un tanto por Jueves Santo con la talla de Bayarri mitigando sólo a medias la majestad perdida. La Hermandad de nuestros ancestros no se detuvo hasta recuperarla en 1947 cuando el arte de Federico Coullaut-Valera restableció el merecido esplendor, el legado orgulloso que desde entonces conservaron nuestros padres en las épocas de escasez, cuidaremos los hermanos hasta el último aliento y heredarán nuestros hijos con la cruz, la tulipa o la horquilla compartiendo la emoción centenaria. Mientras tanto aquí seguimos los nazarenos de la Caña, los que renuevan la huella en la senda de los tiempos, los que escoltan al bancero que va meciendo tu gloria, los del corazón asaltado por el vuelo de tu clámide, los que alumbran tu partida abrigados por tu amor.


Una madre bajo un palio
de soledad y alborada,
va despidiendo a su hijo
que tras la esquina se apaga. 
Por seguirte en el calvario
que paso a paso te amarga,
la tarde de Jueves Santo,
mi corazón te acompaña.


miércoles, 20 de marzo de 2019

EL FOROFO


A la mañana siguiente de la debacle con el Ajax, se despertó con una extraña sensación de ausencia. Tras el pitido final, se había quedado postrado en el sofá, asistiendo aturdido a las declaraciones de los jugadores, a los análisis de los comentaristas, a las ruedas de prensa de los entrenadores. Como siempre que su Madrid sufría una derrota importante, las ganas de cenar se habían diluido entre la tensión previa al partido y la decepción posterior. Se fue a la cama después de consultar el móvil para comprobar si alguien había añadido algún comentario en los grupos de whatsapp donde quedaban los restos de las refriegas libradas con sus amigos atléticos y culés, siempre atentos a hurgar en la herida del derrotado. Antes de conciliar el sueño, aún había apurado los últimos momentos de la vigilia contemplando con sensación de hastío las tertulias televisivas, lo cual no impidió que después de apagar la tele siguiera un acostumbrado ritual que consistía en poner la radio para dormirse con el soniquete de los programas deportivos de la madrugada. Esa noche estaba tan agotado que no aguantó ni cinco minutos despierto desde que escuchó por última vez a Solari decir que el Real Madrid siempre se levanta.

Él también se levantó como siempre a las seis y media de la mañana. Cinco horas escasas de sueño y a la ducha de realidad de toparse con la desilusión de que por primera vez en mucho tiempo, este año no vería la bola de su equipo girando en el sorteo de cuartos. Pese a todo, con el primer café de la jornada, su mente comenzó a experimentar cierto alivio por no tener que prolongar la agonía de la última semana, en la que el eterno rival les apeó de la Copa del Rey sin merecerlo y les puso la liga imposible para unos jugadores cuyo desempeño en la competición que mide la constancia y la profesionalidad del día a día había provocado nueve meses antes que Zidane huyera de semejante tropa, dejando al Madrid embarazado de incertidumbre hasta la culminación de este parto prematuro y fatal.

Cuando llegó a la oficina, sobre su mesa de trabajo yacía una fotocopia con la portada del Sport proclamando el fin de una era en grandes caracteres junto al rostro fantasmagórico de Vinicius llorando como un niño sin consuelo. Por un momento pensó en responder a los autores de la jugada imprimiendo octavillas con el número 13 para convertir la mañana en una pelea de críos, pero enseguida desistió y dedicó una sonrisa radiante y el pulgar en alto a los rostros burlones que solían disfrutar más de los desastres ajenos que de las victorias de su equipo. Él tampoco había sido inocente en el juego de escarnecer al contrario en el pasado reciente de las tres “champions” seguidas, aunque en su fuero interno admirara la capacidad de recuperación de las huestes rojiblancas después de cada eliminación continental y la perseverancia de las estrellas blaugranas capaces de sostener el esfuerzo en las competiciones nacionales durante toda la temporada.

En realidad, si pudiera elegir, si la pasión por sus colores no estuviera grabada a fuego en su corazón desde las brumas de su infancia, un tipo como él, funcionario callado y responsable sin una tacha en su expediente, tan honesto y cumplidor como incapaz de grandes proezas, se hallaba más cercano del espíritu de sus equipos rivales que del hatajo de millonarios que tiraban la liga en invierno y sólo buscaban la excelencia en los siete partidos que conducían al éxtasis primaveral, alcanzado en la mayoría de las ocasiones con admirable brillantez y en alguna otra, con la fortuna que acompaña a los acostumbrados a ganar. Las raíces de su madridismo le nutrían desde los años setenta, cuando los camachos, juanitos y santillanas que nunca ganaron la Copa de Europa, dominaban la mayoría de las ligas que jugaban dejándose la piel hasta el último partido y acababan sus carreras en el club de su vida enseñando las exigencias del escudo a la siguiente generación, aquella quinta del Buitre de los cinco campeonatos ligueros consecutivos.

En la pausa de media mañana, buscó el abrigo de sus compañeros madridistas en la cafetería donde solían almorzar y alimentó la retahíla de lugares comunes habituales en estos casos, estos gandules se han cansado de ganar, hay que echar a medio equipo, nadie ha sido capaz de tirar del carro, a ver si el presidente se rasca el bolsillo y nos trae un crack que meta goles de una vez. No le costó demasiado contribuir a los argumentos de los mismos que el año pasado alardearon de tener la mejor plantilla del mundo, mientras contemplaban cientos de veces las dos chilenas maravillosas que ocultaron la mansedumbre de un vestuario, cuyo líder exigió un entrenador complaciente para que sus muchachos pudieran sestear sin interferencias durante este añito de transición. 

La semana siguiente comenzó con el regreso de Zizou al club de sus amores. La sonrisa del ídolo lucía radiante y en sus palabras sencillas se adivinaba de nuevo la eternidad del triunfo. En su primera alineación, volvieron al equipo los jugadores relegados por el anterior entrenador. Todo en orden.




viernes, 8 de marzo de 2019

CHRISTUS FACTUS EST

Foto de Juan Antonio Martínez

Christus factus est pro nobis
obediens usque ad mortem
mortem autem crucis.

Cristo se hizo por nosotros, obediente hasta la muerte, una muerte de cruz. La Carta del apóstol San Pablo a los Filipenses escapa por una tarde de la liturgia del Domingo de Ramos para entonar su canto de humildad, encarnado en Nuestro Padre Jesús con la Caña. Un sábado de febrero en la intimidad del templo que cobija al Señor, la Hermandad se reúne para escuchar el estreno del “Christus factus est”, composición de David Hurtado, concebida para honrar la majestad de nuestra imagen sin abandonar la sencillez que nos describe. El tiempo detenido en los cantorales depositados esta tarde en nuestra capilla nos une a los hermanos que hace cinco siglos ya veneraban la caña que aún nos guía.

El autor nos explica la dificultad de su empeño por encerrar la música de Dios en poco más de tres minutos y el reto que para él supuso descifrar la verdad de nuestras formas sin romper la burbuja de su propia pasión sevillana más que a través de lo que transmite nuestra historia, nuestras imágenes y nuestros sueños. Aunque parezca lo contrario, Sevilla y Cuenca no están tan lejos en su universo devocional y no hay más que acercarse a la Iglesia de la Anunciación para encontrar en el Cristo de la coronación de espinas de la Hermandad del Valle, la misma emoción que soportan nuestras andas.  

Pareciera que el templo se recoge en sí mismo cuando Lucie Žáková ataca la primera nota en el órgano de la iglesia y la sostiene en el tiempo hasta que las voces de la Capilla de Música de la Catedral de Cuenca dirigidas por José Antonio Fernández, balbucean las palabras iniciales del cántico como si no se atrevieran a pronunciar la terrible sentencia de la Epístola de San Pablo a los cristianos de Filipos, que nos recuerda la entrega de Jesús cuando afrontó la muerte por nosotros a pesar de su condición divina. El coro entona su lamento a media voz, acaso amedrentado por los acordes del órgano implacable que va desplegando sus escalas hacia el cielo y la tierra proclamando la gloria de Dios padre, hasta que llega el esplendor de los tenores y un fragor de bajos y barítonos inunda el escenario, poniendo de acuerdo a todos los sonidos en la armonía final que pide perdón al Señor por el ultraje, por el dolor, por el escarnio.

La donación anónima que ha hecho posible la incorporación de esta obra maravillosa al patrimonio de la Hermandad, enriquece sin duda nuestros cultos al tiempo que engrandece nuestro espíritu. Su música nos ofrece un mensaje universal de sacrificio para la partitura de nuestras vidas.    

Foto de José Manuel Alarcón