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martes, 1 de abril de 2025

LA FAMILIA POLÍTICA


Entre la justicia y mi madre, elijo a mi madre. La famosa cita de Albert Camus parece inspirar, en otro contexto, la estrategia política reciente en donde el amor a la sagrada familia presidencial anima la acción de los miembros del gobierno, intérpretes disciplinados de la cantinela oficial que trata de socavar, poco a poco, la independencia de los jueces encargados de investigar la probidad de la forma de ganarse la vida de la primera dama y de su cuñado. Para los partidarios de la alternancia política no hay otro remedio que abandonarse a la melancolía al contemplar cómo quienes rigen los destinos de la Comunidad de Madrid se enfangan también para defender al novio de su presidenta, la cual es capaz de llegar a la Moncloa y como Calígula con el caballo, convertir a su consorte en Ministro de Hacienda.

La tensión política entre ambos antagonistas promete hasta las elecciones un duelo por todo lo bajo que de momento, ya ha emponzoñado la imagen de la Fiscalía. Depende, de quién depende, de según como se mire, todo depende, es una canción que el Presidente interpretó ante un periodista de cámara para ponerle banda sonora a un thriller protagonizado por el Fiscal General, encantado de hacer duetos con la voz de su amo para ventilar en público los secretos de un contribuyente. El exceso de celo del defensor de la legalidad por aclararle a la audiencia la verdad sobre la iniciativa de un acuerdo de conformidad, fue un espóiler tan absurdo como revelar a estas alturas que el personaje interpretado por Bruce Willis en realidad está muerto tras la primera secuencia de “El sexto sentido”.

El Fiscal también lo está pero igual que Bruce y Mazón, él no lo sabe.  Como el héroe del Ventorro acogido a la clemencia de Abascal, tal vez espera la absolución de Conde Pumpido, cancerbero de la Constitución, presto y dispuesto a cocinar la futura condena condimentando el trampantojo con un lejano parecido a la separación de poderes. Sería el segundo gol por la escuadra en la desvencijada portería del Estado de Derecho, el primero todavía andan celebrándolo los indultados de los “Eres”. El “hat trick” definitivo llegará cuando toque revisar la amnistía, y el “Var” de los once confirme la derrota del Tribunal Supremo, no en vano quien tira las líneas lo hace desde Waterloo. 

La democracia lo soporta todo, incluso que el partido en el poder pacte las leyes con un prófugo de la justicia española. También que su número dos colocara a sus queridas en empresas públicas y otorgara a su esbirro la categoría de asesor. El edificio constitucional no se resiente aunque se gestionen las cuentas con un presupuesto que no responde a la voluntad popular de las últimas elecciones. La encargada de presentar el proyecto en las Cortes distrae a las masas degradando el principio de presunción de inocencia a la categoría de legalismo prescindible, el franquismo sociológico que habita en su mente no concibe más derecho de defensa que el de su permanencia en el sillón.  

Las excelentes cifras macroeconómicas sirven de coartada a la familia política pero no consuelan a una cuarta parte de la población que sigue en riesgo de pobreza o exclusión social. Algo va mal en el sistema cuando el crecimiento del PIB convive con la falta de futuro de nuestros hijos, que andan buscando vivienda como terraplanistas ilusos persiguiendo el borde del horizonte. Sobrevivir al panorama requiere algo más que unas garrafas de agua, unas latas, la linterna y el transistor. La cosa pública subsiste entre las diatribas de sus gestores a la espera de la próxima catástrofe en la que seremos nuevamente abandonados por su infalible incompetencia para afrontar las pandemias, los volcanes, las riadas o la amenaza de guerra nuclear. 

Avanza la cuaresma pero sigue el carnaval.



lunes, 5 de julio de 2021

INDULTA QUE ALGO QUEDA



La institución del indulto es el imprescindible mecanismo con el que la sociedad se protege frente al riesgo de que las resoluciones judiciales que han agotado su posibilidad de ser recurridas por los mecanismos ordinarios, se conviertan en injustas a la hora de su aplicación. Se trata de supuestos en los que la equidad debe imponerse por encima del cumplimiento estricto de la legalidad, cuando el transcurso del tiempo entre la sentencia y su ejecución, ha operado por sí mismo en el condenado la rehabilitación que la pena trata de conseguir y en la mayoría de los casos, no suele lograr. Esta clase de medidas no puede repugnar a los que siguiendo a Concepción Arenal, odiamos el delito y compadecemos al delincuente, y sufrimos más por un inocente condenado que por cien culpables en la calle. Sin embargo, el espíritu de la ley sobre el indulto reinterpretado según las exigencias constitucionales, no justifica su aplicación a unos presos por sedición en los que el paso del tiempo en la cárcel no ha hecho más que acentuar su propósito de perpetuar la misión de enfrentar a los catalanes y excluir al resto de españoles de la soberanía sobre su territorio.


Nuestro país sigue empeñado cada tanto, en actualizar el conocido aserto de Bismarck sobre la fortaleza de una nación que lleva siglos ensayando la autodestrucción sin conseguirla. Quizá por ello suele perdonar a quienes atentan contra los valores más esenciales del sistema democrático y si Felipe indulta al elefante blanco del 23-F y Aznar a los chivos expiatorios del terrorismo de Estado, la opinión pública lo asume con la resignación del pagano de la fiesta al que no le importa invitar a sus enemigos siempre que no le arruinen la celebración. Ahora proliferan las opiniones bienintencionadas que depositan en los indultos una suerte de propiedades taumatúrgicas capaces de hacer olvidar lo sufrido e instaurar en la sociedad catalana nuevos usos de convivencia en donde el respeto a la igualdad de todos los ciudadanos se imponga a la intolerancia y el supremacismo.


Ni siquiera en esta nueva retractación de sus promesas, es ahora Sánchez original. Aznar ya dio un curso de cómo explotar la condena a la guerra sucia en la oposición y poner en la calle a sus ejecutores en cuanto se aseguró la Moncloa. En aquella ocasión, lo justificó esgrimiendo altura de miras. El gobierno de hoy habla de concordia y diálogo, en el enésimo intento mesiánico de apaciguamiento que todos los presidentes que en España han sido, impostan frente a la cuestión catalana, lo cual hasta sería plausible si fuera a dar resultado y por el camino no se intentara demonizar a los escépticos. Como casi siempre, el espectáculo de meliflua moralina que en estos días se representa en la palestra mediática encubre una pelea política de bajo vuelo sostenida por el discurso maniqueo de costumbre, animado en realidad por las facturas que Pedro I el Magnánimo, necesita pagar para mantenerse en el poder.

 

Lo dijo Junqueras antes de obtener la gracia y lo confirmó Aragonés al saludar la buena nueva, los indultos demuestran la debilidad del Estado, los presos salen con la voluntad reforzada de construir la república catalana. Por lo visto, con el ejercicio del perdón se indultan la prepotencia y la deslealtad y la apelación a la concordia sobre la base de evitar la venganza, socava una vez más la separación de poderes y la seguridad jurídica, convirtiendo el intento del Supremo por establecer una sentencia proporcionada y de consenso en un esfuerzo vano fulminado por el absolutismo gubernamental. El fragor de la contienda política que subyace en la pantomima se resolverá en sucesivas regalías a entregar por nuestro líder, que incluirán un nuevo mejoramiento económico de Cataluña a costa del empobrecimiento progresivo de la España vacía, la mesa de negociación en donde ir preparando una consulta no vinculante constitucionalmente admisible y la rehabilitación de Puigdemont por la vía encubierta de la reforma del delito de sedición para garantizarle un futuro judicial incruento.


Todo ello tal vez nos introduzca en una pacificación transitoria de la cuestión y en el establecimiento de un eterno bucle melancólico que trasladará el problema a la próxima generación, en donde los secesionistas lo intentarán de nuevo, cuando el discurso oficial independentista se haya instalado definitivamente en las conciencias y el adoctrinamiento de la población eleve los porcentajes de la desafección con España a una cifra insoportable. Entonces se recordará que fueron tres partidos que se decían de izquierdas, los que se pusieron de acuerdo para entronizar la desigualdad entre las distintas comunidades del Estado y así quebrar para siempre el esqueleto de aire que une a las regiones de la península y que un día lejano de 1928, Federico García Lorca creyó irrompible. 



viernes, 4 de mayo de 2018

EL CALOR DE LA MANADA



Nos gusta el calor de la manada. Nos sentimos más cómodos siguiendo la opinión dominante que afrontando el vértigo de la disidencia. El gregarismo se ha instalado en los usos sociales arrojando al librepensador y su osadía al frío desván de las opiniones singulares, cuando no al ostracismo del apestado. Lo estamos viendo estos días en las reacciones a la sentencia del mediático proceso que enjuició la salvajada cometida por cinco mastuerzos cuya conducta sexual hubiera merecido un lugar entre los cabestros que guían los encierros de San Fermín. Sin embargo, el movimiento que ha condenado la resolución pidiendo la inhabilitación de sus autores no busca tanto el castigo ejemplar de los culpables como la consecución de esa justicia automática que pretenden implantar los que no admiten otra manera de aplicar la ley que la dictada por su particular sectarismo. Pero la realidad no es unívoca y permite el matiz y la discrepancia, la sucesión de los hechos suele admitir diversas interpretaciones susceptibles todas ellas de un fundamento jurídico plausible, como por otro lado sabe cualquier aspirante a jurista, que estudia para entender que la violencia, la intimidación, la resistencia o el prevalimiento son conceptos jurídicos que define la jurisprudencia antes que el diccionario.

Yo sí te creo, clama la horda empeñada en resolver el juicio paralelo en una condena a la altura de su exigencia de venganza, sin reparar en que el voto mayoritario de la sentencia que frustra su hambre de triunfo, también creyó a la víctima, y trasladó punto por punto al relato de hechos probados sus manifestaciones,  tras considerarlas coherentes, persistentes y verosímiles. Más de trescientos folios después, la frontera entre la violación y el abuso es tan tenue que ambas calificaciones pueden estar fundadas en derecho siempre que la decantación por una de ellas dependa del examen directo de la prueba y no del exabrupto de la turba manipulada por cuatro líderes de opinión.

Detrás del fragor de la batalla de estos días, late un oscuro intento de deslegitimación del Estado de Derecho que en último término nos protege, por parte de los que prefieren la agitación social a cualquier costa, a debatir con mesura sobre una resolución judicial criticable y esperar el devenir del prolijo sistema de recursos a disposición de las partes. El populismo invade los conflictos del momento y lo mismo sirve para conceder una pátina de dignidad al supremacismo cotidiano del nacionalismo mendaz que para hacer pasar por creíble el arrepentimiento falso de los herederos del terror. No es una casualidad que hayan sido Otegi y Puigdemont los primeros que se han subido al carro de los ataques a estos jueces con la vista puesta en sus asuntos particulares. Lo sorprendente es que de ese carro tire también el Ministro de Justicia de un gobierno para el cual el control de los demás poderes del Estado se ha convertido ya  en una cuestión de pura supervivencia con la que mitigar las consecuencias de su permanente afán de latrocinio.

Odia el delito y compadece al delincuente. Las palabras de Concepción Arenal se desvanecen como el agua entre las manos de las buenas gentes que no se dan por satisfechas con nueve años de prisión para los culpables, uno menos que la pena mínima señalada por el Código Penal para el homicidio. La presunción de inocencia es un tótem de nuestras libertades que se desprecia con la misma facilidad con que se acusa al abogado defensor o al juez discrepante de agentes del mal, como si el que hoy sobreactúa detrás de la pancarta nunca fuera a dar un mal paso que precisara una defensa legal y un proceso con todas las garantías. El letrado sabe por experiencia que quien hoy se erige en su maniqueo inquisidor mañana puede ser el reo que necesite sus servicios. El juez que toma el camino más difícil sabe que sufre más la justicia por un inocente condenado que por cien culpables en libertad.

miércoles, 7 de marzo de 2018

INTOLERANCIA



Cuando Woody Allen proclamó que el cerebro era su segundo órgano favorito, seguramente no imaginaba la tormenta mediática que al final de su vida le iba a convertir en un apestado social. Eran tiempos en los que el genio de Manhattan aún podía decir que la última vez que había estado dentro de una mujer era cuando visitó la estatua de la libertad sin que los “torquemadas” habituales le acusaran sin pruebas de ser un depravado sin escrúpulos.

En la época dizque más democrática de la historia, donde todo el mundo tiene acceso inmediato a la información a golpe de clic, y un altavoz en las redes sociales para expresar su vacío, la hipocresía que nos circunda es tal que la libertad se desvanece aniquilada por la dictadura de lo políticamente correcto, convertida en el supremo tribunal capaz de condenar a la muerte pública a una persona manipulando tres o cuatro lugares comunes que la masa acepta como si fueran dogmas de fe. Un poco por pereza intelectual y otro poco por temor a separarse de eso que los cursis llaman “mainstream”, casi nadie osa cuestionar el dictamen de este nuevo comité de  biempensantes, que te organizan una caza de brujas en menos que se corrompe un concejal, cocinando en su infecta marmita un brebaje a base de medias verdades, viejas insidias y apelaciones al sentimentalismo infantiloide, malbaratando una causa noble al servicio de una moral bastarda que lo mismo que impedirá a Woody dirigir otra película, hoy hubiera enviado al ostracismo a Einstein por maltratador y a Machado por menorero.

Da lo mismo que las acusaciones contra Allen no resistieran el filtro judicial. En nuestra era, es el tribunal de la opinión pública el que se encarga de establecer las condenas y ni siquiera es preciso acudir a juicio, cuando una sucesión de testimonios es capaz de enterrar en vida a una persona sin que pueda apenas defenderse. Quizá parezca evidente la culpabilidad de Kevin Spacey como despreciable abusador de menores pero no es Ridley Scott el que debe ajusticiarlo al modo estalinista, borrando su participación en la última película, sino un jurado que analice los pormenores de su comportamiento y la credibilidad de los denunciantes. Ya puestos, y dado que tampoco tendrán la oportunidad de hablar en su propio favor, eliminemos a Picasso de los museos o a Neruda de las bibliotecas, “time’s up”, se acabó el tiempo en que admirar la obra a pesar del autor era posible. El maniqueísmo es el nuevo dios de una cultura en la que no existen los matices y que permite a la alcaldesa de Madrid, al amparo de un fin justo, declarar que la violencia está incardinada en el ADN de la masculinidad, sin que el edificio de la Justicia del que ayer fue magistrada, se resienta lo más mínimo.

El maravilloso cuento de hadas de Guillermo del Toro al que Hollywood ha otorgado su máximo reconocimiento este año tiene suerte de que al director mexicano no le hayan encontrado algún asunto inconveniente de su pasado capaz de mutar en despreciable la historia de amor de la película. La poesía puede convertirse en pesadilla a poco que se muevan los hilos de la sospecha y la maledicencia de una sociedad que necesita de estos trucos para mantener tranquila su atribulada conciencia. Los dispensadores de ética oficial trabajan sin descanso otorgando certificados de buenismo a los demás, mientras se ocupan de mantener sus sepulcros blanqueados. Nadie se atreve a tirar la primera piedra, pero cuando llueven las consignas y el lacito cuelga de la pechera, la lapidación del elegido no tiene marcha atrás.

Este año se cumplirán cuarenta del óscar a la mejor película concedido a “Annie Hall”. Woody Allen también fue premiado como director y guionista pero no recogió ninguna de las estatuillas pues prefirió tocar el clarinete en su club, como cada lunes. Tal vez estaba anticipando la respuesta a la intolerancia que hoy le acosa, a la irracionalidad del comportamiento humano que ya describía en la última secuencia de aquella cinta en la que Alvy Singer nos cuenta el viejo chiste del tipo que va al psiquiatra y le dice: “doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina”. Y el doctor responde: “¿pero por qué no lo interna en un manicomio?”, y el tipo le contesta: “lo haría, pero necesito los huevos”. Pues eso.