sábado, 29 de junio de 2024

EL LEGADO


En tauromaquia, la forma es el fondo. Como sucede con la Justicia, la ética se asienta sobre el respeto a las normas del procedimiento, sobre los principios generales del Derecho, sobre el canon eterno de la lidia. Asistimos al tiempo de la impugnación de esos valores en la persecución de la ventaja inmediata, del ansia de poder, si bien la hipocresía del momento aconseja crear una moral de urgencia ya sea para ilustrarnos sobre las bondades de la amnistía o sobre la legitimidad del toreo moderno. 

Que el enésimo torero espurio abra la puerta grande de las Ventas o el Fiscal General del Estado no respete el secreto profesional es una cuestión que, bien mirada, no debería importarnos tanto como la cesta de la compra, por ejemplo, pero introduce en nuestras vidas transeúntes entre la sala de estar y la andanada, un malestar creciente, una sensación de seguir asistiendo a la subversión permanente del sentido común. Es lo que ocurre cuando el público de toros ovaciona hasta el éxtasis la impostura, y el ritual continúa degradándose tal como lo hace la separación de poderes cuando los partidos se reparten los peones en el poder judicial.
 
La Feria de San Isidro suspende la vida del abonado durante un mes y lo convoca a la plaza para situarlo en un universo extraño en donde comparece cada primavera el planeta de los toros, un mundo anacrónico en el que el aficionado se obstina en permanecer para sustraerse de la hostilidad de estos tiempos ignaros en los que el infantilismo circundante lo agrede a cada paso. Resulta desolador, sin embargo, que el templo donde acudimos a defendernos de la pesadumbre de vivir, aligerando esa carga con la liturgia que vertebra nuestra existencia, se vea amenazado por el mercantilismo que lo transforma en taberna cada tarde, por el sistema empeñado en humillar al toro hasta convertirlo en un dócil semoviente y por la decadencia del toreo moderno, sustentado en los pilares de la ficción y la vulgaridad. 

Pese a todo, la lidia de toros en Madrid sigue siendo un espectáculo de masas, acaso como reacción a las manifestaciones del baranda del negociado, el ministro que justificó en la condición minoritaria del espectáculo, la coartada para la abolición del patrimonio que está obligado a defender. Los nuevos públicos acuden en aluvión de jóvenes subyugados por el fogonazo estético del héroe que aún es capaz de explicar en veinte pases el secreto del triunfo, ése que no aciertan a descifrar en su propio futuro preñado de incertidumbre, pero traen a la plaza costumbres ajenas al carácter de las Ventas, ignorantes de los códigos que fueron santo y seña de su afición. Y por qué habrían de entenderlos si apenas son ya cuatro iluminados, los que los enarbolan aplaudiendo a presidentes que niegan la oreja por el hecho de que la espada se haya desviado un palmo de su colocación canónica. Por qué deberían exigir el toro encastado, si la salmodia mediática que reciben les instruye en la conversión de la fiesta en un simulacro banal. Bastaría con exaltar los valores intrínsecos de la batalla en la que un héroe tuerto es capaz de imponerse a la bestia con la clavícula rota frente al ídolo deportivo que se queja por las molestias que le ocasiona jugar al fútbol con una máscara.

La culminación de la hipocresía del sistema comparece en la corrida de homenaje al maestro Antoñete, otro no hay billetes al servicio del neotoreo que hoy se practica en las antípodas de lo que fue su tauromaquia de clasicismo añejo y colocación exacta, conceptos que ahora pasan desapercibidos en su plaza si algún epígono casual se atreve a proponerlos. La mayoría del escalafón se mueve entre la indolencia y el conformismo al que conducen la respuesta de los públicos que ovacionan de igual manera la ligazón falsaria al hilo del pitón que el medio pecho ofrecido cargando la suerte, del mismo modo que el electorado se resigna a seguir votando las listas eternas de culiparlantes creyendo que así conforman la voluntad popular.

En la configuración del toro como animal colaborador concebido para la faena de muleta, la decadencia es inevitable en el resto de los tercios de la lidia y se ensaña especialmente con la suerte de varas, en ausencia de picadores que sepan largar el palo con tino y con mesura y de diestros que posean la técnica precisa para recrear el viejo estilo de llevar y colocar con majeza al toro ante el caballo, abandonando la escena por donde corresponde. La deriva por la senda de la dulcificación de las corridas de toros provoca reacciones extrañas en los nuevos públicos, habituados a vivir la tarde como un festival incruento, incapaces de digerir entre el trasiego de los gin-tonics, los contados episodios en los que la pelea entre la vida y la muerte trasciende del decorado y reclama el primer plano. Acostumbrados a la gran elipsis impuesta sobre la parca en la sociedad moderna, interpretan de forma equivocada la simbología de la agonía del toro y cualquier percance del torero queda elevado a la condición de salvoconducto para el triunfo de ocasión.

El legado de los grandes maestros que han construido el prestigio de las Ventas corre el peligro de quedar reducido al azulejo que los inmortaliza en sus pasillos. En ellos palidece la imagen de Chenel citando en la distancia, aguantando en el sitio donde los toros cogen, la efigie de Curro en el acto de abrir su capotillo y detener el tiempo en una media, el recuerdo de José Tomás templando al viento, defendiéndose del toro con sólo el arma del estaquillador. Hemos tenido que contemplar la estatua de César derribada en su tierra, tan lejanos los tiempos en los que su muleta poderosa barrió todo el toreo que mentía a su alrededor. La noticia ha ocupado un breve en los medios de información general, entre la amenaza de una nueva dana y los preparativos de la operación salida.




viernes, 24 de mayo de 2024

LA CARTA



Cuando el presidente Sánchez desapareció de escena después del simulacro habitual al que queda reducido en nuestro sistema el control del Gobierno por el Parlamento, se recluyó en su despacho y sin ayuda alguna de sus cuatrocientos y pico asesores, decidió dar cuenta de sus asuntos a sus administrados a través del prodigio de transparencia que es publicar una carta en el twitter. Las líneas maestras de la misiva venían a explicarnos que nuestro líder estaba pensando en tirar la toalla debido a la admisión a trámite judicial de una denuncia contra la dueña de sus pensamientos, animada por la ultraderecha política y mediática, como culminación de una campaña de acoso sustentada en bulos interesados y noticias falsas. A continuación, utilizó unos moscosos para despejar su agenda, y se fue de puente iniciando un periodo de reflexión sobre los costes personales de la vida política, en donde llegó a la conclusión de que la respuesta de las masas durante su retiro espiritual era suficiente para seguir sacrificándose al servicio de los españoles.


No es que la militancia acarreada a los “madriles” desbordara la calle Ferraz hasta llegar a la Plaza de Oriente, pero con la quedada de los adeptos resultaron al menos exorcizados los rosarios con los que la “fachosfera” contaminó durante semanas el lugar, y la Vicepresidenta Montero pudo escenificar nuevamente su euforia al borde de un ataque de nervios, mientras la Presidenta del Congreso se travestía de chica Almodóvar, derramando unas lagrimitas por la separación de poderes. El sainete guerracivilista lo terminó de condimentar Patxi López entonando el “no pasarán”, al tiempo que Óscar Puente sublimaba el servilismo reverenciando al puto amo que lo puso en el cargo.

En esos cinco días de abril, los tertulianos adictos mutaron en plañideras conmovidas por las exequias del sanchismo, convencidos de que las dudas del jefe eran sinceras, dispuestos a glosar este último trampantojo del killer de la opinión cambiante como si su palabra fuera fiable y los antecedentes del personaje no aconsejaran otra cosa que considerar la carta de marras como un nuevo acto de propaganda electoral, la primera epístola de san Pedro mártir a los catalanes, si no tengo poder, no soy nada. Por esas paradojas del escrutinio de la voluntad popular, el resultado final parece haber dado la razón a esa estrategia en donde el sentimentalismo victimista prevalece sobre el programa comprometido. Las urnas han permitido sacar pecho al visionario de la amnistía que ha logrado el repliegue del independentismo con el mérito añadido de alcanzar el triunfo de la mano de un candidato cuya hoja de servicios incluía la gestión sanitaria de la pandemia.

Si tenemos en cuenta que el otro gran vencedor de la contienda ha sido un prófugo de la justicia que prefirió cultivar el papel de mártir antes que afrontar sus responsabilidades, se entiende por qué en la campaña permanente que ahora afronta su episodio europeo, el asunto de la esposa del presidente siga coleando hasta desembocar en una crisis diplomática tan impostada como el mutis teatral de su marido. Es la comedia en que anda convertida la política española, enfangada en cuestiones accesorias que nos tienen entretenidos en si nos gusta más la fruta o el gin-tonic, las instituciones desplazadas por el tango que repentizan a dúo para sus respectivas parroquias un botarate porteño y un chulapo de “Madrí”. 

Mientras tanto, todos estos cambalaches nos impiden saber qué papel jugó la mujer del César en el incesante tráfico de influencias que parece ser la administración española, en donde la confusión de intereses públicos y privados es la norma en la que medran incesantemente los adlátares del poder, incapaces de labrar su beneficio sin la sombra del nepotismo alentando su jornada. La máquina del fango se expresa en estos fuegos de artificio diseñados para distraernos de lo importante, de la parálisis legislativa y del bloqueo judicial, de la inflación incesante y de la desigualdad creciente, de la falta de oportunidades que nubla el futuro de nuestros hijos.




jueves, 4 de abril de 2024

LA PROCESIÓN INTERIOR

Foto de Esteban de Dios

Cuando se anunció que la península sería barrida en Semana Santa por la borrasca Nelson, las resonancias históricas que conducían al almirante británico que murió matando en Trafalgar, ya presagiaban la derrota. La nomenclatura moderna de las borrascas que recorren nuestra geografía permite elaborar metáforas sobre la venganza meteorológica que el héroe protestante se ha cobrado este año sobre nuestras queridas procesiones establecidas a partir de Trento.


Como bien ha explicado Pedro Miguel Ibáñez en sus estudios y Julián Recuenco en su pregón magnífico, la Semana Santa de Cuenca tiene su origen probable en el segundo tercio del siglo XVI y va ligada, como en toda España, al culto de la Vera Cruz y la Pasión de Cristo. En torno a esa época, surgen en Cuenca cofradías de disciplina y penitencia que rememoran ese sufrimiento y que empezarán a tener más auge en el último tramo del siglo, estimuladas por la contrarreforma y el Concilio de Trento, cuyas sesiones favorecen la dimensión didáctica de las imágenes religiosas en oposición a la vertiente iconoclasta de la reforma protestante. Inicialmente son los franciscanos, tradicionales guardianes de los Santos Lugares, los que difunden la veneración de la Cruz y la Sangre de Cristo, a través de cofradías con hermanos de luz y hermanos de sangre, que suelen salir en procesión la noche del Jueves Santo detrás del clérigo que porta un crucifijo. Particularmente en Cuenca, el origen de la Semana Santa va ligado al consuelo espiritual de los reos de muerte que se encomienda al antiguo Cabildo de Nuestra Señora de la Misericordia, fundado en 1527, para enterrar a pobres y ajusticiados. He ahí una fecha en torno a la cual, la Junta de Cofradías podría justificar los fastos de un presunto quinto centenario de nuestra pasión más representativa, aunque el momento exacto en que a lo largo del siglo este cabildo se funde con el de la Vera Cruz y unifica su origen asistencial con el cometido penitencial de nuestros días, todavía no haya sido encontrado por las investigaciones sobre la materia.

Desconozco qué pasaría entonces si amenazaba lluvia en la tarde del Jueves Santo, cuando los conquenses se congregaban en torno a la Ermita de San Roque para saludar la salida de los pasos fundadores y qué ocurría si un chaparrón primaveral sorprendía a las imágenes camino del campo de San Francisco, sin que existiera entonces la AEMET para advertir del porcentaje de probabilidades de precipitación. Sospecho que la devoción era esencialmente la misma y que aquel primitivo Jesús con la Caña hubiera sido protegido con la misma intensidad que este año la Archicofradía de Paz y Caridad observó con las hermandades refugiadas en San Antón, donde la riada de fieles reclamados por el amor a su costumbre, no fue menor que la crecida del Júcar ofreciendo su estruendo bajo el puente.


Yo también estuve allí siguiendo la tradición de mis ancestros en torno a la veneración de aquel primer Ecce-Homo con la caña como cetro de escarnio entre las manos atadas, del inicial Huerto en oración, del Jesús Nazareno inaugural que con la Cruz a cuestas atravesó las brumas del siglo XVI como talla referencial de tantos otros nazarenos que se elaboraron en esas fechas por los Cabildos de la Vera Cruz surgidos en varios pueblos de la provincia que incorporaban además la imagen de una Virgen, que en el caso de Cuenca, se denominó Nuestra Señora de la Misericordia y de la Santa Vera Cruz, antecedente directo de la Soledad. La bendita contención con la que exhibimos nuestra fe por estos pagos no hizo surgir lágrimas en los hermanos cobijados bajo el palio de las andas sin destino, reconfortados pese a todo con la sola contemplación del rostro de la madre. 


En el ambiente húmedo de la semana, la ciudad se debatía entre el peregrinaje por los bares de los turistas desnortados sin desfiles que admirar y el aplazamiento de tantos esfuerzos e ilusiones autóctonas derrotadas por los elementos. Los adictos al calor redentor de las tulipas pudieron resarcirse en la noche santa del viernes acompañando al Yacente en la grandilocuencia de la multitud congregada en la Plaza Mayor y en la intimidad de la penumbra de la calle de los Tintes, rindiendo así homenaje al segundo de los cortejos procesionales que conformaron nuestra Semana Santa en sus orígenes a partir del Cabildo de Nuestra Señora de la Soledad, que desde 1565 desfilaba con las imágenes de una Virgen de la Soledad arrodillada ante la cruz y un crucificado sobre una peña, desde la iglesia de el Salvador hasta la Catedral.


El tríptico histórico de la primitiva Semana Santa de Cuenca se cierra con la procesión de la madrugada del Viernes Santo que recorrió las calles de la ciudad por vez primera en 1616, organizada por el Cabildo de San Nicolás de Tolentino, y se iniciaba al salir el sol con las imágenes de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Nuestra Señora de la Soledad y San Juan Evangelista. A pesar de la cancelación del emblema de nuestra semana grande, tampoco este año callaron los tambores en la amanecida de Cuenca y los clarines hicieron temblar los charcos tan de mañana como San Juan iba buscando a María en el verso de Federico. 


Finalmente el cielo no quiso abrirse a nuestro paso, tal vez para que recuperáramos la procesión interior, la que sucede en el corazón nazareno, tan alejada de los oropeles con los que a menudo mixtificamos nuestro rito. La tradición que durante cinco siglos ha superado las hambrunas y las guerras, la impiedad y las pandemias, permitió al menos que la esperanza hiciera su estación de penitencia entre el esplendor carmesí danzando con las palmas y la gracia verdecida renovando la belleza en San Andrés. Volveremos.

Foto de Jesús Herráiz Chafé


jueves, 16 de noviembre de 2023

LA IZQUIERDA EN FUGA



Etimológicamente, amnistía procede del griego “amnestia”, que significa olvido. La palabra está formada por el prefijo de negación “a” contrapuesto a la raíz “mne”, derivada del indoeuropeo “men”, asimismo presente en mente, memoria, y mentira. La memoria de las sociedades democráticas es frágil y en las mentes más preocupadas por las cosas de comer, convive sin problemas con la costumbre inveterada de la clase política española de abandonarse a la mendacidad. Entre usar el voto para exigir el respeto a la palabra dada o emplearlo para asegurarse un salario mínimo decente, es entendible optar por lo segundo cuando la cuenta corriente no te permite partirte la cara en Ferraz por la separación de poderes. 
 
La amnistía supone el olvido por parte de la autoridad de los delitos afectados por la magnanimidad del reino, y en su adaptación al proceso catalán los tiene por no sucedidos tal si todo lo acontecido desde que Artur Mas decidió huir en helicóptero de un “parlament” cercado, hubiera sido una extraña ensoñación, como ya se encargó de aclarar Marchena en su sentencia sobre la cosa, todo un prodigio de “lawfare”. Y es que sólo aplicando la explicación onírica, puede interpretarse el espectáculo perpetrado por el gobierno en funciones, capaz de enviar a su vicepresidenta a visitar a un prófugo de la justicia del Estado al que representa, sin que tiemblen las sonrisas en los rictus de cemento ni colapsen las columnas del edificio constitucional. Aquél fue el primer acto de un teatrillo marcado por el cambio de estatus del exiliado de Waterloo que durante el recuento electoral pasó de apestado a honorable por obra y gracia de la voluntad popular, según los exégetas más avezados.

Antes de que el “jalogüín” nos trajera la resurrección de los muertos políticos, el primer aspirante a la poltrona intentó la investidura como fuerza más votada, tras cortejar a los nacionalistas de su cuerda ideológica, ya se sabe que el apoyo de los independentistas sólo es demonizable si sirve para entronizar al rival. A fin de cuentas, el ansia de poder es una pulsión de ida y vuelta que permite a Sánchez disertar sobre mayorías progresistas conformadas con la democracia cristiana de toda la vida, y anima a Feijoo a imaginarse como legítimo primer ministro si otros cuatro “culiparlantes” del bando contrario se hubieran equivocado de botón. El sistema democrático aguanta todo lo que le echen y la prohibición constitucional del mandato imperativo de nuestros representantes descansa en el limbo de las entelequias junto a la independencia del poder judicial.

Tras estos fuegos de artificio que contemplaba divertido desde la barrera, el verdadero baranda del cotarro mandó a parar, reunió a sus acólitos y habló de hacer de la necesidad, virtud, aunque en realidad éstos interpretaron que el fin justifica los miedos a perder la colocación. Entre los que le ovacionaban atronadoramente, se destacaba la cara de circunstancias de Fernández Vara, mientras imaginaba a su jefe travestido de Groucho desmontando el tren de Extremadura y ordenando más madera en la cesión a Esquerra de las competencias sobre “rodalies”. El “killer” de los principios cambiantes habló también de la conveniencia de dar un nuevo paso en la concordia conseguida en la sociedad catalana a base de indultar a los malversadores del dinero de todos, una variante más tolerable de corrupción si el presupuesto se emplea en comprar urnas ilegales. La eliminación del delito de sedición evitará tiranteces cuando a los beneficiarios de la gracia se les ocurra desdecirse de lo firmado y llevar a los hechos la cantinela del “ho tornarem a fer”. 

Nuestro apuesto presidente, también lo ha vuelto a hacer. Como ya sucediera cuando pasó de criminalizar a Iglesias a introducirlo en el gobierno, ahora pacta con aquél a quien prometió poner a disposición de la justicia. Ambos comparten la condición de supervivientes no exentos de mérito, animales políticos obsesionados con su suerte particular y así es como Pedro es capaz de fulminar la solidaridad interterritorial ofreciendo el cupo a Cataluña y Carles abandona la unilateralidad del referéndum para no tener que pasar por la trena. La década prodigiosa que comenzó con un presidente conservador negándole a Mas el pacto fiscal, concluye con el presidente de la izquierda en fuga aniquilando la igualdad ante la ley. 
    
De este modo, el sentido conciliador de las amnistías que en España han sido abandona su sonido progresista para amparar a una casta de privilegiados cuyo supremacismo pretende imponer el relato que nos viene dibujando como dictadura durante los tres siglos que caben entre Felipe V y Felipe VI. Cualquier jurista sabe que en Derecho, todas las interpretaciones jurídicas son defendibles. El problema de la amnistía no son las dudas sobre su constitucionalidad que se encargarán de disipar los magistrados de partido y los tertulianos de guardia, sino la inmoralidad de su uso para obtener ventaja política, pactando con los afectados su propia impunidad. 

El enigma es descubrir qué políticas sociales subsistirán al avance de la desigualdad que se adivina a través de esta claudicación. El cainismo patrio que estos días reivindican los abascales y ayusos que se exhiben en la barricada, no se reproduce en la pelea cotidiana de la gente común, más preocupada por si la revalorización de las pensiones, la mejora de la atención sanitaria, o el futuro laboral de nuestros hijos, se verán comprometidos por el escaso peso político que corresponde a nuestra atribulada circunstancia de ciudadanos de la España vacía.



martes, 26 de septiembre de 2023

CRÓNICA DE UN BESO


El zurdazo de Olga perforó la red inglesa con la determinación de la necesidad de afirmarse frente a décadas de escepticismo. Incluso hasta ese momento, el fútbol femenino se desarrollaba entre la displicencia del paternalismo mediático y el desprecio del futbolerismo clásico que prefería pasar la tarde con un apasionante Alavés-Almería que ver a las chicas disputar un mundial. Después del gol, las jugadoras trenzaron una malla de inteligencia alrededor de las británicas, convirtiendo su inferioridad física en una anécdota gracias a la técnica de orfebre de Aitana, la velocidad olímpica de Salma y el juego entre líneas de Jenni. Cuando Cata atrapó el último balón imponiéndose al temible juego aéreo de la pérfida Albión, se aferró con él al sueño de todas aquellas niñas que antes de ella, jugaron al fútbol entre las burlas de los machitos en potencia con los que compartían el campo de batalla del patio del colegio.

Y entonces llegó Rubiales y celebró la gesta agarrándose a otro tipo de pelotas sólo al alcance de su zafia prepotencia. Como nadie pareció advertir sus maneras de gañán encantado de haberse conocido, alcanzó el césped en el estado de euforia del arribista que celebra la victoria que acaba de contemplar como el pasaporte que lo sitúa definitivamente en el olimpo de los consentidos. Por eso, cuando llegó Jenni a su jurisdicción, actuó como un “alcapone de hacendado” incapaz de imaginar que su caída vendría determinada por un beso inadecuado, antes que por sus desmanes anteriores, largo tiempo tolerados por la superioridad.

El beso lo vio todo el mundo y a nadie le pareció gran cosa, el fulgor del trofeo deslumbraba de momento a los que al día siguiente se convertirían en tertulianos expertos en derecho penal. La propia afectada compartió con sus colegas el video en el vestuario, tomándose la escena a chirigota, bromeando con su agresor sobre la posibilidad de casarse en Ibiza, mientras el resto de sus compañeras los aclamaban celebrando la invitación al evento. Preguntada aquella noche por la resonancia que el tema empezaba a adquirir, la delantera le restó importancia, consideró el incidente como fruto de la efusión del momento y banalizó su dimensión, comentando divertida que su historia con el presi no llegaría a mayores. El periodista que la entrevistaba abordó después al interfecto y en el mismo tono de trivialidad jocosa que le ha conducido al liderazgo de la radio deportiva, comentó con él la jugada sin esperar que su interlocutor calificara de gilipolleces las críticas que ya empezaba a recibir de los políticos que habían introducido la violencia sexual en el debate, a los que, creyéndose todavía bendecido por el clima de impunidad que hasta entonces le había acompañado, despreció como tontos del culo.

Y ahí empezó todo. En horas veinticuatro, el beso se instaló en bucle en todos los soportes audiovisuales y una voz unánime de condena elevó la anécdota a la categoría de hecho trascendental, piedra de toque ineludible para medir la vigencia de las guerras culturales entre los distintos populismos que controlan la opinión pública global. Las disculpas impostadas del botarate avivaron el incendio y el compadreo mediático inicial se transformó en un clamor de dimisión. El silencio de la afectada acabó finalmente en un comunicado que, contradiciendo su actitud anterior, daba la medida de su convencimiento progresivo sobre su condición de víctima de una agresión sexual. Tampoco Rubiales sabía que ya era un cadáver social cuando se negó a dimitir en su asamblea y sus aspavientos exigiendo justicia sonaban a la protesta inútil del que ya está siendo conducido al ostracismo del apestado.

Después de la dimisión que no fue, el gobierno pidió ayuda al tribunal administrativo del deporte pero la armazón jurídica de la denuncia era de tal calibre que sus negreiras a sueldo no encontraron argumentos para la suspensión del prófugo. Para su suerte, la Fifa ya se había apuntado el tanto quitándolo de la circulación, en un alarde de feminismo tan creíble como la mejora en el respeto a los derechos humanos que esgrimieron para celebrar el mundial masculino en Qatar. A estas alturas del partido, se desató la caza de brujas para los que guardaban silencio sobre la cuestión y hacia los que osaron aludir a la presunción de inocencia del acusado. A los seleccionadores de la cosa se les condenó por el obsceno gesto de aplaudir al jefe y sus comunicados posteriores negando a su mentor, obtuvieron premio desigual. La controversia se convirtió en sainete cuando el impostor permitió que su madre se acogiera a sagrado para escenificar la huelga de hambre más corta de la historia.

Un mes después del triunfo, la selección española se enfrenta a la de Suecia, número uno del ranking mundial en la liga de naciones que da acceso a la clasificación para la olimpiada. Las campeonas del mundo vuelven a exhibir un juego preciosista que desarma a la potencia escandinava, inerme ante el hilván exquisito que Tere, Alexia y Athenea tejen en cada ataque. La selección se impone por la mínima con la naturalidad con que lo hacía el combinado mítico que encadenó tres campeonatos ganados entre 2008 y 2012. Son las mejores y lo saben, y esa constatación las lleva a exigir su legítima equiparación con las condiciones de trato de la selección masculina que puedan desembocar en un ciclo histórico de triunfos. El caso Rubiales nos demuestra que a veces la grandeza precisa de atajos imprevistos para conseguir el reconocimiento.




jueves, 27 de julio de 2023

LA FIESTA DE LA DEMOCRACIA



Desengáñate lector, que has asistido a la enésima campaña convocado a la fiesta de la democracia: el voto que introdujiste en la urna el pasado veintitrés de julio, no expresa tu voluntad. En realidad, no estabas eligiendo al candidato que querías sino a quien el partido al que votas puso en una lista, tras un largo proceso de meritoriaje en la trastienda electoral cuya falta de transparencia ocultaba codazos e intrigas, dedazos y vetos, servilismo y vanidad. Las primarias que algunas formaciones establecieron para maquillar todo ese vicio yacen en el limbo provocado por el adelanto del festival. 

Los resultados dicen que has decidido seguir apuntalando el bipartidismo que ha sido la seña de identidad de esta provincia desde que comenzó el baile, allá por 1977. El señor D’Hondt deja pocos resquicios al triunfo de la proporcionalidad y la organización de la contienda en circunscripciones provinciales completa en cada elección, la pérdida por el sumidero de miles de votos tan bienintencionados como inservibles. La cantinela del voto útil impuesta por la propaganda ha triunfado finalmente, anulando tal vez tu intención primera de sumar tu voz a otras opciones y para sellar el destino de irrelevancia de nuestra tierra has preferido votar a lo de siempre en lugar de apostar por la vana esperanza de cambiar las cosas. 

Si después de leer esto, todavía sigues aquí, a pesar de todo, y piensas que tu esfuerzo por acercarte al colegio en plena canícula estuvo justificado, es mi deber recordarte que el axioma “un hombre, un voto”, se cumple menos en España que los propósitos de año nuevo. Al menos, puedes considerarte afortunado porque tu papeleta vale más que la de otros compatriotas y es que un diputado por Cuenca cuesta aproximadamente la mitad de votos que un diputado por Madrid. La otra cara de la moneda tiene que ver con tu pertenencia a la España vacía y el escaso poder de influencia de tus tres representantes en el Congreso, acostumbrados a olvidarse de defender tus intereses y acomodarse inevitablemente a las consignas del partido, cuyos dirigentes desdeñarán pronto tu causa para beneficiar a los territorios con representantes nacionalistas, a quienes inevitablemente se entregarán para conservar el poder, convirtiendo tu voto en papel mojado.

Me dirás que te han contado que así es la democracia, que el parlamentarismo diseñado por la constitución tiene unas reglas tan legítimas como los sistemas presidencialistas de elección directa, las elecciones a doble vuelta o las fórmulas mayoritarias de distrito uninominal. El favorecimiento de la gobernabilidad del país exige estas distorsiones en el voto que permiten al ganador obtener catorce escaños más que el segundo con tan solo trescientos mil sufragios de diferencia, y a éste conseguir el cuádruplo de diputados que el tercero y el cuarto, cuando aún le faltan un millón de electores para alcanzar el triple de apoyo. Y todo para que la formación de gobierno dependa del partido liderado por un prófugo de la Justicia avalado por sólo el 1,6 por ciento de los votantes que el domingo acudieron a las urnas creyendo contribuir a la voluntad popular. 

Y en ésas estamos. De momento, se impone el sopor del estío y la dicha vacacional no volverá a ser perturbada por disquisiciones sobre la profesionalidad de los carteros y la variedad de excusas admisibles para eludir la presidencia de una mesa electoral. Las hipérboles empleadas por los candidatos retornan a las mentes de los asesores desde donde salieron un día para que la campaña navegara a bordo de un Falcon o del barco de un contrabandista. Resultaría asimismo hiperbólico que el proyecto de ciudad de esta tierra secularmente maltratada, vaya a diseñarse en Waterloo.




lunes, 5 de junio de 2023

CRÓNICA DE SAN ISIDRO 2023: LA FERIA DEL FRÍO.




La lidia de toros bravos es el acontecimiento más subversivo que aún resiste en el entorno de puritanismo políticamente correcto que nos toca transitar. En una sociedad anestesiada por el conformismo, la mentira y la banalidad, la asistencia a la plaza supone la posibilidad de introducirse todavía en un microcosmos anacrónico que nos reconecta con la emoción del enfrentamiento del hombre con la muerte, un escenario raro por opuesto a la realidad que espera en el exterior, en la que todos los estímulos tratan de alejar al transeúnte de la más ineludible verdad de la existencia.

Me refiero a la tauromaquia clásica, no al toreo moderno, el trampantojo en que la tienen convertida los mercaderes que aspiran a obtener beneficio particular de lo que siempre fue el último reducto de valores eternos como la gallardía y el afán de superación. Como en otros órdenes de la vida, el ser humano trata de buscar siempre el atajo para llegar al triunfo por el camino más cómodo y en ese empeño, sacar tajada sin importar cómo. La lucha entre lo esencial y lo accesorio, la pelea entre la pureza y la mistificación se produce cada tarde de toros en las Ventas, y los participantes en el debate de los tendidos entablan una contienda filosófica que como dijo Ortega, reproduce el escenario social de la nación que asiste extramuros a la crisis de una época varada en la confrontación entre los principios de una generación que se retira y otra que aspira a sustituirla impugnando sus verdades, acaso como sucedió siempre. 

El espíritu fundamentalista de la plaza que tradicionalmente mantuvo la seriedad de las Ventas como cátedra donde exponer la esencia del toreo clásico para enseñanza de los neófitos de aluvión, sigue resistiéndose a quedar sepultado bajo esa nueva tauromaquia “fake”, jaleada por el público menos exigente que expresa su satisfacción en el número de trofeos cosechado en el festejo. En la controversia, la empresa trabaja a favor de la decadencia del rito, convencida de que la menor exigencia del cliente, aumentará sus beneficios con mayor facilidad. En esa estrategia está la clave del planteamiento de la feria de este año, en donde las ganaderías que atesoran las reservas de casta de la cabaña brava han ocupado un lugar testimonial, desplazadas por el toro más bonancible exigido por las figuras y preferido por el público festivo que convive mejor con un espectáculo sin sobresaltos, más cercano a un evento deportivo incruento que a la ceremonia taumatúrgica marcada por el peligro y la incertidumbre. De esta manera, la liturgia de poner en juego la vida sometiendo a una bestia indómita y creando belleza en el envite, va perdiendo grandeza al convertirse en un ballet amanerado interpretado frente a un animal cercano a la domesticidad que no precisa de dominio alguno y ante el que no hay que conjugar el canon ancestral de parar, templar, cargar la suerte y mandar en la embestida, sino que basta con acompañar el viaje de un bicho que ya sale vencido del chiquero. El toro queda desplazado de su significado esencial y totémico y es degradado a mero pretexto de un entretenimiento banal.

En esa deriva se enmarcan episodios como el protagonizado por el eximio Eutimio, el presidente de la corrida de Garcigrande que comenzó aprobando un encierro sin trapío para Madrid, luego concedió dos orejas a Emilio de Justo sin merecerlo y acabó sacándose de la manga por sorpresa el pañuelo azul sin que nadie pidiera la vuelta al ruedo para el toro, que eso sí, satisfizo a su criador con los criterios en base a los cuales fue concebido y seleccionado, esto es, pasar sin pena ni gloria por los dos primeros tercios y embestir con cierta pujanza en la muleta. El triunfalismo que mueve los engranajes de ese nuevo concepto de fiesta alejado del rigor consustancial a la categoría de la plaza, se cobra una puerta grande inmerecida y por mucho que Emilio de Justo tenga un rincón especial en el corazón de la afición después de la espeluznante voltereta que truncó su temporada el año pasado, los goznes de la gloria no pueden activarse si no se ha toreado por derecho al natural y la estocada ha caído baja.

Esa tarde, como un acto más de la campaña electoral que este año ha contaminado el entorno de la feria, Telemadrid comenzó la emisión de las corridas en abierto que se prolongó hasta la jornada de reflexión. El festejo del 28-M ya no fue necesario televisarlo porque hubiera restado audiencia a las fanfarrias preparadas para pregonar el triunfo de la reina de Madrid, que aprovechó el inicio de las retransmisiones del evento para que su aparato publicitario invadiera el palco real en plena corrida con los preparativos de la emisión del telediario. Además de la discoteca verbenera que nos despide cada tarde y los chiringuitos en el templo por doquier, nos quedaba por ver la prostitución del vacío aposento para la entronización de la propaganda al servicio de Ayuso y mientras Morante pasaba su quinario y Eutimio trabajaba para las fuerzas del mal, las luces que despedía el palco parecía que cegaban a las gentes y contribuían a ocultar el sindiós acontecido en el ruedo.

El sumo sacerdote de todo este tinglado se llama Julián, pero el que llena las plazas es Roca, con Morante de tuerto en el arte de destapar el tarro de las esencias cuando la suerte le es propicia en el reino del toro descastado. Tampoco sucedió esta vez. Morante sigue pagando su infortunio con los sorteos mas en el pecado lleva la penitencia por dejar que su lote lo siga escogiendo alguien con trazas tan patibularias como el Lili y por anunciarse con animales alejados del tipo y comportamiento que podrían sentar las bases de un triunfo definitivo en Madrid. Y a pesar de todo, se le sigue esperando y la plaza luce con otro brillo cuando se anuncia el de la Puebla del Río. Bastaron una media y una serie en redondo para que Morante barriera todo el toreo espurio desarrollado en la feria hasta ese momento. La parte alta del escalafón es un erial en el que el cigarrero gobierna sin oposición, enfrentado al feísmo del poderoso de Velilla y a las maneras populistas del virrey del Perú. Sin fiereza alguna que dominar, y con el público a favor de obra es incomprensible el petardo que ambos pegaron en sus comparecencias de no hay billetes, en donde todo estaba preparado para que el clamor de los isidros se impusiera a la contra de los disconformes y el viento que azotaba las telas amainara para permitirles desplegar su destoreo contumaz. Y así hubiera sido en una plaza que acostumbra a jalear los mantazos infumables como oro molido, si no hubiera mediado su desastre en la suerte suprema que tiene que ver menos con la mala fortuna que con las maneras con las que ambos hacen la cruz, despeñados por la falta de compromiso con la rectitud en la interpretación del volapié.

La estructura de la feria urdida por la empresa en la estrategia de reducir el número de festejos que hasta este año completaban el tradicional mes de toros en Madrid, ha vaciado de contenido el ciclo en un empeño por concentrar lo mollar en las fechas cercanas al fin de semana haciendo del “juernes” el día clave del inicio del botellón en torno a la plaza de las Ventas. La feria de San Isidro se ha convertido así en la feria del gin-tonic y al reclamo del combinado y el “chunda chunda” que se monta apenas se arrastra el último toro, los gestores de la cosa taurina consiguieron agotar los abonos gratuitos para jóvenes en busca del ingreso atípico generado en torno a las barras que anegan el templo. Por eso, tras la bacanal del “finde”, conviene configurar el lunes como fecha de descanso, dejar para el martes la novillada y el miércoles para los toreros modestos, cuya cuota se ha reducido enormemente disminuyendo las posibilidades de que un “outsider” sin padrinos dé la sorpresa y se instale en la mesa de los elegidos, tal y como sucedió siempre, sin ir más lejos, el año pasado. El último intruso que aprovechó la isidrada para revelarse fue Ángel Téllez y la huella que dejó la temporada anterior nos mantuvo en la piedra de la andanada aguantando el frío pelón de este mayo invernizo por ver si después de su terrible voltereta al quitar por gaoneras a despecho del ventarrón que ceñía el capote a su espalda en el toro de Luque, salía de la enfermería para calentar nuestra avidez de pureza con unas gotas del toreo al natural que nos iluminó hace un año. Tuvimos que esperar hasta el cuarto para constatar que aquella revelación se ha convertido en vulgaridad, aunque nuestra magnanimidad prefirió aguardar hasta su segunda tarde para confirmar los malos augurios. 

Sin embargo, cuando el toro reaparece, todo es posible y hasta la avidez económica de la empresa deja un resquicio para los tiesos. La corrida de Santiago Domecq fue la más completa del ciclo a despecho de su apellido y de la lidia sin lucimiento en los primeros tercios con la que fue obsequiada por los matadores y su peonaje, con la excepción del otro triunfador de la feria, ese subalterno extraordinario que atiende por Curro Javier, un virtuoso con los palos que encuentra toro en todos los terrenos y con un capote de brega erige catedrales. En cambio, Fernando Adrián deconstruyó el toreo emulando a su homónimo catalán en los fogones, pero con peor aroma. En su descargo debe decirse que sorteó el que los jurados premiarán como el toro de la feria, Contento, número catorce, cinqueño, negro de capa, que parecía ir herrado con la máxima de Belmonte. “Dios te libre de un toro bravo”, podía leerse en cada una de sus embestidas y la dignidad del muchacho era estar por allí, cocinando las opciones de triunfo con los ingredientes del toreo en línea, la voluntad y el trallazo, y su innegable entusiasmo para condimentar la vulgaridad. Los comensales probaban de todo y todo les servía, lo malo y lo menos malo, el mérito y la incapacidad, y conseguida la primera oreja con la inestimable ayuda del lobby de los mulilleros de la propina, todo su afán era alcanzar el placebo de la puerta grande, allá penas si a la estocada final la había precedido un metisaca infame. 

Esto está del revés. Durante mucho tiempo hemos convivido con la degradación de los gustos del público, en la confianza de que reaccionaría cuando surgiera el toreo verdadero, el que pone a todos de acuerdo. Sin embargo, hay indicios que más bien señalan lo contrario, como sucedió la tarde de la corrida mixta, ese engendro que de vez en cuando nos cuelan para que el abonado pueda llegar media hora tarde a su localidad, disfrute de los ascensores vacíos y no tenga necesidad de echar el bofe por las escaleras que conducen al paraíso. Y es que, mientras la propuesta clásica y sin trampa de Ureña pasó inadvertida, el neotoreo superficial de Ginés Marín se premió con la oreja de la frustración del sexto, premio de consolación para faenas sin fuste diseñadas para recabar los aplausos fáciles al abrigo de la solanera, que ésta patrocina para marcharse del tendido con la sensación de haber asistido a un acontecimiento, cuando en realidad se ha aburrido más que viendo un partido del Atleti. Quizá sea por eso que cuando todo se compone y el concierto de trapazos se remata con la coda habitual de manoletinas como salidas de una cadena de montaje y todo culmina en la estocada desprendida habitual, surge un clamor en la plaza similar al griterío que brama tras un gol.

Y es que, poco a poco, la Plaza de toros de las Ventas va adquiriendo la condición de estadio. La última novedad en la mutación es el cruce de improperios que sucede cuando un sector de la afición denuncia el fraude del ruedo y los aguafiestas son tratados con la acritud que se reserva a las galopadas de Vinicius en Mestalla. Creíamos estar todavía lejos de las atrocidades que se escuchan en el fútbol, y valorábamos el costumbrismo con encanto de las querellas de corrala que hasta ahora se sostenían en la plaza, pero por lo visto vamos a tener que convivir con este nuevo público y con la estela de alcohol que dejan sus exabruptos.
 
Todos estos rifirrafes desaparecen en las contadas ocasiones en las que el toro impone su ley en la arena y se dejan de escuchar en los tendidos los “vivaespañas” del tedio. Sucedió en la tarde en la que la ganadería de José Escolar volvió a dictar su lección de casta y trapío en Madrid y se encontró con tres toreros en sazón para hacer frente a los grises que en estos momentos mejor defienden el honor de Albaserrada en la cabaña brava nacional. López Chaves se despide de las Ventas sin aliviarse, acreditando en su última tarde las mismas señas de identidad que han definido su carrera de profesional avezado en el arte de la lidia del toro íntegro. Gómez del Pilar vuelve a anunciarse con los mismos toros que le dieron gloria y hule en la isidrada anterior y esta vez sortea a Cartelero, un cinqueño premiado con la vuelta al ruedo cuya encastadísima embestida no acierta siempre a descifrar, en una labor general de mérito premiada con la oreja de un toro que hubiera desbordado a las figuras acostumbradas a sacar pecho ante los animales que no generan la incertidumbre en cada pase.

Y Robleño. Fernando Robleño. Veintitrés años de alternativa, anunciado para matar la corrida de Escolar y la de Adolfo, ahí es nada, experto en auscultar las claves del comportamiento del encaste a base de ir sobando a sus toros con el oficio de su muleta sabia que va abriendo los senderos del dominio con pases de uno en uno, como quien enseña a un adolescente a obedecer. Una tarea que se construye con paciencia y firmeza, seguridad en los toques y templanza en las telas, hasta que el toro se entrega en la ligazón postrera que recompensa los esfuerzos anteriores y los eleva a la categoría de proyecto con estructura, unidad y sentido, tan alejado de la mayoría de las faenas que contemplamos cada tarde, planteadas desde la incoherencia y la falta de personalidad. Pareciera que toda esa labor presente en sus tres actuaciones previas era una preparación para el encuentro con Aviador, nombre de resonancias míticas en la ganadería de Adolfo Martín, que rinde honor a su reata haciendo el avión en la muleta de Robleño, al que le bastan ocho o diez naturales para hacer rugir a la plaza con el bramido ronco reservado para el toreo hondo. Uno quiere creer que en todas esas otras faenas superficiales premiadas tras el recuento frío de un sarpullido de pañuelos, el olé surge más agudo, como procedente de gargantas que aún no saben diferenciar el toreo fácil del verdadero, el cual en cambio es saludado con la gravedad que merece su condición de acontecimento. Y atisba la esperanza de ganar para la causa a los espectadores de ese domingo que apenas ocuparon poco más de media plaza y se levantaron de sus asientos como nosotros, urgidos por la necesidad de gritar a los cuatro vientos la verdad del toreo eterno, la que interpretó Robleño en el sitio exacto, inspiradísimo en el cite, el remate y la ligazón, abandonándose por fin después de tanta lucha. Para su desgracia, esa sabiduría desaparece cuando toma el estoque, se esfuma la técnica y el corazón desfallece, y se suceden los pinchazos y las estocadas defectuosas. De lo contrario, hubiera cortado en esta feria no menos de cinco orejas, pero esos despojos de la estadística no pesan tanto en la memoria como la huella que queda tras su lección.     

En cambio, el retorno de Castella con cinco puertas grandes en su esportón ni siquiera es capaz de generar la clásica ovación de bienvenida al reaparecido, tal es el rastro que han dejado esas faenas en nuestro complicado cerebro. Sin embargo, como una manifestación evidente de la teoría del eterno retorno, el francés consigue la sexta puerta grande y el año que viene no guardaremos recuerdo alguno de su receta revenida, esta vez menos encimista, cuyo principal ingrediente es la quietud y la ligazón frente a un jandillita embestidor que el viento obliga a torear en el tercio. Una buena serie de naturales y una gran estocada valen las dos orejas según el listón del eximio Eutimio que esta vez refrenó sus ansias de sacar de nuevo el pañuelo azul. 

Castella es el mejor parado en esta feria de una generación que se mueve en torno a los veinte años de alternativa y aunque ha triunfado reiteradamente en las Ventas, sus representantes no han conseguido alcanzar la condición de toreros de Madrid que el foro sólo reserva a los elegidos. Comparecen cada año ante nosotros como si se les debiera algo y aún pretenden que se les abra cartel para lo cual hay que meterlos con calzador en las alternativas de San Isidro, y ahí es donde al toricantano se le pone cara de equino, porque viene a desempeñar la misma función que el caballito del rejoneador en las corridas mixtas. Su innegable técnica no es capaz de poner a favor de obra su pretensión de recuperar el sitio perdido, porque cumplen sus contratos con el ánimo de un funcionario, aunque a veces, por un momento, el viejo clamor vuelve a la plaza cuando Manzanares pone su exquisito empaque al servicio del ceñimiento, Perera consigue revisitar su temple extraordinario sin refugiarse en la ventaja o Talavante se centra en el toreo fundamental que le hizo grande y deja de emular causas ajenas. Alejandro llegó a adquirir la condición de consentido de Madrid y los rescoldos de ese privilegio aún encienden los tendidos a poco que el extremeño los alienta con sus morisquetas, pero la esperanza de que su toreo se amalgame de nuevo en una obra con enjundia tiene la misma credibilidad que una promesa de Sánchez.

Y quién toma el relevo, si Rufo muestra ya síntomas de adocenamiento tan sólo un año después de su confirmación de alternativa, Francisco de Manuel no consigue ir más allá de sus maneras novilleriles y Pablo Aguado, nos hipnotiza con el ritmo irreal de su capote y nos devuelve a la realidad del quiero y no puedo con la muleta. Apenas podemos engancharnos a la frescura de Leo Valadez, al valor sonriente de Román, o al estoicismo sin cuento de Adrián de Torres, para entretenernos en espera de que alguien tome de nuevo el cetro y recupere la excelencia para el toreo clásico.

Pese a todo, la feria termina bajo el signo de la grandeza. En la última tarde cedió la lluvia y se abrieron los cielos para que la leyenda de Victorino se renovara desmintiendo el horizonte de comercialidad al que se encaminaba en los últimos tiempos, tan ajeno al honor de la divisa. El hierro de la A coronada restituye en el abono el estatus del toro de Madrid, reventando la cantinela de la ausencia de toros en el campo que se usaba para justificar el desastre ganadero circundante. Seis tíos de irreprochable presentación cuyo comportamiento en los caballos hubiera sido más lucido de no ser por el desierto en que se ha convertido el tercio de varas durante toda la feria, debido a la ausencia de lidiadores que sepan poner a los toros en suerte como es debido y a la falta de afición de los picadores por torear a caballo y dejar la puya en el sitio adecuado. Seis galanes astifinos hasta decir basta, de los que piden el carnet a los que se ponen delante y saben en todo momento lo que se dejan detrás, toros que devuelven la emoción a la plaza, el ingrediente mágico que acaba con los silencios impostados en los tendidos y derrama los cubatas sin compasión. Y dos toreros del gusto de Madrid, Paco Ureña y Emilio de Justo, desbordados por el torrente de casta de sus respectivos lotes de cárdenos cinqueños que ofrecieron posibilidades de triunfo cuando sus matadores oponían poder y mando a su fiereza y evidenciaban su impotencia muletera cuando éstos se limitaban a acompañar sus embestidas. Bastante hicieron con no eludir el compromiso y allegar valor cuando no hallaban la técnica precisa para reunir en veinte pases los buenos momentos aislados que su torería encontró en la pelea. 

La corrida de la Prensa cierra el ciclo como estrambote extraño a un conjunto descorazonador. La empresa confunde el superávit en sus arcas con el éxito artístico de la feria y es que la vida nos parece maravillosa cuando las penas se digieren con pan. La elevación de los precios de las localidades fuera de abono ha sido acogida con suficientes carteles de no hay billetes para justificar que se consolide la traición al espíritu de José Gómez Ortega, el rey de los toreros que concibió la monumentalidad de la plaza para permitir el acceso a la misma de todos los bolsillos. Quizá por ello, este año no se programó festejo alguno el día 16 de mayo para que en el tradicional minuto de silencio por Joselito que se guardaba esa tarde, la plaza no se hundiera de vergüenza sobre sus cimientos gallistas.