sábado, 29 de agosto de 2026

MORANTE EN CUENCA


 

La feria taurina de San Julián es la cuna de mi pasión de aficionado desde que, en los años setenta del pasado siglo, la querencia heredada de mi abuelo Eloy se transformó en presencia física en una grada de la plaza de la Avenida de los Reyes Católicos, que la bonhomía del Doctor Priego nos facilitó a sus hijos y a mí para disfrutar con el Bombero torero. La corrección política actual ha cancelado aquel espectáculo cómico en el que había una parte seria donde un matador en ciernes toreaba un novillo, después de que el público celebrara las mojigangas que los enanitos toreros interpretaban cuando su arte aún no se consideraba denigrante para la moralidad pública. A nosotros no nos quedó trauma alguno por haber asistido a aquella anomalía, aunque debo aclarar que éramos niños raros que disfrutábamos igual de los partidos de fútbol en la placeta de Celia que jugando al toro con las toallas de casa en el portal de nuestra comunidad.

 

En esa misma plaza frente al hotel Torremangana, permanece en mi recuerdo el fulgor vainilla del envés de los capotes que el mozo de espadas de Julio Robles puso a secar bajo el sol de un mediodía de agosto. De aquellas ferias guardo memoria del hechizo de contemplar en vivo a los Dámaso, Paquirri, Capea y Manzanares, las figuras del momento a las que casi siempre nos conformábamos con vislumbrar entre la muchedumbre que se agolpaba ante el patio de cuadrillas a su llegada a la plaza. Después había que esperar a su salida a hombros entre las tinieblas del paseo de Chicuelo II para volver a disfrutarlos como estrellas fugaces que despedían destellos entre los flashes, camino de la siguiente cita del verano taurino.

 

Siguiendo el rescoldo de aquella fascinación me acerqué al hotel de los toreros para ver si podía rozarme con el halo de leyenda de José Antonio Morante Camacho, antes de su comparecencia en Cuenca. Por la tarde, antes de la corrida, al filo de su salida hacia la plaza, el vestíbulo ya estaba poblado por una multitud de “groupies” que esperaban turno para la foto entre el nerviosismo de las cuadrillas. Cuando apareció el maestro, su rictus serio combinaba perfectamente con el terno catafalco y oro y sólo acerté a desearle suerte mientras me aceptaba un “selfie” de urgencia antes de ingresar en la furgoneta, con el aire cansado de la intensa temporada a cuestas más dos volteretas de propina que traía desde Málaga para comprometer la apuesta de su doble presencia en la feria, gesto de generosidad con Maximino para elevar el abono hasta las cotas de José Tomás.

 

La plaza se ha llenado casi por completo, las amenazas de tiempo revuelto se han disipado y el ambiente de expectación contrasta con el aspecto alicaído del torero, que en cuanto cambia la seda por el percal ordena que se riegue la plaza. El sorteo ha dispuesto para Morante el toro de más peso de la corrida que para compensar, abrocha la cara con la ofensividad de un novillo. Sale con muchos pies y lo para el de la Puebla con capotazos de tanteo hasta que intenta componer la figura, el toro se mete por dentro y su gesto de contrariedad será el primer indicio de su completa inhibición en la lidia que manejará con solvencia Juan José Domínguez, su peón de confianza. El de Román Sorando recibe dos varas de Ángel Rivas entre las protestas del público acostumbrado al monopuyazo que no suele causar más sangre que la necesaria para un análisis. El animal es encastado y llega con fuerza al segundo tercio donde Fernando Del Toro y José María Amores parean con eficacia. Morante coge el estoque simulado y lo muletea por bajo por ambos pitones y aunque el toro no presenta grandes complicaciones, tras un pequeño acosón, corta la faena y lo mata de una estocada corta y baja que es suficiente. Hemos visto al cigarrero hacer el esfuerzo este año ante toros más peligrosos, pero hoy no es el día y la Champions de Cuenca no excita al diestro para exponer ni un alamar. El personal estalla en la bronca acostumbrada para este tipo de casos, sin gran virulencia, sin querer contrariar demasiado al genio, como esperando un milagro en el cuarto.

 

El segundo de su lote es un novillote castaño con el que parece animarse y sale del burladero dispuesto con el capote que el toro toma con boyantía, pero el viento se hace presente y descompone cualquier proyecto de completar una serie de lances mínimamente lucidos. Esta vez sí asume la lidia del toro que ya pierde las manos antes del tercio de varas y toma un puyazo en la cabalgadura de Germán González, tras el cual Morante pide el cambio entre la ovación del respetable. Inicia faena pegado a las tablas del dos justo debajo de mi jurisdicción con pases de tanteo insustanciales. Prosigue entre las rayas dando la impresión de querer y no poder, antes de que el toro se derrumbe y dé excusas al torero para abreviar, entre los consabidos gestos de contrariedad. La verdad es que Morante no aguanta en el sitio la ligazón de los pases por la derecha y por la izquierda el toro claudica definitivamente antes de que el de la Puebla del Río termine de puntillas su actuación con una estocada sin brillo. Han quedado inéditas las músicas preparadas para las faenas del sevillano, el pasodoble dedicado a su figura y la marcha de Semana Santa, Caridad del Guadalquivir, pero su despedida no será precisamente bajo palio. Mientras los triunfadores de la tarde salen a hombros, la estética de fracaso del cigarrero cuando abandona la plaza sin un aspaviento, se eleva por encima de la banalidad de las orejas que tanto estima la afición.

 

Al día siguiente, Morante torea en Almagro y las crónicas dan cuenta de una tarde exitosa sin percance alguno y tres apéndices en el esportón del cigarrero. Durante la mañana de su repetición en Cuenca, como ya hiciera Roca Rey el año pasado, el pilar del abono se cae del cartel mediante el conocido método del parte facultativo que documenta un resentimiento en las contusiones sufridas en la Malagueta, las cuales, sin embargo, no le impedirán torear dos días más tarde en Almería. Por la tarde, es sustituido por Juan Ortega, el triunfador de la feria hasta el momento. La asistencia parece no haber sufrido por el cambio y vuelve a rozar el lleno, en un festejo marcado por la falta de casta y trapío del ganado, la voluntad de los actuantes y la excesiva generosidad del público, empeñado en convertir la corrida esperada en un acontecimiento triunfal que contar a sus conocidos.

 

Por los entresijos de esta triste peripecia, se habían colado en las redes sociales algunos comentarios despectivos hacia Cuenca y su feria, que los fanáticos de Morante consideraban indigna para albergar al torero más grande de la historia. Siendo el mejor de este momento, en el afán de ostentar esa supremacía apócrifa, Morante de la Puebla viene desde hace tiempo prodigando gestos para emular a Gallito, el verdadero rey de los toreros, si bien para acercarse a su grandeza debería cumplir sus compromisos por derecho, anunciarse con el toro de respeto y no dejarse llevar por la idolatría de sus partidarios. De lo contrario, acabará pareciéndose más al hermano de Joselito, Rafael el Gallo, cuya genialidad alternaba con sus míticas “espantás”, como la que dejó para el recuerdo en Cuenca, el tres de septiembre de 1915, en la desaparecida plaza de toros de Caballer, alternando con Juan Belmonte y el padre de Manolete. Cuentan las crónicas que las broncas de aquella tarde se escucharon en Gelves, la localidad sevillana donde Fernando el Gallo fundó su estirpe. Morante tiene la ocasión de desquitarse el año que viene en la corrida que seguramente se organizará para conmemorar el primer centenario de la plaza, el cinco de septiembre de 2027, si es que para entonces no se ha retirado de nuevo y la afrenta a esta afición desea restañar.



martes, 21 de julio de 2026

EL PARTIDO DE NUESTRAS VIDAS



Todos recordamos dónde estábamos en el preciso instante en el que Andrés Iniesta se convirtió en un mito para siempre. Hace dieciséis años, el mago de Fuentealbilla logró con su golazo compensar todo el dolor acumulado en décadas de decepciones que en mi recuerdo comienzan en el Mundial de Argentina, cuando la Austria de Hansi Krankl frustró las ilusiones de los niños que hasta entonces, aún creíamos que Juanito y Santillana eran invencibles. El gol de Cardeñosa, el penalti de Eloy, el codazo de Tassotti, el robo de Corea, escenas mundialistas de terror que nos sumían durante varios días en la depresión más profunda que sólo las promesas del verano se encargaban de restañar.

 

Cuenta la leyenda que Iniesta de mi vida estuvo a punto de perderse el mundial de Sudáfrica y anduvo entre algodones hasta su momento cumbre, tal cual Rodri antes de dictar una lección sobre cómo gobernar los partidos con la exactitud de un metrónomo de ébano. En ambas ocasiones, la selección venía de ganar la Eurocopa anterior y tras el primer partido, el cainismo español se cebó con ella antes de terminar rendido ante la excelencia. Si el hijo de un guardia civil guardó la meta de ambos equipos con un nombre en euskera como último valladar, un lateral catalán de apellido cuatrisílabo corría la banda izquierda, y un Pedrito tinerfeño aseguraba la fortuna de saberse elegidos, estaba escrito que un delantero apellidado Torres homenajearía en la final a su homónimo Fernando, el autor del gol con el que empezó todo al arrullo del Danubio en el Prater vienés.

 

Estaba escrito también que pese a la superioridad española en el desarrollo del partido, la copa no se conseguiría sin sufrimiento. En el manual de estoicismo de nuestro nuevo Luis, que se libró de la cancelación por un despiste del destino, había un capítulo reservado para la última acometida de Argentina, cuando tras emular a la Holanda mezquina y marrullera de 2010, sacó el orgullo para que el talento de Messi interpretara un último baile sobre el área española, antes de que el capotillo de San Fermín del rostro de Merino evitara la tanda de penaltis y el llanto del astro de Rosario regara las áridas praderas de New Jersey, poniendo un lírico estrambote al fin de una época.

 

Pero lo que realmente ha animado el juego de las dos selecciones que han llevado al olimpo al fútbol español, es una determinación admirable a despecho de las dudas iniciales, esa certeza de ser mejor que el adversario en tantas facetas que ni siquiera el dios del fútbol, capaz de hacer fracasar la propuesta más ilusionante en el azar de un tiro al palo, podía convertir en derrota. Es el triunfo de la hegemonía del grupo frente a las individualidades foráneas que llenan nuestra liga de egos sobrevalorados y querellas mediáticas, que nos impiden suspender las hostilidades con el rival eterno y disfrutar de la riqueza de contar en nuestro equipo a Lamine Yamal, siquiera por un mes.

 

El fútbol, con su capacidad de trasladarnos al territorio de la infancia donde éramos más puros, ha obrado una especie de tregua olímpica durante la cual, las guerras nacionales han seguido avanzando como un ruido de fondo que intentaba distraernos de la veneración antigua por los mundiales, sin conseguir quebrar la unión que latía entre el tesón de Cucurella y la seguridad de Unai, la orfebrería de Olmo y la verticalidad de Porro, la clase de Baena y el temple de Laporte, los goles de Oyarzábal y la perfección de Cubarsí. Ningún jugador es tan bueno como todos juntos, la sentencia de Di Stéfano parece pensada para este equipo porque si los mejores jugadores del mundo no son estrellas es más fácil que la segunda estrella acabe bordada junto al corazón.

 

Como si España no supiera ganar de otro modo, los ciclos virtuosos que encadena la selección nos enseñan a entregarnos a la felicidad del juego limpio y bonito, a esperar lo mejor de las prórrogas insospechadas, a convertir la justicia en la lógica consecuencia del trabajo bien hecho, a caminar tras una estirpe de entrenadores campeones del sentido común que lograron conducir al país del bosque a la fuente del éxito, sin levantar mucho la voz. La tregua ha durado durante una cuarentena de ensueño cuyo despertar está próximo. Comienza la pretemporada.




lunes, 29 de junio de 2026

EL ESPÍRITU DE LA ANDANADA



Cuando termina la temporada en las Ventas, uno se despide de los amigos de la andanada como quien dice adiós para siempre. La experiencia de las décadas erosionando la piedra de la localidad de abono nos ha acostumbrado a saber que tras la larga pausa del invierno, algunos rostros ya no vuelven a formar parte del paisaje gozoso del reencuentro, quebrando para siempre esa extraña relación forjada en la pasión compartida de ver toros en Madrid, durante un puñado de tardes en el que cabe una vida entera.


Pero creíamos que Javier López, el bombero, no se iba a morir jamás. Su recuperación milagrosa después del tabaco que cobró en su última aventura por los encierros de su tierra, le había convertido en un ser inexpugnable capaz de cabalgar los caballos de la diligencia como un John Wayne de andar por casa en un western alcarreño. Regresó a la andanada sin mirarse, dispuesto a seguir siendo el cedazo por donde no pasaba la mentira encarnada en toro descastado o disfrazada de torero ventajista. 


Se le recordará por su voz romántica clamando contra la impostura, denunciando ante la cátedra las triquiñuelas de la figurita de turno que trataba de vender su bisutería efectista como oro macizo. “¡El toreo moderno, qué asco!”, el grito era aldabón para la conciencia de la plaza y acababa imponiéndose a los visitantes de ocasión que le hostigaban por la amenaza que su autoridad suponía para el triunfo de su torero y con el tiempo, acabaron callándolo. “Ya no se puede decir nada, Ramón, un día nos echan de la plaza”, pero yo he sido testigo de cómo en las postrimerías de Rincón, un agudo lamento salió de la andanada voceando “¡César, ponte donde te ponías!” y el colombiano pareció cruzarse un poco más acercándose al lugar donde fundó un imperio en los noventa. 


Divisar su figura totémica prismáticos al cuello y programa en mano en el número ocho de la fila primera de la andanada del nueve era un síntoma de que todo estaba en orden, que nuestro mundo seguía intacto pese a todo, mientras cruzábamos las primeras palabras con un ojo puesto en los capotes que empezaban a abrirse a la esperanza de cada tarde, el tiempo detenido en los últimos retoques de los areneros, en las evoluciones habituales de los alguaciles. Su sonrisa en el saludo mejoraba el día, aunque luego la corrida se deslizara por un territorio anodino en el que daba tiempo a filosofar sobre la vida y sus ficciones. Su conocimiento de la fiesta era tan minucioso que te daba noticia de cualquier novillero que se presentaba en las Ventas, del currículum del último peón de cada cuadrilla, del estado de forma exacto del torero más desconocido del escalafón. 


Si además, alguna tarde insospechada, un hombre citaba a un toro bravo en la distancia, con naturalidad y en el sitio, y aparecía el milagro del toreo, él lideraba la emoción, tan fiero en la protesta como entusiasta en el aplauso del suceso que acabábamos de contemplar. Así lo conocí yo, cuando todavía lo divisaba desde lejos jaleando a toreros superficiales antes de que Chenel le cambiara el canon y sobre su pureza, colocara un listón casi inalcanzable. Después, la fortuna situó mi localidad junto a la suya cuando cambié de abono para ingresar en la comunidad de adeptos a los mandamientos del evangelio según San Márquez, una forma especial de entender la tauromaquia que Javi llevaba por bandera desde que se encaramaba a su tribuna en la andanada hasta la tertulia final a pie de calle, y en cada foro que le permitía levantarse para decir las verdades incómodas que casi nadie quería oír.


Se ha ido después de cumplir con el rito de la última feria, en la que aún le dio tiempo a enseñar a sus nietos la huella del abuelo en la andanada, su espíritu irreductible, el legado que su hijo sabrá mantener. Que la tierra te sea leve, amigo. 





martes, 16 de junio de 2026

SAN ISIDRO 2026: LA FERIA SIN EMOCIÓN



El nueve de mayo de dos mil veinticinco, Alejandro Talavante consigue su sexta puerta grande en las Ventas cortando dos orejas a un toro de Victoriano del Río, de nombre Misterio, 568 kilos, negro, ovacionado en el arrastre, con Juan Ortega de testigo, en la tarde que abría el ciclo, organizada para la confirmación de alternativa del diestro francés, Clemente. El ocho de mayo de dos mil veintiséis, centésimo trigésimo primer aniversario del nacimiento de Gallito y quincuagésimo nono de quien esto escribe, Alejandro Talavante abre la puerta grande de Madrid por séptima vez, cortando dos orejas a un toro de Núñez del Cuvillo, Ganador, 552 kilos, colorado chorreado en verdugo, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre, con Juan Ortega de testigo, en la corrida que inauguraba la feria, donde confirmó su alternativa, Tristán Barroso. 


Es necesario revisar las notas de hace un año y de hace un mes para rescatar del fondo de la memoria este “deja vú” diseñado para que el torero apoderado por la empresa acapare los premios oficiales de la feria. Dos triunfos perfectamente intercambiables, absolutamente prescindibles, carnaza para la estadística ful del toreo de este tiempo, en donde un trasteo superficial de bisutería preciosista es saludado por el éxtasis colectivo como si fuera oro molido, con la colaboración del palco que remata el desaguisado concediendo la vuelta al ruedo para glorificar un toro manufacturado para embestir sin pausa a la muleta, después de haber atravesado inédito los dos primeros tercios. En la apoteosis del toreo moderno, la única nota perdurable es la algarabía final de la invasión del ruedo por la chavalería que a bordo del botellón que organizan en su abono todas las tardes, traslada a la fiesta su entusiasmo tal vez por lo que acaba de sentir, acaso por la oportunidad de mostrarse en la vitrina de la enésima salida espuria por la puerta grande de Madrid.


La septuagésimo octava Feria de San Isidro se anunciaba en los carteles a través de la efigie melancólica de Roca Rey, sólo una tarde en el abono. Una apuesta de mínimos para cumplir con el trago de Madrid, la Beneficencia allá a lo lejos como estrambote precocinado para los presuntos triunfadores. El estado de orfandad en el que Morante había dejado a la fiesta antes de la retirada más corta de la historia hacía esperar del peruano una propuesta con mayor ambición a propósito de la competencia por el cetro del toreo. Finalmente, su principal aportación al acervo de la primavera venteña fue la previsible ración de rodillazos que instrumentó en seco y en mojado, demostrando su adaptación a todos los terrenos.


Al parecer, la tauromaquia está de moda. La reacción contra el antitaurinismo gubernamental y una idea empresarial que condimenta esa rebeldía con abonos baratos y verbena para el postpartido conduce al no hay billetes cotidiano, a la degeneración del rito hasta su conversión en mera excusa para la celebración permanente. El nuevo público de aluvión ha desterrado aquellos olés legendarios de las Ventas, enronquecidos por la conmoción de la verdad revelada en la lidia del toro íntegro, transmutados ahora en voces atipladas que corean la nada casi siempre.



Esa antigua emoción compareció en escasas ocasiones en la feria. La conjunción entre el toro de respeto y un diestro poderoso capaz de allegar la técnica y el valor necesarios para elevar el duelo a la categoría de arte no alcanzó su plenitud hasta el final, cuando Román explicó a quien quisiera entenderlo la diferencia entre dominar un toro encastado imponiéndose a su pujanza desde el primer muletazo y el mero acompañamiento por las afueras propuesto por sus compañeros de terna en la corrida de Victorino. Por el contrario, Román barrió toda esa impostura con la escoba de su condición de conocedor de los gustos de la afición de Madrid, proponiendo el cite en la distancia que ya no se practica y el valor sin cuento en el sitio donde los toros se entregan, con las herramientas del compás firme sin perder la posición, buscando al toro en su terreno como ya había hecho cortando una oreja de ley a un toro de Mayalde al comienzo del serial. La faena a su primer Victorino tuvo la imperfección y los altibajos de la construcción improvisada con materiales inciertos pero se elevó definitivamente hacia el gran acontecimiento con una estocada en los medios dando todas las ventajas al toro, recibiendo la embestida contra la querencia a chiqueros, aguantando a pie firme hasta enterrar el acero en la eternidad de un triunfo que después ninguneó el jurado oficial.


Es posible que ese público que ovaciona por igual la verdad y la mentira, acabe aprendiendo a distinguirlas, aunque los indicios no son abundantes. No sucedió, por ejemplo, el día del patrón, cuando premió con la puerta grande las maneras populistas de Fernando Adrián encadenando circulares acelerados por los alrededores del tedio, una sucesión de vulgaridades que contrastaba con la hondura de Fortes esa misma tarde, muy puro, natural y sin aspavientos, que dio algunos muletazos extraordinarios saludados con parecida consideración que los trapazos de Adrián. Otro tanto sucedió en la interesante corrida de Alcurrucén, donde la seriedad y ortodoxia de Fortes cala a medias en los tendidos, en una propuesta en las antípodas de David de Miranda, que no domina al toro en momento alguno, conformándose con el acompañamiento de la embestida desde el efectismo de la quietud.

 

La configuración de la feria con el fondo de armario de toreros adocenados como Manzanares, Perera y Luque, y otros que están a un paso de ingresar en esa categoría como De Justo y Rufo, ofrece tardes en las que es difícil abandonar el sofá de casa para acudir a sufrir sobre la piedra. Cuando se sucumbe a la tentación de la comodidad y a pesar de todo se echa un vistazo a la retransmisión televisiva, resulta imposible seguir la corrida debido a la adulteración que surge de las imágenes paridas por un tiro de cámara casi a ras de suelo que enaltece la belleza del combate, a costa del conocimiento sobre la colocación de los intervinientes en el mismo, esa geometría de la autenticidad que sólo la plaza ofrece sin intermediarios. La influencia de “Tarde de toros” de Vajda y “Tardes de soledad” de Serra, permanece en esta estética basada en el primer plano y el sonido entre barreras que apaga los ecos del tendido, hasta que llega el momento de la sangre y las cámaras eluden la truculencia inevitable en la muerte del animal.

 

Urdiales triunfó en la tele y en la plaza pero en nuestra memoria los despojos que obtuvo de los toros que sorteó en la corrida de la prensa palidecían ante el recuerdo del otoño del dieciocho, aquella majestad sólo estuvo presente en un quite a la verónica, en su empaque acostumbrado y en dos estocadas en la yema que quizá valieran la salida a hombros por sí solas. Al triunfo crepuscular al borde de los treinta años de alternativa se apuntó también Antonio Ferrera, que sólo por anunciarse en la feria con los Albaserradas de Adolfo y los Pablo Romero de Partido de Resina merece un respeto. A su segundo toro de Adolfo Martín le fue cosiendo una faena insospechada, pura inspiración y torería, pasándolo por ambos pitones con la muleta airosa manejada sin el estoque de ayuda, que entonces no era el gesto sin fondo de tantas tardes sino el medio necesario para alcanzar mayor belleza en el sitio exacto donde se halla tanta verdad como en un discurso del Papa en el Congreso. Hasta el cite en la larga distancia para entrar a matar parecía adecuado a la bravura de Mentiroso, al que aguanta mucho antes de dejar un pinchazo arriba y una gran estocada de las que no precisan puntilla. Tras la promesa de la puerta grande que le ofrecía el que mata por la cogida de Ureña, vuelve el histrión, el Ferrera protagonista del espectáculo circense de la lidia total desde los capotazos de recibo con el cortinaje de seda azul, al numerito del caballista de rodeo con puntería desigual, que descabalga poseído como si fuera a tirarse por el viaducto para quitar por chicuelinas arrebatadas y una serpentina para las fotos. Con la muleta la faena baja en calidad con muchos pases, alguno bueno, sin la unidad ni la enjundia necesaria para recuperar el tono de su anterior trasteo. En la suerte suprema, repite la estrategia de la muleta al hombro y la búsqueda de distancia como un Raphael del toreo que parece encontrarse más cómodo en la excentricidad que en la pureza.

Los triunfadores reales de la feria son la cuenta corriente de Iván García y el bolsillo de Victoriano del Río. El primero ha lidiado con exactitud y banderilleado con brillantez en todas las tardes que ha intervenido a las órdenes de matadores cuyo único aliciente era llevarlo en la cuadrilla. El ganadero ha facturado un total de dieciséis toros entre San Isidro y las corridas extraordinarias. Con tantos boletos en la competición, el premio al toro más bravo no podía ser sino para Cantaor, animal de incansable embestida, de encastada boyantía en la muleta y paso olvidable por los primeros tercios, excepto en dos pares excelsos de José Chacón. El toro le tocó a Castella para recuperar su tradicional buena fortuna en los sorteos y su faena fue la perfecta síntesis del estilo del francés, compendio del toreo moderno, con su apertura por pases cambiados por la espalda y su colofón de bernardinas encadenadas, dejando en lo mollar una sucesión de muletazos despegados, de irreprochable templanza pero ayunos de gracia, con el toro siguiendo el engaño como un óptimo colaborador entre el clamor de la gente. Una estocada defectuosa y el fallo con el descabello frustró el enésimo triunfo lo cual no impidió que un torero con seis puertas grandes en las Ventas y veinticinco años de alternativa renunciara al premio de consolación de la vuelta al ruedo.

Por su parte los epígonos de Morante siguen sin acreditar el tratamiento privilegiado que la empresa les otorga concediéndoles cinco tardes en el abono sin argumentos reales que sostengan esa expectación que les precede. Juan Ortega fracasó de nuevo tirando líneas sin alma, huyendo del compromiso como un novio a la fuga y Pablo Aguado amagó en sus tres tardes con algunos lances y muletazos aislados que nunca consiguió reunir en un proyecto serio de faena antes del habitual sainete con la espada, que en la corrida más impresentable de la feria, una vez más la del Puerto de San Lorenzo, le llevó a escuchar los tres avisos. A nadie parece ya importarle que las faenas se prolonguen habitualmente hasta que suene el primer aviso antes de entrar a matar, costumbre tributaria de la falta de casta del toro dócil que admite el pegapasismo sin fin de los diestros sin personalidad, que no son capaces de decir en treinta pases el mensaje que traen a la plaza.

 

El coso de las Ventas es a veces un cine de barrio en el que un día echan una comedia romántica y al día siguiente una de miedo. En el ciclo del terror, asistimos a las peores entradas de la feria, contemplar una de Saltillo o de Escolar puede hacer que se te atraganten las palomitas. Sin embargo, toreros como José Carlos Venegas, Damián Castaño o Gómez del Pilar logran insertar destellos de clase entre las cuchilladas de la casta, y entonces la peli puede pasar por tolerada. La figura de Castaño, intentando oponer sus maneras artísticas a las aviesas intenciones de su lote es de un patetismo conmovedor a pesar de que no acabe nunca de encerrar en su muletilla el vendaval de casta que se le viene encima, en faenas de esfuerzo tremendo que ineludiblemente finalizan con el fallo a espadas y el paseo de la frustración en la vuelta al ruedo. La de Pedraza de Yeltes vuelve a regar Madrid con el manantial de la bravura sin que salga ninguno que llegue a la excelencia de Brigadier. La tarde es de Jarocho que revisita la imagen de Pepe Luis mostrando el cartucho de pescao a aquel torazo de Miura. Daba gloria ver el compromiso del torero ofreciendo su figura menuda a la fiera embestida en naturales sin trampa en su bella fragilidad. Pero no fue la única corrida de Domecq con problemas. La segunda juampedrada escondida en la última semana de feria se convirtió en película de reestreno, serie b para modestos, si naciste “pa” martillo del cielo te caen los clavos, tornillos para Clemente, su exposición de valor y dominio en el sitio donde los toros cogen terminó en una cogida feísima con sensación de tragedia donde sólo había fractura ósea.

 

Hacía mucho tiempo que no venía a Madrid un novillero como Álvaro Serrano, triunfador en su tarde a golpe cantado, torero variadísimo con el capote y con pellizco en el toreo fundamental que practica en el sitio a despecho de la condición del toro o del viento, siendo deseable que mantenga la frescura y clarividencia para pensar en la cara del toro desde el concepto de pureza que el tiempo y los intereses taurinos malbaratan a menudo. También consiguieron la salida a hombros novilleril Julio Norte y Julio Méndez con un concepto arrollador pero más populista, menos comprometido que el camino de ortodoxia que aportaron a los martes de feria, chavales como Emiliano Osornio y Mario Vilau, que cambió el triunfo por el hule de la enfermería.


Cada vez nos duran menos las novedades que irrumpen en las Ventas renovando la esperanza en el toreo que hace de la lidia un arte único. El último ejemplo decepcionante es el de Borja Jiménez, a quien sus mentores deben querer bastante mal. De lo contrario no se explica que le prepararan una encerrona al final de la feria en la corrida dedicada a Ignacio Sánchez Mejías nadie sabe por qué, sin acto alguno que escenificara ese homenaje, un año antes del centenario que justificaría su reivindicación junto a la generación que lo hizo inmortal. Ese despropósito se traslada también a la corrida, limpieza de corrales que habrá aliviado los cercados de Victoriano y Garcigrande para que al final el toro más a modo para el triunfo fuera un sobrero de El Torero que da vueltas sin cesar siguiendo la muleta de Borja, definitivamente embaucado por las ovaciones fáciles que acompañan el destoreo más insustancial. La corrida transcurre como la crónica de un fiasco anunciado, un torero sin variedad capotera y tan desigual con la espada debería huir de estos compromisos por más que los palmeros de su entorno le engañen sobre su capacidad.

En la mano izquierda de Víctor Hernández reside desde el año pasado una vía abierta a la regeneración que no acaba de concretarse. No le favorece la emulación continua de José Tomás, porque es difícil llegar a esa excelencia desde los detalles accesorios. Copiar la paleta cromática de sus vestidos y la forma hipnótica de captar la atención desde que se echaba el capote a la espalda en el primer quite disponible, no conduce más que a la melancolía. El desprecio por el cuerpo que le hace cobrar las espeluznantes volteretas que sufre a menudo también le acercan al de Galapagar, pero cada vez se va alejando más del sitio que ambos pisaban, acaso porque la influencia de Abellán le haya cortado las alas antes de tiempo. Bajo la lluvia benéfica de una Beneficencia que ya no es, dejó escapar el lote de la consagración, dos estimables faenas al natural desde el medio sitio necesario para funcionar, dos figuras de escolta consintiendo su salida a hombros y la épica del agua bruñendo las fotografías. Dos espadazos infames arruinaron la ensoñación. Seguiremos esperando.









viernes, 29 de mayo de 2026

EL MILAGRO DE LA FUENSANTA



El fútbol es la cosa más importante entre las cosas menos importantes. Al parecer, no fue Groucho Marx sino Jorge Valdano quien acuñó la definición más cercana posible al inefable sortilegio de este juego extraño capaz de convertir una tarde gris en una noche radiante si gana tu equipo, cuando parece que la vida se ordena y el mundo coincide por fin con uno mismo. Debe ser porque el fútbol nos conecta inmediatamente con el territorio de la infancia, en donde todavía podíamos soñar con un futuro de felicidad segura en torno a realidades sencillas como dar patadas a un balón creyendo que un día llegaríamos a saltar más alto que Santillana. Si la quimera se representaba a la luz de las farolas de la plaza de tu barrio una noche interminable de verano, el objetivo se volvía tan natural como el gol que acababas de meter en la portería imaginada en un banco de pino verde. 

Las ensoñaciones de la niñez permanecen en la edad adulta. Tal vez por eso, asistimos cotidianamente al espectáculo de contemplar a gente de criterio acreditado, buenas personas y trabajadores eficientes acostumbrados a guiarse por el sentido común en sus asuntos, negar la evidencia de un penalti clamoroso o dudar de la línea científica de un fuera de juego si el perjudicado por la decisión arbitral es el equipo de sus amores, hasta el punto de ser capaces de espetar al interlocutor estupefacto: ¿a quién vas a creer, a mí o a tus propios ojos? El gag de “Sopa de ganso” es lo único que le faltó interpretar a Florentino en la rueda de prensa que paralizó al país con un delirante ejercicio de forofismo extremo perfectamente compatible con su faceta de alto directivo de una boyante empresa del Ibex 35.

El fútbol es un oasis casi al margen de la legalidad. En el rectángulo verde se permiten injurias, se consienten lesiones, la trampa es elogiada y el fingimiento tiene premio. Algunos ilusos creyeron que el VAR corregiría la mentira como si las cámaras no las manejaran seres humanos. El fútbol de patio en el que triunfaban los más listos se renueva en cada partido y reaparece lo mismo en tercera regional que en un encuentro del mundial, como aquél donde convivieron el mejor gol de la historia y otro cobrado con la mano. La mezcla entre excelencia y corrupción es tan consustancial a este deporte que hasta el mejor Barça de todos los tiempos necesitó pagar durante diecisiete años al vicepresidente de los árbitros para que el madridismo sociológico no agostara tanta belleza.

La fascinación por el fútbol trasciende a las clases sociales, las edades y los géneros y su universalidad no conoce límites, hasta tal punto que se han avistado indígenas de tribus recónditas cuya única indumentaria era una camiseta del Betis. Se cuenta incluso que una ciudad tan desmovilizada como la nuestra que transige habitualmente con el abandono que le procuran las distintas administraciones, sin especiales manifestaciones de desagrado en forma de protesta masiva o cívica concentración, llenará un recinto deportivo con siete mil espectadores para animar a la Balompédica camino del ascenso a la tercera categoría del fútbol nacional. Los que crecimos con el Conquense de Abarca y Servi, Félix y Arguisuelas, Hortelano y Caparrós, seguíamos viniendo al campo para sacudirnos la tristeza de los domingos por la tarde agarrados a la nostalgia de aquel balompié sobre tierra al que acudíamos de niños imaginando a Iríbar en Ramón. Hemos atravesado los inviernos con el hospital a la espalda, en una butaca de un tren de quinta con vistas al patatal en que los conciertos de feria convertían el pasto, agazapados en la tribuna junto a otros quinientos semejantes, esperando que se nos apareciera un regate de vértigo entre la dictadura táctica horizontal.  

Hasta que esta temporada una empresa foránea, tormentosa de ideas, inversión e ilusiones, se fijó en este rincón de la España vacía y convirtió la calabaza en lujosa carroza con tienda de merchandising y community manager, food truck con hamburguesas y cerveza barata, atracciones para niños y palcos VIP. Sobre la alfombra perfecta que ahora es el césped, el juego es aceptable, el esfuerzo irreprochable y hasta tenemos ultras dentro de un orden que enardecen al resto de aficionados habituados a la costumbre de la resignación. El ascenso llegará o se esfumará como un sueño en blanco y negro pero nadie nos quitará el placer de este año histórico en el que creímos en la victoria contemplando los atardeceres dorados en el perfil del casco antiguo que se divisa sobre la grada este. ¡Nos vemos en la Fuensanta!



sábado, 28 de marzo de 2026

LOS DOMINGOS


De vez en cuando, se estrena una película que trasciende los límites de su contexto para elevarse por encima del entorno de su propio creador. Entre la barahúnda habitual de los Goya, con su guirigay anual de proclamas, tedio y ovaciones, brilló la pureza de “Los domingos”, en la que Alauda Ruiz de Azúa filma en estado de gracia la extraordinaria aventura de una adolescente atraída por la vida monacal. La directora parecía pedir perdón desde el estrado, por atreverse a narrar ese prodigio con una neutralidad extraña a la perspectiva del intelectual canónico, a quien su credo anticlerical exige renegar de la Iglesia, incluso contra el mensaje de la obra artística a cuya grandeza ha contribuido. 

Cuando se estrenó la película en las salas, su éxito se inscribió dentro de un supuesto resurgimiento de la espiritualidad en la escena española que encontró en la luz de Rosalía, una deliciosa confirmación. En la industria musical que disemina canciones como islas perdidas en el archipiélago de Spotify, la cantante catalana impugna la mediocridad conocida de "shakiras" y "badbunnys" para regalarnos un disco conceptual entregado a un misticismo a contratiempo que dice haberla salvado del psicólogo a través del rezo y el celibato, con unas gotitas de "Sauvignon blanc" como antídoto contra las perlas del desamor. Su perfil de novicia en la portada del disco parecía el cartel de la secuela de “Los domingos” imitando el rostro iluminado de la aspirante a monja que busca en el convento un espacio de dicha frente a las banalidades mundanas de amigas sin fuste y novietes insustanciales, contra la lógica oposición de una familia en declive.

El resplandor de “Los domingos” se impuso al nihilismo de “Sirat” en el forcejeo de los premios, pero ambas son dos obras extraordinarias, intercambiables incluso. Dos formas de narrar la huida del mundo, dos maneras de no encajar en el entorno que confluyen en el silencio del retiro o en la desolación del desierto, la música de un salmo nunca estuvo tan cerca del fragor de una “rave”. Una extraña paz al final del camino, un puente hacia la nada para dimitir de los afanes cotidianos, con la muerte al fondo determinando dos historias sin retorno que buscan respuestas para la vida. 

La eclosión de la primavera sacude a España en manifestaciones festivas de pretexto religioso que bajo su primer plenilunio llenan las aceras de fervor y botellines. El laicismo imperante convive con la pulsión turística por donde late un vago sentimiento de trascendencia que después no suele confirmarse en la liturgia de los domingos. Entre el temblor de los Ramos y el encuentro de la Resurrección, asistiremos a la fusión del rito con la tradición, la curiosidad por la belleza convoca más almas que el mensaje de redención que surge de nuestras tallas. No es poca cosa encontrar en la pasión representada en el calvario de cada calle, una tregua de esperanza para escapar del abatimiento que se adivina en el futuro. La guerra permanente se encadena al pensamiento como método óptimo de resolución de conflictos, la precariedad se enseñorea del marasmo económico que envenena el porvenir de nuestros hijos. El Estado que desprotegió a una joven en sus instituciones de acogida, marco insólito de su violación múltiple, y se desentendió de su salud mental tras un intento de suicidio, ha terminado con sus problemas procurándole una inyección letal. A las puertas de la Semana Santa su espíritu descansó al fin, la ley de cumplió y la maquinaria administrativa se lavó las manos tras un proceso de escarnio público con la música de fondo de las televisiones. 




miércoles, 18 de febrero de 2026

EL TREN DE LA PRISA



Vivimos acelerados. La sociedad actual nos induce a la costumbre de la inmediatez. Todo tiene que ser antes y aceptamos esa premura aunque se imponga a la excelencia, igual que nos conformamos con la olla rápida frente a la sabiduría del fuego lento. La vida pasa inadvertida a nuestro lado mientras nos ocupamos de lo urgente que sólo a veces suele coincidir con lo importante.

 

El sueño del Ave llegó a nuestras vidas como un juguete de nuevo rico, el placebo de la felicidad depositado en la fortuna de cambiar la Cibeles por la Giralda en menos de lo que se tarda en ver una película oscarizable. Antes de que su perfil de ofidio envenenara nuestro ritmo, el tren era el amable contenedor de la aventura de echar el día emulando a Buster Keaton a bordo de la General, imaginando esa epopeya en la vetustez del automotor que albergaba las excursiones juveniles hasta Cuevas de Velasco, donde todavía debe andar nuestra huella en las paredes de su estación abandonada. Un poco antes, la vía que hoy yace sobre el vacío como el esqueleto desolado de un naufragio, era el cordón umbilical que nos retornaba a la madre Cuenca, tras la tarde fecunda donde se había puesto a prueba la audacia de cada cual atravesando sin vértigo el puente de hierro, a saltos sobre las traviesas con vistas al Júcar, como si fuéramos los niños de “Stand by me” pero sin un cadáver escondido entre la fronda. La tierra rojiza que rodeaba el camino imitaba las formas de un “far west” de cercanías, y nos convertía en indios de western adivinando con la oreja sobre el raíl, la inminencia del tren por llegar, del que escapábamos a tiempo para, refugiados contra el talud, disfrutar del estallido de las piedras colocadas a su paso o comprobar después de depositar cuidadosamente una moneda sobre la vía, si las ruedas del convoy habían logrado apisonarla hasta convertirla en fetiche que guardar como un tesoro acuñado por la imprudencia y la imaginación.  

 

En esos parajes de la infancia que llegaron a conocer el Talgo, la aparición del Ave se celebró como un hito que por fin quebraba una política basada en priorizar otros itinerarios para alcanzar el mar y preterir la línea recta que desde Madrid pasaba por Cuenca, hasta convertirla en un trazado lento, yermo y terminal. Como la alegría es efímera en la tierra acostumbrada al olvido, la fortuna de la alta velocidad se fue dilapidando entre una estación fuera de sitio, la depauperación del servicio y el sacrificio de una alternativa convencional que vertebrara la provincia y permitiera convertir la ventaja del trayecto más corto en una posibilidad de desarrollo industrial para el páramo configurado a su alrededor.

  

Antes de la crisis ferroviaria que la tragedia de Adamuz ha precipitado, no sabíamos que la grava que doblaba nuestros tobillos cuando hacíamos equilibrios sobre los raíles se llamaba balasto y que de él depende la estabilidad de la infraestructura cuyo mantenimiento es tan mejorable que ha convertido el tren de la prisa en un homenaje a los viejos tiempos en los que aún se podía saludar a los viandantes desde las ventanillas. En esta España de la mansedumbre que se comporta mejor en la asistencia a la catástrofe que en la exigencia de responsabilidades, parece recomendable volver a aquellos trenes cuyas paradas permitían bajar a tomar un café en la cantina de la estación. Si hemos admitido que nuestros gobernantes saquen pecho de unas cifras macroeconómicas en convivencia con una cuarta parte de la población en riesgo de pobreza, también podemos tolerar la osadía del gestor de la cosa cuando declara que el ferrocarril español se halla en el mejor momento de su historia.


En realidad, el ministro pretende actualizar el marxismo versión Groucho imitando su facundia, por el procedimiento de dar demasiadas explicaciones para que no se entienda nada. Sería conveniente dejar investigar a los expertos en lugar de pedir más madera para alimentar la maquinaria de un convoy en ruinas, y esperar a que las sospechas de negligencia criminal las dirima un juez, en lugar de desmantelar entre todos el prestigio de la joya de la corona de nuestras comunicaciones. La otra opción que nos queda es recuperar las prioridades de aquella época en la que no importaba tanto emplear un día entero en alcanzar nuestro destino, mientras veíamos la vida pasar por el ventanal de un vagón.