lunes, 5 de julio de 2021

INDULTA QUE ALGO QUEDA



La institución del indulto es el imprescindible mecanismo con el que la sociedad se protege frente al riesgo de que las resoluciones judiciales que han agotado su posibilidad de ser recurridas por los mecanismos ordinarios, se conviertan en injustas a la hora de su aplicación. Se trata de supuestos en los que la equidad debe imponerse por encima del cumplimiento estricto de la legalidad, cuando el transcurso del tiempo entre la sentencia y su ejecución, ha operado por sí mismo en el condenado la rehabilitación que la pena trata de conseguir y en la mayoría de los casos, no suele lograr. Esta clase de medidas no puede repugnar a los que siguiendo a Concepción Arenal, odiamos el delito y compadecemos al delincuente, y sufrimos más por un inocente condenado que por cien culpables en la calle. Sin embargo, el espíritu de la ley sobre el indulto reinterpretado según las exigencias constitucionales, no justifica su aplicación a unos presos por sedición en los que el paso del tiempo en la cárcel no ha hecho más que acentuar su propósito de perpetuar la misión de enfrentar a los catalanes y excluir al resto de españoles de la soberanía sobre su territorio.


Nuestro país sigue empeñado cada tanto, en actualizar el conocido aserto de Bismarck sobre la fortaleza de una nación que lleva siglos ensayando la autodestrucción sin conseguirla. Quizá por ello suele perdonar a quienes atentan contra los valores más esenciales del sistema democrático y si Felipe indulta al elefante blanco del 23-F y Aznar a los chivos expiatorios del terrorismo de Estado, la opinión pública lo asume con la resignación del pagano de la fiesta al que no le importa invitar a sus enemigos siempre que no le arruinen la celebración. Ahora proliferan las opiniones bienintencionadas que depositan en los indultos una suerte de propiedades taumatúrgicas capaces de hacer olvidar lo sufrido e instaurar en la sociedad catalana nuevos usos de convivencia en donde el respeto a la igualdad de todos los ciudadanos se imponga a la intolerancia y el supremacismo.


Ni siquiera en esta nueva retractación de sus promesas, es ahora Sánchez original. Aznar ya dio un curso de cómo explotar la condena a la guerra sucia en la oposición y poner en la calle a sus ejecutores en cuanto se aseguró la Moncloa. En aquella ocasión, lo justificó esgrimiendo altura de miras. El gobierno de hoy habla de concordia y diálogo, en el enésimo intento mesiánico de apaciguamiento que todos los presidentes que en España han sido, impostan frente a la cuestión catalana, lo cual hasta sería plausible si fuera a dar resultado y por el camino no se intentara demonizar a los escépticos. Como casi siempre, el espectáculo de meliflua moralina que en estos días se representa en la palestra mediática encubre una pelea política de bajo vuelo sostenida por el discurso maniqueo de costumbre, animado en realidad por las facturas que Pedro I el Magnánimo, necesita pagar para mantenerse en el poder.

 

Lo dijo Junqueras antes de obtener la gracia y lo confirmó Aragonés al saludar la buena nueva, los indultos demuestran la debilidad del Estado, los presos salen con la voluntad reforzada de construir la república catalana. Por lo visto, con el ejercicio del perdón se indultan la prepotencia y la deslealtad y la apelación a la concordia sobre la base de evitar la venganza, socava una vez más la separación de poderes y la seguridad jurídica, convirtiendo el intento del Supremo por establecer una sentencia proporcionada y de consenso en un esfuerzo vano fulminado por el absolutismo gubernamental. El fragor de la contienda política que subyace en la pantomima se resolverá en sucesivas regalías a entregar por nuestro líder, que incluirán un nuevo mejoramiento económico de Cataluña a costa del empobrecimiento progresivo de la España vacía, la mesa de negociación en donde ir preparando una consulta no vinculante constitucionalmente admisible y la rehabilitación de Puigdemont por la vía encubierta de la reforma del delito de sedición para garantizarle un futuro judicial incruento.


Todo ello tal vez nos introduzca en una pacificación transitoria de la cuestión y en el establecimiento de un eterno bucle melancólico que trasladará el problema a la próxima generación, en donde los secesionistas lo intentarán de nuevo, cuando el discurso oficial independentista se haya instalado definitivamente en las conciencias y el adoctrinamiento de la población eleve los porcentajes de la desafección con España a una cifra insoportable. Entonces se recordará que fueron tres partidos que se decían de izquierdas, los que se pusieron de acuerdo para entronizar la desigualdad entre las distintas comunidades del Estado y así quebrar para siempre el esqueleto de aire que une a las regiones de la península y que un día lejano de 1928, Federico García Lorca creyó irrompible. 



martes, 15 de junio de 2021

EL REY DE PARÍS



Cuando en la semifinal de Roland Garros, Rafa Nadal inició el primer set con un 5-0 a su favor, Novak Djokovic, número uno del mundo, en lugar de olvidarse del primer parcial y prepararse para el siguiente, adoptó la táctica del camaleón, y con la humildad del coloso que tenía enfrente, empezó a copiar su juego paciente, luchando cada pelota como si fuera la última, intercalando "winners" con bolas altas, dejadas rompepiernas con reveses barrelíneas y aunque tras salvar seis "set balls", perdió finalmente la manga, en realidad había empezado a ganar el partido. El desenlace no llegaría hasta cuatro horas después, pero la inminencia de ese destino ya se dibujaba en el rictus serio de Nadal, que comenzó el segundo set con el cansancio mental de haber tenido que librar una batalla inesperada.

El segundo set quedó lastrado por ese presagio. Nole rompió por dos veces el servicio de Rafa y su exactitud de metrónomo siguió clavándose en nuestro ánimo por medio de derechas envolventes y reveses paralelos que iban minando la tierra con la determinación del psicópata destinado a derribar un mito. Nadal se recuperó de la primera dentellada del serbio por su mayor talento en la improvisación cuando Djokovic lo citaba para cruzar miradas en la red, pero a medida que el sol se extinguía sobre los tejados de Montparnasse, y la bola de Rafa botaba en términos de normalidad accesible para el resto de los mortales, se instaló en el ambiente la sospecha de que la sublimación del juego defensivo con la que el manacorí construyó un imperio, quizá esta vez no iba a resultar suficiente.

El tercer set fue un partido en sí mismo, la síntesis de una epopeya que llevaba enfrentando a ambos tenistas durante cincuenta y ocho episodios, la sinopsis en 90 minutos del juego de tronos por dominar la gloria estadística de los torneos de Grand Slam. La tónica seguía siendo favorable para Djokovic y su técnica fría de precisión sobrehumana y restos asesinos. Hasta ese momento, el serbio observaba una actitud ascética que le apartaba de otras tardes de histrionismo y fingimientos, ni un gesto de más en el jugador que atronó la noche de París celebrando a grito pelado su pase a semifinales. Caían los breaks implacables sobre las anchas espaldas de Nadal y a pesar de todo, Rafael seguía inventándose milagros para apuntalar nuestra fe en su capacidad para la agonía, contrabreak inmediato para igualar a tres, nueva pérdida del servicio en el siguiente juego y empate a cinco al límite de la épica. Fue entonces, en la zona de la verdad, donde se encogen los brazos y queman las empuñaduras, donde las almas libran una batalla psicológica cuya contemplación hace necesario abolir los toques de queda, cuando Rafa se lanzó a por el partido, ajustó su derecha y pulió su revés, pidió un par de puntos gratis a su saque precario y se colocó con bola de set, mientras el serbio empezaba a descomponerse lanzando miradas de incomprensión a su banquillo. El tenis es un deporte cuyos duelos en la cumbre pueden durar una eternidad pero la suerte del partido se decide en un instante en el que la pelota no la impulsa la raqueta sino la fuerza mental. En el punto decisivo que pudo haber cambiado la historia del partido, Nadal se conformó con su leyenda falsa de pasabolas y Djokovic repitió otra dejada homicida que Rafa ya no pudo desenterrar.

Sólo un deportista de la dimensión de Rafael Nadal Parera puede convertir las cálidas promesas de un viernes de junio en una noche de sufrimiento en casa pegado al televisor. Ya lo logró el año pasado, cuando un domingo otoñal de grisuras y confinamiento se transformó en un día radiante de primavera, en cuanto el resplandor carmesí del polvo de ladrillo se coló por la pantalla aplazando por unas horas la incertidumbre del invierno por venir. En aquel tiempo de muerte y desesperanza, Nadal fue una de las escasas certidumbres que nos quedaron para enfrentar el destino como si nada hubiera cambiado, como si desde marzo hubiéramos podido celebrar cada una de las citas que la vida nos concede, a pesar de todos los virus que despoblaron nuestras ilusiones y la grada fantasmal de la Philippe Chatrier, patio de armas de la monarquía absoluta del Rey de París. A despecho del frío que hacía más rápida la superficie, del cambio de bolas que la organización ideó para que su mayor peso dificultara el efecto endiablado del drive liftado de Rafa y de la cubierta que aumentaba la humedad y hacía menos propicias las condiciones de la pista, Nadal no admitió entonces contestación a su despotismo trece veces reiterado, como si quisiera aportar con la victoria acostumbrada en su torneo, el bálsamo necesario para que olvidáramos todo lo perdido.

Cuando su corazón por fin abdicó en el último "tie break" y el set postrero se iba decantando definitivamente en su contra, Nadal siguió corriendo buscando remontadas en cada rincón de la contienda, exponiendo a la cátedra el corolario de la carrera de un gigante al que no le hace falta el talento natural de Federer y Djokovic, para ser tan grande como ellos aunque no gane nunca más. El triunfo verdadero brilló como siempre en la rueda de prensa, escenario donde el mejor deportista español de todos los tiempos volvió a tratar al éxito y a la derrota como los impostores que son.



 


sábado, 15 de mayo de 2021

EL SIMULACRO

 



Aunque en cada época, para defender su pureza, los cronistas taurinos proclamaron siempre el declive de la fiesta que les tocó vivir, nunca como ahora la tauromaquia está siendo reducida a la condición de simulacro entre el regocijo de sus detractores y la condescendencia de los partidarios. El mal hunde sus raíces mucho tiempo antes de que la pandemia pusiera patas arriba el planeta de los toros. Esa triste decadencia que ya habían traído a la fiesta la creciente docilidad del toro y el planteamiento ventajista del toreo, había convertido el combate atávico entre el hombre y el animal en un espectáculo incruento y banal en la mayoría de las lides, a tono con el infantilismo reinante en una sociedad que tras el virus y el cambio en las costumbres que sin duda traerá, se convertirá en un escenario poco propicio para albergar la grandeza de la lidia de reses bravas.

Llega San Isidro y la plaza de toros más importante del mundo, la que siempre actuó como reducto último de la seriedad del rito, la cátedra del toro íntegro, el aficionado pétreo y el triunfo verdadero, permanece cerrada tras el trampantojo del dos de mayo, la gris pantomima organizada de espaldas al abono de Las Ventas, festejo menor para vestir de oropeles el reclamo electoral. Mientras tanto en Vistalegre, se desarrolla estos días otro simulacro, la isidrada de las figuras instaladas y el toro cómodo, la del cielo abolido y el público ausente, en la que no se distinguen las voces de los ecos y el toreo se asfixia ofreciendo una imagen de oficio terminal.     

En un tiempo en el que ha devenido anacrónico lo que siempre fue natural y la entronización de principios espurios amenaza la pervivencia de este arte único, resulta imperdonable que la lamentable gestión administrativa de los asuntos taurinos no se vea contestada por una iniciativa empresarial valiente que abra Las Ventas de par en par, y apurando los porcentajes de aforo permitido, eludiendo los cachés elevados de las figuras y las ganaderías del monopolio, acartele toreros emergentes con encastes alternativos, liderando la reconstrucción de la ruina como espejo en el que puedan reflejarse el resto de las plazas. Por el contrario, dirigir la mirada a los lugares señeros de la temporada taurina es un viaje sin retorno a la desolación. La feria de abril sevillana se trasladó al incierto territorio de septiembre, en donde sabe Dios cómo estaremos dado que la fiabilidad de Sánchez pronostica la inmunidad de grupo para esas fechas. Valencia ni está ni se la espera. Pamplona suspende San Fermín por segundo año consecutivo y habrá que ponerse en lo peor para afrontar la regeneración del abono de Bilbao en el curso que viene cuando quizá ya no quede nada por rescatar.   

Con estos bueyes hay que arar y tal vez Miguel Abellán se encomendó al santo pensando que, como en el milagro, los bueyes labrarían solos la tierra prometida de la nueva normalidad taurina. En el peor de los momentos, el futuro de la fiesta en Madrid descansa en las peores manos, las de quien ha consentido la ausencia de los toros en Las Ventas durante diecinueve meses mientras se celebraban en la comunidad otros eventos bajo techo y ahora no ha sido capaz de devolver San Isidro a su escenario legítimo, contemplando indiferente cómo su versión espuria se marchita confinada en un polideportivo.

Se nos va la vida en medio de tanta incompetencia, la afición no, porque basta revisitar una película antigua para que el corazón recuerde la costumbre de vibrar cuando en el ruedo venteño se paraba el tiempo y se ponía en escena la lucha entre un animal encastado que puede matar y un hombre que se impone a la fiera embestida exponiendo su vida en el empeño. Dos ferias al limbo sin poder asistir a ese milagro.



viernes, 30 de abril de 2021

NOMADLAND


La ceremonia de los Óscar aparece cada año reponiendo en nuestra mirada el recuerdo adolescente de la expectación pegada a la pantalla, cuando por fin llegaba el conticinio y la madrugada aún no terminaba abruptamente en la jornada laboral. Por aquel entonces, algunos veíamos la última de las películas nominadas la misma noche del acontecimiento y una vez cumplidas nuestras obligaciones cinéfilas, hacíamos la quiniela sobre las páginas satinadas del Fotogramas, en las que el boli bic cristal resbalaba un poco al marcar la cruz en la casilla del mejor actor secundario. Hoy las plataformas nos facilitan la tarea de alcanzar la ceremonia convenientemente informados, ya sin aquella ilusión mitómana por las películas que nos hacía vibrar de indignación si tras la letanía del “the winner is”, la agraciada era “Gandhi” y no “Veredicto final”.

 

Cuarenta años después de aquella fiebre, preferimos encadenar los capítulos de una serie desde la fila cero del sofá, pero de vez en cuando brotan gemas que provocan la emoción de antaño y sobresalen entre el panorama anodino del cine actual. La de este año es “Nomadland”, película cuya nominación hubiera sido imposible en ese futuro de diversidad en el que la Academia de Hollywood impedirá que opten a los premios las cintas que no cuenten con un protagonista perteneciente a una minoría racial. El desarraigado “casting” de nómadas blancos de la América profunda cuya felicidad reside en una furgoneta, hubiera debido incluir un treinta por ciento de etnias alternativas para ver premiada la labor de su directora Chloé Zhao, de origen chino, la segunda mujer en la historia que gana en esa categoría.

 

“Nomadland” es el arte de reinventar la poesía filmando actividades tan prosaicas como la recogida de la remolacha. Las historias de los desheredados de la crisis económica de 2008 encuentran en la escritura minimalista de Zhao el tono exacto de su propuesta vital, la elusión de lo superfluo, el elogio de la frugalidad, convirtiendo la necesidad de vivir en una economía de subsistencia en una elección compatible con la alegría. En las costuras más injustas del capitalismo también habita la redención del hombre solo, si te acostumbras a dormir sin echar de menos un colchón mullido, un cuerpo al costado y sabes dimitir de la dictadura de la sociedad de consumo.


En este caso, el hombre solo es una mujer, Fern, inolvidable Frances McDormand, cuyo rostro es un lienzo capaz de contarnos las heridas del pasado sin un gesto de más. Frente a las opciones de vida convencional que se le ofrecen en el camino, Fern escoge el estoicismo agreste de la libertad, el sentido telúrico de la existencia y el abrigo de la naturaleza para enfrentar la senda sin miedo, porque no puede haberlo cuando se ha perdido casi todo y tu principal problema es encontrar un sitio en el mundo donde aparcar.

 

Esta “road movie” con hechuras de “western” sin malos, no necesita enfatizar su mensaje contra la explotación laboral que ejercen las grandes corporaciones para hacerse entender. Los nómadas que la protagonizan son en la mayoría de los casos, personajes reales que representan al millón de personas que en Estados Unidos ya no persigue las uvas de la ira y vive en casas rodantes, transitando el reverso del sueño americano, ése en el que la Navidad se celebra cenando una hamburguesa en un camping de Amazon en el que no es probable la aparición de Santa Claus.

 

Como el soneto dieciocho de Shakespeare que recita Fern ante un joven perdido, “Nomadland” está destinada a perdurar y con ella, la historia de estas gentes sin casa pero no sin hogar, cuya vida está llena a despecho del frío y de las ruedas pinchadas, la intemperie cubierta por la amabilidad de los extraños, la soledad buscada esculpida en plano secuencia. Una filosofía especialmente valiosa para estos tiempos pandémicos en el que nadie está exento de salir malherido de las incertidumbres del destino. Nos vemos en el camino.



martes, 20 de abril de 2021

MIGAJAS EN EL PARQUE

Con motivo del bicentenario del Prado, nuestras autoridades inauguraron recientemente una exposición de las obras maestras de la pinacoteca en el Parque de San Julián. A lo largo de su ala norte, se disponen en paneles del mismo tamaño, fotografías a escala real de los cuadros más famosos del museo, casi todos de un gran formato que excede de la medida del panel, de tal manera que sólo se ofrecen los detalles centrales del cuadro y a veces reproducciones mutiladas, convirtiendo el montaje en un quiero y no puedo impropio de uno de los museos más importantes del mundo que en lugar de repartir por la geografía nacional el exceso de obra que tiene almacenada entre sus fondos, se ha inventado estas migajas para distracción del personal.


La muestra es una metáfora involuntaria de la actitud eterna de las administraciones con ciudades desheredadas de la fortuna como la nuestra, quintaesencia de la denominada España vacía por obra y gracia del abandono permanente a la que la someten los gestores de la cosa pública a cualquier nivel que se tenga a bien escoger. No es que no sea agradable darse una vuelta por el parque de nuestra infancia y dejarse acariciar por la brisa primaveral mientras se contempla cómo los Reyes Magos de Rubens adoran a un Niño Dios ausente de la imagen, pero en una ciudad tan bien dotada como la nuestra en cuestión museística, se echan en falta inversiones reales en materia productiva y sobran bombos y platillos para inaugurar una colección de fotos que podemos encontrar en la enciclopedia de arte que adquirimos en su día, para que sus tomos hicieran juego con las cortinas del salón.


Quizá sea un problema mío y me falte aún la perspectiva suficiente para analizar el asunto, del mismo modo que el detalle ofrecido de “Las meninas” mitiga el efecto del punto de fuga creado por Velázquez para que el espectador asombrado pudiera tocar el aire recreado por el maestro. Mediada la legislatura local y autonómica, no se advierte el beneficio que la conjunción astral del mismo partido en la gestión de las tres administraciones que nos desgobiernan, está generando en el futuro de nuestros hijos, la despoblación progresiva de nuestra tierra convertida en horizonte ineludible y origen del desinterés de la política en remediar los males de una provincia con escasa fuerza electoral.    



Pasan los años y la ciudad languidece con la excusa final de la pandemia como pretexto óptimo para la inacción. Los proyectos se anuncian y el ciudadano los ve pasar como el que se para en el parque enfrente de “El descendimiento” de Van der Weyden y contempla el desaguisado que se ha cometido con la mágica estructura de la obra, cuya reproducción comparece decapitada de forma similar a nuestras esperanzas en que las promesas publicitadas se conviertan en realidades tangibles. La memoria conquense es pródiga en el recuerdo de las batallas perdidas de la capitalidad, la universidad, las comunicaciones y el desarrollo industrial y sin embargo, el turnismo eterno se enquista en las instituciones, convirtiendo la deseable alternancia política en un instrumento inútil para alcanzar la necesaria regeneración de este lugar.

Como si nuestro destino vagara por la laguna Estigia sin moneda alguna que entregar a Caronte para llegar al paraíso, la accesibilidad al casco antiguo es el último ejemplo de cómo la desidia y el conformismo pueden prolongarse durante ochenta años asolando el porvenir. Desde 1940 llevan nuestros próceres aplicando a esa cuestión la doctrina marxista de Groucho sobre la política como el arte de generar problemas, encadenar proyectos disparatados y encontrar las soluciones equivocadas, cuya ejecución se dilata en el tiempo sin aparente razón. Varias generaciones después, la ciudad parece estar todavía varada en aquella época en cuanto a la contestación social que merece el tratamiento que recibe.

 

La exposición del parque ha sido muy bien acogida por el público, si hacemos excepción de la cagada de paloma que adornó temporalmente el panel de “La maja desnuda”, hasta que fue parcialmente limpiada por un operario municipal. 



sábado, 3 de abril de 2021

SU LUZ ILUMINA ESTOS TIEMPOS OSCUROS


Tres años sin poder seguirlo en su camino. La lluvia, la enfermedad y la imprudencia nos han hurtado la centenaria maravilla, la dicha incomparable de convertirse cada año en uno de los que lo escoltan en la calle, el privilegio de contemplar desde la penumbra del capuz cómo en la tarde quieta se mece el ala leve de su clámide.

Sólo la herida de la guerra entre hermanos había provocado en el pasado una ausencia semejante. Ni siquiera la mal llamada gripe española, aquella otra epidemia cuya tercera oleada se extendió con virulencia por Cuenca durante la primera mitad de 1919, impidió que se desarrollaran con normalidad las procesiones de Semana Santa en el mes de abril. Cien años después, el triduo es íntimo, el fervor, callado. En los peores momentos de encierro no tuvimos el consuelo de visitar su capilla para sentir el amparo de la imagen amada, apenas unos minutos junto a su altar hubieran bastado para mitigar la incertidumbre.


Para el exiliado extramuros de la ciudad de los días azules, no portar su caña el Jueves Santo fue la más lacerante de las renuncias que nos impuso el virus en esta época de ansiedad y lejanías, de luto y soledades. La morada que construimos en otro lugar, quedó convertida en refugio inhóspito cuando llegaron las fechas en las que el alma pedía partir al encuentro de la infancia, en persecución de ese ambiente único que viste de alegría las calles de Cuenca abrigando el regreso del desterrado. Por las plazas empedradas de nostalgia, transcurría entonces la memoria del confinado, repasando cada recodo del recorrido mágico que aún debe conservar nuestra huella en sus entrañas, rememorando la emoción de la impaciencia por divisar la añorada silueta del Padre enmarcada en la puerta del templo, añorando la maravilla del sol filtrándose por las enredaderas de Alfonso VIII cuando el quejido del miserere sobrecogía la tarde. Mientras contemplábamos marcharse el día más querido por un horizonte vacío, un estruendo de horquillas como lanzas latía en los oídos del expatriado y con la oscuridad llegó el recuerdo de las lágrimas que surgen cuando se asiste a la despedida de Jesús, el de la Caña, atravesando la noche sobre el reflejo púrpura del Júcar, acompañado sólo por los más leales, apenas cobijado por la hoz.



Tras aquel silencio, el fin paulatino de las restricciones fue permitiendo trasladar las oraciones desde la casa al templo, la voz interior se hizo plegaria y al corazón nazareno se le permitió mostrarse en la intimidad de su cercanía y encontrar en su mirada, bálsamo para el sufrimiento, fuerzas para seguir aguantando. La Hermandad pudo por fin honrar en su despedida a los hermanos fallecidos y retomar las actividades que le dan sentido más allá del desfile procesional, el rezo de las cinco llagas como símbolo que nos conecta con nuestros orígenes en el Cabildo de la Sangre de Cristo y mensualmente nos ayuda a superar el dolor en comunidad. Porque hermandad es mucho más que cofradía y su calor debe arroparnos todo el año, en este tiempo de distancia y desaliento en el que no está permitido el fuego salvador de los abrazos.  

Una historia de cinco siglos tras su cetro nos marca la senda por la que discurrieron las generaciones que nunca dejaron de venerar su gloria, a despecho de la agresión de la guerra, de las pestes y revoluciones, sin desfallecer en el servicio de aquellos cometidos que nadie realizaba, la asistencia al desvalido en el momento de su muerte, el acompañamiento del reo abandonado por todos. Con el viento a favor de la bonanza o frente a la dificultad de la escasez, la tradición nos manda continuar representando su mensaje de caridad y redención, en una misión que debe ir más allá de la exposición pública de nuestras mejores galas cuando llega la Pascua. La costumbre de hermanarse sobrevivirá a esta nueva posposición de nuestro anhelo natural de compartir su majestad sobre las andas, de sentirlo más cerca que nunca cuando desciende a nuestra altura en la calle del Peso, de pregonar su belleza cuando descansa ante la Catedral. Volveremos a atesorar la fortuna de renovar el esplendor de su presencia en la calle y en la plaza. Hasta entonces, el Señor espera en el recogimiento y la compañía de los que a diario acuden a cobijarse en el fulgor de su llamada. 

Su luz ilumina estos tiempos oscuros.



martes, 23 de marzo de 2021

BISAGRAS



“En la huerta del Segura, cuando ríe una huertana, resplandece de hermosura, toda la vega murciana”. Eso debió de canturrear por lo bajini Inés Arrimadas cuando Iván Redondo le vendió la idea de entronizar a Ana Martínez Vidal como la primera presidenta autonómica en la historia de Ciudadanos. La lucha contra la corruptela de las vacunas esgrimida por la lideresa de Ventas como leitmotiv de la moción de censura sonaba a excusa incoherente en quien refiriéndose a Vox, había declarado la dudosa moralidad de las mociones planteadas en plena pandemia y es que entrar en la órbita del planeta Sánchez, conlleva la necesidad de contradecirse desde el minuto uno. El partido que venía para regenerar la política comenzaba de este modo a negociar sus estertores por un puñado de cargos, entregándose al sino de todas las formaciones bisagra que en España han sido, la condena a la irrelevancia en cuanto les cegó la ambición y contravinieron su esencia para alcanzar más cuota de poder.

Nada nuevo bajo el sol. Ciudadanos se aupó sobre las ruinas de UPyD cuando el personalismo de Rosa Díez prefirió hundirse liderando hasta el final su parcelita de notoriedad antes de ser fagocitada por el proyecto de Albert Rivera. Veinte años antes, el CDS había llegado a tener casi dos millones de votos tolerados mientras fueron inofensivos frente a los rodillos socialistas, hasta que el giro a la derecha de Suárez en el apoyo a la moción de censura que expulsó al PSOE de la alcaldía de Madrid, fue restando fuerza al póster electoral de su figura impertérrita en el escaño negándole a Tejero la imagen de la democracia derribada.

Las cotas de Suárez en los años ochenta que convirtieron entonces a su partido en la tercera fuerza política de España, las multiplicó Rivera por dos, cuatro millones de votantes en las elecciones del mes de abril de 2019, atraídos por el heroísmo de sus huestes en la resistencia catalana, por la extravagancia de ser el único partido en atreverse a cuestionar el cupo vasco en la persecución del ideal de la igualdad de los españoles en todo el territorio nacional, por la búsqueda de la despolitización de la justicia y la limitación de los privilegios políticos, principios todos ellos reiteradamente ignorados por los partidos tradicionales, con la anuencia perenne de su electorado cautivo. A tan sólo doscientos mil votos de un PP en sus horas más bajas, la posibilidad de convertirse en el primer partido de la oposición de camino a la Moncloa negó a Rivera la clarividencia necesaria para preservar esos principios por encima de la estrategia electoral y del navajeo habitual que aparece cuando el vértigo de tocar poder trae consigo la deriva hacia la prepotencia y el cesarismo.

El resto es la historia de una de las decepciones más profundas que ha sufrido la aspiración de la ciudadanía a sentirse decentemente representada en un sistema parlamentario viciado por la ausencia de libertad política y una separación de poderes sólo formal. La falta de criterio de Rivera al emprender una política errática de las alianzas que nos deberían haber evitado la sempiterna dependencia de los nacionalismos, le hizo perder dos millones y medio de votantes en la repetición electoral de noviembre, un millón se abstuvo y el resto prefirió lo malo conocido a lo malo por conocer, en un país en donde se penaliza más aparecer en la foto de Colón que el compadreo con Otegi o la complicidad con Puigdemont.

Y así fue como Ciudadanos regresó a su condición de bisagra inútil una vez recibido el portazo de los que un día votaron con la esperanza de huir siquiera un ratito del actual estado de cosas. “Murcia qué hermosa eres, tu huerta no tiene igual”, y en las intrigas de tu política de bajo vuelo comenzó una espiral en la que una presidenta de zarzuela adelantó las elecciones en su comunidad, con la misma desfachatez de corrala con la que semanas antes demonizó la convocatoria de las elecciones catalanas. Hay que reconocer las ventajas del Estado autonómico y el entretenimiento perpetuo que nos ofrece montando el teatrillo en el que se representa periódicamente el enfrentamiento baldío de las dos Españas eternas. Ahora los partidos emprenden de nuevo la batalla de Madrid jugando al guerracivilismo con los lemas del pasado, alerta antifascista, comunismo o libertad, mientras la corrupción sigue anegando el panorama y la pobreza no para de crecer a lomos de la pandemia que ninguno de ellos supo gestionar.