El nueve de mayo de dos mil veinticinco,
Alejandro Talavante consigue su sexta puerta grande en las Ventas cortando dos
orejas a un toro de Victoriano del Río, de nombre Misterio, 568 kilos, negro, ovacionado
en el arrastre, con Juan Ortega de testigo, en la tarde que abría el ciclo, organizada
para la confirmación de alternativa del diestro francés, Clemente. El ocho de
mayo de dos mil veintiséis, centésimo trigésimo primer aniversario del
nacimiento de Gallito y quincuagésimo nono de quien esto escribe, Alejandro
Talavante abre la puerta grande de Madrid por séptima vez, cortando dos orejas
a un toro de Núñez del Cuvillo, Ganador, 552 kilos, colorado chorreado en
verdugo, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre, con Juan Ortega de
testigo, en la corrida que inauguraba la feria, donde confirmó su alternativa,
Tristán Barroso.
Es necesario revisar las notas de hace un
año y de hace un mes para rescatar del fondo de la memoria este “deja vú”
diseñado para que el torero apoderado por la empresa acapare los premios
oficiales de la feria. Dos triunfos perfectamente intercambiables,
absolutamente prescindibles, carnaza para la estadística ful del toreo de este
tiempo, en donde un trasteo superficial de bisutería preciosista es saludado
por el éxtasis colectivo como si fuera oro molido, con la colaboración del
palco que remata el desaguisado concediendo la vuelta al ruedo para glorificar un
toro manufacturado para embestir sin pausa a la muleta, después de haber
atravesado inédito los dos primeros tercios. En la apoteosis del toreo moderno,
la única nota perdurable es la algarabía final de la invasión del ruedo por la
chavalería que a bordo del botellón que organizan en su abono todas las tardes,
traslada a la fiesta su entusiasmo tal vez por lo que acaba de sentir, acaso
por la oportunidad de mostrarse en la vitrina de la enésima salida espuria por
la puerta grande de Madrid.

La septuagésimo octava Feria de San Isidro
se anunciaba en los carteles a través de la efigie melancólica de Roca Rey,
sólo una tarde en el abono. Una apuesta de mínimos para cumplir con el trago de
Madrid, la Beneficencia allá a lo lejos como estrambote precocinado para los
presuntos triunfadores. El estado de orfandad en el que Morante había dejado a
la fiesta antes de la retirada más corta de la historia hacía esperar del
peruano una propuesta con mayor ambición a propósito de la competencia por el
cetro del toreo. Finalmente, su principal aportación al acervo de la primavera
venteña fue la previsible ración de rodillazos que instrumentó en seco y en
mojado, demostrando su adaptación a todos los terrenos.
Al parecer, la tauromaquia está de moda. La
reacción contra el antitaurinismo gubernamental y una idea empresarial que
condimenta esa rebeldía con abonos baratos y verbena para el postpartido
conduce al no hay billetes cotidiano, a la degeneración del rito hasta su
conversión en mera excusa para la celebración permanente. El nuevo público de
aluvión ha desterrado aquellos olés legendarios de las Ventas, enronquecidos
por la conmoción de la verdad revelada en la lidia del toro íntegro,
transmutados ahora en voces atipladas que corean la nada casi siempre.

Esa antigua emoción compareció en escasas
ocasiones en la feria. La conjunción entre el toro de respeto y un diestro
poderoso capaz de allegar la técnica y el valor necesarios para elevar el duelo
a la categoría de arte no alcanzó su plenitud hasta el final, cuando Román
explicó a quien quisiera entenderlo la diferencia entre dominar un toro
encastado imponiéndose a su pujanza desde el primer muletazo y el mero acompañamiento
por las afueras propuesto por sus compañeros de terna en la corrida de
Victorino. Por el contrario, Román barrió toda esa impostura con la escoba de
su condición de conocedor de los gustos de la afición de Madrid, proponiendo el
cite en la distancia que ya no se practica y el valor sin cuento en el sitio
donde los toros se entregan, con las herramientas del compás firme sin perder
la posición, buscando al toro en su terreno como ya había hecho cortando una
oreja de ley a un toro de Mayalde al comienzo del serial. La faena a su primer
Victorino tuvo la imperfección y los altibajos de la construcción improvisada
con materiales inciertos pero se elevó definitivamente hacia el gran
acontecimiento con una estocada en los medios dando todas las ventajas al toro,
recibiendo la embestida contra la querencia a chiqueros, aguantando a pie firme
hasta enterrar el acero en la eternidad de un triunfo que después ninguneó el
jurado oficial.

Es posible que ese público que ovaciona
por igual la verdad y la mentira, acabe aprendiendo a distinguirlas, aunque los
indicios no son abundantes. No sucedió, por ejemplo, el día del patrón, cuando
premió con la puerta grande las maneras populistas de Fernando Adrián encadenando
circulares acelerados por los alrededores del tedio, una sucesión de
vulgaridades que contrastaba con la hondura de Fortes esa misma tarde, muy
puro, natural y sin aspavientos, que dio algunos muletazos extraordinarios saludados
con parecida consideración que los trapazos de Adrián. Otro tanto sucedió en la
interesante corrida de Alcurrucén, donde la seriedad y ortodoxia de Fortes cala
a medias en los tendidos, en una propuesta en las antípodas de David de
Miranda, que no domina al toro en momento alguno, conformándose con el
acompañamiento de la embestida desde el efectismo de la quietud.
La configuración de la feria con el fondo
de armario de toreros adocenados como Manzanares, Perera y Luque, y otros que
están a un paso de ingresar en esa categoría como De Justo y Rufo, ofrece
tardes en las que es difícil abandonar el sofá de casa para acudir a sufrir
sobre la piedra. Cuando se sucumbe a la tentación de la comodidad y a pesar de
todo se echa un vistazo a la retransmisión televisiva, resulta imposible seguir
la corrida debido a la adulteración que surge de las imágenes paridas por un tiro
de cámara casi a ras de suelo que enaltece la belleza del combate, a costa del
conocimiento sobre la colocación de los intervinientes en el mismo, esa
geometría de la autenticidad que sólo la plaza ofrece sin intermediarios. La influencia
de “Tarde de toros” de Vajda y “Tardes de soledad” de Serra, permanece en esta
estética basada en el primer plano y el sonido entre barreras que apaga los
ecos del tendido, hasta que llega el momento de la sangre y las cámaras eluden
la truculencia inevitable en la muerte del animal.
Urdiales triunfó en la tele y en la plaza
pero en nuestra memoria los despojos que obtuvo de los toros que sorteó en la
corrida de la prensa palidecían ante el recuerdo del otoño del dieciocho,
aquella majestad sólo estuvo presente en un quite a la verónica, en su empaque
acostumbrado y en dos estocadas en la yema que quizá valieran la salida a
hombros por sí solas. Al triunfo crepuscular al borde de los treinta años de
alternativa se apuntó también Antonio Ferrera, que sólo por anunciarse en la
feria con los Albaserradas de Adolfo y los Pablo Romero de Partido de Resina
merece un respeto. A su segundo toro de Adolfo Martín le fue cosiendo una faena
insospechada, pura inspiración y torería, pasándolo por ambos pitones con la
muleta airosa manejada sin el estoque de ayuda, que entonces no era el gesto
sin fondo de tantas tardes sino el medio necesario para alcanzar mayor belleza
en el sitio exacto donde se halla tanta verdad como en un discurso del Papa en
el Congreso. Hasta el cite en la larga distancia para entrar a matar parecía
adecuado a la bravura de Mentiroso, al que aguanta mucho antes de dejar un
pinchazo arriba y una gran estocada de las que no precisan puntilla. Tras la
promesa de la puerta grande que le ofrecía el que mata por la cogida de Ureña,
vuelve el histrión, el Ferrera protagonista del espectáculo circense de la
lidia total desde los capotazos de recibo con el cortinaje de seda azul, al
numerito del caballista de rodeo con puntería desigual, que descabalga poseído
como si fuera a tirarse por el viaducto para quitar por chicuelinas arrebatadas
y una serpentina para las fotos. Con la muleta la faena baja en calidad con
muchos pases, alguno bueno, sin la unidad ni la enjundia necesaria para
recuperar el tono de su anterior trasteo. En la suerte suprema, repite la
estrategia de la muleta al hombro y la búsqueda de distancia como un Raphael
del toreo que parece encontrarse más cómodo en la excentricidad que en la
pureza.

Los triunfadores reales de la feria son la
cuenta corriente de Iván García y el bolsillo de Victoriano del Río. El primero
ha lidiado con exactitud y banderilleado con brillantez en todas las tardes que
ha intervenido a las órdenes de matadores cuyo único aliciente era llevarlo en
la cuadrilla. El ganadero ha facturado un total de dieciséis toros entre San
Isidro y las corridas extraordinarias. Con tantos boletos en la competición, el
premio al toro más bravo no podía ser sino para Cantaor, animal de incansable
embestida, de encastada boyantía en la muleta y paso olvidable por los primeros
tercios, excepto en dos pares excelsos de José Chacón. El toro le tocó a
Castella para recuperar su tradicional buena fortuna en los sorteos y su faena
fue la perfecta síntesis del estilo del francés, compendio del toreo moderno, con
su apertura por pases cambiados por la espalda y su colofón de bernardinas encadenadas,
dejando en lo mollar una sucesión de muletazos despegados, de irreprochable
templanza pero ayunos de gracia, con el toro siguiendo el engaño como un óptimo
colaborador entre el clamor de la gente. Una estocada defectuosa y el fallo con
el descabello frustró el enésimo triunfo lo cual no impidió que un torero con
seis puertas grandes en las Ventas y veinticinco años de alternativa renunciara
al premio de consolación de la vuelta al ruedo.
Por su parte los epígonos de Morante
siguen sin acreditar el tratamiento privilegiado que la empresa les otorga
concediéndoles cinco tardes en el abono sin argumentos reales que sostengan esa
expectación que les precede. Juan Ortega fracasó de nuevo tirando líneas sin
alma, huyendo del compromiso como un novio a la fuga y Pablo Aguado amagó en
sus tres tardes con algunos lances y muletazos aislados que nunca consiguió
reunir en un proyecto serio de faena antes del habitual sainete con la espada, que
en la corrida más impresentable de la feria, una vez más la del Puerto de San
Lorenzo, le llevó a escuchar los tres avisos. A nadie parece ya importarle que las
faenas se prolonguen habitualmente hasta que suene el primer aviso antes de
entrar a matar, costumbre tributaria de la falta de casta del toro dócil que
admite el pegapasismo sin fin de los diestros sin personalidad, que no son
capaces de decir en treinta pases el mensaje que traen a la plaza.
El coso de las Ventas es a veces un cine
de barrio en el que un día echan una comedia romántica y al día siguiente una
de miedo. En el ciclo del terror, asistimos a las peores entradas de la feria, contemplar
una de Saltillo o de Escolar puede hacer que se te atraganten las palomitas. Sin
embargo, toreros como José Carlos Venegas, Damián Castaño o Gómez del Pilar logran
insertar destellos de clase entre las cuchilladas de la casta, y entonces la peli
puede pasar por tolerada. La figura de Castaño, intentando oponer sus maneras
artísticas a las aviesas intenciones de su lote es de un patetismo conmovedor a
pesar de que no acabe nunca de encerrar en su muletilla el vendaval de casta
que se le viene encima, en faenas de esfuerzo tremendo que ineludiblemente finalizan
con el fallo a espadas y el paseo de la frustración en la vuelta al ruedo. La
de Pedraza de Yeltes vuelve a regar Madrid con el manantial de la bravura sin
que salga ninguno que llegue a la excelencia de Brigadier. La tarde es de
Jarocho que revisita la imagen de Pepe Luis mostrando el cartucho de pescao a aquel
torazo de Miura. Daba gloria ver el compromiso del torero ofreciendo su figura
menuda a la fiera embestida en naturales sin trampa en su bella fragilidad. Pero
no fue la única corrida de Domecq con problemas. La segunda juampedrada
escondida en la última semana de feria se convirtió en película de reestreno, serie
b para modestos, si naciste “pa” martillo del cielo te caen los clavos, tornillos
para Clemente, su exposición de valor y dominio en el sitio donde los toros
cogen terminó en una cogida feísima con sensación de tragedia donde sólo había
fractura ósea.
Hacía mucho tiempo que no venía a Madrid
un novillero como Álvaro Serrano, triunfador en su tarde a golpe cantado,
torero variadísimo con el capote y con pellizco en el toreo fundamental que
practica en el sitio a despecho de la condición del toro o del viento, siendo
deseable que mantenga la frescura y clarividencia para pensar en la cara del
toro desde el concepto de pureza que el tiempo y los intereses taurinos
malbaratan a menudo. También consiguieron la salida a hombros novilleril Julio
Norte y Julio Méndez con un concepto arrollador pero más populista, menos
comprometido que el camino de ortodoxia que aportaron a los martes de feria,
chavales como Emiliano Osornio y Mario Vilau, que cambió el triunfo por el hule
de la enfermería.

Cada vez nos duran menos las novedades que
irrumpen en las Ventas renovando la esperanza en el toreo que hace de la lidia
un arte único. El último ejemplo decepcionante es el de Borja Jiménez, a quien
sus mentores deben querer bastante mal. De lo contrario no se explica que le
prepararan una encerrona al final de la feria en la corrida dedicada a Ignacio
Sánchez Mejías nadie sabe por qué, sin acto alguno que escenificara ese
homenaje, un año antes del centenario que justificaría su reivindicación junto
a la generación que lo hizo inmortal. Ese despropósito se traslada también a la
corrida, limpieza de corrales que habrá aliviado los cercados de Victoriano y
Garcigrande para que al final el toro más a modo para el triunfo fuera un
sobrero de El Torero que da vueltas sin cesar siguiendo la muleta de Borja,
definitivamente embaucado por las ovaciones fáciles que acompañan el destoreo
más insustancial. La corrida transcurre como la crónica de un fiasco anunciado,
un torero sin variedad capotera y tan desigual con la espada debería huir de
estos compromisos por más que los palmeros de su entorno le engañen sobre su
capacidad.

En la mano izquierda de Víctor Hernández reside
desde el año pasado una vía abierta a la regeneración que no acaba de
concretarse. No le favorece la emulación continua de José Tomás, porque es
difícil llegar a esa excelencia desde los detalles accesorios. Copiar la paleta
cromática de sus vestidos y la forma hipnótica de captar la atención desde que
se echaba el capote a la espalda en el primer quite disponible, no conduce más
que a la melancolía. El desprecio por el cuerpo que le hace cobrar las
espeluznantes volteretas que sufre a menudo también le acercan al de Galapagar,
pero cada vez se va alejando más del sitio que ambos pisaban, acaso porque la
influencia de Abellán le haya cortado las alas antes de tiempo. Bajo la lluvia
benéfica de una Beneficencia que ya no es, dejó escapar el lote de la
consagración, dos estimables faenas al natural desde el medio sitio necesario
para funcionar, dos figuras de escolta consintiendo su salida a hombros y la
épica del agua bruñendo las fotografías. Dos espadazos infames arruinaron la
ensoñación. Seguiremos esperando.
