martes, 16 de junio de 2026

SAN ISIDRO 2026: LA FERIA SIN EMOCIÓN



El nueve de mayo de dos mil veinticinco, Alejandro Talavante consigue su sexta puerta grande en las Ventas cortando dos orejas a un toro de Victoriano del Río, de nombre Misterio, 568 kilos, negro, ovacionado en el arrastre, con Juan Ortega de testigo, en la tarde que abría el ciclo, organizada para la confirmación de alternativa del diestro francés, Clemente. El ocho de mayo de dos mil veintiséis, centésimo trigésimo primer aniversario del nacimiento de Gallito y quincuagésimo nono de quien esto escribe, Alejandro Talavante abre la puerta grande de Madrid por séptima vez, cortando dos orejas a un toro de Núñez del Cuvillo, Ganador, 552 kilos, colorado chorreado en verdugo, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre, con Juan Ortega de testigo, en la corrida que inauguraba la feria, donde confirmó su alternativa, Tristán Barroso. 


Es necesario revisar las notas de hace un año y de hace un mes para rescatar del fondo de la memoria este “deja vú” diseñado para que el torero apoderado por la empresa acapare los premios oficiales de la feria. Dos triunfos perfectamente intercambiables, absolutamente prescindibles, carnaza para la estadística ful del toreo de este tiempo, en donde un trasteo superficial de bisutería preciosista es saludado por el éxtasis colectivo como si fuera oro molido, con la colaboración del palco que remata el desaguisado concediendo la vuelta al ruedo para glorificar un toro manufacturado para embestir sin pausa a la muleta, después de haber atravesado inédito los dos primeros tercios. En la apoteosis del toreo moderno, la única nota perdurable es la algarabía final de la invasión del ruedo por la chavalería que a bordo del botellón que organizan en su abono todas las tardes, traslada a la fiesta su entusiasmo tal vez por lo que acaba de sentir, acaso por la oportunidad de mostrarse en la vitrina de la enésima salida espuria por la puerta grande de Madrid.


La septuagésimo octava Feria de San Isidro se anunciaba en los carteles a través de la efigie melancólica de Roca Rey, sólo una tarde en el abono. Una apuesta de mínimos para cumplir con el trago de Madrid, la Beneficencia allá a lo lejos como estrambote precocinado para los presuntos triunfadores. El estado de orfandad en el que Morante había dejado a la fiesta antes de la retirada más corta de la historia hacía esperar del peruano una propuesta con mayor ambición a propósito de la competencia por el cetro del toreo. Finalmente, su principal aportación al acervo de la primavera venteña fue la previsible ración de rodillazos que instrumentó en seco y en mojado, demostrando su adaptación a todos los terrenos.


Al parecer, la tauromaquia está de moda. La reacción contra el antitaurinismo gubernamental y una idea empresarial que condimenta esa rebeldía con abonos baratos y verbena para el postpartido conduce al no hay billetes cotidiano, a la degeneración del rito hasta su conversión en mera excusa para la celebración permanente. El nuevo público de aluvión ha desterrado aquellos olés legendarios de las Ventas, enronquecidos por la conmoción de la verdad revelada en la lidia del toro íntegro, transmutados ahora en voces atipladas que corean la nada casi siempre.



Esa antigua emoción compareció en escasas ocasiones en la feria. La conjunción entre el toro de respeto y un diestro poderoso capaz de allegar la técnica y el valor necesarios para elevar el duelo a la categoría de arte no alcanzó su plenitud hasta el final, cuando Román explicó a quien quisiera entenderlo la diferencia entre dominar un toro encastado imponiéndose a su pujanza desde el primer muletazo y el mero acompañamiento por las afueras propuesto por sus compañeros de terna en la corrida de Victorino. Por el contrario, Román barrió toda esa impostura con la escoba de su condición de conocedor de los gustos de la afición de Madrid, proponiendo el cite en la distancia que ya no se practica y el valor sin cuento en el sitio donde los toros se entregan, con las herramientas del compás firme sin perder la posición, buscando al toro en su terreno como ya había hecho cortando una oreja de ley a un toro de Mayalde al comienzo del serial. La faena a su primer Victorino tuvo la imperfección y los altibajos de la construcción improvisada con materiales inciertos pero se elevó definitivamente hacia el gran acontecimiento con una estocada en los medios dando todas las ventajas al toro, recibiendo la embestida contra la querencia a chiqueros, aguantando a pie firme hasta enterrar el acero en la eternidad de un triunfo que después ninguneó el jurado oficial.


Es posible que ese público que ovaciona por igual la verdad y la mentira, acabe aprendiendo a distinguirlas, aunque los indicios no son abundantes. No sucedió, por ejemplo, el día del patrón, cuando premió con la puerta grande las maneras populistas de Fernando Adrián encadenando circulares acelerados por los alrededores del tedio, una sucesión de vulgaridades que contrastaba con la hondura de Fortes esa misma tarde, muy puro, natural y sin aspavientos, que dio algunos muletazos extraordinarios saludados con parecida consideración que los trapazos de Adrián. Otro tanto sucedió en la interesante corrida de Alcurrucén, donde la seriedad y ortodoxia de Fortes cala a medias en los tendidos, en una propuesta en las antípodas de David de Miranda, que no domina al toro en momento alguno, conformándose con el acompañamiento de la embestida desde el efectismo de la quietud.

 

La configuración de la feria con el fondo de armario de toreros adocenados como Manzanares, Perera y Luque, y otros que están a un paso de ingresar en esa categoría como De Justo y Rufo, ofrece tardes en las que es difícil abandonar el sofá de casa para acudir a sufrir sobre la piedra. Cuando se sucumbe a la tentación de la comodidad y a pesar de todo se echa un vistazo a la retransmisión televisiva, resulta imposible seguir la corrida debido a la adulteración que surge de las imágenes paridas por un tiro de cámara casi a ras de suelo que enaltece la belleza del combate, a costa del conocimiento sobre la colocación de los intervinientes en el mismo, esa geometría de la autenticidad que sólo la plaza ofrece sin intermediarios. La influencia de “Tarde de toros” de Vajda y “Tardes de soledad” de Serra, permanece en esta estética basada en el primer plano y el sonido entre barreras que apaga los ecos del tendido, hasta que llega el momento de la sangre y las cámaras eluden la truculencia inevitable en la muerte del animal.

 

Urdiales triunfó en la tele y en la plaza pero en nuestra memoria los despojos que obtuvo de los toros que sorteó en la corrida de la prensa palidecían ante el recuerdo del otoño del dieciocho, aquella majestad sólo estuvo presente en un quite a la verónica, en su empaque acostumbrado y en dos estocadas en la yema que quizá valieran la salida a hombros por sí solas. Al triunfo crepuscular al borde de los treinta años de alternativa se apuntó también Antonio Ferrera, que sólo por anunciarse en la feria con los Albaserradas de Adolfo y los Pablo Romero de Partido de Resina merece un respeto. A su segundo toro de Adolfo Martín le fue cosiendo una faena insospechada, pura inspiración y torería, pasándolo por ambos pitones con la muleta airosa manejada sin el estoque de ayuda, que entonces no era el gesto sin fondo de tantas tardes sino el medio necesario para alcanzar mayor belleza en el sitio exacto donde se halla tanta verdad como en un discurso del Papa en el Congreso. Hasta el cite en la larga distancia para entrar a matar parecía adecuado a la bravura de Mentiroso, al que aguanta mucho antes de dejar un pinchazo arriba y una gran estocada de las que no precisan puntilla. Tras la promesa de la puerta grande que le ofrecía el que mata por la cogida de Ureña, vuelve el histrión, el Ferrera protagonista del espectáculo circense de la lidia total desde los capotazos de recibo con el cortinaje de seda azul, al numerito del caballista de rodeo con puntería desigual, que descabalga poseído como si fuera a tirarse por el viaducto para quitar por chicuelinas arrebatadas y una serpentina para las fotos. Con la muleta la faena baja en calidad con muchos pases, alguno bueno, sin la unidad ni la enjundia necesaria para recuperar el tono de su anterior trasteo. En la suerte suprema, repite la estrategia de la muleta al hombro y la búsqueda de distancia como un Raphael del toreo que parece encontrarse más cómodo en la excentricidad que en la pureza.

Los triunfadores reales de la feria son la cuenta corriente de Iván García y el bolsillo de Victoriano del Río. El primero ha lidiado con exactitud y banderilleado con brillantez en todas las tardes que ha intervenido a las órdenes de matadores cuyo único aliciente era llevarlo en la cuadrilla. El ganadero ha facturado un total de dieciséis toros entre San Isidro y las corridas extraordinarias. Con tantos boletos en la competición, el premio al toro más bravo no podía ser sino para Cantaor, animal de incansable embestida, de encastada boyantía en la muleta y paso olvidable por los primeros tercios, excepto en dos pares excelsos de José Chacón. El toro le tocó a Castella para recuperar su tradicional buena fortuna en los sorteos y su faena fue la perfecta síntesis del estilo del francés, compendio del toreo moderno, con su apertura por pases cambiados por la espalda y su colofón de bernardinas encadenadas, dejando en lo mollar una sucesión de muletazos despegados, de irreprochable templanza pero ayunos de gracia, con el toro siguiendo el engaño como un óptimo colaborador entre el clamor de la gente. Una estocada defectuosa y el fallo con el descabello frustró el enésimo triunfo lo cual no impidió que un torero con seis puertas grandes en las Ventas y veinticinco años de alternativa renunciara al premio de consolación de la vuelta al ruedo.

Por su parte los epígonos de Morante siguen sin acreditar el tratamiento privilegiado que la empresa les otorga concediéndoles cinco tardes en el abono sin argumentos reales que sostengan esa expectación que les precede. Juan Ortega fracasó de nuevo tirando líneas sin alma, huyendo del compromiso como un novio a la fuga y Pablo Aguado amagó en sus tres tardes con algunos lances y muletazos aislados que nunca consiguió reunir en un proyecto serio de faena antes del habitual sainete con la espada, que en la corrida más impresentable de la feria, una vez más la del Puerto de San Lorenzo, le llevó a escuchar los tres avisos. A nadie parece ya importarle que las faenas se prolonguen habitualmente hasta que suene el primer aviso antes de entrar a matar, costumbre tributaria de la falta de casta del toro dócil que admite el pegapasismo sin fin de los diestros sin personalidad, que no son capaces de decir en treinta pases el mensaje que traen a la plaza.

 

El coso de las Ventas es a veces un cine de barrio en el que un día echan una comedia romántica y al día siguiente una de miedo. En el ciclo del terror, asistimos a las peores entradas de la feria, contemplar una de Saltillo o de Escolar puede hacer que se te atraganten las palomitas. Sin embargo, toreros como José Carlos Venegas, Damián Castaño o Gómez del Pilar logran insertar destellos de clase entre las cuchilladas de la casta, y entonces la peli puede pasar por tolerada. La figura de Castaño, intentando oponer sus maneras artísticas a las aviesas intenciones de su lote es de un patetismo conmovedor a pesar de que no acabe nunca de encerrar en su muletilla el vendaval de casta que se le viene encima, en faenas de esfuerzo tremendo que ineludiblemente finalizan con el fallo a espadas y el paseo de la frustración en la vuelta al ruedo. La de Pedraza de Yeltes vuelve a regar Madrid con el manantial de la bravura sin que salga ninguno que llegue a la excelencia de Brigadier. La tarde es de Jarocho que revisita la imagen de Pepe Luis mostrando el cartucho de pescao a aquel torazo de Miura. Daba gloria ver el compromiso del torero ofreciendo su figura menuda a la fiera embestida en naturales sin trampa en su bella fragilidad. Pero no fue la única corrida de Domecq con problemas. La segunda juampedrada escondida en la última semana de feria se convirtió en película de reestreno, serie b para modestos, si naciste “pa” martillo del cielo te caen los clavos, tornillos para Clemente, su exposición de valor y dominio en el sitio donde los toros cogen terminó en una cogida feísima con sensación de tragedia donde sólo había fractura ósea.

 

Hacía mucho tiempo que no venía a Madrid un novillero como Álvaro Serrano, triunfador en su tarde a golpe cantado, torero variadísimo con el capote y con pellizco en el toreo fundamental que practica en el sitio a despecho de la condición del toro o del viento, siendo deseable que mantenga la frescura y clarividencia para pensar en la cara del toro desde el concepto de pureza que el tiempo y los intereses taurinos malbaratan a menudo. También consiguieron la salida a hombros novilleril Julio Norte y Julio Méndez con un concepto arrollador pero más populista, menos comprometido que el camino de ortodoxia que aportaron a los martes de feria, chavales como Emiliano Osornio y Mario Vilau, que cambió el triunfo por el hule de la enfermería.


Cada vez nos duran menos las novedades que irrumpen en las Ventas renovando la esperanza en el toreo que hace de la lidia un arte único. El último ejemplo decepcionante es el de Borja Jiménez, a quien sus mentores deben querer bastante mal. De lo contrario no se explica que le prepararan una encerrona al final de la feria en la corrida dedicada a Ignacio Sánchez Mejías nadie sabe por qué, sin acto alguno que escenificara ese homenaje, un año antes del centenario que justificaría su reivindicación junto a la generación que lo hizo inmortal. Ese despropósito se traslada también a la corrida, limpieza de corrales que habrá aliviado los cercados de Victoriano y Garcigrande para que al final el toro más a modo para el triunfo fuera un sobrero de El Torero que da vueltas sin cesar siguiendo la muleta de Borja, definitivamente embaucado por las ovaciones fáciles que acompañan el destoreo más insustancial. La corrida transcurre como la crónica de un fiasco anunciado, un torero sin variedad capotera y tan desigual con la espada debería huir de estos compromisos por más que los palmeros de su entorno le engañen sobre su capacidad.

En la mano izquierda de Víctor Hernández reside desde el año pasado una vía abierta a la regeneración que no acaba de concretarse. No le favorece la emulación continua de José Tomás, porque es difícil llegar a esa excelencia desde los detalles accesorios. Copiar la paleta cromática de sus vestidos y la forma hipnótica de captar la atención desde que se echaba el capote a la espalda en el primer quite disponible, no conduce más que a la melancolía. El desprecio por el cuerpo que le hace cobrar las espeluznantes volteretas que sufre a menudo también le acercan al de Galapagar, pero cada vez se va alejando más del sitio que ambos pisaban, acaso porque la influencia de Abellán le haya cortado las alas antes de tiempo. Bajo la lluvia benéfica de una Beneficencia que ya no es, dejó escapar el lote de la consagración, dos estimables faenas al natural desde el medio sitio necesario para funcionar, dos figuras de escolta consintiendo su salida a hombros y la épica del agua bruñendo las fotografías. Dos espadazos infames arruinaron la ensoñación. Seguiremos esperando.









viernes, 29 de mayo de 2026

EL MILAGRO DE LA FUENSANTA



El fútbol es la cosa más importante entre las cosas menos importantes. Al parecer, no fue Groucho Marx sino Jorge Valdano quien acuñó la definición más cercana posible al inefable sortilegio de este juego extraño capaz de convertir una tarde gris en una noche radiante si gana tu equipo, cuando parece que la vida se ordena y el mundo coincide por fin con uno mismo. Debe ser porque el fútbol nos conecta inmediatamente con el territorio de la infancia, en donde todavía podíamos soñar con un futuro de felicidad segura en torno a realidades sencillas como dar patadas a un balón creyendo que un día llegaríamos a saltar más alto que Santillana. Si la quimera se representaba a la luz de las farolas de la plaza de tu barrio una noche interminable de verano, el objetivo se volvía tan natural como el gol que acababas de meter en la portería imaginada en un banco de pino verde. 

Las ensoñaciones de la niñez permanecen en la edad adulta. Tal vez por eso, asistimos cotidianamente al espectáculo de contemplar a gente de criterio acreditado, buenas personas y trabajadores eficientes acostumbrados a guiarse por el sentido común en sus asuntos, negar la evidencia de un penalti clamoroso o dudar de la línea científica de un fuera de juego si el perjudicado por la decisión arbitral es el equipo de sus amores, hasta el punto de ser capaces de espetar al interlocutor estupefacto: ¿a quién vas a creer, a mí o a tus propios ojos? El gag de “Sopa de ganso” es lo único que le faltó interpretar a Florentino en la rueda de prensa que paralizó al país con un delirante ejercicio de forofismo extremo perfectamente compatible con su faceta de alto directivo de una boyante empresa del Ibex 35.

El fútbol es un oasis casi al margen de la legalidad. En el rectángulo verde se permiten injurias, se consienten lesiones, la trampa es elogiada y el fingimiento tiene premio. Algunos ilusos creyeron que el VAR corregiría la mentira como si las cámaras no las manejaran seres humanos. El fútbol de patio en el que triunfaban los más listos se renueva en cada partido y reaparece lo mismo en tercera regional que en un encuentro del mundial, como aquél donde convivieron el mejor gol de la historia y otro cobrado con la mano. La mezcla entre excelencia y corrupción es tan consustancial a este deporte que hasta el mejor Barça de todos los tiempos necesitó pagar durante diecisiete años al vicepresidente de los árbitros para que el madridismo sociológico no agostara tanta belleza.

La fascinación por el fútbol trasciende a las clases sociales, las edades y los géneros y su universalidad no conoce límites, hasta tal punto que se han avistado indígenas de tribus recónditas cuya única indumentaria era una camiseta del Betis. Se cuenta incluso que una ciudad tan desmovilizada como la nuestra que transige habitualmente con el abandono que le procuran las distintas administraciones, sin especiales manifestaciones de desagrado en forma de protesta masiva o cívica concentración, llenará un recinto deportivo con siete mil espectadores para animar a la Balompédica camino del ascenso a la tercera categoría del fútbol nacional. Los que crecimos con el Conquense de Abarca y Servi, Félix y Arguisuelas, Hortelano y Caparrós, seguíamos viniendo al campo para sacudirnos la tristeza de los domingos por la tarde agarrados a la nostalgia de aquel balompié sobre tierra al que acudíamos de niños imaginando a Iríbar en Ramón. Hemos atravesado los inviernos con el hospital a la espalda, en una butaca de un tren de quinta con vistas al patatal en que los conciertos de feria convertían el pasto, agazapados en la tribuna junto a otros quinientos semejantes, esperando que se nos apareciera un regate de vértigo entre la dictadura táctica horizontal.  

Hasta que esta temporada una empresa foránea, tormentosa de ideas, inversión e ilusiones, se fijó en este rincón de la España vacía y convirtió la calabaza en lujosa carroza con tienda de merchandising y community manager, food truck con hamburguesas y cerveza barata, atracciones para niños y palcos VIP. Sobre la alfombra perfecta que ahora es el césped, el juego es aceptable, el esfuerzo irreprochable y hasta tenemos ultras dentro de un orden que enardecen al resto de aficionados habituados a la costumbre de la resignación. El ascenso llegará o se esfumará como un sueño en blanco y negro pero nadie nos quitará el placer de este año histórico en el que creímos en la victoria contemplando los atardeceres dorados en el perfil del casco antiguo que se divisa sobre la grada este. ¡Nos vemos en la Fuensanta!



sábado, 28 de marzo de 2026

LOS DOMINGOS


De vez en cuando, se estrena una película que trasciende los límites de su contexto para elevarse por encima del entorno de su propio creador. Entre la barahúnda habitual de los Goya, con su guirigay anual de proclamas, tedio y ovaciones, brilló la pureza de “Los domingos”, en la que Alauda Ruiz de Azúa filma en estado de gracia la extraordinaria aventura de una adolescente atraída por la vida monacal. La directora parecía pedir perdón desde el estrado, por atreverse a narrar ese prodigio con una neutralidad extraña a la perspectiva del intelectual canónico, a quien su credo anticlerical exige renegar de la Iglesia, incluso contra el mensaje de la obra artística a cuya grandeza ha contribuido. 

Cuando se estrenó la película en las salas, su éxito se inscribió dentro de un supuesto resurgimiento de la espiritualidad en la escena española que encontró en la luz de Rosalía, una deliciosa confirmación. En la industria musical que disemina canciones como islas perdidas en el archipiélago de Spotify, la cantante catalana impugna la mediocridad conocida de "shakiras" y "badbunnys" para regalarnos un disco conceptual entregado a un misticismo a contratiempo que dice haberla salvado del psicólogo a través del rezo y el celibato, con unas gotitas de "Sauvignon blanc" como antídoto contra las perlas del desamor. Su perfil de novicia en la portada del disco parecía el cartel de la secuela de “Los domingos” imitando el rostro iluminado de la aspirante a monja que busca en el convento un espacio de dicha frente a las banalidades mundanas de amigas sin fuste y novietes insustanciales, contra la lógica oposición de una familia en declive.

El resplandor de “Los domingos” se impuso al nihilismo de “Sirat” en el forcejeo de los premios, pero ambas son dos obras extraordinarias, intercambiables incluso. Dos formas de narrar la huida del mundo, dos maneras de no encajar en el entorno que confluyen en el silencio del retiro o en la desolación del desierto, la música de un salmo nunca estuvo tan cerca del fragor de una “rave”. Una extraña paz al final del camino, un puente hacia la nada para dimitir de los afanes cotidianos, con la muerte al fondo determinando dos historias sin retorno que buscan respuestas para la vida. 

La eclosión de la primavera sacude a España en manifestaciones festivas de pretexto religioso que bajo su primer plenilunio llenan las aceras de fervor y botellines. El laicismo imperante convive con la pulsión turística por donde late un vago sentimiento de trascendencia que después no suele confirmarse en la liturgia de los domingos. Entre el temblor de los Ramos y el encuentro de la Resurrección, asistiremos a la fusión del rito con la tradición, la curiosidad por la belleza convoca más almas que el mensaje de redención que surge de nuestras tallas. No es poca cosa encontrar en la pasión representada en el calvario de cada calle, una tregua de esperanza para escapar del abatimiento que se adivina en el futuro. La guerra permanente se encadena al pensamiento como método óptimo de resolución de conflictos, la precariedad se enseñorea del marasmo económico que envenena el porvenir de nuestros hijos. El Estado que desprotegió a una joven en sus instituciones de acogida, marco insólito de su violación múltiple, y se desentendió de su salud mental tras un intento de suicidio, ha terminado con sus problemas procurándole una inyección letal. A las puertas de la Semana Santa su espíritu descansó al fin, la ley de cumplió y la maquinaria administrativa se lavó las manos tras un proceso de escarnio público con la música de fondo de las televisiones. 




miércoles, 18 de febrero de 2026

EL TREN DE LA PRISA



Vivimos acelerados. La sociedad actual nos induce a la costumbre de la inmediatez. Todo tiene que ser antes y aceptamos esa premura aunque se imponga a la excelencia, igual que nos conformamos con la olla rápida frente a la sabiduría del fuego lento. La vida pasa inadvertida a nuestro lado mientras nos ocupamos de lo urgente que sólo a veces suele coincidir con lo importante.

 

El sueño del Ave llegó a nuestras vidas como un juguete de nuevo rico, el placebo de la felicidad depositado en la fortuna de cambiar la Cibeles por la Giralda en menos de lo que se tarda en ver una película oscarizable. Antes de que su perfil de ofidio envenenara nuestro ritmo, el tren era el amable contenedor de la aventura de echar el día emulando a Buster Keaton a bordo de la General, imaginando esa epopeya en la vetustez del automotor que albergaba las excursiones juveniles hasta Cuevas de Velasco, donde todavía debe andar nuestra huella en las paredes de su estación abandonada. Un poco antes, la vía que hoy yace sobre el vacío como el esqueleto desolado de un naufragio, era el cordón umbilical que nos retornaba a la madre Cuenca, tras la tarde fecunda donde se había puesto a prueba la audacia de cada cual atravesando sin vértigo el puente de hierro, a saltos sobre las traviesas con vistas al Júcar, como si fuéramos los niños de “Stand by me” pero sin un cadáver escondido entre la fronda. La tierra rojiza que rodeaba el camino imitaba las formas de un “far west” de cercanías, y nos convertía en indios de western adivinando con la oreja sobre el raíl, la inminencia del tren por llegar, del que escapábamos a tiempo para, refugiados contra el talud, disfrutar del estallido de las piedras colocadas a su paso o comprobar después de depositar cuidadosamente una moneda sobre la vía, si las ruedas del convoy habían logrado apisonarla hasta convertirla en fetiche que guardar como un tesoro acuñado por la imprudencia y la imaginación.  

 

En esos parajes de la infancia que llegaron a conocer el Talgo, la aparición del Ave se celebró como un hito que por fin quebraba una política basada en priorizar otros itinerarios para alcanzar el mar y preterir la línea recta que desde Madrid pasaba por Cuenca, hasta convertirla en un trazado lento, yermo y terminal. Como la alegría es efímera en la tierra acostumbrada al olvido, la fortuna de la alta velocidad se fue dilapidando entre una estación fuera de sitio, la depauperación del servicio y el sacrificio de una alternativa convencional que vertebrara la provincia y permitiera convertir la ventaja del trayecto más corto en una posibilidad de desarrollo industrial para el páramo configurado a su alrededor.

  

Antes de la crisis ferroviaria que la tragedia de Adamuz ha precipitado, no sabíamos que la grava que doblaba nuestros tobillos cuando hacíamos equilibrios sobre los raíles se llamaba balasto y que de él depende la estabilidad de la infraestructura cuyo mantenimiento es tan mejorable que ha convertido el tren de la prisa en un homenaje a los viejos tiempos en los que aún se podía saludar a los viandantes desde las ventanillas. En esta España de la mansedumbre que se comporta mejor en la asistencia a la catástrofe que en la exigencia de responsabilidades, parece recomendable volver a aquellos trenes cuyas paradas permitían bajar a tomar un café en la cantina de la estación. Si hemos admitido que nuestros gobernantes saquen pecho de unas cifras macroeconómicas en convivencia con una cuarta parte de la población en riesgo de pobreza, también podemos tolerar la osadía del gestor de la cosa cuando declara que el ferrocarril español se halla en el mejor momento de su historia.


En realidad, el ministro pretende actualizar el marxismo versión Groucho imitando su facundia, por el procedimiento de dar demasiadas explicaciones para que no se entienda nada. Sería conveniente dejar investigar a los expertos en lugar de pedir más madera para alimentar la maquinaria de un convoy en ruinas, y esperar a que las sospechas de negligencia criminal las dirima un juez, en lugar de desmantelar entre todos el prestigio de la joya de la corona de nuestras comunicaciones. La otra opción que nos queda es recuperar las prioridades de aquella época en la que no importaba tanto emplear un día entero en alcanzar nuestro destino, mientras veíamos la vida pasar por el ventanal de un vagón.





miércoles, 14 de enero de 2026

LAS DOS CIUDADES DE CUENCA

 


Cuenca es única pero hay en ella dos ciudades que se contemplan la una a la otra como si pertenecieran a mundos extraños, a planes distintos. La ciudad vieja resplandece sin mucho esfuerzo, como esas bellezas a las que incluso sienta bien un cierto desaliño, las heridas del tiempo conviven en armonía con el esplendor de la naturaleza circundante. La ciudad nueva, en cambio, convalece como un campo de batalla arrasado por la incuria, un solar destartalado en permanente estado de reforma sin que parezca existir nadie capaz de acabar con la sensación general de desaliento. La ensoñación que provoca paladear el casco antiguo termina cuando desde Mangana nos asomamos al caserío que se extiende ante nuestros ojos y divisamos una capital decadente, en donde hasta la iglesia de San Antón, se nos muestra en camisón. Por uno de los costados que se mantiene al descubierto, algún odiador de nuestro patrimonio ha caligrafiado su inmundicia en el delicioso color cámel del templo y el grafiti negruzco aún sigue buscando el operario competente que borre la pintada y desmienta la desidia oficial.

 

Caminamos por el decorado de la infancia contemplando nuestras andanzas por el circuito ajado del Vivero, por el patio sin destino de la Aneja, por el edificio fantasma del viejo hospital y tenemos asumida la pereza de las administraciones en dar contenido a esos despojos del mismo modo que sabemos que el porvenir de nuestros hijos se halla en otro lugar. A pesar de todo, nos sentimos cómodos en nuestro entorno mortecino igual que nos sigue abrigando un jersey deshilachado. De lo contrario, no se entiende la pasividad ciudadana ante el abandono permanente de una tierra doblemente cenicienta, olvidada por la madrastra estatal y agraviada por la madrastra autonómica. Un centralismo redundante que nos intenta consolar con proyectos fantasmas para convertirnos en la disneylandia del vacío, mientras la parte mollar del presupuesto se destina a sostener la opulencia de otros territorios con verdadero peso electoral. Nos esquilma con la misma impunidad Barcelona que Albacete, y hay un sendero de migajas por el que transitamos sin queja alguna, entregados a una suerte de turnismo autóctono en el que el bipartidismo reina complacido y a gusto del personal.  

 

En este escenario de conformismo inveterado en el que el futuro se va posponiendo entre declaraciones y burocracias, ni en la conjunción de administraciones que rige el destino de Cuenca ni en las propuestas de la oposición que para nuestra desgracia espera la poltrona, se advierte una idea de ciudad que se eleve más allá de la confrontación partidista. Podría trazarse una ruta urbanística de la desolación que se iniciaría en una estación sin trenes y terminaría en un mercado sin género. El trayecto incluye un paseo por Carretería, esa calle melancolía para transeúntes del almuerzo, turistas desnortados y prejubilados al sol.

 

Nos queda el consuelo de mudarnos al barrio de la alegría con sólo acogernos a la presencia latente de ese “sky line” magnífico erigido entre las hoces al que a menudo acudimos para que la cotidianeidad que desplegamos por el centro no sea tan penosa. Nuestras autoridades han tenido a bien facilitarnos el ascenso a esa fortuna mediante unos remontes mecánicos cuya primera idea data de 1940. Nunca es tarde. Ea.



martes, 16 de diciembre de 2025

EL BANDERILLERO DE BELMONTE




Contemplando las acciones y omisiones de quienes rigen la cosa pública, uno se acuerda de aquella anécdota del banderillero de Belmonte que tras abandonar su cuadrilla llegó a ser gobernador civil de Huelva después de la guerra. Preguntado el maestro por cómo era posible que su peón hubiera llegado a desempeñar tan alta responsabilidad, el Pasmo de Triana contestó desde su tartamudez proverbial: “pues cómo va a ser, degenerando, degenerando”. La moraleja de la historia puede aplicarse en nuestros días a la actuación del ministro de cultura, pues parece que el titular del ramo planifica la conmemoración del próximo centenario de la generación del veintisiete con la intención de cancelar las referencias a la figura del torero Ignacio Sánchez Mejías, mecenas de la misma. El llanto de Federico por un andaluz tan claro, tan rico de aventura, se reescribe de nuevo en las maneras sectarias del ministro Urtasun, un catalán tan ignaro, tan lleno de impostura, al que su formación diplomática no le impide ser tonto en varios idiomas.

La degeneración política máxima del momento se exhibe cotidianamente en las Cortes, en un proceso de envilecimiento paulatino a través del cual cincuenta años de parlamentarismo han devenido en la paradoja de que el Anguita de esta hora se llama Yolanda y el Demóstenes del hemiciclo resulta que es Rufián. Aquellos duelos entre Suárez y Felipe baleándose con estilo como en un western crepuscular en donde en realidad amanecía la democracia, se han convertido en estas peleas de taberna en que andan enfangadas las sesiones de control, donde Feijóo y Sánchez se echan en cara su pasado entre narcos y burdeles, mientras sus edecanes serviles se acribillan a consignas bajo la complacencia de los independentistas felones y los blaspiñares de Abascal.

De aquellos polvos constitucionales que derivaron en el lodo de una ley electoral injusta, surge la escasa representatividad que la voluntad popular tiene en un parlamento al servicio de la partidocracia de listas cerradas y tributo sin disidencia al líder omnímodo. Ahora que se va a ir cumpliendo medio siglo de todos aquellos hitos de la transición democrática, podemos aprovechar para hacer un recordatorio de la esperanza que entonces parecía habitar en el futuro y enfrentarlo a lo que ahora sólo es hastío y decadencia. La trayectoria del Rey Juan Carlos es el ejemplo perfecto de la distancia infinita entre su decisión clarividente de renunciar a la inercia de la monarquía absoluta y la obscena caricatura en que ha travestido su legado.

La degradación que ha traído la colonización de las instituciones por los partidos, también se ensaña con la justicia. La reciente condena del Fiscal General del Estado ha generado tal cantidad de información sobre la estructura típica del delito de revelación de secretos, que haber estado atento a las tertulias mediáticas sobre la materia puede llegar a convalidarte los dos primeros cursos del grado de Derecho, con licencia para opinar sobre si los magistrados del Supremo han fundamentado correctamente la sentencia. En los chats de whatsapp, los memes futbolísticos han sido sustituidos por sesudos argumentos sobre la suficiencia de la prueba indiciaria para justificar la condena o la legitimidad de la nota informativa de la fiscalía para reproducir contenido confidencial. La mediatización de las altas instancias de la estructura judicial por su control político, convirtió el pronóstico del fallo en una quiniela más fácil de resolver que adivinar el resultado de un partido del Barça, aunque siempre quedará Negreira para cambiar el sesgo en el Constitucional.

A la espera del próximo informe de la UCO sobre la corrupción de todos los hombres del presidente, la pregunta es cuál es la respuesta de la ciudadanía a toda esta inmundicia, en una sociedad en la que siempre ha sido más vergonzante la posición del pardillo que la del estafador y quien más, quien menos, no renunciaría a aprovechar su propio tráfico de influencias, si se le garantizara la impunidad. La degeneración sigue su curso si la alternativa es otra cuadrilla que anda pegando petardos por las plazas de nuestra atribulada piel de toro, consejeros de emergencias que desconocen el funcionamiento de los mecanismos de alerta, responsables sanitarios que priorizan el beneficio económico a la salud de los pacientes, buscavidas insomnes que ven la oportunidad de negocio agazapada en todas las catástrofes. Mientras estábamos confinados y se protocolizaba la muerte en las residencias, cuando la economía española se desplomaba por las simas de la depresión más profunda de Europa, los mangantes aprovechaban el desconcierto para montar su tinglado en los suburbios de la contratación pública. En realidad, no es el turismo. El latrocinio es la primera industria nacional.



martes, 14 de octubre de 2025

EL DÍA QUE ACABÓ EL TOREO



La Feria de Otoño siempre fue una cita especialmente querida en mi memoria de aficionado, la última oportunidad de asistir a la liturgia del toro de Madrid en vísperas de la elipsis invernal. Antes de esta efervescencia reciente que llena las plazas en cualquier momento de la temporada, el otoño madrileño traía a los tendidos ese aire familiar de una feria sin apreturas, sin el ajetreo de la isidrada, un ambiente casi íntimo que permitía al abonado reencontrarse con los viejos amigos de la andanada y disfrutar con la impagable oportunidad de pasar la tarde al amor del bendito fulgor que surgía del ruedo, al abrigo de los atardeceres mágicos de las Ventas que aún esmaltan el cielo madrileño de un color irreal.

El otoño era también una oportunidad más fácil para el adolescente que fui de acceder al templo atrapando como un tesoro escondido en las taquillas de la calle de la Victoria, una de las escasas entradas que dejaba libre el abono masivo que Manolo Chopera recuperó para las Ventas en los años ochenta, de la mano de la conjunción del toro íntegro y el toreo puro que trajo a la época el clasicismo de Antoñete. A través de esa fortuna, uno pudo asistir a tardes históricas como aquélla en que Rafael de Paula se volvió loco ante un sobrero de Martínez Benavides, la resurrección de Curro Romero tras ser cogido al entrar a matar a un toro de Moura para cortar su última oreja en Madrid o el tercio de quites en el que Julio Robles y Ortega Cano sublimaron el toreo de capote, encendiendo en mi aprendizaje del oficio de aficionado una llama alimentada por el toreo según el canon del cite cruzado y la suerte cargada, que caminaba en dirección contraria a la senda por la cual el ojedismo degeneró en las formas de Espartaco que fundaron las bases de la peste juliana del toreo al revés. Ese canon verdadero lo reinstauró Chenel en el lustro increíble de su primera reaparición, lo retomó Rincón ya en los noventa y lo elevó al olimpo José Tomás en las postrimerías del milenio.

Cuarenta años después, el ciclo de la vida nos permite aún conservar el abono y contemplar desde el altozano privilegiado que ocupamos la nueva eclosión de lo taurino con la perplejidad del descreído que pensaba estar asistiendo a la decadencia del rito y vuelve a atisbar para el futuro un posible esplendor que tal vez no sea efímero. En aquellos años míticos, la fiesta se puso de moda sin necesidad de justificarse y hasta un sello de prestigio transversal acompañaba a quienes se acercaban a ella en un momento en el que la sociedad recién salida de la transición aún no había mutado hacia el infantilismo hedonista que ahora intenta abortar el resurgimiento con iniciativas legislativas espurias.  

Y sin embargo, a las siete y media de la tarde del día doce de octubre de dos mil veinticinco, cuando José Antonio Morante Camacho, vestido de Chenel y oro, se dirige a los medios después de recorrer el ruedo en triunfo tras una faena imposible ante el toro Tripulante, número 102, nacido en enero de 2021, un colorao ojo de perdiz de la ganadería de Garcigrande y se lleva las manos a la cabeza para quitarse la castañeta tras el último paseíllo de su vida, en la plaza se extiende una sensación de incredulidad que debe ser parecida a la que sintió el Guerra cuando tras la muerte de Joselito, telegrafió a Rafael el Gallo, el célebre “se acabaron los toros”. Acordándose de la dinastía había recibido Morante a ese toro en el tercio, con un cambio de rodillas instrumentado con el capote, una tijerilla preñada de gracia y sabor añejo en una declaración de intenciones que siguió por verónicas genuflexas antes de un esbozo por chicuelinas y quedó interrumpida por el percance que sufrió en los medios del que salió aparentemente noqueado, esfumándose así la sinfonía de suertes que esperaban a ser reveladas por el capricho de su inspiración. La lidia siguió mientras en un burladero el diestro recomponía su osamenta y recuperaba el equilibrio necesario para afrontar el último baile, la postrera faena que inició sin probaturas, como si tuviera prisa por enseñar a los jóvenes que tomarían el ruedo al final de la corrida, el arte de cortar dos orejas en Madrid con una docena de muletazos en una baldosa al límite del ceñimiento, rematados por un estoconazo en la cruz.

Por entre la fronda confusa de la salida a hombros del cigarrero izado entre empujones como un santo de pueblo, de la invasión de la calle de Alcalá entre las cargas policiales, de la peregrinación al Wellington y la bendición folclórica desde el balcón, debe quedar la importancia de este genio a pesar de sus Chaves Nogales de pega. Salvando las distancias que impone la mística de la nostalgia, Morante ha revolucionado el planeta de los toros en los últimos años al modo de Antoñete en los ochenta, dejando un legado de belleza que debe canalizar a las nuevas generaciones que se acercan a la tauromaquia por el eslabón de la pureza en la forma y la verdad en el fondo. Porque hasta el último día, Morante ha querido enseñar a la afición esa historia del toreo que no se aprende en los vídeos sino en festivales como el que organizó al mediodía, trasladándonos de nuevo a las temporadas gloriosas que se cerraban o abrían con toreros retirados enseñando su magisterio ante nuestras miradas atónitas, como aquél que tuvo lugar en abril del 86 en beneficio de las víctimas del volcán colombiano de Nevado del Ruiz, con el maestro del mechón blanco en el cartel, la tarde en la que el Cordobés chico se tiró de espontáneo en el novillo del padre y Joselito Arroyo empezó a entrar en el corazón de la afición madrileña.

Cincuenta años se han cumplido del adiós de Antonio Bienvenida, pródigo en festivales, cuarenta de la muerte de El Yiyo, a quien escoltó Chenel en Colmenar. Entre el recuerdo de ambos, han colocado una estatua que apenas se parece a nuestra memoria del maestro pero como Dios escribe derecho entre los renglones torcidos, fue la excusa perfecta para que José Antonio Morante imaginara un milagro para la mañana en blanco y negro del día de la Hispanidad. Tantos años ironizando sobre las poses del sevillano como émulo de Gallito y resulta que escondía una devoción por Antoñete capaz de llevarle a organizar un festival de viejas glorias en su homenaje en el que se reservó el animal menos potable del festejo, sólo por regalarnos la foto de su figura unida a un toro blanco de Osborne. 

La efigie a caballo de Pablo Hermoso de Mendoza era el prólogo amable de lo que estaba por llegar, una jornada no apta para nuestros corazones débiles, demasiado acostumbrados a la liturgia vacía a la que asistimos de ordinario. Y es que casi habíamos olvidado la conmoción extraña del toreo eterno, esa sacudida que te levanta de la piedra, enronquece la garganta y te hace sentir ganas de abrazar a tu compañero de abono. El primer aldabonazo lo dio Curro Vázquez en terrenos del cinco a donde ordenó llevar al novillo del que nadie esperaba gran cosa tras haber acosado al diestro un par de veces con el percal. Después de una fase de tanteo, llegó una serie de derechazos de una naturalidad insólita, la despaciosidad enmarcada en la apostura innata del medio pecho exacto. Curro Vázquez o cómo resumir la vida en un trincherazo profundo y un cambio de mano del que sale andando con la torería de los elegidos. Si el festejo hubiera acabado ahí, ya nos hubiéramos dado por satisfechos, pero apareció Frascuelo para demostrar que setenta y siete años no son impedimento para seguir dibujando la media verónica sin moverse del sitio. 

Y después, llegó Rincón. La ovación que le dedicó la cátedra hizo temblar los cimientos de la plaza mientras nos quitaba de los huesos treinta años de encima. Cuando se abrió de capote para recibir a su novillo, parecía no haber transcurrido el tiempo, como si las verónicas con las que pretendía fijar al burriciego fueran las mismas que las de sus cuatro tardes míticas del 91, la primera de ellas precisamente con Curro Vázquez de testigo. Después el novillo acusó su defecto y a punto estuvo de llevárselo por delante hasta que Morante se hizo presente y como amo del cotarro, ordenó al presidente devolver el animal. Esta fiesta tiene cosas que son incomprensibles pues tras el contratiempo salió un sobrero de Garcigrande con ciertas complicaciones pero con la movilidad necesaria para permitirle a César recrear el cite en la distancia, la muleta adelantada, el embroque perfecto, el temple intacto, el pase vaciado detrás de la cadera y la ligazón precisa para hacer de la plaza un manicomio y convertir la mañana en un clamor. 

El festival se convirtió así en una lección didáctica óptima para los miles de jóvenes que acudían al reclamo de Morante, pues Ponce actuó después de César, para explicar la radical diferencia que hay entre lo bonito y lo grandioso. Si a Rincón le correspondió un animal idóneo para desempolvar su concepto, el maestro de Chiva sorteó un novillo feble ante el que revisitó su faceta de torero enfermero al que tantos toros sirvieron a lo largo de su carrera, por el método de aplicarles la medicina del temple, esa otra tauromaquia de acompañamiento superficial y preciosista enfrentada entonces y ahora a la apuesta de Rincón por imponer su sitio al del toro y dominarlo con la receta de la profundidad.

Para nuestra desgracia, el toreo moderno que asola las plazas se acerca más a esa línea menos comprometida que manufactura toreros en las escuelas taurinas. En una de ellas se formó la novillera Olga Casado, que cerró el festival cortando dos orejas por una faena aseada que terminó remedando las poncinas del maestro bajo la mirada aprobatoria de su mentor Abellán. Eran las tres y cuarto cuando abandonábamos la plaza agotados por el cansancio extraño de la emoción verdadera, después de haber asistido a una borrachera de toreo a cargo de cinco maestros con personalidades distintas, cinco inyecciones para anestesiar la orfandad que llegaría por la tarde. 

Es cuestión de tiempo que renovemos la ilusión cuando otro torero surja para recoger el testigo del toreo clásico y nos permita seguir creyendo en las promesas insinuadas en la extraordinaria mano izquierda de Víctor Hernández o en el dominio sin trampa de Román a un Victorino indómito, por el método infalible de pisarle el terreno y aguantar en el sitio donde los toros cogen si no son sometidos por un afán de triunfo superior a la muerte. El trasteo más emocionante del año en las Ventas situó a Román de nuevo a las puertas del triunfo grande pero acostumbrado a jalear la bisutería, el público no pidió la segunda oreja para la joya que acababa de contemplar. Tampoco lo hizo con Fernando Robleño, la conmoción en que estaba sumida la plaza tras el adiós de Morante opacó su despedida y el pinchazo final que precedió a la estocada rebajó los ecos de su gran faena al quinto de Garcigrande, donde pudo mostrar al fin la clase que siempre tuvo, escondida tras veinticinco años de pelea con el toro de respeto. 

Terminaba la temporada sin que nadie recordara la primera puerta grande de la feria, consentida para Emilio de Justo tras una faena simplemente correcta que enalteció su coraje para salir de la enfermería en el sexto toro de la corrida de Victoriano del Río y superar el dolor de sus costillas quebrantadas en el primer acto de la tarde. Alternaba ese día con Borja Jiménez y Tomás Rufo, dos de los diestros que parecían llamados a tomar el relevo tras ilusionar a la afición no hace siquiera dos años. Desde entonces, su propuesta se ha deslizado por el despeñadero de la vulgaridad, siendo deseable que hayan tomado nota del impacto indeleble de los maestros antiguos, de cómo se agotaron las entradas en una hora sólo por verles hacer el paseíllo, de la huella de torería que su última lección magistral ha dejado en nuestra memoria para siempre. Ojalá no tengamos que decir como el padre de Búfalo cuando llevó a su hijo a ver torear a Juncal en el Puerto de Santa María, “¡niño, a ver si te enteras de lo que estás viendo, que lo que estás viendo no lo vas a ver en tu puta vida!”