sábado, 15 de mayo de 2021

EL SIMULACRO

 



Aunque en cada época, para defender su pureza, los cronistas taurinos proclamaron siempre el declive de la fiesta que les tocó vivir, nunca como ahora la tauromaquia está siendo reducida a la condición de simulacro entre el regocijo de sus detractores y la condescendencia de los partidarios. El mal hunde sus raíces mucho tiempo antes de que la pandemia pusiera patas arriba el planeta de los toros. Esa triste decadencia que ya habían traído a la fiesta la creciente docilidad del toro y el planteamiento ventajista del toreo, había convertido el combate atávico entre el hombre y el animal en un espectáculo incruento y banal en la mayoría de las lides, a tono con el infantilismo reinante en una sociedad que tras el virus y el cambio en las costumbres que sin duda traerá, se convertirá en un escenario poco propicio para albergar la grandeza de la lidia de reses bravas.

Llega San Isidro y la plaza de toros más importante del mundo, la que siempre actuó como reducto último de la seriedad del rito, la cátedra del toro íntegro, el aficionado pétreo y el triunfo verdadero, permanece cerrada tras el trampantojo del dos de mayo, la gris pantomima organizada de espaldas al abono de Las Ventas, festejo menor para vestir de oropeles el reclamo electoral. Mientras tanto en Vistalegre, se desarrolla estos días otro simulacro, la isidrada de las figuras instaladas y el toro cómodo, la del cielo abolido y el público ausente, en la que no se distinguen las voces de los ecos y el toreo se asfixia ofreciendo una imagen de oficio terminal.     

En un tiempo en el que ha devenido anacrónico lo que siempre fue natural y la entronización de principios espurios amenaza la pervivencia de este arte único, resulta imperdonable que la lamentable gestión administrativa de los asuntos taurinos no se vea contestada por una iniciativa empresarial valiente que abra Las Ventas de par en par, y apurando los porcentajes de aforo permitido y eludiendo los cachés elevados de las figuras y las ganaderías del monopolio, acartele toreros emergentes con encastes alternativos, liderando la reconstrucción de la ruina como espejo en el que puedan reflejarse el resto de las plazas. Por el contrario, dirigir la mirada al resto de los cosos que marcan la temporada taurina es un viaje sin retorno a la desolación. La feria de abril sevillana se trasladó al incierto territorio de septiembre, en donde sabe Dios cómo estaremos dado que la fiabilidad de Sánchez pronostica la inmunidad de grupo para esas fechas, Valencia ni está ni se la espera, Pamplona suspende San Fermín por segundo año consecutivo y habrá que ponerse en lo peor para afrontar la regeneración del abono de Bilbao en el curso que viene cuando quizá ya no quede nada por rescatar.   

Con estos bueyes hay que arar y tal vez Miguel Abellán se encomendó al santo pensando que, como en el milagro, los bueyes labrarían solos la tierra prometida de la nueva normalidad taurina. En el peor de los momentos, el futuro de la fiesta en Madrid descansa en las peores manos, las de quien ha consentido la ausencia de los toros en Las Ventas durante diecinueve meses mientras se celebraban en la comunidad otros eventos bajo techo y ahora no ha sido capaz de devolver San Isidro a su escenario legítimo, contemplando indiferente cómo su versión espuria se marchita confinada en un polideportivo.

Se nos va la vida en medio de tanta incompetencia, la afición no, porque basta revisitar una película antigua para que el corazón recuerde la costumbre de vibrar cuando en el ruedo venteño se paraba el tiempo y se ponía en escena la lucha entre un animal encastado que puede matar y un hombre que se impone a la fiera embestida exponiendo su vida en el empeño. Dos ferias al limbo sin poder asistir a ese milagro.



viernes, 30 de abril de 2021

NOMADLAND


La ceremonia de los Óscar aparece cada año reponiendo en nuestra mirada el recuerdo adolescente de la expectación pegada a la pantalla, cuando por fin llegaba el conticinio y la madrugada aún no terminaba abruptamente en la jornada laboral. Por aquel entonces, algunos veíamos la última de las películas nominadas la misma noche del acontecimiento y una vez cumplidas nuestras obligaciones cinéfilas, hacíamos la quiniela sobre las páginas satinadas del Fotogramas, en las que el boli bic cristal resbalaba un poco al marcar la cruz en la casilla del mejor actor secundario. Hoy las plataformas nos facilitan la tarea de alcanzar la ceremonia convenientemente informados, ya sin aquella ilusión mitómana por las películas que nos hacía vibrar de indignación si tras la letanía del “the winner is”, la agraciada era “Gandhi” y no “Veredicto final”.

 

Cuarenta años después de aquella fiebre, preferimos encadenar los capítulos de una serie desde la fila cero del sofá, pero de vez en cuando brotan gemas que provocan la emoción de antaño y sobresalen entre el panorama anodino del cine actual. La de este año es “Nomadland”, película cuya nominación hubiera sido imposible en ese futuro de diversidad en el que la Academia de Hollywood impedirá que opten a los premios las cintas que no cuenten con un protagonista perteneciente a una minoría racial. El desarraigado “casting” de nómadas blancos de la América profunda cuya felicidad reside en una furgoneta, hubiera debido incluir un treinta por ciento de etnias alternativas para ver premiada la labor de su directora Chloé Zhao, de origen chino, la segunda mujer en la historia que gana en esa categoría.

 

“Nomadland” es el arte de reinventar la poesía filmando actividades tan prosaicas como la recogida de la remolacha. Las historias de los desheredados de la crisis económica de 2008 encuentran en la escritura minimalista de Zhao el tono exacto de su propuesta vital, la elusión de lo superfluo, el elogio de la frugalidad, convirtiendo la necesidad de vivir en una economía de subsistencia en una elección compatible con la alegría. En las costuras más injustas del capitalismo también habita la redención del hombre solo, si te acostumbras a dormir sin echar de menos un colchón mullido, un cuerpo al costado y sabes dimitir de la dictadura de la sociedad de consumo.


En este caso, el hombre solo es una mujer, Fern, inolvidable Frances McDormand, cuyo rostro es un lienzo capaz de contarnos las heridas del pasado sin un gesto de más. Frente a las opciones de vida convencional que se le ofrecen en el camino, Fern escoge el estoicismo agreste de la libertad, el sentido telúrico de la existencia y el abrigo de la naturaleza para enfrentar la senda sin miedo, porque no puede haberlo cuando se ha perdido casi todo y tu principal problema es encontrar un sitio en el mundo donde aparcar.

 

Esta “road movie” con hechuras de “western” sin malos, no necesita enfatizar su mensaje contra la explotación laboral que ejercen las grandes corporaciones para hacerse entender. Los nómadas que la protagonizan son en la mayoría de los casos, personajes reales que representan al millón de personas que en Estados Unidos ya no persigue las uvas de la ira y vive en casas rodantes, transitando el reverso del sueño americano, ése en el que la Navidad se celebra cenando una hamburguesa en un camping de Amazon en el que no es probable la aparición de Santa Claus.

 

Como el soneto dieciocho de Shakespeare que recita Fern ante un joven perdido, “Nomadland” está destinada a perdurar y con ella, la historia de estas gentes sin casa pero no sin hogar, cuya vida está llena a despecho del frío y de las ruedas pinchadas, la intemperie cubierta por la amabilidad de los extraños, la soledad buscada esculpida en plano secuencia. Una filosofía especialmente valiosa para estos tiempos pandémicos en el que nadie está exento de salir malherido de las incertidumbres del destino. Nos vemos en el camino.



martes, 20 de abril de 2021

MIGAJAS EN EL PARQUE

Con motivo del bicentenario del Prado, nuestras autoridades inauguraron recientemente una exposición de las obras maestras de la pinacoteca en el Parque de San Julián. A lo largo de su ala norte, se disponen en paneles del mismo tamaño, fotografías a escala real de los cuadros más famosos del museo, casi todos de un gran formato que excede de la medida del panel, de tal manera que sólo se ofrecen los detalles centrales del cuadro y a veces reproducciones mutiladas, convirtiendo el montaje en un quiero y no puedo impropio de uno de los museos más importantes del mundo que en lugar de repartir por la geografía nacional el exceso de obra que tiene almacenada entre sus fondos, se ha inventado estas migajas para distracción del personal.


La muestra es una metáfora involuntaria de la actitud eterna de las administraciones con ciudades desheredadas de la fortuna como la nuestra, quintaesencia de la denominada España vacía por obra y gracia del abandono permanente a la que la someten los gestores de la cosa pública a cualquier nivel que se tenga a bien escoger. No es que no sea agradable darse una vuelta por el parque de nuestra infancia y dejarse acariciar por la brisa primaveral mientras se contempla cómo los Reyes Magos de Rubens adoran a un Niño Dios ausente de la imagen, pero en una ciudad tan bien dotada como la nuestra en cuestión museística, se echan en falta inversiones reales en materia productiva y sobran bombos y platillos para inaugurar una colección de fotos que podemos encontrar en la enciclopedia de arte que adquirimos en su día, para que sus tomos hicieran juego con las cortinas del salón.


Quizá sea un problema mío y me falte aún la perspectiva suficiente para analizar el asunto, del mismo modo que el detalle ofrecido de “Las meninas” mitiga el efecto del punto de fuga creado por Velázquez para que el espectador asombrado pudiera tocar el aire recreado por el maestro. Mediada la legislatura local y autonómica, no se advierte el beneficio que la conjunción astral del mismo partido en la gestión de las tres administraciones que nos desgobiernan, está generando en el futuro de nuestros hijos, la despoblación progresiva de nuestra tierra convertida en horizonte ineludible y origen del desinterés de la política en remediar los males de una provincia con escasa fuerza electoral.    



Pasan los años y la ciudad languidece con la excusa final de la pandemia como pretexto óptimo para la inacción. Los proyectos se anuncian y el ciudadano los ve pasar como el que se para en el parque enfrente de “El descendimiento” de Van der Weyden y contempla el desaguisado que se ha cometido con la mágica estructura de la obra, cuya reproducción comparece decapitada de forma similar a nuestras esperanzas en que las promesas publicitadas se conviertan en realidades tangibles. La memoria conquense es pródiga en el recuerdo de las batallas perdidas de la capitalidad, la universidad, las comunicaciones y el desarrollo industrial y sin embargo, el turnismo eterno se enquista en las instituciones, convirtiendo la deseable alternancia política en un instrumento inútil para alcanzar la necesaria regeneración de este lugar.

Como si nuestro destino vagara por la laguna Estigia sin moneda alguna que entregar a Caronte para llegar al paraíso, la accesibilidad al casco antiguo es el último ejemplo de cómo la desidia y el conformismo pueden prolongarse durante ochenta años asolando el porvenir. Desde 1940 llevan nuestros próceres aplicando a esa cuestión la doctrina marxista de Groucho sobre la política como el arte de generar problemas, encadenar proyectos disparatados y encontrar las soluciones equivocadas, cuya ejecución se dilata en el tiempo sin aparente razón. Varias generaciones después, la ciudad parece estar todavía varada en aquella época en cuanto a la contestación social que merece el tratamiento que recibe.

 

La exposición del parque ha sido muy bien acogida por el público, si hacemos excepción de la cagada de paloma que adornó temporalmente el panel de “La maja desnuda”, hasta que fue parcialmente limpiada por un operario municipal. 



sábado, 3 de abril de 2021

SU LUZ ILUMINA ESTOS TIEMPOS OSCUROS


Tres años sin poder seguirlo en su camino. La lluvia, la enfermedad y la imprudencia nos han hurtado la centenaria maravilla, la dicha incomparable de convertirse cada año en uno de los que lo escoltan en la calle, el privilegio de contemplar desde la penumbra del capuz cómo en la tarde quieta se mece el ala leve de su clámide.

Sólo la herida de la guerra entre hermanos había provocado en el pasado una ausencia semejante. Ni siquiera la mal llamada gripe española, aquella otra epidemia cuya tercera oleada se extendió con virulencia por Cuenca durante la primera mitad de 1919, impidió que se desarrollaran con normalidad las procesiones de Semana Santa en el mes de abril. Cien años después, el triduo es íntimo, el fervor, callado. En los peores momentos de encierro no tuvimos el consuelo de visitar su capilla para sentir el amparo de la imagen amada, apenas unos minutos junto a su altar hubieran bastado para mitigar la incertidumbre.


Para el exiliado extramuros de la ciudad de los días azules, no portar su caña el Jueves Santo fue la más lacerante de las renuncias que nos impuso el virus en esta época de ansiedad y lejanías, de luto y soledades. La morada que construimos en otro lugar, quedó convertida en refugio inhóspito cuando llegaron las fechas en las que el alma pedía partir al encuentro de la infancia, en persecución de ese ambiente único que viste de alegría las calles de Cuenca abrigando el regreso del desterrado. Por las plazas empedradas de nostalgia, transcurría entonces la memoria del confinado, repasando cada recodo del recorrido mágico que aún debe conservar nuestra huella en sus entrañas, rememorando la emoción de la impaciencia por divisar la añorada silueta del Padre enmarcada en la puerta del templo, añorando la maravilla del sol filtrándose por las enredaderas de Alfonso VIII cuando el quejido del miserere sobrecogía la tarde. Mientras contemplábamos marcharse el día más querido por un horizonte vacío, un estruendo de horquillas como lanzas latía en los oídos del expatriado y con la oscuridad llegó el recuerdo de las lágrimas que surgen cuando se asiste a la despedida de Jesús, el de la Caña, atravesando la noche sobre el reflejo púrpura del Júcar, acompañado sólo por los más leales, apenas cobijado por la hoz.



Tras aquel silencio, el fin paulatino de las restricciones fue permitiendo trasladar las oraciones desde la casa al templo, la voz interior se hizo plegaria y al corazón nazareno se le permitió mostrarse en la intimidad de su cercanía y encontrar en su mirada, bálsamo para el sufrimiento, fuerzas para seguir aguantando. La Hermandad pudo por fin honrar en su despedida a los hermanos fallecidos y retomar las actividades que le dan sentido más allá del desfile procesional, el rezo de las cinco llagas como símbolo que nos conecta con nuestros orígenes en el Cabildo de la Sangre de Cristo y mensualmente nos ayuda a superar el dolor en comunidad. Porque hermandad es mucho más que cofradía y su calor debe arroparnos todo el año, en este tiempo de distancia y desaliento en el que no está permitido el fuego salvador de los abrazos.  

Una historia de cinco siglos tras su cetro nos marca la senda por la que discurrieron las generaciones que nunca dejaron de venerar su gloria, a despecho de la agresión de la guerra, de las pestes y revoluciones, sin desfallecer en el servicio de aquellos cometidos que nadie realizaba, la asistencia al desvalido en el momento de su muerte, el acompañamiento del reo abandonado por todos. Con el viento a favor de la bonanza o frente a la dificultad de la escasez, la tradición nos manda continuar representando su mensaje de caridad y redención, en una misión que debe ir más allá de la exposición pública de nuestras mejores galas cuando llega la Pascua. La costumbre de hermanarse sobrevivirá a esta nueva posposición de nuestro anhelo natural de compartir su majestad sobre las andas, de sentirlo más cerca que nunca cuando desciende a nuestra altura en la calle del Peso, de pregonar su belleza cuando descansa ante la Catedral. Volveremos a atesorar la fortuna de renovar el esplendor de su presencia en la calle y en la plaza. Hasta entonces, el Señor espera en el recogimiento y la compañía de los que a diario acuden a cobijarse en el fulgor de su llamada. 

Su luz ilumina estos tiempos oscuros.



martes, 23 de marzo de 2021

BISAGRAS



“En la huerta del Segura, cuando ríe una huertana, resplandece de hermosura, toda la vega murciana”. Eso debió de canturrear por lo bajini Inés Arrimadas cuando Iván Redondo le vendió la idea de entronizar a Ana Martínez Vidal como la primera presidenta autonómica en la historia de Ciudadanos. La lucha contra la corruptela de las vacunas esgrimida por la lideresa de Ventas como leitmotiv de la moción de censura sonaba a excusa incoherente en quien refiriéndose a Vox, había declarado la dudosa moralidad de las mociones planteadas en plena pandemia y es que entrar en la órbita del planeta Sánchez, conlleva la necesidad de contradecirse desde el minuto uno. El partido que venía para regenerar la política comenzaba de este modo a negociar sus estertores por un puñado de cargos, entregándose al sino de todas las formaciones bisagra que en España han sido, la condena a la irrelevancia en cuanto les cegó la ambición y contravinieron su esencia para alcanzar más cuota de poder.

Nada nuevo bajo el sol. Ciudadanos se aupó sobre las ruinas de UPyD cuando el personalismo de Rosa Díez prefirió hundirse liderando hasta el final su parcelita de notoriedad antes de ser fagocitada por el proyecto de Albert Rivera. Veinte años antes, el CDS había llegado a tener casi dos millones de votos tolerados mientras fueron inofensivos frente a los rodillos socialistas, hasta que el giro a la derecha de Suárez en el apoyo a la moción de censura que expulsó al PSOE de la alcaldía de Madrid, fue restando fuerza al póster electoral de su figura impertérrita en el escaño negándole a Tejero la imagen de la democracia derribada.

Las cotas de Suárez en los años ochenta que convirtieron entonces a su partido en la tercera fuerza política de España, las multiplicó Rivera por dos, cuatro millones de votantes en las elecciones del mes de abril de 2019, atraídos por el heroísmo de sus huestes en la resistencia catalana, por la extravagancia de ser el único partido en atreverse a cuestionar el cupo vasco en la persecución del ideal de la igualdad de los españoles en todo el territorio nacional, por la búsqueda de la despolitización de la justicia y la limitación de los privilegios políticos, principios todos ellos reiteradamente ignorados por los partidos tradicionales, con la anuencia perenne de su electorado cautivo. A tan sólo doscientos mil votos de un PP en sus horas más bajas, la posibilidad de convertirse en el primer partido de la oposición de camino a la Moncloa negó a Rivera la clarividencia necesaria para preservar esos principios por encima de la estrategia electoral y del navajeo habitual que aparece cuando el vértigo de tocar poder trae consigo la deriva hacia la prepotencia y el cesarismo.

El resto es la historia de una de las decepciones más profundas que ha sufrido la aspiración de la ciudadanía a sentirse decentemente representada en un sistema parlamentario viciado por la ausencia de libertad política y una separación de poderes sólo formal. La falta de criterio de Rivera al emprender una política errática de las alianzas que nos deberían haber evitado la sempiterna dependencia de los nacionalismos, le hizo perder dos millones y medio de votantes en la repetición electoral de noviembre, un millón se abstuvo y el resto prefirió lo malo conocido a lo malo por conocer, en un país en donde se penaliza más aparecer en la foto de Colón que el compadreo con Otegi o la complicidad con Puigdemont.

Y así fue como Ciudadanos regresó a su condición de bisagra inútil una vez recibido el portazo de los que un día votaron con la esperanza de huir siquiera un ratito del actual estado de cosas. “Murcia qué hermosa eres, tu huerta no tiene igual”, y en las intrigas de tu política de bajo vuelo comenzó una espiral en la que una presidenta de zarzuela adelantó las elecciones en su comunidad, con la misma desfachatez de corrala con la que semanas antes demonizó la convocatoria de las elecciones catalanas. Hay que reconocer las ventajas del Estado autonómico y el entretenimiento perpetuo que nos ofrece montando el teatrillo en el que se representa periódicamente el enfrentamiento baldío de las dos Españas eternas. Ahora los partidos emprenden de nuevo la batalla de Madrid jugando al guerracivilismo con los lemas del pasado, alerta antifascista, comunismo o libertad, mientras la corrupción sigue anegando el panorama y la pobreza no para de crecer a lomos de la pandemia que ninguno de ellos supo gestionar.




jueves, 18 de febrero de 2021

LA ESCOPETA NACIONAL



En “La escopeta nacional”, Berlanga y Azcona retrataron la podredumbre del tardofranquismo a través de la delirante cacería sufragada por Jaume Canivell, el empresario catalán con la cara de Saza que trataba de colocar su negocio de porteros automáticos en medio del aquelarre de los poderes fácticos del régimen, de la misma manera que el candidato Illa se dedicó a medrar en el escenario electoral para conseguir los votos necesarios que le permitieran seguir financiando un proyecto cuya finalidad era la permanencia en el poder central y autonómico de los muñidores de la coalición de gobierno, con la independencia de fondo como negocio imposible. Ahora el Marqués de Leguineche sería Pujol, y su hijo tonto, Puigdemont, esperando en el telefonillo que le abran la puerta de la amnistía.

Cuando la RAE introdujo el término “berlanguiano” en el diccionario, debiera haber admitido una acepción específica aplicable al guion del “proces”, pues la campaña para conformar el nuevo parlamento se ha desarrollado como un plano secuencia cuya puesta en escena hubiera sido preparada por don Luis. En los papeles estelares del reparto de la farsa, un ministro que recomendaba el confinamiento para Madrid en septiembre y animó a votar en Cataluña en febrero, una candidata en cuyo currículum figuraba una imputación por corrupción y la condición de testaferro de un presidente huido y un vicepresidente de buena familia vicario de un mártir iluminado, ejemplo paradigmático de cómo la burguesía catalana se adapta al medio para seguir controlando todos los resortes del poder.

 

La película de la república nonata llevaba pendiente de estreno desde que Artur Mas fue a pedirle a Rajoy una subvención para empezar a rodarla a la manera vasca y contra todo pronóstico, teniendo tanto en común, el sobrecogedor mayor del reino y el mago del “tres per cent” no se entendieron. Expulsado del cupo de cineastas consentidos y hostigado por los tramoyistas radicales que le afeaban los recortes, el eterno delfín del pujolismo huyó hacia adelante y montó el rodaje de un proyecto inconcluso cuyo título empezó siendo “Espanya ens roba” y acabó en la premier de ocho segundos que el sucesor puso en escena antes de seguir haciendo comedia en Waterloo.

 

Es poco probable que en este momento alguien coja el testigo de Berlanga y Azcona y con su sello de amargura amable, retrate de nuevo el panorama político que se abre tras las elecciones, en el que otra cacería se organiza desde el gobierno para abatir el veredicto de sedición con las armas del indulto. Se trata de convertir en cadáver exquisito el supremo esfuerzo de Marchena por encontrar una condena proporcionada a la reiterada obsesión de los cabecillas de la revolución de las sonrisas por quebrantar la ley. El tercer grado concedido a los condenados para que pudieran hacer campaña con la anuencia de la fiscalía, pasará a la historia de la inveterada querencia hispánica por la autodestrucción, no en vano el pueblo ha hablado finalmente y ha querido premiar por activa o por pasiva al gestor de la pandemia, a un preso y a un fugado.      

 

El presidente Sánchez ya tiene lo que buscaba. Los independentistas vuelven a interpretar como plebiscito unas elecciones en las que sólo ha votado la mitad de los catalanes. La pírrica victoria del efecto Illa debilita al constitucionalismo y fortalece a la ultraderecha para seguir alimentando sin oposición real, la estrategia de apaciguamiento con los separatistas que probablemente conducirá a un referéndum pactado. El activista que actúa de vicepresidente se ha pasado toda la campaña denunciando la existencia de presos políticos en la democracia de cuyo gobierno forma parte y en pago a los servicios prestados, recibirá el Goya a la mejor labor de agente doble que se recuerda al servicio del desprestigio de la nación.

 

Al final de “La escopeta nacional”, el pagano de la cacería no consigue hacer negocio y los protagonistas del esperpento siguen intentando esquilmar a nuevos primos en las sucesivas entregas de la trilogía. Sigan atentos a sus pantallas. 




jueves, 21 de enero de 2021

TRUMPISMOS DE AQUÍ

 

Circula por ahí una teoría delirante según la cual, Donald Trump no era más que una fachada, un monigote grotesco que hacía aspavientos frente a la cámara mientras el gobierno real estaba en otra cosa, escondido en el ala oeste de la Casa Blanca para impedir que el presidente por accidente accediera al botón nuclear. Ésa debió ser la razón por la cual el mandato de Trump ha sido el primero en cuarenta años en el que Estados Unidos no ha iniciado conflicto militar alguno en el exterior a pesar del belicismo evidente que el comandante en jefe desplegaba en sus conflictos internos. Y así todo. Las contradicciones y extravagancias del personaje fueron la excusa perfecta que permitía a nuestros actores políticos vanagloriarse de su agudeza analítica al comparar las actitudes patrias con las del amigo americano, pero conviene no dejarse llevar por la pereza intelectual que conduce al maniqueísmo hipócrita de señalar en el histrión de la piel naranja las mismas conductas que aquí repetimos con menos aparato cómico.

Resultaba verdaderamente conmovedor contemplar cómo en los peores tiempos de la pandemia, cuando España lideraba todas las estadísticas negativas sobre muertes y contagios, los palmeros de la gestión desastrosa que asolaba nuestra piel de toro criminalizaban la inacción de la administración Trump mientras prodigaban comprensión sobre la posposición de la toma inicial de medidas por el gobierno Sánchez, y es que reírse de la receta trumpiana sobre la ingesta de lejía como poción mágica contra el virus ayudaba bastante a encubrir las erráticas contradicciones en los mensajes de nuestras autoridades sanitarias sobre la necesidad de usar la mascarilla. Todavía hoy España supera a Estados Unidos en las cifras de fallecidos relativizadas por criterios poblacionales pero los árboles de los mítines republicanos sin medidas de seguridad sirvieron para impedir a algunos la contemplación de nuestro propio bosque devastado.   

El maltrato que los gobernantes de esta hora dispensan a la lengua vehicular de nuestro descontento se manifiesta en el innecesario anglicismo que supone usar la expresión “fake news” cuando el diccionario nos ofrece un riquísimo vocabulario para describir las mentiras que pueblan la política, los bulos y embustes, las falacias y sofismas, los embelecos y paparruchas con los que nuestros próceres tratan de afianzar la propaganda que los mantiene en sus respectivas parcelas de notoriedad. Mezcladas en este magma de falsedades impunes, todavía reverberan en el Congreso las acusaciones de trumpismo con las que desde el banco azul se suele zaherir al contrincante, mientras el Parlamento yace sobre la ruina en la que lo han convertido quienes transigieron con un estado de alarma prolongado hasta mayo para privar a las cámaras de su sacrosanta función constitucional de fiscalizar la gestión del gobierno. En este teatro inútil, se puede denunciar el autoritarismo de Trump y proclamar a la vez que la oposición no volverá a formar parte del Consejo de Ministros, se puede alertar sobre la amenaza que Trump supone para la libertad de expresión y organizar para nuestro sistema el regreso de la censura previa mediante la ideación de un comité de la verdad. A los amantes del parlamentarismo, nos quedan las migajas de las sesiones de control para contemplar el espectáculo del hemiciclo degradado a la condición de palestra de iletrados que alzan la voz sobre el griterío del contrincante para leer el argumentario preparado por sus asesores de imagen, la representación de nuestros intereses en manos de los que tienen más respeto a la disciplina de partido que a su inerme elector.

Las últimas elecciones de la democracia más antigua de esta aldea global que compartimos fueron analizadas por los medios españoles con tal despliegue informativo que llegamos a tener más datos sobre los resultados de cada condado de Pensilvania que sobre las cuentas de nuestra comunidad de vecinos. Esa desviación del foco provocó fariseísmos consistentes en criticar el nombramiento de jueces del Tribunal Supremo por Trump y derrochar comprensión por el reparto del poder judicial que antes o después perpetrarán los partidos españoles, o criticar las tropelías de la administración americana en materia migratoria y mirar para otro lado cuando el río Grande es nuestro océano y la violación de los derechos humanos tiene lugar en las islas que antaño podían considerarse afortunadas. En el fondo, no hay tanta distancia entre la arenga de Trump a sus partidarios apostados a las puertas del Capitolio y el “apreteu, apreteu” de Torra que inspiró a los CDR en su intento frustrado de asaltar el parlamento catalán. La hay más con las iniciativas de distinto signo que rodearon el Congreso en protesta por las investiduras que les contrariaban, pero el espíritu es el mismo, la pulsión antidemocrática y populista que no acepta el resultado de las urnas y desprecia las reglas del juego, ese entramado de principios que aún agrietado, nos sigue cobijando.

Son los trumpismos de andar por casa que se instalan aquí mismo, el presidente que los denuncia abocado a aplicar una versión nacional de la doctrina Trump sobre la convivencia entre pandemia y economía, sabedor de que nuestro sistema productivo no podría soportar un nuevo confinamiento. Al menos, los súbditos del Tío Sam gozan del privilegio de elegir directamente a sus representantes sin tener que recurrir a la mediación espuria de una oligarquía partidaria de listas cerradas y concentración de poderes. Quizá por eso, si les sobreviene una nevada de medio metro de espesor, se olvidan de papá estado y agarran la pala, esa soberanía. Y cuando se avergüenzan de quien les manda, hasta son capaces de echar al presidente.