Toreando en los medios
sábado, 28 de marzo de 2026
LOS DOMINGOS
miércoles, 18 de febrero de 2026
EL TREN DE LA PRISA
Vivimos acelerados. La sociedad actual nos
induce a la costumbre de la inmediatez. Todo tiene que ser antes y aceptamos esa
premura aunque se imponga a la excelencia, igual que nos conformamos con la
olla rápida frente a la sabiduría del fuego lento. La vida pasa inadvertida a
nuestro lado mientras nos ocupamos de lo urgente que sólo a veces suele coincidir
con lo importante.
El sueño del Ave llegó a nuestras vidas
como un juguete de nuevo rico, el placebo de la felicidad depositado en la
fortuna de cambiar la Cibeles por la Giralda en menos de lo que se tarda en ver
una película oscarizable. Antes de que su perfil de ofidio envenenara nuestro
ritmo, el tren era el amable contenedor de la aventura de echar el día emulando
a Buster Keaton a bordo de la General, imaginando esa epopeya en la vetustez
del automotor que albergaba las excursiones juveniles hasta Cuevas de Velasco,
donde todavía debe andar nuestra huella en las paredes de su estación
abandonada. Un poco antes, la vía que hoy yace sobre el vacío como el esqueleto
desolado de un naufragio, era el cordón umbilical que nos retornaba a la madre
Cuenca, tras la tarde fecunda donde se había puesto a prueba la audacia de cada
cual atravesando sin vértigo el puente de hierro, a saltos sobre las traviesas
con vistas al Júcar, como si fuéramos los niños de “Stand by me” pero sin un
cadáver escondido entre la fronda. La tierra rojiza que rodeaba el camino imitaba
las formas de un “far west” de cercanías, y nos convertía en indios de western
adivinando con la oreja sobre el raíl, la inminencia del tren por llegar, del
que escapábamos a tiempo para, refugiados contra el talud, disfrutar del
estallido de las piedras colocadas a su paso o comprobar después de depositar
cuidadosamente una moneda sobre la vía, si las ruedas del convoy habían logrado
apisonarla hasta convertirla en fetiche que guardar como un tesoro acuñado por
la imprudencia y la imaginación.
En esos parajes de la infancia que
llegaron a conocer el Talgo, la aparición del Ave se celebró como un hito que
por fin quebraba una política basada en priorizar otros itinerarios para
alcanzar el mar y preterir la línea recta que desde Madrid pasaba por Cuenca,
hasta convertirla en un trazado lento, yermo y terminal. Como la alegría es
efímera en la tierra acostumbrada al olvido, la fortuna de la alta velocidad se
fue dilapidando entre una estación fuera de sitio, la depauperación del
servicio y el sacrificio de una alternativa convencional que vertebrara la
provincia y permitiera convertir la ventaja del trayecto más corto en una
posibilidad de desarrollo industrial para el páramo configurado a su alrededor.
Antes de la crisis ferroviaria que la
tragedia de Adamuz ha precipitado, no sabíamos que la grava que doblaba
nuestros tobillos cuando hacíamos equilibrios sobre los raíles se llamaba
balasto y que de él depende la estabilidad de la infraestructura cuyo
mantenimiento es tan mejorable que ha convertido el tren de la prisa en un
homenaje a los viejos tiempos en los que aún se podía saludar a los viandantes
desde las ventanillas. En esta España de la mansedumbre que se comporta mejor
en la asistencia a la catástrofe que en la exigencia de responsabilidades, parece recomendable
volver a aquellos trenes cuyas paradas permitían bajar a tomar un café en la
cantina de la estación. Si hemos admitido que nuestros gobernantes saquen pecho
de unas cifras macroeconómicas en convivencia con una cuarta parte de la
población en riesgo de pobreza, también podemos tolerar la osadía del gestor de
la cosa cuando declara que el ferrocarril español se halla en el mejor momento
de su historia.
En realidad, el ministro pretende actualizar el marxismo versión Groucho imitando su facundia, por el procedimiento de dar demasiadas explicaciones para que no se entienda nada. Sería conveniente dejar investigar a los expertos en lugar de pedir más madera para alimentar la maquinaria de un convoy en ruinas, y esperar a que las sospechas de negligencia criminal las dirima un juez, en lugar de desmantelar entre todos el prestigio de la joya de la corona de nuestras comunicaciones. La otra opción que nos queda es recuperar las prioridades de aquella época en la que no importaba tanto emplear un día entero en alcanzar nuestro destino, mientras veíamos la vida pasar por el ventanal de un vagón.
miércoles, 14 de enero de 2026
LAS DOS CIUDADES DE CUENCA
Cuenca es única pero hay en ella dos
ciudades que se contemplan la una a la otra como si pertenecieran a mundos
extraños, a planes distintos. La ciudad vieja resplandece sin mucho esfuerzo,
como esas bellezas a las que incluso sienta bien un cierto desaliño, las
heridas del tiempo conviven en armonía con el esplendor de la naturaleza
circundante. La ciudad nueva, en cambio, convalece como un campo de batalla arrasado
por la incuria, un solar destartalado en permanente estado de reforma sin que
parezca existir nadie capaz de acabar con la sensación general de desaliento. La
ensoñación que provoca paladear el casco antiguo termina cuando desde Mangana nos
asomamos al caserío que se extiende ante nuestros ojos y divisamos una capital decadente,
en donde hasta la iglesia de San Antón, se nos muestra en camisón. Por uno de
los costados que se mantiene al descubierto, algún odiador de nuestro
patrimonio ha caligrafiado su inmundicia en el delicioso color cámel del templo
y el grafiti negruzco aún sigue buscando el operario competente que borre la
pintada y desmienta la desidia oficial.
Caminamos por el decorado de la
infancia contemplando nuestras andanzas por el circuito ajado del Vivero, por
el patio sin destino de la Aneja, por el edificio fantasma del viejo hospital y
tenemos asumida la pereza de las administraciones en dar contenido a esos
despojos del mismo modo que sabemos que el porvenir de nuestros hijos se halla
en otro lugar. A pesar de todo, nos sentimos cómodos en nuestro entorno
mortecino igual que nos sigue abrigando un jersey deshilachado. De lo
contrario, no se entiende la pasividad ciudadana ante el abandono permanente de
una tierra doblemente cenicienta, olvidada por la madrastra estatal y agraviada
por la madrastra autonómica. Un centralismo redundante que nos intenta consolar
con proyectos fantasmas para convertirnos en la disneylandia del vacío,
mientras la parte mollar del presupuesto se destina a sostener la opulencia de otros
territorios con verdadero peso electoral. Nos esquilma con la misma impunidad
Barcelona que Albacete, y hay un sendero de migajas por el que transitamos sin
queja alguna, entregados a una suerte de turnismo autóctono en el que el
bipartidismo reina complacido y a gusto del personal.
En este escenario de conformismo
inveterado en el que el futuro se va posponiendo entre declaraciones y
burocracias, ni en la conjunción de administraciones que rige el destino de
Cuenca ni en las propuestas de la oposición que para nuestra desgracia espera
la poltrona, se advierte una idea de ciudad que se eleve más allá de la
confrontación partidista. Podría trazarse una ruta urbanística de la desolación
que se iniciaría en una estación sin trenes y terminaría en un mercado sin
género. El trayecto incluye un paseo por Carretería, esa calle melancolía para
transeúntes del almuerzo, turistas desnortados y prejubilados al sol.
Nos queda el consuelo de mudarnos al
barrio de la alegría con sólo acogernos a la presencia latente de ese “sky
line” magnífico erigido entre las hoces al que a menudo acudimos para que la
cotidianeidad que desplegamos por el centro no sea tan penosa. Nuestras
autoridades han tenido a bien facilitarnos el ascenso a esa fortuna mediante
unos remontes mecánicos cuya primera idea data de 1940. Nunca es tarde. Ea.
martes, 16 de diciembre de 2025
EL BANDERILLERO DE BELMONTE


martes, 14 de octubre de 2025
EL DÍA QUE ACABÓ EL TOREO
lunes, 6 de octubre de 2025
LA VUELTA
Pero la vuelta ya se había instalado en nuestro imaginario infantil mucho antes, cuando en la arcadia de los setenta vestíamos las chapas de Cinzano con los maillots de Lasa o Perurena y las alisábamos contra la piedra para mejorar su aerodinámica en las curvas del circuito que construíamos con la única herramienta de nuestras manos entrelazadas dibujando caminos en el patio arenoso del colegio. Los resúmenes televisivos de la etapa del día se funden en mi recuerdo con las primeras bicis de paseo que los Magos de Oriente habían dejado en nuestros zapatos para convertir las carreras de chapas en competiciones reales camino de Palomera en donde exprimíamos las BH y las GAC de la época, disputando al sprint la meta volante de Molinos de Papel con la canción oficial de la vuelta incrustada en el cerebro, me estoy volviendo loco, me estoy volviendo loco, me estoy volviendo loco, poco a poco, poco a poco.
Tan metida en el corazón, algo se nos rompe dentro cuando la etapa del día no acaba con la ceremonia del vencedor. Impedir que los esforzados de la ruta llegaran a la meta de manera violenta fue como si alguien nos cortara las alas que crecieron en aquella infancia, como si la justicia que late en la pelea del escalador solitario se encontrara con la pancarta de la frustración convertida en desnivel infranqueable para coronar la cima. Incapaces de atentar contra los intereses israelíes que habitan en entornos más poderosos, los manifestantes de la causa palestina escogieron para su legítima reivindicación asfaltar la fragilidad del corredor de fondo con las chinchetas de la intolerancia e impidiéndole culminar su escapada, desteñían su propio mensaje. Quizá por eso, el presidente del gobierno empatizó tanto con su protesta, cultivando la estrategia del manipulador que aprovecha la tragedia de Gaza para mitinear exultante a bordo de una sonrisa incompatible con la masacre que denuncia, encantado de haber encontrado la trinchera perfecta para esconder sus escándalos.
La verdad es la verdad, la diga Sánchez o sus voceros. Netanyahu es un criminal de guerra aunque sea Bildu quien lo proclame hundido en el lodazal de sus silencios cómplices. Los delitos de lesa humanidad que el gobierno democrático de Israel está cometiendo en la franja no son más justificables por el hecho de que la alternativa sea el terror fundamentalista que supone Hamás para el futuro de la zona. Y no lo serán nunca, aunque el mundo ignore los atentados contra los derechos humanos que se suceden a diario en otros rincones menos visibles del planeta y el clamor de genocidio que se extiende por las calles de las capitales europeas no alcance para alzar la voz también por la visibilidad de los pogromos de Nigeria, Sudán, el Congo o Myanmar.
La flotilla de activistas embarcados con rumbo a la utopía ha sido una metáfora perfecta de la naturaleza irresoluble del conflicto de oriente medio si pensamos que en las naves interceptadas convivía la generosidad de las mejores intenciones con el negacionismo de los crímenes del siete de octubre. Junto al activismo sincero de la ayuda humanitaria navegaba la propaganda narcisista del postureo en las redes, tan deleznable como los debates partidistas de nuestros políticos patrios que desde la desfachatez de su bienestar occidental se han atrevido a enarbolar festivamente el sufrimiento envuelto en el pañuelo palestino o en la estrella de David.
Mientras la solución de los dos estados se desvanece sumergida entre el río y el mar, el ciclista esloveno Pogacar surcaba inalcanzable los montes de Ruanda en el reciente campeonato del mundo, dejando tras su estela un rumor de victoria que al menos ese día hizo un poco más soportable el recuerdo del genocidio tutsi, del holocausto nazi, de las limpiezas étnicas perpetradas en el entorno balcánico del héroe, la memoria indeleble de todas las tragedias de la historia convocadas a su paso.
lunes, 11 de agosto de 2025
EL HIJO A MEDIAS
La exposición de los hijos ante el pelotón de fusilamiento de los medios fue el último acto de una representación en la que intervino también una ministra del gobierno de España para presionar al poder judicial sin tener en cuenta los indicios de alienación parental evidentes en el escenario. Todo el que haya estado en contacto con el complicado mundo del conflicto matrimonial reconoció en el grito desgarrador de ese niño, a una víctima acosada por la acción criminal de los adultos. El interés del menor debería ser el principio rector en esta materia pero se convierte a menudo en una declaración vacía tras la que se esconden estrategias procesales que en vez de buscar un acuerdo sanador perpetúan el enfrentamiento entre las partes.
Tener hijos es llevar el corazón fuera del cuerpo. El instinto de posteridad nos conduce al afán de descendencia sin adivinar la esclavitud que aparece desde el día en el que ese deseo se concreta en una vida que es la nuestra caminando en otro ser. Es la condena de la paternidad, esa trenza de angustia y felicidad que se anuda en torno al hijo y te sitúa amarrado para siempre a la estela de incertidumbre desplegada tras sus pasos. Ser padre es edificar tu existencia en torno a un futuro para su dicha al que sólo asistirás como invitado y en donde un instante de plenitud bastará para olvidar todas las ausencias. La absurda aspiración de querer abrazarlo siempre como cuando era un niño se funde con la quimera necia de pretender dirigir sus decisiones para librarlo del dolor, sabedores como somos de que moriremos un poco con cada una de sus heridas. Hay una querencia por seguir llevándolo cogido de la mano que no se extingue nunca.
El padre separado multiplica en el vacío que siente esa sensación de impotencia, una suerte de orfandad inversa que ni siquiera la custodia compartida puede restañar. La justicia es incapaz de solucionar situaciones tan complejas y no puede sino conformarse con fabricar hijos a medias, convirtiendo la paternidad del progenitor no custodio, ese oxímoron, en un simulacro que impide su pretensión de absoluto. La adolescencia del hijo es un lugar propicio para que el cataclismo del divorcio se manifieste en toda su crudeza cuando la lejanía eleva barreras invisibles que no se disipan en la visita de un fin de semana. La separación es una verdadera amputación cuya mayor tragedia es acostumbrarse a sobrevivir en el desierto, anticipando a un momento intempestivo, la soledad inevitable que aparecerá cuando el hijo tome su propio camino. Los padres a tiempo parcial son despojados de la fortuna intangible de asistir a su crecimiento, como Gepettos que alejados de esa cotidianeidad, contemplan cómo se va convirtiendo en una marioneta manejada por la vida, mientras a la familia imaginada le crece la nariz.
Cuentan que Daniel, el hijo de Francesco y Juana, tras siete meses de extrañamiento, tardó veinte minutos en aceptar de nuevo al padre cuando pudo hablar con él, sin mayor interferencia que la asistencia del equipo técnico del Juzgado. Salomón hizo lo correcto pero tras la euforia del verano, llegará el invierno para comprobar si los estragos del conflicto entre los padres se han convertido en el previsible trauma que pesará sobre ese niño y el adulto que va a ser.







