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lunes, 29 de junio de 2026

EL ESPÍRITU DE LA ANDANADA



Cuando termina la temporada en las Ventas, uno se despide de los amigos de la andanada como quien dice adiós para siempre. La experiencia de las décadas erosionando la piedra de la localidad de abono nos ha acostumbrado a saber que tras la larga pausa del invierno, algunos rostros ya no vuelven a formar parte del paisaje gozoso del reencuentro, quebrando para siempre esa extraña relación forjada en la pasión compartida de ver toros en Madrid, durante un puñado de tardes en el que cabe una vida entera.


Pero creíamos que Javier López, el bombero, no se iba a morir jamás. Su recuperación milagrosa después del tabaco que cobró en su última aventura por los encierros de su tierra, le había convertido en un ser inexpugnable capaz de cabalgar los caballos de la diligencia como un John Wayne de andar por casa en un western alcarreño. Regresó a la andanada sin mirarse, dispuesto a seguir siendo el cedazo por donde no pasaba la mentira encarnada en toro descastado o disfrazada de torero ventajista. 


Se le recordará por su voz romántica clamando contra la impostura, denunciando ante la cátedra las triquiñuelas de la figurita de turno que trataba de vender su bisutería efectista como oro macizo. “¡El toreo moderno, qué asco!”, el grito era aldabón para la conciencia de la plaza y acababa imponiéndose a los visitantes de ocasión que le hostigaban por la amenaza que su autoridad suponía para el triunfo de su torero y con el tiempo, acabaron callándolo. “Ya no se puede decir nada, Ramón, un día nos echan de la plaza”, pero yo he sido testigo de cómo en las postrimerías de Rincón, un agudo lamento salió de la andanada voceando “¡César, ponte donde te ponías!” y el colombiano pareció cruzarse un poco más acercándose al lugar donde fundó un imperio en los noventa. 


Divisar su figura totémica prismáticos al cuello y programa en mano en el número ocho de la fila primera de la andanada del nueve era un síntoma de que todo estaba en orden, que nuestro mundo seguía intacto pese a todo, mientras cruzábamos las primeras palabras con un ojo puesto en los capotes que empezaban a abrirse a la esperanza de cada tarde, el tiempo detenido en los últimos retoques de los areneros, en las evoluciones habituales de los alguaciles. Su sonrisa en el saludo mejoraba el día, aunque luego la corrida se deslizara por un territorio anodino en el que daba tiempo a filosofar sobre la vida y sus ficciones. Su conocimiento de la fiesta era tan minucioso que te daba noticia de cualquier novillero que se presentaba en las Ventas, del currículum del último peón de cada cuadrilla, del estado de forma exacto del torero más desconocido del escalafón. 


Si además, alguna tarde insospechada, un hombre citaba a un toro bravo en la distancia, con naturalidad y en el sitio, y aparecía el milagro del toreo, él lideraba la emoción, tan fiero en la protesta como entusiasta en el aplauso del suceso que acabábamos de contemplar. Así lo conocí yo, cuando todavía lo divisaba desde lejos jaleando a toreros superficiales antes de que Chenel le cambiara el canon y sobre su pureza, colocara un listón casi inalcanzable. Después, la fortuna situó mi localidad junto a la suya cuando cambié de abono para ingresar en la comunidad de adeptos a los mandamientos del evangelio según San Márquez, una forma especial de entender la tauromaquia que Javi llevaba por bandera desde que se encaramaba a su tribuna en la andanada hasta la tertulia final a pie de calle, y en cada foro que le permitía levantarse para decir las verdades incómodas que casi nadie quería oír.


Se ha ido después de cumplir con el rito de la última feria, en la que aún le dio tiempo a enseñar a sus nietos la huella del abuelo en la andanada, su espíritu irreductible, el legado que su hijo sabrá mantener. Que la tierra te sea leve, amigo. 





martes, 16 de junio de 2026

SAN ISIDRO 2026: LA FERIA SIN EMOCIÓN



El nueve de mayo de dos mil veinticinco, Alejandro Talavante consigue su sexta puerta grande en las Ventas cortando dos orejas a un toro de Victoriano del Río, de nombre Misterio, 568 kilos, negro, ovacionado en el arrastre, con Juan Ortega de testigo, en la tarde que abría el ciclo, organizada para la confirmación de alternativa del diestro francés, Clemente. El ocho de mayo de dos mil veintiséis, centésimo trigésimo primer aniversario del nacimiento de Gallito y quincuagésimo nono de quien esto escribe, Alejandro Talavante abre la puerta grande de Madrid por séptima vez, cortando dos orejas a un toro de Núñez del Cuvillo, Ganador, 552 kilos, colorado chorreado en verdugo, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre, con Juan Ortega de testigo, en la corrida que inauguraba la feria, donde confirmó su alternativa, Tristán Barroso. 


Es necesario revisar las notas de hace un año y de hace un mes para rescatar del fondo de la memoria este “deja vú” diseñado para que el torero apoderado por la empresa acapare los premios oficiales de la feria. Dos triunfos perfectamente intercambiables, absolutamente prescindibles, carnaza para la estadística ful del toreo de este tiempo, en donde un trasteo superficial de bisutería preciosista es saludado por el éxtasis colectivo como si fuera oro molido, con la colaboración del palco que remata el desaguisado concediendo la vuelta al ruedo para glorificar un toro manufacturado para embestir sin pausa a la muleta, después de haber atravesado inédito los dos primeros tercios. En la apoteosis del toreo moderno, la única nota perdurable es la algarabía final de la invasión del ruedo por la chavalería que a bordo del botellón que organizan en su abono todas las tardes, traslada a la fiesta su entusiasmo tal vez por lo que acaba de sentir, acaso por la oportunidad de mostrarse en la vitrina de la enésima salida espuria por la puerta grande de Madrid.


La septuagésimo octava Feria de San Isidro se anunciaba en los carteles a través de la efigie melancólica de Roca Rey, sólo una tarde en el abono. Una apuesta de mínimos para cumplir con el trago de Madrid, la Beneficencia allá a lo lejos como estrambote precocinado para los presuntos triunfadores. El estado de orfandad en el que Morante había dejado a la fiesta antes de la retirada más corta de la historia hacía esperar del peruano una propuesta con mayor ambición a propósito de la competencia por el cetro del toreo. Finalmente, su principal aportación al acervo de la primavera venteña fue la previsible ración de rodillazos que instrumentó en seco y en mojado, demostrando su adaptación a todos los terrenos.


Al parecer, la tauromaquia está de moda. La reacción contra el antitaurinismo gubernamental y una idea empresarial que condimenta esa rebeldía con abonos baratos y verbena para el postpartido conduce al no hay billetes cotidiano, a la degeneración del rito hasta su conversión en mera excusa para la celebración permanente. El nuevo público de aluvión ha desterrado aquellos olés legendarios de las Ventas, enronquecidos por la conmoción de la verdad revelada en la lidia del toro íntegro, transmutados ahora en voces atipladas que corean la nada casi siempre.



Esa antigua emoción compareció en escasas ocasiones en la feria. La conjunción entre el toro de respeto y un diestro poderoso capaz de allegar la técnica y el valor necesarios para elevar el duelo a la categoría de arte no alcanzó su plenitud hasta el final, cuando Román explicó a quien quisiera entenderlo la diferencia entre dominar un toro encastado imponiéndose a su pujanza desde el primer muletazo y el mero acompañamiento por las afueras propuesto por sus compañeros de terna en la corrida de Victorino. Por el contrario, Román barrió toda esa impostura con la escoba de su condición de conocedor de los gustos de la afición de Madrid, proponiendo el cite en la distancia que ya no se practica y el valor sin cuento en el sitio donde los toros se entregan, con las herramientas del compás firme sin perder la posición, buscando al toro en su terreno como ya había hecho cortando una oreja de ley a un toro de Mayalde al comienzo del serial. La faena a su primer Victorino tuvo la imperfección y los altibajos de la construcción improvisada con materiales inciertos pero se elevó definitivamente hacia el gran acontecimiento con una estocada en los medios dando todas las ventajas al toro, recibiendo la embestida contra la querencia a chiqueros, aguantando a pie firme hasta enterrar el acero en la eternidad de un triunfo que después ninguneó el jurado oficial.


Es posible que ese público que ovaciona por igual la verdad y la mentira, acabe aprendiendo a distinguirlas, aunque los indicios no son abundantes. No sucedió, por ejemplo, el día del patrón, cuando premió con la puerta grande las maneras populistas de Fernando Adrián encadenando circulares acelerados por los alrededores del tedio, una sucesión de vulgaridades que contrastaba con la hondura de Fortes esa misma tarde, muy puro, natural y sin aspavientos, que dio algunos muletazos extraordinarios saludados con parecida consideración que los trapazos de Adrián. Otro tanto sucedió en la interesante corrida de Alcurrucén, donde la seriedad y ortodoxia de Fortes cala a medias en los tendidos, en una propuesta en las antípodas de David de Miranda, que no domina al toro en momento alguno, conformándose con el acompañamiento de la embestida desde el efectismo de la quietud.

 

La configuración de la feria con el fondo de armario de toreros adocenados como Manzanares, Perera y Luque, y otros que están a un paso de ingresar en esa categoría como De Justo y Rufo, ofrece tardes en las que es difícil abandonar el sofá de casa para acudir a sufrir sobre la piedra. Cuando se sucumbe a la tentación de la comodidad y a pesar de todo se echa un vistazo a la retransmisión televisiva, resulta imposible seguir la corrida debido a la adulteración que surge de las imágenes paridas por un tiro de cámara casi a ras de suelo que enaltece la belleza del combate, a costa del conocimiento sobre la colocación de los intervinientes en el mismo, esa geometría de la autenticidad que sólo la plaza ofrece sin intermediarios. La influencia de “Tarde de toros” de Vajda y “Tardes de soledad” de Serra, permanece en esta estética basada en el primer plano y el sonido entre barreras que apaga los ecos del tendido, hasta que llega el momento de la sangre y las cámaras eluden la truculencia inevitable en la muerte del animal.

 

Urdiales triunfó en la tele y en la plaza pero en nuestra memoria los despojos que obtuvo de los toros que sorteó en la corrida de la prensa palidecían ante el recuerdo del otoño del dieciocho, aquella majestad sólo estuvo presente en un quite a la verónica, en su empaque acostumbrado y en dos estocadas en la yema que quizá valieran la salida a hombros por sí solas. Al triunfo crepuscular al borde de los treinta años de alternativa se apuntó también Antonio Ferrera, que sólo por anunciarse en la feria con los Albaserradas de Adolfo y los Pablo Romero de Partido de Resina merece un respeto. A su segundo toro de Adolfo Martín le fue cosiendo una faena insospechada, pura inspiración y torería, pasándolo por ambos pitones con la muleta airosa manejada sin el estoque de ayuda, que entonces no era el gesto sin fondo de tantas tardes sino el medio necesario para alcanzar mayor belleza en el sitio exacto donde se halla tanta verdad como en un discurso del Papa en el Congreso. Hasta el cite en la larga distancia para entrar a matar parecía adecuado a la bravura de Mentiroso, al que aguanta mucho antes de dejar un pinchazo arriba y una gran estocada de las que no precisan puntilla. Tras la promesa de la puerta grande que le ofrecía el que mata por la cogida de Ureña, vuelve el histrión, el Ferrera protagonista del espectáculo circense de la lidia total desde los capotazos de recibo con el cortinaje de seda azul, al numerito del caballista de rodeo con puntería desigual, que descabalga poseído como si fuera a tirarse por el viaducto para quitar por chicuelinas arrebatadas y una serpentina para las fotos. Con la muleta la faena baja en calidad con muchos pases, alguno bueno, sin la unidad ni la enjundia necesaria para recuperar el tono de su anterior trasteo. En la suerte suprema, repite la estrategia de la muleta al hombro y la búsqueda de distancia como un Raphael del toreo que parece encontrarse más cómodo en la excentricidad que en la pureza.

Los triunfadores reales de la feria son la cuenta corriente de Iván García y el bolsillo de Victoriano del Río. El primero ha lidiado con exactitud y banderilleado con brillantez en todas las tardes que ha intervenido a las órdenes de matadores cuyo único aliciente era llevarlo en la cuadrilla. El ganadero ha facturado un total de dieciséis toros entre San Isidro y las corridas extraordinarias. Con tantos boletos en la competición, el premio al toro más bravo no podía ser sino para Cantaor, animal de incansable embestida, de encastada boyantía en la muleta y paso olvidable por los primeros tercios, excepto en dos pares excelsos de José Chacón. El toro le tocó a Castella para recuperar su tradicional buena fortuna en los sorteos y su faena fue la perfecta síntesis del estilo del francés, compendio del toreo moderno, con su apertura por pases cambiados por la espalda y su colofón de bernardinas encadenadas, dejando en lo mollar una sucesión de muletazos despegados, de irreprochable templanza pero ayunos de gracia, con el toro siguiendo el engaño como un óptimo colaborador entre el clamor de la gente. Una estocada defectuosa y el fallo con el descabello frustró el enésimo triunfo lo cual no impidió que un torero con seis puertas grandes en las Ventas y veinticinco años de alternativa renunciara al premio de consolación de la vuelta al ruedo.

Por su parte los epígonos de Morante siguen sin acreditar el tratamiento privilegiado que la empresa les otorga concediéndoles cinco tardes en el abono sin argumentos reales que sostengan esa expectación que les precede. Juan Ortega fracasó de nuevo tirando líneas sin alma, huyendo del compromiso como un novio a la fuga y Pablo Aguado amagó en sus tres tardes con algunos lances y muletazos aislados que nunca consiguió reunir en un proyecto serio de faena antes del habitual sainete con la espada, que en la corrida más impresentable de la feria, una vez más la del Puerto de San Lorenzo, le llevó a escuchar los tres avisos. A nadie parece ya importarle que las faenas se prolonguen habitualmente hasta que suene el primer aviso antes de entrar a matar, costumbre tributaria de la falta de casta del toro dócil que admite el pegapasismo sin fin de los diestros sin personalidad, que no son capaces de decir en treinta pases el mensaje que traen a la plaza.

 

El coso de las Ventas es a veces un cine de barrio en el que un día echan una comedia romántica y al día siguiente una de miedo. En el ciclo del terror, asistimos a las peores entradas de la feria, contemplar una de Saltillo o de Escolar puede hacer que se te atraganten las palomitas. Sin embargo, toreros como José Carlos Venegas, Damián Castaño o Gómez del Pilar logran insertar destellos de clase entre las cuchilladas de la casta, y entonces la peli puede pasar por tolerada. La figura de Castaño, intentando oponer sus maneras artísticas a las aviesas intenciones de su lote es de un patetismo conmovedor a pesar de que no acabe nunca de encerrar en su muletilla el vendaval de casta que se le viene encima, en faenas de esfuerzo tremendo que ineludiblemente finalizan con el fallo a espadas y el paseo de la frustración en la vuelta al ruedo. La de Pedraza de Yeltes vuelve a regar Madrid con el manantial de la bravura sin que salga ninguno que llegue a la excelencia de Brigadier. La tarde es de Jarocho que revisita la imagen de Pepe Luis mostrando el cartucho de pescao a aquel torazo de Miura. Daba gloria ver el compromiso del torero ofreciendo su figura menuda a la fiera embestida en naturales sin trampa en su bella fragilidad. Pero no fue la única corrida de Domecq con problemas. La segunda juampedrada escondida en la última semana de feria se convirtió en película de reestreno, serie b para modestos, si naciste “pa” martillo del cielo te caen los clavos, tornillos para Clemente, su exposición de valor y dominio en el sitio donde los toros cogen terminó en una cogida feísima con sensación de tragedia donde sólo había fractura ósea.

 

Hacía mucho tiempo que no venía a Madrid un novillero como Álvaro Serrano, triunfador en su tarde a golpe cantado, torero variadísimo con el capote y con pellizco en el toreo fundamental que practica en el sitio a despecho de la condición del toro o del viento, siendo deseable que mantenga la frescura y clarividencia para pensar en la cara del toro desde el concepto de pureza que el tiempo y los intereses taurinos malbaratan a menudo. También consiguieron la salida a hombros novilleril Julio Norte y Julio Méndez con un concepto arrollador pero más populista, menos comprometido que el camino de ortodoxia que aportaron a los martes de feria, chavales como Emiliano Osornio y Mario Vilau, que cambió el triunfo por el hule de la enfermería.


Cada vez nos duran menos las novedades que irrumpen en las Ventas renovando la esperanza en el toreo que hace de la lidia un arte único. El último ejemplo decepcionante es el de Borja Jiménez, a quien sus mentores deben querer bastante mal. De lo contrario no se explica que le prepararan una encerrona al final de la feria en la corrida dedicada a Ignacio Sánchez Mejías nadie sabe por qué, sin acto alguno que escenificara ese homenaje, un año antes del centenario que justificaría su reivindicación junto a la generación que lo hizo inmortal. Ese despropósito se traslada también a la corrida, limpieza de corrales que habrá aliviado los cercados de Victoriano y Garcigrande para que al final el toro más a modo para el triunfo fuera un sobrero de El Torero que da vueltas sin cesar siguiendo la muleta de Borja, definitivamente embaucado por las ovaciones fáciles que acompañan el destoreo más insustancial. La corrida transcurre como la crónica de un fiasco anunciado, un torero sin variedad capotera y tan desigual con la espada debería huir de estos compromisos por más que los palmeros de su entorno le engañen sobre su capacidad.

En la mano izquierda de Víctor Hernández reside desde el año pasado una vía abierta a la regeneración que no acaba de concretarse. No le favorece la emulación continua de José Tomás, porque es difícil llegar a esa excelencia desde los detalles accesorios. Copiar la paleta cromática de sus vestidos y la forma hipnótica de captar la atención desde que se echaba el capote a la espalda en el primer quite disponible, no conduce más que a la melancolía. El desprecio por el cuerpo que le hace cobrar las espeluznantes volteretas que sufre a menudo también le acercan al de Galapagar, pero cada vez se va alejando más del sitio que ambos pisaban, acaso porque la influencia de Abellán le haya cortado las alas antes de tiempo. Bajo la lluvia benéfica de una Beneficencia que ya no es, dejó escapar el lote de la consagración, dos estimables faenas al natural desde el medio sitio necesario para funcionar, dos figuras de escolta consintiendo su salida a hombros y la épica del agua bruñendo las fotografías. Dos espadazos infames arruinaron la ensoñación. Seguiremos esperando.









martes, 14 de octubre de 2025

EL DÍA QUE ACABÓ EL TOREO



La Feria de Otoño siempre fue una cita especialmente querida en mi memoria de aficionado, la última oportunidad de asistir a la liturgia del toro de Madrid en vísperas de la elipsis invernal. Antes de esta efervescencia reciente que llena las plazas en cualquier momento de la temporada, el otoño madrileño traía a los tendidos ese aire familiar de una feria sin apreturas, sin el ajetreo de la isidrada, un ambiente casi íntimo que permitía al abonado reencontrarse con los viejos amigos de la andanada y disfrutar con la impagable oportunidad de pasar la tarde al amor del bendito fulgor que surgía del ruedo, al abrigo de los atardeceres mágicos de las Ventas que aún esmaltan el cielo madrileño de un color irreal.

El otoño era también una oportunidad más fácil para el adolescente que fui de acceder al templo atrapando como un tesoro escondido en las taquillas de la calle de la Victoria, una de las escasas entradas que dejaba libre el abono masivo que Manolo Chopera recuperó para las Ventas en los años ochenta, de la mano de la conjunción del toro íntegro y el toreo puro que trajo a la época el clasicismo de Antoñete. A través de esa fortuna, uno pudo asistir a tardes históricas como aquélla en que Rafael de Paula se volvió loco ante un sobrero de Martínez Benavides, la resurrección de Curro Romero tras ser cogido al entrar a matar a un toro de Moura para cortar su última oreja en Madrid o el tercio de quites en el que Julio Robles y Ortega Cano sublimaron el toreo de capote, encendiendo en mi aprendizaje del oficio de aficionado una llama alimentada por el toreo según el canon del cite cruzado y la suerte cargada, que caminaba en dirección contraria a la senda por la cual el ojedismo degeneró en las formas de Espartaco que fundaron las bases de la peste juliana del toreo al revés. Ese canon verdadero lo reinstauró Chenel en el lustro increíble de su primera reaparición, lo retomó Rincón ya en los noventa y lo elevó al olimpo José Tomás en las postrimerías del milenio.

Cuarenta años después, el ciclo de la vida nos permite aún conservar el abono y contemplar desde el altozano privilegiado que ocupamos la nueva eclosión de lo taurino con la perplejidad del descreído que pensaba estar asistiendo a la decadencia del rito y vuelve a atisbar para el futuro un posible esplendor que tal vez no sea efímero. En aquellos años míticos, la fiesta se puso de moda sin necesidad de justificarse y hasta un sello de prestigio transversal acompañaba a quienes se acercaban a ella en un momento en el que la sociedad recién salida de la transición aún no había mutado hacia el infantilismo hedonista que ahora intenta abortar el resurgimiento con iniciativas legislativas espurias.  

Y sin embargo, a las siete y media de la tarde del día doce de octubre de dos mil veinticinco, cuando José Antonio Morante Camacho, vestido de Chenel y oro, se dirige a los medios después de recorrer el ruedo en triunfo tras una faena imposible ante el toro Tripulante, número 102, nacido en enero de 2021, un colorao ojo de perdiz de la ganadería de Garcigrande y se lleva las manos a la cabeza para quitarse la castañeta tras el último paseíllo de su vida, en la plaza se extiende una sensación de incredulidad que debe ser parecida a la que sintió el Guerra cuando tras la muerte de Joselito, telegrafió a Rafael el Gallo, el célebre “se acabaron los toros”. Acordándose de la dinastía había recibido Morante a ese toro en el tercio, con un cambio de rodillas instrumentado con el capote, una tijerilla preñada de gracia y sabor añejo en una declaración de intenciones que siguió por verónicas genuflexas antes de un esbozo por chicuelinas y quedó interrumpida por el percance que sufrió en los medios del que salió aparentemente noqueado, esfumándose así la sinfonía de suertes que esperaban a ser reveladas por el capricho de su inspiración. La lidia siguió mientras en un burladero el diestro recomponía su osamenta y recuperaba el equilibrio necesario para afrontar el último baile, la postrera faena que inició sin probaturas, como si tuviera prisa por enseñar a los jóvenes que tomarían el ruedo al final de la corrida, el arte de cortar dos orejas en Madrid con una docena de muletazos en una baldosa al límite del ceñimiento, rematados por un estoconazo en la cruz.

Por entre la fronda confusa de la salida a hombros del cigarrero izado entre empujones como un santo de pueblo, de la invasión de la calle de Alcalá entre las cargas policiales, de la peregrinación al Wellington y la bendición folclórica desde el balcón, debe quedar la importancia de este genio a pesar de sus Chaves Nogales de pega. Salvando las distancias que impone la mística de la nostalgia, Morante ha revolucionado el planeta de los toros en los últimos años al modo de Antoñete en los ochenta, dejando un legado de belleza que debe canalizar a las nuevas generaciones que se acercan a la tauromaquia por el eslabón de la pureza en la forma y la verdad en el fondo. Porque hasta el último día, Morante ha querido enseñar a la afición esa historia del toreo que no se aprende en los vídeos sino en festivales como el que organizó al mediodía, trasladándonos de nuevo a las temporadas gloriosas que se cerraban o abrían con toreros retirados enseñando su magisterio ante nuestras miradas atónitas, como aquél que tuvo lugar en abril del 86 en beneficio de las víctimas del volcán colombiano de Nevado del Ruiz, con el maestro del mechón blanco en el cartel, la tarde en la que el Cordobés chico se tiró de espontáneo en el novillo del padre y Joselito Arroyo empezó a entrar en el corazón de la afición madrileña.

Cincuenta años se han cumplido del adiós de Antonio Bienvenida, pródigo en festivales, cuarenta de la muerte de El Yiyo, a quien escoltó Chenel en Colmenar. Entre el recuerdo de ambos, han colocado una estatua que apenas se parece a nuestra memoria del maestro pero como Dios escribe derecho entre los renglones torcidos, fue la excusa perfecta para que José Antonio Morante imaginara un milagro para la mañana en blanco y negro del día de la Hispanidad. Tantos años ironizando sobre las poses del sevillano como émulo de Gallito y resulta que escondía una devoción por Antoñete capaz de llevarle a organizar un festival de viejas glorias en su homenaje en el que se reservó el animal menos potable del festejo, sólo por regalarnos la foto de su figura unida a un toro blanco de Osborne. 

La efigie a caballo de Pablo Hermoso de Mendoza era el prólogo amable de lo que estaba por llegar, una jornada no apta para nuestros corazones débiles, demasiado acostumbrados a la liturgia vacía a la que asistimos de ordinario. Y es que casi habíamos olvidado la conmoción extraña del toreo eterno, esa sacudida que te levanta de la piedra, enronquece la garganta y te hace sentir ganas de abrazar a tu compañero de abono. El primer aldabonazo lo dio Curro Vázquez en terrenos del cinco a donde ordenó llevar al novillo del que nadie esperaba gran cosa tras haber acosado al diestro un par de veces con el percal. Después de una fase de tanteo, llegó una serie de derechazos de una naturalidad insólita, la despaciosidad enmarcada en la apostura innata del medio pecho exacto. Curro Vázquez o cómo resumir la vida en un trincherazo profundo y un cambio de mano del que sale andando con la torería de los elegidos. Si el festejo hubiera acabado ahí, ya nos hubiéramos dado por satisfechos, pero apareció Frascuelo para demostrar que setenta y siete años no son impedimento para seguir dibujando la media verónica sin moverse del sitio. 

Y después, llegó Rincón. La ovación que le dedicó la cátedra hizo temblar los cimientos de la plaza mientras nos quitaba de los huesos treinta años de encima. Cuando se abrió de capote para recibir a su novillo, parecía no haber transcurrido el tiempo, como si las verónicas con las que pretendía fijar al burriciego fueran las mismas que las de sus cuatro tardes míticas del 91, la primera de ellas precisamente con Curro Vázquez de testigo. Después el novillo acusó su defecto y a punto estuvo de llevárselo por delante hasta que Morante se hizo presente y como amo del cotarro, ordenó al presidente devolver el animal. Esta fiesta tiene cosas que son incomprensibles pues tras el contratiempo salió un sobrero de Garcigrande con ciertas complicaciones pero con la movilidad necesaria para permitirle a César recrear el cite en la distancia, la muleta adelantada, el embroque perfecto, el temple intacto, el pase vaciado detrás de la cadera y la ligazón precisa para hacer de la plaza un manicomio y convertir la mañana en un clamor. 

El festival se convirtió así en una lección didáctica óptima para los miles de jóvenes que acudían al reclamo de Morante, pues Ponce actuó después de César, para explicar la radical diferencia que hay entre lo bonito y lo grandioso. Si a Rincón le correspondió un animal idóneo para desempolvar su concepto, el maestro de Chiva sorteó un novillo feble ante el que revisitó su faceta de torero enfermero al que tantos toros sirvieron a lo largo de su carrera, por el método de aplicarles la medicina del temple, esa otra tauromaquia de acompañamiento superficial y preciosista enfrentada entonces y ahora a la apuesta de Rincón por imponer su sitio al del toro y dominarlo con la receta de la profundidad.

Para nuestra desgracia, el toreo moderno que asola las plazas se acerca más a esa línea menos comprometida que manufactura toreros en las escuelas taurinas. En una de ellas se formó la novillera Olga Casado, que cerró el festival cortando dos orejas por una faena aseada que terminó remedando las poncinas del maestro bajo la mirada aprobatoria de su mentor Abellán. Eran las tres y cuarto cuando abandonábamos la plaza agotados por el cansancio extraño de la emoción verdadera, después de haber asistido a una borrachera de toreo a cargo de cinco maestros con personalidades distintas, cinco inyecciones para anestesiar la orfandad que llegaría por la tarde. 

Es cuestión de tiempo que renovemos la ilusión cuando otro torero surja para recoger el testigo del toreo clásico y nos permita seguir creyendo en las promesas insinuadas en la extraordinaria mano izquierda de Víctor Hernández o en el dominio sin trampa de Román a un Victorino indómito, por el método infalible de pisarle el terreno y aguantar en el sitio donde los toros cogen si no son sometidos por un afán de triunfo superior a la muerte. El trasteo más emocionante del año en las Ventas situó a Román de nuevo a las puertas del triunfo grande pero acostumbrado a jalear la bisutería, el público no pidió la segunda oreja para la joya que acababa de contemplar. Tampoco lo hizo con Fernando Robleño, la conmoción en que estaba sumida la plaza tras el adiós de Morante opacó su despedida y el pinchazo final que precedió a la estocada rebajó los ecos de su gran faena al quinto de Garcigrande, donde pudo mostrar al fin la clase que siempre tuvo, escondida tras veinticinco años de pelea con el toro de respeto. 

Terminaba la temporada sin que nadie recordara la primera puerta grande de la feria, consentida para Emilio de Justo tras una faena simplemente correcta que enalteció su coraje para salir de la enfermería en el sexto toro de la corrida de Victoriano del Río y superar el dolor de sus costillas quebrantadas en el primer acto de la tarde. Alternaba ese día con Borja Jiménez y Tomás Rufo, dos de los diestros que parecían llamados a tomar el relevo tras ilusionar a la afición no hace siquiera dos años. Desde entonces, su propuesta se ha deslizado por el despeñadero de la vulgaridad, siendo deseable que hayan tomado nota del impacto indeleble de los maestros antiguos, de cómo se agotaron las entradas en una hora sólo por verles hacer el paseíllo, de la huella de torería que su última lección magistral ha dejado en nuestra memoria para siempre. Ojalá no tengamos que decir como el padre de Búfalo cuando llevó a su hijo a ver torear a Juncal en el Puerto de Santa María, “¡niño, a ver si te enteras de lo que estás viendo, que lo que estás viendo no lo vas a ver en tu puta vida!”  





martes, 24 de junio de 2025

SAN ISIDRO 2025: LA FERIA DE MORANTE



A las siete y diez de la tarde de un miércoles de mayo, José Antonio Morante Camacho se abrió de capote en el tercio y barrió en cinco verónicas y media todo el toreo espurio que viene sosteniendo el espectáculo del planeta de los toros. Media docena de lances para desmontar todas las tabarras del taurinismo oficial que justifican la impostura de cada tarde como si a pesar del erial en que está confinada la fiesta, nadie recordara el sendero de gloria que la convirtió en un rito único.


En realidad, fueron ocho. Los dos primeros como un presagio de los olés roncos que vendrían después, la seña de la identidad eterna de las Ventas para saludar el acontecimiento del toreo clásico y reunido, en el sitio y sin perder un paso, con la sencillez de quien pasa por allí y se entretiene en explicar al público que habitualmente aplaude lo accesorio, la belleza de la verdad resumida en una media.

Que Morante estaba bendecido aquella tarde se vio cuando improvisó el quite del vasito de plata, genialidad a cuerpo limpio para recortar al toro que apuraba a su peón, sin derramar una gota del cáliz. Se veía al cigarrero con ganas de empezar a torear cuanto antes, el pronto y en la mano de Chenel como antídoto contra el tostón de las faenas sin medida. Si un torero no es capaz de revelar en veinte pases el mensaje que trae a la plaza, es que no tiene nada que decir. Morante dio pocos más y comenzó la lección doblándose en las tablas del nueve, meciendo al toro de Garcigrande en muletazos tersos que buscaban abrir los caminos de una embestida que hasta entonces había sido huidiza y por momentos claudicante, y conducirla hasta la prueba de fuego del trincherazo final. La serie con la derecha que inauguró el toreo fundamental se construyó con la naturalidad de los elegidos, cuatro muletazos que parecieron uno solo, tal fue el encaje y la armonía que guio la obra dibujada en el sitio exacto donde reside la gloria. Morante torea en unos terrenos que ahora mismo nadie pisa y manda a los toros al límite del ceñimiento. Entre el recital de derechazos, cambios de mano y trincherillas, se erigió una serie única de naturales extraordinarios en los que sacrificó la ligazón, como si el estado de gracia que movía la tela necesitara un respiro entre pase y pase para degustar mejor la plenitud y los ayudados por bajo, el pase de la firma y el molinete invertido, fueran el remate necesario y refrescante para sobrevivir a tanta intensidad.


La faena a Seminarista fue la mejor que han visto las Ventas en los veintiocho años de alternativa del sevillano, tantas veces perdido en esta plaza entre retazos inconclusos, obsesiones con las condiciones del ruedo y críticas al toro de Madrid que, al parecer, ahora sí cabe en su muleta. Una labor tan inspirada que en otros tiempos menos reglamentistas, hubiera bastado para que se llevaran a Morante por la puerta grande, al margen de las orejas que pospuso el descabello. La faena obró en la tarde un efecto devastador sobre las víctimas que cometieron la imprudencia de compartir cartel con el toreo puro, sobre Talavante especialmente, convertido en una sombra que paseaba por el ruedo arrastrando la memoria de la faena triunfal que abrió el ciclo, mera bisutería preciosista incapaz de soportar la comparación con la obra maestra que acababa de presenciar. La devastación se extendió al resto de la feria, relegando al olvido a los toreros de su generación que resisten en el escalafón al amparo del medio toro flojo y dócil, a los diestros mecanizados de la generación siguiente fabricados en serie por las escuelas taurinas, a los epígonos del negociado del arte, perdidos en la melancolía inútil de la confrontación con el modelo original. La actuación de Morante en la corrida de la Beneficencia anduvo por debajo del acontecimiento previo y su mayor mérito fue la inteligencia del torero para aprovechar el viento a su favor y reunir los fragmentos de autenticidad de la tarde, hasta conducirlos a la tierra prometida de la calle de Alcalá con el salvoconducto de tres naturales inmensos a un toro impresentable de Juan Pedro que en otro momento solo hubiera merecido la faena de aliño habitual. El triunfalismo de los jóvenes se adueñó del escenario para izar al ídolo sobre su fervor de botellón y “vivaespañas”, y entre los tonos pastel de las camisas de marca emergía una figura azabache como de otro tiempo, un Gallito improbable a lomos de una ficción.


Desde la andanada se asistía al suceso con la alegría que proporciona contemplar el anacronismo de un torero vestido de siglo diecinueve paralizando la vida capitalina de un domingo por la tarde, hasta que la policía montada de Urtasun suspendió la ensoñación para que la calzada recuperara su acostumbrada mediocridad. La imagen de un artista elevado a la categoría de héroe por los veinteañeros de esta época sin más referentes que los “streamers” que los aleccionan, nos trajo el recuerdo del aficionado ignorante que fuimos, representado en la masa que aclamaba a Morante camino de la puerta grande como lo hubiera hecho con Perera, Castella, Rufo o Adrián si hubieran culminado con la espada sus trasteos ayunos de enjundia, como lo hizo siete días después con Borja Jiménez, por una faena efectista a un toro obediente de Victorino. Es difícil que el hedonismo que orienta sus instintos les permita distinguir entre la pureza y el engaño, entre la hondura y la superficialidad pero también es probable que alguno de ellos transite por el camino del tiempo alcanzando la madurez suficiente para dejar de preferir una danza banal ante un animal bobo a las faenas de poder frente al toro de respeto.

Quizá tengan que esperar a que la vida haya dejado en ellos el poso de dolor necesario para apreciar la otra feria, el reverso de la tauromaquia incruenta que atesta los tendidos de un público festivo, las tardes en que la emoción vuelve a la piedra y disuelve el tedio cuando el toro recupera su condición de fiera y su casta exige toreros sin duende que arriesgan la vida apenas por los gastos, romanes que exponen los muslos partidos a las embestidas inciertas, damianes y robleños que no han visto un Domecq ni en las fotografías. Y lidiadores ultramarinos que vienen a la madre patria a reivindicar la fiesta proscrita en su tierra y se abrazan a su oportunidad en la periferia del sistema, tal Diego San Román sorteando gañafones como balaceras de Querétaro o Juan de Castilla conviviendo con las tarascadas de un toro de Dolores como con los sicarios del narco que poblaron su infancia en Medellín. 


El culto al meritoriaje en la fiesta siempre ha permitido que las figuras del toreo escogieran las mejores ganaderías a cambio de la excelencia en su propuesta artística. A José Tomás no se le exigía que matara barrabases. La feria ha sido un desierto de monotonía del que sólo nos redimió Morante. Si haciendo honor a su fama de alunado se hubiera retirado tras otorgar la bendición a sus fieles desde la balconada del Wellington, podría haber dicho, como el Guerra, después de mí, “naide”, y después de “naide”, Uceda Leal, que estando ya de vuelta de todo aún dio una lección de torería ante un toro de la Quinta. Acaso la actuación sentida y asentada de Fortes que contemplé desde el tamiz enaltecedor de las cámaras de teleayuso fuera otro de los sucesos del ciclo, siempre que no se tuviera en cuenta el factor corrector de la perspectiva de los compañeros de abono que desde el altozano de la andanada son capaces de desmontar los mitos televisivos con la misma efectividad que los informes de la UCO arruinan la reputación de los felones. Algo de eso debió pasarle a Roca Rey, que se empeñó en destrozar el aura que lo acompañaba desde su aparición en Tardes de soledad, el documental que al parecer le ha arrebatado el alma, tal fue el derroche de vulgaridad desplegado en su trámite isidril. 


El toro más bravo de la feria, Brigadier, de Pedraza de Yeltes, que midió su bravura en tres puyazos cobrados arrancándose de largo y recrecido en el castigo, no ha sido mencionado en ninguno de los premios oficiales del establishment taurino, interesado en promover el otro toro que permite el mantenimiento del tinglado, el exclusivamente fabricado para la faena de muleta, el que prodiga embestidas ordenadas, no suelta la cara y en lugar de acometer, ofrece inercias. En cuanto a la ganadería más completa, habiendo asistido a las corridas de la Quinta, Escolar, Pedraza y Fuente Ymbro, los jurados han preferido prevaricar distinguiendo a la ganadería de Jandilla. Vale.




viernes, 14 de marzo de 2025

TARDES DE SOLEDAD


Después de su estreno rutilante en el Festival de San Sebastián y los ecos de acontecimiento que desde entonces condujeron a la cinta a la Concha de Oro y a su creador, Albert Serra, a la concesión del Premio Nacional de Tauromaquia, el primer viernes de marzo se puso a mi alcance “Tardes de soledad”, el documental sobre Andrés Roca Rey, que había conmocionado los mentideros taurinos conocedores de su dimensión. A las ocho y media en punto de la tarde lluviosa, la expectación del suceso había sido derrotada quién sabe si por la competencia de los cultos cuaresmales de mi ciudad levítica o por el cañeo habitual de la jornada, el caso es que me vi convertido en espectador único de la sala tres de los Multicines Odeón. El privilegio de la sesión privada convivía con cierto aire de desolación por la decadencia del rito de la pantalla grande y la sala oscura, que se esfumó de inmediato cuando tras los interminables créditos iniciales de las productoras el
toro se hizo presente en la escena.


El toro de la noche reinando en la dehesa, su respiración cortando el aire como la banda sonora de Tiburón. La película es un duelo permanente entre el aliento del toro y el resuello del torero, porque, en realidad, “Tardes de soledad” es una película muda. Es la filmación del silencio de la muerte apenas quebrantado por las interrupciones sonoras que la vida opone a esa certeza, el ruido sordo de la lidia, el aullido estentóreo del peón, el rumor en sordina de la gente, el “Vals triste” de Sibelius en el trayecto de regreso. El siguiente plano tras la apertura nocturna es Roca Rey en su furgoneta después de torear, mostrando su rostro en la cámara fija congestionado tras la pelea, los restos del miedo resbalando por su piel sudorosa, la mención de José Tomás como referencia icónica de la épica reciente. Los ánimos banales que ofrece la cuadrilla contrastan con la seriedad del matador, obsesionado por librarse del objetivo que retrata sin censuras la tensión de la responsabilidad que pesa sobre su espíritu, eres el número uno, has estado cumbre, un figurón del toreo, “mi arma”, le regalan el oído Viruta y Chacón, esos Ray Liotta y Joe Pesci pasados por la tierra de María Santísima. 

La puesta en escena solo tiene tres decorados, la furgoneta, la plaza y el hotel. En la habitación, se representa el ritual del descendimiento a la realidad. Vestido en blanco, sangre y oro, un punto antes de llegar a la desnudez, el hombre solo, a pesar del apoderado en el espejo. Un rosario por todo escudo es la ropa interior del héroe que más adelante embute de nuevo su fortuna en seda negra, mientras cruza silencios con Larita, el mozo de espadas que mantiene en vilo al maestro para enfundar el valor en un traje de luces cuyo color osa llamarse catafalco. 

En la plaza, la decisión artística del director es cerrar el plano y bajar el punto de vista, el tiro de cámara a la altura de la fricción entre toro y torero, aboliendo todas las geometrías que se advierten desde el tendido y con ellas, los debates sobre el temple y las distancias, la estética y la colocación, el arte excluido por una cuestión de perspectiva que elige centrarse en el encuentro entre el hombre y la fiera tan en corto que se siente en la butaca, la mirada en el fragor de la embestida y el trazo fugitivo del lance, en la muerte temblando entre la boca del bicho y el rictus crispado del matador. 

La arena de miga de las Ventas, la tierra negruzca del Norte, el albero maestrante sevillano conforman ante la cámara una piel de toro agreste y berrenda, recorrida en tardes sin espacio para el triunfo porque la ambición por afirmarse en la condición de figura lo arrasa todo. El tratamiento prodigioso del sonido dibuja el latido del público en elipsis, como decorado ausente en el que brilla el susurro de las conversaciones entre barreras pespunteando el diálogo físico entre los contendientes. El respeto del matador por el toro contrasta con la mezquindad de los peones que insultan al tótem, ajenos a la gloria que transporta, como si la obligación del animal no fuera comportarse conforme a su naturaleza salvaje.

La película se contempla en continua tensión dramática por la inminencia de la cogida que finalmente llega junto a la perplejidad del diestro por haberse salvado. Tras el paso por la enfermería se nos muestra al torero sin chaquetilla, cubierto por una bata quirúrgica que envuelve el secreto de la suerte que lo ha librado de perecer en la crucifixión que un toro de Bañuelos intenta con su cuerpo, atropellado al fin contra las tablas de la plaza de Santander. Frente a la impostura del sesgo de las retransmisiones televisivas, la película de Serra es puro cine, y logra atrapar la verdad de la muerte mostrada en primer plano, sin hurtar al espectador el estertor que va desde que dobla el toro hasta el postrero espasmo de la puntilla, sin miedo a eludir la crudeza implícita en el último rito de masas que se atreve a transgredir el infantilismo hedonista de la sociedad actual, enfrentándola con la representación de su destino. 

Quizá sea la película de toros más importante de la historia. Ni la ficción ni el documental habían conseguido hasta ahora transmitir la profundidad de esta liturgia con la emoción esencial que viene convocándonos desde hace siglos en torno a su misterio. “El cisne” de Saint Saens culmina musicalmente el viaje, ilustrando el último plano de los toreros despidiéndose indemnes tras la batalla, y nos traslada a esa sensación de plenitud que hemos sentido en la plaza tantas tardes, cuando después de haber asistido a la revelación del toreo puro, emprendemos el camino de vuelta a nuestra propia soledad.




sábado, 29 de junio de 2024

EL LEGADO


En tauromaquia, la forma es el fondo. Como sucede con la Justicia, la ética se asienta sobre el respeto a las normas del procedimiento, sobre los principios generales del Derecho, sobre el canon eterno de la lidia. Asistimos al tiempo de la impugnación de esos valores en la persecución de la ventaja inmediata, del ansia de poder, si bien la hipocresía del momento aconseja crear una moral de urgencia ya sea para ilustrarnos sobre las bondades de la amnistía o sobre la legitimidad del toreo moderno. 

Que el enésimo torero espurio abra la puerta grande de las Ventas o el Fiscal General del Estado no respete el secreto profesional es una cuestión que, bien mirada, no debería importarnos tanto como la cesta de la compra, por ejemplo, pero introduce en nuestras vidas transeúntes entre la sala de estar y la andanada, un malestar creciente, una sensación de seguir asistiendo a la subversión permanente del sentido común. Es lo que ocurre cuando el público de toros ovaciona hasta el éxtasis la impostura, y el ritual continúa degradándose tal como lo hace la separación de poderes cuando los partidos se reparten los peones en el poder judicial.
 
La Feria de San Isidro suspende la vida del abonado durante un mes y lo convoca a la plaza para situarlo en un universo extraño en donde comparece cada primavera el planeta de los toros, un mundo anacrónico en el que el aficionado se obstina en permanecer para sustraerse de la hostilidad de estos tiempos ignaros en los que el infantilismo circundante lo agrede a cada paso. Resulta desolador, sin embargo, que el templo donde acudimos a defendernos de la pesadumbre de vivir, aligerando esa carga con la liturgia que vertebra nuestra existencia, se vea amenazado por el mercantilismo que lo transforma en taberna cada tarde, por el sistema empeñado en humillar al toro hasta convertirlo en un dócil semoviente y por la decadencia del toreo moderno, sustentado en los pilares de la ficción y la vulgaridad. 

Pese a todo, la lidia de toros en Madrid sigue siendo un espectáculo de masas, acaso como reacción a las manifestaciones del baranda del negociado, el ministro que justificó en la condición minoritaria del espectáculo, la coartada para la abolición del patrimonio que está obligado a defender. Los nuevos públicos acuden en aluvión de jóvenes subyugados por el fogonazo estético del héroe que aún es capaz de explicar en veinte pases el secreto del triunfo, ése que no aciertan a descifrar en su propio futuro preñado de incertidumbre, pero traen a la plaza costumbres ajenas al carácter de las Ventas, ignorantes de los códigos que fueron santo y seña de su afición. Y por qué habrían de entenderlos si apenas son ya cuatro iluminados, los que los enarbolan aplaudiendo a presidentes que niegan la oreja por el hecho de que la espada se haya desviado un palmo de su colocación canónica. Por qué deberían exigir el toro encastado, si la salmodia mediática que reciben les instruye en la conversión de la fiesta en un simulacro banal. Bastaría con exaltar los valores intrínsecos de la batalla en la que un héroe tuerto es capaz de imponerse a la bestia con la clavícula rota frente al ídolo deportivo que se queja por las molestias que le ocasiona jugar al fútbol con una máscara.

La culminación de la hipocresía del sistema comparece en la corrida de homenaje al maestro Antoñete, otro no hay billetes al servicio del neotoreo que hoy se practica en las antípodas de lo que fue su tauromaquia de clasicismo añejo y colocación exacta, conceptos que ahora pasan desapercibidos en su plaza si algún epígono casual se atreve a proponerlos. La mayoría del escalafón se mueve entre la indolencia y el conformismo al que conducen la respuesta de los públicos que ovacionan de igual manera la ligazón falsaria al hilo del pitón que el medio pecho ofrecido cargando la suerte, del mismo modo que el electorado se resigna a seguir votando las listas eternas de culiparlantes creyendo que así conforman la voluntad popular.

En la configuración del toro como animal colaborador concebido para la faena de muleta, la decadencia es inevitable en el resto de los tercios de la lidia y se ensaña especialmente con la suerte de varas, en ausencia de picadores que sepan largar el palo con tino y con mesura y de diestros que posean la técnica precisa para recrear el viejo estilo de llevar y colocar con majeza al toro ante el caballo, abandonando la escena por donde corresponde. La deriva por la senda de la dulcificación de las corridas de toros provoca reacciones extrañas en los nuevos públicos, habituados a vivir la tarde como un festival incruento, incapaces de digerir entre el trasiego de los gin-tonics, los contados episodios en los que la pelea entre la vida y la muerte trasciende del decorado y reclama el primer plano. Acostumbrados a la gran elipsis impuesta sobre la parca en la sociedad moderna, interpretan de forma equivocada la simbología de la agonía del toro y cualquier percance del torero queda elevado a la condición de salvoconducto para el triunfo de ocasión.

El legado de los grandes maestros que han construido el prestigio de las Ventas corre el peligro de quedar reducido al azulejo que los inmortaliza en sus pasillos. En ellos palidece la imagen de Chenel citando en la distancia, aguantando en el sitio donde los toros cogen, la efigie de Curro en el acto de abrir su capotillo y detener el tiempo en una media, el recuerdo de José Tomás templando al viento, defendiéndose del toro con sólo el arma del estaquillador. Hemos tenido que contemplar la estatua de César derribada en su tierra, tan lejanos los tiempos en los que su muleta poderosa barrió todo el toreo que mentía a su alrededor. La noticia ha ocupado un breve en los medios de información general, entre la amenaza de una nueva dana y los preparativos de la operación salida.




lunes, 5 de junio de 2023

CRÓNICA DE SAN ISIDRO 2023: LA FERIA DEL FRÍO.




La lidia de toros bravos es el acontecimiento más subversivo que aún resiste en el entorno de puritanismo políticamente correcto que nos toca transitar. En una sociedad anestesiada por el conformismo, la mentira y la banalidad, la asistencia a la plaza supone la posibilidad de introducirse todavía en un microcosmos anacrónico que nos reconecta con la emoción del enfrentamiento del hombre con la muerte, un escenario raro por opuesto a la realidad que espera en el exterior, en la que todos los estímulos tratan de alejar al transeúnte de la más ineludible verdad de la existencia.

Me refiero a la tauromaquia clásica, no al toreo moderno, el trampantojo en que la tienen convertida los mercaderes que aspiran a obtener beneficio particular de lo que siempre fue el último reducto de valores eternos como la gallardía y el afán de superación. Como en otros órdenes de la vida, el ser humano trata de buscar siempre el atajo para llegar al triunfo por el camino más cómodo y en ese empeño, sacar tajada sin importar cómo. La lucha entre lo esencial y lo accesorio, la pelea entre la pureza y la mistificación se produce cada tarde de toros en las Ventas, y los participantes en el debate de los tendidos entablan una contienda filosófica que como dijo Ortega, reproduce el escenario social de la nación que asiste extramuros a la crisis de una época varada en la confrontación entre los principios de una generación que se retira y otra que aspira a sustituirla impugnando sus verdades, acaso como sucedió siempre. 

El espíritu fundamentalista de la plaza que tradicionalmente mantuvo la seriedad de las Ventas como cátedra donde exponer la esencia del toreo clásico para enseñanza de los neófitos de aluvión, sigue resistiéndose a quedar sepultado bajo esa nueva tauromaquia “fake”, jaleada por el público menos exigente que expresa su satisfacción en el número de trofeos cosechado en el festejo. En la controversia, la empresa trabaja a favor de la decadencia del rito, convencida de que la menor exigencia del cliente, aumentará sus beneficios con mayor facilidad. En esa estrategia está la clave del planteamiento de la feria de este año, en donde las ganaderías que atesoran las reservas de casta de la cabaña brava han ocupado un lugar testimonial, desplazadas por el toro más bonancible exigido por las figuras y preferido por el público festivo que convive mejor con un espectáculo sin sobresaltos, más cercano a un evento deportivo incruento que a la ceremonia taumatúrgica marcada por el peligro y la incertidumbre. De esta manera, la liturgia de poner en juego la vida sometiendo a una bestia indómita y creando belleza en el envite, va perdiendo grandeza al convertirse en un ballet amanerado interpretado frente a un animal cercano a la domesticidad que no precisa de dominio alguno y ante el que no hay que conjugar el canon ancestral de parar, templar, cargar la suerte y mandar en la embestida, sino que basta con acompañar el viaje de un bicho que ya sale vencido del chiquero. El toro queda desplazado de su significado esencial y totémico y es degradado a mero pretexto de un entretenimiento banal.

En esa deriva se enmarcan episodios como el protagonizado por el eximio Eutimio, el presidente de la corrida de Garcigrande que comenzó aprobando un encierro sin trapío para Madrid, luego concedió dos orejas a Emilio de Justo sin merecerlo y acabó sacándose de la manga por sorpresa el pañuelo azul sin que nadie pidiera la vuelta al ruedo para el toro, que eso sí, satisfizo a su criador con los criterios en base a los cuales fue concebido y seleccionado, esto es, pasar sin pena ni gloria por los dos primeros tercios y embestir con cierta pujanza en la muleta. El triunfalismo que mueve los engranajes de ese nuevo concepto de fiesta alejado del rigor consustancial a la categoría de la plaza, se cobra una puerta grande inmerecida y por mucho que Emilio de Justo tenga un rincón especial en el corazón de la afición después de la espeluznante voltereta que truncó su temporada el año pasado, los goznes de la gloria no pueden activarse si no se ha toreado por derecho al natural y la estocada ha caído baja.

Esa tarde, como un acto más de la campaña electoral que este año ha contaminado el entorno de la feria, Telemadrid comenzó la emisión de las corridas en abierto que se prolongó hasta la jornada de reflexión. El festejo del 28-M ya no fue necesario televisarlo porque hubiera restado audiencia a las fanfarrias preparadas para pregonar el triunfo de la reina de Madrid, que aprovechó el inicio de las retransmisiones del evento para que su aparato publicitario invadiera el palco real en plena corrida con los preparativos de la emisión del telediario. Además de la discoteca verbenera que nos despide cada tarde y los chiringuitos en el templo por doquier, nos quedaba por ver la prostitución del vacío aposento para la entronización de la propaganda al servicio de Ayuso y mientras Morante pasaba su quinario y Eutimio trabajaba para las fuerzas del mal, las luces que despedía el palco parecía que cegaban a las gentes y contribuían a ocultar el sindiós acontecido en el ruedo.

El sumo sacerdote de todo este tinglado se llama Julián, pero el que llena las plazas es Roca, con Morante de tuerto en el arte de destapar el tarro de las esencias cuando la suerte le es propicia en el reino del toro descastado. Tampoco sucedió esta vez. Morante sigue pagando su infortunio con los sorteos mas en el pecado lleva la penitencia por dejar que su lote lo siga escogiendo alguien con trazas tan patibularias como el Lili y por anunciarse con animales alejados del tipo y comportamiento que podrían sentar las bases de un triunfo definitivo en Madrid. Y a pesar de todo, se le sigue esperando y la plaza luce con otro brillo cuando se anuncia el de la Puebla del Río. Bastaron una media y una serie en redondo para que Morante barriera todo el toreo espurio desarrollado en la feria hasta ese momento. La parte alta del escalafón es un erial en el que el cigarrero gobierna sin oposición, enfrentado al feísmo del poderoso de Velilla y a las maneras populistas del virrey del Perú. Sin fiereza alguna que dominar, y con el público a favor de obra es incomprensible el petardo que ambos pegaron en sus comparecencias de no hay billetes, en donde todo estaba preparado para que el clamor de los isidros se impusiera a la contra de los disconformes y el viento que azotaba las telas amainara para permitirles desplegar su destoreo contumaz. Y así hubiera sido en una plaza que acostumbra a jalear los mantazos infumables como oro molido, si no hubiera mediado su desastre en la suerte suprema que tiene que ver menos con la mala fortuna que con las maneras con las que ambos hacen la cruz, despeñados por la falta de compromiso con la rectitud en la interpretación del volapié.

La estructura de la feria urdida por la empresa en la estrategia de reducir el número de festejos que hasta este año completaban el tradicional mes de toros en Madrid, ha vaciado de contenido el ciclo en un empeño por concentrar lo mollar en las fechas cercanas al fin de semana haciendo del “juernes” el día clave del inicio del botellón en torno a la plaza de las Ventas. La feria de San Isidro se ha convertido así en la feria del gin-tonic y al reclamo del combinado y el “chunda chunda” que se monta apenas se arrastra el último toro, los gestores de la cosa taurina consiguieron agotar los abonos gratuitos para jóvenes en busca del ingreso atípico generado en torno a las barras que anegan el templo. Por eso, tras la bacanal del “finde”, conviene configurar el lunes como fecha de descanso, dejar para el martes la novillada y el miércoles para los toreros modestos, cuya cuota se ha reducido enormemente disminuyendo las posibilidades de que un “outsider” sin padrinos dé la sorpresa y se instale en la mesa de los elegidos, tal y como sucedió siempre, sin ir más lejos, el año pasado. El último intruso que aprovechó la isidrada para revelarse fue Ángel Téllez y la huella que dejó la temporada anterior nos mantuvo en la piedra de la andanada aguantando el frío pelón de este mayo invernizo por ver si después de su terrible voltereta al quitar por gaoneras a despecho del ventarrón que ceñía el capote a su espalda en el toro de Luque, salía de la enfermería para calentar nuestra avidez de pureza con unas gotas del toreo al natural que nos iluminó hace un año. Tuvimos que esperar hasta el cuarto para constatar que aquella revelación se ha convertido en vulgaridad, aunque nuestra magnanimidad prefirió aguardar hasta su segunda tarde para confirmar los malos augurios. 

Sin embargo, cuando el toro reaparece, todo es posible y hasta la avidez económica de la empresa deja un resquicio para los tiesos. La corrida de Santiago Domecq fue la más completa del ciclo a despecho de su apellido y de la lidia sin lucimiento en los primeros tercios con la que fue obsequiada por los matadores y su peonaje, con la excepción del otro triunfador de la feria, ese subalterno extraordinario que atiende por Curro Javier, un virtuoso con los palos que encuentra toro en todos los terrenos y con un capote de brega erige catedrales. En cambio, Fernando Adrián deconstruyó el toreo emulando a su homónimo catalán en los fogones, pero con peor aroma. En su descargo debe decirse que sorteó el que los jurados premiarán como el toro de la feria, Contento, número catorce, cinqueño, negro de capa, que parecía ir herrado con la máxima de Belmonte. “Dios te libre de un toro bravo”, podía leerse en cada una de sus embestidas y la dignidad del muchacho era estar por allí, cocinando las opciones de triunfo con los ingredientes del toreo en línea, la voluntad y el trallazo, y su innegable entusiasmo para condimentar la vulgaridad. Los comensales probaban de todo y todo les servía, lo malo y lo menos malo, el mérito y la incapacidad, y conseguida la primera oreja con la inestimable ayuda del lobby de los mulilleros de la propina, todo su afán era alcanzar el placebo de la puerta grande, allá penas si a la estocada final la había precedido un metisaca infame. 

Esto está del revés. Durante mucho tiempo hemos convivido con la degradación de los gustos del público, en la confianza de que reaccionaría cuando surgiera el toreo verdadero, el que pone a todos de acuerdo. Sin embargo, hay indicios que más bien señalan lo contrario, como sucedió la tarde de la corrida mixta, ese engendro que de vez en cuando nos cuelan para que el abonado pueda llegar media hora tarde a su localidad, disfrute de los ascensores vacíos y no tenga necesidad de echar el bofe por las escaleras que conducen al paraíso. Y es que, mientras la propuesta clásica y sin trampa de Ureña pasó inadvertida, el neotoreo superficial de Ginés Marín se premió con la oreja de la frustración del sexto, premio de consolación para faenas sin fuste diseñadas para recabar los aplausos fáciles al abrigo de la solanera, que ésta patrocina para marcharse del tendido con la sensación de haber asistido a un acontecimiento, cuando en realidad se ha aburrido más que viendo un partido del Atleti. Quizá sea por eso que cuando todo se compone y el concierto de trapazos se remata con la coda habitual de manoletinas como salidas de una cadena de montaje y todo culmina en la estocada desprendida habitual, surge un clamor en la plaza similar al griterío que brama tras un gol.

Y es que, poco a poco, la Plaza de toros de las Ventas va adquiriendo la condición de estadio. La última novedad en la mutación es el cruce de improperios que sucede cuando un sector de la afición denuncia el fraude del ruedo y los aguafiestas son tratados con la acritud que se reserva a las galopadas de Vinicius en Mestalla. Creíamos estar todavía lejos de las atrocidades que se escuchan en el fútbol, y valorábamos el costumbrismo con encanto de las querellas de corrala que hasta ahora se sostenían en la plaza, pero por lo visto vamos a tener que convivir con este nuevo público y con la estela de alcohol que dejan sus exabruptos.
 
Todos estos rifirrafes desaparecen en las contadas ocasiones en las que el toro impone su ley en la arena y se dejan de escuchar en los tendidos los “vivaespañas” del tedio. Sucedió en la tarde en la que la ganadería de José Escolar volvió a dictar su lección de casta y trapío en Madrid y se encontró con tres toreros en sazón para hacer frente a los grises que en estos momentos mejor defienden el honor de Albaserrada en la cabaña brava nacional. López Chaves se despide de las Ventas sin aliviarse, acreditando en su última tarde las mismas señas de identidad que han definido su carrera de profesional avezado en el arte de la lidia del toro íntegro. Gómez del Pilar vuelve a anunciarse con los mismos toros que le dieron gloria y hule en la isidrada anterior y esta vez sortea a Cartelero, un cinqueño premiado con la vuelta al ruedo cuya encastadísima embestida no acierta siempre a descifrar, en una labor general de mérito premiada con la oreja de un toro que hubiera desbordado a las figuras acostumbradas a sacar pecho ante los animales que no generan la incertidumbre en cada pase.

Y Robleño. Fernando Robleño. Veintitrés años de alternativa, anunciado para matar la corrida de Escolar y la de Adolfo, ahí es nada, experto en auscultar las claves del comportamiento del encaste a base de ir sobando a sus toros con el oficio de su muleta sabia que va abriendo los senderos del dominio con pases de uno en uno, como quien enseña a un adolescente a obedecer. Una tarea que se construye con paciencia y firmeza, seguridad en los toques y templanza en las telas, hasta que el toro se entrega en la ligazón postrera que recompensa los esfuerzos anteriores y los eleva a la categoría de proyecto con estructura, unidad y sentido, tan alejado de la mayoría de las faenas que contemplamos cada tarde, planteadas desde la incoherencia y la falta de personalidad. Pareciera que toda esa labor presente en sus tres actuaciones previas era una preparación para el encuentro con Aviador, nombre de resonancias míticas en la ganadería de Adolfo Martín, que rinde honor a su reata haciendo el avión en la muleta de Robleño, al que le bastan ocho o diez naturales para hacer rugir a la plaza con el bramido ronco reservado para el toreo hondo. Uno quiere creer que en todas esas otras faenas superficiales premiadas tras el recuento frío de un sarpullido de pañuelos, el olé surge más agudo, como procedente de gargantas que aún no saben diferenciar el toreo fácil del verdadero, el cual en cambio es saludado con la gravedad que merece su condición de acontecimento. Y atisba la esperanza de ganar para la causa a los espectadores de ese domingo que apenas ocuparon poco más de media plaza y se levantaron de sus asientos como nosotros, urgidos por la necesidad de gritar a los cuatro vientos la verdad del toreo eterno, la que interpretó Robleño en el sitio exacto, inspiradísimo en el cite, el remate y la ligazón, abandonándose por fin después de tanta lucha. Para su desgracia, esa sabiduría desaparece cuando toma el estoque, se esfuma la técnica y el corazón desfallece, y se suceden los pinchazos y las estocadas defectuosas. De lo contrario, hubiera cortado en esta feria no menos de cinco orejas, pero esos despojos de la estadística no pesan tanto en la memoria como la huella que queda tras su lección.     

En cambio, el retorno de Castella con cinco puertas grandes en su esportón ni siquiera es capaz de generar la clásica ovación de bienvenida al reaparecido, tal es el rastro que han dejado esas faenas en nuestro complicado cerebro. Sin embargo, como una manifestación evidente de la teoría del eterno retorno, el francés consigue la sexta puerta grande y el año que viene no guardaremos recuerdo alguno de su receta revenida, esta vez menos encimista, cuyo principal ingrediente es la quietud y la ligazón frente a un jandillita embestidor que el viento obliga a torear en el tercio. Una buena serie de naturales y una gran estocada valen las dos orejas según el listón del eximio Eutimio que esta vez refrenó sus ansias de sacar de nuevo el pañuelo azul. 

Castella es el mejor parado en esta feria de una generación que se mueve en torno a los veinte años de alternativa y aunque ha triunfado reiteradamente en las Ventas, sus representantes no han conseguido alcanzar la condición de toreros de Madrid que el foro sólo reserva a los elegidos. Comparecen cada año ante nosotros como si se les debiera algo y aún pretenden que se les abra cartel para lo cual hay que meterlos con calzador en las alternativas de San Isidro, y ahí es donde al toricantano se le pone cara de equino, porque viene a desempeñar la misma función que el caballito del rejoneador en las corridas mixtas. Su innegable técnica no es capaz de poner a favor de obra su pretensión de recuperar el sitio perdido, porque cumplen sus contratos con el ánimo de un funcionario, aunque a veces, por un momento, el viejo clamor vuelve a la plaza cuando Manzanares pone su exquisito empaque al servicio del ceñimiento, Perera consigue revisitar su temple extraordinario sin refugiarse en la ventaja o Talavante se centra en el toreo fundamental que le hizo grande y deja de emular causas ajenas. Alejandro llegó a adquirir la condición de consentido de Madrid y los rescoldos de ese privilegio aún encienden los tendidos a poco que el extremeño los alienta con sus morisquetas, pero la esperanza de que su toreo se amalgame de nuevo en una obra con enjundia tiene la misma credibilidad que una promesa de Sánchez.

Y quién toma el relevo, si Rufo muestra ya síntomas de adocenamiento tan sólo un año después de su confirmación de alternativa, Francisco de Manuel no consigue ir más allá de sus maneras novilleriles y Pablo Aguado, nos hipnotiza con el ritmo irreal de su capote y nos devuelve a la realidad del quiero y no puedo con la muleta. Apenas podemos engancharnos a la frescura de Leo Valadez, al valor sonriente de Román, o al estoicismo sin cuento de Adrián de Torres, para entretenernos en espera de que alguien tome de nuevo el cetro y recupere la excelencia para el toreo clásico.

Pese a todo, la feria termina bajo el signo de la grandeza. En la última tarde cedió la lluvia y se abrieron los cielos para que la leyenda de Victorino se renovara desmintiendo el horizonte de comercialidad al que se encaminaba en los últimos tiempos, tan ajeno al honor de la divisa. El hierro de la A coronada restituye en el abono el estatus del toro de Madrid, reventando la cantinela de la ausencia de toros en el campo que se usaba para justificar el desastre ganadero circundante. Seis tíos de irreprochable presentación cuyo comportamiento en los caballos hubiera sido más lucido de no ser por el desierto en que se ha convertido el tercio de varas durante toda la feria, debido a la ausencia de lidiadores que sepan poner a los toros en suerte como es debido y a la falta de afición de los picadores por torear a caballo y dejar la puya en el sitio adecuado. Seis galanes astifinos hasta decir basta, de los que piden el carnet a los que se ponen delante y saben en todo momento lo que se dejan detrás, toros que devuelven la emoción a la plaza, el ingrediente mágico que acaba con los silencios impostados en los tendidos y derrama los cubatas sin compasión. Y dos toreros del gusto de Madrid, Paco Ureña y Emilio de Justo, desbordados por el torrente de casta de sus respectivos lotes de cárdenos cinqueños que ofrecieron posibilidades de triunfo cuando sus matadores oponían poder y mando a su fiereza y evidenciaban su impotencia muletera cuando éstos se limitaban a acompañar sus embestidas. Bastante hicieron con no eludir el compromiso y allegar valor cuando no hallaban la técnica precisa para reunir en veinte pases los buenos momentos aislados que su torería encontró en la pelea. 

La corrida de la Prensa cierra el ciclo como estrambote extraño a un conjunto descorazonador. La empresa confunde el superávit en sus arcas con el éxito artístico de la feria y es que la vida nos parece maravillosa cuando las penas se digieren con pan. La elevación de los precios de las localidades fuera de abono ha sido acogida con suficientes carteles de no hay billetes para justificar que se consolide la traición al espíritu de José Gómez Ortega, el rey de los toreros que concibió la monumentalidad de la plaza para permitir el acceso a la misma de todos los bolsillos. Quizá por ello, este año no se programó festejo alguno el día 16 de mayo para que en el tradicional minuto de silencio por Joselito que se guardaba esa tarde, la plaza no se hundiera de vergüenza sobre sus cimientos gallistas.