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sábado, 3 de abril de 2021

SU LUZ ILUMINA ESTOS TIEMPOS OSCUROS


Tres años sin poder seguirlo en su camino. La lluvia, la enfermedad y la imprudencia nos han hurtado la centenaria maravilla, la dicha incomparable de convertirse cada año en uno de los que lo escoltan en la calle, el privilegio de contemplar desde la penumbra del capuz cómo en la tarde quieta se mece el ala leve de su clámide.

Sólo la herida de la guerra entre hermanos había provocado en el pasado una ausencia semejante. Ni siquiera la mal llamada gripe española, aquella otra epidemia cuya tercera oleada se extendió con virulencia por Cuenca durante la primera mitad de 1919, impidió que se desarrollaran con normalidad las procesiones de Semana Santa en el mes de abril. Cien años después, el triduo es íntimo, el fervor, callado. En los peores momentos de encierro no tuvimos el consuelo de visitar su capilla para sentir el amparo de la imagen amada, apenas unos minutos junto a su altar hubieran bastado para mitigar la incertidumbre.


Para el exiliado extramuros de la ciudad de los días azules, no portar su caña el Jueves Santo fue la más lacerante de las renuncias que nos impuso el virus en esta época de ansiedad y lejanías, de luto y soledades. La morada que construimos en otro lugar, quedó convertida en refugio inhóspito cuando llegaron las fechas en las que el alma pedía partir al encuentro de la infancia, en persecución de ese ambiente único que viste de alegría las calles de Cuenca abrigando el regreso del desterrado. Por las plazas empedradas de nostalgia, transcurría entonces la memoria del confinado, repasando cada recodo del recorrido mágico que aún debe conservar nuestra huella en sus entrañas, rememorando la emoción de la impaciencia por divisar la añorada silueta del Padre enmarcada en la puerta del templo, añorando la maravilla del sol filtrándose por las enredaderas de Alfonso VIII cuando el quejido del miserere sobrecogía la tarde. Mientras contemplábamos marcharse el día más querido por un horizonte vacío, un estruendo de horquillas como lanzas latía en los oídos del expatriado y con la oscuridad llegó el recuerdo de las lágrimas que surgen cuando se asiste a la despedida de Jesús, el de la Caña, atravesando la noche sobre el reflejo púrpura del Júcar, acompañado sólo por los más leales, apenas cobijado por la hoz.



Tras aquel silencio, el fin paulatino de las restricciones fue permitiendo trasladar las oraciones desde la casa al templo, la voz interior se hizo plegaria y al corazón nazareno se le permitió mostrarse en la intimidad de su cercanía y encontrar en su mirada, bálsamo para el sufrimiento, fuerzas para seguir aguantando. La Hermandad pudo por fin honrar en su despedida a los hermanos fallecidos y retomar las actividades que le dan sentido más allá del desfile procesional, el rezo de las cinco llagas como símbolo que nos conecta con nuestros orígenes en el Cabildo de la Sangre de Cristo y mensualmente nos ayuda a superar el dolor en comunidad. Porque hermandad es mucho más que cofradía y su calor debe arroparnos todo el año, en este tiempo de distancia y desaliento en el que no está permitido el fuego salvador de los abrazos.  

Una historia de cinco siglos tras su cetro nos marca la senda por la que discurrieron las generaciones que nunca dejaron de venerar su gloria, a despecho de la agresión de la guerra, de las pestes y revoluciones, sin desfallecer en el servicio de aquellos cometidos que nadie realizaba, la asistencia al desvalido en el momento de su muerte, el acompañamiento del reo abandonado por todos. Con el viento a favor de la bonanza o frente a la dificultad de la escasez, la tradición nos manda continuar representando su mensaje de caridad y redención, en una misión que debe ir más allá de la exposición pública de nuestras mejores galas cuando llega la Pascua. La costumbre de hermanarse sobrevivirá a esta nueva posposición de nuestro anhelo natural de compartir su majestad sobre las andas, de sentirlo más cerca que nunca cuando desciende a nuestra altura en la calle del Peso, de pregonar su belleza cuando descansa ante la Catedral. Volveremos a atesorar la fortuna de renovar el esplendor de su presencia en la calle y en la plaza. Hasta entonces, el Señor espera en el recogimiento y la compañía de los que a diario acuden a cobijarse en el fulgor de su llamada. 

Su luz ilumina estos tiempos oscuros.



viernes, 3 de abril de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS III: LA MUERTE DEL AMIGO


En Cuenca, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo, Teodomiro Huerta, con quien tanto quería. La elegía que tantas veces entonamos juntos en la música de Serrat es hoy un lamento solitario y el rayo que te ha llevado no cesa de herirnos desde que tus amigos hemos despertado a la evidencia de que nunca más estarás ahí para recordarnos con tu ironía habitual, que la vida será a partir de ahora un eterno lunes difícil de encarar porque ya seremos uno menos para siempre.

Todo esto pasará, decíamos a coro para eludir la tristeza de no poder compartir las cervezas de costumbre, haremos la gran fiesta, celebraremos la fortuna de encontrarnos, pagaremos la deuda de los abrazos pendientes y nadie tendrá excusa para no acudir. Y entonces nos llegó al teléfono tu imagen tras la máscara, el ingreso inesperado en el lugar en el que hace años ganaste una batalla parecida, las primeras bromas sobre la amenaza del maldito bicho y el temor por el acecho del dolor. Aislados del compás de tu latido, cada mañana nos dabas noticia de tu aliento y ese primer mensaje que en los tiempos de libertad inauguraba el chat de cada día, también llegaba en estos momentos de desasosiego en los que tratabas de driblar a la fiebre acosadora como si fueras tu admirado Juanito en Chamartín. Por nuestra parte, vigilábamos el móvil cada hora, te enviábamos las canciones de la banda sonora de nuestra historia común y los mensajes varados sin respuesta anunciaban la venidera soledad. Confiábamos en que el gran Uderzo escribiera un guión distinto desde el más allá que postergara tu partida hacia otros mundos, y te hiciera protagonista de una nueva victoria como el irreductible galo que eras.

La muerte lo concreta todo. Es la certeza absoluta que acaba definitivamente con todas las inseguridades, con la duda permanente, con el desamparo de los solitarios, aquéllos que como tú y el Pío Coronado galdosiano de tu película favorita, tenían ya varios perros enterrados. Bien lo sabías cuando tu coraje nos envió tu despedida anunciando que esta vez no habría gol en el minuto noventa y tres que prorrogara el partido, que para nuestro mal vendría a llevarte la parca, sin dejarnos siquiera el consuelo de empujar al mar tu barca con un levante otoñal. Nos cuentan que te fuiste mecido por la última nevada que sepultaba bajo su manto de madrugada las esperanzas de ese día aciago, penúltimo viernes de cuaresma, preludio del advenimiento del Jefe, como tú llamabas a Jesús de Medinaceli, que este año tampoco estará en las calles por acompañar mejor tu llegada a la otra vida.

Los muertos sin nombre de esta fatal epidemia se han encarnado todos en ti, compañero del alma, tan temprano, en este marzo triste de luto presentido, de duelos y distancias, de pronto abatimiento que acaso podamos derrotar leyendo a Séneca y su enseñanza sobre la necesidad de cultivar a los amigos como si los fuéramos a perder, y al perderlos, evocar su recuerdo como si los siguiéramos teniendo, como ese vino amargo difícil de trasegar por cuya aspereza se puede llegar también a una embriaguez placentera. En tu memoria, Teo, amigo, nos hemos reunido desde nuestras casas y hemos chocado esa cerveza que teníamos pendiente contra la pantalla del ordenador. Que la tierra te sea leve. 



viernes, 8 de noviembre de 2019

VOTAR EN BLANCO


Octubre de 1982. Un quinceañero de provincias recién afincado en Madrid se lanza a las calles para vivir sin intermediarios el último día de la campaña de las elecciones generales de ese año. De haber podido votar, hubiera elegido al PSOE, que tiene previsto celebrar a partir de las seis de la tarde, un mitin-fiesta en la explanada situada frente a la facultad de Biología de la Complutense, con Serrat y Miguel Ríos amenizando la espera al medio millón de personas que se congrega para escuchar a Felipe, su melodía hipnótica a punto de convertirse en el himno de casi el cincuenta por ciento de aquel electorado. Por entonces, antes de que el referéndum de la OTAN ponga el primer acorde disonante de una larga sucesión de promesas defraudadas, la cantinela suena entonada todavía, pero esa tarde, quizá intimidado por el desafío de atravesar la gran ciudad desde el barrio que es su nuevo entorno desde hace sólo quince días, el joven desiste de alcanzar la ciudad universitaria a pesar de los cantos de sirena de sus artistas preferidos y su audacia sólo le alcanza para moverse por los alrededores del barrio de Salamanca, donde tres fuerzas políticas destinadas a ser minoritarias celebran sus actos de final de campaña.    

La afición taurina del muchacho le lleva en primer lugar a la plaza de las Ventas en donde el Partido Comunista de España ha convocado a las siete de la tarde, otro mitin-fiesta cuya intervención principal correrá a cargo de Santiago Carrillo. Por los pasillos del templo taurómaco que hoy sus herederos pretenden clausurar, reverberan las voces de los entusiastas que gritan “aquí se ve la fuerza del PCE”, y el ritmo frenético de esa consigna que no refrendarán las urnas, le lleva en volandas hacia el ruedo abarrotado en el que la voz dulce y profunda de Mercedes Sosa intenta ser un bálsamo de consuelo por anticipado de la debacle electoral que se avecina. La intervención del viejo líder comunista se retrasa respecto a las previsiones y el joven, ansioso de no perderse otros escenarios, no lo llegará a escuchar en la que será la última ocasión de contemplar a Carrillo en tales lides, antes de que el destinatario de su primer voto en elecciones generales lo expulse del partido.  

Una vez fuera del coso, el chico camina calle Alcalá arriba y al llegar a la Plaza de Manuel Becerra, advierte bullicio en la puerta del cine Universal, donde Unión de Centro Democrático reúne a unos fieles que ante los catastróficos vaticinios de las encuestas gritan con un fervor encomiable “ni Fraga, ni Felipe, UCD repite”. El abarrotado local sólo le permite intuir en el estrado la esfinge de Calvo Sotelo, que intenta vender su labor de presidente en funciones negando el ruido de sables que todavía resuena en la democracia incipiente. Aún queda por intervenir Landelino Lavilla, pero el carisma del presidente del Congreso que protagonizará una caída en votos y escaños no igualada todavía, no logra retener al muchacho, su intención puesta en ganar un asiento en otro cine cercano, el Salamanca, donde Adolfo Suárez le hace la competencia a sus antiguos compañeros de partido. Acortando por Hermosilla, llega a Conde de Peñalver y delante de la pantalla en la que al día siguiente se seguirá proyectando “La colmena”, consigue atisbar a Suárez desde el gallinero, y escuchar sus palabras apresuradas de excusa por la brevedad de su discurso ya que debe salir inmediatamente para Ávila, en donde tendrá que hacer frente a las cartas que se están repartiendo en su provincia de origen, propagando el bulo según el cual ha decidido retirarse de la pelea electoral con el fin de no perjudicar aún más el voto de centro. Las emociones de la tarde acaban con las fuerzas y el espíritu aventurero del muchacho que abandona su idea inicial de rematar la noche en la Plaza Mayor, donde el periódico cuenta que Alianza Popular va a celebrar también un mitin-fiesta en el que intervendrá el candidato Manuel Fraga precedido de varias actuaciones entre las que destacan las de Jaime Morey y Mari Carmen y sus muñecos, precedidos por el bizarro casticismo de una rondalla de la tuna.

Treinta y siete años después, el entusiasmo ha cedido. El joven ya no existe, el cincuentón permanece recordando aquellos tiempos que no eran mejores pero sí más puros, los grupos políticos que hicieron la transición todavía nimbados por un halo de virginidad que la corrupción se encargaría de desmentir en cuanto tocaron poder. Entonces no había debates inútiles para monologar sobre consignas, ni redes sociales que manipularan la opinión, el sentido común aún no perecía a diario por incomparecencia de la verdad. Entonces se votaba convencido de que las ideas servían para cambiar el mundo, estrenábamos la ingenua sensación de influir con el sufragio en el futuro. Hoy se asiste a la campaña permanente con un hastío irrefrenable, la prepotencia gubernamental instalada en la mentira, la oposición cambiando sus principios al dictado del viento electoral, los populismos varios cabalgando la impostura, los nacionalismos felones aprovechándose de tanta vacuidad. Me gustas cuando votas porque estás como ausente, decía un poema satírico parafraseando el verso de Neruda. La antigua emoción de construir la democracia yace tristemente reducida a votar sin esperanza, con la fe puesta en que el resultado de las urnas no amenace demasiado el porvenir.




lunes, 30 de julio de 2018

LA HERIDA DEL CINE



La primera imagen que guarda mi memoria cinéfila es la del hoyuelo de Kirk Douglas agonizando en una cruz situada en un paisaje nevado donde a la vez se proyecta la sobrecogedora escena de la muerte de la madre de Bambi. En este tipo de sesiones de terapia que era el cine con el que crecimos nos aparcaban nuestros padres para que nos fuéramos acostumbrando a las asperezas de la vida. Me consta que alguno de mis contemporáneos aún no se ha recuperado de estos golpes de efecto que solía prodigar Disney entre las dosis de almíbar con que componía sus películas y desde entonces vive confundido en su particular libro de la selva desde el que le habla a su perro esperando contestación.

BAMBI

Los efectos secundarios de nuestra cinefilia tienen su origen en las sesiones de tarde de los sábados ante el televisor, cuando todavía no existían videojuegos suficientemente atractivos para competir contra el Dardo prodigando acrobacias mientras enamoraba a Virginia Mayo, ese tiempo magnífico en el que era imposible hallar mayor diversión a lo largo del día que contemplando a Harpo Marx colgando su pierna en el brazo del interlocutor estupefacto. Si alguna de esas tardes era de verano y nuestros padres nos recluían en el cuarto de la siesta, la estancia en la celda no era tan tediosa si podíamos imitar a Steve MacQueen haciendo rebotar su pelota de béisbol contra la pared.

EL HALCÓN Y LA FLECHA

Tampoco es que uno fuera el niño de “Cinema Paradiso” pero no había mejor manera para mitigar la melancolía de una tarde de domingo que acudir al Cine Alegría, donde se ensanchaba el espíritu con sólo pronunciar su nombre, o aferrarse a la dura butaca del Cine Avenida para meterse entre pecho y espalda “Orca, la ballena asesina” y “Pánico en el Transiberiano”, provisto de un arsenal de regalices y gaseosas para poder aguantar semejante programa doble. Aún recuerdo salir del Cine Xúcar en una nube tras el impacto provocado por la contemplación de Olivia Newton-John desde la penumbra de la fila dos, y si entorno los ojos todavía puedo recordarme junto a mis amigos remedando la forma de andar de John Travolta después de ver “Grease” por tercera vez. En el trayecto hacia nuestras casas, íbamos cantando en nuestro absurdo inglés inventado las canciones del musical por Carretería con el cine España de testigo, sin sospechar que su sala nos acogería poco después en veladas menos inocentes no toleradas para menores.  


     
No faltaría mucho desde aquel momento para que las historias de amor dejaran de ser imaginarias y sin embargo algo fallaba en la prosaica realidad porque los besos no venían acompañados de banda sonora e inevitablemente añorabas el vértigo entre Scottie y Madeleine en el abrazo que dabas a tu chica. La herida del cine provoca fenómenos extraños cuando por fin recorres los escenarios que antes sólo habías visto en la tele del cuarto de estar y eres capaz de divisar con nitidez la imagen de Gene Kelly bailando en la orilla del Sena e incluso puedes sentirte Cary Grant por unos minutos, degustando en vano la secreta esperanza de encontrar a Deborah Kerr cuando el ascensor llega por fin al último piso del Empire State. Si cierta inquietud recorre tu anatomía cuando adviertes a tu alrededor una excesiva concentración de pájaros, o desde que viste Tiburón sientes algo de resquemor al adentrarte en el mar más allá de la boya, estás enfermo de cine, un mal que puede llegar a ser preocupante si el impacto de "La invasión de los ladrones de cuerpos" te ha hecho odiar el repollo para siempre.

VÉRTIGO

A cambio, el cine te regala definiciones perfectas de la hipocresía en “Plácido”, del desamor en “El apartamento”, del desamparo en “Ladrón de bicicletas”, de la ingratitud en “Luces de la ciudad”, obras maestras que te abrigan bastante cuando se trata de entender el mundo y su intemperie. Si la depresión inunda tu vida, no hay mejor tratamiento que abandonarse a la alegría de “Cantando bajo la lluvia”, si tienes dudas sobre qué es la lealtad es preciso pasar la tarde revisitando “El hombre que mató a Liberty Valance”.

LADRÓN DE BICICLETAS

Siempre nos quedará París, y la posibilidad de ver “Casablanca” una vez más, ese clásico inmortal que te lleva a un café de ensueño en donde un perdedor rumia su cinismo entre los actores de la segunda guerra mundial hasta que el pasado le visita en forma de mujer y le recuerda que con ella fue feliz aunque el mundo se desmoronara. Su blanco y negro resplandeciente te coge por las solapas en cada revisión y no te suelta hasta que Bogart descubre sus cartas y pone sus ideales por encima del amor de su vida. Pero lo que hace de esta película una obra casi milagrosa es que aunque la veamos cien veces, siempre guardaremos la íntima esperanza de que poco antes de la última secuencia, Ilsa regrese de entre la bruma y se acabe quedando con Rick.     

CASABLANCA
ESPARTACO

UNA NOCHE EN LA ÓPERA

LA GRAN EVASIÓN

GREASE

UN AMERICANO EN PARÍS

TÚ Y YO

LOS PÁJAROS

TIBURÓN

LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS

PLÁCIDO

EL APARTAMENTO

LUCES DE LA CIUDAD

CANTANDO BAJO LA LLUVIA

EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY VALANCE

martes, 9 de mayo de 2017

MEDIO SIGLO

Llegar a los cincuenta es un triunfo que no se valora debidamente en estos tiempos extraños en los que a la edad de las sopitas y el buen vino, la gente corre maratones y se viste con la ropa de sus hijos en edad de merecer. Aunque la vida suele ser una sucesión tal de decepciones que sólo cabe acoger el final con cierto alivio, he conseguido llegar al medio siglo sin que la vejez que poco a poco va invadiendo mi osamenta  se convierta también en ese estado mental que amenaza tu futuro cuando presientes que ya has recorrido la mayor parte del camino que se te ha otorgado transitar. Antes de traspasar la frontera que parte tu senda por la mitad, todavía la cabeza hace planes como si uno no tuviera hijos adolescentes a los que dar ejemplo. El espíritu juvenil que habita tu cuerpo desvencijado aún se empeña en empresas imposibles a pesar de que desde hace tiempo advertiste que más vale salir de fiesta los viernes para tener así dos días por delante de recuperación y que los partidos de tenis que antes te hacían sentir Federer por unas horas te dejan ahora tan baldado que la mayor victoria es poder levantarte de la cama a la mañana siguiente.

Sin embargo, cumplir los cincuenta es hundirse en una dimensión nueva. Justo cuando creías haber alcanzado el secreto de la clarividencia que da la madurez, cuando las dudas que te hicieron sentir inerme para enfrentar los embates de la existencia habían quedado superadas, llega la barrera inclemente del cambio de década y sin saber por qué, vas notando ese cansancio raro que te hace sospechar que jamás volverás a soportar los empujones de la primera fila de un concierto, que deberás conformarte con mover levemente la cadera desde la barra, contemplando la batalla desde la retaguardia de la frustración. Ya lo dijo Balzac, el anciano es un hombre que ya ha comido y observa cómo comen los demás.

Es la vejez, amigos, la dama humillante e inhóspita del verso de Cernuda, el único argumento de la obra que Gil de Biedma interpretó cuando se dio cuenta de que las dimensiones del teatro no daban más de sí. Ese estado de cosas que va instalándose en tu cuerpo cuando no pasa un solo día sin sentir alguna clase de malestar físico y el desgaste de los materiales hace de tu espalda un lugar propicio para el dolor, pies y rodillas comienzan a claudicar antes de tiempo, las digestiones dejan de ser fáciles y los ojos miopes de siempre transitan alevosamente hacia la presbicia para que las embestidas del destino te pillen medio ciego y desnortado.

La cosa se complica cuando uno siente que ha llegado tarde a casi todo en esta vida y necesita seguir en este valle de lágrimas al menos otro medio siglo para colmar sus expectativas. Soy de los que tuvo un vídeo beta, hace poco júbilé la televisión de tubo y sigo usando el windows vista en mi ordenador. Cuando por fin me aboné al canal plus, ya habían quitado el porno, así que necesito imperiosamente que sea verdad esa patraña que nos vende la ciencia prometiendo para un futuro no tan lejano una esperanza de vida que llegue a los cien años y aunque para entonces habitemos en la indigencia y no haya plan de pensiones que resista nuestra longevidad, es peor dejar de quejarse e ingresar para siempre en el corral de los quietos y tener que darle la razón personalmente al espectro de Óscar Wilde que aunque no pudo alcanzar siquiera el medio siglo, enseguida se dio cuenta de que envejecer no tiene importancia, lo terrible es seguir sintiéndose joven.

viernes, 31 de marzo de 2017

NAZARENO DE LA CAÑA


Mi infancia son recuerdos de una túnica de paño planchada por mi madre en la mañana de Jueves Santo. Con ese gesto, daban comienzo un sinfín de preparativos marcados por el nerviosismo, demasiadas cosas por hacer y poco tiempo para tanto, levántate ya de una vez, limpia los zapatos mientras saco el dobladillo, revisa las tulipas que yo frío las torrijas, todos los años lo mismo, hay que madrugar más, la procesión de anoche que se encerró muy tarde, no hay guantes para todos, ese cinturón no es tuyo, con razón no te vale, te estás probando el de tu hermano, esas nubes no me gustan, saca los capuces que aún le tengo que dar unas puntadas a ese escudo, parece que se abre el día, échame una mano y mueve el atascaburras que hoy no comemos.


Milagrosamente todo acababa componiéndose para que poco antes de las cuatro, la familia entera se encaminara a la cita con la imagen venerada que mi abuelo había instalado en nuestro corazón desde que nos inscribiera en la hermandad de sus ancestros, y nos encargara aquellas extrañas vestimentas, el capuz de terciopelo granate que nunca nos cansábamos de acariciar, la túnica roja rematada en cola orgullosa con la que durante unos años alfombraríamos las calles de Cuenca y aún puede verse recogida en el curtido cinturón de los hermanos que no han querido sucumbir a las exigencias de la comodidad. 


Por aquel entonces, aún no éramos conscientes de que la tradición que representábamos se había iniciado cinco siglos atrás, allí donde nuestros tatarabuelos comenzaron a rendir culto a la Vera Cruz y a la Pasión y Sangre de Cristo, a la vez que consolaban y daban tierra a los condenados a muerte ajusticiados en el Campo de San Francisco. El rito que nos precede procesionaba en torno a la Ermita de San Roque, donde el resto del año se custodiaban las cuatro imágenes primitivas perdidas en el tiempo, el mítico Jesús Nazareno con la Cruz a cuestas que presidía el Cabildo de la Vera Cruz, el paso inaugural de todas las Oraciones en el Huerto que después han sido, la primera Soledad nacida bajo el nombre de Nuestra Señora de la Misericordia, y un Ecce-Homo con las manos atadas, entre las cuales se erguía la caña que desde entonces ha guiado la devoción de cientos de nazarenos tras su mágico y único fulgor.


La llegada de la madurez que da el paso de los años no ha logrado que todos los Jueves Santos, cuando el nazareno enfila Calderón de la Barca camino de San Antón al corazón le falte poco para salirse del pecho y así sería de no mediar a la llegada el abrazo cálido con los viejos amigos y el resolí de Antonio que reconforta tanto como su sonrisa acogedora. La mancha carmesí que se arracima frente al parque de la Trinidad compartiendo sueños, se destaca como una primavera florecida antes de tiempo en las ilusiones de los hermanos que contienen como pueden su impaciencia por divisar la querida silueta del Padre enmarcada en la puerta del templo. 


Sale el paso y el nazareno se oculta en la intimidad de las filas. El ánimo se serena cuando llega la penumbra bajo el capuz, y Cuenca ofrece su empedrado calvario para que lo camine el sentimiento, la emoción que todavía permanece en ese recodo de la senda que tantas veces acogió tu huella en la ciudad de la infancia. El estremecimiento del alma al doblarse el paso para recordar a ese hermano que se fue sin despedirse traslada la mente al itinerario original tan añorado, cuando aún no se nos había hurtado la maravilla del sol filtrándose por las enredaderas de Alfonso VIII, mientras el quejido del miserere sobrecogía la tarde. 


Los banceros van meciendo nuestra alegría y uno quisiera estar siempre a su lado, vigilar eternamente su marcha acompañando su esfuerzo, sentir el ritmo de las horquillas tan cercano como si mi espalda maltrecha hubiera podido alguna vez merecer la dicha del hombro herido bajo el banzo. No habiendo podido ser bancero, al fin me correspondió ser Hermano Mayor y el orgullo de portar el cetro representando a la Hermandad mientras mis hijos me escoltaban en las filas está conmigo todavía.


Y es que por seguirte en el calvario mi corazón te acompaña la tarde de Jueves Santo, y aunque no siempre pueda desempolvar la tulipa para alumbrar tu llegada, sigo tus pasos desde que Mangana da las cuatro y media, y sé de ti cuando tu airosa figura aparece tras la esquina, cuando el vuelo de tu clámide se adivina allá a lo lejos, cuando al caer la tarde en la calle del Peso, mientras la llama poco a poco va inundando tu rostro, te contemplo frente a frente y he de bajar la mirada. Luego te espero en la curva y después aguardo en la plaza a que un rumor de bambúes se haga presente bajo los arcos y el compás de la gloria que allí se recrea, inaugure la noche enamorando multitudes. 


Mientras el Padre encuentra un trono hasta en la humilde borriqueta, y los hermanos se entregan a la comunión del refrigerio, la fraternidad se ensancha y recupera fuerzas para encarar la cuesta abajo de la despedida última. Cuando el Cristillo al fin reanuda el paso, la campana de los reos traslada su temblor al plenilunio, anunciando la madrugada. La turba acecha en los callejones y la sordina de algún ronco tambor irrumpe a destiempo anticipando el clamor del Jesús de la mañana. Todavía entre las sombras de la anochecida, Jesús orando en el huerto se estremece en esa danza que los olivos absortos entre tinieblas ensayan y un poco más tarde, amarrado a la condena que precede a la esperanza, Jesús ofrece al sayón la promesa de su espalda.


Volviendo al inicio se acerca el final. El Júcar refleja púrpura, las ramas parecen lanzas, la hoz entera cobija a Jesús, el de la caña. Cuánto amor en esa herida, cuánta dicha demorada, cuántas noches de vigilia van sosteniendo su marcha. Cristo cae y en su deriva, nuestra derrota se ensancha por ese puente de luto que Jesús camina en andas. El silencio se oye apenas en las horquillas calladas. Una madre bajo un palio de soledad y alborada, va despidiendo a su hijo que tras la esquina se apaga. Por seguirte en el calvario que paso a paso te amarga, la tarde de Jueves Santo mi corazón te acompaña.


jueves, 5 de enero de 2017

YA VIENEN LOS REYES



YA VIENEN LOS REYES
(versión para infantes que aún no conocen el secreto)

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

        
         Por el cinco de enero, yo solía asistir a la cabalgata que cada año inundaba Carretería, y esperaba con la ilusión de los elegidos la carroza de Gaspar, a despecho del frío, de los empujones por conseguir la primera fila en la acera e incluso de la muerte de mi abuela que se fue al cielo sin despedirse la víspera de reyes más triste de mi vida. Al día siguiente, el colegio de mi padre organizaba para los hijos de sus empleados su particular día de reyes en el salón de actos de la entidad, y allí acudíamos todos para recibir de sus majestades en persona, un regalito adicional a los que ya habíamos encontrado nada más levantarnos en la intimidad de nuestras casas. Aún recuerdo el nerviosismo que me paralizaba cuando por los altavoces, el presentador del acto pronunciaba mi nombre y me apremiaba a subir al estrado donde un rey Gaspar que hablaba con acento manchego, me esperaba para entregarme un juguete mientras ambos posábamos sonrientes para la foto y yo me sentía afortunado porque todavía sonaba en mi cabeza la historia de mi padre contándome cómo su regalo de reyes más preciado, a veces no había podido ser más que una naranja. Cuando mi rey predilecto ponía en mis manos el voluminoso paquete, se cerraba por fin el círculo que había comenzado días atrás con la cuidadosa confección de la carta y la gozosa peregrinación camino del nacimiento de la parada de los taxis, donde mi madre nos enseñaba a mí y a mi hermano todos los detalles del maravilloso belén, y tras la acostumbrada moneda lanzada en busca del deseo de todos los años, cruzábamos la calle para depositar nuestro sobre ante un rey mago de cartón piedra y mirada lánguida que sostenía un cofre cuya ranura misteriosa comunicaba sin duda con el oriente lejano. 


Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.


          Miguel Hernández fue el primer poeta que leí en mi vida. En la antología que cayó en mis manos entonces, no aparecía este poema tremendo sobre su infancia de penas y cabras que no redimió ningún mago de oriente, pero en aquellos tiempos en que yo empezaba a descubrir el secreto, ya podía presentir que la injusticia de la existencia también alcanza a la distribución de presentes en la noche mágica y que ningún juego de manos consigue que los hijos de las familias pobres eviten la desolación de contemplar por la mañana cómo sus vecinos más pudientes han sido privilegiados en el reparto. Para rematar la falta de pedagogía con que las bienintencionadas mentes de los progenitores de todos los tiempos adornan el cuento, se sigue repitiendo sin rubor la cantinela del buen comportamiento como garantía segura de encontrar lo que uno anhela brillando entre zapatos. Lo sorprendente es que el alma infantil pueda recuperarse de la decepción que se siente cada mañana de reyes al comprobar cómo el compañero rico y cabroncete que te ha estado masacrando todo el año se pasea delante de tus narices con la bicicleta que el monarca despistado se olvidó de llevar ante tu puerta. 


Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.


         En el año que ahora comienza se cumplirán setenta y cinco años de la muerte de Miguel Hernández, aquel niño que ya había empezado a morir un poco cada seis de enero al encontrar sus abarcas vacías, por más que insistiera en sus lamentos. Mañana, como entonces, serán muchos los niños que hallarán sus zapatos helados de pobreza en la humilde ventana, sin que ningún rey coronado acuda para mitigar la desnudez terrible del alma que habita la intemperie de los más desfavorecidos, mientras el mundo sigue danzando al son de la desigualdad. Feliz noche.  






viernes, 8 de abril de 2016

LA CAMISETA DE AMANCIO

Mi primer recuerdo futbolístico va ligado a una camiseta de Amancio con la que mi padre me sorprendió después de uno de sus viajes a Madrid cuando yo debía de tener cuatro o cinco años. Me la puse pocas veces en mi afán de preservar su blancura resplandeciente de los primeros días, el rutilante número siete azul de la espalda, su mítico escudo dorado sobre el pecho. Mi padre acompañó el regalo con una historia que incluía un encuentro casual con el mítico extremo en el Bernabeu, en donde el propio Amancio le había dado la camiseta exclusivamente para mí y no tuvo que emplearse mucho en aderezar el cuento para hacer de aquel niño, un devoto madridista para siempre. Desde entonces, cada cita con el Madrid era un acontecimiento al que asistía desde el reclinatorio, cautivado por la dignidad de aquellos héroes sin estridencias, fascinado por el esplendor blanco que llegaba desde el televisor, por el fulgor de aquellas camisetas no mancilladas por marca alguna. Los jugadores que las vestían aún no estaban más pendientes de su imagen que del honor del escudo y consagraban cada partido a correr más que el contrario, a poner sus cinco sentidos al servicio de su calidad innegable, a defender a toda costa la máxima no escrita de dejar todo en el campo hasta el último aliento del encuentro. Así era como Pirri imponía su ley en cada esquina del terreno, a Camacho no le hacían dos veces el mismo regate y Santillana se elevaba sobre las defensas desde su físico mediocre, convirtiendo aquel vuelo inolvidable en el milagro de cada tarde.




En el Madrid de los setenta ganar la liga era una costumbre heredada a partir de la llegada de Di Stefano veinte años atrás, una obligación que se celebraba desde el comedimiento de la satisfacción con el deber cumplido. Era la justa recompensa para el trabajo diario, el salvoconducto necesario para perseguir el sacrosanto grial blanco, la Copa de Europa, a la que se optaba en cada ocasión con humildad y orgullo, con once jabatos de la fábrica y alguna incrustación foránea que a menudo alcanzaban la proeza de plantarse en semifinales, llegando incluso a rozar la gloria en el inicio de la siguiente década en la final perdida de París, en donde la realidad de los García se estrelló contra la solidez inglesa de los diablos rojos.




De aquel espíritu, hoy no queda apenas nada. La leyenda de Don Santiago arengando a sus hombres tras la derrota y apagando la luz de la última estancia del vestuario ha sido sustituida por la tragedia de un presidente que ficha los jugadores por estrategia comercial al margen de un proyecto deportivo coherente. La imagen del canterano corriendo la banda con el brazo en cabestrillo ha dado paso a la foto de la estrella mercenaria que desconoce la historia y se borra del campo al primer contratiempo. Aquellos hombres ponían el compromiso profesional por encima de sus intereses personales y no pedían aumento de sueldo tras haber marcado un gol histórico porque consideraban que pertenecer al Real Madrid era un privilegio sólo al alcance de los elegidos. Una liga ganada en las últimas siete temporadas es el vergonzoso botín de esta plantilla actual de niñatos consentidos que acostumbran a sestear la mayor parte del año con la esperanza de hallar de vez en cuando un triunfo deslumbrante con el que seguir engrasando la maquinaria de un star system bochornoso que les consiente desempeñar la décima parte del esfuerzo que les sería exigible de acuerdo a sus ingresos multimillonarios.


Mientras el personal siga aplaudiendo sus goleadas intrascendentes y se conforme con hacerse una foto junto al ídolo vacío, el espectáculo puede continuar. La cuenta de resultados lucirá espléndida al tiempo que crece el consumo de pipas en el estadio, pero el prestigio madridista se irá situando poco a poco al nivel de aquella camiseta de Amancio que algún tiempo después de haber perdido de vista descubrí convertida en trapos con los que mi madre se entretenía en limpiar los cristales de mi desolación. 



sábado, 6 de febrero de 2016

LA MAGIA DE CÁDIZ



Amanecimos en Cádiz un día gris del mes de febrero de 1992 después de una noche para dos en coche cama. La promesa del tren nocturno anunciaba romance y aventuras pero el traqueteo continuo del vagón del amor sólo trajo el pudor de mi novia y los cuerpos quebrantados. La pensión que permitía nuestro escaso presupuesto era un triste establecimiento de la calle Ancha donde por fortuna el matrimonio que la regentaba se encargaría de brindarnos el calor de hogar ausente de unas paredes con demasiados desconchones. Se imponía lanzarse a la calle para sacudirse el desencanto y de inmediato, la luz mortecina de la habitación dejó paso al deslumbramiento de la Plaza de San Antonio, al imponente espectáculo de la claridad de sus fachadas inundando los ojos a pesar de las nubes, maravilloso velamen multicolor de un barco que en cubierta montaba cada noche un insólito escenario de ingenio y poesía. Pronto descubriríamos ese espectáculo en el tablao levantado en un extremo de la plaza, pero antes, ya por la tarde, callejeando en búsqueda de la alegría, nos topamos con una algarabía musical que llegaba desde un patio abierto a espaldas de la Plaza Mina, allí donde se erigía el drago milenario que llegó a dar sombra a los padres de la Constitución del 12 y ahora cobijaba la magia encarnada en una docena de chirigoteros que elevaban en cada nota la gracia a la categoría de arte a ritmo de tres por cuatro. ¡Y todo ello se desplegaba ante nuestras miradas absortas, apenas a dos metros de distancia! Se trataba de la chirigota del Noly, tercer premio ese año en el concurso del templo de los ladrillitos coloraos, la final del teatro Falla que desde entonces he seguido desde la distancia con la nostalgia inevitable de no poder acudir cada año a la ciudad en la que espera la dicha a la vuelta de cada esquina.

Y es que Cádiz es un laberinto que se recorre extasiado por la certeza de que perderse es encontrar la belleza si se te aparece el milagro del carnaval en un tablao cualquiera de una mínima placita repleta de coplas, o incluso a pie de calle donde las decenas de agrupaciones “ilegales” que no concursan en el Falla pueden convertir un paseo sin pretensiones en una auténtica fiesta. El carnaval se hace presente en la ciudad entera y tan pronto se agiganta con la grandilocuencia de los carruseles de coros desafiando la angostura de las calles en la Viña, como te seduce en la mínima expresión de un solo hombre recitando en un callejón su romancero a los cuatro vientos que desde hace tres mil años barren las tristezas en este bendito lugar.

En aquel año de elefantiásicos acontecimientos a mayor gloria del presupuesto nacional, tuve la suerte de que el destino me llevara a Cádiz, donde la mejor exposición se disfruta contemplando los atardeceres de la Caleta y uno no cambiaría el más exclusivo de los banquetes por la delicia de zamparse un papelillo de chicharrones mientras se toma un moscatelito acodado en la barra del Manteca. En la ciudad de los prodigios se puede asistir a un fastuoso musical escuchando el popurrí de una comparsa, sin mayor acompañamiento que el punteao de una falseta, un bombo y una caja, y las orquestas sinfónicas van montadas en carrozas desde donde su majestad el tango hipnotiza a la concurrencia con la maravilla del tirititrán.

El microcosmos gaditano se alimenta a sí mismo con un star system integrado por genios que dejan de ser ídolos cuando cruzan las puertas de tierra y se convierten en mortales excepto para los que extramuros de la ciudad, conocen el secreto. Yo también salí de allí enamorado de esa extraña locura que conecta las mentes de los que escuchan un tango no a Gardel sino al tío de la tiza, aquéllos que viven todo el tiempo en clave carnavalera porque cuando les hablan de pasodoble no piensan en “España cañí” sino en el arte de Paco Alba, los enajenados que mueren con un cuplesito bien marcado y aderezado con el ingenio del Yuyu o el Selu, chirigoteros cum laude por la gracia del dios Momo.

Allí los niños no cantan los éxitos de moda sino las cuartetas de Martínez Ares, el genio que elevó el pasodoble a la categoría de milagro y que este año vuelve a las tablas tras trece años de ausencia y orfandad para su legión de fanáticos. Su regreso ha sido un acontecimiento más importante que la llegada a la alcaldía del Kichi, otro comparsista, y es que en este glorioso rincón hasta el himno del Cádiz se entona con aire chirigotero, y con las coplas que van lanzando los cantaores, se hacen las gaditanas tirabuzones.

A los extraños que de vez en cuando nos adentramos por unos días en el hechizo de la tacita escondiendo nuestra poca gracia detrás de un antifaz y un pito de caña, las coplas nos consuelan y nos abrigan un tanto el corazón para el resto del año, una vez expulsados del paraíso.