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martes, 14 de octubre de 2025

EL DÍA QUE ACABÓ EL TOREO



La Feria de Otoño siempre fue una cita especialmente querida en mi memoria de aficionado, la última oportunidad de asistir a la liturgia del toro de Madrid en vísperas de la elipsis invernal. Antes de esta efervescencia reciente que llena las plazas en cualquier momento de la temporada, el otoño madrileño traía a los tendidos ese aire familiar de una feria sin apreturas, sin el ajetreo de la isidrada, un ambiente casi íntimo que permitía al abonado reencontrarse con los viejos amigos de la andanada y disfrutar con la impagable oportunidad de pasar la tarde al amor del bendito fulgor que surgía del ruedo, al abrigo de los atardeceres mágicos de las Ventas que aún esmaltan el cielo madrileño de un color irreal.

El otoño era también una oportunidad más fácil para el adolescente que fui de acceder al templo atrapando como un tesoro escondido en las taquillas de la calle de la Victoria, una de las escasas entradas que dejaba libre el abono masivo que Manolo Chopera recuperó para las Ventas en los años ochenta, de la mano de la conjunción del toro íntegro y el toreo puro que trajo a la época el clasicismo de Antoñete. A través de esa fortuna, uno pudo asistir a tardes históricas como aquélla en que Rafael de Paula se volvió loco ante un sobrero de Martínez Benavides, la resurrección de Curro Romero tras ser cogido al entrar a matar a un toro de Moura para cortar su última oreja en Madrid o el tercio de quites en el que Julio Robles y Ortega Cano sublimaron el toreo de capote, encendiendo en mi aprendizaje del oficio de aficionado una llama alimentada por el toreo según el canon del cite cruzado y la suerte cargada, que caminaba en dirección contraria a la senda por la cual el ojedismo degeneró en las formas de Espartaco que fundaron las bases de la peste juliana del toreo al revés. Ese canon verdadero lo reinstauró Chenel en el lustro increíble de su primera reaparición, lo retomó Rincón ya en los noventa y lo elevó al olimpo José Tomás en las postrimerías del milenio.

Cuarenta años después, el ciclo de la vida nos permite aún conservar el abono y contemplar desde el altozano privilegiado que ocupamos la nueva eclosión de lo taurino con la perplejidad del descreído que pensaba estar asistiendo a la decadencia del rito y vuelve a atisbar para el futuro un posible esplendor que tal vez no sea efímero. En aquellos años míticos, la fiesta se puso de moda sin necesidad de justificarse y hasta un sello de prestigio transversal acompañaba a quienes se acercaban a ella en un momento en el que la sociedad recién salida de la transición aún no había mutado hacia el infantilismo hedonista que ahora intenta abortar el resurgimiento con iniciativas legislativas espurias.  

Y sin embargo, a las siete y media de la tarde del día doce de octubre de dos mil veinticinco, cuando José Antonio Morante Camacho, vestido de Chenel y oro, se dirige a los medios después de recorrer el ruedo en triunfo tras una faena imposible ante el toro Tripulante, número 102, nacido en enero de 2021, un colorao ojo de perdiz de la ganadería de Garcigrande y se lleva las manos a la cabeza para quitarse la castañeta tras el último paseíllo de su vida, en la plaza se extiende una sensación de incredulidad que debe ser parecida a la que sintió el Guerra cuando tras la muerte de Joselito, telegrafió a Rafael el Gallo, el célebre “se acabaron los toros”. Acordándose de la dinastía había recibido Morante a ese toro en el tercio, con un cambio de rodillas instrumentado con el capote, una tijerilla preñada de gracia y sabor añejo en una declaración de intenciones que siguió por verónicas genuflexas antes de un esbozo por chicuelinas y quedó interrumpida por el percance que sufrió en los medios del que salió aparentemente noqueado, esfumándose así la sinfonía de suertes que esperaban a ser reveladas por el capricho de su inspiración. La lidia siguió mientras en un burladero el diestro recomponía su osamenta y recuperaba el equilibrio necesario para afrontar el último baile, la postrera faena que inició sin probaturas, como si tuviera prisa por enseñar a los jóvenes que tomarían el ruedo al final de la corrida, el arte de cortar dos orejas en Madrid con una docena de muletazos en una baldosa al límite del ceñimiento, rematados por un estoconazo en la cruz.

Por entre la fronda confusa de la salida a hombros del cigarrero izado entre empujones como un santo de pueblo, de la invasión de la calle de Alcalá entre las cargas policiales, de la peregrinación al Wellington y la bendición folclórica desde el balcón, debe quedar la importancia de este genio a pesar de sus Chaves Nogales de pega. Salvando las distancias que impone la mística de la nostalgia, Morante ha revolucionado el planeta de los toros en los últimos años al modo de Antoñete en los ochenta, dejando un legado de belleza que debe canalizar a las nuevas generaciones que se acercan a la tauromaquia por el eslabón de la pureza en la forma y la verdad en el fondo. Porque hasta el último día, Morante ha querido enseñar a la afición esa historia del toreo que no se aprende en los vídeos sino en festivales como el que organizó al mediodía, trasladándonos de nuevo a las temporadas gloriosas que se cerraban o abrían con toreros retirados enseñando su magisterio ante nuestras miradas atónitas, como aquél que tuvo lugar en abril del 86 en beneficio de las víctimas del volcán colombiano de Nevado del Ruiz, con el maestro del mechón blanco en el cartel, la tarde en la que el Cordobés chico se tiró de espontáneo en el novillo del padre y Joselito Arroyo empezó a entrar en el corazón de la afición madrileña.

Cincuenta años se han cumplido del adiós de Antonio Bienvenida, pródigo en festivales, cuarenta de la muerte de El Yiyo, a quien escoltó Chenel en Colmenar. Entre el recuerdo de ambos, han colocado una estatua que apenas se parece a nuestra memoria del maestro pero como Dios escribe derecho entre los renglones torcidos, fue la excusa perfecta para que José Antonio Morante imaginara un milagro para la mañana en blanco y negro del día de la Hispanidad. Tantos años ironizando sobre las poses del sevillano como émulo de Gallito y resulta que escondía una devoción por Antoñete capaz de llevarle a organizar un festival de viejas glorias en su homenaje en el que se reservó el animal menos potable del festejo, sólo por regalarnos la foto de su figura unida a un toro blanco de Osborne. 

La efigie a caballo de Pablo Hermoso de Mendoza era el prólogo amable de lo que estaba por llegar, una jornada no apta para nuestros corazones débiles, demasiado acostumbrados a la liturgia vacía a la que asistimos de ordinario. Y es que casi habíamos olvidado la conmoción extraña del toreo eterno, esa sacudida que te levanta de la piedra, enronquece la garganta y te hace sentir ganas de abrazar a tu compañero de abono. El primer aldabonazo lo dio Curro Vázquez en terrenos del cinco a donde ordenó llevar al novillo del que nadie esperaba gran cosa tras haber acosado al diestro un par de veces con el percal. Después de una fase de tanteo, llegó una serie de derechazos de una naturalidad insólita, la despaciosidad enmarcada en la apostura innata del medio pecho exacto. Curro Vázquez o cómo resumir la vida en un trincherazo profundo y un cambio de mano del que sale andando con la torería de los elegidos. Si el festejo hubiera acabado ahí, ya nos hubiéramos dado por satisfechos, pero apareció Frascuelo para demostrar que setenta y siete años no son impedimento para seguir dibujando la media verónica sin moverse del sitio. 

Y después, llegó Rincón. La ovación que le dedicó la cátedra hizo temblar los cimientos de la plaza mientras nos quitaba de los huesos treinta años de encima. Cuando se abrió de capote para recibir a su novillo, parecía no haber transcurrido el tiempo, como si las verónicas con las que pretendía fijar al burriciego fueran las mismas que las de sus cuatro tardes míticas del 91, la primera de ellas precisamente con Curro Vázquez de testigo. Después el novillo acusó su defecto y a punto estuvo de llevárselo por delante hasta que Morante se hizo presente y como amo del cotarro, ordenó al presidente devolver el animal. Esta fiesta tiene cosas que son incomprensibles pues tras el contratiempo salió un sobrero de Garcigrande con ciertas complicaciones pero con la movilidad necesaria para permitirle a César recrear el cite en la distancia, la muleta adelantada, el embroque perfecto, el temple intacto, el pase vaciado detrás de la cadera y la ligazón precisa para hacer de la plaza un manicomio y convertir la mañana en un clamor. 

El festival se convirtió así en una lección didáctica óptima para los miles de jóvenes que acudían al reclamo de Morante, pues Ponce actuó después de César, para explicar la radical diferencia que hay entre lo bonito y lo grandioso. Si a Rincón le correspondió un animal idóneo para desempolvar su concepto, el maestro de Chiva sorteó un novillo feble ante el que revisitó su faceta de torero enfermero al que tantos toros sirvieron a lo largo de su carrera, por el método de aplicarles la medicina del temple, esa otra tauromaquia de acompañamiento superficial y preciosista enfrentada entonces y ahora a la apuesta de Rincón por imponer su sitio al del toro y dominarlo con la receta de la profundidad.

Para nuestra desgracia, el toreo moderno que asola las plazas se acerca más a esa línea menos comprometida que manufactura toreros en las escuelas taurinas. En una de ellas se formó la novillera Olga Casado, que cerró el festival cortando dos orejas por una faena aseada que terminó remedando las poncinas del maestro bajo la mirada aprobatoria de su mentor Abellán. Eran las tres y cuarto cuando abandonábamos la plaza agotados por el cansancio extraño de la emoción verdadera, después de haber asistido a una borrachera de toreo a cargo de cinco maestros con personalidades distintas, cinco inyecciones para anestesiar la orfandad que llegaría por la tarde. 

Es cuestión de tiempo que renovemos la ilusión cuando otro torero surja para recoger el testigo del toreo clásico y nos permita seguir creyendo en las promesas insinuadas en la extraordinaria mano izquierda de Víctor Hernández o en el dominio sin trampa de Román a un Victorino indómito, por el método infalible de pisarle el terreno y aguantar en el sitio donde los toros cogen si no son sometidos por un afán de triunfo superior a la muerte. El trasteo más emocionante del año en las Ventas situó a Román de nuevo a las puertas del triunfo grande pero acostumbrado a jalear la bisutería, el público no pidió la segunda oreja para la joya que acababa de contemplar. Tampoco lo hizo con Fernando Robleño, la conmoción en que estaba sumida la plaza tras el adiós de Morante opacó su despedida y el pinchazo final que precedió a la estocada rebajó los ecos de su gran faena al quinto de Garcigrande, donde pudo mostrar al fin la clase que siempre tuvo, escondida tras veinticinco años de pelea con el toro de respeto. 

Terminaba la temporada sin que nadie recordara la primera puerta grande de la feria, consentida para Emilio de Justo tras una faena simplemente correcta que enalteció su coraje para salir de la enfermería en el sexto toro de la corrida de Victoriano del Río y superar el dolor de sus costillas quebrantadas en el primer acto de la tarde. Alternaba ese día con Borja Jiménez y Tomás Rufo, dos de los diestros que parecían llamados a tomar el relevo tras ilusionar a la afición no hace siquiera dos años. Desde entonces, su propuesta se ha deslizado por el despeñadero de la vulgaridad, siendo deseable que hayan tomado nota del impacto indeleble de los maestros antiguos, de cómo se agotaron las entradas en una hora sólo por verles hacer el paseíllo, de la huella de torería que su última lección magistral ha dejado en nuestra memoria para siempre. Ojalá no tengamos que decir como el padre de Búfalo cuando llevó a su hijo a ver torear a Juncal en el Puerto de Santa María, “¡niño, a ver si te enteras de lo que estás viendo, que lo que estás viendo no lo vas a ver en tu puta vida!”  





lunes, 7 de octubre de 2019

FERIA DE OTOÑO II: ELOGIO DE LA ANDANADA

EL CID EN HOMBROS

Decíamos ayer, quien dice ayer dice la semana pasada, que la Feria de Otoño que acaba de terminar parecía haber sido concebida para enfrentar dos conceptos del toreo. El toreo clásico, erigido a partir del canon de la suerte cargada y el dominio del hombre sobre un animal fiero, y el toreo moderno, sustentado sobre la pérdida de la posición y el acompañamiento de las embestidas de un toro dócil, que sale ya dominado del toril. La cuestión de la colocación del torero y los terrenos que pisa para torear es esencial a la hora de dilucidar si a la estética particular de cada diestro le acompaña un principio ético, consistente en no engañar al público con técnicas espurias que hagan de la ventaja el fundamento de este rito. Todas estas disquisiciones se aprecian mejor desde la andanada, balcón privilegiado para graduarse en los postulados de la tauromaquia que nos sigue llevando a la plaza y aunque haya aficionados capaces de descubrir la impostura desde cualquier otero, la atalaya a la que subimos cada tarde permite hilar más fino sobre la geometría taurina que legitima el triunfo y no se percibe del mismo modo desde el tendido y mucho menos desde la televisión, donde todos los gatos son pardos y las faenas grandiosas, mientras haya un toro dócil que siga dando vueltas y un comentarista tramposo engañando al personal.


En la tarde del cuatro de octubre del año trece, el Cid dictó su última gran lección en las Ventas con Verbenero, un toro castaño bociblanco de Victoriano del Río, en el día en el que el toreo al natural conoció su expresión más pura en lo que va de siglo taurino en Madrid. Seis años después, en la tarde del cuatro de octubre del año diecinueve, el Cid se despidió de su plaza, Manuel Jesús siempre fue torero de Madrid aunque naciera en Salteras, provincia de Sevilla. La tarde tuvo como único argumento el de la emoción, desde la ovación de bienvenida que el torero tuvo que saludar por partida doble, hasta la salida a hombros final por la puerta de cuadrillas, que incluso esa puerta privilegiada que Madrid ha solido abrir a sus toreros en las grandes despedidas sin necesidad de que cortaran orejas, le negó el sistema a quien siempre mantuvo la independencia en su trayectoria contra el viento de las empresas y la marea de los críticos del pesebre. El que nunca huyó de la plaza de más compromiso, el que nunca puso reparos a torear con cualquier compañero, el que siempre se anunció frente a los toros de respeto que ponen en fuga a las figuras, se fue como los grandes, recorriendo a pie el anillo en una vuelta al ruedo lentísima y final que vale por todos los triunfos que le arrebató la espada, que al Cid sin tizona nunca le hizo falta hundir el acero hasta los gavilanes para entrar en el corazón de la afición de Madrid.

LA TRINCHERILLA
El homenaje de la empresa a tanta entrega consistió en poner al torero en una corrida desesperantemente descastada que permitió al ganadero de Fuente Ymbro completar la limpieza de corrales necesaria por estas fechas, en agradecimiento a un estajanovismo preocupante que ya anuncia cuatro corridas y cuatro novilladas para la próxima temporada venteña. Emilio de Justo aportó al acontecimiento su habitual profesionalidad y Ginés Marín su acostumbrada superficialidad y el Cid, en un curioso guiño del destino, pasaportó a su lote con dos estocadas. 

Desde el altozano que nos alberga, las corridas acontecimiento se divisan con mesura. El populismo fácil que a menudo electriza los tendidos nos llega con el filtro de la distancia y sin embargo, el toreo ejecutado con verdad  alcanza instantáneamente las alturas. La tarde en que Antonio Ferrera lidió seis toros de distintas ganaderías hubo muchos pases pero ninguna faena completa, innumerables lances con el capote, galleos inverosímiles, quites imposibles de descifrar sin tener a mano el volumen de las suertes del toreo de José Luis Ramón, y ni una sola estocada digna de tal nombre. Lo bueno de ir a ver a Ferrera es que pasan muchas cosas y no se le puede negar un encomiable afán de romper con lo anodino. Lo malo es que muchas de esas cosas parecen sin sentido, improvisadas a golpes de inspiración, ajenas a un proyecto coherente que tenga en cuenta las condiciones del toro. 

GALLEO
Es un hecho que al extremeño no le pesó la tarde. Recibió a la mayoría de los toros sin intermediarios, resolviendo con solvencia su condición abanta aunque entre tanta borrachera de capote como hubo en la corrida, no fue capaz de dibujar una sola verónica con dominio y sabor. El abreplaza de Alcurrucén fue el único capítulo sin historia de la encerrona, en consonancia con la mansedumbre y la fealdad del pupilo de los Lozano, que Dios le conserve el olfato al veedor que lo seleccionó para la ocasión.

El segundo de Parladé fue otro toro de media casta que Ferrera empezó a lucir en un vistoso quite construido con largas afaroladas encadenadas a la misma verita del caballo. La faena empezó con buen tono por ayudados muy reunidos para despeñarse después con menos ajuste y cobrar vuelo de nuevo en un imaginativo final de muletazos sin ayuda, naturales con la derecha muy descolgado y templando al ralentí. Dos pinchazos en su sitio y una contraria impidieron mayor recompensa.

NATURAL
El primer plato fuerte de la tarde lo sirvió Adolfo Martín con Sevillano, un encastado cárdeno que humillaba una barbaridad y que lidia en exclusiva el matador aunque no siempre a favor del toro, bien picado por Antonio Prieto. Después se equivoca al introducir la suerte de la garrocha que Raúl Ramírez interpreta sin excesivo lucimiento ante un toro que no se arranca de lejos en el segundo tercio. Esa condición incierta provoca uno de los grandes momentos de la tarde, un enorme par de banderillas a cargo de Fernando Sánchez, que se asoma al balcón a despecho del cabezazo que le tiene reservado el toro que espera entre las rayas. La faena es extrañísima. El toro empieza colándose, luego se traga tres naturales cuando Ferrera lo lleva muy obligado pero al relajarse y olvidar el mando, el toro se vuelve a enterar de lo que hay tras el engaño y lo busca. Ahí claudica el torero y lo aliña sin darse coba en busca de la segunda parte de la corrida, donde le esperan embestidas más convencionales.

FERNANDO SÁNCHEZ
El primer Victoriano de la tarde es un caballo de 600 kilos que derriba con estrépito a la acorazada de picar. Nueve subalternos y dos sobresalientes no bastan para sacar al toro encelado en los entresijos inferiores del peto y tiene que ser el omnipresente director de lidia quien se emplee a fondo mientras un mono colea innecesariamente al morlaco. Como si quisiera aligerar el trance vivido, Ferrera se luce por aladas caleserinas antes de que el toro ponga en apuros en banderillas al mismísimo Ángel Otero, que está lejos de su mejor momento. Su matador lo pasa de muleta sin probaturas en los medios citando al toro en la distancia, dominando el escenario, pero la faena transcurre sin relevancia hasta que vuelve la abolición de la muleta montada. Es tirar el estoque de ayuda y Ferrera se transfigura en un torero más puro, mejor colocado, menos retorcido, más natural. Así surgen buenos pases, muy erguido y en el sitio. A la hora de matar recupera el cite desde la distancia y cobra una estocada corta recibiendo a un toro que viene al paso, ocurrencia que ya le dio buenos réditos en San Isidro pero que esta tarde no es suficiente para alcanzar la oreja porque cinco descabellos lo frustran todo.

El quinto es Garbancero de Domingo Hernández, un Garcigrande justo de trapío que se tapa por la cara. Mientras el toro recibe el primer puyazo, Ferrera se echa el capote a la espalda y de esta guisa pretende sacarlo del caballo y al fin lo consigue mariposeando con garbo e improvisando el quite de oro, en una estampa antigua y deliciosa que nos retrotrae a las filmaciones de los años veinte cuando el quite se hacía sin solución de continuidad con la primera vara, y el remate del último lance dejaba al toro perfectamente colocado para la segunda. José Chacón se luce con los palos y vuelve a demostrar su conocimiento resolviendo un barullo en la lidia, llevándose raudo al toro a una mano hacia el burladero de la segunda suerte. La faena comienza sin plan y el torero no se centra en las cercanías de los pitones, ahora obliga al toro, ahora se relaja, luego se amontona hasta que descubre por fin que el animal pide la media distancia y es ahí donde surgen varias series ligadas que le conducen a la primera oreja de la tarde tras una estocada defectuosa pero de buena ejecución.

MEDIA
El bombón de la tarde también llevaba la marca de Victoriano del Río y se  reservaba para el postre, ahí sí que acertaron los que dispusieron el orden de lidia. Ferrera se va a recibirlo en la puerta de chiqueros y a la larga de rodillas le suceden fantasías varias de ayer y hoy entre las que destaca una larga adornada con arabescos capoteros previos al embroque, en la que el Pana se hace presente en la plaza que nunca pisó. De nuevo quita al toro del piquero por chicuelinas arrebatadas y media de torerísima hondura para ponerlo de nuevo en suerte. Se le pide banderillear pero por no desairar a la cuadrilla ya dispuesta para el trance, deja que Montoliú pase un quinario y Sánchez se luzca de nuevo y después solicita al presidente una última entrada en la que quiebra al toro por los adentros pero el castaño no acaba de comprar el cambio y Ferrera aguanta con gran exposición clavando en la cara la bandera extremeña en todo lo alto, la plaza entera boca abajo contemplando el paroxismo final de recortes a cuerpo limpio de un torero que parece en estado de gracia. La faena empieza de rodillas ligando derechazos, pero donde encuentra el clamor definitivo es de pie, en dos series con la diestra templadísimas y una al natural relajadísimo, muy reunido, muy de verdad. Faena corta porque el toro se raja que remata de estocada honda  y dos descabellos. El animal ha terminado sus días en la misma puerta de chiqueros y como los mulilleros no pueden alargar está vez el trámite, el palco concede la oreja cuando el tiro de Caronte ha iniciado ya el camino hacia la morgue del despiece y una vez entregado al héroe el salvoconducto para la puerta grande, el ruedo se llena de un gentío mayoritariamente joven que acompaña a la salida en hombros más multitudinaria que un servidor recuerda. Espléndida imagen final de una tarde en la que hubo de todo como en botica, en la que se destaca la evidente capacidad física y técnica de Antonio Ferrera para lidiar seis toros en Madrid, pese a lo cual, una vez apagados los gritos de la multitud, sobrevuela la plaza una sensación de falta de unidad y toreo de enjundia que hubiera podido elevar la función por encima del indudable entretenimiento.

Al día siguiente del frenesí, la calma. Adolfo Martín también quiso hacer su particular contribución al desastre ganadero de la feria, enviando una corrida desigual de presentación, tres cuatreños más manejables y tres cinqueños pasados, casi seis años a las espaldas y en las ideas que sin duda pesaron en su comportamiento incierto y descastado.

Curro Díaz lidió el toro más aprovechable de la tarde, Bonito de nombre y de hechuras, su encastada boyantía por el pitón izquierdo requería un torero dispuesto a subordinar la estética al compromiso, pero Curro parecía querer marcharse del envite en cada serie, desconfiado y muy movido de pies, a pesar de la plástica evidente que surgía en cada pase y del eco que encontraban en la afición los naturales de su inconfundible sello.

CURRO DÍAZ
López Chaves venía preparado para la pelea y se encontró con un Adolfo nobilísimo, terciado y muy blandito, al que sostuvo a base de aplicarle un temple exquisito desde la colocación exacta. Apuntamos en su haber el detalle en extinción de coger el estaquillador de la muleta por el mismísimo centro, y en su debe, un manejo del acero impropio de torero tan poderoso. El quinto no quería salir del chiquero y se emplazó en la bocana pidiendo un torero con redaños para provocarle el interés por el mundo exterior y allí tuvo que acudir el matador para aguantar con firmeza el arreón inicial y salirse después hacia los medios con un capoteo defensivo que no contribuyó demasiado a enseñarle a embestir. Después todo se vino a menos y el toro llegó al último tercio con una sosería extraña a su encaste.

Manuel Escribano reaparecía en las Ventas después de la grave cornada que cobró de un toro de Adolfo en San Isidro. El público reconoció el gesto obligándole a saludar y el de Gerena puso en marcha el guión que invariablemente trae preparado a la plaza, le toque lidiar a la tonta del bote o a un peligroso barrabás. Recibir al toro a porta gayola es un trance efectista que pierde su sentido cuando se reitera en exceso y Escribano se va hacia la puerta de chiqueros en todos sus turnos sin excepción como si hubiera hecho una promesa. La gente se sobresaltó con el atragantón que se llevó cuando el toro se le paró en el primer intento de larga cambiada pero acabó contemplando la última excursión al territorio de Florito con absoluta indiferencia. En su empeño por sumar puntos como si la lidia fuera la liga de fútbol, Escribano se obstina en banderillear a todos los toros, costumbre que debería replantearse después del mitin que dio con el tercero, que cortaba el viaje una barbaridad. Cómo sería la cosa que tras poner a duras penas tres palos en tres entradas intentó pedir el cambio de tercio pero el presidente no tragó y le obligó a cumplir el reglamento. Para completar la partitura prevista, Escribano pasó de muleta de igual manera al malo que al menos malo, en sendas faenas sin ángel, ayunas de mando y personalidad. Qué lejos queda la frescura de aquel torero a quien pusieron en circulación las dos orejas que cortó en Sevilla a un Miura en la corrida destinada inicialmente para el Juli, a quien recordamos que ya va siendo hora de repetir el gesto o le retiraremos el altar que tenemos para él dispuesto en la andanada.

EL ALTAR


lunes, 30 de septiembre de 2019

FERIA DE OTOÑO I: LA APOTEOSIS DEL FEÍSMO

Paco Ureña

El primer fin de semana de la Feria de Otoño del 19 giraba en torno al plato fuerte del desafío entre dos de los triunfadores de la isidrada anterior, como si la mente diabólica del gatopardo de Nimes se hubiera propuesto enfrentar mano a mano impostura con pureza y modernidad con clasicismo, para que así quedara patente en una misma tarde, sobre la arena de las ventas, la diferencia entre la mentira y la verdad. La propuesta fue respondida con un lleno en la última jornada del veranillo de San Miguel pero el dilema sobre quién había llevado a la gente a la plaza se resolvió pronto cuando al romperse el paseíllo, la afición conspicua sacó a saludar a Paco Ureña en recuerdo de la eclosión de su toreo en la penúltima tarde de San Isidro y sin embargo protestó a Perera cuando el lorquino le obligó a compartir la ovación por aquella puerta grande tan cuestionada en el día del patrón, por la que se llegó a pedir la dimisión del presidente Gonzalo de Villa, que aún sigue en el palco.

El vídeo de la tarde debería ser de proyección obligatoria en las escuelas taurinas para explicar a las figuras en ciernes la diferencia existente entre torear y destorear. Torear es lo que hizo Ureña con el primero de su lote, un Cuvillo bautizado Ricardito, número 200, un cinqueño de marzo del catorce que ya fue sobrero en la tarde de su triunfo grande y que desde entonces si las fichas de ambas corridas no mienten, ha perdido nada menos que 26 kilazos sin necesidad de pasar por Naturhouse. Ureña construye una faena que comienza a cimentarse con los materiales habituales del estatuario ensimismado, el trincherazo hondo, el ayudado de seda y el de pecho triunfal, un preludio maravilloso que logra el efecto de que dejemos de cuestionar al toro y nos abandonemos a la gloria del toreo, como siempre ha pasado. Cuando Paco levanta las paredes del toreo fundamental, el toro se derrumba y el torero tiene que apuntalar la obra empleando el material del temple, a media altura pero siempre en el sitio, encajado y natural. El poso de la gran temporada que lleva a las espaldas le ha llevado a asentarse como torero, a pensar más en la cara del toro, a medir las faenas, a no atropellar la razón. Se suceden los pases cada vez con más ajuste, con más empaque, con más verdad y en un cambio de mano interminable, llega el clamor en el que se instalará la plaza hasta la estocada final, la pureza en la ejecución de la suerte va acompañada de la colocación un punto contraria. Oreja de ley.

Oreja de ley

Antes de la lección de Ureña, Perera explica lo suyo a las buenas gentes pero aunque el primero de Juan Pedro se mueve con nobleza, el diestro no logra poner en marcha el mecanismo de las ovaciones con su propuesta trapacera y despegada. Después con el tercero de Victoriano del Río, tampoco funciona la cosa a pesar de que pareciera que las formas de Ureña han obrado el milagro de conducir a Perera por el camino del gusto y la reunión, sobre todo en las verónicas de recibo que interpreta genuflexo y en un galleo torerísimo por chicuelinas de mano muy baja, pero el toro no colabora en el asunto de la movilidad en el último tercio, elemento imprescindible para encender la mecha de los fuegos de artificio del toreo moderno. Con todo, debemos agradecer a Perera que haya sumado a su extraordinaria cuadrilla de esta tarde, la sabiduría lidiadora de José Chacón, por si la tersura del capote de Curro Javier y la brillantez con los palos de Ambel y Arruga, no resultaran argumentos suficientes para engalanar la tarde.

Ureña no dice gran cosa con el jabonero cuarto de Juan Pedro y la corrida se desliza por la cuesta abajo de la mediocridad cuando sale el quinto de Núnez del Cuvillo, ganadería seleccionada para la docilidad en la muleta, de nuevo muy blandito y justo de presencia, muy protestado en los primeros tercios. Perera apuesta por el toro y lo cita de largo en los medios, y allí acude el Cuvillito alegre, dejando atrás las claudicaciones precedentes, encontrando en la muleta que se mueve allí a lo lejos un señuelo que no le obliga nunca, que jamás lo quebranta, al que el animalejo persigue incansable una y otra vez, sin preguntarse por el hombre que hay detrás del engaño, aquél que fue capaz de aguantarle el paso en Madrid a la apoteosis tomasista de 2008, con otra propuesta de mayor compromiso que le hizo adquirir el prestigio y cobrar lo suyo en cornadas. A partir de ahí nació otro torero que aprendió a basar su poderío en conducir el viaje previsible sin estrecharse nunca en el embroque, en mecanizar tarde tras tarde la técnica innegable de saber hurtar el cuerpo a la embestida con el birlibirloque del pico y la pierna retrasada y para qué volver al terreno donde los toros cogen si el público sigue aplaudiendo la función, incluso en este Madrid que brama con Perera después de haberse entregado a Ureña, debe ser que cuando hay hambre la mortadela sabe igual que el buen jamón. Un pinchazo sin soltar y un metisaca en los bajos desbaratan el triunfalismo que ya tenía preparada una nueva puerta grande para culminar el despropósito.

Perera en la distancia

En el fin de fiesta, restaba por salir el último de Victoriano del Río, que el presidente trató también de aguantar por ver si se obraba de nuevo el milagro del tullido. Un batacazo del toro tras el segundo par de banderillas desengañó al usía y un brevísimo pañuelo verde dio paso a un sobrero de José Vázquez, el de los toros indultados en las plazas de Maximino Pérez, en sus predios de Illescas y Cuenca. Pero si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos. Si Ureña creía que iba a acabar la tarde sin sobresaltos no tuvo más remedio que volver a la dureza de antaño y soportar parones y tarascadas de un pregonao que al sentir la disposición del torero, tuvo que claudicar, podido en las tablas donde el triunfador incontestable de la temporada, acabó con sus días de estocada desprendida en la suerte de recibir.     

Para la segunda tarde, el extraño cartel que compuso la empresa sólo tenía sentido si lo que se intentaba era contraponer la plasticidad con el feísmo, la naturalidad con el tremendismo, las finas maneras de Juan Ortega contra las toscas trazas de Juan Leal, con Daniel Luque de testigo absurdo de un duelo imposible. Al final, la enésima moruchada del Puerto de San Lorenzo, atenuó las diferencias entre uno y otro, y ambos comulgaron con parecida escasez de oficio y el mismo empeño en matar a la última.

Lo mejor de Leal es su fondo de valor estoico que acredita en los quites que prodiga y en el impávido comienzo de la faena de muleta al segundo de la tarde, a base de pases de rodillas cambiados por la espalda. Es lástima que al ponerse en pie, su concepto técnico le impida buscar la colocación que admitiría su arrojo y persiga con tanto ahínco la despedida del toro hacia la periferia. En el quinto desperdicia lamentablemente el esfuerzo con que su hermano Marc intenta ahorrar lances en la lidia, para conseguir que el boyancón del Puerto brindara algunas embestidas bonancibles para provecho de la empresa familiar.  Como en la parábola del hijo pródigo, el hermano de oro se gasta la herencia despilfarrando el trabajo del hermano de plata que ya en el segundo se había jugado el pellejo dándole todas las ventajas al toro en un postrer par de banderillas que iba a ser enorme pero concluyó en cogida por fortuna sin consecuencias. Tanta fraternal entrega  para que al final Juanito practicara el toreo al revés, el mismo planteamiento ventajista en la distancia y en las cercanías acabó por aburrir al toro, cansado de aguantar mantazos.

Juan Ortega

Juan Ortega es de aquellos toreros que como ocurría con los curristas, necesitan partidarios que se conformen con verlos hacer el paseíllo, esa forma de venir vestido, esas maneras de andar por la plaza que le separan de aquellos otros que salen de la cara del toro como lo haría el lateral derecho del Atlético de Madrid. Porque después, apenas la compostura. El tercero recibe mil capotazos en la lidia que descomponen su fondo de mansedumbre hasta que acaba aculado en tablas en el tercio de banderillas, situación que resuelve Antonio Chacón con un grandioso par al sesgo. En la muleta sólo apuntes de Ortega insinuando pases que nunca encuentran remate y continuidad. El curso que da Chacón en la lidia del sexto le enseña a su matador que el toreo es posible pero Ortega vuelve a defraudar, medroso en exceso, absolutamente desbordado por un toro que dista mucho de ser un barrabás.

Y Luque. Nadie entiende el ambiente que Luque tiene en Madrid, pero lo tiene. La de veces que hemos venido a verlo en esta plaza y no recordamos alguna tarde en la que nos convenciera, ni siquiera aquélla de hace un lustro en la que abrió la puerta grande también con los del Puerto y de la que no recordamos nada. Seguramente tampoco lo hacen los que le cantan las verónicas lánguidas que acompañan las embestidas mortecinas de su lote, acaso reconociendo la incuestionable hazaña técnica que debe ser manejar el percal sin acabar tropezando con ese pedazo de toldo que gasta por capote, del que saldrían tres de Curro tirando por lo bajo. A pesar de todo, y de que sus dos toros son de diferente procedencia, la que dista del puerto a su ventana, ambos se comportan de manera idéntica al hacerse presentes en el ruedo, barbeando siempre las tablas en busca de la comodidad de la dehesa. Ambos tienen asimismo veinte pases antes de su previsible huida, que digo yo que si ese es el destino seguro que aguarda al trasteo según el vaticinio de los que llevamos contemplando la misma jugada durante décadas en la piedra, resulta inexplicable que los profesionales se empeñen en tirar líneas de manera anodina por las afueras para no atacar a un toro que se va a acabar rajando igual. ¿No sería más aconsejable ponerse en el sitio, meterse en el terreno del toro, ceñir la embestida y vaciarla detrás de la cadera, aunque el toro en lugar de aguantar treinta viajes sólo admitiera diez? ¿Lo sabría hacer Luque? Dicen que en Francia lo hace, pero llegar a las Ventas y apuntarse al carro del ventajismo es todo uno. En fin. 

La feria se abrió con una interesante novillada de Fuente Ymbro que seleccionó un toro nobilisimo en la muleta para poner a funcionar a Tomás Rufo, el triunfador de los festejos nocturnos del verano, que con su primero había dejado la puerta grande entreabierta cortando una orejita fácil por una labor aseada y sin sustancia que solo se elevó en los ayudados por bajo finales. Pero en quinto lugar salió Hechizo, un torito burraco de 534 kg, muy bien banderilleado por Sergio Blasco y Fernando Sánchez que llega al último tercio comiéndose la muleta que le ofrece sin probaturas Rufo en el tercio, en la serie más reunida de su trasteo. Después no hay tanto ajuste en el cuerpo de la faena que tiene momentos brillantes aislados como un cambio de mano monumental flexionando la pierna contraria y otras concesiones más baratas al toreo moderno. La bisoñez del novillero emerge en el amontonamiento lógico de quién sólo lleva apenas una docena de festejos con picadores y al que sin embargo se le apunta el gusto de concluir las faenas a la manera clásica sin recurrir a la peste de las bernardas de moda. Suma otra oreja que permitirá de muevo a un novillero salir a hombros de las Ventas, cuatro años después de que lo hiciera Roca Rey, tal es el erial en que está convertido desde entonces, el escalafón del relevo. También actuaron el Rafi y Fernando Plaza y ambos se fueron de vacío aunque el segundo destaca por su valor estoico en un quite de frente por detrás de pasmosa quietud y en la faena al último de la tarde, un toro complicado ante el que se le apunta el mérito de aguantar entre los pitones mientras escucha como van descorriendo el cerrojo de la puerta grande por la que ha de salir su compañero.

Tomás Rufo



lunes, 8 de octubre de 2018

LA SUERTE DEL TOREO


Por fin llegó el otoño y Urdiales volvió a Madrid. Nuestro casero Simón, que cuida del pedazo de cielo que ocupamos en la andanada, nos expulsó del paraíso después de San Isidro con el pretexto de la misteriosa reforma de la plaza, ésa de la que nadie sabe a día de hoy, ni su contenido, ni su alcance, ni su duración. Lo único que se anunció a ciencia cierta es que debía comenzar por el saneamiento de las cubiertas y así durante el verano, los abonados mirábamos los andamios, las redes y las mallas que velaban la visión de nuestro hábitat con cierto desasosiego, acrecentado por los rumores de disminución de localidades, modernización de los graderíos y reducción del diámetro del ruedo. Cuando despertamos del sueño estival y volvimos a la plaza, la andanada seguía allí, con un techo a estrenar cubriendo la suciedad de siempre. Quizá para distraer la atención del futuro atentado que se prepara contra la esencia de nuestro templo, compareció el mago Simón en la canícula y esta vez, el juego de manos consistió en anular la elección de las ganaderías por los toreros mediante un sorteo para el que quisiera afrontar el grandísimo riesgo de torear una de Adolfo en vez del enésimo Victoriano de la temporada. El aficionado no ceja en el empeño de reclamar más justicia en la fiesta y Producciones Simón Casas, siempre atenta al runrún de los corrillos, se apresuró a vender como gran revolución la apuesta de Talavante de meter sus dos bolitas en el bombo, ahora que necesitaba dar un golpe en la mesa tras su desencuentro con Matilla, que lo borró de casi todas las grandes ferias de la segunda mitad de la temporada mientras acariciaba el gato del poder omnímodo que al parecer detenta. La revolución verdadera hubiera consistido en conseguir que Julián, José Mari y José Antonio compraran también la lotería de Don Simón, con los Saltillos, los Miuras o los Ibanes saltando alegres en el bombo de los premios, pero en seguida salió el Juli en la prensa adicta, a decir que el torero se gana en el ruedo poder elegir las ganaderías que mata lo que traducido venía a significar que está dispuesto a permanecer otros veinte años en la fiesta explicando frente a las sucesivas camadas de Cuvillos y Garcigrandes su lección cotidiana de ventajismo y vulgaridad. El primer torero contratado en la madre de todos los sorteos fue Diego Urdiales, para la que iba ser su quinta tarde en la temporada, tras ser condenado al ostracismo por el sistema el resto del año.



Como era previsible, el sorteo desembocó en un "deja vu” que nos transportaba directamente a San Isidro. Las bolas calientes del Gatopardo Simón nos han organizado un comienzo de otoño con el mismo programa de la primavera, una nueva ración de los toros que Victoriano del Río y Lorenzo Fraile manufacturan para la muleta, la peste del toreo moderno aplicada por igual a las embestidas boyantes y a las complicadas, la falta de personalidad en los toreros de esta hora y el fervor por Alejandro Talavante, que nunca como en este momento, tuvo tan a favor a la plaza de Madrid, que le saca a saludar por el mero hecho de comparecer ante la cátedra en este otoño que todavía era verano. Que Talavante sea tomado por algunos como un antisistema que viene para cambiar el estado de cosas y dar un puñetazo en la mesa en la que comen los muñidores del cotarro es como creerse las proclamas revolucionarias de los jerifaltes podemitas de discurso postizo y mansión en Galapagar. Como ya ocurrió en 2013 cuando se saludó su apuesta de encerrarse con seis Victorinos como el gran acontecimiento de la isidrada, su doble comparecencia en la Feria de Otoño acaba en fracaso sin paliativos, la ovación de bienvenida transmutada en pitada final por obra y gracia de las limitaciones del extremeño para poder con un tipo de toro que no regala las embestidas. Pese a todo, hubo un momento en su actuación en donde apareció el torero que tantas expectativas despertó en el inicio de su carrera, cuando de la mano de Antonio Corbacho, pretendía ser el émulo imposible de José Tomás. Fue en el comienzo de la faena al primero de sus cuatro toros en la feria, ante el que improvisa una serie maciza de naturales defendiendo la posición, en los medios y sin probatura alguna, a golpe de la inspiración que surge a toro arrancado, cuando todavía no hay tiempo para pensar. Luego la cabeza se va imponiendo a la ambición y la falta de compromiso crece en cada serie y como a pesar de todo la parroquia a favor sigue jaleando ese otro toreo de menos enjundia, superficial y despegado, el torero que venía con la escoba para sanear la parte alta del escalafón se conforma con la previsible orejilla que acaba frustrando un pinchazo inesperado. A partir de ahí, Talavante ya no levanta cabeza en toda la feria, quizá consciente de la oportunidad perdida, y aun así, sigue habiendo gran expectación en su segunda tarde, con casi lleno en los tendidos, pero una corrida de Adolfo Martín baja de casta y un lote complicado hacen que la apuesta del extremeño se agote en el vuelo de la larga cambiada con que recibe al primero de la tarde. Sus carencias técnicas para lidiar con el capote a este tipo de encaste y su inhibición final con muleta y espada transmiten a la plaza una imagen de torero vencido, incapaz de soportar el peso de una apuesta que acaso se hizo buscando colar como gesta el numerito de todas las tardes, a la espera de que un sorteo favorable en el bombo o en los corrales permitiera aplicar las recetas revenidas del toreo moderno al toro domesticado al que se lleva enfrentando toda su carrera. Para el año que viene, se anuncian nuevos sorteos patrocinados por Don Simón, mientras el imperio Matilla sigue intacto y a Talavante se le avecina un invierno económico que debería afrontar siguiendo a pies juntillas el viejo consejo de nuestros abuelos según el cual no hay mejor lotería que trabajo y economía.



En realidad, el bombo de marras no es sino otro fuego fatuo de Monsieur Casas para encubrir el estado putrefacto del sistema que, en el fondo, no quiere o no puede subvertir. En la cabaña brava sigue existiendo la casta suficiente para que el toreo vuelva a tener la grandeza de siempre. El problema real es la gran crisis de toreros existente en este siglo, incapaces de desarrollar en la plaza un planteamiento distinto al que manejan los líderes del escalafón, a quienes no pretenden desalojar del poder sino a lo sumo aprovechar un resquicio del sistema e ingresar en él para seguir transigiendo con el montaje del toro bobo y colaborador. Fortes, por ejemplo, se dejó ir el Victoriano más encastado de la tarde, al que llegó a embarcar con templanza en la primera serie, naufragando a continuación en una sucesión de pases sin mando que conforman una faena que se va diluyendo entre la impotencia y el paso atrás. Lidió al sobrero con la sombra de la oportunidad perdida nublándole el entendimiento y bastante tuvo con salir vivo de la feísima cogida que cobró al entrar a matar. Pablo Aguado, el toricantano que venía en sustitución del infortunado Ureña, al menos abrió la tarde con el aroma del verdadero toreo de capote, en donde el sevillano se duerme en dos verónicas muy caras y un primoroso quite al delantal, antes de cortar la consabida oreja del sexto que el público más amable suele regalar para sacudirse el desencanto de cada tarde. Álvaro Lorenzo sorteó un lote a modo para reeditar aquel triunfo vacío del Domingo de Resurrección del que ya casi nadie se acuerda pero no se atrevió a dar el paso al frente para recoger los frutos de la decepción talavantina y se dedicó a plagiar la famosa tesis del Doctor López que lleva por título “Aproximaciones al toreo moderno: la nueva manera de cargar la suerte metiendo pico y retrasando la pierna de salida”. En cambio Luis David, venía a Madrid a que le convalidaran con los Adolfos los entusiastas trabajos que le han llevado a torear una veintena de tardes por esas plazas de Dios exponiendo la doctrina del feísmo al adamesco modo, pero se encontró con el sexto, que se acordaba un poco de la casta de la ganadería que iluminó las postrimerías de San Isidro, e inevitablemente quedó al descubierto la mediocridad de una propuesta que pretendía aplicarle al toro esa ligazón tramposa que se instrumenta al amparo de la pala del pitón, y que al primer respingo del astado, se resuelve en un sinfín de carreritas sin sentido con destino a la comodidad del unipase. Por su parte, Román sólo estuvo animoso con el peor lote de los del Puerto, desdibujado y sin resortes técnicos para resolver sus complicaciones, vapuleado por el cornalón segundo que le atropella cuando el torero se equivoca y medio se queda en el sitio, su mayor triunfo fue salir indemne de este trance.



El caso de Ginés Marín es distinto porque él es uno de los privilegiados a los que el sistema ha consentido disfrutar de su parcelita de terreno entre los instalados, a base de ir vendiendo por las ferias un producto cada vez más huérfano de la frescura con que ilusionó a Madrid en su apoteosis del San Isidro del año 17. A punto estuvo de tocar pelo si su habitual faenita fácil, ligerita y superficial hubiera acabado en un espadazo cabal. La manejable mansedumbre de esa corrida del Puerto de San Lorenzo le cayó en suerte también a Emilio de Justo, que viene a Madrid a despecho de la reciente muerte de su padre y de la cornada que la semana anterior le pegó un toro de Victorino en Francia. Su tarde se resume en la vergüenza torera del esfuerzo y en dos estocadas en la yema, de perfecta ejecución la primera y entregándose mucho en la segunda, pero la realidad es que sólo deja detalles ante el que abría plaza en el que no acaba de dar el paso adelante para compactar una faena desigual que coge altura definitivamente en la estocada. En el cuarto, que tiene peligro por el pitón izquierdo, lo pasa de muleta con corrección pero sin especial lucimiento, y tras naufragar al echarse la mano a la zurda, acaso porque las carnes todavía abiertas huyen del compromiso de aguantar los tres y el de pecho en donde estaba la gloria del triunfo grande, se conforma con arañar otra orejita a la que llega por un par de series de circulares efectistas en terrenos de sol camino de la ansiada puerta grande, que quizá sólo por hoy, nadie se atreve a discutir.



Y cuando todo parecía perdido, cuando afrontábamos la última tarde de la feria con el primer aviso del invierno cambiando la fisonomía de la plaza, cuando todo estaba preparado para despedir la temporada con la esperanza quebrantada por tantas tardes de promesas incumplidas, llegó el acontecimiento. Ricardo Gallardo se saca de la manga un variadísimo encierro de Fuente Ymbro, de presentación irreprochable, que nos redime de todos los sinsabores del pasado, para demostrar que el encaste Domeq puede ser otra cosa que la acostumbrada docilidad tontorrona al servicio de los que  mandan. La encastada boyantía, la huidiza mansedumbre, la entregada nobleza y la fiereza indómita reunidas en una sola corrida de toros y tres toreros para su lidia con tres propuestas distintas, el toreo clásico, el toreo de lidia, el toreo moderno. David Mora se encuentra con el tercero de la tarde, el toro de la feria, que embiste por abajo portando la consagración en su astifina cornamenta. Viene el torero vestido de Chenel pero el planteamiento del añorado maestro se acaba en la distancia larga que David propone al toro para inmediatamente después desajustarse en cada embroque y hundirse en la sima del quiero y no puedo, desde la que seguramente se escucha la voz certera de Belmonte, Dios te libre de que te toque un toro bravo. Cuando Octavio Chacón entró en la rifa de Casas debió pensar que por fin el azar le permitía alejarse de la dureza que le ha acompañado en su devenir por los ruedos, pero ni por esas, si naciste para el sufrimiento hasta los Juanpedros se vuelven Miuras. Octavio es un lidiador de otra época, no hay un capote más poderoso en todo el escalafón y su forma de manejarlo hipnotiza a los toros broncos, ensimismados por un momento en el terso percal antes de volver a la carga. La pelea con el segundo de la tarde pasará a la historia como la más serena demostración de valor que hemos visto últimamente en las Ventas ante un toro avisado, que sólo se traga los mandones muletazos por bajo del comienzo y ya no vuelve a dar tregua a su matador, buscando hacer presa en cada pase hasta que el gaditano lo manda al averno de un certero espadazo. Oreja de ley. Si el bueno de Chacón esperaba mayor comodidad con el quinto, se equivocaba del todo, porque fue agraciado nuevamente con un manso pregonao que llegó a darle una coz cuando acudió a quitarlo del caballo al que había derribado en una violenta oleada. Una vez desarmado el torero y desentendido el toro abanto de los capotes que trataban de cortarle el paso, lo persiguió como un poseso hasta cogerlo por el pecho sin ahondar por fortuna más allá del chaleco en el que quedó enhebrado el pitón durante unos segundos que parecieron siglos. Ahí fue donde Octavio encontró la suerte definitiva y esa certeza pareció dejarlo conmocionado para el resto de la tarde.



Antes, en el toro anterior, había sucedido lo de Urdiales. Quizá sea la del cuarto, una de las tres faenas más importantes que hemos vivido en los últimos diez años de toros en las Ventas, en lo que va de siglo si no me traiciona la memoria. José Tomás y Comunero, 5-6-2008, Manuel Jesús “el Cid” y Verbenero, 4-10-2013, Diego Urdiales y Hurón, 7-10-2018. Ya en el que abrió la tarde, había estado Diego muy dispuesto, perfumando el viciado ambiente del toreo actual, con los postulados del toreo de siempre, el cite en el sitio, el medio pecho irreprochable, el mecido natural, la estocada sin aliviarse. Pero la conmoción llegó en el sexto. Nadie había visto nada especial en un toro cuya lidia transcurría anodina, con el aficionado perdiendo la fe en que el de Arnedo pudiera redondear lo que tantas tardes había apuntado en sus veinte años de alternativa. El primer aviso de que algo grande podía pasar llegó en la primera serie por la derecha, en un muletazo aislado en el que el toro va muy toreado hasta detrás de la cadera, pero la explosión llega al natural, cuando un animal aparentemente sin mayor clase no tiene más remedio que entregarse a una muleta que se desplaza desde el sitio que sólo pisan los elegidos, allí donde se cruzan los caminos de la bravura y de la verdad. Dos series de naturales catedralicias, clásicas, perfectas. No se puede torear mejor que Urdiales en ese manojo de muletazos eternos, definitivamente abandonado el torero a la pureza que surge de la colocación adecuada, el temple mágico y la profundidad sin límite, el tiempo detenido en un clamor que todavía dura. El toreo ya estaba hecho pero Diego todavía sigue prolongando nuestra alegría en una serie final por naturales de frente, en la alada trincherilla, en el molinete airoso, en el insospechado kikirikí, todo ello sin perder un ápice de terreno, todo ello interpretado con la privilegiada naturalidad que borra de un plumazo la impostura de tantas tardes. Cuando Urdiales revienta al toro con otra estocada casi en su sitio, los tendidos son un hervidero de pañuelos blancos y la gente se abraza con el compañero de localidad en la comunión íntima que sólo proporciona este arte raro, misterioso, indescifrable, mientras el riojano es obligado a dar una segunda vuelta al ruedo con las orejas como estandarte de una tarde histórica. Allí estábamos nosotros para presenciar el milagro, para revivir la antigua pasión que nos hacía saltar del asiento cuando Curro o Antoñete nos dieron a probar el sagrado veneno por primera vez, ése cuyo sabor aún nos tiene aguantando estoicamente en la piedra, por ver si entre la fronda plúmbea del toreo barato que nos agrede cada día, vuelve a surgir un hombre que al menos una vez cada lustro nos permita seguir explicando a nuestras familias, de vuelta a casa, con la voz ronca y el cuerpo molido, por qué, a pesar de todo y frente a todos los que pretenden hurtarnos esa bendita libertad, seguimos acudiendo a una plaza de toros.


lunes, 2 de octubre de 2017

EL TOREO EN LA ENCRUCIJADA


En estos últimos tiempos en los que la moda televisiva apuesta por los debates espectáculo en donde lo que menos importa es hallar luz en el conflicto abordado, el tema preferido para la discusión grandilocuente y el griterío sin sentido suele ser la tauromaquia, que exacerba las opiniones de los tertulianos sin que exista posibilidad alguna de entendimiento entre los bandos. Tratar de convencer a un animalista de la excelsitud de las sensaciones que puede provocar una media verónica es un imposible metafísico de igual magnitud que intentar persuadir a un servidor sobre las bondades de los tanatorios para mascotas. El aficionado a los toros nunca empatizará con el sufrimiento animal porque lo considera una parte natural de la existencia como lo es la muerte, telón de fondo sobre el que se construye la representación taurómaca que puede ser cruel, como la vida. Los antitaurinos, en cambio, no soportan ese lenguaje entre el toro y el torero, en el diálogo en el que el taurófilo construye una historia de sacrificio y grandeza sólo ven barbarie. No hay metáforas que puedan anular una sensibilidad basada en el aplazamiento de la muerte, camino de una arcadia feliz en la que la humanización de los animales provoca escenas bufas tales como la del activista iluminado saltando a un ruedo como acción de protesta, que acaba siendo volteado por un Miura que no entiende de derechos. La incomprensión del escenario es tal que quizá el animalista se esté preguntando ahora por qué los toreros presentes esa tarde a los que acusó alguna vez de asesinato, acudieron prestos a socorrerlo.

El desencuentro entre ambos mundos impide cualquier posibilidad de  entendimiento y los derroteros de una sociedad cada vez más infantilizada y hedonista nos conducen a un futuro en el que el proselitismo taurófilo es una quimera. La imagen de los tendidos yermos de las Ventas durante los desafíos ganaderos que han precedido a la Feria de Otoño nos habla de un horizonte complicado para volver a sembrar interés por un espectáculo demasiadas veces malbaratado al servicio del empresario de turno. Los esfuerzos de Simón Casas por cerrar el año apostando por el toro de respeto, no han servido para disfrazar la realidad de una temporada con las ganaderías de siempre hundiendo con su vacío la mayoría de los carteles. La fórmula del tres y tres que ha permitido traer por fin a Madrid las vacadas que más casta han derramado por el albero de las Ventas en los últimos tiempos nos deja con la miel en los labios y con la melancolía de imaginar un mundo perfecto en el que Saltillo, Palha y Escolar lidiaran en la primera plaza del planeta lo mejor de su camada en lugar de comparecer ante nuestros ojos solamente a tiempo parcial.  

Para medir la bravura del ganado en las tres tardes de desafío, Don Simón dibujó en el ruedo un corralito virtual que en homenaje a los triunfos de Gasol y compañía, parecía una zona de baloncesto en la que los lidiadores debían aparcar al toro para que en el primer puyazo entrara a canasta apoyándose en el tablero, en el segundo iniciara el trote desde la posición del tiro libre y en los sucesivos envites, intentara el triple casi desde los medios de la plaza. Si bien es verdad que hubo pocas canastas de larga distancia, debe decirse que el experimento sirvió para que los toreros se esforzaran en llevar a cabo una lidia más ordenada que de costumbre y fue una gloria comprobar cómo las cosas pueden hacerse bien a poco que uno se empeñe y abandone la norma de la carioca y el toro puesto en suerte de cualquier manera. A partir de ahí, destacaron especialmente varios toros que defendieron con su casta, el honor de su divisa. Joaquín Moreno Silva salió triunfador del primer desafío frente a los gracilianos de Juan Luis Fraile y regaló a la afición venteña dos Saltillos de nota, el primero de los cuales, de nombre Gallito para mayor gloria, tomó nada menos que cinco puyazos, cuatro en el corralito de Don Simón y uno donde el picador hacía puerta, y para demostrar al respetable que en materia taurómaca no hay que pontificar, cuando todos ya anotaban su segura mansedumbre, acudió a un quinto puyazo, empujando con fijeza como mandan los cánones de la bravura, recargando de firme, el rabo enhiesto y la cara abajo. Después, en el último tercio, siguió embistiendo como un tren a la muleta que José Carlos Venegas movió con compostura en las dos primeras tandas por la derecha en las que sometió el viaje vibrante del Saltillo, antes de que todo se diluyera al cambiar de mano, lo cual no impidió que cortara una oreja como viene sucediendo últimamente en Madrid, en donde no importa que una faena vaya de más a menos para que los tendidos se pueblen de pañuelos si la estocada es efectiva. El otro buen Saltillo de la tarde atendía por Temeroso y tuvo la mala suerte de que Pérez Mota no se atreviera a dar nunca el paso adelante para hacer de su encastada embestida el acontecimiento de la temporada. En cambio, Octavio Chacón dejó ganas de volver a verle en cuatro detalles de gusto y sabiduría lidiadora con el percal ante el peor lote de la tarde.

En el segundo de los desafíos, se destacó sobre la tarde un gran toro de Palha de imponente trapío, Asustado de nombre y negro de capa, que Gómez del Pilar lució con generosidad en el caballo de su buen picador. Pese a haber sido derribado en el primer encuentro, “El Patillas” no se ensañó en los otros dos puyazos y el animal llegó con pujanza a la muleta que el madrileño no se atrevió a dejarle en la cara para no tener que afrontar esa complicada apuesta que significar ligarle cuatro pases seguidos a un toro encastado a cambio de un posible triunfo pero a despecho de la propia integridad física. La faena transcurrió anodina pero como la estocada fue fácil, sus partidarios pidieron una oreja que el presidente con buen criterio, no concedió. La sorpresa de la tarde la trajo Javier Cortés, al que no veíamos desde su etapa de novillero. Aquel muchacho pundonoroso se ha convertido hoy en un matador a seguir, ortodoxo en las formas y poderoso con la muleta, que maneja desde el sitio de la verdad. Antes de que su segundo toro se parara, le enjaretó dos series de naturales plenos de majeza y citando desde la distancia que llenaron de frescura el maltratado ruedo de las Ventas.

Para el tercer desafío, la empresa propuso un homenaje al encaste Albaserrada enfrentando a los victorinos de José Escolar con los buendías de Ana Romero y aquello fue una fiesta de toros guapos de irreprochable trapío. El lote de la tarde lo sorteó Luis Bolívar que por momentos se acordó de aquel joven ilusionante al que le acabó pesando demasiado la responsabilidad de ser designado heredero del cetro de Rincón. No se comprometió con el dije cárdeno de Ana Romero al que pasó de muleta sin apreturas y lo intentó de verdad con Matajacos II, el toro de la tarde, un Escolar hondo, bravo y encastado al que lució en los medios con generosidad, creyendo quizá que estaría a la altura de su embestida vibrante, lo cual sólo ocurrió en un par de naturales instrumentados como mandan los cánones del toreo clásico, antes de cambiar de mano para aliviarse de la tensión que para un torero poco placeado debe suponer permanecer en el sitio donde los toros cogen. Un sitio que ni Iván Vicente ni Alberto Aguilar siquiera osaron pisar, el primero tapando con sus elegantes maneras su falta de predisposición para estas batallas y el segundo, dejando claro que su tosquedad en el manejo de las telas no es la mejor herramienta para enfrentarse a este tipo de compromisos. 

Dejados atrás los desafíos, la Feria de Otoño nos hizo regresar abruptamente a la cruda realidad de las vacadas de siempre y a la fiesta inane del toro descastado, la lidia sin contenido y el triunfo de cartón piedra. Sólo Fuente Ymbro se contagió un tanto del vendaval de casta de las corridas precedentes y volvió por sus fueros con tres toros interesantes que ofrecieron el triunfo a Joselito Adame y sobre todo, a Román. El mexicano ofreció una versión algo menos retorcida de su repertorio y hasta se llegó a relajar con gusto corriendo bien la mano en un par de tandas muy reunidas pero terminó pasándose al lado oscuro del cite en la pala y el escondite tras la oreja del toro. Román volvía a Madrid tras su último triunfo en esta plaza en el que abrió la puerta grande el día de la Paloma y a punto estuvo de lograrlo de nuevo con dos faenas vulgares salpicadas sin embargo de momentos de toreo caro. En su primer toro, se dobló con gusto en la apertura para desplegar después un toreo deslavazado y por las afueras que empezó a calar en el público cuando en un cambio de mano para seguir toreando con la izquierda, se quedó en el sitio y cobró la voltereta. El torero vendió su mercancía y tras el consabido final por bernardinas y un espadazo defectuoso del que salió trompicado y perseguido, arrancó una orejilla de la que nadie recordará nada el mes que viene. Al segundo le enjaretó sin probaturas dos tandas de naturales estimables, dos de ellos de cartel de toros de los de antes, modelo de naturalidad vertical ejecutados con irreprochable ceñimiento en el sitio de torear. Cuando todo parecía embalado hacia el triunfo grande y unánime, siguió con la derecha por la senda de la vulgaridad de todos los días, dejando la sensación de que o no se enteró de que esos pases de oro molido eran el camino correcto hacia la gloria o se enteró perfectamente y optó por un camino más cómodo sin tanta exposición, pues a pesar de todo, si no llega a fallar con la espada le corta otra oreja y abre de nuevo la puerta grande.

Demasiados toros del Ventorillo y del Puerto de San Lorenzo a mis espaldas a lo largo de las últimas temporadas en Madrid, consiguen el efecto de poder ver las corridas de las que uno tiene que ausentarse. Leyendo las crónicas de esas tardes en los medios triunfalistas al servicio de la decadencia de la fiesta y escuchando a los compañeros de abono sobre lo realmente ocurrido en el ruedo, uno se hace una perfecta idea de que sigue sin haber un solo novillero en el escalafón que enarbole la bandera de la regeneración del toreo y de que en la tarde triunfal de Perera el único momento verdaderamente emocionante fue su imagen en hombros alzando la bandera española.

La incomparecencia por cogida de Antonio Ferrera, anunciado dos tardes como base de la feria, fue resuelta por la empresa depositando esa responsabilidad sobre los hombros de Paco Ureña, que lleva las últimas temporadas pidiendo matar seis toros de Victorino en Madrid por ver si consigue abrir su ansiada puerta grande. La verdad es que la coyuntura puso en sus manos cinco toros y sólo dio la talla por momentos, ofreciendo una imagen de torero confuso sin personalidad definida. El destino le deparó en primer lugar un torete feo y flojo de Núñez del Cuvillo que iba y venía sin malicia y sólo le hizo el toreo al final de una faena sin fuste que terminó con ayudados por alto de sabor añejo y un lentísimo pase de la firma de remate que le bastaron para conseguir la oreja. Cuando todo parecía embalado hacia el triunfo le salió uno de esos Cuvillos revirados, que no se comen a nadie pero piden muleta firme y temple de acero pero Ureña se amontonó con él y no supo resolver los problemas de una embestida que a cada enganchón hacía más complicada la empresa del triunfo. El lorquino acabó la tarde desnortado y volteado, y un día tendrá un disgusto serio por su costumbre de quedarse en la cara del toro al entrar a matar para asegurar la estocada, casi dejándose coger como aquella vez que desesperado tras una tarde aciaga, Belmonte se arrojó a los pitones de un novillo y luego se metió a albañil. Con la de Adolfo Martín, que volvió a Madrid para dejar patente el descastamiento progresivo de su ganadería, estuvo sin ideas toda la tarde, sin decir nada con el fácil y exponiendo mucho ante el difícil, transparentando en el ruedo que su proyecto de toreo no termina de afianzarse, y corre el riesgo de caer en el precipicio de los toreros estimables que se perdieron dejando un rastro triste de promesas incumplidas.

Otros matadores anduvieron por la feria dejando para las crónicas sucesivos capítulos del toreo moderno, esa lacra que tiene más peligro que el animalismo y amenaza con demoler hasta las cenizas los fundamentos del rito que hizo de esa fiesta una pasión. Cómo estará la cosa que en el transcurso de la temporada nadie ha sido capaz de superar los dos naturales y el cambio de mano con que Pepe Luis Vázquez perfumó la tarde en que reapareció en Illescas, allá por marzo. Dicen que el año que viene seguirá toreando. Ya tenemos clavo ardiendo al que agarrarnos para transitar la invernada.