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miércoles, 18 de febrero de 2026

EL TREN DE LA PRISA



Vivimos acelerados. La sociedad actual nos induce a la costumbre de la inmediatez. Todo tiene que ser antes y aceptamos esa premura aunque se imponga a la excelencia, igual que nos conformamos con la olla rápida frente a la sabiduría del fuego lento. La vida pasa inadvertida a nuestro lado mientras nos ocupamos de lo urgente que sólo a veces suele coincidir con lo importante.

 

El sueño del Ave llegó a nuestras vidas como un juguete de nuevo rico, el placebo de la felicidad depositado en la fortuna de cambiar la Cibeles por la Giralda en menos de lo que se tarda en ver una película oscarizable. Antes de que su perfil de ofidio envenenara nuestro ritmo, el tren era el amable contenedor de la aventura de echar el día emulando a Buster Keaton a bordo de la General, imaginando esa epopeya en la vetustez del automotor que albergaba las excursiones juveniles hasta Cuevas de Velasco, donde todavía debe andar nuestra huella en las paredes de su estación abandonada. Un poco antes, la vía que hoy yace sobre el vacío como el esqueleto desolado de un naufragio, era el cordón umbilical que nos retornaba a la madre Cuenca, tras la tarde fecunda donde se había puesto a prueba la audacia de cada cual atravesando sin vértigo el puente de hierro, a saltos sobre las traviesas con vistas al Júcar, como si fuéramos los niños de “Stand by me” pero sin un cadáver escondido entre la fronda. La tierra rojiza que rodeaba el camino imitaba las formas de un “far west” de cercanías, y nos convertía en indios de western adivinando con la oreja sobre el raíl, la inminencia del tren por llegar, del que escapábamos a tiempo para, refugiados contra el talud, disfrutar del estallido de las piedras colocadas a su paso o comprobar después de depositar cuidadosamente una moneda sobre la vía, si las ruedas del convoy habían logrado apisonarla hasta convertirla en fetiche que guardar como un tesoro acuñado por la imprudencia y la imaginación.  

 

En esos parajes de la infancia que llegaron a conocer el Talgo, la aparición del Ave se celebró como un hito que por fin quebraba una política basada en priorizar otros itinerarios para alcanzar el mar y preterir la línea recta que desde Madrid pasaba por Cuenca, hasta convertirla en un trazado lento, yermo y terminal. Como la alegría es efímera en la tierra acostumbrada al olvido, la fortuna de la alta velocidad se fue dilapidando entre una estación fuera de sitio, la depauperación del servicio y el sacrificio de una alternativa convencional que vertebrara la provincia y permitiera convertir la ventaja del trayecto más corto en una posibilidad de desarrollo industrial para el páramo configurado a su alrededor.

  

Antes de la crisis ferroviaria que la tragedia de Adamuz ha precipitado, no sabíamos que la grava que doblaba nuestros tobillos cuando hacíamos equilibrios sobre los raíles se llamaba balasto y que de él depende la estabilidad de la infraestructura cuyo mantenimiento es tan mejorable que ha convertido el tren de la prisa en un homenaje a los viejos tiempos en los que aún se podía saludar a los viandantes desde las ventanillas. En esta España de la mansedumbre que se comporta mejor en la asistencia a la catástrofe que en la exigencia de responsabilidades, parece recomendable volver a aquellos trenes cuyas paradas permitían bajar a tomar un café en la cantina de la estación. Si hemos admitido que nuestros gobernantes saquen pecho de unas cifras macroeconómicas en convivencia con una cuarta parte de la población en riesgo de pobreza, también podemos tolerar la osadía del gestor de la cosa cuando declara que el ferrocarril español se halla en el mejor momento de su historia.


En realidad, el ministro pretende actualizar el marxismo versión Groucho imitando su facundia, por el procedimiento de dar demasiadas explicaciones para que no se entienda nada. Sería conveniente dejar investigar a los expertos en lugar de pedir más madera para alimentar la maquinaria de un convoy en ruinas, y esperar a que las sospechas de negligencia criminal las dirima un juez, en lugar de desmantelar entre todos el prestigio de la joya de la corona de nuestras comunicaciones. La otra opción que nos queda es recuperar las prioridades de aquella época en la que no importaba tanto emplear un día entero en alcanzar nuestro destino, mientras veíamos la vida pasar por el ventanal de un vagón.





miércoles, 14 de enero de 2026

LAS DOS CIUDADES DE CUENCA

 


Cuenca es única pero hay en ella dos ciudades que se contemplan la una a la otra como si pertenecieran a mundos extraños, a planes distintos. La ciudad vieja resplandece sin mucho esfuerzo, como esas bellezas a las que incluso sienta bien un cierto desaliño, las heridas del tiempo conviven en armonía con el esplendor de la naturaleza circundante. La ciudad nueva, en cambio, convalece como un campo de batalla arrasado por la incuria, un solar destartalado en permanente estado de reforma sin que parezca existir nadie capaz de acabar con la sensación general de desaliento. La ensoñación que provoca paladear el casco antiguo termina cuando desde Mangana nos asomamos al caserío que se extiende ante nuestros ojos y divisamos una capital decadente, en donde hasta la iglesia de San Antón, se nos muestra en camisón. Por uno de los costados que se mantiene al descubierto, algún odiador de nuestro patrimonio ha caligrafiado su inmundicia en el delicioso color cámel del templo y el grafiti negruzco aún sigue buscando el operario competente que borre la pintada y desmienta la desidia oficial.

 

Caminamos por el decorado de la infancia contemplando nuestras andanzas por el circuito ajado del Vivero, por el patio sin destino de la Aneja, por el edificio fantasma del viejo hospital y tenemos asumida la pereza de las administraciones en dar contenido a esos despojos del mismo modo que sabemos que el porvenir de nuestros hijos se halla en otro lugar. A pesar de todo, nos sentimos cómodos en nuestro entorno mortecino igual que nos sigue abrigando un jersey deshilachado. De lo contrario, no se entiende la pasividad ciudadana ante el abandono permanente de una tierra doblemente cenicienta, olvidada por la madrastra estatal y agraviada por la madrastra autonómica. Un centralismo redundante que nos intenta consolar con proyectos fantasmas para convertirnos en la disneylandia del vacío, mientras la parte mollar del presupuesto se destina a sostener la opulencia de otros territorios con verdadero peso electoral. Nos esquilma con la misma impunidad Barcelona que Albacete, y hay un sendero de migajas por el que transitamos sin queja alguna, entregados a una suerte de turnismo autóctono en el que el bipartidismo reina complacido y a gusto del personal.  

 

En este escenario de conformismo inveterado en el que el futuro se va posponiendo entre declaraciones y burocracias, ni en la conjunción de administraciones que rige el destino de Cuenca ni en las propuestas de la oposición que para nuestra desgracia espera la poltrona, se advierte una idea de ciudad que se eleve más allá de la confrontación partidista. Podría trazarse una ruta urbanística de la desolación que se iniciaría en una estación sin trenes y terminaría en un mercado sin género. El trayecto incluye un paseo por Carretería, esa calle melancolía para transeúntes del almuerzo, turistas desnortados y prejubilados al sol.

 

Nos queda el consuelo de mudarnos al barrio de la alegría con sólo acogernos a la presencia latente de ese “sky line” magnífico erigido entre las hoces al que a menudo acudimos para que la cotidianeidad que desplegamos por el centro no sea tan penosa. Nuestras autoridades han tenido a bien facilitarnos el ascenso a esa fortuna mediante unos remontes mecánicos cuya primera idea data de 1940. Nunca es tarde. Ea.



martes, 16 de diciembre de 2025

EL BANDERILLERO DE BELMONTE




Contemplando las acciones y omisiones de quienes rigen la cosa pública, uno se acuerda de aquella anécdota del banderillero de Belmonte que tras abandonar su cuadrilla llegó a ser gobernador civil de Huelva después de la guerra. Preguntado el maestro por cómo era posible que su peón hubiera llegado a desempeñar tan alta responsabilidad, el Pasmo de Triana contestó desde su tartamudez proverbial: “pues cómo va a ser, degenerando, degenerando”. La moraleja de la historia puede aplicarse en nuestros días a la actuación del ministro de cultura, pues parece que el titular del ramo planifica la conmemoración del próximo centenario de la generación del veintisiete con la intención de cancelar las referencias a la figura del torero Ignacio Sánchez Mejías, mecenas de la misma. El llanto de Federico por un andaluz tan claro, tan rico de aventura, se reescribe de nuevo en las maneras sectarias del ministro Urtasun, un catalán tan ignaro, tan lleno de impostura, al que su formación diplomática no le impide ser tonto en varios idiomas.

La degeneración política máxima del momento se exhibe cotidianamente en las Cortes, en un proceso de envilecimiento paulatino a través del cual cincuenta años de parlamentarismo han devenido en la paradoja de que el Anguita de esta hora se llama Yolanda y el Demóstenes del hemiciclo resulta que es Rufián. Aquellos duelos entre Suárez y Felipe baleándose con estilo como en un western crepuscular en donde en realidad amanecía la democracia, se han convertido en estas peleas de taberna en que andan enfangadas las sesiones de control, donde Feijóo y Sánchez se echan en cara su pasado entre narcos y burdeles, mientras sus edecanes serviles se acribillan a consignas bajo la complacencia de los independentistas felones y los blaspiñares de Abascal.

De aquellos polvos constitucionales que derivaron en el lodo de una ley electoral injusta, surge la escasa representatividad que la voluntad popular tiene en un parlamento al servicio de la partidocracia de listas cerradas y tributo sin disidencia al líder omnímodo. Ahora que se va a ir cumpliendo medio siglo de todos aquellos hitos de la transición democrática, podemos aprovechar para hacer un recordatorio de la esperanza que entonces parecía habitar en el futuro y enfrentarlo a lo que ahora sólo es hastío y decadencia. La trayectoria del Rey Juan Carlos es el ejemplo perfecto de la distancia infinita entre su decisión clarividente de renunciar a la inercia de la monarquía absoluta y la obscena caricatura en que ha travestido su legado.

La degradación que ha traído la colonización de las instituciones por los partidos, también se ensaña con la justicia. La reciente condena del Fiscal General del Estado ha generado tal cantidad de información sobre la estructura típica del delito de revelación de secretos, que haber estado atento a las tertulias mediáticas sobre la materia puede llegar a convalidarte los dos primeros cursos del grado de Derecho, con licencia para opinar sobre si los magistrados del Supremo han fundamentado correctamente la sentencia. En los chats de whatsapp, los memes futbolísticos han sido sustituidos por sesudos argumentos sobre la suficiencia de la prueba indiciaria para justificar la condena o la legitimidad de la nota informativa de la fiscalía para reproducir contenido confidencial. La mediatización de las altas instancias de la estructura judicial por su control político, convirtió el pronóstico del fallo en una quiniela más fácil de resolver que adivinar el resultado de un partido del Barça, aunque siempre quedará Negreira para cambiar el sesgo en el Constitucional.

A la espera del próximo informe de la UCO sobre la corrupción de todos los hombres del presidente, la pregunta es cuál es la respuesta de la ciudadanía a toda esta inmundicia, en una sociedad en la que siempre ha sido más vergonzante la posición del pardillo que la del estafador y quien más, quien menos, no renunciaría a aprovechar su propio tráfico de influencias, si se le garantizara la impunidad. La degeneración sigue su curso si la alternativa es otra cuadrilla que anda pegando petardos por las plazas de nuestra atribulada piel de toro, consejeros de emergencias que desconocen el funcionamiento de los mecanismos de alerta, responsables sanitarios que priorizan el beneficio económico a la salud de los pacientes, buscavidas insomnes que ven la oportunidad de negocio agazapada en todas las catástrofes. Mientras estábamos confinados y se protocolizaba la muerte en las residencias, cuando la economía española se desplomaba por las simas de la depresión más profunda de Europa, los mangantes aprovechaban el desconcierto para montar su tinglado en los suburbios de la contratación pública. En realidad, no es el turismo. El latrocinio es la primera industria nacional.



lunes, 6 de octubre de 2025

LA VUELTA



Para aquellos adolescentes que ensayábamos el futuro en el mítico friso de los años ochenta, la vuelta ciclista era la agitación de las tardes de mayo, cuando Perico demarraba camino de los Lagos de Covadonga y subyugaba nuestro espíritu aventurero con la imagen efímera del valor, capaz de tocar el cielo en la cumbre asturiana y hundirse al día siguiente atrapado por la pájara de la debilidad. Tan lejos de la perfección francesa de Induráin, la humanidad de Delgado en aquellas tardes primaverales lo acercaba a nuestros esfuerzos por las cuestas de Valdecabras, cabalgando la Orbea de carreras hasta que el tío del mazo nos obligaba a poner el pie en la tierra de nuestra mejorable forma física.


Pero la vuelta ya se había instalado en nuestro imaginario infantil mucho antes, cuando en la arcadia de los setenta vestíamos las chapas de Cinzano con los maillots de Lasa o Perurena y las alisábamos contra la piedra para mejorar su aerodinámica en las curvas del circuito que construíamos con la única herramienta de nuestras manos entrelazadas dibujando caminos en el patio arenoso del colegio. Los resúmenes televisivos de la etapa del día se funden en mi recuerdo con las primeras bicis de paseo que los Magos de Oriente habían dejado en nuestros zapatos para convertir las carreras de chapas en competiciones reales camino de Palomera en donde exprimíamos las BH y las GAC de la época, disputando al sprint la meta volante de Molinos de Papel con la canción oficial de la vuelta incrustada en el cerebro, me estoy volviendo loco, me estoy volviendo loco, me estoy volviendo loco, poco a poco, poco a poco.


Tan metida en el corazón, algo se nos rompe dentro cuando la etapa del día no acaba con la ceremonia del vencedor. Impedir que los esforzados de la ruta llegaran a la meta de manera violenta fue como si alguien nos cortara las alas que crecieron en aquella infancia, como si la justicia que late en la pelea del escalador solitario se encontrara con la pancarta de la frustración convertida en desnivel infranqueable para coronar la cima. Incapaces de atentar contra los intereses israelíes que habitan en entornos más poderosos, los manifestantes de la causa palestina escogieron para su legítima reivindicación asfaltar la fragilidad del corredor de fondo con las chinchetas de la intolerancia e impidiéndole culminar su escapada, desteñían su propio mensaje. Quizá por eso, el presidente del gobierno empatizó tanto con su protesta, cultivando la estrategia del manipulador que aprovecha la tragedia de Gaza para mitinear exultante a bordo de una sonrisa incompatible con la masacre que denuncia, encantado de haber encontrado la trinchera perfecta para esconder sus escándalos.


La verdad es la verdad, la diga Sánchez o sus voceros. Netanyahu es un criminal de guerra aunque sea Bildu quien lo proclame hundido en el lodazal de sus silencios cómplices. Los delitos de lesa humanidad que el gobierno democrático de Israel está cometiendo en la franja no son más justificables por el hecho de que la alternativa sea el terror fundamentalista que supone Hamás para el futuro de la zona. Y no lo serán nunca, aunque el mundo ignore los atentados contra los derechos humanos que se suceden a diario en otros rincones menos visibles del planeta y el clamor de genocidio que se extiende por las calles de las capitales europeas no alcance para alzar la voz también por la visibilidad de los pogromos de Nigeria, Sudán, el Congo o Myanmar.


La flotilla de activistas embarcados con rumbo a la utopía ha sido una metáfora perfecta de la naturaleza irresoluble del conflicto de oriente medio si pensamos que en las naves interceptadas convivía la generosidad de las mejores intenciones con el negacionismo de los crímenes del siete de octubre. Junto al activismo sincero de la ayuda humanitaria navegaba la propaganda narcisista del postureo en las redes, tan deleznable como los debates partidistas de nuestros políticos patrios que desde la desfachatez de su bienestar occidental se han atrevido a enarbolar festivamente el sufrimiento envuelto en el pañuelo palestino o en la estrella de David.


Mientras la solución de los dos estados se desvanece sumergida entre el río y el mar, el ciclista esloveno Pogacar surcaba inalcanzable los montes de Ruanda en el reciente campeonato del mundo, dejando tras su estela un rumor de victoria que al menos ese día hizo un poco más soportable el recuerdo del genocidio tutsi, del holocausto nazi, de las limpiezas étnicas perpetradas en el entorno balcánico del héroe, la memoria indeleble de todas las tragedias de la historia convocadas a su paso.  


 


lunes, 11 de agosto de 2025

EL HIJO A MEDIAS



Quizá una de las historias más lamentables de los últimos tiempos haya sido la protagonizada por Juana Rivas y Francesco Arcuri, personajes de novela mediática enfrentados ante la Corte del Juez Salomón. Mientras las instancias judiciales españolas e italianas, otorgaban el hijo de ambos a un padre con algunas sombras en su discurso legalista, Juana esgrimió su condición oficial de mujer maltratada para perseguir el amparo de la opinión pública a sus aspavientos de plañidera incesante, empeñada como la madre espuria de la historia bíblica, en partir la vida de sus hijos entre un aluvión de denuncias, medias verdades, secuestros y desapariciones, convirtiéndolos en rehenes para siempre de la manipulación y la insensatez.


La exposición de los hijos ante el pelotón de fusilamiento de los medios fue el último acto de una representación en la que intervino también una ministra del gobierno de España para presionar al poder judicial sin tener en cuenta los indicios de alienación parental evidentes en el escenario. Todo el que haya estado en contacto con el complicado mundo del conflicto matrimonial reconoció en el grito desgarrador de ese niño, a una víctima acosada por la acción criminal de los adultos. El interés del menor debería ser el principio rector en esta materia pero se convierte a menudo en una declaración vacía tras la que se esconden estrategias procesales que en vez de buscar un acuerdo sanador perpetúan el enfrentamiento entre las partes.


Tener hijos es llevar el corazón fuera del cuerpo. El instinto de posteridad nos conduce al afán de descendencia sin adivinar la esclavitud que aparece desde el día en el que ese deseo se concreta en una vida que es la nuestra caminando en otro ser. Es la condena de la paternidad, esa trenza de angustia y felicidad que se anuda en torno al hijo y te sitúa amarrado para siempre a la estela de incertidumbre desplegada tras sus pasos. Ser padre es edificar tu existencia en torno a un futuro para su dicha al que sólo asistirás como invitado y en donde un instante de plenitud bastará para olvidar todas las ausencias. La absurda aspiración de querer abrazarlo siempre como cuando era un niño se funde con la quimera necia de pretender dirigir sus decisiones para librarlo del dolor, sabedores como somos de que moriremos un poco con cada una de sus heridas. Hay una querencia por seguir llevándolo cogido de la mano que no se extingue nunca. 


El padre separado multiplica en el vacío que siente esa sensación de impotencia, una suerte de orfandad inversa que ni siquiera la custodia compartida puede restañar. La justicia es incapaz de solucionar situaciones tan complejas y no puede sino conformarse con fabricar hijos a medias, convirtiendo la paternidad del progenitor no custodio, ese oxímoron, en un simulacro que impide su pretensión de absoluto. La adolescencia del hijo es un lugar propicio para que el cataclismo del divorcio se manifieste en toda su crudeza cuando la lejanía eleva barreras invisibles que no se disipan en la visita de un fin de semana. La separación es una verdadera amputación cuya mayor tragedia es acostumbrarse a sobrevivir en el desierto, anticipando a un momento intempestivo, la soledad inevitable que aparecerá cuando el hijo tome su propio camino. Los padres a tiempo parcial son despojados de la fortuna intangible de asistir a su crecimiento, como Gepettos que alejados de esa cotidianeidad, contemplan cómo se va convirtiendo en una marioneta manejada por la vida, mientras a la familia imaginada le crece la nariz. 


Cuentan que Daniel, el hijo de Francesco y Juana, tras siete meses de extrañamiento, tardó veinte minutos en aceptar de nuevo al padre cuando pudo hablar con él, sin mayor interferencia que la asistencia del equipo técnico del Juzgado. Salomón hizo lo correcto pero tras la euforia del verano, llegará el invierno para comprobar si los estragos del conflicto entre los padres se han convertido en el previsible trauma que pesará sobre ese niño y el adulto que va a ser.



martes, 1 de abril de 2025

LA FAMILIA POLÍTICA


Entre la justicia y mi madre, elijo a mi madre. La famosa cita de Albert Camus parece inspirar, en otro contexto, la estrategia política reciente en donde el amor a la sagrada familia presidencial anima la acción de los miembros del gobierno, intérpretes disciplinados de la cantinela oficial que trata de socavar, poco a poco, la independencia de los jueces encargados de investigar la probidad de la forma de ganarse la vida de la primera dama y de su cuñado. Para los partidarios de la alternancia política no hay otro remedio que abandonarse a la melancolía al contemplar cómo quienes rigen los destinos de la Comunidad de Madrid se enfangan también para defender al novio de su presidenta, la cual es capaz de llegar a la Moncloa y como Calígula con el caballo, convertir a su consorte en Ministro de Hacienda.

La tensión política entre ambos antagonistas promete hasta las elecciones un duelo por todo lo bajo que de momento, ya ha emponzoñado la imagen de la Fiscalía. Depende, de quién depende, de según como se mire, todo depende, es una canción que el Presidente interpretó ante un periodista de cámara para ponerle banda sonora a un thriller protagonizado por el Fiscal General, encantado de hacer duetos con la voz de su amo para ventilar en público los secretos de un contribuyente. El exceso de celo del defensor de la legalidad por aclararle a la audiencia la verdad sobre la iniciativa de un acuerdo de conformidad, fue un espóiler tan absurdo como revelar a estas alturas que el personaje interpretado por Bruce Willis en realidad está muerto tras la primera secuencia de “El sexto sentido”.

El Fiscal también lo está pero igual que Bruce y Mazón, él no lo sabe.  Como el héroe del Ventorro acogido a la clemencia de Abascal, tal vez espera la absolución de Conde Pumpido, cancerbero de la Constitución, presto y dispuesto a cocinar la futura condena condimentando el trampantojo con un lejano parecido a la separación de poderes. Sería el segundo gol por la escuadra en la desvencijada portería del Estado de Derecho, el primero todavía andan celebrándolo los indultados de los “Eres”. El “hat trick” definitivo llegará cuando toque revisar la amnistía, y el “Var” de los once confirme la derrota del Tribunal Supremo, no en vano quien tira las líneas lo hace desde Waterloo. 

La democracia lo soporta todo, incluso que el partido en el poder pacte las leyes con un prófugo de la justicia española. También que su número dos colocara a sus queridas en empresas públicas y otorgara a su esbirro la categoría de asesor. El edificio constitucional no se resiente aunque se gestionen las cuentas con un presupuesto que no responde a la voluntad popular de las últimas elecciones. La encargada de presentar el proyecto en las Cortes distrae a las masas degradando el principio de presunción de inocencia a la categoría de legalismo prescindible, el franquismo sociológico que habita en su mente no concibe más derecho de defensa que el de su permanencia en el sillón.  

Las excelentes cifras macroeconómicas sirven de coartada a la familia política pero no consuelan a una cuarta parte de la población que sigue en riesgo de pobreza o exclusión social. Algo va mal en el sistema cuando el crecimiento del PIB convive con la falta de futuro de nuestros hijos, que andan buscando vivienda como terraplanistas ilusos persiguiendo el borde del horizonte. Sobrevivir al panorama requiere algo más que unas garrafas de agua, unas latas, la linterna y el transistor. La cosa pública subsiste entre las diatribas de sus gestores a la espera de la próxima catástrofe en la que seremos nuevamente abandonados por su infalible incompetencia para afrontar las pandemias, los volcanes, las riadas o la amenaza de guerra nuclear. 

Avanza la cuaresma pero sigue el carnaval.



miércoles, 6 de noviembre de 2024

RÉQUIEM POR VALENCIA



El primer día de noviembre, el Ensemble Vocal de la Ópera de Cámara de Cuenca volvió a interpretar el Réquiem de Mozart, esta vez en la Fundación Antonio Pérez como ya hizo hace tres años en la Iglesia de San Pedro, creando acaso, tal y como sucede con el Tenorio en el ámbito teatral, la inesperada tradición de interpretar por estas fechas la más bella misa de difuntos compuesta en la historia de la música. Las riadas otoñales son también tradición en nuestra sufrida geografía para desgracia de la gente que pone los muertos y vergüenza de unos gobernantes incapaces de prever el peligro y allegar después los medios necesarios para mitigar la catástrofe.


El empaste perfecto del coro de Carlos Lozano parecía clamar por la coordinación deseable de las administraciones en estos casos en los que el pueblo perece víctima de la incuria y después es desamparado por sus representantes políticos, entregados a la ceremonia de la huida y la elusión de responsabilidades. De nada nos sirven los lutos impostados si al duelo por las pérdidas le acompaña el abandono de ahora mismo y la inacción de décadas asistiendo al mismo panorama de la naturaleza eterna estrellándose contra un urbanismo idiota.


Atacaba la coral el “Lacrimosa” como si todo el dolor de Valencia se hubiera filtrado por las paredes del antiguo templo carmelita hasta llegar a las gargantas vicarias de nuestra tristeza. El estremecimiento del “Dies Irae” parecía ilustrar el sentir de los damnificados voceando su desvalimiento en las ventanas desde las que habían contemplado a la muerte pasar buscando candidatos. Amarrados pese a todo a la fortuna de estar vivos, conteniendo la rabia con vistas al barro, desmenuzaban las horas a la espera de ser atendidos por el Estado, una vez que sus múltiples terminales se pusieron de acuerdo sobre quién asumía las competencias y el coste político de contar a los cadáveres. Junto a los coches amontonados en las aceras y los electrodomésticos varados en las esquinas, el agua se ha llevado por delante la confianza en las instituciones, el concepto de servidor público suplantado por el pueblo que compareció en el puente festivo como un ejército cuya movilización no dependía de estrategia política alguna.


Como la pieza maestra de Mozart, España es un país inacabado más preparado para afrontar la desdicha que para prevenirla, experto en solidaridades y amnésico para exigir justicia, el fracaso frente a la pandemia no nos ha enseñado nada. La estructura administrativa cuya descentralización fue diseñada para ser garantía de eficacia se ha convertido en una maquinaria apta para la colocación de los afines pero incapaz de gestionar las situaciones de crisis, por donde medran sin cesar los aprovechados. Allí donde aparece la tragedia, se hace presente el trepa, el fraude de entonces con las mascarillas es el pillaje de ahora sobre un fondo de lodo que todo lo cubre. 


La máquina del fango era en realidad esta querencia de nuestras autoridades por culpar al adversario y esgrimir la cogobernanza como coartada de las negligencias propias y ajenas conformando un panorama de absoluta inoperancia política, en el que los jerifaltes del sistema se pasean por el escenario del cieno como si el sufrimiento del pueblo fuera también el suyo. Su única preocupación en este tiempo de infortunios es ocultar su falta de aptitud para la gestión del desastre y seguir en el poder hasta que la indignación escampe. El limo que quedará cuando todo haya pasado fertilizará de nuevo la codicia cuando se apague el hedor, antes de la próxima riada.




sábado, 29 de junio de 2024

EL LEGADO


En tauromaquia, la forma es el fondo. Como sucede con la Justicia, la ética se asienta sobre el respeto a las normas del procedimiento, sobre los principios generales del Derecho, sobre el canon eterno de la lidia. Asistimos al tiempo de la impugnación de esos valores en la persecución de la ventaja inmediata, del ansia de poder, si bien la hipocresía del momento aconseja crear una moral de urgencia ya sea para ilustrarnos sobre las bondades de la amnistía o sobre la legitimidad del toreo moderno. 

Que el enésimo torero espurio abra la puerta grande de las Ventas o el Fiscal General del Estado no respete el secreto profesional es una cuestión que, bien mirada, no debería importarnos tanto como la cesta de la compra, por ejemplo, pero introduce en nuestras vidas transeúntes entre la sala de estar y la andanada, un malestar creciente, una sensación de seguir asistiendo a la subversión permanente del sentido común. Es lo que ocurre cuando el público de toros ovaciona hasta el éxtasis la impostura, y el ritual continúa degradándose tal como lo hace la separación de poderes cuando los partidos se reparten los peones en el poder judicial.
 
La Feria de San Isidro suspende la vida del abonado durante un mes y lo convoca a la plaza para situarlo en un universo extraño en donde comparece cada primavera el planeta de los toros, un mundo anacrónico en el que el aficionado se obstina en permanecer para sustraerse de la hostilidad de estos tiempos ignaros en los que el infantilismo circundante lo agrede a cada paso. Resulta desolador, sin embargo, que el templo donde acudimos a defendernos de la pesadumbre de vivir, aligerando esa carga con la liturgia que vertebra nuestra existencia, se vea amenazado por el mercantilismo que lo transforma en taberna cada tarde, por el sistema empeñado en humillar al toro hasta convertirlo en un dócil semoviente y por la decadencia del toreo moderno, sustentado en los pilares de la ficción y la vulgaridad. 

Pese a todo, la lidia de toros en Madrid sigue siendo un espectáculo de masas, acaso como reacción a las manifestaciones del baranda del negociado, el ministro que justificó en la condición minoritaria del espectáculo, la coartada para la abolición del patrimonio que está obligado a defender. Los nuevos públicos acuden en aluvión de jóvenes subyugados por el fogonazo estético del héroe que aún es capaz de explicar en veinte pases el secreto del triunfo, ése que no aciertan a descifrar en su propio futuro preñado de incertidumbre, pero traen a la plaza costumbres ajenas al carácter de las Ventas, ignorantes de los códigos que fueron santo y seña de su afición. Y por qué habrían de entenderlos si apenas son ya cuatro iluminados, los que los enarbolan aplaudiendo a presidentes que niegan la oreja por el hecho de que la espada se haya desviado un palmo de su colocación canónica. Por qué deberían exigir el toro encastado, si la salmodia mediática que reciben les instruye en la conversión de la fiesta en un simulacro banal. Bastaría con exaltar los valores intrínsecos de la batalla en la que un héroe tuerto es capaz de imponerse a la bestia con la clavícula rota frente al ídolo deportivo que se queja por las molestias que le ocasiona jugar al fútbol con una máscara.

La culminación de la hipocresía del sistema comparece en la corrida de homenaje al maestro Antoñete, otro no hay billetes al servicio del neotoreo que hoy se practica en las antípodas de lo que fue su tauromaquia de clasicismo añejo y colocación exacta, conceptos que ahora pasan desapercibidos en su plaza si algún epígono casual se atreve a proponerlos. La mayoría del escalafón se mueve entre la indolencia y el conformismo al que conducen la respuesta de los públicos que ovacionan de igual manera la ligazón falsaria al hilo del pitón que el medio pecho ofrecido cargando la suerte, del mismo modo que el electorado se resigna a seguir votando las listas eternas de culiparlantes creyendo que así conforman la voluntad popular.

En la configuración del toro como animal colaborador concebido para la faena de muleta, la decadencia es inevitable en el resto de los tercios de la lidia y se ensaña especialmente con la suerte de varas, en ausencia de picadores que sepan largar el palo con tino y con mesura y de diestros que posean la técnica precisa para recrear el viejo estilo de llevar y colocar con majeza al toro ante el caballo, abandonando la escena por donde corresponde. La deriva por la senda de la dulcificación de las corridas de toros provoca reacciones extrañas en los nuevos públicos, habituados a vivir la tarde como un festival incruento, incapaces de digerir entre el trasiego de los gin-tonics, los contados episodios en los que la pelea entre la vida y la muerte trasciende del decorado y reclama el primer plano. Acostumbrados a la gran elipsis impuesta sobre la parca en la sociedad moderna, interpretan de forma equivocada la simbología de la agonía del toro y cualquier percance del torero queda elevado a la condición de salvoconducto para el triunfo de ocasión.

El legado de los grandes maestros que han construido el prestigio de las Ventas corre el peligro de quedar reducido al azulejo que los inmortaliza en sus pasillos. En ellos palidece la imagen de Chenel citando en la distancia, aguantando en el sitio donde los toros cogen, la efigie de Curro en el acto de abrir su capotillo y detener el tiempo en una media, el recuerdo de José Tomás templando al viento, defendiéndose del toro con sólo el arma del estaquillador. Hemos tenido que contemplar la estatua de César derribada en su tierra, tan lejanos los tiempos en los que su muleta poderosa barrió todo el toreo que mentía a su alrededor. La noticia ha ocupado un breve en los medios de información general, entre la amenaza de una nueva dana y los preparativos de la operación salida.




viernes, 24 de mayo de 2024

LA CARTA



Cuando el presidente Sánchez desapareció de escena después del simulacro habitual al que queda reducido en nuestro sistema el control del Gobierno por el Parlamento, se recluyó en su despacho y sin ayuda alguna de sus cuatrocientos y pico asesores, decidió dar cuenta de sus asuntos a sus administrados a través del prodigio de transparencia que es publicar una carta en el twitter. Las líneas maestras de la misiva venían a explicarnos que nuestro líder estaba pensando en tirar la toalla debido a la admisión a trámite judicial de una denuncia contra la dueña de sus pensamientos, animada por la ultraderecha política y mediática, como culminación de una campaña de acoso sustentada en bulos interesados y noticias falsas. A continuación, utilizó unos moscosos para despejar su agenda, y se fue de puente iniciando un periodo de reflexión sobre los costes personales de la vida política, en donde llegó a la conclusión de que la respuesta de las masas durante su retiro espiritual era suficiente para seguir sacrificándose al servicio de los españoles.


No es que la militancia acarreada a los “madriles” desbordara la calle Ferraz hasta llegar a la Plaza de Oriente, pero con la quedada de los adeptos resultaron al menos exorcizados los rosarios con los que la “fachosfera” contaminó durante semanas el lugar, y la Vicepresidenta Montero pudo escenificar nuevamente su euforia al borde de un ataque de nervios, mientras la Presidenta del Congreso se travestía de chica Almodóvar, derramando unas lagrimitas por la separación de poderes. El sainete guerracivilista lo terminó de condimentar Patxi López entonando el “no pasarán”, al tiempo que Óscar Puente sublimaba el servilismo reverenciando al puto amo que lo puso en el cargo.

En esos cinco días de abril, los tertulianos adictos mutaron en plañideras conmovidas por las exequias del sanchismo, convencidos de que las dudas del jefe eran sinceras, dispuestos a glosar este último trampantojo del killer de la opinión cambiante como si su palabra fuera fiable y los antecedentes del personaje no aconsejaran otra cosa que considerar la carta de marras como un nuevo acto de propaganda electoral, la primera epístola de san Pedro mártir a los catalanes, si no tengo poder, no soy nada. Por esas paradojas del escrutinio de la voluntad popular, el resultado final parece haber dado la razón a esa estrategia en donde el sentimentalismo victimista prevalece sobre el programa comprometido. Las urnas han permitido sacar pecho al visionario de la amnistía que ha logrado el repliegue del independentismo con el mérito añadido de alcanzar el triunfo de la mano de un candidato cuya hoja de servicios incluía la gestión sanitaria de la pandemia.

Si tenemos en cuenta que el otro gran vencedor de la contienda ha sido un prófugo de la justicia que prefirió cultivar el papel de mártir antes que afrontar sus responsabilidades, se entiende por qué en la campaña permanente que ahora afronta su episodio europeo, el asunto de la esposa del presidente siga coleando hasta desembocar en una crisis diplomática tan impostada como el mutis teatral de su marido. Es la comedia en que anda convertida la política española, enfangada en cuestiones accesorias que nos tienen entretenidos en si nos gusta más la fruta o el gin-tonic, las instituciones desplazadas por el tango que repentizan a dúo para sus respectivas parroquias un botarate porteño y un chulapo de “Madrí”. 

Mientras tanto, todos estos cambalaches nos impiden saber qué papel jugó la mujer del César en el incesante tráfico de influencias que parece ser la administración española, en donde la confusión de intereses públicos y privados es la norma en la que medran incesantemente los adlátares del poder, incapaces de labrar su beneficio sin la sombra del nepotismo alentando su jornada. La máquina del fango se expresa en estos fuegos de artificio diseñados para distraernos de lo importante, de la parálisis legislativa y del bloqueo judicial, de la inflación incesante y de la desigualdad creciente, de la falta de oportunidades que nubla el futuro de nuestros hijos.




jueves, 16 de noviembre de 2023

LA IZQUIERDA EN FUGA



Etimológicamente, amnistía procede del griego “amnestia”, que significa olvido. La palabra está formada por el prefijo de negación “a” contrapuesto a la raíz “mne”, derivada del indoeuropeo “men”, asimismo presente en mente, memoria, y mentira. La memoria de las sociedades democráticas es frágil y en las mentes más preocupadas por las cosas de comer, convive sin problemas con la costumbre inveterada de la clase política española de abandonarse a la mendacidad. Entre usar el voto para exigir el respeto a la palabra dada o emplearlo para asegurarse un salario mínimo decente, es entendible optar por lo segundo cuando la cuenta corriente no te permite partirte la cara en Ferraz por la separación de poderes. 
 
La amnistía supone el olvido por parte de la autoridad de los delitos afectados por la magnanimidad del reino, y en su adaptación al proceso catalán los tiene por no sucedidos tal si todo lo acontecido desde que Artur Mas decidió huir en helicóptero de un “parlament” cercado, hubiera sido una extraña ensoñación, como ya se encargó de aclarar Marchena en su sentencia sobre la cosa, todo un prodigio de “lawfare”. Y es que sólo aplicando la explicación onírica, puede interpretarse el espectáculo perpetrado por el gobierno en funciones, capaz de enviar a su vicepresidenta a visitar a un prófugo de la justicia del Estado al que representa, sin que tiemblen las sonrisas en los rictus de cemento ni colapsen las columnas del edificio constitucional. Aquél fue el primer acto de un teatrillo marcado por el cambio de estatus del exiliado de Waterloo que durante el recuento electoral pasó de apestado a honorable por obra y gracia de la voluntad popular, según los exégetas más avezados.

Antes de que el “jalogüín” nos trajera la resurrección de los muertos políticos, el primer aspirante a la poltrona intentó la investidura como fuerza más votada, tras cortejar a los nacionalistas de su cuerda ideológica, ya se sabe que el apoyo de los independentistas sólo es demonizable si sirve para entronizar al rival. A fin de cuentas, el ansia de poder es una pulsión de ida y vuelta que permite a Sánchez disertar sobre mayorías progresistas conformadas con la democracia cristiana de toda la vida, y anima a Feijoo a imaginarse como legítimo primer ministro si otros cuatro “culiparlantes” del bando contrario se hubieran equivocado de botón. El sistema democrático aguanta todo lo que le echen y la prohibición constitucional del mandato imperativo de nuestros representantes descansa en el limbo de las entelequias junto a la independencia del poder judicial.

Tras estos fuegos de artificio que contemplaba divertido desde la barrera, el verdadero baranda del cotarro mandó a parar, reunió a sus acólitos y habló de hacer de la necesidad, virtud, aunque en realidad éstos interpretaron que el fin justifica los miedos a perder la colocación. Entre los que le ovacionaban atronadoramente, se destacaba la cara de circunstancias de Fernández Vara, mientras imaginaba a su jefe travestido de Groucho desmontando el tren de Extremadura y ordenando más madera en la cesión a Esquerra de las competencias sobre “rodalies”. El “killer” de los principios cambiantes habló también de la conveniencia de dar un nuevo paso en la concordia conseguida en la sociedad catalana a base de indultar a los malversadores del dinero de todos, una variante más tolerable de corrupción si el presupuesto se emplea en comprar urnas ilegales. La eliminación del delito de sedición evitará tiranteces cuando a los beneficiarios de la gracia se les ocurra desdecirse de lo firmado y llevar a los hechos la cantinela del “ho tornarem a fer”. 

Nuestro apuesto presidente, también lo ha vuelto a hacer. Como ya sucediera cuando pasó de criminalizar a Iglesias a introducirlo en el gobierno, ahora pacta con aquél a quien prometió poner a disposición de la justicia. Ambos comparten la condición de supervivientes no exentos de mérito, animales políticos obsesionados con su suerte particular y así es como Pedro es capaz de fulminar la solidaridad interterritorial ofreciendo el cupo a Cataluña y Carles abandona la unilateralidad del referéndum para no tener que pasar por la trena. La década prodigiosa que comenzó con un presidente conservador negándole a Mas el pacto fiscal, concluye con el presidente de la izquierda en fuga aniquilando la igualdad ante la ley. 
    
De este modo, el sentido conciliador de las amnistías que en España han sido abandona su sonido progresista para amparar a una casta de privilegiados cuyo supremacismo pretende imponer el relato que nos viene dibujando como dictadura durante los tres siglos que caben entre Felipe V y Felipe VI. Cualquier jurista sabe que en Derecho, todas las interpretaciones jurídicas son defendibles. El problema de la amnistía no son las dudas sobre su constitucionalidad que se encargarán de disipar los magistrados de partido y los tertulianos de guardia, sino la inmoralidad de su uso para obtener ventaja política, pactando con los afectados su propia impunidad. 

El enigma es descubrir qué políticas sociales subsistirán al avance de la desigualdad que se adivina a través de esta claudicación. El cainismo patrio que estos días reivindican los abascales y ayusos que se exhiben en la barricada, no se reproduce en la pelea cotidiana de la gente común, más preocupada por si la revalorización de las pensiones, la mejora de la atención sanitaria, o el futuro laboral de nuestros hijos, se verán comprometidos por el escaso peso político que corresponde a nuestra atribulada circunstancia de ciudadanos de la España vacía.



jueves, 27 de julio de 2023

LA FIESTA DE LA DEMOCRACIA



Desengáñate lector, que has asistido a la enésima campaña convocado a la fiesta de la democracia: el voto que introdujiste en la urna el pasado veintitrés de julio, no expresa tu voluntad. En realidad, no estabas eligiendo al candidato que querías sino a quien el partido al que votas puso en una lista, tras un largo proceso de meritoriaje en la trastienda electoral cuya falta de transparencia ocultaba codazos e intrigas, dedazos y vetos, servilismo y vanidad. Las primarias que algunas formaciones establecieron para maquillar todo ese vicio yacen en el limbo provocado por el adelanto del festival. 

Los resultados dicen que has decidido seguir apuntalando el bipartidismo que ha sido la seña de identidad de esta provincia desde que comenzó el baile, allá por 1977. El señor D’Hondt deja pocos resquicios al triunfo de la proporcionalidad y la organización de la contienda en circunscripciones provinciales completa en cada elección, la pérdida por el sumidero de miles de votos tan bienintencionados como inservibles. La cantinela del voto útil impuesta por la propaganda ha triunfado finalmente, anulando tal vez tu intención primera de sumar tu voz a otras opciones y para sellar el destino de irrelevancia de nuestra tierra has preferido votar a lo de siempre en lugar de apostar por la vana esperanza de cambiar las cosas. 

Si después de leer esto, todavía sigues aquí, a pesar de todo, y piensas que tu esfuerzo por acercarte al colegio en plena canícula estuvo justificado, es mi deber recordarte que el axioma “un hombre, un voto”, se cumple menos en España que los propósitos de año nuevo. Al menos, puedes considerarte afortunado porque tu papeleta vale más que la de otros compatriotas y es que un diputado por Cuenca cuesta aproximadamente la mitad de votos que un diputado por Madrid. La otra cara de la moneda tiene que ver con tu pertenencia a la España vacía y el escaso poder de influencia de tus tres representantes en el Congreso, acostumbrados a olvidarse de defender tus intereses y acomodarse inevitablemente a las consignas del partido, cuyos dirigentes desdeñarán pronto tu causa para beneficiar a los territorios con representantes nacionalistas, a quienes inevitablemente se entregarán para conservar el poder, convirtiendo tu voto en papel mojado.

Me dirás que te han contado que así es la democracia, que el parlamentarismo diseñado por la constitución tiene unas reglas tan legítimas como los sistemas presidencialistas de elección directa, las elecciones a doble vuelta o las fórmulas mayoritarias de distrito uninominal. El favorecimiento de la gobernabilidad del país exige estas distorsiones en el voto que permiten al ganador obtener catorce escaños más que el segundo con tan solo trescientos mil sufragios de diferencia, y a éste conseguir el cuádruplo de diputados que el tercero y el cuarto, cuando aún le faltan un millón de electores para alcanzar el triple de apoyo. Y todo para que la formación de gobierno dependa del partido liderado por un prófugo de la Justicia avalado por sólo el 1,6 por ciento de los votantes que el domingo acudieron a las urnas creyendo contribuir a la voluntad popular. 

Y en ésas estamos. De momento, se impone el sopor del estío y la dicha vacacional no volverá a ser perturbada por disquisiciones sobre la profesionalidad de los carteros y la variedad de excusas admisibles para eludir la presidencia de una mesa electoral. Las hipérboles empleadas por los candidatos retornan a las mentes de los asesores desde donde salieron un día para que la campaña navegara a bordo de un Falcon o del barco de un contrabandista. Resultaría asimismo hiperbólico que el proyecto de ciudad de esta tierra secularmente maltratada, vaya a diseñarse en Waterloo.




martes, 21 de febrero de 2023

MARTES DE CARNAVAL



Tras la tregua de la cuesta de enero, la llegada de las carnestolendas ha estimulado a nuestros próceres de tal manera que pertrechados tras el disfraz de servidor público, solicitadísimo esta temporada en los comercios del ramo, pretenden hacernos pasar un añito entretenidos con sus evoluciones sobre las tablas, engolosinados como están con la fiebre electoral que los anima al juego de la representación.

En el teatro gubernamental, siempre es martes de carnaval. El presidente es el maestro de la mascarada y lo mismo arrasa en la petanca a los jubilados de su cuerda que irrumpe en la morada de los mileuristas del salario mínimo para gorronear un café con pastas más caro hoy que ayer, pero menos que mañana, excepto si vas al supermercado en el que hace la compra la ministra de economía. A la publicación de estas líneas, el departamento de márquetin ha superado todas las marcas de vergüenza ajena, con un vídeo en el que el líder intenta empatizar con becarios universitarios en una biblioteca del metaverso, tras cuyas ficciones acechan los cuchillos del mercado laboral.  

El gabinete tampoco se ha librado de esa gripe de duración eterna que trae consigo una fiebre legisladora que ahora exonera a un sedicioso y después abarata la pena a un malversador, salvo que la norma la interprete un magistrado del Supremo, antes de que obtenga su merecido en el Constitucional. La justicia española es un artificio animado por los intereses de los partidos, a un paso de alcanzar el prestigio de la justicia arbitral, que al menos se vendía para no entorpecer los valores del juego bonito. 

Después de que las rebajas de fin de año afectaran también a los agresores sexuales, el populismo que no cesa se defendió acusando a un cuerpo mayoritariamente femenino como machista, por interpretar la ley del sólo sí es sí, de acuerdo con un principio general del derecho que se estudia en primero de carrera. Se trataba de avanzar un paso más en ese nuevo puritanismo basado en obtener ventaja de humillar a la mujer victimizándola frente a tiranías ficticias, a través de un ministerio dedicado a patentar derechos que ya existían gracias a los logros del feminismo clásico. 
  
En el casino de la oposición, Don Carnal y Doña Cuaresma juegan a la ruleta con los derechos del “nasciturus”, y cuando amanece a la vida independiente, lo abandonan en las listas de espera de la sanidad pública, la mejor del mundo hasta que la gestión autonómica decidiera apostar por las tabernas antes que por los ambulatorios. Los sindicatos de la cosa se manifiestan contra la incuria del sistema sólo en las administraciones de derechas, porque los pacientes de izquierdas están más acostumbrados a guardar cola esperando la muerte de las ideologías.

Las tres almas del conservadurismo patrio se pelean en la persecución del santo grial de la poltrona para que acabemos teniendo que aguantar en el poder al gallego de siempre. Esta vez comparece travestido de “indianajones” de la socialdemocracia, condenado a buscar el arca de la alianza con sus traviesos excompañeros de fatigas que juegan a organizar mociones de censura con economistas nonagenarios al borde de un ataque de insensatez. Las cenizas del centro yacen arrimadas a una pira autodestructiva sostenida por bomberos más pendientes de alimentar las llamas que de sofocar su ambición.

Que la vida es un carnaval ya lo sabíamos antes de que se concibieran trenes que no caben por los túneles y tanques que no pasan la ITV. Entretanto, el españolito ha sustituido el miedo a la oscuridad por el terror a encender la luz. En espera de que el cambio de estación traiga un tiempo más benéfico, nos contentaremos con aspirar a que nuestras autoridades no nos tapen el sol.



jueves, 28 de abril de 2022

JUGADORES DE VENTAJA



La revelación del escándalo de las conversaciones jaqueadas a Luis Rubiales y Gerard Piqué, Rubi y Geri para el siglo, pone en escena esa cultura capitalista consolidada en nuestros usos sociales que invariablemente acude al tráfico de influencias para aumentar el beneficio económico. Es España un país propicio para que la envidia inveterada inscrita en nuestro carácter demonice al triunfador y considere sospechosa la acumulación de montañas de dinero. Piqué lo pone aún más fácil gastando esa imagen de futbolista sobrado y faltón, perdonavidas habitual de las redes sociales y opinador implacable de los vicios ajenos, empresario de éxito capaz de ganar un mundial, emparejarse con una rutilante estrella de la música, cambiar la fórmula de competiciones varias y elevar su cifra de negocio al mismo tiempo.  

Sin necesidad aparente de cultivar sus amistades peligrosas para llegar a fin de mes, la única explicación posible para que Rubiales y Piqué obviaran el evidente conflicto de intereses presente en la operación, no pudo ser otra que la codicia y el regodeo en la desfachatez de considerar que todo lo que no es ilegal es ético. Esa capacidad de autoindulgencia llevó después a ambos personajes a pasearse ante los medios, presumiendo de las ganancias obtenidas para su peculio porque coincidían con el beneficio de toda la federación y del fútbol modesto cuyos jefecillos garantizan casualmente la permanencia en el poder del gerifalte mayor. El bochorno fue completo cuando el heredero de Pablete Porta y Pedrusquito Roca, el sucesor del “villarato” que siendo el jefe de los árbitros, cobra más si Real Madrid y Barcelona se clasifican para la Supercopa, se permitió alabar las virtudes catárticas del contrato alcanzado con la satrapía saudí. Sobre la carga de tener que convivir con esta laya de inmorales, hemos de soportar además que se proclamen adalides de un feminismo reducido al hito de que a la mujer árabe se le conceda acudir a un partido, para seguir siendo ninguneada cuando el show de Rubiales eche el cierre a la función.

El fútbol no es más que el espejo de la sociedad y Piqué, un trasunto de esa casta de instalados por la que transitan el hermano de Ayuso, el primo de Almeida, el marido de Calviño, los padres de Sánchez. El mundo de los negocios es amplio y multifacético y es difícil creer en el azar como guía para que la trayectoria profesional del pariente que pasaba por allí y las necesidades administrativas coincidan con tanta frecuencia, sobre todo en un momento histórico de emergencia pandémica en el que la adjudicación directa era la norma, y la urgencia, el pretexto inmejorable para la falta de control. Los nepotes de esta época se asoman demasiadas veces al tráfico mercantil, en donde la confusión entre lo público y lo privado genera una meritocracia de contactos en la que estar bien relacionado equivale a la mejor oferta.

El clientelismo que nos anega está concebido para funcionar en ambas direcciones, y el fin de fiesta suele conducir a una puerta giratoria donde el agraciado se enreda sin pudor en espera del cobro de los servicios prestados a través de la pingüe poltrona de un consejo de administración. Es una querencia al atajo que se manifiesta en todos los ámbitos de esta españita nuestra del enchufe y el sobre, del convoluto y la mordida, en donde quien no tiene padrino no se bautiza y llevárselo muerto es el deporte nacional. “Siglo veinte, cambalache problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil”, decía el tango de Santos Discépolo, que hoy sigue vigente casi cien años después de su creación, pues para qué estrujarse el caletre y laborar de sol a sol si con una llamada a la persona indicada, se puede triunfar jugando con ventaja.

Decía Cicerón que la victoria es arrogante por naturaleza, pero tenía más razón Séneca cuando sentenció que vencer sin peligro es ganar sin gloria. 



jueves, 10 de marzo de 2022

ES LA GUERRA



Todo comenzó con la votación de la reforma laboral, la suerte de los derechos de los trabajadores en manos de la revolución de las consignas, la voluntad popular sometida al mercadeo partidista, la democracia convertida en un aprendizaje de botones. Cuando nos quisimos dar cuenta, el parlamento era una barra de bar en la que los parroquianos celebraban por turnos sus respectivas conquistas, del mismo modo en que los hinchas de un equipo festejan un gol en fuera de juego antes de que el árbitro lo anule. 

Lo siguiente fue el enésimo adelanto electoral perpetrado por los estrategas de la demoscopia, especialistas en aumentar la porción del partido en el pastel de las instituciones y vender esa codicia con los múltiples disfraces con los que suele invocarse el interés general. La política real es un arte que convierte el telediario en una serie de ficción donde los barones negros que medran en nuestras administraciones, hacen brillar los puñales en la persecución del control de la lista. Son los yonquis del poder, aspirantes al carguito desde que ingresan en las juventudes del organigrama y van engordando el currículum con títulos regalados o tesis de corta y pega, expertos en acumular trienios a costa de la mamandurria del sistema mientras en sus alrededores pululan los familiares a ver qué cae. 

En la pugna por el dominio del aparato que maneja la colocación en los mejores lugares de la dorada papeleta, vuelan dosieres, aparecen grabaciones antiguas, y los espías dobles dan cuenta del historial oscuro de los rivales dentro de la organización, para que sus camaradas puedan defenestrarlos cuando la ocasión se presente propicia. La entelequia que llamamos separación de poderes en España, nos condena a no poder desprendernos de esa corrupción anclada en el diseño de un estado en el que el ejecutivo es quien nombra al legislativo y entre ambos manipulan el poder judicial. Lo demás son fuegos de artificio para mantener satisfecho al personal en su comparecencia periódica ante la urna, en donde las ambiciones partidistas y las esperanzas del elector se pelean en el mismo sobre. 

Es la guerra que se libra en las sociedades de occidente, ese precario equilibrio donde, pese a todo, aún quedan mecanismos de refugio frente a la arbitrariedad y la libertad para denunciar la podredumbre permanece intacta. A tres mil kilómetros de distancia de nuestras cuitas, se suceden las batallas reales, las que entrañan muerte y autocracia, desinformación y amenaza, allí donde hasta hace quince días, la gente que ahora yace víctima de los bombardeos, creyó sentirse tan a salvo como nosotros, protegida por la pertenencia a un mundo moderno y globalizado. Bajo los misiles de Putin, las corruptelas de la endeble democracia ucraniana han parido un héroe que abandonó la comedia humana para resistir a la barbarie.

En nuestro entorno, de momento, sin disparos que esquivar y enterrado el carnaval, continúa la farsa. Ni siquiera las masacres lejanas conmueven las posiciones políticas de los independentistas que buscaron en la madre Rusia amparo para su proyecto. Los populismos patrios de signo opuesto que coquetearon con el tirano asumiendo su objetivo por desestabilizar el continente, hoy se ponen de perfil como extremos que se tocan en sus falsos deseos de paz. El gobierno ya tiene excusa para añadir otro factor externo a la justificación de su incompetencia, y el primer partido de la oposición una cortina de humo tras la que esconder su incapacidad para ofrecer una alternativa mejor para la gestión de la catástrofe. 

La Europa que nos iba a vacunar contra el virus de la recesión carece de armas para enfrentar la violencia y la pobreza energética. Su alto representante para asuntos exteriores nos recomienda bajar un grado el termostato, como si no lleváramos ya todo el invierno con la calefacción apagada y pegados a la estufa. 





viernes, 21 de enero de 2022

EL CASO DJOKOVIC



El caso Djokovic nos permite actualizar la certeza sobre la posibilidad de que en una misma persona puedan convivir la excelencia y la estupidez. Los aficionados al tenis lo sabemos porque admiramos desde hace tiempo el virtuosismo técnico y la fortaleza mental del serbio, pero hemos tenido que asistir a lo largo de su trayectoria a infantiles accesos de ira cuando fallaba un punto y a lamentables espectáculos de fingimiento de lesiones que, con el fin de debilitar al rival, ya nos confirmaron entonces que se puede ser el mejor del mundo en una disciplina deportiva y un cantamañanas a la vez. Frente a los patéticos intentos de sus osados grupis de erigir en torno a su figura una épica falsa que lo ha llegado a comparar con Jesucristo, nosotros seguimos en el equipo de Nadal, el campeón del sentido común, cuya mejor amueblada cabeza le permite criticar los atajos empleados por el balcánico para jugar en Australia y admitir el fallo de la justicia que anulaba su deportación para después confirmarla, con la misma naturalidad con la que siempre ha celebrado la victoria y ha aceptado la derrota.

Hasta aquí el comentario de una anécdota que no debería trascender en su importancia a los avatares de las pelotitas de tenis que van a ser golpeadas en nuestras antípodas durante las próximas semanas. El problema es que en este otro lado del globo, cada cual ha aprovechado el asunto para establecer categorías absolutas sobre el bien y el mal, la sumisión y la disidencia, como si el ponerse o no una inyección le convirtiera a uno en héroe o villano por obra y gracia de la corrección política. Sólo un ignorante puede negar el beneficio que la vacunación masiva ha ocasionado sobre la convivencia con las sucesivas olas de la pandemia, pero esa evidencia no puede conducir a la criminalización constante de los que en uso de su autonomía optan por no vacunarse en un país como España que ha entronizado la autodeterminación de la propia salud a través de sus leyes. Y es que pareciera que ese exiguo siete por ciento de la población adulta que todavía se resiste a citarse con las agujas, tuviera la culpa exclusiva del aumento exponencial de los contagios, de la inhibición de las administraciones, del crecimiento de la pobreza, de la subida de la luz, la proliferación de las macrogranjas y la omnipresencia del reguetón.

Nada nos gusta más que señalar chivos expiatorios a los que lapidar desde la barra del bar, la mascarilla que nos protegía de la nada al aire libre convenientemente anudada en la muñeca, el pasaporte sanitario disponible en el celular y la lengua desatada por una prepotencia que exige poco menos que la exclusión social y hasta la suspensión del derecho constitucional a la asistencia médica para los cuatro gatos que quedan sin vacunar, en un momento en el que la salud pública ya no se ve gravemente amenazada por su incapacidad para abandonar la linde de la estulticia.

Quizá sea eso lo que nos distraiga de admitir que tras dos años de experiencia pandémica gestionada por el desconcierto de nuestros gobernantes, no nos queda otra que aprender a convivir con un virus que gracias al progreso científico tiene una incidencia asumible por el sistema sanitario, y cuya virulencia más leve en este último eslabón del alfabeto griego, se cura al mismo ritmo en las comunidades que han vuelto a las restricciones y en las que no. Mientras tanto, acostumbrémonos a la autogestión de nuestra propia circunstancia y a esgrimir la libertad para causas más nobles que apoyar a un Espartaco de cartón piedra y sus triquiñuelas para jugar un Grand Slam.