sábado, 5 de marzo de 2016

LA BARBA Y LA COLETA

LA BARBA Y LA COLETA

         Cuando los socialistas llegaron al poder en los años ochenta del siglo pasado, la derecha sociológica se apresuró a proclamar que aquellos muertos de hambre de la chaqueta de pana no tardarían en malversar los caudales públicos en beneficio propio como no podía ser de otra manera debido a su origen humilde. En cambio, ese peligro no existía con los instalados de siempre, los ricos de toda la vida, cuyos grandes patrimonios eran la vacuna necesaria para prevenir las tentaciones de latrocinio consustanciales a la condición humana.  
        
         El paso del tiempo ha venido a quitar la razón a este argumento confirmando que la codicia de la clase política de cualquier signo no conoce límites. Ni siquiera haber colmado las ambiciones de mando durante una larga temporada satisface el hambre del poderoso que inevitablemente necesita un estímulo económico añadido al estipendio oficial para no tener la sensación de estar perdiendo el tiempo mientras proclama su abnegación a la causa pública. La enorme estructura del Estado ha sido la cobertura perfecta para que todos los niveles de la administración hayan venido dando cobijo desde siempre a un organigrama perverso en el que las empresas engrasaban la maquinaria de los partidos para obtener su parte en el negocio a cambio de mordidas y gabelas varias con las que llenar las exigencias económicas del sistema y de sus peones. Llegados a este punto de notoriedad en la existencia de estas prácticas, resulta lamentable asistir a las protestas de desconocimiento que prodigan los jefes del cotarro, empeñados en seguir cabalgando su indignidad a lomos de leyes electorales injustas y aforamientos redentores, atrincherados como están en el burladero de la impunidad y el privilegio.

         Frente a todo ello, se alza en estos días la necesidad de un tiempo nuevo, un futuro en el que la sociedad tenga mecanismos de defensa reales contra la corrupción y en donde la representación del pueblo se establezca adecuadamente en unas instituciones organizadas de acuerdo con la transparencia absoluta y la separación de poderes. Sin embargo, esta exigencia se ve amenazada desde el inicio por actores mediocres que tienen el panorama bloqueado entre el tacticismo y la triquiñuela, y no conciben otra forma de hacer política que la de sobreactuar para obtener el favor de su parroquia en una comedia lamentable titulada para nuestra desgracia, el ansia de poder.

         Vivimos atrapados entre la barba y la coleta. La vieja y la nueva política son en realidad la misma y se retroalimentan la una a la otra de manera evidente para ir ensayando un frentismo que les proporcione cuanto antes provechosos réditos electorales. Ambas se mueven con más soltura en el diseño de la estrategia política que en la defensa de los intereses públicos y parecen más interesados en prodigar gestos para la galería que en trabajar duro y gestionar con diligencia. Así vamos asistiendo con impotencia a inocuos escenarios de estupidez en los que unos son contestados con impostada grandilocuencia por los otros, mientras ambos persiguen el objetivo de encubrir su indigencia intelectual y su inmensa miseria moral. No otra cosa es traicionar los ideales que llenaron nuestras plazas no hace tanto con continuos ejercicios de trilerismo político consistentes por ejemplo en hacer de la justicia impositiva un tótem programático y amparar a las primeras de cambio que uno de tus ideólogos utilice artificios fiscales para declarar fondos de dudosa procedencia. La guinda viene después cuando el partido que demoniza este escándalo lleva financiándose ilegalmente casi desde su fundación y ha hecho del dinero negro la moneda común de su gestión económica. El entretenimiento de estas escaramuzas es innegable y sirve para ir distrayendo al personal con rifirrafes cosméticos por el nombrecito de una calle al tiempo que en las administraciones que controlan sigue la fiesta al compás del nepotismo y de la cantinela del qué hay de lo mío.  

         La barba y la coleta. La casta y la careta, bailan con sincronía cómplice su danza de conveniencia hasta las nuevas elecciones, escenifican un paso a dos que aquí monta un escrache para justificar una mordaza y allí ocupa una capilla para que las dos Españas vuelvan a recordarse su cita terrible del treinta y seis. Ante el riesgo de que unos asalten los cielos, los otros levantan el vuelo apelando al voto del miedo, el que impide que otra España se abra paso y se libere de una vez del maldito guerracivilismo y de la corrupción. Esa otra España se desangra necesitada de líderes valientes que aparquen la prepotencia del truco y el gesto y dejen de balbucear sus tímidos propósitos de regeneración para comprometerse en una verdadera refundación democrática que no quede una vez más aplazada bajo el ruido de fondo de su propia lucha de ambiciones. Una España, en fin, que tenga la oportunidad de escapar del fatal vaticinio de aquel verso terrible del poeta Gil de Biedma:

De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal. 

sábado, 6 de febrero de 2016

LA MAGIA DE CÁDIZ



Amanecimos en Cádiz un día gris del mes de febrero de 1992 después de una noche para dos en coche cama. La promesa del tren nocturno anunciaba romance y aventuras pero el traqueteo continuo del vagón del amor sólo trajo el pudor de mi novia y los cuerpos quebrantados. La pensión que permitía nuestro escaso presupuesto era un triste establecimiento de la calle Ancha donde por fortuna el matrimonio que la regentaba se encargaría de brindarnos el calor de hogar ausente de unas paredes con demasiados desconchones. Se imponía lanzarse a la calle para sacudirse el desencanto y de inmediato, la luz mortecina de la habitación dejó paso al deslumbramiento de la Plaza de San Antonio, al imponente espectáculo de la claridad de sus fachadas inundando los ojos a pesar de las nubes, maravilloso velamen multicolor de un barco que en cubierta montaba cada noche un insólito escenario de ingenio y poesía. Pronto descubriríamos ese espectáculo en el tablao levantado en un extremo de la plaza, pero antes, ya por la tarde, callejeando en búsqueda de la alegría, nos topamos con una algarabía musical que llegaba desde un patio abierto a espaldas de la Plaza Mina, allí donde se erigía el drago milenario que llegó a dar sombra a los padres de la Constitución del 12 y ahora cobijaba la magia encarnada en una docena de chirigoteros que elevaban en cada nota la gracia a la categoría de arte a ritmo de tres por cuatro. ¡Y todo ello se desplegaba ante nuestras miradas absortas, apenas a dos metros de distancia! Se trataba de la chirigota del Noly, tercer premio ese año en el concurso del templo de los ladrillitos coloraos, la final del teatro Falla que desde entonces he seguido desde la distancia con la nostalgia inevitable de no poder acudir cada año a la ciudad en la que espera la dicha a la vuelta de cada esquina.

Y es que Cádiz es un laberinto que se recorre extasiado por la certeza de que perderse es encontrar la belleza si se te aparece el milagro del carnaval en un tablao cualquiera de una mínima placita repleta de coplas, o incluso a pie de calle donde las decenas de agrupaciones “ilegales” que no concursan en el Falla pueden convertir un paseo sin pretensiones en una auténtica fiesta. El carnaval se hace presente en la ciudad entera y tan pronto se agiganta con la grandilocuencia de los carruseles de coros desafiando la angostura de las calles en la Viña, como te seduce en la mínima expresión de un solo hombre recitando en un callejón su romancero a los cuatro vientos que desde hace tres mil años barren las tristezas en este bendito lugar.

En aquel año de elefantiásicos acontecimientos a mayor gloria del presupuesto nacional, tuve la suerte de que el destino me llevara a Cádiz, donde la mejor exposición se disfruta contemplando los atardeceres de la Caleta y uno no cambiaría el más exclusivo de los banquetes por la delicia de zamparse un papelillo de chicharrones mientras se toma un moscatelito acodado en la barra del Manteca. En la ciudad de los prodigios se puede asistir a un fastuoso musical escuchando el popurrí de una comparsa, sin mayor acompañamiento que el punteao de una falseta, un bombo y una caja, y las orquestas sinfónicas van montadas en carrozas desde donde su majestad el tango hipnotiza a la concurrencia con la maravilla del tirititrán.

El microcosmos gaditano se alimenta a sí mismo con un star system integrado por genios que dejan de ser ídolos cuando cruzan las puertas de tierra y se convierten en mortales excepto para los que extramuros de la ciudad, conocen el secreto. Yo también salí de allí enamorado de esa extraña locura que conecta las mentes de los que escuchan un tango no a Gardel sino al tío de la tiza, aquéllos que viven todo el tiempo en clave carnavalera porque cuando les hablan de pasodoble no piensan en “España cañí” sino en el arte de Paco Alba, los enajenados que mueren con un cuplesito bien marcado y aderezado con el ingenio del Yuyu o el Selu, chirigoteros cum laude por la gracia del dios Momo.

Allí los niños no cantan los éxitos de moda sino las cuartetas de Martínez Ares, el genio que elevó el pasodoble a la categoría de milagro y que este año vuelve a las tablas tras trece años de ausencia y orfandad para su legión de fanáticos. Su regreso ha sido un acontecimiento más importante que la llegada a la alcaldía del Kichi, otro comparsista, y es que en este glorioso rincón hasta el himno del Cádiz se entona con aire chirigotero, y con las coplas que van lanzando los cantaores, se hacen las gaditanas tirabuzones.

A los extraños que de vez en cuando nos adentramos por unos días en el hechizo de la tacita escondiendo nuestra poca gracia detrás de un antifaz y un pito de caña, las coplas nos consuelan y nos abrigan un tanto el corazón para el resto del año, una vez expulsados del paraíso.  





martes, 5 de enero de 2016

YA VIENEN LOS REYES

YA VIENEN LOS REYES

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraba los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

        
         Por el cinco de enero, yo solía asistir cada año a la extraña ceremonia en la que mi padre se pintaba la cara de negro para convertirse en el Rey Baltasar de los alumnos del colegio que dirigía. Al día siguiente, la Caja de Ahorros que contribuía a la financiación de aquel centro organizaba para los hijos de sus empleados su particular día de reyes en el salón de actos de la entidad, y allí acudíamos todos para recibir de sus majestades en persona un regalito adicional a los que ya habíamos encontrado nada más levantarnos en la intimidad de nuestras casas. Aún recuerdo el nerviosismo que me paralizaba cuando por los altavoces el presentador del acto pronunciaba mi nombre y me apremiaba a subir al estrado porque el rey Gaspar esperaba con el juguete que yo mismo había elegido en la lista que mi padre, con la escasa habilidad que siempre ha tenido para preparar sorpresas, me había mostrado días antes. Lo cierto es que mientras mi rey predilecto me entregaba el paquete y yo posaba sonriente para la foto, mi mente empezaba a atar cabos antes de lo debido, pues aquel Gaspar hablaba con acento manchego y se le notaba mucho la barba de pega, era bastante más gordo que el de la cabalgata del día anterior y el Baltasar que me despedía con su sonrisa de carmín barato cuando mi momento de gloria había terminado, había sido sustituido por un impostor que ya no era mi padre.


Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.


          Miguel Hernández fue el primer poeta que leí en mi vida. En la antología que cayó en mis manos entonces, no aparecía este poema tremendo sobre su infancia de penas y cabras que no redimió ningún mago de oriente, pero en aquellos tiempos en que yo empezaba a descubrir el secreto, ya podía presentir que la injusticia de la existencia también alcanza a la distribución de presentes en la noche mágica y que ningún juego de manos consigue que los hijos de familias pobres eviten la desolación de contemplar por la mañana cómo sus vecinos pudientes han sido más beneficiados en el reparto. Para rematar la falta de pedagogía con que las bienintencionadas mentes de los progenitores de todos los tiempos adornan el cuento, se sigue repitiendo sin rubor la cantinela del buen comportamiento como garantía segura de encontrar lo que uno anhela brillando entre zapatos. Lo sorprendente es que el cerebro infantil pueda recuperarse de la decepción de comprobar cómo el compañero rico y cabroncete que te ha estado masacrando todo el año se pasea con la bicicleta que el monarca despistado se olvidó de llevar ante tu puerta.


Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

      

         El pobre Miguel Hernández no recibía nada la mañana del seis de enero, por más que insistiera en sus lamentos. Hoy como entonces serán muchos los niños que encontrarán sus zapatos helados de pobreza en la humilde ventana, sin que ningún rey coronado acuda para mitigar la desnudez terrible del alma que habita la intemperie de los más desfavorecidos, mientras el mundo sigue girando al son de la desigualdad. Feliz noche.   

sábado, 5 de diciembre de 2015

FELIZ NAVIDAD



         Las vísperas de la Navidad siempre han estado unidas en mi mente a sensaciones placenteras, aquéllas que me llevan a los días azules de una infancia feliz nimbada por sabores dulces y tonadas cálidas. La vida era todavía entonces una luminosa travesía donde en diciembre hacía frío, y las vacaciones escolares se iniciaban con la promesa de fecundas jornadas a la intemperie de la ciudad levítica en las que uno se abrigaba con la camaradería de los amigos y la certidumbre de la vuelta a casa en plenitud, a la alegría de sentir el calor del hogar vibrando en las mejillas y confortando el corazón.

         Luego el tiempo pasa, nos vamos volviendo viejos y uno se da cuenta de que la vida es como el café, huele mejor que sabe, siempre es más rico el deseo que la realidad, la víspera que la fiesta. Este año, ni eso. Nuestro astuto presidente ha tenido a bien irrumpir en los preparativos del jolgorio a fecha fija, convocando unas elecciones generales navideñas, sin duda para que no vaya mucha gente a votar, enfrascado como estará el personal en sus compras y desplazamientos, que dicen los analistas políticos que a mayor abstención, triunfo seguro de la derecha, debe ser que los de izquierdas estarán más preocupados con la cosa del vuelve a casa vuelve por Navidad.

         Don Mariano ha decidido cargarse la suave cuesta abajo que va desde el puente de la Constitución hasta el día de Nochebuena para boicotear la relajación habitual que se suele adueñar del ambiente laboral del país por estas fechas, y amenizará las dos semanas que restan para la gran cita con la tabarra de los cánticos electoralistas fabricados para no cumplirse, mientras el resplandor de las sonrisas dictadas por los asesores de imagen sustituirá este año con éxito a la costosa iluminación navideña.

         Los acostumbrados deseos de ventura propios de la celebración dejarán paso a las consignas de los charlatanes, y los maratones solidarios de la televisión serán sustituidos por debates huecos en los que varios tertulianos venidos a más blasonarán de su producto sin más ciencia que la del argumentario solamente aprendido para pasar el examen.

     Por más que hagan el ganso con tan poca gracia en los programas de entretenimiento y nos aseguren que ahora sí son partidarios de la regeneración, a los líderes instalados en la cuadriga demoscópica se les siguen notando las mentiras aunque las disfracen de nuevas promesas y las proclamen bailando, tocando la guitarra o jugando al futbolín. Tienen convertido el escenario en un triste garito en donde despliegan sin pudor su prepotencia y no se plantean pactar con nadie porque todos van a ser los más votados, los que ya gobernaron porque piensan que su corrupción quedará tan impune a nuestros ojos como ante los tribunales que controlan, los que aspiran a gobernar porque creen que no percibimos su ansia de poder, cegados como estamos por su telegenia. Y es que huelen tan bien, hablan tan rápido, lucen tan guapos (¡incluso Mariano parece otro!) que su ignorancia apenas sale a relucir cuando por algún resquicio de la fachada se cuela su presentida indigencia intelectual, y uno cita a filósofos que no ha leído, el otro elogia leyes del oponente creyendo que son propias y el de más allá se pierde cuando un periodista se sale del guión y le pregunta por una cuestión que no venía en el temario de las oposiciones.

         Inevitablemente toca votar en blanco o coger la papeleta de uno de esos partidos testimoniales de trayectoria honesta y trabajo callado que no quisieron o no supieron subirse al carro de los partidos emergentes que ahora les tratan como apestados porque llevan la frente marcada por el sino del perdedor. O eso o esconderse el día veinte en casa rumiando la resaca de la cena de empresa de la noche anterior y esperar al final del día para asistir de nuevo a los discursos enfervorizados en los que nuestros amados líderes anunciarán al mundo que todos ellos han ganado, al tiempo que los demás vamos perdiendo poco a poco nuestra libertad.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

ONCE DE NOVIEMBRE

Mi hijo Andrés llegó a la vida exactamente a las 8:35 del día 11 de noviembre de 2001, en un escueto paritorio de la Clínica Nuestra Señora del Rosario, un modernizado hospital que se encuentra en la calle Príncipe de Vergara, en el corazón del Barrio de Salamanca de un Madrid que a esa hora brillaba especialmente luminoso como sólo sabe hacerlo esta ciudad en los soleados domingos del otoño.

El ritual del alumbramiento había comenzado cinco horas antes, cuando mi mujer pronunció las palabras mágicas cuyo sonido no tenía que llegar hasta dos semanas más tarde, pero que presentíamos y casi deseábamos oír cuanto antes. Tengo contracciones, - me dijo -, al tiempo que yo sentía contraerse mi ánimo con el mismo ritmo que el útero de mi esposa. No es que uno sea de natural cobarde. Lo que me acobardaba era un lumbago terrible que me tenía postrado desde el jueves anterior, cuando decidí acudir a las clases de preparación al parto como un marido políticamente correcto que comparte con su mujer todos los avatares de su embarazo, concretamente unos ejercicios estúpidos que allí llamaban “pujos“, cuya repentización innecesaria – “el marido debe colocarse a la espalda de su mujer y cuando yo lo diga, que la ayude a incorporarse, sujetándola mientras ella mantiene la respiración”-, provocó que mi espalda hiciera crack y que el magnífico puente de la Almudena que esperaba al día siguiente, transcurriera con mi quebrantada anatomía guardando reposo absoluto porque el mínimo movimiento provocaba aullidos en mi cerebro, no en mis cuerdas vocales, que yo soy muy sufrido. Lo curioso fue que luego en el paritorio, nadie requirió mi ayuda para repetir el numerito que originó mi postración, ya que mi santa esposa dio a luz con una destreza sorprendente, como si lo hubiera estado haciendo toda la vida.

Las mujeres poseen un don que les otorga una serenidad especial cuando se presenta el momento de la verdad. La mía, antes de anunciarme la buena nueva, y a pesar de haber sangrado, señal inequívoca de urgente peregrinación al hospital, se entretuvo en limpiar y ordenar la casa, obedeciendo al resorte mental sólo presente en el gineceo que impide a una mujer abandonar su hogar por unos días sin dejarlo en perfecto estado de revista para disfrute de los fantasmas que suelen poblar las casas abandonadas por sus inquilinos habituales. Así es que tras vestirnos dificultosamente porque una barriga de nueve meses y una espalda maltrecha nos situaban en la condición de inválidos, agarramos a duras penas la “maleta del hospital” que esperaba ya dispuesta con previsora antelación, y nos lanzamos al hielo de la madrugada. Me introduje en el coche con calzador y mi primer triunfo de la noche fue que mi anatomía me iba respondiendo para conducir con una mínima solvencia. Mi mente, sin embargo, debía haber encallado en un lumbago más profundo que el de las vértebras, y no se le ocurrió nada mejor que llegar al hospital por la calle Juan Bravo, habitualmente congestionada a esas horas por las dobles filas de los bares de copas. Afortunadamente, el atasco se disipó sin necesidad de pegarme con ningún borracho, y una luna en menguante saludó nuestra entrada por la zona de urgencias de la maternidad, en donde ya nos esperaba una experta y cálida matrona que exploró a mi mujer confirmando que la frecuencia de las contracciones y la dilatación del cuello del útero era la adecuada para justificar nuestro ingreso.

La habitación 224 de la Clínica del Rosario nos acogió con la frialdad habitual de las estancias de hospital, cegando con su iluminación plana nuestra necesidad de calor. Al poco tiempo, mi mujer estaba tendida en la cama con el brazo taladrado por el goteo y el vientre convenientemente monitorizado, y en este estado, aún tenía valor para ordenarme que intentara recomponer mis vértebras sobre la dura horizontalidad del sofá de al lado. Como el reposo era imposible porque cada diez minutos entraba una enfermera mirando agriamente hacia el sofá, decidí levantarme y mandar al carajo la precaución justo cuando reapareció la matrona diciendo que iba a romper la bolsa para que todo el proceso se acelerara. Yo pensé que era una decisión estupenda hasta que la vi maniobrar en los bajos de mi mujer con algo parecido a una aguja de hacer punto que inmediatamente me representé horadando brutalmente el cerebro de mi hijo. Por fortuna la matrona sabía lo que se hacía y tras la riada lógica que sobrevino a la operación, llegó lo peor para mi santa esposa pues la cabeza del niño pedía paso con urgencia y los dolores ya se iban pareciendo a la condena con que el supremo hacedor castigó al género femenino por obra y gracia de nuestra primera madre. Sin embargo, como las maldiciones bíblicas ya no son lo que eran, entre la matrona y mi mujer se cruzó una mirada de complicidad en la que yo leí la palabra salvadora: epidural. Así que nos bajamos todos al quirófano.

Las siete de la mañana llegaron con mi anatomía hecha un cuatro en una inhóspita sala de espera. Lo siguiente fue el numerito de la vestimenta que permitía mi entrada al paritorio: una bata absurda que apenas cubría mi contorno y unos patucos para los zapatos que me costó una enormidad calzarme. Yo esperaba también el gorro y la mascarilla pero afortunadamente las medidas de seguridad estaban algo relajadas, hasta el punto de que mi ingreso en el quirófano coincidió con el de una mosca cojonera que había sobrevivido hasta noviembre para poner en peligro la asepsia deseable en estos trances y que se empeñaba en posarse en el monitor que controlaba los latidos del nasciturus, con una asiduidad desquiciante.

A mi mujer debía haberle hecho ya efecto la anestesia porque encontró ánimo para bromear sobre mi aspecto y preocuparse por mi estado físico que en la tensión del momento había dejado de importarme. El problema era la mosca que revoloteaba incansable entre contracción y contracción sin que el personal médico pareciera darle importancia, hasta que les hice notar su presencia. El ayudante del ginecólogo, un tipo de dos por dos con voz ininteligible por cavernosa, no dio especial importancia al asunto, cogió un periódico, el ABC, y me cedió a mí otro, La Razón, y con estas dos poderosas armas del periodismo conservador nos dispusimos a perseguir al insecto por el paritorio, mientras una enfermera se presentó con un mortífero insecticida muy dispuesta a contaminar el primer ambiente que se iba a encontrar mi hijo instantes después. Al fin, la mosca se posó en un lugar accesible antes de que mi primera idea de arrearle a la enfermera con el periódico se materializara, y le pegué con toda la fuerza que la razón conlleva. Sospecho que finalmente se me escapó pero lo cierto es que la mosca no volvió a aparecer, no así los dolores para mi mujer que requirió la presencia del anestesista. Otro lingotazo de epidural solucionó el sufrimiento y ya sólo se trataba de empujar adecuadamente, acción que mi esposa bordó a la perfección porque con un par de abdominales el niño se hizo visible, la matrona me preguntó si quería atisbar su pelo y la primera imagen de mi hijo fue una espesura negra entre paréntesis que esperaba en la antesala de la vida independiente.

Ya eran casi las ocho de la mañana cuando apareció el ginecólogo, bien maqueado y recién duchadito, para afrontar el momento decisivo al que todos los demás llegamos hechos unos zorros, con el cansancio de la madrugada en las espaldas y la tensión de las horas previas marcando nuestras caras. Llegó, examinó el panorama vaginal, dijo que aquello era cuestión de pocos minutos, encaramó las piernas de mi amada en el potro de tortura y la animó a seguir empujando, lo estás haciendo muy bien, muy bien, muy bien, vamos, vamos, así, hazte caca, hazte caca, y yo pensaba para mis adentros, como se cague ahora el ambiente se va a hacer insoportable, y mi hijo va a nacer hecho una mierda, sin reparar en que al principio de la noche mi esposa había sido convenientemente “enemada”, por lo que lo de hacer caca era sólo una poética metáfora del doctor.

Andaba yo metido en estos pensamientos mientras reconfortaba a mi mujer en la cabecera de la camilla cuando el ayudante del médico me preguntó si podía soportar asistir en primera línea de batalla a la carnicería que se avecinaba. Lo miré de soslayo, puse cara de tipo duro y dejé a mi mujer sola ante el peligro, pues en ese momento el enfermero descargó su voluminosa anatomía sobre su vientre claro y profundo, que diría el poeta. El cuerpo me pedía repeler la agresión pero el resultado hubiera sido similar al que sufren los inconscientes que osan enfrentarse a Bud Spencer en sus películas, así que opté por la prudencia y me situé a las espaldas del ginecólogo para presenciar como éste, ante el creciente empuje del pequeño, iba metiendo los dedos en las paredes de la vagina para que fuera cediendo, aunque lo peor no era la evidencia de haber perdido hacía tiempo la exclusiva en la manipulación genital de mi mujer, sino que además ese médico criminal había cogido unas tijeras con las que se disponía a destrozar el habitáculo que tantas alegrías me había proporcionado en el pasado reciente.

El corte fue rápido y limpio y al instante surgió de entre aquellas fauces desgarradas el rostro congestionado de mi hijo. Sus facciones hinchadas y amoratadas como las de un boxeador noqueado - vaya, ha salido a la familia materna, pensé – daban una idea del duro combate que supone venir a este mundo en el que luego sigues recibiendo tortas a cada paso que das. Pero la pelea no había acabado ahí. Me di cuenta cuando noté cierta crispación en el médico y el resto de la anatomía de mi hijo no aparecía por lugar alguno ya que el cordón umbilical se había entretenido a última hora en serpentear por su cuello. Mientras el ginecólogo manejaba con afortunada destreza aquella dificultad, desenredando la madeja que durante casi nueve meses había sido el conducto que mantenía incólume una vida en ciernes, mi esperanza pendía ahora de ese hilo que amenazaba con asfixiar tantas ilusiones generadas en torno a este momento. Tres vueltas, tres, de cordón que no estaban muy apretadas según me comentó luego el médico, tres siglos que me pareció el tiempo que tardó en deshacerse aquel lío, tres aleluyas que salieron de mi alma cuando por fin el niño comenzó a respirar sobre el pecho de su madre.

Inmediatamente comenzaron las rutinas habituales en estos casos. El personal se llevó al niño a una sala contigua desde donde nos llegó el primer sonido de su voz en forma de llanto desconsolado que se prolongaría durante quince o veinte minutos, hasta que nuevamente el pequeño encontró el abrigo del olor materno. Entretanto, y tras las primeras noticias de la pediatra que nos tranquilizó sobre la salud de nuestro hijo, tenían lugar en el paritorio las labores de limpieza y costura que tampoco me quise perder, ya que uno no es asqueroso y está acostumbrado a comer todo tipo de vísceras sanguinolentas bastante parecidas a la voluminosa placenta que mi mujer expulsaba al tiempo que su vientre fecundo se desinflaba poco a poco como por encanto. El cosido fue laborioso y mientras el médico ponderaba el comportamiento de mi santa esposa durante el parto, alabando su flexibilidad y el buen estado de forma que había demostrado, un servidor, llevado por la euforia del momento, bromeaba asegurando que todo había sido tan fácil que íbamos a tener cuatro más. El ginecólogo se sonrió ante mi baladronada y como el llanto de mi hijo no cesaba, pasé el resto del tiempo en un continuo ir y venir entre la sala de neonatología y el paritorio, y así, mientras el marido vigilaba las últimas puntadas del médico, el padre controlaba que los berridos del niño no se debían a alguna perrería de las enfermeras que manipulaban a mi hijo con soltura no exenta de afecto. Cuando el personal desapareció, me quedé a solas con Andrés, que reposaba al amor de una lámpara cuya luz rojiza intentaba reproducir el calor del seno materno inútilmente, porque mi hijo seguía quejándose de haber sido expulsado a este mundo hostil sin su consentimiento. En ese momento de soledad padre-hijo, he de reconocer que se me humedecieron los ojos al verlo sano. El niño tenía de todo, orejas, ojos, un ombligo negruzco prensado por una pinza verde y unos atributos masculinos bien puestos que ya conocía por las ecografías, y el primer mensaje telepático que lancé a su intelecto incipiente fue que me sentía orgulloso de él y que estaba seguro de que iba a superar en todo a su padre, cosa que, por otro lado, no es empresa demasiado complicada.

Eran las nueve y media de la mañana del día once de noviembre de dos mil uno (11-11-01, cifras mágicas que demuestran que mi hijo va a ser el número uno, ¿o escogerá el cero en su expediente académico?), y la familia Rodríguez Zaragoza caminaba agotada y exultante por los pasillos del hospital con destino a la felicidad, contemplando el cielo limpio, vestido para la ocasión de azul purísima y oro rutilante por el sol de la mañana que nunca hasta entonces nos había parecido tan hermoso. Un padre exhausto flotaba al lado de la camilla sobre la que sonreía una madre que ya sólo tenía miradas para un niño precioso, al fin tranquilo, dormido en un regazo de amor y de futuro. 


   

jueves, 8 de octubre de 2015

LA VUELTA AL COLEGIO

          En un mundo obsesionado con domesticar a la gente con la felicidad ficticia de lo material, la tauromaquia sigue ofreciendo valores intangibles como la gallardía, la generosidad, el coraje, el afán de superación de las dificultades y la naturalidad en la convivencia con la muerte que deberían convertirla en materia de inclusión obligatoria en los planes de estudio de nuestros escolares. En cambio, el pensamiento Disney que domina nuestro tiempo pretende aplicar categorías humanas al trato con los animales para así hacer pasar por inmorales, comportamientos que en realidad son ejemplares, verdaderos espejos en los que mirarse cuando toca lidiar con la vida y sus heridas.


         Frente a la tabarra animalista que ha dominado la feroz canícula de este año, resultaba imprescindible que la Feria de Otoño madrileña se convirtiera en esa referencia virtuosa que nos permitiera enfrentar el acoso antitaurino con argumentos sólidos con que desmontar las acostumbradas mentiras del enemigo sobre el sufrimiento de los toros en el ruedo y la condición homicida de sus matadores. En cambio, la empresa que regenta nuestra plaza, en connivencia con la nueva gerencia de asuntos taurinos de la Comunidad de Madrid sigue perdiendo el tiempo elaborando estúpidos decálogos sobre la vestimenta del chulo de toriles, el desnivel del ruedo o el tamaño de las orejas que se cortan, en vez de ocuparse por respetar al aficionado y traer a Madrid ganaderías acreditadas que cumplan con los mínimos de trapío y casta que exige la defensa de este vilipendiado espectáculo en la primera plaza del mundo. Por el contrario, sólo en la última tarde del ciclo, Adolfo Martín trajo a las Ventas animales a tono con la categoría de la plaza. Hasta entonces, la sufrida afición tuvo que tragarse la ración acostumbrada de novillos descastados, el último plazo de la iguala inevitable que se abona todos los años a la familia Fraile y la previsible cuota de Juanpedros al borde de la domesticación.


         La Feria se abría con el aperitivo de la novillada de El Torreón, en la que Filiberto, Alejandro Marcos y Joaquín Galdós dejaron la impresión de ser novilleros adocenados antes de tiempo, pues desplegaron en el ruedo las formas desagradables del toreo moderno, el de la suerte descargada, el pase hacia afuera y la rectificación de terrenos, senda por la que sus mentores les enseñan a caminar sin más horizonte posible que el despeñadero de la vulgaridad.


         Al día siguiente, el plato fuerte de la feria se había planteado acartelando mano a mano a Diego Urdiales y Alberto López Simón. El primero ha sido convertido este año por la crítica oficial en el guardián de las esencias del toreo clásico merced a la gran faena que realizó a un toro de Adolfo Martín en la Feria de Otoño del año pasado, y sin perder cartel, ha echado el año comportándose como el que siempre ha sido, un diestro honrado que luce más ante el toro encastado que ante el medio toro objeto de deseo de los instalados. Con los del Puerto de San Lorenzo sólo pudo brillar apenas en un par de verónicas, y anduvo incómodo toda la tarde sin hallar templanza posible a las desabridas oleadas de sus oponentes. El segundo venía en su condición de torero revelación de la temporada, dos puertas grandes en Madrid por primavera y un verano cogiendo sustituciones de feria en feria, acumulando cornadas y reapariciones con hambre de triunfo y las carnes abiertas. La tarde del dos de octubre en las Ventas fue el resumen perfecto de su trayectoria reciente, una primera faena sin mayor argumento que la quietud ante un toro que viene y va sin ir dominado, la cogida que llega en la ligazón de un pase de pecho sin enmendarse y el pundonor para permanecer en el ruedo y matar al toro sobreponiéndose a la cojera que le acompaña camino de la enfermería con la oreja caliente dentro del chaleco que un presidente sin criterio concede al público sensible. Con la puerta grande entreabierta y el torero en la enfermería, se corre el turno y Urdiales mata los dos toros restantes de su lote para permitir que López Simón se recupere y comparezca de nuevo en la plaza, atravesando el ruedo con un aparatoso vendaje en el muslo y caminando muy lento con la barbilla en el pecho, un recorrido místico que sin duda hubiera sido menos sobrecogedor de transcurrir entre barreras, como siempre se hizo. El quinto toro sale abanto y su maltrecho lidiador apenas puede abrirse de capote ante el enemigo que huye. El muleteo transcurre vulgar entre la expectación de la masa entregada al estoicismo del torero mermado que finalmente consigue sujetar al toro en una serie de ceñidos redondos en los que las muñecas mandan por primera vez en la tarde. El resto es un pase aquí y otro allá y la persecución del toro por el diestro inteligente que aprovecha las querencias sobreponiéndose a la cojera, y una eficaz estocada recibiendo que cumple su cometido con rapidez. El delirio se desata, el presidente acata y el torero de Barajas abre nuevamente la puerta grande sin haber dado un natural en toda la tarde.




         Uno pensaba que López Simón iba a comparecer al día siguiente a pesar de la cornada para tratar de igualar la gesta de César Rincón que en el año 91 abrió la puerta grande cuatro tardes seguidas a lo largo de una misma temporada con el único aval de su muleta planchada y sin trampa. Hizo bien el de Barajas quedándose en la cama y su sustitución la cogió al vuelo Gonzalo Caballero para tomar la alternativa frente a dos Vellosinos que no eran precisamente de oro, un lote descastado ante los que el lucimiento era una quimera sólo al alcance de los monarcas que en el toreo han sido. Estuvo digno y valiente, mejor con el malo y sin ideas frente al menos malo. Le acompañaban en esa empresa imposible, Uceda Leal y Eugenio de Mora, dos toreros de clase que lejana ya la época en la que estuvieron en la antesala de la gloria sin llegar a pisarla del todo, siguen intentando coger ese tren a despecho de los años y el cansancio de la afición. Uceda echó la tarde de manera discreta, al abrigo de su extraodinaria espada y Eugenio presentó al respetable su depurado oficio una vez más, rememoró sus ilusiones juveniles iniciando de rodillas la faena al último de su lote y puesto en pie, pudo incluso relajarse con gusto en algún pase aislado cuando el toro se lo tragaba a favor de querencia. Es posible que sea el único integrante del escalafón taurino que sigue cargando la suerte como es debido en esta neotauromaquia de la pérdida de pasos y la pierna retrasada.


         Y por fin llegó Adolfo y se corrieron en Madrid toros de verdad, daba gusto verlos tan bien presentados haciendo honor al tipo de su encaste, alegres de salida, rematando con brío en los burladeros, paseando su fiereza por la plaza, pendientes de todo lo que se movía. Ahora el aficionado ya no estaba de charleta con el compañero de localidad, guardaba las pipas para luego y se le atragantaba el cubata con cada embestida. La suerte de varas ya no era el trámite de las otras tardes, la brega en banderillas cobraba sentido, las telas debían de ser movidas por los matadores con intención y solvencia técnica si no querían verse derrotados por semejante vendaval de casta. Así le pasó a Robleño que sigue sin desplegar en Madrid los recursos lidiadores que se le observan en otras plazas, aunque hay que decir que pechó con el peor lote, uno muy peligroso y otro que se apagó pronto. Rafaelillo en cambio, estuvo bien en el que abrió plaza, otro imponente Aviador de la reata que tantos triunfos ha dado a esta ganadería, ante el que había que estar muy firme pues se acordaba enseguida de lo que se dejaba detrás y era necesario llevarlo muy toreado, cosa que consiguió el murciano en algún que otro natural que nos supo a gloria. No dejó tan buen sabor de boca con el cuarto al que no sacó todo el partido que tenía un pitón izquierdo propicio para volver a intentar abordar el sueño que frustró la espada en la miurada de San Isidro. 





        La terna la cerraba Paco Ureña que nos hizo concebir esperanzas de recuperación al recibir a su primer toro con vibrantes capotazos de mucho aguante al hilo de las tablas. Luego le aplicó a una embestida antigua el toreo moderno y el toro se lo echó a los lomos como no podía ser de otra manera. La historia se repitió con el toro que cerraba la feria y tras la inevitable cogida, Ureña volvió a la cara del Adolfo maltrecho, desmadejado, y contra todo pronóstico le enjaretó una serie de naturales limpios como el aire otoñal de la tarde y después otra serie más de frente a pies juntos muy bien rematados detrás de la cadera. Se quiso adornar con un cambio de mano que salió regular y aún desgranó otro manojo de naturales muy sinceros y de fuerte impacto estético, pero todo quedó sin premio pues a la hora de matar se quedaba en la cara del toro en cada intento e incluso acabó atravesando el estoque que quedó enhebrado en los bajos de mala manera.



  

         De nuevo se cerraba otra feria con un torero paseando el anillo anegado en lágrimas. Como el toro me crezco ante el castigo, cantaba Miguel Hernández y recitaba Ureña en cada pase, después de cada revolcón. Contra todos los negros presagios que anuncian la decadencia de este espectáculo, de nuevo la esperanza de una tarde en la que hemos podido asistir a esta lección magistral de vida que la fiesta ofrece no tan a menudo como nos gustaría y que nuestros hijos se pierden anestesiados por la pantalla de un ordenador. La tauromaquia nos permite seguir asistiendo en pleno siglo XXI a esa maravillosa y anacrónica metáfora que en veinte minutos mágicos condensa la lucha cotidiana por la existencia, ese complicado y hermoso viaje, azaroso y cruel, como la pelea del hombre con el toro.   

viernes, 19 de junio de 2015

FIN DE FIESTA

        Durante la Feria de San Isidro, la plaza de toros de las Ventas es mi casa, su andanada, mi atalaya, el privilegiado balcón desde el que me asomo, cada tarde, a la alegría. Un mes de toros en el que la vida se organiza en torno a la cita con el festejo diario, las obligaciones cotidianas son menos penosas si se tiene el pensamiento puesto en que a las siete de la tarde te espera un insólito refugio en las alturas desde el que se contempla el toreo, la extraña metáfora que nos permite todavía asistir a las glorias y a las miserias de la existencia expuestas en el enfrentamiento entre el hombre y un animal salvaje.

         Hace ya bastante tiempo que quedó institucionalizado el ardid del empresario de concentrar en la última semana de feria todas aquellas ganaderías del gusto de la afición más exigente para despedir el ciclo con el buen sabor de boca de las embestidas encastadas que sin embargo, descomponen a las primeras figuras del escalafón. La táctica es clara. Se acartela a los toreros menos placeados frente a los toros más difíciles y al tiempo que se consigue el objetivo de mantener el prestigio torista de la plaza de Madrid maquillando un tanto la gran cantidad de ganaderías bobas soportadas antes de la traca final, la crítica cautiva aprovecha el fracaso artístico de estas tardes para darle más palos que a una estera al toro que no conviene al sistema, al toro que no deja estar a gusto y no permite expresarse y disfrutar, el que molesta a los instalados porque no da vueltas como un perrete siguiendo un señuelo que no es necesario manejar acreditando poder y hondura. Ese toro ha venido esta última semana a Madrid y ha puesto casi siempre seriedad en el ruedo, ha obligado al espectador a estar pendiente de lo que allí sucedía, transportando a la plaza a un ambiente de incertidumbre distinto del relajo pipero de todos los días, exigiendo a los de luces firmeza de planta y un corazón valiente para enfrentarse a las divisas de las que suelen huir las figuras como lo hacen los políticos de sus promesas electorales.

         Pero como el sistema quiere para la fiesta del siglo XXI un espectáculo postmoderno sin sobresaltos, donde la emoción quede reducida al cosquilleo estético del baile de salón con un animal domesticado como pretexto, conviene criticar mucho el planteamiento de estas tardes, describirlas como necesario estrambote para calmar las exigencias de los aficionados ultras y decir que la verdadera bravura no se mide en la antigualla del peto sino que depende de la duración del toro en la muleta, ante la cual el candidato a premio debe aguantar no menos de setenta viajes colocando bien la cara sin un aspaviento de informalidad. No comprenden, o quizá sí, que están destruyendo un rito que siempre se basó en lo contrario, en la fiereza del toro, en su integridad como bestia impredecible y en la entereza de un hombre distinto que en busca de la gloria pone en juego su vida. En cambio, el sistema busca el otro toro, el animalito criado para ser dócil y salir amaestrado del chiquero, elemento imprescindible para subvertir la esencia de una fiesta cuya fuerza se sustenta en la presencia de la muerte siquiera como hipotético telón de fondo del juego taurómaco. Los nuevos mercaderes del templo necesitan aplazar esa idea terrible que amenaza con arruinar su ideal de festejo anodino compatible con un tendido a poder ser cubierto, entregado al consumo de merchandising y bebidas espirituosas, en un escenario que cada vez se parece más a un centro comercial en el que los avatares de la lidia no estorben demasiado el ordenado desarrollo del negocio.  
   
         Contra todo eso, la semana final nos regaló suficientes momentos épicos como para posponer un tanto el apocalipsis. Si bien es cierto que ninguna de las ganaderías anunciadas presentó un encierro en el son de sus mejores tiempos en esta plaza, anotamos la recuperación de Partido de Resina que parece haber abandonado la endeblez de sus últimas corridas añadiendo mayores argumentos al habitual reclamo de guapeza que ofrece el anuncio en los carteles de la mítica estirpe de Pablo Romero. Encierros muy venidos a menos fueron los de Cuadri y Adolfo Martín, que sin embargo imponían una tremenda seriedad en el ruedo, cada uno en su tipo tan distinto, como también lo hizo la corrida de Baltasar Ibán, garantía de casta inagotable contra la que no valían las soluciones de toreo moderno aplicadas por la terna nuestra de cada día. Bastante tenían con anunciarse con el toro de respeto del que abominan los poderosos, y una vez allí los gladiadores de tantas tardes esgrimieron redaños frente a las embestidas inciertas, especialmente un resucitado Luis Miguel Encabo, que se jugó el tipo de verdad ante un peligrosísimo Cuadri al que ya le había plantado cara en las verónicas de recibo ganando terreno en cada lance para construir luego una faena donde era imposible quedarse en el sitio sin resultar atropellado. También se hizo el ánimo Castaño en su última tarde, en la que planteó un trasteo muy sólido a su segundo Miura justo cuando todo estaba a la contra tras la fea cornada del toro a un Marco Galán que sigue imponiendo su magisterio con el percal de brega y sufre más de la cuenta en banderillas. Discreto y cumplidor anduvo Robleño, al que se le vio más cómodo en la distancia corta del Cuadri parado que en la moneda al aire de la distancia larga que pedían los ibanes.

         Y Rafaelillo. El bravo torero murciano desmintió la pregonada imposibilidad de sacarle partido al encaste de Zahariche. Su primer Miura se había despeñado por el camino de la invalidez absoluta y sólo le quedaba una oportunidad en Madrid que comenzó a aprovechar con una emocionante larga cambiada en el tercio y después con una enfibrada faena de menos a más en la que siempre fue hacia adelante buscando al Miura en su terreno, toro incierto que se entregaba cuando la muleta dominaba por abajo y buscaba al torero cuando se le vaciaba por arriba. Trasteo a toma y daca, de mucho aguante y taleguilla rota, con momentos de toreo caro, sobre todo en un cambio de mano excelso y en naturales aislados de desmayo inverosímil, en los que Rafaelillo se acordaba del novillero de calidad que fue. El triunfo grande se adivinaba por la respuesta del público, tan radicalmente distinta de la que había precedido a las numerosas orejas de saldo concedidas este año, pero con el fallo a espadas llegó la frustración y la vuelta al ruedo de un torerazo en llanto sin consuelo posible.



         Qué distinta de la miurada fue la corrida de la Beneficencia, la que antaño brillaba más que el sol. Como nos maliciábamos, la segunda entrega de victorianos en la feria no sacó las mismas complicaciones de la primera y uno no acierta a explicarse cómo, con el interés dizque tienen las figuras por terminar de consagrarse en Madrid, el ganadero las engaña de esta manera enviando los toros con menos posibilidades de triunfo. Pese a todo, alguno sí salió bastante a modo para el propósito pretendido por Julián y Miguel Ángel, pero oye, ni por ésas, fue tal el panorama de vulgaridad que propusieron los poderosos que apenas levantaron unas tibias palmas del festivo y predispuesto público de esa tarde.       

         La de Adolfo tampoco fue para tirar cohetes. Hasta que salió el sexto, los toros habían sacado la casta justita para que Castella se justificara y pudiera blasonar el resto del año de haber sido el triunfador de la feria sin rehuir al menos una cita de más compromiso que el que está acostumbrado a transitar, y para que Urdiales se despidiera de Madrid con el cartel intacto, pues si apenas dijo nada con las ganaderías comerciales, volvió a estar bien dando la cara con el toro de respeto al que le enjaretó alguno de los muletazos más caros del ciclo de este año. En cambio, Manuel Escribano quizá no pueda terminar nunca de depurar su estilo hasta alcanzar la compostura del diestro riojano, lo cual no importa nada si antes de retirarse firma cuatro o cinco faenas como la que le hizo a Baratero, el sexto toro de la corrida de Adolfo Martín, que salvó el honor de la divisa por su casta indómita y por haber encontrado enfrente a un torero cabal que le arrancó una oreja al final de una lucha a sangre y fuego. El de Gerena fue capaz de dominarlo ya desde el tercio de banderillas, cuando se sobrepuso a un atragantón enorme en el último envite, en el que el toro le esperó en el tercio y le tiró un gañafón terrible que no encontró carne por el puro milagro obrado por la medallita que sí partió con la guadaña de su pitón derecho. Escribano volvió a coger los palos sin rehuir la pelea y en los mismos terrenos le dijo al toro aquí estoy yo colocando esta vez sí el par más emocionante de la feria. La faena se desarrolló en el mismo tono de incertidumbre por la condición del toro y por el valor sin cuento del torero, perfecto siempre de colocación, demostrando a quien lo quisiera entender cómo es posible sobreponerse al peligro evidente pisando el terreno del toro, invadiendo esa frontera sin perder pasos como hacen los que quieren evitar el riesgo a toda costa. Desde ese sitio privilegiado, surgieron naturales trazados a ley, muy templados y ceñidos, unos ligados y otros de uno en uno, a pies juntos, muy hermosos, rematados donde se debe. La suerte de matar sólo tuvo el borrón de la pérdida de la muleta que como metáfora de la entrega de Escribano, quedó prendida entre los pitones hasta que dobló el animal.  



         El sitio de los toreros. El sitio del triunfo. Un sitio al que no se acercó el Cid en ningún momento de la tarde del cinco de junio, fecha emblemática en la que fue recibido por Madrid como sólo Madrid sabe agasajar a sus toreros predilectos. Se sentía el afecto en la ovación de gala que ya sólo se repetiría una vez más en la tarde para un puyazo en la yema de Tito Sandoval. Y es que Manuel anduvo como una sombra por la plaza, intentando sobreponerse a una victorinada dura, tres y tres, la primera parte más toreable y la segunda muy cuesta arriba para un hombre derrotado casi desde el principio, cuando intentó ponerse donde se ponía antes y comprobó cómo las carnes huían del compromiso, incapaz ese cuerpo de aguantar como antaño la embestida en la larga distancia, desasistido de las cuadrillas mediocres que contrató para una corrida de tanta exigencia, desolado el tendido contemplando el triste espectáculo de la huida y la decadencia. La memoria se nos iba hacia esa tarde del otoño de dos mil trece en la que el torero de Salteras dictó su última lección magistral en Madrid, o hacia el mes de agosto de 2007, cuando el Cid salió en triunfo por la puerta grande de Bilbao en otra tarde a solas con los Victorinos, tan lejos de ésta en el planteamiento y en la sensación de impotencia que ofrecía ahora el torero vencido. 



        Cuando abandonábamos la plaza demorándonos por la querida andanada que nos ha dado cobijo durante este último mes de fríos y calores, de tedio y emociones, nos preguntábamos si a Manuel Jesús todavía le quedarán arrestos para reivindicar su apodo en ocasión más propicia, al menos en una tarde más de gloria que él nos debe y la plaza a él, y con estas cavilaciones íbamos sobrellevando el ambiente de derrota que todavía nos acompañaba mientras subíamos por la calle de Alcalá, y nos despedíamos de la rutina isidril, camino de la incertidumbre del estío.