jueves, 21 de septiembre de 2017

CATALUNYA ÉS MEVA


No es esto, no es esto. El quejido orteguiano aturde el cerebro mientras asistimos a la asonada parlamentaria. La chapuza perpetrada por las fuerzas independentistas parece diseñada por servicios de inteligencia enemigos empeñados en hacer fracasar el procés, despeñándolo por el precipicio de la ilegalidad. La estrategia nacionalista por fin se concreta en el rostro fanatizado de Forcadell. La Presidenta del Parlament sublevado se sacude la bota del Estado oprimiendo a las minorías. El asalto a la ley es tan burdo que hasta Coscubiela parece Cicerón clamando contra la tiranía. Iceta, Albiol y Arrimadas, ese trío imposible de próceres, delegan en portavoces de medio pelo la refriega reglamentaria y posponen su catilinaria inútil para cuando ya no hace falta. Las sonrisas de Puigdemont y Anna Gabriel anticipan una nueva versión de totalitarismo practicada sin dejar por un momento de pronunciar la palabra democracia.

Pero votar en contra de la ley no es democracia y aprobar la sinrazón por mayoría no convierte el exabrupto en razonable. Hasta un estudiante de primero de derecho sabe cuál es el procedimiento para cambiar las normas pero los rebeldes siempre prefirieron un choque de trenes en el que el humo de la locomotora fuera tapando el hedor de su propia corrupción política y moral. No era tan difícil esperar en la estación a que la podredumbre del gobierno central se manifestara definitivamente y un nuevo escenario político les permitiera atisbar su quimera, pues hace tiempo que la izquierda parlamentaria dejó de considerar incompatible con su historia y su ideario amparar pretensiones nacionalistas, defender propuestas insolidarias, abolir la igualdad de todos los españoles en el territorio nacional.

Resulta increíble contemplar cómo ha podido llegar hasta aquí un argumentario sostenido por un cuento inventado sobre la Guerra de Sucesión y el manido recurso a las bajas pasiones del Espanya ens roba. La tergiversación de la historia apenas da para jugar a la revolución contra otro Felipe y clamar en el Camp Nou en el minuto 17:14 del partido frente a un imaginario ejército borbónico al que el General Messi esta vez sí derrotará, antes de emigrar para no tener que jugarse la liga contra el Hospitalet. La falacia independentista no se sostiene de puro zafia por más que la vistan con románticos ropajes de desobediencia civil contra instituciones carcomidas por la incuria de un sistema perfectible. 

La falta de calidad democrática de las estructuras del Estado no justifica su rompimiento, sobre todo si hasta hace cuatro días, los mismos que ahora se disfrazan de adalides de las libertades del pueblo, medraban para apoyar al gobierno de turno y conseguir su cuota en las instancias judiciales de las que ahora reniegan. El Estado de Derecho es un refugio agrietado que puede seguir cobijándonos frente a la ignominia de quienes pretenden reducirlo a escombros. En el entretanto, haría bien la vicepresidenta en abstenerse de citar espuriamente a Montesquieu para defenderse de la imagen de Rufián blandiendo impresoras, la enjundia del debate parlamentario definitivamente rebajada al nivel de una sucesión de tuits sin ingenio. Se avecinan espectáculos lamentables como el de los alcaldes sediciosos haciendo pública ostentación de su voluntad de violar la Constitución que prometieron cumplir, degradando el lema del No tinc por a la categoría de eslogan publicitario que lo mismo sirve para el roto de un atentado terrible que para el descosido que pretenden en nuestra sufrida piel de toro.

La osadía jurídica de los diseñadores de la farsa les lleva incluso a sostener en público que el Derecho Internacional es la legislación vigente en Cataluña. La comedia se completa con el fingimiento de un atropello del que pretenden defenderse acogiéndose al derecho de autodeterminación que Naciones Unidas diseñó para el amparo de territorios ocupados con violencia. El hecho diferencial que siempre se utilizó para sacar tajada de gobiernos débiles, en realidad consistía en sucesivos ataques de victimismo frente a un neocolonialismo inexistente, al tiempo que se protesta contra un estado de excepción imaginario desde una manifestación libre que nadie reprime.  

Cuando hace siete años se prohibió la tauromaquia en Cataluña, no fueron muchos los que se sintieron concernidos por semejante desafuero y tuvo que pasar más de un lustro para que el Tribunal Constitucional anulara aquella ley que invadía competencias del Estado. Casi un año después, nadie se ha atrevido a organizar allí un espectáculo taurino y las plazas de toros se utilizan ahora para montar aquelarres independentistas. La presencia de Otegi en la diada era el inicio de la batasunización del ambiente, monstruo bifronte cuya cara amable nos muestra a los radicales de la CUP escrachando con flores a la Guardia Civil, mientras su reverso siniestro se encarga de señalar a los servidores de la ley para que permanezcan en el redil de la mayoría silenciosa, so pena de portar para siempre el estigma del botifler

Como escibe Serrat en una de sus canciones seria fantastic que arribés el dia del sentit comú, que Pedro Sánchez no siguiera de perfil en este asunto, que Rivera olvidara los gestos para la galería, que Pablo Iglesias no considerara presos políticos a los que cometen malversación de fondos y Rajoy mantuviera su compromiso con la ley más allá de estos días convulsos y respondiera de una vez por la corrupción de su partido. Hasta que llegue ese futuro improbable, el principio de legalidad debe impedir que al pueblo español se le despoje de su condición de sujeto de soberanía sobre una parte de su territorio. Nadie nos puede privar de la fortuna de seguir sintiendo a Cataluña como propia. Catalunya és meva, també.





martes, 5 de septiembre de 2017

LA CONJURA DE LOS BOLARDOS

De todas las manifestaciones de la mezquindad del alma humana, la más inexplicable es la ingratitud. Tratar de comprender el mecanismo mental que lleva a un joven musulmán nacido en Cataluña, a practicar la yihad contra su tierra de adopción es una tarea que conduce al absurdo. Se cría en un entorno amable en el que las manifestaciones hostiles contra su raza son anecdóticas, crece en un ambiente en el que los poderes públicos promueven su integración con todo tipo de medidas de asistencia social, disfruta de oportunidades sanitarias y educacionales inalcanzables en su país de origen y un buen día, es captado por un psicópata disfrazado de líder religioso que le adoctrina en el victimismo y en el arte de la guerra santa contra sus vecinos de escalera. La estupefacción que produce contemplar las secuencias de las horas posteriores al atentado de las ramblas en las que tres de los adolescentes miembros de la célula terrorista compran entre risas la tortilla de patata que será su última cena y luego se procuran hachas y cuchillos con los que después pretenden rebanar el cuello de los viandantes que les salgan al paso, no es superior a la que sentimos cuando nos damos cuenta de que se lanzarán contra ellos porque los consideran cruzados infieles usurpadores de Al-Ándalus.

El origen de esta clase de perversión mental no hay que buscarlo en profundos aparatos ideológicos, sino en técnicas más cercanas al nihilismo sectario que a una sincera fe espiritual. Es cierto que contra esta vuelta de tuerca que activa los cerebros de estos chicos para que conviertan en realidad lo que la mayoría de nuestros hijos se conforma con ensayar de manera virtual en la quimera de un videojuego, es difícil defenderse. Pero la radicalización de estos jóvenes corre pareja con una escasa capacidad logística y operativa que hubiera podido ser prevenida si nuestras medidas de seguridad hubieran sido dispuestas con la profesionalidad y prontitud que demandaba el protagonismo de Barcelona en las soflamas de los fanáticos. Lo prueba el hecho de que la masacre proyectada en Cambrils fue abortada en parte porque los mossos ya se hallaban en alerta. Después hemos sabido que las investigaciones sobre la explosión de la vivienda que alojaba a los asesinos no fueron un ejemplo de lucidez cuando no se ataron cabos tras encontrar en el mismo escenario okupado un número anormal de bombonas de gas, un libro con consignas yihadistas y acetona suficiente para que la madre de satán destruyera los emblemas de la ciudad de los prodigios. Ni siquiera era necesario que servicios de inteligencia foráneos alertaran a los cuerpos de seguridad de una amenaza terrorista sobre las ramblas que ya era de puro sentido común. La endémica descoordinación de nuestras múltiples policías hizo el resto para que se añadiera otro capítulo al libro que se comenzó a escribir a propósito del 11-M.

En todo este tiempo de calma aparente, no parece que hayamos aprendido mucho, y el espectáculo que ya se dio entonces en la explicación de la tragedia se ha vuelto a repetir ahora para bochorno de nuestra credibilidad internacional. El caínismo de nuestro carácter aparece cuando menos hace falta ya sea para buscar culpables en el adversario político o para sacar pecho de nación autosuficiente cuyos líderes no sienten pudor alguno al prodigar baladronadas independentistas en la gestión del atentado. Esos polvos conducen inevitablemente al lodo en el que se convierten las manifestaciones posteriores, manipuladas por actores partidistas más preocupados de mostrar en primer plano su bandera que por honrar la memoria de las víctimas. La espontaneidad de las flores de homenaje y las velas de recuerdo se olvida pronto para dejar paso a la estrategia de las pancartas contra occidente y las esteladas con crespón, de luto por nuestra convivencia.

Si todavía hubiera una brizna de dignidad en aquéllos que para nuestra desgracia lideran las instituciones, suspenderían de inmediato las hostilidades, aplazarían procesos y evitarían desconexiones en un momento como éste en el que nos va la vida en la unidad. La banalidad del mal que se advierte en estos terroristas de última generación corre pareja con las miserias nacionalistas concentradas en hacer creer a la población que la ruptura con España será la panacea contra futuros atentados del mismo modo que antes se identificó a la república catalana independiente con un paraíso improbable exento de corrupción. Ni la certidumbre de la muerte en primer plano es capaz de añadir cordura a un escenario desde el que se siguen realizando grandilocuentes protestas de democracia basadas en el incumplimiento del marco legal que todos nos hemos dado.


Aunque el nacionalismo se cure viajando, los inquilinos de la plaza de San Jaume no necesitan traspasar su deseada frontera para remediar el mal que les aqueja. Les bastaría con atravesar el barrio gótico, alcanzar las ramblas y entregarse al cosmopolitismo que allí se respira, defender la maravilla de ese kilómetro mágico con una trinchera que impida que haya que refugiarse de nuevo en la Boquería, salvo para admirar su belleza. Es más fácil despojarse de la ambición y de las mentiras transitando la alegría que comienza en Canaletas y se asoma al mar en Colón. La conjura de los bolardos se hace más necesaria contra la traición insolidaria que frente a la barbarie indescifrable. Blindar la ley no nos quita libertad si ello nos hace salir indemnes de la violencia y de la demagogia y nos permite seguir disfrutando de la dicha de caminar la rambla despacio y sin medida, sin que dentro de poco tengamos que hacerlo como extranjeros, sin albergar duda alguna de que el bullicio tras la espalda no es más que el murmullo feliz de una tarde de verano. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

LA FERIA DE LOS MILAGROS

En el hipotético podio de las preferencias festivas de los conquenses, la feria de San Julián ocupa un triste tercer lugar, su brillo siempre oscurecido por nuestra atávica pulsión por el banzo y la maroma. En cambio, para el niño que fui, la feria era el gran acontecimiento del año, el último regalo del verano que agitaba los sentidos desde que se atisbaba el mágico baile de los gigantes abriéndose paso entre las carrozas, hasta que llegaba el estruendo de la traca que los amigos corríamos por Carretería para acabar aturdidos por el olor agrio de la pólvora y la decepción del final de la alegría.

La feria de la infancia era sobre todo la algarabía de las atracciones en el “Carrero”, esa extraña banda sonora que atronaba el barrio hasta la madrugada mezclando a los Bee Gees con los Chunguitos, a  Camilo Sesto con Georgie Dann, guirigay incesante al que sólo conseguían imponerse las voces de los hermanos Cachichi y el Terremoto, los tomboleros incansables que año tras año comparecían como modernos predicadores de nuestro “far west” particular. Para hacernos a la idea no andaba muy lejos el barco del Mississipi y podíamos probar en las casetas de tiro nuestra habilidad como pistoleros, intentando acertar a los palillos de dientes con escopetas trucadas. Si el dinero escaseaba, tocaba pasar la tarde en torno a los coches eléctricos y convivir con la fauna habitual que reinaba en la pista conduciendo marcha atrás desde el respaldo del asiento, avasallando a las parejas de chicas indefensas. Si la paga aún daba de sí, era inevitable acabar con el estómago revuelto tras demostrar el valor afrontando el vértigo del vaivén, aunque más de uno se conformaba con las emociones fuertes del tren de la bruja. El final de la noche siempre era dulce si aún quedaba alguna moneda para comprar al menos un vasito de chufas.

La cosa cambiaba si habías logrado pillar una gemela en la hípica. Todavía recuerdo la tarde en que aposté por Yamilo y Latrocinio, y el manojo de billetes que brillaba en mi cartera gracias al teniente coronel Morugán y al Comandante Centenera y a sus recorridos perfectos sin derribo. El concurso hípico provocaba este tipo de milagros como sin duda lo es contemplar cada año a cientos de conquenses discutir sobre baremos y hándicaps, sin saber absolutamente nada de caballos.

La feria de entonces era el insólito crisol en el que podías disfrutar del lanzamiento de barra castellana en las afueras del “poli” y por la noche pasar dentro para ver a Cecilio Alonso intentando batir a Perramón, en el mejor partido de balonmano posible entre el Atleti y el Calpisa. Cómo no amar aquel pretexto que conseguía el prodigio de que viniera a cantar Serrat a la ciudad olvidada el resto del año, el marco anual en el que se gestó mi primera afición taurina de la mano de Julio Robles, Ángel Teruel o Manzanares, el preciado reclamo para que el Circo Ruso plantara sus tres pistas casi enfrente de mi casa.

Yo he visto cosas en la feria que vosotros no creeríais. He contemplado mares de boinas desde lo alto de la noria agolpándose en la entrada del Teatro Chino, he sentido vibrar a la multitud por el rehúse de un caballo, he visto majorettes desfilando por Carretería y a Paco Ojeda cortar un rabo en tarde de aguacero, estuve en el concierto en el que a Victor Manuel le tiraron una lata de cerveza y hasta vi a Yubero luchar por quitarle un rebote a Tkachenko. Todos esos recuerdos se perderán en el tiempo, como los estacazos de Chupagrifos entre el ruido de la madurez.


Todavía, como Proust, ando buscando el sabor de la magdalena que ofrecían en el puesto del chocolate Valor, sumergida cual iceberg magnífico en aquel vaso que ardía en la fría noche agosteña como último acto del programa y que abrigaba un tanto el corazón, mientras abandonábamos la feria camino de la incertidumbre del otoño.

miércoles, 16 de agosto de 2017

FIGURA DEL TOREO


En las paredes de la Escuela Taurina de Madrid, hay grabado un lema que los alumnos no pueden evitar leer mientras se ejercitan, “llegar a ser figura en el toreo es casi un milagro”. En letra más pequeña, la sentencia sigue “pero al que llega, podrá el toro quitarle la vida, la gloria, jamás”. Debido a esa dificultad extrema que conlleva alcanzar la cima, las figuras de este momento se afanan en apuntalar su gloria matando ganaderías que no hagan peligrar su milagroso estatus, sin pensar que esa estrategia puede ser pan para hoy pero hambre para un mañana desierto de las referencias éticas que siempre hicieron de la fiesta un escenario para la grandeza. Las figuras históricas acostumbraban a lidiar animales de todos los encastes dotando así a su liderazgo de un sello de orgullo y ejemplaridad del que hoy se carece por completo. El máximo exponente de figura salida de una escuela taurina, Julián López el Juli, lleva años abonado a matar la camada entera de las vacadas del monoencaste Domecq y de cuando en vez saca pecho ante sus palmeros mediáticos anunciando un gesto con una ganadería distinta, en lugar de plantear su carrera desde el compromiso permanente con su condición de mandamás del toreo, obligado a ser espejo de virtudes y máximo responsable de preservar la pureza del rito.

Esta semana, Morante de la Puebla ha anunciado su retirada pretextando que con el toro grande que hoy se lidia es imposible desarrollar el toreo de arte, pretendiendo así encubrir la realidad de su privilegiada posición en el sistema que le permite escoger los toros que mata cada tarde. Dado que éstos no destacan precisamente por su envergadura, el problema de Morante es en realidad su decadencia manifiesta que necesita configurar un tinglado de impostura en el que la norma sea el toro flojo y descastado, con la esperanza de que alguno se equivoque y le deje estar a gusto para esbozar siquiera un manojo de verónicas con que seguir engatusando a los partidarios. Lejanos ya los tiempos en los que se quiso reencarnar en una delirante mezcla perfecta entre Joselito y Belmonte, la irregularidad de su trayectoria le ha impedido heredar el cetro del Faraón en Sevilla, en donde acredita varias buenas faenas pero una sola Puerta del Príncipe y triunfar verdaderamente en Madrid, cuyo empresario se ha rendido a sus caprichos sin que ello le haya permitido abrir la puerta grande que tal vez ya nunca logre traspasar.


La espantada de Morante y sus reflexiones sobre su condición de artista seguramente habrán hecho removerse en su sepultura a Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida, maestros de la gracia toreadora. El Sócrates de San Bernardo lidió a lo largo de su carrera setenta y un toros de Antonio Pérez, cuarenta y siete de Atanasio, cuarenta y cinco de Concha y Sierra, treinta y seis de Villamarta, treinta y cinco de Miura, treinta y dos de Pablo Romero, veinticinco de Buendía … Don Antonio, por su parte, se entretuvo en matar noventa seis de Antonio Pérez, cincuenta y cuatro de Carlos Núñez, cuarenta y ocho de Miura, treinta y seis de Buendía, diecinueve de Escudero Calvo … El penúltimo año de su vida taurina despachó una corrida de Victorino en Madrid, otra de Pablo Romero en Málaga, alternando con Curro y una de Guardiola en el Puerto, compartiendo cartel con Paula, doce de agosto de 1973, cuarenta y cuatro años y un día antes del mano a mano postrero de José Antonio y Julián en la Plaza Real, en el que cada uno compareció con sus toretes bajo el brazo, y triunfaron los veedores del madrileño. Otros tiempos, otra forma de comprometerse con la historia del toreo que las figuras de ahora siguen sin atreverse a afrontar, mientras la fiesta se debilita y se va por el despeñadero.



miércoles, 26 de julio de 2017

MONTESQUIEU NO RESUCITA

Viene siendo un lugar común que en las postrimerías del curso político, el presidente del gobierno se vea obligado a comparecer públicamente para dar explicaciones sobre la financiación de su partido. Don Mariano ha tenido que acostumbrarse a la fuerza a estos exámenes veraniegos con los que el sistema se justifica a sí mismo propinando al líder máximo arañazos controlados que incluso le permiten reforzar su imagen de agudo opositor que se sabe la materia. Don Mariano ya está sentado a la derecha del paternal tribunal que lo trata con deferencia y un sí es no es de mala conciencia al haber tenido que hacerle pasar por este trance, y su atribulado presidente acota el interrogatorio de las acusaciones pero no los chascarrillos del testigo, que prodiga ironías sobre los letrados con su conocida retranca como si tuviera tras de sí a la bancada popular, al tiempo que las defensas apenas pueden reprimir sus mohines de satisfacción por la habilidad dialéctica del prócer. Don Mariano sigue arrastrando la ese por el estrado con una convicción encomiable, la misma que le hace permanecer todavía en política a pesar de la miríada de escándalos de corrupción que ha consentido. Érase un hombre a un desliz pegado, aquél que le hizo acudir al parlamento un mes de agosto de hace cuatro años, para mentir sobre los manejos de su tesorero con la impunidad que ofrece tener asegurado el control de los tribunales que pudieran juzgar su actuación.

Hoy como entonces ha vuelto a decir que a pesar de la elocuencia de los mensajes enviados a Bárcenas, no hizo nada en su favor, cuando es un hecho que lo amparó en el partido a pesar de las evidencias de fraude. Hoy como entonces se ha vuelto a jactar de haber sido él quien dejó de contratar a los miembros de la trama cuando supo que algo olía a podrido en la Comunidad de Madrid, pero no ha dado explicación alguna de por qué no denunció aquellos hechos ni profundizó en la investigación del asunto como era su obligación. El sistema ha quedado satisfecho, se completó la comedia y los palmeros del líder se aprestan a glosar la normalidad democrática de lo sucedido, pero Montesquieu no resucita por más que la apariencia triunfe sobre la verdad. El Barón ilustrado parecía estar pensando en nuestras cuitas cuando dijo que no hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia.

A pesar de todo, debe reconocerse que de un tiempo a esta parte, la historia de las farsas presidenciales ha perdido truculencia si consideramos que hace casi veinte años otro prohombre era citado para ser preguntado sobre muertes y secuestros. Las cloacas insondables han pasado de albergar sicarios a ocultar el latrocinio permanente, algo es algo. La esperanza en la regeneración del sistema se antoja una quimera si la natural tendencia del españolito metido en política por llevárselo muerto no se ataja con la independencia y el recíproco control de los poderes del Estado. La desolación es inevitable si echamos un vistazo a la alternativa circundante, en donde ningún partido de la oposición lleva en su programa la separación de poderes y a la fuerza que sustenta al gobierno se le ha olvidado reclamar en este punto el cumplimiento del pacto de investidura. Don Mariano afronta las vacaciones con una sonrisa en los labios.

jueves, 29 de junio de 2017

EL ESPÍRITU DE CHENEL

Dicen los que tienen la fortuna de encontrarse en las Ventas cuando la plaza no está abierta al público que en las noches sin luna un reflejo blanco ilumina el ruedo a la altura del lugar donde se dibuja la segunda raya en los terrenos del diez. El fenómeno sólo es percibido por los que se hallan en el secreto de la relación que un viejo torero tenía con ese recodo desde donde solía citar al toro en la distancia, en sus tardes de gloria. Si además ese día ha habido corrida, a veces se oyen también sonidos extraños que los descreídos atribuyen al viento de la madrugada recorriendo tablas y postigos. Los conocedores de la magia del edificio se colocan donde el maestro tenía aposento al amparo de un jornal televisivo y desde allí creen sentir ruidos que en ocasiones parecen un simple carraspeo de fumador empedernido y en otras se resuelven en gritos desaforados que braman "dale sitio, la muleta plana, la pata alante, pronto y en la mano", y cosas de este jaez.

Los fenómenos extraños comenzaron poco tiempo después del fallecimiento del maestro del mechón blanco en el otoño de 2011, cuando los mercaderes del templo impidieron a la afición pasear a hombros el féretro por el ruedo, ocupados como estaban en prostituir la esencia del coso con espectáculos ajenos al rito del que Chenel había sido máximo oficiante. La capilla ardiente ya fue un guirigay impropio de la categoría del escenario y de la figura que yacía expuesta ante el tumulto de los que pugnaban por hacerse hueco con el fin de conseguir la foto miserable del cuerpo del maestro, al que terminaron sacando a hurtadillas por la puerta grande, tan lejos de la grandeza que merecía el torero que abandonaba su casa por última vez.

Desde entonces, no siempre ocurre pero cuando un matador que no ha hecho méritos para traspasar en hombros la puerta de Madrid, está a punto de colarse camino de la calle de Alcalá, hay quien dice haber visto la sombra errante de Antoñete recorriendo inquieta los bajos del siete coincidiendo con el pinchazo que frustra un triunfo espurio. Los amigos de lo esotérico cuentan que a menudo se escucha un extraño zumbido que se adueña de la plaza cada vez que las faenas se apartan del toreo fundamental y los toreros se entretienen en lo que Antonio llamaba morisquetas sin sentido.

Algunos vecinos de la zona notaron un quejido sordo que pudo sentirse hasta en Manuel Becerra, la mañana en que un ejército de excavadoras irrumpió en el ruedo y arrasó la mítica panza que tanto incomodaba a los diestros modernos y que  el viejo maestro sabía aprovechar a su favor, combinando con certeza el conocimiento de pendientes, terrenos y querencias. Es el mismo quejido que los abonados sienten en su interior cada tarde mientras contemplan la herrumbre que poco a poco va arruinando la plaza de sus amores, el manto de incuria que a punto ha estado de clausurar la temporada venteña si no hubiera sido porque el espíritu de Chenel que sigue morando en sus rincones, impidió la tropelía. Ya lo hizo cuando los mercaderes quisieron cubrir la plaza y la carpa circense con que pretendían ensayar la cubierta definitiva, se hundió de madrugada en extrañas circunstancias.


Dicen los que conocen el secreto que cuando por fin se desmintió la noticia del cierre, un atardecer en lila y oro se instaló por encima de los tejadillos de la plaza, a pesar del mediodía.


miércoles, 21 de junio de 2017

IVÁN FANDIÑO, EL HÉROE DISCRETO


En estos tiempos extraños en los que la sociedad se despeña en un proceso de infantilización que trata de negar la evidencia de la muerte, el torero sale a la plaza cada tarde para recordarnos que la muerte existe. Frente a la mentira cotidiana del animalismo obtuso, la tauromaquia nos reconcilia con la vida a través de la contemplación del rito milenario del combate entre el hombre y la fiera, nos permite conservar el privilegio de poder asistir a la recreación artística de la pelea por la existencia en la que inevitablemente se muere de verdad.

Ivan Fandiño lo sabía desde que decidió luchar contra sí mismo para alcanzar un sueño que persiguió siguiendo la estela de Mazzantini, Martín Agüero y Cocherito de Bilbao, los toreros vascos que le precedieron en el camino. Tuvo que viajar a la Alcarria para aprender el oficio, pero sus primeros triunfos nos seguían haciendo mirar hacia el norte, desde donde formaba una prometedora terna con Diego Urdiales y Francisco Marco, toreros de clase de Despeñaperros arriba, para desmentir a Cagancho. Pero su carrera está marcada por Madrid. Le costó solo dos años ganarse el respeto de la afición desde su confirmación en mayo de 2009. En 2011, corta cuatro orejas consecutivas en las Ventas y roza la puerta grande por su gran actuación con los toros de Cuadri en San Isidro. Es la época de aquellas recordadas corridas alternando mano a mano con David Mora, que traen a la fiesta un aire fresco de regeneración basado en el enfrentamiento con el toro íntegro y encastado, haciendo del toreo fundamental practicado según los cánones clásicos, un imperativo moral.

Son los años de la ansiedad por alcanzar una consagración que no acaba de llegar a pesar del gran ambiente con que cuenta en la plaza, en donde comparece varias veces a lo largo de la temporada matando todo tipo de encastes y casi siempre tocando pelo. En 2013, un toro de Parladé le hiere gravemente y se lleva por delante su apuesta de tres tardes en la isidrada, pero el de Orduña envida más y se anuncia otras dos en la feria de Otoño. En 2014, llega por fin el triunfo completo, un martes y trece de mayo, otra vez con ejemplares de Parladé, vestido de teja y oro, el traje que sería su mortaja en Air sur l’Adour. La afición lo entroniza como el nuevo torero de Madrid, en una corrida marcada por las grandes estocadas que recetó a sus toros, la primera cobrada en idénticos terrenos a aquélla que un año antes cambió por una cornada, la segunda retomando la costumbre de sus comienzos de entrar a matar sin muleta, suerte que ejecutó encunándose limpiamente en medio de la abierta cornamenta del toro, recibiendo una voltereta de la que salió ileso entre clamores de gran acontecimiento. Este triunfo le coloca en la cima de la corrida de la Beneficencia, alternando por fin con las máximas figuras a las que los mentideros taurinos atribuyen rumores de maniobras contra su trayectoria emergente y oscuros vetos en los despachos, que Iván enfrenta con gallardía, siempre dispuesto a discutirle el cetro al poderoso con sus armas y en el ruedo.


En esta pugna está el origen del gran gesto de su carrera taurina, cuando se anuncia en solitario el Domingo de Ramos de 2015 para abrir la temporada venteña y decirle al sistema que no le ha dejado entrar en los carteles de lujo de las ferias, aquí estoy yo. Y llena la plaza fuera de abono, algo que no se veía en Las Ventas desde aquellas citas con la magia de Curro o con el vértigo del José Tomás verdadero. Madrid acoge a veinticuatro mil almas llegadas al reclamo del toro de respeto del que huyen habitualmente los que mandan en las cartelerías adocenadas del monopolio. Pablo Romero, Adolfo Martín, Cebada Gago, José Escolar, Victorino y Palha, ahí es nada. Fandiño es un torero honesto con un gran fondo de valor, vistoso con el capote, variado en quites, atento siempre a la lidia, poderoso con la muleta y desigual con la espada, pero pierde el envite. Iván atraviesa la tarde con el gris de su vestido nublándole la mente, quizá ofuscado por la tensión del compromiso, derrotado antes de tiempo cuando es consciente de que no ha sabido hallar la lucidez ante varios toros de triunfo, y empieza a morir un poco cuando abandona la plaza entre almohadillas, rumiando el fracaso de su reto contra el tinglado falso que hace de la tauromaquia un espectáculo banal y sin sustancia.

A partir de ahí se inicia una cuesta abajo en la que va despareciendo del circuito de las ferias importantes, excepto en Madrid, Pamplona y Bilbao, los reductos del toro de verdad, en cuyo ambiente siguen flotando los restos de la ilusión de aquella apuesta cada vez que se anuncia, un no sé qué de respeto hacia la actitud del matador vasco, por encima de la impresión que ofrece de torero vencido. Hasta el final, ha dado la cara. Inició la temporada matando Victorinos en Madrid en otro Domingo de Palmas sin eco en los tendidos. En su última tarde en las Ventas, el programa de mano ilustra su portada con una imagen de Víctor Barrio, que ese día habría cumplido treinta años y en cuya última corrida en Madrid un año antes se enfrentó a toros de Baltasar Ibán, como el que le arrebató el futuro a Fandiño, por no perdonar un quite como solía.


En estos tiempos extraños de ídolos falsos es preciso reivindicar a los héroes discretos que no encuentran el debido reconocimiento a su esfuerzo callado. Transcurren sus días buscando un lugar en el umbral esquivo del éxito, y a veces llegan a pisarlo apenas un instante antes de ser expulsados de la dicha del triunfo. Tras la derrota, Fandiño se había reubicado en su rincón de siempre, el de la lucha diaria con el toro agresivo en una plaza escondida, y cuando intentaba reencontrarse, una lanzada en el costado lo despidió hacia la gloria de la eternidad de aquellos afortunados para los que la muerte sí tiene sentido. Que la tierra te sea leve, maestro.