miércoles, 23 de agosto de 2017

LA FERIA DE LOS MILAGROS

En el hipotético podio de las preferencias festivas de los conquenses, la feria de San Julián ocupa un triste tercer lugar, su brillo siempre oscurecido por nuestra atávica pulsión por el banzo y la maroma. En cambio, para el niño que fui, la feria era el gran acontecimiento del año, el último regalo del verano que agitaba los sentidos desde que se atisbaba el mágico baile de los gigantes abriéndose paso entre las carrozas, hasta que llegaba el estruendo de la traca que los amigos corríamos por Carretería para acabar aturdidos por el olor agrio de la pólvora y la decepción del final de la alegría.

La feria de la infancia era sobre todo la algarabía de las atracciones en el “Carrero”, esa extraña banda sonora que atronaba el barrio hasta la madrugada mezclando a los Bee Gees con los Chunguitos, a  Camilo Sesto con Georgie Dann, guirigay incesante al que sólo conseguían imponerse las voces de los hermanos Cachichi y el Terremoto, los tomboleros incansables que año tras año comparecían como modernos predicadores de nuestro “far west” particular. Para hacernos a la idea no andaba muy lejos el barco del Mississipi y podíamos probar en las casetas de tiro nuestra habilidad como pistoleros, intentando acertar a los palillos de dientes con escopetas trucadas. Si el dinero escaseaba, tocaba pasar la tarde en torno a los coches eléctricos y convivir con la fauna habitual que reinaba en la pista conduciendo marcha atrás desde el respaldo del asiento, avasallando a las parejas de chicas indefensas. Si la paga aún daba de sí, era inevitable acabar con el estómago revuelto tras demostrar el valor afrontando el vértigo del vaivén, aunque más de uno se conformaba con las emociones fuertes del tren de la bruja. El final de la noche siempre era dulce si aún quedaba alguna moneda para comprar al menos un vasito de chufas.

La cosa cambiaba si habías logrado pillar una gemela en la hípica. Todavía recuerdo la tarde en que aposté por Yamilo y Latrocinio, y el manojo de billetes que brillaba en mi cartera gracias al teniente coronel Morugán y al Comandante Centenera y a sus recorridos perfectos sin derribo. El concurso hípico provocaba este tipo de milagros como sin duda lo es contemplar cada año a cientos de conquenses discutir sobre baremos y hándicaps, sin saber absolutamente nada de caballos.

La feria de entonces era el insólito crisol en el que podías disfrutar del lanzamiento de barra castellana en las afueras del “poli” y por la noche pasar dentro para ver a Cecilio Alonso intentando batir a Perramón, en el mejor partido de balonmano posible entre el Atleti y el Calpisa. Cómo no amar aquel pretexto que conseguía el prodigio de que viniera a cantar Serrat a la ciudad olvidada el resto del año, el marco anual en el que se gestó mi primera afición taurina de la mano de Julio Robles, Ángel Teruel o Manzanares, el preciado reclamo para que el Circo Ruso plantara sus tres pistas casi enfrente de mi casa.

Yo he visto cosas en la feria que vosotros no creeríais. He contemplado mares de boinas desde lo alto de la noria agolpándose en la entrada del Teatro Chino, he sentido vibrar a la multitud por el rehúse de un caballo, he visto majorettes desfilando por Carretería y a Paco Ojeda cortar un rabo en tarde de aguacero, estuve en el concierto en el que a Victor Manuel le tiraron una lata de cerveza y hasta vi a Yubero luchar por quitarle un rebote a Tkachenko. Todos esos recuerdos se perderán en el tiempo, como los estacazos de Chupagrifos entre el ruido de la madurez.


Todavía, como Proust, ando buscando el sabor de la magdalena que ofrecían en el puesto del chocolate Valor, sumergida cual iceberg magnífico en aquel vaso que ardía en la fría noche agosteña como último acto del programa y que abrigaba un tanto el corazón, mientras abandonábamos la feria camino de la incertidumbre del otoño.

miércoles, 16 de agosto de 2017

FIGURA DEL TOREO


En las paredes de la Escuela Taurina de Madrid, hay grabado un lema que los alumnos no pueden evitar leer mientras se ejercitan, “llegar a ser figura en el toreo es casi un milagro”. En letra más pequeña, la sentencia sigue “pero al que llega, podrá el toro quitarle la vida, la gloria, jamás”. Debido a esa dificultad extrema que conlleva alcanzar la cima, las figuras de este momento se afanan en apuntalar su gloria matando ganaderías que no hagan peligrar su milagroso estatus, sin pensar que esa estrategia puede ser pan para hoy pero hambre para un mañana desierto de las referencias éticas que siempre hicieron de la fiesta un escenario para la grandeza. Las figuras históricas acostumbraban a lidiar animales de todos los encastes dotando así a su liderazgo de un sello de orgullo y ejemplaridad del que hoy se carece por completo. El máximo exponente de figura salida de una escuela taurina, Julián López el Juli, lleva años abonado a matar la camada entera de las vacadas del monoencaste Domecq y de cuando en vez saca pecho ante sus palmeros mediáticos anunciando un gesto con una ganadería distinta, en lugar de plantear su carrera desde el compromiso permanente con su condición de mandamás del toreo, obligado a ser espejo de virtudes y máximo responsable de preservar la pureza del rito.

Esta semana, Morante de la Puebla ha anunciado su retirada pretextando que con el toro grande que hoy se lidia es imposible desarrollar el toreo de arte, pretendiendo así encubrir la realidad de su privilegiada posición en el sistema que le permite escoger los toros que mata cada tarde. Dado que éstos no destacan precisamente por su envergadura, el problema de Morante es en realidad su decadencia manifiesta que necesita configurar un tinglado de impostura en el que la norma sea el toro flojo y descastado, con la esperanza de que alguno se equivoque y le deje estar a gusto para esbozar siquiera un manojo de verónicas con que seguir engatusando a los partidarios. Lejanos ya los tiempos en los que se quiso reencarnar en una delirante mezcla perfecta entre Joselito y Belmonte, la irregularidad de su trayectoria le ha impedido heredar el cetro del Faraón en Sevilla, en donde acredita varias buenas faenas pero una sola Puerta del Príncipe y triunfar verdaderamente en Madrid, cuyo empresario se ha rendido a sus caprichos sin que ello le haya permitido abrir la puerta grande que tal vez ya nunca logre traspasar.


La espantada de Morante y sus reflexiones sobre su condición de artista seguramente habrán hecho removerse en su sepultura a Pepe Luis Vázquez y Antonio Bienvenida, maestros de la gracia toreadora. El Sócrates de San Bernardo lidió a lo largo de su carrera setenta y un toros de Antonio Pérez, cuarenta y siete de Atanasio, cuarenta y cinco de Concha y Sierra, treinta y seis de Villamarta, treinta y cinco de Miura, treinta y dos de Pablo Romero, veinticinco de Buendía … Don Antonio, por su parte, se entretuvo en matar noventa seis de Antonio Pérez, cincuenta y cuatro de Carlos Núñez, cuarenta y ocho de Miura, treinta y seis de Buendía, diecinueve de Escudero Calvo … El penúltimo año de su vida taurina despachó una corrida de Victorino en Madrid, otra de Pablo Romero en Málaga, alternando con Curro y una de Guardiola en el Puerto, compartiendo cartel con Paula, doce de agosto de 1973, cuarenta y cuatro años y un día antes del mano a mano postrero de José Antonio y Julián en la Plaza Real, en el que cada uno compareció con sus toretes bajo el brazo, y triunfaron los veedores del madrileño. Otros tiempos, otra forma de comprometerse con la historia del toreo que las figuras de ahora siguen sin atreverse a afrontar, mientras la fiesta se debilita y se va por el despeñadero.



miércoles, 26 de julio de 2017

MONTESQUIEU NO RESUCITA

Viene siendo un lugar común que en las postrimerías del curso político, el presidente del gobierno se vea obligado a comparecer públicamente para dar explicaciones sobre la financiación de su partido. Don Mariano ha tenido que acostumbrarse a la fuerza a estos exámenes veraniegos con los que el sistema se justifica a sí mismo propinando al líder máximo arañazos controlados que incluso le permiten reforzar su imagen de agudo opositor que se sabe la materia. Don Mariano ya está sentado a la derecha del paternal tribunal que lo trata con deferencia y un sí es no es de mala conciencia al haber tenido que hacerle pasar por este trance, y su atribulado presidente acota el interrogatorio de las acusaciones pero no los chascarrillos del testigo, que prodiga ironías sobre los letrados con su conocida retranca como si tuviera tras de sí a la bancada popular, al tiempo que las defensas apenas pueden reprimir sus mohines de satisfacción por la habilidad dialéctica del prócer. Don Mariano sigue arrastrando la ese por el estrado con una convicción encomiable, la misma que le hace permanecer todavía en política a pesar de la miríada de escándalos de corrupción que ha consentido. Érase un hombre a un desliz pegado, aquél que le hizo acudir al parlamento un mes de agosto de hace cuatro años, para mentir sobre los manejos de su tesorero con la impunidad que ofrece tener asegurado el control de los tribunales que pudieran juzgar su actuación.

Hoy como entonces ha vuelto a decir que a pesar de la elocuencia de los mensajes enviados a Bárcenas, no hizo nada en su favor, cuando es un hecho que lo amparó en el partido a pesar de las evidencias de fraude. Hoy como entonces se ha vuelto a jactar de haber sido él quien dejó de contratar a los miembros de la trama cuando supo que algo olía a podrido en la Comunidad de Madrid, pero no ha dado explicación alguna de por qué no denunció aquellos hechos ni profundizó en la investigación del asunto como era su obligación. El sistema ha quedado satisfecho, se completó la comedia y los palmeros del líder se aprestan a glosar la normalidad democrática de lo sucedido, pero Montesquieu no resucita por más que la apariencia triunfe sobre la verdad. El Barón ilustrado parecía estar pensando en nuestras cuitas cuando dijo que no hay peor tiranía que la que se ejerce a la sombra de las leyes y bajo el calor de la justicia.

A pesar de todo, debe reconocerse que de un tiempo a esta parte, la historia de las farsas presidenciales ha perdido truculencia si consideramos que hace casi veinte años otro prohombre era citado para ser preguntado sobre muertes y secuestros. Las cloacas insondables han pasado de albergar sicarios a ocultar el latrocinio permanente, algo es algo. La esperanza en la regeneración del sistema se antoja una quimera si la natural tendencia del españolito metido en política por llevárselo muerto no se ataja con la independencia y el recíproco control de los poderes del Estado. La desolación es inevitable si echamos un vistazo a la alternativa circundante, en donde ningún partido de la oposición lleva en su programa la separación de poderes y a la fuerza que sustenta al gobierno se le ha olvidado reclamar en este punto el cumplimiento del pacto de investidura. Don Mariano afronta las vacaciones con una sonrisa en los labios.

jueves, 29 de junio de 2017

EL ESPÍRITU DE CHENEL

Dicen los que tienen la fortuna de encontrarse en las Ventas cuando la plaza no está abierta al público que en las noches sin luna un reflejo blanco ilumina el ruedo a la altura del lugar donde se dibuja la segunda raya en los terrenos del diez. El fenómeno sólo es percibido por los que se hallan en el secreto de la relación que un viejo torero tenía con ese recodo desde donde solía citar al toro en la distancia, en sus tardes de gloria. Si además ese día ha habido corrida, a veces se oyen también sonidos extraños que los descreídos atribuyen al viento de la madrugada recorriendo tablas y postigos. Los conocedores de la magia del edificio se colocan donde el maestro tenía aposento al amparo de un jornal televisivo y desde allí creen sentir ruidos que en ocasiones parecen un simple carraspeo de fumador empedernido y en otras se resuelven en gritos desaforados que braman "dale sitio, la muleta plana, la pata alante, pronto y en la mano", y cosas de este jaez.

Los fenómenos extraños comenzaron poco tiempo después del fallecimiento del maestro del mechón blanco en el otoño de 2011, cuando los mercaderes del templo impidieron a la afición pasear a hombros el féretro por el ruedo, ocupados como estaban en prostituir la esencia del coso con espectáculos ajenos al rito del que Chenel había sido máximo oficiante. La capilla ardiente ya fue un guirigay impropio de la categoría del escenario y de la figura que yacía expuesta ante el tumulto de los que pugnaban por hacerse hueco con el fin de conseguir la foto miserable del cuerpo del maestro, al que terminaron sacando a hurtadillas por la puerta grande, tan lejos de la grandeza que merecía el torero que abandonaba su casa por última vez.

Desde entonces, no siempre ocurre pero cuando un matador que no ha hecho méritos para traspasar en hombros la puerta de Madrid, está a punto de colarse camino de la calle de Alcalá, hay quien dice haber visto la sombra errante de Antoñete recorriendo inquieta los bajos del siete coincidiendo con el pinchazo que frustra un triunfo espurio. Los amigos de lo esotérico cuentan que a menudo se escucha un extraño zumbido que se adueña de la plaza cada vez que las faenas se apartan del toreo fundamental y los toreros se entretienen en lo que Antonio llamaba morisquetas sin sentido.

Algunos vecinos de la zona notaron un quejido sordo que pudo sentirse hasta en Manuel Becerra, la mañana en que un ejército de excavadoras irrumpió en el ruedo y arrasó la mítica panza que tanto incomodaba a los diestros modernos y que  el viejo maestro sabía aprovechar a su favor, combinando con certeza el conocimiento de pendientes, terrenos y querencias. Es el mismo quejido que los abonados sienten en su interior cada tarde mientras contemplan la herrumbre que poco a poco va arruinando la plaza de sus amores, el manto de incuria que a punto ha estado de clausurar la temporada venteña si no hubiera sido porque el espíritu de Chenel que sigue morando en sus rincones, impidió la tropelía. Ya lo hizo cuando los mercaderes quisieron cubrir la plaza y la carpa circense con que pretendían ensayar la cubierta definitiva, se hundió de madrugada en extrañas circunstancias.


Dicen los que conocen el secreto que cuando por fin se desmintió la noticia del cierre, un atardecer en lila y oro se instaló por encima de los tejadillos de la plaza, a pesar del mediodía.


miércoles, 21 de junio de 2017

IVÁN FANDIÑO, EL HÉROE DISCRETO


En estos tiempos extraños en los que la sociedad se despeña en un proceso de infantilización que trata de negar la evidencia de la muerte, el torero sale a la plaza cada tarde para recordarnos que la muerte existe. Frente a la mentira cotidiana del animalismo obtuso, la tauromaquia nos reconcilia con la vida a través de la contemplación del rito milenario del combate entre el hombre y la fiera, nos permite conservar el privilegio de poder asistir a la recreación artística de la pelea por la existencia en la que inevitablemente se muere de verdad.

Ivan Fandiño lo sabía desde que decidió luchar contra sí mismo para alcanzar un sueño que persiguió siguiendo la estela de Mazzantini, Martín Agüero y Cocherito de Bilbao, los toreros vascos que le precedieron en el camino. Tuvo que viajar a la Alcarria para aprender el oficio, pero sus primeros triunfos nos seguían haciendo mirar hacia el norte, desde donde formaba una prometedora terna con Diego Urdiales y Francisco Marco, toreros de clase de Despeñaperros arriba, para desmentir a Cagancho. Pero su carrera está marcada por Madrid. Le costó solo dos años ganarse el respeto de la afición desde su confirmación en mayo de 2009. En 2011, corta cuatro orejas consecutivas en las Ventas y roza la puerta grande por su gran actuación con los toros de Cuadri en San Isidro. Es la época de aquellas recordadas corridas alternando mano a mano con David Mora, que traen a la fiesta un aire fresco de regeneración basado en el enfrentamiento con el toro íntegro y encastado, haciendo del toreo fundamental practicado según los cánones clásicos, un imperativo moral.

Son los años de la ansiedad por alcanzar una consagración que no acaba de llegar a pesar del gran ambiente con que cuenta en la plaza, en donde comparece varias veces a lo largo de la temporada matando todo tipo de encastes y casi siempre tocando pelo. En 2013, un toro de Parladé le hiere gravemente y se lleva por delante su apuesta de tres tardes en la isidrada, pero el de Orduña envida más y se anuncia otras dos en la feria de Otoño. En 2014, llega por fin el triunfo completo, un martes y trece de mayo, otra vez con ejemplares de Parladé, vestido de teja y oro, el traje que sería su mortaja en Air sur l’Adour. La afición lo entroniza como el nuevo torero de Madrid, en una corrida marcada por las grandes estocadas que recetó a sus toros, la primera cobrada en idénticos terrenos a aquélla que un año antes cambió por una cornada, la segunda retomando la costumbre de sus comienzos de entrar a matar sin muleta, suerte que ejecutó encunándose limpiamente en medio de la abierta cornamenta del toro, recibiendo una voltereta de la que salió ileso entre clamores de gran acontecimiento. Este triunfo le coloca en la cima de la corrida de la Beneficencia, alternando por fin con las máximas figuras a las que los mentideros taurinos atribuyen rumores de maniobras contra su trayectoria emergente y oscuros vetos en los despachos, que Iván enfrenta con gallardía, siempre dispuesto a discutirle el cetro al poderoso con sus armas y en el ruedo.


En esta pugna está el origen del gran gesto de su carrera taurina, cuando se anuncia en solitario el Domingo de Ramos de 2015 para abrir la temporada venteña y decirle al sistema que no le ha dejado entrar en los carteles de lujo de las ferias, aquí estoy yo. Y llena la plaza fuera de abono, algo que no se veía en Las Ventas desde aquellas citas con la magia de Curro o con el vértigo del José Tomás verdadero. Madrid acoge a veinticuatro mil almas llegadas al reclamo del toro de respeto del que huyen habitualmente los que mandan en las cartelerías adocenadas del monopolio. Pablo Romero, Adolfo Martín, Cebada Gago, José Escolar, Victorino y Palha, ahí es nada. Fandiño es un torero honesto con un gran fondo de valor, vistoso con el capote, variado en quites, atento siempre a la lidia, poderoso con la muleta y desigual con la espada, pero pierde el envite. Iván atraviesa la tarde con el gris de su vestido nublándole la mente, quizá ofuscado por la tensión del compromiso, derrotado antes de tiempo cuando es consciente de que no ha sabido hallar la lucidez ante varios toros de triunfo, y empieza a morir un poco cuando abandona la plaza entre almohadillas, rumiando el fracaso de su reto contra el tinglado falso que hace de la tauromaquia un espectáculo banal y sin sustancia.

A partir de ahí se inicia una cuesta abajo en la que va despareciendo del circuito de las ferias importantes, excepto en Madrid, Pamplona y Bilbao, los reductos del toro de verdad, en cuyo ambiente siguen flotando los restos de la ilusión de aquella apuesta cada vez que se anuncia, un no sé qué de respeto hacia la actitud del matador vasco, por encima de la impresión que ofrece de torero vencido. Hasta el final, ha dado la cara. Inició la temporada matando Victorinos en Madrid en otro Domingo de Palmas sin eco en los tendidos. En su última tarde en las Ventas, el programa de mano ilustra su portada con una imagen de Víctor Barrio, que ese día habría cumplido treinta años y en cuya última corrida en Madrid un año antes se enfrentó a toros de Baltasar Ibán, como el que le arrebató el futuro a Fandiño, por no perdonar un quite como solía.


En estos tiempos extraños de ídolos falsos es preciso reivindicar a los héroes discretos que no encuentran el debido reconocimiento a su esfuerzo callado. Transcurren sus días buscando un lugar en el umbral esquivo del éxito, y a veces llegan a pisarlo apenas un instante antes de ser expulsados de la dicha del triunfo. Tras la derrota, Fandiño se había reubicado en su rincón de siempre, el de la lucha diaria con el toro agresivo en una plaza escondida, y cuando intentaba reencontrarse, una lanzada en el costado lo despidió hacia la gloria de la eternidad de aquellos afortunados para los que la muerte sí tiene sentido. Que la tierra te sea leve, maestro. 

   

viernes, 16 de junio de 2017

LA SEMANA TORISTA

La semana torista cierra la feria de San Isidro desde hace tiempo según una fórmula que trata de mitigar un tanto el quinario que pasa el sufrido abonado con la tabarra del toro bobo que expulsa la casta de las tres semanas previas. Tras la larga travesía del desierto, este fin de fiesta es una bendición que barre de la plaza la mugre de tantas tardes y nos regala a cambio los toros de mirada aviesa y boca cerrada, la lidia azarosa en la que deben ponerse los cinco sentidos, el respeto al animal con el que el matador no puede estar a gusto ni disfrutar sino del que hay que cuidarse. La última semana de feria trae a Madrid la huida de las figuras de los carteles, la ausencia de apreturas en los accesos a la plaza, la piedra desnuda en los tendidos y la costumbre de la crítica oficial de cargar contra las ganaderías que comparecen en estas fechas para justificar su apuesta permanente por las vacadas comerciales. Se trata así de enmascarar la tropelía que se cometerá después en los premios oficiales, en los que la deliberación seguramente dura menos tiempo que lo que tardan los burladeros del callejón en llenarse de advenedizos para ver la corrida de gañote. De esta manera, viene de maravilla cerrar la feria embarcando para Madrid el encierro de Miura más blando y peor presentado que se recuerda y echar dos toros al negociado de Florito sin esperar a que se recuperen como se hace tantas tardes con otros hierros, a fin de otorgar el derecho de alicatado preferente en el patio del desolladero a la corrida de Domingo Hernández, para que su dueño pueda luego blasonar de bravura cuando lidia sus garcichicos por esas plazas de Dios.


El fracaso de la miurada se vio venir desde el principio cuando el público hizo saludar a Eduardo Dávila para agradecerle el gesto de reaparecer con los toros de su familia, de los que al final no mató ninguno. Estas cosas no fallan, ovación anticipada, tarde gafada. También defraudó la corrida de Adolfo Martín que se vino abajo en el último tercio y aún así el segundo regaló a Juan Bautista varias embestidas encastadas para comprometerse y apostar pero el francés tiró de repertorio convencional y ensayó un trasteo sin apreturas. En cambio, Antonio Ferrera anduvo muy serio toda la tarde buscándole las vueltas a su lote hasta que en las postrimerías de su persecución al cuarto por toda la plaza, le enjaretó en el siete varios naturales sueltos de relajada compostura y mucho aguante en el sitio de la verdad. Su prolongado empeño a punto estuvo de costarle el tercer aviso por esa manía que tienen los toreros modernos de plantear faenas interminables. La  tauromaquia actual del toro sin peligro favorece faenas largas de mil pases que el animal admite porque no necesita ser dominado, mientras los toreros se limitan a acompañar su viaje dócil en una danza previsible e incruenta. Pero el toro de estas últimas tardes es otro, no aguanta trasteos superficiales y aprende por momentos en qué consiste el engaño. Los matadores de ahora desconocen por completo que a Madrid siempre le ha bastado una faena sentida, breve y por derecho y una estocada en la yema para encumbrar a un torero, y aunque lo supieran, parecen haber olvidado los fundamentos técnicos del toreo clásico que exigen pisarle el terreno al toro incierto e intentar imponerse en las veinte embestidas que suele ofrecer. Por el contrario, se empeñan en una labor insustancial, vulgar y sin sentido lidiador alguno como la que  desarrollaron los diestros a los que les tocó en suerte o más bien en desgracia la corrida de Rehuelga, un vendaval de casta santacolomeña al que se afanaron en aplicar la filosofía del visitante de estación: cuando llega el tren del toro, en lugar de plantarse en la vía y hacerlo descarrilar, la mayoría se conforma con saludarlo desde el andén.


Quien sí se tiró a la vía fue Paco Ureña y desde allí esperó al toro más encastado de la feria, Pastelero, un Victorino de 520 kilos que desprendía trapío y fiereza en cada acometida. Toro de cara o cruz al que Ureña se impone en el primer envite para perder el segundo en la siguiente serie, un tanto desbordado por la agreste embestida. Se presiente combate nulo pero a partir de ahí, el lorquino vuelve a jugársela y deja en la retina dos series más, mandando mucho con la derecha, la faena convertida en un toma y daca emocionante, las espadas en lo alto a la espera de confirmarlo todo al natural. Por ese lado, el toro vende cara su posición pero Ureña extrae pases con valor sin cuento, aguantando un mundo y luego se ofusca alargando una obra que ya está hecha hasta concluir con un espadazo tendido que no basta. Se demora en tres descabellos que frustran dos orejas que tenía ganadas a ley.


La oreja de la tarde se la llevó Talavante por una faena en las antípodas de la guerra de Ureña, pues sorteó un Victorino bonancible que comenzó entregándose desde los buenos lances iniciales con que lo recibió y luego hizo el avión a modo cuando lo pasó de muleta en naturales bien rematados y otros con la derecha más ligeritos que culminaron en una arrucina que se dejó pegar el toro sin acordarse en ningún momento de su origen. Con su segundo oponente, Talavante no arriesgó en cambio un alamar, el extremeño quizá pensó que el gesto de anunciarse con una ganadería de verdad ya había concluido con ese triunfo parcial, que la ganancia a obtener no le compensaba el esfuerzo que requería un toro incierto que no iba a permitir arrucinas.

Tampoco admitía pases accesorios la seria corrida de Cuadri que mejoró en casta y movilidad respecto a comparecencias recientes. Sin embargo, José Carlos Venegas no tuvo mejor idea que rematar su faena al sexto encadenando bernadinas, pretendiendo aplicar a un toro poderoso esa práctica frecuente que ha sustituido a la de empalmar molinetes para extraer orejas pueblerinas de presidentes a favor de obra. Naturalmente el toro no se lo permitió y derribó al torero, poniendo a las claras quién mandaba en la plaza.

Al día siguiente, volvían a la feria los toros de Dolores Aguirre y como siempre inundaron la plaza del espectáculo de su encastada mansedumbre. Gómez del Pilar se llevó el lote de la corrida y rascó una orejilla barata por su labor al tercero que incluyó una larga cambiada, un quite por lopecinas y una faena solamente bullidora y efectista que nos llevó a la melancolía de constatar qué pocos toreros son hoy capaces de echar a un toro de comer cuando citan. La muleta retrasada es la norma acogida por la torería andante para mitigar el riesgo que siempre tiene traerse al toro toreado desde el inicio del viaje. Si luego al final no se remata el muletazo detrás de la cadera vaciando la embestida, nos encontramos con una sucesión de medios pases que sólo conduce al vacío.       

La tregua a las ganaderías duras llegó con el segundo pase de Alcurrucén, que en contra de lo que sospechábamos había guardado para esta semana algunos ejemplares de nota para quien quisiera darse cuenta. Lo hizo Juan del Álamo y el Cid desaprovechó una nueva ocasión para retomar el tren de la gloria. El primero abrió por fin la puerta grande aunque su éxito debe atribuirse a su cabeza despejada y atenta a pulsar los resortes de los ánimos de la plaza, no tanto a su voluntad de hacer el toreo cabal. En su haber debe apuntarse la forma en que comenzó la faena al tercero, doblándose con el toro hasta llevarlo con poder a los medios, fijando con torería un comportamiento que hasta entonces había sido abanto, enseñándole a embestir, en definitiva. Después, desgrana varias series por ambos pitones por las afueras del peligro, y el innegable temple y largura con que dota a los pases levanta las ovaciones acostumbradas pero no las enciende de la emoción que sin duda tendrían si además en la obra hubiera hondura. La plaza termina de entregarse con la estocada arriba y la muerte espectacular del toro en los medios. A partir de ahí, los sospechosos habituales comienzan a mover los hilos del triunfalismo desaforado para conseguir las dos orejas, el matador se pega la carrerita reglamentaria pegando saltos como si acabara de marcar gol, los carontes de las mulas demoran su acto de presencia en el ruedo y luego tardan más en arrastrar al toro que si Fernando Alonso lo intentara con su McLaren, pero el presidente Trinidad tira de dignidad, se guarda el segundo pañuelo y deja todavía un resquicio en la puerta grande por si el mirobrigense quiere colarse por él apostándolo todo al sexto de la tarde, un manso pregonao de complicada embestida. Del Álamo le espera en los medios sin probaturas pero va de farol, y se acaba quitando antes de que el toro le quite a él de en medio. Ya en el tercio, hace el esfuerzo y empieza cargando la suerte en el sitio, pero luego la faena se diluye entre medios pases que no someten al toro y algún atragantón donde hay valor pero no dominio, antes de ver claro que a un público a favor deseoso de desagraviar al torero le bastará una estocada desprendida para solicitar la oreja. Así es y así sucede, mientras el Cid, que tuvo un lote para volver a reventar Madrid, que estuvo mal con la corrida pero que pese a todo, dejó en el cuarto una serie de naturales parecidos a los de su época grande, contempla la escena desde el burladero de su frustración.


La Beneficencia fue la coda previsible al espectáculo decadente que representó la feria. Resulta un milagro que veinticuatro mil almas llenaran la plaza a despecho de los cuarenta grados en los termómetros, y del ganado de saldo con el que Victoriano del Río repetía en Madrid. Apenas un cambio de mano del Juli, un galleo de Manzanares y un puyazo arriba de Paco María fue lo que se llevó de la corrida el Rey Felipe para meditar fuera de las cámaras si merece la pena volver a los toros más allá de la obligación protocolaria. Es posible que ni siquiera los vivas a su persona con que a lo largo de la tarde los tendidos recalentados espantaban el tedio, le hagan regresar.


sábado, 10 de junio de 2017

EL MADRID ES GANAR EN PRIMAVERA


Mi primer recuerdo futbolístico va ligado a una camiseta de Amancio con la que mi padre me sorprendió después de uno de sus viajes a Madrid cuando yo debía tener no más de cinco años. Me la puse pocas veces en mi afán de preservar su blancura resplandeciente de los primeros días, el rutilante número siete azul de la espalda, su mítico escudo dorado sobre el pecho. Mi padre acompañó el regalo con una fábula que incluía un encuentro casual con el mítico extremo en el Bernabeu, en donde el propio Amancio le había dado la camiseta exclusivamente para mí y no tuvo que emplearse mucho en aderezar el cuento para hacer de aquel niño, un devoto madridista para siempre. Desde entonces, cada cita con el Madrid era un acontecimiento al que yo asistía desde el reclinatorio, cautivado por la dignidad de aquellos héroes sin estridencias, fascinado por el esplendor en blanco y negro que llegaba desde el televisor, por el fulgor de aquellas camisetas no mancilladas por marca alguna. Los jugadores que las vestían aún no estaban más pendientes de su imagen que del honor del escudo y consagraban cada partido a correr más que el contrario, a poner sus cinco sentidos al servicio de su calidad innegable, a defender a toda costa la máxima no escrita de dejar todo en el campo hasta el último aliento del encuentro. Así era como Pirri imponía su ley en cada esquina del terreno, a Camacho no le hacían dos veces el mismo regate y Santillana se elevaba sobre las defensas desde su físico mediocre, convirtiendo aquel vuelo inolvidable en el milagro de cada tarde.


En el Madrid de mi infancia ganar la liga era una costumbre heredada a partir de la llegada de Di Stefano veinte años atrás, una obligación que se celebraba desde el comedimiento de la satisfacción con el deber cumplido. Era la justa recompensa para el trabajo diario, el salvoconducto necesario para perseguir el sacrosanto grial blanco, la Copa de Europa, a la que se optaba en cada ocasión con humildad y orgullo, con once jabatos de la fábrica y alguna incrustación foránea que a menudo alcanzaban la proeza de plantarse en semifinales, llegando incluso a rozar la gloria en el inicio de la siguiente década en la final perdida de París, en donde la realidad de los García se estrelló contra la solidez inglesa de los diablos rojos.


En lo que llevamos de siglo, la leyenda de Don Santiago arengando a sus hombres tras la derrota y apagando la luz de la última estancia del vestuario había sido sustituida por la abundancia de medios no siempre al servicio de un proyecto deportivo coherente. La imagen del canterano corriendo la banda con el brazo en cabestrillo que consideraba su pertenencia al Madrid como un privilegio sólo al alcance de los elegidos, había dado paso a la foto de la estrella que pedía aumento de sueldo tras haber marcado un gol histórico y luego acostumbraba a sestear la mayor parte del año con la esperanza de hallar de vez en cuando, un triunfo deslumbrante con el que seguir engrasando la maquinaria del star system.

Por fin este año, la excelencia. La vuelta a los orígenes llega de la mano de un mago marsellés en cuya sonrisa humilde se atisba la eternidad del triunfo. Sesenta años después del nacimiento del mito del Madrid avasallador en Europa, se está configurando otro equipo quizá destinado como aquél a encadenar títulos sin pausa. Su dimensión depende del tiempo que permanezca en Cristiano el hambre insaciable de Don Alfredo, de las veces que Marcelo se acuerde de las galopadas de Gento corriendo por la banda, de que Bale se convierta en un Puskas del siglo XXI y siga destrozando redes a pesar de su condición física. Mientras Modric se vista de Velázquez tirando líneas entre las defensas contrarias y Benzema repita la del Buitre pespunteando las costuras del campo, todo estará a salvo porque Casemiro guarda la casa como un cruce perfecto de Seedorf y Stielike.


La excelencia es necesaria ya que el Madrid no sólo juega frente al equipo rival sino contra el odio universal a su grandeza. Cualquiera de sus derrotas alcanza el nivel de cataclismo y se organizan debates maratonianos sobre quién debe jugar de lateral derecho. Sus debacles son tan celebradas por los contrarios que se olvidan de su propio y legítimo orgullo para alardear falsamente de no querer ser como el vecino. Sus fichajes millonarios les parecen inmorales a los hipócritas que gastando lo mismo encubren sus manejos financieros bajo el disfraz de los valores, y no les basta ganar más que nadie en una década para seguir enarbolando la bandera del victimismo.

Ladran luego cabalgamos. Es divertido ser del Real Madrid y dejarse llevar por la emoción de un equipo que cuando toca a rebato se siente invencible, poder sentir todavía la alegría del niño en aquellos días gloriosos en que juega su Madrid, cerrar los ojos y ver a Juanito saltando camino del vestuario, a Casillas tapando un balón imposible, a Raúl mandando callar. El Madrid es alcanzar la cima doce veces y no conformarse. El Madrid es ganar en primavera.