miércoles, 25 de mayo de 2016

LA DEMOLICIÓN DEL RITO

        La septuagésima edición de la feria de San Isidro comenzó sin estridencias, casi de incógnito, con la sordina forzada a la que se somete el extraño que no quiere molestar demasiado por si le echan a patadas de la fiesta. El ninguneo de la tauromaquia en los medios de comunicación masivos va haciendo su efecto y la propaganda animalista se va asentando en la mente del españolito medio que contempla al aficionado a los toros como si fuera un chalado venido de otra época. Dejamos atrás un invierno duro, fecundo en afrentas contra el rito milenario que en estos tiempos estúpidos tiene que soportar cómo en un programa televisivo se tacha de asesinos en serie a sus oficiantes más mediáticos sin que a éstos se les mueva un músculo de la cara. En este momento crucial en el que los cánticos electorales anuncian escenarios de prohibición, es preciso fortalecer la fiesta, afianzar el rito, apostar por el toro íntegro y encastado, hacer del toreo fundamental practicado según los cánones clásicos, un imperativo moral. Todo lo contrario es lo que ha sucedido en la primera mitad de esta feria que la empresa anunció como la más importante de los últimos años y que, sin embargo, ha construido con la endeblez ya conocida del toro bobo y sin pujanza y de la figura acomodada, ayuna de ambición.


         Soplan vientos hostiles contra esta pasión que nos convoca a la plaza cada tarde y lo han hecho también en sentido literal en este año 16 en el que a mayo le ha dado por marcear a base de bien, circunstancia que han vuelto a aprovechar los mercaderes de guardia para seguir reclamando la cubrición del templo con el fin de seguir explotándolo en sus múltiples proyectos extrataurinos y así convertir la lidia de toros bravos en un pretexto cada vez más debilitado y fácil de avasallar. En tanto llega ese día, el sufrido abonado va desertando del tendido en mayor medida cada año y el público de la primera plaza del mundo se va despersonalizando poco a poco, convertido en masa de aluvión de corte triunfalista, ávido consumidor de viandas varias y bebidas espirituosas con las que entretener mejor las numerosas tardes vacías de contenido en el ruedo. Al menos desde la andanada, nos queda el consuelo de disfrutar de los magníficos atardeceres que estos días se han convocado por encima de los tejadillos del coso, en donde a causa de los avatares meteorológicos el ocaso de cada tarde viene teñido este año con tintes apocalípticos, a tono con el ambiente general.





         Para contribuir a defender mejor nuestro tinglado, fracasaron casi todas las ganaderías que habían dejado entrever esperanzas de regeneración del encaste Domecq en la isidrada anterior, desde Juan Pedro hasta Pedraza, y sólo Montealto, el Torero y Flor de Jara se movieron en el son de interés mínimo exigible a un toro de lidia en una plaza de primera. De Cuvillos y Fuente Ymbros apenas esperamos ya nada, como tampoco de la inevitable cuota de ejemplares de la familia Fraile. La ganadería agraciada este año con el premio de comparecer en la feria por partida doble ha sido la de Alcurrucén y entre los aficionados nos preguntábamos cuál de las corridas anunciadas sería la buena teniendo en cuenta que en la primera se anunciaba el Juli, apoderado por la Casa Lozano. Pues salió mala. Una mansada infumable despachada con prisas por Julián, incómodo como siempre que viene a Madrid, sin la excusa esta vez de la hostilidad del público, que soportó con tibieza sus poderosas maneras de toreo por las afueras y esa forma tan elegante de llegar y salir de la cara del toro, tal si fuera un defensa lateral derecho que se dispone a sacar un corner. En cambio a Castella se le contestó bastante su toreo lineal y aburrido, y el gallo francés se encaró con los discrepantes disgustado por lo que debió considerar una falta de respeto a su condición de triunfador del año pasado. Aun nos quedan dos tardes de Castella en Madrid y la afición que le sacó a hombros hace no tanto, espera su regreso con un entusiasmo perfectamente descriptible. Y es que la gloria en Las Ventas es efímera y los pases cambiados que antes se le ponderaban al francés apenas reciben ahora tibias palmas de la sombra siempre satisfecha, enamorada de repente del nuevo diestro de moda, un veinteañero lampiño que ha llegado de Lima para quedarse.


         Se llama Andrés Roca Rey y del mismo modo que se dijo que Manolo Vázquez vino a la fiesta para poner el toreo de frente, el peruano parece empeñado en ponerlo de espaldas, tal es su gusto por los trasteos efectistas más preocupados por impactar a las impresionables gentes con trucos de prestidigitador que por desplegar el toreo fundamental. Resulta innegable que Roca Rey tiene un valor extraordinario y una cabeza privilegiada. Es lástima que dilapide esas cualidades prodigando suertes tan vistosas como insustanciales y que en solamente un año haya olvidado el sitio que pisaba de novillero, para deslizarse sutilmente hacia ese lado que sus mentores le habrán vendido como escenario seguro para sumar muchas tardes alternando con las figuras. En su primera comparecencia abrió la puerta de Madrid y uno apenas recuerda una serie de naturales decentes entre la profusión de pases cambiados por la espalda, arrucinas y pedresinas varias que encandilaron al personal.




         Su trayectoria hace fácil predecir que mandará en el toreo de los próximos años y es tal su influencia que el escalafón entero se ha lanzado a un frenesí de gaoneras, saltilleras y caleserinas practicadas sin la misma fortuna que el peruano, fuegos de artificio capotero que han desterrado de la plaza el toreo clásico a la verónica. Sólo Ponce dejó en su única comparecencia un manojo decente en que reunió varios ejemplares del lance que inventó Costillares, con su acostumbrada elegancia, y luego se entretuvo en componer una faena tan bella como superficial, saludada por la prensa como acontecimiento planetario.


         Roca era el rey de la feria y su desnudez no quedó definitivamente en evidencia hasta la tarde en que a David Mora le tocó en suerte el toro Malagueño, de la ganadería de Alcurrucén, al que desorejó en la media hora más emotiva que se ha vivido últimamente en Madrid. El toro era un tacazo con la embestida más extraordinaria que soñar pudo un hombre para dejar atrás un calvario de dos años de recuperación tras su terrible cogida de 2014 en esta misma plaza. Una embestida ahormada primero por dos puyazos arriba de Israel de Pedro en los que el toro cantó su bravura y luego depurada con delicadeza de orfebre por Ángel Otero, más que peón de confianza, ángel de la guarda de Mora en la tarea de restañar a favor del toro las heridas causadas por los mantazos que sufrió en el turno de quites de Roca Rey por saltilleras y en la respuesta corajuda de Mora por gaoneras ceñidísimas ejecutadas sin mover un alamar. Tras el obligado brindis a Padrós, el médico que le rescató de las puertas del averno, Mora parecía empeñado en seguir replicando al ídolo Roca con el consabido pase cambiado por la espalda y por momentos dudaba entre ese efectismo y el inicio clásico con la muleta por delante más acorde con la distancia que mediaba con el toro y los terrenos del uno en los que se encontraba, pero eligió la opción primera, no le dio tiempo a vaciar el viaje del toro y fue atropellado en espeluznante voltereta de la que se levantó conmocionado y con negros presagios de dificultad motora en las piernas. Afortunadamente se recuperó y volvió al tercio para dejar en nuestros paladares el más bello inicio de faena al que hemos asistido desde hace mucho tiempo, por estatuarios sin truco, ayudados, trincherillas y pases de la firma, todo ello muy mecido, muy sentido, la plaza boca abajo y nuestros corazones en pie. El prólogo prometía cante grande pero cuando David empezó a torear en redondo se sucedieron las series sin la excelsitud que la boyantía del toro demandaba, toreo en paralelo sin acabar de dar el paso adelante, de innegable plasticidad pero de hondura menor. Sólo al final de la faena, cuando se acordó de que un triunfo grande en Madrid precisa de torear con la izquierda para serlo, surgieron naturales de verdadero encaje, sobre todo en una serie bellísima, la verticalidad de la figura y la profundidad del remate hacia adentro finalmente aunadas y el clamor surgido de la emotividad de la tarde acompañando por igual lo bueno y lo menos bueno. El madrileño se fue detrás de la espada con rectitud y el toro salió prácticamente rodado tras el último vuelo de la muleta perdida en el embroque.





         Pero el que mejor ha toreado en la feria se llama Paco y se apellida Ureña. Las dos tardes de su isidrada han estado marcadas por el mismo planteamiento, el de la naturalidad y la disposición sin trampa. Ha sorteado toros buenos, menos buenos e imposibles y a todos les ha pisado el mismo sitio, aquél en el que todos embisten. Si luego su viaje se encuentra con una muleta que los lleva templados detrás de la cadera y un hombre encajado aguanta la posición sin perder terreno para ligar ese pase con otro a continuación, es cuando aparece el milagro del toreo. Ese milagro lo trajo Ureña a Madrid para desmentir a los portavoces de lo de todos los días, a los que pretenden colar como excelencia la vulgaridad impostada ante un animal indecoroso, por su trapío o por su casta, a los que proclaman que torear así es imposible. Llegó Ureña y en todos sus trasteos se puso a torear sin probaturas, pronto y en la mano, como decía Chenel, con la profundidad que surge de cargar la suerte torendo hacia adentro, a despecho del viento, la lluvia y la embestida humillada o violenta del que le tocara en suerte. La segunda tarde además, con el mérito añadido de dar la cara en Las Ventas con una cornada envainada en el muslo que había sufrido días antes y que no se quiso operar hasta comparecer en Madrid. No salió en hombros por culpa de una espada que maneja con más corazón que buena técnica pero la afición tomó nota de su apuesta sincera y saludó las formas de Ureña con los olés roncos de las grandes ocasiones.




          Alejandro Talavante ha pasado por la feria dando la cara con dignidad. La última evolución de su toreo parece en realidad una involución positiva a los tiempos en que tanto gustó de novillero, si bien no sabemos si este nuevo afán de pureza es fruto de una voluntad decidida o un camino que se ha visto obligado a tomar en vista de que Roca Rey le ha arrebatado el discurso de la improvisación y el pase de birlibirloque. Alternaron juntos dos tardes, y al extremeño se le vio cariacontecido porque la vorágine del éxito del peruano opacó su interesante faena a un Cuvillo revirado, con el que aguantó a pie firme varias series de emocionantes naturales en el sitio de la verdad. En su última tarde arrancó otra oreja de menos peso por una faena de insistencia a un Fuente Ymbro rajado, y al hilo de las tablas volvió a las andadas del toreo efectista.                 

         Se han cortado bastantes orejas en lo que llevamos de feria y la diferente calidad de las faenas premiadas habla a las claras de la cambiante condición del público de Madrid. La dureza de otros tiempos ha quedado definitivamente diluida y se siguen regalando orejas en las tardes plúmbeas en que aparece un toro que medio se mueve y trasteos sin verdadera enjundia como los de Juan del Álamo o Morenito de Aranda, se ven agraciados por el tendido dadivoso al que le importa una higa la categoría de la plaza si con el obsequio las buenas gentes se van a sus casas con el buen sabor de boca de haber asistido a un triunfo, aunque éste sea de cartón piedra. En cambio, sí se premió con justicia el toreo bien compuesto y relajado de Juan Bautista al primero de su única tarde en la feria, oreja que en seguida devolvió el francés al no querer comprometerse con el segundo de su lote, de condición no tan pastueña.



         La primera plaza del mundo aparece más desnortada que nunca en una cuesta abajo cuyo último peldaño aún no se adivina. Se siguen aplaudiendo desarmes, bajonazos perdiendo la muleta y pares de banderillas a toro pasado. El día de San Isidro, en medio del desastre general de invalidez y toros devueltos, la gente amenizaba los trabajos de Florito dando palmas y coreando las piezas que la banda atacaba de entre lo más castizo de su repertorio. A la salida, un niño ensayaba con su muletita pases cambiados por la espalda. No sé dónde vamos a llegar.

viernes, 8 de abril de 2016

LA CAMISETA DE AMANCIO

Mi primer recuerdo futbolístico va ligado a una camiseta de Amancio con la que mi padre me sorprendió después de uno de sus viajes a Madrid cuando yo debía de tener cuatro o cinco años. Me la puse pocas veces en mi afán de preservar su blancura resplandeciente de los primeros días, el rutilante número siete azul de la espalda, su mítico escudo dorado sobre el pecho. Mi padre acompañó el regalo con una historia que incluía un encuentro casual con el mítico extremo en el Bernabeu, en donde el propio Amancio le había dado la camiseta exclusivamente para mí y no tuvo que emplearse mucho en aderezar el cuento para hacer de aquel niño, un devoto madridista para siempre. Desde entonces, cada cita con el Madrid era un acontecimiento al que asistía desde el reclinatorio, cautivado por la dignidad de aquellos héroes sin estridencias, fascinado por el esplendor blanco que llegaba desde el televisor, por el fulgor de aquellas camisetas no mancilladas por marca alguna. Los jugadores que las vestían aún no estaban más pendientes de su imagen que del honor del escudo y consagraban cada partido a correr más que el contrario, a poner sus cinco sentidos al servicio de su calidad innegable, a defender a toda costa la máxima no escrita de dejar todo en el campo hasta el último aliento del encuentro. Así era como Pirri imponía su ley en cada esquina del terreno, a Camacho no le hacían dos veces el mismo regate y Santillana se elevaba sobre las defensas desde su físico mediocre, convirtiendo aquel vuelo inolvidable en el milagro de cada tarde.




En el Madrid de los setenta ganar la liga era una costumbre heredada a partir de la llegada de Di Stefano veinte años atrás, una obligación que se celebraba desde el comedimiento de la satisfacción con el deber cumplido. Era la justa recompensa para el trabajo diario, el salvoconducto necesario para perseguir el sacrosanto grial blanco, la Copa de Europa, a la que se optaba en cada ocasión con humildad y orgullo, con once jabatos de la fábrica y alguna incrustación foránea que a menudo alcanzaban la proeza de plantarse en semifinales, llegando incluso a rozar la gloria en el inicio de la siguiente década en la final perdida de París, en donde la realidad de los García se estrelló contra la solidez inglesa de los diablos rojos.




De aquel espíritu, hoy no queda apenas nada. La leyenda de Don Santiago arengando a sus hombres tras la derrota y apagando la luz de la última estancia del vestuario ha sido sustituida por la tragedia de un presidente que ficha los jugadores por estrategia comercial al margen de un proyecto deportivo coherente. La imagen del canterano corriendo la banda con el brazo en cabestrillo ha dado paso a la foto de la estrella mercenaria que desconoce la historia y se borra del campo al primer contratiempo. Aquellos hombres ponían el compromiso profesional por encima de sus intereses personales y no pedían aumento de sueldo tras haber marcado un gol histórico porque consideraban que pertenecer al Real Madrid era un privilegio sólo al alcance de los elegidos. Una liga ganada en las últimas siete temporadas es el vergonzoso botín de esta plantilla actual de niñatos consentidos que acostumbran a sestear la mayor parte del año con la esperanza de hallar de vez en cuando un triunfo deslumbrante con el que seguir engrasando la maquinaria de un star system bochornoso que les consiente desempeñar la décima parte del esfuerzo que les sería exigible de acuerdo a sus ingresos multimillonarios.


Mientras el personal siga aplaudiendo sus goleadas intrascendentes y se conforme con hacerse una foto junto al ídolo vacío, el espectáculo puede continuar. La cuenta de resultados lucirá espléndida al tiempo que crece el consumo de pipas en el estadio, pero el prestigio madridista se irá situando poco a poco al nivel de aquella camiseta de Amancio que algún tiempo después de haber perdido de vista descubrí convertida en trapos con los que mi madre se entretenía en limpiar los cristales de mi desolación. 



sábado, 5 de marzo de 2016

LA BARBA Y LA COLETA

LA BARBA Y LA COLETA

         Cuando los socialistas llegaron al poder en los años ochenta del siglo pasado, la derecha sociológica se apresuró a proclamar que aquellos muertos de hambre de la chaqueta de pana no tardarían en malversar los caudales públicos en beneficio propio como no podía ser de otra manera debido a su origen humilde. En cambio, ese peligro no existía con los instalados de siempre, los ricos de toda la vida, cuyos grandes patrimonios eran la vacuna necesaria para prevenir las tentaciones de latrocinio consustanciales a la condición humana.  
        
         El paso del tiempo ha venido a quitar la razón a este argumento confirmando que la codicia de la clase política de cualquier signo no conoce límites. Ni siquiera haber colmado las ambiciones de mando durante una larga temporada satisface el hambre del poderoso que inevitablemente necesita un estímulo económico añadido al estipendio oficial para no tener la sensación de estar perdiendo el tiempo mientras proclama su abnegación a la causa pública. La enorme estructura del Estado ha sido la cobertura perfecta para que todos los niveles de la administración hayan venido dando cobijo desde siempre a un organigrama perverso en el que las empresas engrasaban la maquinaria de los partidos para obtener su parte en el negocio a cambio de mordidas y gabelas varias con las que llenar las exigencias económicas del sistema y de sus peones. Llegados a este punto de notoriedad en la existencia de estas prácticas, resulta lamentable asistir a las protestas de desconocimiento que prodigan los jefes del cotarro, empeñados en seguir cabalgando su indignidad a lomos de leyes electorales injustas y aforamientos redentores, atrincherados como están en el burladero de la impunidad y el privilegio.

         Frente a todo ello, se alza en estos días la necesidad de un tiempo nuevo, un futuro en el que la sociedad tenga mecanismos de defensa reales contra la corrupción y en donde la representación del pueblo se establezca adecuadamente en unas instituciones organizadas de acuerdo con la transparencia absoluta y la separación de poderes. Sin embargo, esta exigencia se ve amenazada desde el inicio por actores mediocres que tienen el panorama bloqueado entre el tacticismo y la triquiñuela, y no conciben otra forma de hacer política que la de sobreactuar para obtener el favor de su parroquia en una comedia lamentable titulada para nuestra desgracia, el ansia de poder.

         Vivimos atrapados entre la barba y la coleta. La vieja y la nueva política son en realidad la misma y se retroalimentan la una a la otra de manera evidente para ir ensayando un frentismo que les proporcione cuanto antes provechosos réditos electorales. Ambas se mueven con más soltura en el diseño de la estrategia política que en la defensa de los intereses públicos y parecen más interesados en prodigar gestos para la galería que en trabajar duro y gestionar con diligencia. Así vamos asistiendo con impotencia a inocuos escenarios de estupidez en los que unos son contestados con impostada grandilocuencia por los otros, mientras ambos persiguen el objetivo de encubrir su indigencia intelectual y su inmensa miseria moral. No otra cosa es traicionar los ideales que llenaron nuestras plazas no hace tanto con continuos ejercicios de trilerismo político consistentes por ejemplo en hacer de la justicia impositiva un tótem programático y amparar a las primeras de cambio que uno de tus ideólogos utilice artificios fiscales para declarar fondos de dudosa procedencia. La guinda viene después cuando el partido que demoniza este escándalo lleva financiándose ilegalmente casi desde su fundación y ha hecho del dinero negro la moneda común de su gestión económica. El entretenimiento de estas escaramuzas es innegable y sirve para ir distrayendo al personal con rifirrafes cosméticos por el nombrecito de una calle al tiempo que en las administraciones que controlan sigue la fiesta al compás del nepotismo y de la cantinela del qué hay de lo mío.  

         La barba y la coleta. La casta y la careta, bailan con sincronía cómplice su danza de conveniencia hasta las nuevas elecciones, escenifican un paso a dos que aquí monta un escrache para justificar una mordaza y allí ocupa una capilla para que las dos Españas vuelvan a recordarse su cita terrible del treinta y seis. Ante el riesgo de que unos asalten los cielos, los otros levantan el vuelo apelando al voto del miedo, el que impide que otra España se abra paso y se libere de una vez del maldito guerracivilismo y de la corrupción. Esa otra España se desangra necesitada de líderes valientes que aparquen la prepotencia del truco y el gesto y dejen de balbucear sus tímidos propósitos de regeneración para comprometerse en una verdadera refundación democrática que no quede una vez más aplazada bajo el ruido de fondo de su propia lucha de ambiciones. Una España, en fin, que tenga la oportunidad de escapar del fatal vaticinio de aquel verso terrible del poeta Gil de Biedma:

De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal. 

sábado, 6 de febrero de 2016

LA MAGIA DE CÁDIZ



Amanecimos en Cádiz un día gris del mes de febrero de 1992 después de una noche para dos en coche cama. La promesa del tren nocturno anunciaba romance y aventuras pero el traqueteo continuo del vagón del amor sólo trajo el pudor de mi novia y los cuerpos quebrantados. La pensión que permitía nuestro escaso presupuesto era un triste establecimiento de la calle Ancha donde por fortuna el matrimonio que la regentaba se encargaría de brindarnos el calor de hogar ausente de unas paredes con demasiados desconchones. Se imponía lanzarse a la calle para sacudirse el desencanto y de inmediato, la luz mortecina de la habitación dejó paso al deslumbramiento de la Plaza de San Antonio, al imponente espectáculo de la claridad de sus fachadas inundando los ojos a pesar de las nubes, maravilloso velamen multicolor de un barco que en cubierta montaba cada noche un insólito escenario de ingenio y poesía. Pronto descubriríamos ese espectáculo en el tablao levantado en un extremo de la plaza, pero antes, ya por la tarde, callejeando en búsqueda de la alegría, nos topamos con una algarabía musical que llegaba desde un patio abierto a espaldas de la Plaza Mina, allí donde se erigía el drago milenario que llegó a dar sombra a los padres de la Constitución del 12 y ahora cobijaba la magia encarnada en una docena de chirigoteros que elevaban en cada nota la gracia a la categoría de arte a ritmo de tres por cuatro. ¡Y todo ello se desplegaba ante nuestras miradas absortas, apenas a dos metros de distancia! Se trataba de la chirigota del Noly, tercer premio ese año en el concurso del templo de los ladrillitos coloraos, la final del teatro Falla que desde entonces he seguido desde la distancia con la nostalgia inevitable de no poder acudir cada año a la ciudad en la que espera la dicha a la vuelta de cada esquina.

Y es que Cádiz es un laberinto que se recorre extasiado por la certeza de que perderse es encontrar la belleza si se te aparece el milagro del carnaval en un tablao cualquiera de una mínima placita repleta de coplas, o incluso a pie de calle donde las decenas de agrupaciones “ilegales” que no concursan en el Falla pueden convertir un paseo sin pretensiones en una auténtica fiesta. El carnaval se hace presente en la ciudad entera y tan pronto se agiganta con la grandilocuencia de los carruseles de coros desafiando la angostura de las calles en la Viña, como te seduce en la mínima expresión de un solo hombre recitando en un callejón su romancero a los cuatro vientos que desde hace tres mil años barren las tristezas en este bendito lugar.

En aquel año de elefantiásicos acontecimientos a mayor gloria del presupuesto nacional, tuve la suerte de que el destino me llevara a Cádiz, donde la mejor exposición se disfruta contemplando los atardeceres de la Caleta y uno no cambiaría el más exclusivo de los banquetes por la delicia de zamparse un papelillo de chicharrones mientras se toma un moscatelito acodado en la barra del Manteca. En la ciudad de los prodigios se puede asistir a un fastuoso musical escuchando el popurrí de una comparsa, sin mayor acompañamiento que el punteao de una falseta, un bombo y una caja, y las orquestas sinfónicas van montadas en carrozas desde donde su majestad el tango hipnotiza a la concurrencia con la maravilla del tirititrán.

El microcosmos gaditano se alimenta a sí mismo con un star system integrado por genios que dejan de ser ídolos cuando cruzan las puertas de tierra y se convierten en mortales excepto para los que extramuros de la ciudad, conocen el secreto. Yo también salí de allí enamorado de esa extraña locura que conecta las mentes de los que escuchan un tango no a Gardel sino al tío de la tiza, aquéllos que viven todo el tiempo en clave carnavalera porque cuando les hablan de pasodoble no piensan en “España cañí” sino en el arte de Paco Alba, los enajenados que mueren con un cuplesito bien marcado y aderezado con el ingenio del Yuyu o el Selu, chirigoteros cum laude por la gracia del dios Momo.

Allí los niños no cantan los éxitos de moda sino las cuartetas de Martínez Ares, el genio que elevó el pasodoble a la categoría de milagro y que este año vuelve a las tablas tras trece años de ausencia y orfandad para su legión de fanáticos. Su regreso ha sido un acontecimiento más importante que la llegada a la alcaldía del Kichi, otro comparsista, y es que en este glorioso rincón hasta el himno del Cádiz se entona con aire chirigotero, y con las coplas que van lanzando los cantaores, se hacen las gaditanas tirabuzones.

A los extraños que de vez en cuando nos adentramos por unos días en el hechizo de la tacita escondiendo nuestra poca gracia detrás de un antifaz y un pito de caña, las coplas nos consuelan y nos abrigan un tanto el corazón para el resto del año, una vez expulsados del paraíso.  





martes, 5 de enero de 2016

YA VIENEN LOS REYES

YA VIENEN LOS REYES

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraba los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

        
         Por el cinco de enero, yo solía asistir cada año a la extraña ceremonia en la que mi padre se pintaba la cara de negro para convertirse en el Rey Baltasar de los alumnos del colegio que dirigía. Al día siguiente, la Caja de Ahorros que contribuía a la financiación de aquel centro organizaba para los hijos de sus empleados su particular día de reyes en el salón de actos de la entidad, y allí acudíamos todos para recibir de sus majestades en persona un regalito adicional a los que ya habíamos encontrado nada más levantarnos en la intimidad de nuestras casas. Aún recuerdo el nerviosismo que me paralizaba cuando por los altavoces el presentador del acto pronunciaba mi nombre y me apremiaba a subir al estrado porque el rey Gaspar esperaba con el juguete que yo mismo había elegido en la lista que mi padre, con la escasa habilidad que siempre ha tenido para preparar sorpresas, me había mostrado días antes. Lo cierto es que mientras mi rey predilecto me entregaba el paquete y yo posaba sonriente para la foto, mi mente empezaba a atar cabos antes de lo debido, pues aquel Gaspar hablaba con acento manchego y se le notaba mucho la barba de pega, era bastante más gordo que el de la cabalgata del día anterior y el Baltasar que me despedía con su sonrisa de carmín barato cuando mi momento de gloria había terminado, había sido sustituido por un impostor que ya no era mi padre.


Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.


          Miguel Hernández fue el primer poeta que leí en mi vida. En la antología que cayó en mis manos entonces, no aparecía este poema tremendo sobre su infancia de penas y cabras que no redimió ningún mago de oriente, pero en aquellos tiempos en que yo empezaba a descubrir el secreto, ya podía presentir que la injusticia de la existencia también alcanza a la distribución de presentes en la noche mágica y que ningún juego de manos consigue que los hijos de familias pobres eviten la desolación de contemplar por la mañana cómo sus vecinos pudientes han sido más beneficiados en el reparto. Para rematar la falta de pedagogía con que las bienintencionadas mentes de los progenitores de todos los tiempos adornan el cuento, se sigue repitiendo sin rubor la cantinela del buen comportamiento como garantía segura de encontrar lo que uno anhela brillando entre zapatos. Lo sorprendente es que el cerebro infantil pueda recuperarse de la decepción de comprobar cómo el compañero rico y cabroncete que te ha estado masacrando todo el año se pasea con la bicicleta que el monarca despistado se olvidó de llevar ante tu puerta.


Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

      

         El pobre Miguel Hernández no recibía nada la mañana del seis de enero, por más que insistiera en sus lamentos. Hoy como entonces serán muchos los niños que encontrarán sus zapatos helados de pobreza en la humilde ventana, sin que ningún rey coronado acuda para mitigar la desnudez terrible del alma que habita la intemperie de los más desfavorecidos, mientras el mundo sigue girando al son de la desigualdad. Feliz noche.   

sábado, 5 de diciembre de 2015

FELIZ NAVIDAD



         Las vísperas de la Navidad siempre han estado unidas en mi mente a sensaciones placenteras, aquéllas que me llevan a los días azules de una infancia feliz nimbada por sabores dulces y tonadas cálidas. La vida era todavía entonces una luminosa travesía donde en diciembre hacía frío, y las vacaciones escolares se iniciaban con la promesa de fecundas jornadas a la intemperie de la ciudad levítica en las que uno se abrigaba con la camaradería de los amigos y la certidumbre de la vuelta a casa en plenitud, a la alegría de sentir el calor del hogar vibrando en las mejillas y confortando el corazón.

         Luego el tiempo pasa, nos vamos volviendo viejos y uno se da cuenta de que la vida es como el café, huele mejor que sabe, siempre es más rico el deseo que la realidad, la víspera que la fiesta. Este año, ni eso. Nuestro astuto presidente ha tenido a bien irrumpir en los preparativos del jolgorio a fecha fija, convocando unas elecciones generales navideñas, sin duda para que no vaya mucha gente a votar, enfrascado como estará el personal en sus compras y desplazamientos, que dicen los analistas políticos que a mayor abstención, triunfo seguro de la derecha, debe ser que los de izquierdas estarán más preocupados con la cosa del vuelve a casa vuelve por Navidad.

         Don Mariano ha decidido cargarse la suave cuesta abajo que va desde el puente de la Constitución hasta el día de Nochebuena para boicotear la relajación habitual que se suele adueñar del ambiente laboral del país por estas fechas, y amenizará las dos semanas que restan para la gran cita con la tabarra de los cánticos electoralistas fabricados para no cumplirse, mientras el resplandor de las sonrisas dictadas por los asesores de imagen sustituirá este año con éxito a la costosa iluminación navideña.

         Los acostumbrados deseos de ventura propios de la celebración dejarán paso a las consignas de los charlatanes, y los maratones solidarios de la televisión serán sustituidos por debates huecos en los que varios tertulianos venidos a más blasonarán de su producto sin más ciencia que la del argumentario solamente aprendido para pasar el examen.

     Por más que hagan el ganso con tan poca gracia en los programas de entretenimiento y nos aseguren que ahora sí son partidarios de la regeneración, a los líderes instalados en la cuadriga demoscópica se les siguen notando las mentiras aunque las disfracen de nuevas promesas y las proclamen bailando, tocando la guitarra o jugando al futbolín. Tienen convertido el escenario en un triste garito en donde despliegan sin pudor su prepotencia y no se plantean pactar con nadie porque todos van a ser los más votados, los que ya gobernaron porque piensan que su corrupción quedará tan impune a nuestros ojos como ante los tribunales que controlan, los que aspiran a gobernar porque creen que no percibimos su ansia de poder, cegados como estamos por su telegenia. Y es que huelen tan bien, hablan tan rápido, lucen tan guapos (¡incluso Mariano parece otro!) que su ignorancia apenas sale a relucir cuando por algún resquicio de la fachada se cuela su presentida indigencia intelectual, y uno cita a filósofos que no ha leído, el otro elogia leyes del oponente creyendo que son propias y el de más allá se pierde cuando un periodista se sale del guión y le pregunta por una cuestión que no venía en el temario de las oposiciones.

         Inevitablemente toca votar en blanco o coger la papeleta de uno de esos partidos testimoniales de trayectoria honesta y trabajo callado que no quisieron o no supieron subirse al carro de los partidos emergentes que ahora les tratan como apestados porque llevan la frente marcada por el sino del perdedor. O eso o esconderse el día veinte en casa rumiando la resaca de la cena de empresa de la noche anterior y esperar al final del día para asistir de nuevo a los discursos enfervorizados en los que nuestros amados líderes anunciarán al mundo que todos ellos han ganado, al tiempo que los demás vamos perdiendo poco a poco nuestra libertad.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

ONCE DE NOVIEMBRE

Mi hijo Andrés llegó a la vida exactamente a las 8:35 del día 11 de noviembre de 2001, en un escueto paritorio de la Clínica Nuestra Señora del Rosario, un modernizado hospital que se encuentra en la calle Príncipe de Vergara, en el corazón del Barrio de Salamanca de un Madrid que a esa hora brillaba especialmente luminoso como sólo sabe hacerlo esta ciudad en los soleados domingos del otoño.

El ritual del alumbramiento había comenzado cinco horas antes, cuando mi mujer pronunció las palabras mágicas cuyo sonido no tenía que llegar hasta dos semanas más tarde, pero que presentíamos y casi deseábamos oír cuanto antes. Tengo contracciones, - me dijo -, al tiempo que yo sentía contraerse mi ánimo con el mismo ritmo que el útero de mi esposa. No es que uno sea de natural cobarde. Lo que me acobardaba era un lumbago terrible que me tenía postrado desde el jueves anterior, cuando decidí acudir a las clases de preparación al parto como un marido políticamente correcto que comparte con su mujer todos los avatares de su embarazo, concretamente unos ejercicios estúpidos que allí llamaban “pujos“, cuya repentización innecesaria – “el marido debe colocarse a la espalda de su mujer y cuando yo lo diga, que la ayude a incorporarse, sujetándola mientras ella mantiene la respiración”-, provocó que mi espalda hiciera crack y que el magnífico puente de la Almudena que esperaba al día siguiente, transcurriera con mi quebrantada anatomía guardando reposo absoluto porque el mínimo movimiento provocaba aullidos en mi cerebro, no en mis cuerdas vocales, que yo soy muy sufrido. Lo curioso fue que luego en el paritorio, nadie requirió mi ayuda para repetir el numerito que originó mi postración, ya que mi santa esposa dio a luz con una destreza sorprendente, como si lo hubiera estado haciendo toda la vida.

Las mujeres poseen un don que les otorga una serenidad especial cuando se presenta el momento de la verdad. La mía, antes de anunciarme la buena nueva, y a pesar de haber sangrado, señal inequívoca de urgente peregrinación al hospital, se entretuvo en limpiar y ordenar la casa, obedeciendo al resorte mental sólo presente en el gineceo que impide a una mujer abandonar su hogar por unos días sin dejarlo en perfecto estado de revista para disfrute de los fantasmas que suelen poblar las casas abandonadas por sus inquilinos habituales. Así es que tras vestirnos dificultosamente porque una barriga de nueve meses y una espalda maltrecha nos situaban en la condición de inválidos, agarramos a duras penas la “maleta del hospital” que esperaba ya dispuesta con previsora antelación, y nos lanzamos al hielo de la madrugada. Me introduje en el coche con calzador y mi primer triunfo de la noche fue que mi anatomía me iba respondiendo para conducir con una mínima solvencia. Mi mente, sin embargo, debía haber encallado en un lumbago más profundo que el de las vértebras, y no se le ocurrió nada mejor que llegar al hospital por la calle Juan Bravo, habitualmente congestionada a esas horas por las dobles filas de los bares de copas. Afortunadamente, el atasco se disipó sin necesidad de pegarme con ningún borracho, y una luna en menguante saludó nuestra entrada por la zona de urgencias de la maternidad, en donde ya nos esperaba una experta y cálida matrona que exploró a mi mujer confirmando que la frecuencia de las contracciones y la dilatación del cuello del útero era la adecuada para justificar nuestro ingreso.

La habitación 224 de la Clínica del Rosario nos acogió con la frialdad habitual de las estancias de hospital, cegando con su iluminación plana nuestra necesidad de calor. Al poco tiempo, mi mujer estaba tendida en la cama con el brazo taladrado por el goteo y el vientre convenientemente monitorizado, y en este estado, aún tenía valor para ordenarme que intentara recomponer mis vértebras sobre la dura horizontalidad del sofá de al lado. Como el reposo era imposible porque cada diez minutos entraba una enfermera mirando agriamente hacia el sofá, decidí levantarme y mandar al carajo la precaución justo cuando reapareció la matrona diciendo que iba a romper la bolsa para que todo el proceso se acelerara. Yo pensé que era una decisión estupenda hasta que la vi maniobrar en los bajos de mi mujer con algo parecido a una aguja de hacer punto que inmediatamente me representé horadando brutalmente el cerebro de mi hijo. Por fortuna la matrona sabía lo que se hacía y tras la riada lógica que sobrevino a la operación, llegó lo peor para mi santa esposa pues la cabeza del niño pedía paso con urgencia y los dolores ya se iban pareciendo a la condena con que el supremo hacedor castigó al género femenino por obra y gracia de nuestra primera madre. Sin embargo, como las maldiciones bíblicas ya no son lo que eran, entre la matrona y mi mujer se cruzó una mirada de complicidad en la que yo leí la palabra salvadora: epidural. Así que nos bajamos todos al quirófano.

Las siete de la mañana llegaron con mi anatomía hecha un cuatro en una inhóspita sala de espera. Lo siguiente fue el numerito de la vestimenta que permitía mi entrada al paritorio: una bata absurda que apenas cubría mi contorno y unos patucos para los zapatos que me costó una enormidad calzarme. Yo esperaba también el gorro y la mascarilla pero afortunadamente las medidas de seguridad estaban algo relajadas, hasta el punto de que mi ingreso en el quirófano coincidió con el de una mosca cojonera que había sobrevivido hasta noviembre para poner en peligro la asepsia deseable en estos trances y que se empeñaba en posarse en el monitor que controlaba los latidos del nasciturus, con una asiduidad desquiciante.

A mi mujer debía haberle hecho ya efecto la anestesia porque encontró ánimo para bromear sobre mi aspecto y preocuparse por mi estado físico que en la tensión del momento había dejado de importarme. El problema era la mosca que revoloteaba incansable entre contracción y contracción sin que el personal médico pareciera darle importancia, hasta que les hice notar su presencia. El ayudante del ginecólogo, un tipo de dos por dos con voz ininteligible por cavernosa, no dio especial importancia al asunto, cogió un periódico, el ABC, y me cedió a mí otro, La Razón, y con estas dos poderosas armas del periodismo conservador nos dispusimos a perseguir al insecto por el paritorio, mientras una enfermera se presentó con un mortífero insecticida muy dispuesta a contaminar el primer ambiente que se iba a encontrar mi hijo instantes después. Al fin, la mosca se posó en un lugar accesible antes de que mi primera idea de arrearle a la enfermera con el periódico se materializara, y le pegué con toda la fuerza que la razón conlleva. Sospecho que finalmente se me escapó pero lo cierto es que la mosca no volvió a aparecer, no así los dolores para mi mujer que requirió la presencia del anestesista. Otro lingotazo de epidural solucionó el sufrimiento y ya sólo se trataba de empujar adecuadamente, acción que mi esposa bordó a la perfección porque con un par de abdominales el niño se hizo visible, la matrona me preguntó si quería atisbar su pelo y la primera imagen de mi hijo fue una espesura negra entre paréntesis que esperaba en la antesala de la vida independiente.

Ya eran casi las ocho de la mañana cuando apareció el ginecólogo, bien maqueado y recién duchadito, para afrontar el momento decisivo al que todos los demás llegamos hechos unos zorros, con el cansancio de la madrugada en las espaldas y la tensión de las horas previas marcando nuestras caras. Llegó, examinó el panorama vaginal, dijo que aquello era cuestión de pocos minutos, encaramó las piernas de mi amada en el potro de tortura y la animó a seguir empujando, lo estás haciendo muy bien, muy bien, muy bien, vamos, vamos, así, hazte caca, hazte caca, y yo pensaba para mis adentros, como se cague ahora el ambiente se va a hacer insoportable, y mi hijo va a nacer hecho una mierda, sin reparar en que al principio de la noche mi esposa había sido convenientemente “enemada”, por lo que lo de hacer caca era sólo una poética metáfora del doctor.

Andaba yo metido en estos pensamientos mientras reconfortaba a mi mujer en la cabecera de la camilla cuando el ayudante del médico me preguntó si podía soportar asistir en primera línea de batalla a la carnicería que se avecinaba. Lo miré de soslayo, puse cara de tipo duro y dejé a mi mujer sola ante el peligro, pues en ese momento el enfermero descargó su voluminosa anatomía sobre su vientre claro y profundo, que diría el poeta. El cuerpo me pedía repeler la agresión pero el resultado hubiera sido similar al que sufren los inconscientes que osan enfrentarse a Bud Spencer en sus películas, así que opté por la prudencia y me situé a las espaldas del ginecólogo para presenciar como éste, ante el creciente empuje del pequeño, iba metiendo los dedos en las paredes de la vagina para que fuera cediendo, aunque lo peor no era la evidencia de haber perdido hacía tiempo la exclusiva en la manipulación genital de mi mujer, sino que además ese médico criminal había cogido unas tijeras con las que se disponía a destrozar el habitáculo que tantas alegrías me había proporcionado en el pasado reciente.

El corte fue rápido y limpio y al instante surgió de entre aquellas fauces desgarradas el rostro congestionado de mi hijo. Sus facciones hinchadas y amoratadas como las de un boxeador noqueado - vaya, ha salido a la familia materna, pensé – daban una idea del duro combate que supone venir a este mundo en el que luego sigues recibiendo tortas a cada paso que das. Pero la pelea no había acabado ahí. Me di cuenta cuando noté cierta crispación en el médico y el resto de la anatomía de mi hijo no aparecía por lugar alguno ya que el cordón umbilical se había entretenido a última hora en serpentear por su cuello. Mientras el ginecólogo manejaba con afortunada destreza aquella dificultad, desenredando la madeja que durante casi nueve meses había sido el conducto que mantenía incólume una vida en ciernes, mi esperanza pendía ahora de ese hilo que amenazaba con asfixiar tantas ilusiones generadas en torno a este momento. Tres vueltas, tres, de cordón que no estaban muy apretadas según me comentó luego el médico, tres siglos que me pareció el tiempo que tardó en deshacerse aquel lío, tres aleluyas que salieron de mi alma cuando por fin el niño comenzó a respirar sobre el pecho de su madre.

Inmediatamente comenzaron las rutinas habituales en estos casos. El personal se llevó al niño a una sala contigua desde donde nos llegó el primer sonido de su voz en forma de llanto desconsolado que se prolongaría durante quince o veinte minutos, hasta que nuevamente el pequeño encontró el abrigo del olor materno. Entretanto, y tras las primeras noticias de la pediatra que nos tranquilizó sobre la salud de nuestro hijo, tenían lugar en el paritorio las labores de limpieza y costura que tampoco me quise perder, ya que uno no es asqueroso y está acostumbrado a comer todo tipo de vísceras sanguinolentas bastante parecidas a la voluminosa placenta que mi mujer expulsaba al tiempo que su vientre fecundo se desinflaba poco a poco como por encanto. El cosido fue laborioso y mientras el médico ponderaba el comportamiento de mi santa esposa durante el parto, alabando su flexibilidad y el buen estado de forma que había demostrado, un servidor, llevado por la euforia del momento, bromeaba asegurando que todo había sido tan fácil que íbamos a tener cuatro más. El ginecólogo se sonrió ante mi baladronada y como el llanto de mi hijo no cesaba, pasé el resto del tiempo en un continuo ir y venir entre la sala de neonatología y el paritorio, y así, mientras el marido vigilaba las últimas puntadas del médico, el padre controlaba que los berridos del niño no se debían a alguna perrería de las enfermeras que manipulaban a mi hijo con soltura no exenta de afecto. Cuando el personal desapareció, me quedé a solas con Andrés, que reposaba al amor de una lámpara cuya luz rojiza intentaba reproducir el calor del seno materno inútilmente, porque mi hijo seguía quejándose de haber sido expulsado a este mundo hostil sin su consentimiento. En ese momento de soledad padre-hijo, he de reconocer que se me humedecieron los ojos al verlo sano. El niño tenía de todo, orejas, ojos, un ombligo negruzco prensado por una pinza verde y unos atributos masculinos bien puestos que ya conocía por las ecografías, y el primer mensaje telepático que lancé a su intelecto incipiente fue que me sentía orgulloso de él y que estaba seguro de que iba a superar en todo a su padre, cosa que, por otro lado, no es empresa demasiado complicada.

Eran las nueve y media de la mañana del día once de noviembre de dos mil uno (11-11-01, cifras mágicas que demuestran que mi hijo va a ser el número uno, ¿o escogerá el cero en su expediente académico?), y la familia Rodríguez Zaragoza caminaba agotada y exultante por los pasillos del hospital con destino a la felicidad, contemplando el cielo limpio, vestido para la ocasión de azul purísima y oro rutilante por el sol de la mañana que nunca hasta entonces nos había parecido tan hermoso. Un padre exhausto flotaba al lado de la camilla sobre la que sonreía una madre que ya sólo tenía miradas para un niño precioso, al fin tranquilo, dormido en un regazo de amor y de futuro.