viernes, 3 de febrero de 2017

APOLO Y DIONISO

     

     En los últimos años, los amantes del tenis no contábamos con ver de nuevo un duelo en las canchas entre el mejor jugador de todos los tiempos y el mejor deportista español de la historia. La edad de Roger Federer y el deterioro físico de Rafael Nadal parecían alejarlos cada vez más de las grandes citas y el panorama de un presente dominado por el juego avasallador de los grandes pegadores no dejaba demasiado consuelo a una orfandad que presentíamos definitiva.

         En el primer set, Federer no da opción  a Nadal. Juega a un ritmo infernal, como si llevara siglos esperando este momento, reparte winners como puñetazos, el machete afilado para acortar los puntos en prevención del desgaste que se avecina. El break cae como fruta madura en el séptimo juego y Roger gana con un fácil 6-4 sin haber sudado todavía.

         Sin embargo, el año 2017 comenzó con buenas noticias. Los dos colosos se habían recuperado de sus viejas lesiones, y anunciaban mejoras técnicas en su preparación, mucho más necesarias para Nadal al que Carlos Moyá ha debido convencer de que la prolongación de su carrera deportiva depende de una mayor apuesta por el juego de ataque. En las rondas preliminares del Open de Australia, retornan las buenas sensaciones al tiempo que desaparecen del cuadro Murray y Djokovic, prematuramente eliminados como si el Dios del tenis hubiera empezado a mover los hilos para propiciar el mágico encuentro.

         La relajación natural del inicio del segundo set aumenta el número de errores no forzados del suizo y Rafa, corredor de fondo que siempre se queda en el partido para resurgir cuando amaine la tormenta, se coloca con un sorprendente 4-0. A partir de ahí, un Federer sin nada que perder vuelve a coger vuelo y aún arrebata un servicio a Nadal que con la seguridad de la ventaja adquirida y un saque de mejor colocación que potencia, vuelve a centrarse hasta llegar al 6-3 final.

         Nunca en la historia como en esta pugna entre los dos amigos se había producido esta retroalimentación de sus respectivas virtudes que los eleva a ambos. La grandeza de sus partidos hace palidecer los viejos duelos entre Borg y McEnroe, Edberg y Becker o Sampras y Agassi, que comenzaron a revisitar la eterna lucha entre Apolo y Dioniso, la perfección académica contra la esforzada voluntad, la belleza apolínea frente a la pasión dionisíaca, el diálogo norte sur, Mozart o Beethoven, Vermeer versus Goya, Joselito y Belmonte.
  
         Federer le devuelve la jugada a Rafa en el comienzo del tercer set no porque el español se despiste sino porque esta vez la técnica se impone al arrebato. El servicio impecable del suizo envía al limbo varias opciones de break a favor de Nadal en el primer juego y el manacorí acusa el golpe hasta ceder un 3-0 de salida. Vuelve a perder su saque en el sexto juego pues Roger ha recuperado la excelencia y aunque Nadal tira de genio para intentar alargar el set, la cosa se resuelve en un 6-1 final, al que llega Federer rozando las líneas con una sonrisa en los labios. Tres sets en dos horas de partido.

         Roger Federer ha batido todos los records tenísticos posibles pero en los enfrentamientos directos con Rafa Nadal, el español le dobla en victorias. La perfección técnica del suizo se estrella una y otra vez contra la estrategia de Nadal, que a base de correr de lado a lado de la pista defendiendo todos los puntos hasta la extenuación, suele terminar haciendo claudicar al mago de Basilea, a pesar de su saque perfecto y su derecha primorosa. Federer es un sabio en todos los registros, sabe dominar desde el fondo y es un genio en la red. Nadal, sin embargo, “sólo” saca notable alto en todas las asignaturas, pero el músculo que le hace llegar al sobresaliente se halla en su cabeza, nadie sabe jugar los puntos decisivos como Rafa, el poder de su mente conduce su esfuerzo inexorablemente a la victoria.

         El cuarto set comienza igualado y ambos jugadores van ganando su servicio usando sus armas. Roger trata de mantener su ritmo vertiginoso de golpes planos y juego agresivo, pero dos errores groseros en el cuarto juego le facilitan la rotura a Nadal, siempre atento a los escasos  resquicios del suizo. A partir de ahí se agiganta el mallorquín, más agresivo en sus golpes, no tan preocupado en la eterna estrategia de minar con bombas liftadas la zona de revés de Federer y alargar los puntos a la espera del fallo. Un servicio cada vez más sólido de Nadal y una sombra de cansancio en la mirada del helvético culminan en un 6-3 más fácil de lo esperado.

         No sólo son grandes cuando ganan. Nadie hay más elegante que Federer en el triunfo ni más humilde en la victoria que Nadal, que incluso ha llegado a pedir perdón a su rival por haberle vencido. Nunca recurren a la excusa cuando llega la derrota, no necesitan que nadie les recuerde que son mortales a pesar de su apariencia de dioses y su vuelta al territorio del mito demuestra que han sabido renacer de sus cenizas cuando todo el mundo presumía de conocedor augurando su ocaso.
  
         En el comienzo del set definitivo la coraza mental del español alcanza su cima. Hace break en el primer juego y remonta un 15-40 en el segundo para consolidar la ruptura. El suizo pidió atención médica en el descanso entre sets y lo vuelve a hacer ahora sin abusar, pero no parece mermado y vuelve a estar a punto de romper el servicio de Nadal en el cuarto juego. En el sexto logra por fin su objetivo e iguala a tres con una moral por las nubes que le lleva a ganar su siguiente saque en blanco. El partido entra en la zona de los campeones y en el octavo juego, Roger vuelve a quebrar nuestra esperanza a la quinta oportunidad pese a que Rafa llegó a recuperarse de un 0-40. Con 5-3 saca Federer para  ganar el partido, Nadal lucha hasta la última bola pero el maldito ojo de halcón acaba certificando el enorme talento del mejor jugador de la historia.


         A los aficionados al tenis nos espera un año divertido. La competencia entre estas dos leyendas nos asegura asistir a nuevas citas con el deseo de que gane Nadal y la certeza de que no lloraremos por la victoria de Federer. Quizá el próximo milagro tenga fondo rojo y sus caminos se crucen de nuevo al final de la próxima primavera, cuando estalle la arcilla de París. 


jueves, 5 de enero de 2017

YA VIENEN LOS REYES



YA VIENEN LOS REYES
(versión para infantes que aún no conocen el secreto)

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

        
         Por el cinco de enero, yo solía asistir a la cabalgata que cada año inundaba Carretería, y esperaba con la ilusión de los elegidos la carroza de Gaspar, a despecho del frío, de los empujones por conseguir la primera fila en la acera e incluso de la muerte de mi abuela que se fue al cielo sin despedirse la víspera de reyes más triste de mi vida. Al día siguiente, el colegio de mi padre organizaba para los hijos de sus empleados su particular día de reyes en el salón de actos de la entidad, y allí acudíamos todos para recibir de sus majestades en persona, un regalito adicional a los que ya habíamos encontrado nada más levantarnos en la intimidad de nuestras casas. Aún recuerdo el nerviosismo que me paralizaba cuando por los altavoces, el presentador del acto pronunciaba mi nombre y me apremiaba a subir al estrado donde un rey Gaspar que hablaba con acento manchego, me esperaba para entregarme un juguete mientras ambos posábamos sonrientes para la foto y yo me sentía afortunado porque todavía sonaba en mi cabeza la historia de mi padre contándome cómo su regalo de reyes más preciado, a veces no había podido ser más que una naranja. Cuando mi rey predilecto ponía en mis manos el voluminoso paquete, se cerraba por fin el círculo que había comenzado días atrás con la cuidadosa confección de la carta y la gozosa peregrinación camino del nacimiento de la parada de los taxis, donde mi madre nos enseñaba a mí y a mi hermano todos los detalles del maravilloso belén, y tras la acostumbrada moneda lanzada en busca del deseo de todos los años, cruzábamos la calle para depositar nuestro sobre ante un rey mago de cartón piedra y mirada lánguida que sostenía un cofre cuya ranura misteriosa comunicaba sin duda con el oriente lejano. 


Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.


          Miguel Hernández fue el primer poeta que leí en mi vida. En la antología que cayó en mis manos entonces, no aparecía este poema tremendo sobre su infancia de penas y cabras que no redimió ningún mago de oriente, pero en aquellos tiempos en que yo empezaba a descubrir el secreto, ya podía presentir que la injusticia de la existencia también alcanza a la distribución de presentes en la noche mágica y que ningún juego de manos consigue que los hijos de las familias pobres eviten la desolación de contemplar por la mañana cómo sus vecinos más pudientes han sido privilegiados en el reparto. Para rematar la falta de pedagogía con que las bienintencionadas mentes de los progenitores de todos los tiempos adornan el cuento, se sigue repitiendo sin rubor la cantinela del buen comportamiento como garantía segura de encontrar lo que uno anhela brillando entre zapatos. Lo sorprendente es que el alma infantil pueda recuperarse de la decepción que se siente cada mañana de reyes al comprobar cómo el compañero rico y cabroncete que te ha estado masacrando todo el año se pasea delante de tus narices con la bicicleta que el monarca despistado se olvidó de llevar ante tu puerta. 


Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.


         En el año que ahora comienza se cumplirán setenta y cinco años de la muerte de Miguel Hernández, aquel niño que ya había empezado a morir un poco cada seis de enero al encontrar sus abarcas vacías, por más que insistiera en sus lamentos. Mañana, como entonces, serán muchos los niños que hallarán sus zapatos helados de pobreza en la humilde ventana, sin que ningún rey coronado acuda para mitigar la desnudez terrible del alma que habita la intemperie de los más desfavorecidos, mientras el mundo sigue danzando al son de la desigualdad. Feliz noche.  






jueves, 27 de octubre de 2016

LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS

   
 
    Cada vez que he recorrido la Gran Vía barcelonesa durante los años de la prohibición contemplando el cadáver de la Monumental expuesto a los vientos de la intolerancia, me preguntaba impotente cómo era posible que el templo de los azulejos añiles hubiera sido derrotado por los pretextos nacionalistas cuando ni siquiera había sucumbido en su día bajo los bombardeos de la aviación fascista italiana. Tras el saludo al coso clausurado, la sensación de tristeza me acompañaba invariablemente calle de la Marina arriba y al llegar a la Sagrada Familia, aprovechaba para preguntar al espíritu de Gaudí por la desnortada deriva de una ciudad mítica a la que sus regidores habían declarado antitaurina años atrás, empeñados como estaban en proyectar la pugna independentista contra los despojos de una fiesta tan catalana como española, maltratando así la historia de la ciudad que antaño fue la que más corridas daba en España, con tres plazas en plena actividad al mismo tiempo.


          De todo aquello, ya no queda nada. Pasear hoy por la Barceloneta es enfrentarse a una fronda de esteladas en los balcones sin que nadie recuerde el fervor antiguo de los vecinos acudiendo en masa al viejo Torín. En la Plaza de España, la fachada de Las Arenas es lo único que resiste como triste vestigio decorativo tras ser entregada al furor de los mercaderes que profanaron el templo convirtiéndolo en frívolo centro comercial. Aquellos mismos mercaderes que malbarataron la categoría de la Monumental degradando el espectáculo hasta convertirlo en exótico pasatiempo para turistas, se quejaban luego del hostigamiento del enemigo, enarbolando falsas protestas contra la agresión cuando ya era tarde para defender el negocio, cuando el rito ya había sido despojado de las señas de identidad que lo hicieron grande y atractivo para los barceloneses. La clase política nacionalista encontró entonces en la tauromaquia el objetivo perfecto para vestir su huida hacia la independencia con los falsos ropajes del buenismo animalista y se lanzó hacia una víctima en harapos con la determinación que produce enfrentarse a una victoria segura.


          Después todo fueron fuegos de artificio, corridas extraordinarias pródigas en gestos para la galería y multitudes foráneas clamando libertad. Cuando sin embargo llegó la prohibición, casi nadie echó de menos en la ciudad de los prodigios el exiguo bullicio de los domingos de temporada en torno a la Monumental, nadie salió a la calle para exigir a los responsables del atropello un poco de coherencia con el respeto observado hacia los correbous, una tradición protegida porque sin duda el toro embolado no sufre mientras el fuego acaricia su anatomía durante el encierro. 

       Seis años han tenido que pasar desde entonces para que el Tribunal Constitucional adornara con argumentos jurídicos la obviedad del desafuero competencial que cometió el Parlamento Catalán cuando votó a favor de la prohibición. Media docena de temporadas en las que el erial en que entre unos y otros habían convertido a la fiesta en Cataluña se ha ido pudriendo lentamente hasta devenir en terreno yermo para la reconquista,  un territorio propicio para que políticos lamentables ensayen la futura pugna con el Estado, voceando bravatas de desobediencia a sabiendas de que nadie se erigirá en defensor de la causa taurina para hacer cumplir la ley.


         Siempre que me encuentro en Barcelona, termino peregrinando a Montjuich para empaparme de la nostalgia olímpica, intentando encontrar entre las piedras del estadio algún rescoldo de aquel admirable esfuerzo nacional que logró confluir en la organización de los mejores juegos de la historia. Las instalaciones permanecen pero aquel entendimiento se halla en ruinas de la misma manera que la libertad se desvanece tras los embates políticos y la verdad es una entelequia que se resquebraja igual que los frescos del valle de Bohí, conservados en el museo que habita el hermoso palacio de la montaña mágica. Desde su ábside recreado, la imagen del Pantocrátor de Tahull parece reclamarnos un poco de sentido común a pesar de su hieratismo románico y su serenidad aún nos acompaña para mitigar el desencanto que nos invade de nuevo cuando volvemos a encontrarnos con el esqueleto neomudéjar de una plaza de toros, de regreso a la ciudad magnífica.

jueves, 6 de octubre de 2016

FIN DE CICLO

      La Feria de Otoño es la penúltima cita del aficionado venteño con el toro de Madrid, antes de abandonarse al letargo invernal en donde el tauroherido sobrelleva penosamente la abstinencia de su pasión, y por ello siempre ha sido un ciclo especialmente querido para el abonado. La corriente de afecto que surge del reencuentro con los viejos amigos de la andanada hace el resto, y ese aire familiar presente en una plaza sin apreturas, sin las urgencias y el ajetreo de la isidrada, nos instala en esa impagable sensación que el otoño temprano concede, la que nos permite pasar la tarde al abrigo de los atardeceres mágicos de las Ventas, al amor del tibio fulgor que surge del ruedo.

         El maltrato al que ha venido sometiendo la empresa a esta feria era una más de las razones por las que los aficionados esperábamos que el concurso sobre la administración de la plaza se resolviera a favor de cualquier otro que no fuera el responsable de la nefasta gestión que hemos venido soportando durante los últimos años. Ese otro resultó ser finalmente Simón Casas y si su histrionismo le deja llevar a cabo las buenas ideas con las que siempre ha adornado sus proyectos y se olvida de criminalizar a los aficionados que defienden en la primera plaza del mundo la pureza de este rito, inevitablemente saldremos ganando. En realidad, lo haremos con tal de que al menos limpie la plaza y le dé esa mano de pintura que necesita desde hace tiempo.

         Para lo que nos queda en el convento …, debieron pensar los choperitas porque de lo contrario, no se explica la falta de atractivo de su última feria, fabricada con tanta desidia como falta de imaginación, a partir de la habitual combinación de vacadas que ya habían fracasado en su comparecencia precedente. Ni siquiera lograron que alguna de las figuras viniera a dar la cara en una feria que siempre ha sido aprovechada por los toreros como magno colofón a una gran temporada o como plataforma de lanzamiento para la siguiente y prueba de ello fue ese mano a mano contra natura que nadie pedía, diseñado sin más finalidad que la búsqueda del máximo beneficio empresarial a base de ahorrarse los honorarios de un tercer espada. 

         Así las cosas, la cuota novilleril de la feria se estrelló contra el descastamiento progresivo que acusa la ganadería de José Miguel Arroyo y a falta de argumentos en la tarde, el público se entretuvo en dilucidar qué novillos eran más flojos, si los del Tajo o los de la Reina. No mejoraron mucho ese comportamiento los toros de Fuente Ymbro, si bien los que entraron en el lote de Román sacaron las complicaciones que aparecen cuando su matador está ayuno de técnica y presenta la muleta por aquí y por allá, olvidándose de las más elementales normas que aconsejan dominar la embestida para que el toro no te lleve por delante. Si a un animal de incierto viaje se le administra una faena a base de trapazos y telonazos sin propósito alguno, lo más probable es que el matador vaya de cogida en cogida hasta la derrota final, y eso es lo sucedió en los dos trasteos de Román, tan animosos como desnortados, mas con la suerte de cara que le ayudó a no ser herido en cada revolcón y a salir, en cambio, triunfador, sin más mérito que el de no mirarse tras las sucesivas palizas y el de sonreír a las masas sensibles al sufrimiento del torero, cuyo “pretium doloris” indemnizaron con una de esas orejas de saldo cuya concesión sigue desmintiendo tarde a tarde lo difícil que es tocar pelo en Madrid.         

         Juan del Álamo y Morenito de Aranda pasaron como una sombra por la feria, una sombra maltrecha el primero por la cogida que recibió en una voltereta innecesaria, una sombra movida el segundo, incómodo toda la tarde ante un mal lote. En cambio Rafaelillo acaparó los mejores viajes de la corrida de Adolfo pero no acabó de creérselo debido a ese eterno síndrome de los toreros acostumbrados a matar ganaderías duras, incapaces sin embargo de cambiar su mentalidad guerrillera cuando encuentran embestidas bonancibles en lugar de las tarascadas habituales. Al menos dejó en el hoyo de las agujas de su segundo Adolfo una estocada irreprochable cobrada al segundo intento. El Cid compareció en su plaza con el aval de haber indultado varios toros del encaste Albaserrada este verano y se le vio dispuesto y eficaz en la lidia, ante un lote que se movió mejor en la distancia larga que en las cercanías buscadas por el de Salteras para encontrarse más cómodo técnicamente.




         José Garrido obtuvo un puesto de privilegio en el abono, nadie sabe a estas alturas por qué, pero su peso en los despachos fue notablemente superior a su puesta en escena, casi siempre fuera de sitio, vulgarísimo con las telas, sin resolver técnicamente las dificultades planteadas por sus toros. No dijo nada ante la boyantía del último de su lote, aunque en ese momento de la tarde, quizá se hallaba mermado por la fuerte paliza recibida de un manso del Puerto de San Lorenzo, que le persiguió a favor de querencia sin que un solo capote bien colocado evitara la cogida. Y es que la actuación general de las cuadrillas en la feria ha sido lamentable. Tan sólo José Ney manejó con sentido su cabalgadura y apenas Antonio Chacón se lució en las banderillas. Al menos, el hijo de Montoliú hizo honor a su estirpe bregando con eficacia y valor sin cuento a un manso reservón emplazado en los medios.

         En ausencia de grandes acontecimientos, la feria quedó sujeta por dos pilares, uno de forja toledana y otro de fábrica linarense, dos toreros del gusto de la afición de Madrid. Ambos tomaron la alternativa hace casi veinte años, en 1997, con quince días de diferencia y ya han triunfado en esta plaza en otras ocasiones. Saben lo que es salir a la explanada de las Ventas tras pasar bajo su puerta grande y lo que es comerse el orgullo viendo cómo otros toreros disfrutan de temporadas fecundas en festejos sin haberlo hecho nunca. Ambos cimientan su tauromaquia en los cánones de la tauromaquia de siempre, el de Toledo profesa el clasicismo castellano de la sobriedad, el de Linares practica el clasicismo florido del sur y vinieron a Madrid para impartir dos lecciones de toreo sin necesidad de cortar oreja alguna.

         Eugenio de Mora es sin duda el torero más puro del escalafón actual. Inicia cada serie con tal pulcritud en los cites, la muleta planchada y sin artificio presentada desde la colocación exacta del cuerpo entre los pitones, que el viaje posterior del toro necesariamente transcurre ceñido y emocionante, sometido al poder del temple y rematado como se debe, hacia adentro y detrás de la cadera. Ese planteamiento trae Eugenio a Madrid todas las tardes últimamente y sólo es cuestión de tiempo que el público lo refrende con el gran triunfo mediático que se merece, aunque para los avisados del acontecimiento, el triunfo comparece cada tarde en la que el de Mora ofrece al toro su muleta. En la corrida de Fuente Ymbro, sus dos toros fueron los más parados así que ambas faenas fueron de más a menos y acabaron malbaratadas por un deficiente uso de la espada.




         Curro Díaz ha venido engolosinando a la cátedra casi todas las tardes desde que su figura pinturera desplegaba la muleta en el tercio y se entretenía en engalanar la corrida con ayudados excelsos y trincherazos de orfebre. Después, lo normal era que el toro se acostara un poco por aquí, o se colara un poco por allá, y a la menor complicación, el torero se afligiera sin redondear la obra que tan elevados principios había tenido. Pero de un tiempo a esta parte, algo ha cambiado. Curro ha echado una buena temporada acaparando sustituciones ante ganaderías nada cómodas y ese oficio que da el torear más que otros años o la madurez que proporciona haber llegado a la edad en que no debe dejarse escapar el último tren de la gloria, sin duda le han conferido un fondo de valor que le permitió componer macizas faenas a los de su lote, y sobreponerse a dos cogidas espeluznantes cuando Curro se abandonó al esteticismo de su sello sin tener en cuenta la encastada mansedumbre del tercero. Para el recuerdo dejó una serie de naturales a pies juntos que meció con la parsimonia de los elegidos, un cambio de mano profundísimo en el que por fin aunó estética y poder y ese empaque inolvidable con el que esperaba impávido al toro entre muletazo y muletazo, en el sitio de torear.  



  
         Coincidiendo con la feria, mi hijo de quince años ha empezado a estudiar filosofía en su último curso de secundaria. El primer debate propuesto por la profesora para practicar la mayéutica socrática no ha podido ser otro que la tauromaquia. De los quince alumnos que conforman la clase, sólo uno se manifiesta seguidor de las corridas de toros, a otros cuatro no les gustan pero las toleran, los demás son partidarios de su prohibición y al menos la mitad de ellos practica un animalismo beligerante. Me temo que a la profesora, ante semejante alumnado, le costará bastante extraer la verdad y a nosotros, defender nuestra pasión cuando estas nuevas generaciones dominen el mundo. Me conformo con que mi hijo, que hace tiempo dejó de interesarse por la obsesión de su padre, no se pase al otro bando.

viernes, 2 de septiembre de 2016

INVESTIDURA

Son las cuatro y media de la tarde de mi penúltimo día de vacaciones y Rajoy apenas ha comenzado su discurso de palabras huecas con el que pretende convencernos de las bondades del lampedusiano pacto firmado con Ciudadanos, más de cien reformas diseñadas por sesudos equipos de tecnócratas para maquillar el disimulado propósito de que todo siga igual.

Don Mariano sigue arrastrando la ese por el estrado con una convicción encomiable, la misma que le hace permanecer todavía en política a pesar de la miríada de escándalos de corrupción que ha consentido y amparado. Érase un hombre a un desliz pegado, aquél que le hizo acudir al parlamento otro mes de agosto de hace tres años, para mentir sobre la financiación de su partido con la impunidad que ofrece tener asegurado el control de los tribunales que pudieran juzgar su actuación.

Rajoy intenta convencer a su auditorio de la necesidad de que haya gobierno con toda la incoherencia de que es capaz alguien que se negó a facilitar hace seis meses otra propuesta basada en medidas programáticas similares a las que ahora ofrece y que no apoyó fundamentalmente porque no era él quien estaba al frente del cotarro. Ni siquiera ha estructurado su discurso para pedir más adhesiones a su proyecto porque éste es el primer acto de campaña de las terceras elecciones en las que los gurús que le asesoran le han prometido una mayor cuota de poder con la que le obsequiarán los reyes magos de la desidia, la mentira y la ley d’Hondt.

Si Pedro Sánchez tomara prestada la inteligencia política que no posee, y se olvidara por un momento de los cuchillos que vuelan en su partido y del afán de venganza personal que le tienen paralizado, le cambiaría el paso de la estrategia a su contrario, se abstendría tapándose la nariz para que de una vez hubiera gobierno y al día siguiente lideraría la oposición exigiendo sin descanso las reformas reales que el sistema necesita para regenerarse, relegando a un rol secundario el papel de los arribistas que no llegaron a consumar el sorpasso. El sufrido espectador de la farsa se vería así agradablemente sorprendido por ese repentino abandono de la estrategia electoral que supondría cercar al partido en el gobierno para que el consenso sobre el sistema educativo, la justicia fiscal que nunca llega, la reforma del sistema electoral, la separación de los poderes del Estado y la igualdad de los españoles en todos los lugares del territorio nacional fueran por fin una realidad y no una eterna quimera.

Claro está que eso es lo que haría Pedro Sánchez si tuviera la inteligencia política que no posee y la voluntad reformista que no tiene.     

domingo, 21 de agosto de 2016

LO IMPORTANTE ES PARTICIPAR

    Los juegos olímpicos aparecen cada cuatrienio como una bendición que permite a los aficionados al deporte practicado desde el sofá, huir de la enojosa pugna futbolera que ya da la tabarra el resto del año. Incluso durante la tregua olímpica, los cantos de sirena futbolísticos pretenden sin fortuna restar protagonismo a los juegos, distrayendo al personal con su menudeo de fichajes multimillonarios y títulos intrascendentes de pretemporada, cuando a uno lo que de verdad le apetece es disfrutar sin complejos con un vibrante combate de judo en el que no entiende nada de lo que pasa en el tatami.

         El encanto de los juegos permite al menos en estas dos semanas igualar el triunfo del tenista más laureado con el de un anónimo piragüista cuya trayectoria sólo es conocida por su familia durante el resto de su vida deportiva. Hay una magia hipnótica en el pitido que suena cuando la proa de una embarcación española alcanza la línea de meta, casi comparable a la del ruido sordo del balón rozando la red de la canasta en los triples imposibles que lanzan nuestros héroes desde más allá de la leyenda.

         Las olimpiadas nos reconcilian con los deportes básicos que todos hemos practicado por obligación en el colegio y que siempre estábamos deseando orillar para seguir dándole patadas al balón en el patio. Las odiosas jornadas luchando con el plinto en el gimnasio o las interminables carreras por el inevitable parque vecino permanecen en la memoria para valorar como se debe a los superhombres que cada vez saltan más alto, corren más rápido, lanzan más lejos, a los gimnastas y nadadores que pasan cuatro años entrenando diez horas diarias por esa gloria única de sentir un metal brillando en el pecho. Lo mismo que nuestras estrellas futbolísticas que se ejercitan dos horitas sobre el césped y piden aumento de sueldo al final de cada temporada.

Por otro lado, el seguimiento intenso de los juegos mejora el entendimiento y cultiva el intelecto, nos obliga a indagar sobre disciplinas que requieren de conocimientos especializados a los que jamás podríamos acceder de otra manera, a entender de tiro sin haber hecho la mili, a disfrutar de la vela sin haber pasado de manejar un patín de playa. El variado muestrario de deportes olímpicos que el parroquiano del bar puede degustar desde la barra le permite ir más allá de la prosaica conversación de cada lunes sobre si la zambullida en el área del astro futbolero era o no penalti, para elevar un tanto el tono comentando ante sus amigos cuánto ha perfeccionado Mireia la técnica de giro de mariposa o lo acertado del talonamiento de Ruth cuando inicia su vuelo sobre el listón.

Y qué decir de la elevación de la moral patria que nuestros héroes olímpicos proporcionan a este atribulado país sin gobierno que gracias a sus gestas puede olvidar por un momento el bochorno cotidiano de sus líderes políticos. El sentido común que exhibe la mayoría de nuestros deportistas de élite, humildes en la victoria y ejemplares en la derrota, conformaría un buen programa de gobierno para un quimérico pacto Gasol-Nadal que con Carolina Marín de vicepresidenta, obtendría mayoría absoluta sin necesidad alguna de campaña electoral.   

         Es una pena que las medallas se acaben en el bronce y el cuarto puesto dure en la memoria lo mismo que las centésimas que lo separaron de la eternidad del metal. También nuestra existencia está llena de diplomas de consolación que guardamos en un cajón desvencijado sólo por el hecho de que en nuestro partido la pluma de bádminton cayó de nuestro lado. A pesar de las excepciones que a veces vician el espíritu olímpico de estos días, resulta una delicia abandonarse a la máxima del barón de Coubertin y mentirse un poco pensando, como en la vida, que lo importante no es el éxito sino luchar bravamente por la victoria, aunque las fuerzas y el talento solo nos lleguen para ir sobreviviendo en el magma gris de la mediocridad.

jueves, 14 de julio de 2016

LA MUERTE DE UN TORERO

        Muere un torero en la plaza. La conmoción se extiende por el mundo taurino y la incredulidad se hace presente en un ámbito desacostumbrado a la tragedia. La docilidad creciente del toro actual, los avances médicos de nuestros días y el planteamiento ventajista del toreo moderno aplazan cada tarde la cita cotidiana con la muerte, convierten el emocionante combate atávico entre el hombre y el toro en un espectáculo festivo e incruento, pero la muerte acaba llegando. Aparece la muerte para reconciliar al animal con su naturaleza y al espectador con su condición de testigo privilegiado de un rito único. La muerte viene para poner a cada cual en su sitio, al indeseable en su cloaca y al héroe en su pedestal.

         La muerte nos convoca para reivindicar una vez más la grandeza de la lidia de reses bravas. La estulticia del tiempo por el que nos toca transitar produce exabruptos tan deleznables como ignaros, pero no es el insulto el que nos daña sino esa lluvia fina que va calando mientras agachamos la cabeza ante el hostigamiento continuo del animalismo mendaz y sensiblero. Frente a la injuria, la ley o el desprecio. Frente a la entronización de principios espurios, es preciso fortalecer nuestra liturgia, y defender sin descanso los valores que encarna, la gallardía, el coraje, la entrega sin trampa, el afán de superación, ideales marcados a fuego en esos ídolos raros que siguen consagrando su destino al dominio del arte de poner en juego la propia existencia creando belleza.


         En una época en la que ha devenido anacrónico lo que siempre fue natural, proteger la integridad y la pujanza del toro es el mejor ataque contra los que confunden los términos y nos tildan de bárbaros. Resulta urgente no claudicar y salvaguardar la pureza del rito retornando al equilibrio de la lucha entre un animal encastado que puede matar y un hombre que se impone a la fiera embestida exponiendo su vida en el empeño. La senda contraria conduce a transformar la tauromaquia en una danza banal y prescindible, un juego absurdo en el que jamás volvería a tener sentido la muerte de un torero.