jueves, 5 de enero de 2017

YA VIENEN LOS REYES



YA VIENEN LOS REYES
(versión para infantes que aún no conocen el secreto)

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.
Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

        
         Por el cinco de enero, yo solía asistir a la cabalgata que cada año inundaba Carretería, y esperaba con la ilusión de los elegidos la carroza de Gaspar, a despecho del frío, de los empujones por conseguir la primera fila en la acera e incluso de la muerte de mi abuela que se fue al cielo sin despedirse la víspera de reyes más triste de mi vida. Al día siguiente, el colegio de mi padre organizaba para los hijos de sus empleados su particular día de reyes en el salón de actos de la entidad, y allí acudíamos todos para recibir de sus majestades en persona, un regalito adicional a los que ya habíamos encontrado nada más levantarnos en la intimidad de nuestras casas. Aún recuerdo el nerviosismo que me paralizaba cuando por los altavoces, el presentador del acto pronunciaba mi nombre y me apremiaba a subir al estrado donde un rey Gaspar que hablaba con acento manchego, me esperaba para entregarme un juguete mientras ambos posábamos sonrientes para la foto y yo me sentía afortunado porque todavía sonaba en mi cabeza la historia de mi padre contándome cómo su regalo de reyes más preciado, a veces no había podido ser más que una naranja. Cuando mi rey predilecto ponía en mis manos el voluminoso paquete, se cerraba por fin el círculo que había comenzado días atrás con la cuidadosa confección de la carta y la gozosa peregrinación camino del nacimiento de la parada de los taxis, donde mi madre nos enseñaba a mí y a mi hermano todos los detalles del maravilloso belén, y tras la acostumbrada moneda lanzada en busca del deseo de todos los años, cruzábamos la calle para depositar nuestro sobre ante un rey mago de cartón piedra y mirada lánguida que sostenía un cofre cuya ranura misteriosa comunicaba sin duda con el oriente lejano. 


Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.


          Miguel Hernández fue el primer poeta que leí en mi vida. En la antología que cayó en mis manos entonces, no aparecía este poema tremendo sobre su infancia de penas y cabras que no redimió ningún mago de oriente, pero en aquellos tiempos en que yo empezaba a descubrir el secreto, ya podía presentir que la injusticia de la existencia también alcanza a la distribución de presentes en la noche mágica y que ningún juego de manos consigue que los hijos de las familias pobres eviten la desolación de contemplar por la mañana cómo sus vecinos más pudientes han sido privilegiados en el reparto. Para rematar la falta de pedagogía con que las bienintencionadas mentes de los progenitores de todos los tiempos adornan el cuento, se sigue repitiendo sin rubor la cantinela del buen comportamiento como garantía segura de encontrar lo que uno anhela brillando entre zapatos. Lo sorprendente es que el alma infantil pueda recuperarse de la decepción que se siente cada mañana de reyes al comprobar cómo el compañero rico y cabroncete que te ha estado masacrando todo el año se pasea delante de tus narices con la bicicleta que el monarca despistado se olvidó de llevar ante tu puerta. 


Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.


         En el año que ahora comienza se cumplirán setenta y cinco años de la muerte de Miguel Hernández, aquel niño que ya había empezado a morir un poco cada seis de enero al encontrar sus abarcas vacías, por más que insistiera en sus lamentos. Mañana, como entonces, serán muchos los niños que hallarán sus zapatos helados de pobreza en la humilde ventana, sin que ningún rey coronado acuda para mitigar la desnudez terrible del alma que habita la intemperie de los más desfavorecidos, mientras el mundo sigue danzando al son de la desigualdad. Feliz noche.  






jueves, 27 de octubre de 2016

LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS

   
 
    Cada vez que he recorrido la Gran Vía barcelonesa durante los años de la prohibición contemplando el cadáver de la Monumental expuesto a los vientos de la intolerancia, me preguntaba impotente cómo era posible que el templo de los azulejos añiles hubiera sido derrotado por los pretextos nacionalistas cuando ni siquiera había sucumbido en su día bajo los bombardeos de la aviación fascista italiana. Tras el saludo al coso clausurado, la sensación de tristeza me acompañaba invariablemente calle de la Marina arriba y al llegar a la Sagrada Familia, aprovechaba para preguntar al espíritu de Gaudí por la desnortada deriva de una ciudad mítica a la que sus regidores habían declarado antitaurina años atrás, empeñados como estaban en proyectar la pugna independentista contra los despojos de una fiesta tan catalana como española, maltratando así la historia de la ciudad que antaño fue la que más corridas daba en España, con tres plazas en plena actividad al mismo tiempo.


          De todo aquello, ya no queda nada. Pasear hoy por la Barceloneta es enfrentarse a una fronda de esteladas en los balcones sin que nadie recuerde el fervor antiguo de los vecinos acudiendo en masa al viejo Torín. En la Plaza de España, la fachada de Las Arenas es lo único que resiste como triste vestigio decorativo tras ser entregada al furor de los mercaderes que profanaron el templo convirtiéndolo en frívolo centro comercial. Aquellos mismos mercaderes que malbarataron la categoría de la Monumental degradando el espectáculo hasta convertirlo en exótico pasatiempo para turistas, se quejaban luego del hostigamiento del enemigo, enarbolando falsas protestas contra la agresión cuando ya era tarde para defender el negocio, cuando el rito ya había sido despojado de las señas de identidad que lo hicieron grande y atractivo para los barceloneses. La clase política nacionalista encontró entonces en la tauromaquia el objetivo perfecto para vestir su huida hacia la independencia con los falsos ropajes del buenismo animalista y se lanzó hacia una víctima en harapos con la determinación que produce enfrentarse a una victoria segura.


          Después todo fueron fuegos de artificio, corridas extraordinarias pródigas en gestos para la galería y multitudes foráneas clamando libertad. Cuando sin embargo llegó la prohibición, casi nadie echó de menos en la ciudad de los prodigios el exiguo bullicio de los domingos de temporada en torno a la Monumental, nadie salió a la calle para exigir a los responsables del atropello un poco de coherencia con el respeto observado hacia los correbous, una tradición protegida porque sin duda el toro embolado no sufre mientras el fuego acaricia su anatomía durante el encierro. 

       Seis años han tenido que pasar desde entonces para que el Tribunal Constitucional adornara con argumentos jurídicos la obviedad del desafuero competencial que cometió el Parlamento Catalán cuando votó a favor de la prohibición. Media docena de temporadas en las que el erial en que entre unos y otros habían convertido a la fiesta en Cataluña se ha ido pudriendo lentamente hasta devenir en terreno yermo para la reconquista,  un territorio propicio para que políticos lamentables ensayen la futura pugna con el Estado, voceando bravatas de desobediencia a sabiendas de que nadie se erigirá en defensor de la causa taurina para hacer cumplir la ley.


         Siempre que me encuentro en Barcelona, termino peregrinando a Montjuich para empaparme de la nostalgia olímpica, intentando encontrar entre las piedras del estadio algún rescoldo de aquel admirable esfuerzo nacional que logró confluir en la organización de los mejores juegos de la historia. Las instalaciones permanecen pero aquel entendimiento se halla en ruinas de la misma manera que la libertad se desvanece tras los embates políticos y la verdad es una entelequia que se resquebraja igual que los frescos del valle de Bohí, conservados en el museo que habita el hermoso palacio de la montaña mágica. Desde su ábside recreado, la imagen del Pantocrátor de Tahull parece reclamarnos un poco de sentido común a pesar de su hieratismo románico y su serenidad aún nos acompaña para mitigar el desencanto que nos invade de nuevo cuando volvemos a encontrarnos con el esqueleto neomudéjar de una plaza de toros, de regreso a la ciudad magnífica.

jueves, 6 de octubre de 2016

FIN DE CICLO

      La Feria de Otoño es la penúltima cita del aficionado venteño con el toro de Madrid, antes de abandonarse al letargo invernal en donde el tauroherido sobrelleva penosamente la abstinencia de su pasión, y por ello siempre ha sido un ciclo especialmente querido para el abonado. La corriente de afecto que surge del reencuentro con los viejos amigos de la andanada hace el resto, y ese aire familiar presente en una plaza sin apreturas, sin las urgencias y el ajetreo de la isidrada, nos instala en esa impagable sensación que el otoño temprano concede, la que nos permite pasar la tarde al abrigo de los atardeceres mágicos de las Ventas, al amor del tibio fulgor que surge del ruedo.

         El maltrato al que ha venido sometiendo la empresa a esta feria era una más de las razones por las que los aficionados esperábamos que el concurso sobre la administración de la plaza se resolviera a favor de cualquier otro que no fuera el responsable de la nefasta gestión que hemos venido soportando durante los últimos años. Ese otro resultó ser finalmente Simón Casas y si su histrionismo le deja llevar a cabo las buenas ideas con las que siempre ha adornado sus proyectos y se olvida de criminalizar a los aficionados que defienden en la primera plaza del mundo la pureza de este rito, inevitablemente saldremos ganando. En realidad, lo haremos con tal de que al menos limpie la plaza y le dé esa mano de pintura que necesita desde hace tiempo.

         Para lo que nos queda en el convento …, debieron pensar los choperitas porque de lo contrario, no se explica la falta de atractivo de su última feria, fabricada con tanta desidia como falta de imaginación, a partir de la habitual combinación de vacadas que ya habían fracasado en su comparecencia precedente. Ni siquiera lograron que alguna de las figuras viniera a dar la cara en una feria que siempre ha sido aprovechada por los toreros como magno colofón a una gran temporada o como plataforma de lanzamiento para la siguiente y prueba de ello fue ese mano a mano contra natura que nadie pedía, diseñado sin más finalidad que la búsqueda del máximo beneficio empresarial a base de ahorrarse los honorarios de un tercer espada. 

         Así las cosas, la cuota novilleril de la feria se estrelló contra el descastamiento progresivo que acusa la ganadería de José Miguel Arroyo y a falta de argumentos en la tarde, el público se entretuvo en dilucidar qué novillos eran más flojos, si los del Tajo o los de la Reina. No mejoraron mucho ese comportamiento los toros de Fuente Ymbro, si bien los que entraron en el lote de Román sacaron las complicaciones que aparecen cuando su matador está ayuno de técnica y presenta la muleta por aquí y por allá, olvidándose de las más elementales normas que aconsejan dominar la embestida para que el toro no te lleve por delante. Si a un animal de incierto viaje se le administra una faena a base de trapazos y telonazos sin propósito alguno, lo más probable es que el matador vaya de cogida en cogida hasta la derrota final, y eso es lo sucedió en los dos trasteos de Román, tan animosos como desnortados, mas con la suerte de cara que le ayudó a no ser herido en cada revolcón y a salir, en cambio, triunfador, sin más mérito que el de no mirarse tras las sucesivas palizas y el de sonreír a las masas sensibles al sufrimiento del torero, cuyo “pretium doloris” indemnizaron con una de esas orejas de saldo cuya concesión sigue desmintiendo tarde a tarde lo difícil que es tocar pelo en Madrid.         

         Juan del Álamo y Morenito de Aranda pasaron como una sombra por la feria, una sombra maltrecha el primero por la cogida que recibió en una voltereta innecesaria, una sombra movida el segundo, incómodo toda la tarde ante un mal lote. En cambio Rafaelillo acaparó los mejores viajes de la corrida de Adolfo pero no acabó de creérselo debido a ese eterno síndrome de los toreros acostumbrados a matar ganaderías duras, incapaces sin embargo de cambiar su mentalidad guerrillera cuando encuentran embestidas bonancibles en lugar de las tarascadas habituales. Al menos dejó en el hoyo de las agujas de su segundo Adolfo una estocada irreprochable cobrada al segundo intento. El Cid compareció en su plaza con el aval de haber indultado varios toros del encaste Albaserrada este verano y se le vio dispuesto y eficaz en la lidia, ante un lote que se movió mejor en la distancia larga que en las cercanías buscadas por el de Salteras para encontrarse más cómodo técnicamente.




         José Garrido obtuvo un puesto de privilegio en el abono, nadie sabe a estas alturas por qué, pero su peso en los despachos fue notablemente superior a su puesta en escena, casi siempre fuera de sitio, vulgarísimo con las telas, sin resolver técnicamente las dificultades planteadas por sus toros. No dijo nada ante la boyantía del último de su lote, aunque en ese momento de la tarde, quizá se hallaba mermado por la fuerte paliza recibida de un manso del Puerto de San Lorenzo, que le persiguió a favor de querencia sin que un solo capote bien colocado evitara la cogida. Y es que la actuación general de las cuadrillas en la feria ha sido lamentable. Tan sólo José Ney manejó con sentido su cabalgadura y apenas Antonio Chacón se lució en las banderillas. Al menos, el hijo de Montoliú hizo honor a su estirpe bregando con eficacia y valor sin cuento a un manso reservón emplazado en los medios.

         En ausencia de grandes acontecimientos, la feria quedó sujeta por dos pilares, uno de forja toledana y otro de fábrica linarense, dos toreros del gusto de la afición de Madrid. Ambos tomaron la alternativa hace casi veinte años, en 1997, con quince días de diferencia y ya han triunfado en esta plaza en otras ocasiones. Saben lo que es salir a la explanada de las Ventas tras pasar bajo su puerta grande y lo que es comerse el orgullo viendo cómo otros toreros disfrutan de temporadas fecundas en festejos sin haberlo hecho nunca. Ambos cimientan su tauromaquia en los cánones de la tauromaquia de siempre, el de Toledo profesa el clasicismo castellano de la sobriedad, el de Linares practica el clasicismo florido del sur y vinieron a Madrid para impartir dos lecciones de toreo sin necesidad de cortar oreja alguna.

         Eugenio de Mora es sin duda el torero más puro del escalafón actual. Inicia cada serie con tal pulcritud en los cites, la muleta planchada y sin artificio presentada desde la colocación exacta del cuerpo entre los pitones, que el viaje posterior del toro necesariamente transcurre ceñido y emocionante, sometido al poder del temple y rematado como se debe, hacia adentro y detrás de la cadera. Ese planteamiento trae Eugenio a Madrid todas las tardes últimamente y sólo es cuestión de tiempo que el público lo refrende con el gran triunfo mediático que se merece, aunque para los avisados del acontecimiento, el triunfo comparece cada tarde en la que el de Mora ofrece al toro su muleta. En la corrida de Fuente Ymbro, sus dos toros fueron los más parados así que ambas faenas fueron de más a menos y acabaron malbaratadas por un deficiente uso de la espada.




         Curro Díaz ha venido engolosinando a la cátedra casi todas las tardes desde que su figura pinturera desplegaba la muleta en el tercio y se entretenía en engalanar la corrida con ayudados excelsos y trincherazos de orfebre. Después, lo normal era que el toro se acostara un poco por aquí, o se colara un poco por allá, y a la menor complicación, el torero se afligiera sin redondear la obra que tan elevados principios había tenido. Pero de un tiempo a esta parte, algo ha cambiado. Curro ha echado una buena temporada acaparando sustituciones ante ganaderías nada cómodas y ese oficio que da el torear más que otros años o la madurez que proporciona haber llegado a la edad en que no debe dejarse escapar el último tren de la gloria, sin duda le han conferido un fondo de valor que le permitió componer macizas faenas a los de su lote, y sobreponerse a dos cogidas espeluznantes cuando Curro se abandonó al esteticismo de su sello sin tener en cuenta la encastada mansedumbre del tercero. Para el recuerdo dejó una serie de naturales a pies juntos que meció con la parsimonia de los elegidos, un cambio de mano profundísimo en el que por fin aunó estética y poder y ese empaque inolvidable con el que esperaba impávido al toro entre muletazo y muletazo, en el sitio de torear.  



  
         Coincidiendo con la feria, mi hijo de quince años ha empezado a estudiar filosofía en su último curso de secundaria. El primer debate propuesto por la profesora para practicar la mayéutica socrática no ha podido ser otro que la tauromaquia. De los quince alumnos que conforman la clase, sólo uno se manifiesta seguidor de las corridas de toros, a otros cuatro no les gustan pero las toleran, los demás son partidarios de su prohibición y al menos la mitad de ellos practica un animalismo beligerante. Me temo que a la profesora, ante semejante alumnado, le costará bastante extraer la verdad y a nosotros, defender nuestra pasión cuando estas nuevas generaciones dominen el mundo. Me conformo con que mi hijo, que hace tiempo dejó de interesarse por la obsesión de su padre, no se pase al otro bando.

viernes, 2 de septiembre de 2016

INVESTIDURA

Son las cuatro y media de la tarde de mi penúltimo día de vacaciones y Rajoy apenas ha comenzado su discurso de palabras huecas con el que pretende convencernos de las bondades del lampedusiano pacto firmado con Ciudadanos, más de cien reformas diseñadas por sesudos equipos de tecnócratas para maquillar el disimulado propósito de que todo siga igual.

Don Mariano sigue arrastrando la ese por el estrado con una convicción encomiable, la misma que le hace permanecer todavía en política a pesar de la miríada de escándalos de corrupción que ha consentido y amparado. Érase un hombre a un desliz pegado, aquél que le hizo acudir al parlamento otro mes de agosto de hace tres años, para mentir sobre la financiación de su partido con la impunidad que ofrece tener asegurado el control de los tribunales que pudieran juzgar su actuación.

Rajoy intenta convencer a su auditorio de la necesidad de que haya gobierno con toda la incoherencia de que es capaz alguien que se negó a facilitar hace seis meses otra propuesta basada en medidas programáticas similares a las que ahora ofrece y que no apoyó fundamentalmente porque no era él quien estaba al frente del cotarro. Ni siquiera ha estructurado su discurso para pedir más adhesiones a su proyecto porque éste es el primer acto de campaña de las terceras elecciones en las que los gurús que le asesoran le han prometido una mayor cuota de poder con la que le obsequiarán los reyes magos de la desidia, la mentira y la ley d’Hondt.

Si Pedro Sánchez tomara prestada la inteligencia política que no posee, y se olvidara por un momento de los cuchillos que vuelan en su partido y del afán de venganza personal que le tienen paralizado, le cambiaría el paso de la estrategia a su contrario, se abstendría tapándose la nariz para que de una vez hubiera gobierno y al día siguiente lideraría la oposición exigiendo sin descanso las reformas reales que el sistema necesita para regenerarse, relegando a un rol secundario el papel de los arribistas que no llegaron a consumar el sorpasso. El sufrido espectador de la farsa se vería así agradablemente sorprendido por ese repentino abandono de la estrategia electoral que supondría cercar al partido en el gobierno para que el consenso sobre el sistema educativo, la justicia fiscal que nunca llega, la reforma del sistema electoral, la separación de los poderes del Estado y la igualdad de los españoles en todos los lugares del territorio nacional fueran por fin una realidad y no una eterna quimera.

Claro está que eso es lo que haría Pedro Sánchez si tuviera la inteligencia política que no posee y la voluntad reformista que no tiene.     

domingo, 21 de agosto de 2016

LO IMPORTANTE ES PARTICIPAR

    Los juegos olímpicos aparecen cada cuatrienio como una bendición que permite a los aficionados al deporte practicado desde el sofá, huir de la enojosa pugna futbolera que ya da la tabarra el resto del año. Incluso durante la tregua olímpica, los cantos de sirena futbolísticos pretenden sin fortuna restar protagonismo a los juegos, distrayendo al personal con su menudeo de fichajes multimillonarios y títulos intrascendentes de pretemporada, cuando a uno lo que de verdad le apetece es disfrutar sin complejos con un vibrante combate de judo en el que no entiende nada de lo que pasa en el tatami.

         El encanto de los juegos permite al menos en estas dos semanas igualar el triunfo del tenista más laureado con el de un anónimo piragüista cuya trayectoria sólo es conocida por su familia durante el resto de su vida deportiva. Hay una magia hipnótica en el pitido que suena cuando la proa de una embarcación española alcanza la línea de meta, casi comparable a la del ruido sordo del balón rozando la red de la canasta en los triples imposibles que lanzan nuestros héroes desde más allá de la leyenda.

         Las olimpiadas nos reconcilian con los deportes básicos que todos hemos practicado por obligación en el colegio y que siempre estábamos deseando orillar para seguir dándole patadas al balón en el patio. Las odiosas jornadas luchando con el plinto en el gimnasio o las interminables carreras por el inevitable parque vecino permanecen en la memoria para valorar como se debe a los superhombres que cada vez saltan más alto, corren más rápido, lanzan más lejos, a los gimnastas y nadadores que pasan cuatro años entrenando diez horas diarias por esa gloria única de sentir un metal brillando en el pecho. Lo mismo que nuestras estrellas futbolísticas que se ejercitan dos horitas sobre el césped y piden aumento de sueldo al final de cada temporada.

Por otro lado, el seguimiento intenso de los juegos mejora el entendimiento y cultiva el intelecto, nos obliga a indagar sobre disciplinas que requieren de conocimientos especializados a los que jamás podríamos acceder de otra manera, a entender de tiro sin haber hecho la mili, a disfrutar de la vela sin haber pasado de manejar un patín de playa. El variado muestrario de deportes olímpicos que el parroquiano del bar puede degustar desde la barra le permite ir más allá de la prosaica conversación de cada lunes sobre si la zambullida en el área del astro futbolero era o no penalti, para elevar un tanto el tono comentando ante sus amigos cuánto ha perfeccionado Mireia la técnica de giro de mariposa o lo acertado del talonamiento de Ruth cuando inicia su vuelo sobre el listón.

Y qué decir de la elevación de la moral patria que nuestros héroes olímpicos proporcionan a este atribulado país sin gobierno que gracias a sus gestas puede olvidar por un momento el bochorno cotidiano de sus líderes políticos. El sentido común que exhibe la mayoría de nuestros deportistas de élite, humildes en la victoria y ejemplares en la derrota, conformaría un buen programa de gobierno para un quimérico pacto Gasol-Nadal que con Carolina Marín de vicepresidenta, obtendría mayoría absoluta sin necesidad alguna de campaña electoral.   

         Es una pena que las medallas se acaben en el bronce y el cuarto puesto dure en la memoria lo mismo que las centésimas que lo separaron de la eternidad del metal. También nuestra existencia está llena de diplomas de consolación que guardamos en un cajón desvencijado sólo por el hecho de que en nuestro partido la pluma de bádminton cayó de nuestro lado. A pesar de las excepciones que a veces vician el espíritu olímpico de estos días, resulta una delicia abandonarse a la máxima del barón de Coubertin y mentirse un poco pensando, como en la vida, que lo importante no es el éxito sino luchar bravamente por la victoria, aunque las fuerzas y el talento solo nos lleguen para ir sobreviviendo en el magma gris de la mediocridad.

jueves, 14 de julio de 2016

LA MUERTE DE UN TORERO

        Muere un torero en la plaza. La conmoción se extiende por el mundo taurino y la incredulidad se hace presente en un ámbito desacostumbrado a la tragedia. La docilidad creciente del toro actual, los avances médicos de nuestros días y el planteamiento ventajista del toreo moderno aplazan cada tarde la cita cotidiana con la muerte, convierten el emocionante combate atávico entre el hombre y el toro en un espectáculo festivo e incruento, pero la muerte acaba llegando. Aparece la muerte para reconciliar al animal con su naturaleza y al espectador con su condición de testigo privilegiado de un rito único. La muerte viene para poner a cada cual en su sitio, al indeseable en su cloaca y al héroe en su pedestal.

         La muerte nos convoca para reivindicar una vez más la grandeza de la lidia de reses bravas. La estulticia del tiempo por el que nos toca transitar produce exabruptos tan deleznables como ignaros, pero no es el insulto el que nos daña sino esa lluvia fina que va calando mientras agachamos la cabeza ante el hostigamiento continuo del animalismo mendaz y sensiblero. Frente a la injuria, la ley o el desprecio. Frente a la entronización de principios espurios, es preciso fortalecer nuestra liturgia, y defender sin descanso los valores que encarna, la gallardía, el coraje, la entrega sin trampa, el afán de superación, ideales marcados a fuego en esos ídolos raros que siguen consagrando su destino al dominio del arte de poner en juego la propia existencia creando belleza.


         En una época en la que ha devenido anacrónico lo que siempre fue natural, proteger la integridad y la pujanza del toro es el mejor ataque contra los que confunden los términos y nos tildan de bárbaros. Resulta urgente no claudicar y salvaguardar la pureza del rito retornando al equilibrio de la lucha entre un animal encastado que puede matar y un hombre que se impone a la fiera embestida exponiendo su vida en el empeño. La senda contraria conduce a transformar la tauromaquia en una danza banal y prescindible, un juego absurdo en el que jamás volvería a tener sentido la muerte de un torero.    

viernes, 10 de junio de 2016

EL ESPLENDOR DE LA CASTA

   Se acabó lo que se daba. Terminó la feria que nos ha tenido en danza un mes seguido, la excusa anual para aplazar lo inaplazable, el acontecimiento cotidiano que hace más transitable la intrincada jornada laboral. Treinta tardes, ahí es nada, me pregunto si alguien soportaría ir durante treinta días a la misma hora, a un mismo cine para contemplar la misma película, al mismo restaurante en el que le sirvieran el mismo filete, al mismo mitin de una eterna campaña electoral. Y es que a pesar de los esfuerzos que hacen los gerifaltes taurinos por convertir el rito en una misa repetida a base de organizar la habitual salmodia del toro tonto, la esencia de esta fiesta subversiva e impredecible reaparece al menos en algún insospechado momento de cada tarde, consiguiendo que algunos irreductibles aficionados sigamos acudiendo a la plaza al reclamo de este espectáculo anacrónico y feraz. La extraña paradoja es que todo lo que a nosotros nos sigue convocando a la andanada parece molestar a la crítica oficial, empeñada en perseguir, de la mano de las empresas, no el fortalecimiento del tinglado que les da de comer, sino el pan para hoy y hambre para mañana de los paños calientes a las ganaderías cómodas solicitadas por las figuras y el palo incansable contra todo lo que salga por chiqueros y no embista por el camino trillado de la formalidad. En cambio, ni un pero para José Antonio Morante, el artista que rehusó venir a las Ventas porque el ruedo tiene pendiente, y se creyó tan poderoso como para exigir a la Comunidad la eliminación de la mítica cuestecita hacia los medios que incluso un Antoñete sexagenario aprovechaba a su favor. La famosa panza del ruedo venteño resulta un tourmalet tan insalvable para el de la Puebla que a Madrid viene pidiendo retroexcavadoras, tal y como hubiera dicho “el Caña” para saludar el despropósito del desnortado faraón de estos tiempos absurdos.


    
  
   La vida real sigue extramuros de las Ventas y en ella se suceden otros acontecimientos sin duda importantes, aunque el tauroherido que uno alberga los contempla como un sonámbulo perdido en la nebulosa de la feria. A su alrededor siguen cayendo los corruptos pero él sólo piensa en la corrida de Jandilla que el Juli había escogido para su última tarde en Madrid y en el baile de corrales que desembocó en su sustitución por los adefesios de el Vellosino; el equipo de sus amores gana otra copa de Europa pero él vibra más con las embestidas de Camarín al día siguiente, el toro de Baltasar Ibán ninguneado en los premios oficiales de la feria; incluso asiste al último concierto de Paul MacCartney en el Calderón y mientras tararea Let it be se pregunta si la corrida de Cuadri que se perdió por ir a ver a Macca recuperó por fin su antiguo esplendor.


       Ese esplendor volvió a la plaza, de alguna manera, en la última semana de la feria. El esplendor de la historia con la Miurada, el esplendor de la casta de los Ibanes, el esplendor de lo indómito con la corrida de Moreno Silva, tan denostada como necesaria, imprescindible elemento agitador entre tantas tardes plúmbeas construidas alrededor del toro dócil. Como era de esperar, las voces consentidoras del negocio sin sobresaltos, se alzaron en seguida contra los Saltillos intoreables pidiendo poco menos que la extinción de semejante mansada más propia de talanquera que de coso tan importante. Se les tachaba de toros decimonónicos a contraestilo de la tauromaquia moderna, sin reparar en que lo único que pedían esos toros eran los lidiadores eficaces que ya no existen, capaces de parar el animal y sujetarlo, doblarse con él por bajo y matarlo de una estocada arriba si puede ser. Y a otra cosa. A por el siguiente sin aspavientos, si sale abanto se le tapa la salida para picarlo como suele hacerse indebidamente todas las tardes con el que se deja pegar, si suena la flauta y algún piquero se equivoca y consigue ahormarlo, se aprovechan las diez o doce embestidas que ofrezca el manso y a matar. Que puede hacerse está probado. César del Puerto se lo demostró a su matador Alberto Aguilar con la eficacísima brega con que domeñó las agrestes acometidas del quinto de la tarde. David Adalid elevó su intervención a la categoría de obra magna en el segundo par de banderillas que puso al tercero, el toro que luego se le iría vivo a su matador con dos estocadas hasta los gavilanes y todavía entero. Fue el par de la feria y de muchas ferias, por la pujanza y la incertidumbre que transmitía el toro en su embestida y por la forma de afrontarla el torero de poder a poder, parando el tiempo al cuadrar el par entre los pitones, dejando en el aire un aroma de perfección que todavía dura.




        Hace no tanto se llegó a decir que la ganadería de Miura había que enviarla al matadero porque criaba toros de otra época y sin embargo uno de ellos le ofreció a Rafaelillo un pitón izquierdo que llevaba un cortijo escondido en el sitio que había que pisar para firmar la escritura. Por allí anduvo el murciano esforzando la figura por las afueras y sólo al final, se encajó más con el toro cuando rehuyó la ligazón y le enjaretó un par de buenas series de naturales. Lo pasó de faena y como la espada terminó de emborronar el negocio, la finca mutó en pisito.  Algunos que ya tienen fincas se anunciaron en la semana torista pero no fue con vacadas antediluvianas sino con los albaserradas del siglo XXI. Los Adolfos y Victorinos de nuestros días permiten a las figuras componer el gesto de anunciarse con ellos, y tundir sus cada vez menos encastadas acometidas con interminables faenas sin exponer un alamar. Así pasó con Castella y Abellán que acapararon los lotes más bonancibles de sus corridas sin que nadie ya se acuerde de sus trasteos apenas una semana después de su gesta. También fue un esfuerzo para el Cid anunciarse con los cárdenos de la A coronada tras la debacle del año pasado, y aunque él tiene la moneda y puede cambiarla en cualquier momento, las carnes no le acompañaban en el empeño y huían del compromiso que supone quedarse quieto ante la leyenda de Victorino.


         Entre los toros asalvajados y los toros domesticados, el triunfo de la casta que habita la ganadería de Baltasar Ibán puso las cosas en su sitio y la oreja de saldo cortada por Alberto Aguilar a Camarín, el toro más bravo de la feria, no hizo sino empequeñecer un poco más la categoría de la plaza si el presidente de turno sigue avalando peticiones minoritarias y no sabe resistirse al griterío amplificado por la demora cómplice del puntillero y el paso lento de los mulilleros. En realidad, Aguilar bastante hizo con quedarse por allí ante el vendaval de casta que se le venía encima, pero en lugar de resolver la incesante codicia del toro en muletazos mandones instrumentados en el sitio, le aplicó una sucesión infumable de trapazos y las inapropiadas soluciones del toreo moderno, así que se fue sin torear. La estocada entera saliendo trompicado creó una ficción de riesgo que no era tal y la eficacia de los carontes de turno hicieron el resto para la consecución de la orejilla.




         Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro. Cervantes puso esta frase en boca de Don Quijote porque en su tiempo no existía aún la corrida de la Beneficencia. En esta época, la corrida más importante del año se diseña antes de la feria, y se incrusta en ella, para aprovechar el tirón del abono en la taquilla. Cuando un servidor empezó a ver toros en Madrid, principios de los ochenta del siglo pasado, el festejo era un premio para los triunfadores del ciclo isidril, aceptado por el torero como un honor a destacar en lugar principal de su currículum. Esa tradición quedó hace tiempo arrasada por los intereses empresariales que nunca descansan y no están dispuestos a afrontar el riesgo de una tarde fuera de abono con Mora y Ureña en el cartel, un suponer, toreros menos glamurosos que José María Manzanares, que con esta deferencia de la empresa obtiene un puesto de privilegio en Madrid que no se ha ganado y pasa el trago de la feria de la manera más cómoda. Es lástima que el bueno de Jose Mari, dotado con unas condiciones excepcionales para mandar en esto, tenga tan escasa ambición y se conforme con cubrir el expediente de una raquítica comparecencia. Su labor con el segundo presagiaba una tarde de servicios mínimos, pues al primer respingo del toro le siguió una faena sin apostar, con la falta de compromiso a la que nos tiene habituados. Para su fortuna, de quinto salió Dalia, el que pone los nombres en la ganadería de Victoriano del Río es un cachondo que el día del bautizo canturreaba una copla de la Piquer. El Rey emérito en el palco se regocijó con el homenaje a su antepasada y Manzanares comprobó en los elegantes lances de recibo cómo el toro salía ya dominado del chiquero. Después se acordó de su padre en un quite por chicuelinas de manos bajas y aún seguía por allí su fantasma cuando inició la faena con dos trincheras inmensas de muñecas rotas. Sin embargo, no se dio cuenta de la gloria que había en el pitón izquierdo del toro hasta que bordó un pase de pecho interminable tras amontonarse un tanto con la mano derecha. Cuando por fin tomó la izquierda, surgieron los momentos más estéticos de la feria, en tres series de naturales templadísimos, erguida la figura con el empaque de la casa, el ceñimiento justo que demandaba la franca embestida y la colocación precisa para no hacer de la ligazón una mentira. Un cambio de mano en las postrimerías aceleró los corazones y los preparó para la estocada final, cobrada a toro arrancado con la seguridad de que no se le iba a escapar el triunfo grande en la faena de su vida. El público llegó incluso a pedir el rabo cuando el presidente Julio Martínez hizo otra de las suyas y sacó los dos pañuelos blancos a la vez. La petición fue un espejismo que incluso hubiera sido justificable por la concesión anterior de dos orejas a la faena menor de López Simón al tercero de la tarde, una labor vulgar por debajo de la pastueña condición del toro que sólo tomó vuelo en la consideración de la gente cuando el torero salió revolcado al entrar a matar.



  

         Al fin dos matadores volvían a salir por la puerta grande como veinticinco años atrás hicieran Ortega Cano y César Rincón, aquellos toreros que se ganaron la gloria del recuerdo a sangre y fuego, enfrentándose al toro de respeto. Volver a la senda del toro íntegro y encastado es la clave de la supervivencia de la fiesta. El camino contrario conduce a debilitar este bendito espectáculo y dejarlo a merced de la última ventolera electoralista que perpetre el gobernante de turno. Dios nos coja confesados.