viernes, 19 de junio de 2015

FIN DE FIESTA

        Durante la Feria de San Isidro, la plaza de toros de las Ventas es mi casa, su andanada, mi atalaya, el privilegiado balcón desde el que me asomo, cada tarde, a la alegría. Un mes de toros en el que la vida se organiza en torno a la cita con el festejo diario, las obligaciones cotidianas son menos penosas si se tiene el pensamiento puesto en que a las siete de la tarde te espera un insólito refugio en las alturas desde el que se contempla el toreo, la extraña metáfora que nos permite todavía asistir a las glorias y a las miserias de la existencia expuestas en el enfrentamiento entre el hombre y un animal salvaje.

         Hace ya bastante tiempo que quedó institucionalizado el ardid del empresario de concentrar en la última semana de feria todas aquellas ganaderías del gusto de la afición más exigente para despedir el ciclo con el buen sabor de boca de las embestidas encastadas que sin embargo, descomponen a las primeras figuras del escalafón. La táctica es clara. Se acartela a los toreros menos placeados frente a los toros más difíciles y al tiempo que se consigue el objetivo de mantener el prestigio torista de la plaza de Madrid maquillando un tanto la gran cantidad de ganaderías bobas soportadas antes de la traca final, la crítica cautiva aprovecha el fracaso artístico de estas tardes para darle más palos que a una estera al toro que no conviene al sistema, al toro que no deja estar a gusto y no permite expresarse y disfrutar, el que molesta a los instalados porque no da vueltas como un perrete siguiendo un señuelo que no es necesario manejar acreditando poder y hondura. Ese toro ha venido esta última semana a Madrid y ha puesto casi siempre seriedad en el ruedo, ha obligado al espectador a estar pendiente de lo que allí sucedía, transportando a la plaza a un ambiente de incertidumbre distinto del relajo pipero de todos los días, exigiendo a los de luces firmeza de planta y un corazón valiente para enfrentarse a las divisas de las que suelen huir las figuras como lo hacen los políticos de sus promesas electorales.

         Pero como el sistema quiere para la fiesta del siglo XXI un espectáculo postmoderno sin sobresaltos, donde la emoción quede reducida al cosquilleo estético del baile de salón con un animal domesticado como pretexto, conviene criticar mucho el planteamiento de estas tardes, describirlas como necesario estrambote para calmar las exigencias de los aficionados ultras y decir que la verdadera bravura no se mide en la antigualla del peto sino que depende de la duración del toro en la muleta, ante la cual el candidato a premio debe aguantar no menos de setenta viajes colocando bien la cara sin un aspaviento de informalidad. No comprenden, o quizá sí, que están destruyendo un rito que siempre se basó en lo contrario, en la fiereza del toro, en su integridad como bestia impredecible y en la entereza de un hombre distinto que en busca de la gloria pone en juego su vida. En cambio, el sistema busca el otro toro, el animalito criado para ser dócil y salir amaestrado del chiquero, elemento imprescindible para subvertir la esencia de una fiesta cuya fuerza se sustenta en la presencia de la muerte siquiera como hipotético telón de fondo del juego taurómaco. Los nuevos mercaderes del templo necesitan aplazar esa idea terrible que amenaza con arruinar su ideal de festejo anodino compatible con un tendido a poder ser cubierto, entregado al consumo de merchandising y bebidas espirituosas, en un escenario que cada vez se parece más a un centro comercial en el que los avatares de la lidia no estorben demasiado el ordenado desarrollo del negocio.  
   
         Contra todo eso, la semana final nos regaló suficientes momentos épicos como para posponer un tanto el apocalipsis. Si bien es cierto que ninguna de las ganaderías anunciadas presentó un encierro en el son de sus mejores tiempos en esta plaza, anotamos la recuperación de Partido de Resina que parece haber abandonado la endeblez de sus últimas corridas añadiendo mayores argumentos al habitual reclamo de guapeza que ofrece el anuncio en los carteles de la mítica estirpe de Pablo Romero. Encierros muy venidos a menos fueron los de Cuadri y Adolfo Martín, que sin embargo imponían una tremenda seriedad en el ruedo, cada uno en su tipo tan distinto, como también lo hizo la corrida de Baltasar Ibán, garantía de casta inagotable contra la que no valían las soluciones de toreo moderno aplicadas por la terna nuestra de cada día. Bastante tenían con anunciarse con el toro de respeto del que abominan los poderosos, y una vez allí los gladiadores de tantas tardes esgrimieron redaños frente a las embestidas inciertas, especialmente un resucitado Luis Miguel Encabo, que se jugó el tipo de verdad ante un peligrosísimo Cuadri al que ya le había plantado cara en las verónicas de recibo ganando terreno en cada lance para construir luego una faena donde era imposible quedarse en el sitio sin resultar atropellado. También se hizo el ánimo Castaño en su última tarde, en la que planteó un trasteo muy sólido a su segundo Miura justo cuando todo estaba a la contra tras la fea cornada del toro a un Marco Galán que sigue imponiendo su magisterio con el percal de brega y sufre más de la cuenta en banderillas. Discreto y cumplidor anduvo Robleño, al que se le vio más cómodo en la distancia corta del Cuadri parado que en la moneda al aire de la distancia larga que pedían los ibanes.

         Y Rafaelillo. El bravo torero murciano desmintió la pregonada imposibilidad de sacarle partido al encaste de Zahariche. Su primer Miura se había despeñado por el camino de la invalidez absoluta y sólo le quedaba una oportunidad en Madrid que comenzó a aprovechar con una emocionante larga cambiada en el tercio y después con una enfibrada faena de menos a más en la que siempre fue hacia adelante buscando al Miura en su terreno, toro incierto que se entregaba cuando la muleta dominaba por abajo y buscaba al torero cuando se le vaciaba por arriba. Trasteo a toma y daca, de mucho aguante y taleguilla rota, con momentos de toreo caro, sobre todo en un cambio de mano excelso y en naturales aislados de desmayo inverosímil, en los que Rafaelillo se acordaba del novillero de calidad que fue. El triunfo grande se adivinaba por la respuesta del público, tan radicalmente distinta de la que había precedido a las numerosas orejas de saldo concedidas este año, pero con el fallo a espadas llegó la frustración y la vuelta al ruedo de un torerazo en llanto sin consuelo posible.



         Qué distinta de la miurada fue la corrida de la Beneficencia, la que antaño brillaba más que el sol. Como nos maliciábamos, la segunda entrega de victorianos en la feria no sacó las mismas complicaciones de la primera y uno no acierta a explicarse cómo, con el interés dizque tienen las figuras por terminar de consagrarse en Madrid, el ganadero las engaña de esta manera enviando los toros con menos posibilidades de triunfo. Pese a todo, alguno sí salió bastante a modo para el propósito pretendido por Julián y Miguel Ángel, pero oye, ni por ésas, fue tal el panorama de vulgaridad que propusieron los poderosos que apenas levantaron unas tibias palmas del festivo y predispuesto público de esa tarde.       

         La de Adolfo tampoco fue para tirar cohetes. Hasta que salió el sexto, los toros habían sacado la casta justita para que Castella se justificara y pudiera blasonar el resto del año de haber sido el triunfador de la feria sin rehuir al menos una cita de más compromiso que el que está acostumbrado a transitar, y para que Urdiales se despidiera de Madrid con el cartel intacto, pues si apenas dijo nada con las ganaderías comerciales, volvió a estar bien dando la cara con el toro de respeto al que le enjaretó alguno de los muletazos más caros del ciclo de este año. En cambio, Manuel Escribano quizá no pueda terminar nunca de depurar su estilo hasta alcanzar la compostura del diestro riojano, lo cual no importa nada si antes de retirarse firma cuatro o cinco faenas como la que le hizo a Baratero, el sexto toro de la corrida de Adolfo Martín, que salvó el honor de la divisa por su casta indómita y por haber encontrado enfrente a un torero cabal que le arrancó una oreja al final de una lucha a sangre y fuego. El de Gerena fue capaz de dominarlo ya desde el tercio de banderillas, cuando se sobrepuso a un atragantón enorme en el último envite, en el que el toro le esperó en el tercio y le tiró un gañafón terrible que no encontró carne por el puro milagro obrado por la medallita que sí partió con la guadaña de su pitón derecho. Escribano volvió a coger los palos sin rehuir la pelea y en los mismos terrenos le dijo al toro aquí estoy yo colocando esta vez sí el par más emocionante de la feria. La faena se desarrolló en el mismo tono de incertidumbre por la condición del toro y por el valor sin cuento del torero, perfecto siempre de colocación, demostrando a quien lo quisiera entender cómo es posible sobreponerse al peligro evidente pisando el terreno del toro, invadiendo esa frontera sin perder pasos como hacen los que quieren evitar el riesgo a toda costa. Desde ese sitio privilegiado, surgieron naturales trazados a ley, muy templados y ceñidos, unos ligados y otros de uno en uno, a pies juntos, muy hermosos, rematados donde se debe. La suerte de matar sólo tuvo el borrón de la pérdida de la muleta que como metáfora de la entrega de Escribano, quedó prendida entre los pitones hasta que dobló el animal.  



         El sitio de los toreros. El sitio del triunfo. Un sitio al que no se acercó el Cid en ningún momento de la tarde del cinco de junio, fecha emblemática en la que fue recibido por Madrid como sólo Madrid sabe agasajar a sus toreros predilectos. Se sentía el afecto en la ovación de gala que ya sólo se repetiría una vez más en la tarde para un puyazo en la yema de Tito Sandoval. Y es que Manuel anduvo como una sombra por la plaza, intentando sobreponerse a una victorinada dura, tres y tres, la primera parte más toreable y la segunda muy cuesta arriba para un hombre derrotado casi desde el principio, cuando intentó ponerse donde se ponía antes y comprobó cómo las carnes huían del compromiso, incapaz ese cuerpo de aguantar como antaño la embestida en la larga distancia, desasistido de las cuadrillas mediocres que contrató para una corrida de tanta exigencia, desolado el tendido contemplando el triste espectáculo de la huida y la decadencia. La memoria se nos iba hacia esa tarde del otoño de dos mil trece en la que el torero de Salteras dictó su última lección magistral en Madrid, o hacia el mes de agosto de 2007, cuando el Cid salió en triunfo por la puerta grande de Bilbao en otra tarde a solas con los Victorinos, tan lejos de ésta en el planteamiento y en la sensación de impotencia que ofrecía ahora el torero vencido. 



        Cuando abandonábamos la plaza demorándonos por la querida andanada que nos ha dado cobijo durante este último mes de fríos y calores, de tedio y emociones, nos preguntábamos si a Manuel Jesús todavía le quedarán arrestos para reivindicar su apodo en ocasión más propicia, al menos en una tarde más de gloria que él nos debe y la plaza a él, y con estas cavilaciones íbamos sobrellevando el ambiente de derrota que todavía nos acompañaba mientras subíamos por la calle de Alcalá, y nos despedíamos de la rutina isidril, camino de la incertidumbre del estío.

lunes, 1 de junio de 2015

PLAZA DE TALANQUERAS

Desde el año pasado, la empresa de las Ventas, con la connivencia de la Comunidad de Madrid que le arrienda el coso y que blasonando de ser defensora de la tauromaquia contribuye así a su hundimiento progresivo, introdujo un sistema de abono en el que pueden desecharse unos cuantos festejos de los anunciados en el serial, vendiendo el invento como novedad benéfica para el bolsillo del aficionado. Si además se configura una cartelería sin gran atractivo en la que abundan las tardes carentes de contenido, el sufrido abonado acaba huyendo de la quema en bastantes más ocasiones de las que desearía, mientras los tendidos se llenan de un público cada vez menos preocupado por el prestigio de la plaza, gentes a las que solamente importa convertir su regalo en una tarde de triunfo. La estrategia viene siendo claramente despersonalizar la plaza más importante del mundo en beneficio del negocio de unos pocos, convertirla en una talanquera triunfalista en la que se cortan orejas casi todas las tardes tras faenas que hace tiempo no serían recompensadas ni con unas tibias palmas a la voluntad.

         De ese tipo fueron las dos que cortó López Simón a la corrida de Las Ramblas, para abrir por segunda vez consecutiva la puerta de Madrid. Ya tiene recorrida la mitad de la gesta que dejó Rincón para la historia en el 91, y todo ello sin haber dejado un solo pasaje para el recuerdo. Tan solo la voluntad y el amor propio para sobreponerse a las cogidas no pueden bastar si todo ese bagaje se presenta envuelto en las formas vacías del destoreo y la vulgaridad. Sus compañeros de terna esa tarde, David Galván y Víctor Barrio, siguieron ese mismo camino pero sin tocar pelo y en absoluto justificaron su inclusión en los carteles de San Isidro.


          Una historia parecida se vivió en la última novillada de la feria en la que debido a las cogidas de sus compañeros, Francisco José Espada tuvo que matar los seis novillos de la corrida. Solventó la papeleta con gran disposición de ánimo mas sin grandes argumentos artísticos, instalado toda la tarde en los cánones del toreo moderno. Al fin y al cabo, la culpa no es del chaval sino de aquéllos que ya en las escuelas taurinas tergiversan los principios clásicos que hicieron de la tauromaquia un arte con un sentido, el de dominar a un animal bravo creando belleza. Afortunadamente, el presidente de turno tuvo la cordura de no conceder el salvoconducto para la puerta grande que fue pedido por algunos tras un bajonazo para rebajar aún más la categoría de la plaza.

    La corrida del Puerto de San Lorenzo volvió a presentar toda su decadencia en San Isidro y pese a ello, los toros llegaban a la muleta regalando embestidas aprovechables para un torero que tuviera la ambición que Miguel Abellán y Antonio Ferrera ya no tienen. Abellán sigue insistiendo con esta vacada a la que no fue capaz de cortar una sola oreja en su encerrona de Otoño. Recompensado tras aquella gesta con tres tardes en San Isidro, su paso por la feria mantiene intacto su cartel entre los espectadores que vinieron a comprobar en la plaza si su apostura era la misma que cuando le veían bailar en el prime time televisivo. Ferrera, por su parte, también bailó lo suyo delante de sus toros y ni siquiera ha destacado como antaño por su pericia lidiadora. Puede haberse anotado el récord de haber colocado doce pares de banderillas sin cuadrar en la cara ni una sola vez. Daniel Luque sorteó esa tarde un sobrero de Pereda ante el que demostró toda la incapacidad que atesora. El destino le dio una segunda oportunidad con otro sobrero de Parladé en su segunda tarde, toro bravo y repetidor que sólo encontró en la muleta de Luque una sucesión de vulgares banderazos sin poder alguno para domeñar sus encastadas embestidas sobre la arena venteña en cada una de las cuales iba pidiendo a gritos un torero. No había estado mucho mejor Luque en su primer Juan Pedro al que cortó una oreja en la cual el prestigio de la plaza se despeñó un escalón más al ser pedida y concedida tras una estocada que hizo guardia. La faena tuvo como principales virtudes una tremenda voltereta del matador en los estatuarios iniciales y ese adefesio que él mismo ha patentado llamado luquesinas y que llevaron al paroxismo a la plaza. Como estará la cosa que, sabedor de que la oreja iba a ser pedida y concedida de igual manera, ni siquiera el peonaje se preocupó de sacar rápidamente el estoque como suele hacerse normalmente para ocultar el desaguisado.   

       La corrida de Juan Pedro Domecq fue tan buena para el torero que los animalitos parecían decir camino del desolladero aquello de "Dios qué buen vasallo si hubiese buen señor". Relatado ya lo de Luque, Finito de Córdoba pasó por la corrida tirando líneas al hilo del pitón sin allegar a sus faenas los arrestos que tuvo para encararse con el público disidente de sus maneras. En cambio, Alejandro Talavante sigue avanzando pasos en su condición de torero consentido de la afición de Madrid. Pudo haber conseguido el triunfo grande si hubiera manejado bien la espada y aunque no redondeó ninguna de sus dos faenas, tuvo en ambas momentos de toreo muy caro, sobre todo en algunos naturales aislados de mano baja rematados detrás de la cadera y sin rectificar terreno, pero prefirió abonarse al efectismo del toreo accesorio mas de gran exposición, sobre todo en una escalofriante arrucina de rodillas y en un pase cambiado por la espalda que levantaron clamores.


     La semana estaba montada en torno a la madre de todos los carteles. Alcurrucenes de lujo para Morante, el Juli y Castella. Los alcurrucenes de serie B ya habían sido despachados la semana anterior con más pena que gloria por otros diestros con menos fuerza en los despachos y el resultado de la tercera tarde de los toros de los hermanos Lozano en la isidrada era previsible. Animales justitos de trapío y de casta con la única excepción de Jabatillo, número 145, un colorado que todavía debe estar embistiendo en la muleta sabia de Sebastián Castella que firmó su faena más importante en Madrid para abrir por cuarta vez la puerta grande de las Ventas. Su trasteo no siguió las normas que estableció Cecil B. de Mille para la película perfecta según las cuales la historia debía comenzar con un terremoto y a partir de ahí, seguir in crescendo. El terremoto se dio cuando el francés comenzó desde los medios con su conocido arranque por pedresinas aunque lo que verdaderamente conmocionó a los tendidos fue una inspiradísima sucesión de remates por bajo con la naturalidad de la improvisación. El runrún de los grandes acontecimientos se instaló entre el público en una primera serie de naturales de mucha clase, interpretados en el sitio exacto para no convertir la ligazón en una mentira, nivel que Castella ya no volvería a alcanzar salvo en algún momento aislado propiciado por la boyantía del toro, cuya profundidad sin límite hubiera merecido otro final distinto al toreo de saldo por circulares y doblones con que le Coq obsequió a la concurrencia antes de culminar la obra con un bajonazo perdiendo la muleta. A partir de ahí, los despropósitos se instalaron en el palco donde el presidente Javier Cano atendió la petición mayoritaria de la primera oreja y cuando parecía que iba a reafirmar la categoría de la plaza negando la segunda, sacó el pañuelo azul sin que nadie lo solicitara e inmediatamente el pañuelo blanco de la segunda oreja, con lo que erraba por partida doble legitimando a la vez la enésima puerta grande concedida tras un bajonazo y la vuelta al ruedo para un toro que salió suelto del caballo en sus dos encuentros con el picador. Lamentable.


      Más allá de este momento álgido, la tarde no dio para apenas nada más. El Juli pasó como una sombra por la plaza, incapaz de sobreponerse a la conmoción causada por el francés y Morante de la Puebla sólo se lució en un brindis al Rey padre hecho como Dios manda, esto es, dándole la espalda a la hora de lanzar la montera hacia la meseta de toriles, lugar en el que el monarca emérito parece haber comprado un abono para esta feria. 

     Victoriano del Río comparece este año en el ciclo por partida doble, y el aficionado anda con la mosca detrás de la oreja sobre el hecho de si los toros reservados para la corrida de la Beneficencia, mano a mano para el Juli y Perera, serán tan dóciles como estos dos poderosísimos matadores desean o sacarán el puntito de genio que descompuso a la terna de la primera tarde de Don Victoriano en Madrid. Diego Urdiales agotó su segundo cartucho en la feria fracasando sin paliativos frente a un lote con dificultades que no supo descifrar. Parece como si el riojano hubiera abandonado la mentalidad que le hacía salir airoso con las ganaderías más duras, en estas tardes en las que viene anunciado de manera más cómoda, y sus carnes huyeran de comprometerse cuando inesperadamente el toro que se preveía noble le desborda una vez tras otra.

     En cambio, al Fandi le correspondió el toro más noble del encierro y lo pasó de muleta con su acostumbrada tosquedad, aunque quien da lo que tiene no está obligado a más. Como obtuvo la indiferencia del público ante lo que seguramente consideraría en su interior como el toreo mejor que cabía en sus capacidades, cuando el quinto sacó problemas tiró por la calle de en medio sin ningún pudor, levantando las iras del mismo público que antes le había ovacionado en banderillas sin ninguna justificación.

    Por su parte, Iván Fandiño también parece haber tocado techo tras el fracaso del Domingo de Ramos y, sin embargo, siguen flotando en el ambiente de la plaza los restos de la ilusión que animó aquella tarde, un no sé qué de respeto hacia aquella apuesta permanece en las actuaciones del matador vasco, por encima de sus limitaciones. En su última actuación en San Isidro no le salió casi nada de lo que intentó, pese a lo cual, se le sigue esperando.

   Entre los toreros de plata destacó la cuadrilla de Luque, tanto Antonio Chacón como el Algabeño, así como la de Fandiño, en la que Pedro Lara le sigue disputando a Marcos Galán el título de mejor lidiador del escalafón y Miguel Martín y Jesús Arruga continúan siendo una garantía de suficiencia y arte con los palos. 


domingo, 24 de mayo de 2015

JORNADA DE REFLEXIÓN

    Entre los mensajes de todo tipo que se amontonaban en la Puerta del Sol el quince de mayo de dos mil once, me sorprendió uno que permanece en mi memoria todavía: “Me gustas cuando votas porque estás como ausente”. Cuatro años después, el panorama político ha cambiado un tanto quién sabe si para que todo siga igual, de la misma manera que en esta segunda semana de feria, los signos de regeneración se han difuminado y el estado de cosas taurino ha vuelto por donde solía, al difícil calvario que el aficionado transita cada tarde, cuando ni los toros ni los toreros ofrecen mayor atractivo que los rostros que estos días nos sonríen desde los carteles electorales.

        En las Ventas, como en las urnas, siguen existiendo listas cerradas y bloqueadas de ganaderías que el empresario contrata año tras año con independencia de sus méritos en el ruedo. Jandilla, el Montecillo y Núñez del Cuvillo, vacadas con la casta en diminutivo, nos endosaron animales que, como los del Pilar suelen reunir las tres virtudes de la teología del toro moderno, feos, flojos y descastados. Para completar el desastre ganadero del que sólo se salvó Alcurrucén, el hierro de Parladé honró la tradición de fracasar en el día en que se descubrió en el patio del desolladero el azulejo que conmemora la injusticia que llevarán para siempre en su conciencia los ilustres críticos que tuvieron a bien concederle el premio a la ganadería más brava del año pasado.

         De las orejas que se han cortado esta semana en Madrid, nadie recuerda apenas nada, como tampoco quedará gran cosa de las promesas electorales que ahora nos circundan. Los vientos de cambio que se avecinan trajeron tempestades en el ruedo que la mayoría de los toreros sortearon acogiéndose al populismo de los terrenos del cinco donde sus desastradas formas encontraban mejor acomodo. Abellán desgranó en ese lugar algunos naturales encajados, para regresar más tarde al toreo insustancial que suele prodigar. Adame suplió con efectismo sus carencias y cumplió con ese exabrupto de la neoterminología taurina según el cual el mexicano volvió a puntuar en Madrid, donde seguirá jugando su liga particular de empate en empate hasta la derrota final. Castella sorteó el toro más dócil de la feria, un sobrero de el Torero, máquina de embestir sin malicia alguna al que se le simuló la suerte de varas, motivo más que suficiente para convertirse en firme candidato a premio. El francés le aplicó un sinfín de mantazos en línea para que el toro no se quebrantara y pudiera durar los ochenta viajes que el animalito se pegó por la periferia de le Coq, siempre más cómodo con el estajanovismo de la ventaja que con el riesgo de exprimir al toro en veinte pases con la enjundia de la verdad. La suma de despropósitos culminó en un bajonazo infame, ovación cerrada al toro y petición unánime. En cambio, la oreja de Manzanares se otorgó entre una fortísima división de opiniones. El niño de luto nos hizo el favor de dejarse caer por Madrid en su única actuación en el ciclo. Tuvo un lote para soñar el toreo pero se conformó con tirar líneas con su habitual empaque de escaso ajuste, como uno de esos políticos de los nuevos partidos que han hecho de la telegenia su principal virtud y no se atreven a cruzar la frontera del compromiso para no perder el poder que ya se avecina.



         Del mismo modo que en nuestra castigada piel de toro el crecimiento de la desigualdad es un hecho al que los gobernantes actuales se aplican con verdadero empeño, en los despachos de los que administran el negociado taurino se sigue favoreciendo a algunos toreros cuyo mayor poder no reside en su muleta sino en sus mentores. Resulta sangrante que el Capea siga viniendo a mostrar su incapacidad en Madrid o que Juan Bautista ocupe dos puestos y pase la tarde sin exponer un alamar, habiéndose quedado fuera de la feria matadores como Curro Díaz, Sergio Aguilar, Venegas o Teruel, de acreditada trayectoria en este ruedo y con personalidad suficiente como para redimir al ciclo de su penosa vulgaridad.

         A falta de la cita con la Beneficencia, Miguel Ángel Perera ya ha toreado dos tardes en Madrid sin más eco que el que levantan las palmas de cortesía de los espectadores más pudientes. A estas horas, nadie acierta a entender qué ha sido del pererismo triunfante del año pasado cuando surgían clamores donde ahora sólo hay silencio e indiferencia para idénticos argumentos. Su cara de estupefacción era la misma que la de los que por ahora atesoran el poder político cuando se preguntan por qué han perdido el favor de la gente a pesar de haber sido tan eficientes en la gestión de su propio negocio.

         A falta de que Fandiño y Escribano den su verdadera medida con otro tipo de toro, la alternativa al adocenamiento de los poderosos parece ser Diego Urdiales, al que antes de haber triunfado plenamente en Madrid han acartelado en tres tardes de lujo con el aval de aquellas dos gloriosas series de naturales de otoño, que aún brillan con fuerza en el erial que es la fiesta de este momento. Su toreo es distinto, por sobrio, puro y natural, pero en su primer discurso se debatió entre esas formas que enamoran y el sitio menos comprometido que conduce a ser consentido por el sistema.




         Si la regeneración tiene que llegar de la mano de los novilleros que han actuado hasta ahora, no vendrá por el camino del amaneramiento que trae Posada de Maravillas, cuya afectación le emparenta con la cursilería hueca de otro mesías que también lleva coleta, ni tampoco por la senda del tremendismo al que se abandonó Gonzalo Caballero cuando mató sin muleta para cambiar el revolcón por una oreja populista. En la lejanía se adivina un torero que viene del Perú con la hierba en la boca, un valor inmenso y el pulso con los engaños de los elegidos. Se llama Andrés Roca Rey, todavía es novillero y por lo visto en la Feria de la Comunidad en la que salió por la puerta grande y en esta Feria de San Isidro, está pidiendo toro en cada una de sus actuaciones. Quizá como el verso de Neruda, la regeneración venga de allende los mares tal y como sucedió hace casi 25 años cuando un torerillo de Bogotá puso las cosas en su sitio. Me gustas cuando callas porque estás como ausente, y me oyes desde lejos y mi voz no te toca … 



jueves, 14 de mayo de 2015

OCHO DE MAYO

OCHO DE MAYO

         En el 120 aniversario del nacimiento del rey de los toreros, daba comienzo la Feria de San Isidro del año 15 con la presencia de Felipe VI en una barrera del 10, por vez primera desde su coronación. Sin duda un gesto de apoyo a una fiesta que necesita algo más que visitas ilustres para no desangrarse definitivamente al tiempo que este país desnortado y a la deriva. Pese a todo, la primera semana de feria ha llegado a nuestras descansadas retinas con la ilusión renovada que han traído algunos toreros que se resisten a dejarse llevar por la fácil corriente de la falta de compromiso y el paso atrás. Ya dijo Ortega que el estado de la Fiesta suele ser un trasunto de la sociedad de cada momento y tal parece que en el planeta de los toros han aparecido signos de regeneracionismo que uno espera sean más prometedores que los cantos de sirena preelectorales que nos acompañan cada tarde, camino de la plaza.

         Incluso el toro que ha salido hasta el momento está bastante alejado de ese animal que los taurinos de guardia describen en sus crónicas como el ideal de la bravura, ese pastueño ejemplar que no repone, que no molesta, que deja estar a gusto, que coloca la cara ante las telas sin un aspaviento de informalidad, como dicen ellos. Dejando al margen el enésimo fiasco de el Ventorrillo, por descastado, las ganaderías que hasta ahora han desfilado por el coso venteño han traído el aire fresco que te hace estar pendiente del ruedo porque nada de lo que sucede en él es previsible, como no lo fueron la encastada mansedumbre de la vacada de los hermanos Lozano, el serio y bravo corridón de toros de Pedraza de Yeltes, o los brotes verdes de recuperación que se advirtieron en Fuente Ymbro. La de Salvador Domecq sacó un peligro desconocido en su estirpe y lo de Valdefresno ya fue la historia de siempre repetida año tras año por los hermanos Fraile en entregas sucesivas de descastamiento bueyuno que solamente la sabiduría de Eugenio de Mora llevó esa primera tarde a buen puerto.

         Y es que Eugenio de Mora, es, sin duda, el torero del momento. Aquel muchacho de buenas maneras un tanto superficiales que destacó en sus inicios allá por el cambio de milenio y llegó a ser consentido en las ferias, ha devenido en torero cuajado y cabal, superviviente de una larga travesía por el exilio interior de la Mancha televisiva, en el que ha ido depurando su oficio en los festejos organizados no se sabe bien si para matar o para acompañar el tedio de los sufridos televidentes de las tardes de los domingos. El caso es que el toledano hizo el toreo el primer domingo de feria, muy asentado de planta, abandonado al natural en su primer Valdefresno, ejecutando los pases siempre en el sitio y sin las ventajas que no hay por qué desplegar cuando el toro comparece sin dificultades que domeñar ante la muleta, y muy técnico en el segundo al que cortó la oreja, pendiente de administrar los toques necesarios para que el animal no siguiera su natural tendencia a huir, siempre templado y cargando la suerte. A este toro, además, le había recibido con el mejor toreo de capote visto hasta ahora en la feria, cuatro verónicas y media muy ceñidas y con el percal muy recogido que impactaron en la plaza por el fulgor clamoroso que rezuma el toreo de verdad.





         Esa tarde también tocó pelo Morenito de Aranda, dejando intacto el cartel que traía a la plaza tras su reciente salida a hombros en la corrida goyesca del dos de mayo. Aunque al torero castellano le sigue acompañando un aire de diestro pinturero más preocupado por lo accesorio que por lo fundamental, comparece este año más asentado y no desagrada su toreo vistoso y estético, unas formas que todavía no se deslizan por el camino de la mentira.

         Otro torero para anotar en la lista de los recuperables es Juan del Álamo. La buena impresión que dejó en la corrida de apertura se mitigó un tanto en su segunda tarde, pero el de Ciudad Rodrigo cortó una merecida oreja a un toro de Lozano hermanos al que sujetó en la muleta con formas más ajustadas que en corridas anteriores. Quién sabe si la tierra de nadie en la que se desenvuelve su carrera tras tocar pelo en cada una de sus últimas comparecencias en Las Ventas, le ha hecho meditar que dando el paso adelante del compromiso ante el toro puede llegar más alto que en el camino del seguidismo de la doctrina juliana.

         La misma tarde Pepe Moral no acabó de confiarse ante un lote que le ofreció un manojo de vibrantes embestidas para salir definitivamente del ostracismo en el que se hallaba varado después de su prometedora carrera novilleril, y siendo cierto que dejó naturales de nota, sólo se atrevió a quedarse en el sitio adecuado para ligarlos en una serie, pero el eco en los tendidos no se repitió cuando después se conformó con la senda menos comprometida del unipase. Una pena.

         La peor parte de la fortuna se la han llevado hasta la fecha Paco Ureña y Jiménez Fortes. El primero sorteó el toro de la feria, Agitador, que hizo vigente la máxima belmontina que advertía del gran desafío que supone que por chiqueros salga un toro bravo. Agitador fue el garbanzo blanco de la corrida de Fuente Ymbro, daba gusto contemplar su ensabanada capa moviéndose alegre por el ruedo pidiendo telas inspiradas para contribuir a una gran obra, empresa que parecía posible tras un tercio de varas sencillamente perfecto, administrado con sabiduría por Pedro Iturralde. En cambio, el toro encontró soluciones modernas a sus encastados viajes y salvo en el emocionante inicio de la faena en los medios en el que el animal se arrancó de largo, la reunión y el acoplamiento se fueron diluyendo entre una sensación de fracaso que pesó tanto en el lorquino que parecía acompañarle todavía en su segunda tarde en la que se estrelló contra los enterizos toros de Pedraza, ante los que completó su feria con el cuerpo y el ánimo hecho unos zorros, continuamente revolcado y a merced de su sino. Jiménez Fortes volvía a Madrid por única vez en el ciclo bajo el signo del 20 de mayo pasado en el recuerdo, la fecha de la corrida inconclusa que marca por ahora el destino de David Mora, impidiéndole reaparecer. A él le dedicó el malagueño los saludos a porta gayola con que recibió a los de su lote y más tarde puso un valor temerario allí donde las dificultades de los toros se imponían a sus carencias técnicas. Se salvó de milagro en el tercero en una faena muy comprometida en la que consiguió la oreja tras el colofón de unas escalofriantes bernadinas en las que el viento le descubría y le dejaba como única defensa la soledad del estaquillador, pero el sexto le cogió de lleno al citarlo con la mano izquierda sin rectificar terrenos y una vez en el suelo le metió el pitón en el cuello dejando en la plaza una sensación de tragedia que afortunadamente no se confirmó después.





         Castaño y el Cid pasaron por la plaza como una sombra de lo que un día fueron. Al primero, al menos le salva la cuadrilla y la garantía que supone que Adalid haya sido sustituido por Ángel Otero, quizá el peón más poderoso del momento. Si además tenemos la suerte de que a Tito Sandoval le corresponda parar a un toro bravo con la vara, inevitablemente surge el espectáculo al que asistimos en el primer puyazo que le propinó al cuarto de Pedraza, emocionantísimo encuentro en el que al final se impuso la pujanza de un animal de 639 kilos que acabó por derribar al picador, en una estampa para el recuerdo por la enorme pureza con que éste defendió su cabalgadura.





         La tarde en la que el Cid llenó de negros presagios su futura encerrona con los Victorinos, compareció también Talavante, provocando el primer lleno de la feria. Tuvo la suerte de recibir al torete más potable y chico del festejo, al que pasó de muleta con suficiencia y naturalidad, a veces más ceñido y otras menos, en una faena correcta pero sin enjundia que cimentó sobre la mano izquierda antes de cobrar una buena estocada. Para que luego digan que es difícil cortar una oreja en Madrid.

         La inevitable cuota mexicana de cada año ha desfilado por las Ventas con más pena que gloria. Adame, al que proclaman como el número uno del escalafón azteca, no hizo valer tal condición en una tarde anodina. El Payo volvía a Las Ventas con mucho más oficio que el de aquel novillero deslumbrante que nos enamoró hace tiempo aunque por el camino se ha dejado la pureza que sólo asomó de nuevo en una bellísima media verónica. Silvetti y Saldívar pecharon con lotes poco propicios a los que el primero contrapuso su habitual tosquedad y el segundo un apreciable empeño en hacer las cosas bien a la espera de sortear alguna vez un toro con posibilidades.


         Peor fue soportar la cuota integrada por aquellos jóvenes veteranos que se acogen a la feria a la espera de que suene la flauta y pase por su lado el último tren que les ofrece la empresa para un quimérico triunfo que año tras año, nunca llega. En ese grupo tocó aguantar a un abúlico César Jiménez y a un desafortunado Uceda Leal al que el viento y su propia decadencia sólo dejaron brillar con la espada y en un solo toro. Por el contrario, Padilla sí ha sabido subirse a ese barco pirata que le alejó de la guerra con el toro agreste, si bien su corte torero y sus méritos en esta plaza no justifican su acartelamiento lujoso en la feria por partida doble. En su primera cita, nada de lo que hizo tuvo interés dejando a la afición engolosinada con la perspectiva de verle de nuevo en la semana entrante.

lunes, 30 de marzo de 2015

LA GESTA DE LA ILUSIÓN

         

        El gesto de Fandiño fue la gesta de la ilusión. La ilusión de la esperanza puesta en una tarde de llenazo fuera de abono, algo que no se veía en Las Ventas desde aquellas citas con la magia de Curro o con el vértigo del José Tomás verdadero. La ilusión de veinticuatro mil almas llegadas desde los cuatro puntos cardinales del mundo taurino al reclamo del toro de respeto del que huyen habitualmente los que mandan en las cartelerías adocenadas del monopolio. Pero también la ilusión que se da de bruces con la realidad que nos devuelve a la evidencia de que no hay en este momento en el escalafón entero, torero alguno que pueda acometer con solvencia empresa tan complicada como la que planteó el de Orduña.


         Pese a todo, la corrida fue interesante, como siempre que en el ruedo aparece un animal íntegro y de comportamiento impredecible y cambiante, nada que ver con el espectáculo uniformemente anodino que se nos presenta la mayoría de las tardes y en el que vale cualquier tipo de lidia e incluso la ausencia de ésta. Y es que tanto el bellísimo pero flojo Pablo Romero, el encastado Adolfo que hizo segundo, el decepcionante Cebada, el bravo Escolar, el vareado y difícil sobrero de Adolfo que sustituyó al prometedor quinto de Victorino e incluso el descomunal y rajado sexto de Palha, tenían su lidia, cada uno con sus matices ante los que aplicar la variada gama de recursos técnicos con que cuenta la inteligencia del hombre para imponerse a la embestida irracional de la bestia.


         Pero no pudo ser. Fandiño es un torero honesto con un gran fondo de valor, con no pocos defectos y también numerosas virtudes que no comparecieron cuando más las necesitaba en la apuesta más fuerte de su carrera. Quizá fue la tensión del compromiso, la falta de rodaje o el cambio de hora, vaya usted a saber, pero Iván atravesó la tarde con el gris de su vestido nublándole la mente, torpón con el capote excepto en un par de manojos de verónicas de recibo, correcto en el tercio de varas en donde puso de largo a los toros que se lo pedían, parco en quites, sólo unas aseadas navarras al primero y las  inevitables pero emocionantes chicuelinas en una de las cuales el de Escolar también le tropezó el percal; ofuscado con la muleta, sin allegar a sus faenas el pulso necesario para templar las embestidas, para correr la mano hasta el final en las boyantes y domeñar con firmeza las complicadas, amontonado con las distancias que no supo encontrar en toda la tarde, terminó cada uno de los actos del desafío fallando con la espada, sin corazón suficiente para volcarse de verdad en el morrillo de sus oponentes, sin duda el desánimo que se apoderaba del diestro después de los sucesivos trasteos hacía difícil olvidarse de tanta seriedad como lucían por delante.


         Si intentamos deducir el planteamiento de la corrida por el orden de lidia de los astados, vemos que Fandiño sitúa en estratégicos segundo y quinto lugar a los toros en los que tal vez más confiaba, los lidia con su cuadrilla habitual e intuyo que pensaba que ésos serían los puntos álgidos de la tarde. Ahí puede tener una explicación el decepcionante final del festejo, con un torero desnortado y desfondado, agotado sin explosión en triunfo el cartucho del Adolfo titular, con el que no le funcionó la cabeza pues inexplicablemente le ahogó la embestida tras un buen inicio en la distancia correcta, y malogrado por lesión el bravo Victorino. Tampoco anduvo lúcido ante el gran toro de Escolar, bien picado por Israel de Pedro e irreprochablemente lidiado por la cuadrilla en la que destacó la forma de andar con el capote de Javier Ambel. Sin embargo, la faena épica que exigía el toro no llegó y sí, en cambio, un mar de dudas con la muleta, desarmes, trompicones y la sensación de un torero vencido. Cuando Iván vio desfilar camino de chiqueros al quinto, no buscó más argumentos para levantar la tarde, no halló por ningún lado la fuerza y el dominio que exigía el sobrero de Adolfo, y se derrumbó definitivamente ante el postre portugués.


         Viéndole cruzar la plaza entre la división de opiniones y los almohadillazos de los que venían a ver un triunfo y no entendían quién se lo había hurtado, era sencillo imaginar la sonrisa de complacencia que se estaría dibujando en los beneficiarios del actual estado de cosas, en los taurinos que en ese momento acariciaban en sus prósperas guaridas el gato de ese espectáculo falso que nos quieren seguir colando tarde tras tarde, hasta que a nadie le queden ganas de encerrarse de nuevo con seis toros de los de verdad.  

jueves, 5 de marzo de 2015

EL FACTOR HUMANO


       Si todo el tiempo que invierte el españolito medio en descubrir las mil y una maneras de medrar para alcanzar un objetivo llevando a cabo el mínimo esfuerzo posible, lo empleara en trabajar adecuadamente para conseguir ese mismo objetivo, el españolito quizá dejaría de serlo para convertirse en noruego o alemán. Pero entonces, nuestro compatriota escucha en la tele que esos eficientes caballeros del norte tienen el índice de suicidios más alto del mundo civilizado y que en realidad sueñan con haraganear bajo nuestro sol porque como en España no se vive en ningún sitio, e inmediatamente se absuelve de su habitual apatía, se perdona la incompetencia cotidiana y se le quitan las ganas de anhelar la transparencia y el control de la corrupción de los que goza el frío edén escandinavo.

         Y es que en España, la tolerancia hacia el que roba y gestiona mal es directamente proporcional a lo bien que le vaya a uno en el complicado oficio de salir adelante. El españolito medio no pide cuentas a sus gobernantes si tiene para ir tirando y puede disfrutar de un ratito de sol al final de la jornada. A este nivel de exigencia le deben su permanencia en el poder políticos tan evidentemente nefastos como los que han asolado la administración del Estado y de varias de sus autonomías durante lustros de desgobierno y corrupción. De lo contrario, resultaría inexplicable cómo el socialismo andaluz ha podido perpetuarse en el mando pese a la elevadísima tasa de paro que gestiona y cómo sigue encabezando las encuestas tras la revelación de los fraudes que han afectado a los sucesivos gobiernos de la Comunidad. Si todavía hoy en algunos círculos catalanes se defiende el pujolismo porque a pesar de todo al antes honorable las cuentas le salían y hacía país, y en la Comunidad Valenciana han reelegido sin rubor listas de candidatos cuya cara de imputados ya era patente antes de convertirse en ninots sin derecho a indulto, la única justificación posible es que quizá no quede otra alternativa que conformarnos con quemarlos una vez al año en la hoguera para acabar votándolos finalmente como representantes al cabo, de nuestra propia condición.


       En el fuero interno del españolito, siempre ha existido una secreta admiración por el que triunfa siguiendo el atajo del listo. El prestigio del esfuerzo callado y a largo plazo cede inevitablemente ante el elogio al espabilado que se hace rico aprovechando una ocasión afortunada o colándose por un resquicio del sistema. Es el mismo esquema mental que aplaude la triquiñuela en el fútbol, el escaqueo del funcionario, las bajas laborales que no son. El que critica el fraude fiscal a gran escala pero se congratula de sus pequeños enredos si no le pillan, el que demanda que los Gobiernos sean justos y benéficos pero no se habla con el hermano al que le fue mejor en el reparto de la herencia.

         De lo contrario, sería inimaginable que una persona que reaccionara contra la imposición de una multa de tráfico de la manera bochornosa en que lo hizo una famosa política madrileña, todavía tenga la desfachatez de postularse para alcaldesa de la ciudad que emplea a los agentes de los que huyó, basándose en el aval de su popularidad intacta en las encuestas. En un plano de gravedad superior, es el mismo mecanismo de complicidad entre gobernantes y gobernados que le permitió a González sobrevivir todavía unos años en el poder pese a la evidencia pública de su devenir por el crimen de estado.

         La picaresca está impresa en el carácter español sin necesidad de lecturas. No hace falta haber visitado los textos del siglo de oro para desarrollar el impulso mental que conduce a pedir que no te apliquen el IVA en la factura del fontanero o a usar la tarjeta de la empresa para gastos privados y no declararlos a pesar de haber sido ministro de hacienda. La tragedia de nuestra naturaleza corrupta nos hace sospechar que hasta Rajoy se salvaría del escándalo de los sobres si a sus administrados les hubiera ido mejor estos cuatro años en el reparto del pastel. Su prepotencia le impide ahora darse cuenta de que es inminente su sustitución por nuevas generaciones de gobernantes cuya limpieza actual se irá diluyendo irremediablemente cuanto mayor sea el poder que vayan acumulando.

         Todavía nos queda recorrido por delante para que prolifere el ejemplo de mi abuelo que cuando descubría que le habían devuelto de más en la tienda de la esquina, regresaba inmediatamente para desenredar el equívoco. Alguna vez me ha pasado a mí lo mismo pero debo reconocer que nunca he desandado el camino para volver a la tienda. 

martes, 9 de diciembre de 2014

LA PRINCESA ESTÁ TRISTE


La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa casóse con su apuesto plebeyo,
se prendó la infantita del brillante destello
que colgaba del cuello del impar jugador.

Vinieron después mieles, embarazos y halagos.
La pareja perfecta navegaba por lagos
encalmados y plenos de inmensa virtud.
Mas algo incomodaba a los Duques de Palma,
no bastaba la dicha ni la paz en el alma
del vivir regalado hasta la senectud.

Para ir amueblando su palacio de cieno,
nuestro Iñaki trincaba cantidades sin freno
que Cristina gastaba en su humilde rincón,
sin saber, pobrecita, el origen del lodo,
su marido era el amo, se encargaba de todo,
y ella sólo firmaba algún que otro talón.

En la España del pille y el llevárselo muerto
con la triste certeza de que vale ser tuerto
si te llevas al huerto la platita del rey,
el Urdanga medraba persiguiendo el ejemplo
del monarca que fuera mercader en el templo
del país de los ciegos, sin justicia y sin ley.

El yernísimo entraba en las consejerías
como Pedro en la casa de las autonomías,
recibiendo agasajos de salón en salón.
Si comía con Rita, le vendía un proyecto,
si cenaba con Paco, encontraba el afecto
y empalmaba gabelas hasta de Gallardón.
  
Mas el trepa pensaba con fatal desaliño
que a sus torvos manejos los cubría el armiño
del mantón coronado de ignorante altivez.
Cuanto más se enfangaba en sus turbios negocios
y creíase impune con tan célebres socios,
más cercano se hallaba del acecho del juez.
  
No contaba el muchacho con que el sátrapa isleño
que trepaba una mata de habichuelas sin dueño
era un torpe corrupto que le hablaba de vos,
al que el buen justiciero le seguía los pasos
y queriendo cobrarse la verdad y sus atrasos
descubrió el entramado y topóse con Noos.

Ahora todo es desdicha en el cuento de hadas,
proliferan corinas, se suceden trompadas
y hasta los cortesanos hablan de abdicación.
Cambiar quieren la historia con el listo heredero,
borbonean sin tregua amañando el postrero
artificio inventado para su salvación.

Pero el jefe no ceja, su tinglado peligra,
rememora el pasado de un abuelo que emigra
y pronuncia tres frases que devuelven la paz
a su dormido reino, me equivoqué, lo siento,
mientras reprime un gesto, ¿advertirán que miento?,
y al pueblo llano oculta su verdadera faz.

En Zarzuela el ministro de Justicia promete
con Rajoy de testigo y el fiscal de grumete,
navegar a Mallorca para hablar con Horrach.
Entre todos constatan que a una infanta de España,
el banquillo le causa depresión y migraña.
Gallardón vuelve oyendo un concierto de Bach.

El juez Castro resiste al complot de palacio,
manos limpias acusa, el fiscal es reacio,
siempre puede aplicarse la doctrina Botín.
El Estado no quiere reclamar lo que es suyo
si la hija del Rey va a acabar en el trullo,
todos somos hacienda menos Urdangarín.

Con la nena imputada, el final se complica,
Campechano se raja, el emérito abdica,
la hermanita abandona la familia real.
Caminito de Suiza marcha el duque empalmado,
con Cristina del brazo aunque ya sin ducado,
el peligro de fuga no lo advierte el fiscal.

La justicia es igual pero no para todos,
la de los poderosos se oscurece en recodos,
donde a veces se esconde el presunto favor
que el Juez Castro desvela acusando a su amigo
de brindar a la infanta un insólito abrigo,
el fiscal convertido en sutil defensor.

En el juicio su alteza no contesta, no sabe,
no le constan las cuentas, ni siquiera le cabe
un poco de vergüenza en su pobre actuación.
Su letrado protesta, ella está enamorada
y por eso jamás se enteraba de nada,
aunque luego firmara en las juntas de Aizoon.

La sentencia la absuelve, eso estaba cantado,
pero su maridito es por fin condenado,
le han caído seis años de los que hay que cumplir.
El Supremo confirma la opinión de la Audiencia,
la justicia ha llegado siempre que la indulgencia
del gobierno de turno no le ayude a salir.

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
El cuitado cuñado en la cárcel ingresa,
hoy el sexto Felipe goza de inmunidad.
¿Para cuándo el sistema dejará que una infanta
por sus actos responda sin que surja la manta
ignominiosa y lúgubre de la impunidad?