viernes, 10 de mayo de 2019

EL PENSAMIENTO DISNEY


Noviembre de 2018. Decenas de activistas del PACMA se manifiestan delante de un restaurante de la Puerta del Sol de Madrid, llamando criminales a los comensales que en ese momento degustan las especialidades del establecimiento. Al parecer difieren del genial Manuel Alcántara que consideraba al jamón como el mejor amigo del hombre, por encima de cualquier animal de compañía.


Diciembre de 2018. Adelante Andalucía propone en su programa electoral para los comicios autonómicos, jornadas laborales de ocho horas para los animales, dentro de las cuales dispondrán de sus correspondientes intervalos de descanso. El orwelliano escenario de “Rebelión en la granja” está más cerca de convertirse en realidad, siendo deseable que no se materialice también su alegoría estalinista.

Enero de 2019. Grupos de animalistas practican vigilias veganas para detener momentáneamente a los camiones de terneros camino del matadero con el fin de reconfortarlos en los instantes previos a comparecer ante el cadalso. Los conductores acceden y contemplan atónitos cómo esas atribuladas criaturas lagrimean desconsoladas mientras acarician tiernamente el hocico de las reses desconcertadas.


Abril de 2019. Se inaugura en Bilbao un bar para perros, donde se celebran “perricumples” con pizza, tarta y cerveza degustada por los animales mientras socializan con otras mascotas jugando alegremente a tirarse por el tobogán de una piscina de bolas. Sus dueños los miran arrobados y se declaran partidarios del modelo familiar interespecie, en el que personas y bichos gozan del mismo nivel jerárquico dentro del hogar.

En el escenario de una sociedad infantilizada y hedonista, la humanización de los animales provoca estas y otras escenas bufas como la del activista iluminado que se encadena al paso del toro de la Vega o irrumpe en un ruedo como acción de protesta, para acabar siendo volteado por un Miura que no entiende de derechos. Al contrario de los turistas que son devorados cada cierto tiempo por animales salvajes que no respetan su adanismo, los antitaurinos patrios tienen la suerte de ser salvados de estos trances por los toreros presentes en el ruedo a los que previamente habían acusado de asesinato.


El desencuentro entre ambos mundos impide cualquier posibilidad de  acuerdo y los derroteros de una sociedad cada vez más narcotizada contra el dolor, nos conducen a un futuro en el que la subversión de los valores tradicionales en esta materia provoca escenarios como el de los alumnos de la facultad de psicología de la Universidad de Oviedo que preguntados por sus sentimientos sobre la pelea taurómaca, dos tercios prefieren la muerte del torero a la del toro y a continuación se les permite seguir estudiando para ser candidatos a encontrar luz en las tribulaciones humanas. Es de esperar que en su maduración académica lleguen a entender que en la corrida no se maltrata al toro, se le lidia conforme a su condición indómita, siendo el único escenario de la convivencia humana con animales destinados al sacrificio en el que se les ofrece la posibilidad de defenderse, la opción de subsistir en la batalla y se les concede una muerte con honor. 

Puede que la suerte esté echada y el porvenir nos conduzca hacia la ineludible distopía de una tauromaquia abolida, donde el espectáculo que un día fue glorioso quede como triste recuerdo en un mundo raro en cuyos ríos se perseguirá a los pescadores como genocidas y en el que se habrá prohibido el chuletón por las hordas veganas que desconocen la cantidad de bichos que hay que cargarse para que crezca sana una lechuga. En ese mañana no tan lejano, las últimas caravanas circenses transitarán de incógnito nuestra geografía con el temor a ser linchadas por comandos animalistas que estarán a un paso de lograr que aquellos elefantes que hace un año sufrieron un aparatoso accidente de tráfico sean incluidos entre las víctimas de la operación retorno. Será el triunfo definitivo del pensamiento Disney, capaz de enajenar las mentes de varias generaciones con el recuerdo de la madre de Dumbo llorando tras los barrotes de su vagón. Entonces, resultará ya imposible reeducar a la gente en la idea de que el verdadero maltrato consiste en tratar al animal de una manera distinta a la que exige su naturaleza, y acabaremos contemplando, si todavía nos dejan, el esplendor del toro bravo confinado en un zoo.


jueves, 25 de abril de 2019

VOTAR EN VANO



Los tres son hombres, bien parecidos, hablan muy rápido, visten igual. Los tres comparten similar trayectoria de familia acomodada, educación privada y nula o escasa experiencia profesional, que se diluye pronto en una temprana vocación política y en el ascenso rápido a la cúspide de sus organizaciones, aprovechando la coyuntura de la crisis de los partidos tradicionales y su desplome electoral. Son gente osada de sonrisa fácil y pensamiento débil que apenas disimula la ambición.  

Los tres son hábiles, debaten con soltura, lucen fotogenia ante las cámaras, mienten muy bien. Los tres compiten en una danza perpetua de piruetas falaces, en donde bailan al son de los asesores de imagen y de los gurús de las encuestas. Si toca perfil bajo, el candidato se abstendrá de hacer declaraciones no vaya a cometer el error de mostrar su verdadera faz, si conviene crispación, se suceden las baladronadas en los discursos por ver quién es el que la tiene más grande, la propuesta nuestra de cada día al servicio de su impacto en la campaña del competidor. Los principios quedan aparcados porque el consejero aúlico del líder rampante ha detectado pérdida de votos hacia uno u otro lado del espectro político.

Y así el presidente que anduvo en pactos con sediciosos, ahora dice no es no al desafío independentista, avisado por su desastre andaluz. El que fue portavoz del partido de Rajoy se reencarna en hijo póstumo de Aznar para pelearle la primogenitura de la derecha al nuevo mesías, con el que comparte la crianza a los pechos del Estado autonómico en uno de sus chiringuitos compatibles con el ultraliberalismo a tiempo parcial. Y el adalid de la igualdad de derechos del ciudadano en todo el territorio nacional se abraza al foralismo por un puñado de votos mientras acoge en su seno a los restos de serie del bipartidismo profesional.

Aficionados a la inveterada costumbre de maquear el currículum, los tres son expertos en el arte de camuflarse a la búsqueda del voto. Si pretenden el apoyo de la España vacía, saludan exultantes a bordo de un tractor, si está de moda la sensibilidad animalista, posan sin complejos acariciando un perrito, si se trata de excitar las esencias patrias, se hacen acompañar en las listas de toreros fracasados para revisitar la evolución de aquel banderillero de Belmonte que según el Pasmo de Triana consiguió llegar a gobernador civil, como no podía ser de otra manera, degenerando.

Los nuevos próceres que se avecinan parecen empeñados en enviar al limbo de la abstención al españolito hastiado de aguardar comportamientos coherentes guiados por el respeto a la palabra dada. Esperar, por ejemplo, que la crítica de la corrupción ajena y la condescendencia con la propia no convivan en el mismo discurso. Esperar, si no es mucho pedir, que el presidente que exigía debates cuando era líder de la oposición no trate de eludirlos manipulando la televisión pública cuya neutralidad pone en entredicho. Esperar en vano que en esos debates, los intervinientes no se comporten como tertulianos grandilocuentes cabalgando sobre hipérboles efectistas y hablen sobre la necesidad de acordar políticas comunes que erradiquen para siempre la dependencia del populismo y del nacionalismo, de manera que el espectáculo ofrecido en la búsqueda del gráfico más resultón o el “gadget” más ocurrente, no convierta en moderado a quien sigue persiguiendo la liquidación del espíritu de la transición mientras enarbola una Constitución en la que no cree.

Cuando cesa el griterío, el español sentado ante su futuro no ha escuchado una palabra sobre la independencia judicial, ni un compromiso acerca del necesario pacto educativo, ni una verdad sobre el futuro de las pensiones, nada sobre la crisis que viene. Es preciso desdeñar las romanzas de los tres tenores huecos y continuar trabajando sin estridencias para no perder el estado de bienestar y el nivel de convivencia del que disfrutamos y votar, pese a todo, aun sin esperanza en que la urna sirva para algo más que guarecerse ante tanta impostura.



martes, 16 de abril de 2019

CENTENARIO ÍNTIMO



Yo siempre estoy en Cuenca aunque me encuentre lejos. Exiliado de la ciudad de la infancia, el alma sigue viviendo en la misma casa de los días azules, la morada que habitan mis mejores jornadas, aquéllas que me abrigan cuando todo es hostil. En el exilio no hay puentes que conduzcan a la dicha de atravesarlos sabiendo que en la ribera del Júcar, tras los muros de otoño de la iglesia añorada, él descansa esperando tu eterno retorno. Es el exilio la ausencia de su rostro en mi mirada, y es la intemperie insalvable de hallarse en casa ajena cuando el Señor está en la calle. Si el primer plenilunio de la primavera te trae la certeza de que ese año no caminarás tu ciudad al encuentro de sus pasos, tu orfandad será un abismo alojado en tu cuerpo hasta que no divises de nuevo su alada compostura hermoseando la tarde. Por eso al volver a Cuenca, el corazón se ensancha, retomo los senderos que el tiempo borró en vano, abrazo los recuerdos que esperan en la sombra y el mundo me sonríe, resumido en su luz.


Por seguirte en tu calvario
mi corazón te acompaña
la tarde de Jueves Santo.
El niño que fui me llama
camino de San Antón,
donde aguardan tu llegada,
desempolvadas tulipas
y cruces enamoradas.




Cada año esperan su llegada los enamorados del rito ancestral de la pasión de Cristo, los que enarbolan su tulipa en distintas hermandades, o prueban su fortaleza bajo el banzo día sí, día también. Yo, sin embargo, sólo soy de la Caña, de la muy antigua, ilustre y venerable Hermandad penitencial de nuestro Padre Jesús con la Caña, la del orgullo humilde que se hace presente sobre un fragor de bambúes, la que viste a mi ciudad cada Jueves Santo con su esplendor carmesí.


La espera llega a su fin.
Las cuatro y media en Mangana.
Miríadas de nazarenos
inundan la tarde santa,
y al compás de los recuerdos,
caminando con el alma,
se entregan bajo el capuz,
conversan con la mirada.




Y es que no hace falta decirse nada cuando se acude al reclamo de la alegría del reencuentro, y la memoria golpea tus sienes poblando el camino de amor y añoranza, el tiempo abolido en el presente efímero que huye al pasado de un niño que marcha detrás de la estela del primer nazareno, siguiendo el ejemplo de los que antes que él, ya se conmovieron con la representación del dolor en la ciudad hecha calvario, en sus calles empedradas de lamentos. Alegría y dolor, felicidad y angustia, amor y agonía, los sentimientos trenzan su corona de espinas en torno al rito atávico, alrededor de nuestra vida.    


El Júcar refleja púrpura,
las ramas parecen lanzas,
la hoz entera cobija
a Jesús el de la caña.
Cuánto amor en esa herida
cuánta dicha demorada,
cuántas noches de vigilia
van sosteniendo tu marcha.




Cuántas noches de vigilia sostienen nuestra pasión desde hace cinco siglos, ese quinto centenario presentido que está buscando el historiador que lo fije en el tiempo definitivamente, y por fin desentrañe el misterio de aquella primera procesión dedicada al culto de la Vera Cruz. Somos los herederos de los padres franciscanos que difundieron en el origen la veneración de la pasión de Jesús, a través de cofradías con hermanos de luz y hermanos disciplinantes, y de los miembros del antiguo Cabildo de la Sangre de Cristo, que hacia 1525 enterraba a los pobres y a los ajusticiados, a los que además daba consuelo espiritual, para fundirse después con el Cabildo de la Vera Cruz y unir su origen asistencial con el cometido penitencial que mantenemos en nuestros días. No es difícil imaginarlos procesionando en torno a la mítica Ermita de San Roque y al abrigo del Convento de San Francisco, situado en el Campo del mismo nombre, donde tenían lugar las ejecuciones de los reos civiles y de los condenados por el Santo Oficio.


La Vera Cruz se hace paso,
misericordia en su planta.
La campana de los reos
anuncia la madrugada.




La niebla del tiempo no permite distinguir las imágenes precursoras de todas las que después han sido. Un Ecce-Homo con las manos atadas portando esa caña que hoy nos guía, se hizo presente en Cuenca en un momento ignorado del siglo XVI. Le acompañaban un Jesús nazareno con la cruz a cuestas, el primer Huerto de nuestra historia y la primera Soledad, precedidos por el Cristo de las Misericordias portado por una sola persona que somos todos nosotros dándole impulso a la historia bajo la intimidad del capuz. La misma persona que entonces veneraba el primitivo Cristo de la Caña en la capilla de los Grandes Pasos de San Roque, fue después la que se ocupaba de cuidar la integridad de la imagen venerada cuando hizo guardia en la garita frente al invasor francés y la que adecentó la hornacina de su definitiva sede en el templo reconstruido de San Antonio Abad. Nuestro bisabuelo ya desfilaba entonces acompañando al paso decimonónico, sintiendo la plenitud que se instala en el corazón del nazareno en la Pascua de Resurrección, cuando el tiempo se detiene y se renueva el compromiso con la tradición. A él también le emocionaba el temblor del Miserere, y el quejido de las horquillas se iba clavando en su alma hasta que al fin las tinieblas recuperaban la noche y el fulgor de las heridas se apagaba en hermandad. También nuestros abuelos tuvieron que refugiarse en la Catedral como tantas veces hicimos nosotros cuando la tarde morada se resolvía en lluvia sobre nuestros enseres y sobre nuestros pecados. La estación de penitencia al amparo de su bóveda era el cálido consuelo que nos protegía a todos en estos trances no siempre venturosos. La belleza del entorno obnubiló a nuestros hermanos cuando tal vez pendientes de la magia del triforio, vencieron el paso sobre la rejería de la Capilla de los Apóstoles. Los daños del 34 fueron el anticipo de los desastres del 36, la ilusión de la nueva talla de Marco Pérez confinada en el recuerdo junto a la antigua imagen, el fuego de la intolerancia arrasando tanta grandeza en la misma puerta de San Antón.




Cristo cae y en su deriva,
nuestra derrota se ensancha
por ese puente de luto
que Jesús camina en andas.
El silencio se oye apenas
en las horquillas calladas.




El sufrimiento del enfrentamiento entre hermanos dio paso al calvario de la posguerra que, a pesar de todo, se aplazaba un tanto por Jueves Santo con la talla de Bayarri mitigando sólo a medias la majestad perdida. La Hermandad de nuestros ancestros no se detuvo hasta recuperarla en 1947 cuando el arte de Federico Coullaut-Valera restableció el merecido esplendor, el legado orgulloso que desde entonces conservaron nuestros padres en las épocas de escasez, cuidaremos los hermanos hasta el último aliento y heredarán nuestros hijos con la cruz, la tulipa o la horquilla compartiendo la emoción centenaria. Mientras tanto aquí seguimos los nazarenos de la Caña, los que renuevan la huella en la senda de los tiempos, los que escoltan al bancero que va meciendo tu gloria, los del corazón asaltado por el vuelo de tu clámide, los que alumbran tu partida abrigados por tu amor.


Una madre bajo un palio
de soledad y alborada,
va despidiendo a su hijo
que tras la esquina se apaga. 
Por seguirte en el calvario
que paso a paso te amarga,
la tarde de Jueves Santo,
mi corazón te acompaña.


miércoles, 20 de marzo de 2019

EL FOROFO


A la mañana siguiente de la debacle con el Ajax, se despertó con una extraña sensación de ausencia. Tras el pitido final, se había quedado postrado en el sofá, asistiendo aturdido a las declaraciones de los jugadores, a los análisis de los comentaristas, a las ruedas de prensa de los entrenadores. Como siempre que su Madrid sufría una derrota importante, las ganas de cenar se habían diluido entre la tensión previa al partido y la decepción posterior. Se fue a la cama después de consultar el móvil para comprobar si alguien había añadido algún comentario en los grupos de whatsapp donde quedaban los restos de las refriegas libradas con sus amigos atléticos y culés, siempre atentos a hurgar en la herida del derrotado. Antes de conciliar el sueño, aún había apurado los últimos momentos de la vigilia contemplando con sensación de hastío las tertulias televisivas, lo cual no impidió que después de apagar la tele siguiera un acostumbrado ritual que consistía en poner la radio para dormirse con el soniquete de los programas deportivos de la madrugada. Esa noche estaba tan agotado que no aguantó ni cinco minutos despierto desde que escuchó por última vez a Solari decir que el Real Madrid siempre se levanta.

Él también se levantó como siempre a las seis y media de la mañana. Cinco horas escasas de sueño y a la ducha de realidad de toparse con la desilusión de que por primera vez en mucho tiempo, este año no vería la bola de su equipo girando en el sorteo de cuartos. Pese a todo, con el primer café de la jornada, su mente comenzó a experimentar cierto alivio por no tener que prolongar la agonía de la última semana, en la que el eterno rival les apeó de la Copa del Rey sin merecerlo y les puso la liga imposible para unos jugadores cuyo desempeño en la competición que mide la constancia y la profesionalidad del día a día había provocado nueve meses antes que Zidane huyera de semejante tropa, dejando al Madrid embarazado de incertidumbre hasta la culminación de este parto prematuro y fatal.

Cuando llegó a la oficina, sobre su mesa de trabajo yacía una fotocopia con la portada del Sport proclamando el fin de una era en grandes caracteres junto al rostro fantasmagórico de Vinicius llorando como un niño sin consuelo. Por un momento pensó en responder a los autores de la jugada imprimiendo octavillas con el número 13 para convertir la mañana en una pelea de críos, pero enseguida desistió y dedicó una sonrisa radiante y el pulgar en alto a los rostros burlones que solían disfrutar más de los desastres ajenos que de las victorias de su equipo. Él tampoco había sido inocente en el juego de escarnecer al contrario en el pasado reciente de las tres “champions” seguidas, aunque en su fuero interno admirara la capacidad de recuperación de las huestes rojiblancas después de cada eliminación continental y la perseverancia de las estrellas blaugranas capaces de sostener el esfuerzo en las competiciones nacionales durante toda la temporada.

En realidad, si pudiera elegir, si la pasión por sus colores no estuviera grabada a fuego en su corazón desde las brumas de su infancia, un tipo como él, funcionario callado y responsable sin una tacha en su expediente, tan honesto y cumplidor como incapaz de grandes proezas, se hallaba más cercano del espíritu de sus equipos rivales que del hatajo de millonarios que tiraban la liga en invierno y sólo buscaban la excelencia en los siete partidos que conducían al éxtasis primaveral, alcanzado en la mayoría de las ocasiones con admirable brillantez y en alguna otra, con la fortuna que acompaña a los acostumbrados a ganar. Las raíces de su madridismo le nutrían desde los años setenta, cuando los camachos, juanitos y santillanas que nunca ganaron la Copa de Europa, dominaban la mayoría de las ligas que jugaban dejándose la piel hasta el último partido y acababan sus carreras en el club de su vida enseñando las exigencias del escudo a la siguiente generación, aquella quinta del Buitre de los cinco campeonatos ligueros consecutivos.

En la pausa de media mañana, buscó el abrigo de sus compañeros madridistas en la cafetería donde solían almorzar y alimentó la retahíla de lugares comunes habituales en estos casos, estos gandules se han cansado de ganar, hay que echar a medio equipo, nadie ha sido capaz de tirar del carro, a ver si el presidente se rasca el bolsillo y nos trae un crack que meta goles de una vez. No le costó demasiado contribuir a los argumentos de los mismos que el año pasado alardearon de tener la mejor plantilla del mundo, mientras contemplaban cientos de veces las dos chilenas maravillosas que ocultaron la mansedumbre de un vestuario, cuyo líder exigió un entrenador complaciente para que sus muchachos pudieran sestear sin interferencias durante este añito de transición. 

La semana siguiente comenzó con el regreso de Zizou al club de sus amores. La sonrisa del ídolo lucía radiante y en sus palabras sencillas se adivinaba de nuevo la eternidad del triunfo. En su primera alineación, volvieron al equipo los jugadores relegados por el anterior entrenador. Todo en orden.




viernes, 8 de marzo de 2019

CHRISTUS FACTUS EST

Foto de Juan Antonio Martínez

Christus factus est pro nobis
obediens usque ad mortem
mortem autem crucis.

Cristo se hizo por nosotros, obediente hasta la muerte, una muerte de cruz. La Carta del apóstol San Pablo a los Filipenses escapa por una tarde de la liturgia del Domingo de Ramos para entonar su canto de humildad, encarnado en Nuestro Padre Jesús con la Caña. Un sábado de febrero en la intimidad del templo que cobija al Señor, la Hermandad se reúne para escuchar el estreno del “Christus factus est”, composición de David Hurtado, concebida para honrar la majestad de nuestra imagen sin abandonar la sencillez que nos describe. El tiempo detenido en los cantorales depositados esta tarde en nuestra capilla nos une a los hermanos que hace cinco siglos ya veneraban la caña que aún nos guía.

El autor nos explica la dificultad de su empeño por encerrar la música de Dios en poco más de tres minutos y el reto que para él supuso descifrar la verdad de nuestras formas sin romper la burbuja de su propia pasión sevillana más que a través de lo que transmite nuestra historia, nuestras imágenes y nuestros sueños. Aunque parezca lo contrario, Sevilla y Cuenca no están tan lejos en su universo devocional y no hay más que acercarse a la Iglesia de la Anunciación para encontrar en el Cristo de la coronación de espinas de la Hermandad del Valle, la misma emoción que soportan nuestras andas.  

Pareciera que el templo se recoge en sí mismo cuando Lucie Žáková ataca la primera nota en el órgano de la iglesia y la sostiene en el tiempo hasta que las voces de la Capilla de Música de la Catedral de Cuenca dirigidas por José Antonio Fernández, balbucean las palabras iniciales del cántico como si no se atrevieran a pronunciar la terrible sentencia de la Epístola de San Pablo a los cristianos de Filipos, que nos recuerda la entrega de Jesús cuando afrontó la muerte por nosotros a pesar de su condición divina. El coro entona su lamento a media voz, acaso amedrentado por los acordes del órgano implacable que va desplegando sus escalas hacia el cielo y la tierra proclamando la gloria de Dios padre, hasta que llega el esplendor de los tenores y un fragor de bajos y barítonos inunda el escenario, poniendo de acuerdo a todos los sonidos en la armonía final que pide perdón al Señor por el ultraje, por el dolor, por el escarnio.

La donación anónima que ha hecho posible la incorporación de esta obra maravillosa al patrimonio de la Hermandad, enriquece sin duda nuestros cultos al tiempo que engrandece nuestro espíritu. Su música nos ofrece un mensaje universal de sacrificio para la partitura de nuestras vidas.    

Foto de José Manuel Alarcón


lunes, 25 de febrero de 2019

ROMA


Hubo un tiempo en el que los sábados y los domingos por la tarde, en lugar de burdos telefilmes edulcorados, la televisión nos ofrecía películas en las que podías asistir desde la butaca del cuarto de estar a un entretenimiento preferible a las aventuras que esperaban fuera y a una lección magistral con enseñanzas para la vida. Como la historia te la contaba alguno de los maravillosos actores que entonces eran como de la familia, la credibilidad era inmediata aunque en sus aventuras les rondara un ángel de segunda clase intentando ganarse unas alas o un amigo imaginario con forma de conejo.

La maquinaria de Hollywood ya no estrena películas como las de antes y anda haciendo caja entre secuelas de éxito asegurado y cine de superhéroes de cartón piedra, producciones de poco riesgo y mucho efecto digital. La antigua emoción se sirve sólo de vez en cuando, si alguno de los pocos artistas que se atreven todavía a encarar el reto de contar una historia sin artificio, la ruedan en estado de gracia y como Alfonso Cuarón en Roma, son capaces de imaginar el mar sobre un patio de baldosas.

Roma es la película del año y de muchos años. Nos presenta el relato sentido de una ruptura familiar, la eterna crónica de las consecuencias del desamor y el empeño del ser humano por sobreponerse a todo y sanar las heridas con la costumbre del cariño. La cámara de Cuarón acaricia el recuerdo de su infancia en la barriada Roma de la ciudad de México. Lo hace desde los ojos de Cleo, la mucama de una familia acomodada en los años setenta, convirtiendo la sencillez de la vida diaria en un maravilloso espectáculo fotografiado en esplendoroso blanco y negro, el ambiente de la época perfectamente recreado a través de una danza hipnótica de planos secuencia que convierte en magia una cotidianeidad de cuartos desordenados y coladas en las azoteas. 


Roma alcanza esa categoría de películas que es necesario contemplar desde el reclinatorio y abandonarse a su admirable puesta en escena a través de la cual pasa la vida como ese avión que sobrevuela nuestros sueños, nuestras miserias y nuestras proezas. Roma es un cuento sobre la pérdida. La felicidad de la familia reunida en torno al padre se sustenta en una armonía tan delicada como la exactitud de las maniobras de su vehículo para que éste encaje entre las estrecheces del portal, cuando el héroe llega a casa y todo parece estar en su sitio. La derrota del amor no conoce clases sociales, la criada y la señora viven al tiempo su abandono, hermanadas por el desamparo y el desconsuelo de la soledad. La fortaleza de las mujeres ya era la norma antes de que se inventara el “empoderamiento” y la maternidad frustrada también puede ejercerse en hogar ajeno, cuando los hijos de otro que cuidas a diario se convierten en el bálsamo callado del dolor.



Hasta llegar a ese puerto, Cleo apaga los incendios de sus señores, sobrevive a los seísmos y atraviesa las revoluciones con la extraña sabiduría indígena de su origen, que le hace mantener el equilibrio incluso cuando nadie a su alrededor es capaz de hacerlo con los ojos cerrados y sobre un solo pie. Cleo es la clave de bóveda de un universo sorprendentemente cercano al de nuestra propia infancia en la España de los setenta, la mítica patria de los días sin prisa, cuando el futuro era un rumbo aún sin concretarse y las horas no herían si alguien todavía te arropaba en la cama y a la mañana siguiente te despertaba el dulce silbido del afilador.


Alfonso Cuarón firma esta maravilla cinco años después de ser oscarizado por su aventura espacial en Gravity, una cinta emparentada directamente con esta historia tan diferente en la forma y tan similar en la esencia. No incurro en “spoiler” si digo que Sandra Bullock y Yalitza Aparicio interpretan en realidad a la misma persona, la hembra telúrica enfrentada al destino de sostener el mundo. Ambas se aferran a la vida que un momento antes se esfumaba en el agua y al fin sale a flote para adueñarse de la cámara en un increíble "travelling" que se adentra en el mar. Debajo de los adoquines sigue existiendo la playa.


jueves, 24 de enero de 2019

CUENCA MÍSTICA

El quinteto de los silenciosos
Alfred H. Barr, fundador del MOMA de Nueva York visitó el Museo de Arte Abstracto de Cuenca en 1967 y lo describió como el pequeño museo más bello del mundo. Cuando salió a la plaza de Ronda y miró el paisaje, debió sentirse como en casa, rodeado de rascacielos. Imaginar la quinta avenida paseando por el barrio de San Martín no es imposible si se acaba de contemplar el arte más vanguardista del momento colgado en las paredes de una casa del siglo XV.

El surgimiento
Hoy como entonces, se sigue produciendo ese milagro al recorrer los distintos espacios en los que se ubica la Vía Mística de Bill Viola, esa fusión de modernidad y tradición, que eleva el videoarte a la categoría de representación casi religiosa, en la que adquiere todo su sentido la inclusión en el itinerario del Museo de Semana Santa, como colofón pasional de tanto sentimiento como está encerrado en la propuesta del artista norteamericano. Después, la ciudad hace el resto, enmarcando en sus templos el mensaje profundo que provoca en el espectador, un cataclismo interior tan sólo mitigado cuando la oscuridad total de las iglesias deja paso a la claridad balsámica del entorno. Asomarse a la hoz después de contemplar en San Miguel “El surgimiento” o “Mujer de fuego”, es el contrapunto perfecto para que el alma dialogue consigo misma, una mirada al interior, otra en el horizonte.

El saludo
Para recobrar el aliento antes de buscar la otra hoz, es preciso detenerse en San Pedro y viajar a Florencia con sólo adentrarse en la espiritualidad que envuelve la instalación de la Escuela Cruz Novillo, donde la majestad de “El saludo” ejerce de imán para la contemplación del mágico retablo de imágenes ralentizadas, cuya evidente inspiración renacentista te atrapa en un bucle hipnótico del que es casi tan difícil escapar como de las obras maestras del “quattrocento” italiano. El antiguo Convento de las Angélicas no es la Capilla Brancacci pero los personajes de “Observancia” y “El quinteto de los silenciosos” nos interpelan con el estilo de las figuras de Masaccio y Masolino.

Unspoken
En las Casas Colgadas nos espera la imagen viva del dolor. Para llegar a ella, los responsables de la muestra han dispuesto sabiamente un viaje que nos permite revisitar las obras tantas veces admiradas, y así, en el camino hacia la tristeza nos sobrevuela el imponente ornitóptero de Zóbel, el Toledo imaginado por Canogar se nos ofrece en su críptico esplendor y la Brigitte Bardot de Saura nos guiña un ojo desde su condición de mito icónico del cine y de la abstracción. Cuando por fin llegamos hasta “Unspoken”, la inefable imagen del sufrimiento plasmado en oro y plata nos atrapa durante la media hora más emocionante del arte moderno. Es necesario sacudirse la conmoción para continuar la visita al reclamo de las durmientes soñadoras que se alojan en la sala del artesonado del museo, como en su día lo hicieran los moradores de la casa del Bachiller González de Cañamares. La experiencia de contemplar a Sharon y Madison en pantallas de alta definición instaladas en una estancia decorada quinientos años atrás nos invita a viajar en el tiempo sin necesidad de montarnos en el DeLorean. Un viaje más corto de apenas cuatro décadas nos retrotrae a las catacumbas del museo donde todavía nos espera “The reflecting pool”. La prehistoria tecnológica del video de aquella época no es obstáculo para que surja la sorpresa, el tiempo suspendido en el escorzo del bañista deja paso a la contemplación de los mundos paralelos que espejean el devenir de nuestra propia existencia.  

Sharon y Madison
Y finalmente, “El mensajero”, para recordarnos que la vida es un instante al que asistimos atónitos, igual que el hombre que emerge de las aguas y después se pierde entre las sombras recreadas en San Andrés, conclusión de este vía crucis espiritual al que se asiste casi en trance, el alma henchida y el cuerpo agotado, a semejanza de lo que ocurre cada Semana Santa, cuando en esta plaza en la que termina la aventura de esta exposición, despedimos los últimos pasos de la pasión de Cuenca, y el Resucitado vuelve al templo al amparo de su madre.

El mensajero
Apenas queda un mes para vivir esta fiesta de las emociones que viene sucediendo en nuestra ciudad casi con sordina, un tanto de incógnito, escondida entre el ruido de nuestras batallas cotidianas. No se la pierdan.