sábado, 28 de agosto de 2021

LA ALCALDADA



La polémica suscitada por la decisión de la alcaldesa de Gijón de no renovar la concesión para que sigan corriéndose toros en la centenaria plaza de El Bibio se inscribe en la tradición totalitaria española, difícil de erradicar en una sociedad infantilizada que acostumbra a transigir sin aspavientos con la pérdida paulatina de libertades, pero no soporta la crudeza inherente al arte de lidiar reses bravas. La excusa alegada sobre la nomenclatura de los toros que se lidiaron la última tarde de la Feria de Begoña no hace sino aderezar con la ignorancia propia del regidor democrático aspirante a déspota, una decisión que desconoce el significado totémico de la figura del toro en el rito taurómaco, liturgia concebida para la reverencia de uno de los pocos animales de la fauna ibérica que es tratado con la dignidad correspondiente a su naturaleza indómita. Esa es la razón por la que si un toro se apellida Feminista, es difícil concebir en ello motivos de escarnio y ofensa, sino más bien de ensalzamiento y en cualquier caso, una intención marcada por los usos ganaderos y el talento mayor o menor de cada cual para poner un nombre, tal le ocurrió a los progenitores de la tía de la regidora cuando la bautizaron como Gervasia.

Más allá de la anécdota, el problema reside en el caldo de cultivo que hace posible concebir siquiera la eventualidad de que un responsable político decida prohibir la tauromaquia en su feudo particular, en un país que tiene leyes que la protegen como patrimonio inmaterial, histórico y cultural de todos los españoles y ordenan a los poderes públicos garantizar su conservación y promover su enriquecimiento. El hecho de que el Tribunal Constitucional se haya pronunciado ya en dos ocasiones declarando nulas las leyes autonómicas que prohibían absolutamente las corridas de toros o las desnaturalizaban hasta convertirlas en espectáculos incruentos, reafirmando la obligación del Estado de salvaguardar sus características nucleares y su estructuración tradicional en tres tercios que deben culminan en la muerte del animal, no parece haber calado en algunos representantes públicos que se arrogan la condición de oráculos de la voluntad popular, sin más consulta que a sus veleidades particulares. 

La fechoría encuentra fácil acomodo en una sociedad en la que la llamada cultura de la cancelación y otras formas de censura pública prescinden a diario de las vías legales y judiciales para proscribir personas o arrinconar costumbres tras el veredicto del tribunal de lo políticamente correcto, pero se ve favorecida por las corruptelas que anidan en los estamentos taurinos y ensombrecen poco a poco la condición de ejemplo y espejo de valores que siempre proyectó la tauromaquia. Por eso sobran los discursos vacíos y las baladronadas sin fuste de quienes tienen en sus manos la regeneración de la fiesta pero siguen embarcados en una estrategia de inacción cómplice de esta deriva. La realidad es que una política española se propone perpetrar esta alcaldada y la contestación social no pasa de manifestaciones minoritarias, efímeros escarceos tuiteros y rifirrafes estultos en los minutos basura de las tertulias televisivas. Todo ello habla claro sobre la debilidad de la tauromaquia de este momento, que tiene su origen en la domesticación progresiva del toro de lidia y su conversión en un animal de apariencia y comportamiento inofensivos, cuyo sacrificio ritual en igualdad teórica de armas pierde el sentido y mueve a las buenas gentes a la sensiblería y a una alcaldesa a la arbitrariedad.

Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas, decía Juan Ramón, pretendiendo llegar al conocimiento a través de la poesía. La sobrina de Gervasia no ha entendido nada.





viernes, 13 de agosto de 2021

OLIMPIA EN EL SALÓN



La pasión olímpica es ese territorio mágico en el que, cada cuatro años, el españolito aferrado al sillón-bol es capaz de alcanzar logros increíbles como vibrar con una exhibición de katas sin entender nada de artes marciales, introducir en su vocabulario cotidiano términos como pileta, presea o tatami y madrugar en agosto para contemplar de nuevo la derrota de una selección española de baloncesto contra el omnipotente amigo americano. Fue en Los Ángeles cuando nuestra inocencia adolescente se topó con la realidad de Michael Jordan y treinta puntos de diferencia para amargar la madrugada, pero aquella ilusión primera de un baloncesto sin triples en el que todavía no sabíamos qué era el “pick and roll”, aún latía en el resorte que nos hizo levantarnos a las seis de la mañana casi cuarenta años después para comprobar si el Chacho, Ricky y Sergi conseguirían vengar a Corbalán, Epi y Fernando Martín, para regalarle a Pau el oro en su último baile en Saitama. Cuando la mejor selección de la historia del deporte español se puso once arriba y parecía que la excelencia de Pekín, Londres y Río no tendría techo, apareció Durant y mandó parar, y uno podía imaginar en la resignación de Scariolo, la certeza de que el triunfo verdadero no precisa de medallas.     

No tengo claro en qué momento se instaló Olimpia en el salón de mi casa. Entre la bruma de mi primera infancia salta Bob Beamon adelantándose a su tiempo y cae en una piscina de la que emerge el rostro bigotudo de Mark Spitz. A Nadia Comaneci ya la recuerdo combando la cintura entre las barras asimétricas, antes de salir despedida en pos de un mar de dieces. El fulgor icónico de sus piruetas fue tan grande que todavía se ve en algún gimnasio una bolsa de deportes con el logo de Montreal 76. Tras las olimpiadas del boicot, salimos todos andando raro por la calle, remedando el contoneo de Jordi Llopart cuando entraba rutilante en el estadio olímpico de Moscú, ya que no estuvo nunca a nuestro alcance imitar al hijo del viento cogiendo el testigo de Jesee Owens cuatro años después.

Creo que fue entonces cuando surgió esa pasión por contemplar las competiciones de atletismo, algo perfectamente compatible con odiar la carrera continua con la que nos martirizaba en el colegio el maestro de gimnasia. Era más fácil entregarse al halo hipnótico del óvalo rojizo en la pantalla, espectáculo de varias pistas en donde las emociones fuertes de asaltar en un récord los límites humanos se alternaban con nuestra atracción atávica por los lanzamientos y la belleza alada de los saltadores. Hay un hilo invisible que cose nuestra afición y empieza en Mariano Haro, sigue por José Manuel Abascal y llega hasta Fermín Cacho y su cabalgada inolvidable en Barcelona, sus miradas reiteradas de incredulidad hacia los rivales africanos que le perseguían eran las nuestras sobre su triunfo y la unidad de un país que ya sólo en las grandes ocasiones deportivas es capaz de darse tregua y aplazar el debate sobre su identidad.

Como si el recuerdo de aquel espíritu de felicidad colectiva del 92 permaneciera intacto en cada cita olímpica, durante estas dos semanas de pausa se aplazan las querellas nacionales para bajar con Maialen y su serenidad de madre vasca dominando las aguas bravas del cainismo patrio. Aprender a tolerar la frustración es fácil si se escucha a Adriana Cerezo, una chiquilla de diecisiete años que tras su derrota en la final de taekwondo reconoce sin excusas la victoria de su rival decidida por un solo punto. En el armisticio de cada olimpiada, el brillo del metal se impone incluso al color de la piel y el racismo convive sin estridencias con el triunfo de la negritud incubada en Galicia y hasta con el hecho irreversible de que el futuro del medio fondo español esté en manos de unos chavales cuyos padres llegaron a España en patera. En la tregua olímpica, ocurren prodigios como la conversión del fútbol en un deporte más, rebasado en nuestro interés por los demás deportes de equipo que pierden el foco cuando el pebetero se apaga, rebajado incluso a la categoría de espectáculo prescindible en donde la protesta es la norma, la simulación queda impune y la pasividad no se sanciona.

El paréntesis es pasajero y sin respeto por la paz olímpica que en el origen duraba hasta el retorno de los participantes desde Olimpia a su salón, el mercadeo del deporte rey se impone de nuevo y el llanto de su máximo exponente se resuelve en amplia sonrisa cuando llega al trono de París. Como las olimpiadas dentro de tres años. Allí volveremos a gozar y a pelear por las finales y los podios, y a reabrir el debate sobre si nuestro puesto en el medallero está a la altura de nuestra importancia como país, sin caer en la cuenta de que el presupuesto para todos los deportistas españoles en cada ciclo olímpico es inferior al contrato de Messi correspondiente a un solo año.  



 

lunes, 5 de julio de 2021

INDULTA QUE ALGO QUEDA



La institución del indulto es el imprescindible mecanismo con el que la sociedad se protege frente al riesgo de que las resoluciones judiciales que han agotado su posibilidad de ser recurridas por los mecanismos ordinarios, se conviertan en injustas a la hora de su aplicación. Se trata de supuestos en los que la equidad debe imponerse por encima del cumplimiento estricto de la legalidad, cuando el transcurso del tiempo entre la sentencia y su ejecución, ha operado por sí mismo en el condenado la rehabilitación que la pena trata de conseguir y en la mayoría de los casos, no suele lograr. Esta clase de medidas no puede repugnar a los que siguiendo a Concepción Arenal, odiamos el delito y compadecemos al delincuente, y sufrimos más por un inocente condenado que por cien culpables en la calle. Sin embargo, el espíritu de la ley sobre el indulto reinterpretado según las exigencias constitucionales, no justifica su aplicación a unos presos por sedición en los que el paso del tiempo en la cárcel no ha hecho más que acentuar su propósito de perpetuar la misión de enfrentar a los catalanes y excluir al resto de españoles de la soberanía sobre su territorio.


Nuestro país sigue empeñado cada tanto, en actualizar el conocido aserto de Bismarck sobre la fortaleza de una nación que lleva siglos ensayando la autodestrucción sin conseguirla. Quizá por ello suele perdonar a quienes atentan contra los valores más esenciales del sistema democrático y si Felipe indulta al elefante blanco del 23-F y Aznar a los chivos expiatorios del terrorismo de Estado, la opinión pública lo asume con la resignación del pagano de la fiesta al que no le importa invitar a sus enemigos siempre que no le arruinen la celebración. Ahora proliferan las opiniones bienintencionadas que depositan en los indultos una suerte de propiedades taumatúrgicas capaces de hacer olvidar lo sufrido e instaurar en la sociedad catalana nuevos usos de convivencia en donde el respeto a la igualdad de todos los ciudadanos se imponga a la intolerancia y el supremacismo.


Ni siquiera en esta nueva retractación de sus promesas, es ahora Sánchez original. Aznar ya dio un curso de cómo explotar la condena a la guerra sucia en la oposición y poner en la calle a sus ejecutores en cuanto se aseguró la Moncloa. En aquella ocasión, lo justificó esgrimiendo altura de miras. El gobierno de hoy habla de concordia y diálogo, en el enésimo intento mesiánico de apaciguamiento que todos los presidentes que en España han sido, impostan frente a la cuestión catalana, lo cual hasta sería plausible si fuera a dar resultado y por el camino no se intentara demonizar a los escépticos. Como casi siempre, el espectáculo de meliflua moralina que en estos días se representa en la palestra mediática encubre una pelea política de bajo vuelo sostenida por el discurso maniqueo de costumbre, animado en realidad por las facturas que Pedro I el Magnánimo, necesita pagar para mantenerse en el poder.

 

Lo dijo Junqueras antes de obtener la gracia y lo confirmó Aragonés al saludar la buena nueva, los indultos demuestran la debilidad del Estado, los presos salen con la voluntad reforzada de construir la república catalana. Por lo visto, con el ejercicio del perdón se indultan la prepotencia y la deslealtad y la apelación a la concordia sobre la base de evitar la venganza, socava una vez más la separación de poderes y la seguridad jurídica, convirtiendo el intento del Supremo por establecer una sentencia proporcionada y de consenso en un esfuerzo vano fulminado por el absolutismo gubernamental. El fragor de la contienda política que subyace en la pantomima se resolverá en sucesivas regalías a entregar por nuestro líder, que incluirán un nuevo mejoramiento económico de Cataluña a costa del empobrecimiento progresivo de la España vacía, la mesa de negociación en donde ir preparando una consulta no vinculante constitucionalmente admisible y la rehabilitación de Puigdemont por la vía encubierta de la reforma del delito de sedición para garantizarle un futuro judicial incruento.


Todo ello tal vez nos introduzca en una pacificación transitoria de la cuestión y en el establecimiento de un eterno bucle melancólico que trasladará el problema a la próxima generación, en donde los secesionistas lo intentarán de nuevo, cuando el discurso oficial independentista se haya instalado definitivamente en las conciencias y el adoctrinamiento de la población eleve los porcentajes de la desafección con España a una cifra insoportable. Entonces se recordará que fueron tres partidos que se decían de izquierdas, los que se pusieron de acuerdo para entronizar la desigualdad entre las distintas comunidades del Estado y así quebrar para siempre el esqueleto de aire que une a las regiones de la península y que un día lejano de 1928, Federico García Lorca creyó irrompible. 



martes, 15 de junio de 2021

EL REY DE PARÍS



Cuando en la semifinal de Roland Garros, Rafa Nadal inició el primer set con un 5-0 a su favor, Novak Djokovic, número uno del mundo, en lugar de olvidarse del primer parcial y prepararse para el siguiente, adoptó la táctica del camaleón, y con la humildad del coloso que tenía enfrente, empezó a copiar su juego paciente, luchando cada pelota como si fuera la última, intercalando "winners" con bolas altas, dejadas rompepiernas con reveses barrelíneas y aunque tras salvar seis "set balls", perdió finalmente la manga, en realidad había empezado a ganar el partido. El desenlace no llegaría hasta cuatro horas después, pero la inminencia de ese destino ya se dibujaba en el rictus serio de Nadal, que comenzó el segundo set con el cansancio mental de haber tenido que librar una batalla inesperada.

El segundo set quedó lastrado por ese presagio. Nole rompió por dos veces el servicio de Rafa y su exactitud de metrónomo siguió clavándose en nuestro ánimo por medio de derechas envolventes y reveses paralelos que iban minando la tierra con la determinación del psicópata destinado a derribar un mito. Nadal se recuperó de la primera dentellada del serbio por su mayor talento en la improvisación cuando Djokovic lo citaba para cruzar miradas en la red, pero a medida que el sol se extinguía sobre los tejados de Montparnasse, y la bola de Rafa botaba en términos de normalidad accesible para el resto de los mortales, se instaló en el ambiente la sospecha de que la sublimación del juego defensivo con la que el manacorí construyó un imperio, quizá esta vez no iba a resultar suficiente.

El tercer set fue un partido en sí mismo, la síntesis de una epopeya que llevaba enfrentando a ambos tenistas durante cincuenta y ocho episodios, la sinopsis en 90 minutos del juego de tronos por dominar la gloria estadística de los torneos de Grand Slam. La tónica seguía siendo favorable para Djokovic y su técnica fría de precisión sobrehumana y restos asesinos. Hasta ese momento, el serbio observaba una actitud ascética que le apartaba de otras tardes de histrionismo y fingimientos, ni un gesto de más en el jugador que atronó la noche de París celebrando a grito pelado su pase a semifinales. Caían los breaks implacables sobre las anchas espaldas de Nadal y a pesar de todo, Rafael seguía inventándose milagros para apuntalar nuestra fe en su capacidad para la agonía, contrabreak inmediato para igualar a tres, nueva pérdida del servicio en el siguiente juego y empate a cinco al límite de la épica. Fue entonces, en la zona de la verdad, donde se encogen los brazos y queman las empuñaduras, donde las almas libran una batalla psicológica cuya contemplación hace necesario abolir los toques de queda, cuando Rafa se lanzó a por el partido, ajustó su derecha y pulió su revés, pidió un par de puntos gratis a su saque precario y se colocó con bola de set, mientras el serbio empezaba a descomponerse lanzando miradas de incomprensión a su banquillo. El tenis es un deporte cuyos duelos en la cumbre pueden durar una eternidad pero la suerte del partido se decide en un instante en el que la pelota no la impulsa la raqueta sino la fuerza mental. En el punto decisivo que pudo haber cambiado la historia del partido, Nadal se conformó con su leyenda falsa de pasabolas y Djokovic repitió otra dejada homicida que Rafa ya no pudo desenterrar.

Sólo un deportista de la dimensión de Rafael Nadal Parera puede convertir las cálidas promesas de un viernes de junio en una noche de sufrimiento en casa pegado al televisor. Ya lo logró el año pasado, cuando un domingo otoñal de grisuras y confinamiento se transformó en un día radiante de primavera, en cuanto el resplandor carmesí del polvo de ladrillo se coló por la pantalla aplazando por unas horas la incertidumbre del invierno por venir. En aquel tiempo de muerte y desesperanza, Nadal fue una de las escasas certidumbres que nos quedaron para enfrentar el destino como si nada hubiera cambiado, como si desde marzo hubiéramos podido celebrar cada una de las citas que la vida nos concede, a pesar de todos los virus que despoblaron nuestras ilusiones y la grada fantasmal de la Philippe Chatrier, patio de armas de la monarquía absoluta del Rey de París. A despecho del frío que hacía más rápida la superficie, del cambio de bolas que la organización ideó para que su mayor peso dificultara el efecto endiablado del drive liftado de Rafa y de la cubierta que aumentaba la humedad y hacía menos propicias las condiciones de la pista, Nadal no admitió entonces contestación a su despotismo trece veces reiterado, como si quisiera aportar con la victoria acostumbrada en su torneo, el bálsamo necesario para que olvidáramos todo lo perdido.

Cuando su corazón por fin abdicó en el último "tie break" y el set postrero se iba decantando definitivamente en su contra, Nadal siguió corriendo buscando remontadas en cada rincón de la contienda, exponiendo a la cátedra el corolario de la carrera de un gigante al que no le hace falta el talento natural de Federer y Djokovic, para ser tan grande como ellos aunque no gane nunca más. El triunfo verdadero brilló como siempre en la rueda de prensa, escenario donde el mejor deportista español de todos los tiempos volvió a tratar al éxito y a la derrota como los impostores que son.



 


sábado, 15 de mayo de 2021

EL SIMULACRO

 



Aunque en cada época, para defender su pureza, los cronistas taurinos proclamaron siempre el declive de la fiesta que les tocó vivir, nunca como ahora la tauromaquia está siendo reducida a la condición de simulacro entre el regocijo de sus detractores y la condescendencia de los partidarios. El mal hunde sus raíces mucho tiempo antes de que la pandemia pusiera patas arriba el planeta de los toros. Esa triste decadencia que ya habían traído a la fiesta la creciente docilidad del toro y el planteamiento ventajista del toreo, había convertido el combate atávico entre el hombre y el animal en un espectáculo incruento y banal en la mayoría de las lides, a tono con el infantilismo reinante en una sociedad que tras el virus y el cambio en las costumbres que sin duda traerá, se convertirá en un escenario poco propicio para albergar la grandeza de la lidia de reses bravas.

Llega San Isidro y la plaza de toros más importante del mundo, la que siempre actuó como reducto último de la seriedad del rito, la cátedra del toro íntegro, el aficionado pétreo y el triunfo verdadero, permanece cerrada tras el trampantojo del dos de mayo, la gris pantomima organizada de espaldas al abono de Las Ventas, festejo menor para vestir de oropeles el reclamo electoral. Mientras tanto en Vistalegre, se desarrolla estos días otro simulacro, la isidrada de las figuras instaladas y el toro cómodo, la del cielo abolido y el público ausente, en la que no se distinguen las voces de los ecos y el toreo se asfixia ofreciendo una imagen de oficio terminal.     

En un tiempo en el que ha devenido anacrónico lo que siempre fue natural y la entronización de principios espurios amenaza la pervivencia de este arte único, resulta imperdonable que la lamentable gestión administrativa de los asuntos taurinos no se vea contestada por una iniciativa empresarial valiente que abra Las Ventas de par en par, y apurando los porcentajes de aforo permitido, eludiendo los cachés elevados de las figuras y las ganaderías del monopolio, acartele toreros emergentes con encastes alternativos, liderando la reconstrucción de la ruina como espejo en el que puedan reflejarse el resto de las plazas. Por el contrario, dirigir la mirada a los lugares señeros de la temporada taurina es un viaje sin retorno a la desolación. La feria de abril sevillana se trasladó al incierto territorio de septiembre, en donde sabe Dios cómo estaremos dado que la fiabilidad de Sánchez pronostica la inmunidad de grupo para esas fechas. Valencia ni está ni se la espera. Pamplona suspende San Fermín por segundo año consecutivo y habrá que ponerse en lo peor para afrontar la regeneración del abono de Bilbao en el curso que viene cuando quizá ya no quede nada por rescatar.   

Con estos bueyes hay que arar y tal vez Miguel Abellán se encomendó al santo pensando que, como en el milagro, los bueyes labrarían solos la tierra prometida de la nueva normalidad taurina. En el peor de los momentos, el futuro de la fiesta en Madrid descansa en las peores manos, las de quien ha consentido la ausencia de los toros en Las Ventas durante diecinueve meses mientras se celebraban en la comunidad otros eventos bajo techo y ahora no ha sido capaz de devolver San Isidro a su escenario legítimo, contemplando indiferente cómo su versión espuria se marchita confinada en un polideportivo.

Se nos va la vida en medio de tanta incompetencia, la afición no, porque basta revisitar una película antigua para que el corazón recuerde la costumbre de vibrar cuando en el ruedo venteño se paraba el tiempo y se ponía en escena la lucha entre un animal encastado que puede matar y un hombre que se impone a la fiera embestida exponiendo su vida en el empeño. Dos ferias al limbo sin poder asistir a ese milagro.



viernes, 30 de abril de 2021

NOMADLAND


La ceremonia de los Óscar aparece cada año reponiendo en nuestra mirada el recuerdo adolescente de la expectación pegada a la pantalla, cuando por fin llegaba el conticinio y la madrugada aún no terminaba abruptamente en la jornada laboral. Por aquel entonces, algunos veíamos la última de las películas nominadas la misma noche del acontecimiento y una vez cumplidas nuestras obligaciones cinéfilas, hacíamos la quiniela sobre las páginas satinadas del Fotogramas, en las que el boli bic cristal resbalaba un poco al marcar la cruz en la casilla del mejor actor secundario. Hoy las plataformas nos facilitan la tarea de alcanzar la ceremonia convenientemente informados, ya sin aquella ilusión mitómana por las películas que nos hacía vibrar de indignación si tras la letanía del “the winner is”, la agraciada era “Gandhi” y no “Veredicto final”.

 

Cuarenta años después de aquella fiebre, preferimos encadenar los capítulos de una serie desde la fila cero del sofá, pero de vez en cuando brotan gemas que provocan la emoción de antaño y sobresalen entre el panorama anodino del cine actual. La de este año es “Nomadland”, película cuya nominación hubiera sido imposible en ese futuro de diversidad en el que la Academia de Hollywood impedirá que opten a los premios las cintas que no cuenten con un protagonista perteneciente a una minoría racial. El desarraigado “casting” de nómadas blancos de la América profunda cuya felicidad reside en una furgoneta, hubiera debido incluir un treinta por ciento de etnias alternativas para ver premiada la labor de su directora Chloé Zhao, de origen chino, la segunda mujer en la historia que gana en esa categoría.

 

“Nomadland” es el arte de reinventar la poesía filmando actividades tan prosaicas como la recogida de la remolacha. Las historias de los desheredados de la crisis económica de 2008 encuentran en la escritura minimalista de Zhao el tono exacto de su propuesta vital, la elusión de lo superfluo, el elogio de la frugalidad, convirtiendo la necesidad de vivir en una economía de subsistencia en una elección compatible con la alegría. En las costuras más injustas del capitalismo también habita la redención del hombre solo, si te acostumbras a dormir sin echar de menos un colchón mullido, un cuerpo al costado y sabes dimitir de la dictadura de la sociedad de consumo.


En este caso, el hombre solo es una mujer, Fern, inolvidable Frances McDormand, cuyo rostro es un lienzo capaz de contarnos las heridas del pasado sin un gesto de más. Frente a las opciones de vida convencional que se le ofrecen en el camino, Fern escoge el estoicismo agreste de la libertad, el sentido telúrico de la existencia y el abrigo de la naturaleza para enfrentar la senda sin miedo, porque no puede haberlo cuando se ha perdido casi todo y tu principal problema es encontrar un sitio en el mundo donde aparcar.

 

Esta “road movie” con hechuras de “western” sin malos, no necesita enfatizar su mensaje contra la explotación laboral que ejercen las grandes corporaciones para hacerse entender. Los nómadas que la protagonizan son en la mayoría de los casos, personajes reales que representan al millón de personas que en Estados Unidos ya no persigue las uvas de la ira y vive en casas rodantes, transitando el reverso del sueño americano, ése en el que la Navidad se celebra cenando una hamburguesa en un camping de Amazon en el que no es probable la aparición de Santa Claus.

 

Como el soneto dieciocho de Shakespeare que recita Fern ante un joven perdido, “Nomadland” está destinada a perdurar y con ella, la historia de estas gentes sin casa pero no sin hogar, cuya vida está llena a despecho del frío y de las ruedas pinchadas, la intemperie cubierta por la amabilidad de los extraños, la soledad buscada esculpida en plano secuencia. Una filosofía especialmente valiosa para estos tiempos pandémicos en el que nadie está exento de salir malherido de las incertidumbres del destino. Nos vemos en el camino.



martes, 20 de abril de 2021

MIGAJAS EN EL PARQUE

Con motivo del bicentenario del Prado, nuestras autoridades inauguraron recientemente una exposición de las obras maestras de la pinacoteca en el Parque de San Julián. A lo largo de su ala norte, se disponen en paneles del mismo tamaño, fotografías a escala real de los cuadros más famosos del museo, casi todos de un gran formato que excede de la medida del panel, de tal manera que sólo se ofrecen los detalles centrales del cuadro y a veces reproducciones mutiladas, convirtiendo el montaje en un quiero y no puedo impropio de uno de los museos más importantes del mundo que en lugar de repartir por la geografía nacional el exceso de obra que tiene almacenada entre sus fondos, se ha inventado estas migajas para distracción del personal.


La muestra es una metáfora involuntaria de la actitud eterna de las administraciones con ciudades desheredadas de la fortuna como la nuestra, quintaesencia de la denominada España vacía por obra y gracia del abandono permanente a la que la someten los gestores de la cosa pública a cualquier nivel que se tenga a bien escoger. No es que no sea agradable darse una vuelta por el parque de nuestra infancia y dejarse acariciar por la brisa primaveral mientras se contempla cómo los Reyes Magos de Rubens adoran a un Niño Dios ausente de la imagen, pero en una ciudad tan bien dotada como la nuestra en cuestión museística, se echan en falta inversiones reales en materia productiva y sobran bombos y platillos para inaugurar una colección de fotos que podemos encontrar en la enciclopedia de arte que adquirimos en su día, para que sus tomos hicieran juego con las cortinas del salón.


Quizá sea un problema mío y me falte aún la perspectiva suficiente para analizar el asunto, del mismo modo que el detalle ofrecido de “Las meninas” mitiga el efecto del punto de fuga creado por Velázquez para que el espectador asombrado pudiera tocar el aire recreado por el maestro. Mediada la legislatura local y autonómica, no se advierte el beneficio que la conjunción astral del mismo partido en la gestión de las tres administraciones que nos desgobiernan, está generando en el futuro de nuestros hijos, la despoblación progresiva de nuestra tierra convertida en horizonte ineludible y origen del desinterés de la política en remediar los males de una provincia con escasa fuerza electoral.    



Pasan los años y la ciudad languidece con la excusa final de la pandemia como pretexto óptimo para la inacción. Los proyectos se anuncian y el ciudadano los ve pasar como el que se para en el parque enfrente de “El descendimiento” de Van der Weyden y contempla el desaguisado que se ha cometido con la mágica estructura de la obra, cuya reproducción comparece decapitada de forma similar a nuestras esperanzas en que las promesas publicitadas se conviertan en realidades tangibles. La memoria conquense es pródiga en el recuerdo de las batallas perdidas de la capitalidad, la universidad, las comunicaciones y el desarrollo industrial y sin embargo, el turnismo eterno se enquista en las instituciones, convirtiendo la deseable alternancia política en un instrumento inútil para alcanzar la necesaria regeneración de este lugar.

Como si nuestro destino vagara por la laguna Estigia sin moneda alguna que entregar a Caronte para llegar al paraíso, la accesibilidad al casco antiguo es el último ejemplo de cómo la desidia y el conformismo pueden prolongarse durante ochenta años asolando el porvenir. Desde 1940 llevan nuestros próceres aplicando a esa cuestión la doctrina marxista de Groucho sobre la política como el arte de generar problemas, encadenar proyectos disparatados y encontrar las soluciones equivocadas, cuya ejecución se dilata en el tiempo sin aparente razón. Varias generaciones después, la ciudad parece estar todavía varada en aquella época en cuanto a la contestación social que merece el tratamiento que recibe.

 

La exposición del parque ha sido muy bien acogida por el público, si hacemos excepción de la cagada de paloma que adornó temporalmente el panel de “La maja desnuda”, hasta que fue parcialmente limpiada por un operario municipal.