lunes, 30 de septiembre de 2019

FERIA DE OTOÑO I: LA APOTEOSIS DEL FEÍSMO

Paco Ureña

El primer fin de semana de la Feria de Otoño del 19 giraba en torno al plato fuerte del desafío entre dos de los triunfadores de la isidrada anterior, como si la mente diabólica del gatopardo de Nimes se hubiera propuesto enfrentar mano a mano impostura con pureza y modernidad con clasicismo, para que así quedara patente en una misma tarde, sobre la arena de las ventas, la diferencia entre la mentira y la verdad. La propuesta fue respondida con un lleno en la última jornada del veranillo de San Miguel pero el dilema sobre quién había llevado a la gente a la plaza se resolvió pronto cuando al romperse el paseíllo, la afición conspicua sacó a saludar a Paco Ureña en recuerdo de la eclosión de su toreo en la penúltima tarde de San Isidro y sin embargo protestó a Perera cuando el lorquino le obligó a compartir la ovación por aquella puerta grande tan cuestionada en el día del patrón, por la que se llegó a pedir la dimisión del presidente Gonzalo de Villa, que aún sigue en el palco.

El vídeo de la tarde debería ser de proyección obligatoria en las escuelas taurinas para explicar a las figuras en ciernes la diferencia existente entre torear y destorear. Torear es lo que hizo Ureña con el primero de su lote, un Cuvillo bautizado Ricardito, número 200, un cinqueño de marzo del catorce que ya fue sobrero en la tarde de su triunfo grande y que desde entonces si las fichas de ambas corridas no mienten, ha perdido nada menos que 26 kilazos sin necesidad de pasar por Naturhouse. Ureña construye una faena que comienza a cimentarse con los materiales habituales del estatuario ensimismado, el trincherazo hondo, el ayudado de seda y el de pecho triunfal, un preludio maravilloso que logra el efecto de que dejemos de cuestionar al toro y nos abandonemos a la gloria del toreo, como siempre ha pasado. Cuando Paco levanta las paredes del toreo fundamental, el toro se derrumba y el torero tiene que apuntalar la obra empleando el material del temple, a media altura pero siempre en el sitio, encajado y natural. El poso de la gran temporada que lleva a las espaldas le ha llevado a asentarse como torero, a pensar más en la cara del toro, a medir las faenas, a no atropellar la razón. Se suceden los pases cada vez con más ajuste, con más empaque, con más verdad y en un cambio de mano interminable, llega el clamor en el que se instalará la plaza hasta la estocada final, la pureza en la ejecución de la suerte va acompañada de la colocación un punto contraria. Oreja de ley.

Oreja de ley

Antes de la lección de Ureña, Perera explica lo suyo a las buenas gentes pero aunque el primero de Juan Pedro se mueve con nobleza, el diestro no logra poner en marcha el mecanismo de las ovaciones con su propuesta trapacera y despegada. Después con el tercero de Victoriano del Río, tampoco funciona la cosa a pesar de que pareciera que las formas de Ureña han obrado el milagro de conducir a Perera por el camino del gusto y la reunión, sobre todo en las verónicas de recibo que interpreta genuflexo y en un galleo torerísimo por chicuelinas de mano muy baja, pero el toro no colabora en el asunto de la movilidad en el último tercio, elemento imprescindible para encender la mecha de los fuegos de artificio del toreo moderno. Con todo, debemos agradecer a Perera que haya sumado a su extraordinaria cuadrilla de esta tarde, la sabiduría lidiadora de José Chacón, por si la tersura del capote de Curro Javier y la brillantez con los palos de Ambel y Arruga, no resultaran argumentos suficientes para engalanar la tarde.

Ureña no dice gran cosa con el jabonero cuarto de Juan Pedro y la corrida se desliza por la cuesta abajo de la mediocridad cuando sale el quinto de Núnez del Cuvillo, ganadería seleccionada para la docilidad en la muleta, de nuevo muy blandito y justo de presencia, muy protestado en los primeros tercios. Perera apuesta por el toro y lo cita de largo en los medios, y allí acude el Cuvillito alegre, dejando atrás las claudicaciones precedentes, encontrando en la muleta que se mueve allí a lo lejos un señuelo que no le obliga nunca, que jamás lo quebranta, al que el animalejo persigue incansable una y otra vez, sin preguntarse por el hombre que hay detrás del engaño, aquél que fue capaz de aguantarle el paso en Madrid a la apoteosis tomasista de 2008, con otra propuesta de mayor compromiso que le hizo adquirir el prestigio y cobrar lo suyo en cornadas. A partir de ahí nació otro torero que aprendió a basar su poderío en conducir el viaje previsible sin estrecharse nunca en el embroque, en mecanizar tarde tras tarde la técnica innegable de saber hurtar el cuerpo a la embestida con el birlibirloque del pico y la pierna retrasada y para qué volver al terreno donde los toros cogen si el público sigue aplaudiendo la función, incluso en este Madrid que brama con Perera después de haberse entregado a Ureña, debe ser que cuando hay hambre la mortadela sabe igual que el buen jamón. Un pinchazo sin soltar y un metisaca en los bajos desbaratan el triunfalismo que ya tenía preparada una nueva puerta grande para culminar el despropósito.

Perera en la distancia

En el fin de fiesta, restaba por salir el último de Victoriano del Río, que el presidente trató también de aguantar por ver si se obraba de nuevo el milagro del tullido. Un batacazo del toro tras el segundo par de banderillas desengañó al usía y un brevísimo pañuelo verde dio paso a un sobrero de José Vázquez, el de los toros indultados en las plazas de Maximino Pérez, en sus predios de Illescas y Cuenca. Pero si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos. Si Ureña creía que iba a acabar la tarde sin sobresaltos no tuvo más remedio que volver a la dureza de antaño y soportar parones y tarascadas de un pregonao que al sentir la disposición del torero, tuvo que claudicar, podido en las tablas donde el triunfador incontestable de la temporada, acabó con sus días de estocada desprendida en la suerte de recibir.     

Para la segunda tarde, el extraño cartel que compuso la empresa sólo tenía sentido si lo que se intentaba era contraponer la plasticidad con el feísmo, la naturalidad con el tremendismo, las finas maneras de Juan Ortega contra las toscas trazas de Juan Leal, con Daniel Luque de testigo absurdo de un duelo imposible. Al final, la enésima moruchada del Puerto de San Lorenzo, atenuó las diferencias entre uno y otro, y ambos comulgaron con parecida escasez de oficio y el mismo empeño en matar a la última.

Lo mejor de Leal es su fondo de valor estoico que acredita en los quites que prodiga y en el impávido comienzo de la faena de muleta al segundo de la tarde, a base de pases de rodillas cambiados por la espalda. Es lástima que al ponerse en pie, su concepto técnico le impida buscar la colocación que admitiría su arrojo y persiga con tanto ahínco la despedida del toro hacia la periferia. En el quinto desperdicia lamentablemente el esfuerzo con que su hermano Marc intenta ahorrar lances en la lidia, para conseguir que el boyancón del Puerto brindara algunas embestidas bonancibles para provecho de la empresa familiar.  Como en la parábola del hijo pródigo, el hermano de oro se gasta la herencia despilfarrando el trabajo del hermano de plata que ya en el segundo se había jugado el pellejo dándole todas las ventajas al toro en un postrer par de banderillas que iba a ser enorme pero concluyó en cogida por fortuna sin consecuencias. Tanta fraternal entrega  para que al final Juanito practicara el toreo al revés, el mismo planteamiento ventajista en la distancia y en las cercanías acabó por aburrir al toro, cansado de aguantar mantazos.

Juan Ortega

Juan Ortega es de aquellos toreros que como ocurría con los curristas, necesitan partidarios que se conformen con verlos hacer el paseíllo, esa forma de venir vestido, esas maneras de andar por la plaza que le separan de aquellos otros que salen de la cara del toro como lo haría el lateral derecho del Atlético de Madrid. Porque después, apenas la compostura. El tercero recibe mil capotazos en la lidia que descomponen su fondo de mansedumbre hasta que acaba aculado en tablas en el tercio de banderillas, situación que resuelve Antonio Chacón con un grandioso par al sesgo. En la muleta sólo apuntes de Ortega insinuando pases que nunca encuentran remate y continuidad. El curso que da Chacón en la lidia del sexto le enseña a su matador que el toreo es posible pero Ortega vuelve a defraudar, medroso en exceso, absolutamente desbordado por un toro que dista mucho de ser un barrabás.

Y Luque. Nadie entiende el ambiente que Luque tiene en Madrid, pero lo tiene. La de veces que hemos venido a verlo en esta plaza y no recordamos alguna tarde en la que nos convenciera, ni siquiera aquélla de hace un lustro en la que abrió la puerta grande también con los del Puerto y de la que no recordamos nada. Seguramente tampoco lo hacen los que le cantan las verónicas lánguidas que acompañan las embestidas mortecinas de su lote, acaso reconociendo la incuestionable hazaña técnica que debe ser manejar el percal sin acabar tropezando con ese pedazo de toldo que gasta por capote, del que saldrían tres de Curro tirando por lo bajo. A pesar de todo, y de que sus dos toros son de diferente procedencia, la que dista del puerto a su ventana, ambos se comportan de manera idéntica al hacerse presentes en el ruedo, barbeando siempre las tablas en busca de la comodidad de la dehesa. Ambos tienen asimismo veinte pases antes de su previsible huida, que digo yo que si ese es el destino seguro que aguarda al trasteo según el vaticinio de los que llevamos contemplando la misma jugada durante décadas en la piedra, resulta inexplicable que los profesionales se empeñen en tirar líneas de manera anodina por las afueras para no atacar a un toro que se va a acabar rajando igual. ¿No sería más aconsejable ponerse en el sitio, meterse en el terreno del toro, ceñir la embestida y vaciarla detrás de la cadera, aunque el toro en lugar de aguantar treinta viajes sólo admitiera diez? ¿Lo sabría hacer Luque? Dicen que en Francia lo hace, pero llegar a las Ventas y apuntarse al carro del ventajismo es todo uno. En fin. 

La feria se abrió con una interesante novillada de Fuente Ymbro que seleccionó un toro nobilisimo en la muleta para poner a funcionar a Tomás Rufo, el triunfador de los festejos nocturnos del verano, que con su primero había dejado la puerta grande entreabierta cortando una orejita fácil por una labor aseada y sin sustancia que solo se elevó en los ayudados por bajo finales. Pero en quinto lugar salió Hechizo, un torito burraco de 534 kg, muy bien banderilleado por Sergio Blasco y Fernando Sánchez que llega al último tercio comiéndose la muleta que le ofrece sin probaturas Rufo en el tercio, en la serie más reunida de su trasteo. Después no hay tanto ajuste en el cuerpo de la faena que tiene momentos brillantes aislados como un cambio de mano monumental flexionando la pierna contraria y otras concesiones más baratas al toreo moderno. La bisoñez del novillero emerge en el amontonamiento lógico de quién sólo lleva apenas una docena de festejos con picadores y al que sin embargo se le apunta el gusto de concluir las faenas a la manera clásica sin recurrir a la peste de las bernardas de moda. Suma otra oreja que permitirá de muevo a un novillero salir a hombros de las Ventas, cuatro años después de que lo hiciera Roca Rey, tal es el erial en que está convertido desde entonces, el escalafón del relevo. También actuaron el Rafi y Fernando Plaza y ambos se fueron de vacío aunque el segundo destaca por su valor estoico en un quite de frente por detrás de pasmosa quietud y en la faena al último de la tarde, un toro complicado ante el que se le apunta el mérito de aguantar entre los pitones mientras escucha como van descorriendo el cerrojo de la puerta grande por la que ha de salir su compañero.

Tomás Rufo



jueves, 5 de septiembre de 2019

BUSCANDO A CHUPAGRIFOS


Cuenca no existe. La ciudad que me vio nacer se desvanece poco a poco, desaparece de la mirada para quedar confinada en el solar del recuerdo. Las paredes del Sanatorio de San Julián que alumbraron a mi generación, su estructura deshabitada expuesta a la intemperie desde hacía diecisiete años, están a punto de dejar de ser el esqueleto donde comparecían los fantasmas del pasado para que se erija un geriátrico en su lugar, triste metáfora del destino de una ciudad moribunda.



El viejo sanatorio formaba una extraña trilogía de la incuria con otros dos lugares asimismo abandonados durante una década por la dejadez de las administraciones. El edificio de la Normal en cuyas aulas recibíamos clase los alumnos de la Aneja, se esfumó hace tiempo víctima de la piqueta. En el espacio mítico donde soñábamos el futuro, se construirá un hotel. El Instituto Alfonso VIII que albergó nuestros primeros pasos de bachilleres, todavía yace clausurado por la demora de las obras de un aparcamiento recientemente terminado. Si la patria del hombre es la infancia, alguien anda por ahí empeñado en derribar sus muros, si un tiempo fuertes, hoy desmoronados. En el recorrido por los escenarios de la niñez, ya no hay tráfico en el circuito del Vivero, los billares del Sastre son un espectro atrapado tras un muro de ladrillo y ni siquiera subsiste el Choco para que podamos comentar la jugada, acodados en su barra de metal. Si aún estuviera abierto el Kiosko del niño para endulzar la herida y el chocolate del Colón todavía pudiera calentar el paladar, aquéllos que regresamos de vez en cuando del exilio para abrigarnos con el amparo de la senda conocida, no andaríamos por ahí desnortados, buscando a Chupagrifos.



Al menos podemos seguir echando un trago en las fuentes del Parque de San Julián, pero el agua ya no sale tan fresca como entonces, cuando teníamos que encaramarnos a su pedestal y abrazarnos al querube para engañar a la sed. Hoy nos persigue otra sed, la que el agua no sacia, la que agudiza la ausencia y convierte a Carretería en un paseo inhóspito a pesar de su bullicio, esa sed a la que nunca dará satisfacción la inútil peatonalización de la nada. Sólo unos pocos nos entenderán cuando les digamos que nunca fuimos tan felices como cuando devorábamos un paquete de patatas de la Clementina ensimismados por el fulgor de la fuente de colores. Menos aún recordarán la magia que serpenteaba temblando en blanco y negro, vainilla y chocolate magníficos, por encima del humilde cucurucho del helado de máquina de Ruiz. Los que imaginábamos el Corte Inglés en Galerías Cuenca, continuamos echando de menos que alguien nos regale un globito cada vez que compramos un par de zapatos. Será difícil explicar a las nuevas generaciones que jugar en las máquinas del Picadilly no era incompatible con echar una carrera de chapas en el Carrero y que crecimos sin traumas a pesar de que el As de Bastos era nuestro Leroy Merlin.



Quizá todo deba ser así o quizá no. El cambio del entorno que nutría nuestra nostalgia es tan natural como el paso del tiempo y tal vez los árboles que daban sombra a nuestro llanto iniciático deban ser derribados como pronto sucederá con la marquesina del sanatorio. De todos modos, sería conveniente pedir a los enterradores del pasado más celeridad en la ejecución de las paletadas, porque nuestro espíritu sensible no puede seguir caminando eternamente entre ruinas.




jueves, 25 de julio de 2019

SESIÓN DE IMPOSTURA




Decía Miguel Gila que en su época, las relaciones entre padres e hijos eran más sencillas porque entonces, el comprensivo progenitor le solía decir a su vástago más rebelde, si vuelves a casa después de las diez, te meto una patada en la cabeza que te la reviento. Y el chaval lo entendía, había diálogo, sentenciaba el gran cómico. En nuestros días, los interlocutores políticos que dijeron haber entendido el mensaje diverso de las urnas y apelaban al diálogo como única manera de gobernar las instituciones, hoy se aferran como lobos a su parcelita de poder y erigen en torno a ella una muralla de prejuicios que ahora está de moda llamar cordón sanitario. Ya lo vimos cuando los diputados independentistas propusieron el método Gila para resolver el conflicto catalán lo cual consistía en decirle al gobierno, si no liberas a los presos y me concedes el derecho de autodeterminación, le pego una patada a los presupuestos y reviento la legislatura.

Lo hemos visto de nuevo en la negociación de las investiduras pendientes, nuestro contemporáneo patio de Monipodio en donde toda mediocridad y prepotencia tienen su asiento, conformando una mezcla explosiva que amenaza con perpetuar un bucle ilimitado de reuniones ficticias y nuevas citas electorales. Mientras Rincón y Cortado esperan sentados la vuelta del bipartidismo, los nuevos aspirantes a la poltrona juegan al trile por las esquinas y ensayan posturas en las ruedas de prensa exigiendo un carguito, una prebenda, un gesto, una foto, lo que sea, para poder colmar su vanidad.

Y es que Pablito quiere ser vice, 
pero Pedrito le contradice, 
las elecciones convocaré.
Tengo a Tezanos metiendo miedo, 
si abro las urnas ganar yo puedo, 
la investidura es un paripé. 
El presidente pide abstenciones, 
el que a Mariano dijo que nones 
quiere a Rivera de seguidor, 
y ahora el mesías da un paso al lado, 
si no me quieres coge a Casado, 
que ése se abstiene tras el calor. 
Sánchez propone tres ministerios 
y a la consorte tras el puerperio, 
le guarda un puesto de relumbrón, 
pero Echenique ya tiene silla, 
las que le ofrecen son calderilla, 
nos retiramos al casoplón.     

Tampoco es que todo este teatro sea irreversible. Contrariamente a los llamamientos a la estabilidad de los poderes fácticos, la economía sigue creciendo y la prima de riesgo está bajo mínimos, lo cual garantiza buena financiación para seguir pagando la fiesta de momento. Hasta que el avispero catalán explote en otoño y sea necesario un gobierno fuerte en apoyo de las instituciones, nos hemos distraído lo nuestro escuchando la monserga vacía del estadista Sánchez, el sagastacanovismo manido del prócer Casado, el matonismo de patio del bello Rivera, la dialéctica tuitera del elevado Rufián, el prietas las filas del marginado Abascal y el qué hay de lo mío del altruista Aitor, mientras el hijo de Suárez y Pisarello contemplaban la jornada expuestos en el frontispicio del hemiciclo, éste es el nivel.

Frente a tan reiterada estulticia, Iglesias sintetizó en diez minutos lo que realmente importaba al narciso de la Moncloa: ser presidente a toda costa, para lo cual al tiempo que le hacía ojitos al macho alfa de la izquierda, solicitaba la abstención de las derechas como el mendigo que te aborda con su es penoso pedir, pero más triste es robar. El vicepresidente nonato intentó con brillantez explicar el enredo con un tono profesoral que se resquebrajó al final cuando advirtió a Sánchez de que sin su apoyo jamás sería presidente, tal y como hacen las vendedoras de romero cuando te lanzan la maldición al rehusar la ramita. Una vez más, le traicionó la soberbia y no vio la jugada. El doctor plagiario nunca quiso al latifundista de Galapagar en su gobierno, ni tampoco una cuota podemita que multiplicara por tres la posibilidad de que le recordaran en cada consejo de ministros que en España hay presos políticos. A la vuelta del verano, se abrigará con ropajes patrióticos para justificar la nueva convocatoria de elecciones y ganará quien sea más creíble en el relato de esta semana de burla y postureo, en el encubrimiento de la impostura más bochornosa de la historia del parlamentarismo español.



           




jueves, 27 de junio de 2019

TODO ES PEOR



Dentro de veinte años, las predicciones anuncian que España se convertirá en el país con mayor esperanza de vida en el mundo. Un estudio de la Universidad de Washington calcula que el españolito medio llegará entonces a los 85,8 años de edad, casi tres años por encima de la previsión actual. Pero ahí no acaba la cosa. En 2040, los científicos más audaces nos prometen que los avances tecnológicos en inteligencia artificial estarán en condiciones de retrasar el envejecimiento de tal manera, que los que lleguen en forma a ese puerto improbable, podrán seguir navegando hacia la inmortalidad. A mí no me encontrarán en ese barco.

¿Se imaginan la eternidad con la matraca independentista insistiendo en sus falacias “sine die”? ¿Es soportable vivir para siempre comiendo la porquería de pan que se vende en los supermercados? ¿Hay quien aguante a perpetuidad las sandeces de los animalistas? ¿No es preferible morir a seguir escuchando reguetón?

Hace tiempo que venimos acostumbrándonos a las cesiones que nos exige el sistema. La protesta airada del principio se va orillando después en un reducto del cerebro donde descansa el recuerdo de cuando aparcábamos gratis en la calle y los electrodomésticos duraban para siempre. La combinación de las promesas de inmortalidad con la obsolescencia programada nos conduce a un escenario inquietante en el que más de uno optará por el suicidio antes de verse abocado a comprar el vigésimo quinto microondas de su existencia.

¿Y qué me dicen de la presión impositiva que soportaríamos para sostener las pensiones de un futuro sin fecha de caducidad? Si en el presente nos hacen pagar por comprar una casa, por tenerla, por venderla y por heredarla, no quiero ni pensar en las nuevas mordidas a nuestro bolsillo que el gobernante de turno se inventaría para sustituir los ingresos del impuesto de sucesiones, con tal de no hincarle el diente a las sociedades patrimoniales y a las grandes fortunas. Y es que no morirse no tiene por qué significar la renuncia al paraíso… fiscal.

Si has sustituido las relaciones humanas por compaginar quince grupos de whatsapp, si tienes menos predicamento con tus hijos que el “influencer” que los adoctrina, si acabas comprando por internet hasta los calzoncillos con cuya venta iba sobreviviendo la tienda de tu calle, si el ejercicio de tus derechos se reduce a despotricar de un mal servicio en el oído de un teleoperador, dará lo mismo que la vida sea eterna pues tu existencia se irá estrechando al compás del algoritmo que maneja tus datos, esa fórmula siniestra que dirige tus pasos convirtiendo en fantasía tu libertad de elección.

Si al menos la sociedad avanzara por el camino del sentido común y el entendimiento, se disiparía la tentación permanente de ingresar en el corral de los quietos para dejar de escuchar tanta estupidez seguida. Los ofendidos de la corrección política, aquéllos que quieren convertir la libertad de expresión en un espejismo en donde reinen la intolerancia y la autocensura, utilizan a diario las redes sociales como tubo de ensayo en donde fabrican etiquetas de fascista y las reparten a todo el que ose apartarse un poco de la moral oficial y piense por su cuenta. Salvo que aceptemos escribir al dictado del “mainstream” en este mundo sin final, los que de vez en cuando nos da por juntar cuatro letras en el campo de batalla del papel tenemos la suerte echada, sin el consuelo siquiera de un día poder redactar el epitafio de nuestras lápidas.  

Si para que un tomate sepa a tomate es necesario comprarlo a precio de solomillo, no merece la pena seguir. Todo es peor.



lunes, 17 de junio de 2019

SAN ISIDRO V: LA FERIA DE LA ESPERANZA

El triunfo


Y al final, la pureza. La última semana de San Isidro transcurría anodina por los senderos trillados de la ausencia de bravura en el toro y el adocenamiento habitual de los toreros. El aficionado no encontró refugio en el Ventorrillo, ni sació su sed en Fuente Ymbro, llamó a la puerta de Cuadri sin hallar respuesta y en Valdellán se encontró con Carasucia, como clavo ardiendo de casta al que agarrarse. Y entonces llegó Ureña. Tapadito entre dos figuras, cuidado por la empresa que lo apodera, recibido entre algodones por la plaza que sabe de su calvario en búsqueda del triunfo. La corrida de la cultura no evita con su pretenciosa denominación, la decadencia de los dos primeros actos. Castella muestra una versión cada vez más indolente de sí mismo y Roca naufraga al no poder aplicar a un toro de Victoriano del Río que hace hilo al final de cada pase, las recetas revenidas del toreo moderno. Paco Ureña se abre de capa en el tercero y, de inmediato, entramos en otro mundo, el de la verónica reunida, la suerte cargada, la defensa del terreno ganado hacia los medios. Juan Francisco Peña vuelve a picar en el sitio y con la intensidad adecuada y Paco se recrea de nuevo a la verónica en su turno de quites. Roca Rey ejerce su derecho y le replica por chicuelinas del montón, a las que el lorquino responde aquí estoy yo con tres delantales de ensueño y una media abelmontada que todavía están golpeando en las sienes del recuerdo. Después de tanta intensidad, Ureña se amontona en una faena sin unidad con detalles aislados de calidad, acaso marcada por el desgaste del toro en los primeros tercios y por el volteretón que sufre el torero cuando el animal lo encuna por sorpresa y le pega fuerte en las costillas. El pinchazo que precede a la estocada lo deja todo en una petición insuficiente y en una vuelta al ruedo sin protestas, un triunfo menor como tantas veces, tras el que pasa a la enfermería. Desde allí, nos llegan noticias de posibles fracturas pese a las cuales, el torero saldrá a matar su toro en sexto lugar bajo su exclusiva responsabilidad. En esa espera, el resto de la corrida se vuelve plana de nuevo, entre los esfuerzos vanos del francés por retomar un sitio que ha perdido y la incapacidad del peruano para sujetar a un toro rajado. La mayor ovación de esta fase de la corrida la recibe Ureña, cuando vuelve a la carga por el callejón. El quinto que hace sexto se llama Empanado, vaya nombre para la lírica. Paco lo recibe de capa con el mismo planteamiento de la conquista de terreno al animal. El toro anuncia cosas grandes y Pedro Iturralde lo ahorma con cuidado en el caballo. Ureña comienza el trasteo en el siete por estatuarios muy ceñidos que resuelve en una conmoción de trincherillas, pases del desprecio y el de pecho que ponen la plaza en pie. Otra vez los rugidos de las Ventas marcan la diferencia entre la baratija de tantas tardes y el toreo caro de hoy. La faena es un monumento al toreo al natural. Ureña tarda en ver que el pitón izquierdo es el mejor y nos deja una serie de derechazos de buen tono pero la emoción irrumpe como un fogonazo cuando se echa la mano a la izquierda y surge la verdad desnuda del hombre enfrentado a su tragedia, el cuerpo abandonado a merced del destino, la figura erguida y el compás abierto a lo profundo, dibujando muletazos como quien respira, olvidándose de la técnica, sin otra opción que la consagración por la pureza. El torero lo sabe y se lanza a matar dejando el alma en el encuentro para demostrar que los huesos golpeados no duelen más que el fracaso y que un solo ojo puede ver más que dos. De tanto ímpetu, la estocada llega un punto contraria y el toro se amorcilla en las tablas en una eternidad de veinticuatro mil miradas empujando para que doble el toro. Cuando por fin lo hace, las dos orejas llegan exactas como lógico final a la emoción unánime, la puerta grande como bálsamo a tanto dolor.

Ureña al natural

Al día siguiente, la corrida de la prensa, esa tarde final que casi todos habíamos desechado para alcanzar el merecido descanso dominical y que tras el ambiente que dejó Pablo Aguado en la corrida de Montalvo del inicio de feria, todos nos apresuramos a comprar para no perdernos la torería del sevillano. Que Aguado colocara el no hay billetes con apenas una docena de tardes como matador de alternativa dice bastante del impacto que causó su aparición ante la cátedra, aunque siempre habrá alguno que dirá que el lleno lo provocó el populismo del Fandi, o la posibilidad de que López Simón abriera su sexta puerta grande. La corrida de Santiago Domecq se movió con nobleza en las telas y su boyantía general presagiaba una tarde triunfal que no acabó de concretarse. El acto central de la función fue la actuación de Pablo Aguado que se hizo presente en un quite por chicuelinas lentísimas abrochado con una media apenas insinuada. La faena de muleta estuvo acompañada de ese peculiar silencio que ya es seña de identidad del ritmo de este torero, tocado por la varita de la vocación de naturalidad en todo lo que intenta, una pulcritud en sus formas definidas por la sencillez y la despaciosidad. Así surgieron los primeros pases de la faena, y los primeros olés envolvieron la profundidad de un ayudado por bajo y la levedad de un armonioso cambio de mano. El cuerpo del trasteo se desarrolló con menos encaje que otras veces, pero siguió habiendo momentos brillantes en un trincherazo que fue un cartel de toros y en los naturales de frente finales que precedieron a la suerte suprema en la que fue cogido por no vaciar adecuadamente la acometida del toro con la mano izquierda que es la que mata. Herido en el muslo derecho, se mantuvo en la plaza hasta dejar una estocada de la que dobló el toro al borde del tercer aviso, pese a lo cual saludó una ovación antes de irse por su propio pie a la enfermería con la misma parsimonia con la que se mueve el agua por el Guadalquivir. Quedó así la tarde como vacía, una cuesta empinada sin la esperanza de encontrar al deseado en la cima y con la perspectiva de tener que tragar tres indigestas raciones más de toreo moderno. Si López Simón había sido aplaudido con tibieza por su colección de trapazos al manejable segundo, su labor con el quinto no halló ni una palma para la misma propuesta, la comparación con la pureza de Aguado había hecho su efecto. Lo de Fandila fue distinto, su espectáculo es otro y ya estamos acostumbrados a que desaproveche en la muleta toros de buena condición como el que abrió plaza, porque quien da lo que tiene no está obligado a más. Al menos cubrió con profesionalidad los primeros tercios, lidió a su lote con acreditada solvencia y hasta se gustó de manera vistosa en quites y galleos para dejar al toro siempre bien colocado ante el caballo, especialmente en el sexto que mató por Aguado, lo que propició un excelente tercio de varas a cargo de Manuel Bernal que se sobrepuso a la costalada que recibió en el segundo encuentro, con un tercer puyazo en la yema parando al toro por derecho. Antes, en banderillas, el matador se olvidó de su decadencia de los últimos años con los palos, y se esforzó algo más por encontrar el ajuste en el embroque a partir de que se oyera una voz en el tendido que le demandaba clavar en la cara como es debido. Eso que ganamos gracias al espectador que no hizo caso a ese lugar común de la prensa apesebrada que pretendiendo para las Ventas un público como el del tenis, reclama dejar las protestas para el final.

El derribo
La corrida que antaño brillaba más que el sol se degrada más cada temporada, convertida este año en ese engendro extraño del festejo mixto, que al menos sirve para poder llegar a la plaza media hora más tarde y tomarse una cerveza en el ambigú mientras Diego Ventura despliega su espectáculo caballista tan ajeno al de la lidia a pie. El planteamiento de la corrida daba para hacer chistes fáciles sobre la posibilidad de que al Juli le echaran los toros despuntados para rejones, como suele pasar en provincias. A la hora de la verdad, sorteó dos toritos a modo de Núñez del Cuvillo, los dos inválidos, los dos muy justos de casta y no fue capaz de poner en marcha el ambiente festivo que había en la plaza a su favor. Con el jabonero que hizo quinto estuvo a punto de lograrlo pero el julipié zarrapastroso que suele perpetrar frustró el premio a una faena de líneas paralelas cuya técnica espuria justificarían luego sus palmeros como truco necesario para que el toro no terminara por claudicar.

Julián y Román, mentira y verdad

Diego Urdiales tenía esa tarde una oportunidad magnífica para confrontar con el poderoso su tauromaquia en las antípodas de la peste juliana que asola la fiesta, pero no terminó de sumarse a esa revolución que poco a poco se está larvando en el toreo y que apunta otras maneras dentro y fuera del ruedo. Sorteó el único toro encastado de la tarde, que ante la inhibición del sobresaliente, hizo hilo con Pirri a la salida del primer par de banderillas y le atravesó el glúteo cuando trataba de ganar el burladero. El arnedano se hizo el ánimo tras el percance y comenzó la faena en el tercio con derechazos mandones que consiguieron atemperar la embestida hasta permitirle cuajar una serie reunida de naturales. En el resto de su labor prefirió eludir el riesgo que hay en la ligazón y apuntarse a la estrategia del unipase, dejando eso sí, momentos bellísimos que le habrían conducido al trofeo si no llega a hacer guardia al toro a la hora de matar. El sexto fue un sobrero descastado de la Reina con el que Urdiales estuvo exprimiendo su último cartucho en la feria sin que nadie le hiciera demasiado caso. Para entonces, con la tarde vencida, la gente competía por hacerse notar en la dizque corrida más importante del año, ahora el botellón más concurrido, y se sucedían las últimas escaramuzas entre partidarios y detractores del Juli, que se libraron sin más derramamiento que el del alcohol de los cubatas que portaban los debutantes en el templo. Una cosa llevó a la otra y de los vítores al Rey presente en el palco, se pasó a los vivas a España extemporáneos de los patriotas de ocasión. Un viva la república disidente no obtuvo el refrendo imposible. La contestación a esta última proclama fue tan grande que es difícil comprender por qué el jefe del Estado se deja ver en esta casa tan sólo una vez al año. A su lado, el ministro Ábalos parecía contemplar complacido el espectáculo hasta que algún representante de la España que definió como casposa solicitó su dimisión.  

La afición agradecida
            
Después de la tormenta, llegó la corrida de Cuadri para despoblar los tendidos del ambiente lúdico del público festivalero. Todos los toros siguen el mismo comportamiento, difíciles de salida, cumpliendo en el primer puyazo, renuentes a tomar el segundo y parados en la muleta. Seis marmolillos de irreprochable presencia pero vacíos por dentro. Rafaelillo apechuga con el lote más peligroso pero sus maneras ratoneras no contribuyen a mejorar las condiciones de sus toros. Octavio Chacón parece metido en un socavón de ideas tras desperdiciar sus cuatro tardes de la temporada en Madrid. Hoy incluso se viene abajo su cartel de torero lidiador y poderoso, totalmente debordado por el sexto que saca genio en el capote. López Chaves es la única noticia positiva de la tarde. Animoso y clarividente en la cara del toro, exprime todo lo que tienen sus dos oponentes y llega a olvidar la tosquedad habitual de sus maneras en varias series de naturales al quinto que liga por el procedimiento de darle un tiempo a la embestida, provocarla casi en el sitio y prolongarla con el secreto del temple. El mal uso de la espada lo frustra todo pero el salmantino deja presentada su candidatura para ser un fijo en este tipo de corridas. 

Carasucia

Pese a la decepción de Cuadri, el pabellón de la causa torista lo había defendido dos días antes la ganadería de Valdellán que tomaba antigüedad en las Ventas, destacando los tres cinqueños de la tarde, más encastados que los de cuatro años, confirmando aquel aserto antiguo que reclamaba el toro de cinco y el torero de veinticinco. Cristian Escribano tiene tres años más, pero sólo cuatro festejos el curso pasado. Ese escaso bagaje se nota cuando le toca Carasucia, un cárdeno de 587 kilos, para desmentir que los kilos influyen en el juego cuando hay casta, el toro más enrazado que hemos visto en la feria, que aprieta recargando en el primer puyazo y simplemente cumple en el segundo. En descargo de Escribano debe decirse que una embestida tan vibrante hubiera descubierto las carencias del noventa y cinco por ciento del escalafón. El tren grisáceo del Santa Coloma pasa por las distintas estaciones que le propone el torero sin parar en ninguna, desbordado éste por el aluvión de casta que no le permite rematar con poder el muletazo y recolocarse para seguir mandando. Como mucho anda por allí acompañando un viaje ingobernable hasta que el toro termina por hacerse el amo. Escribano es un eficaz estoqueador pero la derrota en su pelea con el toro le pasa factura a la hora de matar y se deja el brazo atrás en el encuentro, llega un primer aviso que acaba por descentrarlo, luego intenta descabellar a un toro cuya bravura busca los medios y finalmente mata a la última de feo bajonazo, al límite del tercer y definitivo recado presidencial. El impresionante toro sexto de 656 kilos no arredra a la cuadrilla de Escribano, comenzando por el picador Adrián Navarrete que tira bien la vara en dos puyazos en buen sitio y siguiendo por Raúl Cervantes e Ignacio Martín que completan un brillante tercio de banderillas predisponiendo el final de la tarde a favor de su matador. Sin embargo, éste sigue hecho un mar de dudas y aunque este toro no se come a nadie, lo pasa de muleta con excesivas precauciones, sin dar nunca el paso adelante que hubiera posibilitado la redención tras el desastre precedente. Robleño encara su última tarde en el serial con ánimo y disposición, sabedor de que la afición espera con interés la repetición de su triunfo con un toro de Valdellán en los desafíos ganaderos del septiembre pasado. Sin embargo, el lucimiento no llega ni con el desentendido primero ni con el encastado cuarto, con el que no termina de entenderse en una larga faena a la búsqueda de un acople que no puede llegar en el sitio que pisa y sin la firmeza que demanda lo que los críticos del sistema llaman una embestida desordenada. Iván Vicente ni siquiera lo intenta. Pasa la tarde haciendo como que va a hacer sin hacer nada, un muletazo por aquí y se va de la cara del toro, otro por allá y se retira para ajustar el pico de la muleta, tira una línea al natural, y un respingo del toro lo descoloca, ahora un ayudado y vuelta a empezar. Se desconoce qué pretendía apuntándose a esta corrida y demostrando ante la misma tanta frialdad como la que pasó el aficionado en la piedra a cuarenta y dos de mayo y el verano y Manili sin venir.

Se acabó lo que se daba. Las treinta y cuatro tardes del serial taurino más largo del mundo llegaron a su fin, dejando por fin al abonado libre de su esclavitud más querida, la de comparecer cada tarde en la plaza de toros de las Ventas del Espíritu Santo a ver qué pasa. Ningún espectáculo del mundo obliga a sus seguidores a realizar un esfuerzo tan continuado. Los futboleros van al estadio cada quince días, los melómanos, al Real una vez al mes. El aficionado cabal no se pierde un festejo para tomar nota del estado diario de la cuestión taurina, ya se aburra o disfrute, se anuncien las grandes figuras o tres toreros sin apoderado, su sacerdocio le impide ausentarse y cuando lo hace es porque algún compromiso inaplazable le obliga a faltar.

Tras el esfuerzo, el descanso es grande, la añoranza también. Cuando llega el momento de cambiar la piedra de la andanada por el sofá de casa, la espalda lo agradece, pero el corazón se resiente. Ninguna pasión de las que nos esperan por delante supera a la emoción que puede llegar a sentirse cuando allí abajo, en la arena de la plaza, surge el toreo. 

El altar de Julián en la andanada




martes, 11 de junio de 2019

SAN ISIDRO IV: LA FERIA DE LA BERNARDA.

Joaquín Bernadó


De los productores de la feria del pase invertido, esta semana ha llegado a nuestras pantallas la feria de la bernarda, la del triunfalismo desbocado, la de las ovaciones a los desarmes y al toro que muere en tablas, a la montera que cae boca abajo y al torero que se descalza, a las estocadas caídas y al arrimón sin final. En las temporadas anteriores, el entusiasmo orejeril se desataba con el pase invertido, era ver al torero colocarse de espaldas al toro y presentarle la muleta por uno u otro pitón para hacerlo girar como triste animal de noria y la gente entraba en éxtasis. El año pasado, la cotización de esta suerte fue bajando en favor de las múltiples variantes del toreo “back” y lo que llevaba a las gentes al paroxismo eran los pases cambiados por la espalda y las suertes capoteras por ese palo que han expulsado a la verónica del repertorio clásico, pero este curso lo que privan son las bernadinas como salvoconducto para excitar las pasiones de las masas en los finales de las faenas vulgares, que si el maestro Bernadó llega a saber que iba a pasar a la historia por esta deconstrucción de la manoletina y no por la profundidad de sus trincherazos, hubiera sin duda dejado su creatividad para mejor ocasión.

La cuarta semana de San Isidro ha sido una travesía insufrible por el desierto del toro manso y descastado hasta que llegó el oasis dominical y la ganadería de Baltasar Ibán expulsó de la plaza toda esa bisutería barata que pasa por metal precioso el resto de las tardes. Los Ibanes convirtieron la fiesta de correr animales bravos en un espectáculo distinto al que propicia el toro dócil. La distancia entre Poeta, el tercero de la corrida de Garcigrande y Santanero I, el tercero del encierro de Baltasar Ibán, es tan grande que en realidad se seleccionan para sustentar rituales completamente diferentes. El primero está concebido para el mantenimiento de una fiesta alegre, casi incruenta, estructurada con el fin de que el hombre en el ruedo pueda minimizar el riesgo y el hombre en el tendido pueda merendar sin sobresaltos. El segundo, en cambio, no permite probar bocado, la tensión del peligro que trae la fiereza se transmite como una corriente eléctrica a la piedra y el chico de las almendras pasa como una sombra por la andanada más pendiente de las tarascadas que pega el bicho que de su cuenta de resultados. La pelea de Román con Santanero nos devolvió a ese tiempo lejano en el que de vez en cuando un torero poderoso imponía su ley a un marrajo cuando el público sensible no pedía más que un macheteo y una estocada en los bajos. El toro entra por primera vez al caballo y cuando el piquero se descuida lo derriba en una oleada como si tal cosa. La segunda vara es la única en la que se le castiga de verdad pero el matador cambia el tercio en una decisión que le pesará finalmente. En banderillas, el animal espera una barbaridad y los peones pasan un quinario intentando completar la exigencia de las cuatro banderillas reglamentarias que el presidente que le regaló la puerta grande a Perera no está dispuesto a relajar. Esa rigidez que se olvida con el poderoso está a punto de costarle al Sirio un percance serio cuando pierde pie en la cara del toro y los impresionantes pitones del morlaco pasan a centímetros de su rostro. Román brinda el toro en el micrófono televisivo a Emilio de Justo, al que sustituye en esta corrida, cogiendo al vuelo el gesto en lugar de buscar destinos más cómodos y rentabilizar con prudencia su último triunfo con los Adolfos. Román no ha venido a Madrid para arredrarse ante la empresa que tiene por delante, un cinqueño pasado que espera en cada muletazo, lo toma con renuencia y echa la cara arriba en el remate. La condición del toro aconseja el unipase pero el valenciano acepta la ligazón quedándose en el sitio, jugándose las femorales en cada envite, la muleta firme y por abajo, unas veces domeñando la implacable embestida, otras aguantando derrotes y parones, hasta que el toro se raja, vencido en la pelea. Pero aún queda un encuentro entre el hombre y la fiera en el que dada la trayectoria precedente del trasteo, todos sabemos que Román no va a aliviarse a despecho del tornillazo final que el toro se reserva. La cogida llega tan segura como que es imposible entrar con rectitud en la jurisdicción del toro y dejar la espada arriba sin perder en esa apuesta. Perder para ganar la gloria de la oreja, exigua recompensa frente al charco de sangre y la femoral partida, la sensación de tragedia es grande mientras el toro muere con una estocada en lo alto y el cuerno homicida ensangrentado hasta la cepa, mientras a lo lejos el héroe desaparece camino del respeto eterno de la afición.


La cogida

La conmoción reina en la plaza y parece imposible olvidarse del drama que en estos momentos se vive en el quirófano, pero la magia de Curro Díaz convierte la tragedia en arte con la gracia toredora de su capote alegre que se duerme en la media y nos da la vida en una larga de fantasía. El torerísimo gesto de irse a la puerta de la enfermería y dejar la montera clavada en la barrera en homenaje al compañero caído, derrama la emoción por la plaza entregada a la faena de Curro, la pinturería de su propuesta al servicio del corazón. En los medios traza el derechazo templado de su inconfundible marca, sabor y compostura y la pierna retrasada que resta verdad al trance, hasta que el toreo nuevamente se eleva en el cante grande de los remates, como ese pase de las flores improvisado del que sale andando con una torería que ya no se ve, pura inspiración. La estocada arriba llega a pesar de la ejecución defectuosa y la oreja se pide por la mayoría que así se sacude la preocupación por la suerte del torero herido. El sexto es otro toro bronco que hubiera justificado a Curro a tirar por la calle de enmedio en cualquier otra circunstancia, pero esta tarde el de Linares se viene arriba con responsabilidad y lo pasa de muleta en el sitio sin rehuir la pelea. Pepe Moral es la cara opuesta de la moneda, y desaprovecha las veinte buenas embestidas del segundo, al que aplica un toreo vacío y de acompañamiento, y no se confía con el complicado quinto acaso vencido por la suerte del compañero al que ha tenido que llevar unos minutos antes, envuelto en sangre, para que Padrós y su hijo le salvaran la vida.

La elefantiásica corrida de Las Ramblas repite un año más en la isidrada y su presencia reiterada sólo se explica por la necesidad de abaratar los costes de un ciclo sobredimensionado con demasiadas tardes de entradas pobres. Morenito no se confía con un mal lote. Sin embargo, el de Aranda es uno de esos toreros modernos que han descartado la opción del dominio en los trasteos, nunca se doblan por bajo, ni enseñan los caminos para  conducir la embestida, en lugar de darle al toro de comer, adelantando la muleta para traerse toreado al animal y vaciarlo detrás de la cadera, prefieren el medio pase con la pañosa retrasada y el atragantón del arrimón de cercanías. Juan del Álamo sortea al único con opciones, el segundo se mueve en la distancia larga y el planteamiento es en los medios pero cuando llega el encuentro, no hay reunión, ni temple, sino trapazos sin enjundia que despiden el toro hacia un lugar indeterminado entre el busto del Doctor Fleming y la estatua de Dominguín. En cambio, Tomás Campos tiene cosas. Una buena mano izquierda, una compostura especial que añade empaque a su propuesta,  pero escaso oficio para lidiar con dos toros con muchas teclas que tocar, el tercero que nunca humilla y desparrama constantemente su tremenda arboladura hasta enhebrar en dos ocasiones el vestido del torero, y especialmente el armario castaño salpicado de 610 kilos que hace sexto, al que pegan sin pausa en el caballo, pese a lo cual llega con fuerza a una muleta que no logra dominarlo en momento alguno del trasteo.

Ginés y Poeta

El baile de corrales vuelve a las Ventas la tarde de los Garcigrande, que con 800 vacas en el campo, no es capaz de completar una corrida para Madrid, con varios ejemplares anovillados y flojos, a los que se ha estado simulando toda la tarde la suerte de varas. Castella parece no encontrarse cómodo con la intrahistoria de los reconocimientos, pasa inédito ante el inválido de Buenavista que ha caído en su lote y tira por la calle de en medio a la primera dificultad que le ofrece el cuarto al que despena de un infame sartenazo. Álvaro Lorenzo se deja ir al buen segundo al que aplica una faena sin alma,  mecánica y mentirosa, un concierto despegado de muletazos sin fuste que no logra calentar la plaza a pesar de la buena disposición del público que le aplaude hasta los desarmes. Se va de la feria sin un solo detalle para el recuerdo después de haber lidiado seis toros, se dice pronto.

Ginés Marín está a punto de abrir la puerta grande por la consabida táctica de sumar una orejita barata en cada toro, aunque su estrategia se acaba frustrando porque el presidente José Magán no colabora. El tercero es un bombón muy justo de presencia de embestida dulcísima que es para llevárselo a casa y seguir toreando en el salón. No podía ser de otra manera porque se llama Poeta, pero Ginés sólo se acerca al lirismo en las verónicas de recibo que compone con ritmo y remata de manera muy vistosa con el envés del capote. Con la muleta, la rima aún se sostiene por la mano derecha mientras el toro da vueltas pero la faena no está a la altura de una boyantía extrema que pedía más encaje en los muletazos y no toreo superficial. La rima se vuelve ripio con la izquierda, aunque de ese socavón Ginés logra salir y recuperar las ovaciones del principio de la mano de adornos efectistas. Una buena estocada conduce a la oreja pedida por la mayoría. La faena del sexto se estructura de forma similar, la estética prevalece sobre la ética, la propaganda sobre la verdad, el torero vende bien el producto haciendo como que se cruza sin llegar a dar ni un pase en el sitio, sin la colocación sincera que conduce a la hondura. Cuando el toro se va parando, la faena se viene abajo y las bernardinas de marras son el artilugio perfecto para olvidar que todo ha ido de más a menos. Un pinchazo previo parece que hará imposible el Dorado de la puerta grande, pero una estocada final de rápido efecto enardece de nuevo a una parte del público que no son la mayoría de la plaza salvo que se abandone a partir de ahora el método de contar pañuelos y se haga caso al que vocea más fuerte. Lo de la extorsión infructuosa de los mulilleros para que el presidente Magán conceda el trofeo, fallando hasta dos veces a la hora de llevarse al toro nos deja pensando si lo próximo será que el buen usía se encuentre una mañana al despertar la cabeza de una de las mulas bajo el edredón.

La garrocha
El Puerto de San Lorenzo vuelve a las andadas con una mansada infumable. La ganadería charra consigue un pleno de toros abantos y rajados excepto el tercero que naturalmente enlotó López Simón. El torero de las cuatro puertas grandes de las que nadie recuerda gran cosa, es un consumado especialista en sortear a los mejores toros de cada tarde pese a lo cual construye sus actuaciones sobre las premisas del toreo moderno, incompetencia lidiadora con el capote, faenas pegapasistas sin estructura ni mando y una espada efectiva que cobra estocadas de cualquier manera, todo ello adobado con un tremendismo de atragantón y voltereta que suele conducir al trofeo seguro. Su labor en el tercero fue por ese camino con el único toro que se sujetó en la muleta. El toreo frío y mecánico que acostumbra necesitó un final por bernadinas para terminar de calentar al público y en él encuentra una feísima cogida de la que se levanta desmadejado para seguir intentándolo por el mismo palo con un estrambote final en el que se tira a matar sin vaciar la embestida con la muleta, dejándola caer y afrontando el topetazo del toro a cambio de una estocada que no aparece. Así por dos veces hasta que se diluye la posibilidad de oreja y todo queda en el patético invento de una nueva suerte que podría denominarse el volapié a la garrocha.

Antonio Ferrera volvía después del acontecimiento de su triunfo grande con la zalduendada pero los del Puerto no propiciaron la puesta en marcha de su particular espectáculo. Hoy no hubo muletazos sin ayuda, ni quites de fantasía o estocadas a larga distancia, porque no podía haberlos. Ferrera se pasó toda la tarde persiguiendo a sus toros, lidiándolos con facilidad, intentando enseñarlos a embestir y sólo lo consiguió al final de la faena al cuarto en una serie postrera de naturales muy reunida al abrigo de chiqueros. Dejó además detalles muy originales con el capote, como los dos lances que dio en el recibo al cuarto recordando al Pana y la torerísima forma que tuvo de sacar al toro del caballo por caleserinas en un palmo de terreno. Por su parte, Perera no se encontró en toda la tarde, en realidad lleva sin encontrarse desde que cortó las dos orejas más baratas de la historia reciente de la plaza. Toreó tan despegado que vino vestido de primera comunión y su traje impoluto blanco y plata, se fue inmaculado camino del hotel.

Antonio Ferrera

Para rematar la semana laborable, Alcurrucén mandó otra mansada justa de trapío. Ferrera sortea el único que embiste y lo hace con fuerza en chiqueros donde lo pasa de muleta acelerado y por fuera. Cuando el toro atempera el viaje, logra algo más de lucimiento pero el numerito de tirar la ayuda no es suficiente para hacer surgir una petición mayoritaria después de una efectiva estocada recibiendo. Al cuarto intenta hacerlo con paciencia, pero su embestida descoordinada impide cualquier proyecto de faena. Urdiales no se entiende con el zambombo segundo. El quinto tampoco es un carretón y el arnedano se va poco a poco confiando en una faena que luce más en el planteamiento que en los resultados. Labor aseada de pases aislados de impagable sabor clásico, tan alejada de los modos actuales que transcurre en clave secreta para la gente, desentendida de la pretensión de pureza del torero que culmina con una estocada arriba haciendo la suerte con rectitud. Ginés Marín completa su feria, hoy sin lucimiento ante un lote imposible. Al consentido de las figuras, le espera una larga temporada por delante sin Ibanes en el horizonte, mientras Román se recupera en el dique seco del hule ineluctable desde el cual sale un tuit en el que se lamenta de no poder cumplir con su siguiente compromiso en Vic-Fezensac. La vida. 

El hule