jueves, 14 de mayo de 2015

OCHO DE MAYO

OCHO DE MAYO

         En el 120 aniversario del nacimiento del rey de los toreros, daba comienzo la Feria de San Isidro del año 15 con la presencia de Felipe VI en una barrera del 10, por vez primera desde su coronación. Sin duda un gesto de apoyo a una fiesta que necesita algo más que visitas ilustres para no desangrarse definitivamente al tiempo que este país desnortado y a la deriva. Pese a todo, la primera semana de feria ha llegado a nuestras descansadas retinas con la ilusión renovada que han traído algunos toreros que se resisten a dejarse llevar por la fácil corriente de la falta de compromiso y el paso atrás. Ya dijo Ortega que el estado de la Fiesta suele ser un trasunto de la sociedad de cada momento y tal parece que en el planeta de los toros han aparecido signos de regeneracionismo que uno espera sean más prometedores que los cantos de sirena preelectorales que nos acompañan cada tarde, camino de la plaza.

         Incluso el toro que ha salido hasta el momento está bastante alejado de ese animal que los taurinos de guardia describen en sus crónicas como el ideal de la bravura, ese pastueño ejemplar que no repone, que no molesta, que deja estar a gusto, que coloca la cara ante las telas sin un aspaviento de informalidad, como dicen ellos. Dejando al margen el enésimo fiasco de el Ventorrillo, por descastado, las ganaderías que hasta ahora han desfilado por el coso venteño han traído el aire fresco que te hace estar pendiente del ruedo porque nada de lo que sucede en él es previsible, como no lo fueron la encastada mansedumbre de la vacada de los hermanos Lozano, el serio y bravo corridón de toros de Pedraza de Yeltes, o los brotes verdes de recuperación que se advirtieron en Fuente Ymbro. La de Salvador Domecq sacó un peligro desconocido en su estirpe y lo de Valdefresno ya fue la historia de siempre repetida año tras año por los hermanos Fraile en entregas sucesivas de descastamiento bueyuno que solamente la sabiduría de Eugenio de Mora llevó esa primera tarde a buen puerto.

         Y es que Eugenio de Mora, es, sin duda, el torero del momento. Aquel muchacho de buenas maneras un tanto superficiales que destacó en sus inicios allá por el cambio de milenio y llegó a ser consentido en las ferias, ha devenido en torero cuajado y cabal, superviviente de una larga travesía por el exilio interior de la Mancha televisiva, en el que ha ido depurando su oficio en los festejos organizados no se sabe bien si para matar o para acompañar el tedio de los sufridos televidentes de las tardes de los domingos. El caso es que el toledano hizo el toreo el primer domingo de feria, muy asentado de planta, abandonado al natural en su primer Valdefresno, ejecutando los pases siempre en el sitio y sin las ventajas que no hay por qué desplegar cuando el toro comparece sin dificultades que domeñar ante la muleta, y muy técnico en el segundo al que cortó la oreja, pendiente de administrar los toques necesarios para que el animal no siguiera su natural tendencia a huir, siempre templado y cargando la suerte. A este toro, además, le había recibido con el mejor toreo de capote visto hasta ahora en la feria, cuatro verónicas y media muy ceñidas y con el percal muy recogido que impactaron en la plaza por el fulgor clamoroso que rezuma el toreo de verdad.





         Esa tarde también tocó pelo Morenito de Aranda, dejando intacto el cartel que traía a la plaza tras su reciente salida a hombros en la corrida goyesca del dos de mayo. Aunque al torero castellano le sigue acompañando un aire de diestro pinturero más preocupado por lo accesorio que por lo fundamental, comparece este año más asentado y no desagrada su toreo vistoso y estético, unas formas que todavía no se deslizan por el camino de la mentira.

         Otro torero para anotar en la lista de los recuperables es Juan del Álamo. La buena impresión que dejó en la corrida de apertura se mitigó un tanto en su segunda tarde, pero el de Ciudad Rodrigo cortó una merecida oreja a un toro de Lozano hermanos al que sujetó en la muleta con formas más ajustadas que en corridas anteriores. Quién sabe si la tierra de nadie en la que se desenvuelve su carrera tras tocar pelo en cada una de sus últimas comparecencias en Las Ventas, le ha hecho meditar que dando el paso adelante del compromiso ante el toro puede llegar más alto que en el camino del seguidismo de la doctrina juliana.

         La misma tarde Pepe Moral no acabó de confiarse ante un lote que le ofreció un manojo de vibrantes embestidas para salir definitivamente del ostracismo en el que se hallaba varado después de su prometedora carrera novilleril, y siendo cierto que dejó naturales de nota, sólo se atrevió a quedarse en el sitio adecuado para ligarlos en una serie, pero el eco en los tendidos no se repitió cuando después se conformó con la senda menos comprometida del unipase. Una pena.

         La peor parte de la fortuna se la han llevado hasta la fecha Paco Ureña y Jiménez Fortes. El primero sorteó el toro de la feria, Agitador, que hizo vigente la máxima belmontina que advertía del gran desafío que supone que por chiqueros salga un toro bravo. Agitador fue el garbanzo blanco de la corrida de Fuente Ymbro, daba gusto contemplar su ensabanada capa moviéndose alegre por el ruedo pidiendo telas inspiradas para contribuir a una gran obra, empresa que parecía posible tras un tercio de varas sencillamente perfecto, administrado con sabiduría por Pedro Iturralde. En cambio, el toro encontró soluciones modernas a sus encastados viajes y salvo en el emocionante inicio de la faena en los medios en el que el animal se arrancó de largo, la reunión y el acoplamiento se fueron diluyendo entre una sensación de fracaso que pesó tanto en el lorquino que parecía acompañarle todavía en su segunda tarde en la que se estrelló contra los enterizos toros de Pedraza, ante los que completó su feria con el cuerpo y el ánimo hecho unos zorros, continuamente revolcado y a merced de su sino. Jiménez Fortes volvía a Madrid por única vez en el ciclo bajo el signo del 20 de mayo pasado en el recuerdo, la fecha de la corrida inconclusa que marca por ahora el destino de David Mora, impidiéndole reaparecer. A él le dedicó el malagueño los saludos a porta gayola con que recibió a los de su lote y más tarde puso un valor temerario allí donde las dificultades de los toros se imponían a sus carencias técnicas. Se salvó de milagro en el tercero en una faena muy comprometida en la que consiguió la oreja tras el colofón de unas escalofriantes bernadinas en las que el viento le descubría y le dejaba como única defensa la soledad del estaquillador, pero el sexto le cogió de lleno al citarlo con la mano izquierda sin rectificar terrenos y una vez en el suelo le metió el pitón en el cuello dejando en la plaza una sensación de tragedia que afortunadamente no se confirmó después.





         Castaño y el Cid pasaron por la plaza como una sombra de lo que un día fueron. Al primero, al menos le salva la cuadrilla y la garantía que supone que Adalid haya sido sustituido por Ángel Otero, quizá el peón más poderoso del momento. Si además tenemos la suerte de que a Tito Sandoval le corresponda parar a un toro bravo con la vara, inevitablemente surge el espectáculo al que asistimos en el primer puyazo que le propinó al cuarto de Pedraza, emocionantísimo encuentro en el que al final se impuso la pujanza de un animal de 639 kilos que acabó por derribar al picador, en una estampa para el recuerdo por la enorme pureza con que éste defendió su cabalgadura.





         La tarde en la que el Cid llenó de negros presagios su futura encerrona con los Victorinos, compareció también Talavante, provocando el primer lleno de la feria. Tuvo la suerte de recibir al torete más potable y chico del festejo, al que pasó de muleta con suficiencia y naturalidad, a veces más ceñido y otras menos, en una faena correcta pero sin enjundia que cimentó sobre la mano izquierda antes de cobrar una buena estocada. Para que luego digan que es difícil cortar una oreja en Madrid.

         La inevitable cuota mexicana de cada año ha desfilado por las Ventas con más pena que gloria. Adame, al que proclaman como el número uno del escalafón azteca, no hizo valer tal condición en una tarde anodina. El Payo volvía a Las Ventas con mucho más oficio que el de aquel novillero deslumbrante que nos enamoró hace tiempo aunque por el camino se ha dejado la pureza que sólo asomó de nuevo en una bellísima media verónica. Silvetti y Saldívar pecharon con lotes poco propicios a los que el primero contrapuso su habitual tosquedad y el segundo un apreciable empeño en hacer las cosas bien a la espera de sortear alguna vez un toro con posibilidades.


         Peor fue soportar la cuota integrada por aquellos jóvenes veteranos que se acogen a la feria a la espera de que suene la flauta y pase por su lado el último tren que les ofrece la empresa para un quimérico triunfo que año tras año, nunca llega. En ese grupo tocó aguantar a un abúlico César Jiménez y a un desafortunado Uceda Leal al que el viento y su propia decadencia sólo dejaron brillar con la espada y en un solo toro. Por el contrario, Padilla sí ha sabido subirse a ese barco pirata que le alejó de la guerra con el toro agreste, si bien su corte torero y sus méritos en esta plaza no justifican su acartelamiento lujoso en la feria por partida doble. En su primera cita, nada de lo que hizo tuvo interés dejando a la afición engolosinada con la perspectiva de verle de nuevo en la semana entrante.

lunes, 30 de marzo de 2015

LA GESTA DE LA ILUSIÓN

         

        El gesto de Fandiño fue la gesta de la ilusión. La ilusión de la esperanza puesta en una tarde de llenazo fuera de abono, algo que no se veía en Las Ventas desde aquellas citas con la magia de Curro o con el vértigo del José Tomás verdadero. La ilusión de veinticuatro mil almas llegadas desde los cuatro puntos cardinales del mundo taurino al reclamo del toro de respeto del que huyen habitualmente los que mandan en las cartelerías adocenadas del monopolio. Pero también la ilusión que se da de bruces con la realidad que nos devuelve a la evidencia de que no hay en este momento en el escalafón entero, torero alguno que pueda acometer con solvencia empresa tan complicada como la que planteó el de Orduña.


         Pese a todo, la corrida fue interesante, como siempre que en el ruedo aparece un animal íntegro y de comportamiento impredecible y cambiante, nada que ver con el espectáculo uniformemente anodino que se nos presenta la mayoría de las tardes y en el que vale cualquier tipo de lidia e incluso la ausencia de ésta. Y es que tanto el bellísimo pero flojo Pablo Romero, el encastado Adolfo que hizo segundo, el decepcionante Cebada, el bravo Escolar, el vareado y difícil sobrero de Adolfo que sustituyó al prometedor quinto de Victorino e incluso el descomunal y rajado sexto de Palha, tenían su lidia, cada uno con sus matices ante los que aplicar la variada gama de recursos técnicos con que cuenta la inteligencia del hombre para imponerse a la embestida irracional de la bestia.


         Pero no pudo ser. Fandiño es un torero honesto con un gran fondo de valor, con no pocos defectos y también numerosas virtudes que no comparecieron cuando más las necesitaba en la apuesta más fuerte de su carrera. Quizá fue la tensión del compromiso, la falta de rodaje o el cambio de hora, vaya usted a saber, pero Iván atravesó la tarde con el gris de su vestido nublándole la mente, torpón con el capote excepto en un par de manojos de verónicas de recibo, correcto en el tercio de varas en donde puso de largo a los toros que se lo pedían, parco en quites, sólo unas aseadas navarras al primero y las  inevitables pero emocionantes chicuelinas en una de las cuales el de Escolar también le tropezó el percal; ofuscado con la muleta, sin allegar a sus faenas el pulso necesario para templar las embestidas, para correr la mano hasta el final en las boyantes y domeñar con firmeza las complicadas, amontonado con las distancias que no supo encontrar en toda la tarde, terminó cada uno de los actos del desafío fallando con la espada, sin corazón suficiente para volcarse de verdad en el morrillo de sus oponentes, sin duda el desánimo que se apoderaba del diestro después de los sucesivos trasteos hacía difícil olvidarse de tanta seriedad como lucían por delante.


         Si intentamos deducir el planteamiento de la corrida por el orden de lidia de los astados, vemos que Fandiño sitúa en estratégicos segundo y quinto lugar a los toros en los que tal vez más confiaba, los lidia con su cuadrilla habitual e intuyo que pensaba que ésos serían los puntos álgidos de la tarde. Ahí puede tener una explicación el decepcionante final del festejo, con un torero desnortado y desfondado, agotado sin explosión en triunfo el cartucho del Adolfo titular, con el que no le funcionó la cabeza pues inexplicablemente le ahogó la embestida tras un buen inicio en la distancia correcta, y malogrado por lesión el bravo Victorino. Tampoco anduvo lúcido ante el gran toro de Escolar, bien picado por Israel de Pedro e irreprochablemente lidiado por la cuadrilla en la que destacó la forma de andar con el capote de Javier Ambel. Sin embargo, la faena épica que exigía el toro no llegó y sí, en cambio, un mar de dudas con la muleta, desarmes, trompicones y la sensación de un torero vencido. Cuando Iván vio desfilar camino de chiqueros al quinto, no buscó más argumentos para levantar la tarde, no halló por ningún lado la fuerza y el dominio que exigía el sobrero de Adolfo, y se derrumbó definitivamente ante el postre portugués.


         Viéndole cruzar la plaza entre la división de opiniones y los almohadillazos de los que venían a ver un triunfo y no entendían quién se lo había hurtado, era sencillo imaginar la sonrisa de complacencia que se estaría dibujando en los beneficiarios del actual estado de cosas, en los taurinos que en ese momento acariciaban en sus prósperas guaridas el gato de ese espectáculo falso que nos quieren seguir colando tarde tras tarde, hasta que a nadie le queden ganas de encerrarse de nuevo con seis toros de los de verdad.  

jueves, 5 de marzo de 2015

EL FACTOR HUMANO


       Si todo el tiempo que invierte el españolito medio en descubrir las mil y una maneras de medrar para alcanzar un objetivo llevando a cabo el mínimo esfuerzo posible, lo empleara en trabajar adecuadamente para conseguir ese mismo objetivo, el españolito quizá dejaría de serlo para convertirse en noruego o alemán. Pero entonces, nuestro compatriota escucha en la tele que esos eficientes caballeros del norte tienen el índice de suicidios más alto del mundo civilizado y que en realidad sueñan con haraganear bajo nuestro sol porque como en España no se vive en ningún sitio, e inmediatamente se absuelve de su habitual apatía, se perdona la incompetencia cotidiana y se le quitan las ganas de anhelar la transparencia y el control de la corrupción de los que goza el frío edén escandinavo.

         Y es que en España, la tolerancia hacia el que roba y gestiona mal es directamente proporcional a lo bien que le vaya a uno en el complicado oficio de salir adelante. El españolito medio no pide cuentas a sus gobernantes si tiene para ir tirando y puede disfrutar de un ratito de sol al final de la jornada. A este nivel de exigencia le deben su permanencia en el poder políticos tan evidentemente nefastos como los que han asolado la administración del Estado y de varias de sus autonomías durante lustros de desgobierno y corrupción. De lo contrario, resultaría inexplicable cómo el socialismo andaluz ha podido perpetuarse en el mando pese a la elevadísima tasa de paro que gestiona y cómo sigue encabezando las encuestas tras la revelación de los fraudes que han afectado a los sucesivos gobiernos de la Comunidad. Si todavía hoy en algunos círculos catalanes se defiende el pujolismo porque a pesar de todo al antes honorable las cuentas le salían y hacía país, y en la Comunidad Valenciana han reelegido sin rubor listas de candidatos cuya cara de imputados ya era patente antes de convertirse en ninots sin derecho a indulto, la única justificación posible es que quizá no quede otra alternativa que conformarnos con quemarlos una vez al año en la hoguera para acabar votándolos finalmente como representantes al cabo, de nuestra propia condición.


       En el fuero interno del españolito, siempre ha existido una secreta admiración por el que triunfa siguiendo el atajo del listo. El prestigio del esfuerzo callado y a largo plazo cede inevitablemente ante el elogio al espabilado que se hace rico aprovechando una ocasión afortunada o colándose por un resquicio del sistema. Es el mismo esquema mental que aplaude la triquiñuela en el fútbol, el escaqueo del funcionario, las bajas laborales que no son. El que critica el fraude fiscal a gran escala pero se congratula de sus pequeños enredos si no le pillan, el que demanda que los Gobiernos sean justos y benéficos pero no se habla con el hermano al que le fue mejor en el reparto de la herencia.

         De lo contrario, sería inimaginable que una persona que reaccionara contra la imposición de una multa de tráfico de la manera bochornosa en que lo hizo una famosa política madrileña, todavía tenga la desfachatez de postularse para alcaldesa de la ciudad que emplea a los agentes de los que huyó, basándose en el aval de su popularidad intacta en las encuestas. En un plano de gravedad superior, es el mismo mecanismo de complicidad entre gobernantes y gobernados que le permitió a González sobrevivir todavía unos años en el poder pese a la evidencia pública de su devenir por el crimen de estado.

         La picaresca está impresa en el carácter español sin necesidad de lecturas. No hace falta haber visitado los textos del siglo de oro para desarrollar el impulso mental que conduce a pedir que no te apliquen el IVA en la factura del fontanero o a usar la tarjeta de la empresa para gastos privados y no declararlos a pesar de haber sido ministro de hacienda. La tragedia de nuestra naturaleza corrupta nos hace sospechar que hasta Rajoy se salvaría del escándalo de los sobres si a sus administrados les hubiera ido mejor estos cuatro años en el reparto del pastel. Su prepotencia le impide ahora darse cuenta de que es inminente su sustitución por nuevas generaciones de gobernantes cuya limpieza actual se irá diluyendo irremediablemente cuanto mayor sea el poder que vayan acumulando.

         Todavía nos queda recorrido por delante para que prolifere el ejemplo de mi abuelo que cuando descubría que le habían devuelto de más en la tienda de la esquina, regresaba inmediatamente para desenredar el equívoco. Alguna vez me ha pasado a mí lo mismo pero debo reconocer que nunca he desandado el camino para volver a la tienda. 

martes, 9 de diciembre de 2014

LA PRINCESA ESTÁ TRISTE


La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa casóse con su apuesto plebeyo,
se prendó la infantita del brillante destello
que colgaba del cuello del impar jugador.

Vinieron después mieles, embarazos y halagos.
La pareja perfecta navegaba por lagos
encalmados y plenos de inmensa virtud.
Mas algo incomodaba a los Duques de Palma,
no bastaba la dicha ni la paz en el alma
del vivir regalado hasta la senectud.

Para ir amueblando su palacio de cieno,
nuestro Iñaki trincaba cantidades sin freno
que Cristina gastaba en su humilde rincón,
sin saber, pobrecita, el origen del lodo,
su marido era el amo, se encargaba de todo,
y ella sólo firmaba algún que otro talón.

En la España del pille y el llevárselo muerto
con la triste certeza de que vale ser tuerto
si te llevas al huerto la platita del rey,
el Urdanga medraba persiguiendo el ejemplo
del monarca que fuera mercader en el templo
del país de los ciegos, sin justicia y sin ley.

El yernísimo entraba en las consejerías
como Pedro en la casa de las autonomías,
recibiendo agasajos de salón en salón.
Si comía con Rita, le vendía un proyecto,
si cenaba con Paco, encontraba el afecto
y empalmaba gabelas hasta de Gallardón.
  
Mas el trepa pensaba con fatal desaliño
que a sus torvos manejos los cubría el armiño
del mantón coronado de ignorante altivez.
Cuanto más se enfangaba en sus turbios negocios
y creíase impune con tan célebres socios,
más cercano se hallaba del acecho del juez.
  
No contaba el muchacho con que el sátrapa isleño
que trepaba una mata de habichuelas sin dueño
era un torpe corrupto que le hablaba de vos,
al que el buen justiciero le seguía los pasos
y queriendo cobrarse la verdad y sus atrasos
descubrió el entramado y topóse con Noos.

Ahora todo es desdicha en el cuento de hadas,
proliferan corinas, se suceden trompadas
y hasta los cortesanos hablan de abdicación.
Cambiar quieren la historia con el listo heredero,
borbonean sin tregua amañando el postrero
artificio inventado para su salvación.

Pero el jefe no ceja, su tinglado peligra,
rememora el pasado de un abuelo que emigra
y pronuncia tres frases que devuelven la paz
a su dormido reino, me equivoqué, lo siento,
mientras reprime un gesto, ¿advertirán que miento?,
y al pueblo llano oculta su verdadera faz.

En Zarzuela el ministro de Justicia promete
con Rajoy de testigo y el fiscal de grumete,
navegar a Mallorca para hablar con Horrach.
Entre todos constatan que a una infanta de España,
el banquillo le causa depresión y migraña.
Gallardón vuelve oyendo un concierto de Bach.

El juez Castro resiste al complot de palacio,
manos limpias acusa, el fiscal es reacio,
siempre puede aplicarse la doctrina Botín.
El Estado no quiere reclamar lo que es suyo
si la hija del Rey va a acabar en el trullo,
todos somos hacienda menos Urdangarín.

Con la nena imputada, el final se complica,
Campechano se raja, el emérito abdica,
la hermanita abandona la familia real.
Caminito de Suiza marcha el duque empalmado,
con Cristina del brazo aunque ya sin ducado,
el peligro de fuga no lo advierte el fiscal.

La justicia es igual pero no para todos,
la de los poderosos se oscurece en recodos,
donde a veces se esconde el presunto favor
que el Juez Castro desvela acusando a su amigo
de brindar a la infanta un insólito abrigo,
el fiscal convertido en sutil defensor.

En el juicio su alteza no contesta, no sabe,
no le constan las cuentas, ni siquiera le cabe
un poco de vergüenza en su pobre actuación.
Su letrado protesta, ella está enamorada
y por eso jamás se enteraba de nada,
aunque luego firmara en las juntas de Aizoon.

La sentencia la absuelve, eso estaba cantado,
pero su maridito es por fin condenado,
le han caído seis años de los que hay que cumplir.
El Supremo confirma la opinión de la Audiencia,
la justicia ha llegado siempre que la indulgencia
del gobierno de turno no le ayude a salir.

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
El cuitado cuñado en la cárcel ingresa,
hoy el sexto Felipe goza de inmunidad.
¿Para cuándo el sistema dejará que una infanta
por sus actos responda sin que surja la manta
ignominiosa y lúgubre de la impunidad?

viernes, 10 de octubre de 2014

DOS SERIES DE NATURALES
                               
         El otoño taurino madrileño es el momento definitivo en el que el aficionado se da cuenta de que el tiempo disipado de la vacación ya es historia y que arrastrado el último toro de la feria, comienza el abismo de la rutina invernal, en donde no existirá la excusa taurófila de la corrida para sobrellevar la propia existencia. Y ello a pesar de que los carteles de la feria de otoño de este año estaban diseñados como para que cada tarde se entablara en la mente adormilada del abonado una sórdida pelea entre la incómoda expedición hacia la plaza y la plácida siesta en el sofá. Finalmente se impuso el deseo de respirar otra vez el ambiente mágico de las Ventas para encontrarse de nuevo con los compañeros de abono a fin de comprobar si habían sobrevivido intactos al azaroso verano.

         Sobrevivir al saldo ganadero que nos tenía preparada la empresa en los dos primeros festejos de la feria era empeño más complicado, y ésta es la hora en la que aún no sabemos por qué se contrataron dos ganaderías como Fuente Ymbro y Núñez del Cuvillo, que andan en franca decadencia y que han fracasado sin excepción en sus últimas comparecencias en Madrid. Frente a este destartalado género, ni los novilleros punteros acartelados ilusionaron ni las supuestas figuras que Taurodelta consiguió convencer para pasar el trago madrileño del otoño terrible, justificaron su condición de tales, y eso que se trataba de dos matadores que habían descerrajado la puerta grande en San Isidro y otro que había consentido hacerse llamar “the maestro” en la pantomima para novillo y orquesta organizada en Carabanchel días antes. En medio del escándalo en el que se convirtió la tarde de los Cuvillos, en donde a pesar de la resistencia de un presidente inepto vimos desfilar diez toros de cuatro ganaderías distintas, emergió un bravo sobrero de el Torero, de alegre y encastada embestida, que se comió la muleta de Iván Fandiño, sin que éste acertara a imponerle al toro su terreno, lo que desembocó en un trasteo rápido e insustancial que se diluyó entre la indiferencia del público que sí había vibrado de verdad momentos antes con la buena lidia de Pedro Lara y un soberbio tercio de banderillas a cargo de Miguel Martín y Jesús Arruga.

         El cartel estrella de la feria resultó al final un guiso indigesto que tenía como ingredientes el exceso de autoestima de Miguel Abellán y la inconsciencia de la empresa que volvió a cometer con el madrileño el error en que ya incurrió con Luque y Talavante. Quizá no haya ahora mismo en el escalafón un torero que reúna suficiente variedad con el capote, verdadero conocimiento de la lidia y una espada solvente para afrontar con garantías el reto de encerrarse en solitario con seis toros. Sobran en cambio diestros que gustan de adornar su temporada con apuestas de este tipo bien porque sobrevaloran sus cualidades, bien porque tienen a su lado edecanes que jalean en exceso sus bravatas en vez de llevar a sus jefes por el buen camino. Si además se completa la gesta con la enésima comparecencia de la vacada del Puerto de San Lorenzo en la temporada venteña, con su habitual repertorio de elefantiásico tipo, ausencia de casta y mansedumbre, el resultado es bastante previsible. Con semejante material humano y bovino, los primeros tercios transcurrieron de manera anodina, hasta tal punto que Tito Sandoval se tuvo que marchar de la plaza sin dar un solo puyazo, porque no hubo en el ruedo lidiador capaz de evitar que el toro se escapara hacia la jurisdicción del picador que guardaba la puerta. Hubo sin embargo algún ejemplar que llegó a la muleta con la boyantía necesaria para que un torero con la hierba en la boca le hubiera soplado quince o veinte muletazos para poner el orbe taurino a sus pies. Sucedió en el primero, e incluso en el quinto, pero sobre todo en el tercero al que Abellán le recetó la consabida faena ligada y templadita sin comprometerse, toreando hacia afuera y acompañando el noble ir y venir del lisarnasio, pues qué necesidad había de hacer el toreo verdadero si los tendidos estaban vibrando a su manera la mar de satisfechos. Ya se veía Miguelito con las orejas en la mano cuando su deficiente manejo de la espada frustró el triunfo que había soñado, y su desconsuelo fue tal que el torero ya no levantó cabeza en toda la tarde, sabedor de que acababa de llegar a su techo muletero y de que no encontraría ya otro toro que le brindara un éxito tan claro.


         Se iba la feria y la temporada sin toreo para el recuerdo con el que calentarnos en el invierno cuando apareció en el ruedo “Sevillanito”, bien hecho, cárdeno y cornipaso, para reivindicar la casta algo olvidada de los Adolfos, y cruzarse en su destino con Diego Urdiales, que le enjaretó dos extraordinarias series de naturales sin enmendarse, encajadísimo y mandando, el medio pecho airoso, el  muletazo hacia adentro, el cite en la rectitud. Dos series irreprochables de toreo de verdad y una estocada en su sitio entrando muy recto y marcando los tiempos a la perfección, es decir, lo que siempre ha bastado para cortar una oreja de ley en Madrid. Dos series como dos oasis en el desierto del destoreo al que nos tienen acostumbrados, que dejaron conmocionada a la plaza para poner en entredicho la teoría de que las buenas gentes no saben diferenciar el grano de la paja, pues no sonaron igual los olés roncos dedicados a Urdiales que los oles de otras tardes que se prodigan a los triunfadores de pega de los que, una vez diluida la multitud tras el trámite de la puerta grande, no se recuerda pase alguno. Me temo que ese será el destino de la oreja cortada por Serafín Marín para cerrar el ciclo, de la que una parte se debió al cariño con que su estigma de torero proscrito es acogido por estos lares, y otra parte, a un tantarantán que le dio el Adolfo y que resolvió volviendo a la cara del toro sin mirarse pero con más coraje que acierto. En cambio, los naturales de Diego Urdiales permanecerán para siempre esculpidos en el aire de este otoño madrileño, para desmentir que el toreo eterno haya muerto, para repetirnos una vez más que aún debemos esperar otro invierno antes de abandonarnos por completo al desaliento.    

viernes, 3 de octubre de 2014

MACHADIANA

La España del vicio,
del chollo y la pereza,
del vuelva usted mañana,
la que siempre escoge el camino más corto posible
para ser millonario,
trabajando poco y medrando mucho,
la España de la beautiful people,
de la Gurtel y Filesa,
del escándalo en el Palau y el fraude en los Eres,
de las bajas laborales que no son.


La España del enchufe y el caciquismo,
y el que se mueve no sale en la foto.
La España de Gescartera y Afinsa,
del convoluto y el sobre,
del pelotazo.
La España de las comisiones del Ave y de la Expo,
del saqueo a Marbella,
del lucro con la información privilegiada,
de las preferentes y los testaferros,
del aeropuerto de Castellón.


La España del llevárselo muerto
y el que no tiene padrino no se bautiza,  
del despilfarro y la mordida,
de la Justicia dependiente de los partidos,
de Sor María y los niños robados,
de la vieja y la nueva Rumasa,
de las Cajas de ahorro quebradas,
de las facturas falsas, del dinero negro,
del aceite de colza, del crimen de estado,
del solomillo de Contador.


La España de Bárcenas y Amy Martin,
de Roldán y Juan Guerra,
del agujero de Banesto,
la España de ni Flick ni Flock,
del desvío de los fondos reservados,
de las amnistías y los paraísos fiscales,
de Amedo y Bartolín.
La España del Jaguar en el garaje de Ana Mato,
del manco que tenía la mano larga
al servicio del Borbón.


La España de Pujol y el tres por ciento,
de Urdangarín y la infanta en la inopia,
del no me apliques el iva,
de los trajes de Camps.
La España del estoespalistos,
de los talleres clandestinos de trabajo,
de la mucama sin dar de alta,
de los muertos que cobran la dependencia,
de los ex presidentes del gobierno
con cargo en los consejos de administración.


Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
La España que tú estercolas
se muere de corrupción.

martes, 8 de julio de 2014

UN POQUITO DE FÚTBOL

     Como en el verso de Vallejo, la Selección española de fútbol podría haber compuesto un poema previo a su participación en el Mundial que comenzara diciendo: Me moriré en Brasil, con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo. Y es que contemplando el diluvio que le cayó a la selección el día de Chile, se podía ya adivinar el discurso airado de los caínes de turno empeñados en lapidar a nuestros héroes futbolísticos con las mismas piedras con que erigieron sus efímeras estatuas, cuatro años atrás.

         Todo el mundo ya sabía que este año España ni siquiera pasaría la primera fase, que Casillas fallaría en cinco de los siete goles que encajó, que Costa no se entendería con sus nuevos compañeros de equipo, que Ramos cambiaría su prestigio de mejorcentraldelmundo por el de espectador impotente de la estela inalcanzable de Robben, que Busquets robaría menos balones que cuando jugaba en 2ª B, que Alonso fallaría más pases que Illarramendi en los partidos clave, que Xavi, en fin, habiendo sido el jugador más determinante de la historia del fútbol español, contemplara impotente el desastre sin armas para remediarlo.

         Y pese a todo, un pase maravilloso de Iniesta que Silva quiso convertir en filigrana a punto estuvo de cambiar la historia de este mundial que los profetas eternos ya habían escrito en términos sombríos. Con Diego López, Carvajal, Gabi, Isco, Herrera, Callejón y Llorente en la alineación sustituyendo a nuestras glorias agotadas, el destino seguro hubiera sido caer en semifinales como mínimo, es lo que tiene ganar durante seis años seguidos, que la prepotencia engorda al tiempo que triunfa la ignorancia.

         Conviene recordar que el éxito en este extraño deporte que genera inversiones millonarias, construido por interminables sesiones de preparación física y táctica y aderezado por los más variopintos comentarios periodísticos, depende finalmente del caprichoso matiz de que la pelotita entre en la portería o se pierda fuera de los palos tras rozar con la bota de un portero con estrella en la final de un mundial.

         En el maravilloso mundo del fútbol, ese reducto impagable en el que la infancia de aquéllos que lo transitan se prolonga hasta la senectud, de manera que hasta los más sensatos próceres se disfrazan de hinchas al comentar las jugadas de su equipo, es preciso defenderse siempre de la caprichosa alternancia entre el fracaso y el éxito, esos dos impostores que se juegan a los dados el destino de una temporada en el mágico instante en que un hombre vestido de blanco se eleva para conectar un imponente cabezazo en el minuto 93 del partido más importante del año. Sin ir más lejos, el Fútbol Club Barcelona, columna vertebral inspiradora de los éxitos de la selección de estos años, va camino de defenestrar a media plantilla porque en la final de copa fue atropellado por una locomotora galesa antes de que su estrella brasileña lanzara un balón al poste. Por eso y porque en el último partido de liga un árbitro honrado anuló un gol que otros trencillas más impresionables habrían concedido sin dudarlo y que hubiera valido el campeonato, o no, quién sabe, porque las huestes de Simeone jugaron los partidos claves del final de temporada con una determinación capaz de superar todas las dificultades. Todas excepto la de jugar la prórroga de una final de Champions con la certeza de estar revisitando la suerte fatal de sus mayores, todos ellos despojados de una copa que ya estaban levantando mentalmente cuando en la última jugada del partido un balón esquivo les birló la gloria.


         Dejemos que el tiempo pase y se asiente la memoria. Dentro de veinte años, los integrantes de esta generación de futbolistas que se marchó de este mundial con la cabeza baja, serán considerados como los mitos que en realidad fueron. Cuando Don Vicente Del Bosque, grande de España sin necesidad de títulos, contemple desde el retiro su época de entrenador, todas estas miserias no serán más que una anécdota en el vasto legado del genio de Old Trafford, aquél que hizo del sentido común la más complicada de las tácticas.