lunes, 29 de junio de 2026

EL ESPÍRITU DE LA ANDANADA



Cuando termina la temporada en las Ventas, uno se despide de los amigos de la andanada como quien dice adiós para siempre. La experiencia de las décadas erosionando la piedra de la localidad de abono nos ha acostumbrado a saber que tras la larga pausa del invierno, algunos rostros ya no vuelven a formar parte del paisaje gozoso del reencuentro, quebrando para siempre esa extraña relación forjada en la pasión compartida de ver toros en Madrid, durante un puñado de tardes en los que cabe una vida entera.


Pero creíamos que Javier López, el bombero, no se iba a morir jamás. Su recuperación milagrosa después del tabaco que cobró en su última aventura por los encierros de su tierra, le había convertido en un ser inexpugnable capaz de cabalgar los caballos de la diligencia como un John Wayne de andar por casa en un western alcarreño. Regresó a la andanada sin mirarse, dispuesto a seguir siendo el cedazo por donde no pasaba la mentira encarnada en toro descastado o disfrazada de torero ventajista. 


Se le recordará por su voz romántica clamando contra la impostura, denunciando ante la cátedra las triquiñuelas de la figurita de turno que trataba de vender su bisutería efectista como oro macizo. “¡El toreo moderno, qué asco!”, el grito era aldabón para la conciencia de la plaza y acababa imponiéndose a los visitantes de ocasión que le hostigaban por la amenaza que su autoridad suponía para el triunfo de su torero y con el tiempo, acabaron callándolo. “Ya no se puede decir nada, Ramón, un día nos echan de la plaza”, pero yo he sido testigo de cómo en las postrimerías de Rincón, un agudo lamento salió de la andanada voceando “¡César, ponte donde te ponías!” y el colombiano pareció cruzarse un poco más acercándose al lugar donde fundó un imperio en los noventa. 


Divisar su figura totémica prismáticos al cuello y programa en mano en el número ocho de la fila primera de la andanada del nueve era un síntoma de que todo estaba en orden, que nuestro mundo seguía intacto pese a todo, mientras cruzábamos las primeras palabras con un ojo puesto en los capotes que empezaban a abrirse a la esperanza de cada tarde, el tiempo detenido en los últimos retoques de los areneros, en las evoluciones habituales de los alguaciles. Su sonrisa en el saludo mejoraba el día, aunque luego la corrida se deslizara por un territorio anodino en el que daba tiempo a filosofar sobre la vida y sus ficciones. Su conocimiento de la fiesta era tan minucioso que te daba noticia de cualquier novillero que se presentaba en las Ventas, del currículum del último peón de cada cuadrilla, del estado de forma exacto del torero más desconocido del escalafón. 


Si además, alguna tarde insospechada, un hombre citaba a un toro bravo en la distancia, con naturalidad y en el sitio, y aparecía el milagro del toreo, él lideraba la emoción, tan fiero en la protesta como entusiasta en el aplauso del suceso que acabábamos de contemplar. Así lo conocí yo, cuando todavía lo divisaba desde lejos jaleando a toreros superficiales antes de que Chenel le cambiara el canon y sobre su pureza, colocara un listón casi inalcanzable. Después, la fortuna situó mi localidad junto a la suya cuando cambié de abono para ingresar en la comunidad de adeptos a los mandamientos del evangelio según San Márquez, una forma especial de entender la tauromaquia que Javi llevaba por bandera desde que se encaramaba a su tribuna en la andanada hasta la tertulia final a pie de calle, y en cada foro que le permitía levantarse para decir las verdades incómodas que casi nadie quería oír.


Se ha ido después de cumplir con el rito de la última feria, en la que aún le dio tiempo a enseñar a sus nietos la huella del abuelo en la andanada, su espíritu irreductible, el legado que su hijo sabrá mantener. Que la tierra te sea leve, amigo. 





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