jueves, 24 de octubre de 2019

CUENCA SE MUERE




Cuenca se muere. La ciudad que Eugenio D’Ors describiera como la bella durmiente del bosque sigue sin despertar. Como advertía González Ruano hace casi sesenta años, “no deja de ser paradójico el amor que las gentes de Cuenca tienen por lo conquense y la indiferencia que muestran ante los continuos atentados que la ciudad sufre”. El mítico articulista acababa de descubrir a la capital del “ea”, la que subsiste ensimismada discutiendo sobre si entarima su arteria principal o recupera el asfalto, la que después de luchar bravamente por el AVE se resigna a que se ubique la estación fuera de la ciudad dotándola de un servicio de autobuses sin coordinación alguna con la salida o llegada de los trenes, la que tiene financiada la construcción del acceso mecánico al casco antiguo desde hace tiempo y no exige su ejecución inmediata a las autoridades de distinto signo político que vienen demorándola por discrepancias sobre quién se pone primero en la foto de la inauguración.


Pasan los años y las sucesivas promesas de regeneración para esta tierra yacen colgadas del abismo que embellece nuestro entorno, maravilla para el alma y condena para el futuro de los hijos de este lugar abocado a convertirse en decorado vacío para disfrute de turistas. La heroica ciudad que a lo largo de su historia ha sido apellidada como muy noble, muy leal y fidelísima por sus innumerables servicios al Reino, también exhibe con orgullo el título de impertérrita, no en vano lleva aguantando décadas de ostracismo votando a una u otra mayoría que después de proclamar la enésima promesa, invariablemente la dejan en la estacada del olvido. Cómo será la cosa que ni siquiera la conjunción planetaria que ha permitido contar recientemente con un ministro de fomento diputado por Cuenca y con el actual titular de la cartera cuyas raíces también se hallan en nuestra tierra, ha servido para que la vía del tren convencional deje de herir a la ciudad partida o para que las autovías necesarias para terminar de vertebrar nuestra provincia abandonen su condición de proyectos sin mañana.

A pesar de que en las postrimerías del siglo XII, Alfonso VIII la dotara con fuero propio para favorecer la repoblación de las tierras recién conquistadas, nuestra ciudad no ha tenido la habilidad de convertir aquel privilegio histórico en fuente del Derecho y excusa retroactiva para exigir ahora las medidas económicas que pudieran sacarla de la España vacía, bajo amenaza de tirar por la calle de en medio y erigirse en protagonista de un cantonalismo improbable, con barricadas en Carretería y saqueos en Carrefour, una pancarta en el balcón del Ayuntamiento donde rezara “Toledo nos roba” y comunicados de la Balompédica solidarizándose con nuestro derecho a decidir. Un poco más de ardor en la protesta y nuestro lema “Cuenca es única” hubiera pasado de frase decorativa para las pegatinas de los coches a pilar sagrado de nuestro hecho diferencial.


Tenemos larga experiencia en contemplar en nuestro entorno la huella de la incuria habitando el día a día. Sucede con las infraestructuras que darán de comer a nuestros hijos y también con las obras de arte que alimentan nuestro espíritu. La catedral de Cuenca, el emblema magnífico de la ciudad levítica a la que subimos a menudo para sumergirnos en la historia degustando el horizonte, corre peligro. La joya gótica más antigua de España sigue amenazada por la humedad y el mal de la piedra, los casetones del arco de Jamete esperando más de un siglo a ser recolocados tras el hundimiento de la torre del Giraldo, la fachada inconclusa de Lampérez como símbolo eterno de nuestro sino de pereza y abandono. Cabe la sombra de la gran señora de esa plaza cuyos rincones recorremos una vez al año hurtando el cuerpo a una vaca para celebrar el pasado, seguiremos olvidando que también depende de nosotros atajar esta decadencia con la que convivimos resignados, de fiesta en fiesta, de bar en bar.

Al cabo, es una suerte que nuestro natural pacífico no tenga que verse sometido al ajetreo de la protesta, no sería bueno convocar manifestaciones que acaso nos obligaran a sacrificar una jornada en el monte buscando hongos. Los astros vuelven a alinearse a favor de Cuenca pues representantes del mismo partido velan por nuestros intereses en el gobierno central, en el autonómico y en el municipal. Feliz campaña.



lunes, 7 de octubre de 2019

FERIA DE OTOÑO II: ELOGIO DE LA ANDANADA

EL CID EN HOMBROS

Decíamos ayer, quien dice ayer dice la semana pasada, que la Feria de Otoño que acaba de terminar parecía haber sido concebida para enfrentar dos conceptos del toreo. El toreo clásico, erigido a partir del canon de la suerte cargada y el dominio del hombre sobre un animal fiero, y el toreo moderno, sustentado sobre la pérdida de la posición y el acompañamiento de las embestidas de un toro dócil, que sale ya dominado del toril. La cuestión de la colocación del torero y los terrenos que pisa para torear es esencial a la hora de dilucidar si a la estética particular de cada diestro le acompaña un principio ético, consistente en no engañar al público con técnicas espurias que hagan de la ventaja el fundamento de este rito. Todas estas disquisiciones se aprecian mejor desde la andanada, balcón privilegiado para graduarse en los postulados de la tauromaquia que nos sigue llevando a la plaza y aunque haya aficionados capaces de descubrir la impostura desde cualquier otero, la atalaya a la que subimos cada tarde permite hilar más fino sobre la geometría taurina que legitima el triunfo y no se percibe del mismo modo desde el tendido y mucho menos desde la televisión, donde todos los gatos son pardos y las faenas grandiosas, mientras haya un toro dócil que siga dando vueltas y un comentarista tramposo engañando al personal.


En la tarde del cuatro de octubre del año trece, el Cid dictó su última gran lección en las Ventas con Verbenero, un toro castaño bociblanco de Victoriano del Río, en el día en el que el toreo al natural conoció su expresión más pura en lo que va de siglo taurino en Madrid. Seis años después, en la tarde del cuatro de octubre del año diecinueve, el Cid se despidió de su plaza, Manuel Jesús siempre fue torero de Madrid aunque naciera en Salteras, provincia de Sevilla. La tarde tuvo como único argumento el de la emoción, desde la ovación de bienvenida que el torero tuvo que saludar por partida doble, hasta la salida a hombros final por la puerta de cuadrillas, que incluso esa puerta privilegiada que Madrid ha solido abrir a sus toreros en las grandes despedidas sin necesidad de que cortaran orejas, le negó el sistema a quien siempre mantuvo la independencia en su trayectoria contra el viento de las empresas y la marea de los críticos del pesebre. El que nunca huyó de la plaza de más compromiso, el que nunca puso reparos a torear con cualquier compañero, el que siempre se anunció frente a los toros de respeto que ponen en fuga a las figuras, se fue como los grandes, recorriendo a pie el anillo en una vuelta al ruedo lentísima y final que vale por todos los triunfos que le arrebató la espada, que al Cid sin tizona nunca le hizo falta hundir el acero hasta los gavilanes para entrar en el corazón de la afición de Madrid.

LA TRINCHERILLA
El homenaje de la empresa a tanta entrega consistió en poner al torero en una corrida desesperantemente descastada que permitió al ganadero de Fuente Ymbro completar la limpieza de corrales necesaria por estas fechas, en agradecimiento a un estajanovismo preocupante que ya anuncia cuatro corridas y cuatro novilladas para la próxima temporada venteña. Emilio de Justo aportó al acontecimiento su habitual profesionalidad y Ginés Marín su acostumbrada superficialidad y el Cid, en un curioso guiño del destino, pasaportó a su lote con dos estocadas. 

Desde el altozano que nos alberga, las corridas acontecimiento se divisan con mesura. El populismo fácil que a menudo electriza los tendidos nos llega con el filtro de la distancia y sin embargo, el toreo ejecutado con verdad  alcanza instantáneamente las alturas. La tarde en que Antonio Ferrera lidió seis toros de distintas ganaderías hubo muchos pases pero ninguna faena completa, innumerables lances con el capote, galleos inverosímiles, quites imposibles de descifrar sin tener a mano el volumen de las suertes del toreo de José Luis Ramón, y ni una sola estocada digna de tal nombre. Lo bueno de ir a ver a Ferrera es que pasan muchas cosas y no se le puede negar un encomiable afán de romper con lo anodino. Lo malo es que muchas de esas cosas parecen sin sentido, improvisadas a golpes de inspiración, ajenas a un proyecto coherente que tenga en cuenta las condiciones del toro. 

GALLEO
Es un hecho que al extremeño no le pesó la tarde. Recibió a la mayoría de los toros sin intermediarios, resolviendo con solvencia su condición abanta aunque entre tanta borrachera de capote como hubo en la corrida, no fue capaz de dibujar una sola verónica con dominio y sabor. El abreplaza de Alcurrucén fue el único capítulo sin historia de la encerrona, en consonancia con la mansedumbre y la fealdad del pupilo de los Lozano, que Dios le conserve el olfato al veedor que lo seleccionó para la ocasión.

El segundo de Parladé fue otro toro de media casta que Ferrera empezó a lucir en un vistoso quite construido con largas afaroladas encadenadas a la misma verita del caballo. La faena empezó con buen tono por ayudados muy reunidos para despeñarse después con menos ajuste y cobrar vuelo de nuevo en un imaginativo final de muletazos sin ayuda, naturales con la derecha muy descolgado y templando al ralentí. Dos pinchazos en su sitio y una contraria impidieron mayor recompensa.

NATURAL
El primer plato fuerte de la tarde lo sirvió Adolfo Martín con Sevillano, un encastado cárdeno que humillaba una barbaridad y que lidia en exclusiva el matador aunque no siempre a favor del toro, bien picado por Antonio Prieto. Después se equivoca al introducir la suerte de la garrocha que Raúl Ramírez interpreta sin excesivo lucimiento ante un toro que no se arranca de lejos en el segundo tercio. Esa condición incierta provoca uno de los grandes momentos de la tarde, un enorme par de banderillas a cargo de Fernando Sánchez, que se asoma al balcón a despecho del cabezazo que le tiene reservado el toro que espera entre las rayas. La faena es extrañísima. El toro empieza colándose, luego se traga tres naturales cuando Ferrera lo lleva muy obligado pero al relajarse y olvidar el mando, el toro se vuelve a enterar de lo que hay tras el engaño y lo busca. Ahí claudica el torero y lo aliña sin darse coba en busca de la segunda parte de la corrida, donde le esperan embestidas más convencionales.

FERNANDO SÁNCHEZ
El primer Victoriano de la tarde es un caballo de 600 kilos que derriba con estrépito a la acorazada de picar. Nueve subalternos y dos sobresalientes no bastan para sacar al toro encelado en los entresijos inferiores del peto y tiene que ser el omnipresente director de lidia quien se emplee a fondo mientras un mono colea innecesariamente al morlaco. Como si quisiera aligerar el trance vivido, Ferrera se luce por aladas caleserinas antes de que el toro ponga en apuros en banderillas al mismísimo Ángel Otero, que está lejos de su mejor momento. Su matador lo pasa de muleta sin probaturas en los medios citando al toro en la distancia, dominando el escenario, pero la faena transcurre sin relevancia hasta que vuelve la abolición de la muleta montada. Es tirar el estoque de ayuda y Ferrera se transfigura en un torero más puro, mejor colocado, menos retorcido, más natural. Así surgen buenos pases, muy erguido y en el sitio. A la hora de matar recupera el cite desde la distancia y cobra una estocada corta recibiendo a un toro que viene al paso, ocurrencia que ya le dio buenos réditos en San Isidro pero que esta tarde no es suficiente para alcanzar la oreja porque cinco descabellos lo frustran todo.

El quinto es Garbancero de Domingo Hernández, un Garcigrande justo de trapío que se tapa por la cara. Mientras el toro recibe el primer puyazo, Ferrera se echa el capote a la espalda y de esta guisa pretende sacarlo del caballo y al fin lo consigue mariposeando con garbo e improvisando el quite de oro, en una estampa antigua y deliciosa que nos retrotrae a las filmaciones de los años veinte cuando el quite se hacía sin solución de continuidad con la primera vara, y el remate del último lance dejaba al toro perfectamente colocado para la segunda. José Chacón se luce con los palos y vuelve a demostrar su conocimiento resolviendo un barullo en la lidia, llevándose raudo al toro a una mano hacia el burladero de la segunda suerte. La faena comienza sin plan y el torero no se centra en las cercanías de los pitones, ahora obliga al toro, ahora se relaja, luego se amontona hasta que descubre por fin que el animal pide la media distancia y es ahí donde surgen varias series ligadas que le conducen a la primera oreja de la tarde tras una estocada defectuosa pero de buena ejecución.

MEDIA
El bombón de la tarde también llevaba la marca de Victoriano del Río y se  reservaba para el postre, ahí sí que acertaron los que dispusieron el orden de lidia. Ferrera se va a recibirlo en la puerta de chiqueros y a la larga de rodillas le suceden fantasías varias de ayer y hoy entre las que destaca una larga adornada con arabescos capoteros previos al embroque, en la que el Pana se hace presente en la plaza que nunca pisó. De nuevo quita al toro del piquero por chicuelinas arrebatadas y media de torerísima hondura para ponerlo de nuevo en suerte. Se le pide banderillear pero por no desairar a la cuadrilla ya dispuesta para el trance, deja que Montoliú pase un quinario y Sánchez se luzca de nuevo y después solicita al presidente una última entrada en la que quiebra al toro por los adentros pero el castaño no acaba de comprar el cambio y Ferrera aguanta con gran exposición clavando en la cara la bandera extremeña en todo lo alto, la plaza entera boca abajo contemplando el paroxismo final de recortes a cuerpo limpio de un torero que parece en estado de gracia. La faena empieza de rodillas ligando derechazos, pero donde encuentra el clamor definitivo es de pie, en dos series con la diestra templadísimas y una al natural relajadísimo, muy reunido, muy de verdad. Faena corta porque el toro se raja que remata de estocada honda  y dos descabellos. El animal ha terminado sus días en la misma puerta de chiqueros y como los mulilleros no pueden alargar está vez el trámite, el palco concede la oreja cuando el tiro de Caronte ha iniciado ya el camino hacia la morgue del despiece y una vez entregado al héroe el salvoconducto para la puerta grande, el ruedo se llena de un gentío mayoritariamente joven que acompaña a la salida en hombros más multitudinaria que un servidor recuerda. Espléndida imagen final de una tarde en la que hubo de todo como en botica, en la que se destaca la evidente capacidad física y técnica de Antonio Ferrera para lidiar seis toros en Madrid, pese a lo cual, una vez apagados los gritos de la multitud, sobrevuela la plaza una sensación de falta de unidad y toreo de enjundia que hubiera podido elevar la función por encima del indudable entretenimiento.

Al día siguiente del frenesí, la calma. Adolfo Martín también quiso hacer su particular contribución al desastre ganadero de la feria, enviando una corrida desigual de presentación, tres cuatreños más manejables y tres cinqueños pasados, casi seis años a las espaldas y en las ideas que sin duda pesaron en su comportamiento incierto y descastado.

Curro Díaz lidió el toro más aprovechable de la tarde, Bonito de nombre y de hechuras, su encastada boyantía por el pitón izquierdo requería un torero dispuesto a subordinar la estética al compromiso, pero Curro parecía querer marcharse del envite en cada serie, desconfiado y muy movido de pies, a pesar de la plástica evidente que surgía en cada pase y del eco que encontraban en la afición los naturales de su inconfundible sello.

CURRO DÍAZ
López Chaves venía preparado para la pelea y se encontró con un Adolfo nobilísimo, terciado y muy blandito, al que sostuvo a base de aplicarle un temple exquisito desde la colocación exacta. Apuntamos en su haber el detalle en extinción de coger el estaquillador de la muleta por el mismísimo centro, y en su debe, un manejo del acero impropio de torero tan poderoso. El quinto no quería salir del chiquero y se emplazó en la bocana pidiendo un torero con redaños para provocarle el interés por el mundo exterior y allí tuvo que acudir el matador para aguantar con firmeza el arreón inicial y salirse después hacia los medios con un capoteo defensivo que no contribuyó demasiado a enseñarle a embestir. Después todo se vino a menos y el toro llegó al último tercio con una sosería extraña a su encaste.

Manuel Escribano reaparecía en las Ventas después de la grave cornada que cobró de un toro de Adolfo en San Isidro. El público reconoció el gesto obligándole a saludar y el de Gerena puso en marcha el guión que invariablemente trae preparado a la plaza, le toque lidiar a la tonta del bote o a un peligroso barrabás. Recibir al toro a porta gayola es un trance efectista que pierde su sentido cuando se reitera en exceso y Escribano se va hacia la puerta de chiqueros en todos sus turnos sin excepción como si hubiera hecho una promesa. La gente se sobresaltó con el atragantón que se llevó cuando el toro se le paró en el primer intento de larga cambiada pero acabó contemplando la última excursión al territorio de Florito con absoluta indiferencia. En su empeño por sumar puntos como si la lidia fuera la liga de fútbol, Escribano se obstina en banderillear a todos los toros, costumbre que debería replantearse después del mitin que dio con el tercero, que cortaba el viaje una barbaridad. Cómo sería la cosa que tras poner a duras penas tres palos en tres entradas intentó pedir el cambio de tercio pero el presidente no tragó y le obligó a cumplir el reglamento. Para completar la partitura prevista, Escribano pasó de muleta de igual manera al malo que al menos malo, en sendas faenas sin ángel, ayunas de mando y personalidad. Qué lejos queda la frescura de aquel torero a quien pusieron en circulación las dos orejas que cortó en Sevilla a un Miura en la corrida destinada inicialmente para el Juli, a quien recordamos que ya va siendo hora de repetir el gesto o le retiraremos el altar que tenemos para él dispuesto en la andanada.

EL ALTAR


lunes, 30 de septiembre de 2019

FERIA DE OTOÑO I: LA APOTEOSIS DEL FEÍSMO

Paco Ureña

El primer fin de semana de la Feria de Otoño del 19 giraba en torno al plato fuerte del desafío entre dos de los triunfadores de la isidrada anterior, como si la mente diabólica del gatopardo de Nimes se hubiera propuesto enfrentar mano a mano impostura con pureza y modernidad con clasicismo, para que así quedara patente en una misma tarde, sobre la arena de las ventas, la diferencia entre la mentira y la verdad. La propuesta fue respondida con un lleno en la última jornada del veranillo de San Miguel pero el dilema sobre quién había llevado a la gente a la plaza se resolvió pronto cuando al romperse el paseíllo, la afición conspicua sacó a saludar a Paco Ureña en recuerdo de la eclosión de su toreo en la penúltima tarde de San Isidro y sin embargo protestó a Perera cuando el lorquino le obligó a compartir la ovación por aquella puerta grande tan cuestionada en el día del patrón, por la que se llegó a pedir la dimisión del presidente Gonzalo de Villa, que aún sigue en el palco.

El vídeo de la tarde debería ser de proyección obligatoria en las escuelas taurinas para explicar a las figuras en ciernes la diferencia existente entre torear y destorear. Torear es lo que hizo Ureña con el primero de su lote, un Cuvillo bautizado Ricardito, número 200, un cinqueño de marzo del catorce que ya fue sobrero en la tarde de su triunfo grande y que desde entonces si las fichas de ambas corridas no mienten, ha perdido nada menos que 26 kilazos sin necesidad de pasar por Naturhouse. Ureña construye una faena que comienza a cimentarse con los materiales habituales del estatuario ensimismado, el trincherazo hondo, el ayudado de seda y el de pecho triunfal, un preludio maravilloso que logra el efecto de que dejemos de cuestionar al toro y nos abandonemos a la gloria del toreo, como siempre ha pasado. Cuando Paco levanta las paredes del toreo fundamental, el toro se derrumba y el torero tiene que apuntalar la obra empleando el material del temple, a media altura pero siempre en el sitio, encajado y natural. El poso de la gran temporada que lleva a las espaldas le ha llevado a asentarse como torero, a pensar más en la cara del toro, a medir las faenas, a no atropellar la razón. Se suceden los pases cada vez con más ajuste, con más empaque, con más verdad y en un cambio de mano interminable, llega el clamor en el que se instalará la plaza hasta la estocada final, la pureza en la ejecución de la suerte va acompañada de la colocación un punto contraria. Oreja de ley.

Oreja de ley

Antes de la lección de Ureña, Perera explica lo suyo a las buenas gentes pero aunque el primero de Juan Pedro se mueve con nobleza, el diestro no logra poner en marcha el mecanismo de las ovaciones con su propuesta trapacera y despegada. Después con el tercero de Victoriano del Río, tampoco funciona la cosa a pesar de que pareciera que las formas de Ureña han obrado el milagro de conducir a Perera por el camino del gusto y la reunión, sobre todo en las verónicas de recibo que interpreta genuflexo y en un galleo torerísimo por chicuelinas de mano muy baja, pero el toro no colabora en el asunto de la movilidad en el último tercio, elemento imprescindible para encender la mecha de los fuegos de artificio del toreo moderno. Con todo, debemos agradecer a Perera que haya sumado a su extraordinaria cuadrilla de esta tarde, la sabiduría lidiadora de José Chacón, por si la tersura del capote de Curro Javier y la brillantez con los palos de Ambel y Arruga, no resultaran argumentos suficientes para engalanar la tarde.

Ureña no dice gran cosa con el jabonero cuarto de Juan Pedro y la corrida se desliza por la cuesta abajo de la mediocridad cuando sale el quinto de Núnez del Cuvillo, ganadería seleccionada para la docilidad en la muleta, de nuevo muy blandito y justo de presencia, muy protestado en los primeros tercios. Perera apuesta por el toro y lo cita de largo en los medios, y allí acude el Cuvillito alegre, dejando atrás las claudicaciones precedentes, encontrando en la muleta que se mueve allí a lo lejos un señuelo que no le obliga nunca, que jamás lo quebranta, al que el animalejo persigue incansable una y otra vez, sin preguntarse por el hombre que hay detrás del engaño, aquél que fue capaz de aguantarle el paso en Madrid a la apoteosis tomasista de 2008, con otra propuesta de mayor compromiso que le hizo adquirir el prestigio y cobrar lo suyo en cornadas. A partir de ahí nació otro torero que aprendió a basar su poderío en conducir el viaje previsible sin estrecharse nunca en el embroque, en mecanizar tarde tras tarde la técnica innegable de saber hurtar el cuerpo a la embestida con el birlibirloque del pico y la pierna retrasada y para qué volver al terreno donde los toros cogen si el público sigue aplaudiendo la función, incluso en este Madrid que brama con Perera después de haberse entregado a Ureña, debe ser que cuando hay hambre la mortadela sabe igual que el buen jamón. Un pinchazo sin soltar y un metisaca en los bajos desbaratan el triunfalismo que ya tenía preparada una nueva puerta grande para culminar el despropósito.

Perera en la distancia

En el fin de fiesta, restaba por salir el último de Victoriano del Río, que el presidente trató también de aguantar por ver si se obraba de nuevo el milagro del tullido. Un batacazo del toro tras el segundo par de banderillas desengañó al usía y un brevísimo pañuelo verde dio paso a un sobrero de José Vázquez, el de los toros indultados en las plazas de Maximino Pérez, en sus predios de Illescas y Cuenca. Pero si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos. Si Ureña creía que iba a acabar la tarde sin sobresaltos no tuvo más remedio que volver a la dureza de antaño y soportar parones y tarascadas de un pregonao que al sentir la disposición del torero, tuvo que claudicar, podido en las tablas donde el triunfador incontestable de la temporada, acabó con sus días de estocada desprendida en la suerte de recibir.     

Para la segunda tarde, el extraño cartel que compuso la empresa sólo tenía sentido si lo que se intentaba era contraponer la plasticidad con el feísmo, la naturalidad con el tremendismo, las finas maneras de Juan Ortega contra las toscas trazas de Juan Leal, con Daniel Luque de testigo absurdo de un duelo imposible. Al final, la enésima moruchada del Puerto de San Lorenzo, atenuó las diferencias entre uno y otro, y ambos comulgaron con parecida escasez de oficio y el mismo empeño en matar a la última.

Lo mejor de Leal es su fondo de valor estoico que acredita en los quites que prodiga y en el impávido comienzo de la faena de muleta al segundo de la tarde, a base de pases de rodillas cambiados por la espalda. Es lástima que al ponerse en pie, su concepto técnico le impida buscar la colocación que admitiría su arrojo y persiga con tanto ahínco la despedida del toro hacia la periferia. En el quinto desperdicia lamentablemente el esfuerzo con que su hermano Marc intenta ahorrar lances en la lidia, para conseguir que el boyancón del Puerto brindara algunas embestidas bonancibles para provecho de la empresa familiar.  Como en la parábola del hijo pródigo, el hermano de oro se gasta la herencia despilfarrando el trabajo del hermano de plata que ya en el segundo se había jugado el pellejo dándole todas las ventajas al toro en un postrer par de banderillas que iba a ser enorme pero concluyó en cogida por fortuna sin consecuencias. Tanta fraternal entrega  para que al final Juanito practicara el toreo al revés, el mismo planteamiento ventajista en la distancia y en las cercanías acabó por aburrir al toro, cansado de aguantar mantazos.

Juan Ortega

Juan Ortega es de aquellos toreros que como ocurría con los curristas, necesitan partidarios que se conformen con verlos hacer el paseíllo, esa forma de venir vestido, esas maneras de andar por la plaza que le separan de aquellos otros que salen de la cara del toro como lo haría el lateral derecho del Atlético de Madrid. Porque después, apenas la compostura. El tercero recibe mil capotazos en la lidia que descomponen su fondo de mansedumbre hasta que acaba aculado en tablas en el tercio de banderillas, situación que resuelve Antonio Chacón con un grandioso par al sesgo. En la muleta sólo apuntes de Ortega insinuando pases que nunca encuentran remate y continuidad. El curso que da Chacón en la lidia del sexto le enseña a su matador que el toreo es posible pero Ortega vuelve a defraudar, medroso en exceso, absolutamente desbordado por un toro que dista mucho de ser un barrabás.

Y Luque. Nadie entiende el ambiente que Luque tiene en Madrid, pero lo tiene. La de veces que hemos venido a verlo en esta plaza y no recordamos alguna tarde en la que nos convenciera, ni siquiera aquélla de hace un lustro en la que abrió la puerta grande también con los del Puerto y de la que no recordamos nada. Seguramente tampoco lo hacen los que le cantan las verónicas lánguidas que acompañan las embestidas mortecinas de su lote, acaso reconociendo la incuestionable hazaña técnica que debe ser manejar el percal sin acabar tropezando con ese pedazo de toldo que gasta por capote, del que saldrían tres de Curro tirando por lo bajo. A pesar de todo, y de que sus dos toros son de diferente procedencia, la que dista del puerto a su ventana, ambos se comportan de manera idéntica al hacerse presentes en el ruedo, barbeando siempre las tablas en busca de la comodidad de la dehesa. Ambos tienen asimismo veinte pases antes de su previsible huida, que digo yo que si ese es el destino seguro que aguarda al trasteo según el vaticinio de los que llevamos contemplando la misma jugada durante décadas en la piedra, resulta inexplicable que los profesionales se empeñen en tirar líneas de manera anodina por las afueras para no atacar a un toro que se va a acabar rajando igual. ¿No sería más aconsejable ponerse en el sitio, meterse en el terreno del toro, ceñir la embestida y vaciarla detrás de la cadera, aunque el toro en lugar de aguantar treinta viajes sólo admitiera diez? ¿Lo sabría hacer Luque? Dicen que en Francia lo hace, pero llegar a las Ventas y apuntarse al carro del ventajismo es todo uno. En fin. 

La feria se abrió con una interesante novillada de Fuente Ymbro que seleccionó un toro nobilisimo en la muleta para poner a funcionar a Tomás Rufo, el triunfador de los festejos nocturnos del verano, que con su primero había dejado la puerta grande entreabierta cortando una orejita fácil por una labor aseada y sin sustancia que solo se elevó en los ayudados por bajo finales. Pero en quinto lugar salió Hechizo, un torito burraco de 534 kg, muy bien banderilleado por Sergio Blasco y Fernando Sánchez que llega al último tercio comiéndose la muleta que le ofrece sin probaturas Rufo en el tercio, en la serie más reunida de su trasteo. Después no hay tanto ajuste en el cuerpo de la faena que tiene momentos brillantes aislados como un cambio de mano monumental flexionando la pierna contraria y otras concesiones más baratas al toreo moderno. La bisoñez del novillero emerge en el amontonamiento lógico de quién sólo lleva apenas una docena de festejos con picadores y al que sin embargo se le apunta el gusto de concluir las faenas a la manera clásica sin recurrir a la peste de las bernardas de moda. Suma otra oreja que permitirá de muevo a un novillero salir a hombros de las Ventas, cuatro años después de que lo hiciera Roca Rey, tal es el erial en que está convertido desde entonces, el escalafón del relevo. También actuaron el Rafi y Fernando Plaza y ambos se fueron de vacío aunque el segundo destaca por su valor estoico en un quite de frente por detrás de pasmosa quietud y en la faena al último de la tarde, un toro complicado ante el que se le apunta el mérito de aguantar entre los pitones mientras escucha como van descorriendo el cerrojo de la puerta grande por la que ha de salir su compañero.

Tomás Rufo



jueves, 5 de septiembre de 2019

BUSCANDO A CHUPAGRIFOS


Cuenca no existe. La ciudad que me vio nacer se desvanece poco a poco, desaparece de la mirada para quedar confinada en el solar del recuerdo. Las paredes del Sanatorio de San Julián que alumbraron a mi generación, su estructura deshabitada expuesta a la intemperie desde hacía diecisiete años, están a punto de dejar de ser el esqueleto donde comparecían los fantasmas del pasado para que se erija un geriátrico en su lugar, triste metáfora del destino de una ciudad moribunda.



El viejo sanatorio formaba una extraña trilogía de la incuria con otros dos lugares asimismo abandonados durante una década por la dejadez de las administraciones. El edificio de la Normal en cuyas aulas recibíamos clase los alumnos de la Aneja, se esfumó hace tiempo víctima de la piqueta. En el espacio mítico donde soñábamos el futuro, se construirá un hotel. El Instituto Alfonso VIII que albergó nuestros primeros pasos de bachilleres, todavía yace clausurado por la demora de las obras de un aparcamiento recientemente terminado. Si la patria del hombre es la infancia, alguien anda por ahí empeñado en derribar sus muros, si un tiempo fuertes, hoy desmoronados. En el recorrido por los escenarios de la niñez, ya no hay tráfico en el circuito del Vivero, los billares del Sastre son un espectro atrapado tras un muro de ladrillo y ni siquiera subsiste el Choco para que podamos comentar la jugada, acodados en su barra de metal. Si aún estuviera abierto el Kiosko del niño para endulzar la herida y el chocolate del Colón todavía pudiera calentar el paladar, aquéllos que regresamos de vez en cuando del exilio para abrigarnos con el amparo de la senda conocida, no andaríamos por ahí desnortados, buscando a Chupagrifos.



Al menos podemos seguir echando un trago en las fuentes del Parque de San Julián, pero el agua ya no sale tan fresca como entonces, cuando teníamos que encaramarnos a su pedestal y abrazarnos al querube para engañar a la sed. Hoy nos persigue otra sed, la que el agua no sacia, la que agudiza la ausencia y convierte a Carretería en un paseo inhóspito a pesar de su bullicio, esa sed a la que nunca dará satisfacción la inútil peatonalización de la nada. Sólo unos pocos nos entenderán cuando les digamos que nunca fuimos tan felices como cuando devorábamos un paquete de patatas de la Clementina ensimismados por el fulgor de la fuente de colores. Menos aún recordarán la magia que serpenteaba temblando en blanco y negro, vainilla y chocolate magníficos, por encima del humilde cucurucho del helado de máquina de Ruiz. Los que imaginábamos el Corte Inglés en Galerías Cuenca, continuamos echando de menos que alguien nos regale un globito cada vez que compramos un par de zapatos. Será difícil explicar a las nuevas generaciones que jugar en las máquinas del Picadilly no era incompatible con echar una carrera de chapas en el Carrero y que crecimos sin traumas a pesar de que el As de Bastos era nuestro Leroy Merlin.



Quizá todo deba ser así o quizá no. El cambio del entorno que nutría nuestra nostalgia es tan natural como el paso del tiempo y tal vez los árboles que daban sombra a nuestro llanto iniciático deban ser derribados como pronto sucederá con la marquesina del sanatorio. De todos modos, sería conveniente pedir a los enterradores del pasado más celeridad en la ejecución de las paletadas, porque nuestro espíritu sensible no puede seguir caminando eternamente entre ruinas.




jueves, 25 de julio de 2019

SESIÓN DE IMPOSTURA




Decía Miguel Gila que en su época, las relaciones entre padres e hijos eran más sencillas porque entonces, el comprensivo progenitor le solía decir a su vástago más rebelde, si vuelves a casa después de las diez, te meto una patada en la cabeza que te la reviento. Y el chaval lo entendía, había diálogo, sentenciaba el gran cómico. En nuestros días, los interlocutores políticos que dijeron haber entendido el mensaje diverso de las urnas y apelaban al diálogo como única manera de gobernar las instituciones, hoy se aferran como lobos a su parcelita de poder y erigen en torno a ella una muralla de prejuicios que ahora está de moda llamar cordón sanitario. Ya lo vimos cuando los diputados independentistas propusieron el método Gila para resolver el conflicto catalán lo cual consistía en decirle al gobierno, si no liberas a los presos y me concedes el derecho de autodeterminación, le pego una patada a los presupuestos y reviento la legislatura.

Lo hemos visto de nuevo en la negociación de las investiduras pendientes, nuestro contemporáneo patio de Monipodio en donde toda mediocridad y prepotencia tienen su asiento, conformando una mezcla explosiva que amenaza con perpetuar un bucle ilimitado de reuniones ficticias y nuevas citas electorales. Mientras Rincón y Cortado esperan sentados la vuelta del bipartidismo, los nuevos aspirantes a la poltrona juegan al trile por las esquinas y ensayan posturas en las ruedas de prensa exigiendo un carguito, una prebenda, un gesto, una foto, lo que sea, para poder colmar su vanidad.

Y es que Pablito quiere ser vice, 
pero Pedrito le contradice, 
las elecciones convocaré.
Tengo a Tezanos metiendo miedo, 
si abro las urnas ganar yo puedo, 
la investidura es un paripé. 
El presidente pide abstenciones, 
el que a Mariano dijo que nones 
quiere a Rivera de seguidor, 
y ahora el mesías da un paso al lado, 
si no me quieres coge a Casado, 
que ése se abstiene tras el calor. 
Sánchez propone tres ministerios 
y a la consorte tras el puerperio, 
le guarda un puesto de relumbrón, 
pero Echenique ya tiene silla, 
las que le ofrecen son calderilla, 
nos retiramos al casoplón.     

Tampoco es que todo este teatro sea irreversible. Contrariamente a los llamamientos a la estabilidad de los poderes fácticos, la economía sigue creciendo y la prima de riesgo está bajo mínimos, lo cual garantiza buena financiación para seguir pagando la fiesta de momento. Hasta que el avispero catalán explote en otoño y sea necesario un gobierno fuerte en apoyo de las instituciones, nos hemos distraído lo nuestro escuchando la monserga vacía del estadista Sánchez, el sagastacanovismo manido del prócer Casado, el matonismo de patio del bello Rivera, la dialéctica tuitera del elevado Rufián, el prietas las filas del marginado Abascal y el qué hay de lo mío del altruista Aitor, mientras el hijo de Suárez y Pisarello contemplaban la jornada expuestos en el frontispicio del hemiciclo, éste es el nivel.

Frente a tan reiterada estulticia, Iglesias sintetizó en diez minutos lo que realmente importaba al narciso de la Moncloa: ser presidente a toda costa, para lo cual al tiempo que le hacía ojitos al macho alfa de la izquierda, solicitaba la abstención de las derechas como el mendigo que te aborda con su es penoso pedir, pero más triste es robar. El vicepresidente nonato intentó con brillantez explicar el enredo con un tono profesoral que se resquebrajó al final cuando advirtió a Sánchez de que sin su apoyo jamás sería presidente, tal y como hacen las vendedoras de romero cuando te lanzan la maldición al rehusar la ramita. Una vez más, le traicionó la soberbia y no vio la jugada. El doctor plagiario nunca quiso al latifundista de Galapagar en su gobierno, ni tampoco una cuota podemita que multiplicara por tres la posibilidad de que le recordaran en cada consejo de ministros que en España hay presos políticos. A la vuelta del verano, se abrigará con ropajes patrióticos para justificar la nueva convocatoria de elecciones y ganará quien sea más creíble en el relato de esta semana de burla y postureo, en el encubrimiento de la impostura más bochornosa de la historia del parlamentarismo español.



           




jueves, 27 de junio de 2019

TODO ES PEOR



Dentro de veinte años, las predicciones anuncian que España se convertirá en el país con mayor esperanza de vida en el mundo. Un estudio de la Universidad de Washington calcula que el españolito medio llegará entonces a los 85,8 años de edad, casi tres años por encima de la previsión actual. Pero ahí no acaba la cosa. En 2040, los científicos más audaces nos prometen que los avances tecnológicos en inteligencia artificial estarán en condiciones de retrasar el envejecimiento de tal manera, que los que lleguen en forma a ese puerto improbable, podrán seguir navegando hacia la inmortalidad. A mí no me encontrarán en ese barco.

¿Se imaginan la eternidad con la matraca independentista insistiendo en sus falacias “sine die”? ¿Es soportable vivir para siempre comiendo la porquería de pan que se vende en los supermercados? ¿Hay quien aguante a perpetuidad las sandeces de los animalistas? ¿No es preferible morir a seguir escuchando reguetón?

Hace tiempo que venimos acostumbrándonos a las cesiones que nos exige el sistema. La protesta airada del principio se va orillando después en un reducto del cerebro donde descansa el recuerdo de cuando aparcábamos gratis en la calle y los electrodomésticos duraban para siempre. La combinación de las promesas de inmortalidad con la obsolescencia programada nos conduce a un escenario inquietante en el que más de uno optará por el suicidio antes de verse abocado a comprar el vigésimo quinto microondas de su existencia.

¿Y qué me dicen de la presión impositiva que soportaríamos para sostener las pensiones de un futuro sin fecha de caducidad? Si en el presente nos hacen pagar por comprar una casa, por tenerla, por venderla y por heredarla, no quiero ni pensar en las nuevas mordidas a nuestro bolsillo que el gobernante de turno se inventaría para sustituir los ingresos del impuesto de sucesiones, con tal de no hincarle el diente a las sociedades patrimoniales y a las grandes fortunas. Y es que no morirse no tiene por qué significar la renuncia al paraíso… fiscal.

Si has sustituido las relaciones humanas por compaginar quince grupos de whatsapp, si tienes menos predicamento con tus hijos que el “influencer” que los adoctrina, si acabas comprando por internet hasta los calzoncillos con cuya venta iba sobreviviendo la tienda de tu calle, si el ejercicio de tus derechos se reduce a despotricar de un mal servicio en el oído de un teleoperador, dará lo mismo que la vida sea eterna pues tu existencia se irá estrechando al compás del algoritmo que maneja tus datos, esa fórmula siniestra que dirige tus pasos convirtiendo en fantasía tu libertad de elección.

Si al menos la sociedad avanzara por el camino del sentido común y el entendimiento, se disiparía la tentación permanente de ingresar en el corral de los quietos para dejar de escuchar tanta estupidez seguida. Los ofendidos de la corrección política, aquéllos que quieren convertir la libertad de expresión en un espejismo en donde reinen la intolerancia y la autocensura, utilizan a diario las redes sociales como tubo de ensayo en donde fabrican etiquetas de fascista y las reparten a todo el que ose apartarse un poco de la moral oficial y piense por su cuenta. Salvo que aceptemos escribir al dictado del “mainstream” en este mundo sin final, los que de vez en cuando nos da por juntar cuatro letras en el campo de batalla del papel tenemos la suerte echada, sin el consuelo siquiera de un día poder redactar el epitafio de nuestras lápidas.  

Si para que un tomate sepa a tomate es necesario comprarlo a precio de solomillo, no merece la pena seguir. Todo es peor.



lunes, 17 de junio de 2019

SAN ISIDRO V: LA FERIA DE LA ESPERANZA

El triunfo


Y al final, la pureza. La última semana de San Isidro transcurría anodina por los senderos trillados de la ausencia de bravura en el toro y el adocenamiento habitual de los toreros. El aficionado no encontró refugio en el Ventorrillo, ni sació su sed en Fuente Ymbro, llamó a la puerta de Cuadri sin hallar respuesta y en Valdellán se encontró con Carasucia, como clavo ardiendo de casta al que agarrarse. Y entonces llegó Ureña. Tapadito entre dos figuras, cuidado por la empresa que lo apodera, recibido entre algodones por la plaza que sabe de su calvario en búsqueda del triunfo. La corrida de la cultura no evita con su pretenciosa denominación, la decadencia de los dos primeros actos. Castella muestra una versión cada vez más indolente de sí mismo y Roca naufraga al no poder aplicar a un toro de Victoriano del Río que hace hilo al final de cada pase, las recetas revenidas del toreo moderno. Paco Ureña se abre de capa en el tercero y, de inmediato, entramos en otro mundo, el de la verónica reunida, la suerte cargada, la defensa del terreno ganado hacia los medios. Juan Francisco Peña vuelve a picar en el sitio y con la intensidad adecuada y Paco se recrea de nuevo a la verónica en su turno de quites. Roca Rey ejerce su derecho y le replica por chicuelinas del montón, a las que el lorquino responde aquí estoy yo con tres delantales de ensueño y una media abelmontada que todavía están golpeando en las sienes del recuerdo. Después de tanta intensidad, Ureña se amontona en una faena sin unidad con detalles aislados de calidad, acaso marcada por el desgaste del toro en los primeros tercios y por el volteretón que sufre el torero cuando el animal lo encuna por sorpresa y le pega fuerte en las costillas. El pinchazo que precede a la estocada lo deja todo en una petición insuficiente y en una vuelta al ruedo sin protestas, un triunfo menor como tantas veces, tras el que pasa a la enfermería. Desde allí, nos llegan noticias de posibles fracturas pese a las cuales, el torero saldrá a matar su toro en sexto lugar bajo su exclusiva responsabilidad. En esa espera, el resto de la corrida se vuelve plana de nuevo, entre los esfuerzos vanos del francés por retomar un sitio que ha perdido y la incapacidad del peruano para sujetar a un toro rajado. La mayor ovación de esta fase de la corrida la recibe Ureña, cuando vuelve a la carga por el callejón. El quinto que hace sexto se llama Empanado, vaya nombre para la lírica. Paco lo recibe de capa con el mismo planteamiento de la conquista de terreno al animal. El toro anuncia cosas grandes y Pedro Iturralde lo ahorma con cuidado en el caballo. Ureña comienza el trasteo en el siete por estatuarios muy ceñidos que resuelve en una conmoción de trincherillas, pases del desprecio y el de pecho que ponen la plaza en pie. Otra vez los rugidos de las Ventas marcan la diferencia entre la baratija de tantas tardes y el toreo caro de hoy. La faena es un monumento al toreo al natural. Ureña tarda en ver que el pitón izquierdo es el mejor y nos deja una serie de derechazos de buen tono pero la emoción irrumpe como un fogonazo cuando se echa la mano a la izquierda y surge la verdad desnuda del hombre enfrentado a su tragedia, el cuerpo abandonado a merced del destino, la figura erguida y el compás abierto a lo profundo, dibujando muletazos como quien respira, olvidándose de la técnica, sin otra opción que la consagración por la pureza. El torero lo sabe y se lanza a matar dejando el alma en el encuentro para demostrar que los huesos golpeados no duelen más que el fracaso y que un solo ojo puede ver más que dos. De tanto ímpetu, la estocada llega un punto contraria y el toro se amorcilla en las tablas en una eternidad de veinticuatro mil miradas empujando para que doble el toro. Cuando por fin lo hace, las dos orejas llegan exactas como lógico final a la emoción unánime, la puerta grande como bálsamo a tanto dolor.

Ureña al natural

Al día siguiente, la corrida de la prensa, esa tarde final que casi todos habíamos desechado para alcanzar el merecido descanso dominical y que tras el ambiente que dejó Pablo Aguado en la corrida de Montalvo del inicio de feria, todos nos apresuramos a comprar para no perdernos la torería del sevillano. Que Aguado colocara el no hay billetes con apenas una docena de tardes como matador de alternativa dice bastante del impacto que causó su aparición ante la cátedra, aunque siempre habrá alguno que dirá que el lleno lo provocó el populismo del Fandi, o la posibilidad de que López Simón abriera su sexta puerta grande. La corrida de Santiago Domecq se movió con nobleza en las telas y su boyantía general presagiaba una tarde triunfal que no acabó de concretarse. El acto central de la función fue la actuación de Pablo Aguado que se hizo presente en un quite por chicuelinas lentísimas abrochado con una media apenas insinuada. La faena de muleta estuvo acompañada de ese peculiar silencio que ya es seña de identidad del ritmo de este torero, tocado por la varita de la vocación de naturalidad en todo lo que intenta, una pulcritud en sus formas definidas por la sencillez y la despaciosidad. Así surgieron los primeros pases de la faena, y los primeros olés envolvieron la profundidad de un ayudado por bajo y la levedad de un armonioso cambio de mano. El cuerpo del trasteo se desarrolló con menos encaje que otras veces, pero siguió habiendo momentos brillantes en un trincherazo que fue un cartel de toros y en los naturales de frente finales que precedieron a la suerte suprema en la que fue cogido por no vaciar adecuadamente la acometida del toro con la mano izquierda que es la que mata. Herido en el muslo derecho, se mantuvo en la plaza hasta dejar una estocada de la que dobló el toro al borde del tercer aviso, pese a lo cual saludó una ovación antes de irse por su propio pie a la enfermería con la misma parsimonia con la que se mueve el agua por el Guadalquivir. Quedó así la tarde como vacía, una cuesta empinada sin la esperanza de encontrar al deseado en la cima y con la perspectiva de tener que tragar tres indigestas raciones más de toreo moderno. Si López Simón había sido aplaudido con tibieza por su colección de trapazos al manejable segundo, su labor con el quinto no halló ni una palma para la misma propuesta, la comparación con la pureza de Aguado había hecho su efecto. Lo de Fandila fue distinto, su espectáculo es otro y ya estamos acostumbrados a que desaproveche en la muleta toros de buena condición como el que abrió plaza, porque quien da lo que tiene no está obligado a más. Al menos cubrió con profesionalidad los primeros tercios, lidió a su lote con acreditada solvencia y hasta se gustó de manera vistosa en quites y galleos para dejar al toro siempre bien colocado ante el caballo, especialmente en el sexto que mató por Aguado, lo que propició un excelente tercio de varas a cargo de Manuel Bernal que se sobrepuso a la costalada que recibió en el segundo encuentro, con un tercer puyazo en la yema parando al toro por derecho. Antes, en banderillas, el matador se olvidó de su decadencia de los últimos años con los palos, y se esforzó algo más por encontrar el ajuste en el embroque a partir de que se oyera una voz en el tendido que le demandaba clavar en la cara como es debido. Eso que ganamos gracias al espectador que no hizo caso a ese lugar común de la prensa apesebrada que pretendiendo para las Ventas un público como el del tenis, reclama dejar las protestas para el final.

El derribo
La corrida que antaño brillaba más que el sol se degrada más cada temporada, convertida este año en ese engendro extraño del festejo mixto, que al menos sirve para poder llegar a la plaza media hora más tarde y tomarse una cerveza en el ambigú mientras Diego Ventura despliega su espectáculo caballista tan ajeno al de la lidia a pie. El planteamiento de la corrida daba para hacer chistes fáciles sobre la posibilidad de que al Juli le echaran los toros despuntados para rejones, como suele pasar en provincias. A la hora de la verdad, sorteó dos toritos a modo de Núñez del Cuvillo, los dos inválidos, los dos muy justos de casta y no fue capaz de poner en marcha el ambiente festivo que había en la plaza a su favor. Con el jabonero que hizo quinto estuvo a punto de lograrlo pero el julipié zarrapastroso que suele perpetrar frustró el premio a una faena de líneas paralelas cuya técnica espuria justificarían luego sus palmeros como truco necesario para que el toro no terminara por claudicar.

Julián y Román, mentira y verdad

Diego Urdiales tenía esa tarde una oportunidad magnífica para confrontar con el poderoso su tauromaquia en las antípodas de la peste juliana que asola la fiesta, pero no terminó de sumarse a esa revolución que poco a poco se está larvando en el toreo y que apunta otras maneras dentro y fuera del ruedo. Sorteó el único toro encastado de la tarde, que ante la inhibición del sobresaliente, hizo hilo con Pirri a la salida del primer par de banderillas y le atravesó el glúteo cuando trataba de ganar el burladero. El arnedano se hizo el ánimo tras el percance y comenzó la faena en el tercio con derechazos mandones que consiguieron atemperar la embestida hasta permitirle cuajar una serie reunida de naturales. En el resto de su labor prefirió eludir el riesgo que hay en la ligazón y apuntarse a la estrategia del unipase, dejando eso sí, momentos bellísimos que le habrían conducido al trofeo si no llega a hacer guardia al toro a la hora de matar. El sexto fue un sobrero descastado de la Reina con el que Urdiales estuvo exprimiendo su último cartucho en la feria sin que nadie le hiciera demasiado caso. Para entonces, con la tarde vencida, la gente competía por hacerse notar en la dizque corrida más importante del año, ahora el botellón más concurrido, y se sucedían las últimas escaramuzas entre partidarios y detractores del Juli, que se libraron sin más derramamiento que el del alcohol de los cubatas que portaban los debutantes en el templo. Una cosa llevó a la otra y de los vítores al Rey presente en el palco, se pasó a los vivas a España extemporáneos de los patriotas de ocasión. Un viva la república disidente no obtuvo el refrendo imposible. La contestación a esta última proclama fue tan grande que es difícil comprender por qué el jefe del Estado se deja ver en esta casa tan sólo una vez al año. A su lado, el ministro Ábalos parecía contemplar complacido el espectáculo hasta que algún representante de la España que definió como casposa solicitó su dimisión.  

La afición agradecida
            
Después de la tormenta, llegó la corrida de Cuadri para despoblar los tendidos del ambiente lúdico del público festivalero. Todos los toros siguen el mismo comportamiento, difíciles de salida, cumpliendo en el primer puyazo, renuentes a tomar el segundo y parados en la muleta. Seis marmolillos de irreprochable presencia pero vacíos por dentro. Rafaelillo apechuga con el lote más peligroso pero sus maneras ratoneras no contribuyen a mejorar las condiciones de sus toros. Octavio Chacón parece metido en un socavón de ideas tras desperdiciar sus cuatro tardes de la temporada en Madrid. Hoy incluso se viene abajo su cartel de torero lidiador y poderoso, totalmente debordado por el sexto que saca genio en el capote. López Chaves es la única noticia positiva de la tarde. Animoso y clarividente en la cara del toro, exprime todo lo que tienen sus dos oponentes y llega a olvidar la tosquedad habitual de sus maneras en varias series de naturales al quinto que liga por el procedimiento de darle un tiempo a la embestida, provocarla casi en el sitio y prolongarla con el secreto del temple. El mal uso de la espada lo frustra todo pero el salmantino deja presentada su candidatura para ser un fijo en este tipo de corridas. 

Carasucia

Pese a la decepción de Cuadri, el pabellón de la causa torista lo había defendido dos días antes la ganadería de Valdellán que tomaba antigüedad en las Ventas, destacando los tres cinqueños de la tarde, más encastados que los de cuatro años, confirmando aquel aserto antiguo que reclamaba el toro de cinco y el torero de veinticinco. Cristian Escribano tiene tres años más, pero sólo cuatro festejos el curso pasado. Ese escaso bagaje se nota cuando le toca Carasucia, un cárdeno de 587 kilos, para desmentir que los kilos influyen en el juego cuando hay casta, el toro más enrazado que hemos visto en la feria, que aprieta recargando en el primer puyazo y simplemente cumple en el segundo. En descargo de Escribano debe decirse que una embestida tan vibrante hubiera descubierto las carencias del noventa y cinco por ciento del escalafón. El tren grisáceo del Santa Coloma pasa por las distintas estaciones que le propone el torero sin parar en ninguna, desbordado éste por el aluvión de casta que no le permite rematar con poder el muletazo y recolocarse para seguir mandando. Como mucho anda por allí acompañando un viaje ingobernable hasta que el toro termina por hacerse el amo. Escribano es un eficaz estoqueador pero la derrota en su pelea con el toro le pasa factura a la hora de matar y se deja el brazo atrás en el encuentro, llega un primer aviso que acaba por descentrarlo, luego intenta descabellar a un toro cuya bravura busca los medios y finalmente mata a la última de feo bajonazo, al límite del tercer y definitivo recado presidencial. El impresionante toro sexto de 656 kilos no arredra a la cuadrilla de Escribano, comenzando por el picador Adrián Navarrete que tira bien la vara en dos puyazos en buen sitio y siguiendo por Raúl Cervantes e Ignacio Martín que completan un brillante tercio de banderillas predisponiendo el final de la tarde a favor de su matador. Sin embargo, éste sigue hecho un mar de dudas y aunque este toro no se come a nadie, lo pasa de muleta con excesivas precauciones, sin dar nunca el paso adelante que hubiera posibilitado la redención tras el desastre precedente. Robleño encara su última tarde en el serial con ánimo y disposición, sabedor de que la afición espera con interés la repetición de su triunfo con un toro de Valdellán en los desafíos ganaderos del septiembre pasado. Sin embargo, el lucimiento no llega ni con el desentendido primero ni con el encastado cuarto, con el que no termina de entenderse en una larga faena a la búsqueda de un acople que no puede llegar en el sitio que pisa y sin la firmeza que demanda lo que los críticos del sistema llaman una embestida desordenada. Iván Vicente ni siquiera lo intenta. Pasa la tarde haciendo como que va a hacer sin hacer nada, un muletazo por aquí y se va de la cara del toro, otro por allá y se retira para ajustar el pico de la muleta, tira una línea al natural, y un respingo del toro lo descoloca, ahora un ayudado y vuelta a empezar. Se desconoce qué pretendía apuntándose a esta corrida y demostrando ante la misma tanta frialdad como la que pasó el aficionado en la piedra a cuarenta y dos de mayo y el verano y Manili sin venir.

Se acabó lo que se daba. Las treinta y cuatro tardes del serial taurino más largo del mundo llegaron a su fin, dejando por fin al abonado libre de su esclavitud más querida, la de comparecer cada tarde en la plaza de toros de las Ventas del Espíritu Santo a ver qué pasa. Ningún espectáculo del mundo obliga a sus seguidores a realizar un esfuerzo tan continuado. Los futboleros van al estadio cada quince días, los melómanos, al Real una vez al mes. El aficionado cabal no se pierde un festejo para tomar nota del estado diario de la cuestión taurina, ya se aburra o disfrute, se anuncien las grandes figuras o tres toreros sin apoderado, su sacerdocio le impide ausentarse y cuando lo hace es porque algún compromiso inaplazable le obliga a faltar.

Tras el esfuerzo, el descanso es grande, la añoranza también. Cuando llega el momento de cambiar la piedra de la andanada por el sofá de casa, la espalda lo agradece, pero el corazón se resiente. Ninguna pasión de las que nos esperan por delante supera a la emoción que puede llegar a sentirse cuando allí abajo, en la arena de la plaza, surge el toreo. 

El altar de Julián en la andanada