Vivimos acelerados. La sociedad actual nos
induce a la costumbre de la inmediatez. Todo tiene que ser antes y aceptamos esa
premura aunque se imponga a la excelencia, igual que nos conformamos con la
olla rápida frente a la sabiduría del fuego lento. La vida pasa inadvertida a
nuestro lado mientras nos ocupamos de lo urgente que sólo a veces suele coincidir
con lo importante.
El sueño del Ave llegó a nuestras vidas
como un juguete de nuevo rico, el placebo de la felicidad depositado en la
fortuna de cambiar la Cibeles por la Giralda en menos de lo que se tarda en ver
una película oscarizable. Antes de que su perfil de ofidio envenenara nuestro
ritmo, el tren era el amable contenedor de la aventura de echar el día emulando
a Buster Keaton a bordo de la General, imaginando esa epopeya en la vetustez
del automotor que albergaba las excursiones juveniles hasta Cuevas de Velasco,
donde todavía debe andar nuestra huella en las paredes de su estación
abandonada. Un poco antes, la vía que hoy yace sobre el vacío como el esqueleto
desolado de un naufragio, era el cordón umbilical que nos retornaba a la madre
Cuenca, tras la tarde fecunda donde se había puesto a prueba la audacia de cada
cual atravesando sin vértigo el puente de hierro, a saltos sobre las traviesas
con vistas al Júcar, como si fuéramos los niños de “Stand by me” pero sin un
cadáver escondido entre la fronda. La tierra rojiza que rodeaba el camino imitaba
las formas de un “far west” de cercanías, y nos convertía en indios de western
adivinando con la oreja sobre el raíl, la inminencia del tren por llegar, del
que escapábamos a tiempo para, refugiados contra el talud, disfrutar del
estallido de las piedras colocadas a su paso o comprobar después de depositar
cuidadosamente una moneda sobre la vía, si las ruedas del convoy habían logrado
apisonarla hasta convertirla en fetiche que guardar como un tesoro acuñado por
la imprudencia y la imaginación.
En esos parajes de la infancia que
llegaron a conocer el Talgo, la aparición del Ave se celebró como un hito que
por fin quebraba una política basada en priorizar otros itinerarios para
alcanzar el mar y preterir la línea recta que desde Madrid pasaba por Cuenca,
hasta convertirla en un trazado lento, yermo y terminal. Como la alegría es
efímera en la tierra acostumbrada al olvido, la fortuna de la alta velocidad se
fue dilapidando entre una estación fuera de sitio, la depauperación del
servicio y el sacrificio de una alternativa convencional que vertebrara la
provincia y permitiera convertir la ventaja del trayecto más corto en una
posibilidad de desarrollo industrial para el páramo configurado a su alrededor.
Antes de la crisis ferroviaria que la
tragedia de Adamuz ha precipitado, no sabíamos que la grava que doblaba
nuestros tobillos cuando hacíamos equilibrios sobre los raíles se llamaba
balasto y que de él depende la estabilidad de la infraestructura cuyo
mantenimiento es tan mejorable que ha convertido el tren de la prisa en un
homenaje a los viejos tiempos en los que aún se podía saludar a los viandantes
desde las ventanillas. En esta España de la mansedumbre que se comporta mejor
en la asistencia a la catástrofe que en la exigencia de responsabilidades, es recomendable
volver a aquellos trenes cuyas paradas permitían bajar a tomar un café en la
cantina de la estación. Si hemos admitido que nuestros gobernantes saquen pecho
de unas cifras macroeconómicas en convivencia con una cuarta parte de la
población en riesgo de pobreza, también podemos tolerar la osadía del gestor de
la cosa cuando declara que el ferrocarril español se halla en el mejor momento
de su historia.
En realidad, el ministro pretende actualizar el marxismo versión Groucho imitando su facundia, por el procedimiento de dar demasiadas explicaciones para que no se entienda nada. Sería conveniente dejar trabajar a los expertos en lugar de pedir más madera para alimentar la maquinaria de un convoy en ruinas, y esperar a que las sospechas de negligencia criminal las dirima un juez, en lugar de desmantelar entre todos el prestigio de la joya de la corona de nuestras comunicaciones. O eso, o recuperar las prioridades de aquella época en la que no importaba tanto emplear un día entero en alcanzar nuestro destino, mientras veíamos la vida pasar por el ventanal de un vagón.

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