sábado, 28 de marzo de 2026

LOS DOMINGOS


De vez en cuando, se estrena una película que trasciende los límites de su contexto para elevarse por encima del entorno de su propio creador. Entre la barahúnda habitual de los Goya, con su guirigay anual de proclamas, tedio y  ovaciones, brilló la pureza de “Los domingos”, en la que Alauda Ruiz de Azúa filma en estado de gracia la extraordinaria aventura de una adolescente atraída por la vida monacal. La directora parecía pedir perdón desde el estrado, por atreverse a filmar ese prodigio con una neutralidad extraña a la perspectiva del intelectual canónico, a quien su credo anticlerical exige renegar de la Iglesia, incluso contra el mensaje de la obra artística a cuya grandeza ha contribuido. 

Cuando se estrenó la película en las salas, su éxito se inscribió dentro de un supuesto resurgimiento de la espiritualidad en la escena española que encontró en la luz de Rosalía, una deliciosa confirmación. En la industria musical que disemina canciones como islas perdidas en el archipiélago de Spotify, la cantante catalana impugna la mediocridad conocida de shakiras y badbunnys para regalarnos un disco conceptual entregado a un misticismo a contratiempo que dice haberla salvado del psicólogo a través del rezo y el celibato, con unas gotitas de Sauvignon blanc como antídoto contra las perlas del desamor. Su perfil de novicia en la portada del disco parecía el cartel de una secuela de “Los domingos” imitando el rostro iluminado de la aspirante a monja que busca en el convento un espacio de dicha frente a las banalidades mundanas de amigas sin fuste y novietes insustanciales, contra la lógica oposición de una familia en declive.

El resplandor de “Los domingos” se impuso al nihilismo de “Sirat” en el forcejeo de los premios, pero ambas son dos obras extraordinarias, intercambiables incluso. Dos formas de narrar la huida del mundo, dos maneras de no encajar en el entorno que confluyen en el silencio del retiro o en la desolación del desierto, la música de un salmo nunca estuvo tan cerca del fragor de una “rave”. Una extraña paz al final del camino, un puente hacia la nada para dimitir de los afanes cotidianos, con la muerte al fondo determinando dos historias sin retorno que buscan respuestas para la vida. 

La eclosión de la primavera sacude a España en manifestaciones festivas de pretexto religioso que bajo su primer plenilunio llenan las aceras de fervor y botellines. El laicismo imperante convive con la pulsión turística por donde late un vago sentimiento de trascendencia que después no suele confirmarse en la liturgia de los domingos. Entre el temblor de los Ramos y el encuentro de la Resurrección, asistiremos a la fusión del rito con la tradición, la curiosidad por la belleza convoca más almas que el mensaje de redención que surge de nuestras tallas. No es poca cosa encontrar en la pasión representada en el calvario de nuestras calles, una tregua de esperanza para escapar del abatimiento que se adivina en el futuro. Las guerras globales se encadenan al pensamiento como método óptimo de resolución de conflictos, la precariedad se enseñorea del marasmo económico que envenena el porvenir de nuestros hijos. El Estado que desprotegió a una joven en sus instituciones de acogida, toleró su violación múltiple y se desentendió de su salud mental tras un intento de suicidio, no le ha ofrecido más ayuda que procurarle una inyección letal. 




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