miércoles, 25 de marzo de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS II: MORIR A SOLAS



Vivimos de espaldas a la muerte. La sociedad infantilizada y hedonista de este momento la tenía confinada entre el lazareto de las residencias y la asepsia de los tanatorios. Antes de vernos abocados a negociar con la parca que se cuela en nuestros búnkeres con el pan de cada día, llegamos a creer que todo era un cuento chino y que el estado de bienestar nos inmunizaba contra la tragedia. En nuestra ilusa y occidental prepotencia, ni los gobernantes ni los gobernados vimos venir una catástrofe que al principio observábamos con displicencia, incapaces de renunciar a nuestros planes de fin de semana, a nuestras reivindicaciones inaplazables, a nuestra imprescindible ración de vanidad. Por aquel entonces, los muertos no eran más que una estadística asumible, ley de vida para los viejos, escenario improbable para los afortunados que veían en la falta de patologías previas, un sintagma salvador.

Antes de que se apilaran los cadáveres en la salmodia del telediario, contemplábamos la amenaza como el último capítulo de una serie, alentados por la renuencia de las autoridades que se negaban a cerrar las playas cuando ya podía divisarse en el horizonte la aleta del tiburón. Mientras los bañistas perecen y los demás esperamos en la orilla a que salga de nuevo el sol, los que mandan se afanan en explicarse ante el pueblo con discursos aprendidos que no pueden ocultar su incapacidad para encarar el desastre, programados como estaban para la impostura de la propaganda antes que para la eficacia de la gestión.

Arranca la segunda semana de clausura y la sobreinformación no hace más que favorecer nuestra natural hipocondría. La tosecilla de las mañanas nos parece sospechosa si no viene acompañada de algún tipo de secreción y el insomnio cotidiano se cobra su factura en ese dolor de cabeza que sin duda anuncia la llegada de la fiebre. El desmadejamiento que provoca la inactividad del encierro se llega a confundir con el abatimiento que precede a la infección. Pese a las medidas anunciadas por el gobierno, sigue sin saberse cómo van a sobrevivir a la cuarentena los que no dependen del presupuesto.  

El virus hace pasar desapercibido el advenimiento de la primavera, anestesia las antiguas querellas sobre polémicas espurias, amortigua la caída del monarca sin corona que ha sido señalado de indigno por su heredero. El repudio de su corrupción inveterada apenas se ha saldado con un día de portadas, los minutos residuales de las tertulias y el pataleo de las cacerolas. En cambio, el virus que no distingue entre clases sociales, sí respeta algunas vilezas, excita los bulos que propagan el miedo en las redes, estimula el supremacismo en el que alienta el rencor.

Madrid es un inmenso vecindario pendiente de salir a respirar a las ocho de la tarde, nuestra libertad reducida a sacudirnos la angustia al ritmo del Dúo Dinámico. Cuando cesa el fragor en la corrala, el parte de guerra de las nueve anuncia el colapso de los servicios funerarios. La gente se muere a solas en los hospitales de la mejor sanidad del mundo sin que nadie pueda velar sus cuerpos depositados en un moderno centro comercial.  



lunes, 16 de marzo de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS I: ESTADO DE ALARMA



Todas las desgracias del hombre proceden del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en su habitación. El célebre aserto de Pascal define a la perfección el alma española, que para sobrevivir necesita una morada con balcones a la alegría, consumir su ración diaria de sol por las aceras, sacar la silla a la puerta para vigilar el panorama y de paso, respirar. Acondicionamos nuestras viviendas con todas las comodidades que la sociedad de consumo pone a nuestra disposición y cuando no llevamos ni media hora sentados en el sillón que tonifica nuestros músculos delante del pantallón que compramos para convertir el salón en un parque de atracciones, nos echamos a la calle porque no somos nadie si no tomamos una cervecita charlando con los amigos en la terracita del bar.

Con lo bien que se está en casa retomando las lecturas atrasadas o escuchando música casi con tanta calidad como si hubiera una orquesta sinfónica agazapada en el aparador, encontramos más placer en dar una vuelta por los alrededores del tedio, saludando a las caras conocidas con las que nos cruzamos en nuestro entorno, practicando el par de besos o el abrazo con masaje de paletilla, exhibiendo el material por la calle mayor. Quedarse en casa es algo que no contemplamos hasta que vemos al presidente Sánchez balbucear el pánico que se esconde detrás de su máscara de aparente tranquilidad.

En el epicentro de la epidemia de coronavirus, el tráfico ha desertado de las avenidas y se ha establecido en los pasillos de los supermercados, de cuyos anaqueles han desaparecido la lejía y las latas de atún. Las cajeras evitan el contacto con los productos calzándose los guantes de coger la fruta y las ancianas continúan practicando el rito de hacer la compra, una mano señalando las magdalenas que debe alcanzar su cuidadora, la otra en el andador. En la era del 5G y el teletrabajo, la enseñanza on-line es una entelequia y los universitarios lo celebran apurando las últimas horas de apertura de los bares, no siendo descartable que en el fin de semana consuman las horas muertas visitando al abuelo. Madrid no es todavía la ciudad de más de un millón de cadáveres del poema de Dámaso Alonso porque aquí no había puente para el día del padre y los más irresponsables han decidido aprovechar el buen tiempo por adelantado, poniendo a salvo sus esputos a la orilla del mar. El alcalde ha dejado de ser carnaza para los chistes y se viste de estadista anticipando las medidas que retrasa el gobierno central. La gente retoza en las terrazas y el alcalde cierra las terrazas. La gente inunda los parques y el alcalde cierra los parques. Ante la imposibilidad de ponerle puertas al campo, la sierra de Madrid presenta el aspecto de la Gran Vía en hora punta.



El gobierno que nos desgobierna ha pasado en cinco días de recomendar la asistencia a concentraciones masivas a decretar el estado de alarma, pero no explicita las medidas concretas hasta la víspera de los idus de marzo. El vicepresidente Iglesias se salta el aislamiento para librar la batalla por el poder que termina con su exclusión del núcleo duro de las decisiones. Un nuevo cesarismo se impone por encima de las baronías autonómicas, alguna de las cuales, ante la parálisis gubernamental, se habían permitido cercenar la libertad deambulatoria del ciudadano, conculcando la Constitución en sus territorios. La conversación por videoconferencia entre Sánchez y Torra ha debido de ser como para conservarla en mármol. Creíamos que la única ventaja del virus era librarnos temporalmente de la matraca independentista pero el testaferro de la sedición anuncia nuevas tardes de desacato en medio del desconcierto. El infectado Abascal clama desde su garita cual adolescente airado tras una noche de juerga que reprocha a sus mayores haberle dejado salir.   

Mientras tanto, nadie dice nada sobre cómo van a sobrevivir a la cuarentena los que no dependen del presupuesto. También se desconoce si soportarán la primavera los enamorados recientes que cumplan a rajatabla el confinamiento. El españolito, capaz de lo mejor y de lo peor, se organiza para el letargo y despliega su ingenio en las redes, debelando los bulos y eludiendo la angustia con humor. La neurosis del encierro se cura programando un itinerario de excursiones permitidas cuando las paredes nos agredan y no aguantemos más, a las nueve, el pan, a las doce, a la iglesia, a las cinco, el tinte, a las ocho, el paseo a la mascota aunque se trate de un hurón. A las diez de la noche, las ventanas se pueblan de aplausos que vitorean el cumplimiento del deber. La manifestación es un ejercicio de expiación colectiva en estos tiempos en el que la responsabilidad social precisa de decretos para convertirse en obligación moral. León Tolstoi, que murió de neumonía hace ciento diez años, ya nos anunció que todos pretenden cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. Seguiremos informando.



lunes, 10 de febrero de 2020

Y EL OSCAR ES PARA ...

PARÁSITOS

Y el Oscar es para, para … Parásitos, la magnífica cinta de Bong Joon-ho, que ha conseguido por fin que la industria americana se decida a premiar como mejor película del año a una obra no hablada en inglés, ese paso subversivo al que no se atrevió con la imperecedera Roma. Ya es casualidad que ambos filmes hablen de la lucha de clases a través de las vicisitudes del servicio doméstico, desde una perspectiva diferente pero con un punto de vista común que huye del maniqueísmo, vive de los matices y propone una meticulosa puesta en escena al borde de la perfección.

De un tiempo a esta parte, pretendiendo publicitar un esplendor que ya no existe, la Academia de Hollywood ha recuperado la costumbre de los años treinta, época en la que se nominaba a una decena de cintas para el Oscar a la mejor película. Hace ochenta años, en la ceremonia de 1940 que premiaba a las películas rodadas en el 39, estaba cantado que la estatuilla la recibiría David O. Selznick, por el enorme esfuerzo de producción llevado a cabo con Lo que el viento se llevó, y el gran éxito de público que refrendó la esperadísima adaptación del “best seller” de Margaret Mitchell. El monumental film que acabó firmando Victor Fleming arrasó a las demás candidatas con otros ocho premios adicionales, pese a que la cosecha de aquel año, como ya venía ocurriendo desde mitad de la década de los treinta y no dejaría de suceder durante las dos décadas siguientes, incluía al menos, otras cinco obras maestras: la primera versión de Tú y yo de Leo McCarey, apoteosis del melodrama romántico que provoca la misma conmoción en 1939 que en el remake de 1957 cuando Deborah Kerr sucede a Irene Dunne en su camino truncado hacia la felicidad que esperaba en el último piso del Empire State; La diligencia, posiblemente el mejor western de la historia; Ninotchka, o la sonrisa de Garbo iluminando la pantalla por cortesía del toque Lubitsch; Caballero sin espada, la enésima fábula política que sólo el idealismo mágico de Capra podía dotar de credibilidad y El mago de Oz, más allá del arco iris sigue brillando Judy Garland sobreviviendo a las muecas con las que este año la ha homenajeado Renée Zellweger.

RENÉE Y JUDY

Si en la actualidad, tenemos que recurrir a las series para encontrar el virtuosismo que el cine ha perdido, el espectador americano de aquel año en el que los españoles andábamos a tiros, podía seguir vibrando cada fin de semana en las salas, porque John Ford se entretenía en añadir a La diligencia, El joven Lincoln y Corazones indomables, Raoul Walsh firmaba la primera entrega de esa trilogía de obras mayores del cine negro conformada por Los violentos años veinte, La pasión ciega y El último refugio y el cine de aventuras en parajes exóticos permitía que los niños de entonces pudieran disfrutar de un programa triple de ensueño formado por Beau Geste, Las cuatro plumas, y Gunga Din. Para hacerse una idea del aluvión de películas notables rodadas en aquel momento, basta decir que todas las anteriores fueron ninguneadas en las nominaciones a los Oscar, como también se olvidaron de la maestría de Howard Hawks que ese año demostró su versátil genialidad en Sólo los ángeles tienen alas, trufando este inolvidable drama de aventuras entre dos cumbres de la comedia como La fiera de mi niña y  Luna nueva, de la misma manera que los aviones de Cary Grant y Thomas Mitchell sorteaban entre la niebla las míticas montañas de Barranca.

RICHARD JEWELL

Algo parecido ha sucedido en esta edición con el último director clásico que nos queda para nuestro disfrute. A punto de cumplir noventa primaveras, Clint Eastwood nos ha regalado con Richard Jewell otra muestra más de su prodigiosa capacidad de narrar, filmando sin artificios la revisitada historia del héroe americano, la odisea del hombre corriente enfrentado a los poderes del Estado y de la sociedad, sin más apoyo que un abogado mediocre, una madre orgullosa y su sentido común. Tanta grandeza solo ha sido reconocida con una nominación a la mejor actriz de reparto.
   
Pese a todo, en la lista de candidatas de este año, había pocos motivos para la decepción, aunque se esperaba más de El irlandés, el colosal friso en el que Scorsese expone su testamento fílmico sobre la mafia de manera correcta pero un tanto ayuna de emoción. Excepto en la violenta traca final que Tarantino resuelve con una elegantísima elipsis que elude los asesinatos latentes en la película, quizá sus seguidores más fanáticos se hayan visto un tanto defraudados con Érase una vez en Hollywood, soberbio poema de amor al cine que los demás contemplamos encantados a través del parabrisas del Cadillac de Brad Pitt, y es que no hubiéramos soportado que el director convirtiera a Margot Robbie en la Uma Thurman de Kill Bill para ensañarse con la memoria de aquella maravilla que fue la inolvidable Sharon Tate.

JOKER

Aún hay otras tres películas más que rozan la excelencia y sólo el paso del tiempo nos dirá si se convierten en obras maestras similares a las que ochenta años después consideramos como tales, gracias tal vez a la pátina con que nuestra cinefilia mitómana las ha revestido: Historia de un matrimonio, conmovedora disección de una pareja que logra atrapar en cada uno de sus fotogramas, los entresijos del dolor que yacen en la amputación sentimental que acompaña a cada proceso de divorcio; Joker, la deconstrucción genial del mito de Batman a través de la explicación de su némesis a la que uno asiste entre los escalofríos de la herida instalada en la carcajada de Joaquin Phoenix; y 1917, prodigio técnico de planificación del que uno se olvida en el instante en que se sube a la aventura de los dos jóvenes soldados y la asume como propia, acostumbrados como estamos a asistir al espectáculo de nuestra propia vida en un único plano secuencia que creemos dirigir sin conocer en realidad el momento de la llegada del corte final.




lunes, 13 de enero de 2020

SÁNCHEZ


La coherencia es un valor desconocido para la clase política que nos ha tocado padecer. Mi abuela solía decir “como no soy río, me vuelvo” y aunque nunca supo de Heráclito, su filosofía de andar por casa parecía inspirada por las conclusiones a las que el “Oscuro de Éfeso” llegara siglos atrás, cuando afirmó que nada es permanente a excepción del cambio, definiendo así a la perfección el comportamiento de Pedro Sánchez, ese estadista. Para huir de la crispación instalada en el ambiente y de palabras gruesas como embuste, fraude o felonía es más conveniente para el espíritu concluir que el séptimo presidente de nuestra democracia ha hecho de la contradicción un arte, lo cual ya se venía venir en este adalid de la lucha contra el cambio climático que viajaba en falcon a la vuelta de la esquina. Metido en su particular concepto de la lógica, Heráclito sostenía que todo es y no es al mismo tiempo, y eso debió pensar nuestro líder cuando no habiendo querido pactar en su día con su futuro vicepresidente por no acabar como la Venezuela de las cartillas de racionamiento, se abandonó en sus brazos cuando vio peligrar la poltrona, soñando con alcanzar de su mano, la justicia social.

Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos, decía el verso de Neruda que sin duda leyó Sánchez para inspirar este viraje, lo cual es comprensible si no fuera porque ese entonces, en el caso de nuestro Pedro, fue solamente antes de ayer. Es cierto que el flamante jefe de gobierno ha batido todos los registros en el incumplimiento de sus promesas electorales pero también lo es que ha tenido excelentes maestros en esa tradición. Felipe González llegó al poder cabalgando sobre un furor antiatlantista que terminó en referéndum con pregunta capciosa en el que pidió el sí a la OTAN, con el chantaje emocional incluído de su posible dimisión si fracasaba en ese empeño. Los ochocientos mil puestos de trabajo anunciados en el programa que le llevó a la Moncloa constituyen una cifra mágica que todavía resuena en los oídos de los ochocientos mil nuevos parados que en realidad generó su política económica durante su primera legislatura, todo lo cual no evitó que el pueblo refrendara su gestión con dos mayorías absolutas más. 

En 1996, José María Aznar alcanzó la presidencia del gobierno y todas las críticas que había vertido con anterioridad sobre las cesiones de González a los partidos nacionalistas se quedaron en la recepción del Hotel Majestic en cuyos salones se firmó el pacto de gobierno con Convergencia que Pujol llegó a calificar como más beneficioso para sus intereses que el alcanzado tres años antes con los socialistas. El cénit de la desfachatez en la historia de la incongruencia política llegó dos años más tarde, cuando el mismo Aznar que hizo de la guerra sucia el centro de su labor de oposición, indultó desde el gobierno a los dirigentes socialistas condenados por las actividades de los GAL, permitiendo su salida inmediata de prisión. En las elecciones generales del año 2000, al pueblo español debió parecerle todo correcto pues otorgó al Partido Popular su primera mayoría absoluta.

La era Zapatero fue también prolija en contradicciones y bandazos que el mago del talante prodigaba con la sonrisa en los labios y el sofisma en el discurso. El mesianismo que acompaña a todos los debutantes en el cargo le llevó a pretender resolver los problemas vasco y catalán a un tiempo, y en ambos avisperos se dejó parte de su credibilidad. La culminación de tanto artificio fue el encubrimiento de la crisis financiera de 2008 y lo hizo con tal eficacia que el electorado volvió a renovar un mandato que acabó en  congelación de los salarios públicos y las pensiones que había prometido subir en campaña. Mariano Rajoy le afeó con dureza el que calificó como recorte social más grande de la historia y en las elecciones del 2011 aseguró que su gobierno jamás se cebaría con las personas más indefensas, las que habían contribuido con el esfuerzo del trabajo de toda una vida al bienestar y al progreso general. Una vez conseguida la mayoría absoluta, olvidó todas estas consideraciones y para maquillar su desvergüenza, subió las pensiones un raquítico 0’25 % lo que en realidad equivalía a bajarlas por la pérdida de poder adquisitivo que ello suponía respecto al IPC. Un trabajito rutinario para quien habiendo acusado a ZP de traicionar a los muertos durante la negociación con ETA, cuando se vio en la Moncloa, continuó con la misma política antiterrorista que había criminalizado en su oponente.

Todo cambia, nada es. Lo único inmutable en materia política es la inconsistencia de la palabra dada, sobre todo si está en juego la permanencia en el poder. La historia de nuestra democracia nos enseña que los heraldos del apocalipsis que estos días andan soliviantados anunciando catástrofes deberían esperar a que se produzca el enésimo giro teatral de este oxímoron andante recién investido. Es muy probable que el otrora defensor escrupuloso de la legalidad en Cataluña, que abomina hoy de la judicialización del conflicto político, aparezca en la mesa de negociación con Torra disfrazado de monarca constitucional. Es lo que hemos votado a pesar de que ya estábamos avisados de esta esquizofrenia. Se acerca el carnaval.


viernes, 27 de diciembre de 2019

NAVIDAD SIN SOL


It’s christmas time. Navidad de bombillas y atascos, de muecas y gritos en televisión. Navidad anglosajona de noeles, atracones y euforia por decreto, el placebo del consumismo funcionando a toda máquina con la excusa de un recién nacido que vino al mundo en la indigencia. Mientras encargamos el cordero y congelamos el marisco para los días clave, el banco de alimentos nos permite engañar a la conciencia ingresando en sus arcas unos kilos de arroz.

La felicidad de nuestras pascuas depende de atravesar estas fechas con la miopía de la saciedad en la mirada, las injusticias de nuestro entorno aplazadas gracias a un rutilante velo de espumillón. Ayuda mucho cultivar los ritos ancestrales, despilfarrar en lotería creyendo que en la quimera de un décimo premiado puede hallarse la dicha, sepultar bajo una montaña de regalos la intolerancia a la frustración de nuestros hijos, sacar al abuelo de la residencia para que al menos por una noche, no le abrase el frío de la soledad.

Colocamos con boato el nacimiento en el lugar principal de nuestras casas y repitiendo la historia que el pesebre conmemora, ignoramos al sintecho, al inmigrante, al marginado. Deberíamos escuchar villancicos en agosto por ver de mantener nuestro sentido de la solidaridad en otras épocas del año y no sería malo que los Reyes Magos nos visitaran cada fin de semana para que la bondad impostada que aprendimos desde niños, siga maquillando nuestro egoísmo en la edad adulta, el narcisismo y la limosna conviven sin complejos  para seguir alimentando la hipocresía de la sociedad.

Afortunadamente, el sistema se ocupa de alumbrar el vecindario para que la profusión de luces nos haga mirar hacia arriba y nos impida fijarnos en la corrupción que repta entre el muérdago y el acebo. Los informativos también contribuyen lo suyo al encubrimiento y las noticias sobre la llegada a las casas de un fantoche lapón dejan para después de las fiestas los escándalos cotidianos, los periodistas de tribunales han trasladado su guardia a la puerta del mercado para preguntar a las amas de casa por el precio abusivo de las compras de última hora. Cuando por fin has conseguido olvidar la última traición del gobierno a sus promesas electorales, te asalta un anuncio de unos grandes almacenes en el que se tararea una absurda cancioncilla sobre un elfo y comprendes que todo está perdido. 

A los escasos lectores que hayan llegado hasta aquí resistiendo la tentación de cambiar de pantalla para dejar atrás el enésimo artículo contra la Navidad, quiero desearles un feliz solsticio, a pesar de todo. La traslación de la tierra alrededor del sol es un motivo de celebración más a tono con los tiempos que nos ha tocado vivir. 



miércoles, 4 de diciembre de 2019

LA PROHIBICIÓN




Antes de la prohibición, Las Ventas era mi casa, su andanada, mi atalaya, el privilegiado balcón desde el que me asomaba, cada tarde, a la alegría. Solía llegar a la plaza unos veinte minutos antes de la corrida, el tiempo necesario para degustar los ambientes dispares que se encerraban en el añorado microcosmos de un coso taurino. Me gustaba entrar por la puerta del desolladero y demorarme en el patio de arrastre unos momentos, consultando la tablilla donde se exponía la relación de toros aprobados y su orden de lidia. Si el día era bueno, resultaba una delicia dejarse acariciar un instante por el sol que se filtraba por entre las hojas de los árboles, mientras contemplaba los azulejos que allí mismo recordaban la gloria de las ganaderías triunfadoras en las ferias pasadas. En ese lugar, reconvertido ahora en la terraza triste de una franquicia de hamburguesas, se hallaban las dependencias donde los destazadores harían más tarde su trabajo sobre las reses lidiadas, y por allí acostumbraban a llegar a la plaza los que eran algo en el mundillo taurino, los aficionados de postín y el último famoso televisivo que aún acudía sin complejos a las corridas, para ser visto disfrutando del espectáculo de moda.


Después de mezclarme con ellos en el patio, me gustaba cambiar la luz por la penumbra de la amplia galería principal, superar los empujones de la gente que competía por recoger el programa de mano de esa tarde y echarle un primer vistazo antes de caminar sin prisa por los bajos del tendido diez, compartiendo espacio con los abonados más pudientes. En la barra del bar del uno, justo donde hoy puede usted comprar el último terminal de telefonía móvil que haya salido al mercado, el político de turno encendía su veguero de veinte euros con la misma displicencia con la que apenas unos años después contemplaría el asesinato de la fiesta. Después era el momento de rendir pleitesía a Manolo Vázquez y a Pepe Luis, a Paco Camino y a su majestad el Viti, al paso por las paredes que guardaban su recuerdo azulejado, hoy vencido por la acción de la piqueta insensible e incapaz de respetar el pasado, siquiera como vestigio kitsch. Si había alguna exposición interesante en la Sala Bienvenida o en la Sala Antoñete, allí donde ahora dos restaurantes de comida rápida ocultan la memoria de los ídolos más queridos de la afición de Madrid, la visita era obligada no sólo por la mayor o menor calidad de las obras allí dispuestas sino por la oportunidad de sustraerse unos instantes al tumulto de los pasillos atestados y a las voces estridentes de los vendedores de almohadillas y así hallar la paz, por ejemplo, plantado frente a una fotografía en blanco y negro de Ava Gardner hermoseando la plaza desde una localidad de barrera.


De regreso al bullicio, tocaba ascender por la escalera hasta llegar a la claridad magnífica de la galería que daba acceso al tendido alto y allí era inevitable salir a contemplar desde la terraza el gentío de última hora que apretaba el paso con la inquietud en el rostro ante la perspectiva de perderse el primer toro o caminaba con parsimonia si se trataba de un abonado conocedor de los caminos hacia su lugar en el olimpo. Ya en los últimos tiempos surgían en esos miradores, chiringuitos premonitorios de la actual devastación, pero aún confiábamos en que la esencia taurómaca del templo permanecería intacta mucho tiempo. Después había que afrontar los últimos tramos que conducían hacia la grada, lugar adecuado para tomar aire un momento y descansar levemente las rodillas desgastadas por la edad. Aún no habían sido construidas las escaleras mecánicas que hoy permiten alcanzar la cima en un par de minutos, para acceder al inmenso hipermercado en que la convirtió la reforma ganadora del concurso de ideas convocado a toda prisa para acabar con nuestros sueños e impedir que un posible cambio político diera marcha atrás al latrocinio perpetrado con el emblema de la fiesta. El receso era breve, pues el influjo de la localidad reservada en el paraíso imantaba ya los pasos hacia el doble portón en cuyo dintel figuraba la leyenda ANDANADA 9ª, hasta que aquellos muros fueron derribados por exigencias de la construcción de la cubierta del moderno centro comercial que desterró del lugar la lidia de reses bravas para siempre. 



Antes del cambio legislativo que provocó el desafuero, el cénit del día llegaba en el momento exacto en el que se atravesaba la bocana de aquel gallinero excelso y uno se dejaba cegar un instante por la inmensidad del escenario, contemplando el panorama espléndido de la conjunción entre la arena rutilante, el público miniado sobre la piedra y el cielo por horizonte. El último trayecto consistía en caminar los metros restantes procurando no tropezar con las espaldas de los habitantes de la delantera, saludar cortésmente a las caras conocidas que salían al paso y encaramarse por fin a la localidad nº 9 de la primera fila, tratando de encajar de la mejor manera la propia anatomía con las piernas del espectador de atrás, en armónico y acostumbrado puzle si era el abonado de siempre o en incómoda pugna si tocaba soportar a un visitante ocasional poco avezado. Desde aquel trono en peligro, a despecho del frío de la primavera temprana o de los rigores de la canícula estival, el verdadero aficionado encontraba la felicidad sólo con paladear la ilusión encerrada en cada paseíllo, abandonado al bienestar de comprobar que allí abajo todo estaba en orden, que su mundo seguía intacto entre los últimos retoques de los areneros, el tiempo detenido mientras esperaba a que los alguacilillos completaran su habitual ceremonia, y el presidente sacara el pañuelo blanco para dar comienzo al espectáculo. Nada era capaz de igualar aquel deleite aunque después la corrida se deslizara por el territorio de lo anodino. Si además alguna tarde insospechada, un hombre citaba a un toro bravo en la distancia, con naturalidad y en el sitio, y aparecía el milagro del toreo, la conmoción era inigualable.



De todo aquel esplendor, sólo queda la fachada. La monumentalidad neomudéjar que hace más de un siglo ideara Gallito para que accedieran al rito las clases más humildes, el mágico entorno que permitía al campo invadir la ciudad por unas horas, el coliseo único donde la vida y la muerte se citaban con la belleza y la armonía, sirve ahora exclusivamente al capital. Antes de la prohibición, Las Ventas era mi casa, su andanada, mi atalaya, el privilegiado balcón desde el que me asomaba, cada tarde, a la alegría.





viernes, 8 de noviembre de 2019

VOTAR EN BLANCO


Octubre de 1982. Un quinceañero de provincias recién afincado en Madrid se lanza a las calles para vivir sin intermediarios el último día de la campaña de las elecciones generales de ese año. De haber podido votar, hubiera elegido al PSOE, que tiene previsto celebrar a partir de las seis de la tarde, un mitin-fiesta en la explanada situada frente a la facultad de Biología de la Complutense, con Serrat y Miguel Ríos amenizando la espera al medio millón de personas que se congrega para escuchar a Felipe, su melodía hipnótica a punto de convertirse en el himno de casi el cincuenta por ciento de aquel electorado. Por entonces, antes de que el referéndum de la OTAN ponga el primer acorde disonante de una larga sucesión de promesas defraudadas, la cantinela suena entonada todavía, pero esa tarde, quizá intimidado por el desafío de atravesar la gran ciudad desde el barrio que es su nuevo entorno desde hace sólo quince días, el joven desiste de alcanzar la ciudad universitaria a pesar de los cantos de sirena de sus artistas preferidos y su audacia sólo le alcanza para moverse por los alrededores del barrio de Salamanca, donde tres fuerzas políticas destinadas a ser minoritarias celebran sus actos de final de campaña.    

La afición taurina del muchacho le lleva en primer lugar a la plaza de las Ventas en donde el Partido Comunista de España ha convocado a las siete de la tarde, otro mitin-fiesta cuya intervención principal correrá a cargo de Santiago Carrillo. Por los pasillos del templo taurómaco que hoy sus herederos pretenden clausurar, reverberan las voces de los entusiastas que gritan “aquí se ve la fuerza del PCE”, y el ritmo frenético de esa consigna que no refrendarán las urnas, le lleva en volandas hacia el ruedo abarrotado en el que la voz dulce y profunda de Mercedes Sosa intenta ser un bálsamo de consuelo por anticipado de la debacle electoral que se avecina. La intervención del viejo líder comunista se retrasa respecto a las previsiones y el joven, ansioso de no perderse otros escenarios, no lo llegará a escuchar en la que será la última ocasión de contemplar a Carrillo en tales lides, antes de que el destinatario de su primer voto en elecciones generales lo expulse del partido.  

Una vez fuera del coso, el chico camina calle Alcalá arriba y al llegar a la Plaza de Manuel Becerra, advierte bullicio en la puerta del cine Universal, donde Unión de Centro Democrático reúne a unos fieles que ante los catastróficos vaticinios de las encuestas gritan con un fervor encomiable “ni Fraga, ni Felipe, UCD repite”. El abarrotado local sólo le permite intuir en el estrado la esfinge de Calvo Sotelo, que intenta vender su labor de presidente en funciones negando el ruido de sables que todavía resuena en la democracia incipiente. Aún queda por intervenir Landelino Lavilla, pero el carisma del presidente del Congreso que protagonizará una caída en votos y escaños no igualada todavía, no logra retener al muchacho, su intención puesta en ganar un asiento en otro cine cercano, el Salamanca, donde Adolfo Suárez le hace la competencia a sus antiguos compañeros de partido. Acortando por Hermosilla, llega a Conde de Peñalver y delante de la pantalla en la que al día siguiente se seguirá proyectando “La colmena”, consigue atisbar a Suárez desde el gallinero, y escuchar sus palabras apresuradas de excusa por la brevedad de su discurso ya que debe salir inmediatamente para Ávila, en donde tendrá que hacer frente a las cartas que se están repartiendo en su provincia de origen, propagando el bulo según el cual ha decidido retirarse de la pelea electoral con el fin de no perjudicar aún más el voto de centro. Las emociones de la tarde acaban con las fuerzas y el espíritu aventurero del muchacho que abandona su idea inicial de rematar la noche en la Plaza Mayor, donde el periódico cuenta que Alianza Popular va a celebrar también un mitin-fiesta en el que intervendrá el candidato Manuel Fraga precedido de varias actuaciones entre las que destacan las de Jaime Morey y Mari Carmen y sus muñecos, precedidos por el bizarro casticismo de una rondalla de la tuna.

Treinta y siete años después, el entusiasmo ha cedido. El joven ya no existe, el cincuentón permanece recordando aquellos tiempos que no eran mejores pero sí más puros, los grupos políticos que hicieron la transición todavía nimbados por un halo de virginidad que la corrupción se encargaría de desmentir en cuanto tocaron poder. Entonces no había debates inútiles para monologar sobre consignas, ni redes sociales que manipularan la opinión, el sentido común aún no perecía a diario por incomparecencia de la verdad. Entonces se votaba convencido de que las ideas servían para cambiar el mundo, estrenábamos la ingenua sensación de influir con el sufragio en el futuro. Hoy se asiste a la campaña permanente con un hastío irrefrenable, la prepotencia gubernamental instalada en la mentira, la oposición cambiando sus principios al dictado del viento electoral, los populismos varios cabalgando la impostura, los nacionalismos felones aprovechándose de tanta vacuidad. Me gustas cuando votas porque estás como ausente, decía un poema satírico parafraseando el verso de Neruda. La antigua emoción de construir la democracia yace tristemente reducida a votar sin esperanza, con la fe puesta en que el resultado de las urnas no amenace demasiado el porvenir.