viernes, 10 de diciembre de 2021

CUENCULTURA



Cuenca. Festividad de todos los Santos. En los alrededores de la Iglesia de San Pedro, a la luz del crepúsculo, se arraciman varias docenas de conocedores del secreto. La asociación “Cuenca, ciudad de música” ofrece la interpretación del Réquiem de Mozart, a través de la versión de Czerny para piano a cuatro manos dirigida por Ignacio Yepes. El ambiente creado a partir de la distribución circular del público en la sala, la intimidad de la escenografía lumínica dispuesta y la maravillosa música de Mozart, esculpen momentos inolvidables por medio de las dieciséis voces del coro que brillan especialmente en el fragor del “Dies irae”, elevan al cielo de la cúpula de Martín de Aldehuela el estremecimiento del “Confutatis” y entonan el “Lacrimosa”, con delicadeza de orfebre.

Acontecimientos como éste se suceden en Cuenca casi de incógnito, sin apenas promoción oficial ni repercusión posterior más allá de las redes sociales, sin la adecuada reflexión crítica que debería acompañar a cada uno de los eventos que proliferan en nuestra ciudad, con el fin de convertirla de una vez para siempre en una verdadera potencia cultural. En el último año han pasado por el Auditorio tres de los más importantes montajes teatrales del panorama nacional y los ecos de tanta grandeza no trascendieron más allá de los afortunados que asistimos a la belleza de las Divinas Palabras de Valle pasadas por el talento escénico de José Carlos Plaza, al atrevimiento transgresor de Miguel del Arco poniendo patas arriba el Ricardo III shakespeariano y a la divertidísima propuesta de Sergio Peris-Mencheta que convirtió los Castelvines y Monteses de Lope en una fastuosa comedia musical.

A pesar de tropiezos incomprensibles como la cancelación de la Semana de Música Religiosa de 2021, cuya ausencia convivió sin embargo con el concierto de las terrazas de los bares, la vida cultural de Cuenca goza de buena salud y de vez en cuando surge el milagro de la belleza en una exposición cualquiera como la de Alberto Corazón que todavía puede disfrutarse en la Fundación Antonio Saura, o en el quejido de Juan Perro, derramando su cantar filosófico sobre la hoz asombrada, o en la posibilidad de contemplar de madrugada un insólito programa doble compuesto por Barry Lindon y Muerte en Venecia en la maratón cinematográfica que ofreció el Cine Club Chaplin, con motivo de su cincuentenario.  

Los lunes culturales de la Catedral, las conferencias de los martes en la RACAL, las sesiones cinematográficas de los miércoles en el Chaplin, son abrigos espirituales que nos ayudan a pasar la travesía del invierno con la certidumbre del calor que el arte es capaz de proporcionar cuando a través de sus ficciones, nos permite llegar a la verdad.
 
Recientemente, se concedió por la UNESCO la condición de Patrimonio de la humanidad, al Paisaje de la Luz madrileño establecido entre el Parque del Retiro, el Jardín Botánico y el Triángulo del Arte configurado por el Prado, el Thyssen, y el Reina Sofía. Nuestro casco histórico ha cumplido ahora sus bodas de plata en el exclusivo club de las ciudades patrimonio y por fin la ciudad parece haber escapado de la sensación de ser siempre el pariente pobre en los actos anuales de conmemoración de la pertenencia a este G-15 de la excelencia patrimonial. Debemos pregonar sin complejos la fortuna de poder convivir en unos centenares de metros no ya con un triángulo sino con un pentágono de cumbres del arte moderno nacional, la mayor concentración de espacios dedicados a la vanguardia escultórica y pictórica que imaginarse pueda en España, en glorioso contraste con la posibilidad de disfrutar en el centro de la figura de los vestigios del gótico más antiguo de Castilla en la Catedral de Santa María y San Julián. El Museo de Arte Abstracto, la Fundación Antonio Pérez, la colección Roberto Polo, la casa Zavala y el Espacio Torner, llevan a cabo su labor con la sordina que les imponen unas autoridades demasiado tibias a la hora de destacar para el mundo, su importancia y su singularidad. 

Nos cuesta transmitir nuestra grandeza. La humildad de nuestra dimensión es compatible con el realce del tesoro que albergamos, aunque sea Resines el que lo propague. Vale.





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