En estos tiempos de ruido y furia en los
que nadie está interesado en hallar luz en el conflicto de turno, el tema
preferido para la discusión grandilocuente y el griterío sin sentido suele ser
la tauromaquia, que exacerba las opiniones de los contendientes sin que exista
posibilidad alguna de entendimiento entre los bandos. En este mismo medio,
cualquier artículo o noticia que se refiera al espectáculo taurino provoca
comentarios enconados en los que se vierten acusaciones gravísimas contra los
que buscamos la belleza en la pelea entre el hombre y el toro. Y es que tratar
de convencer a un animalista sobre la excelsitud del placer que puede provocar
una media verónica en la sensibilidad del aficionado es un imposible metafísico
de igual magnitud que persuadir a un servidor sobre las bondades de los
tanatorios para mascotas. El amante de las corridas de toros asume el dolor del
animal porque lo considera una parte natural de la existencia como lo es la muerte,
armazón sobre el que se construye la representación taurómaca que puede ser cruel,
como la vida. Y no hay metáforas que puedan empatizar con el discurso animalista,
incapaz de soportar ese lenguaje entre el toro y el torero, el diálogo sobre el
que el taurófilo construye una historia de sacrificio y grandeza y en el que
algunos sólo ven barbarie.
El desencuentro entre ambos mundos y los
derroteros de una sociedad infantilizada y hedonista, cada vez más narcotizada
contra el dolor que hace crecer, nos conducen a un futuro en el que el
proselitismo taurino parece una quimera. Pero no lo es en Cuenca. A los que
constantemente me cruzo en el camino y me compadecen diciéndome que esto se
acaba les hablo de la Feria de San Julián, un acontecimiento que llega a reunir
a ocho mil almas en una plaza de toros y les reto a que me ilustren sobre algún
otro espectáculo de pago que congregue a lo largo del año a semejante gentío en
mi ciudad en una sola jornada. La feria taurina de Cuenca es un milagro que
financian nada menos que cinco mil abonados, el diez por ciento de la
población, el equivalente proporcional a que la Plaza de las Ventas tuviera más
de trescientos mil abonados o la Maestranza, setenta mil. Cinco mil aficionados
que se dejan seducir cada año por la promoción inteligente de un empresario
audaz que en la ciudad habitualmente ayuna de proyectos interesantes de negocio
genera un impacto económico calculado en torno a los dos millones de euros.
Los cinco mil ciudadanos que sustentan
esta fuente de riqueza para nuestra tierra siguen considerando a la lidia de
reses bravas un espejo ético en el que mirarse mientras los tildan de amantes
de la tortura. Son cinco mil ciudadanos que no están dispuestos a transigir con
la falacia del animalismo que pretendiendo aplicar categorías humanas a nuestra
convivencia con los animales, persigue hacer pasar por inmorales valores ejemplares
que a menudo inspiran los comportamientos que suceden en una plaza de toros, la
gallardía, el afán de superación, la solidaridad, el coraje, la natural
convivencia con el dolor y la muerte. Se suceden a nuestro alrededor
iniciativas espurias que aprovechando una coyuntura política puntual declaran
antitaurina a una ciudad en la que sin embargo se celebran con normalidad
corridas de toros para los que quieran disfrutar de la libertad que aún les
queda, asomándose a los tendidos de una plaza. En Cuenca, ciudad taurina, de
momento nadie se atreve a robarnos la ilusión que mueve nuestros pasos cuando
bajamos por la Avenida de los Reyes Católicos, y tras saludar al maestro
Chicuelo, nos citamos con la alegría en la andanada, donde más cerca estamos de
tocar el cielo si es que esa tarde no lo impide el agosteño chaparrón, el toro
comparece en el ruedo con pujanza y a Morante se le ocurre estirarse al natural
acordándose de su antiguo esplendor.
Un sabio francés, Jacques
Cousteau, símbolo del ecologismo de nuestra infancia, sentenció que “solamente
cuando el hombre haya vencido a la muerte y cuando lo imprevisible haya dejado
de existir, morirá la fiesta de los toros y con ella, el reinado de la utopía y
el dios mitológico encarnado en el toro de lidia derramará en vano su sangre en
la alcantarilla de un matadero lúgubre”. El ecologismo del momento nos llama
asesinos por proclamar a los cuatro vientos nuestra pasión, ignorando que el
verdadero maltrato consiste en tratar a un animal de manera distinta a la que
exige su naturaleza. Feliz Feria.
La primera imagen que guarda mi memoria cinéfila es
la del hoyuelo de Kirk Douglas agonizando en una cruz situada en un paisaje
nevado donde a la vez se proyecta la sobrecogedora escena de la muerte de la
madre de Bambi. En este tipo de sesiones de terapia que era el cine con el que
crecimos nos aparcaban nuestros padres para que nos fuéramos acostumbrando
a las asperezas de la vida. Me consta que alguno de mis contemporáneos aún no
se ha recuperado de estos golpes de efecto que solía prodigar Disney entre las
dosis de almíbar con que componía sus películas y desde entonces vive
confundido en su particular libro de la selva desde el que le habla a su perro
esperando contestación.
BAMBI
Los efectos secundarios de nuestra
cinefilia tienen su origen en las sesiones de tarde de los sábados ante el
televisor, cuando todavía no existían videojuegos suficientemente atractivos
para competir contra el Dardo prodigando acrobacias mientras enamoraba a
Virginia Mayo, ese tiempo magnífico en el que era imposible hallar mayor
diversión a lo largo del día que contemplando a Harpo Marx colgando su pierna
en el brazo del interlocutor estupefacto. Si alguna de esas tardes era de
verano y nuestros padres nos recluían en el cuarto de la siesta, la estancia en
la celda no era tan tediosa si podíamos imitar a Steve MacQueen haciendo
rebotar su pelota de béisbol contra la pared.
EL HALCÓN Y LA FLECHA
Tampoco es que uno fuera el niño de “Cinema
Paradiso” pero no había mejor manera para mitigar la melancolía de una tarde de
domingo que acudir al Cine Alegría, donde se ensanchaba el espíritu con sólo pronunciar
su nombre, o aferrarse a la dura butaca del Cine Avenida para meterse entre
pecho y espalda “Orca, la ballena asesina” y “Pánico en el Transiberiano”,
provisto de un arsenal de regalices y gaseosas para poder aguantar semejante
programa doble. Aún recuerdo salir del Cine Xúcar en una nube tras el impacto
provocado por la contemplación de Olivia Newton-John desde la penumbra de la
fila dos, y si entorno los ojos todavía puedo recordarme junto a mis amigos
remedando la forma de andar de John Travolta después de ver “Grease” por
tercera vez. En el trayecto hacia nuestras casas, íbamos cantando en nuestro absurdo
inglés inventado las canciones del musical por Carretería con el cine España de
testigo, sin sospechar que su sala nos acogería poco después en veladas menos
inocentes no toleradas para menores.
No
faltaría mucho desde aquel momento para que las historias de amor dejaran de
ser imaginarias y sin embargo algo fallaba en la prosaica realidad porque los
besos no venían acompañados de banda sonora e inevitablemente añorabas el vértigo entre Scottie y Madeleine en el
abrazo que dabas a tu chica. La herida del cine provoca fenómenos extraños
cuando por fin recorres los escenarios que antes sólo habías visto en la
tele del cuarto de estar y eres capaz de divisar con nitidez la imagen de Gene
Kelly bailando en la orilla del Sena e incluso puedes sentirte Cary Grant por
unos minutos, degustando en vano la secreta esperanza de encontrar a Deborah
Kerr cuando el ascensor llega por fin al último piso del Empire State. Si
cierta inquietud recorre tu anatomía cuando adviertes a tu alrededor una
excesiva concentración de pájaros, o desde que viste Tiburón sientes algo de
resquemor al adentrarte en el mar más allá de la boya, estás enfermo de cine,
un mal que puede llegar a ser preocupante si el impacto de "La invasión de
los ladrones de cuerpos" te ha hecho odiar el repollo para siempre.
VÉRTIGO
A cambio, el cine te regala definiciones
perfectas de la hipocresía en “Plácido”, del desamor en “El apartamento”, del
desamparo en “Ladrón de bicicletas”, de la ingratitud en “Luces de la ciudad”, obras
maestras que te abrigan bastante cuando se trata de entender el mundo y su intemperie.
Si la depresión inunda tu vida, no hay mejor tratamiento que abandonarse a la
alegría de “Cantando bajo la lluvia”, si tienes dudas sobre qué es la lealtad
es preciso pasar la tarde revisitando “El hombre que mató a Liberty Valance”.
LADRÓN DE BICICLETAS
Siempre nos quedará París, y la
posibilidad de ver “Casablanca” una vez más, ese clásico inmortal que te lleva
a un café de ensueño en donde un perdedor rumia su cinismo entre los actores de
la segunda guerra mundial hasta que el pasado le visita en forma de mujer y le
recuerda que con ella fue feliz aunque el mundo se desmoronara. Su blanco y
negro resplandeciente te coge por las solapas en cada revisión y no te suelta
hasta que Bogart descubre sus cartas y pone sus ideales por encima del amor de
su vida. Pero lo que hace de esta película una obra casi milagrosa es que
aunque la veamos cien veces, siempre guardaremos la íntima esperanza de que poco
antes de la última secuencia, Ilsa regrese de entre la bruma y se acabe
quedando con Rick.
Mientras
en el parlamento se discutían los argumentos de la moción de censura que Pedro
Sánchez planteó contra el gobierno de la nación, Mariano pasó la tarde en el
bar. En su escaño, el bolso de la vice como símbolo del desprecio a la sede de
la soberanía popular. Por la mañana, Rajoy había comparecido en la tribuna con
una relajación extraña, como si no se jugara la presidencia, esclareciendo con
su particular gracejo galaico las contradicciones de los apoyos del candidato.
En el hemiciclo todavía quedaba el eco de las palabras del aspirante ofreciendo
la retirada de la moción si el presidente dimitía pero en la sobremesa de la
última tarde de Rajoy degustando los estertores del mando, el más futbolero de
nuestros dirigentes analizaba la situación con la ayuda inesperada del VAR.
En las
pantallas que la nueva tecnología puso a su disposición, se repetían
incansablemente las últimas jugadas políticas acaecidas en el campeonato de la
incoherencia, y Mariano permanecía absorto ante la imagen en bucle del PNV
apoyando sin fisuras la moción, intentando descubrir en la moviola si las
cámaras habían conseguido captar la mano en el área del defensa euskaldún en el
momento de recibir las treinta monedas de plata grabadas a fuego en los
presupuestos de Montoro.
En otra de las televisiones, la realización se obstinaba en trazar la línea del
fuera de juego y los contertulios que rodeaban a Mariano vociferaban
denunciando la posición antirreglamentaria de aquellos que en sus declaraciones
pasadas hicieron protestas solemnes sobre su escaso apego por el poder, al
tiempo que desmentían su propósito de contar con apoyos independentistas para
acceder al gobierno, anunciando con la boca pequeña un compromiso con la
convocatoria inmediata de elecciones que olvidarían a la semana siguiente de
instalarse en la poltrona.
En el
VAR del PP se había conseguido captar una toma en la que se veía a Pedro y a Pablo paseando por los pasillos del Congreso en animada conversación sobre los
cargos a repartir. A pesar de que ambos se llevaban la mano a la boca para
dificultar la labor de los avezados lectores de labios a sueldo del presidente,
los expertos certificaron que el terrateniente de Galapagar habría podido decir
algo parecido a "por lo menos me darás los telediarios", hipótesis
que la realidad se encargó de confirmar semanas después cuando los esbirros peperos
en el consejo de la televisión pública fueron sustituidos por lacayos
podemitas, perpetuando así la veterana institución del comisariado político en
la caja tonta.
Mientras
los asesores se desgañitaban denunciando el juego sucio de la oposición,
Mariano se solidarizaba con De Gea y convertía su tradicional tancredismo en el
último servicio a su partido. El patriotismo que pedía el momento exigía pactar
nuevas elecciones, una altura de miras necesaria para devolverle la voz al
pueblo y buscar un gobierno fuerte de cualquier signo con el cual evitar la
sempiterna dependencia del nacionalismo. Pero Rajoy prefirió que gobernara su
censor antes que arrostrar el riesgo de dejar de ser la fuerza hegemónica de la
derecha. La jugada buscaba ganar tiempo para recomponer el gesto de cara a la
cita electoral de 2020 y le cambiaba el paso a Ciudadanos, completamente
desubicado al ver desvanecida la cercana perspectiva de tocar poder que
cantaban las encuestas. Tras la fachada de las críticas de los Hernando de
turno a la mayoría Frankenstein que se avecinaba, el PP asumía el mal menor de
un reforzamiento de las posiciones socialistas, con el propósito de volver a
medio plazo al bipartidismo perpetuo, un sagastacanovismo de nuevo cuño apenas
matizado por diferencias cosméticas entre las políticas de uno u otro partido,
tremendamente útil para ir colocando a todos los profesionales de la política
que esperaban su momento como modernos herederos de los cesantes de la época
decimonónica.
Desde su
retiro dorado en Santa Pola, al nuevo registrador le llegaban noticias de un
gobierno conformado por tecnócratas de confianza para tranquilidad de las
exigencias del sistema, a cuyo frente el candidato que le llamó indecente en un
debate electoral sonreía complacido con el aura del poder maximizando su
habitual fotogenia. Mientras Mariano examinaba la primera escritura de la
mañana, su sustituto en la presidencia se disponía a aplicar con una mano los
presupuestos de la derecha y a desenterrar con la otra los huesos del dictador.
Después de apoyar sin fisuras la aplicación del artículo 155, el presidente
florero revisita el diálogo con aquél a quien llamó racista, siguiendo la senda
que ya transitaron González cuando torpedeó el asunto Banca Catalana y Aznar
cuando firmó con Pujol el pacto del “Majestic”, Zapatero con su promesa de
aceptar cualquier estatuto que viniera de Cataluña y Rajoy con la operación de
apaciguamiento que Soraya ejecutó con el acierto que la caracteriza. En la
fuente de Antonio y Guiomar, dos próceres insospechados posan buscando un nuevo
aplazamiento del problema, hasta que los niños adoctrinados en las escuelas
catalanas alcancen la edad para votar. Españolito que vienes al mundo te guarde
Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón.
La semana torista es el último tramo de la feria de
San Isidro que el aficionado acoge como el necesario bálsamo con que mitigar
las heridas causadas en nuestro ánimo durante las fechas anteriores por el
toreo barato practicado al toro dócil. En esta fase final, en la plaza se hace
presente el toro encastado, el que la crítica adicta llama decimonónico, el que
no admite una faena preconcebida sino que un hombre se ponga a cavilar, solucione
sus problemas y domine al animal. En esta bendita semana, desaparecen de los
carteles los que se llaman poderosos y huyen del toro que demanda poder, se
esfuma del ruedo el toreo superfluo que el toro fiero no consiente, y se
desvanece de la plaza el ambiente lúdico de las tardes de lujo porque abajo en
el ruedo, el peligro latente trasciende a la grada.
En las tardes de atragantón y tarascada a nadie se le
ocurre traer a la arena la receta de la agria fritanga del toreo moderno. El
toro de respeto elimina de un plumazo los banderazos despegados, las pedresinas movidas, el
circular invertido y las manoletinas de telón. Toda esa bisutería se acaba con
el toro de la última semana, se esfuma cuando un Miura estira el cuello pidiendo
el carnet o cuando la corrida de Saltillo eriza la piel del graderío y la
tensión que provoca su listeza se traslada hasta el último rincón de la
andanada. Son tardes en las que se consulta poco el móvil, donde las conversaciones
giran exclusivamente en torno a las reacciones del toro y la pericia de los
toreros, y los cuatro gatos que resistimos en la piedra paladeamos los
estertores de un combate quizá condenado a desaparecer.
En la semana del adiós a la costumbre de echar la tarde viendo toros actúan los
verdaderos triunfadores de la feria, los que sólo por anunciarse en los
carteles que meten miedo a las figuras merecen honor y respeto más allá del
desempeño de cada cual con unos animales que ya casi nadie está capacitado para
lidiar. Por eso los julianes y los talavantes, los castellas y lopezsimones que
ya esperan la gloria de los jurados de San Isidro, y que en alguna ocasión
naufragaron frente a estos toros vendiendo como gesta lo que debería haber sido
la exigencia cotidiana de su oficio, no quieren volver a verlos ni en pintura.
Por eso en la memoria secreta del aficionado apenas queda rastro de las faenas
que les condujeron a la puerta grande y sin embargo, descansará para siempre en nuestra retina la
lidia maciza de Octavio Chacón a su
lote de Saltillos, la lección de
torería y saber estar que ofrece ante el primero, un toro bravo en el
caballo cuya excesiva vuelta al ruedo final se explica por la extraordinaria
apuesta de Octavio, por la forma en que se templan en su imperial capote las
agrestes embestidas allí donde los peones naufragan, por el curso que da sobre
cómo se coloca un toro en la jurisdicción del piquero. A ese toro, de nombre Asturdero, lo cuaja de verdad por el
pitón derecho, aguantando mucho en el sitio para ligar con emoción y sólo
pierde la oreja porque con una estocada entera en sus entrañas, la casta del
toro dificulta el momento de la puntilla y vende cara su muerte hasta el final. Esa
tarde destaca también Sebastián Ritter,
el torero atolondrado de hace unas temporadas ha adquirido el oficio necesario
para que su gran fondo de valor luzca en cada una de sus intervenciones,
demostrando que se puede cargar la suerte con buena compostura, soportar
parones sin mover un músculo y estar digno en definitiva hasta con el más
complicado de los toros. Esaú Fernández,
por su parte, pierde la primogenitura por las lentejas de esta corrida que no
está capacitado para matar.
Asturdero
El día anterior, Miura
vuelve a Madrid después del fiasco del año pasado, para devolvernos a su imagen
de siempre que desde hace casi dos siglos no es otra que la del toro con poder,
el que derriba las cabalgaduras y crea riqueza en forma de puestos de trabajo
como el del carpintero de plaza, el de la encastada mansedumbre que dota al
espectáculo de la imprevisibilidad tan escasa la mayoría de las tardes. Ese privilegio que las Ventas dejó de atesorar durante una década, un siete desnortado
va a conseguir expulsar de nuevo de los carteles a base de protestar sin pausa
el trapío de un encierro vareado pero en el tipo agalgado y huesudo de la
ganadería, sin que ello le reste un ápice de agresividad a su presencia. La
prueba de ello es que ningún torero de la terna encargada de su lidia se atrevió a dar
el paso adelante hasta que llegó la sorpresa y salió el sexto, que para empezar
se dio un paseo por el callejón tras saltar limpiamente la barrera y luego
cobró lo suyo en un buen tercio de varas de Chocolate. Cuando creíamos que Román iba a tirar las tres cartas ante
la empresa que le esperaba, nos encontramos con un torero transfigurado, que plantea
una apuesta en las antípodas del toreo fácil y alegre pero escaso de oficio que
le hemos conocido casi siempre. Taponero
es su último toro de la feria y lo encara cruzado y muy asentado, muy serio,
siempre en el sitio, pasando al toro incierto con valor y limpieza por
momentos, pero una plaza acostumbrada a jalear sólo al toro fácil que da
vueltas, reacciona con tibieza y todo lo acaba de enfriar un inoportuno bajonazo.
El cinco de junio, en el décimo aniversario de las
cuatro orejas que el José Tomás verdadero cortó en Madrid, volvía a la feria la
corrida de José Escolar, un punto
menos encastada que en comparecencias anteriores, lo cual conduce directamente a
una mayor toreabilidad de la que no se enteró del todo la terna de honestos
profesionales que vinieron con el traje de gladiadores empeñados en plantear
como Rafaelillo una pelea crispada,
cuando al menos un toro en cada lote, permitía otra relajación. Por momentos,
la encontró Fernando Robleño en el
segundo ante el que se estira con gusto por ambos pitones aunque no termina de
redondear la faena entre desarmes y caídas. Bolívar deja escapar el lote de la tarde. El tercero se va sin
torear, por no decidirse a pisar el terreno a su boyantía por el pitón
izquierdo. Le pasa lo mismo con el sexto, el toro de la corrida, Chupetero de nombre, cuya bravura no
tapa en el caballo como sucedió el resto de la tarde y lo deja ver de largo para luego
sólo brillar con la muleta en una buena serie de naturales, pues no se atreve a
seguir en ese son en veinte pases más que son los necesarios para triunfar en
Madrid. En el resto de la faena no encuentra el acople que es imposible si se
torea por las afueras a este tipo de toros y buscando el impacto en la grada se
tira literalmente sobre el morrillo como si lo hubiera hecho sin
muleta pero ni por esas, porque a pesar de cobrar la estocada arriba tras el
revolcón, se demora con el descabello. La tarde dejó también los espectaculares
pares de banderillas de Fernando Sánchez y un peculiar tercio de varas de Félix
Majada en el sexto, en el que marra varias veces y cuando se marcha por el
callejón, derrotado y medio descabalgado, en su figura se ve la sombra de John
Wayne regresando a su rancho tras pelearse con los malos.
Chupetero
Siguiendo con la costumbre que implantaron los
choperitas, la empresa incrusta la corrida de la Beneficencia en medio de esta
última semana, acaso para que los aficionados descansemos de tantas emociones y
volvamos a la monotonía del toro convencional. Con los seis de Alcurrucén de esta tarde, los hermanos
Lozano sumaban una nueva oportunidad de realzar la categoría del encaste Núñez
que tantos triunfos ha brindado a sus matadores en Madrid. Tras catorce toros
en la feria, sólo el del Juli mantuvo el honor de la divisa. Los de la Beneficencia
mansearon más de lo acostumbrado y sólo llegaron con castita a la muleta
primero y sexto. Antonio Ferrera no
puede con ninguno de sus toros. El primero embiste como un tren por el
izquierdo y al intentar la ligazón, al torero el corazón no le responde y prefiere la seguridad del unipase. Luego consigue alguna fase más compuesta
cuando el toro pierde pujanza. Perera
sigue en su línea de aburridor pegapases y adalid del destoreo. Cómo sería la
cosa que hasta el Rey emérito, presente en la corrida, abandona el palco en
busca del canapé durante la lidia del quinto. Ginés Marín sortea el lote de la corrida. Al nobilísimo tercero lo
lidia con buen aire a la verónica, y tras una larga muy vistosa para ponerlo en
suerte, Guillermo Marín, el padre del muchacho, completa un buen tercio de
varas. El hijo desarrolla una faena aseadita con mayoría de pases
insustanciales salvo una serie al natural casi en el sitio. Cuando el toro se
apaga recurre a las bernardinas para buscar la enésima oreja barata que consigue
por cortesía del palco a pesar del pinchazo previo a la estocada. El sexto
acude con movilidad a la muleta y Ginés le plantea la pelea en la distancia
pero nunca se acopla a su viaje, toreando muy despegado a un toro que tampoco
se come a nadie, sin desplegar la ambición necesaria para reventar una puerta
grande claramente entreabierta por la dadivosidad del público y las
connotaciones festivas de la tarde.
Metidos ya en el tramo final de la feria, la capacidad
inventiva de Simón da una última vuelta de tuerca para revisitar en la feria
los desafíos ganaderos que ya ensayó en el otoño pasado con resultado feliz que
esta vez no se repite. La cosa empieza regular porque a la ganadería de Rehuelga sólo se le aprueban dos toros
en el reconocimiento y se tiene que completar la corrida con uno más de Pallarés. El asunto tendría
arreglo si en este cuatro contra dos pasara como en el colegio cuando se echaba
a pies para formar los equipos y a los mejores jugadores no les importaba ser
menos y hasta se chuleaban dándote varios goles de ventaja para acabar siempre
ganando. En este caso, los Rehuelgas venían precedidos de la fama del año
pasado pero su casta se apaga más allá del primer tercio. El único desafiante que destacó de verdad fue Turquesito, un gran toro de
Pallarés al que Iván Vicente, tras
un buen tercio de varas de su hermano Héctor, le presenta batalla en una enclasada
apertura de faena por ayudados por bajo torerísimamente rematados por un cambio
de mano en el que lleva al toro bellamente toreado hasta detrás de la cadera.
La desilusión viene después cuando el torero no vuelve a meterse en el terreno del
toro nunca más, tomando partido por la estética de la apariencia antes que por
la ética de la verdad. En el polo opuesto nos imaginábamos el planteamiento de Javier Cortés, tras su gran tarde del
dos de mayo, que nos hizo apuntar esta fecha como una de las más ilusionantes
del abono. Javier lo intenta de verdad con el segundo en una primera serie muy
cruzado sin perder terreno en la ortodoxia que nos gusta. En la segunda tanda
por la derecha, la casta recrecida del toro desborda el mando habitual de su
muleta y en el cambio de mano para el de pecho, el toro lo acosa y lo desarma y
sobrevuela por la plaza el recuerdo de su cogida en la corrida goyesca, en
idéntica circunstancia. A partir de ahí ya no vuelve a dominar la embestida y
la faena decae, como su ánimo. El sobrero de Marca que casi convierte la tarde
en un concurso de ganaderías, es imposible y el torero poco puede hacer salvo
cobrar una fea voltereta y justificarse entre los pitones. Javier Jiménez vuelve a estar anodino
y ayuno de calidad. Destacan sin embargo en su cuadrilla, el buen hacer de
siempre de José Chacón y Agustín Romero picando al sexto.
Turquesito
En el último fin de semana, el desafío del encaste
Albaserrada se plantea una vez más entre los primos depositarios de la herencia
del patriarca Victorino, y en esta ocasión el vencedor por goleada es Adolfo. Dentro de una corrida muy
agresiva e irreprochable de trapío, echa un toro de premio, Chaparrito, que tiene faena para
reventar la feria y comprarse la finca. Pepe Moral se estira con largura y
buena técnica por el pitón derecho, un poco al hilo pero con exquisito temple
en cada pase y alcanza la cumbre al natural en muletazos excelentes, en el
sitio y bien rematados. Cuando todo está embalado para que por fin el torero se
rompa con el toro, se olvide de todo y se abandone en busca de la gloria,
cambia de mano, baja el nivel y lo superficial se impone al arrebato que
hubiera convertido un triunfo menor en la tarde de su vida. Ángel Sánchez es el único matador que
toma la alternativa en el ciclo y su apuesta se ve clara en la manera de recibir
de capote al toro del doctorado, dándole todas las ventajas hasta resultar
revolcado. Después, nos hace recordar sus tiempos ilusionantes de novillero con
una buena faena, cargando siempre la suerte, que no va a más porque el toro se
apaga. El cuarto es demasiado complicado para su tierno oficio y el sexto
requiere una técnica depurada que no ofrece una muleta todavía con poco mando.
Su padrino, Manuel Jesús, el Cid,
quedó inédito en la tarde, al ser corneado por el peligroso segundo, que le
cazó cuando iniciaba la faena de muleta.
Chaparrito
Y de postre, Victorino,
un postre que cada vez lleva más azúcar lo cual no es bueno para nuestra
provecta edad. Año tras año, la cosecha del hijo se impone a la siembra del
padre al que imaginamos renegando desde las alturas al ver a un toro marcado
con la A coronada dejarse pegar varios pases cambiados por la espalda como si Escribano fuera Belmonte tocándole a un
Miura el pitón. Sólo faltó el circular invertido para que el paleto rompiera a
llorar como entonces hizo Don Eduardo. Las expectativas de la tarde finalmente se reducen a la faena de Paco Ureña
al segundo toro, seguramente la más emocionante de las que el lorquino ha hecho
nunca en Madrid. El torero comparece en la corrida de la prensa con varias
vértebras rotas a causa de un percance con una vaca sucedido por quebrantar la
máxima del maestro Chenel de no torear nunca en el campo en fechas de máximo compromiso.
Tras el consabido brindis a Felipe VI, que vino a cumplir con el trámite de
todos los años y escuchó más vivas a su persona que las que oirá durante la próxima pascua castrense, se dirige al toro sin los aspavientos de otras tardes, como
si la procesión que iba por dentro le transportara a una seriedad y a una
economía de movimientos que resolvió en autenticidad y ceñimiento. Sin perder
nunca un solo paso, las series se suceden con clasicismo y naturalidad,
transportando a la plaza la conmoción verdadera que provoca la hondura en el
toreo. Después de tanta excelencia, se amontona en una última serie innecesaria
y mata al toro mal como acostumbra, pero la frustración de la puerta grande no
nos amarga la fortuna de volver a encontrar, casi en el último minuto de este
mes de toros en Madrid, el clamor de los olés roncos de Las ventas, el
espectáculo magnífico de compartir con veinticuatro mil almas, la inigualable
comunión del toreo puro.
Se anuncian obras en las Ventas con el oscurantismo
habitual que reserva la administración para estos casos en los que nadie sabe qué
será de su sitio a la vuelta del verano. Con el pretexto de la mejora de la
seguridad se pretende configurar un coso multiusos para que los ingresos ajenos
a los generados por las corridas permitan mejorar la cuenta de resultados de la
empresa, siempre más interesada en la cosa del jolgorio que en la lidia de
reses bravas. La disminución de los espectadores en esta feria ha sido evidente
y la imagen de los tendidos la mayoría de las tardes recordaba las isidradas anteriores
a la eclosión que supuso la aparición de Chopera en los ochenta.
En cualquier caso,
si existiera alguna posibilidad de ganar adeptos para nuestra causa, no es la degradación
del rito el camino adecuado. Es preciso defender la singularidad de la tauromaquia
como arte supremo que se destaca porque en la búsqueda de la belleza, se pone
en juego la propia vida. Frente a la simulación del combate de la existencia
representado en el resto de las artes, en el acto taurómaco debe trascender la
verdad que subyace en la presencia de la muerte al fondo de cada muletazo. Sin
esa inminencia, se banaliza el juego, sin las señas de identidad de la pujanza
del toro y la pureza del rito, la corrida queda degradada a un sacrificio vacío
y sin sentido. Por el camino de la domesticidad progresiva del toro de lidia,
se abre paso el triunfo del buenismo animalista, cuyo antídoto es el contrario
al que ahora pretenden algunas iniciativas erradas que aceptan la visión del
enemigo y persiguen la dulcificación del espectáculo, huida hacia adelante en
busca de la corrida incruenta, como si la ocultación de la crudeza intrínseca a
la lidia de reses bravas fuera la panacea contra la proscripción definitiva de
nuestra idea. Puede que la suerte esté echada y el porvenir nos conduzca hacia
la ineludible distopía de una tauromaquia sin sangre, donde el espectáculo que
fue glorioso sobreviva humillado en un mundo en cuyos ríos se perseguirá a los
pescadores como genocidas y en el que se habrá abolido el chuletón. Entonces resultará
ya imposible reeducar a la gente en la idea de que el verdadero maltrato
consiste en tratar al animal de una manera distinta a la que exige su
naturaleza, y acabaremos contemplando, si todavía nos dejan, el esplendor del
toro de lidia confinado en un zoo.
Durante la segunda década del siglo pasado, el hijo de
la “señá” Gabriela y el pasmo de Triana pusieron el toreo patas arriba. De la
fecunda competencia entre Joselito y Belmonte surgió la revolución sobre la que
se asienta desde entonces la forma de torear. Se trataba de llevar a la
práctica aquella máxima de Juan según la cual todos los terrenos son del
torero, que ya no se quita de en medio ante la embestida del animal, sino que
la domina desde la firmeza de piernas y el juego de brazos, haciendo descarrilar
al toro en torno a su figura inmóvil. En la segunda década de este siglo, en
cambio, estamos asistiendo a una nueva revolución que es más bien una
involución de aquel planteamiento, un retroceso en el que de la mano de la
suerte descargada, la colocación en la pala del pitón y el abuso del pico de la
muleta, el torero vuelve a huir de los terrenos del toro, abdicando de la
posición dominante que siempre se basó en parar, templar y mandar, los axiomas
del toreo clásico. Cien años después, se ha impuesto un nuevo canon, que
paradójicamente pretende la justificación del ventajismo frente a un toro cada
vez menos agresivo, y es que si perder pasos y torear por las afueras sería
comprensible para cuidarse de las agrestes oleadas de toros como los de Dolores
Aguirre, resulta inadmisible practicar el destoreo frente al viaje obediente
del toro moderno.
Para los que empezamos a frecuentar Las Ventas durante
los años ochenta, la pasión por una forma concreta de torear es un concepto que
nos empieza a meter en el cuerpo Antoñete, Rincón afianza a principios de los
noventa y José Tomás eleva a la máxima expresión en las postrimerías del siglo.
Paralelamente, la impugnación de esa idea se va desarrollando entre la
degeneración del ojedismo y la dictadura de Espartaco, antecedentes indudables
del nuevo canon que desde hace veinte años pretende entronizar El Juli, si no
surge nadie para remediarlo. Casi siempre en el toreo han coexistido esas dos
líneas, una más pura y otra de menos compromiso, y ambas tenían su público, más
exigente la primera, la segunda más festiva, pero cuando un torero practicaba
el toreo clásico, ese que ponía a todos de acuerdo, incluso el espectador menos
riguroso vibraba con la conmoción que le provocaba aquello que quizá no entendía.
No estoy muy seguro de que eso pueda seguir sucediendo si es que llega ese
mesías que contra todo y contra todos, recupere la antigua emoción, pues la
decadencia con la que convivimos cada tarde es desoladora, la plaza de nuestros
amores convertida en triste botellón más atento a imponer un triunfalismo vacío
que a valorar lo que ocurre en el ruedo con el sentido crítico que siempre
atesoró como símbolo de distinción.
Las figuras para las que venir a Madrid era siempre el
obligado quinario que confirmaba su posición de privilegio, ahora torean en Las
Ventas como en el patio de su casa. Lo hemos visto con el Juli, al que sólo su
deficiente técnica matadora le impidió abrir la puerta grande, con Enrique Ponce,
hoy aclamado como maestro, aunque sus argumentos sean los mismos de ayer cuando
le negaban el pan y la sal, con Talavante, a quien se obligó a saludar por
aceptar la sustitución de Ureña y venir a Madrid por tercera vez. Lo que
debiera ser normal, recibido como acontecimiento. Tal vez lo sea, dado que los
dos primeros sólo aceptaron anunciarse en el ciclo en una ocasión. Julián López lo hizo en ese engendro
que el empresario bautizó como la corrida de la cultura, no se sabe si porque
los actuantes iban recitando poemillas para sus adentros o porque la nueva
cultura juliana consiste en traerse sus toretes debajo del brazo y rehuir la
pelea con las demás figuras para alternar en mano a mano con un principiante,
por ver de asegurar mejor la puerta grande que con tanto ahínco quiere repetir
desde aquel lejano 2007 en que lo logró por única vez. Pues ni aun así. La
verdad es que Julián hace el esfuerzo ante un encastado toro de Alcurrucén, al
que empieza toreando por bajo de forma preciosista e incluso logra ceñirse su
embestida más de lo habitual aunque al final vuelve a su concepto al comprobar
que levanta más clamores en el tendido cuanto más destorea. La pérdida del
doble trofeo por el fallo a espadas le afectó tanto que ya no dio pie con bola
en toda la tarde y cuando el Garcigrande que hizo quinto, seguramente elegido con
la esperanza de repetir el indulto de Sevilla, le salió respondón, su
insolvencia técnica para resolver sus problemas fue manifiesta. Por allí anduvo
también Ginés Marín haciendo el
papel de comparsa que tenía asignado en el evento pero se encontró con un toro
bravo de Victoriano del Río, el
único que lo fue de entre los catorce que el ganadero ha lidiado en la feria,
al que picó de forma extraordinaria Agustín Navarro y que luego no encontró en
la muleta del extremeño la cabeza despejada, la distancia y el mando que sus
complicaciones requerían.
La primera ración de Victorianos se corrió en Madrid el
día anterior y con ella se hizo presente la trinidad del toro de las figuras,
chico flojo y descastado. A pesar de todo, Roca
Rey logró tocar pelo en el sexto, aprovechando la predisposición de la
plaza en una tarde de expectación que se despeñaba por el vacío. Por eso
se premió una faena inexistente a base de trallazos por fuera y arrimón final,
sin que el público respondiera verdaderamente hasta los cambiados “back”, la
inevitable arrucina y un traspié en la cara del toro que el descastado animal
contempla desentendido. Si Manolo Vázquez puso el toreo de frente, Andresito
viene a ponerlo de espaldas. Lo inadmisible es que el limeño también le da la
espalda a la lidia durante toda la corrida y se permite ensayar lances en los
medios durante el tercio de banderillas, se despista en la colocación adecuada en
el tercio a la salida del par, sale por la culata del caballo tras aparcar al
toro para picar, y se entretiene hablando con los peones acodado en la barrera,
en lugar de estar atento a su turno de quites. Un desastre.
El listón para cortar una oreja en Madrid se ha rebajado tanto que el triunfo
siempre llega de la mano de circunstancias ajenas a la enjundia de la faena. De
los creadores de la oreja dominguera, la orejita del sexto, la oreja de la
lluvia y la oreja del revolcón, llega ahora a nuestras pantallas, la orejita
del viernes patrocinada por Simón Casas Productions, el mercader que tiene
convertido el templo en un enorme chiringuito donde la profusión de alcohol
nubla el juicio de la gente. No tiene otra explicación que dos toreros salieran
por la puerta grande la segunda tarde de Núñez
del Cuvillo en la feria, sin que la plaza vibrara como antaño cuando se
producía semejante acontecimiento. Ahora los triunfos supuestamente grandes se
suceden como con sordina, y la gente, una vez conseguido el objetivo perseguido
ni siquiera se queda para aplaudir a sus ídolos camino de la efímera gloria y
abandona la plaza para seguir la juerga en otro lugar. Esa tarde, la segunda
tanda de Cuvillos sacó más interés que la primera, lo cual es garantía de que
será ésta la que acapare los principales premios. Talavante hizo una buena faena al segundo, vertical y natural, que
cobra vuelo en los doblones y en los cambios de mano, pero por debajo de las
condiciones del toro y a la altura de su limitada ambición, por otro lado
acorde con la exigencia del público. En el exceso del doble trofeo se halla la
explicación de su labor de servicios mínimos en el quinto, ante el que no
expone un alamar bajo la lluvia, siempre al hilo para arañar una orejita sin
riesgo, que frustra un pinchazo echándose fuera. Por su parte, López Simón vuelve a las andadas y
aprovecha el triunfalismo desatado para arañar su quinta puerta grande en las
Ventas, se dice pronto. Le aplica una faena aseada al sobrero, más en el sitio
que otras veces pero su patológica falta de mando con la muleta le hace ser
cogido por partida doble, la última de forma espeluznante entrando a matar. En
el último capítulo de la tarde, ejecuta como un autómata un trasteo vulgar
ovacionado con tibieza, pero una estocada efectiva y la conjunción de todos los
factores reseñados más arriba dan como resultado la orejita del sexto que
culmina en triunfo el viernes lluvioso.
Las dificultades que sacaron los Garcigrandes
de la cultura se reprodujeron el día de San Fernando aunque los lotes se
conformaron sabiamente pues cada torero tuvo que apechugar con un toro con
posibilidades y otro más informal, como diría el de la tele. Enrique Ponce se mostró ventajista con
el bondadoso sobrero de Valdefresno, el típico manso que acaba entregándose en
la muleta sabia del valenciano, que tapa con su clase de siempre la versión más superficial de su inconfundible sello, con la poncina como estandarte
del toreo por las afueras. El cuarto se le cuela varias veces hasta que nos regala la otra cara de su magisterio, se mete
en serio con él en terrenos del diez, se dobla por bajo tocándole los costados
y lo descoyunta con el pase clásico de gallito, un muletazo poderoso por alto
de pitón a pitón tras el cual el toro queda literalmente rendido. Castella naufraga con el tercero,
destemplado y desbordado por sus complicaciones. El quinto lo arrolla de salida
con el capote porque acostumbrados como están los toreros de ahora a que el
animal no se haga presente en el ruedo con la acometividad típica de la casta,
en lugar de sacar los brazos para dominar al toro, se empeña en ensayar el
delantal, recibiendo a cambio una soberana paliza de la que sale dañado en un
pie. El toro muestra un pitón izquierdo extraordinario en la buena brega de
Viotti, pero el francés sólo lo pasa por ese lado de rodillas, siguiendo otra costumbre
moderna consistente en torear al natural de forma testimonial para construir la
faena casi exclusivamente con la salmodia del derechazo. Como mucho, los
toreros del momento se echan la mano a la izquierda para instrumentar un exiguo
natural tras el cambio de mano, suerte que empezó a practicar el Juli y que sus
acólitos repiten con fervor. Lo hizo también Castella y con ello eleva el tono
de la faena que había comenzado con corrección en un par de buenas series de
circulares sin dar el paso atrás, pero a partir de ahí, en lugar de hacer
crecer el trasteo lo abarata en la distancia corta y el estoconazo final
quedándose en la cara desata la desaforada petición de una segunda oreja a
todas luces excesiva cuya concesión el tendido recibe como quien estalla ante
un gol en el último minuto.
Al día siguiente, el empresario, en otra de sus
imaginativas iniciativas, nos propuso la corrida de las seis naciones para
revisitar el festival de la Oti, bautizado así en la andanada no tanto por la
nacionalidad de los intérpretes como por el trapío de los toros del Pilar,
ganadería acaso elegida para que la patrona de la Hispanidad estuviera presente
en la tarde, porque de lo contrario no se entiende que semejante vacada fuera
anunciada en San Isidro. El experimento sirvió para comprobar que la
regeneración del toreo no viene de América y constatar la falta de personalidad
que aqueja al actual escalafón de matadores: seis toreros distintos con
planteamientos parecidos como triste metáfora del estado de la fiesta. El certamen
lo ganaron “ex aequo” México y Venezuela, representados por Luis David Adame y Jesús Enrique Colombo, respectivamente, y sólo faltó que en las vueltas al ruedo que dieron por su cuenta les acompañaran Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina para que
el esperpento fuera total.
Victoriano del Río remató su presencia en Madrid, con una mansada infumable. Manzanares firma otra tarde de las suyas en la que los detalles exquisitos que va dejando por el ruedo te hacen maldecir que el talento y la disposición sólo se reúnan en la mente del torero más dotado de su generación cuando monta la espada, o en exiguos retazos que nos dejan con la miel en los labios como cuando recoge con el capote a un toro abanto con la sutileza de los elegidos. La otra cara de la moneda la acuñó Cayetano, para demostrar contra todo pronóstico que más allá de las carencias técnicas que su formación tardía no acaba de solucionar, en su planteamiento hay un sello de verdad empeñado en intentar el toreo de compromiso no exento de calidad. Por encima de las ovaciones con acento femenino que siempre le acompañan, deja momentos muy buenos como los ayudados por alto sentado en el estribo que remata con una gran trinchera y varias buenas series de circulares muy cruzado, exponiendo con el toro aquerenciado. Una estocada desprendida ejecutada con más corazón que oficio le conduce a la oreja que el siete protesta como una afrenta. El bisnieto del Niño de la Palma se desplanta con los que pitan y hace esperar al alguacil, como si demandara respeto para el orgullo de su estirpe. En el sexto, vuelve a estar muy dispuesto y recupera el esplendor perdido del toreo de capote desde la apretada larga a porta gayola, con un bonito galleo por chicuelinas más tarde, para terminar acordándose de su abuelo intentando el quite de Ronda que remata con garbo insinuando la media. La gran lidia que Iván García le aplica a un toro que se raja por momentos no es suficiente para que Cayetano pueda sujetarlo en su muleta salvo en un arrebatado inicio de rodillas. Otro matador más avezado hubiera tirado de populismo para buscar la puerta grande pero hasta en eso está torero Cayetano, renuncia al artificio, mata con limpieza y por primera vez en esta plaza, deja ganas de volver a verlo.
Ningún
imperio se escapa de su correspondiente leyenda negra. A imagen y semejanza de
Roma, de la gran Rusia y del imperio español en donde el sol no se ponía, el
Real Madrid triunfante de cada época convive con la polémica en torno a la
legitimidad de sus triunfos, ese incansable prejuicio que imagina oscuros
contubernios, enmarañando la verdad con la mentira. Como dice Elvira Roca en su
disección de la imperiofobia, los enemigos de cualquier poder hegemónico suelen
atribuir el mérito de su dominio a la sucesión de casualidades afortunadas o a
la protección divina, lo que traducido al ámbito deportivo quedaría
representado por la flor que crece en el culo de Zinedine Zidane.
Algo ha
debido hacer mal Florentino este año para que su habitual manejo de las bolas
calientes en los sorteos haya desembocado en una imposible carrera de
obstáculos que a punto estuvo de hacer fracasar la conquista del enésimo grial
de la cruzada blanca antes de tiempo. El presidente no anduvo fino al mover los
hilos porque el Madrid se vio abocado a enfrentarse a los líderes de las ligas
francesa, italiana, y alemana, a los que tuvo que derrotar para emular al
emperador Carlos V que al frente del sacro imperio romano germánico hace cinco
siglos, ya era madridista. Para honrar al sambenito que por entonces empezó a
instalarse en los territorios sometidos, la leyenda blanca tuvo que
emplearse a fondo emponzoñando el corazón del árbitro del Madrid-Juve, hasta
convertirlo en un "bidone dell'inmmondizia" incapaz de comprender que
pitar un penalti claro en el último minuto de la eliminatoria es una canallada inadmisible
que a Buffon no se le hace.
Agentes
del club de Concha Espina viajaron por toda Europa para conseguir que el
jugador clave de cada equipo no jugara los partidos decisivos y así Neymar, Verratti,
Dybala, Robben y Vidal se autoexpulsaron o se lesionaron adrede, estrategia que
alcanzó su punto culminante en la final con la llave de judo que Sergio Ramos
le hizo a Salah. De los porteros del equipo contrario se encargó un comando
secreto con el nombre en clave “butter hands” que prometió a Ulreich y Karius un
retiro dorado en Alemania y un palco de por vida en la Ópera de Berlín.
Todos los
estudios sobre la materia coinciden en que las naciones señaladas por la
leyenda negra acaban asumiéndola mediante una autocrítica feroz. Para corroborar
esta premisa, habrá que decir que el equipo firmó una temporada lamentable en
la liga regular, que tiró la copa como suele y sólo allí donde los focos
alumbraban con más fuerza, donde no era necesario un esfuerzo sostenido, brilló
a ratos iluminado por la fortuna, como el mal estudiante que se aplica a última
hora. Y eso que en el imperio madridista, acostumbrado a la excelencia, el
Bernabéu se convierte cada tarde en el cruel anfiteatro donde el deporte
favorito es hostigar la indolencia para que los destinatarios de los pitos se
conviertan en héroes de la final. En descargo de los jugadores, debe añadirse
que el Madrid no sólo juega contra su rival sino contra el odio universal a su
grandeza. El reverso de esta historia lo escribe siempre el antimadridismo, ese
virus que fagocita la esencia de los enemigos, eternamente obsesionados en
demonizar los títulos del imperio blanco, antes que en disfrutar sus propios
logros.
En la noche de Kiev, cuando empató el Liverpool poniendo en duda la consecución de la Champions, Zizou miró al banquillo y en busca de la remontada, sacó a Bale, que casi en el primer balón que tocaba se inventó una chilena para la historia. Por fin quedaba vengada la derrota de París del año 81, cuando el Madrid de los García bastante hizo con aguantar ochenta minutos antes de sucumbir a la pujanza de los diablos rojos de Kenny Dalglish. Aquella defensa la comandaba Sabido, la batuta la llevaba Del Bosque, Stielike era el pulmón en el centro del campo y a Juanito no le salió ni un regate que le permitiera encontrar la cabeza de Santillana. La única ocasión de los ídolos de mi infancia la tuvo Camacho y cuando García Cortés no despejó aquel balón que Alan Kennedy clavó lejos de la estirada de Agustín, Boskov miró al banquillo y en busca de la remontada, sacó a Pineda. Para aquellos hombres que llegaron a esa final después de perder la liga peleándola hasta el último minuto, se esfumaba la última oportunidad de levantar la orejona pero de su ego no brotó ni una palabra que eclipsara la dignidad de su escudo.