lunes, 25 de febrero de 2019

ROMA


Hubo un tiempo en el que los sábados y los domingos por la tarde, en lugar de burdos telefilmes edulcorados, la televisión nos ofrecía películas en las que podías asistir desde la butaca del cuarto de estar a un entretenimiento preferible a las aventuras que esperaban fuera y a una lección magistral con enseñanzas para la vida. Como la historia te la contaba alguno de los maravillosos actores que entonces eran como de la familia, la credibilidad era inmediata aunque en sus aventuras les rondara un ángel de segunda clase intentando ganarse unas alas o un amigo imaginario con forma de conejo.

La maquinaria de Hollywood ya no estrena películas como las de antes y anda haciendo caja entre secuelas de éxito asegurado y cine de superhéroes de cartón piedra, producciones de poco riesgo y mucho efecto digital. La antigua emoción se sirve sólo de vez en cuando, si alguno de los pocos artistas que se atreven todavía a encarar el reto de contar una historia sin artificio, la ruedan en estado de gracia y como Alfonso Cuarón en Roma, son capaces de imaginar el mar sobre un patio de baldosas.

Roma es la película del año y de muchos años. Nos presenta el relato sentido de una ruptura familiar, la eterna crónica de las consecuencias del desamor y el empeño del ser humano por sobreponerse a todo y sanar las heridas con la costumbre del cariño. La cámara de Cuarón acaricia el recuerdo de su infancia en la barriada Roma de la ciudad de México. Lo hace desde los ojos de Cleo, la mucama de una familia acomodada en los años setenta, convirtiendo la sencillez de la vida diaria en un maravilloso espectáculo fotografiado en esplendoroso blanco y negro, el ambiente de la época perfectamente recreado a través de una danza hipnótica de planos secuencia que convierte en magia una cotidianeidad de cuartos desordenados y coladas en las azoteas. 


Roma alcanza esa categoría de películas que es necesario contemplar desde el reclinatorio y abandonarse a su admirable puesta en escena a través de la cual pasa la vida como ese avión que sobrevuela nuestros sueños, nuestras miserias y nuestras proezas. Roma es un cuento sobre la pérdida. La felicidad de la familia reunida en torno al padre se sustenta en una armonía tan delicada como la exactitud de las maniobras de su vehículo para que éste encaje entre las estrecheces del portal, cuando el héroe llega a casa y todo parece estar en su sitio. La derrota del amor no conoce clases sociales, la criada y la señora viven al tiempo su abandono, hermanadas por el desamparo y el desconsuelo de la soledad. La fortaleza de las mujeres ya era la norma antes de que se inventara el “empoderamiento” y la maternidad frustrada también puede ejercerse en hogar ajeno, cuando los hijos de otro que cuidas a diario se convierten en el bálsamo callado del dolor.



Hasta llegar a ese puerto, Cleo apaga los incendios de sus señores, sobrevive a los seísmos y atraviesa las revoluciones con la extraña sabiduría indígena de su origen, que le hace mantener el equilibrio incluso cuando nadie a su alrededor es capaz de hacerlo con los ojos cerrados y sobre un solo pie. Cleo es la clave de bóveda de un universo sorprendentemente cercano al de nuestra propia infancia en la España de los setenta, la mítica patria de los días sin prisa, cuando el futuro era un rumbo aún sin concretarse y las horas no herían si alguien todavía te arropaba en la cama y a la mañana siguiente te despertaba el dulce silbido del afilador.


Alfonso Cuarón firma esta maravilla cinco años después de ser oscarizado por su aventura espacial en Gravity, una cinta emparentada directamente con esta historia tan diferente en la forma y tan similar en la esencia. No incurro en “spoiler” si digo que Sandra Bullock y Yalitza Aparicio interpretan en realidad a la misma persona, la hembra telúrica enfrentada al destino de sostener el mundo. Ambas se aferran a la vida que un momento antes se esfumaba en el agua y al fin sale a flote para adueñarse de la cámara en un increíble "travelling" que se adentra en el mar. Debajo de los adoquines sigue existiendo la playa.


jueves, 24 de enero de 2019

CUENCA MÍSTICA

El quinteto de los silenciosos
Alfred H. Barr, fundador del MOMA de Nueva York visitó el Museo de Arte Abstracto de Cuenca en 1967 y lo describió como el pequeño museo más bello del mundo. Cuando salió a la plaza de Ronda y miró el paisaje, debió sentirse como en casa, rodeado de rascacielos. Imaginar la quinta avenida paseando por el barrio de San Martín no es imposible si se acaba de contemplar el arte más vanguardista del momento colgado en las paredes de una casa del siglo XV.

El surgimiento
Hoy como entonces, se sigue produciendo ese milagro al recorrer los distintos espacios en los que se ubica la Vía Mística de Bill Viola, esa fusión de modernidad y tradición, que eleva el videoarte a la categoría de representación casi religiosa, en la que adquiere todo su sentido la inclusión en el itinerario del Museo de Semana Santa, como colofón pasional de tanto sentimiento como está encerrado en la propuesta del artista norteamericano. Después, la ciudad hace el resto, enmarcando en sus templos el mensaje profundo que provoca en el espectador, un cataclismo interior tan sólo mitigado cuando la oscuridad total de las iglesias deja paso a la claridad balsámica del entorno. Asomarse a la hoz después de contemplar en San Miguel “El surgimiento” o “Mujer de fuego”, es el contrapunto perfecto para que el alma dialogue consigo misma, una mirada al interior, otra en el horizonte.

El saludo
Para recobrar el aliento antes de buscar la otra hoz, es preciso detenerse en San Pedro y viajar a Florencia con sólo adentrarse en la espiritualidad que envuelve la instalación de la Escuela Cruz Novillo, donde la majestad de “El saludo” ejerce de imán para la contemplación del mágico retablo de imágenes ralentizadas, cuya evidente inspiración renacentista te atrapa en un bucle hipnótico del que es casi tan difícil escapar como de las obras maestras del “quattrocento” italiano. El antiguo Convento de las Angélicas no es la Capilla Brancacci pero los personajes de “Observancia” y “El quinteto de los silenciosos” nos interpelan con el estilo de las figuras de Masaccio y Masolino.

Unspoken
En las Casas Colgadas nos espera la imagen viva del dolor. Para llegar a ella, los responsables de la muestra han dispuesto sabiamente un viaje que nos permite revisitar las obras tantas veces admiradas, y así, en el camino hacia la tristeza nos sobrevuela el imponente ornitóptero de Zóbel, el Toledo imaginado por Canogar se nos ofrece en su críptico esplendor y la Brigitte Bardot de Saura nos guiña un ojo desde su condición de mito icónico del cine y de la abstracción. Cuando por fin llegamos hasta “Unspoken”, la inefable imagen del sufrimiento plasmado en oro y plata nos atrapa durante la media hora más emocionante del arte moderno. Es necesario sacudirse la conmoción para continuar la visita al reclamo de las durmientes soñadoras que se alojan en la sala del artesonado del museo, como en su día lo hicieran los moradores de la casa del Bachiller González de Cañamares. La experiencia de contemplar a Sharon y Madison en pantallas de alta definición instaladas en una estancia decorada quinientos años atrás nos invita a viajar en el tiempo sin necesidad de montarnos en el DeLorean. Un viaje más corto de apenas cuatro décadas nos retrotrae a las catacumbas del museo donde todavía nos espera “The reflecting pool”. La prehistoria tecnológica del video de aquella época no es obstáculo para que surja la sorpresa, el tiempo suspendido en el escorzo del bañista deja paso a la contemplación de los mundos paralelos que espejean el devenir de nuestra propia existencia.  

Sharon y Madison
Y finalmente, “El mensajero”, para recordarnos que la vida es un instante al que asistimos atónitos, igual que el hombre que emerge de las aguas y después se pierde entre las sombras recreadas en San Andrés, conclusión de este vía crucis espiritual al que se asiste casi en trance, el alma henchida y el cuerpo agotado, a semejanza de lo que ocurre cada Semana Santa, cuando en esta plaza en la que termina la aventura de esta exposición, despedimos los últimos pasos de la pasión de Cuenca, y el Resucitado vuelve al templo al amparo de su madre.

El mensajero
Apenas queda un mes para vivir esta fiesta de las emociones que viene sucediendo en nuestra ciudad casi con sordina, un tanto de incógnito, escondida entre el ruido de nuestras batallas cotidianas. No se la pierdan.

    


jueves, 13 de diciembre de 2018

JUGANDO A LA GUERRA



Son nuestros amigos más íntimos, nuestros hermanos, son las primas lejanas que nos llenan el móvil de propaganda, el compañero de trabajo que te aturde con su verborrea cada mañana, la cuñada que da el mitin en cada reunión familiar. Es la gente que puebla tu vida haciéndote favores, soportando tus carencias, alegrándose de tu suerte o aliviando tu derrota, acompañándote mejor o peor. Los hay con fuerte conciencia política, los hay desideologizados por completo, están los que simplemente aspiran a ser gobernados por alguien que no les perjudique mucho y aquéllos para los que la acción de gobierno es un asunto capital en su existencia, los que no votan nunca y los que votan siempre a los mismos aunque arrasen el país.

Son nuestros rojillos de salón, nuestros fachillas de sobremesa, esos tipos entrañables en la distancia corta que en contadas ocasiones nos enseñan su versión más extremista, la que enardece un himno, la que exacerba un vídeo millares de veces tuiteado, la que exalta la sobreexposición a las tertulias televisivas de ambiente bélico y espíritu faltón. Son los herederos de la España eterna cuya pulsión cainita resiste al paso de las generaciones, los que habiendo crecido alrededor de la restauración de la democracia te recuerdan la ignominia de su abuelo enterrado en la cuneta y cargan sobre tus espaldas la memoria de su tío masacrada en el paredón.

Toda esa obsesión guerracivilista yace por fortuna anestesiada bajo el tupido manto del estado del bienestar. Todavía es el momento en que podemos limar nuestras diferencias acodados con displicencia en la barra del bar, sin que el eco de la trifulca política traspase el fielato del sentido común hasta hacer peligrar la conquistada placidez de nuestra convivencia. Por más que los iluminados de turno proclamen la alerta antifascista provocando en Cádiz la algarada artificial de tres mil jóvenes más preocupados por el ascenso de su némesis en las urnas que por su desempleo endémico, el futuro será incruento si no se les aboca a la imposibilidad de construir un proyecto de vida propio, si no se les niega la fortuna de disfrutar de un atardecer soleado en La Caleta,  sin nubarrones de precariedad en el horizonte. Aunque los muecines del nacionalismo solivianten a las hordas independentistas para que corten las autopistas y tapen su corrupción, la concordia aún será posible mientras el barcelonés pueda recorrer el Paseo de Gracia sin que los recortes de los que priorizan la sinrazón amarilla a los servicios sociales, le amarguen definitivamente la contemplación de su esplendor.


El fortalecimiento de las clases medias es el antídoto perfecto contra el riesgo de conflicto. Es hora de que los sucesivos gobiernos se preocupen más de que el crecimiento económico siga llegando a todos los estratos de la sociedad y menos de jugar a la guerra favoreciendo las opciones más extremas para dividir a sus adversarios políticos. En la medida en que el resultado electoral no sea el único norte de su actuación, y no se criminalice al ciudadano que para huir de la vacuidad circundante se echa en brazos de los líderes mesiánicos, los abascales acabarán bajándose del caballo y los iglesias saldrán de una vez de la barricada.       

El año pasado se cumplieron ochenta años de la publicación de “A sangre y fuego” en plena guerra civil, esa obra maestra de Chaves Nogales en cuyo prólogo el periodista que afirmaba  poseer méritos bastantes para haber sido fusilado por ambos bandos, dejaba testimonio de la existencia de la tercera España, la que renegaba de la estupidez y de la crueldad generalizada, la que se diluyó entre la radicalización de los que un día se acostaron en su casa y al día siguiente se despertaron en una trinchera. No es probable que mañana como entonces, mi vecino me termine reprochando fusil en mano que nunca vio la bandera colgada de mi balcón.


martes, 20 de noviembre de 2018

EL FRANQUISMO EN LAS VENAS


España es un país recorrido por la mala leche. Un cainismo eterno oscurece nuestro lugar en el mundo, una necesidad atávica de expresar el guerracivilismo que anima nuestros genes desde hace siglos, lastrando con un rastro de acíbar el bienestar que vamos conquistando a pesar de todo. España es ese territorio en el que el gesto de su mejor deportista bajando del olimpo para remangase y ayudar a los vecinos de su pueblo anegado por las inundaciones, es saludado por los odiadores profesionales señalando como impostor al ídolo entre el barro. Detrás de cada triunfo surge la mueca agria del disconforme, al lado de tu felicidad camina la envidia del desdichado contra la cual no cabe otra defensa que seguir el ejemplo de Miguel Mihura y fingir una cojera después de cada éxito teatral.

El español siempre ha sido capaz de lo mejor y de lo peor. Disfruta del segundo menor índice de criminalidad en el mundo pero se abisma a menudo en el precipicio del enfrentamiento sin sentido. En el país que lidera la donación y el trasplante de órganos, el duelo a garrotazos de Goya sigue crispando nuestra piel, a poco que cuatro oportunistas sitúen en el centro del debate público al dictador al que ni ellos ni los que avivan ese fuego de artificio, sufrieron realmente. El franquismo merece quedar enterrado en el anonimato pero es más difícil dar tierra a las actitudes que cuarenta años de democracia no han logrado aniquilar.

De nada nos sirven los augurios que nos pronostican la esperanza de vida más alta del planeta si aún no se ha producido la revolución pendiente que haga deseable esa longevidad, si siguen hostigando a la justicia los que pretenden manejarla a su antojo, si quienes defienden una idea de España la construyen sobre el odio al inmigrante, si tenemos que convivir con las voces que le gritan a Ortega Lara, vuelve al zulo. Es franquista desear la muerte a un torero herido, es franquista abanderar el boicot a un cómico torpe, franquista es acosar a una persona en las mismas puertas de su intimidad. Y es franquista exigir al gobierno que atropelle la ley y excarcele a políticos presos, franquista es orientar el consumo por motivos ideológicos, es franquista inaugurar el pantano de la arbitrariedad.

Llevamos el franquismo en las venas y la querencia por el partido único en la mente. Tal vez en ello esté el origen de la permanencia en el poder autonómico de opciones que llevan siendo votadas desde hace cuarenta años a despecho de la corrupción que nutre sus maquinarias y de la incuria a la que someten a sus administrados. Quizá sea preciso que pase otro medio siglo hasta que adquiramos la madurez democrática necesaria para que el apoyo a unas siglas no esté tan determinado por los sentimientos como por el sentido común de la alternancia sin estridencias.

Mientras tanto, la sociedad conformista que aún es incapaz de castigar plenamente los desmanes del bipartidismo, asiste al desembarco de nuevos líderes que se pasean por las instituciones vestidos con el traje nuevo del emperador. Su carencia de ideología les permite proclamar ayer que jamás pactarían con los que socavan la Constitución y hacerlo hoy sin respeto a la palabra dada, partirse la cara dialécticamente cada semana en el Parlamento y arreglar bajo cuerda el control de la justicia, graduar la moderación o abrazar la radicalidad en base a lo que digan las encuestas, predicar el ensañamiento fiscal con la clase media y hacer del chiringuito financiero la norma en la organización de su patrimonio personal.

El pueblo debe ser el niño del cuento que advierte que el rey está desnudo.




martes, 30 de octubre de 2018

EL RELEVO

OT: María y Micky

Los jóvenes que tienen que darnos el relevo son los “millennials” que pasean su ignorancia por las redes sociales mientras miran pasar la vida al abrigo del calor familiar, que ahora es el “wifi”. El problema de tener desde tan tierna edad una plataforma virtual en la que manifestarse públicamente a diario es que todo el mundo puede ser testigo de tu estupidez. Probablemente nosotros éramos igual de tontos a su edad, pero sólo lo sabía nuestro círculo más íntimo.

El incidente surgido en Operación Triunfo, programa en el que una pareja de aspirantes a estrellas se escandalizaban por tener que cantar una de las letras más inofensivas del grupo menos transgresor del pop español de los ochenta, es un ejemplo de cómo pretendiendo revisitar los lugares comunes de la progresía, en realidad esos jóvenes dizque artistas exhiben un conservadurismo atroz, incapaz de destrozar las ataduras de lo políticamente correcto.

Con esa impunidad que proporciona haber prolongado la adolescencia hasta la treintena, los que heredarán nuestro tinglado carecen casi por completo de la rebeldía necesaria para abrirse paso a codazos frente a los instalados, para subvertir un sistema que los tiene sometidos a la dictadura de la comodidad. Entre el narcisismo del “selfie”, la tiranía de “instagram” y el machismo del “reggaetón”, se van conformando nuevos usos sociales en los que la estética es más importante que la ética, la popularidad del “like” se prefiere al talento y la música de fondo esconde letras procaces donde la dignidad de la mujer queda rebajada a la de un mero objeto sexual, sin que ello impida a la muchachada seguir quejándose de la opresión del “heteropatriarcado”.

El instinto de rebaño de nuestros jóvenes no sólo uniformiza los cuerpos sino también las mentes, y así lo que ahora se lleva es el laicismo huérfano de compromiso y el infantilismo animalista, señas de identidad de un nuevo hedonismo del que ni siquiera ellos tienen la culpa, anestesiados como están por la protección que sus familias les procuran frente a la vida y sus heridas, y la intolerancia a la frustración que genera crecer entre algodones. Si a eso le añadimos que el conocimiento de nuestros muchachos no se desarrolla en sus cerebros sino en el marasmo de internet al que pueden acceder en cada instante, para obtener el placebo de creer saberlo todo sin profundizar en nada, se entiende perfectamente que los científicos hayan alertado de que el coeficiente intelectual de las nuevas generaciones desciende un poco más cada año, debido a factores ambientales que tienen que ver con el progreso tecnológico y las técnicas de enseñanza.

Desnortados por la insolvencia política para hallar consenso sobre el sistema educativo e hipnotizados por el brillo de las pantallitas, nuestros hijos se encaminan sin remedio a un horizonte de mileurismo y dependencia de sus mayores, parecido a esas distopías que nos estremecen en “Black mirror”, donde el abuso de la tecnología nos augura a todos un futuro con menos libertad. No intenten soltarles este discurso a esos extraños que viven en nuestra casa, atrincherados en el confort de sus habitaciones. Si pudieran hacerse oír entre las soflamas de los líderes de opinión que ellos veneran, que ahora responden al nombre de “youtubers”, no podrían convencerlos de que la juventud es una enfermedad que consiste en hacerse cada día una pregunta y comprender la respuesta cuando ya es demasiado tarde. 

Black mirror: Nosedive
    

lunes, 8 de octubre de 2018

LA SUERTE DEL TOREO


Por fin llegó el otoño y Urdiales volvió a Madrid. Nuestro casero Simón, que cuida del pedazo de cielo que ocupamos en la andanada, nos expulsó del paraíso después de San Isidro con el pretexto de la misteriosa reforma de la plaza, ésa de la que nadie sabe a día de hoy, ni su contenido, ni su alcance, ni su duración. Lo único que se anunció a ciencia cierta es que debía comenzar por el saneamiento de las cubiertas y así durante el verano, los abonados mirábamos los andamios, las redes y las mallas que velaban la visión de nuestro hábitat con cierto desasosiego, acrecentado por los rumores de disminución de localidades, modernización de los graderíos y reducción del diámetro del ruedo. Cuando despertamos del sueño estival y volvimos a la plaza, la andanada seguía allí, con un techo a estrenar cubriendo la suciedad de siempre. Quizá para distraer la atención del futuro atentado que se prepara contra la esencia de nuestro templo, compareció el mago Simón en la canícula y esta vez, el juego de manos consistió en anular la elección de las ganaderías por los toreros mediante un sorteo para el que quisiera afrontar el grandísimo riesgo de torear una de Adolfo en vez del enésimo Victoriano de la temporada. El aficionado no ceja en el empeño de reclamar más justicia en la fiesta y Producciones Simón Casas, siempre atenta al runrún de los corrillos, se apresuró a vender como gran revolución la apuesta de Talavante de meter sus dos bolitas en el bombo, ahora que necesitaba dar un golpe en la mesa tras su desencuentro con Matilla, que lo borró de casi todas las grandes ferias de la segunda mitad de la temporada mientras acariciaba el gato del poder omnímodo que al parecer detenta. La revolución verdadera hubiera consistido en conseguir que Julián, José Mari y José Antonio compraran también la lotería de Don Simón, con los Saltillos, los Miuras o los Ibanes saltando alegres en el bombo de los premios, pero en seguida salió el Juli en la prensa adicta, a decir que el torero se gana en el ruedo poder elegir las ganaderías que mata lo que traducido venía a significar que está dispuesto a permanecer otros veinte años en la fiesta explicando frente a las sucesivas camadas de Cuvillos y Garcigrandes su lección cotidiana de ventajismo y vulgaridad. El primer torero contratado en la madre de todos los sorteos fue Diego Urdiales, para la que iba ser su quinta tarde en la temporada, tras ser condenado al ostracismo por el sistema el resto del año.



Como era previsible, el sorteo desembocó en un "deja vu” que nos transportaba directamente a San Isidro. Las bolas calientes del Gatopardo Simón nos han organizado un comienzo de otoño con el mismo programa de la primavera, una nueva ración de los toros que Victoriano del Río y Lorenzo Fraile manufacturan para la muleta, la peste del toreo moderno aplicada por igual a las embestidas boyantes y a las complicadas, la falta de personalidad en los toreros de esta hora y el fervor por Alejandro Talavante, que nunca como en este momento, tuvo tan a favor a la plaza de Madrid, que le saca a saludar por el mero hecho de comparecer ante la cátedra en este otoño que todavía era verano. Que Talavante sea tomado por algunos como un antisistema que viene para cambiar el estado de cosas y dar un puñetazo en la mesa en la que comen los muñidores del cotarro es como creerse las proclamas revolucionarias de los jerifaltes podemitas de discurso postizo y mansión en Galapagar. Como ya ocurrió en 2013 cuando se saludó su apuesta de encerrarse con seis Victorinos como el gran acontecimiento de la isidrada, su doble comparecencia en la Feria de Otoño acaba en fracaso sin paliativos, la ovación de bienvenida transmutada en pitada final por obra y gracia de las limitaciones del extremeño para poder con un tipo de toro que no regala las embestidas. Pese a todo, hubo un momento en su actuación en donde apareció el torero que tantas expectativas despertó en el inicio de su carrera, cuando de la mano de Antonio Corbacho, pretendía ser el émulo imposible de José Tomás. Fue en el comienzo de la faena al primero de sus cuatro toros en la feria, ante el que improvisa una serie maciza de naturales defendiendo la posición, en los medios y sin probatura alguna, a golpe de la inspiración que surge a toro arrancado, cuando todavía no hay tiempo para pensar. Luego la cabeza se va imponiendo a la ambición y la falta de compromiso crece en cada serie y como a pesar de todo la parroquia a favor sigue jaleando ese otro toreo de menos enjundia, superficial y despegado, el torero que venía con la escoba para sanear la parte alta del escalafón se conforma con la previsible orejilla que acaba frustrando un pinchazo inesperado. A partir de ahí, Talavante ya no levanta cabeza en toda la feria, quizá consciente de la oportunidad perdida, y aun así, sigue habiendo gran expectación en su segunda tarde, con casi lleno en los tendidos, pero una corrida de Adolfo Martín baja de casta y un lote complicado hacen que la apuesta del extremeño se agote en el vuelo de la larga cambiada con que recibe al primero de la tarde. Sus carencias técnicas para lidiar con el capote a este tipo de encaste y su inhibición final con muleta y espada transmiten a la plaza una imagen de torero vencido, incapaz de soportar el peso de una apuesta que acaso se hizo buscando colar como gesta el numerito de todas las tardes, a la espera de que un sorteo favorable en el bombo o en los corrales permitiera aplicar las recetas revenidas del toreo moderno al toro domesticado al que se lleva enfrentando toda su carrera. Para el año que viene, se anuncian nuevos sorteos patrocinados por Don Simón, mientras el imperio Matilla sigue intacto y a Talavante se le avecina un invierno económico que debería afrontar siguiendo a pies juntillas el viejo consejo de nuestros abuelos según el cual no hay mejor lotería que trabajo y economía.



En realidad, el bombo de marras no es sino otro fuego fatuo de Monsieur Casas para encubrir el estado putrefacto del sistema que, en el fondo, no quiere o no puede subvertir. En la cabaña brava sigue existiendo la casta suficiente para que el toreo vuelva a tener la grandeza de siempre. El problema real es la gran crisis de toreros existente en este siglo, incapaces de desarrollar en la plaza un planteamiento distinto al que manejan los líderes del escalafón, a quienes no pretenden desalojar del poder sino a lo sumo aprovechar un resquicio del sistema e ingresar en él para seguir transigiendo con el montaje del toro bobo y colaborador. Fortes, por ejemplo, se dejó ir el Victoriano más encastado de la tarde, al que llegó a embarcar con templanza en la primera serie, naufragando a continuación en una sucesión de pases sin mando que conforman una faena que se va diluyendo entre la impotencia y el paso atrás. Lidió al sobrero con la sombra de la oportunidad perdida nublándole el entendimiento y bastante tuvo con salir vivo de la feísima cogida que cobró al entrar a matar. Pablo Aguado, el toricantano que venía en sustitución del infortunado Ureña, al menos abrió la tarde con el aroma del verdadero toreo de capote, en donde el sevillano se duerme en dos verónicas muy caras y un primoroso quite al delantal, antes de cortar la consabida oreja del sexto que el público más amable suele regalar para sacudirse el desencanto de cada tarde. Álvaro Lorenzo sorteó un lote a modo para reeditar aquel triunfo vacío del Domingo de Resurrección del que ya casi nadie se acuerda pero no se atrevió a dar el paso al frente para recoger los frutos de la decepción talavantina y se dedicó a plagiar la famosa tesis del Doctor López que lleva por título “Aproximaciones al toreo moderno: la nueva manera de cargar la suerte metiendo pico y retrasando la pierna de salida”. En cambio Luis David, venía a Madrid a que le convalidaran con los Adolfos los entusiastas trabajos que le han llevado a torear una veintena de tardes por esas plazas de Dios exponiendo la doctrina del feísmo al adamesco modo, pero se encontró con el sexto, que se acordaba un poco de la casta de la ganadería que iluminó las postrimerías de San Isidro, e inevitablemente quedó al descubierto la mediocridad de una propuesta que pretendía aplicarle al toro esa ligazón tramposa que se instrumenta al amparo de la pala del pitón, y que al primer respingo del astado, se resuelve en un sinfín de carreritas sin sentido con destino a la comodidad del unipase. Por su parte, Román sólo estuvo animoso con el peor lote de los del Puerto, desdibujado y sin resortes técnicos para resolver sus complicaciones, vapuleado por el cornalón segundo que le atropella cuando el torero se equivoca y medio se queda en el sitio, su mayor triunfo fue salir indemne de este trance.



El caso de Ginés Marín es distinto porque él es uno de los privilegiados a los que el sistema ha consentido disfrutar de su parcelita de terreno entre los instalados, a base de ir vendiendo por las ferias un producto cada vez más huérfano de la frescura con que ilusionó a Madrid en su apoteosis del San Isidro del año 17. A punto estuvo de tocar pelo si su habitual faenita fácil, ligerita y superficial hubiera acabado en un espadazo cabal. La manejable mansedumbre de esa corrida del Puerto de San Lorenzo le cayó en suerte también a Emilio de Justo, que viene a Madrid a despecho de la reciente muerte de su padre y de la cornada que la semana anterior le pegó un toro de Victorino en Francia. Su tarde se resume en la vergüenza torera del esfuerzo y en dos estocadas en la yema, de perfecta ejecución la primera y entregándose mucho en la segunda, pero la realidad es que sólo deja detalles ante el que abría plaza en el que no acaba de dar el paso adelante para compactar una faena desigual que coge altura definitivamente en la estocada. En el cuarto, que tiene peligro por el pitón izquierdo, lo pasa de muleta con corrección pero sin especial lucimiento, y tras naufragar al echarse la mano a la zurda, acaso porque las carnes todavía abiertas huyen del compromiso de aguantar los tres y el de pecho en donde estaba la gloria del triunfo grande, se conforma con arañar otra orejita a la que llega por un par de series de circulares efectistas en terrenos de sol camino de la ansiada puerta grande, que quizá sólo por hoy, nadie se atreve a discutir.



Y cuando todo parecía perdido, cuando afrontábamos la última tarde de la feria con el primer aviso del invierno cambiando la fisonomía de la plaza, cuando todo estaba preparado para despedir la temporada con la esperanza quebrantada por tantas tardes de promesas incumplidas, llegó el acontecimiento. Ricardo Gallardo se saca de la manga un variadísimo encierro de Fuente Ymbro, de presentación irreprochable, que nos redime de todos los sinsabores del pasado, para demostrar que el encaste Domeq puede ser otra cosa que la acostumbrada docilidad tontorrona al servicio de los que  mandan. La encastada boyantía, la huidiza mansedumbre, la entregada nobleza y la fiereza indómita reunidas en una sola corrida de toros y tres toreros para su lidia con tres propuestas distintas, el toreo clásico, el toreo de lidia, el toreo moderno. David Mora se encuentra con el tercero de la tarde, el toro de la feria, que embiste por abajo portando la consagración en su astifina cornamenta. Viene el torero vestido de Chenel pero el planteamiento del añorado maestro se acaba en la distancia larga que David propone al toro para inmediatamente después desajustarse en cada embroque y hundirse en la sima del quiero y no puedo, desde la que seguramente se escucha la voz certera de Belmonte, Dios te libre de que te toque un toro bravo. Cuando Octavio Chacón entró en la rifa de Casas debió pensar que por fin el azar le permitía alejarse de la dureza que le ha acompañado en su devenir por los ruedos, pero ni por esas, si naciste para el sufrimiento hasta los Juanpedros se vuelven Miuras. Octavio es un lidiador de otra época, no hay un capote más poderoso en todo el escalafón y su forma de manejarlo hipnotiza a los toros broncos, ensimismados por un momento en el terso percal antes de volver a la carga. La pelea con el segundo de la tarde pasará a la historia como la más serena demostración de valor que hemos visto últimamente en las Ventas ante un toro avisado, que sólo se traga los mandones muletazos por bajo del comienzo y ya no vuelve a dar tregua a su matador, buscando hacer presa en cada pase hasta que el gaditano lo manda al averno de un certero espadazo. Oreja de ley. Si el bueno de Chacón esperaba mayor comodidad con el quinto, se equivocaba del todo, porque fue agraciado nuevamente con un manso pregonao que llegó a darle una coz cuando acudió a quitarlo del caballo al que había derribado en una violenta oleada. Una vez desarmado el torero y desentendido el toro abanto de los capotes que trataban de cortarle el paso, lo persiguió como un poseso hasta cogerlo por el pecho sin ahondar por fortuna más allá del chaleco en el que quedó enhebrado el pitón durante unos segundos que parecieron siglos. Ahí fue donde Octavio encontró la suerte definitiva y esa certeza pareció dejarlo conmocionado para el resto de la tarde.



Antes, en el toro anterior, había sucedido lo de Urdiales. Quizá sea la del cuarto, una de las tres faenas más importantes que hemos vivido en los últimos diez años de toros en las Ventas, en lo que va de siglo si no me traiciona la memoria. José Tomás y Comunero, 5-6-2008, Manuel Jesús “el Cid” y Verbenero, 4-10-2013, Diego Urdiales y Hurón, 7-10-2018. Ya en el que abrió la tarde, había estado Diego muy dispuesto, perfumando el viciado ambiente del toreo actual, con los postulados del toreo de siempre, el cite en el sitio, el medio pecho irreprochable, el mecido natural, la estocada sin aliviarse. Pero la conmoción llegó en el sexto. Nadie había visto nada especial en un toro cuya lidia transcurría anodina, con el aficionado perdiendo la fe en que el de Arnedo pudiera redondear lo que tantas tardes había apuntado en sus veinte años de alternativa. El primer aviso de que algo grande podía pasar llegó en la primera serie por la derecha, en un muletazo aislado en el que el toro va muy toreado hasta detrás de la cadera, pero la explosión llega al natural, cuando un animal aparentemente sin mayor clase no tiene más remedio que entregarse a una muleta que se desplaza desde el sitio que sólo pisan los elegidos, allí donde se cruzan los caminos de la bravura y de la verdad. Dos series de naturales catedralicias, clásicas, perfectas. No se puede torear mejor que Urdiales en ese manojo de muletazos eternos, definitivamente abandonado el torero a la pureza que surge de la colocación adecuada, el temple mágico y la profundidad sin límite, el tiempo detenido en un clamor que todavía dura. El toreo ya estaba hecho pero Diego todavía sigue prolongando nuestra alegría en una serie final por naturales de frente, en la alada trincherilla, en el molinete airoso, en el insospechado kikirikí, todo ello sin perder un ápice de terreno, todo ello interpretado con la privilegiada naturalidad que borra de un plumazo la impostura de tantas tardes. Cuando Urdiales revienta al toro con otra estocada casi en su sitio, los tendidos son un hervidero de pañuelos blancos y la gente se abraza con el compañero de localidad en la comunión íntima que sólo proporciona este arte raro, misterioso, indescifrable, mientras el riojano es obligado a dar una segunda vuelta al ruedo con las orejas como estandarte de una tarde histórica. Allí estábamos nosotros para presenciar el milagro, para revivir la antigua pasión que nos hacía saltar del asiento cuando Curro o Antoñete nos dieron a probar el sagrado veneno por primera vez, ése cuyo sabor aún nos tiene aguantando estoicamente en la piedra, por ver si entre la fronda plúmbea del toreo barato que nos agrede cada día, vuelve a surgir un hombre que al menos una vez cada lustro nos permita seguir explicando a nuestras familias, de vuelta a casa, con la voz ronca y el cuerpo molido, por qué, a pesar de todo y frente a todos los que pretenden hurtarnos esa bendita libertad, seguimos acudiendo a una plaza de toros.


jueves, 20 de septiembre de 2018

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES



En el carnaval de 1497, Fray Jerónimo Savonarola celebró su particular día de las hogueras, formando en la Piazza della Signoria de Florencia una pira monumental a donde fueron a parar como símbolos del pecado, multitud de obras de arte, artículos de lujo, ropas indecentes y demás signos de vanidad de la época. Más de quinientos años después, en el fuego de artificio que es la política actual arden sin cesar los diplomas enmarcados de los másteres sin mérito, y las tesis “cum laude ad maiorem wikipedei gloriam”.

La “titulitis” siempre ha sido un vicio del españolito ávido de reconocimiento que deseaba rematar su salida del analfabetismo atávico con la imponente orla colocada en el lugar principal de la casa. Desde el curso de corte y confección de CCC hasta el doctorado en diplomacia económica del presidente, hay un sinfín de posibilidades para no quedarse solamente con la etiqueta de anís del mono, que diría el gran Chiquito.

De ese afán de titulación no podían escapar los políticos profesionales, siempre dispuestos al aprovechamiento de su posición de privilegio. No conformes con disfrutar de un escaño al que accedieron medrando en la pelea por ir bien colocados en la lista, siguen utilizando a sus padrinos en el partido para embellecer un currículum que perciben demasiado escuálido para justificar su ascenso. La ministra Montón, por ejemplo, estudia medicina pero nunca llega a ejercer porque deja colgada la carrera a los 23 años por un puesto de concejal en el Ayuntamiento de Burjassot, de donde sale cinco años después para ser diputada nacional por Valencia. Las exigencias del trabajo parlamentario deben ser menores que las responsabilidades locales porque es en 2010 cuando por fin tiene tiempo de licenciarse en medicina, con treinta y cuatro años. El misterio continúa cuando la prometedora diputada decide realizar un máster de estudios interdisciplinares de género en donde no se sabe qué es peor, si el trato de favor recibido pese a ostentar la condición de portavoz de igualdad del PSOE, el plagio de copia y pega que finalmente le cuesta la carrera o el programa de materias incluidas en semejante bodrio académico que sólo puede justificarse por la voracidad recaudadora de la Universidad Rey Juan Carlos.

El mismo esquema de comportamiento se observa también en el caso de Cristina Cifuentes, otra política profesional cuya vida laboral apenas tiene recorrido fuera del amparo del partido. Licenciada en Derecho y funcionaria del cuerpo de gestión de la Universidad Complutense desde 1990, al año siguiente ya es diputada autonómica con 26 primaveras y su carrera culmina con la presidencia de la Comunidad de Madrid, previo paso por la Delegación de Gobierno en 2012, el curso fatídico en donde aceptó el regalo de un Máster en Derecho Autonómico en el mismo Instituto de Derecho Público que, al parecer, no tenía miramientos ideológicos a la hora de amparar las aspiraciones curriculares de los cachorros del bipartidismo.

De los polvos de la reforma educativa de Bolonia y la reducción de contenidos de las carreras, vienen los lodos de la proliferación de másteres en los que se empeñan las familias de nuestros jóvenes en busca de la formación que luego apenas da para cobrar mil euros en el ingrato mercado laboral. La tradicional función de ascensor social que siempre tuvo la universidad se va difuminando entre la incuria a la que es sometida por los sucesivos gobiernos y el desprestigio que se filtra por las rendijas del chiringuito en que la tienen convertida los traficantes de títulos y los tribunales de amiguetes al servicio del poder.

Las promesas de regeneración que hicieron los adalides de la nueva política parecen tener escaso recorrido si quienes lideran la cosa pública son el licenciado Casado y el doctor Sánchez, de quien se cuenta que una vez le compuso a su novia un poema que empezaba “Yo también puedo escribir los versos más tristes esta noche”. El aparente enfrentamiento de estos dos representantes de la generación más preparada de la historia nos distrae del verdadero espíritu que anima su común intención de disfrazar su impostura con cursos fantasma y tesis vacías. El pueblo está acostumbrado a entronizar la mediocridad elección tras elección, la clase dirigente no es sino el espejo de nuestra propia naturaleza, pero quizá un día no consienta que se sigan haciendo trampas para que la nada quede instalada en lo más alto.