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sábado, 28 de marzo de 2026

LOS DOMINGOS


De vez en cuando, se estrena una película que trasciende los límites de su contexto para elevarse por encima del entorno de su propio creador. Entre la barahúnda habitual de los Goya, con su guirigay anual de proclamas, tedio y ovaciones, brilló la pureza de “Los domingos”, en la que Alauda Ruiz de Azúa filma en estado de gracia la extraordinaria aventura de una adolescente atraída por la vida monacal. La directora parecía pedir perdón desde el estrado, por atreverse a narrar ese prodigio con una neutralidad extraña a la perspectiva del intelectual canónico, a quien su credo anticlerical exige renegar de la Iglesia, incluso contra el mensaje de la obra artística a cuya grandeza ha contribuido. 

Cuando se estrenó la película en las salas, su éxito se inscribió dentro de un supuesto resurgimiento de la espiritualidad en la escena española que encontró en la luz de Rosalía, una deliciosa confirmación. En la industria musical que disemina canciones como islas perdidas en el archipiélago de Spotify, la cantante catalana impugna la mediocridad conocida de "shakiras" y "badbunnys" para regalarnos un disco conceptual entregado a un misticismo a contratiempo que dice haberla salvado del psicólogo a través del rezo y el celibato, con unas gotitas de "Sauvignon blanc" como antídoto contra las perlas del desamor. Su perfil de novicia en la portada del disco parecía el cartel de la secuela de “Los domingos” imitando el rostro iluminado de la aspirante a monja que busca en el convento un espacio de dicha frente a las banalidades mundanas de amigas sin fuste y novietes insustanciales, contra la lógica oposición de una familia en declive.

El resplandor de “Los domingos” se impuso al nihilismo de “Sirat” en el forcejeo de los premios, pero ambas son dos obras extraordinarias, intercambiables incluso. Dos formas de narrar la huida del mundo, dos maneras de no encajar en el entorno que confluyen en el silencio del retiro o en la desolación del desierto, la música de un salmo nunca estuvo tan cerca del fragor de una “rave”. Una extraña paz al final del camino, un puente hacia la nada para dimitir de los afanes cotidianos, con la muerte al fondo determinando dos historias sin retorno que buscan respuestas para la vida. 

La eclosión de la primavera sacude a España en manifestaciones festivas de pretexto religioso que bajo su primer plenilunio llenan las aceras de fervor y botellines. El laicismo imperante convive con la pulsión turística por donde late un vago sentimiento de trascendencia que después no suele confirmarse en la liturgia de los domingos. Entre el temblor de los Ramos y el encuentro de la Resurrección, asistiremos a la fusión del rito con la tradición, la curiosidad por la belleza convoca más almas que el mensaje de redención que surge de nuestras tallas. No es poca cosa encontrar en la pasión representada en el calvario de cada calle, una tregua de esperanza para escapar del abatimiento que se adivina en el futuro. La guerra permanente se encadena al pensamiento como método óptimo de resolución de conflictos, la precariedad se enseñorea del marasmo económico que envenena el porvenir de nuestros hijos. El Estado que desprotegió a una joven en sus instituciones de acogida, marco insólito de su violación múltiple, y se desentendió de su salud mental tras un intento de suicidio, ha terminado con sus problemas procurándole una inyección letal. A las puertas de la Semana Santa su espíritu descansó al fin, la ley de cumplió y la maquinaria administrativa se lavó las manos tras un proceso de escarnio público con la música de fondo de las televisiones. 




martes, 24 de junio de 2025

SAN ISIDRO 2025: LA FERIA DE MORANTE



A las siete y diez de la tarde de un miércoles de mayo, José Antonio Morante Camacho se abrió de capote en el tercio y barrió en cinco verónicas y media todo el toreo espurio que viene sosteniendo el espectáculo del planeta de los toros. Media docena de lances para desmontar todas las tabarras del taurinismo oficial que justifican la impostura de cada tarde como si a pesar del erial en que está confinada la fiesta, nadie recordara el sendero de gloria que la convirtió en un rito único.


En realidad, fueron ocho. Los dos primeros como un presagio de los olés roncos que vendrían después, la seña de la identidad eterna de las Ventas para saludar el acontecimiento del toreo clásico y reunido, en el sitio y sin perder un paso, con la sencillez de quien pasa por allí y se entretiene en explicar al público que habitualmente aplaude lo accesorio, la belleza de la verdad resumida en una media.

Que Morante estaba bendecido aquella tarde se vio cuando improvisó el quite del vasito de plata, genialidad a cuerpo limpio para recortar al toro que apuraba a su peón, sin derramar una gota del cáliz. Se veía al cigarrero con ganas de empezar a torear cuanto antes, el pronto y en la mano de Chenel como antídoto contra el tostón de las faenas sin medida. Si un torero no es capaz de revelar en veinte pases el mensaje que trae a la plaza, es que no tiene nada que decir. Morante dio pocos más y comenzó la lección doblándose en las tablas del nueve, meciendo al toro de Garcigrande en muletazos tersos que buscaban abrir los caminos de una embestida que hasta entonces había sido huidiza y por momentos claudicante, y conducirla hasta la prueba de fuego del trincherazo final. La serie con la derecha que inauguró el toreo fundamental se construyó con la naturalidad de los elegidos, cuatro muletazos que parecieron uno solo, tal fue el encaje y la armonía que guio la obra dibujada en el sitio exacto donde reside la gloria. Morante torea en unos terrenos que ahora mismo nadie pisa y manda a los toros al límite del ceñimiento. Entre el recital de derechazos, cambios de mano y trincherillas, se erigió una serie única de naturales extraordinarios en los que sacrificó la ligazón, como si el estado de gracia que movía la tela necesitara un respiro entre pase y pase para degustar mejor la plenitud y los ayudados por bajo, el pase de la firma y el molinete invertido, fueran el remate necesario y refrescante para sobrevivir a tanta intensidad.


La faena a Seminarista fue la mejor que han visto las Ventas en los veintiocho años de alternativa del sevillano, tantas veces perdido en esta plaza entre retazos inconclusos, obsesiones con las condiciones del ruedo y críticas al toro de Madrid que, al parecer, ahora sí cabe en su muleta. Una labor tan inspirada que en otros tiempos menos reglamentistas, hubiera bastado para que se llevaran a Morante por la puerta grande, al margen de las orejas que pospuso el descabello. La faena obró en la tarde un efecto devastador sobre las víctimas que cometieron la imprudencia de compartir cartel con el toreo puro, sobre Talavante especialmente, convertido en una sombra que paseaba por el ruedo arrastrando la memoria de la faena triunfal que abrió el ciclo, mera bisutería preciosista incapaz de soportar la comparación con la obra maestra que acababa de presenciar. La devastación se extendió al resto de la feria, relegando al olvido a los toreros de su generación que resisten en el escalafón al amparo del medio toro flojo y dócil, a los diestros mecanizados de la generación siguiente fabricados en serie por las escuelas taurinas, a los epígonos del negociado del arte, perdidos en la melancolía inútil de la confrontación con el modelo original. La actuación de Morante en la corrida de la Beneficencia anduvo por debajo del acontecimiento previo y su mayor mérito fue la inteligencia del torero para aprovechar el viento a su favor y reunir los fragmentos de autenticidad de la tarde, hasta conducirlos a la tierra prometida de la calle de Alcalá con el salvoconducto de tres naturales inmensos a un toro impresentable de Juan Pedro que en otro momento solo hubiera merecido la faena de aliño habitual. El triunfalismo de los jóvenes se adueñó del escenario para izar al ídolo sobre su fervor de botellón y “vivaespañas”, y entre los tonos pastel de las camisas de marca emergía una figura azabache como de otro tiempo, un Gallito improbable a lomos de una ficción.


Desde la andanada se asistía al suceso con la alegría que proporciona contemplar el anacronismo de un torero vestido de siglo diecinueve paralizando la vida capitalina de un domingo por la tarde, hasta que la policía montada de Urtasun suspendió la ensoñación para que la calzada recuperara su acostumbrada mediocridad. La imagen de un artista elevado a la categoría de héroe por los veinteañeros de esta época sin más referentes que los “streamers” que los aleccionan, nos trajo el recuerdo del aficionado ignorante que fuimos, representado en la masa que aclamaba a Morante camino de la puerta grande como lo hubiera hecho con Perera, Castella, Rufo o Adrián si hubieran culminado con la espada sus trasteos ayunos de enjundia, como lo hizo siete días después con Borja Jiménez, por una faena efectista a un toro obediente de Victorino. Es difícil que el hedonismo que orienta sus instintos les permita distinguir entre la pureza y el engaño, entre la hondura y la superficialidad pero también es probable que alguno de ellos transite por el camino del tiempo alcanzando la madurez suficiente para dejar de preferir una danza banal ante un animal bobo a las faenas de poder frente al toro de respeto.

Quizá tengan que esperar a que la vida haya dejado en ellos el poso de dolor necesario para apreciar la otra feria, el reverso de la tauromaquia incruenta que atesta los tendidos de un público festivo, las tardes en que la emoción vuelve a la piedra y disuelve el tedio cuando el toro recupera su condición de fiera y su casta exige toreros sin duende que arriesgan la vida apenas por los gastos, romanes que exponen los muslos partidos a las embestidas inciertas, damianes y robleños que no han visto un Domecq ni en las fotografías. Y lidiadores ultramarinos que vienen a la madre patria a reivindicar la fiesta proscrita en su tierra y se abrazan a su oportunidad en la periferia del sistema, tal Diego San Román sorteando gañafones como balaceras de Querétaro o Juan de Castilla conviviendo con las tarascadas de un toro de Dolores como con los sicarios del narco que poblaron su infancia en Medellín. 


El culto al meritoriaje en la fiesta siempre ha permitido que las figuras del toreo escogieran las mejores ganaderías a cambio de la excelencia en su propuesta artística. A José Tomás no se le exigía que matara barrabases. La feria ha sido un desierto de monotonía del que sólo nos redimió Morante. Si haciendo honor a su fama de alunado se hubiera retirado tras otorgar la bendición a sus fieles desde la balconada del Wellington, podría haber dicho, como el Guerra, después de mí, “naide”, y después de “naide”, Uceda Leal, que estando ya de vuelta de todo aún dio una lección de torería ante un toro de la Quinta. Acaso la actuación sentida y asentada de Fortes que contemplé desde el tamiz enaltecedor de las cámaras de teleayuso fuera otro de los sucesos del ciclo, siempre que no se tuviera en cuenta el factor corrector de la perspectiva de los compañeros de abono que desde el altozano de la andanada son capaces de desmontar los mitos televisivos con la misma efectividad que los informes de la UCO arruinan la reputación de los felones. Algo de eso debió pasarle a Roca Rey, que se empeñó en destrozar el aura que lo acompañaba desde su aparición en Tardes de soledad, el documental que al parecer le ha arrebatado el alma, tal fue el derroche de vulgaridad desplegado en su trámite isidril. 


El toro más bravo de la feria, Brigadier, de Pedraza de Yeltes, que midió su bravura en tres puyazos cobrados arrancándose de largo y recrecido en el castigo, no ha sido mencionado en ninguno de los premios oficiales del establishment taurino, interesado en promover el otro toro que permite el mantenimiento del tinglado, el exclusivamente fabricado para la faena de muleta, el que prodiga embestidas ordenadas, no suelta la cara y en lugar de acometer, ofrece inercias. En cuanto a la ganadería más completa, habiendo asistido a las corridas de la Quinta, Escolar, Pedraza y Fuente Ymbro, los jurados han preferido prevaricar distinguiendo a la ganadería de Jandilla. Vale.




viernes, 14 de marzo de 2025

TARDES DE SOLEDAD


Después de su estreno rutilante en el Festival de San Sebastián y los ecos de acontecimiento que desde entonces condujeron a la cinta a la Concha de Oro y a su creador, Albert Serra, a la concesión del Premio Nacional de Tauromaquia, el primer viernes de marzo se puso a mi alcance “Tardes de soledad”, el documental sobre Andrés Roca Rey, que había conmocionado los mentideros taurinos conocedores de su dimensión. A las ocho y media en punto de la tarde lluviosa, la expectación del suceso había sido derrotada quién sabe si por la competencia de los cultos cuaresmales de mi ciudad levítica o por el cañeo habitual de la jornada, el caso es que me vi convertido en espectador único de la sala tres de los Multicines Odeón. El privilegio de la sesión privada convivía con cierto aire de desolación por la decadencia del rito de la pantalla grande y la sala oscura, que se esfumó de inmediato cuando tras los interminables créditos iniciales de las productoras el
toro se hizo presente en la escena.


El toro de la noche reinando en la dehesa, su respiración cortando el aire como la banda sonora de Tiburón. La película es un duelo permanente entre el aliento del toro y el resuello del torero, porque, en realidad, “Tardes de soledad” es una película muda. Es la filmación del silencio de la muerte apenas quebrantado por las interrupciones sonoras que la vida opone a esa certeza, el ruido sordo de la lidia, el aullido estentóreo del peón, el rumor en sordina de la gente, el “Vals triste” de Sibelius en el trayecto de regreso. El siguiente plano tras la apertura nocturna es Roca Rey en su furgoneta después de torear, mostrando su rostro en la cámara fija congestionado tras la pelea, los restos del miedo resbalando por su piel sudorosa, la mención de José Tomás como referencia icónica de la épica reciente. Los ánimos banales que ofrece la cuadrilla contrastan con la seriedad del matador, obsesionado por librarse del objetivo que retrata sin censuras la tensión de la responsabilidad que pesa sobre su espíritu, eres el número uno, has estado cumbre, un figurón del toreo, “mi arma”, le regalan el oído Viruta y Chacón, esos Ray Liotta y Joe Pesci pasados por la tierra de María Santísima. 

La puesta en escena solo tiene tres decorados, la furgoneta, la plaza y el hotel. En la habitación, se representa el ritual del descendimiento a la realidad. Vestido en blanco, sangre y oro, un punto antes de llegar a la desnudez, el hombre solo, a pesar del apoderado en el espejo. Un rosario por todo escudo es la ropa interior del héroe que más adelante embute de nuevo su fortuna en seda negra, mientras cruza silencios con Larita, el mozo de espadas que mantiene en vilo al maestro para enfundar el valor en un traje de luces cuyo color osa llamarse catafalco. 

En la plaza, la decisión artística del director es cerrar el plano y bajar el punto de vista, el tiro de cámara a la altura de la fricción entre toro y torero, aboliendo todas las geometrías que se advierten desde el tendido y con ellas, los debates sobre el temple y las distancias, la estética y la colocación, el arte excluido por una cuestión de perspectiva que elige centrarse en el encuentro entre el hombre y la fiera tan en corto que se siente en la butaca, la mirada en el fragor de la embestida y el trazo fugitivo del lance, en la muerte temblando entre la boca del bicho y el rictus crispado del matador. 

La arena de miga de las Ventas, la tierra negruzca del Norte, el albero maestrante sevillano conforman ante la cámara una piel de toro agreste y berrenda, recorrida en tardes sin espacio para el triunfo porque la ambición por afirmarse en la condición de figura lo arrasa todo. El tratamiento prodigioso del sonido dibuja el latido del público en elipsis, como decorado ausente en el que brilla el susurro de las conversaciones entre barreras pespunteando el diálogo físico entre los contendientes. El respeto del matador por el toro contrasta con la mezquindad de los peones que insultan al tótem, ajenos a la gloria que transporta, como si la obligación del animal no fuera comportarse conforme a su naturaleza salvaje.

La película se contempla en continua tensión dramática por la inminencia de la cogida que finalmente llega junto a la perplejidad del diestro por haberse salvado. Tras el paso por la enfermería se nos muestra al torero sin chaquetilla, cubierto por una bata quirúrgica que envuelve el secreto de la suerte que lo ha librado de perecer en la crucifixión que un toro de Bañuelos intenta con su cuerpo, atropellado al fin contra las tablas de la plaza de Santander. Frente a la impostura del sesgo de las retransmisiones televisivas, la película de Serra es puro cine, y logra atrapar la verdad de la muerte mostrada en primer plano, sin hurtar al espectador el estertor que va desde que dobla el toro hasta el postrero espasmo de la puntilla, sin miedo a eludir la crudeza implícita en el último rito de masas que se atreve a transgredir el infantilismo hedonista de la sociedad actual, enfrentándola con la representación de su destino. 

Quizá sea la película de toros más importante de la historia. Ni la ficción ni el documental habían conseguido hasta ahora transmitir la profundidad de esta liturgia con la emoción esencial que viene convocándonos desde hace siglos en torno a su misterio. “El cisne” de Saint Saens culmina musicalmente el viaje, ilustrando el último plano de los toreros despidiéndose indemnes tras la batalla, y nos traslada a esa sensación de plenitud que hemos sentido en la plaza tantas tardes, cuando después de haber asistido a la revelación del toreo puro, emprendemos el camino de vuelta a nuestra propia soledad.




jueves, 7 de abril de 2022

EL REENCUENTRO



Y por fin, el reencuentro. Vuelven los días sagrados, las fechas que unen nuestro ser con la infancia, la ruta por la senda empedrada de recuerdos siguiendo al corazón tras la belleza, la cita con el dolor que conduce a la alegría.

Regresará la pasión del Jueves Santo, la inquietud conspirando entre las nubes y el astro redentor que se abre paso encendiendo la mirada hasta el crepúsculo. La imagen venerada emergerá de las entrañas del pasado para llenar de majestad púrpura la hoz entera. Y volverá el encuentro con los viejos hermanos, con la luz inextinguible en el balcón de Aurelio, con el resolí de Antonio y su dulce bienvenida, con la bonhomía intacta del gran Teófilo, el primero de todos nosotros. Regresará la ansiada intimidad bajo el capuz. El camino templará las urgencias de la tarde cuando atravesando el campo de San Francisco, la campana se funda con el tiempo y rememore el origen de todo. 



Unas horas antes, la noche se habrá conmovido con el silencio que hace vibrar los olivos que convocados en San Esteban, nos hablan de plegarias y traición, de negación y arrepentimiento. Hay una cercanía de latidos que hermana a todas las almas cuando son reclamadas por el trasiego de los pasos en la curva de la Audiencia, el árbol del amor como testigo asombrado de las multitudes varadas en la contemplación del temblor de la llama en las tulipas. Y en la comunión de los espíritus ávidos de nostalgia que se congregan en la bajada de San Pedro, hay una emoción antigua que los requiere al son de los ecos inefables de las horquillas que lastiman nuestro pecho, mientras en las fachadas absortas se proyecta la sombra de los siglos.

Es la hora del rito y la condena. De nuevo el mar de los tambores remontará el Júcar con su danza, la herida sangrando en los clarines rasgará la tiniebla ensimismada, de nuevo el fulgor del plenilunio y el canto apagado de la fragua, de nuevo un bosque de palillos y el clamor anegando ya la plaza, un haz de misereres escondidos aplazando el grito y la venganza y dónde por la serranía, tan de mañana, San Juan, al compás estremecido, ay que se va, que se va, de Jesús que baila y muere, de nuevo la soledad.



Ya están renovando los banceros su ancestral vocación de ser calvario, al mecer las andas que son cruces sobre el hombro morado de martirio. Y están pidiendo a gritos ya la calle después de un trienio de penumbras, guiones, faroles y estandartes, anunciando al porvenir la buena nueva de los pasos encarando el horizonte, desmintiendo su destino de hornacina, en la ciudad pendiente de un milagro. Cuenca actualiza los prodigios cuando ve llegar el Viernes Santo y un madero amarfilado de agonía desciende acompañando nuestra angustia, cuando el dardo gris de la lanzada enhebra el esplendor del mediodía y la piedad comparece estremecida, envuelta en los espejos del camino.

Retornará la procesión de los susurros a la vera del Huécar. Una madre solitaria, sostenida por los hombros y las almas, velará el espanto del sepulcro, ese cuerpo que ahora yace, derrotado y final, sobre su llanto. Y una cruz irá meciendo su lamento, desnuda ya de estruendo y madrugada, allí donde el rumor de las horquillas es el único consuelo que nos queda frente a la intemperie.



Y por fin el reencuentro. Demasiado tiempo sin poder contemplar la gracia de la esperanza verdecida proclamando la primavera en San Andrés. La vida nos enfrentó a un memorial de ausencias por el que discurrieron verónicas imaginarias mostrando nuestro rostro desolado y amargas soledades que atravesaron los silencios bajo un palio de abismos insondables. Demasiado tiempo sin sentir la maravilla, el momento del soñado privilegio, caminar a su lado por el Peso, aferrado a la caña que nos guía. 

El manto del dolor caerá un domingo, la resurrección será renacimiento y la dicha un vuelo de palomas.



Imágenes de Joaquín Ruiz Arteaga

viernes, 10 de diciembre de 2021

CUENCULTURA



Cuenca. Festividad de todos los Santos. En los alrededores de la Iglesia de San Pedro, a la luz del crepúsculo, se arraciman varias docenas de conocedores del secreto. La asociación “Cuenca, ciudad de música” ofrece la interpretación del Réquiem de Mozart, a través de la versión de Czerny para piano a cuatro manos dirigida por Ignacio Yepes. El ambiente creado a partir de la distribución circular del público en la sala, la intimidad de la escenografía lumínica dispuesta y la maravillosa música de Mozart, esculpen momentos inolvidables por medio de las dieciséis voces del coro que brillan especialmente en el fragor del “Dies irae”, elevan al cielo de la cúpula de Martín de Aldehuela el estremecimiento del “Confutatis” y entonan el “Lacrimosa”, con delicadeza de orfebre.

Acontecimientos como éste se suceden en Cuenca casi de incógnito, sin apenas promoción oficial ni repercusión posterior más allá de las redes sociales, sin la adecuada reflexión crítica que debería acompañar a cada uno de los eventos que proliferan en nuestra ciudad, con el fin de convertirla de una vez para siempre en una verdadera potencia cultural. En el último año han pasado por el Auditorio tres de los más importantes montajes teatrales del panorama nacional y los ecos de tanta grandeza no trascendieron más allá de los afortunados que asistimos a la belleza de las Divinas Palabras de Valle pasadas por el talento escénico de José Carlos Plaza, al atrevimiento transgresor de Miguel del Arco poniendo patas arriba el Ricardo III shakespeariano y a la divertidísima propuesta de Sergio Peris-Mencheta que convirtió los Castelvines y Monteses de Lope en una fastuosa comedia musical.

A pesar de tropiezos incomprensibles como la cancelación de la Semana de Música Religiosa de 2021, cuya ausencia convivió sin embargo con el concierto de las terrazas de los bares, la vida cultural de Cuenca goza de buena salud y de vez en cuando surge el milagro de la belleza en una exposición cualquiera como la de Alberto Corazón que todavía puede disfrutarse en la Fundación Antonio Saura, o en el quejido de Juan Perro, derramando su cantar filosófico sobre la hoz asombrada, o en la posibilidad de contemplar de madrugada un insólito programa doble compuesto por Barry Lindon y Muerte en Venecia en la maratón cinematográfica que ofreció el Cine Club Chaplin, con motivo de su cincuentenario.  

Los lunes culturales de la Catedral, las conferencias de los martes en la RACAL, las sesiones cinematográficas de los miércoles en el Chaplin, son abrigos espirituales que nos ayudan a pasar la travesía del invierno con la certidumbre del calor que el arte es capaz de proporcionar cuando a través de sus ficciones, nos permite llegar a la verdad.
 
Recientemente, se concedió por la UNESCO la condición de Patrimonio de la humanidad, al Paisaje de la Luz madrileño establecido entre el Parque del Retiro, el Jardín Botánico y el Triángulo del Arte configurado por el Prado, el Thyssen, y el Reina Sofía. Nuestro casco histórico ha cumplido ahora sus bodas de plata en el exclusivo club de las ciudades patrimonio y por fin la ciudad parece haber escapado de la sensación de ser siempre el pariente pobre en los actos anuales de conmemoración de la pertenencia a este G-15 de la excelencia patrimonial. Debemos pregonar sin complejos la fortuna de poder convivir en unos centenares de metros no ya con un triángulo sino con un pentágono de cumbres del arte moderno nacional, la mayor concentración de espacios dedicados a la vanguardia escultórica y pictórica que imaginarse pueda en España, en glorioso contraste con la posibilidad de disfrutar en el centro de la figura de los vestigios del gótico más antiguo de Castilla en la Catedral de Santa María y San Julián. El Museo de Arte Abstracto, la Fundación Antonio Pérez, la colección Roberto Polo, la casa Zavala y el Espacio Torner, llevan a cabo su labor con la sordina que les imponen unas autoridades demasiado tibias a la hora de destacar para el mundo, su importancia y su singularidad. 

Nos cuesta transmitir nuestra grandeza. La humildad de nuestra dimensión es compatible con el realce del tesoro que albergamos, aunque sea Resines el que lo propague. Vale.





sábado, 28 de agosto de 2021

LA ALCALDADA



La polémica suscitada por la decisión de la alcaldesa de Gijón de no renovar la concesión para que sigan corriéndose toros en la centenaria plaza de El Bibio se inscribe en la tradición totalitaria española, difícil de erradicar en una sociedad infantilizada que acostumbra a transigir sin aspavientos con la pérdida paulatina de libertades, pero no soporta la crudeza inherente al arte de lidiar reses bravas. La excusa alegada sobre la nomenclatura de los toros que se lidiaron la última tarde de la Feria de Begoña no hace sino aderezar con la ignorancia propia del regidor democrático aspirante a déspota, una decisión que desconoce el significado totémico de la figura del toro en el rito taurómaco, liturgia concebida para la reverencia de uno de los pocos animales de la fauna ibérica que es tratado con la dignidad correspondiente a su naturaleza indómita. Esa es la razón por la que si un toro se apellida Feminista, es difícil concebir en ello motivos de escarnio y ofensa, sino más bien de ensalzamiento y en cualquier caso, una intención marcada por los usos ganaderos y el talento mayor o menor de cada cual para poner un nombre, tal le ocurrió a los progenitores de la tía de la regidora cuando la bautizaron como Gervasia.

Más allá de la anécdota, el problema reside en el caldo de cultivo que hace posible concebir siquiera la eventualidad de que un responsable político decida prohibir la tauromaquia en su feudo particular, en un país que tiene leyes que la protegen como patrimonio inmaterial, histórico y cultural de todos los españoles y ordenan a los poderes públicos garantizar su conservación y promover su enriquecimiento. El hecho de que el Tribunal Constitucional se haya pronunciado ya en dos ocasiones declarando nulas las leyes autonómicas que prohibían absolutamente las corridas de toros o las desnaturalizaban hasta convertirlas en espectáculos incruentos, reafirmando la obligación del Estado de salvaguardar sus características nucleares y su estructuración tradicional en tres tercios que deben culminan en la muerte del animal, no parece haber calado en algunos representantes públicos que se arrogan la condición de oráculos de la voluntad popular, sin más consulta que a sus veleidades particulares. 

La fechoría encuentra fácil acomodo en una sociedad en la que la llamada cultura de la cancelación y otras formas de censura pública prescinden a diario de las vías legales y judiciales para proscribir personas o arrinconar costumbres tras el veredicto del tribunal de lo políticamente correcto, pero se ve favorecida por las corruptelas que anidan en los estamentos taurinos y ensombrecen poco a poco la condición de ejemplo y espejo de valores que siempre proyectó la tauromaquia. Por eso sobran los discursos vacíos y las baladronadas sin fuste de quienes tienen en sus manos la regeneración de la fiesta pero siguen embarcados en una estrategia de inacción cómplice de esta deriva. La realidad es que una política española se propone perpetrar esta alcaldada y la contestación social no pasa de manifestaciones minoritarias, efímeros escarceos tuiteros y rifirrafes estultos en los minutos basura de las tertulias televisivas. Todo ello habla claro sobre la debilidad de la tauromaquia de este momento, que tiene su origen en la domesticación progresiva del toro de lidia y su conversión en un animal de apariencia y comportamiento inofensivos, cuyo sacrificio ritual en igualdad teórica de armas pierde el sentido y mueve a las buenas gentes a la sensiblería y a una alcaldesa a la arbitrariedad.

Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas, decía Juan Ramón, pretendiendo llegar al conocimiento a través de la poesía. La sobrina de Gervasia no ha entendido nada.





sábado, 15 de mayo de 2021

EL SIMULACRO

 



Aunque en cada época, para defender su pureza, los cronistas taurinos proclamaron siempre el declive de la fiesta que les tocó vivir, nunca como ahora la tauromaquia está siendo reducida a la condición de simulacro entre el regocijo de sus detractores y la condescendencia de los partidarios. El mal hunde sus raíces mucho tiempo antes de que la pandemia pusiera patas arriba el planeta de los toros. Esa triste decadencia que ya habían traído a la fiesta la creciente docilidad del toro y el planteamiento ventajista del toreo, había convertido el combate atávico entre el hombre y el animal en un espectáculo incruento y banal en la mayoría de las lides, a tono con el infantilismo reinante en una sociedad que tras el virus y el cambio en las costumbres que sin duda traerá, se convertirá en un escenario poco propicio para albergar la grandeza de la lidia de reses bravas.

Llega San Isidro y la plaza de toros más importante del mundo, la que siempre actuó como reducto último de la seriedad del rito, la cátedra del toro íntegro, el aficionado pétreo y el triunfo verdadero, permanece cerrada tras el trampantojo del dos de mayo, la gris pantomima organizada de espaldas al abono de Las Ventas, festejo menor para vestir de oropeles el reclamo electoral. Mientras tanto en Vistalegre, se desarrolla estos días otro simulacro, la isidrada de las figuras instaladas y el toro cómodo, la del cielo abolido y el público ausente, en la que no se distinguen las voces de los ecos y el toreo se asfixia ofreciendo una imagen de oficio terminal.     

En un tiempo en el que ha devenido anacrónico lo que siempre fue natural y la entronización de principios espurios amenaza la pervivencia de este arte único, resulta imperdonable que la lamentable gestión administrativa de los asuntos taurinos no se vea contestada por una iniciativa empresarial valiente que abra Las Ventas de par en par, y apurando los porcentajes de aforo permitido, eludiendo los cachés elevados de las figuras y las ganaderías del monopolio, acartele toreros emergentes con encastes alternativos, liderando la reconstrucción de la ruina como espejo en el que puedan reflejarse el resto de las plazas. Por el contrario, dirigir la mirada a los lugares señeros de la temporada taurina es un viaje sin retorno a la desolación. La feria de abril sevillana se trasladó al incierto territorio de septiembre, en donde sabe Dios cómo estaremos dado que la fiabilidad de Sánchez pronostica la inmunidad de grupo para esas fechas. Valencia ni está ni se la espera. Pamplona suspende San Fermín por segundo año consecutivo y habrá que ponerse en lo peor para afrontar la regeneración del abono de Bilbao en el curso que viene cuando quizá ya no quede nada por rescatar.   

Con estos bueyes hay que arar y tal vez Miguel Abellán se encomendó al santo pensando que, como en el milagro, los bueyes labrarían solos la tierra prometida de la nueva normalidad taurina. En el peor de los momentos, el futuro de la fiesta en Madrid descansa en las peores manos, las de quien ha consentido la ausencia de los toros en Las Ventas durante diecinueve meses mientras se celebraban en la comunidad otros eventos bajo techo y ahora no ha sido capaz de devolver San Isidro a su escenario legítimo, contemplando indiferente cómo su versión espuria se marchita confinada en un polideportivo.

Se nos va la vida en medio de tanta incompetencia, la afición no, porque basta revisitar una película antigua para que el corazón recuerde la costumbre de vibrar cuando en el ruedo venteño se paraba el tiempo y se ponía en escena la lucha entre un animal encastado que puede matar y un hombre que se impone a la fiera embestida exponiendo su vida en el empeño. Dos ferias al limbo sin poder asistir a ese milagro.



viernes, 30 de abril de 2021

NOMADLAND


La ceremonia de los Óscar aparece cada año reponiendo en nuestra mirada el recuerdo adolescente de la expectación pegada a la pantalla, cuando por fin llegaba el conticinio y la madrugada aún no terminaba abruptamente en la jornada laboral. Por aquel entonces, algunos veíamos la última de las películas nominadas la misma noche del acontecimiento y una vez cumplidas nuestras obligaciones cinéfilas, hacíamos la quiniela sobre las páginas satinadas del Fotogramas, en las que el boli bic cristal resbalaba un poco al marcar la cruz en la casilla del mejor actor secundario. Hoy las plataformas nos facilitan la tarea de alcanzar la ceremonia convenientemente informados, ya sin aquella ilusión mitómana por las películas que nos hacía vibrar de indignación si tras la letanía del “the winner is”, la agraciada era “Gandhi” y no “Veredicto final”.

 

Cuarenta años después de aquella fiebre, preferimos encadenar los capítulos de una serie desde la fila cero del sofá, pero de vez en cuando brotan gemas que provocan la emoción de antaño y sobresalen entre el panorama anodino del cine actual. La de este año es “Nomadland”, película cuya nominación hubiera sido imposible en ese futuro de diversidad en el que la Academia de Hollywood impedirá que opten a los premios las cintas que no cuenten con un protagonista perteneciente a una minoría racial. El desarraigado “casting” de nómadas blancos de la América profunda cuya felicidad reside en una furgoneta, hubiera debido incluir un treinta por ciento de etnias alternativas para ver premiada la labor de su directora Chloé Zhao, de origen chino, la segunda mujer en la historia que gana en esa categoría.

 

“Nomadland” es el arte de reinventar la poesía filmando actividades tan prosaicas como la recogida de la remolacha. Las historias de los desheredados de la crisis económica de 2008 encuentran en la escritura minimalista de Zhao el tono exacto de su propuesta vital, la elusión de lo superfluo, el elogio de la frugalidad, convirtiendo la necesidad de vivir en una economía de subsistencia en una elección compatible con la alegría. En las costuras más injustas del capitalismo también habita la redención del hombre solo, si te acostumbras a dormir sin echar de menos un colchón mullido, un cuerpo al costado y sabes dimitir de la dictadura de la sociedad de consumo.


En este caso, el hombre solo es una mujer, Fern, inolvidable Frances McDormand, cuyo rostro es un lienzo capaz de contarnos las heridas del pasado sin un gesto de más. Frente a las opciones de vida convencional que se le ofrecen en el camino, Fern escoge el estoicismo agreste de la libertad, el sentido telúrico de la existencia y el abrigo de la naturaleza para enfrentar la senda sin miedo, porque no puede haberlo cuando se ha perdido casi todo y tu principal problema es encontrar un sitio en el mundo donde aparcar.

 

Esta “road movie” con hechuras de “western” sin malos, no necesita enfatizar su mensaje contra la explotación laboral que ejercen las grandes corporaciones para hacerse entender. Los nómadas que la protagonizan son en la mayoría de los casos, personajes reales que representan al millón de personas que en Estados Unidos ya no persigue las uvas de la ira y vive en casas rodantes, transitando el reverso del sueño americano, ése en el que la Navidad se celebra cenando una hamburguesa en un camping de Amazon en el que no es probable la aparición de Santa Claus.

 

Como el soneto dieciocho de Shakespeare que recita Fern ante un joven perdido, “Nomadland” está destinada a perdurar y con ella, la historia de estas gentes sin casa pero no sin hogar, cuya vida está llena a despecho del frío y de las ruedas pinchadas, la intemperie cubierta por la amabilidad de los extraños, la soledad buscada esculpida en plano secuencia. Una filosofía especialmente valiosa para estos tiempos pandémicos en el que nadie está exento de salir malherido de las incertidumbres del destino. Nos vemos en el camino.



martes, 20 de abril de 2021

MIGAJAS EN EL PARQUE

Con motivo del bicentenario del Prado, nuestras autoridades inauguraron recientemente una exposición de las obras maestras de la pinacoteca en el Parque de San Julián. A lo largo de su ala norte, se disponen en paneles del mismo tamaño, fotografías a escala real de los cuadros más famosos del museo, casi todos de un gran formato que excede de la medida del panel, de tal manera que sólo se ofrecen los detalles centrales del cuadro y a veces reproducciones mutiladas, convirtiendo el montaje en un quiero y no puedo impropio de uno de los museos más importantes del mundo que en lugar de repartir por la geografía nacional el exceso de obra que tiene almacenada entre sus fondos, se ha inventado estas migajas para distracción del personal.


La muestra es una metáfora involuntaria de la actitud eterna de las administraciones con ciudades desheredadas de la fortuna como la nuestra, quintaesencia de la denominada España vacía por obra y gracia del abandono permanente a la que la someten los gestores de la cosa pública a cualquier nivel que se tenga a bien escoger. No es que no sea agradable darse una vuelta por el parque de nuestra infancia y dejarse acariciar por la brisa primaveral mientras se contempla cómo los Reyes Magos de Rubens adoran a un Niño Dios ausente de la imagen, pero en una ciudad tan bien dotada como la nuestra en cuestión museística, se echan en falta inversiones reales en materia productiva y sobran bombos y platillos para inaugurar una colección de fotos que podemos encontrar en la enciclopedia de arte que adquirimos en su día, para que sus tomos hicieran juego con las cortinas del salón.


Quizá sea un problema mío y me falte aún la perspectiva suficiente para analizar el asunto, del mismo modo que el detalle ofrecido de “Las meninas” mitiga el efecto del punto de fuga creado por Velázquez para que el espectador asombrado pudiera tocar el aire recreado por el maestro. Mediada la legislatura local y autonómica, no se advierte el beneficio que la conjunción astral del mismo partido en la gestión de las tres administraciones que nos desgobiernan, está generando en el futuro de nuestros hijos, la despoblación progresiva de nuestra tierra convertida en horizonte ineludible y origen del desinterés de la política en remediar los males de una provincia con escasa fuerza electoral.    



Pasan los años y la ciudad languidece con la excusa final de la pandemia como pretexto óptimo para la inacción. Los proyectos se anuncian y el ciudadano los ve pasar como el que se para en el parque enfrente de “El descendimiento” de Van der Weyden y contempla el desaguisado que se ha cometido con la mágica estructura de la obra, cuya reproducción comparece decapitada de forma similar a nuestras esperanzas en que las promesas publicitadas se conviertan en realidades tangibles. La memoria conquense es pródiga en el recuerdo de las batallas perdidas de la capitalidad, la universidad, las comunicaciones y el desarrollo industrial y sin embargo, el turnismo eterno se enquista en las instituciones, convirtiendo la deseable alternancia política en un instrumento inútil para alcanzar la necesaria regeneración de este lugar.

Como si nuestro destino vagara por la laguna Estigia sin moneda alguna que entregar a Caronte para llegar al paraíso, la accesibilidad al casco antiguo es el último ejemplo de cómo la desidia y el conformismo pueden prolongarse durante ochenta años asolando el porvenir. Desde 1940 llevan nuestros próceres aplicando a esa cuestión la doctrina marxista de Groucho sobre la política como el arte de generar problemas, encadenar proyectos disparatados y encontrar las soluciones equivocadas, cuya ejecución se dilata en el tiempo sin aparente razón. Varias generaciones después, la ciudad parece estar todavía varada en aquella época en cuanto a la contestación social que merece el tratamiento que recibe.

 

La exposición del parque ha sido muy bien acogida por el público, si hacemos excepción de la cagada de paloma que adornó temporalmente el panel de “La maja desnuda”, hasta que fue parcialmente limpiada por un operario municipal. 



lunes, 10 de febrero de 2020

Y EL OSCAR ES PARA ...

PARÁSITOS

Y el Oscar es para, para … Parásitos, la magnífica cinta de Bong Joon-ho, que ha conseguido por fin que la industria americana se decida a premiar como mejor película del año a una obra no hablada en inglés, ese paso subversivo al que no se atrevió con la imperecedera Roma. Ya es casualidad que ambos filmes hablen de la lucha de clases a través de las vicisitudes del servicio doméstico, desde una perspectiva diferente pero con un punto de vista común que huye del maniqueísmo, vive de los matices y propone una meticulosa puesta en escena al borde de la perfección.

De un tiempo a esta parte, pretendiendo publicitar un esplendor que ya no existe, la Academia de Hollywood ha recuperado la costumbre de los años treinta, época en la que se nominaba a una decena de cintas para el Oscar a la mejor película. Hace ochenta años, en la ceremonia de 1940 que premiaba a las películas rodadas en el 39, estaba cantado que la estatuilla la recibiría David O. Selznick, por el enorme esfuerzo de producción llevado a cabo con Lo que el viento se llevó, y el gran éxito de público que refrendó la esperadísima adaptación del “best seller” de Margaret Mitchell. El monumental film que acabó firmando Victor Fleming arrasó a las demás candidatas con otros ocho premios adicionales, pese a que la cosecha de aquel año, como ya venía ocurriendo desde mitad de la década de los treinta y no dejaría de suceder durante las dos décadas siguientes, incluía al menos, otras cinco obras maestras: la primera versión de Tú y yo de Leo McCarey, apoteosis del melodrama romántico que provoca la misma conmoción en 1939 que en el remake de 1957 cuando Deborah Kerr sucede a Irene Dunne en su camino truncado hacia la felicidad que esperaba en el último piso del Empire State; La diligencia, posiblemente el mejor western de la historia; Ninotchka, o la sonrisa de Garbo iluminando la pantalla por cortesía del toque Lubitsch; Caballero sin espada, la enésima fábula política que sólo el idealismo mágico de Capra podía dotar de credibilidad y El mago de Oz, más allá del arco iris sigue brillando Judy Garland sobreviviendo a las muecas con las que este año la ha homenajeado Renée Zellweger.

RENÉE Y JUDY

Si en la actualidad, tenemos que recurrir a las series para encontrar el virtuosismo que el cine ha perdido, el espectador americano de aquel año en el que los españoles andábamos a tiros, podía seguir vibrando cada fin de semana en las salas, porque John Ford se entretenía en añadir a La diligencia, El joven Lincoln y Corazones indomables, Raoul Walsh firmaba la primera entrega de esa trilogía de obras mayores del cine negro conformada por Los violentos años veinte, La pasión ciega y El último refugio y el cine de aventuras en parajes exóticos permitía que los niños de entonces pudieran disfrutar de un programa triple de ensueño formado por Beau Geste, Las cuatro plumas, y Gunga Din. Para hacerse una idea del aluvión de películas notables rodadas en aquel momento, basta decir que todas las anteriores fueron ninguneadas en las nominaciones a los Oscar, como también se olvidaron de la maestría de Howard Hawks que ese año demostró su versátil genialidad en Sólo los ángeles tienen alas, trufando este inolvidable drama de aventuras entre dos cumbres de la comedia como La fiera de mi niña y  Luna nueva, de la misma manera que los aviones de Cary Grant y Thomas Mitchell sorteaban entre la niebla las míticas montañas de Barranca.

RICHARD JEWELL

Algo parecido ha sucedido en esta edición con el último director clásico que nos queda para nuestro disfrute. A punto de cumplir noventa primaveras, Clint Eastwood nos ha regalado con Richard Jewell otra muestra más de su prodigiosa capacidad de narrar, filmando sin artificios la revisitada historia del héroe americano, la odisea del hombre corriente enfrentado a los poderes del Estado y de la sociedad, sin más apoyo que un abogado mediocre, una madre orgullosa y su sentido común. Tanta grandeza solo ha sido reconocida con una nominación a la mejor actriz de reparto.
   
Pese a todo, en la lista de candidatas de este año, había pocos motivos para la decepción, aunque se esperaba más de El irlandés, el colosal friso en el que Scorsese expone su testamento fílmico sobre la mafia de manera correcta pero un tanto ayuna de emoción. Excepto en la violenta traca final que Tarantino resuelve con una elegantísima elipsis que elude los asesinatos latentes en la película, quizá sus seguidores más fanáticos se hayan visto un tanto defraudados con Érase una vez en Hollywood, soberbio poema de amor al cine que los demás contemplamos encantados a través del parabrisas del Cadillac de Brad Pitt, y es que no hubiéramos soportado que el director convirtiera a Margot Robbie en la Uma Thurman de Kill Bill para ensañarse con la memoria de aquella maravilla que fue la inolvidable Sharon Tate.

JOKER

Aún hay otras tres películas más que rozan la excelencia y sólo el paso del tiempo nos dirá si se convierten en obras maestras similares a las que ochenta años después consideramos como tales, gracias tal vez a la pátina con que nuestra cinefilia mitómana las ha revestido: Historia de un matrimonio, conmovedora disección de una pareja que logra atrapar en cada uno de sus fotogramas, los entresijos del dolor que yacen en la amputación sentimental que acompaña a cada proceso de divorcio; Joker, la deconstrucción genial del mito de Batman a través de la explicación de su némesis a la que uno asiste entre los escalofríos de la herida instalada en la carcajada de Joaquin Phoenix; y 1917, prodigio técnico de planificación del que uno se olvida en el instante en que se sube a la aventura de los dos jóvenes soldados y la asume como propia, acostumbrados como estamos a asistir al espectáculo de nuestra propia vida en un único plano secuencia que creemos dirigir sin conocer en realidad el momento de la llegada del corte final.




jueves, 24 de octubre de 2019

CUENCA SE MUERE




Cuenca se muere. La ciudad que Eugenio D’Ors describiera como la bella durmiente del bosque sigue sin despertar. Como advertía González Ruano hace casi sesenta años, “no deja de ser paradójico el amor que las gentes de Cuenca tienen por lo conquense y la indiferencia que muestran ante los continuos atentados que la ciudad sufre”. El mítico articulista acababa de descubrir a la capital del “ea”, la que subsiste ensimismada discutiendo sobre si entarima su arteria principal o recupera el asfalto, la que después de luchar bravamente por el AVE se resigna a que se ubique la estación fuera de la ciudad dotándola de un servicio de autobuses sin coordinación alguna con la salida o llegada de los trenes, la que tiene financiada la construcción del acceso mecánico al casco antiguo desde hace tiempo y no exige su ejecución inmediata a las autoridades de distinto signo político que vienen demorándola por discrepancias sobre quién se pone primero en la foto de la inauguración.


Pasan los años y las sucesivas promesas de regeneración para esta tierra yacen colgadas del abismo que embellece nuestro entorno, maravilla para el alma y condena para el futuro de los hijos de este lugar abocado a convertirse en decorado vacío para disfrute de turistas. La heroica ciudad que a lo largo de su historia ha sido apellidada como muy noble, muy leal y fidelísima por sus innumerables servicios al Reino, también exhibe con orgullo el título de impertérrita, no en vano lleva aguantando décadas de ostracismo votando a una u otra mayoría que después de proclamar la enésima promesa, invariablemente la dejan en la estacada del olvido. Cómo será la cosa que ni siquiera la conjunción planetaria que ha permitido contar recientemente con un ministro de fomento diputado por Cuenca y con el actual titular de la cartera cuyas raíces también se hallan en nuestra tierra, ha servido para que la vía del tren convencional deje de herir a la ciudad partida o para que las autovías necesarias para terminar de vertebrar nuestra provincia abandonen su condición de proyectos sin mañana.

A pesar de que en las postrimerías del siglo XII, Alfonso VIII la dotara con fuero propio para favorecer la repoblación de las tierras recién conquistadas, nuestra ciudad no ha tenido la habilidad de convertir aquel privilegio histórico en fuente del Derecho y excusa retroactiva para exigir ahora las medidas económicas que pudieran sacarla de la España vacía, bajo amenaza de tirar por la calle de en medio y erigirse en protagonista de un cantonalismo improbable, con barricadas en Carretería y saqueos en Carrefour, una pancarta en el balcón del Ayuntamiento donde rezara “Toledo nos roba” y comunicados de la Balompédica solidarizándose con nuestro derecho a decidir. Un poco más de ardor en la protesta y nuestro lema “Cuenca es única” hubiera pasado de frase decorativa para las pegatinas de los coches a pilar sagrado de nuestro hecho diferencial.


Tenemos larga experiencia en contemplar en nuestro entorno la huella de la incuria habitando el día a día. Sucede con las infraestructuras que darán de comer a nuestros hijos y también con las obras de arte que alimentan nuestro espíritu. La catedral de Cuenca, el emblema magnífico de la ciudad levítica a la que subimos a menudo para sumergirnos en la historia degustando el horizonte, corre peligro. La joya gótica más antigua de España sigue amenazada por la humedad y el mal de la piedra, los casetones del arco de Jamete esperando más de un siglo a ser recolocados tras el hundimiento de la torre del Giraldo, la fachada inconclusa de Lampérez como símbolo eterno de nuestro sino de pereza y abandono. Cabe la sombra de la gran señora de esa plaza cuyos rincones recorremos una vez al año hurtando el cuerpo a una vaca para celebrar el pasado, seguiremos olvidando que también depende de nosotros atajar esta decadencia con la que convivimos resignados, de fiesta en fiesta, de bar en bar.

Al cabo, es una suerte que nuestro natural pacífico no tenga que verse sometido al ajetreo de la protesta, no sería bueno convocar manifestaciones que acaso nos obligaran a sacrificar una jornada en el monte buscando hongos. Los astros vuelven a alinearse a favor de Cuenca pues representantes del mismo partido velan por nuestros intereses en el gobierno central, en el autonómico y en el municipal. Feliz campaña.