viernes, 25 de marzo de 2022

HACE CIEN AÑOS



La mal llamada gripe española llegó a nuestro país en el mes de mayo de 1918 y pese a que su origen parece situarse en los contagios que los soldados estadounidenses trajeron a Europa al participar en la primera guerra mundial, la España neutral de aquel entonces asumió el apellido de una enfermedad que los gobiernos de coalición en el poder no ocultaron en un afán de transparencia que no guardaron las potencias intervinientes en el conflicto bélico. En su magnífica tesis doctoral “La epidemia de gripe de 1918-1919 en la provincia de Cuenca”, publicada en 2012, Alberto González García señala que los primeros casos alcanzan el territorio nacional a través del tráfico ferroviario de trabajadores de la vendimia francesa que regresaban por la frontera de Irún y se extienden rápidamente a partir de los centros urbanos, en el caso de Cuenca, a través del tren procedente de Madrid. Oficialmente, esta primera oleada de la epidemia se declara por la Junta Provincial el 6 de junio y finaliza el 8 de julio, diluyéndose sus efectos con la plenitud del verano. Su carácter episódico y su mortalidad mínima en la ciudad dieron lugar a que no hubiera gran motivo de alarma entre las autoridades sanitarias, siendo objeto de burlas y chascarrillos por parte de la opinión pública, y de referencias jocosas en la prensa local que bautizó a la epidemia como “La canción del olvido”, la zarzuela del maestro Serrano de moda por aquel entonces, debido a su reestreno madrileño en el mes de marzo, cuya serenata “Soldado de Nápoles” también sirvió como denominación del virus, por ser tan pegadiza como la propia enfermedad.

En la provincia de Cuenca, la segunda oleada de gripe se prolongó entre los meses de septiembre y diciembre, pero en la capital tuvo una incidencia muy leve. La tercera oleada se extendió por España durante los meses de enero y julio de 1919, pero en Cuenca capital, la situación de estado epidémico no se declaró hasta el 26 de febrero, aunque desde un mes antes era “vox populi” la existencia de casos graves por toda la ciudad de la “gripe mata gentes”, como ahora la llamaba el Día de Cuenca, entre los cuales destacó la muerte a los 48 años del célebre periodista y escritor Emilio Sánchez Vera, tras una postración de casi un mes.


La prensa conquense de aquel momento atribuyó la epidemia a razones climáticas relacionadas con la crudeza de las temperaturas y la ausencia de lluvias como factores que acrecentaban la virulencia de los gérmenes habituales. Las medidas de higiene pública inmediata consistieron en el riego de calles, blanqueo de patios, aislamiento en domicilio del enfermo y desinfección individual de las vías respiratorias. Se prohibieron la cría de animales dentro de la ciudad, la circulación de trapo y el lavado de ropa en los ríos. Se instalaron estaciones sanitarias de reconocimiento y desinfección en la Ventilla y en los puentes de San Antón y del Castillo, llegando a ubicarse un lazareto para reconocimiento de viajeros en la estación de ferrocarril. Sin embargo, no se creyó necesario aplicar medidas coercitivas para restringir la movilidad de las personas por considerarse que el brote era benigno, aunque se establecieron recomendaciones individuales para los enfermos, como el hervido de sus ropas y la ventilación de sus habitaciones, y se restringió su cuidado a una sola persona que debía evitar el contacto con sus secreciones nasales y bucales, previniendo a los individuos sanos para que desinfectaran estas vías con frecuencia por medio de gargarismos y soluciones de agua caliente con bicarbonato. Los tratamientos de entonces consistían en purgantes y sangrías sin mayor eficacia, aspirina para los síntomas así como la ingesta de leche y sueros antidiftéricos, y por todos lados florecieron los anuncios de remedios contra el mal que la medicina de entonces no conseguía conjurar.


Durante esta tercera ola de gripe, la costumbre de velar a los muertos y los traslados del ataúd a la iglesia y de allí el cementerio, quedaron prohibidos, realizándose los enterramientos sólo en presencia de los técnicos municipales, y con este pretexto, dada la creencia generalizada acerca de la potencialidad infecciosa de los cadáveres, trató de abolirse para siempre la costumbre conquense de acudir a la capilla mortuoria para dar la cabezada ante los deudos del finado. Se intentó mantener la Iglesia de San Antón, como único templo de la ciudad en el que podía realizarse un pequeño responso al muerto camino del cementerio, pero finalmente esa posibilidad tampoco se llevó a cabo. Aunque no se tienen datos específicos sobre las inhumaciones atribuibles a la epidemia de gripe, sí se tiene constancia de que en el mes de marzo de 1919, se alcanzó el pico máximo de enterramientos, que alcanzó el número de 122, cuando lo normal era que no se superara la cifra de cuarenta, incluso en los peores meses de las oleadas anteriores.


A partir de la segunda oleada de la epidemia, se suspendió el curso escolar y no se decretó su reapertura hasta el inicio del año 1919, después de las navidades, aunque la tercera ola motivó un nuevo cierre durante el mes de marzo, lo cual obligó a que se suprimieran las vacaciones de Semana Santa y se prolongaran las clases hasta el 30 de junio. No ocurrió lo mismo con las fiestas populares cuya celebración no se prohibió con carácter general durante las dos primeras oleadas, si bien la autoridad gubernativa recomendó su retraso. Se vinculan con la incidencia de la primera ola las fiestas que tuvieron lugar en mayo de 1918 con motivo de la apertura de los jardines de la Diputación Provincial o la Fiesta de la Flor organizada en junio por el Ateneo conquense en el teatro Liceo. También se mantuvieron la procesión del Corpus el 30 de mayo, la Feria de San Julián en septiembre y en octubre, la celebración de la festividad de Nuestra Señora del Rosario en la explanada de los Paules. Está asimismo aceptado que la romería de San Antón desarrollada en enero de 1919 contribuyó en gran medida a que la tercera oleada en Cuenca tuviera mayor gravedad que las anteriores, pese a lo cual, las autoridades no volvieron a suspender fiesta alguna, y así, se desarrollaron con normalidad las procesiones de Semana Santa en el mes de abril. Se trataban de evitabar las misas en el interior de las iglesias, pero se favorecía la celebración de procesiones al aire libre y así, tuvo lugar a finales de marzo con presencia de las autoridades y de numerosísimos fieles, un triduo de rogativa para implorar la pronta desaparición de la epidemia, quedando expuestos en la Catedral, la Virgen del Rosario y el cuerpo de San Julián sin descubrir, y se programó una procesión por las calles de la ciudad con las imágenes de San Roque, Jesús del Puente y la Virgen de la Luz, aplazada finalmente hasta el domingo seis de abril, con salida desde la iglesia de El Salvador y llegada hasta el templo de San Antón, la cual tuvo que acelerarse porque a la altura de la calle Mariano Catalina, cayó una gran tormenta que deslució el desfile.


Funcionaron con normalidad en todo momento, los teatros, los cines, los casinos y la hostelería en general, aunque se procedía a la renovación del aire entre función y función y a la desinfección frecuente de hoteles, fondas, tabernas, estancos, tiendas, oficinas públicas y casas de lenocinio, en lo que se interpretó como la evitación de las autoridades de nuevos focos de conflicto con los comerciantes de la ciudad, ya soliviantados por las políticas de fijación de precios que había llevado a cabo la Junta Municipal de Subsistencias, con el fin de evitar la subida desmesurada de los productos de primera necesidad. En general, las ayudas económicas públicas para subvenir a los gastos extraordinarios ocasionados por la epidemia fueron escasas y su insuficiencia hizo necesaria la creación de Juntas de Socorro benéficas en los municipios, acudiéndose en numerosas ocasiones a las aportaciones de los propietarios más acaudalados para socorrer a los enfermos pobres y a las necesidades de material desinfectante. Se organizaron comités recaudatorios en cada uno de los cuatro distritos conquenses, rifas y funciones benéficas con proyecciones en el cine Ideal, llegándose a conseguir la suma de 11.368 pesetas, cuyo reparto quedó a cargo de una comisión formada por un médico, un coadjutor de la parroquia y un miembro de la Junta benéfica, en base a criterios de incidencia de la enfermedad, necesidad económica y religiosidad de la familia. En la provincia, el criterio de distribución de las ayudas fue más político y no obedeció tanto a cuestiones de necesidad pública, como a la influencia de las redes caciquiles y al menor o mayor peso de cada alcalde en la organización provincial. 

La historia se repite cíclicamente, en un continuo y eterno retorno.



jueves, 10 de marzo de 2022

ES LA GUERRA



Todo comenzó con la votación de la reforma laboral, la suerte de los derechos de los trabajadores en manos de la revolución de las consignas, la voluntad popular sometida al mercadeo partidista, la democracia convertida en un aprendizaje de botones. Cuando nos quisimos dar cuenta, el parlamento era una barra de bar en la que los parroquianos celebraban por turnos sus respectivas conquistas, del mismo modo en que los hinchas de un equipo festejan un gol en fuera de juego antes de que el árbitro lo anule. 

Lo siguiente fue el enésimo adelanto electoral perpetrado por los estrategas de la demoscopia, especialistas en aumentar la porción del partido en el pastel de las instituciones y vender esa codicia con los múltiples disfraces con los que suele invocarse el interés general. La política real es un arte que convierte el telediario en una serie de ficción donde los barones negros que medran en nuestras administraciones, hacen brillar los puñales en la persecución del control de la lista. Son los yonquis del poder, aspirantes al carguito desde que ingresan en las juventudes del organigrama y van engordando el currículum con títulos regalados o tesis de corta y pega, expertos en acumular trienios a costa de la mamandurria del sistema mientras en sus alrededores pululan los familiares a ver qué cae. 

En la pugna por el dominio del aparato que maneja la colocación en los mejores lugares de la dorada papeleta, vuelan dosieres, aparecen grabaciones antiguas, y los espías dobles dan cuenta del historial oscuro de los rivales dentro de la organización, para que sus camaradas puedan defenestrarlos cuando la ocasión se presente propicia. La entelequia que llamamos separación de poderes en España, nos condena a no poder desprendernos de esa corrupción anclada en el diseño de un estado en el que el ejecutivo es quien nombra al legislativo y entre ambos manipulan el poder judicial. Lo demás son fuegos de artificio para mantener satisfecho al personal en su comparecencia periódica ante la urna, en donde las ambiciones partidistas y las esperanzas del elector se pelean en el mismo sobre. 

Es la guerra que se libra en las sociedades de occidente, ese precario equilibrio donde, pese a todo, aún quedan mecanismos de refugio frente a la arbitrariedad y la libertad para denunciar la podredumbre permanece intacta. A tres mil kilómetros de distancia de nuestras cuitas, se suceden las batallas reales, las que entrañan muerte y autocracia, desinformación y amenaza, allí donde hasta hace quince días, la gente que ahora yace víctima de los bombardeos, creyó sentirse tan a salvo como nosotros, protegida por la pertenencia a un mundo moderno y globalizado. Bajo los misiles de Putin, las corruptelas de la endeble democracia ucraniana han parido un héroe que abandonó la comedia humana para resistir a la barbarie.

En nuestro entorno, de momento, sin disparos que esquivar y enterrado el carnaval, continúa la farsa. Ni siquiera las masacres lejanas conmueven las posiciones políticas de los independentistas que buscaron en la madre Rusia amparo para su proyecto. Los populismos patrios de signo opuesto que coquetearon con el tirano asumiendo su objetivo por desestabilizar el continente, hoy se ponen de perfil como extremos que se tocan en sus falsos deseos de paz. El gobierno ya tiene excusa para añadir otro factor externo a la justificación de su incompetencia, y el primer partido de la oposición una cortina de humo tras la que esconder su incapacidad para ofrecer una alternativa mejor para la gestión de la catástrofe. 

La Europa que nos iba a vacunar contra el virus de la recesión carece de armas para enfrentar la violencia y la pobreza energética. Su alto representante para asuntos exteriores nos recomienda bajar un grado el termostato, como si no lleváramos ya todo el invierno con la calefacción apagada y pegados a la estufa. 





viernes, 21 de enero de 2022

EL CASO DJOKOVIC



El caso Djokovic nos permite actualizar la certeza sobre la posibilidad de que en una misma persona puedan convivir la excelencia y la estupidez. Los aficionados al tenis lo sabemos porque admiramos desde hace tiempo el virtuosismo técnico y la fortaleza mental del serbio, pero hemos tenido que asistir a lo largo de su trayectoria a infantiles accesos de ira cuando fallaba un punto y a lamentables espectáculos de fingimiento de lesiones que, con el fin de debilitar al rival, ya nos confirmaron entonces que se puede ser el mejor del mundo en una disciplina deportiva y un cantamañanas a la vez. Frente a los patéticos intentos de sus osados grupis de erigir en torno a su figura una épica falsa que lo ha llegado a comparar con Jesucristo, nosotros seguimos en el equipo de Nadal, el campeón del sentido común, cuya mejor amueblada cabeza le permite criticar los atajos empleados por el balcánico para jugar en Australia y admitir el fallo de la justicia que anulaba su deportación para después confirmarla, con la misma naturalidad con la que siempre ha celebrado la victoria y ha aceptado la derrota.

Hasta aquí el comentario de una anécdota que no debería trascender en su importancia a los avatares de las pelotitas de tenis que van a ser golpeadas en nuestras antípodas durante las próximas semanas. El problema es que en este otro lado del globo, cada cual ha aprovechado el asunto para establecer categorías absolutas sobre el bien y el mal, la sumisión y la disidencia, como si el ponerse o no una inyección le convirtiera a uno en héroe o villano por obra y gracia de la corrección política. Sólo un ignorante puede negar el beneficio que la vacunación masiva ha ocasionado sobre la convivencia con las sucesivas olas de la pandemia, pero esa evidencia no puede conducir a la criminalización constante de los que en uso de su autonomía optan por no vacunarse en un país como España que ha entronizado la autodeterminación de la propia salud a través de sus leyes. Y es que pareciera que ese exiguo siete por ciento de la población adulta que todavía se resiste a citarse con las agujas, tuviera la culpa exclusiva del aumento exponencial de los contagios, de la inhibición de las administraciones, del crecimiento de la pobreza, de la subida de la luz, la proliferación de las macrogranjas y la omnipresencia del reguetón.

Nada nos gusta más que señalar chivos expiatorios a los que lapidar desde la barra del bar, la mascarilla que nos protegía de la nada al aire libre convenientemente anudada en la muñeca, el pasaporte sanitario disponible en el celular y la lengua desatada por una prepotencia que exige poco menos que la exclusión social y hasta la suspensión del derecho constitucional a la asistencia médica para los cuatro gatos que quedan sin vacunar, en un momento en el que la salud pública ya no se ve gravemente amenazada por su incapacidad para abandonar la linde de la estulticia.

Quizá sea eso lo que nos distraiga de admitir que tras dos años de experiencia pandémica gestionada por el desconcierto de nuestros gobernantes, no nos queda otra que aprender a convivir con un virus que gracias al progreso científico tiene una incidencia asumible por el sistema sanitario, y cuya virulencia más leve en este último eslabón del alfabeto griego, se cura al mismo ritmo en las comunidades que han vuelto a las restricciones y en las que no. Mientras tanto, acostumbrémonos a la autogestión de nuestra propia circunstancia y a esgrimir la libertad para causas más nobles que apoyar a un Espartaco de cartón piedra y sus triquiñuelas para jugar un Grand Slam.



jueves, 23 de diciembre de 2021

LAS LUCES



Como no podía ser de otra manera, la Navidad llegó antes de tiempo a la ciudad en penumbra, y como primer indicio de tan esperada noticia, la iluminación dispuesta sobre las cuatro calles de su depauperado corazón comercial no hace honor a la tradicional devoción por la luz de sus gentes, una querencia tan antigua que hasta tenemos dedicado un templo a su advocación mariana, allí donde se cruzan los caminos al abrigo del Cerro de la Majestad. 

No se trata de que nuestro alcalde emule el desaforado histrionismo del regidor de Vigo ni se pide una profusión de luminarias que nos iguale a Sisante, pero en fin, ¿era necesario el paupérrimo espectáculo que cada noche se despliega sobre nuestras cabezas? ¿Es compatible la austeridad impuesta por el presupuesto de la cosa con la dignidad lumínica asociada a los fastos del solsticio? ¿Se ha convocado acaso un concurso sobre el tramo más hortera de los que hieren la vista cada noche a lo largo de la ciudad? El premio sería para las luces de Fermín Caballero, cuyo inenarrable feísmo hace recomendable ponerse a salvo circulando por recorridos alternativos para evitar su contemplación.

Tampoco son mancas las que remedan las olas del mar en Hurtado de Mendoza, instaladas sin duda para compensar la supresión del tren convencional que antaño permitía al conquense menos pudiente plantarse en Valencia para disfrutar de la playa sin contaminar demasiado. Cuando el atribulado transeúnte supera la cuesta y se le ocurre desviar la mirada hacia Diego Jiménez, se acuerda inevitablemente de las desvaídas luces que alumbraban los recintos feriales de los años setenta, lo cual es un bonito gesto por parte de su diseñador que así pretende acercarnos al recuerdo de nuestra infancia en estas fechas tan entrañables. El desasosiego que producen obliga al peatón a torcer el cuello hacia la calle Cervantes, en donde le espera la sublimación del laicismo en forma de hirientes líneas que se entrecruzan formando equis extrañas que nos remiten a las múltiples incógnitas que atenazan el futuro de nuestra tierra.

Las emociones fuertes llegan si nos atrevemos a pasear por Carretería. En la Plaza de la Hispanidad, la estrella de guardarropía que han colocado para guiar a los Reyes camino del Nacimiento, parece estar a punto de precipitarse cual rayo exterminador sobre el portal en el que depositábamos los deseos de nuestra niñez, como si el tiempo no se hubiera encargado ya por sí solo de aniquilarlos. Al abeto que uno recuerda decorado con gusto, le han tirado encima las luces que sobraron de la última verbena imitando cuatro cintas de apolillado espumillón y ahora parece el arbolito de saldo de un negocio en liquidación, a tono con los comercios que agonizan en su entorno. 

Cuando tras cumplimentar al niño Dios levantamos la mirada y divisamos el horizonte de nuestra calle mayor, uno no sabe si las luces que allí se suceden son las uvas de la suerte de un cotillón patético, las notas musicales de una partitura sin gracia o las lágrimas de todos nosotros por el esplendor perdido de lo que un día fue el lugar de encuentro alegre de la ciudad nueva. El odiador de la Navidad que ha perpetrado el espectáculo no ha tenido piedad de nosotros y en Alonso Chirino se ha permitido evocar al coronavirus que sigue amenazando nuestro futuro, ya sin Casa de Socorro a la que acudir. 

Aprovechemos el regreso del sinsentido de la mascarilla en exteriores para subirla un poco más y taparnos también los ojos. Feliz Navidad.



viernes, 10 de diciembre de 2021

CUENCULTURA



Cuenca. Festividad de todos los Santos. En los alrededores de la Iglesia de San Pedro, a la luz del crepúsculo, se arraciman varias docenas de conocedores del secreto. La asociación “Cuenca, ciudad de música” ofrece la interpretación del Réquiem de Mozart, a través de la versión de Czerny para piano a cuatro manos dirigida por Ignacio Yepes. El ambiente creado a partir de la distribución circular del público en la sala, la intimidad de la escenografía lumínica dispuesta y la maravillosa música de Mozart, esculpen momentos inolvidables por medio de las dieciséis voces del coro que brillan especialmente en el fragor del “Dies irae”, elevan al cielo de la cúpula de Martín de Aldehuela el estremecimiento del “Confutatis” y entonan el “Lacrimosa”, con delicadeza de orfebre.

Acontecimientos como éste se suceden en Cuenca casi de incógnito, sin apenas promoción oficial ni repercusión posterior más allá de las redes sociales, sin la adecuada reflexión crítica que debería acompañar a cada uno de los eventos que proliferan en nuestra ciudad, con el fin de convertirla de una vez para siempre en una verdadera potencia cultural. En el último año han pasado por el Auditorio tres de los más importantes montajes teatrales del panorama nacional y los ecos de tanta grandeza no trascendieron más allá de los afortunados que asistimos a la belleza de las Divinas Palabras de Valle pasadas por el talento escénico de José Carlos Plaza, al atrevimiento transgresor de Miguel del Arco poniendo patas arriba el Ricardo III shakespeariano y a la divertidísima propuesta de Sergio Peris-Mencheta que convirtió los Castelvines y Monteses de Lope en una fastuosa comedia musical.

A pesar de tropiezos incomprensibles como la cancelación de la Semana de Música Religiosa de 2021, cuya ausencia convivió sin embargo con el concierto de las terrazas de los bares, la vida cultural de Cuenca goza de buena salud y de vez en cuando surge el milagro de la belleza en una exposición cualquiera como la de Alberto Corazón que todavía puede disfrutarse en la Fundación Antonio Saura, o en el quejido de Juan Perro, derramando su cantar filosófico sobre la hoz asombrada, o en la posibilidad de contemplar de madrugada un insólito programa doble compuesto por Barry Lindon y Muerte en Venecia en la maratón cinematográfica que ofreció el Cine Club Chaplin, con motivo de su cincuentenario.  

Los lunes culturales de la Catedral, las conferencias de los martes en la RACAL, las sesiones cinematográficas de los miércoles en el Chaplin, son abrigos espirituales que nos ayudan a pasar la travesía del invierno con la certidumbre del calor que el arte es capaz de proporcionar cuando a través de sus ficciones, nos permite llegar a la verdad.
 
Recientemente, se concedió por la UNESCO la condición de Patrimonio de la humanidad, al Paisaje de la Luz madrileño establecido entre el Parque del Retiro, el Jardín Botánico y el Triángulo del Arte configurado por el Prado, el Thyssen, y el Reina Sofía. Nuestro casco histórico ha cumplido ahora sus bodas de plata en el exclusivo club de las ciudades patrimonio y por fin la ciudad parece haber escapado de la sensación de ser siempre el pariente pobre en los actos anuales de conmemoración de la pertenencia a este G-15 de la excelencia patrimonial. Debemos pregonar sin complejos la fortuna de poder convivir en unos centenares de metros no ya con un triángulo sino con un pentágono de cumbres del arte moderno nacional, la mayor concentración de espacios dedicados a la vanguardia escultórica y pictórica que imaginarse pueda en España, en glorioso contraste con la posibilidad de disfrutar en el centro de la figura de los vestigios del gótico más antiguo de Castilla en la Catedral de Santa María y San Julián. El Museo de Arte Abstracto, la Fundación Antonio Pérez, la colección Roberto Polo, la casa Zavala y el Espacio Torner, llevan a cabo su labor con la sordina que les imponen unas autoridades demasiado tibias a la hora de destacar para el mundo, su importancia y su singularidad. 

Nos cuesta transmitir nuestra grandeza. La humildad de nuestra dimensión es compatible con el realce del tesoro que albergamos, aunque sea Resines el que lo propague. Vale.





jueves, 21 de octubre de 2021

ESPECÍMENES DE LA PANDEMIA


Estos tiempos extraños que antes del advenimiento de la pandemia estaban destinados a ser los nuevos felices veinte del progreso y la alegría, se recordarán sin embargo por las muertes innecesarias con las que fueron  castigadas nuestra prepotencia e imprevisión. Con la parca en primer plano, la falta de armas para enfrentar lo desconocido trajo el miedo y con él, el terreno abonado para la suspensión de los derechos que parecían inexpugnables en esta democracia evanescente en la que entonces presentimos y ahora ya sabemos que fuimos tratados de manera ilegal. La nula contestación social que ha recibido esta certeza, nos ofrece una idea de la adolescencia democrática que aún habita nuestras mentes y del larguísimo camino por recorrer que le queda a la ciudadanía española para alcanzar la madurez que más allá de los delirios negacionistas, le permita aprender a exigir con firmeza el cumplimiento de las garantías constitucionales que un día de diciembre de 1978 se dio para protegerse de la arbitrariedad. 

Una sociedad en la que el ochenta por ciento de los individuos sigue llevando la mascarilla al aire libre, no siendo obligatoria, es terreno propicio para el estado de alarma permanente, artilugio mágico utilizado por el Gobierno para actualizar la costumbre reiterada del poder de impedir la contestación a sus desmanes y, con el Parlamento de vacaciones, eludir controles más estrictos bajo los cuales quedara al descubierto la incompetencia de su gestión. La más burda publicidad se impuso a la transparencia y de su mano, aceptamos sin aspavientos la privación de nuestros derechos tan cívicamente como luego pasamos a disfrutar de la libertad cabalgando las olas periódicas que la política errática de las diversas administraciones nos sirvió en bandeja, mientras sus aparatos mediáticos nos culpabilizaban en sucesivas dosis de desinformación. 

Afortunadamente, frente a las pestes de otros siglos, la ciencia acudió a nuestro rescate alumbrando una vacuna para sacar del foco a la muerte y volverla a recluir en su dimensión estadística, pero en el camino, se atisba ya una vida distinta, un cambio en las costumbres, un resabio de lo acontecido destinado a perdurar. En el nuevo escenario, seguirán proliferando los especímenes de la pandemia, sujetos acomodados al ecosistema del virus, individuos especializados en adaptarse a las privaciones que nos impuso, máximos exponentes de una condición lanar que inspira la perpetuación de las mascarillas en los rostros, la danza del codito en los encuentros y la posposición eterna de la verdadera normalidad.


Como le ocurre a los presos institucionalizados que tras sufrir largas condenas no se acostumbran a vivir en libertad, seguiremos contemplando al senderista enmascarado que camina por el campo sin un alma en lontananza y al viandante solitario que lleva bajada la mascarilla y se la sube cuando se cruza contigo del mismo modo que nuestros bisabuelos se tocaban levemente el sombrero al saludarse en el paseo por la calle mayor. De la pandemia íbamos a salir mejores, pero el "sologripista" de primera hora reconvertido más tarde en policía de balcón, sigue entre nosotros controlando los aforos de los restaurantes y contando los comensales de cada mesa, no se acostumbra a la rehabilitación de las barras de los bares y vigila a los que encienden pitillos en las terrazas en espera de que se prohíba fumar también al aire libre. Echa de menos los tiempos duros en los que podía ejercer de topógrafo de bozal y repartir broncas entre quienes llevaban la mascarilla en la sotabarba, y cuando oscurece añora el toque de queda, ese avance extraordinario que obraba el milagro de recluir a sus hijos en casa a una hora decente, a salvo de las garras del botellón. 

A la vida de antes le han salido excrecencias como el epidemiólogo de guardia estrella de la televisión, el alcohólico del hidrogel con petaca en el bolsillo, el “fashion victim” de la mascarilla doble, una para el postureo, otra para la protección, o el teletrabajador encantado de currar en pijama mientras engordan las facturas de luz e internet que se ahorra su empresa. Aunque la incidencia acumulada se halle bajo mínimos, la administración sigue cultivando el sistema de cita previa para que el atasco de los expedientes generado durante la pandemia se perpetúe hasta la próxima masacre. Mientras tanto, la neurosis colectiva ha creado drogadicciones novedosas como el lavado compulsivo de los productos de la cesta de la compra y el virtuosismo del fisonomista controlador del trasiego del barrio, capaz de reconocerte aunque vayas con la mascarilla hasta el párpado inferior, gafas de sol tamaño folclórica, gorra de ancha visera calada hasta las cejas y las lorzas escondidas en amplio gabán.

Es más previsible la desaparición del virus de nuestras vidas que dejar de ver en el futuro la imagen del conductor embozado que va solo en su coche protegido de la nada.



sábado, 28 de agosto de 2021

LA ALCALDADA



La polémica suscitada por la decisión de la alcaldesa de Gijón de no renovar la concesión para que sigan corriéndose toros en la centenaria plaza de El Bibio se inscribe en la tradición totalitaria española, difícil de erradicar en una sociedad infantilizada que acostumbra a transigir sin aspavientos con la pérdida paulatina de libertades, pero no soporta la crudeza inherente al arte de lidiar reses bravas. La excusa alegada sobre la nomenclatura de los toros que se lidiaron la última tarde de la Feria de Begoña no hace sino aderezar con la ignorancia propia del regidor democrático aspirante a déspota, una decisión que desconoce el significado totémico de la figura del toro en el rito taurómaco, liturgia concebida para la reverencia de uno de los pocos animales de la fauna ibérica que es tratado con la dignidad correspondiente a su naturaleza indómita. Esa es la razón por la que si un toro se apellida Feminista, es difícil concebir en ello motivos de escarnio y ofensa, sino más bien de ensalzamiento y en cualquier caso, una intención marcada por los usos ganaderos y el talento mayor o menor de cada cual para poner un nombre, tal le ocurrió a los progenitores de la tía de la regidora cuando la bautizaron como Gervasia.

Más allá de la anécdota, el problema reside en el caldo de cultivo que hace posible concebir siquiera la eventualidad de que un responsable político decida prohibir la tauromaquia en su feudo particular, en un país que tiene leyes que la protegen como patrimonio inmaterial, histórico y cultural de todos los españoles y ordenan a los poderes públicos garantizar su conservación y promover su enriquecimiento. El hecho de que el Tribunal Constitucional se haya pronunciado ya en dos ocasiones declarando nulas las leyes autonómicas que prohibían absolutamente las corridas de toros o las desnaturalizaban hasta convertirlas en espectáculos incruentos, reafirmando la obligación del Estado de salvaguardar sus características nucleares y su estructuración tradicional en tres tercios que deben culminan en la muerte del animal, no parece haber calado en algunos representantes públicos que se arrogan la condición de oráculos de la voluntad popular, sin más consulta que a sus veleidades particulares. 

La fechoría encuentra fácil acomodo en una sociedad en la que la llamada cultura de la cancelación y otras formas de censura pública prescinden a diario de las vías legales y judiciales para proscribir personas o arrinconar costumbres tras el veredicto del tribunal de lo políticamente correcto, pero se ve favorecida por las corruptelas que anidan en los estamentos taurinos y ensombrecen poco a poco la condición de ejemplo y espejo de valores que siempre proyectó la tauromaquia. Por eso sobran los discursos vacíos y las baladronadas sin fuste de quienes tienen en sus manos la regeneración de la fiesta pero siguen embarcados en una estrategia de inacción cómplice de esta deriva. La realidad es que una política española se propone perpetrar esta alcaldada y la contestación social no pasa de manifestaciones minoritarias, efímeros escarceos tuiteros y rifirrafes estultos en los minutos basura de las tertulias televisivas. Todo ello habla claro sobre la debilidad de la tauromaquia de este momento, que tiene su origen en la domesticación progresiva del toro de lidia y su conversión en un animal de apariencia y comportamiento inofensivos, cuyo sacrificio ritual en igualdad teórica de armas pierde el sentido y mueve a las buenas gentes a la sensiblería y a una alcaldesa a la arbitrariedad.

Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas, decía Juan Ramón, pretendiendo llegar al conocimiento a través de la poesía. La sobrina de Gervasia no ha entendido nada.