viernes, 21 de enero de 2022
EL CASO DJOKOVIC
jueves, 23 de diciembre de 2021
LAS LUCES
viernes, 10 de diciembre de 2021
CUENCULTURA
jueves, 21 de octubre de 2021
ESPECÍMENES DE LA PANDEMIA
Estos tiempos extraños que antes del advenimiento de la pandemia estaban destinados a ser los nuevos felices veinte del progreso y la alegría, se recordarán sin embargo por las muertes innecesarias con las que fueron castigadas nuestra prepotencia e imprevisión. Con la parca en primer plano, la falta de armas para enfrentar lo desconocido trajo el miedo y con él, el terreno abonado para la suspensión de los derechos que parecían inexpugnables en esta democracia evanescente en la que entonces presentimos y ahora ya sabemos que fuimos tratados de manera ilegal. La nula contestación social que ha recibido esta certeza, nos ofrece una idea de la adolescencia democrática que aún habita nuestras mentes y del larguísimo camino por recorrer que le queda a la ciudadanía española para alcanzar la madurez que más allá de los delirios negacionistas, le permita aprender a exigir con firmeza el cumplimiento de las garantías constitucionales que un día de diciembre de 1978 se dio para protegerse de la arbitrariedad.
Una sociedad en la que el ochenta por ciento de los individuos sigue llevando la mascarilla al aire libre, no siendo obligatoria, es terreno propicio para el estado de alarma permanente, artilugio mágico utilizado por el Gobierno para actualizar la costumbre reiterada del poder de impedir la contestación a sus desmanes y, con el Parlamento de vacaciones, eludir controles más estrictos bajo los cuales quedara al descubierto la incompetencia de su gestión. La más burda publicidad se impuso a la transparencia y de su mano, aceptamos sin aspavientos la privación de nuestros derechos tan cívicamente como luego pasamos a disfrutar de la libertad cabalgando las olas periódicas que la política errática de las diversas administraciones nos sirvió en bandeja, mientras sus aparatos mediáticos nos culpabilizaban en sucesivas dosis de desinformación.
Afortunadamente, frente a las pestes de otros siglos, la ciencia acudió a nuestro rescate alumbrando una vacuna para sacar del foco a la muerte y volverla a recluir en su dimensión estadística, pero en el camino, se atisba ya una vida distinta, un cambio en las costumbres, un resabio de lo acontecido destinado a perdurar. En el nuevo escenario, seguirán proliferando los especímenes de la pandemia, sujetos acomodados al ecosistema del virus, individuos especializados en adaptarse a las privaciones que nos impuso, máximos exponentes de una condición lanar que inspira la perpetuación de las mascarillas en los rostros, la danza del codito en los encuentros y la posposición eterna de la verdadera normalidad.
Como le ocurre a los presos institucionalizados que tras sufrir largas condenas no se acostumbran a vivir en libertad, seguiremos contemplando al senderista enmascarado que camina por el campo sin un alma en lontananza y al viandante solitario que lleva bajada la mascarilla y se la sube cuando se cruza contigo del mismo modo que nuestros bisabuelos se tocaban levemente el sombrero al saludarse en el paseo por la calle mayor. De la pandemia íbamos a salir mejores, pero el "sologripista" de primera hora reconvertido más tarde en policía de balcón, sigue entre nosotros controlando los aforos de los restaurantes y contando los comensales de cada mesa, no se acostumbra a la rehabilitación de las barras de los bares y vigila a los que encienden pitillos en las terrazas en espera de que se prohíba fumar también al aire libre. Echa de menos los tiempos duros en los que podía ejercer de topógrafo de bozal y repartir broncas entre quienes llevaban la mascarilla en la sotabarba, y cuando oscurece añora el toque de queda, ese avance extraordinario que obraba el milagro de recluir a sus hijos en casa a una hora decente, a salvo de las garras del botellón.
A la vida de antes le han salido excrecencias como el epidemiólogo de guardia estrella de la televisión, el alcohólico del hidrogel con petaca en el bolsillo, el “fashion victim” de la mascarilla doble, una para el postureo, otra para la protección, o el teletrabajador encantado de currar en pijama mientras engordan las facturas de luz e internet que se ahorra su empresa. Aunque la incidencia acumulada se halle bajo mínimos, la administración sigue cultivando el sistema de cita previa para que el atasco de los expedientes generado durante la pandemia se perpetúe hasta la próxima masacre. Mientras tanto, la neurosis colectiva ha creado drogadicciones novedosas como el lavado compulsivo de los productos de la cesta de la compra y el virtuosismo del fisonomista controlador del trasiego del barrio, capaz de reconocerte aunque vayas con la mascarilla hasta el párpado inferior, gafas de sol tamaño folclórica, gorra de ancha visera calada hasta las cejas y las lorzas escondidas en amplio gabán.
Es más previsible la desaparición del virus de nuestras vidas que dejar de ver en el futuro la imagen del conductor embozado que va solo en su coche protegido de la nada.
sábado, 28 de agosto de 2021
LA ALCALDADA
viernes, 13 de agosto de 2021
OLIMPIA EN EL SALÓN
La pasión olímpica es ese territorio mágico en el que, cada cuatro años, el españolito aferrado al sillón-bol es capaz de alcanzar logros increíbles como vibrar con una exhibición de katas sin entender nada de artes marciales, introducir en su vocabulario cotidiano términos como pileta, presea o tatami y madrugar en agosto para contemplar de nuevo la derrota de una selección española de baloncesto contra el omnipotente amigo americano. Fue en Los Ángeles cuando nuestra inocencia adolescente se topó con la realidad de Michael Jordan y treinta puntos de diferencia para amargar la madrugada, pero aquella ilusión primera de un baloncesto sin triples en el que todavía no sabíamos qué era el “pick and roll”, aún latía en el resorte que nos hizo levantarnos a las seis de la mañana casi cuarenta años después para comprobar si el Chacho, Ricky y Sergi conseguirían vengar a Corbalán, Epi y Fernando Martín, para regalarle a Pau el oro en su último baile en Saitama. Cuando la mejor selección de la historia del deporte español se puso once arriba y parecía que la excelencia de Pekín, Londres y Río no tendría techo, apareció Durant y mandó parar, y uno podía imaginar en la resignación de Scariolo, la certeza de que el triunfo verdadero no precisa de medallas.
No tengo claro en qué momento se instaló Olimpia en el salón de mi casa. Entre la bruma de mi primera infancia salta Bob Beamon adelantándose a su tiempo y cae en una piscina de la que emerge el rostro bigotudo de Mark Spitz. A Nadia Comaneci ya la recuerdo combando la cintura entre las barras asimétricas, antes de salir despedida en pos de un mar de dieces. El fulgor icónico de sus piruetas fue tan grande que todavía se ve en algún gimnasio una bolsa de deportes con el logo de Montreal 76. Tras las olimpiadas del boicot, salimos todos andando raro por la calle, remedando el contoneo de Jordi Llopart cuando entraba rutilante en el estadio olímpico de Moscú, ya que no estuvo nunca a nuestro alcance imitar al hijo del viento cogiendo el testigo de Jesee Owens cuatro años después.
Creo que fue entonces cuando surgió esa pasión por contemplar las competiciones de atletismo, algo perfectamente compatible con odiar la carrera continua con la que nos martirizaba en el colegio el maestro de gimnasia. Era más fácil entregarse al halo hipnótico del óvalo rojizo en la pantalla, espectáculo de varias pistas en donde las emociones fuertes de asaltar en un récord los límites humanos se alternaban con nuestra atracción atávica por los lanzamientos y la belleza alada de los saltadores. Hay un hilo invisible que cose nuestra afición y empieza en Mariano Haro, sigue por José Manuel Abascal y llega hasta Fermín Cacho y su cabalgada inolvidable en Barcelona, sus miradas reiteradas de incredulidad hacia los rivales africanos que le perseguían eran las nuestras sobre su triunfo y la unidad de un país que ya sólo en las grandes ocasiones deportivas es capaz de darse tregua y aplazar el debate sobre su identidad.
Como si el recuerdo de aquel espíritu de felicidad colectiva del 92 permaneciera intacto en cada cita olímpica, durante estas dos semanas de pausa se aplazan las querellas nacionales para bajar con Maialen y su serenidad de madre vasca dominando las aguas bravas del cainismo patrio. Aprender a tolerar la frustración es fácil si se escucha a Adriana Cerezo, una chiquilla de diecisiete años que tras su derrota en la final de taekwondo reconoce sin excusas la victoria de su rival decidida por un solo punto. En el armisticio de cada olimpiada, el brillo del metal se impone incluso al color de la piel y el racismo convive sin estridencias con el triunfo de la negritud incubada en Galicia y hasta con el hecho irreversible de que el futuro del medio fondo español esté en manos de unos chavales cuyos padres llegaron a España en patera. En la tregua olímpica, ocurren prodigios como la conversión del fútbol en un deporte más, rebasado en nuestro interés por los demás deportes de equipo que pierden el foco cuando el pebetero se apaga, rebajado incluso a la categoría de espectáculo prescindible en donde la protesta es la norma, la simulación queda impune y la pasividad no se sanciona.
El paréntesis es pasajero y sin respeto por la paz olímpica que en el origen duraba hasta el retorno de los participantes desde Olimpia a su salón, el mercadeo del deporte rey se impone de nuevo y el llanto de su máximo exponente se resuelve en amplia sonrisa cuando llega al trono de París. Como las olimpiadas dentro de tres años. Allí volveremos a gozar y a pelear por las finales y los podios, y a reabrir el debate sobre si nuestro puesto en el medallero está a la altura de nuestra importancia como país, sin caer en la cuenta de que el presupuesto para todos los deportistas españoles en cada ciclo olímpico es inferior al contrato de Messi correspondiente a un solo año.
lunes, 5 de julio de 2021
INDULTA QUE ALGO QUEDA
La institución del indulto es el imprescindible mecanismo con el que la sociedad se protege frente al riesgo de que las resoluciones judiciales que han agotado su posibilidad de ser recurridas por los mecanismos ordinarios, se conviertan en injustas a la hora de su aplicación. Se trata de supuestos en los que la equidad debe imponerse por encima del cumplimiento estricto de la legalidad, cuando el transcurso del tiempo entre la sentencia y su ejecución, ha operado por sí mismo en el condenado la rehabilitación que la pena trata de conseguir y en la mayoría de los casos, no suele lograr. Esta clase de medidas no puede repugnar a los que siguiendo a Concepción Arenal, odiamos el delito y compadecemos al delincuente, y sufrimos más por un inocente condenado que por cien culpables en la calle. Sin embargo, el espíritu de la ley sobre el indulto reinterpretado según las exigencias constitucionales, no justifica su aplicación a unos presos por sedición en los que el paso del tiempo en la cárcel no ha hecho más que acentuar su propósito de perpetuar la misión de enfrentar a los catalanes y excluir al resto de españoles de la soberanía sobre su territorio.
Nuestro país sigue empeñado cada tanto, en actualizar el conocido aserto de Bismarck sobre la fortaleza de una nación que lleva siglos ensayando la autodestrucción sin conseguirla. Quizá por ello suele perdonar a quienes atentan contra los valores más esenciales del sistema democrático y si Felipe indulta al elefante blanco del 23-F y Aznar a los chivos expiatorios del terrorismo de Estado, la opinión pública lo asume con la resignación del pagano de la fiesta al que no le importa invitar a sus enemigos siempre que no le arruinen la celebración. Ahora proliferan las opiniones bienintencionadas que depositan en los indultos una suerte de propiedades taumatúrgicas capaces de hacer olvidar lo sufrido e instaurar en la sociedad catalana nuevos usos de convivencia en donde el respeto a la igualdad de todos los ciudadanos se imponga a la intolerancia y el supremacismo.
Ni siquiera en esta nueva retractación de sus promesas, es ahora Sánchez original. Aznar ya dio un curso de cómo explotar la condena a la guerra sucia en la oposición y poner en la calle a sus ejecutores en cuanto se aseguró la Moncloa. En aquella ocasión, lo justificó esgrimiendo altura de miras. El gobierno de hoy habla de concordia y diálogo, en el enésimo intento mesiánico de apaciguamiento que todos los presidentes que en España han sido, impostan frente a la cuestión catalana, lo cual hasta sería plausible si fuera a dar resultado y por el camino no se intentara demonizar a los escépticos. Como casi siempre, el espectáculo de meliflua moralina que en estos días se representa en la palestra mediática encubre una pelea política de bajo vuelo sostenida por el discurso maniqueo de costumbre, animado en realidad por las facturas que Pedro I el Magnánimo, necesita pagar para mantenerse en el poder.
Lo dijo Junqueras antes de obtener la gracia y lo confirmó Aragonés al saludar la buena nueva, los indultos demuestran la debilidad del Estado, los presos salen con la voluntad reforzada de construir la república catalana. Por lo visto, con el ejercicio del perdón se indultan la prepotencia y la deslealtad y la apelación a la concordia sobre la base de evitar la venganza, socava una vez más la separación de poderes y la seguridad jurídica, convirtiendo el intento del Supremo por establecer una sentencia proporcionada y de consenso en un esfuerzo vano fulminado por el absolutismo gubernamental. El fragor de la contienda política que subyace en la pantomima se resolverá en sucesivas regalías a entregar por nuestro líder, que incluirán un nuevo mejoramiento económico de Cataluña a costa del empobrecimiento progresivo de la España vacía, la mesa de negociación en donde ir preparando una consulta no vinculante constitucionalmente admisible y la rehabilitación de Puigdemont por la vía encubierta de la reforma del delito de sedición para garantizarle un futuro judicial incruento.
Todo ello tal vez nos introduzca en una pacificación transitoria de la cuestión y en el establecimiento de un eterno bucle melancólico que trasladará el problema a la próxima generación, en donde los secesionistas lo intentarán de nuevo, cuando el discurso oficial independentista se haya instalado definitivamente en las conciencias y el adoctrinamiento de la población eleve los porcentajes de la desafección con España a una cifra insoportable. Entonces se recordará que fueron tres partidos que se decían de izquierdas, los que se pusieron de acuerdo para entronizar la desigualdad entre las distintas comunidades del Estado y así quebrar para siempre el esqueleto de aire que une a las regiones de la península y que un día lejano de 1928, Federico García Lorca creyó irrompible.








