viernes, 21 de enero de 2022

EL CASO DJOKOVIC



El caso Djokovic nos permite actualizar la certeza sobre la posibilidad de que en una misma persona puedan convivir la excelencia y la estupidez. Los aficionados al tenis lo sabemos porque admiramos desde hace tiempo el virtuosismo técnico y la fortaleza mental del serbio, pero hemos tenido que asistir a lo largo de su trayectoria a infantiles accesos de ira cuando fallaba un punto y a lamentables espectáculos de fingimiento de lesiones que, con el fin de debilitar al rival, ya nos confirmaron entonces que se puede ser el mejor del mundo en una disciplina deportiva y un cantamañanas a la vez. Frente a los patéticos intentos de sus osados grupis de erigir en torno a su figura una épica falsa que lo ha llegado a comparar con Jesucristo, nosotros seguimos en el equipo de Nadal, el campeón del sentido común, cuya mejor amueblada cabeza le permite criticar los atajos empleados por el balcánico para jugar en Australia y admitir el fallo de la justicia que anulaba su deportación para después confirmarla, con la misma naturalidad con la que siempre ha celebrado la victoria y ha aceptado la derrota.

Hasta aquí el comentario de una anécdota que no debería trascender en su importancia a los avatares de las pelotitas de tenis que van a ser golpeadas en nuestras antípodas durante las próximas semanas. El problema es que en este otro lado del globo, cada cual ha aprovechado el asunto para establecer categorías absolutas sobre el bien y el mal, la sumisión y la disidencia, como si el ponerse o no una inyección le convirtiera a uno en héroe o villano por obra y gracia de la corrección política. Sólo un ignorante puede negar el beneficio que la vacunación masiva ha ocasionado sobre la convivencia con las sucesivas olas de la pandemia, pero esa evidencia no puede conducir a la criminalización constante de los que en uso de su autonomía optan por no vacunarse en un país como España que ha entronizado la autodeterminación de la propia salud a través de sus leyes. Y es que pareciera que ese exiguo siete por ciento de la población adulta que todavía se resiste a citarse con las agujas, tuviera la culpa exclusiva del aumento exponencial de los contagios, de la inhibición de las administraciones, del crecimiento de la pobreza, de la subida de la luz, la proliferación de las macrogranjas y la omnipresencia del reguetón.

Nada nos gusta más que señalar chivos expiatorios a los que lapidar desde la barra del bar, la mascarilla que nos protegía de la nada al aire libre convenientemente anudada en la muñeca, el pasaporte sanitario disponible en el celular y la lengua desatada por una prepotencia que exige poco menos que la exclusión social y hasta la suspensión del derecho constitucional a la asistencia médica para los cuatro gatos que quedan sin vacunar, en un momento en el que la salud pública ya no se ve gravemente amenazada por su incapacidad para abandonar la linde de la estulticia.

Quizá sea eso lo que nos distraiga de admitir que tras dos años de experiencia pandémica gestionada por el desconcierto de nuestros gobernantes, no nos queda otra que aprender a convivir con un virus que gracias al progreso científico tiene una incidencia asumible por el sistema sanitario, y cuya virulencia más leve en este último eslabón del alfabeto griego, se cura al mismo ritmo en las comunidades que han vuelto a las restricciones y en las que no. Mientras tanto, acostumbrémonos a la autogestión de nuestra propia circunstancia y a esgrimir la libertad para causas más nobles que apoyar a un Espartaco de cartón piedra y sus triquiñuelas para jugar un Grand Slam.



jueves, 23 de diciembre de 2021

LAS LUCES



Como no podía ser de otra manera, la Navidad llegó antes de tiempo a la ciudad en penumbra, y como primer indicio de tan esperada noticia, la iluminación dispuesta sobre las cuatro calles de su depauperado corazón comercial no hace honor a la tradicional devoción por la luz de sus gentes, una querencia tan antigua que hasta tenemos dedicado un templo a su advocación mariana, allí donde se cruzan los caminos al abrigo del Cerro de la Majestad. 

No se trata de que nuestro alcalde emule el desaforado histrionismo del regidor de Vigo ni se pide una profusión de luminarias que nos iguale a Sisante, pero en fin, ¿era necesario el paupérrimo espectáculo que cada noche se despliega sobre nuestras cabezas? ¿Es compatible la austeridad impuesta por el presupuesto de la cosa con la dignidad lumínica asociada a los fastos del solsticio? ¿Se ha convocado acaso un concurso sobre el tramo más hortera de los que hieren la vista cada noche a lo largo de la ciudad? El premio sería para las luces de Fermín Caballero, cuyo inenarrable feísmo hace recomendable ponerse a salvo circulando por recorridos alternativos para evitar su contemplación.

Tampoco son mancas las que remedan las olas del mar en Hurtado de Mendoza, instaladas sin duda para compensar la supresión del tren convencional que antaño permitía al conquense menos pudiente plantarse en Valencia para disfrutar de la playa sin contaminar demasiado. Cuando el atribulado transeúnte supera la cuesta y se le ocurre desviar la mirada hacia Diego Jiménez, se acuerda inevitablemente de las desvaídas luces que alumbraban los recintos feriales de los años setenta, lo cual es un bonito gesto por parte de su diseñador que así pretende acercarnos al recuerdo de nuestra infancia en estas fechas tan entrañables. El desasosiego que producen obliga al peatón a torcer el cuello hacia la calle Cervantes, en donde le espera la sublimación del laicismo en forma de hirientes líneas que se entrecruzan formando equis extrañas que nos remiten a las múltiples incógnitas que atenazan el futuro de nuestra tierra.

Las emociones fuertes llegan si nos atrevemos a pasear por Carretería. En la Plaza de la Hispanidad, la estrella de guardarropía que han colocado para guiar a los Reyes camino del Nacimiento, parece estar a punto de precipitarse cual rayo exterminador sobre el portal en el que depositábamos los deseos de nuestra niñez, como si el tiempo no se hubiera encargado ya por sí solo de aniquilarlos. Al abeto que uno recuerda decorado con gusto, le han tirado encima las luces que sobraron de la última verbena imitando cuatro cintas de apolillado espumillón y ahora parece el arbolito de saldo de un negocio en liquidación, a tono con los comercios que agonizan en su entorno. 

Cuando tras cumplimentar al niño Dios levantamos la mirada y divisamos el horizonte de nuestra calle mayor, uno no sabe si las luces que allí se suceden son las uvas de la suerte de un cotillón patético, las notas musicales de una partitura sin gracia o las lágrimas de todos nosotros por el esplendor perdido de lo que un día fue el lugar de encuentro alegre de la ciudad nueva. El odiador de la Navidad que ha perpetrado el espectáculo no ha tenido piedad de nosotros y en Alonso Chirino se ha permitido evocar al coronavirus que sigue amenazando nuestro futuro, ya sin Casa de Socorro a la que acudir. 

Aprovechemos el regreso del sinsentido de la mascarilla en exteriores para subirla un poco más y taparnos también los ojos. Feliz Navidad.



viernes, 10 de diciembre de 2021

CUENCULTURA



Cuenca. Festividad de todos los Santos. En los alrededores de la Iglesia de San Pedro, a la luz del crepúsculo, se arraciman varias docenas de conocedores del secreto. La asociación “Cuenca, ciudad de música” ofrece la interpretación del Réquiem de Mozart, a través de la versión de Czerny para piano a cuatro manos dirigida por Ignacio Yepes. El ambiente creado a partir de la distribución circular del público en la sala, la intimidad de la escenografía lumínica dispuesta y la maravillosa música de Mozart, esculpen momentos inolvidables por medio de las dieciséis voces del coro que brillan especialmente en el fragor del “Dies irae”, elevan al cielo de la cúpula de Martín de Aldehuela el estremecimiento del “Confutatis” y entonan el “Lacrimosa”, con delicadeza de orfebre.

Acontecimientos como éste se suceden en Cuenca casi de incógnito, sin apenas promoción oficial ni repercusión posterior más allá de las redes sociales, sin la adecuada reflexión crítica que debería acompañar a cada uno de los eventos que proliferan en nuestra ciudad, con el fin de convertirla de una vez para siempre en una verdadera potencia cultural. En el último año han pasado por el Auditorio tres de los más importantes montajes teatrales del panorama nacional y los ecos de tanta grandeza no trascendieron más allá de los afortunados que asistimos a la belleza de las Divinas Palabras de Valle pasadas por el talento escénico de José Carlos Plaza, al atrevimiento transgresor de Miguel del Arco poniendo patas arriba el Ricardo III shakespeariano y a la divertidísima propuesta de Sergio Peris-Mencheta que convirtió los Castelvines y Monteses de Lope en una fastuosa comedia musical.

A pesar de tropiezos incomprensibles como la cancelación de la Semana de Música Religiosa de 2021, cuya ausencia convivió sin embargo con el concierto de las terrazas de los bares, la vida cultural de Cuenca goza de buena salud y de vez en cuando surge el milagro de la belleza en una exposición cualquiera como la de Alberto Corazón que todavía puede disfrutarse en la Fundación Antonio Saura, o en el quejido de Juan Perro, derramando su cantar filosófico sobre la hoz asombrada, o en la posibilidad de contemplar de madrugada un insólito programa doble compuesto por Barry Lindon y Muerte en Venecia en la maratón cinematográfica que ofreció el Cine Club Chaplin, con motivo de su cincuentenario.  

Los lunes culturales de la Catedral, las conferencias de los martes en la RACAL, las sesiones cinematográficas de los miércoles en el Chaplin, son abrigos espirituales que nos ayudan a pasar la travesía del invierno con la certidumbre del calor que el arte es capaz de proporcionar cuando a través de sus ficciones, nos permite llegar a la verdad.
 
Recientemente, se concedió por la UNESCO la condición de Patrimonio de la humanidad, al Paisaje de la Luz madrileño establecido entre el Parque del Retiro, el Jardín Botánico y el Triángulo del Arte configurado por el Prado, el Thyssen, y el Reina Sofía. Nuestro casco histórico ha cumplido ahora sus bodas de plata en el exclusivo club de las ciudades patrimonio y por fin la ciudad parece haber escapado de la sensación de ser siempre el pariente pobre en los actos anuales de conmemoración de la pertenencia a este G-15 de la excelencia patrimonial. Debemos pregonar sin complejos la fortuna de poder convivir en unos centenares de metros no ya con un triángulo sino con un pentágono de cumbres del arte moderno nacional, la mayor concentración de espacios dedicados a la vanguardia escultórica y pictórica que imaginarse pueda en España, en glorioso contraste con la posibilidad de disfrutar en el centro de la figura de los vestigios del gótico más antiguo de Castilla en la Catedral de Santa María y San Julián. El Museo de Arte Abstracto, la Fundación Antonio Pérez, la colección Roberto Polo, la casa Zavala y el Espacio Torner, llevan a cabo su labor con la sordina que les imponen unas autoridades demasiado tibias a la hora de destacar para el mundo, su importancia y su singularidad. 

Nos cuesta transmitir nuestra grandeza. La humildad de nuestra dimensión es compatible con el realce del tesoro que albergamos, aunque sea Resines el que lo propague. Vale.





jueves, 21 de octubre de 2021

ESPECÍMENES DE LA PANDEMIA


Estos tiempos extraños que antes del advenimiento de la pandemia estaban destinados a ser los nuevos felices veinte del progreso y la alegría, se recordarán sin embargo por las muertes innecesarias con las que fueron  castigadas nuestra prepotencia e imprevisión. Con la parca en primer plano, la falta de armas para enfrentar lo desconocido trajo el miedo y con él, el terreno abonado para la suspensión de los derechos que parecían inexpugnables en esta democracia evanescente en la que entonces presentimos y ahora ya sabemos que fuimos tratados de manera ilegal. La nula contestación social que ha recibido esta certeza, nos ofrece una idea de la adolescencia democrática que aún habita nuestras mentes y del larguísimo camino por recorrer que le queda a la ciudadanía española para alcanzar la madurez que más allá de los delirios negacionistas, le permita aprender a exigir con firmeza el cumplimiento de las garantías constitucionales que un día de diciembre de 1978 se dio para protegerse de la arbitrariedad. 

Una sociedad en la que el ochenta por ciento de los individuos sigue llevando la mascarilla al aire libre, no siendo obligatoria, es terreno propicio para el estado de alarma permanente, artilugio mágico utilizado por el Gobierno para actualizar la costumbre reiterada del poder de impedir la contestación a sus desmanes y, con el Parlamento de vacaciones, eludir controles más estrictos bajo los cuales quedara al descubierto la incompetencia de su gestión. La más burda publicidad se impuso a la transparencia y de su mano, aceptamos sin aspavientos la privación de nuestros derechos tan cívicamente como luego pasamos a disfrutar de la libertad cabalgando las olas periódicas que la política errática de las diversas administraciones nos sirvió en bandeja, mientras sus aparatos mediáticos nos culpabilizaban en sucesivas dosis de desinformación. 

Afortunadamente, frente a las pestes de otros siglos, la ciencia acudió a nuestro rescate alumbrando una vacuna para sacar del foco a la muerte y volverla a recluir en su dimensión estadística, pero en el camino, se atisba ya una vida distinta, un cambio en las costumbres, un resabio de lo acontecido destinado a perdurar. En el nuevo escenario, seguirán proliferando los especímenes de la pandemia, sujetos acomodados al ecosistema del virus, individuos especializados en adaptarse a las privaciones que nos impuso, máximos exponentes de una condición lanar que inspira la perpetuación de las mascarillas en los rostros, la danza del codito en los encuentros y la posposición eterna de la verdadera normalidad.


Como le ocurre a los presos institucionalizados que tras sufrir largas condenas no se acostumbran a vivir en libertad, seguiremos contemplando al senderista enmascarado que camina por el campo sin un alma en lontananza y al viandante solitario que lleva bajada la mascarilla y se la sube cuando se cruza contigo del mismo modo que nuestros bisabuelos se tocaban levemente el sombrero al saludarse en el paseo por la calle mayor. De la pandemia íbamos a salir mejores, pero el "sologripista" de primera hora reconvertido más tarde en policía de balcón, sigue entre nosotros controlando los aforos de los restaurantes y contando los comensales de cada mesa, no se acostumbra a la rehabilitación de las barras de los bares y vigila a los que encienden pitillos en las terrazas en espera de que se prohíba fumar también al aire libre. Echa de menos los tiempos duros en los que podía ejercer de topógrafo de bozal y repartir broncas entre quienes llevaban la mascarilla en la sotabarba, y cuando oscurece añora el toque de queda, ese avance extraordinario que obraba el milagro de recluir a sus hijos en casa a una hora decente, a salvo de las garras del botellón. 

A la vida de antes le han salido excrecencias como el epidemiólogo de guardia estrella de la televisión, el alcohólico del hidrogel con petaca en el bolsillo, el “fashion victim” de la mascarilla doble, una para el postureo, otra para la protección, o el teletrabajador encantado de currar en pijama mientras engordan las facturas de luz e internet que se ahorra su empresa. Aunque la incidencia acumulada se halle bajo mínimos, la administración sigue cultivando el sistema de cita previa para que el atasco de los expedientes generado durante la pandemia se perpetúe hasta la próxima masacre. Mientras tanto, la neurosis colectiva ha creado drogadicciones novedosas como el lavado compulsivo de los productos de la cesta de la compra y el virtuosismo del fisonomista controlador del trasiego del barrio, capaz de reconocerte aunque vayas con la mascarilla hasta el párpado inferior, gafas de sol tamaño folclórica, gorra de ancha visera calada hasta las cejas y las lorzas escondidas en amplio gabán.

Es más previsible la desaparición del virus de nuestras vidas que dejar de ver en el futuro la imagen del conductor embozado que va solo en su coche protegido de la nada.



sábado, 28 de agosto de 2021

LA ALCALDADA



La polémica suscitada por la decisión de la alcaldesa de Gijón de no renovar la concesión para que sigan corriéndose toros en la centenaria plaza de El Bibio se inscribe en la tradición totalitaria española, difícil de erradicar en una sociedad infantilizada que acostumbra a transigir sin aspavientos con la pérdida paulatina de libertades, pero no soporta la crudeza inherente al arte de lidiar reses bravas. La excusa alegada sobre la nomenclatura de los toros que se lidiaron la última tarde de la Feria de Begoña no hace sino aderezar con la ignorancia propia del regidor democrático aspirante a déspota, una decisión que desconoce el significado totémico de la figura del toro en el rito taurómaco, liturgia concebida para la reverencia de uno de los pocos animales de la fauna ibérica que es tratado con la dignidad correspondiente a su naturaleza indómita. Esa es la razón por la que si un toro se apellida Feminista, es difícil concebir en ello motivos de escarnio y ofensa, sino más bien de ensalzamiento y en cualquier caso, una intención marcada por los usos ganaderos y el talento mayor o menor de cada cual para poner un nombre, tal le ocurrió a los progenitores de la tía de la regidora cuando la bautizaron como Gervasia.

Más allá de la anécdota, el problema reside en el caldo de cultivo que hace posible concebir siquiera la eventualidad de que un responsable político decida prohibir la tauromaquia en su feudo particular, en un país que tiene leyes que la protegen como patrimonio inmaterial, histórico y cultural de todos los españoles y ordenan a los poderes públicos garantizar su conservación y promover su enriquecimiento. El hecho de que el Tribunal Constitucional se haya pronunciado ya en dos ocasiones declarando nulas las leyes autonómicas que prohibían absolutamente las corridas de toros o las desnaturalizaban hasta convertirlas en espectáculos incruentos, reafirmando la obligación del Estado de salvaguardar sus características nucleares y su estructuración tradicional en tres tercios que deben culminan en la muerte del animal, no parece haber calado en algunos representantes públicos que se arrogan la condición de oráculos de la voluntad popular, sin más consulta que a sus veleidades particulares. 

La fechoría encuentra fácil acomodo en una sociedad en la que la llamada cultura de la cancelación y otras formas de censura pública prescinden a diario de las vías legales y judiciales para proscribir personas o arrinconar costumbres tras el veredicto del tribunal de lo políticamente correcto, pero se ve favorecida por las corruptelas que anidan en los estamentos taurinos y ensombrecen poco a poco la condición de ejemplo y espejo de valores que siempre proyectó la tauromaquia. Por eso sobran los discursos vacíos y las baladronadas sin fuste de quienes tienen en sus manos la regeneración de la fiesta pero siguen embarcados en una estrategia de inacción cómplice de esta deriva. La realidad es que una política española se propone perpetrar esta alcaldada y la contestación social no pasa de manifestaciones minoritarias, efímeros escarceos tuiteros y rifirrafes estultos en los minutos basura de las tertulias televisivas. Todo ello habla claro sobre la debilidad de la tauromaquia de este momento, que tiene su origen en la domesticación progresiva del toro de lidia y su conversión en un animal de apariencia y comportamiento inofensivos, cuyo sacrificio ritual en igualdad teórica de armas pierde el sentido y mueve a las buenas gentes a la sensiblería y a una alcaldesa a la arbitrariedad.

Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas, decía Juan Ramón, pretendiendo llegar al conocimiento a través de la poesía. La sobrina de Gervasia no ha entendido nada.





viernes, 13 de agosto de 2021

OLIMPIA EN EL SALÓN



La pasión olímpica es ese territorio mágico en el que, cada cuatro años, el españolito aferrado al sillón-bol es capaz de alcanzar logros increíbles como vibrar con una exhibición de katas sin entender nada de artes marciales, introducir en su vocabulario cotidiano términos como pileta, presea o tatami y madrugar en agosto para contemplar de nuevo la derrota de una selección española de baloncesto contra el omnipotente amigo americano. Fue en Los Ángeles cuando nuestra inocencia adolescente se topó con la realidad de Michael Jordan y treinta puntos de diferencia para amargar la madrugada, pero aquella ilusión primera de un baloncesto sin triples en el que todavía no sabíamos qué era el “pick and roll”, aún latía en el resorte que nos hizo levantarnos a las seis de la mañana casi cuarenta años después para comprobar si el Chacho, Ricky y Sergi conseguirían vengar a Corbalán, Epi y Fernando Martín, para regalarle a Pau el oro en su último baile en Saitama. Cuando la mejor selección de la historia del deporte español se puso once arriba y parecía que la excelencia de Pekín, Londres y Río no tendría techo, apareció Durant y mandó parar, y uno podía imaginar en la resignación de Scariolo, la certeza de que el triunfo verdadero no precisa de medallas.     

No tengo claro en qué momento se instaló Olimpia en el salón de mi casa. Entre la bruma de mi primera infancia salta Bob Beamon adelantándose a su tiempo y cae en una piscina de la que emerge el rostro bigotudo de Mark Spitz. A Nadia Comaneci ya la recuerdo combando la cintura entre las barras asimétricas, antes de salir despedida en pos de un mar de dieces. El fulgor icónico de sus piruetas fue tan grande que todavía se ve en algún gimnasio una bolsa de deportes con el logo de Montreal 76. Tras las olimpiadas del boicot, salimos todos andando raro por la calle, remedando el contoneo de Jordi Llopart cuando entraba rutilante en el estadio olímpico de Moscú, ya que no estuvo nunca a nuestro alcance imitar al hijo del viento cogiendo el testigo de Jesee Owens cuatro años después.

Creo que fue entonces cuando surgió esa pasión por contemplar las competiciones de atletismo, algo perfectamente compatible con odiar la carrera continua con la que nos martirizaba en el colegio el maestro de gimnasia. Era más fácil entregarse al halo hipnótico del óvalo rojizo en la pantalla, espectáculo de varias pistas en donde las emociones fuertes de asaltar en un récord los límites humanos se alternaban con nuestra atracción atávica por los lanzamientos y la belleza alada de los saltadores. Hay un hilo invisible que cose nuestra afición y empieza en Mariano Haro, sigue por José Manuel Abascal y llega hasta Fermín Cacho y su cabalgada inolvidable en Barcelona, sus miradas reiteradas de incredulidad hacia los rivales africanos que le perseguían eran las nuestras sobre su triunfo y la unidad de un país que ya sólo en las grandes ocasiones deportivas es capaz de darse tregua y aplazar el debate sobre su identidad.

Como si el recuerdo de aquel espíritu de felicidad colectiva del 92 permaneciera intacto en cada cita olímpica, durante estas dos semanas de pausa se aplazan las querellas nacionales para bajar con Maialen y su serenidad de madre vasca dominando las aguas bravas del cainismo patrio. Aprender a tolerar la frustración es fácil si se escucha a Adriana Cerezo, una chiquilla de diecisiete años que tras su derrota en la final de taekwondo reconoce sin excusas la victoria de su rival decidida por un solo punto. En el armisticio de cada olimpiada, el brillo del metal se impone incluso al color de la piel y el racismo convive sin estridencias con el triunfo de la negritud incubada en Galicia y hasta con el hecho irreversible de que el futuro del medio fondo español esté en manos de unos chavales cuyos padres llegaron a España en patera. En la tregua olímpica, ocurren prodigios como la conversión del fútbol en un deporte más, rebasado en nuestro interés por los demás deportes de equipo que pierden el foco cuando el pebetero se apaga, rebajado incluso a la categoría de espectáculo prescindible en donde la protesta es la norma, la simulación queda impune y la pasividad no se sanciona.

El paréntesis es pasajero y sin respeto por la paz olímpica que en el origen duraba hasta el retorno de los participantes desde Olimpia a su salón, el mercadeo del deporte rey se impone de nuevo y el llanto de su máximo exponente se resuelve en amplia sonrisa cuando llega al trono de París. Como las olimpiadas dentro de tres años. Allí volveremos a gozar y a pelear por las finales y los podios, y a reabrir el debate sobre si nuestro puesto en el medallero está a la altura de nuestra importancia como país, sin caer en la cuenta de que el presupuesto para todos los deportistas españoles en cada ciclo olímpico es inferior al contrato de Messi correspondiente a un solo año.  



 

lunes, 5 de julio de 2021

INDULTA QUE ALGO QUEDA



La institución del indulto es el imprescindible mecanismo con el que la sociedad se protege frente al riesgo de que las resoluciones judiciales que han agotado su posibilidad de ser recurridas por los mecanismos ordinarios, se conviertan en injustas a la hora de su aplicación. Se trata de supuestos en los que la equidad debe imponerse por encima del cumplimiento estricto de la legalidad, cuando el transcurso del tiempo entre la sentencia y su ejecución, ha operado por sí mismo en el condenado la rehabilitación que la pena trata de conseguir y en la mayoría de los casos, no suele lograr. Esta clase de medidas no puede repugnar a los que siguiendo a Concepción Arenal, odiamos el delito y compadecemos al delincuente, y sufrimos más por un inocente condenado que por cien culpables en la calle. Sin embargo, el espíritu de la ley sobre el indulto reinterpretado según las exigencias constitucionales, no justifica su aplicación a unos presos por sedición en los que el paso del tiempo en la cárcel no ha hecho más que acentuar su propósito de perpetuar la misión de enfrentar a los catalanes y excluir al resto de españoles de la soberanía sobre su territorio.


Nuestro país sigue empeñado cada tanto, en actualizar el conocido aserto de Bismarck sobre la fortaleza de una nación que lleva siglos ensayando la autodestrucción sin conseguirla. Quizá por ello suele perdonar a quienes atentan contra los valores más esenciales del sistema democrático y si Felipe indulta al elefante blanco del 23-F y Aznar a los chivos expiatorios del terrorismo de Estado, la opinión pública lo asume con la resignación del pagano de la fiesta al que no le importa invitar a sus enemigos siempre que no le arruinen la celebración. Ahora proliferan las opiniones bienintencionadas que depositan en los indultos una suerte de propiedades taumatúrgicas capaces de hacer olvidar lo sufrido e instaurar en la sociedad catalana nuevos usos de convivencia en donde el respeto a la igualdad de todos los ciudadanos se imponga a la intolerancia y el supremacismo.


Ni siquiera en esta nueva retractación de sus promesas, es ahora Sánchez original. Aznar ya dio un curso de cómo explotar la condena a la guerra sucia en la oposición y poner en la calle a sus ejecutores en cuanto se aseguró la Moncloa. En aquella ocasión, lo justificó esgrimiendo altura de miras. El gobierno de hoy habla de concordia y diálogo, en el enésimo intento mesiánico de apaciguamiento que todos los presidentes que en España han sido, impostan frente a la cuestión catalana, lo cual hasta sería plausible si fuera a dar resultado y por el camino no se intentara demonizar a los escépticos. Como casi siempre, el espectáculo de meliflua moralina que en estos días se representa en la palestra mediática encubre una pelea política de bajo vuelo sostenida por el discurso maniqueo de costumbre, animado en realidad por las facturas que Pedro I el Magnánimo, necesita pagar para mantenerse en el poder.

 

Lo dijo Junqueras antes de obtener la gracia y lo confirmó Aragonés al saludar la buena nueva, los indultos demuestran la debilidad del Estado, los presos salen con la voluntad reforzada de construir la república catalana. Por lo visto, con el ejercicio del perdón se indultan la prepotencia y la deslealtad y la apelación a la concordia sobre la base de evitar la venganza, socava una vez más la separación de poderes y la seguridad jurídica, convirtiendo el intento del Supremo por establecer una sentencia proporcionada y de consenso en un esfuerzo vano fulminado por el absolutismo gubernamental. El fragor de la contienda política que subyace en la pantomima se resolverá en sucesivas regalías a entregar por nuestro líder, que incluirán un nuevo mejoramiento económico de Cataluña a costa del empobrecimiento progresivo de la España vacía, la mesa de negociación en donde ir preparando una consulta no vinculante constitucionalmente admisible y la rehabilitación de Puigdemont por la vía encubierta de la reforma del delito de sedición para garantizarle un futuro judicial incruento.


Todo ello tal vez nos introduzca en una pacificación transitoria de la cuestión y en el establecimiento de un eterno bucle melancólico que trasladará el problema a la próxima generación, en donde los secesionistas lo intentarán de nuevo, cuando el discurso oficial independentista se haya instalado definitivamente en las conciencias y el adoctrinamiento de la población eleve los porcentajes de la desafección con España a una cifra insoportable. Entonces se recordará que fueron tres partidos que se decían de izquierdas, los que se pusieron de acuerdo para entronizar la desigualdad entre las distintas comunidades del Estado y así quebrar para siempre el esqueleto de aire que une a las regiones de la península y que un día lejano de 1928, Federico García Lorca creyó irrompible.