viernes, 27 de noviembre de 2020

YO VI JUGAR A MARADONA


Yo vi jugar a Maradona, una noche gélida de febrero del ochenta y cuatro. Me refiero a verlo sobre el pasto, a unos pocos metros de distancia, en aquella grada para menores del fondo norte del Bernabéu, desde la que podías sentir el resuello de los jugadores cuando se dejaban caer por el córner más cercano pero sólo eras consciente de lo que había ocurrido en la portería contraria cuando llegabas a casa y repasabas el resumen del partido en televisión. Así sucedió con el gol que decidió aquel clásico, que entonces se llamaba derbi, del que sólo me enteré por el estallido del público y por las declaraciones de Menotti en la rueda de prensa en la que afirmó que habían sido mejores y que sólo habían perdido por el culo de Santillana. En realidad, el mejor cabeceador de la historia del fútbol perforó la portería de Urruti de rebote afortunado y con el muslo, en aquella liga que se había iniciado con el tobillo del Pelusa masacrado por la entrada alevosa de Goico y que acabó ganando por segunda vez el Athletic de Clemente, empatado con el Madrid de Di Stéfano por donde ya asomaba la quinta del Buitre y con un solo punto de ventaja sobre el fantástico Barça de Schuster y Maradona.

Que el Barcelona no ganara aquel partido ni aquella liga se explica por la tradición culé de no haber sabido aprovechar hasta la explosión de Messi, la estancia en sus filas de los mejores jugadores del mundo, y que Maradona no triunfara en España y lo hiciera en Nápoles, habla de su condición de dios pagano destinado a derramar su magia entre los humildes. Porque hacer campeón al club de San Paolo entonces, es como si este año ganara la liga el Getafe en el caso de que pudiera fichar a Leo en el mercado de invierno y triunfar en la copa del mundo del ochenta y seis, en aquella selección de Bilardo, escoltado por Valdano y Burruchaga como compañeros más brillantes, sólo está al alcance de los elegidos para convertirse en el mesías de la felicidad de todo un pueblo.

Aquel mundial lo jugó Diego en estado de gracia, allí se ganó los honores de presidente que le acompañaron en la capilla ardiente de la casa rosada, allí se inventó aquel gol con la mano contra Inglaterra que vengaba sin violencia la humillación de la derrota en las Malvinas, hoy toda aquella épica la hubiera fulminado el VAR. Allí entró definitivamente en el territorio del mito, en el momento en el que se quebraron las entrañas del estadio Azteca para acompañar la cabalgada que culminó en ese gol de chupón de patio de colegio, imposible de mejorar, por más que los epígonos del astro hayan intentado en vano imitar su fulgor.



Hay quien no comprende esa devoción, ese tratamiento de santo laico que un futbolista ha recibido antes y después de su muerte. Más allá de la poesía que habitaba en su manera de patear la pelota, el diez era la alegría de los desheredados, de los que sólo contaban con sus gambetas para alimentar la esperanza, pero también del resto de afortunados que revisitando sus jugadas nos conectamos a la infancia, al paraíso perdido de la plenitud que sentíamos disputando un partido con los amigos hasta la extenuación en una cancha de barrio, cuando los postes de la portería eran dos piedras y soñábamos con ser nuestros ídolos hasta que se marchaba el dueño del balón.

Por más que sus pasos en la vida fuera del rectángulo verde desmintieran constantemente su reinado en el olimpo en el que Di Stéfano, Pelé y Cruyff ya oficiaban de profetas de la verdad revelada, en el imaginario colectivo nadie le bajó del trono. La verdad del fútbol, el asunto más importante entre las cosas menos importantes, el inexplicable sortilegio de este juego extraño capaz de convertir una tarde gris en una noche radiante si gana tu equipo, cuando parece que el mundo se ordena y la vida coincide por fin con uno mismo.

Hace tiempo que Maradona dejó de colgar vaselinas de una nube y las escuadras han vuelto a criar telarañas desde que el Diego ya no les saca brillo en cada libre directo. Y sin embargo, su imagen regateando los hachazos criminales de defensas sin clemencia para marcarle goles a la historia permanecía intacta en el cerebro de todos los que han llorado su partida como si se hubiera retirado ayer. La explicación reside en el arte indescifrable de su zurda, a cuya perfección nadie se ha acercado aunque se hayan superado sus números en este fútbol actual que dormita atenazado por el culto al físico y al tacticismo de manual. El destino quiso que asistiéramos a su penúltimo vuelo en la Sevilla que acostumbrada a venerar a Curro con sólo verle hacer el paseíllo en la Maestranza, quedó rendida al astro en declive que ese año apenas pudo maravillar a la afición ensayando malabarismos en la banda con una pelotita de papel albal.   

Que la tierra te sea leve, antes de regresar al planeta del que viniste, pibe de oro, barrilete cósmico, genio, genio, genio.




lunes, 2 de noviembre de 2020

DÍA DE DIFUNTOS


Una de las interpretaciones que tratan de dar respuesta a la especial virulencia que la pandemia está teniendo en nuestro territorio se refiere a la España vacía y a las consecuencias fatales que la concentración de la mayoría de la población en los núcleos urbanos está teniendo sobre la multiplicación de los contagios en los barrios más populosos de las ciudades, en los cuales muchos de sus habitantes que dependen de trabajos precarios surgidos al abrigo de la economía sumergida, se ven obligados a elegir entre la salud, el civismo y la subsistencia. Casi ocho meses después del inicio del cataclismo sobre la vida de más de cincuenta mil de los nuestros, un nuevo confinamiento ha impedido a aquéllos que emigraron de su lugar natal para buscarse la vida lejos de su origen, volver a cruzar el puente de todos los santos para honrar la muerte de los suyos en el cementerio al que regresaban una vez al año en una liturgia que, en cierto modo, les reconciliaba con su entorno natural.

 

También esa costumbre ha sido aniquilada por un virus que nadie vio venir, no era más que una gripe un poco más contagiosa, un cuento chino traducido al italiano allá por el mes de febrero de este año bisiesto, aciago y funesto, un contratiempo para las ambiciones políticas siempre necesitadas de portavoces que salgan a la palestra a decir que en España no habría más allá de uno o dos casos diagnosticados, con el fin de que la maquinaria de intereses siguiera funcionando. Y entonces llegó el colapso, la gestión errática del desconcierto y la incuria, el desastre económico más profundo de occidente y el confinamiento más extremo para rebajar la acostumbrada prepotencia del hombre que se olvidó de la muerte porque no entraba en sus planes aplazar las citas que la vida nos ofrece.

 

No se podía saber pero ha sucedido dos veces. Salimos más fuertes pero de nuevo somos líderes mundiales en contagios, la ineptitud de un estado inoperante multiplicada por diecisiete maneras distintas de llegar al estado de alarma. Las apelaciones a la responsabilidad personal apenas son el único recurso al que acogerse cuando todas las administraciones de este atribulado reino se muestran incapaces de configurar un sistema eficaz de diagnóstico, rastreo y confinamiento individual que en otros países permite negociar las curvas del camino reduciendo la velocidad de tránsito pero sin mandar el vehículo al garaje, como paso previo al previsible desguace.

 

Habíamos vencido al virus pero nos fuimos de vacaciones sin preparar la nueva batalla, es lo que tiene construir la propaganda a base de metáforas bélicas que bajo su música engañosa, esconden la más dañina incompetencia, sobre la inepcia, la desidia de no legislar, como se había prometido, un aparato normativo para dotar de seguridad jurídica a la limitación de nuestros derechos. Siempre es más descansado adoptar por decreto medidas de excepción que prolongadas sin control parlamentario fuerzan gravemente las costuras constitucionales. Cuarenta años de democracia no han conseguido erradicar el franquismo sociológico que habita en las iniciativas del poder y subsiste en la reacción del súbdito, más preocupado por señalar las transgresiones del vecino que por exigir responsabilidad a sus gestores.   

 

Como en todas las situaciones de la vida, el españolito se posiciona ante los acontecimientos según le va en la feria del modelo productivo. El que depende del presupuesto desearía el cierre de todas las persianas hasta que la vacuna nos inmunice para siempre, el que malvive de un jornal privado contempla el panorama agarrado a la quimera de no ingresar en el paro definitivamente y debido al abandono que les procura la administración, los autónomos se ven abocados a tener que olvidarse de la salud para sobrevivir al invierno, en el que un nuevo confinamiento debería incluir como excusa para salir a tomar el aire, la de poder acudir a las colas del banco de alimentos más cercano, de diez a doce y de seis en seis.


Ante la segunda ola que nos anega, el gobierno de los palos de ciego ya tiene su estado de alarma prorrogado por seis meses para seguir poniéndole puertas al campo mediante ese nuevo hallazgo terminológico que los expertos del eufemismo han dado en llamar confinamiento perimetral. Es la segunda medida de calado tras convertirnos a todos en sombras cenicientas apretando el paso por las calles vacías para llegar a casa antes de las doce. En este día de difuntos templado y triste, noviembre se viste de abril para que presintamos la vuelta al desasosiego de la pasada primavera, la época en que aún creíamos que todo el sufrimiento que entonces atravesamos nos serviría de aprendizaje para no reincidir.



lunes, 5 de octubre de 2020

LA MASCARILLA IDEOLÓGICA


De entre las múltiples devastaciones que ha generado el coronavirus sobre la vida y la hacienda del sufrido españolito, la de nuestra confianza en las administraciones que nos circundan ha sido la más previsible y el tratamiento no acierta a dar con la solución de nuestras cuitas cuando la mascarilla que se opone a la infección es ideológica. La politización de la gestión de la pandemia no puede sino llenar de estupor al espectador imparcial, que contempla llegar la segunda oleada de contagios entre el fragor de las cuchilladas de los responsables públicos cuyo afán principal es echarle al de enfrente la culpa de su propia incompetencia. El panorama no es nuevo y en la actualidad se libra la segunda batalla de una guerra que comenzó en marzo suscitada entre las estrategias de propaganda de los partidos, cuyas armas fundamentales han sido siempre el control de la justicia y de la opinión pública para que la depuración de las responsabilidades sea sólo aparente en aras de la victoria final que pasa por el mantenimiento del poder.

La cuestión sería de menor importancia si los tiempos fueran de bonanza. España se ha acostumbrado a sobrevivir a décadas de gobernantes corruptos, tolerando los escándalos como quien se echa a la espalda las trastadas del hijo díscolo, y de los GAL a la Kitchen, de Filesa a la Gurtel, de los ERES al "tres per cent", el ciudadano se ha tragado con mansedumbre la corrupción nacional inveterada, como un elemento consustancial del paisaje que era generalmente aceptado siempre que no se jugara demasiado con las cosas de comer. Pero cuando los rifirrafes de aquéllos a quienes en mala hora votamos afectan a la salud pública y al futuro de nuestros hijos, la cosa adquiere una dimensión distinta para instalarse en la amarga sensación de que la peor catástrofe de este siglo está siendo manejada por los peores políticos de la historia, una conjunción astral de gente sin criterio que toma decisiones con un ojo en la pandemia y otro en su futuro electoral.

El campeón en la gran estrategia de imagen que le hace seguir al frente de las encuestas cincuenta mil muertos después es el presidente Sánchez, que tras incentivar la movilidad después del confinamiento proclamando a los cuatro vientos la derrota del virus, vio clara la jugada y se cruzó de brazos para que ante los nuevos rebrotes de la epidemia que traspasa las fronteras y requiere una lucha común de todas las instituciones, esta vez fueran los presidentes autonómicos los payasos de las bofetadas. Sus gurús sabían que la presidenta de Madrid oficiaría de clown destacada en el circo de incapaces al frente del cotarro y Díaz Ayuso no les defraudó, improvisando su habitual discurso caótico en el que se puede criticar el retraso inicial en la adopción de medidas por el gobierno, calificar como dictatorial el mando único durante el estado de alarma, reclamar plenos poderes para avanzar en la desescalada y, al asumirlos, no reforzar la atención primaria ni organizar adecuadamente un sistema de rastreo eficaz para evitar el aumento exponencial de los contagios. En su lugar, desplegó el manoseado recurso de la criminalización del personal, una explicación ininteligible que hablaba de Madrid como rompeolas de todas las Españas para justificar su inacción, remedando aquella explicación de Carmen Calvo cuando atribuía nuestra condición de líderes en número de fallecidos a un problema de latitud.

Finalmente, cuando nuestra lideresa se vio inerme ante la segunda oleada, ensayó un último volatín bajo la carpa para reclamar sin rubor la ayuda de Sánchez y entre sus respectivos asesores montaron la mascarada de las banderas a fin de que se notara menos la desfachatez de su gestión. Sin pretenderlo, los diseñadores de la pantomima hermanaron a ambos próceres en una foto que quedará en la historia del esperpento nacional, los que debieran ser héroes definitivamente reflejados en los espejos cóncavos del callejón del Gato, gerifaltes de una tropa de mandatarios infames con los que tenemos que ir tirando, sin contar siquiera con modernos valleinclanes que nos permitan sobrellevar con su talento el sentido trágico de la vida española.

España es una deformación grotesca de la civilización europea, que diría Max Estrella, quien hoy se volvería a morir de frío y de vergüenza, contemplando cómo por el escenario patrio evolucionan ministros que aseguran seguir las instrucciones de comités de expertos inexistentes al frente de los cuales comparece cada día un tipo doctorado en el arte de errar el diagnóstico y a pesar de todo acabar convertido en icono mediático, consejeros autonómicos que cabalgan elefantiásicas curvas estadísticas con la displicencia de los soldados que surfean bajo las balas en “Apocalipsis now”, vicepresidentes que pretenden aprovechar el caos para malbaratar el ideal republicano y líderes extremos a la caza de votantes preparando mociones imposibles, independentistas irredentos que siguen persiguiendo su causa a pesar de todos los cadáveres y mentirosos profesionales que esgrimieron en marzo la necesidad del estado de alarma para acabar limitando nuestros derechos por orden ministerial.

Mientras tanto, nosotros los de entonces, nunca seremos los mismos. La epidemia ha socavado la mejor sanidad del mundo, ha puesto en cuestión la sociedad de bienestar que nos abrigaba, ha quebrantado la seguridad jurídica en lo que sin duda es ya un estado fallido. Los ciudadanos que consentimos la abolición de la primavera y atravesamos indemnes el verano del miedo, nos enfrentamos a un otoño confuso en el que la historia se repite como farsa que contemplamos asombrados, abocados a soportar la crisis económica más profunda de nuestra historia en espera de la vacuna que nos saque de esta pesadilla. Es probable que la inyección nos inmunice contra el virus, pero si seguimos pertrechados tras la mascarilla ideológica, será difícil que nos inocule la madurez democrática necesaria para comprender que sólo nosotros somos los dueños de nuestro propio destino.



viernes, 21 de agosto de 2020

TARDE DE TOROS

DISTANCIA SOCIAL


Sábado, quince de agosto de dos mil veinte, Las Majadas, Cuenca. El primer festejo de mi temporada es una becerrada con erales de Carlos Núñez y Pedro Miota para Mario Arruza y Alejandro Peñaranda, jóvenes promesas de la novillería conquense. La ansiedad de piedra y arena pesa en el ánimo ayuno de la emoción única que ofreció siempre la vieja liturgia de correr toros en territorio acotado para la belleza. Negociando las primeras curvas de la serranía, la mente se escapa al ambiente de este día en tiempos que creíamos eternos, cuando a pesar de la decadencia inexorable, España entera hervía en docenas de acontecimientos taurinos que llenaban de contenido la fiesta mayor de cada lugar, convirtiendo esta jornada en el día más taurino del año, la corrida de la Virgen de la Paloma en Las Ventas y la de la Virgen de los Reyes en la Maestranza, la Malagueta, Illumbe y el Bibio en plena actividad, “quien no se viste de luces el quince de agosto, ni es torero ni es ná”.

 

Hoy todos esos lugares míticos están cerrados a cal y canto esperando el golpe final que los derribe entre la desidia del taurinismo, la pasividad de las autoridades y la hostilidad del enemigo. Los devotos de la tauromaquia no tenemos más remedio que desafiar al miedo en una tarde apacible de verano para volver a los orígenes y honrar el rito atávico en una plaza de pueblo. Los culpables del milagro han recomendado acudir al coso con tiempo suficiente para que las medidas de seguridad puedan cumplirse y el público obedece, la alegría embozada tras la mascarilla y el espíritu festivo en recesión tras la toma de temperatura y el enjuague de manos con el líquido viscoso de la prudencia. El aforo del coso serrano ha sido reducido al medio centenar de espectadores a través de un sistema de puntos diseminados por los tendidos marcando la distancia social aconsejable y el alcalde en persona recorre la grada exigiendo mayor separación a los distraídos para evitar que la criminalización de la fiesta se agudice aún más. El evento cuenta con un maestro de ceremonias que actualiza las recomendaciones sanitarias a los que van llegando y con una charanga de Navalcarnero que exorciza la madrileñofobia, amenizando con su entrañable petardeo los ánimos expectantes del personal, que todavía parece no creerse estar dentro de un acontecimiento taurino. Tras el paseíllo, el silencio del homenaje a las víctimas de la pandemia es tan escrupuloso que parecen oírse a lo lejos los ecos de la fauna encerrada en el Hosquillo. El himno nacional mantiene la dignidad a pesar de la tosquedad en su interpretación, la Guardia Civil se cuadra como si estuviera sonando una orquesta sinfónica y el pueblo vitorea con fervor el viva a España que culmina la ceremonia. Suena a destiempo un viva el Rey respondido por menos de la mitad de los asistentes, aunque la encuesta no es científica.



Mario Arruza, de Mota del Cuervo, recibe a su primero de rodillas y en la larga cambiada se adivina toda la frustración que para la progresión de un torero en ciernes debe haber supuesto el parón obligado por el virus. Su bisoñez técnica frente al peor lote la suple con actitud de novillero antiguo que responde a los revolcones volviendo a la cara del toro sin mirarse. Alejandro Peñaranda, de Iniesta, guarda el secreto del temple en sus muñecas y compone la figura con la estética del toreo caro. Atento a la lidia toda la tarde, se acopla con facilidad a las embestidas de sus oponentes y encuentra toro en todos los terrenos, los conocedores dicen que va para figura quizá porque ya se empiezan a atisbar en sus maneras alguno de los vicios que prodigan los instalados en este oficio.


 

El festejo transcurre sin estridencias, el público pide las orejas con amabilidad y sin entusiasmo, el presidente concede por su cuenta el honor de la vuelta al ruedo a un castañito de nota de la vacada del organizador, la única controversia surge cuando un espectador enciende un pitillo y su conducta es afeada por una señora a cinco metros. La nueva legalidad se impone antes de entrar en vigor, con el aval silencioso de un agente de la guardia civil que alertado por el alboroto asoma su figura por la tronera del vomitorio. 

              

La muerte sigue latiendo sobre el futuro de nuestra piel de toro mientras en un pueblo de la serranía de Cuenca, un manojo de aficionados acudimos al reclamo de la ceremonia que nació precisamente para conjurar a la parca, y quién sabe por cuanto tiempo, hoy se ha convertido en la medida exacta de nuestra libertad.



jueves, 6 de agosto de 2020

LA JUVENTUD ES CULPABLE

Más difícil que introducir un camello por el ojo de una aguja, más difícil que encontrar esa aguja en un pajar, más difícil que descubrir la paja en el ojo ajeno, más difícil que caminar por el ojo de un huracán, más difícil que todas esas cosas imposibles es ser adolescente en el siglo XXI.

 

Esos locos bajitos se nos han hecho grandes y abocados a un futuro peor que el presente de sus padres, mastican su frustración entre las cuatro paredes de su mundo doméstico, mientras los artífices de esa burbuja de sobreprotección que hemos creado para que la vida les afecte lo menos posible los criminalizamos ahora por salir a respirar sin mascarilla después de más de tres meses de confinamiento. En este año en el que el centenario de la muerte de Galdós se está conmemorando casi de incógnito, conviene recordar que en las postrimerías del siglo XIX, Don Benito ya nos contaba en “Fortunata y Jacinta” que una de las preocupaciones más españolas ha sido siempre que los padres trabajen para que los hijos descansen y gocen, sin pasar por el sufrimiento que la vida comporta.

 

A las pantallas que nos rodean llegan efectistas recopilaciones de fotos de nuestra época juvenil que nos hacen vanagloriarnos de una infancia difícil en la que éramos felices con apenas un tirachinas para jugar y unas cuantas onzas de chocolate harinoso para merendar y aun así, atravesábamos sin traumas aquel escenario dramático gracias a los guantazos con que los profesores nos inculcaban los valores eternos y a la terapia de zapatilla y cinturón que después nos aplicaban nuestros padres por si aún quedaba alguna rebeldía que sujetar. Sin duda este cuento de Dickens es mentira y la españita de entonces quizá no ponía a nuestra disposición la cantidad de bienestar de la que ahora disfrutan los cachorros de la clase media, pero en cambio la universidad todavía tenía esa calidad de ascensor social que hoy ha perdido y el nivel de los salarios aún permitía a una pareja de futuros contribuyentes diseñar con ilusión el horizonte de su proyecto vital.

 

La capacidad del sistema para generar chivos expiatorios es prodigiosa y en este momento el comportamiento de la juventud es señalado como una de las causas de nuestros males. Se trata sin duda de diluir las responsabilidades de una gestión que sigue estando entre las peores de nuestro entorno, como nos recuerdan los estudios internacionales sobre la materia y el tratamiento de apestados que nos dispensan los gobiernos de nuestro club europeo. El mismo engranaje encargado de maquillar la tragedia vivida mediante técnicas de propaganda que anestesian el enfrentamiento con la realidad, les pide a nuestros jóvenes que transiten por el verano como ciudadanos adultos y se olviden de la pulsión de libertad que vibra en su piel, aplacen la alegría de encontrarse con sus amigos bajo la noche estrellada y sigan las consignas de unas autoridades que se han ido de vacaciones sin diseñar su retorno seguro a las aulas.


Cada informativo se abre con la imagen de una reunión masiva de nuestros hijos celebrando la noticia de estar vivos, mientras una voz acusadora convierte algunas conductas aisladas en carnaza propicia para la indignación de la opinión pública. En cambio, nadie recuerda la actitud ejemplar de esos jóvenes que han soportado sin demasiados aspavientos la abolición de la primavera, encerrados en sus leoneras mientras contemplaban el desconcierto de sus mayores dando palos de ciego a un virus sobre el cual les aseguraron que no causaría más estragos que los de una gripe común. Después les contaron que la mascarilla no era eficaz antes de obligarles a ponérsela, luego les confundieron con teorías contrapuestas sobre inmunidades y formas de contagio y más tarde les encadenaron a sus ordenadores en el trimestre decisivo de su curso, por el que navegaron como pudieron entre el desasosiego y la incertidumbre.  


Y por fin llega el verano con su arsenal de promesas por cumplir y los chicos no pueden darse una tregua antes de zambullirse tal vez en un nuevo confinamiento que marcará sus currículos para siempre, mientras las administraciones varias reinciden en el caos de la gestión, en un desbarajuste de fantasmagóricos expertos y rastreadores insuficientes del que sólo nos salva la mayor benignidad estacional de un virus que nadie acaba de entender. Por encima del botellón que nos salva de la revolución, se divisa el horizonte de mileurismo y paro juvenil que les espera. Nuestra única respuesta es seguir llenando de comodidades su habitación.


miércoles, 15 de julio de 2020

EL ENCONQUENSADO



Yo siempre estoy en Cuenca aunque me encuentre lejos,
vivo en la misma casa de los días azules,
la morada que habitan mis mejores jornadas,
aquéllas que me abrigan cuando todo es hostil.

El enconquensado siempre se halla en Cuenca aunque se encuentre lejos, pongamos en Manhattan, contemplando un “sky line” que no le es del todo ajeno, acostumbrado como está a caminar bordeando abismos y a levantar la mirada hacia sus propios rascacielos. El barrio de san Martín no es la Quinta Avenida pero esconde joyas que embelesarían a la Audrey ensimismada frente al escaparate de Tiffany. En el cénit de su añoranza, el enconquensado cruza el puente de Brooklyn en busca de San Pablo y perdido en el MOMA, recuerda su pequeño museo de las Casas Colgadas y contempla la delicadeza de los nenúfares de Monet en Giverny, abrazado al aroma del Júcar que desprenden los lienzos de Zóbel. 

    
Yo sigo en mi colegio, sentado en el pupitre
que todavía guarda una esperanza antigua,
camino las miradas de mis viejos amigos
que pronuncian mi nombre desde otro lugar.

Ese otro lugar es para el enconquensado un paréntesis raro en su enamoramiento con el escenario de la felicidad. Estos días azules y este sol de la infancia. Si además está desterrado en un exilio permanente, camina por la vida extrañando el amparo de las calles de su ciudad, el ambiente único que viste de intimidad las plazas empedradas de nostalgia, el recodo que acompañó sus pasos en aquel tiempo sin miedo, cuando el futuro era un rumbo y la vocación una certeza a la que abandonarse. Si alguna vez el destino le sitúa en Sevilla durante el primer plenilunio de la primavera, no hay gran poder ni esperanza capaz de apagar su querencia de turba y soledades. La orfandad de hallarse en casa ajena le impidió disfrutar de París en el preciso instante en el que descubrió un aire de familia en la fachada de Notre Dame. 



Yo siempre estoy en Cuenca, jugando hasta las tantas,
en una plaza alegre las noches de verano,
surcando en bicicleta las horas de la siesta,
subido en un peñasco, dominando la hoz.

El enconquensado no necesita horizontes lejanos que trasciendan la hoz por la que camina sobrecogido dibujando sus propios senderos. A pesar de todo, de cuando en cuando se deja engañar en escapadas que la familia organiza para sacarlo de su obsesión por las paredes conocidas, pero invariablemente se le ha visto contemplando los paisajes de la Toscana con una extraña melancolía que no tenía tanto que ver con el síndrome de Stendhal como con la evocación de sus paseos entre hocinos por el Huécar. En ocasiones, sus hijos han llegado a sentirse tentados de renegar de su estirpe, como aquella vez en Granada cuando entre la multitud de turistas congregados en el mirador de San Nicolás al reclamo de la puesta de sol sobre la Alhambra, surgió la voz de su padre afirmando que prefería el incendio que se proyecta en los muros del seminario cuando se contempla el ocaso desde el puente de San Antón.


Todavía respiro la tristeza en la tarde
de un domingo de invierno con lluvia en los cristales,
el olor de la leña por las calles angostas
con vistas al abismo de mi propia verdad.

La verdad del enconquensado es difícil de comprender para los que han superado la huella de la infancia, y han conseguido abandonar indemnes esa patria en pos de un cosmopolitismo salvador. Para los demás, la herida del tiempo duele menos si cuentas con el bálsamo del recuerdo y la posibilidad de repentizarlo a diario para atravesar las intemperies de la vida, ésas que te hacen anteponer la Fuensanta al Bernabéu, San Mateo a San Fermín y que pueden llevarte a proclamar que un crucero por el Caribe nunca será tan fecundo como un paseo de otoño hasta la playa artificial. La necesidad de abrigo que atenúa un recodo de tu río no se combate con la inmensidad del mar.

Y cuando vuelvo a Cuenca, el corazón se ensancha,
retomo los senderos que el tiempo borró en vano,
abrazo los recuerdos que esperan tras la esquina
y el mundo me sonríe, resumido en su luz.


martes, 23 de junio de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS: X. LA GRAN NEGLIGENCIA.


Como las bicicletas, la nueva normalidad es para el verano y el distópico neologismo se asienta en nuestras vidas con la misma perplejidad con la que un virus fantasma llegó, suspendió la primavera y permanece agazapado entre la incertidumbre de su otoñal regreso instalada en el miedo de la gente. La memoria de cuarenta mil de los nuestros nos recordará para siempre el oprobio de un tiempo en el que fueron desalojados de un barco donde se creían a salvo, mientras las autoridades en las que habían depositado su confianza navegaban por la desgracia con la impericia del capitán que prioriza su mantenimiento en el puente de mando al bienestar de su pasaje.

La configuración de un gobierno sin experiencia ni cualificación suficiente, conformado para dar satisfacción a las distintas ambiciones entre las que había que navegar para alcanzar el poder a toda costa, se demostró fatal a la hora de hacer frente a la crisis. Un ministerio de sanidad vaciado de competencias durante el proceso de descentralización autonómica no supo gestionar la asunción repentina del mando único y se dejó enredar en una vorágine de test falsos y equipos de protección defectuosos que contribuyó a empeorar una situación que ya venía lastrada por la incuestionable falta de previsión de los científicos a su servicio.

El pecado original de las autoridades fue no saber prepararse para el desafío sanitario cuando desde el treinta de enero la Organización Mundial de la Salud venía alertando sobre la dimensión global de la pandemia y la necesidad de aprovisionamiento de material para hacerle frente. La gran negligencia cometida trasciende a acontecimientos puntuales como los actos masivos del ocho de marzo, en los que todos los grupos políticos participaron de una u otra manera siendo conocedores de las advertencias de la OMS, lo cual nos conduce a la certeza de la inevitabilidad de nuestro destino aunque éste hubiera sido manejado por gestores de distinto signo.

El gobierno ha tratado de excusar su errada estrategia recordando la herencia recibida, la pujanza turística de nuestro país o el consuelo imposible de los desastres similares ocurridos en otras latitudes. Sin embargo, el colapso del sistema de salud tiene menos que ver con los recortes de la última década o con el tránsito de viajeros que con el hecho evidente de no haber cerrado las fronteras ante el ejemplo italiano y haber pospuesto el confinamiento, optando solamente por medidas de contención pese a los primeros datos de crecimiento exponencial del contagio comunitario. Grecia, décimotercera potencia turística mundial, el país europeo cuya sanidad se vio más afectada por el rescate europeo ha suplido la falta de medios ocasionada por recortes que llegaron a afectar al cuarenta por ciento de su presupuesto sanitario, con medidas de aislamiento desde el primer muerto que le colocan en una de las tasas de letalidad más bajas de Europa, con apenas doscientos fallecidos a día de hoy. El ejemplo griego nos demuestra que la respuesta tardía a la epidemia fue el factor clave para que España sufriera el confinamiento más duro y largo del continente y de su mano, la crisis económica más profunda, que los indudables aciertos del ingreso mínimo vital y los ERTES sólo aciertan a parchear y cuya salida en el tiempo aún no se adivina.

La imprudencia cometida va más allá de las escaramuzas judiciales acerca de una relevancia penal difícil de acreditar técnicamente. Es independiente incluso de la torpeza del gobierno que nos ha tocado en esta hora y se extiende a todos quienes llevan ignorando las voces que desde hace tiempo clamaban en el desierto sobre la necesidad de preservar la biodiversidad y proteger los ecosistemas como la mejor de las vacunas. En España, los sucesivos ministros del ramo siempre han sido los floreros de cada gabinete, sin un peso real que les permitiera pasar de las declaraciones programáticas a un compromiso presupuestario serio que nos preparara para las profetizadas pandemias. La penuria económica que amenaza nuestro futuro confinará de nuevo en el territorio de las buenas palabras los eternos propósitos de invertir más en ciencia y en investigación, como corolario del triste destino de un país que ya disfruta del regreso del fútbol, pero aún desconoce un plan coherente para la educación de sus hijos.   

España es una nación desdichada que lleva cinco años en campaña electoral, nuestros representantes más preocupados por el rédito político de sus acciones que por la eficacia de las mismas. Creíamos que la huida del bipartidismo haría necesarios los consensos y ni en las peor crisis del siglo, hemos sido capaces de remar unidos. La mascarilla ideológica nos acompaña desde el primer momento y mientras la derecha denuncia un estado comunista que no existe, la izquierda alerta de un golpismo imposible. Ni siquiera el terrible gerontocidio que ha dejado a miles de ancianos postrados en las camas de sus residencias esperando inermes a la muerte, ha podido sustraerse a la batalla política indecente en la que nuestras administraciones se lanzan los muertos a la cara para eludir una responsabilidad que afecta a todos, a las comunidades por la gestión y al gobierno, por omisión.

En su última homilía sabatina, el presidente saluda el oxímoron de la nueva normalidad y lo hace mintiendo varias veces en los primeros cinco minutos. Frente a las voces legítimas que claman por el fortalecimiento de lo público, no nos queda otro remedio que encomendarnos al respirador de la sociedad civil, que debe tomar la iniciativa de la situación en un país asolado por décadas de malos gobernantes. Nos toca acogernos al refugio de la responsabilidad individual, pero a los que llevamos gafas la mascarilla nos impide ver el suelo que pisamos y nos empaña la visión del horizonte.