martes, 21 de abril de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS: V. EL FANTASMA DE LA LIBERTAD.


"La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”, pero sufre a diario el acoso de los que tratan de obtener ventaja de nuestra actual situación. Se acerca el día del libro, y la conmemoración de la muerte de Cervantes nos hace recordar que el Quijote se escribió en una cárcel, allí “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”. Cuatro siglos después, nuestra cárcel cotidiana no parece tan terrible si la muerte no ronda a los tuyos y no pones mucho la televisión. El gran hermano de este momento comprueba complacido lo bien que nos sienta el recogimiento, la alegría terapéutica de los balcones, los beneficios extraordinarios sobre la polución.  Cuando todo esto pase, saldremos mejores, con la casa ordenada, seremos más cultos, estaremos más limpios, no habrá dolor.

Los bulos que infectan las redes sociales no son tan peligrosos como las tentativas autoritarias que los poderes públicos proyectan aprovechándose de nuestra condición lanar. Consciente de los errores cometidos en la prevención y la contención de la epidemia, el gobierno no puede permitirse perder la batalla de la opinión pública y a este fin orienta buena parte de sus energías. Las homilías semanales del presidente Sánchez, del que sus asesores pretenden hacer una mixtura pueril de Churchill, Kennedy y Suárez, tratan de encubrir la evidencia de que el gobierno sólo nos ofrece luchar contra el virus por nuestros propios medios. El calabozo en el que resistimos es la panacea contra el enemigo frente a la inacción de unas autoridades incapaces de liderar una política eficiente que dote de equipos de protección a sanitarios y enfermos, que ponga de una vez en marcha la práctica generalizada de pruebas de detección. Resulta en cambio más fácil ensayar una deriva totalitaria dirigida a deslegitimar el control parlamentario de sus decisiones mediante la falacia según la cual no es ahora el momento de criticar sino de arrimar el hombro, como si ambas cosas fueran excluyentes, al tiempo que se intenta censurar la labor de los medios de comunicación privados, a un paso del ideal del Vicepresidente Iglesias sobre la materia. Acaso la ocultación de las cifras reales de fallecidos que se calculan prudentemente en el doble de las oficiales, sea la mayor de las mixtificaciones que ha traído este tiempo oscuro en el que no hay espacio para el luto y la verdad ha quedado abolida.

La última estrategia del entramado de imagen al servicio del gobierno ha sido recurrir a la manipulación sin complejos por medio del CIS, perpetrador de preguntas capciosas para ir orientando al pueblo sobre las virtudes del pensamiento único. Se empieza predicando la eficacia del distanciamiento social y se acaba por creer que la libertad de expresión puede encerrarse en las dimensiones de una pantalla de plasma. Contra las noticias falsas el único tratamiento aceptable es el que pueda ofrecer una justicia ágil e independiente que excluya la necesidad de usar a la Guardia Civil como instrumento para minimizar el clima contrario a la gestión negligente del gobierno.

Quien controla la información, retiene el poder. No es casualidad que en todas las catástrofes que han asolado esta atribulada tierra desde el comienzo del siglo, el terrorismo islámico en 2004, la crisis económica en 2008 y ahora esta epidemia, en la escena política se haya librado siempre una pelea feroz por la confección de eso que los cursis llaman el relato, lo cual llanamente consiste en hacer electoralismo al tiempo que se entierran los cadáveres, los que dejará la recesión que se avecina y los de verdad. 

El gobierno anuncia el espejismo de la desescalada, pero el término no existe en el diccionario. Ahora que se ha incrementado el consumo de contenidos audiovisuales en nuestros hogares conviene revisar “El ángel exterminador”, la alegoría de Buñuel sobre la sociedad burguesa de su época. En ella, los personajes no consiguen abandonar una mansión donde han sido invitados a cenar. Una fuerza irresistible les impide escapar más allá de sus muros y obligados a convivir indefinidamente, les invade la desesperanza, pierden la compostura, se encanallan, se envilecen, hasta acabar mimetizándose con los borregos que cierran la película persiguiendo mansamente el fantasma de la libertad. 


miércoles, 8 de abril de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS IV: EXILIADO EN SEMANA SANTA.



Hay pocas cosas más tristes que quedarse en Madrid por Semana Santa. A la incertidumbre natural de la reclusión se une la pesadumbre de no poder revivir la pasión del sacrificio y la representación del calvario que cada año nos redime de nuestros múltiples pecados cuando volvemos para retomar la senda de la ciudad de la infancia. Desde el exiguo horizonte que se ve desde mi ventana, contemplo marcharse el viernes de dolores por una carretera vacía que no conduce a ninguna parte.

Camino por mi casa extrañando el pasillo íntimo en el que se convierten las calles de Cuenca por estas fechas, la ciudad entera transformada en el cuarto de estar de la alegría por la suerte del reencuentro. El ambiente único que viste de intimidad los lugares más concurridos abrigando el regreso del desterrado, pesa hoy en el recuerdo como un banzo de añoranza que hiere el ánimo del confinado en las cuatro paredes del corazón nazareno. Por las plazas empedradas de nostalgia, transcurre la memoria del exiliado, sus recodos mágicos aún conservan nuestra huella en cada rincón.


En los tiempos de libertad, si alguna vez el destino me situó en otro lugar durante el primer plenilunio de la primavera, ni siquiera el Señor de la madrugada sevillana fue capaz de mitigar la ausencia de su rostro en mi mirada, la orfandad de hallarse en casa ajena cuando sabes que él está en la calle y ese año no encontrarás la dicha de caminar tu ciudad al encuentro de sus pasos, ni la fortuna de divisar su alada compostura hermoseando la tarde. No portar su caña el Jueves Santo es la más lacerante de las renuncias que nos ha impuesto el virus en esta época de ansiedad y lejanías, de luto y soledades.

Apenas la palma en el balcón, la puesta en andas de la fe, y el querido miserere entonado a media voz puertas adentro nos ayudan en estos días aciagos en los que no ha podido reverdecer la Esperanza alfombrando con su manto la tarde santa del martes. En la anochecida del miércoles, tampoco se proyectará la sombra del Ecce Homo en las fachadas de San Pedro ni tendrá lugar la danza estremecida que los olivos absortos entre tinieblas ensayan, allí donde al amparo de San Roque, el culto a la Vera Cruz dio comienzo a todo. La mítica ermita del protector de la peste permanece en nuestra historia como la procesión primigenia en la que Jesús tendió puentes entre pasado y presente. Tampoco este año adivinaremos a lo lejos el leve vuelo de su clámide y habrá que esperar tiempos mejores para contemplar de nuevo cómo se inflama de esplendor púrpura la hoz entera.


Es previsible que la luna llena no comparezca esta vez en la madrugada del viernes al no reconocer su reflejo en el mar de los tambores, es de esperar que alguna herida instalada en un clarín vulnere la tiniebla ensimismada cuando Mangana dé las cinco y media. A la hora del rito y el calvario, un Cristo y su Cirene, tan ansiados, añorarán el baile cegador de multitudes desde la oscuridad de su capilla, mientras la verónica enseña enajenada nuestro rostro desolado en el espejo. La turba confinada ya descuenta los días que restan para volver a sentir el perfil del Nazareno recortado en la puerta salvadora.

No se izará la cruz al llegar el mediodía, la piedad que soporta nuestra angustia quedará otra vez encarcelada junto al madero amarfilado de agonía. En la curva despoblada hoy, yacente está la soledad. No es posible que el árbol del amor haya vuelto a florecer inútilmente esperando un cortejo que no existe. En el exilio, la evocación del estrépito impar de las horquillas es el único consuelo que nos queda frente a la intemperie, mas después del duelo de esta hora, ya se adivina el encuentro renovado, la resurrección que llegará aunque el próximo domingo no veamos danzar la gloria camino de San Andrés.

2008

2009
2013

2014





viernes, 3 de abril de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS III: LA MUERTE DEL AMIGO


En Cuenca, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo, Teodomiro Huerta, con quien tanto quería. La elegía que tantas veces entonamos juntos en la música de Serrat es hoy un lamento solitario y el rayo que te ha llevado no cesa de herirnos desde que tus amigos hemos despertado a la evidencia de que nunca más estarás ahí para recordarnos con tu ironía habitual, que la vida será a partir de ahora un eterno lunes difícil de encarar porque ya seremos uno menos para siempre.

Todo esto pasará, decíamos a coro para eludir la tristeza de no poder compartir las cervezas de costumbre, haremos la gran fiesta, celebraremos la fortuna de encontrarnos, pagaremos la deuda de los abrazos pendientes y nadie tendrá excusa para no acudir. Y entonces nos llegó al teléfono tu imagen tras la máscara, el ingreso inesperado en el lugar en el que hace años ganaste una batalla parecida, las primeras bromas sobre la amenaza del maldito bicho y el temor por el acecho del dolor. Aislados del compás de tu latido, cada mañana nos dabas noticia de tu aliento y ese primer mensaje que en los tiempos de libertad inauguraba el chat de cada día, también llegaba en estos momentos de desasosiego en los que tratabas de driblar a la fiebre acosadora como si fueras tu admirado Juanito en Chamartín. Por nuestra parte, vigilábamos el móvil cada hora, te enviábamos las canciones de la banda sonora de nuestra historia común y los mensajes varados sin respuesta anunciaban la venidera soledad. Confiábamos en que el gran Uderzo escribiera un guión distinto desde el más allá que postergara tu partida hacia otros mundos, y te hiciera protagonista de una nueva victoria como el irreductible galo que eras.

La muerte lo concreta todo. Es la certeza absoluta que acaba definitivamente con todas las inseguridades, con la duda permanente, con el desamparo de los solitarios, aquéllos que como tú y el Pío Coronado galdosiano de tu película favorita, tenían ya varios perros enterrados. Bien lo sabías cuando tu coraje nos envió tu despedida anunciando que esta vez no habría gol en el minuto noventa y tres que prorrogara el partido, que para nuestro mal vendría a llevarte la parca, sin dejarnos siquiera el consuelo de empujar al mar tu barca con un levante otoñal. Nos cuentan que te fuiste mecido por la última nevada que sepultaba bajo su manto de madrugada las esperanzas de ese día aciago, penúltimo viernes de cuaresma, preludio del advenimiento del Jefe, como tú llamabas a Jesús de Medinaceli, que este año tampoco estará en las calles por acompañar mejor tu llegada a la otra vida.

Los muertos sin nombre de esta fatal epidemia se han encarnado todos en ti, compañero del alma, tan temprano, en este marzo triste de luto presentido, de duelos y distancias, de pronto abatimiento que acaso podamos derrotar leyendo a Séneca y su enseñanza sobre la necesidad de cultivar a los amigos como si los fuéramos a perder, y al perderlos, evocar su recuerdo como si los siguiéramos teniendo, como ese vino amargo difícil de trasegar por cuya aspereza se puede llegar también a una embriaguez placentera. En tu memoria, Teo, amigo, nos hemos reunido desde nuestras casas y hemos chocado esa cerveza que teníamos pendiente contra la pantalla del ordenador. Que la tierra te sea leve. 



miércoles, 25 de marzo de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS II: MORIR A SOLAS



Vivimos de espaldas a la muerte. La sociedad infantilizada y hedonista de este momento la tenía confinada entre el lazareto de las residencias y la asepsia de los tanatorios. Antes de vernos abocados a negociar con la parca que se cuela en nuestros búnkeres con el pan de cada día, llegamos a creer que todo era un cuento chino y que el estado de bienestar nos inmunizaba contra la tragedia. En nuestra ilusa y occidental prepotencia, ni los gobernantes ni los gobernados vimos venir una catástrofe que al principio observábamos con displicencia, incapaces de renunciar a nuestros planes de fin de semana, a nuestras reivindicaciones inaplazables, a nuestra imprescindible ración de vanidad. Por aquel entonces, los muertos no eran más que una estadística asumible, ley de vida para los viejos, escenario improbable para los afortunados que veían en la falta de patologías previas, un sintagma salvador.

Antes de que se apilaran los cadáveres en la salmodia del telediario, contemplábamos la amenaza como el último capítulo de una serie, alentados por la renuencia de las autoridades que se negaban a cerrar las playas cuando ya podía divisarse en el horizonte la aleta del tiburón. Mientras los bañistas perecen y los demás esperamos en la orilla a que salga de nuevo el sol, los que mandan se afanan en explicarse ante el pueblo con discursos aprendidos que no pueden ocultar su incapacidad para encarar el desastre, programados como estaban para la impostura de la propaganda antes que para la eficacia de la gestión.

Arranca la segunda semana de clausura y la sobreinformación no hace más que favorecer nuestra natural hipocondría. La tosecilla de las mañanas nos parece sospechosa si no viene acompañada de algún tipo de secreción y el insomnio cotidiano se cobra su factura en ese dolor de cabeza que sin duda anuncia la llegada de la fiebre. El desmadejamiento que provoca la inactividad del encierro se llega a confundir con el abatimiento que precede a la infección. Pese a las medidas anunciadas por el gobierno, sigue sin saberse cómo van a sobrevivir a la cuarentena los que no dependen del presupuesto.  

El virus hace pasar desapercibido el advenimiento de la primavera, anestesia las antiguas querellas sobre polémicas espurias, amortigua la caída del monarca sin corona que ha sido señalado de indigno por su heredero. El repudio de su corrupción inveterada apenas se ha saldado con un día de portadas, los minutos residuales de las tertulias y el pataleo de las cacerolas. En cambio, el virus que no distingue entre clases sociales, sí respeta algunas vilezas, excita los bulos que propagan el miedo en las redes, estimula el supremacismo en el que alienta el rencor.

Madrid es un inmenso vecindario pendiente de salir a respirar a las ocho de la tarde, nuestra libertad reducida a sacudirnos la angustia al ritmo del Dúo Dinámico. Cuando cesa el fragor en la corrala, el parte de guerra de las nueve anuncia el colapso de los servicios funerarios. La gente se muere a solas en los hospitales de la mejor sanidad del mundo sin que nadie pueda velar sus cuerpos depositados en un moderno centro comercial.  



lunes, 16 de marzo de 2020

CRÓNICAS DEL CORONAVIRUS I: ESTADO DE ALARMA



Todas las desgracias del hombre proceden del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en su habitación. El célebre aserto de Pascal define a la perfección el alma española, que para sobrevivir necesita una morada con balcones a la alegría, consumir su ración diaria de sol por las aceras, sacar la silla a la puerta para vigilar el panorama y de paso, respirar. Acondicionamos nuestras viviendas con todas las comodidades que la sociedad de consumo pone a nuestra disposición y cuando no llevamos ni media hora sentados en el sillón que tonifica nuestros músculos delante del pantallón que compramos para convertir el salón en un parque de atracciones, nos echamos a la calle porque no somos nadie si no tomamos una cervecita charlando con los amigos en la terracita del bar.

Con lo bien que se está en casa retomando las lecturas atrasadas o escuchando música casi con tanta calidad como si hubiera una orquesta sinfónica agazapada en el aparador, encontramos más placer en dar una vuelta por los alrededores del tedio, saludando a las caras conocidas con las que nos cruzamos en nuestro entorno, practicando el par de besos o el abrazo con masaje de paletilla, exhibiendo el material por la calle mayor. Quedarse en casa es algo que no contemplamos hasta que vemos al presidente Sánchez balbucear el pánico que se esconde detrás de su máscara de aparente tranquilidad.

En el epicentro de la epidemia de coronavirus, el tráfico ha desertado de las avenidas y se ha establecido en los pasillos de los supermercados, de cuyos anaqueles han desaparecido la lejía y las latas de atún. Las cajeras evitan el contacto con los productos calzándose los guantes de coger la fruta y las ancianas continúan practicando el rito de hacer la compra, una mano señalando las magdalenas que debe alcanzar su cuidadora, la otra en el andador. En la era del 5G y el teletrabajo, la enseñanza on-line es una entelequia y los universitarios lo celebran apurando las últimas horas de apertura de los bares, no siendo descartable que en el fin de semana consuman las horas muertas visitando al abuelo. Madrid no es todavía la ciudad de más de un millón de cadáveres del poema de Dámaso Alonso porque aquí no había puente para el día del padre y los más irresponsables han decidido aprovechar el buen tiempo por adelantado, poniendo a salvo sus esputos a la orilla del mar. El alcalde ha dejado de ser carnaza para los chistes y se viste de estadista anticipando las medidas que retrasa el gobierno central. La gente retoza en las terrazas y el alcalde cierra las terrazas. La gente inunda los parques y el alcalde cierra los parques. Ante la imposibilidad de ponerle puertas al campo, la sierra de Madrid presenta el aspecto de la Gran Vía en hora punta.



El gobierno que nos desgobierna ha pasado en cinco días de recomendar la asistencia a concentraciones masivas a decretar el estado de alarma, pero no explicita las medidas concretas hasta la víspera de los idus de marzo. El vicepresidente Iglesias se salta el aislamiento para librar la batalla por el poder que termina con su exclusión del núcleo duro de las decisiones. Un nuevo cesarismo se impone por encima de las baronías autonómicas, alguna de las cuales, ante la parálisis gubernamental, se habían permitido cercenar la libertad deambulatoria del ciudadano, conculcando la Constitución en sus territorios. La conversación por videoconferencia entre Sánchez y Torra ha debido de ser como para conservarla en mármol. Creíamos que la única ventaja del virus era librarnos temporalmente de la matraca independentista pero el testaferro de la sedición anuncia nuevas tardes de desacato en medio del desconcierto. El infectado Abascal clama desde su garita cual adolescente airado tras una noche de juerga que reprocha a sus mayores haberle dejado salir.   

Mientras tanto, nadie dice nada sobre cómo van a sobrevivir a la cuarentena los que no dependen del presupuesto. También se desconoce si soportarán la primavera los enamorados recientes que cumplan a rajatabla el confinamiento. El españolito, capaz de lo mejor y de lo peor, se organiza para el letargo y despliega su ingenio en las redes, debelando los bulos y eludiendo la angustia con humor. La neurosis del encierro se cura programando un itinerario de excursiones permitidas cuando las paredes nos agredan y no aguantemos más, a las nueve, el pan, a las doce, a la iglesia, a las cinco, el tinte, a las ocho, el paseo a la mascota aunque se trate de un hurón. A las diez de la noche, las ventanas se pueblan de aplausos que vitorean el cumplimiento del deber. La manifestación es un ejercicio de expiación colectiva en estos tiempos en el que la responsabilidad social precisa de decretos para convertirse en obligación moral. León Tolstoi, que murió de neumonía hace ciento diez años, ya nos anunció que todos pretenden cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo. Seguiremos informando.



lunes, 10 de febrero de 2020

Y EL OSCAR ES PARA ...

PARÁSITOS

Y el Oscar es para, para … Parásitos, la magnífica cinta de Bong Joon-ho, que ha conseguido por fin que la industria americana se decida a premiar como mejor película del año a una obra no hablada en inglés, ese paso subversivo al que no se atrevió con la imperecedera Roma. Ya es casualidad que ambos filmes hablen de la lucha de clases a través de las vicisitudes del servicio doméstico, desde una perspectiva diferente pero con un punto de vista común que huye del maniqueísmo, vive de los matices y propone una meticulosa puesta en escena al borde de la perfección.

De un tiempo a esta parte, pretendiendo publicitar un esplendor que ya no existe, la Academia de Hollywood ha recuperado la costumbre de los años treinta, época en la que se nominaba a una decena de cintas para el Oscar a la mejor película. Hace ochenta años, en la ceremonia de 1940 que premiaba a las películas rodadas en el 39, estaba cantado que la estatuilla la recibiría David O. Selznick, por el enorme esfuerzo de producción llevado a cabo con Lo que el viento se llevó, y el gran éxito de público que refrendó la esperadísima adaptación del “best seller” de Margaret Mitchell. El monumental film que acabó firmando Victor Fleming arrasó a las demás candidatas con otros ocho premios adicionales, pese a que la cosecha de aquel año, como ya venía ocurriendo desde mitad de la década de los treinta y no dejaría de suceder durante las dos décadas siguientes, incluía al menos, otras cinco obras maestras: la primera versión de Tú y yo de Leo McCarey, apoteosis del melodrama romántico que provoca la misma conmoción en 1939 que en el remake de 1957 cuando Deborah Kerr sucede a Irene Dunne en su camino truncado hacia la felicidad que esperaba en el último piso del Empire State; La diligencia, posiblemente el mejor western de la historia; Ninotchka, o la sonrisa de Garbo iluminando la pantalla por cortesía del toque Lubitsch; Caballero sin espada, la enésima fábula política que sólo el idealismo mágico de Capra podía dotar de credibilidad y El mago de Oz, más allá del arco iris sigue brillando Judy Garland sobreviviendo a las muecas con las que este año la ha homenajeado Renée Zellweger.

RENÉE Y JUDY

Si en la actualidad, tenemos que recurrir a las series para encontrar el virtuosismo que el cine ha perdido, el espectador americano de aquel año en el que los españoles andábamos a tiros, podía seguir vibrando cada fin de semana en las salas, porque John Ford se entretenía en añadir a La diligencia, El joven Lincoln y Corazones indomables, Raoul Walsh firmaba la primera entrega de esa trilogía de obras mayores del cine negro conformada por Los violentos años veinte, La pasión ciega y El último refugio y el cine de aventuras en parajes exóticos permitía que los niños de entonces pudieran disfrutar de un programa triple de ensueño formado por Beau Geste, Las cuatro plumas, y Gunga Din. Para hacerse una idea del aluvión de películas notables rodadas en aquel momento, basta decir que todas las anteriores fueron ninguneadas en las nominaciones a los Oscar, como también se olvidaron de la maestría de Howard Hawks que ese año demostró su versátil genialidad en Sólo los ángeles tienen alas, trufando este inolvidable drama de aventuras entre dos cumbres de la comedia como La fiera de mi niña y  Luna nueva, de la misma manera que los aviones de Cary Grant y Thomas Mitchell sorteaban entre la niebla las míticas montañas de Barranca.

RICHARD JEWELL

Algo parecido ha sucedido en esta edición con el último director clásico que nos queda para nuestro disfrute. A punto de cumplir noventa primaveras, Clint Eastwood nos ha regalado con Richard Jewell otra muestra más de su prodigiosa capacidad de narrar, filmando sin artificios la revisitada historia del héroe americano, la odisea del hombre corriente enfrentado a los poderes del Estado y de la sociedad, sin más apoyo que un abogado mediocre, una madre orgullosa y su sentido común. Tanta grandeza solo ha sido reconocida con una nominación a la mejor actriz de reparto.
   
Pese a todo, en la lista de candidatas de este año, había pocos motivos para la decepción, aunque se esperaba más de El irlandés, el colosal friso en el que Scorsese expone su testamento fílmico sobre la mafia de manera correcta pero un tanto ayuna de emoción. Excepto en la violenta traca final que Tarantino resuelve con una elegantísima elipsis que elude los asesinatos latentes en la película, quizá sus seguidores más fanáticos se hayan visto un tanto defraudados con Érase una vez en Hollywood, soberbio poema de amor al cine que los demás contemplamos encantados a través del parabrisas del Cadillac de Brad Pitt, y es que no hubiéramos soportado que el director convirtiera a Margot Robbie en la Uma Thurman de Kill Bill para ensañarse con la memoria de aquella maravilla que fue la inolvidable Sharon Tate.

JOKER

Aún hay otras tres películas más que rozan la excelencia y sólo el paso del tiempo nos dirá si se convierten en obras maestras similares a las que ochenta años después consideramos como tales, gracias tal vez a la pátina con que nuestra cinefilia mitómana las ha revestido: Historia de un matrimonio, conmovedora disección de una pareja que logra atrapar en cada uno de sus fotogramas, los entresijos del dolor que yacen en la amputación sentimental que acompaña a cada proceso de divorcio; Joker, la deconstrucción genial del mito de Batman a través de la explicación de su némesis a la que uno asiste entre los escalofríos de la herida instalada en la carcajada de Joaquin Phoenix; y 1917, prodigio técnico de planificación del que uno se olvida en el instante en que se sube a la aventura de los dos jóvenes soldados y la asume como propia, acostumbrados como estamos a asistir al espectáculo de nuestra propia vida en un único plano secuencia que creemos dirigir sin conocer en realidad el momento de la llegada del corte final.




lunes, 13 de enero de 2020

SÁNCHEZ


La coherencia es un valor desconocido para la clase política que nos ha tocado padecer. Mi abuela solía decir “como no soy río, me vuelvo” y aunque nunca supo de Heráclito, su filosofía de andar por casa parecía inspirada por las conclusiones a las que el “Oscuro de Éfeso” llegara siglos atrás, cuando afirmó que nada es permanente a excepción del cambio, definiendo así a la perfección el comportamiento de Pedro Sánchez, ese estadista. Para huir de la crispación instalada en el ambiente y de palabras gruesas como embuste, fraude o felonía es más conveniente para el espíritu concluir que el séptimo presidente de nuestra democracia ha hecho de la contradicción un arte, lo cual ya se venía venir en este adalid de la lucha contra el cambio climático que viajaba en falcon a la vuelta de la esquina. Metido en su particular concepto de la lógica, Heráclito sostenía que todo es y no es al mismo tiempo, y eso debió pensar nuestro líder cuando no habiendo querido pactar en su día con su futuro vicepresidente por no acabar como la Venezuela de las cartillas de racionamiento, se abandonó en sus brazos cuando vio peligrar la poltrona, soñando con alcanzar de su mano, la justicia social.

Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos, decía el verso de Neruda que sin duda leyó Sánchez para inspirar este viraje, lo cual es comprensible si no fuera porque ese entonces, en el caso de nuestro Pedro, fue solamente antes de ayer. Es cierto que el flamante jefe de gobierno ha batido todos los registros en el incumplimiento de sus promesas electorales pero también lo es que ha tenido excelentes maestros en esa tradición. Felipe González llegó al poder cabalgando sobre un furor antiatlantista que terminó en referéndum con pregunta capciosa en el que pidió el sí a la OTAN, con el chantaje emocional incluído de su posible dimisión si fracasaba en ese empeño. Los ochocientos mil puestos de trabajo anunciados en el programa que le llevó a la Moncloa constituyen una cifra mágica que todavía resuena en los oídos de los ochocientos mil nuevos parados que en realidad generó su política económica durante su primera legislatura, todo lo cual no evitó que el pueblo refrendara su gestión con dos mayorías absolutas más. 

En 1996, José María Aznar alcanzó la presidencia del gobierno y todas las críticas que había vertido con anterioridad sobre las cesiones de González a los partidos nacionalistas se quedaron en la recepción del Hotel Majestic en cuyos salones se firmó el pacto de gobierno con Convergencia que Pujol llegó a calificar como más beneficioso para sus intereses que el alcanzado tres años antes con los socialistas. El cénit de la desfachatez en la historia de la incongruencia política llegó dos años más tarde, cuando el mismo Aznar que hizo de la guerra sucia el centro de su labor de oposición, indultó desde el gobierno a los dirigentes socialistas condenados por las actividades de los GAL, permitiendo su salida inmediata de prisión. En las elecciones generales del año 2000, al pueblo español debió parecerle todo correcto pues otorgó al Partido Popular su primera mayoría absoluta.

La era Zapatero fue también prolija en contradicciones y bandazos que el mago del talante prodigaba con la sonrisa en los labios y el sofisma en el discurso. El mesianismo que acompaña a todos los debutantes en el cargo le llevó a pretender resolver los problemas vasco y catalán a un tiempo, y en ambos avisperos se dejó parte de su credibilidad. La culminación de tanto artificio fue el encubrimiento de la crisis financiera de 2008 y lo hizo con tal eficacia que el electorado volvió a renovar un mandato que acabó en  congelación de los salarios públicos y las pensiones que había prometido subir en campaña. Mariano Rajoy le afeó con dureza el que calificó como recorte social más grande de la historia y en las elecciones del 2011 aseguró que su gobierno jamás se cebaría con las personas más indefensas, las que habían contribuido con el esfuerzo del trabajo de toda una vida al bienestar y al progreso general. Una vez conseguida la mayoría absoluta, olvidó todas estas consideraciones y para maquillar su desvergüenza, subió las pensiones un raquítico 0’25 % lo que en realidad equivalía a bajarlas por la pérdida de poder adquisitivo que ello suponía respecto al IPC. Un trabajito rutinario para quien habiendo acusado a ZP de traicionar a los muertos durante la negociación con ETA, cuando se vio en la Moncloa, continuó con la misma política antiterrorista que había criminalizado en su oponente.

Todo cambia, nada es. Lo único inmutable en materia política es la inconsistencia de la palabra dada, sobre todo si está en juego la permanencia en el poder. La historia de nuestra democracia nos enseña que los heraldos del apocalipsis que estos días andan soliviantados anunciando catástrofes deberían esperar a que se produzca el enésimo giro teatral de este oxímoron andante recién investido. Es muy probable que el otrora defensor escrupuloso de la legalidad en Cataluña, que abomina hoy de la judicialización del conflicto político, aparezca en la mesa de negociación con Torra disfrazado de monarca constitucional. Es lo que hemos votado a pesar de que ya estábamos avisados de esta esquizofrenia. Se acerca el carnaval.