Los jóvenes que tienen que darnos el
relevo son los “millennials” que pasean su ignorancia por las redes sociales mientras
miran pasar la vida al abrigo del calor familiar, que ahora es el “wifi”. El
problema de tener desde tan tierna edad una plataforma virtual en la que manifestarse
públicamente a diario es que todo el mundo puede ser testigo de tu estupidez.
Probablemente nosotros éramos igual de tontos a su edad, pero sólo lo sabía
nuestro círculo más íntimo.
El incidente surgido en Operación Triunfo,
programa en el que una pareja de aspirantes a estrellas se escandalizaban por
tener que cantar una de las letras más inofensivas del grupo menos transgresor
del pop español de los ochenta, es un ejemplo de cómo pretendiendo revisitar
los lugares comunes de la progresía, en realidad esos jóvenes dizque artistas
exhiben un conservadurismo atroz, incapaz de destrozar las ataduras de lo
políticamente correcto.
Con esa impunidad que proporciona haber
prolongado la adolescencia hasta la treintena, los que heredarán nuestro
tinglado carecen casi por completo de la rebeldía necesaria para abrirse paso a
codazos frente a los instalados, para subvertir un sistema que los tiene sometidos
a la dictadura de la comodidad. Entre el narcisismo del “selfie”, la tiranía de
“instagram” y el machismo del “reggaetón”, se van conformando nuevos usos
sociales en los que la estética es más importante que la ética, la popularidad
del “like” se prefiere al talento y la música de fondo esconde letras procaces donde
la dignidad de la mujer queda rebajada a la de un mero objeto sexual, sin que
ello impida a la muchachada seguir quejándose de la opresión del “heteropatriarcado”.
El instinto de rebaño de nuestros jóvenes
no sólo uniformiza los cuerpos sino también las mentes, y así lo que ahora se
lleva es el laicismo huérfano de compromiso y el infantilismo animalista, señas
de identidad de un nuevo hedonismo del que ni siquiera ellos tienen la culpa,
anestesiados como están por la protección que sus familias les procuran frente
a la vida y sus heridas, y la intolerancia a la frustración que genera crecer
entre algodones. Si a eso le añadimos que el conocimiento de nuestros muchachos
no se desarrolla en sus cerebros sino en el marasmo de internet al que pueden
acceder en cada instante, para obtener el placebo de creer saberlo todo sin
profundizar en nada, se entiende perfectamente que los científicos hayan
alertado de que el coeficiente intelectual de las nuevas generaciones desciende
un poco más cada año, debido a factores ambientales que tienen que ver con el progreso
tecnológico y las técnicas de enseñanza.
Desnortados por la insolvencia política para
hallar consenso sobre el sistema educativo e hipnotizados por el brillo de las
pantallitas, nuestros hijos se encaminan sin remedio a un horizonte de
mileurismo y dependencia de sus mayores, parecido a esas distopías que nos
estremecen en “Black mirror”, donde el abuso de la tecnología nos augura a
todos un futuro con menos libertad. No intenten soltarles este discurso a esos
extraños que viven en nuestra casa, atrincherados en el confort de sus
habitaciones. Si pudieran hacerse oír entre las soflamas de los líderes de
opinión que ellos veneran, que ahora responden al nombre de “youtubers”, no
podrían convencerlos de que la juventud es una enfermedad que consiste en
hacerse cada día una pregunta y comprender la respuesta cuando ya es demasiado
tarde.
Por fin llegó el otoño y Urdiales volvió a Madrid. Nuestro casero Simón, que
cuida del pedazo de cielo que ocupamos en la andanada, nos expulsó del
paraíso después de San Isidro con el pretexto de la misteriosa reforma de la
plaza, ésa de la que nadie sabe a día de hoy, ni su contenido, ni su alcance,
ni su duración. Lo único que se anunció a ciencia cierta es que debía comenzar
por el saneamiento de las cubiertas y así durante el verano, los abonados
mirábamos los andamios, las redes y las mallas que velaban la visión de nuestro
hábitat con cierto desasosiego, acrecentado por los rumores de disminución de
localidades, modernización de los graderíos y reducción del diámetro del ruedo. Cuando despertamos del sueño estival y volvimos a la plaza, la andanada seguía allí, con un techo a estrenar cubriendo la suciedad de siempre. Quizá para distraer la atención del futuro atentado que se prepara contra la esencia de
nuestro templo, compareció el mago Simón en la canícula y esta vez, el juego
de manos consistió en anular la elección de las ganaderías por los toreros
mediante un sorteo para el que quisiera afrontar el grandísimo riesgo de torear
una de Adolfo en vez del enésimo Victoriano de la temporada. El aficionado no
ceja en el empeño de reclamar más justicia en la fiesta y Producciones Simón
Casas, siempre atenta al runrún de los corrillos, se apresuró a vender como
gran revolución la apuesta de Talavante de meter sus dos bolitas en el bombo,
ahora que necesitaba dar un golpe en la mesa tras su desencuentro con Matilla,
que lo borró de casi todas las grandes ferias de la segunda mitad de la
temporada mientras acariciaba el gato del poder omnímodo que al parecer
detenta. La revolución verdadera hubiera consistido en conseguir que Julián,
José Mari y José Antonio compraran también la lotería de Don Simón, con los
Saltillos, los Miuras o los Ibanes saltando alegres en el bombo de los premios,
pero en seguida salió el Juli en la prensa adicta, a decir que el torero se
gana en el ruedo poder elegir las ganaderías que mata lo que traducido venía a
significar que está dispuesto a permanecer otros veinte años en la fiesta
explicando frente a las sucesivas camadas de Cuvillos y Garcigrandes su lección
cotidiana de ventajismo y vulgaridad. El primer torero contratado en la madre de todos los sorteos fue Diego Urdiales, para la que iba ser su quinta tarde en la temporada, tras ser condenado al ostracismo por el sistema el resto del año.
Como era previsible, el sorteo desembocó en un "deja vu” que nos transportaba
directamente a San Isidro. Las bolas calientes del Gatopardo Simón nos han
organizado un comienzo de otoño con el mismo programa de la primavera, una
nueva ración de los toros que Victoriano
del Río y Lorenzo Fraile manufacturan para la muleta, la peste del toreo
moderno aplicada por igual a las embestidas boyantes y a las complicadas, la
falta de personalidad en los toreros de esta hora y el fervor por Alejandro Talavante, que nunca como en
este momento, tuvo tan a favor a la plaza de Madrid, que le saca a saludar por
el mero hecho de comparecer ante la cátedra en este otoño que todavía era
verano. Que Talavante sea tomado por algunos como un antisistema que viene para
cambiar el estado de cosas y dar un puñetazo en la mesa en la que comen los
muñidores del cotarro es como creerse las proclamas revolucionarias de los
jerifaltes podemitas de discurso postizo y mansión en Galapagar. Como ya
ocurrió en 2013 cuando se saludó su apuesta de encerrarse con seis Victorinos
como el gran acontecimiento de la isidrada, su doble comparecencia en la Feria
de Otoño acaba en fracaso sin paliativos, la ovación de bienvenida transmutada
en pitada final por obra y gracia de las limitaciones del extremeño para poder
con un tipo de toro que no regala las embestidas. Pese a todo, hubo un momento
en su actuación en donde apareció el torero que tantas expectativas despertó en
el inicio de su carrera, cuando de la mano de Antonio Corbacho, pretendía ser
el émulo imposible de José Tomás. Fue en el comienzo de la faena al primero de
sus cuatro toros en la feria, ante el que improvisa una serie maciza de
naturales defendiendo la posición, en los medios y sin probatura alguna, a golpe
de la inspiración que surge a toro arrancado, cuando todavía no hay tiempo para
pensar. Luego la cabeza se va imponiendo a la ambición y la falta de compromiso
crece en cada serie y como a pesar de todo la parroquia a favor sigue jaleando
ese otro toreo de menos enjundia, superficial y despegado, el torero que venía
con la escoba para sanear la parte alta del escalafón se conforma con la
previsible orejilla que acaba frustrando un pinchazo inesperado. A partir de
ahí, Talavante ya no levanta cabeza en toda la feria, quizá consciente de la
oportunidad perdida, y aun así, sigue habiendo gran expectación en su segunda
tarde, con casi lleno en los tendidos, pero una corrida de Adolfo Martín baja de casta y un lote complicado hacen que la
apuesta del extremeño se agote en el vuelo de la larga cambiada con que recibe
al primero de la tarde. Sus carencias técnicas para lidiar con el capote a este
tipo de encaste y su inhibición final con muleta y espada transmiten a la plaza
una imagen de torero vencido, incapaz de soportar el peso de una apuesta que
acaso se hizo buscando colar como gesta el numerito de todas las tardes, a la
espera de que un sorteo favorable en el bombo o en los corrales permitiera
aplicar las recetas revenidas del toreo moderno al toro domesticado al que se
lleva enfrentando toda su carrera. Para el año que viene, se anuncian nuevos
sorteos patrocinados por Don Simón, mientras el imperio Matilla sigue intacto y
a Talavante se le avecina un invierno económico que debería afrontar siguiendo
a pies juntillas el viejo consejo de nuestros abuelos según el cual no hay
mejor lotería que trabajo y economía.
En realidad, el bombo de marras no es sino otro fuego fatuo de Monsieur Casas
para encubrir el estado putrefacto del sistema que, en el fondo, no quiere o no
puede subvertir. En la cabaña brava sigue existiendo la casta suficiente para
que el toreo vuelva a tener la grandeza de siempre. El problema real es la gran
crisis de toreros existente en este siglo, incapaces de desarrollar en la plaza
un planteamiento distinto al que manejan los líderes del escalafón, a quienes
no pretenden desalojar del poder sino a lo sumo aprovechar un resquicio del
sistema e ingresar en él para seguir transigiendo con el montaje del toro bobo
y colaborador. Fortes, por ejemplo,
se dejó ir el Victoriano más encastado de la tarde, al que llegó a embarcar con
templanza en la primera serie, naufragando a continuación en una sucesión de
pases sin mando que conforman una faena que se va diluyendo entre la impotencia
y el paso atrás. Lidió al sobrero con la sombra de la oportunidad perdida
nublándole el entendimiento y bastante tuvo con salir vivo de la feísima cogida
que cobró al entrar a matar. Pablo
Aguado, el toricantano que venía en sustitución del infortunado Ureña, al
menos abrió la tarde con el aroma del verdadero toreo de capote, en donde el
sevillano se duerme en dos verónicas muy caras y un primoroso quite al
delantal, antes de cortar la consabida oreja del sexto que el público más
amable suele regalar para sacudirse el desencanto de cada tarde. Álvaro Lorenzo sorteó un lote a modo
para reeditar aquel triunfo vacío del Domingo de Resurrección del que ya casi
nadie se acuerda pero no se atrevió a dar el paso al frente para recoger los
frutos de la decepción talavantina y se dedicó a plagiar la famosa tesis del
Doctor López que lleva por título “Aproximaciones al toreo moderno: la nueva
manera de cargar la suerte metiendo pico y retrasando la pierna de salida”. En
cambio Luis David, venía a Madrid a
que le convalidaran con los Adolfos los entusiastas trabajos que le han llevado
a torear una veintena de tardes por esas plazas de Dios exponiendo la doctrina
del feísmo al adamesco modo, pero se encontró con el sexto, que se acordaba un
poco de la casta de la ganadería que iluminó las postrimerías de San Isidro, e
inevitablemente quedó al descubierto la mediocridad de una propuesta que
pretendía aplicarle al toro esa ligazón tramposa que se instrumenta al amparo
de la pala del pitón, y que al primer respingo del astado, se resuelve en un
sinfín de carreritas sin sentido con destino a la comodidad del unipase. Por su parte, Román sólo estuvo animoso con el peor
lote de los del Puerto, desdibujado y sin resortes técnicos para resolver sus
complicaciones, vapuleado por el cornalón segundo que le atropella cuando el
torero se equivoca y medio se queda en el sitio, su mayor triunfo fue salir
indemne de este trance.
El caso de Ginés
Marín es distinto porque él es uno de los privilegiados a los que el
sistema ha consentido disfrutar de su parcelita de terreno entre los instalados, a
base de ir vendiendo por las ferias un producto cada vez más huérfano de la
frescura con que ilusionó a Madrid en su apoteosis del San Isidro del año 17. A
punto estuvo de tocar pelo si su habitual faenita fácil, ligerita y superficial
hubiera acabado en un espadazo cabal. La manejable mansedumbre de esa corrida del Puerto de San Lorenzo le cayó en suerte
también a Emilio de Justo, que viene
a Madrid a despecho de la reciente muerte de su padre y de la cornada que la
semana anterior le pegó un toro de Victorino en Francia. Su tarde se resume en
la vergüenza torera del esfuerzo y en dos estocadas en la yema, de perfecta ejecución
la primera y entregándose mucho en la segunda, pero la realidad es que sólo
deja detalles ante el que abría plaza en el que no acaba de dar el paso
adelante para compactar una faena desigual que coge altura definitivamente en
la estocada. En el cuarto, que tiene peligro por el pitón izquierdo, lo pasa de
muleta con corrección pero sin especial lucimiento, y tras naufragar al echarse
la mano a la zurda, acaso porque las carnes todavía abiertas huyen del
compromiso de aguantar los tres y el de pecho en donde estaba la gloria del
triunfo grande, se conforma con arañar otra orejita a la que llega por un par
de series de circulares efectistas en terrenos de sol camino de la ansiada
puerta grande, que quizá sólo por hoy, nadie se atreve a discutir.
Y cuando todo parecía perdido, cuando afrontábamos la
última tarde de la feria con el primer aviso del invierno cambiando la
fisonomía de la plaza, cuando todo estaba preparado para despedir la temporada
con la esperanza quebrantada por tantas tardes de promesas incumplidas, llegó
el acontecimiento. Ricardo Gallardo se saca de la manga un variadísimo encierro
de Fuente Ymbro, de presentación
irreprochable, que nos redime de todos los sinsabores del pasado, para
demostrar que el encaste Domeq puede ser otra cosa que la acostumbrada
docilidad tontorrona al servicio de los que mandan. La encastada boyantía, la
huidiza mansedumbre, la entregada nobleza y la fiereza indómita reunidas en una
sola corrida de toros y tres toreros para su lidia con tres propuestas
distintas, el toreo clásico, el toreo de lidia, el toreo moderno. David Mora se encuentra con el tercero
de la tarde, el toro de la feria, que embiste por abajo portando la
consagración en su astifina cornamenta. Viene el torero vestido de Chenel pero
el planteamiento del añorado maestro se acaba en la distancia larga que David
propone al toro para inmediatamente después desajustarse en cada embroque y hundirse en la sima del quiero y no
puedo, desde la que seguramente se escucha la voz certera de Belmonte, Dios te
libre de que te toque un toro bravo. Cuando Octavio Chacón entró en la rifa de Casas debió pensar que por fin
el azar le permitía alejarse de la dureza que le ha acompañado en su devenir
por los ruedos, pero ni por esas, si naciste para el sufrimiento hasta los
Juanpedros se vuelven Miuras. Octavio es un lidiador de otra época, no
hay un capote más poderoso en todo el escalafón y su forma de manejarlo
hipnotiza a los toros broncos, ensimismados por un momento en el terso percal
antes de volver a la carga. La pelea con el segundo de la tarde pasará a la
historia como la más serena demostración de valor que hemos visto últimamente
en las Ventas ante un toro avisado, que sólo se traga los mandones muletazos
por bajo del comienzo y ya no vuelve a dar tregua a su matador, buscando hacer
presa en cada pase hasta que el gaditano lo manda al averno de un certero
espadazo. Oreja de ley. Si el bueno de Chacón esperaba mayor comodidad con el
quinto, se equivocaba del todo, porque fue agraciado nuevamente con un manso
pregonao que llegó a darle una coz cuando acudió a quitarlo del caballo al que
había derribado en una violenta oleada. Una vez desarmado el torero y desentendido el toro abanto de
los capotes que trataban de cortarle el paso, lo persiguió como un poseso hasta
cogerlo por el pecho sin ahondar por fortuna más allá del chaleco en el que
quedó enhebrado el pitón durante unos segundos que parecieron siglos. Ahí fue
donde Octavio encontró la suerte definitiva y esa certeza pareció dejarlo
conmocionado para el resto de la tarde.
Antes, en el toro anterior, había sucedido lo de Urdiales. Quizá sea la del cuarto, una
de las tres faenas más importantes que hemos vivido en los últimos diez años de
toros en las Ventas, en lo que va de siglo si no me traiciona la memoria. José
Tomás y Comunero, 5-6-2008, Manuel Jesús “el Cid” y Verbenero, 4-10-2013, Diego
Urdiales y Hurón, 7-10-2018. Ya en el que abrió la tarde, había estado Diego
muy dispuesto, perfumando el viciado ambiente del toreo actual, con los postulados
del toreo de siempre, el cite en el sitio, el medio pecho irreprochable, el
mecido natural, la estocada sin aliviarse. Pero la conmoción llegó en el sexto.
Nadie había visto nada especial en un toro cuya lidia transcurría anodina, con
el aficionado perdiendo la fe en que el de Arnedo pudiera redondear lo que
tantas tardes había apuntado en sus veinte años de alternativa. El primer aviso
de que algo grande podía pasar llegó en la primera serie por la derecha, en un
muletazo aislado en el que el toro va muy toreado hasta detrás de la cadera,
pero la explosión llega al natural, cuando un animal aparentemente sin mayor
clase no tiene más remedio que entregarse a una muleta que se desplaza desde el
sitio que sólo pisan los elegidos, allí donde se cruzan los caminos de la
bravura y de la verdad. Dos series de naturales catedralicias, clásicas,
perfectas. No se puede torear mejor que Urdiales en ese manojo de muletazos
eternos, definitivamente abandonado el
torero a la pureza que surge de la colocación adecuada, el temple mágico y la
profundidad sin límite, el tiempo detenido en un clamor que todavía dura. El
toreo ya estaba hecho pero Diego todavía sigue prolongando nuestra alegría en una serie final por naturales de frente, en la alada trincherilla, en el
molinete airoso, en el insospechado kikirikí, todo ello sin perder un ápice de terreno, todo ello interpretado con la privilegiada
naturalidad que borra de un plumazo la impostura de tantas tardes. Cuando
Urdiales revienta al toro con otra estocada casi en su sitio, los tendidos son
un hervidero de pañuelos blancos y la gente se abraza con el compañero de localidad en la comunión íntima que sólo proporciona este arte raro, misterioso, indescifrable, mientras el riojano es obligado a
dar una segunda vuelta al ruedo con las orejas como estandarte de una tarde
histórica. Allí estábamos nosotros para presenciar el milagro, para revivir la
antigua pasión que nos hacía saltar del asiento cuando Curro o Antoñete nos dieron a probar el sagrado veneno por primera vez, ése cuyo sabor aún nos tiene
aguantando estoicamente en la piedra, por ver si entre la fronda plúmbea del
toreo barato que nos agrede cada día, vuelve a surgir un hombre que
al menos una vez cada lustro nos permita seguir explicando a nuestras familias,
de vuelta a casa, con la voz ronca y el cuerpo molido, por qué, a pesar de
todo y frente a todos los que pretenden hurtarnos esa bendita libertad, seguimos acudiendo a una plaza de toros.
En el carnaval de 1497, Fray Jerónimo
Savonarola celebró su particular día de las hogueras, formando en la Piazza della
Signoria de Florencia una pira monumental a donde fueron a parar como símbolos
del pecado, multitud de obras de arte, artículos de lujo, ropas indecentes y
demás signos de vanidad de la época. Más de quinientos años después, en el
fuego de artificio que es la política actual arden sin cesar los diplomas
enmarcados de los másteres sin mérito, y las tesis “cum laude ad maiorem wikipedei
gloriam”.
La “titulitis” siempre ha sido un vicio del
españolito ávido de reconocimiento que deseaba rematar su salida del analfabetismo
atávico con la imponente orla colocada en el lugar principal de la casa. Desde
el curso de corte y confección de CCC hasta el doctorado en diplomacia económica
del presidente, hay un sinfín de posibilidades para no quedarse solamente con
la etiqueta de anís del mono, que diría el gran Chiquito.
De ese afán de titulación no podían escapar
los políticos profesionales, siempre dispuestos al aprovechamiento de su
posición de privilegio. No conformes con disfrutar de un escaño al que accedieron
medrando en la pelea por ir bien colocados en la lista, siguen utilizando a sus
padrinos en el partido para embellecer un currículum que perciben demasiado
escuálido para justificar su ascenso. La ministra Montón, por ejemplo, estudia
medicina pero nunca llega a ejercer porque deja colgada la carrera a los 23
años por un puesto de concejal en el Ayuntamiento de Burjassot, de donde sale
cinco años después para ser diputada nacional por Valencia. Las exigencias del
trabajo parlamentario deben ser menores que las responsabilidades locales porque
es en 2010 cuando por fin tiene tiempo de licenciarse en medicina, con treinta
y cuatro años. El misterio continúa cuando la prometedora diputada decide
realizar un máster de estudios interdisciplinares de género en donde no se sabe
qué es peor, si el trato de favor recibido pese a ostentar la condición de
portavoz de igualdad del PSOE, el plagio de copia y pega que finalmente le
cuesta la carrera o el programa de materias incluidas en semejante bodrio
académico que sólo puede justificarse por la voracidad recaudadora de la
Universidad Rey Juan Carlos.
El mismo esquema de comportamiento se observa
también en el caso de Cristina Cifuentes, otra política profesional cuya vida
laboral apenas tiene recorrido fuera del amparo del partido. Licenciada en
Derecho y funcionaria del cuerpo de gestión de la Universidad Complutense desde
1990, al año siguiente ya es diputada autonómica con 26 primaveras y su carrera
culmina con la presidencia de la Comunidad de Madrid, previo paso por la
Delegación de Gobierno en 2012, el curso fatídico en donde aceptó el regalo de
un Máster en Derecho Autonómico en el mismo Instituto de Derecho Público que,
al parecer, no tenía miramientos ideológicos a la hora de amparar las
aspiraciones curriculares de los cachorros del bipartidismo.
De los polvos de la reforma educativa de
Bolonia y la reducción de contenidos de las carreras, vienen los lodos de la
proliferación de másteres en los que se empeñan las familias de nuestros
jóvenes en busca de la formación que luego apenas da para cobrar mil euros en
el ingrato mercado laboral. La tradicional función de ascensor social que
siempre tuvo la universidad se va difuminando entre la incuria a la que es
sometida por los sucesivos gobiernos y el desprestigio que se filtra por las
rendijas del chiringuito en que la tienen convertida los traficantes de títulos
y los tribunales de amiguetes al servicio del poder.
Las promesas de regeneración que hicieron los
adalides de la nueva política parecen tener escaso recorrido si quienes lideran
la cosa pública son el licenciado Casado y el doctor Sánchez, de quien se
cuenta que una vez le compuso a su novia un poema que empezaba “Yo también
puedo escribir los versos más tristes esta noche”. El aparente enfrentamiento de
estos dos representantes de la generación más preparada de la historia nos
distrae del verdadero espíritu que anima su común intención de disfrazar su
impostura con cursos fantasma y tesis vacías. El pueblo está acostumbrado a
entronizar la mediocridad elección tras elección, la clase dirigente no es sino
el espejo de nuestra propia naturaleza, pero quizá un día no consienta que se
sigan haciendo trampas para que la nada quede instalada en lo más alto.
En estos tiempos de ruido y furia en los
que nadie está interesado en hallar luz en el conflicto de turno, el tema
preferido para la discusión grandilocuente y el griterío sin sentido suele ser
la tauromaquia, que exacerba las opiniones de los contendientes sin que exista
posibilidad alguna de entendimiento entre los bandos. En este mismo medio,
cualquier artículo o noticia que se refiera al espectáculo taurino provoca
comentarios enconados en los que se vierten acusaciones gravísimas contra los
que buscamos la belleza en la pelea entre el hombre y el toro. Y es que tratar
de convencer a un animalista sobre la excelsitud del placer que puede provocar
una media verónica en la sensibilidad del aficionado es un imposible metafísico
de igual magnitud que persuadir a un servidor sobre las bondades de los
tanatorios para mascotas. El amante de las corridas de toros asume el dolor del
animal porque lo considera una parte natural de la existencia como lo es la muerte,
armazón sobre el que se construye la representación taurómaca que puede ser cruel,
como la vida. Y no hay metáforas que puedan empatizar con el discurso animalista,
incapaz de soportar ese lenguaje entre el toro y el torero, el diálogo sobre el
que el taurófilo construye una historia de sacrificio y grandeza y en el que
algunos sólo ven barbarie.
El desencuentro entre ambos mundos y los
derroteros de una sociedad infantilizada y hedonista, cada vez más narcotizada
contra el dolor que hace crecer, nos conducen a un futuro en el que el
proselitismo taurino parece una quimera. Pero no lo es en Cuenca. A los que
constantemente me cruzo en el camino y me compadecen diciéndome que esto se
acaba les hablo de la Feria de San Julián, un acontecimiento que llega a reunir
a ocho mil almas en una plaza de toros y les reto a que me ilustren sobre algún
otro espectáculo de pago que congregue a lo largo del año a semejante gentío en
mi ciudad en una sola jornada. La feria taurina de Cuenca es un milagro que
financian nada menos que cinco mil abonados, el diez por ciento de la
población, el equivalente proporcional a que la Plaza de las Ventas tuviera más
de trescientos mil abonados o la Maestranza, setenta mil. Cinco mil aficionados
que se dejan seducir cada año por la promoción inteligente de un empresario
audaz que en la ciudad habitualmente ayuna de proyectos interesantes de negocio
genera un impacto económico calculado en torno a los dos millones de euros.
Los cinco mil ciudadanos que sustentan
esta fuente de riqueza para nuestra tierra siguen considerando a la lidia de
reses bravas un espejo ético en el que mirarse mientras los tildan de amantes
de la tortura. Son cinco mil ciudadanos que no están dispuestos a transigir con
la falacia del animalismo que pretendiendo aplicar categorías humanas a nuestra
convivencia con los animales, persigue hacer pasar por inmorales valores ejemplares
que a menudo inspiran los comportamientos que suceden en una plaza de toros, la
gallardía, el afán de superación, la solidaridad, el coraje, la natural
convivencia con el dolor y la muerte. Se suceden a nuestro alrededor
iniciativas espurias que aprovechando una coyuntura política puntual declaran
antitaurina a una ciudad en la que sin embargo se celebran con normalidad
corridas de toros para los que quieran disfrutar de la libertad que aún les
queda, asomándose a los tendidos de una plaza. En Cuenca, ciudad taurina, de
momento nadie se atreve a robarnos la ilusión que mueve nuestros pasos cuando
bajamos por la Avenida de los Reyes Católicos, y tras saludar al maestro
Chicuelo, nos citamos con la alegría en la andanada, donde más cerca estamos de
tocar el cielo si es que esa tarde no lo impide el agosteño chaparrón, el toro
comparece en el ruedo con pujanza y a Morante se le ocurre estirarse al natural
acordándose de su antiguo esplendor.
Un sabio francés, Jacques
Cousteau, símbolo del ecologismo de nuestra infancia, sentenció que “solamente
cuando el hombre haya vencido a la muerte y cuando lo imprevisible haya dejado
de existir, morirá la fiesta de los toros y con ella, el reinado de la utopía y
el dios mitológico encarnado en el toro de lidia derramará en vano su sangre en
la alcantarilla de un matadero lúgubre”. El ecologismo del momento nos llama
asesinos por proclamar a los cuatro vientos nuestra pasión, ignorando que el
verdadero maltrato consiste en tratar a un animal de manera distinta a la que
exige su naturaleza. Feliz Feria.
La primera imagen que guarda mi memoria cinéfila es
la del hoyuelo de Kirk Douglas agonizando en una cruz situada en un paisaje
nevado donde a la vez se proyecta la sobrecogedora escena de la muerte de la
madre de Bambi. En este tipo de sesiones de terapia que era el cine con el que
crecimos nos aparcaban nuestros padres para que nos fuéramos acostumbrando
a las asperezas de la vida. Me consta que alguno de mis contemporáneos aún no
se ha recuperado de estos golpes de efecto que solía prodigar Disney entre las
dosis de almíbar con que componía sus películas y desde entonces vive
confundido en su particular libro de la selva desde el que le habla a su perro
esperando contestación.
BAMBI
Los efectos secundarios de nuestra
cinefilia tienen su origen en las sesiones de tarde de los sábados ante el
televisor, cuando todavía no existían videojuegos suficientemente atractivos
para competir contra el Dardo prodigando acrobacias mientras enamoraba a
Virginia Mayo, ese tiempo magnífico en el que era imposible hallar mayor
diversión a lo largo del día que contemplando a Harpo Marx colgando su pierna
en el brazo del interlocutor estupefacto. Si alguna de esas tardes era de
verano y nuestros padres nos recluían en el cuarto de la siesta, la estancia en
la celda no era tan tediosa si podíamos imitar a Steve MacQueen haciendo
rebotar su pelota de béisbol contra la pared.
EL HALCÓN Y LA FLECHA
Tampoco es que uno fuera el niño de “Cinema
Paradiso” pero no había mejor manera para mitigar la melancolía de una tarde de
domingo que acudir al Cine Alegría, donde se ensanchaba el espíritu con sólo pronunciar
su nombre, o aferrarse a la dura butaca del Cine Avenida para meterse entre
pecho y espalda “Orca, la ballena asesina” y “Pánico en el Transiberiano”,
provisto de un arsenal de regalices y gaseosas para poder aguantar semejante
programa doble. Aún recuerdo salir del Cine Xúcar en una nube tras el impacto
provocado por la contemplación de Olivia Newton-John desde la penumbra de la
fila dos, y si entorno los ojos todavía puedo recordarme junto a mis amigos
remedando la forma de andar de John Travolta después de ver “Grease” por
tercera vez. En el trayecto hacia nuestras casas, íbamos cantando en nuestro absurdo
inglés inventado las canciones del musical por Carretería con el cine España de
testigo, sin sospechar que su sala nos acogería poco después en veladas menos
inocentes no toleradas para menores.
No
faltaría mucho desde aquel momento para que las historias de amor dejaran de
ser imaginarias y sin embargo algo fallaba en la prosaica realidad porque los
besos no venían acompañados de banda sonora e inevitablemente añorabas el vértigo entre Scottie y Madeleine en el
abrazo que dabas a tu chica. La herida del cine provoca fenómenos extraños
cuando por fin recorres los escenarios que antes sólo habías visto en la
tele del cuarto de estar y eres capaz de divisar con nitidez la imagen de Gene
Kelly bailando en la orilla del Sena e incluso puedes sentirte Cary Grant por
unos minutos, degustando en vano la secreta esperanza de encontrar a Deborah
Kerr cuando el ascensor llega por fin al último piso del Empire State. Si
cierta inquietud recorre tu anatomía cuando adviertes a tu alrededor una
excesiva concentración de pájaros, o desde que viste Tiburón sientes algo de
resquemor al adentrarte en el mar más allá de la boya, estás enfermo de cine,
un mal que puede llegar a ser preocupante si el impacto de "La invasión de
los ladrones de cuerpos" te ha hecho odiar el repollo para siempre.
VÉRTIGO
A cambio, el cine te regala definiciones
perfectas de la hipocresía en “Plácido”, del desamor en “El apartamento”, del
desamparo en “Ladrón de bicicletas”, de la ingratitud en “Luces de la ciudad”, obras
maestras que te abrigan bastante cuando se trata de entender el mundo y su intemperie.
Si la depresión inunda tu vida, no hay mejor tratamiento que abandonarse a la
alegría de “Cantando bajo la lluvia”, si tienes dudas sobre qué es la lealtad
es preciso pasar la tarde revisitando “El hombre que mató a Liberty Valance”.
LADRÓN DE BICICLETAS
Siempre nos quedará París, y la
posibilidad de ver “Casablanca” una vez más, ese clásico inmortal que te lleva
a un café de ensueño en donde un perdedor rumia su cinismo entre los actores de
la segunda guerra mundial hasta que el pasado le visita en forma de mujer y le
recuerda que con ella fue feliz aunque el mundo se desmoronara. Su blanco y
negro resplandeciente te coge por las solapas en cada revisión y no te suelta
hasta que Bogart descubre sus cartas y pone sus ideales por encima del amor de
su vida. Pero lo que hace de esta película una obra casi milagrosa es que
aunque la veamos cien veces, siempre guardaremos la íntima esperanza de que poco
antes de la última secuencia, Ilsa regrese de entre la bruma y se acabe
quedando con Rick.
Mientras
en el parlamento se discutían los argumentos de la moción de censura que Pedro
Sánchez planteó contra el gobierno de la nación, Mariano pasó la tarde en el
bar. En su escaño, el bolso de la vice como símbolo del desprecio a la sede de
la soberanía popular. Por la mañana, Rajoy había comparecido en la tribuna con
una relajación extraña, como si no se jugara la presidencia, esclareciendo con
su particular gracejo galaico las contradicciones de los apoyos del candidato.
En el hemiciclo todavía quedaba el eco de las palabras del aspirante ofreciendo
la retirada de la moción si el presidente dimitía pero en la sobremesa de la
última tarde de Rajoy degustando los estertores del mando, el más futbolero de
nuestros dirigentes analizaba la situación con la ayuda inesperada del VAR.
En las
pantallas que la nueva tecnología puso a su disposición, se repetían
incansablemente las últimas jugadas políticas acaecidas en el campeonato de la
incoherencia, y Mariano permanecía absorto ante la imagen en bucle del PNV
apoyando sin fisuras la moción, intentando descubrir en la moviola si las
cámaras habían conseguido captar la mano en el área del defensa euskaldún en el
momento de recibir las treinta monedas de plata grabadas a fuego en los
presupuestos de Montoro.
En otra de las televisiones, la realización se obstinaba en trazar la línea del
fuera de juego y los contertulios que rodeaban a Mariano vociferaban
denunciando la posición antirreglamentaria de aquellos que en sus declaraciones
pasadas hicieron protestas solemnes sobre su escaso apego por el poder, al
tiempo que desmentían su propósito de contar con apoyos independentistas para
acceder al gobierno, anunciando con la boca pequeña un compromiso con la
convocatoria inmediata de elecciones que olvidarían a la semana siguiente de
instalarse en la poltrona.
En el
VAR del PP se había conseguido captar una toma en la que se veía a Pedro y a Pablo paseando por los pasillos del Congreso en animada conversación sobre los
cargos a repartir. A pesar de que ambos se llevaban la mano a la boca para
dificultar la labor de los avezados lectores de labios a sueldo del presidente,
los expertos certificaron que el terrateniente de Galapagar habría podido decir
algo parecido a "por lo menos me darás los telediarios", hipótesis
que la realidad se encargó de confirmar semanas después cuando los esbirros peperos
en el consejo de la televisión pública fueron sustituidos por lacayos
podemitas, perpetuando así la veterana institución del comisariado político en
la caja tonta.
Mientras
los asesores se desgañitaban denunciando el juego sucio de la oposición,
Mariano se solidarizaba con De Gea y convertía su tradicional tancredismo en el
último servicio a su partido. El patriotismo que pedía el momento exigía pactar
nuevas elecciones, una altura de miras necesaria para devolverle la voz al
pueblo y buscar un gobierno fuerte de cualquier signo con el cual evitar la
sempiterna dependencia del nacionalismo. Pero Rajoy prefirió que gobernara su
censor antes que arrostrar el riesgo de dejar de ser la fuerza hegemónica de la
derecha. La jugada buscaba ganar tiempo para recomponer el gesto de cara a la
cita electoral de 2020 y le cambiaba el paso a Ciudadanos, completamente
desubicado al ver desvanecida la cercana perspectiva de tocar poder que
cantaban las encuestas. Tras la fachada de las críticas de los Hernando de
turno a la mayoría Frankenstein que se avecinaba, el PP asumía el mal menor de
un reforzamiento de las posiciones socialistas, con el propósito de volver a
medio plazo al bipartidismo perpetuo, un sagastacanovismo de nuevo cuño apenas
matizado por diferencias cosméticas entre las políticas de uno u otro partido,
tremendamente útil para ir colocando a todos los profesionales de la política
que esperaban su momento como modernos herederos de los cesantes de la época
decimonónica.
Desde su
retiro dorado en Santa Pola, al nuevo registrador le llegaban noticias de un
gobierno conformado por tecnócratas de confianza para tranquilidad de las
exigencias del sistema, a cuyo frente el candidato que le llamó indecente en un
debate electoral sonreía complacido con el aura del poder maximizando su
habitual fotogenia. Mientras Mariano examinaba la primera escritura de la
mañana, su sustituto en la presidencia se disponía a aplicar con una mano los
presupuestos de la derecha y a desenterrar con la otra los huesos del dictador.
Después de apoyar sin fisuras la aplicación del artículo 155, el presidente
florero revisita el diálogo con aquél a quien llamó racista, siguiendo la senda
que ya transitaron González cuando torpedeó el asunto Banca Catalana y Aznar
cuando firmó con Pujol el pacto del “Majestic”, Zapatero con su promesa de
aceptar cualquier estatuto que viniera de Cataluña y Rajoy con la operación de
apaciguamiento que Soraya ejecutó con el acierto que la caracteriza. En la
fuente de Antonio y Guiomar, dos próceres insospechados posan buscando un nuevo
aplazamiento del problema, hasta que los niños adoctrinados en las escuelas
catalanas alcancen la edad para votar. Españolito que vienes al mundo te guarde
Dios, una de las dos Españas ha de helarte el corazón.
La semana torista es el último tramo de la feria de
San Isidro que el aficionado acoge como el necesario bálsamo con que mitigar
las heridas causadas en nuestro ánimo durante las fechas anteriores por el
toreo barato practicado al toro dócil. En esta fase final, en la plaza se hace
presente el toro encastado, el que la crítica adicta llama decimonónico, el que
no admite una faena preconcebida sino que un hombre se ponga a cavilar, solucione
sus problemas y domine al animal. En esta bendita semana, desaparecen de los
carteles los que se llaman poderosos y huyen del toro que demanda poder, se
esfuma del ruedo el toreo superfluo que el toro fiero no consiente, y se
desvanece de la plaza el ambiente lúdico de las tardes de lujo porque abajo en
el ruedo, el peligro latente trasciende a la grada.
En las tardes de atragantón y tarascada a nadie se le
ocurre traer a la arena la receta de la agria fritanga del toreo moderno. El
toro de respeto elimina de un plumazo los banderazos despegados, las pedresinas movidas, el
circular invertido y las manoletinas de telón. Toda esa bisutería se acaba con
el toro de la última semana, se esfuma cuando un Miura estira el cuello pidiendo
el carnet o cuando la corrida de Saltillo eriza la piel del graderío y la
tensión que provoca su listeza se traslada hasta el último rincón de la
andanada. Son tardes en las que se consulta poco el móvil, donde las conversaciones
giran exclusivamente en torno a las reacciones del toro y la pericia de los
toreros, y los cuatro gatos que resistimos en la piedra paladeamos los
estertores de un combate quizá condenado a desaparecer.
En la semana del adiós a la costumbre de echar la tarde viendo toros actúan los
verdaderos triunfadores de la feria, los que sólo por anunciarse en los
carteles que meten miedo a las figuras merecen honor y respeto más allá del
desempeño de cada cual con unos animales que ya casi nadie está capacitado para
lidiar. Por eso los julianes y los talavantes, los castellas y lopezsimones que
ya esperan la gloria de los jurados de San Isidro, y que en alguna ocasión
naufragaron frente a estos toros vendiendo como gesta lo que debería haber sido
la exigencia cotidiana de su oficio, no quieren volver a verlos ni en pintura.
Por eso en la memoria secreta del aficionado apenas queda rastro de las faenas
que les condujeron a la puerta grande y sin embargo, descansará para siempre en nuestra retina la
lidia maciza de Octavio Chacón a su
lote de Saltillos, la lección de
torería y saber estar que ofrece ante el primero, un toro bravo en el
caballo cuya excesiva vuelta al ruedo final se explica por la extraordinaria
apuesta de Octavio, por la forma en que se templan en su imperial capote las
agrestes embestidas allí donde los peones naufragan, por el curso que da sobre
cómo se coloca un toro en la jurisdicción del piquero. A ese toro, de nombre Asturdero, lo cuaja de verdad por el
pitón derecho, aguantando mucho en el sitio para ligar con emoción y sólo
pierde la oreja porque con una estocada entera en sus entrañas, la casta del
toro dificulta el momento de la puntilla y vende cara su muerte hasta el final. Esa
tarde destaca también Sebastián Ritter,
el torero atolondrado de hace unas temporadas ha adquirido el oficio necesario
para que su gran fondo de valor luzca en cada una de sus intervenciones,
demostrando que se puede cargar la suerte con buena compostura, soportar
parones sin mover un músculo y estar digno en definitiva hasta con el más
complicado de los toros. Esaú Fernández,
por su parte, pierde la primogenitura por las lentejas de esta corrida que no
está capacitado para matar.
Asturdero
El día anterior, Miura
vuelve a Madrid después del fiasco del año pasado, para devolvernos a su imagen
de siempre que desde hace casi dos siglos no es otra que la del toro con poder,
el que derriba las cabalgaduras y crea riqueza en forma de puestos de trabajo
como el del carpintero de plaza, el de la encastada mansedumbre que dota al
espectáculo de la imprevisibilidad tan escasa la mayoría de las tardes. Ese privilegio que las Ventas dejó de atesorar durante una década, un siete desnortado
va a conseguir expulsar de nuevo de los carteles a base de protestar sin pausa
el trapío de un encierro vareado pero en el tipo agalgado y huesudo de la
ganadería, sin que ello le reste un ápice de agresividad a su presencia. La
prueba de ello es que ningún torero de la terna encargada de su lidia se atrevió a dar
el paso adelante hasta que llegó la sorpresa y salió el sexto, que para empezar
se dio un paseo por el callejón tras saltar limpiamente la barrera y luego
cobró lo suyo en un buen tercio de varas de Chocolate. Cuando creíamos que Román iba a tirar las tres cartas ante
la empresa que le esperaba, nos encontramos con un torero transfigurado, que plantea
una apuesta en las antípodas del toreo fácil y alegre pero escaso de oficio que
le hemos conocido casi siempre. Taponero
es su último toro de la feria y lo encara cruzado y muy asentado, muy serio,
siempre en el sitio, pasando al toro incierto con valor y limpieza por
momentos, pero una plaza acostumbrada a jalear sólo al toro fácil que da
vueltas, reacciona con tibieza y todo lo acaba de enfriar un inoportuno bajonazo.
El cinco de junio, en el décimo aniversario de las
cuatro orejas que el José Tomás verdadero cortó en Madrid, volvía a la feria la
corrida de José Escolar, un punto
menos encastada que en comparecencias anteriores, lo cual conduce directamente a
una mayor toreabilidad de la que no se enteró del todo la terna de honestos
profesionales que vinieron con el traje de gladiadores empeñados en plantear
como Rafaelillo una pelea crispada,
cuando al menos un toro en cada lote, permitía otra relajación. Por momentos,
la encontró Fernando Robleño en el
segundo ante el que se estira con gusto por ambos pitones aunque no termina de
redondear la faena entre desarmes y caídas. Bolívar deja escapar el lote de la tarde. El tercero se va sin
torear, por no decidirse a pisar el terreno a su boyantía por el pitón
izquierdo. Le pasa lo mismo con el sexto, el toro de la corrida, Chupetero de nombre, cuya bravura no
tapa en el caballo como sucedió el resto de la tarde y lo deja ver de largo para luego
sólo brillar con la muleta en una buena serie de naturales, pues no se atreve a
seguir en ese son en veinte pases más que son los necesarios para triunfar en
Madrid. En el resto de la faena no encuentra el acople que es imposible si se
torea por las afueras a este tipo de toros y buscando el impacto en la grada se
tira literalmente sobre el morrillo como si lo hubiera hecho sin
muleta pero ni por esas, porque a pesar de cobrar la estocada arriba tras el
revolcón, se demora con el descabello. La tarde dejó también los espectaculares
pares de banderillas de Fernando Sánchez y un peculiar tercio de varas de Félix
Majada en el sexto, en el que marra varias veces y cuando se marcha por el
callejón, derrotado y medio descabalgado, en su figura se ve la sombra de John
Wayne regresando a su rancho tras pelearse con los malos.
Chupetero
Siguiendo con la costumbre que implantaron los
choperitas, la empresa incrusta la corrida de la Beneficencia en medio de esta
última semana, acaso para que los aficionados descansemos de tantas emociones y
volvamos a la monotonía del toro convencional. Con los seis de Alcurrucén de esta tarde, los hermanos
Lozano sumaban una nueva oportunidad de realzar la categoría del encaste Núñez
que tantos triunfos ha brindado a sus matadores en Madrid. Tras catorce toros
en la feria, sólo el del Juli mantuvo el honor de la divisa. Los de la Beneficencia
mansearon más de lo acostumbrado y sólo llegaron con castita a la muleta
primero y sexto. Antonio Ferrera no
puede con ninguno de sus toros. El primero embiste como un tren por el
izquierdo y al intentar la ligazón, al torero el corazón no le responde y prefiere la seguridad del unipase. Luego consigue alguna fase más compuesta
cuando el toro pierde pujanza. Perera
sigue en su línea de aburridor pegapases y adalid del destoreo. Cómo sería la
cosa que hasta el Rey emérito, presente en la corrida, abandona el palco en
busca del canapé durante la lidia del quinto. Ginés Marín sortea el lote de la corrida. Al nobilísimo tercero lo
lidia con buen aire a la verónica, y tras una larga muy vistosa para ponerlo en
suerte, Guillermo Marín, el padre del muchacho, completa un buen tercio de
varas. El hijo desarrolla una faena aseadita con mayoría de pases
insustanciales salvo una serie al natural casi en el sitio. Cuando el toro se
apaga recurre a las bernardinas para buscar la enésima oreja barata que consigue
por cortesía del palco a pesar del pinchazo previo a la estocada. El sexto
acude con movilidad a la muleta y Ginés le plantea la pelea en la distancia
pero nunca se acopla a su viaje, toreando muy despegado a un toro que tampoco
se come a nadie, sin desplegar la ambición necesaria para reventar una puerta
grande claramente entreabierta por la dadivosidad del público y las
connotaciones festivas de la tarde.
Metidos ya en el tramo final de la feria, la capacidad
inventiva de Simón da una última vuelta de tuerca para revisitar en la feria
los desafíos ganaderos que ya ensayó en el otoño pasado con resultado feliz que
esta vez no se repite. La cosa empieza regular porque a la ganadería de Rehuelga sólo se le aprueban dos toros
en el reconocimiento y se tiene que completar la corrida con uno más de Pallarés. El asunto tendría
arreglo si en este cuatro contra dos pasara como en el colegio cuando se echaba
a pies para formar los equipos y a los mejores jugadores no les importaba ser
menos y hasta se chuleaban dándote varios goles de ventaja para acabar siempre
ganando. En este caso, los Rehuelgas venían precedidos de la fama del año
pasado pero su casta se apaga más allá del primer tercio. El único desafiante que destacó de verdad fue Turquesito, un gran toro de
Pallarés al que Iván Vicente, tras
un buen tercio de varas de su hermano Héctor, le presenta batalla en una enclasada
apertura de faena por ayudados por bajo torerísimamente rematados por un cambio
de mano en el que lleva al toro bellamente toreado hasta detrás de la cadera.
La desilusión viene después cuando el torero no vuelve a meterse en el terreno del
toro nunca más, tomando partido por la estética de la apariencia antes que por
la ética de la verdad. En el polo opuesto nos imaginábamos el planteamiento de Javier Cortés, tras su gran tarde del
dos de mayo, que nos hizo apuntar esta fecha como una de las más ilusionantes
del abono. Javier lo intenta de verdad con el segundo en una primera serie muy
cruzado sin perder terreno en la ortodoxia que nos gusta. En la segunda tanda
por la derecha, la casta recrecida del toro desborda el mando habitual de su
muleta y en el cambio de mano para el de pecho, el toro lo acosa y lo desarma y
sobrevuela por la plaza el recuerdo de su cogida en la corrida goyesca, en
idéntica circunstancia. A partir de ahí ya no vuelve a dominar la embestida y
la faena decae, como su ánimo. El sobrero de Marca que casi convierte la tarde
en un concurso de ganaderías, es imposible y el torero poco puede hacer salvo
cobrar una fea voltereta y justificarse entre los pitones. Javier Jiménez vuelve a estar anodino
y ayuno de calidad. Destacan sin embargo en su cuadrilla, el buen hacer de
siempre de José Chacón y Agustín Romero picando al sexto.
Turquesito
En el último fin de semana, el desafío del encaste
Albaserrada se plantea una vez más entre los primos depositarios de la herencia
del patriarca Victorino, y en esta ocasión el vencedor por goleada es Adolfo. Dentro de una corrida muy
agresiva e irreprochable de trapío, echa un toro de premio, Chaparrito, que tiene faena para
reventar la feria y comprarse la finca. Pepe Moral se estira con largura y
buena técnica por el pitón derecho, un poco al hilo pero con exquisito temple
en cada pase y alcanza la cumbre al natural en muletazos excelentes, en el
sitio y bien rematados. Cuando todo está embalado para que por fin el torero se
rompa con el toro, se olvide de todo y se abandone en busca de la gloria,
cambia de mano, baja el nivel y lo superficial se impone al arrebato que
hubiera convertido un triunfo menor en la tarde de su vida. Ángel Sánchez es el único matador que
toma la alternativa en el ciclo y su apuesta se ve clara en la manera de recibir
de capote al toro del doctorado, dándole todas las ventajas hasta resultar
revolcado. Después, nos hace recordar sus tiempos ilusionantes de novillero con
una buena faena, cargando siempre la suerte, que no va a más porque el toro se
apaga. El cuarto es demasiado complicado para su tierno oficio y el sexto
requiere una técnica depurada que no ofrece una muleta todavía con poco mando.
Su padrino, Manuel Jesús, el Cid,
quedó inédito en la tarde, al ser corneado por el peligroso segundo, que le
cazó cuando iniciaba la faena de muleta.
Chaparrito
Y de postre, Victorino,
un postre que cada vez lleva más azúcar lo cual no es bueno para nuestra
provecta edad. Año tras año, la cosecha del hijo se impone a la siembra del
padre al que imaginamos renegando desde las alturas al ver a un toro marcado
con la A coronada dejarse pegar varios pases cambiados por la espalda como si Escribano fuera Belmonte tocándole a un
Miura el pitón. Sólo faltó el circular invertido para que el paleto rompiera a
llorar como entonces hizo Don Eduardo. Las expectativas de la tarde finalmente se reducen a la faena de Paco Ureña
al segundo toro, seguramente la más emocionante de las que el lorquino ha hecho
nunca en Madrid. El torero comparece en la corrida de la prensa con varias
vértebras rotas a causa de un percance con una vaca sucedido por quebrantar la
máxima del maestro Chenel de no torear nunca en el campo en fechas de máximo compromiso.
Tras el consabido brindis a Felipe VI, que vino a cumplir con el trámite de
todos los años y escuchó más vivas a su persona que las que oirá durante la próxima pascua castrense, se dirige al toro sin los aspavientos de otras tardes, como
si la procesión que iba por dentro le transportara a una seriedad y a una
economía de movimientos que resolvió en autenticidad y ceñimiento. Sin perder
nunca un solo paso, las series se suceden con clasicismo y naturalidad,
transportando a la plaza la conmoción verdadera que provoca la hondura en el
toreo. Después de tanta excelencia, se amontona en una última serie innecesaria
y mata al toro mal como acostumbra, pero la frustración de la puerta grande no
nos amarga la fortuna de volver a encontrar, casi en el último minuto de este
mes de toros en Madrid, el clamor de los olés roncos de Las ventas, el
espectáculo magnífico de compartir con veinticuatro mil almas, la inigualable
comunión del toreo puro.
Se anuncian obras en las Ventas con el oscurantismo
habitual que reserva la administración para estos casos en los que nadie sabe qué
será de su sitio a la vuelta del verano. Con el pretexto de la mejora de la
seguridad se pretende configurar un coso multiusos para que los ingresos ajenos
a los generados por las corridas permitan mejorar la cuenta de resultados de la
empresa, siempre más interesada en la cosa del jolgorio que en la lidia de
reses bravas. La disminución de los espectadores en esta feria ha sido evidente
y la imagen de los tendidos la mayoría de las tardes recordaba las isidradas anteriores
a la eclosión que supuso la aparición de Chopera en los ochenta.
En cualquier caso,
si existiera alguna posibilidad de ganar adeptos para nuestra causa, no es la degradación
del rito el camino adecuado. Es preciso defender la singularidad de la tauromaquia
como arte supremo que se destaca porque en la búsqueda de la belleza, se pone
en juego la propia vida. Frente a la simulación del combate de la existencia
representado en el resto de las artes, en el acto taurómaco debe trascender la
verdad que subyace en la presencia de la muerte al fondo de cada muletazo. Sin
esa inminencia, se banaliza el juego, sin las señas de identidad de la pujanza
del toro y la pureza del rito, la corrida queda degradada a un sacrificio vacío
y sin sentido. Por el camino de la domesticidad progresiva del toro de lidia,
se abre paso el triunfo del buenismo animalista, cuyo antídoto es el contrario
al que ahora pretenden algunas iniciativas erradas que aceptan la visión del
enemigo y persiguen la dulcificación del espectáculo, huida hacia adelante en
busca de la corrida incruenta, como si la ocultación de la crudeza intrínseca a
la lidia de reses bravas fuera la panacea contra la proscripción definitiva de
nuestra idea. Puede que la suerte esté echada y el porvenir nos conduzca hacia
la ineludible distopía de una tauromaquia sin sangre, donde el espectáculo que
fue glorioso sobreviva humillado en un mundo en cuyos ríos se perseguirá a los
pescadores como genocidas y en el que se habrá abolido el chuletón. Entonces resultará
ya imposible reeducar a la gente en la idea de que el verdadero maltrato
consiste en tratar al animal de una manera distinta a la que exige su
naturaleza, y acabaremos contemplando, si todavía nos dejan, el esplendor del
toro de lidia confinado en un zoo.