Cuenca es única pero hay en ella dos
ciudades que se contemplan la una a la otra como si pertenecieran a mundos
extraños, a planes distintos. La ciudad vieja resplandece sin mucho esfuerzo,
como esas bellezas a las que incluso sienta bien un cierto desaliño, las
heridas del tiempo conviven en armonía con el esplendor de la naturaleza
circundante. La ciudad nueva, en cambio, convalece como un campo de batalla arrasado
por la incuria, un solar destartalado en permanente estado de reforma sin que
parezca existir nadie capaz de acabar con la sensación general de desaliento. La
ensoñación que provoca paladear el casco antiguo termina cuando desde Mangana nos
asomamos al caserío que se extiende ante nuestros ojos y divisamos una capital decadente,
en donde hasta la iglesia de San Antón, se nos muestra en camisón. Por uno de
los costados que se mantiene al descubierto, algún odiador de nuestro
patrimonio ha caligrafiado su inmundicia en el delicioso color cámel del templo
y el grafiti negruzco aún sigue buscando el operario competente que borre la
pintada y desmienta la desidia oficial.
Caminamos por el decorado de la
infancia contemplando nuestras andanzas por el circuito ajado del Vivero, por
el patio sin destino de la Aneja, por el edificio fantasma del viejo hospital y
tenemos asumida la pereza de las administraciones en dar contenido a esos
despojos del mismo modo que sabemos que el porvenir de nuestros hijos se halla
en otro lugar. A pesar de todo, nos sentimos cómodos en nuestro entorno
mortecino igual que nos sigue abrigando un jersey deshilachado. De lo
contrario, no se entiende la pasividad ciudadana ante el abandono permanente de
una tierra doblemente cenicienta, olvidada por la madrastra estatal y agraviada
por la madrastra autonómica. Un centralismo redundante que nos intenta consolar
con proyectos fantasmas para convertirnos en la disneylandia del vacío,
mientras la parte mollar del presupuesto se destina a sostener la opulencia de otros
territorios con verdadero peso electoral. Nos esquilma con la misma impunidad
Barcelona que Albacete, y hay un sendero de migajas por el que transitamos sin
queja alguna, entregados a una suerte de turnismo autóctono en el que el
bipartidismo reina complacido y a gusto del personal.
En este escenario de conformismo
inveterado en el que el futuro se va posponiendo entre declaraciones y
burocracias, ni en la conjunción de administraciones que rige el destino de
Cuenca ni en las propuestas de la oposición que para nuestra desgracia espera
la poltrona, se advierte una idea de ciudad que se eleve más allá de la
confrontación partidista. Podría trazarse una ruta urbanística de la desolación
que se iniciaría en una estación sin trenes y terminaría en un mercado sin
género. El trayecto incluye un paseo por Carretería, esa calle melancolía para
transeúntes del almuerzo, turistas desnortados y prejubilados al sol.
Nos queda el consuelo de mudarnos al
barrio de la alegría con sólo acogernos a la presencia latente de ese “sky
line” magnífico erigido entre las hoces al que a menudo acudimos para que la
cotidianeidad que desplegamos por el centro no sea tan penosa. Nuestras
autoridades han tenido a bien facilitarnos el ascenso a esa fortuna mediante
unos remontes mecánicos cuya primera idea data de 1940. Nunca es tarde. Ea.

